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sábado, 12 de mayo de 2018

Aprendamos a saborear el susurro del amor de Dios haciendo silencio en nosotros para sentir y vivir la presencia amorosa de Dios que solo podemos hacer con Jesús


Aprendamos a saborear el susurro del amor de Dios haciendo silencio en nosotros para sentir y vivir la presencia amorosa de Dios que solo podemos hacer con Jesús

Hechos de los apóstoles 18,23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

¿Os habremos fijado en cómo terminan habitualmente las oraciones en la liturgia de la Iglesia, por ejemplo, en la celebración de la Eucaristía? En una formulación más corta o más larga siempre presentamos nuestras oraciones al Padre por medio de Jesucristo. ‘Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor…’ decimos siempre.
Y en el momento cumbre de la Ofrenda de la Eucaristía, en la doxología final de la plegaria eucarística queremos dar todo honor y toda gloria a Dios Padre todopoderoso por Cristo, con Cristo, y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo. Es la ofrenda del sacrificio, hacemos memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor, nos sentimos unidos en el Espíritu formando unidad, formando comunidad e Iglesia, recordamos a María y a los santos y a toda la Iglesia, los que aun peregrinamos en la tierra, los que han termino su camino y los que glorifican a Dios en el cielo y ofrecemos el Sacrificio de Cristo para la gloria del Señor; y lo hacemos con esa formula de la doxología ‘por Cristo, con El, y en El a Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’.
Estamos haciendo lo que nos enseña Jesús en el Evangelio. Nos ha enseñado a sentir a Dios como Padre y a llamarlo Padre. Realizando Jesús siempre lo que era la voluntad del Padre – su alimento era hacer su voluntad – nos llama dichosos si somos capaces de plantar la Palabra del Padre en nuestro corazón y cumplirla; los que lo hacen serán en verdad los hijos de Dios.
Nos enseña a invocarle con la confianza y el amor de los hijos para pedirle cuanto deseemos o necesitemos, sabiendo que en su amor El siempre conoce bien lo que necesitamos; nos está diciendo cómo hemos de gozarnos en su amor y en su presencia, escuchándole y amándole. Qué dicha poder saborear ese amor de Dios en nuestra oración orando como El nos enseñó.
Y ahora nos dice que cuanto pidamos al Padre en su nombre podemos tener la seguridad de que lo obtenemos. Yo os aseguro, nos dice, si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa’. 
Claro que sí, nuestra alegría será completa porque nos sentimos amados de Dios, porque experimentamos en nuestro corazón y en nuestra vida como nos escucha y nos da cuanto necesitamos. Por eso añade Jesús, ‘Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. Dios nos ama, el gran motivo de nuestra alegría, de la mayor de las alegrías.

Alguien dice que se aburre en la oración. Quitemos rutinas de nuestra manera de orar. No nos contentemos con repetir fórmulas y palabras. Vaciemos nuestra mente y nuestro corazón de ideas preconcebidas para aprender a orar. No se ha sabido abrir el corazón a Dios y a su presencia; no se ha aprendido a gustar de esa presencia de Dios y de su amor. Hagamos silencio en nosotros y escucharemos el susurro de amor de Dios; con ruidos no lo podremos escuchar ni saborear. Aprendamos a saborearlo, sí, pero eso solo se aprende orando, haciendo silencio ante Dios y dejándose inundar por su presencia que solo podremos experimentar plenamente con Jesús y por Jesús.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Una nueva ofrenda, un nuevo sacrificio, un nuevo culto ofrecido a Dios en Cristo nuestra Víctima pascual

Apoc. 10, 8-11; Sal. 118; Lc. 19, 45-48
‘Entró Jesús en el templo…’ Siguiendo el evangelio de Lucas de forma continuada como lo hemos venido haciendo hemos hablado de su subida a Jerusalén con todo el significado teológico también que tiene esta subida de Jesús a Jerusalén para celebrar la Pascua, para celebrar su Pascua. Ayer le veíamos contemplar la ciudad santa desde el Monte de los Olivos, que era el camino habitual de entrada a Jerusalén para los peregrinos que venían de Galilea a través del valle del Jordán y contemplábamos sus lágrimas por la ciudad santa donde iba a culminar todo su misterio redentor.
Llega a la ciudad y hace su entrada en el templo y, como nos dice el evangelista, ‘se puso a echar a los vendedores’. Un signo de purificación que Jesús quiere realizar; un signo profético para darnos un nuevo sentido para el templo y para el culto al Señor y el encuentro con El. San Lucas es el menos explicito al describirnos lo que Jesús realiza; san Mateo y san Marcos nos dan más detalles, situando también en el mismo contexto de su entrada en Jerusalén este hecho; el evangelista Juan nos sitúa este episodio casi al principio del Evangelio.
Allí en el templo se ofrecían los sacrificios y los holocaustos, además de ser el lugar de la oración de los judíos; por sus explanadas, además de encontrarnos los maestros de la ley que con sus discípulos explicaban y comentaban las Escrituras - recordemos que allí fue encontrado Jesús niño entre los doctores de la ley tras su pérdida en su subida con sus padres al templo -, se situaban los animales que iban a ser sacrificados, como un servicio a los fieles para que pudieran adquirirlos a la hora de ofrecer los sacrificios; por otra parte estaban los cepillos del templo para las ofrendas y limosnas, pero como había que hacerlo en el dinero propio del templo, por allá andaban también los encargados de realizar el cambio de moneda, ya que muchos judíos venían de fuera de Palestina con las monedas que se utilizaran en sus países. Todo esto convertía el templo casi en una plaza de un mercado más que en un lugar de oración y culto al Señor.
‘Mi casa es casa de oración; pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos’, exclama Jesús expulsando a los vendedores, derribando las mesas de los cambistas, queriendo realizar el signo de la purificación. Algo nuevo iba a comenzar a partir de aquella pascua. Ya no serían necesarios aquellos sacrificios de animales y aquellos holocaustos y ofrendas con los que la humanidad quería agradar a Dios. Ahora se iba a ofrecer el gran Sacrificio, el Sacrificio nuevo de la nueva Alianza en la Sangre derramada, que ya no era la sangre de los animales sacrificados sino la Sangre preciosa de Cristo. Como nos dirán más tarde Pedro y Pablo en sus cartas no hemos sido comprados ni con oro ni con plata, no hemos sido redimidos por la sangre de los antiguos sacrificios, sino que hemos sido redimidos por la Sangre preciosa de Cristo.
Un nuevo culto había de comenzar. Una nueva ofrenda se iba a realizar. ‘Por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta su ocaso’, como decimos en la tercera plegaria eucarística. ‘Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad…’ que decimos también.
La Victima pascual es Cristo mismo que por nosotros se ofrece y se inmola. Y ya no hay otro sacrificio que el sacrificio de Cristo, que actualizamos y hacemos presente cada vez que celebramos la Eucaristía. Es con Cristo, por Cristo y en Cristo donde ya para siempre vamos a tributar todo honor y toda gloria a Dios para siempre.
Es el signo que Jesús está hoy realizando en el pasaje del evangelio que estamos meditando. Nos está enseñando cual ha de ser el verdadero sacrificio que hemos de ofrecer al Señor, que ya no serán cosas, ni serán animales que sacrifiquemos sino que será siempre el sacrificio de Cristo al que nosotros nos unimos poniendo en él toda nuestra vida. Que ahí veamos también el signo de la purificación interior que hemos de hacer en nuestra vida para que en Cristo para siempre sea agradable al Señor nuestra ofrenda,  nuestra oración. Que ese sea el culto espiritual  que nosotros ofrezcamos con nuestra vida a Dios.
‘Bendice y santifica, oh Padre, esta ofrenda haciéndola perfecta, espiritual y digna de ti’, como decimos en la primera plegaria Eucarística.

