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domingo, 18 de diciembre de 2022

Aprendamos a tener ojos de fe y descubrir el designio de Dios para nosotros en el momento que vivimos a partir de la navidad que vamos a celebrar

 


Aprendamos a tener ojos de fe y descubrir el designio de Dios para nosotros en el momento que vivimos a partir de la navidad que vamos a celebrar

Isaías 7, 10-14; Sal 23; Romanos 1, 1-7; Mateo 1, 18-24

Muchas veces decimos que la vida es complicada porque parece que se cruzan muchas cosas que nos lo pone más difícil, que nos ofrece muchas sorpresas que algunas veces nos cambian todos nuestros planes que nos desestabilizan, nos hacen comenzar de nuevo o nos vemos llenos de fracasos porque no conseguimos lo que anhelamos en el momento que lo deseamos. Le echamos la culpa a la vida, al destino o a no sé qué cosas porque todo parece que se nos hace incomprensible.

Pero quien mira la vida con ojos de creyente tiene otra percepción distinta de cuanto nos sucede. Muchas cosas nos hacen daño quizá porque por medio pueden estar la malicia de los hombres o las ambiciones que nos ciegan y con ello a veces nos perjudicamos. Pero más allá de todo eso queremos tener otra mirada descubriendo lo que son los designios de Dios que nos va hablando, que nos va pidiendo respuesta a través de esos mismos acontecimientos. No es un destino irrevocable al que acudimos, sino que sentimos que hay como una invitación de Dios para que ocupemos nuestro lugar, sepamos reaccionar con madurez y pongamos también de nuestra parte lo que pueda hacer más comprensible ese mundo a veces tan revuelto.

Es necesario tener una fe grande, para saber escuchar a Dios en esos momentos que muchas veces se nos pueden volver duros y que pueden crear en nosotros situaciones que se nos hacen difíciles de resolver. Hay que saber tener una serenidad de espíritu, para en medio de todos esos ruidos de la vida también podamos escuchar esa voz de Dios que nos susurra cosas allá en lo secreto de nuestra conciencia y de nuestro corazón. Nos cuesta, podemos sentirnos confundidos en nuestro interior, pero sí hemos de poner confianza de nuestra parte en esa voz va a sonar clara para nuestra vida.

Hoy en el evangelio se nos presenta así un hombre de fe grande. El momento era duro para él porque podían estar brotando muchas desconfianzas en su corazón. Su vida podría verse truncada con aquello que estaba sucediendo, pero él siempre quiso obrar bien no queriendo hacer daño a nadie, aunque muchas cosas fueran incomprensibles para él. María, su prometida, su esposa que era una manera de decir por el compromiso que ya había entre ellos, estaba encinta. Algo duro y fuerte desgarraba su corazón. No sabía lo que sucedía ni lo que debía hacer, pero quiere actuar bien sin hacer daño. Cómo nos precipitamos nosotros algunas veces ante cualquier contratiempo y surge pronta la reacción violenta que genera muchos sentimientos adversos.

José supo hacer silencio en su corazón. En sueños, es una manera de hablar propia del evangelio para señalarnos las manifestaciones de Dios, un ángel le dice que no tema acoger en su casa a su mujer porque lo que de ella va a nacer es obra del Espíritu de Dios. Y se le confía una misión, la misión de padre porque ha de ser quien le ponga nombre el niño que va a nacer. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’. Y ya el evangelista recuerda - ¿lo habrá recordado también José? – lo anunciado por el profeta, tal como escuchamos hoy en la primera lectura. ‘Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros’.

Se nos presenta este hermoso evangelio en este último domingo de Adviento cuando ya tenemos cercana la Navidad. Es acercarnos al misterio que vamos a celebrar; es disponernos con fe verdadera para vivir hondamente la navidad. Que se despierte en nosotros la fe para poder contemplar y celebrar con hondo sentido el misterio de la Navidad. Ese Niño que contemplaremos nacer en Belén entre las pajas de un establo es el Hijo de Dios, es el Emmanuel, el Dios con nosotros que nos trae la salvación.

No es una costumbre bonita o una hermosa tradición, no son emociones de recuerdos y añoranzas lo que vamos a celebrar en la navidad. Ya escuchamos decir a mucha gente que la navidad es triste para ellos porque les trae muchas añoranzas, ¿estarán en verdad celebrando la navidad, el nacimiento del Dios que se hizo hombre para ser Dios con nosotros? ¿Se estarán quedando en recuerdos y añoranzas de cenas familiares de otros años con las ausencias que normalmente la vida nos va imponiendo?

Ojalá supiéramos tener la visión de José que en medio de todos aquellos contratiempos que no se acabaron con el hecho de recoger a su mujer, sino que vendría la peregrinación a Belén por el capricho de un gobernador que quería hacer un censo, la huida a Egipto porque Herodes tramaba contra la vida de aquel niño, él supo descubrir el designio de Dios.

