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jueves, 16 de abril de 2026

Dar razón de nuestra fe desde la experiencia de Dios porque nos dejamos envolver por el amor para sea el auténtico motor de nuestra vida

 


Dar razón de nuestra fe desde la experiencia de Dios porque nos dejamos envolver por el amor para sea el auténtico motor de nuestra vida

 Hechos 5, 27-33; Salmo 33; Juan 3, 31-36

Cada uno habla de lo que sabe y de lo que es su vida, lo que son sus costumbres o lo que son sus ideales, de lo que es su sentido de vida y la manera de plantearse las cosas desde lo que vive; atrevidos hay que quieren hablar de lo que no saben, de lo que no tienen ni idea y tratan incluso de pontificar como si fueran unos expertos, cuando esas cosas quizás ni han entrado en su vocabulario; cuántos disparates nos encontramos en este sentido, pero además se lo creen que se lo saben todo y de todo pueden opinar. Claro que se puede opinar, pero hay que tener un poco de sentido común para al menos intentar enterarte de lo que estás hablando. Mucho de eso nos vamos encontrando en la vida.

Y nosotros, ¿de qué sabemos hablar? Es una pregunta seria porque en fin de cuentas se nos está planteando el sentido de nuestra vida. Y decimos que creemos y que somos cristianos, pero ¿lo somos con convencimiento? ¿Lo somos desde una experiencia viva de fe? ¿Lo somos solo por una rutina o una tradición pero sin plantearnos de verdad el sentido de nuestra fe? Sería algo que tendríamos que analizar muchos cristianos para ver hasta donde llega la madurez de nuestra fe. ¡Qué importante era aquel catecumenado que tenían que hacer los que se abrían a la fe antes de ser bautizados! Todo un camino de maduración, de interiorización, de formación para que hubiera un auténtico crecimiento para llegar a una madurez en la vida cristiana.

¿Seríamos capaces de hablar con todo sentido de Dios y de nuestra fe porque de verdad nos sentimos envueltos en la experiencia de sentirnos amados de Dios? Quien ha tenido de verdad esa experiencia de sentirse amado de Dios claro que puede hablar, y lo hará de una forma muy viva, de todo lo que significa nuestra fe, de todo lo que significa ser cristiano, porque además no serán solo sus palabras sino que lo estará reflejando en su vida. ¿Tendría que ser algo que reavivemos en nuestro propio interior para así reavivar nuestra vida cristiana?

Es la forma de dar razón de nuestra fe y del por que nos dejamos envolver por el amor para sea el auténtico motor de nuestra vida. No podemos ir renqueando en las cosas de la fe por la vida. Solo podremos hablar con todo sentido de lo que ha sido nuestra experiencia vital. Y aunque nos decimos cristianos a muchos falta esa experiencia vital, que es mucho más que sabernos unas cosas de memoria. Por eso decían los apóstoles y los discípulos cuando quieren prohibirles hablar de Jesús porque como les decían habían llenado Jerusalén con sus enseñanzas. ‘Tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres’. Su experiencia de fe era lo que habían vivido por sí mismos desde el contacto y escucha de Jesús durante su vida, pero sobre todo ahora desde la experiencia de la resurrección. ‘Lo que hemos visto y oído no lo podemos callar’.

‘El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio… El que Dios envió habla las palabras de Dios…’ nos decía el evangelio. Y terminaba concluyendo, ‘el que cree en el Hijo posee la vida eterna’. ¿Nuestra fe en Jesús nos hace poseer la vida eterna? ¿Podemos en verdad hablar de estas cosas desde nuestra experiencia de fe?


lunes, 13 de octubre de 2025

No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

 


No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

Romanos 1, 1-7; Salmo 97; Lucas 11, 29-32

Cuando no tenemos confianza en la persona, todo serán dudas, todo se convertirá a la larga en un rechazo, nos pondremos en guardia ante lo que pueda hacer o lo que pueda decir la otra persona y todo se transformará en rechazo.  La confianza no es simplemente que podamos permitirnos cosas que van más allá del respeto, porque entonces nos sintamos en libertad para expresar incluso lo que pueda ser ofensivo para la otra persona. La confianza partirá de la credibilidad que le demos a lo que haga o lo que diga la otra persona, que nos llevaría a una aceptación incluso sin limitaciones ni censuras.

Por la falta de esa confianza o credibilidad pretenderemos que todo lo que nos puedan decir o presentar tiene que venir acompañado de unas pruebas claras y palpables. Siempre andaremos buscando esas pruebas, esas garantías, que parece que por otro lado no tenemos o no se nos ofrecen. Pero esa credibilidad no solo nace de la persona  que queremos aceptar, sino de las exigencias que nosotros pongamos por nuestra parte, esas garantías que nosotros pedimos, quizás por nuestros prejuicios o nuestras desconfianzas.

Al final parece que es el pez que se come la cola, no sabiendo a ciencia cierta por donde comenzar a tener o ganarnos esa confianza que exigimos. Pero ¿la daremos nosotros? ¿Mereceremos esa confianza? ¿Nos habremos ganado esa confianza? ¿Qué motivos realmente tenemos para pedir esas pruebas? ¿Será quizás ya como una costumbre en nosotros de estar pidiendo pruebas sin querer ver las que realmente tenemos ante nuestros ojos?

¿Será lo que estaba pasando con Jesús? Le están pidiendo signos sin querer descubrir todas las señales que Jesús está dejando a su paso para que en verdad creamos en El. Están por un lado estas palabras de Jesús que son como una queja ante lo retorcido de las peticiones de señales que le están haciendo continuamente. Les recuerdan quizás lo del episodio de Jonás que consideraban como un gran signo de la antigüedad. Frente a las palabras y enseñanzas de Jesús querrán quizás recordarle la proverbial sabiduría de Salomón ante la que se rindió la reina de Sabá que era reconocida por su gran sabiduría. En ese mundo de increencia que estaba surgiendo por doquier – como sigue quizás sucediendo también en nuestro tiempo – recuerdan como la gente de Nínive se convirtió a partir de la predicación de Jonás.

¿Jesús podría darles esa clase de señales? ¿O eran ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que realizaba, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas? ¿Sería a ellos los que en fin de cuesta les costaba tanto convertirse ante el actuar de Jesus como aquellas le sucedía a las gentes de Nínive?

