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sábado, 12 de abril de 2025

Tenemos que vivir la Pascua de una forma honda pasando por una renovación de nuestra vida y dejando que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme

 


Tenemos que vivir la Pascua de una forma honda pasando por una renovación de nuestra vida y dejando que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme

Ezequiel 37, 21-28; Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57

También nosotros nos preguntamos muchas veces ¿es que no hay nadie que haga nada? Cuando somos conscientes de la problemática que vive nuestro mundo, cuando nos sentimos confundidos con tantas cosas que vemos que no marchan a nuestro gusto y que mucha gente anda descontenta, nos hacemos la pregunta. Y se trata de lo que es la vida social ordinaria que vivimos en la cercanía a nosotros con tantas violencias, con tanta corrupción, con el desorden moral que estamos contemplando como va en crecida, con la gente desilusionada por tantos problemas a los que no encuentran solución, y contemplamos la vida política, la marcha de nuestros dirigentes con actuaciones que no terminamos de comprender aunque aceptemos la disparidad de criterios que podamos tener, nos preguntamos quien va a salvar a nuestra sociedad, quien va a salvar a nuestro mundo. Pensamos en personajes carismáticos que puedan convencer, pensamos en verdaderos dirigentes de nuestra sociedad que nos saquen del atolladero, ¿Dónde podemos encontrar quien encuentre solución al mundo en que vivimos?

He querido comenzar mi reflexión de hoy en las vísperas del inicio de la semana santa palpando de alguna manera la situación en que vivimos en el hoy de nuestra vida, como también tendríamos que palpar lo que es nuestra vida personal con sus problemas y sus inquietudes, con las incertidumbres que se nos plantean muchas veces y los interrogantes que tenemos dentro de nosotros mismos porque pienso que lo que vamos a celebrar tiene que ser luz para esa situación que vivimos en todos los ámbitos de la vida. Es como haremos verdadera celebración de nuestra fe.

En la Palabra que hoy se nos ha proclamado el profeta describe también una situación difícil que vivió en muchos momentos el pueblo de Dios, divisiones entre ellos, destierros lejos de su patria, momentos en que parecía que habían perdido toda esperanza; tenemos que saber leer el lenguaje profético que se trasluce también en lo que en aquel momento estaban viviendo los judíos. La presencia de Jesús les había llenado de interrogantes y también de dudas por lo que Jesús anunciaba; quienes estaban bien situados se sentían seguros con su manera de vivir y veían quizás un peligro incluso de revolución desde las palabras y anuncios de Jesús; ellos no podían perder su influencia, que aunque estaban bajo el dominio de los romanos los dirigentes del pueblo tenían asegurado su puesto. ¿Qué podía suceder?

No buscaban ellos realmente quien viniera como salvador a dar un nuevo rumbo a las cosas; los pensamientos que tenían de lo que seria el Mesías también estaba confuso en sus mentes. Se atisbaban los peligros; más tarde les sucedería, no muchos años después, que Jerusalén y el templo serían aniquilados. Era lo que en el fondo temían, por eso como se atreve a decir el Sumo Sacerdote ‘es mejor que muera uno solo por todo el pueblo’. No era consciente del sentido profético de sus palabras, que el evangelista nos recordará.

¿Quién va a ser esa luz que nos guíe? ¿Quién va a ser ese salvador que nos libere de todos esos momentos oscuros? ¿Quién será el que pueda dirigir nuestra vida por caminos nuevos donde encontremos la paz y tengamos respuesta a nuestras inquietudes? El evangelista nos está diciendo que las palabras del Sumo Sacerdote tenían valor profético. En Jesús encontrarán cumplimiento.

Y es lo que vamos a celebrar, pero no solo contemplando a Jesús como el Salvador esperado solo en otros tiempos, sino como quien es el verdadero camino de salvación en el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. Ojalá supiéramos escuchar y supiéramos dejarnos conducir por las palabras de Jesús. Para nuestros miedos, para nuestras dudas e incertidumbres, para esa desorientación que vivimos en nuestra vida, para esos momentos tormentosos que seguimos viviendo donde sigue reinando la violencia y la injusticia, donde sigue imperando la corrupción y la maldad, para esos momentos en que no sabemos dialogar y ponernos de acuerdo Jesús es la luz que nos ilumina.

La pascua que vamos a celebrar tiene que seguir teniendo sentido en nuestras vidas. Pero no la podemos vivir de una forma superficial, no nos podemos quedar en exterioridades llenas de vanidad, no podemos tener una alegría superficial que se desvanece pronto como el humo de nuestros incensarios; tenemos que vivir la Pascua de una forma honda; y eso tiene que pasar por una renovación de nuestra vida, por dejar que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme; por dejar que Cristo cargue sobre sí todas esas maldades nuestras, toda esa superficialidad y vanidad y la ponga junto a su cruz, nos ponga a nosotros junto a su cruz, porque será la forma de que todo eso lo transformemos en vida, porque será la forma en que nosotros lleguemos a transformarnos en esos hombres nuevos, será la mejor forma de vivir y celebrar la Pascua.

sábado, 27 de marzo de 2021

¿Qué hacemos? ¿Nos dispondremos a vivir con toda intensidad esta fiesta de la Pascua? Que no se nos vaya de las manos

 


¿Qué hacemos? ¿Nos dispondremos a vivir con toda intensidad esta fiesta de la Pascua? Que no se nos vaya de las manos

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57

¿Qué hacemos? el asunto se nos está yendo de las manos… no hay mucha diferencia en la conversación que aquel día se tuvo entre los dirigentes judíos de Jerusalén, fariseos, sacerdotes, ancianos del sanedrín…sobre lo que les estaba sucediendo que cualquiera conversación entre nosotros cuando estamos en una situación delicada, no sabemos bien como afrontar los problemas y parece también que el asunto se nos va de las manos.