Los momentos que vive nuestro mundo no son buenos y parece que todo tendría que ser amargura por las guerras que no se acaban, las pandemias que siguen patentes, las desigualdades que siguen existiendo en el mundo, los problemas sociales y políticos que afectan a tantas naciones, y así podría hacernos una lista poco menos que interminable, pero aun así queremos celebrar Navidad, queremos descubrir los designios de Dios, el plan de Dios que quiere la salvación de nuestro mundo y cuenta con nosotros.

¿Has pensado cuál será el plan de Dios para tu vida a partir de la celebración de esta navidad? Algo que tendríamos que pensar. Qué nos está pidiendo Dios, qué nos estará queriendo decir.

martes, 20 de diciembre de 2016

El anuncio del Ángel a María no solo fue una buena noticia para ella que la convertía en la Madre del Señor, sino evangelio de salvación para toda la humanidad

El anuncio del Ángel a María no solo fue una buena noticia para ella que la convertía en la Madre del Señor, sino evangelio de salvación para toda la humanidad

Isaías 7,10-14 / Sal 23 / Lucas 1,26-38

Evangelio para María, gran evangelio para nosotros. Una buena noticia, evangelio, traía el ángel para María, iba a ser Madre. Era una gran noticia, una buena nueva, aunque María seguro que lo intuía en su corazón. Era amada de Dios; ‘llena de gracia’, la llama el ángel, sobre ella se derrochaba el amor de Dios inundando su vida y su corazón; ‘has encontrado gracia ante Dios’, continuará diciéndole el ángel, y el Señor se había fijado en ella.
Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’. Es la Buena Nueva que recibe María, pero que al mismo tiempo es gran Buena Nueva, evangelio, para toda la humanidad. De María había de nacer el Hijo del Altísimo, el Emmanuel anunciado por los profetas. De María había de ser el que nos trajera la salvación. ‘Le pondrás por nombre Jesús porque el salvará a muchos de sus pecados’, le diría el ángel ahora a María, como más tarde se lo anunciaría también a José.
Aunque María se había sentido turbada en un principio por la sorpresa de la gran noticia que recibía, María abrió su corazón a Dios, como siempre ella sabia hacerlo. Era la que plantaba la Palabra de Dios que escuchaba en su corazón para ponerlo por obra. Merecía la alabanza de su prima – ‘dichosa tú que has creído’ – como merecería la alabanza de Jesús para cuantos escuchan la Palabra y la plantan en su corazón. Aquí esta la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra, terminaría respondiendo al ángel.
Fue evangelio para María y es evangelio para nosotros. Llega también la Buena Noticia para nosotros. Con el Si de María se abrían las puertas de la salvación para toda la humanidad. Se cumplían todas las promesas anunciadas por los profetas, se cumplía el designio de Dios desde toda la eternidad, eran colmadas todas las esperanzas de los hombres.
Como María tenemos que aprender a acoger también esa Buena Noticia, como María tenemos que abrir también nuestro corazón a Dios, como María hemos de saber hacer cuna en nuestra vida para el Emmanuel que viene a nosotros. Será la humildad de nuestro corazón pobre y también lleno de las telarañas de nuestro pecado, como era aquel establo de Belén.
Allí en la noche de la Navidad vamos a ver resplandecer la gloria del Señor, de la misma manera hemos de hacerlo resplandecer en nuestro corazón cuando llegue la navidad porque si le demos posada en nuestra vida. Hemos de cuidar que no nos distraigamos con tantas cosas que dejemos pasar de largo la presencia salvadora del Señor como le sucedió a tantos en el pueblo de Belén. Estemos atentos a las señales, atentos al Dios que llega a nuestra vida. Escuchemos hoy esa gran noticia que nos anuncia la venida del Emmanuel.

jueves, 19 de marzo de 2015

El hombre justo a quien Dios había escogido para una misión en sus planes de salvación que respondió con la obediencia de la fe

El hombre justo a quien Dios había escogido para una misión en sus planes de salvación que respondió con la obediencia de la fe

