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martes, 20 de enero de 2026

Dios quiere siempre el bien del hombre, es lo importante, con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios

 


Dios quiere siempre el bien del hombre, es lo importante, con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios

1 Samuel 16, 1-13; Salmo 88; Marcos 2, 23-28

No podemos confundir la baranda del camino que sirve para apoyarnos y evitar peligros con el mismo camino; nuestros pies han de ir pisando seguros por el camino, nunca por encima de la baranda. Y muchas veces nos confundimos y le damos más importancia a las cosas circunstanciales que simplemente tenemos como ayuda que a lo que es verdaderamente lo fundamental, lo que tiene que ser esencial en nuestra existencia. Las cosas están a nuestro servicio, no nosotros al servicio de las cosas. Las normas nos marcan aquellas pautas que nos sirven para no desviarnos, pero tenemos que ir a lo fundamental y nosotros los cristianos tenemos como fundamental la Palabra de Dios. No es ya la pauta de nuestra vida, sino lo que da sentido a nuestra vida. Qué importante entonces que nos envolvamos de evangelio, nos empapemos de evangelio porque no puede ser una cosa externa sino algo que eche raíces en lo más hondo de nosotros.

No es un camino fácil, el discernir de verdad lo que el Señor quiere de nosotros, lo que el Señor nos dice, lo que es en verdad su Palabra, que entonces será siempre para nosotros una palabra salvadora, una palabra de salvación. Pero le hemos hecho tantos añadidos que luego consideramos fundamentales que al final nos crea confusión. Por eso abrimos nuestro espíritu a su Espíritu que es el que verdad nos guía allá en lo más hondo del corazón.

En la palabra de Dios que hoy escuchamos tenemos dos muestras de ello. Por una parte Dios ha confiado al profeta Samuel para que elija a un nuevo rey para su pueblo. En sus criterios humanos, incluso con toda su visión profética, según van apareciendo los distintos hijos de Jesé piensa el profeta que tiene delante el elegido del Señor, sin embargo el espíritu divino lo va guiando para que descarte a aquellos que a él humanamente le parecen los mejores, hasta que llega el más pequeño, al que han enviado lejos a cuidar de sus rebaños, pero que es el elegido del Señor. Dios no mira los ojos, no se queda en lo externo, sino que mira el corazón. ¿Sabremos hacerlo?

Por otra parte tenemos en el evangelio la exigencia ‘según la ley’ de guardar el descanso sabático y los fariseos se quejan de que los discípulos de Jesús ‘no están cumpliendo la ley’. ¿Qué será más importante? ¿El cumplimiento formal de la ley, salga el sol por donde salga como se suele decir, o el bien del hombre, el bien de la persona? Una ley o norma que en su origen tenia como función el bien de la persona cuidando el descanso de los que trabajaban que también se convirtió en ocasión para la alabanza del Creador, pero que se había convertido en algo inviolable aunque no se buscara el bien de las personas. ¿En qué tenemos que fijarnos? Dios quiere siempre el bien del hombre, y eso es lo importante en lo que  hemos de fijarnos porque con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios.

Fijémonos que de los diez mandamientos solo tres se expresan como una forma de alabar y bendecir a Dios, pero cada uno de los restantes mandamientos buscan el bien de la persona, cuidando nuestra propia dignidad en la rectitud con que hemos de vivir pero al mismo tiempo con el respeto a las personas que están a nuestro lado a las que de ninguna manera podemos hacer daño, sino más bien mostrar nuestro amor y nuestro respeto. Con ello, pues, estaremos mostrando la gloria de Dios, bendiciendo al Señor nuestro Dios.

Buscad el Reino de Dios y su justicia, nos dirá el evangelio en otro momento, que lo demás se nos dará por añadidura.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Preparemos una morada para Dios a la manera del corazón humilde de María

Preparemos una morada para Dios a la manera del corazón humilde de María

En la noche de Belén nos encontraremos con María y con José que deambulan por las calles de Belén buscando una posada porque va a nacer Jesús pero para ellos no hay sitio en la posada.
Pero fijémonos que en la primera lectura de hoy el Rey David, que ya ha conquistado Jerusalén y puede vivir él ya en un palacio quiere sin embargo construir un templo para el Señor donde deposite el arca de la Alianza y sea signo y lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo.  Como hemos escuchado aunque el profeta en principio le da la aprobación, sin embargo el Señor no quiere ese templo construido por manos humanas y así se lo hace saber el profeta a David en el nombre del Señor. Serán otras las promesas que Dios le haga a David y que veremos cumplidas en Jesús.
Nosotros quisiéramos también buscar donde recibir a Dios y encontrarnos con el Señor, y a la manera del rey David queremos construir los mejores y más hermosos templos en su honor. Pero los caminos y designios de Dios son bien distintos, porque El ya ha encontrado donde encontrarse mejor con el hombre y se ha elegido el mejor templo o la mejor morada, como queramos decir, para ser ese Emmanuel, ese Dios con nosotros.
Ha elegido a una humilde doncella de Nazaret que está desposada con un artesano, con el carpintero del pueblo, aunque aun no se han celebrado los desposorios, lo cual indica como será en los pequeños y los humildes donde mejor podremos sentir su presencia. Aquella doncella de Nazaret, aunque su nombre sabe a gloria, porque se llama María, sin embargo a sí mismo se llama la humilde esclava del Señor.
Decíamos cómo nosotros también buscamos cómo mejor acoger al Señor, al rey de la gloria que viene a nosotros pero aquí tenemos la lección, el mensaje que el mismo Señor nos quiere dar. Cuando seamos capaces de tener un corazón humilde como el de María, que sea capaz de vaciarse de todo, que sea capaz de vaciarse de si mismo estaremos preparando la mejor morada que le podamos ofrecer a Dios que siga siendo Emmanuel, siga siendo Dios en medio de nosotros los hombres.
Solo el corazón vacío de sí mismo, el corazón humilde y que se siente pequeño es capaz de albergar a Dios. Así se sintió María, así tenemos que sentirnos nosotros, así tenemos que abrirle nuestro corazón a Dios. En esa pobreza y en esa humildad se hará presente Dios. Con esa pobreza sentirnos no solo pequeños sino muy necesitados de El porque somos pecadores y El es el que va a salvar al nombre de sus pecados, con esa humildad pero muy llena de amor es cómo podremos recibir a Dios.
Pensemos que buscará esa pobreza en Belén de manera que no habiendo sitio ni siquiera en la posada, que ha era un lugar donde guarecerse los pobres caminantes y peregrinos, tendrá finalmente que nacer en un establo recostándose en la paja de un pesebre y al calor del vahído de unos ganados.
¿Qué le vamos a ofrecer nosotros? ¿cómo vamos a preparar nuestro corazón? Miremos a María y aprendamos de ella. En ella contemplamos su fe y su humildad; de ella aprenderemos a vaciar nuestro corazón para que solo se llene de Dios; de ella que es madre amorosa aprenderemos los mimos del amor; con ella aprenderemos a mirar con mirada nueva las necesidades de los demás; como ella sabremos ponernos en el camino del servicio, de la acogida, de la hospitalidad, del amor para ir siempre de la mejor manera al encuentro con los demás, que es ir al encuentro de Dios.
No siempre es fácil porque pesan muchas rémoras en nuestra vida que nos retrasan en el camino y la tarea a realizar; no siempre es fácil porque aparecerá el sacrificio y el sufrimiento pero será también una forma de ofrecernos al amor del Señor.
Ese es el templo más hermoso que podemos construir en nuestra vida para acoger y recibir a Dios. Caminando con ese estilo de María los hombres podrán descubrir de verdad al Emmanuel, al Dios con nosotros, porque con nuestra vida y nuestro amor lo estaremos haciendo presente en nuestro mundo.