Y Jesús viene a decirles que allí hay alguien que es mucho más poderoso que Jonás o mucho más sabio que Salomón. Todo estaba dependiente de la ceguera de sus mentes y de la cerrazón de su corazón. Pero, ¿no nos estará sucediendo de forma parecida a nosotros hoy? No terminamos de saborear la sabiduría del evangelio y nos vamos corriendo tras cualquiera que nos traiga las cosas más exóticas. Muchos nos hablan hoy de esa meditación trascendental que descubren en personajes que se nos presentan de forma exótica y extraña, pero nos olvidamos de meditar, de interiorizar en el Evangelio y en toda la Palabra de Dios.

Invitamos a la gente a un silencio espiritual, a un retiro espiritual en el clima religioso de nuestras celebraciones y de nuestra liturgia y nos dicen que se aburren, que eso no sirve de nada, pero ¿no será que no quieren abrirse a lo trascendente, no será que tienen miedo de que Dios llegue a sus vidas y hable a su corazón? Dejamos a un lado toda nuestra espiritualidad cristiana fundamentada en el evangelio y con la experiencia de tantos grandes santos que han ido marcando los surcos de la historia, por irnos detrás de cualquier novedad que nos llega sin ningún fundamento verdaderamente espiritual.

¿Qué sucede en nuestros corazones para rechazar esa espiritualidad profunda que nos viene del Evangelio y donde de verdad podremos llenarnos del Espíritu de Dios? ¿No será una falta de confianza por nuestra parte la que nos está encerrando para no abrirnos al misterio de Dios?

jueves, 3 de abril de 2025

Credibilidad fundamentada en el testimonio de las obras que son signos del actuar de Dios en Jesús que será la credibilidad que podamos ofrecer de nuestro testimonio de fe

 

Credibilidad fundamentada en el testimonio de las obras que son signos del actuar de Dios en Jesús que será la credibilidad que podamos ofrecer de nuestro testimonio de fe

Éxodo 32, 7-14; Salmo 105;  Juan 5, 31-47

¿Nos creemos los unos a los otros? Las relaciones humanas están basadas en nuestra mutua credibilidad, es lo que decimos, pero es también lo que hacemos, no solo en grandes momentos o en situaciones extraordinarias, sino también en esas pequeñas cosas de cada día que nos pueden parecer detalles pero que son las que le van dan color a la vida y a lo que hacemos; pero también mutuamente en lo que pensamos y en lo que nos decimos unos de otros encontramos ese testimonio de credibilidad; que alguien hable bien de ti, que recuerde a los demás el valor de lo que haces aunque parezca que pase desapercibido es algo que apuntala esa mutua credibilidad que nos ofrecemos y facilitará la mutua aceptación y valoración que o tenemos o que nos damos, hará mejores nuestras relaciones entre unos y otros, y nos impulsará a ese colaborar juntos en proyectos comunes o en las metas que nos propongamos.

Ya sabemos, por otra parte, que siempre nos vamos a encontrar quien quiere sembrar la cizaña de la desconfianza, de poner en duda la credibilidad u honorabilidad de una personas cuando se obra desde el orgullo, la envidia y toda esa serie de actitudes negativas que vienen a envenenar el corazón  de los demás. Los partidismos en este sentido también hacen mucho daño, porque solo queremos ver lo que nos interesa o lo que nos favorece y no aceptaremos que alguien con más valores venga a empañar nuestros brillos; olvidan quizás que las personas con más valores humanos nunca van a actuar para quitar el brillo de los demás, sino que sabrán siempre aprovechar cualquier destello de luz por pequeño que sea para hacer más luminoso nuestro mundo.

En las palabras que escuchamos hoy en el evangelio se nos refleja ese rechazo que algunos sectores de la sociedad de su tiempo tienen contra la enseñanza y el actuar de Jesús. No llegan a entender el mensaje del Reino de Dios que Jesús les está anunciando y sienten que una transformación del mundo según esos valores del Reino de Dios va a poder significar para ellos como una perdida de poder o de influencia en aquella sociedad que de alguna manera están manipulando.

Se oponen a la palabra de Jesús, no quieren aceptar la credibilidad de las palabras y de los hechos que Jesús realiza, no ven las señales de que Dios está actuando en Jesús y no lo quieren reconocer como el enviado de Dios. Es una historia que se repite porque eso fue en la continuidad de los tiempos el rechazo que siempre tuvieron de los profetas en su momento presente, aunque con el paso del tiempo sintieran la verdad de lo anunciado por los profetas. Ningún profeta es bien mirado en su tierra, que dijera Jesús un día allá en su pueblo de Nazaret como un preanuncio de todo lo que a Jesús le iba a suceder.

Habla Jesús del testimonio de Juan el Bautista que fue su precursor, como habla Jesús por una parte del testimonio de la misma Escritura en lo anunciado por Moisés y los profetas, como del testimonio de sus obras que son signos de que El es el enviado del Padre, ‘y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su rostro, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no lo creéis’ nos dice Jesús.

A través de las obras que Jesús realiza se nos está ofreciendo el testimonio venido desde el cielo, convirtiéndose el Padre en el primer testigo de la obra de Jesús. ‘Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis. ¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios?’ Y aquí claro que nosotros podemos recordar aquella voz venida del cielo en lo alto del Tabor señalándolo como su Hijo amado al que debíamos escuchar.

Mantengamos viva nuestra fe de la que tenemos que dar testimonio con nuestra vida, con nuestras obras; será lo que también dará credibilidad a nuestra fe a través de nuestro compromiso de amor. Es el camino de crecimiento espiritual que hemos de ir haciendo en nuestra cuaresma como camino hacia la Pascua.

miércoles, 3 de julio de 2024

Tenemos que despertar de nuevo porque fácilmente nos adormecemos, se nos adormece nuestra fe, pero Jesús nos está saliendo al encuentro

 


Tenemos que despertar de nuevo porque fácilmente nos adormecemos, se nos adormece nuestra fe, pero Jesús nos está saliendo al encuentro

Efesios 2, 19-22; Salmo 116; Juan 20, 24-29

¿Viviremos en un mundo de desconfianzas? La verdad no sé qué decir. Hay quienes se lo creen todo, aunque algunas veces no parece tan desinteresado. Se lo creen todo y están al tanto de lo que se dice por aquí y por allá, y porque salió en la tele, porque se publicó en las redes sociales, porque lo dijo no sé qué personaje de los medios que tiene sus seguidores que cuenta no sé si por miles o millones pero interesados en las cosas llamativas, en lo que puede ir contra los que consideramos contrincantes, etc… Por eso digo, que no siempre parece esa credibilidad tan desinteresada. Cómo los hay que desconfían de todo, todo quieren cribarlo, pasarlo por sus criterios o sus maneras de ver las cosas y entonces creerán o no creerán según de donde vengan las noticias. ¿Confianza? ¿Credibilidad? ¿Desconfianza? ¿Cerrarme en mis ideas o criterios muy encorsetados para no aceptar cualquier cosa?