jueves, 24 de enero de 2013


No lo fuera a estrujar la gente…

Hebreos, 7, 25-8, 6; Sal. 39; Mc. 3, 7-12
Los versículos que hoy hemos escuchado del evangelio contrastan con lo que ayer escuchábamos, inmediatamente anteriores. Ayer todo eran recelos en aquellos que estaban al acecho de lo que Jesús pudiera hacer aquel sábado en la sinagoga, hoy escuchamos cómo ‘al retirarse Jesús con sus discípulos a la orilla del lago lo siguió una muchedumbre de Galilea’.
Pero no eran solo de Galilea porque el evangelista nos da detalles de quienes vienen del norte y del sur, de un lado y de otro para confluir en Galilea donde Jesús está realizando su actividad. Judea, Jerusalén, Idumea aún más al sur, más allá del Jordán, de las cercanías de Tiro y Sidón ya metidos en el Líbano. Era tanta la gente que ‘encargó a sus discípulos que le tuvieran preparada una lancha, no lo fuera a estrujar la gente’. Los otros evangelios nos hablan de cómo sentado desde la lancha hablaba a la gente arremolinada en la orilla de la playa para escucharle. Y nos termina diciendo el evangelista que ‘como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’.
Jesús en medio de las gentes; las muchedumbres que se reúnen venidos de todas partes; todos que quieren incluso tocarle. Ya escucharemos en otra ocasión lo de la mujer que se acerca por detrás para tocar su manto porque pensaba que solo eso era suficiente para sentirse curada. Es la cercanía de Jesús, incluso en ese contacto físico.
Queremos tocar, queremos palpar, queremos sentir ese calor especial en nuestras manos, pero que llena todo nuestro espíritu. Es la caricia de sentir el cariño, es el calor humano que se desprende de un apretón de manos, es la mano tendida que invita a la cercanía y a la amistad. Pero Jesús se deja hacer. Jesús quiere que lleguen hasta El. Queremos nosotros también estar cerca de Jesús para sentir el calor de su amor, la fuerza de su gracia, el impulso de su Espíritu que mueva nuestro corazón.
Ojalá tuviéramos el entusiasmo que aquellas gentes sentían por Jesús. Nos hace falta porque algunas veces parece que a nuestra fe le falta ese calor y ese entusiasmo. Si cuando venimos a la celebración fuéramos conscientes de que venimos al encuentro con el Señor, seguro que haríamos que nuestras celebraciones fueran más vivas, más intensas, más radiantes, más entusiasmadoras para nuestra vida con lo que contagiaríamos a los demás.
‘Te damos gracias porque nos haces dignos de estar en tu presencia’, decimos en la oración de la plegaria eucarística, pero pareciera que eso son solo palabras que repetimos una y otra vez, me atrevo a decir, casi sin sentido. ¿Queremos sentirnos en verdad en la presencia del Señor y estamos en la celebración cada uno por nuestro lado, físicamente como si diera la impresión que le tenemos miedo a estar cerca del Señor, porque cuando más atrás o más lejos nos ponemos es mejor? Y sin embargo vemos en el evangelio que la gente se apretujaba en torno a Jesús hasta el punto de preparar una barca para que no lo estrujaran.
Muchas posturas y muchas maneras de estar tendríamos que revisarnos para hacer que nuestro encuentro con el Señor sea algo vivo y nos haga expresar esa alegría del encuentro también externamente y, en consecuencia, nuestras celebraciones estén llenas de entusiasmo. Tenemos que despertar nuestra fe que parece estar aletargada y por esa frialdad o tibieza espiritual hace que nuestras celebraciones estén en muchas ocasiones llenas de rutina y con falta de vida.
Somos una familia, la familia del Señor, congregados en su presencia, como expresamos en la tercera plegaria eucarística. Así tendríamos que expresar a través de muchos signos cómo nos sentimos congregados en una unidad. Y es que no podemos olvidar que cuando con verdadera fe nos reunimos dos o tres o muchos, en el nombre del Señor, allí en medio de ellos está el Señor. En su nombre estamos congregados para la celebración de la Eucaristía; ya por eso mismo tendríamos que gozarnos en y con la presencia del Señor. Y ese gozo del corazón tenemos que expresarlo en muchos signos externos. Con qué alegría y entusiasmo tendríamos que salir siempre de nuestra celebración de la Eucaristía. Démosle vida a lo que hacemos y celebramos.

jueves, 24 de mayo de 2012


Llenos del Espíritu Santo formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu

