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miércoles, 19 de febrero de 2025

¿Podrá encontrar nuestro mundo lleno de tantas cegueras y oscuridades ese lazarillo en nosotros que les lleve al encuentro de la luz de Cristo?

 


¿Podrá encontrar nuestro mundo lleno de tantas cegueras y oscuridades ese lazarillo en nosotros que les lleve al encuentro de la luz de Cristo?

Génesis 8,6-13.20-22; Salmo 115; Marcos 8,22-26

¿Cómo podrá encontrar el ciego el camino de la luz si no hay un lazarillo que le ayude a hacer el camino y encontrar la luz para sus ojos?

Sabemos que llamamos lazarillo al que acompaña al ciego en su caminar para ayudarle en la carencia de luz en sus ojos. Obras de nuestra literatura clásica nos han presentado con profusión esa figura y todos entendemos de lo que son sus valiosos servicios; aunque hoy disponemos de mejores medios de ayuda, aun contemplamos en nuestro caminar al ciego que va acompañado de su perro lazarillo, su perro guía que le previene de peligros, le facilita los movimientos y de alguna manera cuida de su amo ciego. Todos nos sentimos reconfortados con esa imagen.

Pero si nos entretenemos en comentar estos detalles es porque esa imagen puede decirnos mucho para la vida y su sentido. Porque además hoy el evangelio que se nos ha presentado en este día nos habla de la curación de un ciego, allá por la región de Betsaida que, como se nos dice en otro lugar del evangelio era la patria o lugar de nacimiento de Simón Pedro y su hermano Andrés.

Hemos escuchado los detalles del relato evangélico, cómo Jesús se lo ha llevado aparte y poniendo algo en sus ojos hará que poco a poco sus ojos vuelvan a la luz. Pero hay un detalle que nos puede pasar desapercibido; nos dice el evangelista que a aquel hombre ciego lo llevaron a Jesús. Recordamos también al ciego Bartimeo en Jericó que pedía limosna en el camino y tras sus gritos pidiendo ayuda al saber que pasaba mucha gente, Jesús les pide que se lo traigan, que lo ayuden a llegar a Jesús. En este caso también alguien ayudó a aquel ciego a llegar a Jesús.

Es importante la imagen. Es la pregunta que nos hacíamos al principio de esta reflexión. ¿Quién será el que ayude al ciego a encontrar el camino de la luz? ¿Llegaremos a ser ese lazarillo para tantos que están a nuestro lado necesitados de luz? ¿seremos los cristianos en verdad lazarillos que ayuden a nuestro mundo envuelto en tantas cegueras y oscuridades a encontrar la luz del Evangelio?

Es nuestra tarea y nuestra misión. Aunque primero seremos nosotros los cristianos los que tengamos que dejarnos envolver por esa luz de Cristo y su evangelio. En nuestras cegueras seguimos tantas veces porque teniendo la luz a nuestra mano no sabemos, no terminamos de dejarnos iluminar por el Evangelio; nos pasa muchas veces como aquellas doncellas del evangelio que no guardamos suficiente aceite para mantener encendidas nuestras lámparas, o dejamos que muchos tropiezos que se convierten en cegueras lleguen a nuestra vida y no terminamos de dejar que Jesús ponga su mano para lavarnos en el Siloé de su gracia. Cuidemos la limpidez de nuestros ojos, cuidemos no nos dejemos embaucar por luces fatuas que nada iluminan sino que más bien con sus guiños nos llevan a la confusión.

Pero importante el mensaje que quiere dejarnos el evangelio de hoy. Tenemos que ayudar a que los demás lleguen a Jesús, se encuentren con Jesús para que la luz vuelva a sus vidas. No siempre sabrán o podrán ir solos y necesitan quien les ayude. Nuestra palabra tiene que ser clara para hablar de Jesús a los demás, de que nosotros hemos encontrado la luz y con Cristo hemos encontrado el camino de la felicidad verdadera; nuestros gestos, nuestros detalles, nuestra manera de vivir tiene que ser un testimonio claro que hable a los demás de Jesús y de la luz que en El encontraremos siempre.