Justo es que nos preguntemos, que razonemos, que busquemos las mejores fuentes, que nos forjemos verdaderos criterios desde unos valores que sean fundamentales para nosotros, pero también en nuestras relaciones humanas con los demás yo diría que tenemos que dar una carta en blanco para confiar en las personas, para valorar, para sacar lo mejor.

¿Y en el campo de nuestras relaciones con Dios? Entramos en un ámbito que en cierto modo nos supera, por algo lo llamamos sobrenatural, pero también cuando nos dejamos conducir nos lleva a una plenitud en la vida que en otro lugar no vamos a encontrar. Entramos en el ámbito de la fe, que como la misma palabra lo dice es confianza y que será al mismo tiempo respuesta a lo que en lo más hondo de nosotros mismos sentimos y experimentamos. ¿Estaremos abiertos a esas experiencias? Algunas veces, tenemos que decirlo, no es fácil.

También los discípulos de jesus tenían sus dudas, les costaba creer. Estaban con Jesús y se sentían entusiasmados por El, pero había ocasiones en que Jesús hacía unos planteamientos que no acaban de entender, planteaba unas exigencias que les costaba aceptar, sucedían cosas que también les hacían hacerse preguntas por dentro, como nos sucede a todos. No siempre lo entendemos. Hubo algo que los dejó descolocados, como suele decirse hoy. Fue su prendimiento y su pasión. Lo había anunciado pero no acaban de entenderlo. ‘Eso no te puede pasar a ti’, decía Pedro y quería quitarle esa idea a Jesús de la cabeza, de manera que incluso Jesús se pone fuerte y le dice a Pedro que lo va a rechazar.

Por eso cuando llegó ese momento, se dispersaron y huyeron, como sucedió ya allá en Getsemaní. Luego se encerraron, por miedo a los judíos, no les fuera a pasar lo mismo por ser sus discípulos. Cuando las mujeres vienen hablando de sepulcro vacío y que unos ángeles les decían que había resucitado, les dijeron que eso eran sueños de mujeres. Verían la tumba vacía también, pero seguían con sus miedos encerrados en el cenáculo. Todo cambia cuando Jesús se les manifiesta allí reunidos en el cenáculo. Ahora será la noticia que llevarán a los demás, sobre todo a uno de los apóstoles que no estaba allí con ellos en aquella ocasión. ‘Hemos visto al Señor’, le dicen. Pero él quiere ver y palpar para estar seguro.

Pero no echemos culpas, que nosotros somos también lo mismo. También queremos palpar. También nos volvemos incrédulos; también nos cuesta sentir y vivir la presencia de Cristo resucitado con nosotros, en nuestra vida, en nuestro camino, en las cosas que hacemos, en lo que nos hace sufrir, en los problemas o contratiempos que nos encontremos, en los momentos oscuros del dolor y de sufrimiento. Muchas veces también nos desparramos en nuestras huidas.

Necesitamos una experiencia viva. Necesitamos revivir y reavivar lo que quizás en otros momentos habremos sentido, pero que luego en las carreras locas de la vida pronto olvidamos. También se nos enfría la fe, necesitamos ver claramente a jesus que viene a nosotros. Tenemos que despertar de nuevo porque fácilmente nos adormecemos, se nos adormece nuestra fe. Y jesus nos está saliendo al encuentro. ¿Haremos una viva profesión de fe como finalmente hizo Tomás el que parecía tan incrédulo? ¿Se nos renovará y reavivará nuestra fe? Lo necesitamos.


lunes, 19 de diciembre de 2022

Dejémonos sorprender por la presencia de Dios que nos envuelve con la obediencia de la fe y podremos descubrir las maravillas que Dios nos tiene reservadas

 


Dejémonos sorprender por la presencia de Dios que nos envuelve con la obediencia de la fe y podremos descubrir las maravillas que Dios nos tiene reservadas

Jueces 13, 2-7. 24-25ª; Sal 70; Lucas 1, 5-25

¿Nos creemos todo lo que nos dicen? Aunque hay gente muy crédula que todo se lo traga, sin embargo antes de dar crédito a aquello que nos cuentan, aunque algunas veces lo hagamos casi de forma automática, tratamos de sopesar la credibilidad de quien nos está contando esa historia, la veracidad que pudiera tener de una forma objetiva analizando posibilidades, discerniendo bien lo que nos cuentan para restar lo que pudiera introducirse de una forma imaginativa como suele suceder cuando nos quieren sorprender con algo. No nos lo creemos todo, ponemos en duda muchas cosas, podríamos decir que no nos queremos dejar sorprender porque ya nos creemos mayorcitos para creer cualquier cuento que nos parezca de hadas.

¿Es lo que debemos hacer siempre? ¿No le damos crédito a nadie en aquellas cosas que nos cuentan? ¿Dónde está la confianza mutua que tendríamos que tenernos los unos con los otros? ¿No terminamos de creer que pudiera haber cosas que nos sorprendieran y nos llamaran la atención dándole credibilidad? Aquí ponemos nuestros criterios, aquí ponemos la madurez que queremos manifestar, aquí tendríamos que poner también la confianza.

Zacarías estaba impresionado por lo que estaba viendo y oyendo aquella mañana cuando le tocó el turno de oficiar en el templo. Mientras hacia la ofrenda del incienso algo sobrenatural lo envolvió; no era el humo del incienso que envolvía aquel lugar santo del templo y que pudiera producirle alguna perturbación mental. Contemplaba al ángel del Señor que le hablaba; se sentía sorprendido; el temor le embargaba porque tenían la creencia que quien viera a Dios cara a cara moriría.

Pero las palabras del ángel estaban respondiendo a sus anhelos más profundos y a las oraciones que tanto él como su mujer Isabel elevaban todos los días a Dios. Le anunciaba el nacimiento del hijo que tanto habían deseado pero que la esterilidad de su mujer y ya sus años bien entrados, pues eran ya ancianos, les había impedido tener. Lo que se le estaba ofreciendo ya le podía parecer imposible, olvidando a pesar de su fe que para Dios nada hay imposible. Y se hace preguntas en su interior, quiere creer pero todo le parece un sueño que se puede quedar en eso, en un sueño. Por eso surge la duda y la pregunta. ¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada’.