martes, 21 de enero de 2014



Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado

1Sam. 16, 1-13, Sal. 88; Mc. 2, 23-28
‘Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga poderoso…’ Así repetimos con el salmo. Una referencia clara a lo que hemos escuchado en la primera lectura. Comienza a narrarnos la historia de David, el que iba a ser un gran rey de Israel, en el que se fundaría la dinastía davídica en una importante relación con el mesianismo que marcaría toda la historia de Israel.
Hemos venido escuchando a grandes trazos desde su nacimiento la presencia y la figura del profeta Samuel que ante la petición del pueblo y, aunque él no lo veía claro, le había dado como rey a Saúl. Ya escuchamos en días anteriores cómo Saúl no fue agradable al Señor y fue reprobado por su desobediencia a la voluntad de Dios. ‘Obedecer al Señor vale más que un sacrificio, ser dócil más que grasa de carneros…’
Hoy escuchamos cómo Dios le dice a Samuel que les dé un nuevo rey y lo envía a Belén, a la casa de Jesé, para que entre sus hijos encuentre el elegido del Señor. Ya escuchamos con detalle el relato. Aunque pasan todos los hijos de Jesé por delante del profeta ninguno es el elegido del Señor, porque ‘la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón’. 
Mensaje hermoso que nos daría para hacernos una hermosa reflexión y aprender a hacer esa mirada profunda cuando nos acercamos o nos relacionamos con los demás, para no quedarnos en las apariencias, ni para hacer el juicio fácil que con tanta frecuencia nos sale y nos lleva desde la apariencia a la crítica y a la condena sin conocer realmente lo que pasa dentro del corazón de cada persona. Cómo tendríamos que aprender para fijarnos en lo que de verdad vale en la persona, aunque esté oculto a nuestros ojos y no quedarnos nunca en lo superficial, porque lo esencial es invisible a los ojos, pero sí podemos percibirlo desde el corazón cuando nos acercamos con rectitud, sin malicia, con buenos ojos e intenciones al prójimo.
Pero centrémonos en el texto, aunque este comentario que hemos hecho ante esa sentencia también nos puede ayudar mucho. Será el más pequeño, el que parece que no es tenido en cuenta ni siquiera por su padre que ha convocado a todos sus hijos para participar en el sacrificio y posterior comida que se está haciendo con Samuel, el que va a ser el elegido del Señor. ‘¿No quedan ya más muchachos?’, le pregunta Samuel cuando han pasado todos los hijos presentes. ‘Todavía falta el más pequeño que está guardando el rebaño… Manda que lo traigan, le dice Samuel, que no comeremos hasta que haya venido’.
Es el elegido del Señor y sobre el que Samuel va a derramar la cuerna del aceite para ungirlo como rey de Israel. Así son los designios de Dios. Así hemos visto y seguiremos viendo a lo largo de toda la historia de la salvación cómo Dios elige a sus preferidos para los que tiene misiones especiales. Lo que puede parecer pequeño e insignificante no lo es para el Señor. La mirada del Señor no es como la nuestra, porque el Señor mira el corazón.
Y es que, como hemos repetido muchas veces con lo que nos dice el Evangelio, Dios se revela a los pequeños y a los humildes y a ellos se les manifiesta y les confía misiones especiales. Porque no será la acción humana la que realiza maravillas, sino es el poder y la gracia del Señor. Nunca podemos decir que no valemos para nada y que nada sabemos hacer porque si el Señor nos ha elegido El hará brillar su gracia sobre nosotros y podremos también realizar maravillas, no las nuestras sino las maravillas del Señor.
Aprendamos de María la que se sentía tan pequeña que se llamaba a sí misma la esclava del Señor y cuántas maravillas realizó el Señor en ella y a través de ella sigue realizando a favor nuestro. Dejémonos conducir por el Señor; dejémonos hacer por el Señor; que se cumpla siempre su voluntad sobre nosotros. Como hemos repetido estos días hemos de decir una y otra vez: ‘Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’. Somos nosotros también los ungidos del Señor, elegidos y amados de Dios. Algo querrá el Señor de nosotros.

