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miércoles, 25 de marzo de 2026

Abramos el corazón queriendo hacer la voluntad de Dios que quiere habitar en nosotros conscientes de que hemos de ponernos en camino para comunicar esa buena noticia

 


Abramos el corazón queriendo hacer la voluntad de Dios que quiere habitar en nosotros conscientes de que hemos de ponernos en camino para comunicar esa buena noticia

 Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

No es hacer un alto en el camino cuaresmal que estamos haciendo el hecho de que hoy celebremos esta solemnidad de la encarnación de Dios en el seno de María. Tiene todo su sentido y concuerda perfectamente con este camino cuaresmal que hacemos. Podemos decir que es un paso más y muy importante para llegar a la vivencia de la Pascua para la cual nos estamos preparando.

En esa búsqueda del sentir de Dios para nuestra vida que es todo camino de fe, pero al mismo tiempo buscando la respuesta que damos y que tendríamos que dar – es la revisión de nuestra vida que la liturgia cuaresmal nos está ayudando a hacer – el contemplar este misterio que hoy celebramos nos ayuda a profundizar aún más en ello.

¿Qué es lo que Dios nos pide? ¿Cuál es la respuesta que hemos de dar a todo ese don de amor que Dios nos hace? Podríamos decir, ¿cuál es la manera más apropiada para hacernos agradables ante Dios? Claro que nos hacemos esta última consideración, no porque queramos conquistar a Dios haciendo, por así decirlo, cosas buenas, sino como la respuesta que hemos de dar a ese don de Dios. Y nuestra fundamental respuesta es hacer su voluntad.

El misterio que hoy celebramos es esa donación de amor de Dios por nosotros que le lleva a hacerse hombre, a tomar nuestra carne, no es solo Dios con nosotros sino Dios que se hace como nosotros para que nosotros emprendamos la tarea de hacernos como Dios, de vivir la santidad de Dios.

Aparece repetido en los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrece. No son ofrendas y sacrificios lo que hemos de hacer, sino una cosa tan sencilla como hacer su voluntad. Las ofrendas y sacrificios, aunque mucho nos cueste hacerlas, serán cosas que ofrecemos y Dios no  nos pide cosas, Dios nos pide nuestro corazón porque en él quiere habitar. No pedía otra cosa Dios a María cuando le envía la embajada angélica, sino que le diera su corazón porque en Él quería habitar, porque en ella quería encarnarse para hacer hombre. Y ¿qué hace María? ¿Ir al templo para ofrecer unos sacrificios que agraden a Dios? Abrir su corazón, ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, les responde al ángel que es responderle a Dios. ‘Hágase tu voluntad’, la voluntad de Dios.

Pero es lo que ha hecho el Hijo de Dios en su entrada al mundo. Tanto nos había amado Dios que no paró hasta entregarnos a su Hijo, como nos recordará el evangelio en otro lugar, pero a esa donación de Dios que nos entrega a su Hijo está el Hijo de Dios en esa disponibilidad de hacer lo que Dios quiere. Es lo que nos recuerda hoy la carta a los Hebreos, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.

Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, diría Jesús en una ocasión. No son las ofrendas y los sacrificios los que nos salven. Es la ‘obediencia al Padre’ de Jesús para entregarse por amor. Es el hacer la voluntad del Padre el auténtico sacrificio de nuestra salvación.

¿Seremos capaces de entrar en esa onda? Es lo que decimos todos los días en nuestra oración cuando pedimos que venga el Reino de Dios a nosotros. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Estamos diciendo que queremos hacer la voluntad de Dios, ¿estaremos entendiendo que con eso nos estamos comprometiendo a cumplir los mandamientos de Dios? Creo que tendría que hacernos pensar.

Cuando hoy estamos viviendo esta celebración del Misterio de la Encarnación de Dios, dos cosas hemos de tener en cuenta. Nuestra actitud primera y fundamental es la misma de Jesús en la entrada en este mundo y que luego veremos bien ejemplarizada en María. También hemos de decir, y no solo con palabras, ‘aquí estoy para hacer tu voluntad’, que se haga, que se cumpla, como decía Maria, la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios está en el querer encarnarse, en el querer ahora y siempre habitar en nosotros. ‘Plantó su tienda entre nosotros’, plantó su tienda en nuestro corazón.

