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miércoles, 31 de diciembre de 2025

El jardín de felicitaciones y buenos deseos que florece en la navidad tenemos que hacer que hunda sus raíces en la fe y en el amor de Dios para que no se malogre

 


El jardín de felicitaciones y buenos deseos que florece en la navidad tenemos que hacer que hunda sus raíces en la fe y en el amor de Dios para que no se malogre

1Juan 2, 18-21; Salmo 95; Juan 1, 1-18

Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre’. Es lo que hoy nos ha dicho la Palabra de Dios. No terminamos de considerar el misterio de amor, el misterio de Dios que estos días venimos celebrando. Es necesario decir sí, es necesario acoger ese misterio de Dios que se nos manifiesta. Es mucho más que una anécdota o una historia muy bucólica y muy emotiva, no nos podemos quedar en lo superficial. Tenemos el peligro de que con nuestras representaciones, aun teniendo la mejor buena voluntad del mundo, nos quedemos en lo superficial, en lo que nos puede sonar a una anécdota, algo que quizás pueda despertar nuestra ternura y nuestros sentimientos, pero no lleguemos a captar todo lo que significa el nacimiento de Jesús que venimos contemplando en estos días.

Puede parecernos anecdótico y luego hasta buscamos mil justificaciones o explicaciones cuando se nos dice que no había sitio en la posada para aquellos caminantes y peregrinos que llegaban desde la lejana Galilea con las circunstancias de que María estaba ya de parto. Pero ¿no hemos escuchado ahora en el evangelio de Juan que vino a los suyos  y los suyos no lo recibieron? ¿No hemos escuchado que la luz brillaba en medio de la tiniebla pero la tiniebla no la recibió, la rechazó?

Cuidado nosotros sigamos envueltos en esas tinieblas y no terminemos de llegar a reconocer la luz, como la posada de Belén estamos nosotros también cerrando puertas. Pudiera ser nuestra superficialidad, el tomarnos las cosas como una ocasión de una fiesta más para pasarlo bien pero sin tener en cuenta cuál es de verdad el motivo y el sentido de esa fiesta que celebramos. Terminamos celebrando la navidad sin Jesús, aunque pongámonos imágenes muy bonitas en el portal, terminamos celebrando la navidad sin Dios.

Puede ser un motivo esta reflexión que nos hacemos a punto de culminar nuestra octava de la navidad para preguntarnos si hemos celebrado una auténtica navidad. Y tiene necesariamente que pasar por la fe, por la aceptación de ese misterio de Dios en nuestra vida con todo lo que nos compromete. No es un barniz, no es un adorno bonito que nos ponemos en algunas ocasiones porque toca o así lo exige el momento. ‘A los que creen en su nombre les dio poder ser hijos de Dios’.

Nos lo decimos tantas veces que ese niño que contemplamos en Belén es el Hijo de Dios necesariamente tenemos que pensar que a nosotros también nos ha hecho hijos. Es algo maravilloso y sublime, algo de lo que no nos creemos merecedores, algo que no tenemos por derecho propio, ‘éstos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón…’ nos dice el evangelio; es una filiación distinta, algo que nos viene de Dios que nos ha regalado su Espíritu para hacernos hijos. ‘Han nacido de Dios’, termina diciéndonos el evangelista. Todo es un regalo de amor, un regalo del amor de Dios.

Por eso hablamos tantas veces de la profundidad que le hemos de dar a la Navidad. Desde esa raíz es como luego tiene que florecer la alegría, es como tienen que aparecer tantos gestos y detalles de amor, es desde donde tenemos que crear y trabajar ese jardín florido de paz, de entendimiento entre todos, de armonía y de felicidad. Será así como tienen verdadero sentido nuestras felicitaciones y desde donde brotarán todo esos buenos deseos que tenemos los unos con los otros estos días. Si no tuviera esa raíz bien hundida en la fe y el amor de Dios pronto se nos secaría y arruinaría ese jardín.

¿No será eso lo que de alguna manera nos está sucediendo en nuestro mundo que en estos días todo son felicitaciones y alegría pero pronto cuando pasen estos días volveremos de nuevo a la insolidaridad y a seguir haciéndonos la guerra los unos con los otros? Algo, hemos de reconocer, nos estará fallando. Motivos de reflexión y revisión.


sábado, 24 de diciembre de 2016

Bendigamos al Señor que viene a visitarnos con su gracia y no cerremos las puertas de nuestra posada para recibirle y poder cantar la gloria del Señor

Bendigamos al Señor que viene a visitarnos con su gracia y no cerremos las puertas de nuestra posada para recibirle  y poder cantar la gloria del Señor

