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domingo, 7 de julio de 2024

Ungidos para ser profetas tenemos que con arrojo y valentía dar testimonio del evangelio en medio del mundo nos escuchen o no nos escuchen

 


Ungidos para ser profetas tenemos que con arrojo y valentía dar testimonio del evangelio en medio del mundo nos escuchen o no nos escuchen

Ezequiel 2, 2-5; Sal. 122; 2Corintios 12, 7-10; Marcos 6, 1-6

¿Y ese quién es? Es una pregunta fácil que nos hacemos  cuando surge entre nosotros alguien que comienza a destacar quizás por la preocupación que siente por los demás, por los problemas que nos encontramos alrededor y trata de poner mano a la obra buscando salidas y soluciones. Nos preguntamos quien es, pero realmente sabemos mucho de él, porque conocemos su familia, de quien es hijo, donde vive, lo que ha hecho y no se cuantas cosas más; no es que no lo conozcamos, sino que no queremos reconocerle, porque ya sacaremos algo de su familia, de su pasado, de los errores que haya cometido en su vida, y por ahí comenzamos una tarea de desprestigio porque quizás pensamos que nos pueda hacer sombra. Nos sentimos tan poderosos como para eso.

Jesús se había ido dando conocer recorriendo toda aquella región de galilea; conocidos eran sus signos y milagros, porque esas cosas que nos parecen más espectaculares siempre son noticias que corren con mayor facilidad; fijémonos en el nivel o criterio de muchas de las noticias que se nos dan en los medios de comunicación. Las cosas espectaculares aparecen siempre en la primera página.

Ahora Jesús va a su pueblo, donde se había criado, donde lo conocían de siempre, desde que era niño. Sienten admiración y en cierto modo orgullo porque uno de su pueblo, aquel pueblo medio perdido de Galilea del que nadie hablaba – en la Biblia nunca había aparecido nada en referencia a Nazaret – ahora se está dando a conocer. Pero aunque se hacen preguntas saben bien quien es, el hijo del carpintero, el hijo de María, por allí andan todos su parientes. Pero El no había ido nunca a ninguna escuela rabínica de Jerusalén. ¿De donde saca todo esto? Son las preguntas que siembran duda. Siembra dudas y estarán socavando los cimientos de cualquier cosa que quieras construir.

Y se escandalizaban de él’, comenta el evangelista. ‘Y no pudo hacer allí ningún milagro, por su falta de fe… pero jesus seguía recorriendo los pueblos y aldeas de Galilea’, viene a concluir el evangelista.

Aquello que habíamos escuchado al profeta en la primera lectura. ‘Te escuchen o no te escuchen… tendrán que reconocer que hubo un profeta en medio de ellos’. La misión ha de cumplirse, el anuncio de la Buena Nueva tiene que hacerse. Tenemos que verlo en nuestra vida, en nuestra historia de hoy, en la misión que los cristianos tenemos en medio del mundo, en la misión de la Iglesia que ha de trasmitir la sabiduría del evangelio de Jesus al mundo de hoy, al mundo en que vivimos.

Escucharán o no escucharán, habrá rechazo o habrá un sutil sordera para no escuchar una palabra de salvación, como le decían a Pablo en Atenas cuando fue al Areópago, ‘de eso nos hablarás otro día’, mientras se daban la vuelta y le daban la espalda. Encontraremos, es cierto, quien no quiera escuchar, a quienes les hieran en los oídos las palabras de esperanza del evangelio con toda su novedad y con toda su riqueza.

Hoy le damos más valor a otras cosas y nos cuenta buscar hondura para nuestras raíces, o levantar la cabeza bien en algo para descubrir altos valores. Disfruta del día, nos dicen, y eso parece que es lo importante para muchos, pasarlo bien sin tener ninguna preocupación que nos empañe nuestras ‘alegrías’, y si algo aparece que nos pudiera turbar ya tenemos nuestros sucedáneos que nos llenen de una felicidad superficial y caduca.

Y cuidado que nos contagiamos fácilmente de ese espíritu del mundo, cuidado que queremos hacer nuestros arreglos y mezclas como se solía decir para poner una vela a Dios y otra vela al diablo. Cuántas componendas nos hacemos para decir que cumplimos, pero no dejamos resplandecer los verdaderos valores del evangelio. Tenemos que estar atentos. Nos cuesta muchas veces porque somos débiles y también tenemos nuestros tropiezos, pero eso no tiene que debilitarnos; reconozcamos humildemente nuestra debilidad y será más creíble nuestra palabra, porque estaremos dando testimonio de que es posible el cambio y la conversión, de que es posible comenzar de nuevo una y otra vez a pesar de los tropiezos que tengamos. ‘Mi gracia te basta’, escuchaba Pablo en su interior cuando sentía ese aguijón que le pulsaba por dentro y pedía a Jesús verse liberado de él. Y Pablo siguió adelante, porque sentía que el espíritu de Dios estaba con El para cumplir su misión.

