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domingo, 5 de febrero de 2023

Nuestra vida concreta, nuestros gestos y compromisos de amor serán los que harán surgir tu luz como la aurora brillando tu luz en las tinieblas

 


Nuestra vida concreta, nuestros gestos y compromisos de amor serán los que harán surgir tu luz como la aurora brillando tu luz en las tinieblas

Isaías 58, 7-10; Sal 111; 1Corintios 2, 1-5;  Mateo 5, 13-16

Hoy es uno de esos momentos cuando escucha uno el evangelio dice ‘¡ay, qué bonito!’ La imagen de la luz y de la sal que emplea Jesús en el evangelio es muy socorrida, la hemos escuchado muchas veces y en distintos momentos y muchas son las explicaciones que se nos han dado de tal manera que tiene el peligro  de que la sal se nos vuelva sosa. Ya nos lo sabemos, decimos, y nos ponemos a dar explicaciones fáciles. Pero, ojo, todo se nos puede quedar en palabrería, en palabras bonitas, porque la imagen nos da pie a ello, pero terminemos detrás de toda esa palabrería metiendo la luz debajo del cajón, ocultándola bajo el celemín y ya no nos dará luz. El peligro de sabernos las cosas y no dejarnos sorprender.

Porque lo tenemos claro, Jesús nos está diciendo que tenemos que ser luz, que tenemos que iluminar. ¿Y cómo se hace eso? Fácilmente respondemos porque demos ejemplo con nuestras obras, con nuestra vida, que se note que creemos en Jesús, que somos cristianos, seguidores de Jesús. Y sigo preguntándome, y eso, ¿cómo se hace? ¿Nos vamos a poner en la calle a gritar delante de todo el mundo que somos cristianos y creemos en Jesús? A lo mejor está bien hacerlo, ¿pero seríamos capaces? ¿Y a la gente le impactarían esos gritos? ¿Serán, acaso, otros los gritos?

La propia palabra de Dios que hoy hemos escuchado nos lo está diciendo. El profeta nos has dicho claramente cuando nuestra vida se volverá luz. Y no es que nos tengamos que poner una aureola luminosa alrededor de nuestro cuerpo. Y no está muy lejos de lo que nos decía Jesús en el pasado domingo sobre las bienaventuranzas. Estos textos y otros que escucharemos en los domingos siguientes antes de comenzar la Cuaresma forman en su conjunto el llamado sermón del monte.

Nos hablaban las bienaventuranzas de pobres y de hambrientos, nos hablaba de gente que lloraba y sufría y de quienes eran perseguidos, nos hablaba de violencias que hemos de transformar en paz y de la rectitud de nuestro corazón frente a tantas villanías que podemos encontrar a nuestro alrededor. Y hablaba Jesús de dicha y de caminos de felicidad, nos hablaba que así nos llenaríamos de Dios porque es la única manera de ver a Dios. Y hoy, como una continuación de aquel texto, se nos habla de resplandecer de luz y de llenar de sabor nuevo nuestro mundo. Unamos ambas cosas.

El profeta nos decía que cuando partimos el pan con el hambriento, hospedamos al pobre que no tiene techo o vestimos al que está desnudo, y no te desentiendes de aquellos que tienes que mirar como cosa tuya, como si te estuvieras mirando a ti mismo, entonces surgirá tu luz como una aurora, es el momento en que comienza a brillar una nueva luz, como cada aurora al amanecer que vence las tinieblas de la noche. 

Y continuaba diciéndonos de cuántas cosas tenemos que apartarnos para que no nos dejemos envolver por esas sombras y tinieblas, la opresión, la maledicencia, las envidias y los recelos, los orgullos y las desconfianzas, las acusaciones y las condenas con que de manera tan ligera juzgamos lo que hacen los demás. Cuando seas capaz de desprenderte de lo tuyo para saciar el hambre de los demás, entonces comenzará a brillar tu luz.

Por eso terminaba diciéndonos hoy Jesús: ‘Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.

Ya sabemos cómo. No nos quedamos en decir que es un texto bonito. Estas palabras del evangelio tienen que herirnos por dentro. Sí, porque tenemos que sentirnos interpelados, porque no terminamos de hacer eso que nos está diciendo Jesús, porque edulcoramos tanto el evangelio que le quitamos el sabor a la sal con que tenemos que dar sabor, primero que nada, a nuestra propia vida, para que podamos dar ese sabor nuevo a ese mundo, porque lleguemos de verdad a contagiar a los demás de ese espíritu del evangelio.

Vayamos poniendo sal, vayamos encendiendo la luz; son muchas las oportunidades que tenemos, porque ese listado que nos ofrecían las bienaventuranzas el pasado domingo sigue estando presente en nuestro entorno. Necesitamos abrir los ojos y los oídos, porque muchas veces los tenemos delante de nuestras propias narices, pero nos hemos quedado mirándonos la punta de nuestra nariz y no hemos sido capaces de mirar más allá, un más allá que está muy cercano a nosotros. Dichosos los que saben hacerlo, porque también hemos de reconocer que hay gente que se sacrifica y se da por los demás, en ellos se cumple la bienaventuranza del evangelio.

Tenemos muy presentes muchas obras piadosas, muchos signos religiosos que quizás también muchos quisieran hacer desaparecer – y eso parece que sí nos duele -, pero no terminamos de dar el testimonio del evangelio porque no llegamos a ver ese mundo de sufrimiento – y ese sí que tendría que dolernos de verdad – donde tenemos que poner nuestra luz, o sea, poner nuestra vida concreta y nuestros gestos y compromisos de amor.

martes, 7 de junio de 2022

No seamos cristianos para el arrastre, nuestro testimonio haga que la sal de nuestros valores vaya impregnando cuanto nos rodea para que encuentre su verdadero sabor

 


No seamos cristianos para el arrastre, nuestro testimonio haga que la sal de nuestros valores vaya impregnando cuanto nos rodea para que encuentre su verdadero sabor

1Reyes 17, 7-16; Sal 4; Mateo 5, 13-16

La sal para dar sabor o para evitar la corrupción, y la luz para colocarla en el sitio más oportuno para que ilumine. Como se suele decir, cuando una cosa está muy clara, no es que hayan descubierto el mediterráneo. Pero sí, una cosa tan elemental y tan sencilla parece, sin embargo, que es algo que falta mucho. ¿Habremos encontrado el verdadero sabor? ¿Nos habremos librado de corrupción y de muerte? ¿Todos nos iluminamos con la misma luz?

Jesús hoy nos hace algunas consideraciones, así como de pasada, como se dice, sin mala intención. ¿Y si la sal pierde el sabor? ¿Y si la luz no la hemos colocado en el lugar más adecuado, sino que más bien se nos ha ocurrido ocultarla debajo del cajón? ¿A quien se le ocurre? Podríamos comentar, pero miremos si algo así no nos está pasando.

Porque Jesús nos está diciendo a los que creemos en El y queremos seguirle que es eso lo que nosotros tenemos que ser, sal y luz, sal que dé sabor y preserve de la muerte y luz que ilumine y nos haga encontrar el sentido de verdad. Primero tenemos que aplicárnoslo a nosotros mismos, descubrir si hemos encontrado ese sabor, si en verdad estamos iluminados por su luz.

A veces los cristianos no terminamos de darnos cuenta en qué tenemos que diferenciarnos de los demás; todo nos puede parecer bueno, nos conformamos con lo que otros hacen desde sus propios planteamientos y parece que nosotros no tenemos nada que decir, no hay algo nuevo que tenemos que matizar, nos da igual lo que otros digan y no somos capaces de ver las diferencias.

No hemos encontrado la sal, no hemos encontrado el sabor que desde nuestra fe tiene que tener nuestra vida; y vamos mezclándolo todo, y andamos en unas tremendas confusiones, y no somos capaces de mantener unos principios, o a la hora de una elección decantarnos por lo que hayamos descubierto desde el evangelio que tiene que ser nuestra vida. Hemos ido dejando por otra parte que la corrupción se vaya adueñando de nuestro mundo. Y donde hay corrupción sabemos que fácilmente nos podemos contagiar; una manzana podrida lleva la corrupción a todo el cesto de manzanas. No hemos encontrado esa luz que nos ilumina y con la que nosotros tenemos que iluminar a los demás.