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a
Un hombre justo a quien Dios había escogido para una misión en sus planes de salvación y que aun en medio de sombras y oscuridades respondió con la obediencia de la fe. Es san José, es esposo de María, de la cual había de nacer Jesús porque El sería el Salvador de los hombres.
El evangelio es escueto a la hora de hablarnos de José, porque realmente la Buena Noticia que es el Evangelio es Jesús. Pero Dios tuvo en cuenta a José. Por obra del Espíritu Santo el Hijo de Dios se iba a encarnar en el seno de María. Pero Dios quiso que fuera dentro de un hogar, en el calor de una familia. Es el lugar que ocupa José, de manera que aunque nosotros sabemos que la concepción de Jesús fue por obra del Espíritu Santo, Jesús había de ser conocido y reconocido como el hijo del carpintero; esa fue la misión que Dios le confiaba a José, en la que quiso contar con él.
Era el hombre bueno y justo en cuyo corazón, aun atormentado por las dudas, no cabía la maldad. Porque era el hombre creyente y lleno de esperanza que se dejaba conducir por Dios. En aquellos acontecimientos que iban a ir desarrollándose en su vida, siempre buscaría descubrir lo que era el plan de Dios. Será en medio de sueños o de la forma como queramos imaginar, pero José tiene el corazón abierto a Dios y a su palabra. Y José tuvo también su anunciación como María; el ángel del Señor también se le manifestaría para trasmitirle lo que era la voluntad de Dios y llenar de luz su corazón atormentado por las sombras de la duda.
Siembra una duda en el corazón y veremos cómo se desarrollará la desconfianza y los recelos que nos separan y que nos apartan de los demás. No sucedió así en José, aunque en principio estuviera lleno de dudas, recelos y desconfianzas, no dejó de confiar en Dios y dejarse conducir por sus inspiraciones para hacer siempre lo que era la voluntad del Señor.
Es la obediencia de la fe del corazón de José. Cuando el ángel le descubre que lo que sucede en María es obra de Dios, porque es el Espíritu Santo el que ha cubierto con su sombra a María para que de ella naciera Jesús, José también dice sí, José también dice ‘hágase tu voluntad’, José también es el siervo fiel y prudente que hace lo que le pide su Señor. ‘Cuando José se despertó, hizo lo que le habla mandado el ángel del Señor’.
Cuanto tenemos que aprender de san José: El hombre justo, el hombre de fe, el hombre lleno de esperanza que no dejó que los contratiempos y adversidades le hicieran perder nunca la paz del corazon, el hombre que siempre puso su vida en las manos de Dios para así entrar en el plan de Dios en la obra de nuestra salvación. su corazón estará lleno de dudas por cuanto sucede en María que no entiende, tendrá que dejar Nazaret para venirse a Belén cuando los planes de su vida eran otros, marchará al exilio de Egipto con lo duro que eso puede significar porque hay que salvar la vida de aquel Niño que un día entregará su vida por nuestra salvación, pasará en silencio su vida siempre en la obediencia de la fe o en la humildad de estar en un segundo plano, pero porque se humilló y fue capaz de ser el último y el servidor de todos será grande y la importancia de su vida no solo fue en aquel momento de la historia de la salvación, sino que lo será para siempre como patrono y patriarca de la Iglesia de los que creen en Jesús.
Hemos también de aprender a ocupar nuestro lugar, aunque pase desapercibido, aunque sea en el silencio y el anonimato, aunque duros tengan que ser los sacrificios y negaciones de nosotros mismos que tengamos que hacer, aunque muchas veces nos veamos atormentados por cosas que no entendemos o descubramos que los planes de Dios quizá rompen el ritmo de nuestros propios planes. No olvidemos lo que luego Jesús nos enseñará de negarnos a nosotros mismos, de hacernos los últimos y los servidores de todos, de ser semilla que se entierra y se sacrifica en el seno humilde y callado de la tierra para que pueda dar fruto. Es el camino de la verdadera grandeza que Jesús nos enseña, que contemplamos realizado humilde y calladamente en san José, y que ha de ser también el camino que recorramos en nuestra vida.
San José descubrió la misión para la que Dios le había escogido y respondió con la obediencia de la fe.