Parece como que el ángel se enfada porque duda de su credibilidad y trata de reafirma quien es, Gabriel, el ángel que está en la presencia del Señor, que ha sido enviado por Dios para comunicarle esa buena noticia. La prueba de su credibilidad va a ser que Zacarías se quedará mudo hasta que sucedan todas estas cosas que le acaba de anunciar.

Aquel niño que va a hacer será grande a los ojos del Señor y viene con una misión muy concreta. ‘Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’. Es el anunciado por los profetas como el que había de venir a preparar los caminos del Señor. ‘Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos hijos de Israel al Señor, su Dios’.

Son las sorpresas de Dios ante las que tenemos que rendirnos con la obediencia de la fe. Efectivamente para Dios nada hay imposible como le dirá el ángel a María, y tenemos que dejarnos sorprender por el misterio de Dios que se nos revela.  Lo queremos racionalizar todo según nuestros parámetros humanos pero Dios nos supera, por algo diremos en referencia a las cosas de Dios que son cosas sobrenaturales.

Pero tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu de Dios que se nos manifiesta y nos envuelve con su sabiduría. Es la obediencia de la fe. Esa sabiduría de Dios que le da un sabor nuevo a todo, a lo que nos revela y a la vida misma. Dejémonos sorprender porque las cosas de Dios son distintas, pero cuando nos dejamos envolver por Dios nos sentiremos elevados, nos sentiremos como un plano distinto, que es esa presencia de Dios que nos envuelve y nos lleva a la plenitud de nuestro ser.

viernes, 24 de agosto de 2018

La tibieza de nuestra vida espiritual y de nuestro compromiso cristiano es quizás consecuencia de la falta de un encuentro vivo con Jesús



La tibieza de nuestra vida espiritual y de nuestro compromiso cristiano es quizás consecuencia de la falta de un encuentro vivo con Jesús

Apocalipsis 21,9b-14; Sal 144; Juan 1,45-51

Quizá no haya mejor manera de cerciorarnos de la certeza de una cosa que averiguarlo por nosotros mismos. No es que no confiemos en lo que nos dicen, pero aunque digamos sí en el fondo no nos sentimos totalmente seguros.
Es cierto que en la vida por así decirlo vamos haciendo continuamente actos de fe, porque nos confiamos en lo que nos dicen, en lo que nos cuentan, porque es necesario tener esa disponibilidad para aceptar, porque no todo lo podemos comprobar por nosotros mismos, porque nos supera el peso y el paso de la historia, porque son hechos o acontecimientos que no nos suceden al lado nuestro ni en el tiempo nuestro, o porque ese margen de confianza que nos damos unos a otros  es base de amistad y consecuencia de ella y nos facilita la convivencia de cada día.
Es importante en todos los aspectos de la vida el testimonio que recibamos de los otros porque confiamos en ellos y las obras que realizan y las palabras que dicen las veremos siempre dentro de la racionalidad y de la credibilidad de las personas. Es importante, entonces, que nosotros en la autenticidad de nuestra vida nos hagamos verdaderamente creíbles y así nacerá esa confianza mutua que unos y otros hemos de tenernos. Con la autenticidad de nuestras obras de alguna manera estaremos diciéndole al otro ‘ven y lo verás’, confía en la autenticidad de mis palabras y de mis obras.
Es el primer diálogo que nos encontramos en el pasaje del evangelio que se nos propone en la fiesta de san Bartolomé apóstol que hoy celebramos. Felipe que había estado con Jesús al que había seguido en su primera llamada, cuando se encuentro con su amigo y convecino Natanael enseguida le cuenta lo que él ha vivido. Parece que no termina creer Natanael, pero no pone en duda sus palabras, sino el hecho de que Jesús sea de Nazaret; aparecen las divergencias y rivalidades que tantas veces surgen entre pueblos limítrofes por las cosas más simples las mayorías de las veces. Que si las campanas de mi pueblo suenan mejor que las del tuyo, que es mejor el agua que nosotros bebemos que la de las fuentes del pueblo vecino y así muchas veces no se cuantas cosas que llevan enfrentamientos digamos pueriles.
Felipe había estado con Jesús y se había sentido verdaderamente convencido. Es lo que ahora quiere que compruebe su amigo Natanael. ‘Ven y lo verás’, le dice. Y fue y lo vio y  lo sintió de manera que hará una hermosa confesión. Rabí, Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.
¿No lo necesitaremos nosotros también? Tenemos que aprender a dejarnos conducir para llegar a vivir ese vivo y profundo encuentro. Serán los necesarios encuentros llenos de confianza que hemos de tener los unos con los otros en la vida, pero será también ese encuentro vivo con el Señor. Aceptamos el testimonio y nos dejamos conducir, pero necesitamos vivir la profundidad de ese encuentro de verdad que muchas veces nos falta en la vida.
La tibieza con que vivimos muchas veces nuestra vida espiritual y todo nuestro compromiso cristiano es quizás consecuencia de esa falta de ese encuentro vivo con Jesús. Podemos saber muchas cosas y hasta enseñar a los demás, pero necesitamos vivencias profundas que nos hagan crecer de verdad por dentro y que harán creíbles nuestras palabras y nuestro testimonio. Mucho de todo eso  nos está faltando a los cristianos de nuestro tiempo en que nos falta esa espiritualidad honda, que solo se puede tener desde encuentros vivos y profundos.
Es el testigo que está poniendo en nuestras manos hoy san Bartolomé en el día de su fiesta.

sábado, 16 de junio de 2018

La credibilidad de nuestra vida se manifiesta en las obras revestidas de responsabilidad y coronadas por el amor


La credibilidad de nuestra vida se manifiesta en las obras revestidas de responsabilidad y coronadas por el amor