Es triste pero parece que somos cristianos del arrastre, nos vamos arrastrando detrás de cualquier cosa sin hacer notar lo que en verdad son los valores que aprendemos desde Jesús y su evangelio. Parece que no tenemos una palabra que decir; parece que no tenemos una luz con la que iluminar; parece que poco nos importa el camino que nos ha trazado Jesús y que hemos de seguir. ¡Qué poca influencia estamos teniendo los cristianos en el mundo a pesar de que decimos que somos tantos! No hacemos oír nuestra voz.

Qué necesario es que nos impregnemos de verdad cada vez más del evangelio. como la sal que se impregna en el alimento de tal manera que al final no sabemos donde está la sal, pero si sabremos que aquel alimento tiene un nuevo sabor, así necesitamos impregnarnos bien, empaparnos bien del evangelio. Es impregnarnos de Dios, es sumergirnos en su Espíritu, es sentirnos iluminados por su luz de manera que resplandezcamos, que nuestra vida se presente así como se faro de luz que todo lo inunda, que nos hace encontrar la verdad de nuestra vida, que nos permite dejarnos conducir por el Señor.


Es el testimonio que tenemos que dar. Porque aunque muchas veces digamos que en el mundo hay un rechazo a lo que tenga el sabor cristiano, sin embargo hoy está nuestro mundo, están nuestras gentes en un camino de búsqueda, aunque muchas veces no sepan a donde dirigir sus pasos, de alguna manera están buscando una luz, un sentido, algo que les dé valor a sus vidas. 

Es el testimonio que tenemos que dar, si de verdad hemos plasmado en nuestras vidas el sentido del evangelio; nuestros valores resplandecerán, nuestra sal impregnará a ese mundo que nos rodea para que pueda encontrar el verdadero sabor para sus vidas.

martes, 7 de junio de 2016

La gloria del Señor es que nosotros compartamos ese sabor de Cristo que en el evangelio hemos encontrado con el mundo que nos rodea

La gloria del Señor es que nosotros compartamos ese sabor de Cristo que en el evangelio hemos encontrado con el mundo que nos rodea

1Reyes 17,7-16; Sal.  4; Mateo 5,13-16
Cuando descubrimos algo que es importante en la vida no solo nos enriquecemos nosotros de ese bien que hemos encontrado sino que en un sentido verdaderamente humano de nuestro existir eso tratamos de comunicarlo o de compartirlo con los demás. Lo contrario seria una actitud egoísta en la que pretenderíamos hacernos dueños absolutas de ese bien descubierto lo cual le quitaría verdadera humanidad a nuestra relación con los demás.
En el anuncio que Jesús nos va haciendo del Reino de Dios ayer escuchábamos que nos quería dichosos y felices, ayudándonos a encontrar ese sentido y valor de lo que vivimos aunque fuera en la dureza de las dificultades, pobrezas o sufrimientos. Descubrir ese camino de felicidad que Jesús nos propone es encontrar ese tesoro escondido por el que merece la pena sacrificarlo todo pero que además no tendríamos que quedarnos de forma egoísta con él sino que tendríamos que ayudar a los demás a que también encuentren ese hermoso sentido de la vida.
Por eso nos dice hoy Jesús que hemos de ser sal; hemos encontrado el sabor de nuestra existencia porque encontrar ese sentido de vida que nos ayuda a ser felices de verdad nos ayuda a saborear nuestro ser y nuestro vivir; es la sabiduría de Dios que Jesús quiere trasmitirnos. Pero nos dice que tenemos que ser sal, que dar sabor no solo a nuestra vida sino de cuantos nos rodean. No podemos ser sal que no da sabor, porque eso no tendría sentido; la sal que pierde sus cualidades para nada vale e incluso allá donde la tiráramos estaríamos haciendo daño a la vida. Tenemos el buen sabor de Cristo que ese sí que tenemos que trasmitirlo a los demás. ‘Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
En este mismo sentido nos propone otra imagen, la luz. La luz no es para ocultarla; es para iluminarnos pero también para iluminar a los demás. Quien está envuelto de luz no se puede ocultar; se convierte en luz para los demás también. Vosotros sois la luz del mundo, nos dice Jesús. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa’.
Cuando encontramos a Cristo encontramos la luz; pero encontrarse con la luz no es encontrarse con algo que se queda al margen o fuera de nosotros, sino que cuando nos encontramos con la luz nos envolvemos de ella, nos llenamos de luz, y esa luz nos iluminará el camino; pero envueltos de luz, como decíamos, nosotros seremos también luz. El mensaje del evangelio que encontramos no nos lo podemos quedar para nosotros, no lo podemos encerrar ni ocultar, sino que necesariamente hemos de iluminar a los demás con su luz.
¿Cómo se manifiesta que nosotros hemos encontrado esa luz? Es que cuando estamos iluminados por la luz de Cristo ya nuestra vida no es igual, nuestras obras son distintas, nuestro actuar es de otra manera, nuestro vivir es otro. Por eso terminará diciéndonos Jesús hoy cómo tenemos que iluminar con nuestras obras, con nuestra vida. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo’.
Nuestra vida siempre tiene que buscar la gloria del Señor. Encontrarnos con ese sabor de Cristo, ese nuevo sentido de nuestro vivir nos tiene que llevar a dar siempre gloria al Señor.

domingo, 30 de marzo de 2014


Como el ciego de nacimiento hemos de encontrarnos con Jesús que es nuestra luz


1Sam.16, 1.6-7.10-13; Sal.  22; Ef. 5, 8-14; Jn. 9, 1-41

El ciego de nacimiento no sabía lo que era la luz, hasta que se encontró un día con el Sol. Empezó a ver y empezó a creer. Es el acontecimiento que nos narra hoy el evangelio con hermoso significado. 

En la ceguera todo es oscuridad. No se conoce la luz, no se sabe lo que es la luz.  Todo permanece en tinieblas. Descubrir la luz tiene que ser algo maravilloso; se distinguen los colores, lo que percibíamos por los otros sentidos ahora se vuelve realidad ante nuestros ojos, podemos contemplar una sonrisa que solo podíamos intuir, descubrir lo que se puede ver tras unos ojos luminosos, las cosas pueden tener otro sentido. Es triste esa oscuridad en la ceguera de los ojos, pero hay otras oscuridades más terribles. Tenemos muchas tinieblas, muchas clases de tinieblas que quieren ahogar la luz.

‘La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron’, había dicho Juan en el principio de su evangelio. Pero la luz un día ha de brillar. ‘Levántate, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz’, escuchábamos que citaba san Pablo en la carta a los Efesios. Cristo es nuestra luz; la luz que viene a arrancarnos de las tinieblas. El episodio del Evangelio de hoy viene a hacernos ese anuncio y a traernos la esperanza de la luz que en Cristo vamos a encontrar.

Cristo viene al encuentro del hombre para traernos su luz. El evangelio nos dice que ‘al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento’. El episodio se sitúa en Jerusalén. El paso de Jesús será siempre un paso salvador. El paso de Jesús es pascua de luz para todo hombre. El paso de Jesús nos enseña también a mirar y ver. Es Jesús el que toma la iniciativa de venir a nuestro encuentro aunque digamos que nosotros lo buscamos y hacemos no sé cuantas cosas.

Allí estaba aquel hombre, ciego de nacimiento, en el que Jesús se quiere fijar de manera especial. Cuántos se tropezarían con él en su deambular por las calles de Jerusalén. Seguramente allí estaba tendiendo su mano pidiendo limosna - era lo habitual - y moviendo a compasión desde su ceguera.

