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martes, 1 de agosto de 2023

Siempre hay un momento para comenzar de nuevo, seamos capaces de ofrecer siempre el regalo de la comprensión que la paciencia de Dios es infinita como lo es su misericordia

 


Siempre hay un momento para comenzar de nuevo, seamos capaces de ofrecer siempre el regalo de la comprensión que la paciencia de Dios es infinita como lo es su misericordia

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43

Un gran dilema que se nos presenta, queremos ser buena semilla, queremos lo bueno y queremos trabajar por lo bueno, pero continuamente nos aparecen las sombras del mal por todas partes de manera que parece que se ahoga el bien que queremos hacer, se ahogan las plantas de buena semilla que queremos plantar.

Yo diría que sentimos rebeldía interior. ¿Por qué nos preguntamos? Y, reconozcámoslo, sentimos muchas tentaciones en nuestro interior; lo que sucede es que si nos dejamos arrastrar por esas tentaciones somos nosotros los que nos convertimos en mala semilla, en cizaña dañina. Cuantas veces en esa rebeldía tenemos el peligro de llenarnos de violencias y de odios, querríamos quitar de en medio a todos aquellos que vemos que son injustos y hacen el mal, o al menos eso es lo que nos parece que hacen porque no nos gusta.

Claro que tenemos que andar con cuidado con nuestras apreciaciones y juicios, porque el hecho de que no nos guste una cosa, o se haga de diferente manera a como nosotros la hagamos no significa que esté llena de perversidad, de maldad; la maldad podría estar entonces en nuestro corazón, en nuestros juicios y prejuicios y en nuestras condenas, en esa violencia que surge en nuestro interior, en esos sentimientos de animadversión que van apareciendo en nuestro interior.

La parábola que hoy Jesús mismo nos comenta en el evangelio ante la pregunta de los discípulos, nos hablaba de la buena semilla plantada en aquel campo, pero en la noche el enemigo vino y plantó cizaña en medio. Al ir brotando aquella nueva cosecha aparecen la cizaña en medio del trigo, con el peligro que se malogre la cosecha. Con buena voluntad, como nosotros tantas veces cuando queremos arrancar de la vida a los que hacen el mal, los jornaleros de aquel buen hombre le piden permiso para ir a arrancar aquella semilla mala que se ha plantado en el campo. Pero el dueño de la mies no lo permite, quiere dejar que crezcan juntas, que solo será a la hora de la cosecha cuando se haga la separación de los frutos. Podrían arrancar lo bueno también con lo malo, porque es difícil distinguir.

Ya hemos escuchado la explicación de la parábola que nos hace Jesús. La parábola es un ejemplo, que no es la realidad misma de lo que son las personas. Y aquí está el designio de Dios, su misericordia. La planta no podrá cambiar pero la persona si puede cambiar. Es la esperanza de Dios, sí, Dios está esperando siempre ese cambio de nuestro corazón, Dios nos está dando siempre una nueva oportunidad; lo que predomina en el corazón de Dios es el amor y es la misericordia. Esperó al hijo que se había marchado de casa y no lo condenó porque había gastado de mala manera toda su fortuna, pero salió a buscar al otro hermano que había llenado de envidia y rencor su corazón y no quería entrar al banquete que el padre había preparado por la vuelta del hijo perdido.

Siempre puede llegar a nuestra vida ese momento de reflexión, ese momento de dar la vuelta para comenzar una vida nueva. Quizás somos inconstantes en nuestros propósitos y caemos una y mil veces, pero una y mil veces tenemos la oportunidad de levantarnos. Todos somos pecadores, pero todos estamos llamados a ser santos; si con nuestro primer pecado hubiéramos recibido el castigo divino, ¿qué sería de nosotros? La paciencia de Dios no se acaba porque su misericordia es eterna.

