Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Cristo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cristo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de febrero de 2025

¿Podrá encontrar nuestro mundo lleno de tantas cegueras y oscuridades ese lazarillo en nosotros que les lleve al encuentro de la luz de Cristo?

 


¿Podrá encontrar nuestro mundo lleno de tantas cegueras y oscuridades ese lazarillo en nosotros que les lleve al encuentro de la luz de Cristo?

Génesis 8,6-13.20-22; Salmo 115; Marcos 8,22-26

¿Cómo podrá encontrar el ciego el camino de la luz si no hay un lazarillo que le ayude a hacer el camino y encontrar la luz para sus ojos?

Sabemos que llamamos lazarillo al que acompaña al ciego en su caminar para ayudarle en la carencia de luz en sus ojos. Obras de nuestra literatura clásica nos han presentado con profusión esa figura y todos entendemos de lo que son sus valiosos servicios; aunque hoy disponemos de mejores medios de ayuda, aun contemplamos en nuestro caminar al ciego que va acompañado de su perro lazarillo, su perro guía que le previene de peligros, le facilita los movimientos y de alguna manera cuida de su amo ciego. Todos nos sentimos reconfortados con esa imagen.

Pero si nos entretenemos en comentar estos detalles es porque esa imagen puede decirnos mucho para la vida y su sentido. Porque además hoy el evangelio que se nos ha presentado en este día nos habla de la curación de un ciego, allá por la región de Betsaida que, como se nos dice en otro lugar del evangelio era la patria o lugar de nacimiento de Simón Pedro y su hermano Andrés.

Hemos escuchado los detalles del relato evangélico, cómo Jesús se lo ha llevado aparte y poniendo algo en sus ojos hará que poco a poco sus ojos vuelvan a la luz. Pero hay un detalle que nos puede pasar desapercibido; nos dice el evangelista que a aquel hombre ciego lo llevaron a Jesús. Recordamos también al ciego Bartimeo en Jericó que pedía limosna en el camino y tras sus gritos pidiendo ayuda al saber que pasaba mucha gente, Jesús les pide que se lo traigan, que lo ayuden a llegar a Jesús. En este caso también alguien ayudó a aquel ciego a llegar a Jesús.

Es importante la imagen. Es la pregunta que nos hacíamos al principio de esta reflexión. ¿Quién será el que ayude al ciego a encontrar el camino de la luz? ¿Llegaremos a ser ese lazarillo para tantos que están a nuestro lado necesitados de luz? ¿seremos los cristianos en verdad lazarillos que ayuden a nuestro mundo envuelto en tantas cegueras y oscuridades a encontrar la luz del Evangelio?

Es nuestra tarea y nuestra misión. Aunque primero seremos nosotros los cristianos los que tengamos que dejarnos envolver por esa luz de Cristo y su evangelio. En nuestras cegueras seguimos tantas veces porque teniendo la luz a nuestra mano no sabemos, no terminamos de dejarnos iluminar por el Evangelio; nos pasa muchas veces como aquellas doncellas del evangelio que no guardamos suficiente aceite para mantener encendidas nuestras lámparas, o dejamos que muchos tropiezos que se convierten en cegueras lleguen a nuestra vida y no terminamos de dejar que Jesús ponga su mano para lavarnos en el Siloé de su gracia. Cuidemos la limpidez de nuestros ojos, cuidemos no nos dejemos embaucar por luces fatuas que nada iluminan sino que más bien con sus guiños nos llevan a la confusión.

Pero importante el mensaje que quiere dejarnos el evangelio de hoy. Tenemos que ayudar a que los demás lleguen a Jesús, se encuentren con Jesús para que la luz vuelva a sus vidas. No siempre sabrán o podrán ir solos y necesitan quien les ayude. Nuestra palabra tiene que ser clara para hablar de Jesús a los demás, de que nosotros hemos encontrado la luz y con Cristo hemos encontrado el camino de la felicidad verdadera; nuestros gestos, nuestros detalles, nuestra manera de vivir tiene que ser un testimonio claro que hable a los demás de Jesús y de la luz que en El encontraremos siempre.

Es hermosa la buena voluntad de aquellos que llevaron aquel día al ciego de Betsaida hasta Jesús para que recobrara la visión de sus ojos. ¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Seremos capaces de hacerlo con nuestro mundo? ¿Qué testimonio estamos dando como cristianos y como Iglesia ante el mundo que nos rodea que les haga sentirse atraídos por el Evangelio?

jueves, 26 de septiembre de 2024

Definirnos por Jesús no es repetir un catecismo aprendido de memoria sino manifestar con lo que hacemos y vivimos todo lo que significa Jesús para nosotros

 


Definirnos por Jesús no es repetir un catecismo aprendido de memoria sino manifestar con lo que hacemos y vivimos todo lo que significa Jesús para nosotros

Eclesiastés 3, 1-11; Salmo 143; Lucas 9, 18-22

Hay preguntas que son difíciles de responder. Nos pueden preguntar una dirección y si sabemos responderemos dando los detalles por dónde podemos ir y cómo encontrar lo que buscamos; nos preguntan por algo que ha sucedido, y contaremos con pelos y señales el acontecimiento; nos preguntan por algo que hayamos estudiado y conocemos muy bien y seremos capaces dar la respuesta acertada; y así muchas cosas en la vida pero decíamos sin embargo que hay preguntas que son difíciles de responder.

Nos preguntan que nos definamos, que digamos quienes somos, y seguramente comenzaremos dando nuestro nombre, de donde somos o de donde venimos; pero sabemos que lo que nos preguntan es algo más y entonces daremos vueltas y vueltas definiéndonos a nosotros mismos, quizás hablando de la familia de la que procedemos, los estudios que hayamos hecho, la profesión que realizamos y así seguiremos dando vueltas pero definirnos en el yo de nuestra vida nos cuesta más, nos es más difícil dar esa definición de nuestra vida. ¿Y cuando nos preguntan que definamos a los demás?

Es la pregunta que Jesús les está haciendo hoy a los discípulos. Textualmente Jesús está preguntando por la opinión de la gente pero también por la opinión de ellos de forma muy concreta. Pero me atrevo a decir que Jesús lo que les está diciendo es que se definan a sí mismos en la relación que tienen con El, lo que Jesús significa en sus vidas que es algo más que algo aprendido de memoria. Porque eso es lo que nos está pidiendo a nosotros hoy.

Los discípulos comenzaron a resumir lo que ellos escuchaban de la gente. Ya sabemos como había mucha gente entusiasmada con lo que hacía y lo que decía Jesús y surgían voces de alabanza y de reconocimiento de la acción de Dios en Jesús. ‘Nadie ha hablado como El’, decían; ‘Dios ha visitado a su pueblo’, exclamaban otros. Sentían que era un profeta, como aquellos antiguos profetas que habían conformado la historia de Israel tal como transmitían las Escrituras – se fundamentaban en la ley y los profetas – o recordaban alguien tan cercano como Juan el que bautizaba hasta hace poco en las aguas del Jordán en el desierto de Judea. Así lo fueron expresando los apóstoles ante la pregunta de Jesús.

Pero la pregunta de Jesús iba más allá. No era solo la opinión de la gente, sino era cómo ellos, los que estaban siempre con El, lo percibían. ‘Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?’ Era una pregunta más comprometedora, porque eran ellos los que tenían que definirse; decir lo que otros piensan si eso no me compromete a mí, es fácil, pero lo que ahora pedía Jesús era más comprometedor porque era expresar lo que Jesús significaba en sus vidas. ¿Hasta dónde lo conocían? ¿Hasta dónde estarían dispuestos a darlo todo por El, aunque ya un día habían dejado sus barcas y su trabajo, sus familias y hasta su propio pueblo para seguirle? Pero ¿por qué le seguían? ¿Hasta dónde estaban dispuestos a llegar? ¿Qué es lo que realmente ellos pensaban de Jesús?

