No es
solo cuestión de estar más o menos cerca, sino de vivir el Reino de Dios
sintiendo de verdad el amor que Dios nos tiene y respondiendo con intensidad a
ese amor
Oseas 14, 2-1; Salmo 80; Marcos 12,
28b-34
¿Estaremos cerca o estaremos lejos del
Reino de Dios? Es lo que tenemos que ir revisando en este camino cuaresmal que
estamos haciendo, este camino hacia la Pascua. Siempre nos sucede que de
entrada cuando comenzamos a pensar en estas cosas, igual que cuando hacemos un
examen de conciencia, si no nos detenemos un poco y tratamos de reflexionar con
hondura todo nos parece que marcha bien. Pero no podemos andar con
superficialidades, no podemos ser ramplones en la vida, donde todo nos parece fácil
o todo nos da igual, tenemos que enfrentarnos con sinceridad a lo que
verdaderamente es la realidad en nosotros mismos, pero también en la
profundidad del mensaje que se nos trata de trasmitir.
Comenzaba haciéndome esa presenta de si
estamos cerca o lejos del Reino de Dios, desde lo que escuchamos en el evangelio
que Jesús le dice a aquel escriba. Ha venido planteándole cual es el primer y
principal mandamiento y en el diálogo entre ambos ha salido la importancia del
amor, del amor a Dios sobre todas las cosas y del amor también con toda
intensidad hacia el prójimo; no podría haber uno sin el otro. Y parece que el
escriba lo entiende por las afirmaciones que hace, por eso le dice Jesús que
está cerca del Reino de Dios. Pero ¿estar cerca significará estar viviendo
plenamente el Reino de Dios? Creo que Jesús está dejando la puerta abierta a un
crecimiento, a una superación.
No vamos a negar que tengamos fe, no
vamos a negar que queremos amar, pero tiene que ser una planta que crece y da
frutos que han de madurar para dar verdadero sabor a nuestra vida. ¿Estaremos en
verdad dando el sabor de la fe a lo que hacemos? ¿Estaremos dando el sabor del
amor en todo lo que es nuestra vida?
La semilla la podemos tener en nuestro corazón
pero no la estamos quizás cultivando lo suficiente; tenemos que cuidar nuestra
fe, tenemos que cuidar la intensidad de nuestro amor. No tenemos fe solamente
porque digamos que creemos en Dios porque algo tiene que haber; creemos en Dios
que se nos revela, en un Dios que nos ama porque es amor, porque es Padre;
muchas son las manifestaciones del amor de Dios en nuestra vida, y tenemos la
gran revelación de ese amor en Jesús.
No es Dios algo abstracto y que no
podemos entender, no es un Dios lejano situado allá en lo alto de los cielos;
es el Dios que camina con nosotros, es el Dios presente en nuestra vida, es el
Dios que podemos sentir en nuestro corazón, es el Dios a quien podemos amar en
aquellos que nos rodean porque para nosotros tienen que ser signos y señales de
esa presencia de Dios. Una fe así impregna toda nuestra vida, da sabor, como decíamos,
hace que nuestra vida sea distinta.
Y la consecuencia de todo eso está en
el amor. Como decíamos, ese amor que igualmente tiene que dar sabor a nuestra
vida, porque con él estamos reflejando lo que es el amor de Dios. Es el amor
con que amamos a Dios, porque así nos sentimos amados de Dios, pero será el
amor con que amemos a cuantos nos rodean que para nosotros ya serán siempre
hermanos. Y no es un amor cualquiera; a los demás los amamos no porque ellos
nos amen a nosotros, sino porque en ese amor nosotros estamos reflejando el
amor que tenemos a Dios. Y eso no es cualquier cosa, no es algo que vivamos a
la ligera o cuando estemos de buenas, es lo que en verdad tiene que dar sentido
y valor a nuestra vida.
Cuando lleguemos a entenderlo y a
vivirlo no solo es que estemos cerca del Reino de Dios, sino que estamos
viviendo el Reino de Dios, porque estamos sintiendo de verdad el amor que Dios
nos tiene y estaremos respondiendo a ese amor con esas nuevas actitudes, con
esa nueva manera de relacionarnos con los demás, con ese sentido nuevo que le
estamos dando a nuestra vida y a nuestro mundo. Y ese es el Reino de Dios.
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