La conversación de entonces sirvió de base para una reunión urgente del Sanedrín, porque el asunto tenía que quedar resuelto pronto. Veían cómo la gente entusiasmada seguía a Jesús, el milagro de Betania había despertado aun más los fervores y podría fácilmente formar algún tumulto; ellos no veían con buenos ojos el actuar de Jesús y no terminaban de reconocer que Jesús fuera el Mesías porque no entraba en los esquemas que ellos se habían elaborado de lo que tenía que ser el Mesías o ser un profeta; pero los profetas siempre habían sido denostados y rechazados, podríamos recordar a Jeremías, y si los romanos entraban en el asunto estando como estaban por otra parte los grupos de los zelotas podría haber un aplastamiento militar que podría poner en peligro muchas vidas.

En todas estas consideraciones andaban cuando interviene el Sumo Sacerdote que era además el que presidía el Sanedrín. Sus palabras son tajantes y aquello había que cortarlo de raíz y el que tenía que desaparecer de la forma que fuese era Jesús que los provocaba. Ya el evangelista nos detalla sus razonamientos y decisiones. ‘Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’.

La decisión estaba tomada porque todos asintieron a la propuesta del Pontífice. Y el evangelista que ya nos va haciendo una lectura creyente de los acontecimientos y de estas palabras nos dirá que ‘esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte’.

Que uno muera por el pueblo, no solo por la nación sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Aquella muerte de Jesús nos iba a dar todo el sentido del amor. No son solo palabras o gestos ocasionales, es un acto supremo de amor que se hace entrega y entrega hasta el final. No hay amor más grande, es el amor del que se entrega y se entrega a la muerte para que tengamos vida.

Muchas veces en nuestras reflexiones nos detenemos demasiado en hacernos consideraciones de por qué los judíos actuaban de esta manera. Pero es que en lo que tenemos que detenernos en el significado de la muerte de Jesús, de entrega por nuestra salvación. Y es lo que nosotros nos disponemos a celebrar. Entramos mañana en la semana grande, en la semana que decimos que es la más santa porque vamos a celebrar la Pascua de Jesús y nuestra Pascua. Y será la semana más santo dependiendo también de cómo nosotros la vivamos, de cómo nosotros sigamos en camino de pascua. Ese camino que iniciamos hace cuarenta días y que entonces ya decíamos que era el regalo de Dios. No olvidemos que así tenemos que recibirlo.

Como Jesús tras estas decisiones del Sanedrín se había marchado más allá del Jordán donde Juan había estado bautizando en espera de que llegara la hora, al no verle algunos se preguntaban si Jesús subiría a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Echan de menos la presencia de Jesús, lo esperan.

Nos viene bien este pensamiento para la celebración de la Pascua de este año. ¿Vendrá Jesús a la fiesta de la Pascua? Algunos andan muy preocupados porque a la semana santa se le ha quitado todo su esplendor exterior por las razones que todos conocemos. ¿Porque no haya esos esplendores exteriores de nuestras procesiones y suntuosas celebraciones va a estar ausente Jesús de nuestra pascua de este año? Jesús no será el gran ausente, cuidado no seamos nosotros los ausentes porque nos falta intensidad en su vivencia.

 

sábado, 4 de abril de 2020

Conviene que uno muera por el bien de todo el pueblo, decía Caifás, conviene que nosotros quizá muramos a muchas cosas externas para centrarnos en lo principal del misterio de Cristo



Conviene que uno muera por el bien de todo el pueblo, decía Caifás, conviene que nosotros quizá muramos a muchas cosas externas para centrarnos en lo principal del misterio de Cristo