miércoles, 18 de enero de 2012


Yo voy a ti en el nombre del Señor de los ejércitos

1Samuel, 17, 32-33.37.40-51; Sal. 143; Mc. 3, 1-6
El libro de Samuel nos narra el episodio por todos conocido de la victoria del joven David sobre el filisteo Goliat. Entra este texto en esos episodios que tratan de magnificar al que iba a ser gran rey de lo judíos vencedor luego en muchas batallas contra los filisteos y todos los enemigos de Israel hasta su instauración en la ciudad de Jerusalén por él también conquistada.  Muchos son los relatos épicos de sus batallas y victorias así como los cánticos con que el pueblo le alababa.
Más allá de todo eso podemos descubrir en este texto también hermosa lección para la lucha de nuestra vida. El joven David aun no entrenado lo suficiente para entablar batalla con el gigante filisteo sin embargo logrará vencerle. No ha podido ceñirse la armadura que el rey le había ofrecido para la lucha por su falta de entrenamiento y sólo se enfrentará con una honda y unas piedrecillas en su morral.
Pero no serán solamente su astucia y destreza en el manejo de la honda los bagajes con los que se enfrente al enemigo, sino que lo hará en el nombre del Señor. ‘Tú vienes a mí, armado de espada, lanza y jabalina; yo voy hacia ti en nombre del Señor de los ejércitos, Dios de las huestes de Israel, a las que has desafiado. Hoy te entregará el Señor en mis manos… todo el mundo reconocerá que hay un Dios en Israel’, le dice. En ese mismo sentido le había dicho al rey Saúl cuando se ofreció para enfrentarse al filisteo: ‘El Señor, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, me librará de las manos de ese filisteo’.
Ahí tenemos el hermoso mensaje y lección. Es como una parábola para nosotros. Caminamos entre luchas y tentaciones por los caminos de la vida. No nos es siempre fácil sobreponernos a las dificultades y problemas que vamos encontrando, porque nos sentimos muchas veces débiles y pequeños. Frente a la tentación que nos acecha continuamente queriendo arrastrarnos al mal y al pecado no sabemos en ocasiones como vencerla porque son cosas que nos parecen superiores a nuestras fuerzas.
Gigante es el enemigo y nosotros nos sentimos débiles y pequeños. No son solo nuestras fuerzas y ardides humanos los que van a ayudarnos a vencer la tentación. Hemos de aprender a contar con el Señor, con su gracia y con su fuerza, que si confiamos plenamente en el Señor nunca nos faltará. ‘Yo voy a ti en nombre del Señor…’ decía el joven David frente al enemigo.
Hemos de ser muy conscientes de que en nuestra lucha contra el pecado, en nuestros deseos de superación, en el camino de maduración que vamos haciendo de nuestra vida cristiana no vamos solos, y no lo hacemos sólo con nuestras fuerzas. Por eso es tan importante la oración en la vida del creyente. Oración para unirnos a Dios y descubrir lo que es su voluntad. Oración para alabar y bendecir al Señor que se hace presente continuamente en nuestra  vida. Oración para invocarle y pedir su fuerza y su gracia para nuestra lucha, para nuestro camino de santidad. Si abandonamos la oración entonces sí que nos sentiremos débiles e incapaces. Y nos pasa tantas veces que oramos con desgana, o abandonamos la oración.
‘Líbranos del mal, no nos dejes caer en la tentación’, rezamos cada día con el padrenuestro. Hemos de ser conscientes de que vamos a superar y vencer la tentación en el nombre y con la fuerza del Señor. Esa oración ha de salir sincera e intensa de nuestro corazón. En esa oración fundamentamos y fortalecemos nuestra vida y nuestro seguimiento de Jesús.   

martes, 17 de enero de 2012


Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado

1Samuel, 16, 1-13; Sal. 88; Mc. 2, 23-28
‘Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso…’ Lo hemos recitado en el salmo en clara referencia a lo escuchado en la primera lectura del primer libro de Samuel.
Hemos venido escuchando en la primera lectura estos días este primer libro de Samuel, un libro del Antiguo Testamento que nos relata momentos muy importantes en la historia del pueblo de Israel y de la historia de la salvación. Nos ha hablado del nacimiento en medio de hechos extraordinarios de Samuel como siempre sucede con los grandes personajes de la Biblia; de la vocación de Samuel, o la llamada del Señor al niño Samuel que escuchamos también en la primera lectura del domingo con la hermosa enseñanza de cómo hemos de abrir nuestro corazón para escuchar al Señor que nos habla.
Pero Samuel, juez en la historia de Israel y podíamos decir también profeta, tuvo unas intervenciones importantes en la historia del nacimiento de la monarquía en el pueblo de Israel. Ante la petición del pueblo primero fue elegido Saúl, pero por su infidelidad y pecado es reprobado por el Señor y hoy hechos escuchado la elección y unción de David como rey.
La elección de David, el más pequeño de los hijos de Jesé va a tener repercusiones muy grandes en la historia de Israel, pues el Señor le promete un reino que durará para siempre, con resonancias de claro sentido mesiánico, porque siendo de la tribu y familia de Judá en él se van cumpliendo los anuncios proféticos que ya Jacob hiciera a favor de su hijo Judá. Ya conocemos, por otra parte, las palabras del ángel a María en Nazaret que le anuncia que ‘el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin’.
Ya hemos escuchado el relato del texto sagrado. Samuel no se ha de dejar engañar por las apariencias en la elección del que va a ser el ungido del Señor. ‘No mires su apariencia y su gran estatura, pues yo lo  he descartado, le dice el Señor cuando Samuel vio a Eliab y pensaba que era el elegido del Señor. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón’. Hermoso mensaje para que aprendamos nosotros a no dejarnos engañar por las apariencias en nuestros juicios sobre las personas. Cuántos prejuicios se nos forman cuando solo nos dejamos guiar por las apariencias; hemos de aprender a mirar más hondo para ver de verdad el corazón del hombre.
Finalmente será elegido el más pequeño, David, que estaba en el campo guardando los rebaños. Un pastor es elegido para ser pastor de su pueblo Israel lo que igualmente tiene sus resonancias mesiánicas en referencia a Jesús verdadero Pastor y guardián de nuestras vidas. Siendo el elegido Samuel lo unge con aceite, como un signo de su consagración. Dios lo ha elegido y lo ha consagrado para ser el pastor de su pueblo Isarael.
Aparece el signo de la unción que se irá repitiendo en la Biblia para ungir a los sacerdotes y a los reyes, y que se convertirá para nosotros en un signo sagrado y sacramental con el que ya somos ungidos en el Bautismo para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes, pero que tendrá también su expresión en distintos sacramentos, como la Confirmación, ungidos por el Espíritu para ser testigos y apóstoles, o del Orden Sacerdotal para consagrar a aquellos ministros que en el  nombre del Señor presidirán a la comunidad y nos alcanzarán la gracia del Señor en su ministerio.
Otra unción tenemos en el Sacramento de los enfermos, pero no ya como consagración, no es el crisma el que se utiliza, sino como signo y señal de la presencia y fuerza del Señor junto al hombre que sufre la enfermedad para así sentirse fortalecido en el Señor.
‘Lo he ungido con óleo sagrado, para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso’. Que sintamos nosotros esta mano poderosa del Señor en nuestra vida con su gracia recordando que desde nuestro Bautismo somos con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Justicia y paz, compromiso de navidad


Gén. 49, 2.8-10;

Sal. 71;

Mt. 1, 1-17

Iniciamos estos ocho días de más intensa preparación para la Navidad, caracterizados por una parte por las llamadas antífonas de la O, que son las antífonas que en vísperas cada tarde acompañan el canto del Magnificat y en que la liturgia eucarística se nos proponen en el Aleluya antes del Evangelio, y por otra por los textos del evangelio del principio de san Mateo y san Lucas en referencia a los acontecimientos previos al nacimiento de Jesús.

Las antífonas a las que hacemos referencia son como aclamaciones a Cristo que viene a nosotros como Sabiduría de Dios, Jefe de la Casa de Israel, Rey de las naciones, estrella y llave de David, Raíz de Jesé, por sólo citar algunas.

Hoy escuchamos en el evangelio el inicio del de San Mateo, a quien seguiríamos escuchando también mañana, salvo que como es domingo tendremos los textos del cuarto domingo de Adviento. El resto de días iniciaremos el evangelio de san Lucas al que iremos leyendo de forma continuada, para concluir leyendo el relato del nacimiento de Jesús en la misa de la nochebuena.