Pero Jesús se detiene. La pregunta surge en los discípulos aflorando lo que quizá era una forma de pensar de muchos - también en nosotros aparece esa forma de pensar - imaginando culpabilidades y castigos por pecados, como se miraba la enfermedad o los males que pudieran suceder a las personas. Afloran cegueras en la manera de pensar que también nos afectan a nosotros porque quizá también cuando nos aparece el sufrimiento en la vida también estamos pensando en qué pecado hemos hecho para merecer tal castigo. Pero Jesús viene a darnos otro sentido. Jesús quiere abrirnos los ojos a través de esos acontecimientos para que aprendamos a descubrir las obras de Dios y las obras de Dios son siempre de amor para traernos paz a los corazones.

Allí está un hombre que sufre, un pobre que pide limosna, que se encuentra envuelto en las tinieblas de la ceguera y de su pobreza. Cuántas veces pasamos al lado de tantos sufrimientos y seguimos nuestro camino sin detenernos y quizá seamos nosotros los ciegos y los pobres; Jesús ahora nos está ayudando a salir de nuestras cegueras y oscuridades para que aprendamos a mirar de manera distinta y para que pongamos nuestra parte en que se descubran las obras de Dios.

Jesús realiza el signo que nos puede parecer incomprensible. Sobre aquellos ojos ciegos Jesús va a poner barro. Parece que en lugar de abrir los ojos lo que hace es mancharlos más con el barro. ¿Será para que sintiera la necesidad de lavarse? ¿Necesitaremos reconocer la oscuridad que hay en nuestros ojos, o mejor, la suciedad que hay en nuestra vida? Jesús le envía a lavarse a la piscina de Siloé.

Tiene su significado, porque el significado de tal nombre es ‘el enviado’. Era la piscina del Mesías. O mejor, la piscina es Cristo; más aún, Cristo es esa agua que no solo calma nuestra sed, como veíamos el domingo pasado en el episodio de la samaritana, sino que además nos purifica, da una nueva luz a nuestra vida. Y el hombre se encontró con la luz, aunque todavía no supiera bien quién era esa luz, como vemos por todo lo que sucederá a continuación.

Aquel hombre está ya lleno de luz, pero seguirán apareciendo oscuridades y cegueras. No todos quieren aceptar que aquel hombre ha recuperado la luz de sus ojos, se ha encontrado con la luz. Comienza, por así decirlo, la lucha entre la luz y las tinieblas, o las tinieblas queriendo rechazar la luz.

Será la gente desconcertada a la que le cuesta reconocer que el ciego de nacimiento ha recobrado la luz de sus ojos; serán los fariseos con su fanatismo que no querrán reconocer la obra de Dios que se ha realizado en aquel hombre; será la cobardía de los padres que temen reconocer el milagro que Jesús ha obrado en su hijo, por temor a ser expulsados de la sinagoga; será la desconfianza y las descalificaciones que se quieren hacer de Jesús para que la gente no crea en El.

Muchas cegueras que nos pueden aparecer también tantas veces en nuestra vida con nuestras dudas, nuestras cobardías, nuestros desconciertos, nuestras desconfianzas y hasta envidias hacia los que hacen cosas buenas; son las sombras de dudas que queremos sembrar en la vida de los demás porque nos cuesta aceptarlos; son las críticas y murmuraciones, juicios inmisericordes y condenas con las que dañamos a los demás y nuestro corazón se llena de negruras. ¿No necesitaremos ir también nosotros a lavarnos a Siloé? Necesitamos, hemos de reconocerlo, ir al encuentro de Jesús para que nos llene de su luz, para que arranque para siempre esas negruras y tinieblas que dejamos meter de muchas maneras en nuestro corazón.

Mientras, hemos seguido contemplando el proceso de aquel ciego de nacimiento que encontró la luz. En principio era ‘ese hombre que se llama Jesús que hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase…’ No sabía más de Jesús. Pero la luz que brillaba en su corazón fue acercándole al misterio de Dios para reconocer que tenía que ser un profeta, que era un hombre de Dios y finalmente llegar a confesar su fe en Jesús.

No le fue fácil el recorrido de la fe. Las tinieblas luchaban contra la luz y tuvo dificultades y hasta al final se vio perseguido por el testimonio que estaba dando. ‘Lo llenaron de improperios…’ a causa de su testimonio. Finalmente ‘lo expulsaron de la sinagoga’, pero  él seguía dando testimonio. Era un testigo; lo que había visto, no lo podía callar; se había encontrado con la luz. ¿No nos hace pensar todo esto en nosotros? ¿Llegamos hasta el final dando testimonio de nuestra fe en Jesús?

‘Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?... ¿Y quién es, Señor, para que crea en El?... Lo estas viendo: el que está hablando contigo, ése es… Creo, Señor. Y se postró ante El’. Es la confesión de fe. No sabía qué era la luz, donde estaba la luz, pero se encontró con el Sol y empezó a ver y a creer.

Jesús viene hoy también a nuestro encuentro. Es el paso de Dios por nuestra vida que nos arranca de cegueras y oscuridades. Cuando llegue la noche de Pascua nos veremos envueltos totalmente por su luz. Son los signos que van a resplandecer en esa noche llena de luz. Para ese momento vamos haciendo ahora nuestro camino cuaresmal.

Queremos ver a Jesús; que aprendamos a distinguir su presencia sin confusiones ni dudas. Queremos ver como Jesús para que nuestros ojos se iluminen y nuestra mirada esté siempre llena de bondad y de misericordia como era la mirada de Jesús; ya no ha de ser una mirada a nuestra manera sino a la manera de Dios, a la manera de Jesús. Queremos ver a Jesús para aprender a ser luz como Jesús; El nos ha llamado a ser luz del mundo, y ahora somos luz en el Señor y como hijos de la luz hemos de aprender a caminar, como nos enseñaba san Pablo. Nuestras palabras, nuestras obras, nuestra vida tienen que ser siempre transparencia de Jesús, tienen que estar siempre llenas de luz.




miércoles, 10 de abril de 2013


Para que no perezca ninguno de los que creen en El sino que tengan la vida eterna

Hechos, 5, 17-26; Sal. 33; Jn. 3, 16-21
‘Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El’. La voluntad de Dios es la salvación del hombre, porque el querer de Dios es el amor. Quien ama no condena; quien ama ofrece siempre caminos de salvación; quien ama nos estará mostrando siempre la ternura de su corazón. El deseo de Dios es la vida y la vida sin fin para nosotros que somos los amados de Dios. Muchas veces nos lo hemos repetido: ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…’
Casi sería suficiente quedarse rumiando no solo en la cabeza sino en el corazón este pensamiento y no tendría que ser necesario añadir más. Aunque cuando contemplamos toda esa ternura y todo ese amor de Dios nos preguntaríamos, ¿y qué tenemos que hacer? ¿cuál de ser nuestra respuesta?
Ante tanto amor lo que tenemos que hacer es darle nuestro sí, creer. ¿Cómo no vamos a creer en El? A veces queremos buscarnos razonamientos y pruebas para la fe que nos den seguridades para nuestro creer. La razón grande es la del amor porque la prueba grande que nos está ofreciendo es el amor que El nos tiene. Hemos de creer en El, poner toda nuestra fe, abandonándonos a ese querer de Dios porque es donde más seguros nos podemos sentir. Es el riesgo del amor que será el riesgo de la fe, porque es confiarnos, fiarnos, ponernos en sus manos.
‘El que cree en El, no será condenado’, nos sigue diciendo Jesús. Claro el que no cree no podrá alcanzar una salvación que ni cree, ni desea, ni espera. Y es que creyendo en El, ‘en el  nombre del Hijo único de Dios’ tenemos la certeza de la salvación, la garantía de la vida eterna. Para eso ha venido Jesús, para darnos la salvación, para alcanzarnos la vida eterna, porque se entregó ‘para que no perezca ninguno de los que creen en El sino que tengan la vida eterna’.
Pero seguimos preguntándonos, ¿y qué hemos de hacer? Aceptar su luz, realizar las obras de la luz; rechazar las tinieblas, no dejarnos envolver por las tinieblas de la muerte y del pecado. Y vivir en las obras de la luz significará hacer las obras de Jesús que son y serán siempre las obras del amor.
Pero ya sabemos las tinieblas nos acechan, nos quieren envolver, quieren ahogar la luz. ‘Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz’. Nuestra gran tentación y nuestro gran pecado, dejarnos embaucar por las tinieblas del pecado. ‘El que realiza la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios’. Queremos acercarnos a la luz, queremos acercarnos a Jesús, queremos dejarnos iluminar por su luz, queremos renacer a esa vida nueva que El  nos ofrece.
La imagen de la luz tan repetida en el evangelio de Juan. Nos hablaba ya en su primera página pero nos lo irá repitiendo para que en verdad escuchemos en lo más hondo de nosotros esa invitación a vivir en la luz que es lo mismo que vivir a Jesús que es la verdadera luz del mundo. Son las palabras que le escuchamos a Jesús, como este texto del evangelio de hoy, pero serán los signos que va realizando como cuando devuelve la vista a los ciegos, o cura a aquel ciego que mandó lavarse a la piscina de Siloé.
Como diría entonces Jesús ‘Yo he venido a este mundo para un juicio: para dar vista a los ciegos y para privar de ella a los que creen ver’. Y cuando le replican los fariseos si cree que ellos acaso están ciegos, les dirá: ‘Si estuvieseis ciegos, no seríais culpables, pero, como decís que veis, vuestro pecado permanece’.
Ansiemos esa luz de Jesús. Al celebrar la resurrección del Señor ha sido un signo que ha brillado con fuerza, la luz del Cirio Pascual. Que en verdad nos dejemos iluminar por su luz. Que la fe que ponemos en Jesús ilumine plenamente nuestra vida para que, creyendo en El, nos llenemos de su salvación y alcancemos la vida eterna. Caminemos siempre a su luz. Pongamos totalmente nuestra fe en El.