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57
‘¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación’. Es la preocupación que tienen los dirigentes judíos ante el caso de Jesús que se les iba de las manos. Ahora llegan noticias de lo sucedido en Betania donde ha resucitado un muerto y las gentes están entusiasmadas por Jesús. Parece que las cosas se les complican para sus intereses.
Momentos difíciles, momentos propicios para el enfrentamiento entre unos y otros, piensan, aunque ellos no son capaces de calibrar, cegados por sus intereses, lo que Jesús ha enseñado a los que le siguen y no el camino de la violencia por el que Jesús quiere transitar. Pero eso ellos no lo ven. Temen  que en una revuelta intervengan los romanos y la opresión sea más fuerte de lo que ahora están viviendo. La reacción puede ser violenta y ellos quisieran adelantarse a lo que pueda suceder. Sus propios intereses también están en juego, su poder y su influencia que tantos beneficios les proporcionan.
Nos movemos por intereses y cuando podemos tener pérdidas en lo conseguido de la forma que sea la reacción puede ser temeraria. Tratamos de quitar de en medio aquello que pudiera perjudicarnos en nuestras aspiraciones. Lo más noble que llevamos dentro parece que desaparece porque tenemos la ambición de las grandezas humanas y eso es una fuerte tentación para nosotros. Los que tienen afanes de poder ocultarán, manipularán, desinforman de la auténtica realidad poniendo las cosas solo desde el lado de sus intereses. Son cosas que seguimos viendo todos los días.
Y de ahí surgen las luchas y enfrentamientos quizás hasta con los más cercanos a nosotros; son los hilos en que se mueve la política en tantas ocasiones, que ya no es buscar el interés y el bien del pueblo, de todos, sino nuestros particulares intereses, la imposición de nuestra manera de pensar, el dar a entender que los que no piensen como ellos no son buenos, no trabajan por el bien común, y así no sé cuantas cosas que vemos en la vida diaria, en la vida social y política. Tenemos que abrir los ojos, que nos quieren cegar en tantas ocasiones.
Mirando el evangelio y dándonos cuenta de las ambiciones de aquellos dirigentes en la época de Jesús nuestro pensamiento llega hasta las situaciones actuales que nosotros podamos vivir y se convierte en una luz que ilumina y que nos quiere hacer despertar.
Vamos de nuevo a la página del evangelio. En esas disquisiciones andaban sin saber qué hacer, viendo como las cosas se les iban de la manos, como decíamos, será el Sumo Sacerdote de aquel año, Caifás, el que venga a darles una pista de solución. ‘Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Ahí estaba la solución, había que acabar de una vez por todas con la presencia de Jesús. Palabras dichas desde sus intereses, pero palabras que el evangelista nos viene a decir que se convierten en palabras proféticas sobre el destino de Jesús. ‘Conviene que uno muera por todo el pueblo’. Y nos dice el evangelista que el sacerdote no hablaba solo por si mismo sino desde la condición del cargo que ejercía como Sumo Sacerdote del templo de Jerusalén.
Era lo que Jesús había anunciado repetidamente a sus discípulos y los discípulos no habían sabido comprender. Le daban vueltas en su cabeza a las palabras de Jesús y hasta Pedro había intentado quitarle de la cabeza a Jesús aquel pensamiento de que habría de sufrir porque sería entregado en manos de los gentiles para que lo mataran. Pero es lo que ahora va a suceder.
Nos encontramos a las puertas de la Semana Santa en la que vamos a celebrar todo el misterio pascual de Cristo, de su pasión, muerte y resurrección. Adentrémonos en ese misterio. Es cierto que este año con las circunstancias que vive nuestro mundo ni podremos hacer las celebraciones litúrgicas, ni expresar pública y externamente nuestra fe con las procesiones, pero eso no quita para que vivamos desde lo más profundo de nosotros mismos este misterio pascual.
Puede ser que hasta nos convenga, dejar a un lado esos esplendores externos que muchas veces nos pudieran distraer de lo que es el verdadero misterio que celebramos. Lo tendremos que hacer en silencio, en el recogimiento de nuestros hogares, en estos momentos en que tenemos que vivir con una especial austeridad por las circunstancias que vivimos, pero que quizá nos puede ayudar a darle una mayor interioridad.
Conviene que uno muera por el bien de todo el pueblo, decía el sacerdote, conviene que nosotros quizá muramos a muchas cosas externas para centrarnos en lo principal. Porque el misterio pascual de Cristo no podemos dejar de vivirlo. Os invito a que pongamos también alguna señal de que en casa, en el corazón de cada uno de nosotros lo estamos viviendo. A través de las redes se nos sugieren muchas cosas que pongamos en nuestras puertas o en nuestras ventanas y balcones como una señal externa de lo que en el interior estamos viendo. No dejemos de vivir el misterio de Cristo.


sábado, 8 de abril de 2017

La muerte de Jesús es algo más de que uno tiene que morir por todos porque para nosotros es Pascua, paso Salvador de Dios por nuestra vida y nuestro mundo

La muerte de Jesús es algo más de que uno tiene que morir por todos porque para nosotros es Pascua, paso Salvador de Dios por nuestra vida y nuestro mundo

Ezequiel, 37, 21-28; Sal.: Jer. 31, 10-13; Juan 11, 45-56
Ya sabemos como nos las gastamos cuando en la vida actuamos movidos por intereses, por orgullos, por vanidades, donde buscamos o nuestras ganancias o nuestra superioridad y poder, cuando queremos ponernos sobre el pedestal y todo aquel o aquello que nos lo impida lo quitamos de en medio o lo destruimos.
Nos puede parecer fuerte lo que estamos diciendo pero bien sabemos que cosas así suceden en muchos aspectos y circunstancias de la vida social. No queremos que nadie nos haga sombra, nos molesta quizás quien con su rectitud esta indirectamente señalando lo injusto que nosotros realizamos, el que nos dice la verdad tratamos de acallarlo, y a quien por su vida puede ser un signo para nosotros lo ignoramos o tratamos de desprestigiarlo, de anularlo de la manera que sea.
¿Por qué tenemos que actuar así? Ya sabemos como nos ciega materialismo de la vida; ya sabemos que la perdida de valores nos hará movernos por intereses y por vanidades; ya sabemos como hemos convertido la vida en una lucha sin cuartel y vamos perdiendo en humanidad y al final el hombre termina siendo un lobo para el hombre. Hemos de saber estar alertas porque esas cosas nos pueden suceder, en esas redes podemos caer, por esa pendiente podemos resbalar y ya sabemos como podemos terminar aunque nos creamos colocados en los pedestales mas altos.
‘Uno tiene que morir para que todo el pueblo no perezca’, les viene a decir el sumo sacerdote Caifas a los principales del pueblo reunidos en el Sanedrín. Las noticias corren que vuelan, a Jerusalén ha llegado la noticia de lo que ha hecho Jesús en Betania, donde ha resucitado a Lázaro y les molesta tremendamente que  cada vez haya mas gente que crea en Jesús. Ya habían estado queriendo ponerle zancadillas de mil maneras, en dialéctica no habían podido ganar a Jesús porque su sabiduría era mayor, pero había que quitarlo de en medio. Es lo que les viene a decir Caifas y en lo que van a poner manos a la obra.
¿Intereses políticos porque podría surgir una rebelión y los romanos podrían avasallar a todos con sus legiones? Quizás se la pantalla que ponen, pero detrás puede haber otros intereses egoístas desde la situación en la que se han colocado y que las palabras de Jesús puede perturbar. ¿Una reacción ante lo nuevo que significaba Jesús y el mensaje que Jesús proclamaba? Son muchas las lecturas que podemos hacer. Como nos sucede ante tantas situaciones de la vida en la que nos vemos envueltos o la lectura tergiversada que podemos hacernos a veces hasta del actuar de la Iglesia o de lo que nos dice el Papa. Cada uno quizás desde el color del cristal a través del cual mira la vida.
El evangelista nos da una clave distinta. Nos hace una lectura creyente de la realidad y de lo que esta por suceder. Sin descartar esas motivaciones que puede haber por detrás sin embargo quiere hacer una lectura profética de las palabras de Caifas. ‘Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, hablo proféticamente anunciando que Jesús iba a morir por la nación y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos’.
Nos viene muy bien este apunte en el momento en que estamos prácticamente comenzando la semana santa. Consideremos lo que en verdad vamos a celebrar. ‘Uno tiene que morir por el pueblo…’ Jesús entrega su vida, es su pascua, como cordero inmolado para quitar el pecado del mundo.
Decíamos antes que se hacían muchas lecturas de las palabras de Caifas; en el mundo que vivimos también son diversas las lecturas que se hacen de la semana santa. Ya sabemos en que se queda para muchos. Lo de santa será una excusa para muchas cosas diversas. Para muchos puede ser unos días de devoción para asistir a unos actos religiosos, participar quizás en unas procesiones, quedarnos extasiados ante la belleza de los pasos procesionales, quizás vivir una emoción momentánea desde el realismo duro y cruel de unas imágenes que nos presentan el dolor y la muerte de Jesús, pero quizás no demos un paso mas adelante. No digamos de quienes se lo toman como unas vacaciones de primavera como las puede haber en invierno o las tendremos en verano. ¿Será solo eso para nosotros?
Contemplemos y vivamos lo que el evangelista que proféticamente se nos anunciaba. Es la Pascua, es el paso salvador del Señor por nuestra vida. No es un paso en el vacío, es un paso de vida y de salvación para el que nosotros hemos de estar predispuestos. Pensemos como vamos a celebrar, que es lo que vamos a celebrar, que nos falta que preparar para que en verdad sea la Pascua en nosotros, en nuestra vida y también para nuestro mundo.