Nosotros también hemos sido ungidos para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. Y a pesar de nuestros tropiezos y debilidades tenemos que presentarnos como profetas ante el mundo que nos rodea con el testimonio de nuestra palabra y de nuestra vida. Tenemos también que ir a otros lugares para seguir haciendo ese anuncio de la Buena Noticia, como Jesús que recorría toda Galilea. También nos conocerán aunque les cueste reconocer la misión que llevamos, también dirán de nosotros quienes somos o lo que según ellos somos recordando tropiezos y debilidades, pero nuestro testimonio no lo podemos callas. Tenemos que ser ese faro de esperanza para nuestro mundo para conducirlo hasta la luz de Jesus, hasta la luz del evangelio. No podemos desistir.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios… porque a pesar de las dificultades se nos anuncia una Buena Noticia

Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios… porque a pesar de las dificultades se nos anuncia una Buena Noticia

Is. 61, 1-2.10-11; Sal.:Lc. 1, 46-54; 1Tes. 5, 16-24; Jn. 1, 6-8. 19-28
‘Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios…’ Así escuchamos al profeta en este domingo que en medio del camino del adviento es el domingo de la alegría. Todos los textos de la liturgia nos invitan hoy a la alegría. ‘Estad siempre alegres’, nos dice san Pablo.
Sin embargo en las circunstancias en que vivimos, en que vive la sociedad con tanta pobreza, desigualdad, injusticia, en las circunstancias que cada uno vive personalmente, ¿es posible la alegría? ¿hay alguna esperanza que nos dé alegría, que haga surgir la alegría en nuestro corazón atormentado?
Hay una buena noticia que se nos anuncia y que es lo que vamos a celebrar ya en poquitos días cuando llegue la navidad. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido y me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren’. Viene el Señor y con El a nuestro lado podremos tener paz en nuestros corazones, tenemos la esperanza de un mundo nuevo y mejor. Es la salvación que el Señor nos anuncia, nos trae, con la que podemos llenarnos de esperanza  y alegría. Así en el salmo podíamos cantar el canto de María diciendo: ‘Me alegro con mi Dios’.
Como le decía Juan a aquellos enviados que vinieron a preguntarle si él era el Mesías, negando que él fuera el Mesías, pues solo era la voz que clama en el desierto para preparar los caminos del Señor, ‘en medio de vosotros hay uno que no conocéis… al que no soy digno de desatarle la correa de su sandalia’.
En medio de nosotros está, y muchas veces no lo conocemos, no lo sabemos ver. Pero ahí está el Señor; es nuestra fortaleza, es la verdadera luz de nuestra vida, es nuestra vida, lo es todo para nosotros porque El nunca nos falla, es nuestra salvación.
Abramos los ojos; abramos el corazón; abramos nuestra vida a la presencia del Señor. Muchos pueden ser los tormentos o las necesidades que tengamos, pero este anuncio nos tiene que llenar de esperanza y de alegría. Alegría de la verdadera, de la que nos da el Señor. Tengamos fe. Afiancémonos en el Señor. Llenemos nuestro corazón de amor.
Sí tenemos que decir con lo que nos anunciaba el profeta: ‘Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios…’ Pase lo que pase, El está en mi corazón.
Preparémonos bien para que tengamos verdadera navidad. El camino que José y María tuvieron que hacer para subir desde Nazaret hasta Belén, y además en las circunstancias en que iba María, no fue un camino fácil. Pero llegó Belén y llegó el nacimiento de Dios hecho hombre. Y los Ángeles pudieron anunciar que había nacido el Salvador.
Es la esperanza con que caminamos.

sábado, 11 de octubre de 2014

Aprendamos a ser de los pequeños y de los humildes que ante la Palabra de Jesús la plantan en su vida y mereceremos la bienaventuranza de Jesús

Aprendamos a ser de los pequeños y de los humildes que ante la Palabra de Jesús la plantan en su vida y mereceremos la bienaventuranza de Jesús

Gál. 3, 22-29; Sal. 104; Lc. 11, 27-28
Repetidamente lo vamos viendo a lo largo del evangelio. Serán los pequeños y los sencillos, los humildes de corazón y los pobres los que sentirán mayor admiración por Jesús. De sus bocas saldrán siempre las mejores alabanzas, porque son los que tienen un corazón más abierto a Dios.
Los que se sienten hartos y satisfechos en si mismos, por las cosas que poseen o creen poseer o porque se ahogan en sus sabidurías no sentirán cómo se despierta la esperanza en su corazón porque ya les parece tenerlo todo, aunque realmente sean los que más vacíos están de las cosas que verdaderamente son importantes. Pero no nos ha de extrañar porque la Buena Noticia del Evangelio se anuncia precisamente a los que son pobres y verdaderamente tienen ansias en su corazón de cosas grandes. Serán los que son capaces de admirarse ante el misterio de Dios.
Como decíamos lo vemos prácticamente en cada página del Evangelio. Serán los que exclamarán ante las obras de Jesús que Dios ha visitado a su pueblo; los que ante su enseñanza y su manera de enseñar dirán que éste si habla con autoridad y nadie ha hablado como El; serán los que saltarán de júbilo aclamándolo tras las maravillas que Jesús va realizando, y será por lo que estaba anunciado que de los niños de pecho saldría la mejor alabanza.
Por algo, como hemos escuchado en otra ocasión, Jesús dará gracias al Padre ‘porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y los has revelado a la gente sencilla’. Pero escucharemos también cómo en las bienaventuranzas Jesús llamará dichosos a los pobres y a los sufridos, a los que tienen hambre y sed y tienen ansias de paz y de misericordia, a los que tienen un corazón puro porque se han vaciado de todos los apegos y a los que quizá con más incomprendidos.
Así, fijándonos en estos detalles, podríamos recorrer muchas páginas del evangelio, como la que hoy se nos ha proclamado. Es una mujer sencilla en medio del pueblo pobre la que levantará su grito para la alabanza, aunque como saben expresarlo los sencillos alabando al que hace las cosas bien siempre surgirá la referencia a la madre que lo trajo al mundo. Es, repito, lo que hoy escuchamos. ‘Mientras Jesús hablaba a las turbas, una mujer de entre el gentío levantó su voz diciendo: ¡Dichoso el vientre que te crió y los pechos que te criaron!’
La alabanza que a través de Jesús iba dirigida a María, o la alabanza a la madre que quería ser dirigida al hijo de sus entrañas Jesús quiere redirigirla en una bienaventuranza que puede ser para todos. Por eso a las palabras entusiastas de esta mujer anónima, que si han surgido en su corazón fue porque su corazón estaba abierto a Dios y a la Palabra que ahora estaba escuchando y que llenaba y enriquecía su espíritu Jesús replica proclamando una nueva bienaventuranza y diciendo que ‘dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’.
Dichosa era aquella mujer anónima porque con tanto entusiasmo estaba escuchando la Palabra de Jesús que le enardecía el corazón y le estaba impulsando a plantarla en su vida.  Pero Jesús al replicar a aquella mujer a la que realmente está también alabando, redirige esa alabanza a María y a todos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen plantándola en su corazón. Es lo que había hecho María, la que está llena de Dios, porque se ha vaciado de si misma, de manera que ya no querrá ser otra cosa que la esclava, la sierva del Señor; María la que dice ‘sí’, la que acepta esa Palabra de Dios deseando que se cumpla en ella y el Espíritu Santo la envolverá con su sombra de manera que quien nazca de ella será la Palabra de Dios encarnada.
Es lo que tenemos que aprender a hacer nosotros. Como todos aquellos que vemos en el Evangelio que supieron abrirse a Dios y reconocer las maravillas del Señor. Vaciarnos de nosotros mismos, para poder llenarnos de Dios; presentarnos pequeños y humildes delante de Dios para acoger su palabra y así mereceremos ser ensalzados, porque el que se humilla será enaltecido. Y seremos enaltecidos nosotros, seremos dichosos cuando nos llenemos de Dios porque así, como María, acojamos esa Palabra que se encarne en nuestra vida. ¿No decimos que somos otros Cristos porque para eso fuimos ungidos en el Bautismo? Dejemos que el Espíritu de Dios envuelva también nuestra vida y así acojamos la palabra de Dios en nosotros haciéndola vida de nuestra vida.