Hechos, 22, 30; 23, 6-11; Sal. 15; Jn. 17, 20-26
‘Padre santo… no sólo por ellos ruego, sino por los que crean en mi por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre en mí y yo en ti… para que el mundo crea que tú me has enviado’.
Es la oración de Jesús por la unidad de los creyentes. Muchas veces hemos meditado estas palabras de Jesús y orado con ellos pidiendo por la deseada unidad de todos los cristianos, de todos los que creemos en Jesús. Unidad en nosotros como es la unidad y comunión entre las tres divinas personas de la Santísima Trinidad. Unidad entre los que creemos en el  nombre de Jesús como el mejor testimonio de nuestra fe, para que el mundo crea.
Así manifestamos la gloria de Dios; así nos llenamos nosotros de la gloria de Dios; así sentimos en nosotros el amor que Dios nos tiene. ‘De modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí’.
Unidad y amor que significa y se expresa por la comunión que seamos capaces de vivir entre nosotros; cuánto nos cuesta amarnos y aceptarnos, desprendernos de nuestro yo para ser capaz de entrar en comunión con el otro y ser capaces de decir con verdad nosotros; cuánto nos cuesta comprendernos y perdonarnos. Si no hay esa aceptación y respeto, esa comprensión y capacidad de perdonarnos no podemos decir que nos amamos de verdad. Y el listón lo tenemos bien alto porque el modelo de ese amor y de esa comunión es el amor de Dios y la comunión entre Jesús y el Padre, y entre las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad.
No significa que no lo podamos alcanzar. Es nuestra lucha. Pero ha sido también la oración que Jesús ha hecho por nosotros. Pero es además la fuerza de su Espíritu que Dios nos da. Es el Espíritu del amor y de la comunión; es el Espíritu que viene a ponernos en paz cuando nos trae el perdón y nos hace instrumentos de perdón. Cuando Jesús resucitado en la tarde de aquel primer día de la semana les da el Espíritu a los apóstoles reunidos en el Cenáculo, se los da para el perdón de los pecados, como camino de ese amor y de esa comunión nueva que entre sus discípulos ha de haber para siempre.
Será entonces el Espíritu Santo el que nos congrega en unidad y nos ayuda con su fuerza y con su gracia para que vivamos en esa unidad y comunión entre nosotros. Es lo que expresamos siempre en la Eucaristía. ‘Con la fuerza del Espíritu Santo das vida y santificas todo y congregas a tu pueblo sin cesar para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta su ocaso’. Es, pues, el Espíritu que nos da vida y santifica el que nos congrega en unidad para poder celebrar la Eucaristía.
Pero es que además por la fuerza del Espíritu a los que participamos de esa Eucaristía nos hace vivir en unidad. ‘Fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu’, decimos en la tercera plegaria eucarística. O como pedimos humildemente en la segunda plegaria ‘que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo’.
Bien nos viene recordar lo que es la oración de la Iglesia, la oración con que oramos cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía porque además de expresar lo que es la fe de la Iglesia nos ayuda a que sea algo hondo que vivimos y que por otra parte nuestra celebración no sea sin más una repetición de palabras que pueda quedarse en un rito vacío en el que no pongamos toda nuestra vida. Que en la oración de la Iglesia y con la oración de Jesús logremos esa tan deseada unidad entre todos los creyentes.
Por otra parte en este camino de preparación para la Pascua de Pentecostés que con cierta intensidad queremos hacer estos días, todo esto  nos impulse a orar con fervor, con una oración salida de verdad de nuestro corazón invocando al Espíritu del Señor para que se derrame de verdad en nuestra vida y en este Pentecostés haya de verdad una Pascua del Espíritu en nosotros. 

sábado, 27 de noviembre de 2010

Allí en medio crecía el árbol de la vida y gritamos ¡Marana tha!

Apoc. 22, 1-7;
Sal. 94;
Lc. 21, 34-36

Las primeras páginas de la Biblia nos hablan de un paraiso donde Dios colocó a Adán; nos lo describe atravesado por un río y en medio el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios al crear al hombre lo quería para la felicidad y la vida aunque el hombre prefiera la muerte al dejar meter el pecado en su corazón.
Ahora en la última página de la Biblia, al finalizar el libro del Apocalipsis al hablarnos de la ‘nueva jerusalén, la ciudad santa, el nuevo cielo y la nueva tierra’ nos la describe también con imágenes semejantes a las del paraiso porque también nos habla de un río que atravesaba la ciudad y de un árbol de la vida. ‘A mitad de la calle de la ciudad, a ambos lados del río, crecía el árbol de la vida… y las hojas del árbol sirven de medicina a las naciones’.
Ahora todo será vida y será luz. Si en el paraíso el hombre sintió la tentación de ser como Dios, ahora partícipes de la vida de Dios podrá ver a Dios cara a cara. ‘En la ciudad está el trono de Dios y el del Cordero… lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente’. Nos recuerda lo que el mismo Juan nos decía en su primera carta. ‘Somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos, porque cuando se manifieste seremos semejantes a El y le veremos tal cual es’.
Y todo será luz. Si al principio del evangelio Juan nos habla de que las tinieblas rechazaron la luz, no la recibieron, ahora las tinieblas han desaparecido para siempre ‘ya no habrá mas noche, ni necesitarán luz de lámpara o de sol, porque el Señor Dios irradiará la luz sobre ellos y reinarán por los siglos de los siglos’.
Un último grito se oirá en el Apocalipsis, que hoy hemos repetido como responsorio en el salmo. ‘¡Marana tha! Ven, Señor Jesús’. Es la súplica repetida en la liturgia de la Iglesia y que si aparece hoy en el último día y la última celebración del año litúrgico, comenzaremos el Adviento, un nuevo año, con esa misma súplica que iremos repitiendo en todo el Adviento. ‘Ven, Señor Jesús’.
Pero es la súplica de la Iglesia también en cada Eucaristía. Cuando celebramos la Pascua, cuando hacemos presente sobre el altar todo el sacrificio de Cristo de forma incruenta, también será esa nuestra suplica. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús’. Es que ‘cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas’.
Es la esperanza que nos mueve a la vigilancia y a la atención. ‘Mientras esperamos su venida gloriosa…’ Es la esperanza y la vigilancia que nos hace estar despiertos y atentos. ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza…’ nos decía Jesús en el evangelio. ‘Manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’.
Terminamos un año litúrgico para comenzar ya con las primeras vísperas de hoy un nuevo ciclo litúrgico al iniciar el Adviento que nos prepara para la navidad. No sólo vamos a celebrar su primera venida en la carne, sino que vivimos en la esperanza de su segunda venida gloriosa y en plenitud. ‘Cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar’ como vamos a decir en el prefacio del Adviento. Por eso ahora pedimos, suplicamos, gritamos ‘¡Marana Tha! Ven, Señor Jesús’

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Hagamos Eucaristía de toda nuestra vida