sábado, 28 de marzo de 2015

Subamos con Jesús a celebrar la Pascua

Subamos con Jesús a celebrar la Pascua

Ezequiel 37, 21-28; Salmo Jr. 31; Juan 11,45-57
‘¿Qué hacemos?’, es la pregunta que se hacen los fariseos y los príncipes de los sacerdotes ante todo lo que había venido sucediendo. Muchos habían ido a casa de Marta y María tras la resurrección de Lázaro y creían en Jesús; otros acudieron a los fariseos y a los sumos sacerdotes para contarles todo lo que había pasado. ‘¿Qué hacemos?’ se preguntan.
Ya escuchamos lo que proclama el sumo sacerdote, que como nos dice el evangelista habla proféticamente. ‘Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera. Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte’. La sentencia, en cierto modo, estaba dictada.
‘¿Qué hacemos?’, nos preguntaremos nosotros también. Estamos en las vísperas de la semana de pasión que culminará con la celebración del Triduo Pascual. ¿Qué hacemos? ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué es lo que vamos a vivir? Mejor, ¿cómo lo vamos  a vivir?
Creo que este sábado es un momento muy importante para prepararnos. No podemos entrar de cualquiera manera en esta semana. No vamos a ser meros espectadores, sino que la pasión y la pascua tiene que ser algo que vivamos con intensidad. No nos quedamos en el recuerdo. Nosotros decimos que hacemos memorial, como lo expresamos en la liturgia cada vez que celebramos la Eucaristía, porque la pascua, la pasión del Señor tiene que ser algo que esté muy presente en nuestra vida.
Cuando ya se acercaban los días de la pascua, nos dice el evangelista que la gente se preguntaba si Jesús iba también a subir a Jerusalén. Ya escuchábamos en el evangelio que se había retirado más allá del Jordán donde Juan había estado bautizando, porque aun no había llegado su hora. Por eso somos nosotros los que nos preguntamos si vamos a subir a la Pascua, si vamos de verdad a meternos de lleno en la celebración del misterio pascual de Cristo. No lo miramos desde fuera.
Contemplamos y celebramos la entrega de Jesús, pero que tiene que ser también el camino de nuestra entrega. También tenemos que hacer nuestra ofrenda. También tenemos que sentir esa gracia de la salvación en nuestra vida. Por eso  nos abrimos a la Palabra de Dios y seguiremos cada día impregnándonos de ella, sembrándola de verdad en nuestro corazón. La gracia del Señor llegue a nuestra vida en la celebración de los sacramentos.
Que el Misterio pascual de Cristo nos transforme. Subamos con Cristo hasta la Pascua. No temamos porque caminamos hacia la vida y aunque nos cueste vamos de la mano del Señor.

sábado, 12 de abril de 2014

Llega la hora de la Pascua y hemos de desear vivamente ese “paso” salvador del Señor por nuestra vida



Llega la hora de la Pascua y hemos de desear vivamente ese “paso” salvador del Señor por nuestra vida