viernes, 3 de enero de 2014

El  nombre de Jesús, nuestra salvación y nuestra bendición

‘A los ocho días tocaba circuncidar al Niño y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel ya antes de su concepción’. Lo escuchábamos en la Octava de la Navidad. ‘Le pusieron por nombre Jesús’. Era lo que el ángel le había dicho a María. ‘Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús’. Se lo repetirá el ángel a José: ‘No tengas reparo en recibir a María como esposa tuya, pues el hijo que espera viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará al pueblo de sus pecados’.
Es por lo que la liturgia nos invita en este día a que celebremos el santo nombre de Jesús. Lo hemos venido recordando continuamente en nuestras celebraciones y justo es que con la liturgia alabemos y bendigamos el santo Nombre de Jesús. Ya le explicaba el ángel a José su significado. ‘El salvará al pueblo de sus pecados’. Dios nos salva, el Señor es nuestro salvador viene a ser el significado de la palabra hebrea Jesús. Nos está indicando cuanto significa ese nombre para nosotros y cómo hemos de invocarlo, porque es invocar al Dios que nos salva.
Dulce nombre que está lleno de bendiciones; nos sirve, sí, para nosotros bendecir a Dios, alabarle y darle gracias por toda esa salvación, por todo ese amor que nos tiene, por tanta gracia con la que nos regala y adorna nuestra vida. Pero es que el nombre de Jesús es una bendición para nosotros.
No hay otro nombre que pueda salvarnos, como anunciaba Pedro tras la curación del paralítico de la puerta hermosa. ‘No tenemos oro ni plata, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar’. Cuando le piden explicaciones por lo que ha hecho, les anuncia a Jesús en quien está la salvación, y por cuyo nombre aquel paralítico había sido curado. ‘Dios ha suscitado a su siervo y nos lo ha enviado como bendición, les dirá, para que cada uno se convierta de sus maldades’.
Bien lo había aprendido Pedro. ‘En tu nombre echaré las redes’, le había dicho a Jesús allá en el lago cuando Jesús se lo pide, aunque él sepa que no hay pesca porque se han pasado la noche sin recoger nada. Y aquello que había sido hecho en el nombre de Jesús tuvo su efecto porque la redada de peces era tan grande que reventaban las redes y casi se hundían las barcas. ‘Lo que pidáis al Padre en mi nombre’, nos enseñará luego Jesús para que sepamos hacer con todo sentido y profundidad nuestra oración. Es por lo que la Iglesia concluye siempre sus oraciones litúrgicas invocando el nombre de Jesús: ‘por nuestro Señor Jesucristo’, que decimos.
El nombre de Jesús que es nuestra salvación y nuestra bendición. El nombre de Jesús que hemos de aprender a invocar cada vez que emprendamos una obra buena, para reconocer cuanto de bueno nos viene del Señor, pero que también hemos de invocar en los peligros y tentaciones porque así sentiremos la fuerza y la gracia del Señor que nos ayuda, que está a nuestro lado y nos fortalece con su gracia previniéndonos contra el mal. ¡Ojalá tuviéramos más presente el nombre de Jesús en nuestros labios para bendecir su nombre y para invoca su salvación en toda tentación!
"En mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien", les dice Jesús a los discípulos cuando los envía a predicar por el mundo. Y en el nombre de Jesús, como ya hemos recordado, harán caminar a los inválidos o resucitarán a los muertos. En el nombre de Jesús queremos ir nosotros también anunciando el evangelio de la salvación a todos los hombres, no temiendo los peligros ni las persecuciones porque con nosotros estará siempre el Espíritu de Jesús.

Y san Pablo en aquel hermoso himno de alabanza y bendición al Señor, probablemente un cántico de aquellas primeras comunidades cristianas, que nos trascribe en sus cartas terminará proclamando que ‘ante el nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo y toda lengua proclama Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre’