¿Estará en nosotros la disponibilidad de María? Abramos, pues, nuestro corazón para que Dios habite en nosotros, pero con la conciencia de que eso nos va a poner en camino. Eso no nos lo podemos guardar solo para nosotros. María se puso en camino y fue a la montaña, a casa de Isabel, ¿a dónde nos va a poner en camino cuando Dios habite en nosotros?

Dejémonos conducir por el Espíritu y encontraremos nuestra montaña a la que hemos de ir, nuestro camino que tenemos que hacer, esa tierra que tenemos que pisar, ese mundo concreto al que tenemos que llevar esa buena noticia que guardamos en el corazón.

 


domingo, 4 de enero de 2026

Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios

 


Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Salmo 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

¡Qué difícil se nos hace hablar de Dios! Se nos revuelven y se nos mezclan las ideas, no encontramos palabras, le damos vueltas y más vueltas y no sabemos cómo expresarnos. Ya se nos dirá en la Escritura que a Dios nadie lo vio nunca; cuando Moisés siente la voz y la presencia de Dios tiene que descalzarse, más tarde cuando bajó del monte su rostro resplandecía como el sol porque había visto a Dios y tenía que cubrírselo con un velo. Jesús nos dirá que solo el Hijo conoce al Padre y a quien quiere revelárselo.

Emplearemos palabras muy de nuestro camino y de nuestros pasos para intentar hablar de Dios, Palabra que nos habla y que se nos revela, y que es Vida y nos hace vivir y es Luz y nos da una visión nueva, Sabiduría que está en Dios desde toda la eternidad por quien fueron hechas todas las cosas, Verbo eterno, nos dirá san Juan, que planta su tienda entre nosotros, que se enraíza en nuestra carne y nuestra vida para tomar nuestra carne, para tomar nuestra humanidad, para hacerse hombre con nosotros.

Y nos quedamos ensimismados dándole vuelta y más vueltas porque al final sentimos que no es algo que está lejos de nosotros sino alguien que está en nosotros; sentimos cómo nuestra vida se expande buscando una mayor plenitud, pero sentimos cómo el amor florece en nosotros y nuestros ojos comenzarán a tener una luz nueva, nos sentiremos llenos de luz y con ello engrandecidos en una vida nueva, en una dignidad distinta porque al sentirnos amados nos sentiremos hijos.

Porque nos sentimos amados nos sentimos bendecidos, porque no solo sentimos el rostro de Dios sobre nosotros con una mirada que nos hace saborear el amor, sino porque nos sentimos enraizados en Dios, porque cuando ha tomado nuestra carne humana para hacerse hombre, a nosotros nos ha elevado para hacernos hijos, para hacernos hijos de Dios. Bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales sabemos que Dios nos eligió desde antes de la creación del mundo, como nos dice la carta de los Efesios. Hemos sido iluminados con la luz verdadera que ilumina a todo hombre.

No rechacemos la luz para quedarnos encerrados ensombrecidos en las tinieblas, no nos encerremos en nuestras sabidurías que nos hacen autosuficientes y orgullosos para creernos que por nosotros decidimos lo que es el bien y lo que es el mal, no nos intoxiquemos con nuestras propias vanas palabras que cacareamos como un eco pero nos hace encontrarnos en el vacío. Reconozcamos agradecidos cuanto Dios nos regala cuando se nos revela a sí mismo y su Palabra llega a nuestro corazón. Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios.

Todo eso se nos ha revelado en el Niño que hemos contemplado nacido en Belén. Cuando estamos ya a punto de concluir el ciclo de Navidad sepamos aún encontrar tiempo para el silencio, para la contemplación, para ponernos ante ese Niño y saborear todo ese maravilloso sentido de Dios que nos revela, que nos hace descubrir. Con Él todo tiene un nuevo sabor, con Él nos sentiremos fortalecidos sin miedo a afrontar los vaivenes de la vida, con Él ya nunca sentiremos el frío de la soledad.

No pasemos de largo con nuestras prisas y carreras, pendientes de tanto que tenemos que hacer o de nuestros entretenimientos. Detengámonos y en silencio contemplemos. No demos vueltas a muchas cosas en la cabeza que quisiéramos decir o pedir. Ahora es más importante ese silencio, escuchar eso que nos parece silencio de Dios pero donde podemos embebernos en su Palabra, en su Sabiduría, dejémonos envolver por su luz, sintamos esa nueva vida que palpita en nuestro corazón, escuchemos a Dios en silencio.