lunes, 14 de abril de 2014

Nuestra vida ha de estar llena siempre de la fragancia y del buen olor de Cristo



Nuestra vida ha de estar llena siempre de la fragancia y del buen olor de Cristo

Is. 42, 1-7; Sal. 26; Jn. 12, 1-11
Estamos de nuevo en Betania; era un lugar que frecuentaba Jesús en sus estancias en Jerusalén, además de quedar de paso en su subida a la ciudad santa. Allí están sus amigos que ahora le ofrecen una cena, después de la resurrección de Lázaro.
Y se multiplican los signos y los gestos; por allí vemos a Marta siempre sirviendo, siempre preocupada por atender de la mejor manera a sus huéspedes; pero veremos también los detalles de María, la que en otra ocasión se sentó a los pies de Jesús para beberse ensimismada sus palabras que le valiera la queja de su hermana; ahora es otro hermoso gesto el que realiza al ponerse de nuevo a los pies de Jesús pero con un caro frasco de perfume de nardo purísimo y costoso con los que querrá ungir a Jesús enjugándoselos con su cabellera.
Son muchas las cosas que pueden decirnos para nuestra vida esos signos y gestos que contemplamos en esta escena del Evangelio. No  nos pueden pasar desapercibidos esos hechos que nos narra el evangelio con el hermoso mensaje que nos trasmite.
Surgirán, es cierto, las interpretaciones del gesto de María y por allá anda Judas interesado en el dinero que se ha gastado, escudándose en la atención a los pobres, pero ya el evangelista nos hace ver algo distinto. Pero Jesús quiere darle otro sentido al gesto de María de Betania, porque nos dice que está adelantándose a su sepultura, con lo que le está dando un sentido pascual a lo que está sucediendo. ‘Lo tenía guardado para el día de mi sepultura’, dirá Jesús saliendo en defensa del gesto de aquella mujer. En fin de cuentas estamos hablando de una unción y estamos haciendo referencia a Jesús, el Ungido del Espíritu del Señor, que viene a nosotros con su salvación.
Es bien significativo el gesto. ‘La casa se llenó de la fragancia del perfume’, dice el evangelista. Ya sabemos que el nardo produce un olor muy intenso; sin embargo podríamos preguntarnos, ¿cuál es en realidad la fragancia y el olor que todo lo estaba invadiendo? Ya hacíamos referencia a Jesús como el Ungido por el Espíritu, recordando al profeta Isaías, pero recordando también lo sucedido en la Sinagoga de Nazaret cuando Jesús proclamó ese texto del profeta.
¿No será en verdad el olor de Cristo, por hablar de alguna manera empleando la misma simbología, el que todo lo está invadiendo con su presencia? Olor de Cristo que es contemplar su vida; olor de Cristo que es ver sus obras; olor de Cristo que es su amor en una entrega total hasta el final; olor de Cristo que nos sabe a gracia y a salvación, a nuevas virtudes y valores a cultivar en nuestra vida; olor de Cristo que nos hace contemplar la gloria de Dios y que nos impulsa en consecuencia a una vida santa.
Y es que de la misma manera que un perfume no pasa desapercibido sobre todo cuando es de un olor intenso como el nardo, la presencia de Cristo tampoco puede pasar desapercibida para quienes creemos en El. Ante Jesús, ante sus gestos, ante las obras que realiza, ante su mensaje, ante su vida nadie puede quedarse impasible y como si nada pasara. La presencia y la palabra de Jesús siempre nos interpelan, nos hace interrogarnos allá en lo más hondo de nosotros mismos, nos impulsa a algo nuevo y mejor porque traza ante nosotros horizontes grandes y altos y nos propone las mejores y más trascendentes metas para nuestra vida.
Pero creo que este texto nos puede estar recordando algo más: lo que tiene que ser nuestra vida desde que nos manifestamos como creyentes en Jesús y optamos seriamente por seguirle y vivir su misma vida. ¿No tendríamos que dar nosotros también ese buen olor de Cristo? En nuestro Bautismo y en la Confirmación hemos sigo ungidos con el Crisma santo para marcarnos con el sello de Cristo, de manera que siempre seremos para El, siempre hemos de manifestarnos como cosa de Cristo, como personas de Cristo; pero ungidos con el Crisma santo hemos de dar ese buen olor de Cristo, queriendo parecernos cada día más a El.
En nuestra vida ya no podemos reflejar otra cosa que a Cristo; en nuestra vida siempre ha de aparecer la gracia y la santidad de Cristo; en nuestra vida hemos de resplandecer en esos valores y en esas virtudes nuevas que aprendemos de Cristo; en nuestra vida que ha de dar siempre el olor de Cristo ha de resplandecer la gracia de Dios y todo será siempre ya para la gloria de Dios.

