Llenos
de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a
toda la humanidad con su Encarnación para ser Emmanuel
Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39;
Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38
Hay momentos que son decisivos en la
vida, decisivos en nuestra vida personal o decisivos en el curso de la
historia. A ojos profanos, a ojos ajenos a lo que puede ser la vida de esa
persona, ajenos quizás incluso ante la historia porque les puede parecer que a
ellos no les afecta pueden parecen insignificantes y hasta pasar
desapercibidos. Pero eso no merma la importancia y trascendencia del momento.
Ojalá no perdamos la sensibilidad. Tras esos momentos puede estar la
construcción de la vida de esa persona, de ello pueden o van a depender muchas
cosas o su vida misma, o en la trascendencia de la historia puede ser principio
de un mundo nuevo.
Lo acontecido aquel día en Nazaret pasó
totalmente desapercibido en aquel pueblo perdido en lo profundo de Galilea y
que nunca había aparecido su hombre en la historia de Israel pero que le haría
entrar en la historia para ser conocido por todos. El misterio de Dios revelado
a aquella joven en aquellos momentos era desconocido por todos pero como el
bien y el amor no se pueden ocultar pronto comenzaría a brillar en algunos
corazones abiertos a la sintonía de Dios. Fue un momento de revelación, fue el
momento en que Dios quiso hacerse más presente en la historia de los hombres y
para ser Emmanuel, verdadero Dios entre nosotros, quiso encarnarse en el seno
de una Virgen.
Un momento trascendental en la historia
de la salvación, en la historia de amor de Dios para la humanidad. Fue el
momento sublime en que Dios envía su ángel para contar con los hombres en su
entrada en este mundo encarnándose y haciéndose hombre. Dios quiso contar con
María que es querer contar con la humanidad; Dios se hizo presente en María de
manera que sería para siempre la agraciada del Señor, la llena de gracia,
porque quería hacer patente que la humanidad toda era la agraciada del Señor, a
toda la humanidad quería inundar también de su gracia que es lo mismo que
inundarla de su amor.
Es lo que hoy estamos celebrando, el
misterio de la Encarnación de Dios. Dentro de nueve meses veremos nacer en Niño
que sabemos que es el Hijo de Dios, el Hijo del Altísimo como ahora se le
anuncia a la que va a ser la Madre de Dios. Dentro de nueve meses haremos
fiesta que envolverá a todo el mundo con los sones de alegría de la Navidad,
pero este momento trascendental de la Encarnación que hoy estamos celebrando
está pasando demasiado desapercibido.
Es una lástima que la mayoría de los
cristianos no sepan lo que hoy celebramos o tendríamos que celebrar, ese
momento importante, trascendental en nuestra fe, en la historia de la salvación
y en consecuencia en la historia de la humanidad, como lo es el momento de la
Encarnación de Dios en el seno de María, en el corazón de la humanidad.
En María nos sentimos representados
porque en el corazón de María está centrada toda la humanidad en la mirada de
Dios cuando ha querido venir a encarnarse entre nosotros. Por eso de María
tenemos que aprender para esa acogida del misterio de Dios que tenemos que
realizar en nosotros; de María aprendamos a sintonizar con Dios como ella supo
escuchar las palabras del ángel, que aunque se sentía turbada ante la grandeza
del misterio que se le revelaba ella no se echó atrás, ella se dejó conducir
por el Espíritu divino para manteniendo viva su humildad ser capaz de entregar
todo su amor, disponible estaba su cuerpo para que Dios tomara su carne y
disponible estaba su espíritu porque solamente se sentía la humilde esclava del
Señor para que ella se cumpliera la palabra del ángel, para que en ella se
realizar la voluntad del Señor.
De María aprendamos a decir con esa
generosidad de su espíritu ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el
cielo’, como rezamos en el padrenuestro. Lo decimos fácilmente como
palabras repetidas de memoria, pero torpemente lo realizamos porque no siempre
tenemos esa humildad y esa disponibilidad en nosotros. Es mucho lo que queremos
decir con esas palabras pero tenemos que hacerlo de manera consciente para
saber anteponer siempre lo que es la voluntad de Dios a lo que puedan ser
nuestros deseos aunque nos parezcan buenos. ‘No se haga mi voluntad sino la
tuya’, decía Jesús entre sudores de sangre en Getsemaní, porque sí era
consciente lo que significaba la voluntad de Dios. Aprendamos nosotros a
hacerlo con la sencillez de María, con la humildad de María, con la
disponibilidad de María.
Celebremos con gran sentido este momento
grandioso de este día. Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que
así quiso ser agraciada a toda la humanidad, quiso hacer de nosotros también
unos seres llenos de gracia, inundados del amor de Dios.
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