Dejemos que la luz del Espíritu divino nos ilumine y nos llene de esa sabiduría del amor verdadero que es llenarnos de la sabiduría de Dios
Ezequiel 16, 1-15. 60. 63; Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Mateo 19, 3-12
Hay ocasiones en que nos cuesta entender las cosas y no es que seamos más o menos inteligentes. En la vida nos sentimos condicionados por muchas cosas que no son solo las influencias externas que podamos recibir, y hemos de reconocer que son muchas, sino muchas veces es desde nuestro propio interior, desde nuestro propio yo que en ocasiones se puede encerrar en su mismo, que también nos vemos motivados o impulsados por nuestras propias pasiones, que premian unas costumbres o unas rutinas por encima de todo razonamiento, o que son también nuestros intereses particulares, las metas que nos proponemos, el camino que vamos realizando y pronto podemos encontrarnos con algo que va a la contra de todo ese revoltijo de cosas que llevamos en nuestro interior, y nos cuesta entender, y nos falta encontrar esa luz que necesitamos para descubrir eso nuevo que da sentido distinto a nuestra vida, que nos plantea las cosas de otra manera.
Es la resistencia que ponemos en tantas cosas de la vida que no queremos que nos cambien esa manera que hemos tenido siempre de entenderlo; incluso en lo que es el avance y progreso de nuestra sociedad muchas veces también nos cuesta entender; decimos quizás que son nuestros principios y a ellos tenemos que ser fieles pero muchas veces son concepciones muy particulares que nos hemos creado y donde necesitamos una luz nueva para ver lo distinto. Claro que luego todo esto se unirá a lo que encontramos a nuestro alrededor y las influencias y presiones que podamos recibir y se nos complica más.
Más, por así decirlo, se nos complican las cosas cuando entramos en el ámbito de nuestra fe y en esa fidelidad al evangelio que como cristianos tendríamos que mantener. Muchas veces la resistencia la encontramos cuando hemos de buscar la autenticidad del evangelio y la congruencia con que hemos de vivirlo, porque, es cierto que nos decimos cristianos de toda la vida, pero hemos llenado nuestra vida religiosa y cristiana de unas prácticas y unas tradiciones que muchas veces no parecen muy acordes con la autenticidad del evangelio y es cuando nos resistimos y escuchamos decir que si nos están cambiando la fe y la religiosidad y cosas por el estilo; pero una vida congruente con lo que es el evangelio más auténtico nos tendría que hacer revisar muchas cosas en nuestra vida y en lo que hacemos; hemos entrado en un camino de costumbres y rutinas con las que nos falta encontrar ese verdadero sentido de lo que tiene que ser nuestro seguimiento de Cristo y su evangelio.
Más nos cuesta entender todo ese misterio de nuestra fe, todo ese misterio de Dios y parece que todo no nos cabe en nuestro corazón, en nuestra vida por su inmensidad. Necesitamos abrirnos humildemente a ese misterio de Dios que se nos revela y que se nos manifiesta en Jesús porque hemos de sentirlo en lo más hondo de nosotros mismos; ese misterio de Dios no es algo ajeno a nuestra vida sino que tiene que hacer que nuestra vida sea vivir en Dios.
Y todo eso tiene que traducirse en nuestra forma de vivir y de entender las cosas. Y aquí por una parte no nos podemos dejar influenciar ni por nuestras pasiones ni por nuestros intereses, ni tampoco por el sentido que pueda tener la sociedad de nuestro entorno de eso que nosotros queremos vivir según el sentido del evangelio. Será difícil en muchas ocasiones ir a contracorriente de esa sociedad que nos rodea, pero la autenticidad de lo que nosotros queremos vivir ha de ser una luz que ilumine ese mundo en medio del cual vivimos, aunque a ellos les cueste entender.
Muchos son los aspectos a los que podríamos referirnos, partiendo del mismo sentido de humanidad que nosotros tenemos en una visión cristiana de la vida y de la persona. Pero está también lo que hoy le plantean a Jesús en el evangelio y que es un planteamiento que sigue teniendo actualidad. Los fariseos le preguntan a Jesús sobre lo que Moisés había permitido acerca del divorcio y que seguía siendo motivo de diatriba y falta de entendimiento entre los distintos grupos de los judíos.
‘¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?’, le preguntan a Jesús. Algo que también palpamos y es cuestionamiento en el mundo de hoy en que eso se ve con la mayor naturalidad y con la facilidad con que se llega a esas rupturas del matrimonio. Jesús no quiere entrar en casuísticas sino que quiere ir a lo más hondo y a lo que tiene que dar verdadero sentido al matrimonio, y que quizás sea una parte importante por lo que hoy tanto nos cuesta entender y aceptar.
Parte Jesús de lo que es plan de Dios para la vida y para la relación entre el hombre y la mujer y si llega a decir que ya no son dos sino una sola carne y en consecuencia lo que Dios ha unido no lo puede separar el hombre, es porque el fundamento verdadero de todo es el amor, pero no un amor entendido de cualquier manera que se puede quedar en lo pasional o se puede volver egocéntrico, sino el amor en su sentido más profundo como descubrimos que es el amor que Dios nos tiene.
¿Cómo construimos el amor? Somos capaces de decir palabras bellas y románticas, pero no terminamos quizás de abrir nuestro corazón al amor verdadero. Es aquí donde tenemos una tarea inmensa que realizar porque esa construcción no se puede realizar de cualquier manera y a la carrera. Es donde tenemos que aprender de la escuela de Jesús, aprender del evangelio. No siempre es fácil, porque además nos entra la confusión por todas partes. Pero dejemos que la luz del Espíritu divino nos ilumine y nos llene de esa sabiduría del amor verdadero que es llenarnos de la sabiduría de Dios.
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