Pedro, como siempre, será el que se adelante para dar respuesta. Muy certera, muy ajustada a lo que era Jesús y su misión. ¿Sería consciente de verdad del sentido de sus palabras? Jesús dirá que lo ha dicho porque el Padre se lo ha revelado en el corazón. Aunque un día diga que está dispuesto a dar la vida por Jesús, ¿hasta dónde llega en el compromiso de su vida aquella respuesta que está dando? Porque ahora dirá que es el Cristo, el Ungido de Dios, pero cuando a continuación diga que el Hijo del hombre tiene que padecer y ser entregado en manos de los gentiles, tratará de quitarle esa idea a Jesús de la cabeza.

Se llevaría hasta una espada a Getsemaní para defender a Jesús si fuera necesario, pero pronto se dejaría dormir en la vigilia, con el resto de los discípulos tras el prendimiento lo abandonaron y huyeron, y pronto en el patio del pontífice negará incluso que conoce a Jesús. Nuestros caminos, nuestros entusiasmos en un momento determinado, pero las tibiezas que pronto aparecen y terminamos también arrastrándonos y dejándonos llevar por lo que nos parece más fácil.


En nuestra respuesta también tenemos que definirnos, hasta donde estamos dispuestos a llegar, cómo vamos a dar la cara por esa fe que decimos que tenemos, cómo vamos a mantener caldeado nuestro espíritu para que no nos dominen esas tibiezas, y nos dejemos conducir no por el Espíritu de Jesús sino por el espíritu del mundo que nos parece también más fácil y más cómodo, con menos complicaciones.

¿Qué significa, pues, Jesús y su evangelio en nuestra vida?

viernes, 23 de septiembre de 2022

La respuesta de la fe no son palabras aprendidas sino posicionamientos serios que tomamos ante Jesús aunque comprometan nuestra vida

 q


La respuesta de la fe no son palabras aprendidas sino posicionamientos serios que tomamos ante Jesús aunque comprometan nuestra vida

Eclesiastés 3, 1-11; Sal 143; Lucas 9, 18-22

Si alguien llega y a bote pronto nos pregunta que nos definamos, que hablemos de nosotros mismos, que digamos como somos, no sé si siempre seremos capaces de ir más allá de generalidades sobre nuestra persona y, salvo que seamos una persona que verdaderamente nos conozcamos y podamos decir en verdad quienes o como somos, nos quedaremos casi sin palabras con las que definirnos en profundidad.

Otra cosa suele suceder con frecuencia que cuando preguntamos por alguien fácilmente nos vayamos de la lengua y comencemos a decir muchas cosas simplemente porque las hayamos oído, más que el hecho de que realmente la conozcamos. Quizás hablar de los demás, pero no por lo que nosotros profundamente conozcamos de la persona, sino más bien dejándonos influir por cosas que hayamos oído, nos resulte más fácil, pero realmente no siempre podamos decir que la conocemos en profundidad. Es un tema difícil. Es algo complicado porque muchas veces, repito, de una forma o de otra nos quedemos en generalidades.

¿Será de alguna manera lo que le sucedió a los apóstoles cuando Jesús les hizo una pregunta semejante sobre El? Cuando se trataba de reflejar lo que la gente decía de Jesús fueron capaces de decir muchas cosas. Que la gente decía que era un gran profeta, como los antiguos grandes profetas – ‘nunca hemos visto cosa igual y nadie ha hablado como este hombre’, decían algunos -; que era como Juan Bautista, aquel profeta que todos habían conocido allá en las orillas del Jordán; que se parecía a Elías o a Jeremías, y así cosas por el estilo.

Pero cuando Jesús les preguntó directamente qué es lo que pensaban ellos, ya no sabían qué contestar, y como suele suceder en estas ocasiones, el silencio se apoderó de la situación y me imagino las miradas de soslayo que se dirigían unos a otros para que alguien comenzar a decir algo.’Vosotros, ¿quién decís que soy yo?’, preguntaba Jesús.

El silencio se apoderó de todos, porque era más fácil decir lo que los otros decían, que decir algo que pudieran llevar en el corazón y que de alguna manera los comprometiera. Cuántas veces nos sucede, nos preguntan algo, pero cuando de nuestra respuesta depende un posicionamiento que hemos de tomar, nos quedamos callados, tratamos de rehuir el bulto, daremos vueltas o nos pondremos a hacer dibujitos en el suelo o en lo que tengamos entre manos para no dar una respuesta que nos comprometa. Que esto nos sucede muchas veces, en muchas situaciones, lo tenemos que reconocer. No queremos comprometernos.

Será Pedro el que se adelante a responder. El estaba siempre pronto y grande era la fe que había puesto en Jesús. muchas pruebas le había dado Jesús de sus preferencias y de cómo confiaba en él, muchos momentos había tenido en que se había sentido pequeño ante su presencia como en aquella ocasión de la pesca en el lago cuando todos creían que lo que pedía Jesús era un imposible, que ahora se adelante para dar su respuesta. Para Pedro Jesús era algo muy importante, y como diría en otra ocasión estaba dispuesto incluso a dar su vida por El.

Por eso, la pronta respuesta de Pedro. Para él Jesús era el Mesías, aunque no sabía cómo decirlo o cómo expresarlo. Pero sentirá en su corazón una inspiración de algo más allá de lo que con sus palabras se pudiera entender. ‘¡Tu eres el Mesías de Dios!’ Era como un grito que salía de su corazón. Era la voz fuerte del Padre que se lo estaba revelando allá en su corazón, porque como le diría Jesús que por sí mismo El no lo hubiera podido decir. Un día la voz del Padre así lo había proclamado junto al Jordán; también en lo alto de la montaña se había oído la voz del cielo, cuando tan entusiasmados estaban por estar con El para siempre contemplando aquella gloria. Ahora lo balbuceaba con un grito que le salía del corazón. ‘¡Tú eres el Mesías de Dios!’

Pero la pregunta se nos está haciendo a nosotros hoy. ¿Qué respuesta seríamos capaces de dar? Pero que no sean palabras aprendidas de memoria, que no sea repetir lo que otros hayan dicho, que sean palabras que nos salgan de lo  hondo de nosotros mismos, palabras que comprometan nuestra vida. ¿Hasta dónde estaremos dispuestos a responder? Porque hoy escuchamos seguir diciendo a Jesús que ‘el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. ¿Estaremos nosotros dispuestos a llegar a confesar con nuestra vida este Cristo de la Pascua?

viernes, 24 de septiembre de 2021

Hay respuestas que tenemos que elaborar por nosotros mismos traduciéndolo a nuestra forma de vivir, así tiene que ser siempre nuestra respuesta de fe

 


Hay respuestas que tenemos que elaborar por nosotros mismos traduciéndolo a nuestra forma de vivir, así tiene que ser siempre nuestra respuesta de fe

Ageo 2, 1-9; Sal 42;  Lucas 9,18-22

A veces hay preguntas a las que nos cuesta responder. Tenemos que definirnos, tenemos que aclararnos, con nuestra respuesta vamos a manifestar de qué lado estamos, en ocasiones no tenemos las cosas claras y preferimos mirar para otro lado, hacernos sordos a esas preguntas que nos comprometen, dar largas con respuestas vagas, o acaso responder con lo que nos parece que es la respuesta de que quien nos pregunta y que le agradaría encontrar en nuestros labios. Pero al final terminamos no definiéndonos.

¿Cobardía? ¿Ignorancia y no tener las cosas claras? ¿Escurrir el bulto como se suele decir? Mucho de todo esto puede haber, pero puede estar indicando una pobreza de nuestra vida.