Probablemente saldremos con nuestro rostro resplandeciente y con un nuevo brío en nuestro corazón.


jueves, 25 de diciembre de 2025

Contemplemos el misterio que se desarrolla en Belén, quiere hacerse presente Dios a través de nosotros, signos de esa presencia y de ese amor de Dios


 

Contemplemos el misterio que se desarrolla en Belén, quiere hacerse presente Dios a través de nosotros, signos de esa presencia y de ese amor de Dios

Y el Verbo se hizo carne y a campo de entre nosotros... es lo que hoy estamos celebrando y llena de alegría nuestros corazones; no es algo mágico, es la maravilla del misterio de Dios, es el milagro del amor, es Dios que se hace presente entre nosotros; no sólo nos visita porque una visita podría aparecer algo de paso, es algo definitivo porque planta su tienda entre nosotros, vive entre nosotros y con nosotros, camina a nuestro lado, participa de nuestras tareas, continúa la creación del mundo a través de nosotros, es un misterio de amor, tanto nos ama Dios.

¿No es suficiente todo eso para sentirnos los más felices y dichosos del mundo? Por eso la alegría se desborda en Navidad, por eso no dejamos de cantar aunque algunas veces llevemos cosas duras en el corazón; nos sentimos transformados con la presencia de Dios.

Viene para que tengamos vida para hacernos partícipes de su vida para llenarnos de la vida de Dios, para que aprendamos lo que es el amor, para que caminemos con un sentido nuevo para que no solo seamos felices nosotros sino que hagamos felices a los demás.

Y toda esa inmensidad de Dios hoy la contemplamos en lo pequeño, en un niño recién nacido que parece desguarecido, allá acunado en un establo; que viene a compartir nuestro frío porque viene a darnos calor, porque viene a regalarnos amor, porque viene a levantarnos de nuestra pequeñez y nuestra pobreza porque viene a hacernos un hombre nuevo a darnos una vida nueva.

 Disfrutemos de la Navidad, gocemos la Navidad pero con otro sentido, no nos quedemos en lo superficial, vayamos al misterio de Dios que nos llena, que nos inunda, que transforma nuestra vida, que nos hace grandes.

Por eso somos los más felices del mundo, queremos con nuestro amor, con nuestro gestos, con nuestros detalles, con nuestra cercanía llevar esa felicidad a los demás, para que todos puedan llegar a descubrir ese misterio de Dios, ese misterio de amor; para que todos puedan comenzar a caminar en ese mismo amor.

No son necesarias muchas palabras, simplemente contemplemos el misterio que se desarrolla en Belén, el misterio que podemos ver desarrollarse en nuestra vida, el misterio que está también en los que están a nuestro lado. que lo contemplamos en los pobres, en los que sufren, en los que se sienten solos, en los abandonados; ahí quiere llegar Dios; ahí quiere hacerse presente Dios pero quiera hacerse presente a través de nosotros, tenemos que ser signos de esa presencia y de ese amor de Dios.

 Por eso Navidad no se queda en unos sentimientos o unas alegrías momentáneas de un día; la vida que es presencia de Dios tiene que ser cada día; tenemos que llevarlo a nuestra vida de todos los días, tenemos que llevarla a aquellos que están a nuestro lado, porque queremos hacer presente todo ese misterio de amor de Dios que está con nosotros.

Hagamos asi cada día feliz Navidad

 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Dios ha querido encarnarse en nuestra humanidad con su historia de luces y sombras para que aprendamos a sentir cómo en Jesús somos dignificados a una vida nueva

 


Dios ha querido encarnarse en nuestra humanidad con su historia de luces y sombras para que aprendamos a sentir cómo en Jesús somos dignificados a una vida nueva

Génesis 49, 1-2. 8-10; Salmo 71; Mateo 1, 1-17

Seguramente en alguna ocasión hemos querido averiguar quienes son nuestros ascendientes, porque habitualmente lo más que conocemos son nuestros padres y nuestros abuelos y hemos querido saber y hemos acudido a registros civiles o parroquiales para intentar hacer nuestro árbol genealógico en una mayor o menor amplitud viendo de paso también de dónde proceden nuestras familias en las distintas generaciones. Es nuestra historia decimos, guste  o no nos guste, tenga sombras y también por supuesto con sus luces, estando ahí reflejada la vida de nuestros ascendientes donde ahora nosotros pondremos nuestra parte con lo que somos o con lo que dejamos a quienes nos sigan en la vida. Es bonito, para muchos muy importante, es una realidad con la que hemos de contar y que ha hecho lo que ahora y hoy somos.

