Mostremos
en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que vivimos, porque las caras
de circunstancias y aburrimiento que a veces ponemos no convencen a los demás
Hechos 16, 22-34; Salmo 137; Juan 16,
5-11
Nos sucede a
nosotros también como a los discípulos que estaban rodeando a Jesús en la
última cena y en esos posteriores momentos en que Jesús con sus palabras está
haciendo brotar de su corazón sus mejores sentimientos y deseos para sus discípulos.
Pero los discípulos no terminaban de entender de aquellas confidencias de
Jesús. Por mucho que Jesús les dijera no
querían separarse de El; no terminaban de entender las promesas que Jesús les
hacia del envío del Espíritu Santo y por eso están tristes.
¿Quién de
nosotros alguna vez en su imaginación, vamos a decirlo así, no habrá querido
sentirse al lado de Jesús en aquellos momentos que hablaba a las gentes, sintiéndonos
nosotros uno más en medio de aquellas multitudes y también nos habremos dicho
que si hubiéramos estado allí hubiéramos creído más en las palabras de Jesús?
Han sido momentos de fervor que hemos vivido, momentos en que han aflorado los
mejores sentimientos de nuestro corazón, momentos intensos de grandes emociones
que nos han hecho hacer mil promesas, pero cuando nos han llegado los momentos
difíciles, cuando han aparecido las dudas y los miedos, cuando en un momento
determinado hemos tenido que dar una respuesta comprometida, ¿hasta donde hemos
llegado?
Separamos
quizás aquellos momentos de emoción con el día a día de nuestra vida y ya no
sabemos hasta donde llega en nuestra vida nuestra fe; también quizás en esos
momentos difíciles nos ha faltado algo, nos hemos llenado de miedos, seguimos
sin descubrir la presencia de Jesús que en su Espíritu siempre está con
nosotros. Se nos puede desinflar la fe que quizás en otro momento vivimos con
tanto fervor. ¿Llegaremos a mostrar en verdad la alegría de nuestro corazón por
la fe que decimos que tenemos? Esa alegría es algo que muchas veces nos falta,
porque no terminamos de entender lo que significa la presencia del Espíritu
Santo en nuestra vida; aunque sea un articulo de nuestra fe que recitamos
cuando decimos el Credo quizás son palabras que no hemos metido lo suficiente
en nuestro corazón. De ahí las caras de tristeza – o de aburrimiento – que muchas
veces ponemos. ¿Podremos en verdad convencer a alguien con esas caras de
circunstancias con que muchas veces vivimos nuestra religiosidad?
Creo que
tenemos que revisar muy bien muchas de las cosas que vivimos y con las que
queremos manifestar que son en verdad unos seguidores de Jesús. Muchas rutinas
se nos pegan al corazón y comenzamos a caer por la pendiente de la tibieza y de
la superficialidad. Nos podemos quedar en apariencias que se vuelven vanidad y
que no son la expresión profunda de una fe con la que nos sentimos
comprometidos en toda nuestra vida.
Hoy nos ha
dicho Jesús unas palabras que muchas veces nos cuesta entender y nos damos
nuestras explicaciones que se nos pueden quedar en lo superficial. Nos ha
prometido que nos enviará su Espíritu pero nos dice que ‘cuando venga, dejará convicto al mundo acerca
de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen
en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena,
porque el príncipe de este mundo está condenado’. Convictos, nos dice, de
un pecado, de una justicia y de una condena. ¿No será nuestro pecado no
terminar de aceptar todas las palabras de Jesús viviendo una fe superficial o
según conveniencias?
Hay una certeza grande de que con los
ojos de la cara no vamos a ver a Jesús, por ejemplo, con la imagen que nos es fácil
imaginar tal como estaría entonces en medio de los discípulos. Pero Jesús nos
dirá, sin embargo, que le veremos, es la visión que el Espíritu Santo pone en
los ojos de nuestra alma para descubrir esa presencia de Jesús; lo tenemos en
los sacramentos, por ejemplo, pero lo podemos sentir en el corazón y es una
forma de ver; pero Jesús en los demás, ¿no nos ha dejado también signos de su
presencia cuando nos dice que lo que le hagamos al otro al El se lo hacemos?
¿Mereceremos acaso condena por esas
carencias con que vamos viviendo nuestra vida de fe, nuestra vida cristiana?
Siempre está la esperanza de la misericordia, porque Jesús no ha venido para
condenar al mundo sino para que el mundo se salve por El.
No hay comentarios:
Publicar un comentario