Ez. 37, 21-28; Sal: Jer. 31, 10-13; Jn. 11, 45-56
Los hechos se van precipitando. Tras la  resurrección de Lázaro, aquellos judíos que habían ido a casa de María de Betania y habían sido testigos del acontecimiento habían traído la noticia y ‘muchos creyeron en Jesús’.
A los sumos sacerdotes y a los fariseos las cosas se les escapan de las manos; muchas veces habían pretendido prender a Jesús, como hemos visto en estos días anteriores, pero no habían podido hacer nada. Se convocó el Sanedrín porque algo había que hacer porque para ellos ya parecía un peligro. ‘Si lo dejamos seguir, todos creerán en El y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación’. Temían peligros de revueltas y la reacción de los romanos.
Pero será Caifás, sumo sacerdote aquel año, el que dictamine y lo hará proféticamente sin ser consciente de la trascendencia de lo que está diciendo, pues será el cumplimiento de las profecías. ‘Vosotros no entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Ya el evangelista lo comenta: ‘Jesús iba a morir por la nación, y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos dispersos’. Y nos dirá continuación el evangelista: ‘Aquel día decidieron darle muerte’.
Era lo anunciado por el profeta que hemos escuchado en la primera lectura. ‘Voy a reunir a los israelitas… voy a congregarlos de todas partes… los haré un solo pueblo… los libraré de los sitios donde pecaron; los purificaré… serán mi pueblo y yo seré su Dios… haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos… con ellos moraré, yo seré su Dios…’
La muerte de Jesús iba a significar una nueva y eterna alianza; su sangre derramada en la cruz nos congregará en un nuevo pueblo, formado por todos los creyentes de todas las naciones.  Con la muerte de Jesús nos va a venir la salvación y comenzaremos a tener una nueva vida. Aquel pueblo se dispersará, pero nacerá un nuevo pueblo, el pueblo de la nueva Alianza que iba a ser sellada con la Sangre del Cordero, con la Sangre de Cristo derramada en el sacrificio de la cruz. Somos nosotros ese nuevo pueblo de la salvación, ese nuevo pueblo donde todos somos hijos de Dios. No sabía bien Caifás lo que estaba profetizando, porque se estaba convirtiendo en un paso muy importante para una nueva Pascua.
Es lo que nos disponemos nosotros a celebrar y vivir. Somos ese nuevo pueblo nacido de la Pascua, nacido de la sangre de Cristo derramada en la Cruz. Cristo, levantado en lo alto de la cruz como lo vamos a contemplar en estos días de una forma más intensa al celebrar su pasión y su muerte, nos atrae a todos hacia El. A todos nos reúne y nos congrega para formar ese nuevo pueblo de la Pascua, de la Alianza eterna.
Pero hemos de seguir preparándonos. Hay un detalle en este pasaje del Evangelio. Jesús se había retirado lejos de Jerusalén y se acercaba el tiempo de la Pascua. Llegaba su Hora, como iremos escuchando repetidamente en los próximos días. Pero aun no había subido a Jerusalén y había gente que se preguntaba si Jesús vendría a la fiesta de la Pascua. No va a faltar, porque llega su Hora. Pero es significativo que, aun sin saber bien lo que iba a suceder, había gente que estaba deseando que Jesús estuviera en aquella Pascua.
Nos puede decir algo a nosotros. Se acercan las fiestas pascuales y también nosotros hemos de desear estar en esta Pascua y que además sintamos esa presencia pascual de Cristo en nosotros, porque eso va a significar cómo nos vamos a llenar de su salvación. No pueden ser unas celebraciones más, sino que siempre nuestras celebraciones cristianas tienen que ser únicas. Es la intensidad con que lo hemos de vivir; es la apertura de nuestro corazón y nuestra vida a la gracia del Señor; es ese disponernos de verdad a que haya pascua en nosotros porque sintamos intensamente ese paso salvador del Señor por nuestra vida con su gracia y con su salvación. Vivámoslo con toda intensidad.

sábado, 23 de marzo de 2013


No pongamos barreras a la gracia del Señor que quiere inundar nuestra vida

Ez. 37, 21-28; Sal.: Jer. 31, 10-13; Jn. 11, 45-56
‘No comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera…’ profetizó Caifás sin saberlo. Ellos pensaban desde su política, desde sus intereses, ante el temor de revueltas y represiones. Estaban llenos de miedos porque la gente se iba con Jesús y ya no era solo la posible pérdida de poder e influencia que pudieran tener, sino que además por mucho que ellos hicieran después de los milagros de Jesús, sobre todo de la resurrección de Lázaro la gente comenzaba más a creer en Jesús.
Cuando estamos ya en el último peldaño de nuestra subida y ya inmediatamente delante de las puertas de la semana de la Pasión que comienza mañana, nos viene bien esta Palabra del Señor que se nos ha proclamado. ‘Conviene que uno muera por el pueblo’, que decía Caifás pero no era por lo que ellos podían pensar o desear. Allí está quien se va a entregar, y lo hace libremente, para que nosotros no perezcamos. No son las revueltas o represiones que ellos sospechaban sino que es la esclavitud mucho más honda que nos lleva a la muerte con nuestro pecado.
Allí está quien con su sangre derramada en la cruz va ‘a reunir a los hijos de Dios dispersos’. Lo había anunciado el profeta que hemos escuchado en la primera lectura. ‘Voy a recoger a todos los israelitas de las naciones a las que marcharon; voy a congregarlos de todas partes, los voy a repatriar’, que decía el profeta Ezequiel, para ser ‘un solo pueblo… ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios’.
Vuelven a resonar las palabras de Dios en el Sinaí cuando la Alianza, pero ahora va a ser una Alianza nueva y eterna, la Alianza sellada con la Sangre del Cordero que quita los pecados del mundo. ‘Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos… con ellos moraré, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo’.
Va nacer un nuevo pueblo, el pueblo de la Alianza nueva y eterna en la sangre de Cristo derramada en la cruz. En Cristo y en su Sangre somos consagrados, somos hechos un nuevo pueblo, comienza a nacer la Iglesia.
Es lo que vamos a celebrar. Vamos a contemplar estos días la pasión y la muerte del Señor y la vamos a meditar hondamente en nuestro corazón. Es todo el misterio pascual de Cristo que nos redime, que nos llena de vida, que nos hace nuevo pueblo de Dios, que nos hace hijos de Dios.
No puede ser algo que contemplemos desde el exterior, como si fuéramos simplemente espectadores que solamente lloremos como plañideras pero sin dejar que eso afecte a nuestra vida. Tiene que ser algo que vivamos hondamente en nuestro corazón. Tenemos que sentir en nuestro corazón la emoción del amor que es el que nos va a transformar totalmente. Cuando contemplemos su pasión y su muerte una vez más hemos de sentirnos movidos a convertir nuestro corazón a Dios; pero tiene que surgir también la acción de gracias desde lo hondo de nosotros mismos. Cómo no dar gracias cuando contemplamos cuánto es el amor que el Señor nos tiene. Damos gracias por su amor; damos gracias por su entrega y su muerte en la cruz; damos gracias por la paz nueva que vamos a sentir en nuestro corazón.
Preparémonos de verdad para vivir todo este misterio de Cristo que nos trae la salvación. Hemos venido dando pasos a lo largo de toda la Cuaresma y, como decíamos, estamos en el último peldaño a la entrada de esta semana de la Pasión que culminará en la resurrección. Que haya de verdad pascua en nuestra vida, porque sintamos el paso salvador del Señor por nosotros. No cerremos las puertas de nuestro corazón;  no  nos hagamos oídos sordos a la llamada del Señor; no pongamos barreras a la gracia del Señor que llega a nosotros y quiere inundarnos de vida nueva en la celebración de la Pascua.