Hoy Jesús les plantea unas preguntas serias a los discípulos. O más bien tendríamos que decir que Jesús nos plantea a nosotros unas preguntas serias. Pregunta para empezar porque le cuenten lo que la gente opina de él, pero como quien no quiere la cosa hace la pregunta directa que sí es difícil de responder. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’

Responder comentando lo que dice la gente no es difícil, para eso hay siempre respuestas fáciles, porque además no nos comprometen, porque solo estamos reflejando lo que los otros pueden pensar y en eso no queremos entrar. Pero cuando la pregunta es directa, como la que hace Jesús, no nos podemos poner a mirar para otro lado, sino que tenemos que definirnos. En aquella ocasión les salvó la campana, como se suele decir, les salvó que siempre Pedro se adelanta y sí que dijo cosas interesantes. Claro que cuando luego Jesús les quiso explicar bien lo que significaba la respuesta de fe de Pedro, ya comenzaron a recular y hasta Pedro se pondría a decir que esas cosas a Jesús no le podían pasar; Jesús les había anunciado pasión y muerte, les había hablado del sentido de la Pascua que iban a subir a celebrar a Jerusalén y ellos no querían entender, no entraba eso en el planteamiento de sus vidas.

Hay preguntas que nos hacen pensar. Decía alguien que el que pregunta es porque piensa; en este caso tenemos que decir que es la respuesta que tenemos que dar donde tenemos que manifestar que pensamos de verdad. Y a esa pregunta directa que Jesús nos está haciendo en el hoy y ahora que estamos escuchando su Palabra no nos vale responder con respuestas del catecismo aprendidas de memoria. Bien que recordamos los mayores como teníamos que aprendernos de memoria, al pie de la letra, el catecismo para que siempre pudiéramos responder con las palabras acertadas. Pero podían ser solamente palabras aprendidas de memoria; hoy se nos pide que las palabras que pronunciemos, la respuesta que demos sea algo salido del corazón, es más, sea algo de verdad plasmado en nuestra vida.

¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué es Jesús para ti? Es importante que nos planteemos el quien o el qué, porque en eso puede estar lo que nosotros realmente vivamos. Es quien, pero es el qué de cómo nosotros lo vivimos. Es el quien que se tiene que hacer vida en nosotros. No son solo palabras bonitas lo que se nos pide, sino unas actitudes nuevas, una vida nueva, un sentido de vivir, un compromiso real con la vida y con los demás, unas vivencias que nos hacen tener unos sentimientos distintos, una mirada distinta, es un nuevo vivir.

Podemos repetir con toda facilidad las mismas palabras de Pedro ‘el Mesías de Dios’, el Cristo, el Hijo de Dios vivo, pero tenemos que preguntarnos y eso cómo se va a traducir en nuestra vida, en nuestros comportamientos, en nuestras actitudes, en la manera de mirar la vida y de mirar a los demás, en nuestros compromisos. Es decir, sí, que es nuestra salvación, que Cristo murió por nosotros, pero tiene que ser luego el vivir esa salvación, porque tenemos una nueva manera de vivir, porque nos dejamos impregnar por el evangelio y eso se va a tener que reflejar en muchas cosas de mi vida. Será comenzar a vivir con toda intensidad todo lo que es el Reino de Dios anunciado por Jesús. No será hacer una bonita confesión de fe con nuestras palabras, mientras en la vida seguimos con nuestras rutinas, con nuestras vanidades, con nuestras ambiciones, con nuestros orgullos, con una falsedad de vida.

Y esa respuesta tiene que elaborarla uno por si mismo; soy yo, eres tú el que tienes que traducirlo a tu manera de vivir. No cubrimos nuestra vida con palabras bonitas, sino que nos impregnamos desde lo más hondo de la profundidad de la vida de Jesús.

martes, 29 de junio de 2021

Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos

 


Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos

Hechos de los apóstoles 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

Son momentos de una mayor intimidad. En ocasiones Jesús se los llevaba a lugares apartados donde pudieran estar solos para poder hablarles con una mayor cercanía. En ocasiones lo había intentado y se había encontrado con una multitud que estaba allá esperándole. Ahora caminaban casi a los límites de Palestina, allá por donde nacía el Jordán. Y llega el momento de preguntas y de confidencias.

‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Una pregunta que puede parecer genérica y que admitía también una respuesta genérica. Las gentes se manifestaban cuando veían las obras y los signos de Jesús o cuando escuchaban sus palabras. ‘Nadie ha hablado igual, decían… un gran profeta ha aparecido entre nosotros… Dios ha visitado a su pueblo’. Lo consideraban un profeta, un hombre de Dios. Si Dios no estaba con El no podía hacer las obras que El  hacía, como reconocería incluso Nicodemo. Un profeta muy grande, como Elías, como los antiguos profetas, como Juan el Bautista a quien todos habían conocido y también escuchado.

Pero Jesús quería algo más. Como diríamos nosotros, que se mojaran, que expresaran su propia opinión, que dijeran realmente lo que para ellos significaba Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Cuando las preguntas son directas así suele reinar el silencio, nadie quiere romper para comenzar a hablar. Pero allí estaba Pedro. El era decidido. El salía siempre el primero ya sea para expresar su pensamiento, para expresar dificultades ante lo que Jesús pide – ‘hemos estado toda la noche bregando y no hemos cogido nada’ - o también para tratar de disuadir a Jesús de que nada le podía pasar de todo aquello que anunciaba que le sucedería en Jerusalén.

Reticente, quizá al principio, ante el anuncio de su hermano Andrés, sin embargo se había dejado llevar por su hermano y había ido a conocer a Jesús. La sorpresa entonces sería que ya Jesús le cambiaría de nombre. Por eso cuando Jesús pasa a la orilla del lago y los invita a seguirle allí está pronto para dejar redes y barca y para irse con Jesús. Su casa en Cafarnaún se había convertido de alguna manera en la casa de Jesús, de donde partiría para todas sus correrías apostólicas. Sería, sin embargo, el que aunque veía la dificultad de la pesca, cuando Jesús le pide que reme mar adentro y eche las redes, estará pronto para hacerlo por la fe en la palabra de Jesús, ‘en tu nombre echaré las redes’. Se sentirá pequeño entonces ante las maravillas de Dios y no se considera digno de estar en la presencia de Jesús, ‘apartate de mi que soy un hombre pecador’, pero Jesús le quiere para ser pescador de hombres. Con Jesús haría aquellos caminos de Galilea y que un día le conducirán también a Jerusalén.

Pero eso ahora será el primero en tomar la palabra para dar respuesta a Jesús. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Ungido de Dios, el Hijo del Dios vivo’. ¿Qué está diciendo Pedro? Con lo que está diciendo está expresando mucho más de lo que le gente se preguntaba si acaso Jesús no sería el Mesías. Pedro afirma con toda rotundidad que es el Ungido de Dios, el Cristo, el Hijo del Dios vivo. ¿Lo dirá por sí mismo? ¿Lo habrá ido aprendiendo en aquel contacto tan cercano con Jesús que mantenían aquellos discípulos escogidos? Sin embargo ninguno se había atrevido a afirmarlo. Por eso le dirá Jesús que no lo ha aprendido por sí mismo, sino que el Padre del cielo se lo ha revelado en su corazón.

Pero Jesús le dice más. ‘Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’.

Un día le había cambiado de nombre y ahora viene a encontrar su significado. Es la piedra sobre la que se edificará la Iglesia. Cristo es la piedra angular, la que nos trae la salvación, es el único Salvador y Mesías. Pero aquella comunidad que va a nacer, todos los que van a confesar de la misma manera la fe en Jesús como el Hijo de Dios y nuestra salvación va a estar congregada en una unidad en torno a Pedro; Pedro va a ser esa piedra sobre la que se edificará la Iglesia, el que nos va a mantener en esa comunión y en esa unidad, el que nos va a mantener firmes en esa fe en Jesús. ‘Mantente firme para que alientes la fe de tus hermanos’, le dirá Jesús en otra ocasión.