sábado, 28 de diciembre de 2013

Que la ternura sea el aire de nuestra casa como lo sería en el hogar de Nazaret

Eclo. 2, 6. 12-15; Col. 3, 12-21; Mt. 2, 13-15.19-23
Navidad no se entiende sin familia. Y ya no es solo que nuestras fiestas de navidad son fiestas entrañablemente familiares, ocasión para que las familias se encuentren, convivan, coman juntos todos los miembros de la familia, padres, hijos, hermanos, aunque para muchos en eso se queda toda la celebración de la navidad.
Decimos que Navidad no se entiende sin familia porque cuando estamos celebrando el misterio de la Navidad, de la Encarnación de Dios para hacerse hombre, quiso hacerlo en el seno de una familia, en el seno de un hogar. Escogió aquel hogar de Nazaret, aquella familia de José y María para allí nacer y hacerse presente Dios hecho hombre. Espejo en el que mirarnos y ejemplo de donde aprender también para la vivencia de nuestra realidad familiar.
Pero es que además al invocar al misterio de Dios estamos hablando también de ese misterio de comunión, como en familia podríamos comparar, de las tres divinas personas en el Misterio de la Santísima Trinidad. Por eso nuestra fe cristiana la hemos de vivir también en comunión y amor, y decimos que los que formamos la comunidad cristiana somos como una familia; a la Iglesia la llamamos también la familia de los hijos de Dios.
De ahí surge que en este primer domingo después de la celebración de la Navidad volvamos nuestros ojos hacia aquel hogar de Nazaret y celebramos en consecuencia la fiesta de la sagrada familia de Jesús, José y María. Así nos lo presenta la liturgia de la Iglesia con toda sabiduría.
Hoy el evangelio precisamente nos presenta la imagen de esa sagrada familia con problemas semejantes a los que tantas familias viven hoy día. Nos habla el evangelio de unos desplazados, no solo porque antes se han tenido que venir desde Nazaret a Belén donde nace Jesús en cumplimiento de las Escrituras, sino que ahora les veremos, como tantas emigrantes que por muchos motivos  tienen que dejar sus tierras, camino de Egipto para liberarse de una persecución con las precariedades que les acompañarán en tierra extranjera; y luego a la vuelta yendo desde Judea a Nazaret de nuevo buscando donde establecerse de forma definitiva. ¿No refleja eso lo que le sucede a tantas familias que con tantas precariedades viven su realidad que incluso muchos tienen que dejar su tierra de origen para buscar mejor vida en otros lugares? Cuántos problemas de este tipo seguramente conoceremos cercanos a nosotros.
Celebramos esta fiesta, pues, de la Sagrada Familia conscientes de la importancia de la familia como célula fundamental de nuestra sociedad, pero siendo conscientes también de las dificultades y problemas de todo tipo que afectan a esta realidad de la familia, lo que nos tendría que llevar a una honda reflexión sobre todo ello. Muchas cosas podríamos decir y reflexionar. Hoy queremos sentir el dolor de tantas familias con muchos problemas en la precariedad y pobreza con que tienen que vivir por la situación actual, pero pensamos también en tantas familias rotas, divididas, desestructuradas con la cantidad de problemas sociales que se derivan para padres e hijos y hermanos.
Ese cambio acelerado que se va produciendo en nuestra sociedad algunas veces nos hace perder valores que son importantes, fundamentales tendríamos que decir, que vividos en la familia ayudarían de verdad a sus miembros en ese crecimiento humano y espiritual del que la familia tendría que ser un hermoso caldo de cultivo.
Son cosas que nos pueden parecer enormemente sencillas, pero que nos ayudan a dar esa profundidad a la vida y que nos van a ayudar de verdad a crecer como personas. Alguien ha dicho que ‘la familia es la que vive en la ternura. La ternura es como el aire de la casa’. Efectivamente algo muy sencillo como es sentirse aceptado, querido, valorado porque sencillamente nos queremos, nos manifestamos con esa ternura del cariño.
Si así nos tratamos nos sentiremos en una mayor unión, en esa comunión, comunidad de vida y de amor que tiene que ser una familia. En esa aceptación, en esa ternura que nos hace valorarnos de verdad, creceremos más y más como personas, porque irán surgiendo todas esas posibilidades que vamos teniendo en la vida. Ese amor y esa ternura nos hacen creativos, porque nos hará ir buscando siempre lo mejor de nosotros mismos para ofrecerlo a los demás. En una familia así no habrá rutinas ni surgirán cansancios, porque el amor hará que todo lo que vayamos viviendo en todo momento tenga el sabor de lo nuevo.
Eso nos dará  fuerza para superar dificultades, para ser capaces de hacer sacrificios en bien de los demás, nos hará prevenidos contra el consumismo que tantas veces nos acecha para valorar en todo lo momento lo que de verdad necesitamos y alejarnos de lo superfluo; eso facilitará la convivencia que algunas veces se  nos puede hacer difícil, nos dará alegría y nos hará vivir la vida también son sentido del humor para alegrar la vida de los demás.
Viviendo cosas así tan sencillas, nos hará ser abiertos para los demás, para entrar en relación con los otros y para ser sensibles también a las necesidades de los demás; seremos capaces de superar la tentación de encerrarnos en nosotros mismos y hará también que nuestro hogar sea siempre como un corazón abierto para cuantos se acerquen a él; la familia que pretende encerrarse en sí misma tiene el peligro de destruirse porque está restándole unas cualidades y valores importantes para un amor verdadero, que siempre nos hará estar abiertos a los demás.
Y abiertos, sobre todo a Dios, para ponerlo en el centro de nuestro hogar, como el verdadero motor de todo eso que queremos vivir. A El le daremos gracias por todo ese don de la vida que ha sembrado en nosotros y esa capacidad para el amor, y a El le pediremos su fuerza y su gracia para que en verdad siempre caminemos por esos buenos caminos.
Todo esto lo estamos diciendo de la familia, pero son valores humanos que hemos de vivir en cualquier comunidad, valores humanos que tenemos que cultivar muy bien en todo lo que sea relación y convivencia con los que están a nuestro lado.
Es lo que con otras palabras muy concretas nos decía san Pablo en la carta a los Colosenses. Aunque escuchamos este texto de la Palabra en el ámbito de esta fiesta de la Sagrada Familia, hemos de saber que cuando Pablo le escribía todo eso que hemos escuchado a los cristianos de Colosas, estaba refiriéndose a lo que había de ser y había de vivirse en aquella comunidad. A la comunidad y a la familia, por supuesto, podemos aplicarlo porque son valores humanos muy fundamentales y necesarios en una y en otra, para ese crecimiento como persona y ese crecimiento de nuestra vida familiar.
Se nos habla de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia, de comprensión y de perdón como una vestidura de nuestra vida que hemos de ceñir con el amor y la paz. Y se nos habla de cómo ha de estar presente la Palabra de Dios siempre en nuestra vida, en el centro de nuestro hogar, sabiendo dar gracias a Dios, sabiendo invocarlo en todo momento para tenerlo presente y hacer que con toda nuestra vida demos siempre gloria al Señor.