Tito, 3, 1-7;
Sal. 22;
Lc. 17, 11-19

Este texto del evangelio nos ha servido muchas veces para motivarnos a la acción de gracias al Señor y sigue siendo un hermoso punto de referencia para analizar hasta donde llegamos en nuestro reconocimiento de la acción de Dios en nuestra vida. Unos leprosos que claman pidiendo misericordia y compasión, y de los que al ser curados de su enfermedad sólo será capaz de dar la vuelta para primero que nada manifestar su agradecimiento por su curación ‘alabando a Dios a grandes gritos y echándose por tierra a los pies de Jesús dándole gracias’.
Creo que una reflexión sobre este hecho ha de movernos al reconocimiento y a la gratitud por cuanto por benevolencia y misericordia recibimos; tendría que movernos a hacer de verdad eucaristía de toda nuestra vida. Dar gracias no es servilismo sino reconocimiento; dar gracias no es humillación sino actitud humilde y gozosa para saber descubrir cuánto recibimos no por merecimientos nuestros sino por benevolencia de quien nos lo da.
Nos cuesta muchas veces ser agradecidos quizá por falta de humildad para reconocer lo que no tenemos y hemos recibido por pura benevolencia; nos cuesta dar gracias en muchas ocasiones porque nos sobran esos merecimientos que creemos tener por lo que pensamos que lo que hacen por nosotros es siempre algo a lo que tenemos nuestro derecho y entonces no tenemos por qué dar gracias. Vivimos tan engreídos y tan poseídos de nosotros mismos que nos cegamos para no ver aquello que recibimos sin merecimiento nuestro.
Actitudes así tenemos en ocasiones en nuestro trato y relación con los demás lo que hará poco agradable la convivencia con los que nos rodean porque fácilmente aparece el orgullo, la soberbia y la prepotencia. Pero actitudes así nos surgen también en nuestra relación con Dios. No tendría que ser así de ninguna manera en ninguno de los casos, y no tendría que ser así por supuesto en nuestra relación con Dios si aquellos actos de piedad o de religión que hacemos los viviéramos con todo sentido y profundidad dándonos cuenta bien de lo que hacemos o decimos.
Primero que nada porque el centro de nuestro culto y de nuestra relación con Dios es la celebración de la Eucaristía; y Eucaristía es ante todo Acción de Gracias. Y damos gracias al Señor en nuestra celebración haciendo memorial de la pascua de Cristo, de la muerte y la resurrección del Señor que es la gran prueba y manifestación de cuánto es el amor que Dios nos tiene. Venir, pues, a la Eucaristía es venir a la acción de gracias; es venir con esa actitud humilde pero también de reconocimiento de la presencia y de la gracia del Señor en nuestra vida, o sea, de cuánto el Seños nos ha regalado y sigue regalándonos en Cristo Jesús muerte y resucitado para nuestra salvación.
Pero como decíamos, si nos fuéramos fijando bien en lo hacemos o decimos en la celebración nos daríamos cuenta de cuántas veces a lo largo de la celebración estamos expresando esa acción de gracias. ¿Os habéis fijado cuántas veces en la misa decimos que damos gracias a Dios? Y ya no son sólo los cantos que vamos utilizando en la celebración o incluso los salmos que recitamos o cantamos con ese sentido de acción de gracias en la liturgia de la Palabra, sino las propias palabras de la acción litúrgica. En el himno del gloria, en el prefacio con que iniciamos la plegaria eucarística ya desde su mismo diálogo inicial, en distintos momentos de la propia plegaria eucarística, en los diferentes textos eucológicos, o la oración de después de la comunión.
Damos gracias por sentirnos en la presencia del Señor celebrando el misterio de Cristo y damos gracias por poder ofrecer el sacrificio vivo y santo, repetimos de una forma o de otra a lo largo de la celebración. Y terminaremos dando gracias a Dios al sentirnos enviados al final de la Eucaristía para llevar esa Buena Noticia de Jesús que hemos vivido a los demás.
Que en verdad hagamos eucaristía de nuestra vida, con nuestra acción de gracias por cuanto del Señor recibimos y porque seamos capaces de hacer esa ofrenda de nuestra vida para todo sea siempre para la gloria del Señor.