Como decíamos hoy nos presenta san Mateo ‘la genealogía de Jesús, hijo de David, hijo de Abrahán’. Es el inicio del evangelio de Mateo. Es como su entronque en el pueblo judío, puesto que parte de los orígenes de la historia de Israel con Abrahán a quien Dios le había prometido hacer padre de un pueblo numeroso. Pero es también hablarnos del linaje de David, de la tribu de Judá en quien vemos precisamente en la primera lectura el anuncio en cierto modo mesiánico que le hace su padre Jacob.

‘No se apartará de Judá el cetro ni el bastón de mando entre sus rodillas’, le dice Jacob delante de todos sus hijos haciéndolo heredero de la promesa. Es lo escuchado en la primera lectura. Sería de la tribu de Judá de la que nacería el rey David, como del linaje de David es José, como nos dice el evangelio. Y a Jesús, como le anuncia el ángel a María ‘el Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin’. Es como el cumplimiento de lo profetizado por Jacob a su hijo Judá para su descendencia.

Recojamos el sentido del responsorio del salmo que hoy hemos recitado para hacerlo oración, hacerlo la petición de nuestro día. ‘Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente’, repetíamos. Como hemos venido escuchando en el anuncio de los profetas a través de todo este tiempo del Adviento, la justicia y la paz son los frutos que van a florecer con la venida del Mesías.

Es el mundo nuevo que Jesús va a instaurar. Es el Reino de Dios que nos anuncia y se constituye en El. El Reino de la justicia y de la paz. Los ángeles cantarán la gloria del Señor y la paz para todos los hombres a la hora del nacimiento de Jesús.

Cuánto tenemos que pedírselo al Señor. Cuánto lo necesitamos nosotros y lo necesita nuestro mundo tan convulso y tan revuelto con tantas cosas. Es nuestra oración y será también nuestro compromiso buscando siempre lo bueno, buscando siempre la paz, buscando que en verdad todos los hombres podamos vivir con toda dignidad.

Pensemos que nuestro compromiso tiene que ser que a partir de esta vivencia de la Navidad, sintamos más presente a Dios entre nosotros y todos podamos conocer más y vivir la salvación que Jesús viene a traernos. En eso nos sentimos comprometidos y de esa vida nueva de justicia y de paz tenemos que ser testigos.

jueves, 28 de julio de 2011

¡Qué deseables son tus moradas…!

Ex. 40, 16-21.34-38;

Sal. 83;

Mt. 13, 47-53


‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos!’ Lo hemos repetido en el salmo. Es la expresión del deseo de todo verdadero creyente. Estar con el Señor. Vivir en la gloria de Dios. ‘Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo’.
Este responsorio y este salmo lo hemos ido recitando, como respuesta de oración a la Palabra proclamada, después de escuchar la descripción que el libro del Exodo nos ha hecho del Santuario del Señor construido por Moisés allá en medio del campamento. Pero ese santuario material, con toda su suntuosidad, con toda la riqueza con que era adornado, porque era para el Señor, es imagen del Santuario de los cielos. Es la imagen terrena que nos recuerda esa presencia del Dios en medio de su pueblo, repito, imagen del Santuario del cielo. Allí está el verdadero y auténtico santuario de Dios.
Todo para manifestar y expresar la gloria del Señor. Porque ¿qué es el cielo? No nos quedamos en un lugar fisico, porque al estar hablando de la presencia de Dios estamos hablando de algo espiritual. El cielo es Dios, es estar en Dios, vivir a Dios en plenitud, gozar de la gloria de Dios. Humanamente mientras caminamos por la tierra necesitamos de esos templos materiales, de esos santuarios que nos manifiesten esa gloria de Dios, nos hagan presente esa gloria del Señor, nos recuerden esa presencia de Dios en medio nuestro. Es una imagen, pues, porque la presencia y la gloria del Señor no la podemos encerrar en ningun templo material. Es algo mucho más profundo e intenso con toda la inmensidad que es Dios.
Eso era, significaba, aquel Santuario levantado por Moisés allí en medio del campamento de Israel. Era la tienda del encuentro, aquel lugar que ‘cuando la nube se posaba sobre él la gloria del Señor llenaba el Santuario’. Esa presencia de la gloria del Señor estaba siendo quien en verdad guiase al pueblo en su peregrinar. Todas las imágenes con que se describe de eso nos están hablando. ‘Cuando la nube se alzaba del Santuario, los israelitas levantaban el campamento en todas sus etapas… de día la nube del Señor se posaba sobre el Santuario, y de noche el fuego, en todas sus etapas, a la vista de toda la casa de Israel’. Era la señal cierta de cómo Dios estaba con ellos.
Cuando ya se establezcan definitivamente en el territorio de Canaán David querrá levantar un templo para el Señor, pero será su hijo y sucesor Salomón el que lo podrá construir. Pero ya sabemos cómo Cristo nos viene a decir que El es el verdadero templo de Dios, porque es la más grande, la más intensa, la más maravillosa presencia de Dios en medio nuestro, Emmanuel, Dios con nosotros, para nuestra vida y salvación.
Seguimos nosotros levantando templos materiales pero ya sabemos siempre que son imagen del templo celestial. Todo a imagen de Cristo, por eso nuestros templos se convierten también en signos de Cristo en medio de nuestro mundo. Seguimos aspirando a habitar en las moradas del Señor, pero ya sabemos nosotros que ese habitar en las moradas del Señor es habitar en Dios. Así centramos nuestra vida en Cristo y en El y por El siempre queremos vivir. Nuestro vivir ya no será otro que vivir a Cristo, o que Cristo viva en mí. Por lo que nosotros, como hemos reflexionado recientemente, nos convertidos en esos templos del Espíritu, en esa morada de Dios.
El templo sigue siendo para nosotros ese Santuario de Dios, ese lugar sagrado que es ‘Tienda del Encuentro’, lugar del encuentro con el Señor porque allí escuchamos de manera especial su Palabra y celebramos el culto a Dios viviendo los sacramentos. El templo sigue siendo en medio de nosotros ese signo de la presencia de Dios, pero que nos habla de ese Santuario en plenitud de los cielos que todos deseamos un día poder habitar.
‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos!’ Cuánto deseamos estar con el Señor. vivamos esa santidad que nos llena de la gracia del Señor y sentiremos en verdad cómo Dios habita en nosotros, somos esa morada de Dios y ese templo del Espíritu.

sábado, 9 de abril de 2011

Bandera discutida y Cordero inmolado, sacramento de vida y de gracia


Jer. 11, 18-20;

Sal. Sal. 7;

Jn. 7, 40-53

‘Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten, será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma’. Fue el anuncio del anciano Simeón a María en referencia a lo que significaba, sería aquel Niño que era presentado en el templo del Señor.