2Sam. 7, 1-5.8-11.16; Sal. 88; Lc. 1, 67-79
‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación según lo predicho desde antiguo por la boca de sus santos profetas…’
Así prorrumpió en alabanzas y bendiciones a Dios el anciano Zacarías en el nacimiento de Juan a quien llamaremos el Bautista. Sentía como las promesas se cumplían. ‘Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’. Llegaba la hora de la salvación. Aquel niño era el precursor, la aurora que anuncia la luz del sol de lo alto que va a comenzar a brillar.
Su misión preparar los caminos del Señor. Porque el Señor visitaba a su pueblo; Dios para siempre iba a ser Emmanuel, Dios con nosotros. Y en esa visita de Dios nos venía la salvación, se derramaba sobre nosotros el amor, la misericordia del Señor iba a envolver la tierra para siempre.
Era el momento de un tiempo nuevo. Llegaba la plenitud de los tiempos. El Reino de Dios por fin comenzaría a implantarse sobre la tierra, porque llegaba el tiempo de la liberación anunciada por los profetas. Una luz nueva iba a brillar sobre los hombres de una vez para siempre. Juan no era la luz, sino el testigo que nos señalaba donde está la luz. Juan no era el salvador sino el que iba a señalar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.
Y nosotros hoy, ya en el último día de nuestro camino de Adviento, sentimos ya cercana esa presencia del Señor. Esta noche contemplaremos ya el resplandor de su luz y podremos comenzar a cantar la gloria del Señor. Viene el Señor, ya está ahí, esta noche contemplaremos su nacimiento y nos gozaremos con toda la Iglesia y con toda la humanidad. El Señor visita a su pueblo y nos llega la salvación, y los hombres de buena voluntad nos sentimos inundados de paz, y comenzaremos a gustar lo que es el amor infinito de Dios que nos entrega a su Hijo.
No nos queda sino escuchar una vez más la voz de Juan que nos invita a preparar el camino del Señor, a convertir de verdad nuestro corazón a Dios. Cuidemos que nada nos distraiga para que estemos atentos a la llegada del Señor a nuestra vida. Viene a nosotros de una forma concreta en lo que es el hoy de nuestra vida y en este mundo concreto en que vivimos.
Pero cuidado que las cosas externas y superficiales nos impidan ver la verdadera luz; cuidemos que vayamos a celebrar Navidad pero no lleguemos a sentir y vivir la presencia del Señor que nos visita y quiere aposentarse en nuestra vida. Cuidado que no andemos con las puertas de la posada de nuestra vida cerradas porque estemos entretenidos en otras cosas y el Señor pueda pasar de largo.
Como dice la liturgia de la mañana del veinticuatro de diciembre: ‘Hoy sabréis que viene el Señor y mañana contemplaréis su gloria’.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Preparemos una morada para Dios a la manera del corazón humilde de María

Preparemos una morada para Dios a la manera del corazón humilde de María

En la noche de Belén nos encontraremos con María y con José que deambulan por las calles de Belén buscando una posada porque va a nacer Jesús pero para ellos no hay sitio en la posada.
Pero fijémonos que en la primera lectura de hoy el Rey David, que ya ha conquistado Jerusalén y puede vivir él ya en un palacio quiere sin embargo construir un templo para el Señor donde deposite el arca de la Alianza y sea signo y lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo.  Como hemos escuchado aunque el profeta en principio le da la aprobación, sin embargo el Señor no quiere ese templo construido por manos humanas y así se lo hace saber el profeta a David en el nombre del Señor. Serán otras las promesas que Dios le haga a David y que veremos cumplidas en Jesús.
Nosotros quisiéramos también buscar donde recibir a Dios y encontrarnos con el Señor, y a la manera del rey David queremos construir los mejores y más hermosos templos en su honor. Pero los caminos y designios de Dios son bien distintos, porque El ya ha encontrado donde encontrarse mejor con el hombre y se ha elegido el mejor templo o la mejor morada, como queramos decir, para ser ese Emmanuel, ese Dios con nosotros.
Ha elegido a una humilde doncella de Nazaret que está desposada con un artesano, con el carpintero del pueblo, aunque aun no se han celebrado los desposorios, lo cual indica como será en los pequeños y los humildes donde mejor podremos sentir su presencia. Aquella doncella de Nazaret, aunque su nombre sabe a gloria, porque se llama María, sin embargo a sí mismo se llama la humilde esclava del Señor.
Decíamos cómo nosotros también buscamos cómo mejor acoger al Señor, al rey de la gloria que viene a nosotros pero aquí tenemos la lección, el mensaje que el mismo Señor nos quiere dar. Cuando seamos capaces de tener un corazón humilde como el de María, que sea capaz de vaciarse de todo, que sea capaz de vaciarse de si mismo estaremos preparando la mejor morada que le podamos ofrecer a Dios que siga siendo Emmanuel, siga siendo Dios en medio de nosotros los hombres.
Solo el corazón vacío de sí mismo, el corazón humilde y que se siente pequeño es capaz de albergar a Dios. Así se sintió María, así tenemos que sentirnos nosotros, así tenemos que abrirle nuestro corazón a Dios. En esa pobreza y en esa humildad se hará presente Dios. Con esa pobreza sentirnos no solo pequeños sino muy necesitados de El porque somos pecadores y El es el que va a salvar al nombre de sus pecados, con esa humildad pero muy llena de amor es cómo podremos recibir a Dios.
Pensemos que buscará esa pobreza en Belén de manera que no habiendo sitio ni siquiera en la posada, que ha era un lugar donde guarecerse los pobres caminantes y peregrinos, tendrá finalmente que nacer en un establo recostándose en la paja de un pesebre y al calor del vahído de unos ganados.
¿Qué le vamos a ofrecer nosotros? ¿cómo vamos a preparar nuestro corazón? Miremos a María y aprendamos de ella. En ella contemplamos su fe y su humildad; de ella aprenderemos a vaciar nuestro corazón para que solo se llene de Dios; de ella que es madre amorosa aprenderemos los mimos del amor; con ella aprenderemos a mirar con mirada nueva las necesidades de los demás; como ella sabremos ponernos en el camino del servicio, de la acogida, de la hospitalidad, del amor para ir siempre de la mejor manera al encuentro con los demás, que es ir al encuentro de Dios.
No siempre es fácil porque pesan muchas rémoras en nuestra vida que nos retrasan en el camino y la tarea a realizar; no siempre es fácil porque aparecerá el sacrificio y el sufrimiento pero será también una forma de ofrecernos al amor del Señor.
Ese es el templo más hermoso que podemos construir en nuestra vida para acoger y recibir a Dios. Caminando con ese estilo de María los hombres podrán descubrir de verdad al Emmanuel, al Dios con nosotros, porque con nuestra vida y nuestro amor lo estaremos haciendo presente en nuestro mundo.