sábado, 31 de marzo de 2012


Se acercaba la fiesta de la Pascua y muchos judíos subían a Jerusalén

Ez. 37, 21-28; Sal. Jer. 31, 10-13; Jn. 11, 45-56
‘Os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Así sentenció Caifás, sumo sacerdote aquel año. Andaban preocupados y se había reunido el Sanedrín para tomar decisiones. La popularidad de Jesús iba creciendo, después de la resurrección de Lázaro y había que quitarlo de en medio.
Pero aunque ya sabemos cuáles eran sus intereses el evangelista nos hace reflexionar para ayudarnos a descubrir lo que era el plan de Dios. ‘Esto  no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos dispersos’.
Es la lectura teológica de los acontecimientos, de la historia. Es descubrir en los acontecimientos que van sucediendo lo que son los planes de Dios. Es hacer una mirada de la vida, de la historia, de los acontecimientos desde la mirada de Dios, desde los ojos de la fe.
Muchos podrán hacerse sus interpretaciones de la vida y de la muerte de Jesús mirándolo como un ideólogo con ideas y planes muy concretos, como un líder o como un hombre bueno que tenía sus altos ideales. Nosotros miramos a Jesús desde los ojos de la fe y queremos contemplar siempre lo que son los planes de Dios. Y los planes de Dios son planes de amor, son planes de salvación para nosotros. No nos entenderán quizá muchos de los que nos rodean, pero esa es nuestra fe que da sentido a nuestra vida y eso no lo podemos perder de vista.
Como nos decía el evangelista Jesús había de morir ‘no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos dispersos’. Es lo que nos había anunciado el profeta que escuchamos en la primera lectura. ‘Voy a recoger a todos los israelitas de las naciones a las que marcharon; voy a congregarlos de todas partes… los haré un solo pueblo… haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna… con ellos moraré, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo… y sabrán las naciones que yo soy el Señor…’
Es el misterio grande que nos disponemos a celebrar, el misterio pascual de Cristo, de su pasión, muerte y resurrección. Cristo que se entrega, entrega su vida, nos ama hasta el extremo con el mayor amor que podemos imaginar. Vamos a contemplar repetidamente estos días la pasión de Jesús y meditarla hondamente. Vamos a contemplar el sacrificio de Cristo, su sangre derramada para el perdón de los pecados de todos los hombres.
Nos tenemos que seguir preparando con toda intensidad y amor. La contemplación que vamos a hacer del misterio de Cristo no es la contemplación de un espectador, sino la de quien se siente profundamente implicado. Estaremos contemplando todo el amor que Dios nos tiene pero tenemos que contemplarnos a nosotros, los que nos sentimos así amados con un amor tan grande, y los que nos sentiremos beneficiados de ese amor porque vamos a recibir su gracia, su perdón, su vida divina.
Y eso nos exige disponer nuestro corazón. Querer vivir esa gracia que Cristo nos regala. Por eso la semana santa no la podemos vivir de cualquier manera. Es algo hondo que tenemos que vivir. En lo que tenemos que poner toda nuestra vida, nuestra fe, nuestro amor. Es la respuesta que nos llevará a ser más santos, a ser mejores en la vida.
‘Se acercaba la fiesta de la Pascua y muchos judíos subían a Jerusalén’. Se acerca la fiesta de la Pascua, dispongámonos a subir a Jerusalén para celebrarla con Jesús

domingo, 17 de abril de 2011

La pasión de Jesús en la humildad, la entrega y el amor


Mt. 21, 1-11;

Is. 50, 4-7;

Sal. 21;

Filp. 2, 6-11;