Es lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. ‘Unos decían: éste es de verdad el profeta. Otros decían: Este es el Mesías. Pero otros decían: ¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que vendrá del linaje de David y de Belén, pueblo de David? Y así surgió entre las gentes una discordia por su causa’. Lo que había anunciado proféticamente Simeón como escuchamos. No se ponen de acuerdo.

De alguna manera están reconociendo quién en verdad es Jesús, pero en el fondo no quieren aceptarlo. Del linaje de David, nacido en Belén. Y los mismos enviados a prender a Jesús terminarán reconociendo: ‘Jamás nadie ha hablado así’. Y no fueron capaces de prenderle. Como reflexionábamos ayer: ‘No había llegado su hora’. Nicodemo, el que había ido de noche a ver a Jesús y había reconocido que tenía que venir de Dios porque de lo contrario no haría las cosas que Jesús hacía, interviene para que al menos se hagan las cosas con una cierta legalidad escuchándolo primero, pero también quieren acallarlo.

Jesús es ‘como cordero manso, llevado al matadero’, que nos anunciaba el profeta Jeremías. O como escucharemos el viernes santo a Isaías ‘maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca…’ O como nos ha dicho hoy también Jeremías: ‘no sabía los planes homicidas que contra mí planeaban: Talemos el árbol en su lozanía, arranquémoslo de la tierra vita y que su nombre no se pronuncie más’. El profeta va hablando desde la experiencia que él ha vivido de rechazo y persecusión y que se convierte en anuncio profético de la misión y la obra del Mesías Salvador.

En verdad estamos contemplando al Cordero que va a ser inmolado. Cristo es el verdadero Cordero Pascual, signo no de una antigua alianza, de una antigua pascua, sino de la pascua definitiva y eterna que en su sangre se iba a realizar, con su inmolación para nuestra salvación. Es El quien se ofrece, se entrega. Es la prueba más grande del amor. Su cuerpo entregado y su sangre derramada es para nosotros sacramento de vida y salvación cuando comemos y bebemos el Pan y el Vino de la Eucaristía.

Todo hemos hemos de ir considerando en este camino cuaresmal que estamos haciendo, preparándonos para la Pascua, para ese paso de Dios por nuestra vida, paso salvador, paso de gracia y de vida. Es importante, pues, que estemos bien preparados y vayamos dando todos estos pasos, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios, dejándonos transformar hondamente para arrancarnos de la muerte y del pecado y nos llenemos de vida, de luz, de gracia.

Son los signos que nos van apareciendo a lo largo de esta cuaresma y que tenemos que saber aprovechar ampliamente porque está en juego esa gracia del Señor ysu salvación. Es el signo de vida y de resurrección que vamos a escuchar, a contemplar en el quinto domingo de cuaresma.

‘Señor, Dios mío, a ti me acojo, líbrame de mis perseguidores, que no me atrapen…’ la tentaciones del enemigo malo y los peligros que me acechan, sino que con la fuerza y la gracia del Señor alcance esa luz y esa vida, me llene de la salvación de Dios. ‘Mi escudo es Dios que salva a los recos de corazón’. Que así experimente y viva yo la salvación de Dios.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Alégrate tierra porque viene el Señor


Gen. 49, 2.8-10;

Sal. 71;

Mt. 1, 1-17

Caminamos ya como en una recta final hasta la celebración de la navidad. Estos ocho días la liturgia nos va a ofrecer textos muy específicos que nos ayuden a intensificar nuestra preparación para la celebración del nacimiento del Señor. Es el adviento que toma mayor intensidad y tiene que ser nuestro corazón el que se abra más plenamente al Señor que llega en todo ese sentido profundo que tiene la navidad y sobre lo que hemos reflexionado una y otra vez.

La liturgia nos invita también a alegrarnos porque el Señor está cerca. ‘Exulta, cielo; alégrate, tierra, porque viene el Señor y se compadecerá de los desamparados’, decíamos en la antífona de entrada de esta fiesta. Nos alegramos con gozo grande pero eso nos invitará a intensificar más nuestra preparación. Una preparación que ha de ir por dejarnos trasnformar día a día más por la gracia del Señor.

Comienza la liturgia ofreciéndonos hoy en el evangelio de san Mateo la ‘genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán’. El Hijo de Dios que vemos encarnarse en el seno de María – como decimos en la oración litúrgica – se hace hombre y nace en un pueblo concreto que es el pueblo de Israel con su historia de salvación concreta desde que Dios en el paraíso prometiera un salvador. Es el hijo de David, es el hijo de Abrahán. Aquel en quien se van a cumplir todas las promesas del Antiguo Testamento para ser nuestro Salvador.

Por eso en la primera lectura hemos escuchado este texto del Génesis donde Jacob hace a Judá depositario de las promesas. ‘No se apartará de Judá el cetro ni el bastón de mando entre sus rodillas, hasta que le traigan tributos y le rindan homenaje los pueblos’. La tradición judía y cristiana han entendido siempre este oráculo en sentido mesiánico. De la tribu de Judá será el rey David y como le anuncia el ángel a María ‘el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin’.

Y en ese sentido nos dirá san Lucas cuando nos narre el nacimiento de Jesús que ‘también José, por ser de la estirpe y de la familia de David, subió desde Galilea a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén para inscribirse con María que estaba en cinta’ en cumplimiento del mandato de Quirino, Gobernador de Siria.

Iremos pidiendo al Señor en estos con las hermosas antífonas que la liturgia nos ofrece que nos llenemos de la Sabiduría de Dios, que nos veamos liberados de la cautividad del pecado y de las tinieblas de la muerte, que nos veamos iluminados por su luz. Y pediremos con insistencia que venga pronto el Señor con su salvación. Ven pronto, Señor, no tardes, le diremos una y otra vez.

La gente estos días se afana con muchas cosas; son muchos los preparativos, pero que se quedan muchas veces en cosas materiales con la mejor buena voluntad. Es hermosa toda la ornamentación que hagamos como un signo de nuestra alegría y como una señal clara de lo que estamos celebrando. Son hermosos esos deseos de paz y de felicidad que nos expresaremos mutuamente y que las familias hagan sus preparativos para ese bonito encuentro en el hogar de todos. Pero no olvidemos preparar nuestro corazón, limpiarlo de la suciedad del pecado buscando la gracia que el Señor nos ofrece en los sacramentos, y en especial en el sacramento de la penitencia. Que los otros preparativos no nos hagan olvidar el que es más importante para que en verdad Dios pueda nacer en nosotros.