Cuando comenzamos esta última semana de preparación para la Navidad la liturgia nos ofrece hoy el árbol genealógico de Jesús, en este caso, según el relato del evangelio de san Mateo. Un detalle importante que tuvieron muy en cuenta las primeras comunidades cristianas, y sobre todo en el caso del evangelio de San Mateo que nos quiere plasmar como en Jesús se cumple lo anunciado por los profetas. La elaboración de la genealogía de Jesús no nos la podemos tomar como un hecho histórico construido de manera científica en que uno hubieran más generaciones en el periodo descrito, pero sí quiere manifestarnos ese entronque de Jesús con el pueblo judío y con la historia de la salvación que en Jesús va a tener precisamente su momento culminante. Viene a decirnos cómo en ese pueblo y en esa familia con su historia también con sus luces y con sus sombras vino a encarnarse el Hijo de Dios para nuestra Salvación.

Como nos dirá san Lucas, como ya escucharemos, plantó su tienda entre nosotros, en nuestra humanidad y en nuestra historia, tal como somos y cómo anhelaríamos ser, porque vino a hacerse uno como nosotros para levantarnos con El. Es la maravilla de la Encarnación que vamos a celebrar y en lo que iremos meditando mucho en estos días. Toma nuestra carne, toma nuestra historia, toma nuestra vida y nos redime, nos eleva de los abismos donde nos hemos hundido y nos llena de luz cuando en tantas sombras y tinieblas nos hemos envuelto. Toma nuestra carne, siendo Dios y hombre verdadero, pero para divinizarnos a nosotros porque va a hacernos partícipes de una nueva vida, nos hace participar de su vida, nos hace hijos de Dios.

Es la maravilla de la Encarnación que nosotros nos eleva. Es la maravilla de la Encarnación que nos hace descubrir unos caminos nuevos, un nuevo sentido de nuestro vivir, pero que es una nueva y distinta mirada que hemos de tener desde ahora a ese mundo que nos rodea y a esos hombres y mujeres que con su historia caminan a nuestro lado.

Nos hace mirar nuestra humanidad tan llena de barro a veces por la tierra que vamos pisando pero que desde que Jesús tomó nuestra carne nosotros hemos de aprender a vivir de una manera nueva, porque en Jesús nos sentimos lavados, en Jesús nos sentimos transformados, en Jesús nos sentimos con una nueva vida. Tenemos que ser distintos, tendremos que elevarnos por encima de esas sombras que tantas veces nos envuelven y tenemos que comenzar a reflejar una nueva luz, no podemos ya vivir encerrados en nosotros mismos porque el amor ha abierto una nueva puerta en nuestra vida para ir a los demás, para mirar a los demás, para caminar con los demás.

Lejos de nosotros ya para siempre esas miradas que discriminan, lejos de nosotros ese fijarnos en los demás nada más que para ver sombras; están caminando en mismo barro que nosotros pero en ellos tenemos que contemplar también ese misterio de la Encarnación de Dios, que tomó nuestra carne llena de barro pero para lavarnos y dignificarnos; en lo que tenemos que sentir que en los otros también se está realizando, en lo que nosotros con nuestra aceptación y respeto también tenemos parte porque estar para levantar y no para hundir, estamos para poner luz y no para resaltar oscuridades, estamos para amar y crear comunión y nueva fraternidad no para distinciones o discriminaciones.


martes, 25 de marzo de 2025

Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad con su Encarnación para ser Emmanuel

 


Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad con su Encarnación para ser Emmanuel

 Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

Hay momentos que son decisivos en la vida, decisivos en nuestra vida personal o decisivos en el curso de la historia. A ojos profanos, a ojos ajenos a lo que puede ser la vida de esa persona, ajenos quizás incluso ante la historia porque les puede parecer que a ellos no les afecta pueden parecen insignificantes y hasta pasar desapercibidos. Pero eso no merma la importancia y trascendencia del momento. Ojalá no perdamos la sensibilidad. Tras esos momentos puede estar la construcción de la vida de esa persona, de ello pueden o van a depender muchas cosas o su vida misma, o en la trascendencia de la historia puede ser principio de un mundo nuevo.