Hoy contemplamos a la Sagrada Familia de Nazaret y la hemos contemplado también en el evangelio en esas dificultades de la vida,  semejantes a las dificultades con que cada día nosotros podemos encontrarnos. Que El Señor nos ilumine. Que el Señor nos regale su gracia. Que siempre amor en nuestros corazones, para que también en esa apertura de la que hablábamos hace un momento estemos siempre abiertos a las necesidades y problemas de los demás para que allí pongamos el bálsamo de nuestro amor y de nuestra solidaridad. 

domingo, 22 de diciembre de 2013

Vayamos con alegría y esperanza al encuentro de Jesús nuestro Salvador

Is. 7,10.14; Sal. 23; Rom. 1, 1-7; Mt. 1, 18-24
Cuando se atisba ya en el horizonte el resplandor de un nuevo amanecer en la cercanía de la Navidad aparecen en el evangelio las figuras de José y de María que nos ayudan a caminar al encuentro de esa luz, de esa paz y de esa alegría en el nacimiento del Señor.
Somos conscientes de que muchos resplandores superficiales pueden encandilarnos y confundirnos y también las oscuridades de la vida y de los problemas pueden hacer que nos parezca más negro nuestro futuro que algunas veces se nos presenta tan incierto por los problemas y las crisis que nos envuelven en la vida de cada día; pero tenemos cierta una esperanza con la que queremos caminar, una fe grande que queremos proclamar y un nuevo sentido de vida que desde Jesús sabemos que podemos dar a cuanto nos sucede.
Nada nos puede hacer perder la alegría de esa esperanza, nada nos tiene que perturbar para quitarnos la paz cuando ponemos toda nuestra confianza en el Señor. Es por ahí por  donde hemos de caminar hacia la navidad para no quedarnos en superficialidades que son el canto de un día pero que no nos dan verdadera profundidad y sentido a nuestra vida. Con Jesús podemos alcanzar una paz permanente y una alegría profunda porque en El queremos poner toda nuestra esperanza y nuestra confianza. Cuando nos disponemos a celebrar la Navidad es que queremos proclamar con toda nuestra vida que Jesús en verdad es nuestra Salvación. Esa confesión de fe tiene que estar llena de profundidad para no quedarnos en cosas externas y superficiales que no son la verdadera navidad.
Fijémonos en lo que vemos en la Palabra de Dios hoy. Hay un contraste fuerte entre la figura de Acaz que nos aparece en la primera lectura y José en el Evangelio. Históricamente el momento que nos refleja la primera lectura era un momento difícil para el pueblo de Israel y el Señor por el profeta quiere anunciar al rey cómo puede obtener la paz; pero Acaz, aunque es un hombre religioso, ha puesto su confianza no en Dios sino en las alianzas que pueda hacer entre los hombres con sus ejércitos e intereses políticos. El profeta le ofrece una señal que Acaz no termina de aceptar, pero allí queda la señal que luego para nosotros va a tener un profundo sentido mesiánico: ‘Una virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá  por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros’.
Por su parte José pasa también por un momento de crisis y de dudas. ‘María estaba desposada con José  y antes de vivir juntos resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo’. A José le cuesta entender, pero hemos de reconocer que, además de ser un hombre de una fe grande que pone toda su confianza en Dios, era un hombre totalmente enamorado; está  por medio el amor y no quiere hacer daño, por eso no quiere dar publicidad sino que quede todo en el secreto; quiere quedarse en segundo plano, pero Dios tiene otros planes para él.
Sabe José hacer silencio en su corazón para escuchar a Dios. Cómo tenemos que aprender a hacerlo porque algunas veces nos vemos aturdidos o por los problemas que nos van apareciendo en la vida con toda su gravedad y otras veces son ruidos superficiales los que nos ensordecen y no nos permiten percibir la voz de Dios. Cuántas cosas que nos pueden distraer. Es una imagen de ese silencio interior lo que se nos dice que en sueños se le apareció el ángel del Señor. No es una ilusión ensoñadora, sino un silencio del corazón que se abre a Dios.
‘No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por  nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de los pecados’, le dice el ángel. Allí se le está revelando el misterio de Dios. El hijo que María lleva en sus entrañas es el Emmanuel, Dios con nosotros, como ya había anunciado el profeta y habíamos escuchado nosotros en la primera lectura de Isaías; se llamará Jesús porque es nuestra luz y nuestra Salvación. Y José dijo sí - ‘hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer’ - y entró en el plan de Dios. Entendió su misión, la misión que Dios le confiaba realizando su oficio de padre; el poner el nombre eso quiere expresar. 
Cuánto nos enseña para nuestra vida de cada día. Nos vemos envueltos en dudas y problemas que muchas veces nos afectan profundamente. Cada uno tenemos nuestros problemas y en cada corazón van surgiendo muchas veces muchos interrogantes ante situaciones que no vemos claras. Cuantos sufrimientos vemos también a nuestro alrededor en personas que vemos caminar agobiados por los problemas y parece que no tienen esperanza. Cuantos también se encierran en sí mismos porque quizá las situaciones por las que pasan les hacen verlo todo negro.
A algunas personas no les gusta oír hablar, por ejemplo, de Navidad, quizá agobiados por esos problemas o quizá porque se han creado una falsa ilusión e imagen de lo que es la navidad y cuando pasan por estrecheces o quizá se ven solos porque les faltan sus familiares más allegados con quienes en otra ocasión celebraron la navidad, ahora nos dicen que la navidad se acabó para ellos y no hay quien los saque de sus negruras y desesperanzas. ¿No pudiera suceder mucho de todo esto porque quizá hemos perdido la fe en lo que es la verdadera navidad? ¿No será  que quizá queremos hacer una navidad sin Jesús, por muchos belenes que hagamos y muchas figuritas que tengamos del niño Jesús?
Tenemos que descubrir su verdadero sentido para que podamos celebrar la navidad de forma auténtica. Y el verdadero sentido está en lo que le dice el ángel a José. Ese niño que va a nacer, ¿quién es? ‘Le pondrás  por nombre Jesús’, le decía el ángel a José, ‘porque el salvará a su pueblo de sus pecados’. Ese niño cuyo nacimiento vamos a celebrar es Jesús que es nuestro Salvador; es Jesús que es el Emmanuel, que es Dios con nosotros; es Jesús, el Hijo del Altísimo, el Hijo de Dios, que nos viene a manifestar, y de qué manera, el amor infinito de Dios por el hombre al que le ofrece su salvación.
Ahí en medio de esos problemas u oscuridades en que podamos vivir, envueltos en ese mal que atenaza nuestro mundo, nosotros vamos a celebrar que Jesús es nuestro Salvador, es la auténtica Luz que nos ilumina y da sentido a toda nuestra vida y a nuestro mundo. Tenemos que estar convencidos de esto para que podamos hacer una auténtica y verdadera navidad. Es el anuncio que nosotros, los creyentes, también tenemos que hacer a nuestro mundo, porque el mundo, todos los hombres necesitamos esa luz y esa salvación. ¿Será eso lo que en verdad celebramos y vivimos en la forma como solemos hacer navidad? ¿Esperamos y deseamos la salvación que Jesús viene a ofrecernos?
Tenemos que aprender de José y de María a quienes hoy contemplamos en el Evangelio; cómo se abrieron a Dios, hicieron silencio en su corazón para poder escuchar la voz de Dios. Necesitamos en medio de toda la barahúnda de ruidos que nos aturden estos días en que el mundo nos anuncia a su manera la navidad - cuánto consumismo, cuanta superficialidad en tantas cosas - detenernos un poco para escuchar a Dios, para prepararnos de verdad para recibir a Jesús como la verdadera esperanza de salvación para nosotros y para nuestro mundo.
Dejémonos iluminar por la Palabra del Señor. Lo necesitamos y lo necesita nuestro mundo. Es también el testimonio que nosotros los creyentes hemos de dar al mundo, el anuncio que tenemos que hacer. Vivamos esa cercanía de Dios que viene a nosotros en esa situación concreta, con nuestras oscuridades y problemas, con nuestros sufrimientos y nuestros deseos de un mundo mejor, y acojamos la salvación que el Señor nos ofrece. Preparémonos para una auténtica navidad.