Mt. 26, 14-27, 66

‘No hizo alarde de su categoría de Dios… se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo… se rebajó hasta someterse a la muerte, y una muerte de cruz…’ Lo hemos contemplado así en la pasión. Sobran las muchas palabras. Es día de contemplación. Es tiempo de contemplar en silencio y sentir en lo hondo del corazón. Se despojó, se rebajó… ‘Está cerca la hora, y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores’, dirá Jesús en Getsamaní. Es lo que contemplamos y tenemos que vivir. La maravilla del amor de Dios que se entrega. En manos de los pecadores. En nuestra manos. Su Sangre va a ser derramada para el perdón de los pecados. Para nuestro perdón. Ahí contemplamos su cuerpo entregado, su vida entregada, su amor hasta el final. En la humildad, en el silencio, en el amor más profundo y glorioso. Tenemos que quedarnos contemplando su entrega haciéndose el último, el esclavo que da su vida. Su vida, por nuestra vida. ‘Conviene que muera uno por todo el pueblo’, había dicho Caifás, el sumo sacerdote. Era profecía que ahora se está cumpliendo. Nos viene a rescatar, a redimir. Nos viene también a enseñar el verdadero camino de la salvación. Tanto amó Dios al mundo, tanto nos amó que de esa manera se entregó. ‘Pasando por uno de tantos’. Es el rey victorioso que nos redime pero su victoria está en la cruz, en su muerte redentora. Es Dios que nos salva. Pero se hace humilde, se hace pequeño, como fue toda su vida. Su gozo era estar en medio de los hijos de los hombres, entre los pobres y sencillos, entre los que sufren, entre los humildes. Cuando viene a Jerusalén para la Pascua, para su Pascua que iba a ser nuestra Pascua, aunque las gentes le aclaman entra humilde en un borrico. ‘Decid a la hija de Sión: mira a tu rey que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila’, había anunciado el profeta y los discípulos recordarían al verlo entrar aclamado en la ciudad santa. Nosotros también lo hemos aclamado hoy como el hijo de David, el que viene en nombre del Señor. Pero nosotros lo aclamamos, aunque sea recordando aquella entrada en Jerusalén, sabiendo, sin embargo, que en su Pascua nos salvaría y nos traería la redención. Por eso, hoy, una y otra vez vamos repasando todos los momentos de su pasión. Lo que El repetidamente había anunciado. Entregado en manos de los gentiles. Abandonado y traicionado. ‘Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar’, anunciaría en la cena. Sus discípulos más cercanos se duermen cuando la angustia llena su alma de tristeza en Getsemaní. ‘¿No habéis podido velar una hora conmigo?’ A diario enseñaba en el templo y repartía sus bondades sanando y curando y ahora ‘¿habéis salido a prenderme con espadas y palos como a un bandido?... y en aquel momento todos sus discípulos lo abandonaron y huyeron’. Comenzaba su pasión. Pedro niega conocerle, Judas le traiciona. ‘Yo no me resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba, no me tapé el rostro ante ultrajes y salivazos…’ había anunciado el profeta. A la pregunta del sumo sacerdote – ‘¿eres el Mesías, el Hijo de Dios?’ - responde con claridad: ‘Tú lo has dicho… veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso’. Está condenado. ‘Ha blasfemado. Es reo de muerte. Y entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon, y otros lo golpeaban…’ Las burlas y los escarnios se repetirán cuando sea llevado ante el Gobernador. Una corona de espinas, un manto color púrpura, insultos y golpes se repiten. No entramos en todos los detalles que ya hemos escuchado en el relato del evangelio. ‘Y Jesús callaba’, dice el evangelista. Prefieren su muerte comparado con un malhechos y entre dos bandidos será crucificado. Ahí está la humildad y la grandeza de un Dios hecho hombre que se hace el último para redimirnos y salvarnos. Ahí está la maravilla del amor de Dios. Cuánto nos enseña. Aprendamos de su silencio y de su amor, de su humildad y de su entrega. Nos había dicho que quien quisiera ser el primero se hiciera el último, pero no solo eran palabras, sino que ahora nos lo está diciendo con su vida, con su entrega, con su pasión. Cómo tenemos que aprender ese camino de la humildad y del amor. Es que el amor verdadero siempre nos hace humildes, pacientes, entregados en silencio y con generosidad. Cuánto nos cuesta. Nos afloran enseguida nuestros orgullos y el amor propio. Cómo nos duele cuando no corresponden a nuestro amor o nos sentimos heridos por cualquier cosa. Pero tenemos que aprender la lección de Jesús. Si nos sentimos salvados por tanto amor, eso tiene que movernos a un amor igual, a buscar siempre y en todo lo que es la voluntad del Señor. ‘Tu quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano una vida sumisa a tu voluntad’, hemos pedido en la oración litúrgica de este día. ‘Que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio y que un día participemos de su gloriosa resurrección’. Sigamos con nuestra contemplación a lo largo del día, de estos días santos que estamos iniciando. Es la semana de la pasión que nos llevará a la resurrección. Que la contemplación de la pasión en estos días nos lleve a la Pascua, a ese paso de Dios por nuestra vida. Paso de amor, de entrega, de pasión, de vida para nosotros. Tenemos que vivirlo. No somos espectadores sino que tenemos que meternos hondamente en la pasión del Señor, dejar que el Señor con su gracia se meta en nuestra vida y en ese paso de Dios encontremos la salvación, lleguemos a vivir esa nueva vida que El nos ofrece y quiere para nosotros. Así llegaremos a participar de su resurrección siendo resucitados con El. El centurión reconocería después de su muerte ‘realmente éste era Hijo de Dios’. Y en la carta de san Pablo escuchábamos ‘por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre… y toda lengua proclame Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre’. Es lo que nosotros tenemos también que proclamar con toda nuestra vida. Lo cantaremos así cuando llegue la Pascua, la resurrección. Y tendremos que hacerlo siempre con el testimonio de nuestra fe y nuestra vida cristiana. Y es que ‘al morir destruyó nuestra culpa y al resucitar fuimos justificados’ que diremos en el prefacio.

sábado, 16 de abril de 2011

Vamos a subir a Jerusalén para celebrar la pascua del Señor


Ez. 37, 21-28;

Sal.: Jer. 31, 10-13;

Jn. 11, 45-56

La situación no podía seguir así podían estar pensando los judíos, sobre todo los sumos sacerdotes y los fariseos que con tanta inquina acosaban a Jesús. ‘Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en El…’

Por eso razonaban que había que hacer algo porque ‘si lo dejamos seguir, todos creerán en El y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación’. ¿Era por convencimiento de que en verdad Jesús no podía ser el Mesias o es que peligraban algunas cosas en su forma y estilo de vivir? Pareciera que lo que tenían es lo podían hacer los romanos, la agitación social que se pudiera provocar, o su situación de privilegio pudiera estar en peligro. Algunas veces parece que las intenciones o voluntades no eran del todo limpias.