lunes, 10 de septiembre de 2012


Pasó haciendo el bien y resplandeció la luz
1Cor. 5, 1-8; Sal. 5; Lc. 5, 6-11

Las tinieblas se resisten a la luz; las tinieblas pretenden hacer desaparecer la luz, ¿de quién será la victoria?
‘Los letrados y fariseos, que estaban al acecho de lo que hacía Jesús… se pusieron furiosos y discutían que había que hacer con Jesús’. Las tinieblas que se resisten y que quieren hacer desaparecer la luz. 
¿Qué había hecho Jesús para que así los fariseos y letrados quisieran quitar de en medio a Jesús? Hacer brillar la luz del amor. Y esa luz siempre busca la vida, nos llena de vida. Es lo que Jesús viene a hacer. El es la luz del mundo, terminará diciéndonos.

‘Jesús entró en la sinagoga el sábado a enseñar’, como tantas veces haría. Pero allí ‘había un hombre que tenía una parálisis en el brazo derecho’. Con todo detalle nos lo está describiendo el evangelista. Y, como decíamos, los fariseos están al acecho a ver lo que hace Jesús porque es un sábado y no está permitido ningún trabajo.  Jesús sabía que estaban al acecho. Jesús ya estaba viendo la resistencia de las tinieblas a la luz. Pero la luz tiene que brillar. El amor no puede permitir el sufrimiento de un hombre. Y Jesús puede actuar y actuará.

‘¿Qué está permitido un sábado?’, pregunta Jesús. Los judíos lo tenían muy reglamentado y los fariseos lo miraban con lupa, hasta donde se puede llegar y qué es lo permitido o no permitido. En sus reglamentaciones miraban más por la ley que por el hombre, por la dignidad de la persona. ¿Podemos dejar a un hombre en su sufrimiento si podemos aliviarlo o podemos quitarlo simplemente porque sea sábado? Será la victoria del amor y de la luz, aunque aquellos fariseos y letrados no lo lleguen a comprender. 

Allí se manifestará el poder de Jesús. Allí se manifestará lo que es el amor de Jesús. Allí nos está diciendo cual es la salvación que nos viene a traer Jesús. Allí se nos están señalando caminos por donde nosotros hemos de caminar si en verdad somos seguidores de Jesús. 

Siempre la luz; siempre el bien; siempre el amor; siempre lo bueno que hemos de buscar para los demás. Ante la necesidad, el sufrimiento, el dolor nunca nos podremos quedar con los brazos cruzados si nosotros nos hemos llenado de la luz de Jesús, si nos sentimos inundados de su amor. Hemos de repartir esa luz, llenar el mundo de luz, inundar el mundo de amor.

De Jesús se dice en la Escritura que ‘pasó haciendo el bien’. Es lo que tiene que decirse de nosotros; allí por donde vamos siempre tenemos que estar haciendo el bien, siempre hemos de estar repartiendo amor, siempre hemos de saber llevar vida, paz a los que nos rodean. Hay muchos sufrimientos en la vida que podemos calmar, muchas tristezas que tenemos que disipar, muchos corazones rotos que hemos de componer, muchas vidas sin esperanza que tenemos que despertar a la esperanza, muchos llenos de muerte que hemos de resucitar, muchas oscuridades que iluminar.

Aunque no nos entiendan; aunque a nosotros a veces nos cueste también, porque se nos meten por dentro los gusanillos del egoísmo, de la desconfianza, de tantas cosas, de tantas tinieblas que quieren frenar el avance de la luz. En Jesús y con Jesús nos hemos de sentir fuertes. Siempre tenemos que mirar el bien del hombre, el bien de la persona; siempre tiene que brillar la luz. Cuántas cosas podemos hacer, cuántas cosas tenemos que hacer.

La salvación que Jesús nos ha regalado no nos la podemos quedar de forma egoísta solo para nosotros. Esa luz de la salvación hemos de llevarla a los demás. Es la tarea que Jesús nos confía.