martes, 21 de enero de 2014



Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado

1Sam. 16, 1-13, Sal. 88; Mc. 2, 23-28
‘Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga poderoso…’ Así repetimos con el salmo. Una referencia clara a lo que hemos escuchado en la primera lectura. Comienza a narrarnos la historia de David, el que iba a ser un gran rey de Israel, en el que se fundaría la dinastía davídica en una importante relación con el mesianismo que marcaría toda la historia de Israel.
Hemos venido escuchando a grandes trazos desde su nacimiento la presencia y la figura del profeta Samuel que ante la petición del pueblo y, aunque él no lo veía claro, le había dado como rey a Saúl. Ya escuchamos en días anteriores cómo Saúl no fue agradable al Señor y fue reprobado por su desobediencia a la voluntad de Dios. ‘Obedecer al Señor vale más que un sacrificio, ser dócil más que grasa de carneros…’
Hoy escuchamos cómo Dios le dice a Samuel que les dé un nuevo rey y lo envía a Belén, a la casa de Jesé, para que entre sus hijos encuentre el elegido del Señor. Ya escuchamos con detalle el relato. Aunque pasan todos los hijos de Jesé por delante del profeta ninguno es el elegido del Señor, porque ‘la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón’. 
Mensaje hermoso que nos daría para hacernos una hermosa reflexión y aprender a hacer esa mirada profunda cuando nos acercamos o nos relacionamos con los demás, para no quedarnos en las apariencias, ni para hacer el juicio fácil que con tanta frecuencia nos sale y nos lleva desde la apariencia a la crítica y a la condena sin conocer realmente lo que pasa dentro del corazón de cada persona. Cómo tendríamos que aprender para fijarnos en lo que de verdad vale en la persona, aunque esté oculto a nuestros ojos y no quedarnos nunca en lo superficial, porque lo esencial es invisible a los ojos, pero sí podemos percibirlo desde el corazón cuando nos acercamos con rectitud, sin malicia, con buenos ojos e intenciones al prójimo.
Pero centrémonos en el texto, aunque este comentario que hemos hecho ante esa sentencia también nos puede ayudar mucho. Será el más pequeño, el que parece que no es tenido en cuenta ni siquiera por su padre que ha convocado a todos sus hijos para participar en el sacrificio y posterior comida que se está haciendo con Samuel, el que va a ser el elegido del Señor. ‘¿No quedan ya más muchachos?’, le pregunta Samuel cuando han pasado todos los hijos presentes. ‘Todavía falta el más pequeño que está guardando el rebaño… Manda que lo traigan, le dice Samuel, que no comeremos hasta que haya venido’.
Es el elegido del Señor y sobre el que Samuel va a derramar la cuerna del aceite para ungirlo como rey de Israel. Así son los designios de Dios. Así hemos visto y seguiremos viendo a lo largo de toda la historia de la salvación cómo Dios elige a sus preferidos para los que tiene misiones especiales. Lo que puede parecer pequeño e insignificante no lo es para el Señor. La mirada del Señor no es como la nuestra, porque el Señor mira el corazón.
Y es que, como hemos repetido muchas veces con lo que nos dice el Evangelio, Dios se revela a los pequeños y a los humildes y a ellos se les manifiesta y les confía misiones especiales. Porque no será la acción humana la que realiza maravillas, sino es el poder y la gracia del Señor. Nunca podemos decir que no valemos para nada y que nada sabemos hacer porque si el Señor nos ha elegido El hará brillar su gracia sobre nosotros y podremos también realizar maravillas, no las nuestras sino las maravillas del Señor.
Aprendamos de María la que se sentía tan pequeña que se llamaba a sí misma la esclava del Señor y cuántas maravillas realizó el Señor en ella y a través de ella sigue realizando a favor nuestro. Dejémonos conducir por el Señor; dejémonos hacer por el Señor; que se cumpla siempre su voluntad sobre nosotros. Como hemos repetido estos días hemos de decir una y otra vez: ‘Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’. Somos nosotros también los ungidos del Señor, elegidos y amados de Dios. Algo querrá el Señor de nosotros.

domingo, 16 de octubre de 2011

Adoramos a Dios pero nos sentimos comprometidos con nuestro mundo



Is. 45, 1.4-6;

Sal. 95;

1Tes. 1, 1-5;

Mt. 22, 15-21

Confieso para comenzar esta reflexión que siempre me ha encantado, y de alguna manera me ha servido también de estímulo para mi vida de fe y para mi vida cristiana, el elogio que hace Pablo en este comienzo de su carta de los cristianos de Tesalónica. ‘Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor’.

Una hermosa alabanza a aquella comunidad que lucha y se esfuerza día a día por ser fiel al evangelio que se les había proclamado y que se manifiesta de forma intensa en una vida comprometida, llena de fe, de amor y de esperanza. Cuánto lo necesitaríamos nosotros; que nos sintiéramos fuertes y seguros en nuestra fe; y que lo manifestáramos en el compromiso de la vida, un compromiso de amor vivido seriamente en nuestra relación con los demás; y todo lleno de esperanza, porque sabemos darle trascendencia grande a nuestra vida.