domingo, 10 de octubre de 2010

Gratitud como correspondencia a la gratuidad


2Reyes 5, 14-17;
Sal. 97;
2Tim. 2, 8-13;
Lc. 17, 11-19

‘Niño, se dice gracias’, nos enseñaron desde pequeños como norma de urbanidad y buena conducta. Es de corazón noble ser agradecidos, solemos decir también. Pero, en verdad, ¿sabremos ser agradecidos en la vida? Pienso que la gratitud es como una correspondencia a la gratuidad de lo recibido. Sentimos la admiración por lo que nos han ofrecido de forma gratuita y surgirá el agradecimiento. Claro que hoy en la vida parece que nos moviéramos más por actitudes de exigencias, reclamaciones y derechos que desde posturas de gratuidad, admiración y gratitud. A todo tenemos derecho, todo nos lo tienen que hacer o dar, y si no lo hacen ya estoy haciendo mis reclamaciones.
Nos falta esa actitud de la gratitud y agradecimiento porque muchas veces nuestras relaciones las tenemos demasiado desde parámetros mercantilistas. No le hago nada, no le regalo nada, porque él tampoco me ha regalado a mí, tampoco hace por mí. Y cuando vivimos esas posturas de exigencias y reclamos de derechos, no seremos capaces - hemos perdido la capacidad - de la admiración ante lo recibido y en consecuencia del agradecimiento. Si no llegamos a ser capaces de admirarnos ante lo gratuito que se nos ofrece nos costará hacer surgir esa actitud de agradecimiento por lo que hemos recibido.
Creo que es en lo que nos quiere hacer reflexionar la Palabra de Dios que hoy hemos escuchado. Por una parte lo que nos narra de Naamán, el sirio, curado de su lepra en el río Jordán en tiempos del profeta Eliseo y por otra parte la curación de los diez leprosos de lo que nos habla el evangelio con la vuelta de un solo leproso curado a dar gracias y alabar a Dios por los beneficios recibidos.
El texto que se nos ofrece del libro de los Reyes es corto en su relato, pero viendo todo su contexto creo que nos puede iluminar mucho. En principio Naamán no había querido realizar lo que le pedía el profeta que era bañarse en el Jordán para poder curarse; le parecía que era algo demasiado simple; siempre buscando cosas grandiosas para no ver dónde está la maravilla de la acción del Señor que se nos puede manifestar en lo más sencillo.
Sólo al cambiar Naamán su actitud de orgullo y exigencia por la humildad de aceptar lo pequeño y sencillo que le pedía el profeta, es cuando fue capaz de recibir y descubrir la gracia que Dios obraba sobre él de forma gratuita, será entonces cuando pasará a una actitud de gratitud y de fe verdadera. Descubrió esa acción de Dios en su vida desde la humildad de cambiar su corazón, y descubriría, entonces, la verdadera salvación que Dios le ofrecía. Hemos visto los gestos con los que quiere expresar luego esa acción de gracias a Dios queriendo vivir la auténtica fe en el único Dios verdadero.
El evangelio, por su parte, nos ha hablado de aquellos diez leprosos que se encuentran con Jesús en el camino. Desde lejos le suplican: ‘Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros’. El corazón misericordioso de Cristo siempre escucha el clamor de los que sufren y por eso les envía a presentarse a los sacerdotes para cumplir con los requisitos necesarios para poderse incorporar curados a sus familias y a la vida de la comunidad. ‘Id a presentaros a los sacerdotes’, les dice Jesús. ‘Y mientras iban de camino quedaron limpios’.
Pero ya hemos escuchado cómo uno se vuelve al verse curado para acudir hasta Jesús ‘alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús dándole gracias’. Y ahí están las palabras de Jesús, como una queja por una parte porque sólo había vuelto ‘aquel extranjero para dar gloria a Dios’, pero por otra parte para alabar la fe de aquel hombre que le ha llevado a la auténtica salvación. Había sido capaz de reconocer las maravillas del Señor que así obraba en él generosamente, gratuitamente, y había venido a dar gracias. Se estaba obrando la verdadera salvación en el corazón del hombre que había visto a Dios en su vida.
Ante Dios, ¿cuáles son nuestras actitudes y posturas? Es cierto que como aquellos leprosos desde nuestro corazón pobre y roto acudimos a Dios en búsqueda de su auxilio, de su gracia. Pero quizá tenemos que preguntarnos cómo es nuestra oración y nuestra relación con Dios.
Quizá demasiado influenciados por este mundo mercantilista en el que vivimos en que no siempre nos es fácil descubrir la gratuidad, este mundo nuestro donde todo se compra o se vende, donde todo se paga o se cobra, podíamos tener el peligro de ir con unas actitudes semejantes a Dios. Unas actitudes que hemos de saber purificar. Cuánto le prometemos a Dios para que nos escuche. Es esa religiosidad de las promesas que tan metida llevamos dentro de nosotros, o si acaso ofrecemos de antemano algo a Dios es como para congraciarnos con El para que nos escuche y atienda. Perdonen la expresión pero de antemano le hacemos el regalito a Dios. ¿No tendría que ser otra la forma de dirigirnos a Dios, de relacionarnos con El, de ser capaces de ver la acción de Dios en nosotros?
Hoy nos ha dicho el Señor en la carta de Pablo a Timoteo. ‘Haz memoria de Jesucristo, el Señor, resucitado de entre los muertos… éste ha sido mi evangelio… la salvación lograda por Cristo Jesús con la gloria eterna…’ ¿Qué significa esta memoria que hacemos de Jesús y de la salvación que nos ofrece? ¿No significa el regalo más grande de Dios que podamos recibir? Sí, he dicho regalo; solemos decir gracia, y ¿qué significa esa palabra gracia sino algo gratuito? Es el regalo de Dios, la gracia que Dios nos ofrece.
¿Sabremos ser agradecidos de verdad a ese regalo, a esa gracia, como decimos, de Dios? Y no es ya lo que nos sucede tantas veces con las promesas que después de recibido el favor fácilmente las olvidamos. El tema está en que no sabemos dar gracias a Dios por tanto que de El hemos recibido en Cristo Jesús y la salvación que nos regala. ¿No tendríamos que detenernos más a considerar toda esa maravilla que Dios continuamente está obrando en nosotros? Decíamos al principio que desde una postura de admiración ante lo gratuito surgirá más fácil nuestra gratitud, nuestra acción de gracias.
Es lo que tenemos que saber hacer. Es por eso por lo que me gusta a mi recordar continuamente ese amor de Dios Padre. Nos puede parecer una repetición el recordarlo una y otra vez, pero nos es bien necesario para que surja mejor nuestra alabanza y nuestra acción de gracias a Dios.
¿A qué nos reunimos cada domingo en asamblea eucarística los cristianos? Ya lo dice la palabra, para celebrar la Eucaristía, para celebrar nuestra acción de gracias a Dios. Eso es Eucaristía, acción de gracias. Hacemos memorial de la Pascua del Señor en la muerte y la resurrección de Cristo y damos gracias. Fijémonos que todo el meollo de nuestra celebración de la Eucaristía es acción de gracias. La gran oración es la plegaria eucarística que comienza en su introducción, en el prefacio, con una invitación a la acción de gracias. ‘En verdad es justo y necesario darte gracias siempre y en todo lugar… te damos gracias porque nos haces dignos de estar en tu presencia…’
Y hacemos memoria de su muerte, su resurrección y su ascensión gloriosa, recordamos y hacemos presente la Cena Pascual en que se nos da como comida y como bebida de salvación y al tiempo que tenemos presente y pedimos por toda la Iglesia queremos alabar al Señor con toda la Iglesia del cielo, cantando eternamente las alabanzas del Señor. Y la Eucaristía está recogiendo toda nuestra vida, lo que somos y las maravillas que el Señor ha hecho en nosotros.
Que toda nuestra vida sea acción de gracias al Señor.