Es hermosa la buena voluntad de aquellos que llevaron aquel día al ciego de Betsaida hasta Jesús para que recobrara la visión de sus ojos. ¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Seremos capaces de hacerlo con nuestro mundo? ¿Qué testimonio estamos dando como cristianos y como Iglesia ante el mundo que nos rodea que les haga sentirse atraídos por el Evangelio?

miércoles, 15 de febrero de 2023

Es un camino y un proceso como el que iban realizando los discípulos de Jesús y todos los que a El se acercaban, como tenemos que hacer nosotros para llenarnos de su luz

 


Es un camino y un proceso como el que iban realizando los discípulos de Jesús y todos los que a El se acercaban, como tenemos que hacer nosotros para llenarnos de su luz

Génesis 8,6-13.20-22; Sal 115; Marcos 8,22-26

Cuántas maravillas podemos contemplar hoy gracias al avance de la ciencia y de la técnica y estoy pensando en el campo de la medicina y de la sanidad. Qué maravilla la recuperación de la visión, por ejemplo, tras una operación de cataratas. Hace pocos días un amigo me hablaba admirado cómo ha recuperado la visión, con que fuerza ve de nuevo los colores, pero también tantos detalles que en el proceso de pérdida de visión por las cataratas había ido perdiendo. Puedo hablar por mi mismo también en este caso.

Estoy haciendo referencia a esto por el evangelio que hoy nos presenta la liturgia. Un hombre de Betsaida que está ciego lo llevan a Jesús para que lo cure. Hay unas circunstancias que algunas veces nos cuesta entender porque pareciera que el milagro se ha realizado en dos partes. Primero el hombre solo veía un poco o algunas cosas, para luego recuperar totalmente la visión. Olvidamos que cuando estamos escuchando estos relatos de la Palabra de Dios son también como signos de los procesos que se realizan en nuestra vida en nuestro camino de conversión.

Si hablamos de esas maravillas de la recuperación de la luz y la vista como podemos experimentar hoy en nuestro mundo y nos admiramos por ello, no menos tendríamos que admirarnos de cómo el encuentro con Jesús realiza en nuestra vida también muchas maravillas, cuando lo acogemos y cuando lo aceptamos.

Es un camino, es un proceso. Como el que iban realizando los discípulos de Jesús y todos los que a El se acercaban. Comenzaban a creer en Jesús, comenzaba a llegar la luz a sus vidas, que no solo era la recuperación de la luz que nos entra por los ojos. Pedro y los demás apóstoles creían en Jesús, por eso un día habían dado el paso de seguirle, dejando las redes, dejando sus casas y su familia para estar con Jesús. Pero también los costaba ver claro. No siempre entendían las palabras y las enseñanzas de Jesús, no siempre comprendían lo que Jesús hacía. Se llenaban de dudas. Pedro quiso convencer a Jesús de no subir a Jerusalén porque todo lo que anunciaba Jesús no le podía pasar. Muchas veces vemos a los discípulos discutiendo por primeros puestos en el Reino cuando tanto les había enseñado Jesús del espíritu de servicio del que tenían que envolver sus vidas. Les costaba dar pasos. La pasión y la muerte de Jesús fue también para ellos una gran prueba, que se vio superada cuando le contemplaron resucitado, cuando se llenaron del Espíritu de Jesús.

Son nuestros pasos, que son también nuestras dudas, que son las debilidades que nos aparecen, que son las ambiciones que no terminamos de arrancar del corazón, que son nuestras vueltas atrás de tantas veces cuando parecía que tan entusiasmados estábamos, que con las cosas que nos escandalizan y no terminamos de comprender. Pero hemos de ir dando pasos, hemos de querer caminar siguiendo a Jesús, hemos de dejar que llegue Jesús a nuestra vida y toque nuestros ojos, como hizo con aquel ciego de Betsaida, que toque nuestro corazón para que la luz llegue totalmente a nuestra vida.

Y eso lo vivimos hoy, en nuestro mundo con sus problemas, en ese mundo donde tenemos que ser testigos y dar testimonio, ese mundo que muchas veces no nos quiere y está a la contra de lo que nosotros podamos o queremos hacer, pero donde tenemos que estar, donde tenemos que ser luz, donde tenemos que seguir haciendo el anuncio del Reino de Dios.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Nos dejamos conducir hasta Jesús y El pondrá una mirada nueva en nuestros ojos que ilumina con una nueva luz también nuestro mundo


Nos dejamos conducir hasta Jesús y El pondrá una mirada nueva en nuestros ojos que ilumina con una nueva luz también nuestro mundo