Será el Sumo Sacerdote de aquel año, Caifás, el que les haga caer en la cuenta de lo que tendrán que hacer. ‘Vosotros no entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Desde sus propios y torcidos intereses estaba hablando proféticamente dándonos una razón teológica para la muerte de Jesús. Ya el evangelista nos dirá que ‘no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote, habló proféticamente anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos’.

Realmemente era lo que había anunciado Jesús tantas veces. Era el sentido desde el amor de su entrega y de su muerte. Sería la sangre derramada por todos los hombres para el perdón de los pecados. Sí iba a ser la salvación de todo el pueblo.

Es también lo anunciado por el profeta Ezequiel tal como hemos escuchado en la primera lectura. ‘Voy a recoger a los israelitas, de las naciones a las que se marcharon; voy a congregarlos de todas partes… los purificaré. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios… haré con ellos alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos… y sabrán las naciones que yo soy el Señor’.

‘Os conviene que uno muera por el pueblo…’ decía Caifás. Y Cristo va a morir por nosotros; y en su sangre se va a establecer la Alianza nueva y eterna. Cuando escuchamos todo esto tienen que surgir en nosotros mayores deseos de celebrar el misterio pascual de Cristo para lo que hemos venido preparándonos. Es que en Jesús encontramos la salvación, el perdón de nuestros pecados, la vida, la gracia.

Y hemos de disponernos de verdad a celebrarlo y a vivirlo. No como espectadores; no con la rutina de los que hacen un año más lo mismo; no como si a nosotros no nos tocara de nada todo este misterio que estamos celebrando. Sino que queremos vivirlo con intensidad, llenándonos de verdad de la gracia de Dios. Ya estamos a las puertas de la Semana Santa y va a culminar pronto todo este recorrido de nuestro camino cuaresmal. Pero para sentirnos renovados, para sentirnos resucitados con Cristo. Tiene que ser en verdad la Pascua para nosotros, el paso del Señor por nuestra vida para llenarnos de su salvación.

El evangelio de hoy termina diciéndonos que ‘se acercaba la Pascua de los judíos… y muchos que habían subido antes para purificarse buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban ¿qué os parece? ¿no vendrá a la fiesta?’ Mañana vamos a celebrar la entrada de Jesús en Jerusalén para celebrar la Pascua y con ello iniciamos esta semana grande. Pero quizá esa pregunta nos tendría que hacer preguntarnos a nosotros mismos, ¿y nosotros vamos a subir de verdad a la fiesta? ¿vamos de verdad a entrar en esta semana para celebrar con toda profundidad la Pascua del Señor?

sábado, 27 de marzo de 2010

Subamos con Jesús a la Pascua

Ez. 37, 21-28
Sal. Jer. 31
Jn. 45-56

‘Vosotros no entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Por supuesto entendemos el sentido de las palabras de Caifás según sus propios supuestos.
La gente se estaba yendo con Jesús y para ellos era un fracaso. Tras la resurrección de Lázaro muchos judíos habían comenzado a creer en Jesús. Así nos lo ha ido explicando el evangelista en distintas situaciones. Según las suposiciones de los sumos sacerdotes, de los fariseos y del Sanedrín aquella podría acabar en división y en una posible revuelta y los romas actuarían y podría haber grandes matanzas. Mejor que muera uno, no muchos o todo un pueblo que podría verse aplastado.
Pero aunque esta era la buena posición en su lógica política, los creyentes en Jesús desde un principio entendieron estas palabras de Caifás como una profecía y así nos lo recoge el evangelista. ‘Esto no lo dijo por propio impulso sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente anunciando que Jesús iba a morir por la nación y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos'.
La muerte de Jesús no fue sólo una trama humana de quienes no quisieran aceptar a Jesús como Mesías o como Hijo de Dios. Con ojos de fe detrás de todo eso estamos viendo el designio de Dios. Un designio amoroso en el que quiere darnos la paz y la salvación. Un designio divino ya anunciado en el paraíso terrenal cuando anuncia la derrota de la serpiente. Pero un designio divino mantenido en la fe y la esperanza del pueblo creyente por los profetas en la espera de un Mesías Salvador. Es cierto que habían confundido muchas veces el sentido de ese Mesías Salvador, pero así estaba anunciado como aquel que iba a restablecer de una vez para siempre la Alianza de Dios con su pueblo, con toda la humanidad, como hoy mismo lo hemos escuchado en el profeta Ezequiel como muchas veces en otros profetas. ‘Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos… con ellos moraré, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo…’
Por eso nos hablará Jesús de su voluntad decidida de subir a Jerusalén cuando llegaba el tiempo y la hora. Se mantiene lejos de Jerusalén mientras no ha llegado esa hora, como le vemos en estos momentos que se va más allá del Jordán. Nos hablará de que nadie tiene poder para quitarle su vida, sino que El la entrega libremente.
Cuando llegue la hora de pasar de este mundo al Padre El iniciará todos los preparativos y dará los pasos. Lo veremos prontamente cuando se disponga a celebrar la Cena del Cordero Pascual, el cordero de la Antigua Alianza. El será el Cordero de la Nueva Alianza que se entregará y se inmolará, que nos dará la más suprema prueba de amor. Que derramará su Sangre para sellar la Alianza nueva y eterna. Es verdad, el va a morir por nosotros y por todos los hombres. Se entrega El para que nosotros no muramos sino que tengamos vida. A precio de su sangre hemos sido rescatados. Su muerte por nosotros en la Cruz es el inicio de una vida nueva porque podremos comenzar a llamarnos y ser hijos.
Es lo que nos disponemos a celebrar y a vivir. Hemos de disponer de verdad nuestro espíritu, abrir nuestro corazón a la gracia divina, celebrar y vivir con toda intensidad esta fiesta pascual a la que vamos a subir con Jesús.