1Reyes 19,19-21; Sal 15; Mateo 5,33-37

‘Lo juro’ escuchamos una y otra vez repetir a muchas personas cuando quieren afirmarnos algo, ante lo que quizás nosotros nos mostremos algo incrédulos. Hay gente que lo tiene como una muletilla, porque les parece que es la única forma de credibilidad que tienen para presentarse, y porque quizá ellos mismos son desconfiados en si mismos, ni confían en lo que le digan los demás ni confían en si mismos.
Pero nos encontramos también que ya incluso en las fórmulas oficiales, por ejemplo, en la toma de posesión de cargos o responsabilidades se va sustituyendo el juramento por la promesa y si en principio el juramento para un creyente es poner a Dios por testigo de la verdad de aquello que afirmamos en la sociedad en que vivimos se sustituye esa invocación de Dios en el propio honor o en el respeto que podamos tener por las obligaciones que asumimos.
En una sociedad en la que ya no prima lo creyente y para una gran mayoría se ha dejado de tener en su vida esa referencia a Dios porque vivan un agnosticismo o un ateismo práctico, no nos extrañe esas sustituciones; como tampoco creo que en el respeto que podamos tener por las otras personas no nos ha de escandalizar que se sustituyan o supriman los elementos o signos religiosos de esas formalidades. Claro que para mí, que soy creyente, siempre será valida y necesaria esa relación con Dios en mi vida y en los actos que realizo. Como creyente, por mucho respeto que tenga a mi propio honor, la última referencia de mi vida siempre será Dios, porque es el que da sentido a mi ser y a mi vivir.
El juramento no solo le da solemnidad al acto que realizamos, sino que realizado responsablemente viene a darle credibilidad a aquello que afirmamos. Y diríamos que por la seriedad que reviste en si mismo se constituye para mi en una obligación que asumo, lo que me hará vivir todo aquello que realizo con responsabilidad y como una exigencia de justicia en si mismo. Por eso sería irresponsable no realizarlo con seriedad; de ahí que no es algo que tenemos que prodigar como una muletilla, como decíamos antes, sino que hemos de reservarlo para aquellos actos que tengan verdadera seriedad.
Hoy Jesús en el evangelio  nos habla de su seriedad y responsabilidad. Pero creo que Jesús quiere ir más al fondo y es que por la responsabilidad de nuestra vida nosotros nos hagamos creíbles siempre sin necesidad de reafirmarnos por medio de juramentos. No es solo ya que sería terrible un juramente en falso, de algo que no es verdad, sino que también hemos de evitar lo innecesario. ‘No juréis en absoluto’, nos viene a decir.  ‘A vosotros os basta decir sí o no’.
Es la autenticidad de nuestra vida; es la congruencia con que vivimos, de manera que nuestras palabras y nuestras obras vayan por el mismo camino. Es importante esa congruencia de nuestra vida. Es necesario que nos hagamos verdaderamente creíbles por las obras que realizamos. Es el testimonio que tenemos que dar de nuestros principios, de nuestros valores, de nuestra fe. Hemos de ser testigos, pero no solo por las palabras que pronunciemos, sino por el testimonio de la vida que vivimos.

sábado, 7 de abril de 2018

Entremos en la órbita de la fe y de la confianza creyendo el testimonio que la Iglesia no ofrece y haciendo una clara proclamación de la Buena Nueva de nuestra fe


Entremos en la órbita de la fe y de la confianza creyendo el testimonio que la Iglesia no ofrece y haciendo una clara proclamación de la Buena Nueva de nuestra fe

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Sal 117;  Marcos 16, 9-15

Algunas veces nos cuesta aceptar la palabra o el testimonio que otros nos puedan ofrecer. De alguna manera ponemos nuestros filtros, aparecen nuestros prejuicios, miramos con lupa no solo lo que nos dicen sino también lo que ha sido su vida anterior o lo que nosotros consideramos congruencia o incongruencia entre lo que se nos dice y lo que nosotros podamos ver por nuestros ojos o por nuestras particulares apreciaciones.
Tenemos demasiadas experiencias negativas quizá de engaños o queremos sabérnoslo todo por nosotros mismos y por eso no aceptamos lo que nos puedan decir los demás. Hemos creado un mundo de desconfianzas aunque luego aceptemos veinte mil comentarios insulsos o insultantes muchas veces con los que se hace daño a tanta gente.
Las redes sociales de las que hoy nos valemos y con las que nos comunicamos con todo el mundo, la facilidad de comunicación que hoy se tiene y que muchas veces no se aprovecha debidamente contribuyen por un lado al daño que se pueda hacer a los demás porque fácilmente se pone en juego la fama y la dignidad de las personas, o por otro lado nos puede hacer desconfiados. Es un poco o un mucho el mundo en el que hoy vivimos del que tendríamos que sacar provecho para una mayor armonía entre todos, para hacer un mundo mejor, o para lograr una comunicación y comunión que quizá por otros caminos no cultivamos o nos cuesta cultivar.
Es complejo todo esto y me ha venido esta reflexión al hilo de lo que hoy el evangelio de Marcos nos da como resumen de lo que fueron las apariciones de Cristo resucitado. Es el evangelista más conciso y breve en el tema de la resurrección del Señor.
Primero nos dice que Jesús resucitado se apareció a María Magdalena que fue a comunicárselo a los discípulos, pero estos no la creyeron. ¿Prejuicios de la época? Era mujer; los discípulos de Emaús hablaban de unas visiones de mujeres a las que no creyeron; ahora este evangelista subraya, aunque fuera en positivo, que era de la que Jesús había expulsado siete demonios. ¿Pero no seria algo que pondría en duda su credibilidad?
Luego nos habla de los discípulos que habían marchado a Emaús que les cuentan lo que a ellos les ha sucedido. Pero tampoco los creen. ¿Mermaría su credibilidad el que ellos se habían marchado, habían abandonado y se había ido a sus casas mientras los demás seguían con miedo en Jerusalén? Hago estos subrayados porque estamos viendo como el testimonio de aquellos primeros testigos no era aceptado ni siquiera por el grupo de los discípulos, en consonancia de lo que antes decíamos que nos sigue sucediendo a nosotros hoy.
Será Jesús el que se les presente allí en el cenáculo mientras ellos andan discutiendo estas cosas y ahora la sorpresa fue mayúscula. Allí estaba el Señor. En la brevedad con que este evangelista nos habla nos comenta como Jesús les recriminó que no habían creído el testimonio de los que ya antes se habían encontrado con El. Pero a pesar de la dureza de nuestro corazón Jesús sigue viniendo a nuestro encuentro y quiere seguir contando con nosotros. Termina el evangelio con el mandato de Jesús de ir por todo el mundo anunciando esta Buena Nueva.  ‘ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’.
Es el mandato de Jesús. Es el testimonio que tenemos que dar. Es la Buena Nueva que tenemos que anunciar. Es el evangelio de nuestra salvación. Manifestémonos creíbles y de confianza porque es nuestra vida junto con nuestra palabra la que tiene que dar testimonio. Somos sus testigos. Entremos en una órbita de fe y de confianza.