martes, 12 de junio de 2012


Felices con la sal y la luz de nuestra vida, felices con nuestra fe
1Reyes, 17, 7-16; Sal. 4; Mt. 5, 13-16
‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo…’ nos dice Jesús hoy en el evangelio. Pero quizá nos preguntemos qué sal es la que nosotros podemos tener para dar sabor y qué luz para iluminar. Nos vemos en ocasiones tan desorientados, tan sin saber qué hacer ante los problemas que nos presenta la vida o ante la situación que vive nuestra sociedad, que pensamos que nada o poco podemos hacer. Nos sentimos abrumados por tantas cosas y nos parece perder el rumbo, el sabor, el sentido, la luz. Nos parece que nada podemos ofrecer a los demás. 
Pero, sí, tenemos esa sal y esa luz. Y no la podemos ocultar ni echar a perder. Esa sal y esa luz es la fe que tenemos en Dios, la confianza que desde nuestra fe hemos puesto en Dios por encima de todas las cosas. Es la fe que nos marca el rumbo de nuestra vida; es la fe que nos da un sentido y valor a lo que somos y a lo que hacemos; es la fe que no nos deja tambalearnos cuando vengan esos desconciertos, esas soledades, o esos momentos que nos pueden parecer oscuros. 
Qué distinta es la vida de quien tiene fe y la vive de una forma consciente. Podrán aparecer tormentas en la vida, porque los problemas no nos faltan, pero nos sentimos seguros porque sabemos de quien nos fiamos; podrá haber momentos en que nos parezca que todo está oscuro, pero si nos fijamos bien siempre hay una luz en nuestra vida, y no tenemos miedo porque sabemos quien está a nuestro lado siempre. Nuestro Dios no nos olvida ni nos abandona. Su amor no  nos faltará y en El encontramos el apoyo y la fuerza para nuestro camino, para nuestras luchas, para salir de esas turbulencias. 
El avión en su travesía aérea en la altura se puede encontrar con turbulencias que pareciera que lo van a echar a tierra, pero tiene un piloto que con mano firme lo conduce en medio de esas turbulencias buscando por donde mejor salir de ellas y poder llegar feliz a buen puerto. Tenemos una mano firme y poderosa que nos guía. Dios está a nuestro lado y hemos de saber fiarnos de El para seguir nuestro camino, para realizar nuestra obra, para vivir con toda la intensidad nuestra vida. ¡Qué felices hemos de sentirnos con nuestra fe!
Pero como nos dice hoy Jesús en el evangelio esa sal es para dar sabor al mundo, esa luz es para iluminar a cuentos nos rodean. Esa fe que da sentido a nuestra vida, que ilumina nuestro caminar hemos de saber llevarla, trasmitirla, contagiarla a los demás. No siempre es fácil, porque habrá muchos a nuestro  lado que no quieran saber nada de esa sal y de esa luz, no quieran saber nada de la fe que ilumina nuestra vida, pero ahí está el testimonio que nosotros hemos de dar. Somos testigos de la fe, somos testigos del amor de Dios. Y nuestras obras y toda nuestra vida han de convertirse en testimonio.
‘Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre del cielo’, nos dice Jesús hoy. La luz la vamos a reflejar en nuestras obras, en nuestra vida, en nuestro amor, en nuestra manera de vivir, en lo que son en verdad nuestros intereses. Quienes nos vean actuar, quienes escuchen nuestra manera de hablar, quienes contemplen el compromiso que vivimos en nuestra vida, tendrían que preguntarse del por qué de nuestro actuar, de esa manera de vivir. 
Somos testigos por el testimonio de nuestras obras llevamos luz a los demás a través de lo que hacemos. Si nadie se interroga por dentro por lo que nosotros hacemos, quizá tendríamos que preguntarnos si en verdad estamos dando un buen testimonio, si es suficiente lo que hacemos. 
Claro que tienen que estar nuestras palabras, la verdad de lo que decimos, verdaderamente convencidos de ello, pero esas palabras las rubricaremos con nuestras obras, como lo hacía Jesús. Porque no podemos callar lo que hemos visto y oído como decían los apóstoles, y lo que vivimos hemos de trasmitirlo a los demás, anunciarlo, hablar de nuestra fe, hablar de Dios, de Cristo y del evangelio.
No olvidemos lo que Jesús nos dice: ‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo…’ Y la sal no puede perder su sabor, y la luz no la podemos ocultar.

domingo, 18 de marzo de 2012


Por el gran amor con que nos amó

2Cron. 36, 14-16.19-23;
 Sal. 136;
 Ef. 2, 4-10;
 Jn. 3, 14-21
No sé si alguna vez han tenido la experiencia de alguien que os dice con dolorosa amargura y soledad ‘a mi nadie me quiere’, o ‘no merezco que nadie me quiera’. Es dura y amarga la experiencia de sentirse así, y aunque nos parezca mentira hay muchos más de los que pensamos en nuestro entorno que se sienten con esa amargura y soledad en el corazón. Una experiencia compartida así no nos puede dejar insensibles y ante situaciones así no nos podemos quedar tan tranquilos y algo tendríamos que hacer para ayudar a personas que se sientan así.
De todas formas pienso que quien ha puesto su fe en Jesús, un cristiano, de ninguna manera puede sentirse así. Esa visión negativa de sí mismo no cabe dentro de la fe que tenemos en Jesús. Hoy precisamente lo que nos dice el Señor en su Palabra que hemos proclamado en este cuarto domingo de cuaresma el mensaje es totalmente distinto, porque todo nos habla del amor que el Señor nos tiene, un amor fiel e incondicional que siempre nos está ofreciendo el Señor.
Vayamos por partes en los diferentes textos. La experiencia de fidelidad a Dios por parte del pueblo judío no era precisamente positiva. Pero aún así no falta la fidelidad del Señor a su Alianza y el envío que hace continuamente de profetas y de quienes anuncien y traigan tiempos de liberación y de paz.
‘Todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades y mancharon la casa del Señor… les envió avisos por medio de los mensajeros… pero se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas…’ Pasarán luego años de cautiverio llevados lejos del templo y de su nación, pero veremos cómo al final suscitará un rey, Ciro, Rey de Persia, al que incluso los profetas llamarán Ungido del Señor, que les dará la libertad y les permitirá volver a su tierra y reconstruir el templo y la ciudad de Jerusalén. Es una muestra más del amor del Señor por su pueblo, aunque no lo merecieran a causa de su infidelidad y pecado. Se sentirán amados del Señor.
San Pablo nos hablará de la riqueza del amor y de la misericordia del Señor. ‘Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo – por pura gracia estáis salvados – nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con El’. Otro texto, pues, que nos habla del amor que Dios nos tiene. Nos tenemos que sentir amados de Dios, aunque no lo merezcamos, porque El nos regala su amor. ‘Por pura gracia estáis salvados…’ nos dice.
En el evangelio, en la conclusión de ese diálogo entre Jesús y Nicodemo, se nos llegará a expresar la sublimidad de ese amor que Dios nos tiene y que nos manifiesta en Jesús. ‘Por el gran amor con que nos amó’, nos decía san Pablo. Ahora en el evangelio se nos dice que ‘tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en El, sino que tengan vida eterna’. Así de inmenso y sublime es el amor que Dios nos tiene. No quiere la muerte sino la vida; no viene a condenarnos sino a salvarnos; viene para que nos arranquemos de las tinieblas y vivamos para siempre en la luz de la salvación. Así nos sentimos amados de Dios.
Levantamos nuestra mirada a lo alto, levantamos nuestra mirada a la Cruz para contemplar a Cristo, el que está colgado del madero, porque ahí, en Cristo, encontramos la vida, la salvación, el amor eterno de Dios que quiere para nosotros vida eterna. ‘Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en El tenga vida eterna’, nos ha dicho  hoy el evangelio.
En este camino hacia la Pascua que vamos haciendo en esta Cuaresma la Palabra del Señor que hoy se nos ha proclamado y con la que estamos reflexionando es un rayo de luz que nos llena de esperanza y nos estimula fuertemente en este camino. Sentirnos queridos y amados es la experiencia más reconfortante que podemos tener. Por eso nos sentimos impulsados a seguir haciendo con intensidad este camino porque queremos llegar hasta la Pascua, porque queremos que se realice ese ‘paso de Dios’ por nuestra vida que nos regala amor, que nos trae la salvación, que nos hace hombre nuevo.
Ya hablábamos al principio de lo duro que es el no sentirse querido por nadie, la soledad y hasta amargura que se siente en el alma. Un camino cierto de felicidad es el amar y el sentirse amado. Por eso el mensaje que nos ofrece la Palabra de Dios hoy nos llena de tanta alegría y esperanza. Nos sentimos amados de Dios. ¡Y de qué manera! Dios nos ha entregado a su propio Hijo y en El se nos está manifestando todo lo que es el amor de Dios. Un amor que nos llama, que nos busca, que nos regala, que nos perdona, que nos da vida.
Queremos sentirnos amados así; tenemos la certeza de que así Dios nos ama y eso nos reconforta; queremos vivir en la luz, para realizar las obras de la luz. Muchas veces, es cierto, hemos preferido las tinieblas, porque nos hemos dejado arrastrar por el pecado. ¿No conocíamos todo lo que era el amor de Dios? ¿Lo habíamos olvidado o se nos había ofuscado nuestra mente para vivir en el error y en las tinieblas?
Queremos pedirle al Señor que nos dé la fuerza de su Espíritu para mantenernos firmes en nuestra fe, para seguir creciendo más y más en ese conocimiento de Jesús, ese conocimiento del misterio de Cristo, para mantenernos en fidelidad en este camino de amor que Jesús nos traza delante de nuestra vida. ‘Que el pueblo cristiano se apresure con fe viva y entrega generosa a celebrar las próximas fiestas pascuales’, hemos pedido en la oración de la liturgia. En eso queremos empeñarnos de verdad.
Desde la experiencia con que partíamos en nuestra reflexión de tantos que sufren por no sentirse amados creo que habría de haber un compromiso por nuestra parte. No podemos permitir que nadie sufra por falta de amor; nosotros hemos de ser sembradores de amor allá por donde vayamos porque así haremos más felices a los que nos rodean; repartamos amor, comprensión, cercanía, cariño a cuantos nos vamos tropezando por los caminos de la vida.
Es fácil regalar una sonrisa a alguien, tener un gesto amable con quien nos vamos encontrando, ofrecer una palabra de amistad, de cercanía, de interés generoso por quien está a nuestro lado; cuántas cosas podemos hacer. Y por supuesto hacerles ver a través de nuestro amor, a través de los gestos de nuestra vida que se sienten amados de Dios. Es un mensaje de evangelio bien hermoso que podemos llevar a los demás.
Finalmente una palabra para esta Jornada que estamos celebrando en la Iglesia en España, el Día del Seminario. ‘Pasión por el evangelio’ es el lema que se  nos ofrece este año ‘en una clara referencia a la vocación sacerdotal entendida como una energía interior, un movimiento del corazón, una realidad arraigada en los más profundo del alma’, como nos dice nuestro obispo en su mensaje.
‘También, con la celebración Día del Seminario, tomamos conciencia de la importancia y necesidad de los sacerdotes en la vida de la Iglesia. Ellos son ministros de Cristo. Él mismo los ha elegido y consagrado para que, en su nombre, prediquen el Evangelio, celebren los sacramentos y guíen a los fieles hacia la madurez cristiana’, nos sigue diciendo.
No podemos entrar en todos los detalles de su mensaje, pero resaltamos cómo ‘La oración confiada por las vocaciones se hace imprescindible. ¿Queremos sacerdotes? Tenemos que pedírselos al Señor. Sólo Él puede seducir el corazón de los jóvenes… Pero, junto con la oración debemos ayudar a los jóvenes a escuchar a Dios. Tenemos que abrir su mente y su corazón a la posibilidad de que Dios cuente con ellos y les llame. Tenemos que ser "voz de Dios" para ellos, proponiéndoles abiertamente la llamada al sacerdocio’.
Termina  diciéndonos el obispo que ‘al celebrar un año más el Día del Seminario les invito a todos a promover las vocaciones al sacerdocio y a prestar un mayor a apoyo a la formación de los futuros sacerdotes. Junto con la oración, la colaboración económica es necesaria para que el Seminario pueda realizar su cometido’.