Santiago 1, 19-27; Sal 14; Marcos 8, 22-26
Hay ocasiones en que nos cuesta entender la vida; suceden tantas cosas a nuestro alrededor y a veces de forma vertiginosa que no llegamos a captar su sentido, nos sentimos confusos. Son complejas las interpretaciones que escuchamos por acá o por allá, nuestra mente da vueltas y vueltas queriendo encontrar un sentido, un por qué, un valor, un significado a cuanto sucede y además nos podemos ver influenciados por interpretaciones que se hacen acá y allá y nos llenan de mayor confusión.
Como en ocasiones parece que se resaltan más las cosas negativas y no dejamos de ver tantas ambiciones que llevan a una lucha sin cuartel entre unos y otros llenando el mundo de violencias pero también de corrupción, nos hace sentirnos más confusos y sin saber qué interpretación podemos dar. Ese torbellino de violencias, de catástrofes o de muerte que vemos que sucede en nuestro entorno lleva a muchos a hacer interpretaciones catastrofistas donde todo les parece perdido y que ya es el comienzo del final.
Necesitamos una luz que nos dé esperanza; necesitamos quien pueda sembrar claridad sobre tanta confusión y podamos llegar a descubrir que a pesar de todo se pueden abrir horizontes de esperanza delante de nosotros que nos impulsarán a buscar caminos nuevos. Necesitamos un colirio para nuestros ojos que nos hace mirar con una mirada distinta, de la que quitemos sombras para poder ver con esa nueva claridad.
Y es que algunos podrán venir, incluso queriendo apoyarse en la misma Palabra de Dios, para sembrar más confusión con sus visiones catastrofistas y con no correctas interpretaciones de esas Palabra de Dios. Muchos quizá sin hacer una lectura bien hecho del mismo texto sagrado se dejarán influir por conceptos preconcebidos que nos pueden crear mas confusión.
Es lo que sucede por ejemplo con el Apocalipsis que sirve para muchos como cauce de interpretación de todas esas violencias de que está lleno nuestro mundo y le hacen decir cosas que realmente no es el sentido del Apocalipsis. Ya que lo hemos mencionado decir que es un libro de esperanza, porque en medio de toda esa confusión que podemos contemplar con esas descripciones violentas del mundo quiere sin embargo alumbrar la visión de un mundo nuevo, de un cielo nuevo donde podemos contemplar la victoria del Cordero.
Hoy nos encontramos en el evangelio cómo Jesús fue luz para aquel ciego de Betsaida. En pocas palabras el evangelio nos presenta todo un proceso. Le llevaron aquel ciego a Jesús para que lo curara y Jesús lo apartó a un sitio aparte, como queriéndolo arrancar de allí donde estaba siempre, y le impone las manos untándole los ojos con saliva. Aquel hombre comienza a ver, en principio confundido porque los hombres le parecían árboles pero que andaban; Jesús vuelve a imponerle las manos y aquel hombre comienza a ver con toda claridad.
Nuestras confusiones allí donde estamos y donde no vemos con claridad, pero necesitamos apartarnos de eso, dejarnos conducir por la mano de Jesús hacia algo nuevo y distinto; el proceso de crecimiento de nuestra fe algunas veces es costoso, no lo vemos todo claro, pero si nos dejamos hacer por Jesús vendrá la luz a los ojos, vendrá la luz a nuestro corazón.
Recientemente charlaba con un joven de todo ese mundo de confusión y catastrófico del que hablamos al principio de esta reflexión, pero nuestra reflexión podríamos decir que fue dando pasos y al final aquel joven me decía que para él mejorar y ver las cosas distintas necesitaba de las lentes de Jesús que sería quien iluminaría su camino. Creo que no es necesario decir nada más. Dejemos que Jesús abra nuestros ojos, ponga una mirada nueva en nuestra vida y veremos distinto, seremos distintos. Es lo que estamos contemplando en el evangelio.
¿Habrá quien nos lleve hasta Jesús? ¿Seremos nosotros capaces de llevar a otros hasta que Jesús para que miren con esos lentes nuevos que pone Jesús en nuestros ojos?

miércoles, 20 de febrero de 2019

Jesús quiere abrirnos los ojos para que encontremos la fe pero también abrirnos el corazón para que vivamos en el amor


Jesús quiere abrirnos los ojos para que encontremos la fe pero también abrirnos el corazón para que vivamos en el amor