‘El poder del infierno no la derrotará’. Podrán venir temporales, como la imagen de aquellas tormentas en medio del lago donde parecía que la barca se hundía. Allí está Jesús. Podrán venir momentos de duda, de tentación, de desaliento, de tener la impresión de que está todo perdido y hasta nos podrán nuestros miedos y aparecerán debilidades y cobardías, pero más allá de todo eso está la mirada de Jesús. Pedro lo pasó en el comienzo de la pasión, pero Jesús pasó a su lado en silencio, solo le habló con la mirada, y fue suficiente para su arrepentimiento. Más tarde porfiará una y tres veces que ama a Jesús, que Jesús bien lo sabe que está dispuesto a dar la vida por El, y Jesús seguirá confiando en él, ‘apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’.

Hoy que celebramos la fiesta de san Pedro y san Pablo – aunque en nuestro comentario nos hemos centrado más en la figura de Pedro -  es un momento muy especial para expresar y confesar nuestra fe en Jesús. Un momento de especial resonancia eclesial, cuando sentimos que Pedro es esa piedra sobre la que se fundamenta la Iglesia. Un momento para levantarnos con ánimo y con esperanza, porque a pesar de que sean muchas nuestras debilidades y negaciones, a pesar de las tormentas que en medio del mundo nos toca sortear, tenemos la certeza de la Palabra de Jesús. ‘El poder del infierno no la derrotará’, porque con nosotros está Jesús, nos ha dejado su Espíritu y poder sentir de manera especial su presencia en la Iglesia.

Y es que Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos. Hagámonos dignos de esa confianza de Jesús.

jueves, 17 de diciembre de 2020

El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, mejor a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy

 


El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, mejor a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17

‘Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo’. Alguien podría decir que si estamos empezando la casa por el tejado. Si estamos en Adviento e iniciando esta última semana que tiene unas características especiales como preparación inmediata para la celebración de la Navidad el que ahora aparezca este versículo haciendo referencia al nacimiento de Jesús pudiera parecer como un contrasentido.

Pero no lo es. Es la meta hacia la que vamos. Y bien que necesitamos recordarlo y más en este mundo en que vivimos en que ya ni siquiera algunos quieren mencionar la palabra Navidad contentándose con aquello tan genérico de ‘felices fiestas’. Ya sabemos como estamos terminando en esta sociedad nuestra tan especial en una navidad sin Jesús y si podemos evitar esas palabras, las evitamos.  Alguien me hacía referencia estos días en que ya incluso las iluminaciones ‘navideñas’ de nuestras calles y plazas en la Navidad poco tienen que ver con el sentido de la navidad; muchas veces unas luces y cuantas más mejor para quedar por encima de otros lugares, pero apenas sin referencia a lo que en realidad celebramos.

El versículo que hemos citado al comienzo de esta reflexión viene a ser como el broche final de la genealogía de Jesús que nos propone el evangelista al iniciar el evangelio, la buena nueva de Jesús. ‘Origen (genealogía) de Jesús, hijo de David, hijo de Abraham’, nos dice en su primer versículo. Jesús tiene una historia, pertenece a un pueblo y a una familia, tiene su origen en una raza y en la historia de ese pueblo. Eso nos viene a enseñar la genealogía. Por eso nos dice hijo de David – de la tribu de Judá lo que viene a ser cumplimiento de la bendición y promesa profética de Jacob – e hijo de Abraham para señalar su pertenencia al pueblo de la Alianza que tiene su origen en el patriarca Abraham.

Ya a lo largo del Evangelio en los diferentes evangelistas se nos darán otras connotaciones históricas para situarnos a Jesús en un tiempo concreto de la historia. No es un mito ni una invención, es un personaje de la historia pero que la trasciende, porque ese hijo de David y de Abraham es el Hijo de Dios que ha venido a encarnarse, a hacerse hombre y será en un momento y en una familia concreta, como nos señala a ‘José, el hijo de Jacob y el esposo de María de la cual nació Jesús, llamado Cristo’.

Y ahora, en nuestra historia concreta, en las circunstancias concretas en las que vivimos en el momento presente nosotros vamos a celebrar el nacimiento de Jesús. Algo que no podemos olvidar; algo, por supuesto, que no podemos disimular ni ocultar. Por eso en este momento presente nosotros queremos hacer presente a Jesús. Si en aquel momento histórico en que nació Jesús en Belén fue un rayo de luz que llenó de esperanza la humanidad, hoy necesitamos también ese rayo de luz, porque necesitamos resucitar la esperanza de la humanidad. Otros años quizás nos habíamos sentido como aturdidos por tanto jolgorio y tantas celebraciones externas, este año tenemos el peligro y tentación de dejarnos aturdir por la situación que vivimos y todo lo llenemos de la oscuridad de la desesperanza.

El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, más que algo tendríamos que decir, a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy. El Evangelio de Jesús sigue teniendo mucho que decir al mundo en el que vivimos aunque algunas veces se nos oculte o incluso lo disimulemos. Esa Buena Noticia que es Jesús sigue siendo Buena Noticia hoy y tenemos que proclamarla.

Las mismas circunstancias que vivimos nos pueden hacer recapacitar para darnos cuenta de que son muchas las cosas que tienen que cambiar en nuestro estilo de vida y en nuestro mundo. Es la renovación que nos trae Jesús. Tenemos que dejarnos iluminar por su luz; tenemos que abrir los oídos de nuestro corazón para escucharle; tenemos que abrir todos los sentidos de nuestra vida para que se haga presente en nosotros y a través de nosotros llegue también a iluminar a nuestro mundo.

Miremos cómo lo vamos a hacer; dejémonos inspirar y conducir por su Espíritu que allá en lo  hondo de nosotros nos irá dando pautas y señalando caminos. Pero Jesús es nuestra única salvación.

viernes, 10 de abril de 2020

Nuestra mirada está hoy centrada en la cruz pero que nunca será una cruz sin Cristo porque será entonces cuando nos encontramos con el amor


Nuestra mirada está hoy centrada en la cruz pero que nunca será una cruz sin Cristo porque será entonces cuando nos encontramos con el amor