Y es que la fe no la podemos reducir solamente a algunas cosas que hagamos en unos momentos determinados, a unos actos o prácticas religiosas que de alguna manera desgajemos del resto de nuestra vida, como si nuestra religiosidad fuera por un lado y luego la vida en sus trabajos, en toda su actividad, en el compromiso que vivamos con nuestra sociedad fuera por otro lado.

Es una confusión que puede aparecer en nuestra vida; es la forma quizá que algunos puedan entender de su vida cristiana; es lo que en la sociedad que vivimos hoy algunas veces pretenden imponernos cuando quieren reducir todo lo que se relacione con la fe al ámbito sólo de lo privado; como se decía en ocasiones, encerrarnos en la sacristía.

Molesta quizá que nosotros públicamente nos manifestemos como creyentes y nos rechazan; no quieren permitirnos que nosotros desde los valores de nuestra fe y los valores del evangelio tratemos de darle un sentido y un color a nuestra sociedad, porque también tenemos una forma y un sentido para la construcción de nuestra sociedad, que también tenemos una palabra que decir; molesta la voz de la Iglesia y se la quiere desprestigiar de la forma que sea, y cuando no se la quiere manipular.

También querían manipular a Jesús, como hemos escuchado hoy en el evangelio. Allí enviaron a unos discípulos de los fariseos y a unos herodianos con preguntas a Jesús pretendiendo cazarlo en sus palabras. Van con halagos y palabras bonitas, como quien dice para engatusar, pero luego viene la pregunta con mala intención. ‘¿Es lícito pagar el impuesto al César o no?’

La respuesta de Jesús podría significar un aliarse como colaboracionista con el romano invasor, o podría en caso contrario manifestarse como una rebelión. Era poner a Jesús en una difícil situación porque el pueblo que le escuchaba podría quedarse confundido según fuera una u otra la respuesta. Jesús se da cuenta de que lo están tentando, poniendo a prueba. Pero la sabiduría de Dios está por encima de todas estas estratagemas.

Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. ‘¿De quién es esta inscripción?... pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. La respuesta está bien clara y los deja a todos confundidos.

¿Qué nos quiere enseñar Jesús? Tenemos que tratar de entender bien su mensaje, porque algunas veces también nos podemos hacer interpretaciones no del todo completas de lo que nos quiere decir Jesús. Porque, si lo pensamos bien, no es una separación como que cada uno o cada cosa vaya por su lado. Creo que hay un mensaje bien hermoso que nos habla también del compromiso que todos tenemos con ese mundo en el que vivimos y que no es ajeno al Dios en quien creemos y a quien adoramos y amamos.

Alguien comentaba este texto y decía, le preguntaron por el César pero Jesús venía a hablarnos de Dios. ‘A Dios lo que es de Dios’, nos dice. Y ¿cuál es el lugar que Dios ha de ocupar en nuestra vida? Es el Señor, es nuestro Creador y Salvador, es el único Dios de nuestra vida; tendrá que ser el centro y el motor de toda nuestra existencia, de todo nuestro actuar. Y Dios será el que nos dará el sentido último del hombre, de la existencia, del mundo que ha creado y en el que vivimos, y en consecuencia del lugar que nosotros ocupamos en ese mundo; de la contribución que nosotros hemos de hacer a esa sociedad en la que estamos y hacemos nuestra vida.

Luego, un creyente, un cristiano no puede desentenderse de ese mundo, de esa sociedad. Todos estamos llamados a construirla, a poner nuestro granito de arena desde el sentido de nuestra vida, desde esa nuestra condición de creyentes que seguimos a Jesús y hemos optado por los valores del Evangelio.

Sí, ‘al César lo que es del César’; ahí en esa sociedad estamos con nuestra responsabilidad, sin enterrar los talentos, comprometidos de verdad por hacer un mundo mejor cada día. Y seremos capaces de poner por nuestra parte todo lo bueno que podamos, pero también de apreciar lo bueno de los otros, colaborar con todo lo bueno que hagan los otros. Porque no vamos a luchar unos contra otros sino a colaborar juntos. En cuántas cosas tendrían que verse muchos cristianos comprometidos.

Fijémonos en el detalle que nos ofrece la primera lectura. Está hablando de un rey pagano, Ciro de Persia, y hasta lo llama el ungido del Señor, porque Dios se vale de él para darle libertad a su pueblo que vivía allí cautivo lejos de su tierra y como en un nuevo éxodo emprender de nuevo el camino para reconstruir Jerusalén y el templo del Señor. Es un instrumento del Señor.

Que seamos, pues, capaces nosotros de ver siempre lo bueno que haya en los demás aunque quizá no compartan nuestra fe ni todo el sentido que nosotros tengamos de la vida. Estamos llamados a trabajar siempre juntos para hacer entre todos ese mundo mejor. Por eso los cristianos no nos encerramos en nuestras iglesias, por así decirlo, sino que allí en la sociedad donde haga falta hacer el bien, colaborar en lo bueno, allí tenemos que estar comprometidos; y será en la vida social, en la vida cultural, en la vida política incluso, donde hace falta el testimonio de muchos cristianos comprometidos.

Como recordábamos al principio en el elogio que Pablo hacía de los cristianos de Tesalónica, nosotros hemos de resplandecer también por la actividad de nuestra fe, el esfuerzo de nuestro amor y el aguante de nuestra esperanza en Jesucristo que hemos de manifestar en el día a día de nuestra vida, cuando proclamamos nuestra fe y la celebramos, como lo estamos haciendo ahora en la Eucaristía, pero también cuando vivimos ese nuestro compromiso por los demás y por nuestra sociedad. Y lo hacemos con esperanza, porque le damos trascendencia de verdad a nuestra vida. No nos quedamos de tejas abajo, como si todo se quedara en lo que hacemos aquí y ahora, sino que esperamos y confiamos en una plenitud que sólo en Dios podemos alcanzar.