miércoles, 1 de mayo de 2013


El trabajo que nos ennoblece y nos hace creadores para la gloria de Dios

Col. 3, 14-15.17.23-24; Sal. 89; Mt. 13, 54-58
‘¿De dónde saca toda esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero?... ¿de dónde saca todo eso?’ Así se preguntaban sus convecinos de Nazaret cuando escuchaban a Jesús en sus enseñanzas y contemplaban los milagros que hacía.
El hijo del carpintero, así conocían a Jesús. Así mencionaban a José a quien hoy una vez más estamos celebrando, el carpintero de Nazaret, el esposo de María de la cual nació Jesús, llamado el Cristo, como dice el principio del evangelio de Mateo en la genealogía.
La liturgia nos ofrece este texto con esta mención en esta celebración que hacemos en el primero de Mayo en honor de san José, contemplándolo desde ese aspecto de hombre trabajador. La festividad litúrgica principal de san José es el 19 de Marzo, pero en este día para ayudarnos a darle un sentido cristiano a la fiesta del trabajo que en el ámbito civil se celebra el Papa Pío XII instituyó esta fiesta en honor de san José, llamándola la fiesta de san José obrero.
‘Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla’, es el mandato de Dios al hombre en la creación. El hombre dotado de inteligencia y voluntad, con todas las capacidades que tiene en su naturaleza humana, se desarrolla a través del trabajo que viene a ser camino de plenitud para el hombre. En el uso de su inteligencia, en la capacidad creadora de su ser, desarrollando sus cualidades, sus potencialidades, sus valores el hombre se desarrolla así mismo. El trabajo hace al hombre creador en el desarrollo de si mismo y para bien de la humanidad y de la creación.
El trabajo no es un castigo para el hombre ni una maldición. Las consecuencias del pecado sí endurecerán el trabajo del hombre porque lo llenamos al mismo tiempo de ambiciones y orgullos, de egoísmos y maldades que nos hacen insolidarios y que nos enfrentan unos a otros en ese camino de la vida convirtiéndonos en dominadores los unos de los otros. Pero eso son las consecuencias del pecado, no del trabajo en si.
Si lo que buscáramos fuera ese desarrollo de todas esas potencialidades que hay en nosotros y no pensando solo en nosotros mismos sino en el bien de esa humanidad a la que pertenecemos, encontraríamos la verdadera riqueza de nuestro trabajo, que no es solo ni principalmente un lucro económico. Es en lo que tendríamos que reflexionar para llegar a descubrir su verdadero valor y la verdadera riqueza que nos va a ayudar a ser grandes de verdad. Lejos de materializarnos y embrutecernos en el trabajo nos haríamos creadores y llenos de nobles valores.
Hoy contemplamos a San José, el carpintero de Nazaret, hombre justo y trabajador que además fue forjador en lo humano de Jesús, que si era verdadero Dios era también verdadero hombre. ¿Cómo sería el trabajo en aquel hogar de Nazaret? Y pensamos en el trabajo de José, pero pensamos en el trabajo de toda la familia, de María y de Jesús que también trabajó con sus manos en el mismo taller de José.
Hoy nos ha dicho algo hermoso la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses. ‘Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de gracias a Dios Padre por medio de él’. Todo para la gloria del Señor como tantas veces decimos. Sí, nuestro trabajo, nuestro actuar, ese desarrollo y ese crecimiento de la persona en sus valores y cualidades creadoras, sea siempre para la gloria de Dios.
Que cada tarea que vayamos realizando en nuestra vida seamos capaces de hacerla siempre en el nombre del Señor como cuando Pedro echó las redes para la pesca, y así estaremos siempre dando gloria a Dios.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Los ojos sensibles de José para descubrir el misterio de Dios