sábado, 20 de marzo de 2010

Como cordero manso llevado al matadero

Jer. 11, 18-20;
Sal. 7;
Jn. 7, 40-53

‘De la gente que oyó los discursos de Jesús, unos decían: Este es de verdad el profeta. Otros decían: Este es el Mesías. Pero otros decían: ¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?’
Así nos presenta el evangelista Juan la controversia que se tenían entre sí los judíos preguntándose realmente quién era Jesús. Nos recuerda lo que los sinópticos nos cuentan. Uno con la pregunta que hacía Jesús, ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’, y otro con la reacción de Herodes cuando se enteró del actuar de Jesús y él pensaba que era Juan, al que había decapitado, que había vuelto a la vida.
¿Quién es Jesús? La pregunta que en todos los tiempos la gente se hace, aún sin tener fe. No todos por la fe le reconocerán como el Hijo de Dios, nuestro Salvador, pero sí mucha gente se admira ante su figura y hasta se siente cautivada por El. La respuesta que dieron los guardias del templo cuando volvieron sin haberle prendido es una respuesta que se repite de una forma o de otra porque contemplar a Jesús siempre produce grandes interrogantes en el corazón del hombre. ‘Jamás ha hablado nadie así’.
Sabemos que este texto del evangelio, por el tiempo en que estamos acercándose ya la pasión del Señor en la liturgia de la cuaresma se nos ofrece porque de alguna manera nos va preparando para todo el proceso que siguieron los judíos contra Jesús. En esta ocasión nos dice el evangelista que ‘algunos querían prenderle, pero nadie le puso la mano encima’ para enfado de los sumos y sacerdotes y fariseos que lo que querían era prender a Jesús para quitarlo de en medio.
Pero ahí está Jesús, aún no ha llegado su hora y por eso nadie le pone la mano encima. Cuando llegue el momento el mismo se adelantará hacia los que vengan a prenderlo, como sucederá en el huerto de Getsemaní. Ha subido a Jerusalén sabiendo la culminación que tiene su subida. Ha subido para la Pascua, pero no es sólo celebrar la Pascua judía comiendo el cordero pascual como recuerdo de la salida de Egipto. Va a ser su pascua, la definitiva, la de la Alianza nueva y eterna, la de su cuerpo inmolado y su sangre derramada. El subirá hasta lo alto del altar del sacrificio como había anunciado el profeta ‘como cordero manso, llevado al matadero’. Ya tendremos ocasión de reflexionar más hondamente en este sacrificio del cordero que se ofrece en los días del triduo pascual.
Nosotros queremos estar con Jesús, subir con El también a Jerusalén porque queremos celebrar la pascua. Nosotros sí sabemos quien es Jesús. En El contemplamos al Hijo de Dios y a nuestro Salvador, el Mesías de Dios y nuestro Redentor, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Nos unimos por la fe a su sacrificio, nos alimentamos del cordero pascual, nos sentiremos renovados totalmente cuando lleguemos a celebrar la verdadera Pascua inmolada. Mientras nos preparamos, caminamos este camino cuaresmal, deseamos llegar a vivir con toda hondura la Pascua.

sábado, 30 de enero de 2010

Que no nos hundamos, Señor, en el mar del pecado

2Sam. 12, 1-7.10-17
Sal. 50
Mc. 4, 35-40


‘Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?’ Una súplica casi desde la desesperación. Atravesaban el lago en barca y se levantó una de aquellas tormentas terribles que de vez en cuando azotaban el lago, debido al contraste de vientos entre altas montañas – el Golán y el Hermón en las cercanías - y en la depresión que de por sí tiene el mismo lago. ‘Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Jesús estaba a popa dormido sobre un almohadón’, dice el evangelio.
‘¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?’, fue la réplica de Jesús después de amainar el lago con su autoridad. ‘Silencio, cállate’. Se había puesto en pie, increpado al viento y dijo al lago.
La autoridad de Jesús también sobre las fuerzas naturales. Es el Hijo de Dios que igual cura a un enfermo, que resucita a un muerto o calma la tempestad. Pero todo es un signo de hondo que Jesús quiere hacer en nuestra vida con su salvación. Nos trae la gracia, el perdón, la vida.
Andamos muchas veces en medio de las turbulencias de las tempestades de la vida. ¿Sabremos acudir al Señor? Pero no son sólo esos problemas ordinarios en los que nos vemos envueltos. Será lucha por caminar con rectitud. Será el esfuerzo por superarnos y vivir el amor que El nos enseña. Pero a veces las turbulencias de las tentaciones están a punto de hundirnos o realmente algunas veces nos hunden. Y cuando caemos por esa pendiente todo se vuelve muy resbaladizo y peligroso.
Hemos escuchado ayer y hoy el relato del libro de Samuel que nos habla del pecado de David. Fueron muchas cosas que se fueron concatenando. Su lujuria que le llevó al adulterio; el intento de sobornar de alguna forma a Urías con regalos para que fuera a cohabitar con su mujer y todo pudiera pasar desapercibido; la maldad de mandar ponerlo en la batalla en lugar peligroso para que pereciera… Qué resbaladizo es el camino de la tentación y del pecado. Nos metemos en esa turbulencia y no sabemos cómo salir. Y luego hasta queremos justificarnos y decir que estábamos solos.
Hoy hemos escuchado cómo el profeta se encara con David y le hace reconocer su pecado con aquella sencilla parábola. Llegó a él la Palabra del Señor a través del profeta y supo reconocer su pecado. Pidió piedad al Señor. El salmo 50 que hemos recitado ayer y hoy es atribuido a David como confesión de su pecado.
Como los discípulos que iban en la barca junto a Jesús en medio de la tormenta y les parecía que Jesús se desentendía de ellos, así andamos a veces en la vida nosotros. Pero el Señor está ahí. Basta que lo invoquemos cuando llega el momento difícil de la tentación. El hará siempre que se calme esa tormenta que nos puede hundir. Pero tenemos que decirle en verdad y con todo sentido eso que ya decimos en el padrenuestro pero que lo decimos tan corriendo que no caemos en la cuenta de lo que decimos. ‘No nos dejes caer en la tentación… líbranos del mal’.
No temamos mientras vamos por el embravecido mar de la vida en medio de tantas turbulencias. El Señor está con nosotros. El nos hará llegar a la otra orilla sanos y salvos. Con el podemos vivir la santidad a la que estamos llamados.