Que así vivamos nuestra fe, nos sintamos comprometidos desde el amor, y llenemos de esperanza nuestro corazón.

lunes, 9 de mayo de 2011

Lleno de gracia realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo


Hechos, 6, 8-15;

Sal. 118;

Jn. 6, 22-29

En función de la brevedad que necesariamente han de tener estos comentarios de cada día, pero también mirando la hermosa riqueza que nos va ofreciendo la Palabra de Dios que vamos proclamando, iremos uniendo en nuestro comentario textos que tienen una prolongación en varios días e intercalando unas veces comentarios del texto de los Hechos de los Apóstoles o del Evangelio.

En el evangelio comenzaremos a escuchar el discurso del Pan de vida, que ha venido precedido por el relato de la multiplicación de los panes y los peces que ya hemos escuchado. Ya iremos haciendo comentarios en los días sucesivos.

La primera lectura nos ha hablado hoy de Esteban. Uno de los siete diáconos elegidos para el servicio de la comunidad en especial el servicio de la caridad y la atención a los huérfanos y a las viudas, como escuchábamos en los versiculos anteriores (el pasado sábado). Una institución del ministerio del servicio dentro de la comunidad eclesial. La Iglesia se va conformando con los distintos servicios. Los apóstoles presidirán la oración y la proclamación de la Palabra, pero surgirán esos carismas de servicio y también de anuncio de la Palabra del Señor entre los miembros de la comunidad. Suele considerarse al texto que escuchábamos el pasado sábado como la institución del diaconado en la Iglesia.

Cuando se nos daba la lista de los siete ‘varones de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría’ de Esteban se decía que era ‘hombre lleno de fe y de Espíritu Santo’. Ahora nos dice que ‘lleno de gracia y de poder realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo’ y al enfrentarse a discutir con él en la sinagoga ‘no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba’. Realizaba los signos del amor, del servicio, tal como había sido elegido, pero además lleno de la sabiduría del Espíritu divino le vemos anunciar con valentía el nombre de Jesús. Un anuncio desde el amor y el servicio, y también desde la Palabra proclamada, del testimonio que con sus palabras daba de la salvación de Jesús.

Podíamos decir que el texto nos prepara describiéndonos a Esteban para el honor que iba a recibir. Y digo bien, honor, porque pronto es apresado y será condenado a ser lapidado hasta la muerte, como veremos en el texto de mañana. Será el ‘protomartir’, el primer mártir que de forma consciente diera su vida, derramara su sangre por el nombre de Jesús, cumpliéndose en él lo que había anunciado Jesús en el evangelio. ‘No os podrán hacer frente a vuestra sabiduría’ porque el Espíritu Santo será el que hable por nuestros labios, como sucedió con Esteban y con todos los mártires a través de los tiempos.

En el relato que los Hechos de los Apóstoles nos hacen del martirio de Esteban, encontramos un claro paralelismo con el relato de la muerte de Jesús. También se presentarán testigos falsos que testimonien contra Esteban y en cosas semejantes a lo que dijeron contra Jesús sobre la santidad del templo o de su destrucción. Esteban, como escucharemos, repetirá gestos y actitudes semejantes a las de Jesús perdonando a los que le martirizaban y poniendo su espíritu en las manos de Dios.

¿Un mensaje para nuestra vida? La valentía y el arrojo de Esteban brilla ante nuestros ojos como un estímulo para ese testimonio que hemos de dar en nombre de nuestra fe. Llamados estamos también a realizar con la fuerza del Espíritu del Señor que no nos falta prodigios y signos de amor en medio del pueblo.

Ungidos hemos sido con la fuerza del Espíritu en nuestro Bautismo y en la Confirmación para ser esos testigos. No podemos ocultar esa marca, esa señal de la unción del Espíritu del Señor que así a todos nos impulsa a dar ese testimonio. Como hemos comentado tantas veces, al ser ungidos con el crisma, aceite perfumado, hemos de hacer notar por nuestro amor, por el testimonio de nuestra fe ese buen olor de Cristo, que como ungidos estamos llamados a dar.