Isaías 52, 13 — 53, 12; Sal 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42
El centro de nuestras miradas está hoy en la cruz. A algunos les puede parecer cruel, doloroso, por cuanto la cruz puede significar sufrimiento, puede significar tormento, puede significar muerte. La tendencia es a rehuir la cruz. ¿Quién quiere el sufrimiento? Si nos afecta el más mínimo dolor ya estamos buscando remedio, medicina que nos lo calme, que nos lo quite, que además bien sabemos que es síntoma de un mal más hondo que nos afecta y que aquel miembro o aquel órgano reaccionan y nos avisa así. No nos gusta cargar con esa cruz del sufrimiento, sea del tipo que sea. Queremos quitar ese peso de encima.
Pero aunque nos duela seguimos diciendo que el centro de nuestras miradas está en la cruz. Y nos duele mirar en nuestro entorno y ver tantas cruces que se hacen vacíos, que se hacen tormento, que destruyen vidas, que llenan de sufrimientos los corazones, que atormentan con sus soledades, que nos llenan de incertidumbres y de sin sentidos. Son muchas las cruces que vamos contemplando en el camino de la vida sobre los hombros de tantos y tantos que si hay el mínimo de sensibilidad en nuestro corazón nos contagian con su dolor, de alguna manera están poniendo también cruces sobre nuestros hombros. Siempre lo ha habido. Vivimos ahora un momento muy especial en la humanidad que quizá nos pueda hacer despertar la sensibilidad en el corazón, aunque también nos llenan de preguntas en nuestro interior de difícil respuesta.
Y repetimos lo mismo una vez más, el centro de nuestras miradas está en la cruz. Pero nosotros hoy no miramos una cruz vacía, una cruz sin crucificado. Es cierto que en esas cruces con que nos hemos ido cruzando en el camino hay unos crucificados que son los hombres y mujeres atormentados por el sufrimiento o quizá nosotros mismos con nuestro dolor. Pero es que nosotros hoy miramos una cruz con un crucificado especial, queremos mirar una cruz donde está Cristo crucificado. Y no lo hacemos para olvidar o desentendernos de nuestras cruces. La mirada que hacemos a Cristo en la cruz precisamente nos compromete más con todos los crucificados del mundo. Pero es que cuando miramos a Cristo en la Cruz estamos mirando el amor, estamos mirando el camino de la vida, estamos mirando el triunfo de la vida sobre la muerte.
Es una mirada distinta. Es la mirada que nos hace encontrar un valor y un sentido. Es la mirada que nos hace encontrarnos con la salvación con la que vamos a vencer la muerte, toda muerte, para que el mundo en verdad tenga vida. Es la mirada al amor. Es lo que contemplamos cuando vemos a Jesús clavado del madero de la cruz. Y es que estamos mirando el amor de Dios que tanto nos amó que nos entregó a su Hijo único. Es el amor de Dios manifestado en Jesús en el amor más grande que se puede tener cuando se da la vida por los que se ama. Es lo que hizo Jesús. Nadie tiene amor más grande.
Hoy, viernes santo, contemplamos la pasión y la muerte de Jesús. No es una lectura cualquiera la que queremos hacer. No vamos simplemente a regodearnos en el dolor y el tormento de un hombre que es ajusticiado. Es algo más lo que vamos a contemplar. Lo tenemos que hacer con otra clave, con la clave del amor. Porque es el amor de quien se entrega y se entrega libremente porque ama. No es el sacrificio de quien es llevado a la fuerza al tormento, sino la de quien camina con paso firme, aunque las fuerzas del cuerpo estén debilitadas y caiga por tierra muchas veces en ese camino, porque tiene l fuerza del amor en su espíritu.
La cruz con Cristo clavado al madero ya tiene otro sentido y otro valor. Para nosotros es la vida, porque allí encontramos nosotros el amor. Para nosotros es salvación porque nos hace encontrar otro sentido y otro valor a ese mismo sufrimiento, el valor y el sentido de quien ama hasta el extremo. Y es que ya de ahora en adelante no vamos a mirar la cruz sin Cristo, sino siempre con Cristo clavado en el amor, y para nosotros será la cruz de la vida, la cruz del amor, la cruz de la salvación.
Y será cuando en la vida intentamos llevar la cruz sin Cristo, entonces sí que se nos hará amarga y difícil de llevar. Lo contemplamos en tantos que se retuercen en el dolor sin encontrarle un sentido porque no se han encontrado con Cristo; es también lo que nos sucede a nosotros tantas veces que aunque nos decimos que creemos en Jesús tantas veces lo olvidamos, tantas veces en medio del dolor nos cegamos y no sabemos contemplarlo a nuestro lado, no sabemos contemplarlo en esa cruz.
No tememos ya abrazarnos a esa cruz y no porque busquemos el sufrimiento por el sufrimiento, sino simplemente porque amamos y sabemos también que muchas veces amar nos duele. Nos duele porque amar de verdad será arrancarnos de nosotros mismos; nos duele porque amamos a los que nos rodean y nos duele su dolor y nos vamos a dar hasta el final por hacer que su vida sea distinta, por hacer que vivan con mayor dignidad, por arrancarlos también de ese dolor y de esa cruz por la que ellos están pasando.
Nuestra vida está hoy centrada en la cruz y aprendemos una gran lección. Nuestra mirada está centrada en la cruz porque en ella contemplamos a Cristo y contemplamos su amor. Nuestra mirada está centrada en la cruz de Cristo porque desde allí encontramos la luz y la fuerza que necesitamos para hacer también nosotros nuestro camino de calvario. Nuestra mirada está centrada en la cruz de Cristo porque sabemos que en El encontramos la vida y la salvación.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Celebremos una Navidad que comienza en Jesús saboreando la ternura de Dios que se ha de traducir en el hombre nuevo del amor y en un mundo nuevo lleno de paz

Celebremos una Navidad que comienza en Jesús saboreando la ternura de Dios que se ha de traducir en el hombre nuevo del amor y en un mundo nuevo lleno de paz

Isaías 9, 1-3. 5-6; Sal 95; Tito 2, 11-14; Lucas 2, 1-14
‘Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres…’ proclamaba san Pablo en la carta a Tito. Ha aparecido la gracia de Dios, es lo que celebramos esta noche, es el misterio de Dios que estamos contemplando, es la ternura y el amor de Dios que se nos manifiesta. ¿Dónde contemplar mejor la ternura que en un niño recién nacido?
Es el evangelio, la Buena Noticia que resuena en esta noche. Fue lo que anunciaron los ángeles a los pastores de Belén y sigue resonando a través de los siglos cuando nosotros manifestamos nuestra fe, cuando nos reunimos como en esta noche, en este día para celebrar el nacimiento de Jesús.
Ha aparecido la gracia de Dios, la ternura de Dios, el amor de Dios en un niño recién nacido. ‘Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado…’ como decía el profeta. Un niño, verdaderamente hombre, es el hijo de María. ‘Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada’, que nos narra el evangelista. María dio a luz a su hijo primogénito.
Pero ya el ángel le había anunciado: ‘Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’. Es el Hijo del Altísimo, verdadero Hijo de Dios, el Emmanuel – Dios con nosotros - que habían anunciado los profetas.
Es lo que hoy celebramos. Es lo que nos llena de gozo y de vida. Es lo que nos está manifestando la ternura de Dios, el amor de Dios que nos viene a ofrecer la salvación para todos los hombres. Es lo que nos llena de esperanza. Es lo que nos hace seguir creyendo en la vida y en el amor, porque estamos contemplando como nos ama Dios. Es lo que es la Navidad que celebramos.
En alguno de tantos mensajes como nos llegan estos días – hemos de reconocer que algunos con buena voluntad y también con buenos deseos pero olvidándose quizá de lo que es lo fundamental – he leído, sin embargo uno que decía: La navidad comienza en Cristo. Es que sin Cristo no hay navidad. Lo que celebramos es el nacimiento de Jesús y con Jesús una vida nueva para la humanidad. Es a Jesús a quien celebramos. Trae la salvación para todos los hombres. Es lo que tenemos que vivir. Es lo que nos llena de esperanza.
Esa es la Buena Noticia de esta noche, de este día.  ‘No temáis, anunciaron los ángeles a los pastores de Belén, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’. Y allá fueron los pastores y contemplaron todo como les habían anunciado los ángeles.
Es la Buena Noticia, el Evangelio, que también tenemos que escuchar los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Lo necesitamos. Nos sentimos turbados quizá en medio de los problemas de cada día, los problemas que detectamos en nuestro mundo y en nuestra sociedad. Algunas veces la turbación puede ser tan grande que nos desequilibra y perdemos toda esperanza de que podamos hacer un mundo mejor, de que los problemas puedan encontrar solución, o que las personas cambiemos dejando atrás nuestros egoísmos y ambiciones, nuestros orgullos o el materialismo con que vivimos nuestra vida.
La navidad tendría que despertar de nuevo en nosotros la esperanza. La Navidad tendría que hacernos mirar a Cristo porque sabemos que en El es donde vamos a encontrar la salvación, porque en El podemos hacer ese hombre nuevo y ese mundo nuevo y mejor. Como decíamos antes contemplando esta ternura de Dios que se nos manifiesta en el Niño nacido en Belén.
Con Cristo, decíamos, aprendemos a amar la vida y valorar al hombre. Es lo que nos hace seguir creyendo en la vida y en el amor. Dios nos ama y eso nos dignifica y nos hace verdaderamente importante. Con ese amor de Dios, dando respuesta a ese amor de Dios comenzaremos a amar de una manera nueva y distinta y será el amor el que nos renueve y renueve nuestro mundo.
No nos podemos quedar en unos gestos pasajeros que nos tengamos mutuamente en estos días, en unas bonitas palabras o deseos, sino con Jesús que nace en Belén, con Jesús que quiere nacer en nuestro corazón comenzaremos a valorar una vida nueva, a vivir de una forma nueva y distinta, una nueva manera de amar, un nuevo compromiso por hacer nuestro mundo mejor.
Nos llenamos de gozo en estos días y queremos vivir una alegría honda. Pero no olvidemos que la Navidad comienza en Cristo y a Cristo ha de tener como su centro. Gocémonos en esa ternura de Dios. Dejémonos inundar por esa gracia de Dios viviendo hondamente esa salvación que Jesús nos ofrece. Contagiemos a nuestro mundo de esa alegría de la navidad, esa alegría que nace en Jesús. Así podremos cantar con los ángeles la gloria de Dios en el cielo que se manifiesta en la paz nueva que nace en el corazón de los hombres que son amados de Dios.