lunes, 16 de octubre de 2017

Con actitud humilde y con apertura de corazón creemos en la Palabra de Jesús que nos lleva también a una apertura a los demás creyendo en ellos para hacer un mundo mejor

Con actitud humilde y con apertura de corazón creemos en la Palabra de Jesús que nos lleva también a una apertura a los demás creyendo en ellos para hacer un mundo mejor

Romanos (1,1-7); Sal 97; Lucas (11,29-32)

En la vida tenemos que aprender a fiarnos; no podemos andar continuamente en la desconfianza y en el estar pidiendo pruebas para todo. Es normal que queramos estar seguros en lo que hacemos, en los pasos que damos, en lo que nos dicen, pero no todo podemos comprobarlo por nosotros mismos. Vivimos en un mundo de relación y nos vamos intercambiando muchas cosas en la vida y ya tenemos que dar por supuesto que aceptamos y creemos aquello que recibimos de los demás, serán noticias o conocimientos, será la personal experiencia de cada uno que puede enriquecer a los demás, es el devenir de la vida misma.
Eso significa también que no podemos estar viendo malicia siempre en lo que los otros hacen o nos dicen, porque nos haría la vida insoportable y eso puede ir creando un poso de amargura en nuestro interior que ni nos deja ser felices ni ayudamos a la felicidad de los demás.
Es cierto que hay gente que actúa con esa malicia, pero no podemos caer en las redes de nosotros actuar de la misma manera; nos hace falta una limpieza de intenciones en nosotros mismos, una carga grande de sinceridad como al mismo tiempo una gran comprensión en nuestro corazón ante los desaires que vayamos recibiendo en la vida. No podemos perder la estabilidad de nuestra vida, hemos de saber caminar con paz en el corazón y los recelos a eso no ayudan, hemos de intentar poner por delante la carta de la confianza que nos facilite las relaciones entre unos y otros. Cuando andamos con desconfianzas y recelos es que no creemos en las personas y eso rompe la armonía de la convivencia.
Hoy en el evangelio vemos que hay gente que no termina de creer en Jesús. Son muchos los milagros y signos que realiza, claramente habla del Reino de Dios y de las actitudes que hemos de tener en nosotros para poder vivirlo, su Palabra es un arroyo de luz inmensa sobre las vidas de aquellas gentes atormentadas por tantos sufrimientos, muchos le siguen entusiasmados y hay momentos en que multitudes se congregan en su entorno.
Sin embargo hay gente que no termina de entender el mensaje de Jesús, se ciegan y no son capaces de ver las obras de Dios que en Jesús se manifiestan. Están pidiendo signos y pruebas continuamente. Hay desconfianza en su corazón quizá porque vislumbran que aceptar a Jesús significará para ellos que muchos cambios de mente, de actitudes, de manera de obras tienen que realizarse en sus vidas.
Y Jesús les habla del signo del profeta Jonás. Que no fue solo el que fuera devorado por el cetáceo y luego pudiera volver con vida para hacer el anuncio que le pedía el Señor en la ciudad de Nínive, que tanto temía él. El signo de Jonás en este caso es su predicación con la llamada a la conversión y la respuesta que dio aquella gente a la palabra de profeta. Creyeron, se convirtieron al Señor y no cayó sobre aquella ciudad todos aquellos males el que el profeta anunciaba. Y como les dice aquí hay uno que es más que Jonás, o más que Salomón a quien vino a ver la reina del Sur entusiasmada por las noticias de la sabiduría del Rey.
¿Que tenemos que hacer nosotros ante Jesús? creer en su Palabra y dejarnos conducir por la fuerza de su Espíritu. Es la actitud humilde y de corazón abierto de María de Betania que se sentaba a los pies de Jesús para escuchar sus palabras; se confiaba a Jesús, abría su corazón a su palabra, se bebía sus palabras para descubrir lo que era la voluntad de Dios.
Y con esa misma confianza y apertura de corazón tenemos que aprender a ir también a los demás. Cuanto de bueno podemos hacer si nos amamos, si confiamos los unos en los otros, si sabemos sentirnos en comunión, si nos disponemos seriamente a trabajar codo con codo con los demás por hacer un mundo mejor.

jueves, 10 de agosto de 2017

Cuando Lorenzo presenta a los pobres como la verdadera riqueza de la Iglesia está gritándonos a los hombres de nuestro tiempo que hemos de manifestarnos auténticos en el amor y la misericordia

 Cuando Lorenzo presenta a los pobres como la verdadera riqueza de la Iglesia está gritándonos a los hombres de nuestro tiempo que hemos de manifestarnos auténticos en el amor y la misericordia

2Corintios 9,6-10; Sal 111; Juan 12,24-26
Hoy celebramos la fiesta de san Lorenzo, mártir y es una lástima que los cristianos nos quedemos muchas veces en lo superficial y menos importante de lo que es hacer memoria y celebrar a un santo. ¿Qué sabemos la mayoría de la gente de san Lorenzo? Porque contemplamos su imagen con una parrilla junto a su figura recordamos la forma de su martirio y por aquello de que estamos en verano con tiempos calurosos, nos quedamos simplemente en el hecho de su martirio quemado en una parrilla, pero poco más conocemos de él.
Lorenzo era diácono de la Iglesia de Roma, aunque el procedía de España; al diácono, servidor, le estaba encomendada la misión de administrar los bienes de la Iglesia a favor de los pobres. Había sido martirizado el Papa Sixto y ahora el emperador quería apoderarse de lo que decían que eran las riquezas de la Iglesia. Eran tiempos duros de persecución. Y el emperador le pide a Lorenzo que entregue las riquezas de la Iglesia. Y allá se presenta Lorenzo ante el emperador con los pobres de las calles de Roma, a los que atendía en sus necesidades, diciéndole que esa eran las riquezas de la Iglesia. Podemos imaginar fácilmente la reacción del emperador y de ahí el martirio de Lorenzo.
Las riquezas de la Iglesia son los pobres a los que atiende en su misericordia. No lo olvidemos. Así fue entonces, así ha sido y así tiene que ser siempre. Ahí está nuestra verdadera riqueza, nuestra gloria. El servicio a los más necesitados. Algunas veces nos cuesta entenderlo. Muchas veces caemos en el pecado de la confusión, de la apariencia y vanidad y hasta de la avaricia queriéndonos rodear de riquezas materiales. En nombre quizá de la promoción de la cultura, lo que está muy bien también, quizá en la historia hemos caído en ese pecado de rodearnos de demasiados signos de riqueza y de poder.
La lección de Lorenzo sigue siendo actual hoy y es un grito que tenemos que escuchar en lo más hondo de nosotros mismos y en lo más profundo de la Iglesia. Esos signos de poder mundano no son los que nos dan credibilidad sino el amor, la atención a las necesidades de los pobres, la caridad y la justicia para con aquellos que sufren y es donde de verdad hemos de manifestar nuestra grandeza.
Sigue costándonos despojarnos de esos oropeles mundanos que siempre han sido una tentación para todos, y también para la Iglesia. Fue la tentación de Santiago y Juan cuando pedían primeros puestos  en el reino futuro de Jesús, y era también la tentación de Pedro cuando preguntaba qué les iba a tocar a ellos que un día lo habían dejado todo por seguir a Jesús.
Será necesario que nos interroguemos con toda sinceridad qué estamos haciendo del evangelio de Jesús cuando actuamos con demasiados criterios mundanos. Porque el mundo dice, porque la gente dice, porque las leyes del mundo reclaman, olvidamos el evangelio del amor y de la misericordia.
Será a través de un amor verdadero, auténtico sin engañosas apariencias, será a través de una misericordia que exprese con todos los pecadores, sea cual sea su pecado, la ternura y el amor de Dios que sigue confiando y contando con nosotros, como verdaderamente nos haremos creíbles, porque seremos auténticos en la vivencia del evangelio. Todavía en muchas ocasiones hacemos cosas para contentar al mundo, y no terminamos de expresar lo que es el amor, la misericordia y la ternura de Dios. Y eso todavía nos cuesta entenderlo.