lunes, 6 de julio de 2009

El sueño de Jacob: Una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo

Gén. 28, 10-22
Sal. 90
Mt. 9, 18-26


Un hecho muy significativo en la historia de Jacob. ‘Salió de Berseba en dirección a Jarán… llegó a un lugar donde se quedó a pernoctar porque ya se había puesto el sol, cogió allí mismo una piedra y se la puso como almohada y se echó a dormir en aquel lugar… y tuvo un sueño…’
Es normal en la historia de los grandes patriarcas de la historia de la salvación que Dios se les manifieste en la figura de ángeles, de caminantes que les salen al encuentro o de sueños, como es en este caso. Allí contempla la gloria de Dios en el sueño. ‘Una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y bajaban por ella. El Señor estaba en pié sobre ella y dijo: Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac… yo estoy contigo; yo te guardaré donde quiera que vayas…’
Ese signo de los ángeles que bajaban y subía nos habla de esa cercanía de Dios que también se manifiesta en su presencia y en sus palabras. ‘Yo estoy contigo…’ No es el Dios lejano allá arriba en el cielo sino que ya se está manifestando el Dios que viene al encuentro del hombre, el que va a ser el Emmanuel, el Dios con nosotros cuya manifestación culminante será en Jesús.
Un día el hombre había querido levantar una torre tan alta que estuviera por encima de Dios. Recordamos la torre de Babel, de la confusión. En su orgullo y soberbia quisieron ser tan grandes que Dios no pudiera estar sobre ellos; por eso quisieron levantar esa torre tan alta. Pero la soberbia y el orgullo confunden al hombre y lo enfrenta consigo mismo y con los demás. La imagen de la confusión de lenguas y la dispersión es eso lo que quiere expresar. Pero hoy por el contrario vemos que es Dios el que tiene una escala para acercarse al hombre, para estar con El y para caminar a su lado.
Al despertar Jacob es conciente de la presencia de Dios y de que aquel lugar es un lugar santo. ‘Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía…’ Quiere dejar una señal y realizará un signo que será primera vez que aparezca en la Biblia, pero que será signo repetido. ‘Tomó la piedra que le había servido como almohada, la levantó como estela y derramó aceite encima’.
Aquel lugar sería para siempre un lugar santo. El signo de derramar aceite encima quedará como signo de consagración que veremos repetido en el Antiguo Testamento y que también lo realizaremos en el Nuevo Testamento. Ungido con aceite para significar una consagración. Lo que es ungido es considerado como cosa santa y sagrada. Es como una pertenencia de Dios y al mismo tiempo como una señal de la presencia de Dios. Ungido es el altar y el templo de Dios, ungidos son los sacerdotes y los reyes; y ungido por el Espíritu es Jesús, como se manifestará en el Bautismo en el Jordán o en el texto leído en la Sinagoga de Nazaret.
‘Sobrecogido añadió: Qué terrible es este lugar; no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo… y llamó a aquel lugar Betel, Casa de Dios; antes la ciudad se llamaba Luz’. Betel, la Casa de Dios. Sería un santuario muy importante en la historia de Israel y signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Muchas veces más aparecerá este lugar en la Biblia.
Todos estos signos y señales también nos pueden decir muchas cosas a nosotros hoy. Se nos habla de esa presencia de Dios, de esa unción del lugar santo. Recordamos que nosotros hemos sigo ungidos en nuestro Bautismo y Confirmación con el Espíritu Santo. Ungidos para ser también morada de Dios y templos del Espíritu. Ungidos para significar nuestra pertenencia al Señor y la santidad que ha de brillar en nuestra vida. Ungidos para ser santos. Es nuestra tarea y nuestra meta.
En todo momento y lugar podemos sentir, pues, la presencia de Dios, no como un Dios lejano, sino como un Dios que camina a nuestro lado. Pero es el Dios que nos quiere santos, que quiere morar en nuestro corazón y que seamos templos del Espíritu Santo. Vivamos esa santidad dejando que Dios venga a nosotros y nos inunde con su Espíritu, que es Espíritu de paz y de amor, que es Espíritu de comunión y de santidad.

domingo, 11 de enero de 2009

El Bautismo de Jesus y el Bautismo en el Espíritu


Is. 58, 1-11;

Sal: Is. 12;

1Jn. 5, 1-9;

Mc. 1, 7-11


El relato que nos hace Marcos del Bautismo de Jesús es bien escueto. Pero es hondo el significado. Con la celebración de esta Fiesta del Bautismo del Señor culminan las celebración de la Navidad y se viene a completar lo que fue la fiesta de la Epifanía del pasado 6 de enero. Es también Epifanía, porque es manifestación y es toda una teofanía porque es una manifestación de toda la gloria de Dios en el misterio sacrosanto de la Santísima Trinidad.

‘Llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán’, nos dice el evangelista. ‘Yo os he bautizado con agua…’ explica el Bautista. Como sabemos y hemos reflexionado más de una vez el Bautista utiliza el signo del bautismo con agua como expresión de la respuesta de las personas a la invitación que Juan hacía de cambio de vida para la llegada y aceptación del Mesías que iba a venir, como respuesta a la llamada de Dios a ser fiel.

Ya Cristo había dicho al entrar en el mundo, como expresa la carta a los Hebreos ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, y en otro lugar del evangelio escuchamos decir a Jesús mismo ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’. Pero ahora va a ser la voz del cielo la que proclame: ‘Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto’.

Era, podríamos decir, la identificación plena y total de quién era aquel Jesús que había venido desde Nazaret de Galilea. Era la consagración en el Espíritu. En la sinagoga de Nazaret Jesús reconocería con palabras del profeta Isaías: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la Buena Noticia… para proclamar el año de gracia del Señor’. Hoy hemos escuchado en el escueto relato de Marcos: ‘Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia El como una paloma’.

Toda una revelación. Por eso decimos teofanía, manifestación de la gloria de Dios. Hemos orado diciendo ‘que en el Bautismo de Cristo en el Jordán quisiste revelar solemnemente que El era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo’. Y en el prefacio proclamaremos ‘hicisste descender tu voz desde el cielo para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros, y por medio del Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en El al Mesías enviado a anunciar la salvación a los pobres’.

Algo nuevo está sucediendo. Lo tendrá que reconocer el Bautista que a partir de entonces señalará a Jesús como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. El Bautista que nos anunciará que llega el que ‘nos bautizará con Espíritu Santo’. Se nos está manifestando así el misterio del nuevo Bautismo, ese bautismo en el que nosotros en el nombre de Jesús hemos sido bautizados.

Nosotros también ya desde el Bautismo sacramento recibido también estamos ungidos por el Espíritu y por la fuerza de ese mismo Espíritu podemos llamar a Dios Padre, decir que Jesús es el Señor, y además sentirnos enviados con la misma misión de Jesús de anunciar la salvación a los pobres. Ya hemos escuchado en nuestro corazón también la voz del Padre que nos llama hijos queridos y predilectos. Porque así somos en Cristo amados de Dios, regalados con el amor de Dios.