sábado, 11 de octubre de 2014

Aprendamos a ser de los pequeños y de los humildes que ante la Palabra de Jesús la plantan en su vida y mereceremos la bienaventuranza de Jesús

Aprendamos a ser de los pequeños y de los humildes que ante la Palabra de Jesús la plantan en su vida y mereceremos la bienaventuranza de Jesús

Gál. 3, 22-29; Sal. 104; Lc. 11, 27-28
Repetidamente lo vamos viendo a lo largo del evangelio. Serán los pequeños y los sencillos, los humildes de corazón y los pobres los que sentirán mayor admiración por Jesús. De sus bocas saldrán siempre las mejores alabanzas, porque son los que tienen un corazón más abierto a Dios.
Los que se sienten hartos y satisfechos en si mismos, por las cosas que poseen o creen poseer o porque se ahogan en sus sabidurías no sentirán cómo se despierta la esperanza en su corazón porque ya les parece tenerlo todo, aunque realmente sean los que más vacíos están de las cosas que verdaderamente son importantes. Pero no nos ha de extrañar porque la Buena Noticia del Evangelio se anuncia precisamente a los que son pobres y verdaderamente tienen ansias en su corazón de cosas grandes. Serán los que son capaces de admirarse ante el misterio de Dios.
Como decíamos lo vemos prácticamente en cada página del Evangelio. Serán los que exclamarán ante las obras de Jesús que Dios ha visitado a su pueblo; los que ante su enseñanza y su manera de enseñar dirán que éste si habla con autoridad y nadie ha hablado como El; serán los que saltarán de júbilo aclamándolo tras las maravillas que Jesús va realizando, y será por lo que estaba anunciado que de los niños de pecho saldría la mejor alabanza.
Por algo, como hemos escuchado en otra ocasión, Jesús dará gracias al Padre ‘porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y los has revelado a la gente sencilla’. Pero escucharemos también cómo en las bienaventuranzas Jesús llamará dichosos a los pobres y a los sufridos, a los que tienen hambre y sed y tienen ansias de paz y de misericordia, a los que tienen un corazón puro porque se han vaciado de todos los apegos y a los que quizá con más incomprendidos.
Así, fijándonos en estos detalles, podríamos recorrer muchas páginas del evangelio, como la que hoy se nos ha proclamado. Es una mujer sencilla en medio del pueblo pobre la que levantará su grito para la alabanza, aunque como saben expresarlo los sencillos alabando al que hace las cosas bien siempre surgirá la referencia a la madre que lo trajo al mundo. Es, repito, lo que hoy escuchamos. ‘Mientras Jesús hablaba a las turbas, una mujer de entre el gentío levantó su voz diciendo: ¡Dichoso el vientre que te crió y los pechos que te criaron!’
La alabanza que a través de Jesús iba dirigida a María, o la alabanza a la madre que quería ser dirigida al hijo de sus entrañas Jesús quiere redirigirla en una bienaventuranza que puede ser para todos. Por eso a las palabras entusiastas de esta mujer anónima, que si han surgido en su corazón fue porque su corazón estaba abierto a Dios y a la Palabra que ahora estaba escuchando y que llenaba y enriquecía su espíritu Jesús replica proclamando una nueva bienaventuranza y diciendo que ‘dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’.
Dichosa era aquella mujer anónima porque con tanto entusiasmo estaba escuchando la Palabra de Jesús que le enardecía el corazón y le estaba impulsando a plantarla en su vida.  Pero Jesús al replicar a aquella mujer a la que realmente está también alabando, redirige esa alabanza a María y a todos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen plantándola en su corazón. Es lo que había hecho María, la que está llena de Dios, porque se ha vaciado de si misma, de manera que ya no querrá ser otra cosa que la esclava, la sierva del Señor; María la que dice ‘sí’, la que acepta esa Palabra de Dios deseando que se cumpla en ella y el Espíritu Santo la envolverá con su sombra de manera que quien nazca de ella será la Palabra de Dios encarnada.
Es lo que tenemos que aprender a hacer nosotros. Como todos aquellos que vemos en el Evangelio que supieron abrirse a Dios y reconocer las maravillas del Señor. Vaciarnos de nosotros mismos, para poder llenarnos de Dios; presentarnos pequeños y humildes delante de Dios para acoger su palabra y así mereceremos ser ensalzados, porque el que se humilla será enaltecido. Y seremos enaltecidos nosotros, seremos dichosos cuando nos llenemos de Dios porque así, como María, acojamos esa Palabra que se encarne en nuestra vida. ¿No decimos que somos otros Cristos porque para eso fuimos ungidos en el Bautismo? Dejemos que el Espíritu de Dios envuelva también nuestra vida y así acojamos la palabra de Dios en nosotros haciéndola vida de nuestra vida.