jueves, 26 de enero de 2012


Iluminados por Cristo y comprometidos a llevar también la luz a los demás

2Samuel, 7, 18-19.24-29; Sal. 131; Mc. 4, 21-25
Igual que sería un contrasentido y contradictorio el tener una luz que no ilumine, lo mismo tendríamos que decir de un cristiano o de una Iglesia que no fuera luz para el mundo.
¿Para qué queremos la luz si no ilumina? ¿Para qué queremos una lámpara que no podemos encender mientras permanecemos a oscuras? Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. ‘¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? La luz la ponemos bien alta en el lugar más oportuno para que pueda iluminar bien.
Este texto breve de Jesús que hoy se nos ha proclamado hemos de escucharlo conjuntamente con otros textos paralelos de los evangelios. Y ya sabemos cómo Jesús nos dirá que hemos de ser luz, y con nuestras buenas obras hemos de iluminar a los demás para que todos puedan dar gloria al Padre del cielo.
El cristiano tiene que ser un iluminado, un hombre de luz, un trasmisor de la luz a los demás. Era una forma también de llamar a los bautizados, no en vano en el Bautismo se nos entrega una luz tomada del Cirio Pascual que se nos dice que hemos de mantener siempre encendida para salir al encuentro del Señor.
Creer en Jesús, pues, es llenarnos de su luz. Pero creer en Jesús nos compromete a llevar también esa luz a los demás. No la podemos ocultar. Si el Evangelio que hemos recibido se ha convertido en luz para nosotros porque en él hemos encontrado el sentido y el valor más hermoso para nuestra vida, no podemos quedárnoslo para nosotros solos sino que tenemos que saberlo compartir con los demás. No ponemos la luz debajo del celemín ni debajo de la cama, sino bien alta para que ilumine a todos.
Es una tarea hermosa que hemos de realizar. Una tarea en la que hemos de sentirnos comprometidos de verdad. Tarea del cristiano, tarea de la iglesia en la que todos nos sentimos comprometidos.
Sin embargo, tomando conciencia de ese compromiso serio de nuestra vida, al mismo tiempo nos hace también hacernos muchas preguntas. ¿Por qué parece que ya no interesa el evangelio a nuestro mundo? ¿Por qué si decimos que somos tantos cristianos no servimos sin embargo de revulsivo para el mundo que nos rodea para que todos se sientan igualmente transformados e iluminados por esa luz? ¿Qué estaremos haciendo los cristianos con esa luz que ha puesto Cristo en nuestras manos? ¿La estaremos ocultando? ¿Quizá la valoramos poco y por eso mismo ni nos ilumina a nosotros ni ilumina al mundo que nos rodea?
Creo que es algo que la misma Iglesia, y todos los cristianos tendríamos que plantearnos seriamente. Jesús nos ha enviado por el mundo a llevar su luz, pero no vemos que el mundo se termina de iluminar con la luz de Cristo. Cuántas veces decimos que cada vez somos menos, que la gente va perdiendo sentido de religiosidad, que los valores cristianos del evangelio se van perdiendo en nuestro mundo.
Tendríamos que despertarnos y asumir ese compromiso de nuestra fe. Porque quizá en la medida que nosotros iluminamos poco a nuestro mundo eso pueda estar manifestando que nosotros estamos poco iluminados, que nosotros también hemos perdido ese arrojo y ese entusiasmo por nuestra fe y por nuestro seguimiento de Cristo. Tenemos que buscar la manera de crecer en esa luz en nuestra vida; por eso tenemos que intensificar nuestra oración, nuestra escucha de la Palabra de Dios, nuestro entusiasmo por nuestra fe para que podamos contagiar a los demás.
Somos luz, estamos iluminados por Cristo, pero esa luz nos compromete; tenemos que iluminar también a los demás.