miércoles, 14 de julio de 2010

Te damos gracias, Padre, Señor de cielo y tierra

Is. 10, 5-7.13-16;
Sal. 93;
Mt. 11, 25-27

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra…’ proclama Jesús en el Evangelio. Te damos gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, queremos proclamar nosotros también. Estamos celebrando Eucaristía. Estamos celebrando acción de gracias. Ahora, en la celebración. Cada momento de nuestra vida tiene que ser acción de gracias, tiene que ser Eucaristía.
Es un acto de fe, una proclamación de nuestra fe. Reconocemos, es el Señor; el Señor de toda la creación, Señor de cielo y tierra; el Señor, único Señor de nuestra vida al que tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Reconocemos su grandeza y reconocemos su amor, le llamamos Padre, como nos lo enseñó Jesús. Un acto de fe, pero una proclamación de amor y de acción de gracias. Es el Padre que nos creó y que nos ama.
Da gracias Jesús porque el Señor del cielo y de la tierra se nos manifiesta, se nos da a conocer. Es Jesús quien nos lo da a conocer; es el Verbo divino, es la Palabra del Padre, es la revelación de Dios. Todos podríamos conocerle porque a todos se nos quiere revelar – ‘nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’ -, sin embargo no todos tenemos siempre las verdaderas actitudes en nuestro corazón para poder conocerle. Sólo los humildes, los pequeños, los sencillos podrán conocer a Dios, porque Dios rechaza a los que son soberbios de corazón.
‘Has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor’, reconoce Jesús. ¿Quiénes son los que escuchan a Jesús? El se mezcla entre los hijos de los hombres, pero serán los pescadores, los hombres y mujeres sencillos del pueblo, los que labran la tierra y la trabajan con el sudor de su frente, los que son capaces de admirarse ante las maravillas de Dios porque aún tienen un corazón sencillo, son los que escuchan a Jesús y lo reconocerán como profeta porque nadie ha hablado como El, nadie ha hablado cosa igual.
Los que vengan con humildad y corazón abierto hasta Jesús podrán llegar a conocer los misterios de Dios sea cual sea su condición porque lo que importa es el corazón. Habrá entre los principales del pueblo quienes le rechacen y le lleven incluso a la muerte, pero otros, aunque sean principales como Nicodemo, maestro de la ley, o Jairo, el jefe de la sinagoga, o el centurión romano con todo su poder, por citar algunos que aparecen en el evangelio, porque vienen con fe y humildad hasta Jesús podrán conocer los misterios de Dios y alcanzar la gracia con la que el Señor quiere regalarles.
Vayamos nosotros hasta el Señor con ese mismo espíritu de fe, de humildad, de acción de gracias. Como decíamos estamos celebrando la Eucaristía y en ella decimos al comenzar con el prefacio la plegaria eucarística ‘en verdad es justo y necesario darte gracias siempre y en todo lugar… por Jesucristo, nuestro Señor’.
Por eso le damos gracias ‘porque nos haces dignos de servirte en tu presencia’, como decimos en otro momento en la plegaria eucarística. Y aún decimos más ‘pues, aunque no necesitas nuestras alabanzas ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias para que nos sirva de salvación por Cristo, Señor nuestro’.
Que toda nuestra vida sea siempre Eucaristía, sea acción de gracias nos convirtamos nosotros también en ofrenda viva que en Cristo nos ofrezcamos con lo que somos y lo que vivimos al Señor.

sábado, 15 de mayo de 2010

En mi nombre os lo dará…

Hechos, 18, 23-28;
Sal. 46;
Jn. 16, 23-28

‘Yo os aseguro: si pedís algo al Padre, en mi nombre os lo dará… pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa…’
Estas palabras de Jesús son lo que El a través del evangelio nos ha enseñado, a orar y orar con confianza, con perseverancia, con fe. ‘Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá… porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abrirá…’ Nos recuerda lo que Jesús enseña en el sermón del Monte de las Bienaventuranzas. En muchas ocasiones Jesús nos hablará de la oración, nos enseñará a orar. Así nos dará el modelo de oración del Padrenuestro.
Nos enseña a orar a Dios, a orar al Padre. Y nos dice que en su nombre el Padre nos dará lo que le pidamos. No es ya que nosotros pidamos en el nombre de Jesús, que ya realmente lo hacemos cuando decimos ‘por Jesucristo, nuestro Señor’, sino que por el nombre de Jesús, por el amor que el Padre tiene al Hijo a quien nosotros amamos, nos lo dará. Es hermoso. De alguna manera podemos decir que Jesús es el motivo. Porque nos hemos unido a Jesús y queremos ser sus discípulos, porque le amamos y creemos en El. Porque amamos y creemos en Jesús el Padre tendrá un amor especial para nosotros.
‘Aquel día,
nos dice Jesús, pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré por vosotros, pues el mismo Padre os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. Dios nos ama y cuando nosotros creemos en Jesús, que viene de Dios, y le amamos, podríamos decir, Dios se derrite de amor por nosotros y nos concede lo que le pedimos. Cuánta seguridad y cuánta confianza. Con cuánto amor hemos de amar nosotros a Jesús y amar al Padre.
Sí, Jesús rogará por nosotros. Vamos a escuchar en los próximos días la oración de Jesús al Padre por nosotros con lo que concluye todo este discurso de la Última Cena. Y precisamente mañana vamos a celebrar la Ascensión de Jesús al cielo donde está sentado a la derecha del Padre, como confesamos en el Credo, e intercede por nosotros. ‘Mediador entre Dios y los hombres… que habiendo entrado de una vez para siempre en el Santuario del cielo, ahora intercede por nosotros como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu’ Así lo expresa la liturgia en estos días que vamos a celebrar la Ascensión del Señor.
Por eso la Iglesia siempre en la oración, la alabanza, la acción de gracias y la gloria que quiere dar con toda la creación al Padre del cielo lo hace en nombre de Jesús. ‘Por Cristo, nuestro Señor’, decimos en la conclusión de todas las oraciones litúrgicas. ‘Por Cristo, Señor nuestro’ queremos cantar siempre la alabanza y la acción de gracias como expresamos en todos los prefacios. ‘En verdad es justo y necesario… darte gracias siempre y en todo lugar… por Cristo, Señor nuestro’.
Y cuando llega el momento culminante de la Eucaristía, la verdadera ofrenda que presentamos a Dios para darle ‘todo honor y toda gloria’, lo hacemos ‘por Cristo, con Cristo y en Cristo’.
Así en Cristo nos sentimos amados. Así por Cristo el Padre nos escucha siempre y nos concede toda gracia. Así en Cristo queremos que toda nuestra vida sea para la glorificación de Dios.