miércoles, 9 de abril de 2014

La persona de Cristo es mi camino para comprender a Dios



La persona de Cristo es mi camino para comprender a Dios

Dan. 3, 14-20.91-92.95; Sal. Dan. 3, 52-56; Jn. 8, 31-42
‘Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos mios, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’. Así hemos escuchado que Jesús les decía a aquellos que habían creido en El. Palabras, podemos decir, de ánimo y de confianza; palabras que dan aliento para seguir adelante a pesar de que muchas veces no sea fácil. Vosotros que creéis en mí, les viene a decir, manteneos fieles a mis palabras, porque ese es el camino para ser mi discípulo, llegaréis a conocerme y la verdad que encontraréis en mí os hará grandes, os hará libres de verdad.
Queremos nosotros creer en Jesús y queremos ser sus discípulos; queremos seguirle, queremos escucharle, pero no se trata solamente de escucharle de forma ocasional o escuchar solamente aquellas cosas que puedan alagar nuestros oídos. Seguir a Jesús es algo mucho más hondo, porque seguir a Jesús es escuchar lo que El nos dice, pero eso ponerlo por obra, realizarlo en nuestra vida. El que quiere hacerlo así, aunque le cueste, es el que está de verdad siguiendo el camino de Jesús y ese camino le llevará a plenitud de vida.
Nos habla Jesús de la verdad que vamos a encontrar y recordamos que El nos dirá que es el Camino, y la Verdad, y la Vida. Conocer la verdad es encontrarnos con Jesús, porque en El vamos a encontrar el sentido de todo. Y eso es lo que nos va a dar auténtica plenitud a nuestra vida; como nos dice Jesús, ‘la verdad os hará libres’.
“La persona de Cristo es mi camino para comprender a Dios”. ¿Sabéis quien hizo esta afirmación? Casualmente me encontré con estas palabras cuando estaba comenzando a preparar esta reflexión. El cantante Bono Vox, líder del grupo irlandés U2, lo afirmó en una entrevista transmitida por la televisión nacional irlandesa RTÉ, en la que habló de su relación con la religión. El cantante explicó que lee las Escrituras “por la verdad poética y por los hechos históricos” que contiene y que reza, principalmente a Cristo. “Rezo para llegar a comprender la voluntad de Dios”, añadió. Para Bono ¿quién es Cristo?, es la pregunta fundamental de un cristiano. Por esto, cree que Jesús era realmente Dios, que resucitó de entre los muertos y que lo que ha prometido se realizará.
He querido traer aquí este testimonio, por una parte porque no es muy habitual encontrarse con personajes famosos que den un testimonio tan claro y valiente de su fe, y además viene a ayudarnos a comprender el mensaje que hoy hemos escuchado en el Evangelio y venimos meditando.
Veníamos reflexionando en que encontrandonos con Jesús, escuchándole y siguiendole nos encontramos con la verdad, la verdad que nos da plenitud a nuestra vida, la verdad que nos hace libres. Es que cuando nos encontramos con Cristo ya nuestra vida es distinta; en Jesús encontramos una nueva forma de vivir; desde Jesús encontramos también la fuerza para hacer en todo momento el bien y alejarnos del pecado. Es que como nos dice Jesús hoy ‘quien comete pecado es esclavo’. Quien sigue de verdad a Jesús y lo convierte en la verdad unica y fundamental de su vida tratará se vivir siempre una vida lejos del pecado, de la esclavitud del pecado. Por eso son alentadoras las palabras de Jesús que hoy hemos escuchado.
Los judíos no le entienden, o no le quieren entender; dicen que son hijos de Abrahán y eso les basta para ser de verdad libres. Pero Jesús les quiere hacer entender que no es solo cuestión de razas o de pertenencias a un pueblo determinado, sino que ahí tiene que estar lo que es nuestra vida, las obras que hacemos, la fidelidad con que vivimos a la Palabra del Señor. De ahí lo importante que es nuestra fe en Jesús.
Vamos a contemplar a Jesús en estos días de la pasión y de la pascua en la suprema entrega de amor por nosotros. Nos señala un camino, el único camino que nos conduce a la plenitud de la vida, a la auténtica libertad que nos hace vivir una vida santa. Contemplemos sin cansarnos la entrega de la pasión y de la muerte de Jesús, para que vayamos aprendiendo a Jesús, conociendo a Jesús, dejándonos empapar por su mensaje de amor, llenándonos de su gracia que nos conducirá siempre por caminos de santidad.

martes, 17 de diciembre de 2013

Confesamos a Jesús, el hijo de David,  el hijo de Abrahán como el Hijo de Dios y nuestro Mesías Salvador

Gén. 49, 2. 8-10; Sal. 71; Mt. 1,1-17
La Navidad está cerca. Lo mismo que el Bautista anunciaba que el Reino de Dios estaba cerca porque era inminente la aparición del Mesías, así nosotros podemos decir hoy también: la Navidad está cerca. Sólo faltan ocho días y la liturgia se intensifica en su preparación para que todo esté a punto, para que nuestros corazones y nuestras vidas estén a punto.
La liturgia adquiere un ritmo nuevo y más intenso. Las oraciones, las antífonas, la Palabra del Señor que vamos escuchando ya nos están hablando de esa inminencia de la Navidad. Así por ejemplo las antífonas de las vísperas de cada día, sobre todo la antífona al cántico de María, que son las mismas que repetimos con el Aleluya antes del Evangelio, tienen un especial sabor donde vamos saboreando el misterio de Cristo que se nos manifiesta y se acerca a nosotros y nos hace hacer como una especial oración invocando, suplicando la llegada del Emmanuel que es nuestra Sabiduría, que es el Sol que nace de lo alto, el Rey de las naciones y deseado de todos los pueblos, por mencionar ahora alguna de esas invocaciones que iremos haciendo.
Pero también la palabra del Señor que iremos escuchando cada día tiene una especial resonancia en esa inminencia de la Navidad, porque iremos leyendo el principio del evangelio de Mateo, hoy y mañana, y luego todo el inicio del evangelio de Lucas con lo sucedido inmediatamente antes del nacimiento de Jesús, el anuncio del nacimiento del Bautista, el anuncio del ángel a María, su visita a Isabel, el nacimiento de Juan, etc…
Hoy el evangelio nos ha presentado la genealogía de Jesús según el relato del evangelio de san Mateo. El Jesús que confesamos como Hijo de Dios y que veremos nacer en Belén en unos días es ese deseado de las naciones y de manera especial del pueblo judío como Mesías salvador. Por eso hemos comenzado escuchando hoy: ‘Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán…’ para concluir diciéndonos que ‘de María, la esposa de José, nació Jesús, llamado Cristo’, el Mesías.
Jesucristo,  verdadero Dios y verdadero hombre, nacido en una familia concreta y en un pueblo concreto; se nos da su genealogía, pero al mismo tiempo se nos está señalando cómo hay una línea de continuidad desde Abrahán, el padre en la fe del pueblo de Israel, pasando por David para señalarnos así que es el Mesías anunciado, prometido y esperado como Salvador del pueblo judío pero también de todas las naciones.
Precisamente la primera lectura nos ha señalado esa línea de continuidad que luego veremos reflejada en la genealogía, pues Jacob señala a su hijo Judá como el que va a llevar el bastón del mando, como signo de que es él y no ningún otro de los hijos de Jacob del que ha de nacer el Mesías de Dios. Recordamos así lo que el ángel le anunciaba a María, como hemos escuchado tantas veces y volveremos a escuchar estos días, ‘el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de  Jacob para siempre…’
Confesamos así a Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre; lo vemos entroncado en el pueblo judío siendo el Mesías Salvador, el Cristo; por eso decimos siempre para referirnos a Jesús esa palabra compuesta, Jesucristo, o lo que es lo mismo decir, Jesús es el Cristo, el Mesías, el Salvador.
Confesamos nuestra fe y queremos en verdad prepararnos con toda intensidad en estos días que nos faltan para la navidad para su celebración. Queremos que sea en verdad una celebración viva, profunda; no queremos quedarnos en lo superficial. Si confesamos que Jesús es nuestro Salvador es porque queremos llenarnos de su salvación, llenarnos de su gracia salvadora.

Todo lo que hemos venido reflexionando y orando a lo largo del tiempo del Adviento nos tiene que servir para esa renovación de nuestra vida. Pero no es solo lo que nosotros queramos hacer, sino lo que la gracia de Dios quiere realizar en nosotros. Para ello hemos de ir a buscar esa gracia, hemos de acercarnos a los sacramentos, hemos de sentir ese perdón de Dios que nos llena de su salvación; hemos de pensar entonces en el Sacramento de la Reconciliación o de la Penitencia. Aprovechemos esa oportunidad de gracia que estos días se nos ofrece.

jueves, 25 de abril de 2013


Una profesión de fe con firmeza, un anuncio hecho con fidelidad, unas huellas que hemos de seguir