Celebramos el Bautismo del Señor y damos gracias a Dios, damos gloria al Señor con toda nuestra alabanza. Pero la celebración nos da oportunidad para considerar nuestro Bautismo y nuestra dignidad, al igual que la misión que hemos recibido. No es cuestión de hacernos consideraciones fáciles de decir que Jesús se bautizó a los treinta años y por qué a nosotros nos bautizan de pequeños o cosas así, sino que es cuestión de asumir el compromiso de vida nueva que tiene que significar el Bautismo para nosotros. Hablamos de esa dignidad de hijos de Dios, pero si lo somos es precisamente porque por la fuerza del Espíritu estamos tan configurados con Cristo que vivimos su misma vida. Pero si así estamos configurados con Cristo significa también que la misión de Cristo es también nuestra misión, la obra de Cristo es la que nosotros tenemos que seguir realizando con nuestra vida en medio del mundo.

Así ante el mundo tenemos que manifestarnos como testigos; testigos de una fe; testigos del amor de Dios que nos salva; testigos comprometidos para, en nombre de esa fe que tenemos en Jesús, transformar nuestro mundo desde el amor, hacerlo caminar por caminos de paz. No nos podemos sentir abrumados por la complejidad de nuestra misión ni temer las reacciones adversas que podamos encontrar a nuestro alrededor cuando vayamos a dar nuestro testimonio y realizar nuestra misión. ‘Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo’, nos decía san Juan en su carta. Y ya nos explicaba el apóstol: ‘Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios’. ‘Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?’. ¿No es esa nuestra fe?

En este día del Bautismo del Señor proclamemos con valentía nuestra fe en que Jesús es el Hijo de Dios. Es nuestro Salvador; es la Palabra de Dios que habita en medio de nosotros; es aquel por el que estamos dispuestos a darlo todo, a dar la vida si hace falta; es de quien queremos mostrarnos como testigos con nuestra palabra y con el testimonio de nuestra vida en medio del mundo. Con nosotros tenemos la fuerza de su Espíritu, ‘porque el Espíritu es la verdad’.

lunes, 1 de septiembre de 2008

¿Podremos decir nosotros también ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’?

1Cor. 2, 1-5
Sal. 118
Lc.4, 16-30
‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Fue en Nazaret, ‘donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura’. El texto proclamado era de Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor’.
Y ese fue su principal comentario. Allí estaba el Mesías del Señor, el ungido por el Espíritu Santo – ya sabemos que Mesías y Ungido eran decir lo mismo, porque Mesías era la palabra hebrea precisamente -. Allí estaba quien era la Buena Noticia de salvación para los pobres y para todos. Allí se proclamaba el año de gracia del Señor, el gran jubileo del perdón porque en su sangre derramada íbamos todos a alcanzar el perdón y la remisión de los pecados.
Ya conocemos nosotros por el evangelio cómo en Jesús se daban todas esas señales del Mesías anunciado por los profetas. Cuando Juan envía a sus discípulos a preguntarle si era el Mesías o habían de esperar a otro, la respuesta de Jesús es que vayan y anuncien a Juan lo que han visto y oído, porque en El se estaban cumpliendo todas las señales dadas por los profetas. ‘Los ciegos ven, lo cojos andan, los leprosos son curados y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia’.
Pero, dejando a un lado un comentario más amplio del texto con la reacción de los nazarenos, primero de admiración y de rechazo después, tratemos de escuchar esa Buena Noticia que hoy se nos ha proclamado en el hoy de nuestra vida. Y cuando digo hoy, digo en esta fecha concreta en la que estamos – piensa en el día y la hora concreta en que te estás haciendo esta reflexión -. ¿Podremos decir nosotros también ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’?
Esto es lo que tenemos que hacer para escuchar de verdad en el hoy de nuestra vida esa Buena Noticia de Salvación que es Jesús para nosotros. Miremos cómo se cumple este hoy en nuestra vida. Primero que nada tenemos que reconocer que Jesús está hoy aquí presente entre nosotros de la misa manera proclamando ese año de gracia del Señor. Aquí está ofreciéndonos su Palabra y su Salvación, su gracia salvadora que nos arranca de nuestras cegueras o de nuestra muerte para darnos vida.
Pero tenemos que decir o pensar algo más. Jesús hoy se sigue haciendo presente en nuestro mundo en su Iglesia y en todos nosotros los que creemos en El que nos ha confiado su misma misión. Y la Iglesia puede decir con toda razón ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, porque la Iglesia sigue haciendo presente su Palabra y toda su obra salvadora.
Porque en la Iglesia se siguen dando las mismas señales que descubríamos en Jesús cuando contemplamos las obras de amor de la Iglesia que libera cautivos, da vista a los ciegos, o levanta a los caídos en tantas obras de misericordia que en sus instituciones, en sus obras benéficas, en la gente comprometida de nuestras cáritas parroquiales, en tantos y tantas religiosos y religiosas comprometidas en esa obra de amor a través de toda la Iglesia, en tantos laicos comprometidos desde su fe en tantas obras sociales a favor de los demás a lo largo de nuestro mundo. Y por ello tenemos que dar gracias a Dios, bendecir al Señor que así se hace presente en nuestras obras de amor.
Y tenemos que pensar en cada uno de nosotros, examinando nuestra vida para ver cómo damos nosotros esas señales de la presencia de Jesús a través de nuestras obras, de nuestro amor, de nuestro compromiso. Porque tenemos que ser esos signos de Jesús para los que nos rodean. Y lo seremos cuando amemos de verdad, cuando nos acerquemos al hermano que sufre, al pobre que nos tiende la mano, al que tiene una carencia de amor y nos está pidiendo nuestro cariño y nuestra atención. Cuántos gestos de amor podemos realizar cada día con los que nos rodean. Cuando seamos capaces de hacerlo, podremos decir como Jesús, ‘hoy se está cumpliendo esta Escritura que acabamos de oír’.
Somos también los ungidos por la fuerza del Espíritu Santo enviados para anunciar esa Buena Noticia de Salvación. Recordemos la unción de nuestro Bautismo y de nuestra confirmación. Proclamemos con nuestra vida y con nuestras obras ese año de gracia y salvación que Jesús nos ofrece.