lunes, 3 de julio de 2017

Tenemos nuestras dudas también como Tomás y pasamos por muchas pruebas, pero tenemos que dejarnos encontrar por Jesús porque El siempre nos sale al encuentro

Tenemos nuestras dudas también como Tomás y pasamos por muchas pruebas, pero tenemos que dejarnos encontrar por Jesús porque El siempre nos sale al encuentro

Efesios 2,19-22; Sal. 116; Jn 20, 24-29
Todos tenemos dudas en nuestro interior; no siempre nos es fácil aceptar aquello que nos dicen; a veces aunque las cosas se nos presenten como dignas de toda veracidad, sin embargo dudamos en qué puede haber detrás, cual es la intención al darnos una noticia así, tememos que haya sido manipulado aquello que nos trasmiten y que intenten también manipularnos a nosotros. Dudamos y nos entran desconfianzas de todo tipo, de las personas, de lo que nos puede parecer más palpable, del subjetivismo o no de lo que se nos trasmite.
Es cierto que es difícil vivir en la eterna duda, pero también hemos de decir que las dudas nos purifican, porque nos hacen prestar más atención a las cosas, a lo que creemos, porque le quitamos la hojarasca que nos pueda impedir ver la verdad profunda, porque nos hace buscar con mayor intensidad. Y eso en el plano humano, de nuestras relaciones de unos con otros, y también si subimos a un plano espiritual. También en este aspecto muchas veces nos llenamos de dudas, a pesar de que digamos que tenemos una fe fuerte y bien fundamentada.
No queremos ser crédulos de ojos cerrados y, aunque muchas veces hemos entrado en juicio con la actitud del apóstol que hoy celebramos, de alguna manera nosotros también queremos palpar, buscar la prueba que nos lleve al convencimiento profundo. Cuando entramos en este ámbito espiritual ya sabemos que al hablar de la fe entramos en algo sobrenatural; sabemos también que la fe es un don de Dios, pero al que nosotros hemos de dar respuesta. Por algo el apóstol nos dirá que tenemos que saber dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza.
Como ya expresamos de alguna manera hoy estamos celebrando la fiesta de santo Tomás apóstol. El que le preguntara a Jesús en la cena pascual que les señalara el camino. Señal de una búsqueda aunque le costara entender las palabras de Jesús. Pero el episodio que siempre recordamos es su ausencia en el Cenáculo cuando la primera aparición de Cristo resucitado.
‘Hemos visto al Señor’, es el anuncio que alegres le hacen los demás discípulos a su vuelta. Pero aparecen sus dudas, su búsqueda de pruebas, su querer encontrar razonamientos. Ya conocemos las palabras de Tomas. ‘Si no veo la señal de los clavos… si no meto la mano en la llaga del costado’. Le costaba aceptar el testimonio de los demás apóstoles. Podían ser sueños fantasmagóricos y él quiere pruebas.
Será cuando se encuentre a los ocho días en el mismo lugar con Cristo resucitado cuando ya no necesitará las pruebas, el palpar por su mismo, cuando brotará la fe intensa de su alma.
Seguro que El quería creer. Como los demás discípulos estaba pasando también una prueba grande para su fe con la muerte de Jesús en la cruz. Todo parecía un fracaso, todo parecía un final, un tiempo perdido, unas ilusiones y esperanzas por tierra, no terminaba de comprender y aceptar las palabras de Jesús. Su fe se puso a prueba y se purificó.
Tenemos nuestras dudas también, pasamos por muchas pruebas, en ocasiones nos podemos sentir hundidos porque parece que todo se nos viene abajo. Tenemos que dejarnos encontrar por Jesús allá en lo más hondo de nosotros mismos porque el siempre nos sale al encuentro. Pongamos un poquito de confianza en la palabra de Jesús para que vivamos a Jesús, para que crezca nuestra fe.

sábado, 17 de junio de 2017

Que solo sea necesario una vida de autenticidad para hacernos verdaderamente creíbles poniendo así en juego nuestra propia honorabilidad para ganarnos el respeto de todos

Que solo sea necesario una vida de autenticidad para hacernos verdaderamente creíbles poniendo así en juego nuestra propia honorabilidad  para ganarnos el respeto de todos