Jer. 23, 5-8;

Sal. 71;

Mt. 1, 18-24

Los contratiempos que vamos teniendo en la vida por los problemas que tenemos o nos afectan, los momentos duros o difíciles por los que podamos pasar en una enfermedad, por ejemplo, las dificultades por un motivo u otro que nos vamos encontrando en el camino de la vida, algunas veces pueden llenarnos de callos el corazón o cegar los ojos de la vida para endurecernos o no ver salidas a lo que nos sucede.

Es ahí, quizá, donde se tiene que manifestar la madurez de nuestra vida y también la fortaleza de nuestra fe para saber afrontar todo eso que nos sucede y ser capaces de ver más allá de lo que aparentemente parece que está primero. No es fácil a veces. Creo que hace falta una sensibilidad espiritual especial en la que debiéramos irnos entrenando en la vida, preparándonos, para cuando nos sucedan esas cosas.

¿Por qué y para qué hago esta introducción? Creo que por ahí va la lección que nos da san José en lo que hemos escuchado en el evangelio. No fueron momentos fáciles para él. Como nos dice el evangelio ‘la madre de Jesús estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo…’ Esto es lo que estaba contemplando José que le sucedía.

¿Cuál fue su reacción, su manera de actuar? Ya lo hemos escuchado en el evangelio. ‘Era bueno y no quería denunciarla…’ No se cegó, no endureció el corazón. Nos manifiesta una entereza y una madurez grande en la bondad de su vida y como veremos en su fe.

Dios no lo deja solo. Se le manifiesta en sueños por un ángel del Señor que le habla y le descubre todo el misterio de Dios que estaba sucediendo y con el que venía la salvación para todos. ‘El salvará a su pueblo de los pecados’, le dice el ángel refiriéndose a aquella criatura que llevaba María en su seno y a quien había de llamar Jesús.

Cualquiera podría pensar que sólo era un sueño o una ilusión. Pero para José no fue un sueño más, sino que El supo escuchar la voz de Dios. Era la sensibilidad para la fe que había en el corazón de José. Eran los ojos sensibles que tenía para ver las cosas de Dios; unos ojos sensibles para descubrir el misterio de Dios.

Necesitamos nosotros esa sensibilidad espiritual, esos ojos de fe, ese espíritu sensible y abierto a las cosas grandes. No son sólo los contratiempos que padecemos en la vida, en nuestras debilidades o sufrimientos, sino que es también este mundo materialista que nos rodea lo que nos puede cegar, hacer perder la sensibilidad, endurecer el corazón. Es a lo que hemos de estar atentos. Como decía antes, hemos de saber entrenarnos para estar preparados, hemos de cultivar esa finura espiritual que nos haga mirar con ojos distintos la vida, lo que nos sucede, que nos haga mirar con ojos de fe para descubrir lo bueno, para sentir ese amor de Dios en nosotros que se manifiesta de tantas maneras.

Que no nos falte esa finura espiritual en toda nuestra vida, pero que ahora en estos días que vamos a vivir la resaltemos de manera especial, para que no nos dejemos arrastrar por tantas cosas que no son tan importantes, para que no vivamos con superficialidad la celebración del nacimiento del Señor. Que nos llenemos del Espiritu de Dios para comprender y vivir profundamente todo el misterio que celebramos. Que así nos veamos iluminados por la Luz de Jesús y nos veamos liberados de tantas cosas que nos esclavizan con el mal y el pecado. Que brille en nosotros esa bondad y esa hondura de corazón que contemplamos hoy en José.