viernes, 6 de enero de 2012


Estrellas luminosas de amor para iluminar y transformar nuestro mundo

Todo el mundo dice hoy que es el día de los Reyes, pero ¿no será más bien el día del gran Rey? Efectivamente tenemos que decir que a quien realmente hoy celebramos es al que es el Señor y Rey de nuestra vida. Decimos en verdad que es la manifestación del Rey, la Epifanía del Señor. Magos vienen preguntando por ‘el recién nacido rey de los judíos porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’.
El niño nacido en Belén y recostado entre pajas anunciado por los ángeles entre resplandores de gloria a los pastores, ahora se manifiesta como el Rey y Señor para todas las naciones, para todas las gentes, anunciado también por un resplandor del cielo, como señal, por el resplandor de una estrella aparecida en lo alto del firmamento.
En brazos de María finalmente lo van a encontrar los Magos guiados ahora por la Escritura santa que manifiesta que será en Belén de Judá donde han de encontrarlo. ‘Y tú Belén, tierra de Judá,  no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe, que será pastor de mi pueblo Israel’. Y el resplandor de la estrella vuelve a conducirlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
Todas estas fiestas y celebraciones de la navidad y epifanía están envueltas en resplandores de luz, porque es la luz del mundo la que ha venido a llenarnos de su luz y de su vida. El nacimiento de Jesús es como un nuevo amanecer que nos llena de una luz nueva disipando todas nuestras tinieblas.
Ya en la noche del nacimiento del Señor la Palabra nos hablaba de la luz que brillaba en las tinieblas. Hoy de nuevo el profeta nos anuncia ese amanecer. ‘Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz, la gloria del Señor amanece para ti… sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, y los reyes al resplandor de tu aurora’.
Bella imagen y rica en significado que se nos ofrece hoy en la Palabra del Señor. Necesitamos de los resplandores de ese amanecer, de esa luz que nos saque de tinieblas y de sombras. La fe y la esperanza que ponemos en Jesús así quiere iluminar nuestra vida. Son muchas las oscuridades que tenemos que disipar. Lo hemos venido reflexionando de una forma y otra a lo largo del Adviento avivando nuestra esperanza. Y ahora que llega el Señor tiene que resplandecer nuestra vida a esa luz nueva y viva que nos trae el Señor.
Tenemos al Emmanuel, a Dios con nosotros y con su presencia tenemos que sentirnos transformados. Primero que nada tiene que despertarse nuestra fe, avivarse para que nunca olvidemos esa presencia del Señor y nos sintamos en todo momento fortalecidos con su gracia que tanto lo necesitamos. Decía el evangelio que los magos cuando llegaron hasta donde estaba Jesús se postraron cayendo de rodillas y lo adoraron.
Es lo que tenemos que saber hacer. Reconocer la presencia del Señor, adorar al Señor como el único Dios de nuestra vida. Con nuestra fe lo reconocemos y desde lo más hondo del corazón le ofrecemos lo mejor de nosotros mismos, todo nuestro amor. Hemos de saber dejarnos guiar por las estrellas, las señales que Dios pone a nuestro lado en el camino de la vida para llegar hasta esa profesión de fe y esa adoración.
Algunas veces nos cuesta, porque nos sentimos confundidos por muchas cosas o nos llenamos de dudas. En la vida nos van apareciendo muchas sombras que nos confuden y pudiera parecernos que desaparece la luz que nos guía. Fue el camino que siguieron los Magos de Oriente de los que nos habla el evangelio, pero ellos supieron mantenerse firmes en su búsqueda, aunque hubo momentos en que la estrella parecía desaparecer de su vista, y al final llegaron hasta Jesús.
También los problemas en los que nos vemos envueltos en la vida, la situación que se vive en nuestra sociedad, la carencia de cosas elementales y necesarias que tienen tantos en estos momentos de crisis, el sufrimiento que apreciamos a nuestro alrededor o nuestro propio sufrimiento puede desestabilizarnos.
Muchas sombras envuelven nuestro mundo que hace que muchos vayan como sin rumbo por la vida hace que necesitemos la luz de esa estrella que nos guíe, que nos dé esperanzas, que nos haga soñar en un mundo nuevo más justo, con más paz, más solidario, más humano. Pero, aún en medio de esas turbulencias, nosotros los cristianos sabemos que hay una estrella que nos guía, que hay una luz que nos da sentido y valor.
Nosotros creemos en Jesús. Estamos ahora celebrando su nacimiento y su manifestación al mundo como esa luz de salvación. Con esa fe tenemos que caminar; desde esa fe nos sentimos fuertes, porque sabemos que Dios está con nosotros y con su gracia podemos ir transformando todo ese mundo oscurecido en un mundo lleno de luz; ese mundo oscurecido por el pecado, por la falta de amor, por tantos sufrimientos podemos en el nombre de Jesús transformarlo para hacerlo mejor, para remediar tantas necesidades y para dar esperanza de vida y de salvación a cuantos están sometidos al sufrimiento, al dolor y la desesperación.
Es un anuncio que también nosotros hemos de hacer siendo desde nuestra fe estrella luminosa para nuestro mundo. Y seremos estrella luminosa desde el amor donde nos sentimos cada día más hermanos y desde la solidaridad donde sabemos compartir con los demás, desterrando todo egoísmo y cerrazón.
El amor es camino de salvación y nos abre a la justicia y santidad verdadera. Por eso ahí donde contemplamos tanta sufrimiento tenemos que saber estar con nuestro amor, nuestra ayuda, nuestra solidaridad, nuestro compartir generoso. Cuánto podemos y tenemos que hacer; de cuántas maneras podemos ser estrellas luminosas para los demás. El amor de un corazón generoso nos hará encontrar medios y caminos para realizarlo.
Los Magos cuando llegaron y se postraron ante Jesús y ‘abriendo sus cofres,le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra’, que nos dice el evangelio. Es el signo del compartir. Es el ejemplo a imitar.
Abramos el cofre de nuestro corazón que muchas veces sentimos la tentación del egoísmo y quisiéramos mantenerlo cerrado. Ábrelo generoso y rebusca ahí dentro de tu corazón esos tesoros hermosos que tienes en tu bondad, en tus buenos deseos, en las ganas que tienes de que el mundo sea mejor, y comienza a compartir, comienza a ofrecer, que el Niño Dios está en todos esos que están a tu alrededor llenos de sufrimiento y hambrientos de pan o de paz, de justicia o de verdad. Muchas cosas buenas hay en ti para compartir. Ya sabemos que lo que le hagamos a los demás es como si a Jesús se lo hiciéramos como nos enseñará en el Evangelio.
Que amanezca en verdad la luz del Señor sobre nuestra vida y nuestro mundo. Caminemos todos a luz del Señor, a la luz del amor. Así lo proclamaremos en verdad como Rey y Señor de nuestra vida. Es el día de la Epifanía del Rey.

sábado, 28 de mayo de 2011

No es el siervo más que su amo


Hechos, 16, 1-10;

Sal. 99;

Jn. 15, 18-21

Recordad lo que os dije: no es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán’. Es duro lo que nos dice Jesús. Aun resuenan en nuestros oídos las palabras llenas de ternura que ayer escuchábamos cuando Jesús nos pedía amarnos los unos a los otros como un amor semejante al que Jesús nos tiene. Pero ahora nos dice que aún cuando nosotros pongamos todo el amor del mundo, sin embargo el mundo no nos va a comprender, sino más bien a rechazar. Quiere prepararnos Jesús trazándonos la cruda realidad de lo que vamos a encontrar.

Las tinieblas rechazan la luz; el que realiza las obras de las tinieblas no quiere verse iluminado por la luz, sino que prefiere la oscuridad. El que sostiene como norma de su vida la prepotencia y el orgullo rechazará lo que suene a humildad y a servicio. El que tiene un sentido de vida distinto no podrá soportar que nosotros podamos proponer un mundo basado en el amor, en el servicio y en el bien. Al avaro le molesta la presencia del que es desprendido y generoso. El violento se sentirá incómodo ante el que busca la paz. El injusto querrá acallar de la forma que sea al que obra la justicia.

De una u otra forma aparece en el evangelio esa lucha de las tinieblas contra la luz. Ya al principio del evangelio nos lo decía Juan: ‘la luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió… vino a los suyos y los suyos no lo recibieron…’ Y es el rechazo contínuo que veremos a Jesús a lo largo del evangelio por parte de los principales del pueblo, sumos sacerdotes, letrados, fariseos, saduceos. Le llevarían a la cruz queriendo apagar esa luz de salvación. Y aún veremos como a los apóstoles les quieren prohibir el enseñar en el nombre de Jesús.

Y hoy Jesús nos dirá: ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros… no sois del mundo… por eso el mundo os odia…’ Bien conocemos la historia de las persecuciones que han sufrido los cristianos a lo largo de los tiempos. El innumerable ejército de los mártires glorifica al Señor.

Recordamos aquella multitud innumerable de los vestidos de blanco y con palmas en sus manos de quienes nos habla el libro de la Apocalipsis. ‘¿Quiénes son y de dónde han venido? Esos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y purificado sus túnicas en la sangre del Cordero’.

No siempre el mundo nos va a entender. No siempre se va a entender la obra de la Iglesia. Bien sabemos cómo de una forma o de otra se la quiere desprestigiar. Se quiere ver ocultas intenciones en lo que hacen los cristianos y ante la más mínima debilidad que podamos tener enseguida se nos acusará con las más duras acusaciones porque sería una forma de desprestigiar, obscurecer lo bueno que haga la Iglesia. No se es capaz de ver cómo la Iglesia aunque compuesta por hombres con todas sus debilidades humanas, es algo divino porque quien guía y conduce a la Iglesia es el Espíritu del Señor. Como nos dice Jesús: ‘Todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió’.