viernes, 7 de mayo de 2010

El Espíritu para la concordia y para el amor verdadero

Hechos, 15, 22-31;
Sal. 56;
Jn. 15, 12-17

El texto hoy proclamado de los Hechos de los Apóstoles, junto con los escuchados en días precedentes nos relatan lo que suele llamarse el Concilio de Jerusalén. Habían surgido algunas controversias, como hemos venido escuchando, al ir creciendo el número de los que se adherían a la fe y sobre todo al anunciársele el evangelio también a los gentiles.
Algunos querían seguir imponiendo las costumbres de la ley de Moisés y por ello desde la comunidad de Antioquia se envía a Bernabé y Pablo a consultar a los ancianos y apóstoles de Jerusalén. Se discute y se llega a un acuerdo, pues como Pedro reconocería ‘Dios me escogió para que los gentiles oyeran de mi boca el mensaje del Evangelio y creyeran. Y Dios que penetra los corazones, mostró su aprobación dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros’.
Es por eso por lo que tras tensa discusión envían la solución del conflicto con una carta a aquellas comunidades desde donde habían sido enviados Pablo y Bernabé. Y es aquí donde quiero fijarme de manera especial. ‘Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…’ Eran conscientes de que en medio de aquella discusión el Espíritu Santo era el que les iluminaba y les guiaba. Y con esa fuerza del Espíritu encontrarán la solución para evitar las discordias y los enfrentamientos. Es el Espíritu Santo el que les lleva a la concordia y a la paz en medio de la Iglesia.
El Espíritu que Jesús había prometido que lo enseñaría todo y os recordaría el mensaje de Jesús. El Espíritu Santo que sigue obrando y actuando en la Iglesia de Dios, a pesar de que los hombres que formamos la Iglesia no siempre seamos lo buenos que tendríamos que ser, por decirlo de alguna manera.
Es el Espíritu del amor y de la unidad. El Espíritu que nos congrega como Iglesia para alabar y bendecir al Señor. ‘Con la fuerza de tu Espíritu das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso’, como decimos en la tercera plegaria eucarística.
Por la fuerza del Espíritu Santo que se derrama sobre los dones del pan y el vino de la Eucaristía serán para nosotros el Cuerpo y la Sangre del Señor, por eso en la segunda invocación del Espíritu Santo en la segunda plegaria eucarística ‘pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo’.
Muchas veces estas palabras de la oración eucarística nos pasan un tanto desapercibidas porque las escuchamos y decimos tantas veces que tenemos el peligro de no ahondar lo suficiente en su sentido y profundidad pero nos recuerdan algo muy importante, que es la presencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en la vida de cada día de los cristianos.
Así podríamos pensar en todos y cada uno de los sacramentos que tienen su virtualidad y fuerza por la acción del Espíritu Santo. Ya que estamos en estos días por otro lado reflexionando sobre el sacramento de la Unción de los Enfermos, así lo manifestamos en la fórmula del sacramento, o sea en las palabras que dice el Sacerdote al hacer la Unción. ‘Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo…’
Hoy Jesús en el evangelio nos habla del mandamiento del amor. ‘Que os améis los unos a los otros como yo os he amado’, nos dice. ¿Cómo podremos llegar a un amor así? Porque la medida del amor que Jesús nos propone es bien alta. Sólo con la fuerza del Espíritu podemos realizarlo. Muchas veces decimos que es a mi me cuesta amar a aquella persona… ¿has probado de pedir la fuerza del Espíritu Santo para que pueda llenar tu corazón de amor y de amor de una forma concreta a esa persona que tanto te cuesta amar?
Que se derrame sobre nosotros el Espíritu del amor, de la unidad y de la paz.

domingo, 29 de noviembre de 2009

No le podemos cortar las alas al Adviento


Jer. 33, 14-16;
Sal. 24;
1Tes. 3, 12-4, 2;
Lc. 21, 25-28.34-36


‘Al comenzar el Adviento aviva en tus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene… para que colocados a su derecha un día merezcamos poseer el Reino eterno…’
Así hemos orado hoy al inicio del tiempo del Adviento. Para mí el Adviento es un tiempo ilusionante y provocador de esperanza que nos hace tender la mirada hacia adelante y hacia arriba con metas de futuro en plenitud.
Pero no le podemos cortar las alas al Adviento. No nos quedamos en la celebración gozosa de un recuerdo de algo pasado. Cuando nosotros los cristianos celebramos hacemos memorial. En la memoria que hacemos del actuar de Dios, seguimos sintiendo presente esa acción salvadora de Dios pero siempre tendemos hacia la plenitud final. Por eso decimos memorial.
Fijémonos cómo lo expresa la liturgia en la celebración de la Eucaristía en sus plegarias eucarísticas. ‘Al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, te ofrecemos… te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia… y merezcamos por tu Hijo Jesucristo compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas’. O como decimos en la otra plegaria eucarística ‘al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo… y esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria’, terminamos diciendo.
Esa dimensión de nuestra celebración cristiana, de lo que es toda nuestra vida cristiana, la esperanza de alcanzar la plenitud eterna de la gloria de Dios, no la podemos perder de vista en el tiempo del Adviento. Adviento, que es precisamente celebrar y fomentar la esperanza. Cuando preparamos la celebración de la venida del Señor en la carne aprendemos a vivir la esperanza de su venida definitiva, mientras seguimos sintiendo, viviendo y celebrando de forma sacramental su presencia salvadora aquí y ahora en nuestra vida.
Por eso, como decíamos antes, no le cortemos las alas al tiempo del Adviento. Y con frecuencia, tenemos que reconocer, que se las cortamos cuando dejamos coja nuestra navidad celebrando sólo un aspecto. Nos alegramos, hacemos fiesta, gastamos todas nuestras energías en el solo recuerdo gozoso de su nacimiento en Belén, que para muchos además se queda en una fiesta de familia, por muy hermosa y bonita que sea.
¿Dónde se nos queda la celebración gozosa del hoy salvador de Cristo en nuestra vida? ¿dónde se nos queda la esperanza de esa plenitud total de su presencia? Tengamos en cuenta todo lo que nos ha dicho hoy la Palabra del Señor. Despertemos, alcemos la cabeza, se acerca nuestra liberación, nuestra salvación. Que finalmente nos sintamos más llenos de la salvación de Dios, cuando lleguemos a celebrar la Navidad.
Decíamos al principio de nuestra reflexión que el tiempo del Adviento es un tiempo ilusionante, ilusionador. Y en verdad será así, si tenemos en cuenta todos estos aspectos que hemos mencionado, tratamos de conjugarlos bien para que estén presentes en nuestra celebración y nos esforzamos por vivirlos en todos los sentidos. Es ilusionante poner esperanza donde parece que no hay esperanza, despertar la fe donde parece que se ha enfriado o se ha perdido, llenarnos del amor de Dios y poner más amor en nuestras relaciones, en ese mundo en el que vivimos para llenarlo de humanidad y ternura. Y a todo esto nos está invitando el Adviento. ‘Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y amor a todos…’ nos decía san Pablo.
Viene el Señor y hemos de prepararnos para su venida, hemos de esperar con toda intensidad su venida. Pero, ¿nos preparamos? ¿tenemos esperanza? Más aún, ¿cuáles son las expectativas y las esperanzas hoy? Las que tenemos nosotros y las que puede tener nuestro mundo. ¿Se habrá perdido la esperanza y acaso nosotros los cristianos nos hayamos contagiado de ello?
Los agobios de la vida por una parte – y en la situación concreta que vive nuestra sociedad hoy – y las rutinas en las que fácilmente caemos en la vida pudieran hacernos perder las esperanzas y las ilusiones más elementales. ¿Estaremos ya desencantados de la vida, como si estuviéramos de vuelta de todo? ¿Ya no esperamos que en verdad pueda haber algo nuevo para mí, para la Iglesia, para la sociedad? A mucha gente pudiera parecerle que Dios ya no tiene nada que decir ni que hacer en este mundo en el que precisamente parece que hubiéramos desterrado a Dios. Hasta se quiere celebrar la navidad hoy sin Dios, sin Jesús, sin nacimiento en Belén, sólo como una fiesta del invierno o del sol que nace y comienza a crecer.
Jesús nos decía: ‘Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida y se os eche encima de repente aquel día… estad siempre despiertos pidiendo fuerza para manteneros en pie ante el Hijo del Hombre’.
Despertemos, no vivamos embotados con tantas cosas ni con las desesperanzas del mundo. Mantengámonos en pie y vigilantes. Con ilusión y con esperanza. ‘En aquel día suscitaré un vástago legítimo que hará justicia derecho en la tierra’, nos anunciaba el profeta. Algo nuevo quiere hacer el Señor en nosotros, en nuestra Iglesia, en nuestro mundo. Las maravillas del Señor se siguen realizando.
Hoy viene el Señor con su salvación. Por mucho que quieran algunos, a Dios no lo podemos desterrar de este mundo. Porque El está en medio de nosotros y nos quiere dar la vida en plenitud. Y nosotros con nuestra fe y con nuestra esperanza lo tenemos que hacer visible, presente en nuestro mundo para que todos lleguen a creer en El. Es importante cómo vivamos este tiempo de Adviento y cómo lleguemos a vivir la Navidad, porque tenemos que ser estrellas luminosas para los demás. Démosle profundidad, trascendencia a este Adviento que estamos comenzando a vivir sin cortarle las alas, como hemos dicho y repetido.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Verán venir al Hijo del hombre con gran poder y majestad