miércoles, 27 de enero de 2010

Un templo agradable para nuestro Dios

2Sam. 7, 4-17
Sal. 88
Mc. 4, 1-20


‘¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?’ David había mostrado deseos de construir un templo para el Señor. En principio el profeta se lo había aprobado, pero ahora recibe una palabra del Señor para David que le comunica. Será otro, su hijo Salomón, el construya el templo del Señor, pero ahora Dios quiere hacerse presente y habitar de otra manera en medio de su pueblo. El Señor va darles paz en medio de los pueblos vecinos, va a hacer grande el nombre de Israel y va a consolidar el trono de David.
‘Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía… tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu reino durará para siempre…’ son las palabras proféticas y de esperanza del Señor a través del profeta.
En el orden humano la dinastía de David acabará, pero estas palabras tienen un claro anuncio mesiánico. No olvidemos que cuando el ángel del Señor le anuncia a María el nacimiento de Jesús le dice: ‘El será grande, será llamado Hijo del Altísimo: el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin…’
¿Cuál es el templo que hemos de construirle al Señor? ¿Será un templo material, un edificio terreno o será nuestro corazón y nuestra vida la que tiene que ser un templo agradable al Señor? Podemos recordar por una parte cuando Jesús hablaba del templo de su cuerpo, cuando lo de la expulsión de los vendedores del templo, con lo que venía a decirnos que El es el verdadero templo de Dios, ya que en El se nos está manifestando el mismo Dios. Lo relacionamos con lo anunciado por el profeta que le hablaban de que la casa y el reino de David iban a durar para siempre, en clara referencia a Jesús.
Y podemos recordar que nosotros hemos sido ungidos en nuestro bautismo para ser morada de Dios y templo del Espíritu. Lo que nos está hablando de nuestra dignidad grande que se nos ha concedido por nuestra unión con Jesús. El profeta le decía a David ‘te pondré en paz con todos tus enemigos y te haré grande y te daré una dinastía…’, lo cual ya nos está indicando cómo ha de ser nuestra vida con una santidad en consonancia con esa dignidad de hijos de Dios.
Finalmente si el profeta le anunciaba un reino que duraría para siempre y eso es lo que luego el ángel va a repetir de alguna forma en el anuncio a María del nacimiento de Jesús, hoy hemos escuchado en el Evangelio cómo Jesús con parábolas nos enseña cómo ha de ser ese Reino de Dios y las actitudes que tiene que haber en nuestro corazón para acogerlo.
‘Les enseñó mucho rato en parábolas, como solía enseñar’, nos dice Marcos. Y la primera parábola que nos propone es la parábola del sembrador. ¿Será necesario repetirla ahora? No nos hace daño, sino todo lo contrario, que una y otra vez la leamos, la escuchemos allá en lo más hondo de nosotros mismos, porque muchas veces esa actitud en la que damos por sabida ya una Palabra que se nos proclama nos está indicando que piedras o qué abrojos estamos poniendo en la tierra de nuestro corazón y que nos impedirán que podamos dar el fruto que se nos pide.
Esa necesaria actitud positiva, esa apertura de nuestro corazón, ese dejar a un lado todas esas cosas que nos puedan impedir escuchar con atención y sinceridad la Palabra que se nos proclama para que en verdad seamos esa buena tierra en la que caiga la semilla, son posturas y actitudes que hemos de tener en la escucha de la Palabra. Así podremos ir construyendo ese Reino de Dios en nosotros y haciéndolo presente en nuestro mundo. Así seremos ese templo digno y preparado para el Señor y todo nuestra vida sea un culto agradable a Dios.

jueves, 21 de enero de 2010

Envidias y celos, amistad y lealtad

1Sam. 18, 8-9; 19, 1-7
Sal. 55
Mc. 3, 7-12


La Palabra de Dios que cada día vamos escuchando y meditando con sinceridad de corazón nos tiene que ayudar en nuestro crecimiento personal tanto a nivel humano con en valores espirituales y cristianos. Cierto que lo verdaderamente humano es al mismo tiempo espiritual y nos ayuda en la expresión y la maduración de nuestra fe.
Los relatos que se nos ofrecen en el texto sagrado pueden ser para nosotros una referencia y nos ofrecen modelos en esos valores que nosotros hemos de aprender a reflejar en nuestra vida. Tanto si nos ofrecen aspectos negativos reflejados en los personajes que aparecen en dichos relatos como en los aspectos positivos que podemos encontrar.
Es lo que nos ofrece el texto del libro de Samuel hoy. Cuatro palabras nos pueden servir de pauta y en cierto modo están como contrapuestas: envidias y celos, amistad y lealtad.
Qué mezquina se nos vuelve la vida cuando nos dejamos arrastrar por los celos y las envidias. Aunque todo eso al final se puede corregir y enmendar. Son las actitudes del rey Saúl contra el joven David que comienza a destacar. Como es aclamado por la gente por su valentía y sus victorias en las batallas, ‘a Saúl le sentó mal aquella copla que cantaba el pueblo y comenta enfurecido: Diez mil a David, y a mi mil. ¡Ya sólo le falta ser rey! Y a partir de aquel día Saúl le tomó ojeriza a David…’ Quería incluso atentar contra su vida.
El orgullo del corazón nacido de celos y envidias lleva al hombre por el mal camino y todo se puede convertir en una pendiente peligrosa y resbaladiza que cada día nos puede hundir más en el mal. ‘Delante de su hijo Jonatán y de sus ministros, Saúl habló de matar a David’.
Enfrente está la amistad y la lealtad. El hijo del Saúl, Jonatán, y David son grandes amigos que se tienen mucho aprecio. En nombre de esa amistad previene al amigo de lo que le puede suceder y hará todo lo posible ante su padre para salvar la vida de David, hasta que consigue la promesa del rey. ‘Saúl hizo caso a Jonatán y juró: ‘¡Vive Dios, no morirá!’
A pesar del conflicto que podía haber en su corazón porque era su padre el que quería mal a David, prevalece la lealtad de una amistad sincera y pura. No puede permitir que le pase algo malo a su amigo y lo que hará será convencer a su padre para que desista del mal. Todo al final se puede corregir y enmendar, habíamos dicho más arriba.
Cosas negativas que no podemos permitir que se nos metan en el corazón; la envidia, los celos, el orgullo. Una necesaria vigilancia en nuestra vida, como hemos dicho tantas veces, porque ahí está presente siempre la tentación y la inclinación al mal. Que como hemos reflexionado recientemente, nos ha de precaver y enseñar a valorar siempre lo bueno de los demás aunque aparentemente podamos quedar nosotros en un segundo plano o lugar. Lo importante es valorar siempre lo bueno del otro sea quien sea y venga de donde venga.
Por otra parte tantas cosas hermosas de las que hemos de llenar nuestro corazón como puedan ser los hermosos valores de la amistad y la lealtad, a imagen de lo que hemos contemplado hoy en aquellos jóvenes. Tener un amigo es tener un tesoro, solemos decir. Pero amigos no sólo por lo que yo humanamente me pueda enriquecer recibiendo lo que me pueda ofrecer la amistad del otro – y no hablamos de riquezas materiales -, sino también, y esto es importante, lo que yo pueda ofrecer, compartir, dar al amigo de mi mismo y de mis valores. Es una riqueza mutua. No olvidemos que amistad viene de amor y amor es darse y gastarse por el otro. Es lo que tengo que ofrecer en nombre de la amistad.
Hermoso lo que nos ofrece como enriquecimiento para nuestra vida la Palabra de Dios que estamos reflexionando.