Génesis 8,6-13.20-22; Sal 115; Marcos 8,22-26
Betsaida era donde habían nacido Simón Pedro y Andrés, probablemente también Felipe y quizá alguno más de los apóstoles, aunque ahora estuvieran establecidos más en Cafarnaún por ser pescadores. Era una de aquellas aldeas que iba recorriendo Jesús por toda Galilea anunciando el Reino de Dios. Ahora le traen a un ciego para que le imponga las manos y lo cure.
Es muy significativo este episodio situado precisamente en Betsaida, un hombre ciego. Es cierto que era algo muy habitual en la antigüedad y más en aquellas regiones tan soleadas y de tan resplandeciente luz. Pensemos hoy en la cantidad de personas que tenemos que utilizar lentes o gafas para poder ver, gracias a los adelantos médicos y de oftalmología; cuando no se tenia, como entonces, este remedio era muy normal que la gente se quedara sin visión con mucha facilidad; si hoy no tuviéramos estos recursos muchos seriamos los que sin visión camináramos por la vida.
Caminar sin visión por la vida es, sin embargo, algo muy frecuente también hoy y ya no me refiero solamente a los ojos corporales como podemos entender. Desorientación anímica y espiritual, desorientación en un caminar sin sentido en la vida, desorientación y confusión ante tantas cosas que se nos ofrecen desde las distintas ideologías o maneras de pensar, desorientación ante la misma confusión que es la vida misma con sus luchas y violencias, con los orgullos ambiciosos de tantos y las envidias y resentimientos que nos corroen por dentro, desorientación y ceguera que nos imponemos muchas veces por la superficialidad y ligereza con que nos tomamos la vida, son algunos aspectos que nos podemos encontrar en nuestro caminar o en lo que nosotros mismos podemos caer.
Tan ciegos vamos que no sabemos encontrar la verdad, no sabemos descubrir los signos que nos llevan a lo bueno y nos dejamos contagiar por tantas cosas de nuestro mundo confuso; y el materialismo y la sensualidad nos pueden y nos dominan, y perdemos el sentido espiritual y trascendente de la vida, y en nuestra confusión no sabemos mirar a los que están a nuestro lado y lo bueno que en ellos podemos descubrir y surgen los enfrentamientos y violencias desde nuestras ambiciones o desde nuestra insolidaridad egoísta.
Tan encerrados en nosotros mismos vivimos tantas veces que no sabemos ver la mano que se nos tiende con buena voluntad en deseo de ayudarnos a encontrar la luz y preferimos en tantas ocasiones caminar solos y desentendiéndonos de los demás. Quien va ciego por el camino de la vida y rehúsa la mano que le ofrece ayuda pronto va a tropezar en la primera piedra u obstáculo que encuentro y se irá de narices en la vida. Pero obcecados en nuestro egoísmo persistimos en ese encerrarnos en nuestro yo creyendo falsamente que solos lo podremos lograr.
El evangelio sin embargo hoy nos habla de que aquel ciego se dejó guiar. Hubo unas buenas personas que lo trajeron hasta Jesús; luego se dejará conducir por Jesús a un lugar apartado del bullicio de la gente para que pudiera encontrar la luz; poco a poco se le van abriendo los ojos y Jesús lo va guiando, llevando de la mano podríamos decir, hasta que encontrará la claridad para sus ojos y descubriera toda la verdad.
Todo un proceso que nosotros también tenemos que hacer, dejándonos guiar para encontrar a Jesús y dejándonos luego guiar por Jesús y su Palabra que nos hará encontrar la Verdad. Todo un proceso que también nosotros tenemos que realizar para ayudar a los demás para que se encuentren con Jesús, para que se encuentren con la Verdad, con quien puede darles el verdadero sentido de su vida. Porque igual que podemos tener actitudes cerradas en que no nos dejemos guiar, también podemos tener actitudes insolidarias en que no seamos capaces de ofrecer nuestra ayuda a tantos que ciegos caminan a nuestro lado por la vida.
Jesús quiere abrirnos los ojos para que encontremos la fe pero quiere también abrirnos el corazón para que vivamos en el amor.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Aprendamos a poner luz de amor en nuestros ojos para que nuestro encuentro con los que nos rodean esté lleno de humanidad

Aprendamos a poner luz de amor en nuestros ojos para que nuestro encuentro con los que nos rodean esté lleno de humanidad