¿Por qué nosotros tenemos que ser tan intransigentes con el pecado o el error de los demás si nosotros estamos siempre esperando que nos den una nueva oportunidad?  Nuevas actitudes tenemos que comenzar a tener con los demás llenando de comprensión y misericordia nuestro corazón.

domingo, 18 de diciembre de 2022

Aprendamos a tener ojos de fe y descubrir el designio de Dios para nosotros en el momento que vivimos a partir de la navidad que vamos a celebrar

 


Aprendamos a tener ojos de fe y descubrir el designio de Dios para nosotros en el momento que vivimos a partir de la navidad que vamos a celebrar

Isaías 7, 10-14; Sal 23; Romanos 1, 1-7; Mateo 1, 18-24

Muchas veces decimos que la vida es complicada porque parece que se cruzan muchas cosas que nos lo pone más difícil, que nos ofrece muchas sorpresas que algunas veces nos cambian todos nuestros planes que nos desestabilizan, nos hacen comenzar de nuevo o nos vemos llenos de fracasos porque no conseguimos lo que anhelamos en el momento que lo deseamos. Le echamos la culpa a la vida, al destino o a no sé qué cosas porque todo parece que se nos hace incomprensible.

Pero quien mira la vida con ojos de creyente tiene otra percepción distinta de cuanto nos sucede. Muchas cosas nos hacen daño quizá porque por medio pueden estar la malicia de los hombres o las ambiciones que nos ciegan y con ello a veces nos perjudicamos. Pero más allá de todo eso queremos tener otra mirada descubriendo lo que son los designios de Dios que nos va hablando, que nos va pidiendo respuesta a través de esos mismos acontecimientos. No es un destino irrevocable al que acudimos, sino que sentimos que hay como una invitación de Dios para que ocupemos nuestro lugar, sepamos reaccionar con madurez y pongamos también de nuestra parte lo que pueda hacer más comprensible ese mundo a veces tan revuelto.

Es necesario tener una fe grande, para saber escuchar a Dios en esos momentos que muchas veces se nos pueden volver duros y que pueden crear en nosotros situaciones que se nos hacen difíciles de resolver. Hay que saber tener una serenidad de espíritu, para en medio de todos esos ruidos de la vida también podamos escuchar esa voz de Dios que nos susurra cosas allá en lo secreto de nuestra conciencia y de nuestro corazón. Nos cuesta, podemos sentirnos confundidos en nuestro interior, pero sí hemos de poner confianza de nuestra parte en esa voz va a sonar clara para nuestra vida.

Hoy en el evangelio se nos presenta así un hombre de fe grande. El momento era duro para él porque podían estar brotando muchas desconfianzas en su corazón. Su vida podría verse truncada con aquello que estaba sucediendo, pero él siempre quiso obrar bien no queriendo hacer daño a nadie, aunque muchas cosas fueran incomprensibles para él. María, su prometida, su esposa que era una manera de decir por el compromiso que ya había entre ellos, estaba encinta. Algo duro y fuerte desgarraba su corazón. No sabía lo que sucedía ni lo que debía hacer, pero quiere actuar bien sin hacer daño. Cómo nos precipitamos nosotros algunas veces ante cualquier contratiempo y surge pronta la reacción violenta que genera muchos sentimientos adversos.

José supo hacer silencio en su corazón. En sueños, es una manera de hablar propia del evangelio para señalarnos las manifestaciones de Dios, un ángel le dice que no tema acoger en su casa a su mujer porque lo que de ella va a nacer es obra del Espíritu de Dios. Y se le confía una misión, la misión de padre porque ha de ser quien le ponga nombre el niño que va a nacer. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’. Y ya el evangelista recuerda - ¿lo habrá recordado también José? – lo anunciado por el profeta, tal como escuchamos hoy en la primera lectura. ‘Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros’.