miércoles, 20 de enero de 2010

El Señor nos librará de las manos del filisteo

1Sam. 17, 32-33.40-51
Sal. 143
Mc. 3, 1-6


‘El Señor que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, me libará de las manos de ese filisteo’. Expresa así el joven David la confianza que tiene en el Señor para luchar contra el filisteo.
Está haciendo el texto referencia a la lucha contra el gigante Goliat que con los filisteos tantos problemas estaban causando al pueblo de Israel. El diálogo que sigue en el momento de entablar la batalla del joven con el gigante es bien hermosa y puede servirnos también para nosotros en nuestra lucha espiritual contra el maligno.
‘Tú vienes a mi armado de espada, lanza y jabalina; yo voy a ti en nombre del Señor de los Ejércitos, Dios de las huestes de Israel al que has desafiado. Hoy te entregará el Señor en mis manos…’ Habían intentado vestir con la armadura real al joven David, pero él lo rehusó. En el fondo su confianza la tenía en el Señor que estaba de parte de su pueblo y sabía él bien que no le iba a faltar esa fortaleza.
Como decía esto nos puede ayudar mucho a nosotros en nuestra lucha contra el pecado y el mal. Una lucha que bien sabemos que no hacemos por nosotros mismos ni sólo con nuestras fuerzas. Algunas veces parece que lo quisiéramos hacer solo desde nuestro voluntarismo como si sólo fuera necesario nuestra fuerza de voluntad. Es cierto que que tenemos que poner nuestro empeño y esfuerzo. Pondremos nuestros medios o resortes humanos, pero la verdadera fuerza nos viene del Señor.
Es en nombre del Señor desde donde emprendemos nuestra lucha. Es porque buscamos siempre la gloria de Dios con nuestra vida por lo que queremos ser santos y apartarnos del camino del mal y superar la tentación. Pero es la fuerza del Señor la que nos anima y fortalece.
Las palabras de David frente al enemigo nos recuerdan las palabras de Pedro que lanza la red al mar en el nombre del Señor. Es que camina el cristiano en el nombre del Señor. Cuando iniciamos nuestro día tenemos la costumbre de hacer la señal de la cruz, como cuando emprendemos el camino o comenzamos cualquier actividad. Hemos de hacerlo con sentido, sabiendo que si estamos haciendo la señal de la cruz es porque en el nombre del Señor, - ‘en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’ decimos -, estamos queriendo emprender aquella tarea o aquella lucha contra el mal.
Es lo que repetimos en la oración del Padrenuestro cada vez que la rezamos. ‘Líbranos del mal… no nos dejes caer en la tentación…’ Queremos santificar el nombre del Señor y al mismo tiempo nosotros llenarnos de la santidad de Dios, y por eso pedimos la ayuda y la gracia del Señor. Queremos en todo momento hacer la voluntad del Señor y queremos vivir en su Reino, reconociendo que El es nuestro único Señor. Queremos hacer que toda nuestra vida, todo lo que hagamos sea siempre para la gloria del Señor, y todo eso no lo podremos realizar en plenitud si no es con la fuerza del Señor.
Cuando Jesús nos dice que tendremos que enfrentarnos a tribunales y a gobernadores que nos perseguirán, nos anuncia que el Espíritu estará de nuestra parte y que no nos preocupemos de preparar nuestra defensa. Esa fuerza del Espíritu Santo es la que estará siempre de nuestro lado en la lucha contra el mal y el pecado para vencer la tentación. Que no seamos nosotros los que, obcecados por el mal y la tentación, no sepamos contar con esa gracia.
El Señor nos librará de las manos del filisteo, de las garras del maligno y no nos dejará caer en la tentación.

martes, 19 de enero de 2010

Miremos con la mirada de Dios que mira el corazón

1Sam. 16, 1-13
Sal. 88
Mc. 2, 23-28


‘Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso…’
Buen resumen que nos hace el salmo del texto de libro de Samuel que nos habla de la elección y unción de David como rey de Israel. El texto nos ha dado las motivaciones – ‘he rechazado a Saúl como rey de Israel’ – y los detalles de su elección con la marcha de Samuel a la casa de Jesé y el desfile ante él, con sus correspondientes dudas, par descubrir quién era el elegido del Señor.
No puede Samuel dejarse engañar por las apariencias porque Dios para su elección se fija en el corazón del hombre y además, como vemos frecuentemente en la Biblia, Dios escoge más bien entre los pequeños y los sencillos. De ahí esa frase que nos puede quedar para nosotros como una sabia sentencia; esas frases lapidarias que siempre hemos de recordar y que son una hermosa sabiduría que nosotros hemos de saber aplicar en tantas circunstancias de la vida.
‘No mires su apariencia… La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón’.
Es cierto que sólo Dios es el que conoce el corazón del hombre y a Dios no lo podemos engañar con nuestras apariencias y vanidades. Aunque en nuestra mirada humana nos encandilemos con las apariencias, los fulgores externos, hemos de intentar tener esa mirada de Dios para tratar de discernir la verdad de la persona y tratar de fijarnos y conocer el corazón del hombre. Porque de lo que llevamos lleno el corazón lo reflejamos en nuestras actitudes y nuestra vida.
Es un don del Espíritu el discernimiento para conocer lo bueno y descartar lo malo. Hemos de pedir ese don al Señor para tratar de discernir a través de las obras de los hombres lo que de verdad hay en el corazón. Y un criterio que siempre podríamos tener es suponer lo bueno – no tenemos derecho a juzgar a los demás – y además procurar siempre fijarnos en lo bueno de las personas, que si nosotros tenemos también un buen corazón y están lejos de nosotros las envidias y las rivalidades, eso bueno común en unos y en otros es lo que tiene que unirnos, llevarnos al buen entendimiento y a la armonía.
Muchas veces en nuestra convivencia nos cuesta aceptarnos, bien porque recibimos desaires o nos hagan cosas que no nos agradan, o bien porque en ese fijarnos sólo en lo externo no nos gusta la persona o nos cae mal. Y muchas veces vivimos en un ámbito donde tenemos que estar tropezándonos con esa persona y se nos puede poner difícil la cosa, la convivencia. ¿Sabéis una cosa que me ayuda mucho a mí en esas circunstancias? Me pongo a rezar por esa persona, no a pedir de una forma interesada para que esa persona cambie y no me moleste, sino simplemente rezando por esa persona, pidiendo la gracia del Señor para ella en lo que ella necesite, y al mismo tiempo que yo aprenda y sepa aceptarla. Siempre encuentro que con la ayuda del Señor, luego las cosas son más fáciles. La gracia del Señor no nos defrauda.
Tratemos, pues, de tener esa mirada de Dios en nuestra relación con los que nos rodean, con aquellos con los que convivimos, o con los que en el camino de la vida en distintas circunstancias vamos encontrando.