Génesis 8,6-13.20-22; Sal 115; Marcos 8,22-26
En la vida necesitamos el contacto humano entre las personas significado en el encuentro, en la conversación, en la convivencia, en gestos y detalles que tengamos los unos con los otros y una cercanía que se manifiesta también en un contacto por así decirlo físico como puede ser el darnos la mano, un abrazo u otras muestras de afecto que tengamos los unos con los otros.
Ya se que  hay personas que rehuyen ese contacto por así llamarlo físico e incluso hay quienes parecen alérgicos a cualquier muestra de afecto que podamos manifestar. Traumas quizás en su vida, malas experiencias, o una vida excesivamente solitaria que a veces los puede hacer ariscos con los demás llevan a esas reacciones. Pero el ser humano necesita de ese encuentro y de esa convivencia, de esa cercanía y de esos signos de afecto.
Quizás habremos tenido la experiencia de algún encuentro con un profesional del que hemos necesitado sus servicios y que se redujo simplemente a tramitarnos aquello que llevábamos en mano o resolvernos el problema, pero donde no hubo quizás una mirada personal, una palabra distinta a lo simplemente profesional y todo se quedo en una sequedad que nos hizo quizás salir insatisfechos a pesar de que nos solucionaran el problema con que acudimos.
Necesitábamos algo más. Es algo que hemos de tener en cuenta mucho en nuestra conveniencia cada día incluso con los más cercanos a nosotros, donde quizás no tenemos una palabra amable y cariñosa, una muestra de gratitud o una delicadeza en el trato que quizás lo damos por supuesto.
Me quiero fijar en estos aspectos humanos de la vida, que algunas veces descuidamos, a la hora de hacerme una reflexión también de los textos del evangelio, porque ese es un aspecto que podemos destacar mucho en Jesús y su trato con las gentes de su tiempo. Es el dialogo, las palabras que se cruzan entre Jesús y los que le rodean o acuden a El pidiendo su ayuda, es la cercanía de Jesús, es ese tender la mano no temiendo incluso tocar con su mano al leproso.
Es lo que hoy palpamos en el evangelio. Le llevan a Jesús en las cercanías de Betsaida a un ciego para que lo cure. Jesús se lo lleva aparte, y aunque las palabras del evangelio son parcas parece que surge una conversación entre ellos. Nos lo podemos imaginar, Jesús interesándose por aquel hombre; se muestra en los pasos que va dando para su curación que es signo de lo que va sucediendo en el corazón de aquel hombre en el contacto con Jesús.
Nos descubre que la ceguera puede ser mucho más que unos ojos cegados que nada ven, porque tantas veces vemos, pero confundimos. Aquel hombre decía que veía personas en movimiento pero que le parecían árboles, hasta que con Jesús recobra totalmente su vista para ver bien. Nuestras cegueras nos hacen muchas veces que no veamos a las personas que están a nuestro lado; ¿nos parecen árboles?, ¿nos parecen simplemente cosas que podemos manipular o utilizar para nuestro exclusivo bien? Tendríamos que analizar bien cómo vemos a cuantos están a nuestro alrededor. Como aquellos profesionales de lo que hablábamos al principio de esta reflexión; parece que no tratan a personas, sino casos, problemas, números de una lista, pero les falta ese contacto personal.
Que aprendamos a mirar para descubrir bien que con tratamos es con personas. Que no haya esa frialdad y esa aridez en nuestro trato y en nuestro encuentro con los demás. Que pongamos humanidad en lo que vamos haciendo. Jesús nos ayuda a descubrir el verdadero valor de la humanidad. Que se nos abran los ojos, que haya luz de amor en nuestros ojos.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Dejémonos llevar de la mano de quien nos conduce hasta la luz para llevar también nosotros a otros hasta Jesús



Dejémonos llevar de la mano de quien nos conduce hasta la luz para llevar también nosotros a otros hasta Jesús