Se nos presenta este hermoso evangelio en este último domingo de Adviento cuando ya tenemos cercana la Navidad. Es acercarnos al misterio que vamos a celebrar; es disponernos con fe verdadera para vivir hondamente la navidad. Que se despierte en nosotros la fe para poder contemplar y celebrar con hondo sentido el misterio de la Navidad. Ese Niño que contemplaremos nacer en Belén entre las pajas de un establo es el Hijo de Dios, es el Emmanuel, el Dios con nosotros que nos trae la salvación.

No es una costumbre bonita o una hermosa tradición, no son emociones de recuerdos y añoranzas lo que vamos a celebrar en la navidad. Ya escuchamos decir a mucha gente que la navidad es triste para ellos porque les trae muchas añoranzas, ¿estarán en verdad celebrando la navidad, el nacimiento del Dios que se hizo hombre para ser Dios con nosotros? ¿Se estarán quedando en recuerdos y añoranzas de cenas familiares de otros años con las ausencias que normalmente la vida nos va imponiendo?

Ojalá supiéramos tener la visión de José que en medio de todos aquellos contratiempos que no se acabaron con el hecho de recoger a su mujer, sino que vendría la peregrinación a Belén por el capricho de un gobernador que quería hacer un censo, la huida a Egipto porque Herodes tramaba contra la vida de aquel niño, él supo descubrir el designio de Dios.

Los momentos que vive nuestro mundo no son buenos y parece que todo tendría que ser amargura por las guerras que no se acaban, las pandemias que siguen patentes, las desigualdades que siguen existiendo en el mundo, los problemas sociales y políticos que afectan a tantas naciones, y así podría hacernos una lista poco menos que interminable, pero aun así queremos celebrar Navidad, queremos descubrir los designios de Dios, el plan de Dios que quiere la salvación de nuestro mundo y cuenta con nosotros.

¿Has pensado cuál será el plan de Dios para tu vida a partir de la celebración de esta navidad? Algo que tendríamos que pensar. Qué nos está pidiendo Dios, qué nos estará queriendo decir.

jueves, 23 de junio de 2022

Juan Bautista hoy nos ayuda a encontrar ese silencio y ese desierto para aprender a rumiar los designios de Dios y la misión que nos quiere confiar hoy en medio de nuestro mundo

 


Juan Bautista hoy nos ayuda a encontrar ese silencio y ese desierto para aprender a rumiar los designios de Dios y la misión que nos quiere confiar hoy en medio de nuestro mundo

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

Siempre podemos encontrarnos con personas en la vida a las que realmente tendríamos que llamar personajes porque por su manera de ser y de actuar, por el compromiso con que viven su vida se convierten en algo así como un punto de referencia para la sociedad. Siempre los recordamos, contamos sus hazañas y de alguna manera los convertimos en iconos de nuestros pueblos o de los lugares donde hayan desarrollado su tarea.

Tenían siempre una palabra certera, sus palabras aunque en momentos parecieran duras sin embargo sembraban inquietud en los corazones, por su manera de ser despertaban esperanzas y de alguna manera en la historia de ese pueblo los años de su existencia se convierten en eje de su propia historia con un antes y con un después. Siempre se recordarán aunque quizá para algunos su presencia resultara incómoda por lo que suscitaba y despertaba en el corazón, cosas que no siempre estaríamos dispuestos a aceptar. Si fuéramos capaces de emplear un lenguaje medianamente religioso diríamos que fueron como profetas en medio de nuestros pueblos.

Hoy sí, recordamos y celebramos, a uno de esos grandes personajes de la historia, porque aun al paso no solo de los años sino de los siglos lo seguimos recordando y celebrando. Nos referimos a Juan Bautista, que este año estamos celebrando un día adelantado, por la coincidencia de otra fiesta litúrgica de gran relevancia en la vida de la Iglesia que es la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús que celebraremos el viernes y por lo que se hace este adelanto de la fiesta de san Juan Bautista.