Dan.12, 1-3;

Sal. 15;

Heb. 10, 11-14.18;

Mc. 13, 24-32


Hay aspectos de nuestra fe, que son contenidos muy específicos del Credo que profesamos, que algunas veces parece que tenemos apartados a un lado, como un coche que no utilizamos y que nos parece que no necesitamos. Todo el contenido de nuestra fe es importante porque esa fe que profesamos envuelve totalmente nuestra vida, algo más, nos tiene que impregnar desde lo más hondo y es lo que da un sentido pleno a nuestra existencia.
Hoy hemos escuchado decir a Jesús en el Evangelio. ‘Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a los elegidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra al extremo del cielo’. Nos habla de su vuelta, su retorno, su segunda venida al final de los tiempos. Un aspecto en el que no solemos pensar, que forma parte de nuestra fe y que ha de alentar fuertemente nuestra esperanza cristiana.
Complementando, si lo queremos decir así, esto que Jesús nos ha dicho hoy le escucharemos también declarar ante el Sanedrín cuando el pontífice la pregunta si El es el Hijo de Dios. ‘Tú lo has dicho. Y yo os digo que veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Padre y viniendo entre las nubes del cielo’. A la afirmación de que es el Hijo de Dios une el anuncio de su venida al final de los tiempos.
Igualmente este texto nos recordará la alegoría del juicio final ‘cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria y todos los ángeles con El, se sentará sobre un trono de gloria’. Y también, ¿qué es lo que decimos en el Credo? ‘Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin’.
Todo esto lo expresamos en distintos momentos de la liturgia. Por una parte en la plegaria eucarística, al hacer memorial de su muerte, resurrección y ascensión al cielo decimos ‘mientras esperamos su venida gloriosa te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo… sacrificio agradable a ti y salvación para el mundo entero’.
Por otra parte pediremos vernos libres de todo mal, llenos de paz, ‘libres del pecado, protegidos de toda perturbación mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo’; así decimos en el embolismo del padrenuestro.
Me ha parecido importante subrayar en nuestra reflexión estos textos de la Escritura y de la liturgia porque tenemos que ver que lo que creemos y lo que celebramos están muy unidos entre si y con la vida que vivimos; y también para resaltar esa virtud de la esperanza en la venida del Señor y en la vigilancia para estar preparados para su encuentro que ‘no sabemos el día ni la hora’.
Jesús, cuando nos habla de todo esto, nos ha propuesto la pequeña parábola de la higuera y sus brotes en la primavera anunciadores de la plenitud de un verano cargado de frutos. ‘Cuando las ramos se ponen tiernas y brotan las yemas, deducimos que el verano está cerca’, nos dice. Por eso, nos añade Jesús: ‘Sabed que el Señor está cerca, a la puerta’. Estemos atentos entonces para ver las señales de la venida del Señor, como las yemas que brotan en la higuera.
Esto entraña vigilancia, estar atentos. En la antífona del aleluya antes del evangelio se nos dijo con palabras de Jesús. ‘Estad siempre despiertos y pidiendo fuerza para mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre’. Despiertos y en pie, nos ha dicho.
Hay quienes al pensar estas cosas se ponen nerviosos y llenos de temor. No es lo que el Señor pretende. El quiere que nunca perdamos la paz. Es un encuentro con El. Tendría que ser de gozo y de alegría, como cuando vamos a encontrarnos con quien amamos y sabemos que nos ama. Como cristianos, a pesar de nuestras flaquezas y debilidades, tendríamos que vivir siempre llenos de Dios. ¿Por qué temer, entonces, ese encuentro pleno y definitivo con El?
Simplemente Jesús nos pide vigilancia. Vigilar es saber dar a cada momento la importancia que tiene. Cada situación que vamos viviendo en cada momento de la vida es como una llamada del Señor para vivirla según el Espíritu y el Evangelio. Hay que estar atentos, pues, a las personas que nos rodean, a las circunstancias que vivimos para saber decidir en todo momento cómo vas a vivir esa relación con el otro, esa situación en la que nos encontramos según nos enseña el Evangelio. Es así como nos estamos manifestando como cristianos. El Espíritu del Señor nos irá iluminando allá en lo hondo del corazón y si nos dejamos conducir por El siempre haremos la bueno, lo mejor, lo que más agrada a Dios.
Llegará el Señor y nos encontrará como el administrador fiel atento a su responsabilidad, como los siervos eficientes que en cada momento saben lo que tienen que hacer. El juicio de Dios sobre nuestra vida será entonces benevolente y se cumplirá en nosotros aquello que hemos escuchado hoy al profeta Daniel. ‘Muchos de los que duermen en el polvo despertarán para una vida eterna’. Seremos, entonces, como ‘los sabios que brillarán como el fulgor del firmamento… como las estrellas por toda la eternidad’.
Como decíamos al principio, estos aspectos de nuestra fe, estos artículos de nuestro Credo es bueno recordarlos y tenerlos muy presentes, muy en cuenta porque todo ello motivaría más nuestra vida para vivir en esperanza, para vivir un vida más santa.