Sant. 1. 19-27; Sal. 14; Mc. 8, 22-26
El encontrar la luz de Jesús es un camino que hemos de saber recorrer y en el que el mismo Espíritu de Jesús nos acompaña. Creo que es el mensaje que nos quiere dar la Palabra de Dios que se nos ha proclamado en este evangelio.
‘Jesús y sus discípulos llegaron a Betsaida y le trajeron un ciego pidiéndole que lo tocase’. Sabemos que Betsaida era la patria de Simón y Andrés, por lo que se nos dice en otro lugar del evangelio, aunque ahora estuvieran establecidos en Cafarnaún. Betsaida estaba a cierta distancia de Cafarnaún, y en las cercanías por donde desembocaba en el lago de Tiberíades o Mar de Galilea la parte del río Jordán que provenía de sus nacientes más al norte.
Le traen a Jesús un hombre envuelto en las tinieblas de su ceguera. Vienen con fe en Jesús. ‘Le pedían que lo tocase’ y así quedaría sanado, recobraría la luz de sus ojos. Pero bien sabemos que los milagros que obra Jesús, movido por la fe de quienes se acercan a El y también para mover nuestros corazones a la fe, son signos claros de la salvación más profunda que Jesús quiere ofrecernos. El hacer recobrar la luz para aquellos ojos ciegos es una buena imagen de cómo en Jesús encontramos esa luz que ilumina de verdad nuestra vida, porque son muchas las cosas que nos oscurecen, no los ojos de la cara, sino los ojos del alma.
Va a haber un encuentro y una relación muy personal de Jesús con aquel hombre ciego al que va a hacerle recobrar la vista. ‘Lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano’, nos dice el evangelista con todo detalle. Era un hombre ciego al que había que ayudar a caminar. Hasta Jesús había venido de la mano de aquellos que pedían su curación, como también el mismo lo deseara. Ahora es Jesús el que lo lleva de la mano hasta un lugar apartado fuera de la aldea, fuera en este caso de la vista de los demás, y le unta los ojos, le impone las manos mientras aquel hombre va recobrando poco a poco la vista. Al final aquel hombre estará totalmente curado y verá todo con claridad.
Siempre habrá alguien que nos ha ayudado a lo largo de la vida o ahora ayude a llegar hasta Jesús. Pensemos cuanto hemos recibido de los demás, empezando por nuestros padres  que fueron los primeros que nos educaron en la fe, pero pensando también en tantos que de una forma u otra a lo largo de la vida, y quizá ahora también en esta etapa de la vida que vivimos en estos momentos, han sido y son signo para nosotros que hayan despertado la fe para que deseáramos acercarnos a Jesús, han sido y son Palabra viva de Dios a través de sus vidas y de su testimonio que nos ayudan a conocer y amar  cada día más a Jesús.
Pero el camino no está nunca totalmente hecho, porque siempre nos quedan oscuridades en nuestra vida y siempre seguiremos necesitando quien nos ayude a ese encuentro con la luz de Jesús. Hemos de saber tener un corazón abierto, un corazón sensible para captar esas señales que en fin de cuentas es Dios quien nos va poniendo a nuestro paso en el camino de la vida. Hemos de dejarnos conducir; hemos de saber aceptar esa mano que toma la nuestra y nos ayuda a caminar, porque a la larga es la mano de Dios que nos llama, nos lleva hasta El.
Creo que hemos de saber ser agradecidos a Dios, primero que nada, que ha puesto esas señales en el camino a través de todas esas personas que nos han ayudado y nos ayudan; agradecidos a quienes tienen esa palabra de luz para nosotros para ayudarnos a encontrar esa luz. Y querer hacer con toda fidelidad y con toda constancia ese camino; no podemos echarnos atrás, quedarnos en la cuneta de la vida, porque quizá nos cuesta dar esos pasos y no encontramos tan pronto como desearíamos esa luz. La luz está ahí y un día llegará a iluminar totalmente nuestra vida. Sigamos buscándola, sigamos queriendo encontrarla, sigamos dejándonos guiar, porque llegaremos en verdad hasta Jesús y su salvación.
Y nos queda finalmente una cosa. También nosotros hemos de ser señales luminosas para los que están a nuestro lado y puedan llegar también hasta esa luz de Jesús. También nosotros podemos, es más, tenemos que tomar de la mano a tantos que están envueltos en esas tinieblas muy cerca de nosotros, para llevarlos hasta Jesús.

martes, 17 de julio de 2012

Una respuesta de amor que el Señor nos pide

Una respuesta de amor que el Señor nos pide
Is. 7, 1-9; Sal. 47; Mt. 11, 20-24

‘Jesús se puso a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido’. Cafarnaún donde había puesto como su centro probablemente viviendo en la casa de Pedro, Betsaida de donde eran naturales Simón Pedro y su hermano Andrés y algún otro de los apóstoles, Corozaín, lugares costeros alrededor del Lago de Tiberíades o Mar de Galilea. Pero no daban los frutos que el Señor pide, la conversión.

Cuando el evangelista nos narra que Jesús se vino a establecer en Cafarnaún dejando Nazaret recuerda palabras del profeta Isaías, porque aquellos momentos fueron momentos de luz para aquellas gentes que les llenaba de esperanzas. ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande, a los que habitaban en una región de sombra de muerte una luz les brilló’. Así quiere recoger el evangelista lo que significó el comienzo de la predicación de Jesús anunciando el Reino de Dios.

Pronto veremos que las gentes se llenaban de esperanza al escuchar el mensaje de Jesús y ver los signos que realizaba. Muchos se entusiasmaban por seguirle. Solo un pequeño grupo se mantenía fiel, de entre los que escogió a los doce apóstoles. Aunque muchos se entusiasmaban la constancia en el seguimiento de Jesús no fue buena entonces como nos sigue sucediendo a nosotros hoy. Nos entusiasmamos, prometemos muchas cosas, pero pronto nos enfriamos y terminamos por olvidar. Malo cuando incluso nos ponemos en contra como sucede tantas veces.

Pero era, podíamos decir, la lucha entre las tinieblas y la luz. El evangelio de Juan que es muy expresivo en sus imágenes nos lo recuerda. ‘La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió… vino a los suyos y los suyos no lo recibieron…’ Jesús les recrimina a los fariseos que están ciegos porque quieren ser ciegos, porque rechazan la luz. Recordamos el episodio del ciego de Jerusalén que Jesús envía a lavarse a Siloé, y como rechazan su testimonio y no quieren ver la luz.