Ya se preguntaban las gentes de su entorno, allá en las montañas de Judea, por cuanto sucedió en torno a su nacimiento ‘¿Qué va a ser de este niño?’ Porque como nos dirá el evangelista al írnoslo presentando ‘la mano de Dios estaba con él’. Al celebrar su nacimiento estamos recordando todas aquellas circunstancias que lo rodearon, pues sus padres eran mayores y no tenían descendencia, el ángel del Señor que se le manifiesta a Zacarías en el templo a la hora de la presentación del incienso, el haberse quedado mucho hasta el nacimiento del niño por su resistencia a terminar de creer en las palabras del ángel, y ahora el mismo nombre que se le va a imponer, que no entraba en la propia tradición familiar.

Era un elegido del Señor; un elegido del Señor con una misión muy concreta, preparar los caminos del Señor. El venía como el profeta que iba a reunir a las tribus dispersas de Israel, como habían anunciado también los profetas, y se iba a convertir en profeta del Altísimo preparando los caminos del Señor. Un elegido del Señor por cuantas manifestaciones de que la mano del Señor estaba con él, pero que supo asumir su papel y por eso marcha al desierto viviendo en la austeridad más total, para abrir su corazón a Dios y a la misión que le iba a encomendar.


Las horas y los tiempos de desierto son tiempos para rumiar la presencia de Dios, para rumiar y terminar de descubrir lo que es la voluntad de Dios. Algunas veces nos parece como anecdótica esa manera de presentarse con tal austeridad, vestido con una piel de camello, alimentándose de saltamontes y miel silvestre como nos lo describen los evangelistas – ya algunos lo apuntarían para esas modas ecologistas que algunos pretenden vivir o hacer vivir – pero todo ello era un signo de algo profundo que se iba realizando en su corazón en su apertura a Dios y a descifrar la misión que Dios le encomendaba. Si llegaba a tener esa certeza y contundencia en sus palabras, aunque a algunos les parecieran duras, significaban sin embargo una profundidad de vida en el Espíritu para poder anunciar esa Palabra de Dios.

Hoy escuchamos el mensaje del Bautista cuando también en nuestro corazón queremos preparar los caminos del Señor y de manera especial litúrgicamente cuando nos acercamos en el Adviento a la Navidad, al Nacimiento del Señor. Pero la figura del Bautista que hoy también contemplamos sigue siendo en todo tiempo un revulsivo a nuestras conciencias, pero también una lección de esos pasos tan necesarios que tenemos que saber dar en la vida, para encontrar ese silencio, para encontrar ese desierto donde aprendamos a rumiar los designios de Dios para nuestra vida y la misión que el Señor también a nosotros nos quiere confiar hoy en medio de nuestro mundo.

Ojalá lleguemos a sentir también que la mano del Señor está con nosotros; ojalá seamos capaces de dejar que el Espíritu del Señor nos dé un revolcón en nuestra vida, como significó la presencia de María que llevaba ya a Dios en su seno cuando la visita a la montaña de Judá y ya el niño saltaba también de alegría en el seno de su madre Isabel, como ella reconoce. Silencios y austeridades penitenciales, pero revolcones a lo divino serán los que en verdad nos motivaran y harán que seamos capaces también hoy como profetas de ayudar a nuestra generación a preparar en verdad los caminos del Señor.

sábado, 18 de diciembre de 2021

En medio de las zozobras y de los momentos de prueba se ha de manifestar la madurez de nuestra fe para ser capaces de dar el paso adelante que nos pide el Señor como lo hizo José

 


En medio de las zozobras y de los momentos de prueba se ha de manifestar la madurez de nuestra fe para ser capaces de dar el paso adelante que nos pide el Señor como lo hizo José

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24

Hay situaciones que se nos presentan en la vida que son verdaderas pruebas para nosotros. Una situación inesperada, un cambio de rumbo que hay que tomar dejando muchas cosas queridas a un lado, una estabilidad en la vida a la que nos habíamos acostumbrado pero que de la noche a la mañana todo cambia y nos sentimos totalmente inseguros, algo que parece romper nuestra relación con las personas que amamos por algún acontecimiento o por algo que sucede y que no tiene humana explicación.