San Marcos Evangelista

1Pedro 5, 5-14; Sal.88; Mc. 16, 15-20
‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado’. Es el final del Evangelio, el último mandato de Jesús. ‘Y ellos fueron y proclamaron el evangelio por todas partes…’
Pero si así concluye el evangelio de Marcos, en ese mismo sentido tenía su comienzo. ‘Comienzo del Evangelio (de la Buena Noticia) de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios’. Fueron las primeras palabras y el inicio que nos está manifestando lo que el evangelista nos quiere trasmitir: la Buena Noticia de Jesús, que es el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios; Buena Noticia que se ha de trasmitir a toda la creación para que todo el que crea en esa Buena Noticia alcanza la salvación.
Marcos o Juan Marcos, el autor del Evangelio que más tarde sería el fundador de la Iglesia de Alejandría - así se ha considerado siempre y así lo tiene la Iglesia Copta de Egipto - aparece en distintos momentos de la Escritura, ya sea el propio evangelio algo así como insinuado, ya sea en los Hechos de los Apóstoles o en las cartas de San Pablo y San Pedro que lo llama ‘mi hijo querido’, como hoy mismo hemos escuchado.
Digo que en el evangelio es insinuado porque los intérpretes suponen que aquel joven que tras el prendimiento de Jesús en el Huerto le sigue envuelto en una sábana es el propio Marcos; ¿sería aquel huerto de la familia de Juan Marcos? Son suposiciones porque el hecho de que lo siguiera envuelto en una sábana da a entender que dormía cerca y al oír los ruidos saliera a ver lo que pasaba.
En los Hechos aparecerá con Pablo y Bernabé - del que se dice en la carta a los colosenses que eran primos o familia - en el primer viaje apostólico aunque al llegar a Panfilia decide volverse a Antioquía. Eso motivará que en el segundo viaje Pablo y Bernabé discutan a causa de Juan Marcos a quien Bernabé quería llevar con ellos pero Pablo no, y es por lo que ese viaje lo hará ya Pablo solo. Marcos acompañó a Bernabé a Chipre.
En distintas cartas Pablo hará alusión a un Juan llamado Marcos, lo mismo que en la carta de San Pedro que hoy hemos escuchado. Evangelizaría Egipto por lo que se le considera fundador de la Iglesia de Alejandría que tanta importancia tuvo en la Iglesia de los primeros siglos y donde murió mártir. Sus restos están en la Catedral de Venecia dedicada precisamente a su nombre. 
A Marcos se le ha considerado siempre como autor del segundo evangelio, en el que se considera que recoge las catequesis de san Pedro en Roma, puesto que él no fue discípulo directo de Jesús. Es el evangelio más breve y tiene muchas concordancias con los otros evangelios sinópticos de Marcos y de Lucas, porque los exegetas hablan de una fuente común para dichos evangelios.
Tras esta breve reseña de la vida de Marcos y su evangelio desde lo que nos refleja la propia Escritura sagrada, convendría detenernos a reflexionar un poco en cual sería el mensaje que lleváramos a nuestra vida en esta fiesta de san Marcos a la que nos invita hoy la liturgia de la Iglesia. Muchas consideraciones podríamos hacernos fijándonos en aspectos que se resaltarían de manera especial en este evangelio.
Ya desde un primer momento el evangelista nos hace una afirmación contundente para definirnos quien es el Jesús del que nos va a hablar en el Evangelio. Como resaltábamos al principio de esta reflexión el evangelio se inicia diciéndonos ‘Evangelio - Buena Noticia - de Jesús, el Cristo - Mesías -, el Hijo de Dios’. Quiere presentarnos a Jesús en quien hemos de creer para alcanzar la salvación. El que crea en esa Buena Noticia que se nos trasmite, y se bautice, se salvará.
Para centrar este mensaje quiero fijarme en las tres intenciones o motivaciones principales de las oraciones de la liturgia en la Eucaristía de la fiesta de san Marcos. Pedimos ‘seguir siempre fielmente las huellas de Cristo… mantenernos fieles a la misión de anunciar el Evangelio… y creer con firmeza en ese evangelio’. Una fe que hemos de confesar, de vivir y de proclamar con toda fidelidad siguiendo siempre las huellas de Jesús.
Queremos manifestar con toda firmeza nuestra fe en Jesús y en la Buena Noticia de Salvación que nos llega con Jesús a nuestra vida; la firmeza de la proclamación de nuestra fe. Pero esa proclamación no la hacemos solo con palabras, sino en el camino de nuestra vida. ¿Cuál ha de ser ese camino? Seguir las huellas de Cristo. No queremos otra cosa sino vivir a Cristo, imitarle, ser como El, tener sus mismos sentimientos, vivir su misma vida, empaparnos de sus mismas actitudes de amor, de humildad y de servicio. Pero esa riqueza no nos la guardamos para nosotros sino que hemos de trasmitirla a los demás: fidelidad en el anuncio del evangelio.
Es lo que hizo san Marcos con su vida, con su anuncio del evangelio por todo el mundo, escribiéndonos también el evangelio inspirado por el Espíritu Santo para que lo tengamos como Palabra de vida y de salvación para nosotros, como Palabra de Dios, Palabra que Dios nos dirige para que creyendo en Jesús alcancemos la salvación.
Que el Espíritu del Señor nos ilumine y fortalezca para esa confesión de fe, para ese anuncio de nuestra fe para que llegue al mundo la salvación.

martes, 14 de febrero de 2012


Misioneros de Cristo el Señor y sembradores de la semilla del evangelio

2Cor. 4, 1-2.5-7; Sal. 95; Mc. 41-9
Misioneros que anunciamos que Cristo es el Señor y sembradores de la semilla de la Palabra de Dios. Es el mensaje que recibimos y al mismo tiempo anunciamos desde la Palabra de Dios que se nos ha proclamado en esta fiesta de los Santos Cirilo y Metodio, patronos de Europa a quienes hoy celebramos.
Decir que Jesús es el Señor es el centro y meollo de nuestra fe. Cuando así lo proclamamos estamos manifestando que no hay otro nombre en el que podamos encontrar la salvación. Le pondrás por nombre Jesús porque El salvará a su pueblo de sus pecados, le dijo el ángel a José. Y recordamos cómo los apóstoles y los primeros discípulos hacían este anuncio continuamente. Jesús es el Señor, y en su nombre alcanzamos la salvación y el perdón de los pecados.
Como nos dice el apóstol Pablo en la carta a los corintios ‘porque nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, predicamos que Cristo es el Señor, y nosotros siervos vuestros por Jesús’. Nos recuerda lo que san Pablo nos dice en otra carta cuando habla de que predica a Cristo y a Cristo crucificado.
Y es la semilla que tenemos que ir sembrando, la semilla de la fe, la semilla de la Palabra de Dios que nos hace conocer a Jesús, la semilla de la gracia que nos llena de la vida de Dios. El evangelio nos ha hablado de la parábola del sembrador. Y con hondo sentido nos la propone la liturgia en esta fiesta de los santos que evangelizaron grandes regiones de Europa y cuyo ejemplo y testimonio nos impulsa a que nosotros seamos sembradores también de la semilla del evangelio.
Cuando escuchamos la parábola del sembrador siempre recogemos el mensaje por la parte de la tierra que está o no está preparada para recibir la semilla y entonces dará o no dará fruto. Nos miramos a nosotros mismos y tratamos de ver si somos esa tierra buena y fértil o qué abrojos, malas hierbas o pedruscos hay en nosotros que arrancar, que limpiar.
Pero también podemos detenernos a reflexionar en el sentido de que a nosotros también nos envía el Señor como sembradores de esa semilla. Envía a sus discípulos hasta los confines de la tierra para anunciar el evangelio. Y nosotros, testigos de Jesús, recogemos ese testigo de que hemos de ser esos sembradores de la semilla. A nosotros el Señor también nos envía.
Y eso es tarea de todo cristiano. Dentro de la Iglesia el Señor ha querido escoger y llamar con una vocación especial a quienes elige para ser sus pastores o los que se consagran al Señor radicalmente en la vida religiosa. Pero es misión de todo cristiano el ser testigo, el ser anunciador con su vida y con su palabra del Evangelio. La fuerza del Espíritu nos consagra a todos en el sacramento de la confirmación para hacernos esos testigos de Cristo resucitado. Todos recibimos esa misión del Señor.
Como nos dice san Pablo en el final del texto de hoy ‘este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros’. Nos sentimos pequeños y débiles, pero si el Señor nos confía la tarea de ser anunciadores del evangelio, aunque seamos frágiles como vasijas de barro, con nosotros está la fuerza y la gracia del Señor.
Que la fuerza del Espíritu del Señor nos ilumine y fortalezca.