Cuando no se quieren abrir los ojos a la fe, fácilmente se pueden ver las cosas de manera turbia. Y todo eso nos duele y nos hace difícil nuestra tarea. Pero ya vemos por una parte cómo fue lo que hicieron con Jesús y por otra parte nosotros sentiremos siempre la asistencia, la fuerza y la gracia del Espíritu del Señor que estará siempre con nosotros.

Que no nos sintamos nunca debilitados en nuestra fe; que no se nos apague la esperanza; que sintamos siempre la fortaleza del Señor. Es la gran tribulación pero será el modo cómo nosotros nos unimos a la obra de Jesús y como ponemos nuestro sufrimiento junto al dolor y sufrimiento de la pasión de Jesús y todo eso se puede convertir en algo redentor. El Señor estará siempre con nosotros.

domingo, 3 de abril de 2011

Cristo nos abre los ojos a una nueva luz


1Sam. 16, 1.6-7.10-13;

Sal. 22;

Ef. 5, 8-14;

Jn. 9, 1-41

No todas las oscuridades son iguales ni todas las cegueras significan lo mismo. Hay oscuridades y cegueras que se quedan en lo físico porque estemos en un lugar cerrado por ejemplo donde no entre ningun tipo de luz o porque nuestros ojos estén dañados y no puedan percibir la luz, pero hay otras que son más hondas que nos harán incapaces de otras visiones que nos pueden afectar a lo más profundo de nuestro ser o de nuestra relación con los demás.

El evangelio nos habla de cegueras y nos habla de luz; contemplamos al ciego de nacimiento cuyos ojos estaban cerrados a la luz de este mundo, pero a lo largo del relato podemos contemplar otros ciegos incapaces de ver esas luces más hondas que puedan iluminar totalmente con un sentido nuevo la vida. Al final del relato algunos preguntarán ‘¿también nosotros estamos ciegos?’

Nos encontraremos con ciegos empecinados en no ver la luz; ciegos por cobardía como los padres de nuestro ciego de nacimiento curado que no querían dar la cara; ciegos incapaces de captar las señales de luz que llevarían a un reconocimiento de Jesús; o ciegos encerrados en sí mismos que no eran capaces de encontrar la luz por muy clara que estuviera delante de ellos.

Es hermoso todo el proceso y todo el camino que va recorriendo aquel hombre hasta que se encuentra con Jesús y confiesa su fe en El. Al principio quizá solo le interesaba que sus ojos se abrieran y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para poder ver. Se deja hacer, se deja conducir. Cualquiera no hubiera permitido que llenaran de lodo su cara y que de esa manera le hicieran recorrer las calles de Jerusalén para ir a lavarse a la piscina de Siloé.

‘Me puso barro en los ojos, me lavé y veo’, era lo que en principio contaba. Reconocerá el milagro y reconocerá que alguien que venía de Dios es el que podía hacer lo que con él había hecho al hacerle recobrar la visión de sus ojos. ‘Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder… jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento…’

Sus ojos se estaban abriendo a una nueva visión. Al principio sólo hablaba de un hombre que le había puesto barro en los ojos y lo había mandado a Siloé, después hablará que tiene que ser un profeta, reconocerá luego que es un hombre que viene de Dios, para terminar confesando su fe en Jesús como el Hijo del Hombre, como el Hijo de Dios cuando ya de nuevo se encuentre con El. ‘¿Crees tú en el Hijo del Hombre?... ¿y quién es para que crea en El?... lo estás viendo; el que te está hablando ese es... Creo, Señor’. Ya estaba viendo a Jesús, ya se había encontrado con Jesús. Ahora podía proclamar firmemente su fe en Jesús.

No era ya tan importante su ceguera o no ceguera física de sus ojos, sino la luz que esetaba iluminando su interior para llegar a reconocer a Jesús como el Mesías y como el Hijo de Dios. Es significativo que fuera precisamente a la piscina de Siloé a lavar sus ojos para que se abieran a la luz. Siloé significa ‘enviado’, y es yendo al encuentro del enviado del Padre, del Mesías de Dios como verdaderamente va a alcanzar la luz. Otros personajes que aparecen en el evangelio, como hemos dicho, tenían los ojos de la cara bien abiertos, pero era otra la ceguera que les afectaba para por distintas razones, sus razones, no llegar a reconocer a Jesús. Tenían ojos en la cara pero no querían ver.

‘¿También nosotros estamos ciegos?’ tenemos quizá que preguntarnos. ¿Cuáles son las cegueras que a nosotros pueden afectarnos? ¿Qué tinieblas puede haber dentro de nosotros? ¿Cuál es la luz que necesitamos? Este camino que vamos haciendo en nuestra cuaresma hacia la Pascua es un camino hacia la luz. Caminamos al encuentro del Señor que es nuestra luz. Queremos en verdad dejarnos iluminar por Jesús. Cuando llegue la Pascua todo tiene que brillar con la luz nueva de Jesús.

En la noche de la Vigilia Pascual de la resurrección del Señor toda la celebración gira en torno a la luz del Cirio Pascual y del Bautismo. Encenderemos esa luz nueva signo de Cristo resucitado que nos ilumina con su luz. Por eso del Cirio Pascual iremos tomando nuestra luz, dejándonos iluminar por Cristo resucitado. Con esa luz en nuestras manos renovaremos nuestro Bautismo recordando que en ese día también se nos dio una luz, la luz de Cristo, la luz de la fe, la luz de la vida nueva. Por eso a los bautizados se les llamaba los iluminados. Tenemos que ser en verdad los iluminados por Cristo. Y con esa luz lleguemos también a iluminar a los demás.

Precisamente nuestro camino cuaresmal ha de ser ese proceso también de caminar hacia la luz, desterrando de nosotros toda tiniebla. Es un proceso, como el de aquel ciego de nacimiento, de renovación interior, de iluminación interior, de apertura de los ojos del alma para llegar a conocer a Jesús, para llegar a reconocer a Jesús como el verdadero y único Señor y Salvador de nuestra vida.

Las tinieblas también nos pueden cegar de muchas maneras. Nos podemos obstinar en encerrarnos en nosotros mismos con nuestras dudas y con nuestros miedos. También nos puede suceder como aquellos que no querían dar la cara por miedo a lo que les pudiera pasar y nos podemos llenar de cobardías y temores. Nos podemos cegar encandilados por otras luces que nos pueden hacer perder el sentido de Dios, debilitar nuestra fe y arrastrarnos a las tinieblas del pecado.

San Pablo nos ha recordado ‘en otro tiempo érais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz, buscando lo que agrada al Señor sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas…’ Y nos habla de bondad, justicia y verdad como fruto de la luz. Por eso de cuántas tinieblas tenemos que arrancarnos, o mejor, Cristo viene a arrancarnos: la mentira, la injusticia, el mal, el odio, el desamor… Cristo quiere hacernos un hombre nuevo, iluminado por su luz. Nos invita a despertar, a levantarnos, a no quedarnos enterrados en el reino de la muerte porque ‘Cristo será tu luz’.

Como nos recordaba el Papa en su mensaje de Cuaresma para este año ‘el domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz»’.

Vamos, pues, a seguir haciendo nuestro camino de cuaresma, nuestro camino hacia la luz. Que desaparezcan esas cegueras de nuestro corazón. Como decíamos hay muchas clases de cegueras y algunas nos hacen mucho daño en el corazón. Es de las tinieblas de las que tenemos que arrancarnos. Y lo podemos hacer con la gracia del Señor. Dejémonos iluminar por la luz del Señor que nos haga ver la realidad de nuestra vida para arrancarnos de esas tinieblas de pecado. Es la renovación profunda que vamos queriendo lograr en este camino cuaresmal. Que se despierte nuestra fe, que se abra nuestro corazón a las obras del amor, que se llene nuestro espíritu de esperanza, que pongamos totalmente nuestra confianza en el Señor, que lleguemos a vivir la vida nueva de Jesús.

Que Cristo sea en verdad nuestra luz; que nosotros lleguemos a vivir como verdaderos hijos de la luz.