Cuando nos vemos en una situación así lo pasamos mal y nos parece que todo el mundo se derrumba bajos nuestros pies. Es difícil enfrentarnos a la situación, es difícil mantener la serenidad y del equilibrio, la equidad del espíritu, es difícil lo que nos parece que es comenzar una vida nueva y de cero.

Pero ahí es donde se manifiesta nuestra madurez, nuestra fortaleza, el sentirnos bien afirmados en unos principios, en no perder la paz del corazón. No sentirnos resquebrajados y seguimos adelante; somos capaces de tener ecuanimidad y con serenidad de espíritu descubrir lo bueno que se nos puede deparar para nosotros incluso de esa situación amarga; como creyentes el saber descubrir lo que es la voluntad de Dios para mi vida y el paso adelante que Dios quizás nos está pidiendo. Y muchas veces, aunque no nos guste o las tratemos de disimular, tenemos que enfrentarnos a situaciones semejantes.

Hoy en el evangelio y en el entorno de Cristo vemos una situación así. Duro tuvo que ser el momento para José; María, su prometida, la que legalmente de alguna manera se podía considerar su esposa, estaba encinta sin haber convivido con él. Amaba a María, era su mujer, no podía entender lo que sucedía, María quizás tampoco se manifestaba porque María sí había comprendido el misterio de Dios que en ella se realizaba, pero era difícil hacerlo entender a otras personas. José, sin querer dañar a nadie, tenía más o menos la decisión tomada; pero aquí aparece el ángel del Señor.

José era bueno y un hombre abierto a Dios; lo que podemos llamar un auténtico creyente; nos da señales de ello. Y siente la voz de Dios en su corazón. ¿En sueños? ¿Un ángel? Dios tiene muchas formas misteriosas de manifestarse, lo que el hombre tiene que estar atento a la voz de Dios para ser capaz de escucharla, aunque muchas sean las tormentas que lleva en su corazón. Es lo que sucedió en José. Y supo escuchar la voz de Dios y a él también se le reveló el misterio; y él supo aceptar de forma madura ese designio de Dios. Y José se llevó a Maria su mujer a su casa.

¿Seremos capaces en medio de nuestras zozobras de escuchar la voz de Dios en nuestro corazón? Hemos de estar entrenados para ello; tenemos que saber ir abriendo nuestro corazón a Dios cada día hasta en las cosas más pequeñas; podrán venir tormentas fuertes pero estaremos bien anclados en Dios y sabremos tomar la decisión, dar el paso adelante y seguir el camino que se abre ante nosotros. Como lo hizo José, como lo hizo María, como tenemos que hacerlo nosotros cada día.

jueves, 16 de diciembre de 2021

En este camino de adviento que estamos realizando escuchemos al Bautista y dejémonos purificar por la gracia de la Palabra de Dios que nos salva

 


En este camino de adviento que estamos realizando escuchemos al Bautista y dejémonos purificar por la gracia de la Palabra de Dios que nos salva

Isaías 54,1-10; Sal 29; Lucas 7,24-30

‘Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti...’ Es lo que había anunciado el profeta. Una referencia clara a Juan Bautista. No era otra su misión, pero ¡qué excelsa misión! El que preparaba el camino, el que caminaba delante señalando el camino, por eso lo llamamos el Precursor.

No todos comprendieron el mensaje de Juan. Muchas veces los mensajes de los profetas pueden parecer enigmáticos para el resto de los mortales. No es como poner un calco para que todo salga igual, pero sí vemos en la misión, las palabras y la presencia del profeta algo que nos dice, que nos llama la atención, que nos obliga a aterrizar en la vida para de una forma concreta ver hecho realidad lo que antes está anunciado en profecía.