2Corintios 5, 14-21; Sal 102; Mateo 5, 33-37
Hay personas que parece que para hacerse creíbles en lo que hablan no saben decir dos afirmaciones seguidas sin que por medio pongan como si fuera una muletilla ‘te lo juro’. ¿Será quizás que ellos desconfían de todo el mundo, no creen nunca lo que la gente les dice y necesitan así afirmarse en lo que hablan con un juramento? ¿Será acaso que ellos mismos no se creen creíbles porque quizá muchas veces hayan engañado a los demás con sus afirmaciones? Sea de una forma o de otra, o por la razón que sea, esa muletilla está siempre en sus labios y creo que habría que hacerse una buena consideración en esas rutinas que se nos meten en la vida.
Jurar es una afirmación muy seria en la que para, por así decirlo, ratificar nuestra veracidad nos apoyamos en la autoridad de alguien que por si mismo es creíble y vendría a ratificar aquello que nosotros decimos. ¿No seria suficiente nuestra propia veracidad, que nos hagamos creíbles por la sinceridad que siempre expresamos en nuestras palabras y en nuestra vida, y por la rectitud con que siempre nos manifestamos?
En el mundo laico y secularizado en que vivimos hoy también es normal que escuchemos en las formulas de juramentos la expresión que se jura o se promete por el propio honor. Sin embargo en el ámbito de los creyentes el juramento tiene además de hacerlo uno desde su propia honorabilidad el poner por testigo de la veracidad de lo que afirmamos o con lo que nos comprometemos al mismo Dios.
En un mundo en que se siente la presencia de Dios en la vida el juramento se hace por Dios, poniendo por testigo a Dios de lo que decimos o prometemos. Lo que para el creyente lo eleva a una mayor solemnidad y que en consecuencia tendríamos que hacerlo con una mayor seriedad y responsabilidad.
De ahí que siempre se nos ha enseñado que no solo no debemos jurar en falso, es decir con mentira o sin intención de cumplir lo que prometemos, sino que tampoco debe hacerse irresponsablemente y por frivolidad. Es una consideración que tendríamos que hacernos con toda seriedad.
Algunas veces nos comportamos de manera infantil en lo que hacemos o decimos y vivimos con excesiva superficialidad.  Por delante ha de estar siempre nuestra honorabilidad y la sinceridad, la autenticidad con que vivimos siempre nuestra vida. Si vivimos una vida autentica y sincera no necesitaremos estar apoyándonos en juramentos para corroborar la verdad que decimos. De esa manera hemos de presuponer siempre la verdad y sinceridad de los otros, siendo capaces de aceptarnos y respetarnos. Hagamos que confien en nosotros sabiendo nosotros tener confianza en los demás.
De esto nos habla Jesús hoy en el texto del evangelio. Comienza recordándonos la gravedad de un juramento en falso, para terminar diciéndonos que a nosotros nos basta decir sí o no. Es lo que hemos venido reflexionando.
En ocasiones quizá por la gravedad del asunto que se trata o en determinadas circunstancias quizá sea necesario llegar al juramento, pero que siempre sea con verdad, en justicia y en verdadera necesidad. No olvidemos que como creyentes estamos poniendo a Dios por testigo de lo bueno que hacemos o decimos.

lunes, 27 de marzo de 2017

Aunque no veamos cosas maravillosas y extraordinarias sepamos apreciar en nosotros la maravilla del amor del Señor presente siempre en nuestra vida

Aunque no veamos cosas maravillosas y extraordinarias sepamos apreciar en nosotros la maravilla del amor del Señor presente siempre en nuestra vida

Isaías 65,17-21; Salmo 29; Juan 4,43-54
La palabra dada siempre se ha considerado algo como sagrado que hay que respetar y que en toda persona honrada siempre hemos de creer. Entre nuestros mayores no hacían falta papeles escritos ni firmas de ningún tipo porque se creía en la palabra que se nos diera.
Creíamos en la persona, creíamos en su palabra; era algo de obligado cumplimiento. Tratando entre personas maduras y honradas siempre tendría que ser así, pero bien sabemos que ya no somos tan crédulos y nos entra fácilmente la desconfianza, quizás desde experiencias negativas que hayamos podido tener o contemplar en la vida. Ahora parece que siempre tenemos que exigir pruebas que nos confirmen aquello que se nos dice y nosotros dar pruebas que confirmen nuestra fiabilidad, nuestra honorabilidad. Tenemos que hacernos creíbles y hacer que siempre se puedan fiar de nosotros, pero hemos de aprender de nuevo quizás a confiar en los demás, a confiar en la palabra dada.
Son aspectos humanos en los que me gusta fijarme, cosas que pudieran parecer insignificantes pero que pueden mostrar de alguna manera también nuestra madurez humana, y que siempre queremos iluminar con la luz del evangelio. Jesús quiere que aprendamos a confiar los unos en los otros; el plan de vida que nos ofrece en que en verdad nos sintamos en fraternidad y en comunión crearía esas bases necesarias para esa confianza que mutuamente hemos de tenernos en la vida, y más cuando vamos caminando en el mismo barco, podríamos decir, vamos compartiendo la misma vida y este mundo en el que vivimos y que entre todos hemos de construirlo mas justo y mas humano.
En el evangelio vemos llegar a Jesús a Galilea. Recuerda el evangelista lo que Jesús ya había dicho que un profeta no es bien recibido en su tierra, pero sin embargo nos dice que los galileos lo reciben bien porque han oído lo que Jesús había realizado en Jerusalén en la fiesta de Pascua porque ellos también habían ido. Pero el evangelio quiere centrarse en algo más. Un funcionario de Cafarnaún se entera de que Jesús ha llegado y sube hasta Cana donde se encuentra Jesús para pedirle que baje a curar a su hijo que se estaba muriendo. Jesús accede pero le dice que vaya porque su hijo ya estaba curado. Y aquel hombre cree en la Palabra de Jesús y se puso en camino.
‘Como no veáis signos y prodigios, no creéis’, había comenzado diciendo Jesús. Pero ante la insistencia de aquel hombre, ante la fe que esta poniendo en Jesús, accede no ya a ir, sino a decirle que estaba ya curado su hijo. Pedía aquel hombre, es cierto el prodigio de que Jesús lo curara, quería que fuera a su casa, pero aquel hombre cree en Jesús, cree en su palabra. Cuando le salen al encuentro sus criados para decirle que su hijo ya esta curado nos dice el evangelista que creyó el y toda su familia.
¿Por qué creemos en Jesús? ¿Solo esperamos ver signos y prodigios para poner nuestra fe en El? ¿Nos fiamos de su Palabra? ¿Con que atención e interés la escuchamos? Aunque no veamos cosas maravillosas y extraordinarias sepamos apreciar, sentir en nosotros la maravilla del amor del Señor presente siempre en nuestra vida. Su amor que nos llena de vida, que nos sana y que nos salva, que nos hace abrirnos a Dios, pero que nos hace abrir también nuestro corazón a los demás. De tantas maneras se manifiesta el amor de Dios en nosotros, descubrámoslo también en la confianza que los demás tienen en nosotros y en el amor y confianza que nosotros pongamos también en los demás.