Ahora Jesús, como venimos comentando, recrimina a aquellas ciudades donde tantos milagros había hecho. Como les dice, si hubiera hecho esos milagros en Sodoma o Gomorra, o en Tiro o en Sidón se hubieran convertido y no merecerían castigo, pero los ha hecho allí entre aquellas gentes que no terminan de aceptarle. El día del juicio les será más llevadero a aquellas ciudades que siempre habían sido consideradas malditas y paganas, porque aquí se había prodigado el Señor con su predicación y con su amor en los signos que realizaba y sin embargo no se convertían.

Todo esto tiene que hacernos pensar. Porque no es cuestión simplemente de juzgar o condenar a aquellas ciudades, sino de mirarnos a nosotros mismos. Mirarnos a nosotros mismos para ver cuánto nos ha regalado el Señor y lo mezquinos que somos tantas veces en nuestra respuesta. ¿Amamos todo lo que deberíamos al Señor?

Podríamos pensar en todo lo que hemos recibido a lo largo de nuestra vida. Habría que hacerlo con corazón agradecido al Señor. Si nos detuviéramos un poquito para hacer un recuento de cuántas veces en nuestra vida hemos sentido la presencia y la llamada del Señor quizá hasta nos sorprenderíamos. Pero quizá no sea necesario tanto, sino mirar nuestros últimos tiempos, lo que ahora mismo nosotros vivimos y veamos si en verdad estamos correspondiendo como deberíamos a tanto amor del Señor.

No nos hacemos estas consideraciones para llenarnos de temor, sino para aprender a tener un corazón agradecido. Hacemos este recuento de las maravillas del amor del Señor en nosotros que se manifiesta de tantas maneras para que nos sintamos más motivados para dar esa respuesta de amor que el Señor está esperando de nosotros.

Respondamos con más amor a tanto amor que el Señor nos tiene.

miércoles, 15 de febrero de 2012


Le trajeron  un ciego pidiéndole que lo tocase…

Sant. 1, 19-27; Sal. 14; Mc. 8, 22-26
‘Le trajeron  un ciego pidiéndole que lo tocase…’ Una vez más vemos los gestos y los signos de Jesús. No sólo nos están manifestando su poder sino también su cercanía y su amor. Se manifiesta con todo el poder de Dios que es quien nos cura y nos salva. Se manifiesta, podemos decir, con todo el poder de su misericordia y su amor.
‘Le untó saliva en los ojos, le impuso las manos… le puso otra vez las manos en los ojos… y el  hombre lo miró, estaba curado y veía con toda claridad’. Admirable la cercanía de Jesús. Es el Emmanuel, el Dios con nosotros, que camina a nuestro lado, se compadece de nuestras debilidades y carencias, se derrite de amor por nosotros.
No fue sólo entonces. Jesús sigue haciéndonos sentir su cercanía. Jesús sigue imponiéndonos las manos y tocando nuestro corazón. No es ya que nosotros como aquellos enfermos queremos al menos tocarle la orla de su manto, sino que es Jesús quien viene a nosotros. Dejémonos abrir los ojos para ver; que se nos abran los ojos de la fe, y le podremos sentir, y le podremos ver de tantas maneras como llega a nosotros, llega a nuestra vida.
Así tenemos que saber descubrir y sentir su presencia en los sacramentos. Es presencia real y verdadera de Cristo junto a nosotros. Así se hace realmente presente en la Eucaristía, es su Cuerpo y su Sangre, es Cristo mismo que está ahí y nos da su vida, se nos da en comida para ser nuestro alimento y nuestra vida.
Así vemos su presencia en su Palabra. No es un texto cualquiera por muy hermoso que sea. Es Dios mismo que nos habla. Es Cristo que es la Palabra de Dios que llega a nosotros. Qué hermoso cómo hoy el Señor ha llegado en su Palabra de forma muy concreta a nuestra vida. Y no sólo es el evangelio que estamos comentando, sino también en el texto de la carta de Santiago nos ha hablado de cosas muy concretas que nos pueden suceder cada día.
Y nos da pautas muy claras, muy sencillas, pero con mucha actualidad. ‘Sed prontos para escuchar, nos decía por ejemplo, lentos para hablar y lentos para la ira’. Son cosas que nos suceden y en las que hemos de tener cuidado y el Señor nos está hablando, corriendo, dándonos pautas de cómo actuar. Una Palabra que tenemos que saber escuchar y poner en práctica. ‘Quien se cree religioso y no tiene a raya su lengua, nos dice, se engaña, su religión no tiene contenido’. Por eso terminará diciéndonos el apóstol: ‘La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones, y no mancharnos las manos con este mundo’. Cuánto tenemos que aprender de lo que nos dice el Señor.
Así lo tenemos que descubrir en el amor y desde el amor. Porque ya sabemos que cuando le hagamos al otro a Cristo mismo se lo hacemos. Luego en el otro tenemos que ver a Cristo, en el otro está presente Cristo para nosotros esperando nuestro amor. Y de la misma manera en el amor que nosotros recibimos de los demás, estamos sintiendo, recibiendo el amor de Cristo. El se  nos hace presente en el amor de los demás; así nos manifiesta su amor. Así está Cristo tocando nuestra vida, como impuso las manos a aquel ciego de Betsaida y tocó sus ojos.
No son cosas mágicas de las que estamos hablando, sino del misterio de Dios. El misterio de Dios que así se nos manifiesta, así se hace presente en nuestra vida. Y que es un misterio de amor, porque es así cómo Dios nos ama. Por eso decíamos que tenemos que dejar que Jesús toque nuestros ojos para abrirlos, abrirlos al misterio de la fe, al misterio de Dios que se  nos manifiesta. Porque es necesario avivar nuestra fe, renovarla, porque se nos apaga y nuestra vida se nos llena de tinieblas.
Señor, yo quiero ver, quiero que me impongas las manos y toques mis ojos, me abras ojos del alma, los ojos de la fe.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Caminemos en la luz de Cristo y estaremos en comunión los unos con los otros