Es lo que vemos en Juan. Cuando aquella embajada había venido en nombre Juan preguntando si era El o habían de esperar a otro, los enviados se convirtieron en testigos, lo que parecían los enigmas comienza a ser descifrado, todo se convierte en una palabra profética que nos invita a nuestras actitudes, a nuevos actos de servicio, a nuevo estilo de vida. Y con palabras y con hechos tenemos que encontrar la respuesta.

Ya la figura de Juan en si misma es todo un gesto profético. Su andar por los desiertos, su estilo de vida, su austeridad y su pobreza, sus vestiduras y aquello silvestre de lo que se alimentaba. Todo va indicando que nos encontramos con alguien superior, no es como el resto de los mortales aunque él sea también un simple mortal.

Todos sus gestos, todas sus palabras, todos los signos que emplea nos están hablando. No viste a la manera de los que andan en los palacios, su vestidura hecha de piel de camello, y la frugalidad de su comida, saltamontes o miel silvestre, estarán poniendo en un interrogante la vida de los que lo contemplen. No hay modo de que nos comparemos con El. Es pequeño, pero es grande, sus palabras y enseñanzas parecen sencillas pero tienen una profundidad y unas exigencias grandes. Son un fiel espejo en el que tenemos que mirarnos, nuestras ropas de marca, nuestro estilo cómodo de vida, la exquisitez que buscamos en nuestros alimentos pueden estar hablándonos de nuestras superficialidades.

Por eso su palabra exige un cambio en nosotros, nos habla de conversión. Y nos hablará de fuego que purifica, como de hacha que está dispuesta para arrancar todo lo inservible porque ha de ser el principio de un hombre nuevo, que si va a recibir alguna unción será la que nos consagrará como sacerdotes profetas y reyes. ¿Estaríamos dispuestos a esa purificación, a dejarnos arrancar esas ramas inservible que nada de fruto dan y que solo merecerán el fuego de la hoguera donde todo es purificado?

‘¿Qué salisteis a ver en el desierto?’ Les pregunta Jesús. No al hombre que viste ricos ropajes ni el que habita en el confort de un palacio. Es el que viene con una misión, aquel que ha sido escogido como precursor, el que va delante y va marcando el camino. Cuando utilizamos estos medios técnicos y electrónicos para escribir en la pantalla va apareciendo algo que llamamos el cursor que nos está indicando por donde irán apareciendo las letras, las palabras, los dibujos que nosotros vayamos componiendo o realizando. Es la misión del bautista; por eso lo llamamos el precursor, el que va delante, el que nos va señalando el camino.

‘Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta… Porque os digo, entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan. Aunque el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él. Al oír a Juan, todo el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamó que Dios es justo. Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos’.

Nosotros ¿escucharemos a Juan o frustraremos el designio de Dios? ¿Queremos en verdad escuchar la Palabra de Dios? ¿Queremos en este camino de adviento que estamos realizando dejarnos purificar por la gracia de la Palabra de Dios que escuchamos?

viernes, 18 de diciembre de 2020

Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio porque sabe que con cuanto haga y viva está realizando el plan de Dios de salvación para los demás

 


Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio porque sabe que con cuanto haga y viva está realizando el plan de Dios de salvación para los demás

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24

Hay personas que pasan desapercibidas en la vida, que nunca se mencionan y que da la impresión que no hubieran existido si la historia la construimos o la narramos de la prestancia de las personas y de la relevancia que se dan. Sin embargo aunque en su humildad han pasado desapercibidas han ocupado un lugar muy importante y hasta diríamos sobresaliente en la vida. No vendieron quizá su imagen, pero su obra callada quedó y solo los que saben ser observadores podrán descubrir su relevancia.

Hoy la palabra de Dios dirige nuestra mirada a quien quiso pasar así desapercibido por la vida pero que jugó un papel importante en nuestra historia de la salvación. Me refiero a José el esposo de María. En contadas ocasiones se nos menciona en el evangelio y siempre parece que tiene un papel muy secundario. La imagen que en la tradición nos hemos hecho de él, un anciano venerable, lo hace pasar más desapercibido. ¿Por qué razón tenemos que imaginarlo siempre como un anciano venerable cuando en lo poco que se menciona de él se dice que era un artesano de Nazaret? Jesús era el hijo del artesano, así nos aparece en el evangelio, y no podemos pensar entonces en un hombre tan mayor como que lo veamos como anciano. Quizás la humildad con la que pasa tan calladamente por el evangelio nos lo haga figurar así.

Pero por lo que escuchamos hoy en el evangelio de Mateo podemos encontrar en él una persona muy madura humanamente hablando y una persona de una grande fe. Era el esposo de Maria, así nos lo menciona el evangelio aunque en las costumbres propias de la época parece que aun no se hubieran celebrado las bodas porque aún María no convivía en el mismo hogar de José. ‘No conozco varón’, le había dicho María al ángel de la anunciación.

En aquellos misterios de Dios para ofrecernos al Emmanuel por obra del Espíritu Santo María esperaba ya un hijo. Y eso tenía que haber sido algo de gran tormento en el corazón de José, de manera que en secreto para no hacer daño a nadie está decidido a repudiarla. El tormento de su corazón pero la madurez de su vida le hace llevar aquel sufrimiento en silencio, esperando quizá que el Señor le manifieste su voluntad.

Aún no conoce José los designios de Dios. El ángel del Señor se le manifestará en sueños para revelarle todo el misterio de Dios que en María se está realizando. Y José también pone su vida en las manos de Dios. Si María respondió al ángel diciendo que allí estaba la esclava del Señor y se cumpliera en ella según su palabra, José en silencio dice sí a Dios y se llevó a María, su mujer a su hogar. Es el hombre creyente que rumia en silencio todo el misterio de Dios que se le revela y responde a Dios con la obediencia de la fe.

Nos centramos hoy en este episodio que es el que nos ofrece el evangelio en esta ocasión, aunque siguiendo el camino de José veremos cómo tendrá que enfrentarse a momentos difíciles y dolorosos pero siempre con la madurez del creyente que busca lo que es en todo la voluntad de Dios. El camino hasta Belén para el empadronamiento, el nacimiento de su hijo en un establo, la persecución de Herodes y la huida casi como un exiliado a Egipto, etc., son momentos en que como en silencio y de forma madura se va enfrentando a esas diversas situaciones queriendo caminar descubriendo siempre lo que son los designios de Dios. Así, en silencio, ocupa un lugar muy importante en la historia de nuestra salvación.

Preguntas podrían surgir muchas en nuestro corazón desde la contemplación del silencio, de la madurez y de la fe de José. ¿Cómo reaccionamos nosotros ante las dificultades de la vida? nos decimos creyentes, pero ¿sabemos hacer una lectura creyente de cuanto nos sucede para en ello descubrir lo que son los designios de Dios para nuestra vida? porque ser creyente no significa que tengamos que someternos a un destino fatídico al que no encontramos sentido, pero ante el que tenemos que aguantarnos de la forma que sea.

El creyente se pregunta y le pregunta a Dios, el creyente siente inquietud en su corazón y muchas veces también tiene que sufrir mientras no encuentra un sentido y un valor a lo que le sucede, el creyente no simplemente cierra los ojos para dejarse llevar por algo irremediable, sino que saber abrir bien los oídos y los ojos de su corazón para descubrir su lugar, pero para descubrir en el lugar de Dios en cuanto nos sucede, para descubrir el designio de Dios. Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio, como fue el de José, porque sabe que también con cuanto haga y viva está realizando ese plan de Dios de salvación para los demás.