Gén. 8, 6-13.20-22;

Sal. 115;

Mc. 8, 22-26

Escuchamos hoy el relato que nos hace Marcos con la curación del ciego de Betsaida. Nos da una serie de detalles que nos hablan de esa cercanía de Jesús, de ese encuentro personal, como ya hemos reflexionado en otra ocasión.

Es muy significativa la cantidad de milagros de curaciones de ciegos que nos ofrece el evangelio. Alguien alguna vez comentaba la existencia de muchos ciegos en aquella región dada las características de luz muy brillante en aquellas zonas, también cercanas a lugares desérticos.que hacen reverberar más la luz y dañar en consecuencia a los ojos; también podíamos pensar que las escasas medidas higiénicas en aquellos tiempos no propician unos ojos sanos.

Pero más allá de estas razones causantes de tantas cegueras, el hecho de que sea uno de los signos más realizados por Jesús puede hablarnos de cómo Jesús quiere manifestarnos y hacernos llegar el Reino de Dios que es todo luz para nosotros. Jesús se nos manifiesta como luz del mundo. Cuando Jesús se encontró con el ciego de nacimiento en las calles de jerusalén y los discípulos le preguntan por la causa de su ceguera, si un pecado suyo o de sus padres, les habla Jesús de realizar las obras de la luz y afirma: ‘Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo’.

Ese es el gran mensaje de Jesús en la curación de los ciegos. Jesús es nuestra luz. Creer en Jesús es llenarnos de su luz, que es llenarnos de su vida, llenarnos de su gracia y salvación, llenanos de su amor. Decimos que por nuestro encuentro con Jesús y por nuestra fe en el quedamos iluminados, y quedar iluminados es quedar inundados de una vida nueva, porque es llenarnos de Dios, de la vida de Dios. Recordemos también lo que se nos dice en el principio del Evangelio de san Juan que nos habla de la luz que viene a iluminar nuestro mundo.

¿Nosotros estamos ciegos?, le preguntaban los fariseos a Jesús después de aquel milagro que mencionabamos del ciego de nacimiento. ‘Si estuviérais ciegos, no seríais culpables; pero como decís que veis, vuestro pecado permanece’. Era una ceguera peor la que tenían aquellos que rechazaban a Jesús, porque rechazaban la luz y la vida que Jesús viene a ofrecernos. También tendremos que preguntar si estamos ciegos y cuál sería la ceguera que pudiera haber en nuestra vida.

Tendríamos, por otra parte, que escuchar aquello que dice san Pablo en la carta a los Efesios: ‘Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo’. Tenemos que acudir a Jesús para dejarnos iluminar por su luz, para renacer a su vida nueva, reconociendo nuestra ceguera, reconociendo cuánto hay de muerte en nosotros por nuestro pecado.

‘Dios es luz y no hay en el tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con El, y andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad. Pero si caminamos en la luz como El, que está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo nos purifica de todo pecado’. Así nos enseña san Juan en su primera carta. Así tenemos que pedirle al Señor que nos haga caminar en su luz; y como nos está expresando el apóstol que los que caminamos en la luz caminamos en comunión los unos con los otros; tener esa luz de Cristo en nuestra vida es vivir en el amor.

Sintamos las manos de Jesús no sólo sobre nuestros ojos sino sobre nuestra vida para que nos llene de su luz y de su vida y en consecuencia vivamos en el amor.