Lo acontecido aquel día en Nazaret pasó totalmente desapercibido en aquel pueblo perdido en lo profundo de Galilea y que nunca había aparecido su hombre en la historia de Israel pero que le haría entrar en la historia para ser conocido por todos. El misterio de Dios revelado a aquella joven en aquellos momentos era desconocido por todos pero como el bien y el amor no se pueden ocultar pronto comenzaría a brillar en algunos corazones abiertos a la sintonía de Dios. Fue un momento de revelación, fue el momento en que Dios quiso hacerse más presente en la historia de los hombres y para ser Emmanuel, verdadero Dios entre nosotros, quiso encarnarse en el seno de una Virgen.

Un momento trascendental en la historia de la salvación, en la historia de amor de Dios para la humanidad. Fue el momento sublime en que Dios envía su ángel para contar con los hombres en su entrada en este mundo encarnándose y haciéndose hombre. Dios quiso contar con María que es querer contar con la humanidad; Dios se hizo presente en María de manera que sería para siempre la agraciada del Señor, la llena de gracia, porque quería hacer patente que la humanidad toda era la agraciada del Señor, a toda la humanidad quería inundar también de su gracia que es lo mismo que inundarla de su amor.

Es lo que hoy estamos celebrando, el misterio de la Encarnación de Dios. Dentro de nueve meses veremos nacer en Niño que sabemos que es el Hijo de Dios, el Hijo del Altísimo como ahora se le anuncia a la que va a ser la Madre de Dios. Dentro de nueve meses haremos fiesta que envolverá a todo el mundo con los sones de alegría de la Navidad, pero este momento trascendental de la Encarnación que hoy estamos celebrando está pasando demasiado desapercibido.

Es una lástima que la mayoría de los cristianos no sepan lo que hoy celebramos o tendríamos que celebrar, ese momento importante, trascendental en nuestra fe, en la historia de la salvación y en consecuencia en la historia de la humanidad, como lo es el momento de la Encarnación de Dios en el seno de María, en el corazón de la humanidad.

En María nos sentimos representados porque en el corazón de María está centrada toda la humanidad en la mirada de Dios cuando ha querido venir a encarnarse entre nosotros. Por eso de María tenemos que aprender para esa acogida del misterio de Dios que tenemos que realizar en nosotros; de María aprendamos a sintonizar con Dios como ella supo escuchar las palabras del ángel, que aunque se sentía turbada ante la grandeza del misterio que se le revelaba ella no se echó atrás, ella se dejó conducir por el Espíritu divino para manteniendo viva su humildad ser capaz de entregar todo su amor, disponible estaba su cuerpo para que Dios tomara su carne y disponible estaba su espíritu porque solamente se sentía la humilde esclava del Señor para que ella se cumpliera la palabra del ángel, para que en ella se realizar la voluntad del Señor.

De María aprendamos a decir con esa generosidad de su espíritu ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’, como rezamos en el padrenuestro. Lo decimos fácilmente como palabras repetidas de memoria, pero torpemente lo realizamos porque no siempre tenemos esa humildad y esa disponibilidad en nosotros. Es mucho lo que queremos decir con esas palabras pero tenemos que hacerlo de manera consciente para saber anteponer siempre lo que es la voluntad de Dios a lo que puedan ser nuestros deseos aunque nos parezcan buenos. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, decía Jesús entre sudores de sangre en Getsemaní, porque sí era consciente lo que significaba la voluntad de Dios. Aprendamos nosotros a hacerlo con la sencillez de María, con la humildad de María, con la disponibilidad de María.

Celebremos con gran sentido este momento grandioso de este día. Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad, quiso hacer de nosotros también unos seres llenos de gracia, inundados del amor de Dios.

martes, 31 de diciembre de 2024

El verdadero creyente tiene que hacer navidad cada día, porque cada día se ve envuelto por la presencia de Dios que llena de su luz su vida y su mundo

 


El verdadero creyente tiene que hacer navidad cada día, porque cada día se ve envuelto por la presencia de Dios que llena de su luz su vida y su mundo

1Juan 2, 18-21; Salmo 95; Juan 1, 1-18

 ‘En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios…’ Estamos escuchando el principio del evangelio,  el primer anuncio, en esta semana de la octava de la navidad que estamos culminando pero en las circunstancias sociales que vive nuestra sociedad en el final del calendario del año y comienzos de un año nuevo. Podemos encontrarle un sentido y puede ser una luz también ese camino que cada día vamos realizando.

Este anuncio de evangelio de luz que quiere brillar en las tinieblas pero que no siempre las tinieblas no se dejan eliminar por esa luz; nos habla de su venida hasta nosotros, pero que nosotros nos siempre hemos querido recibir. En estos momentos de finales de año nos vendría bien recordar nuestra historia, la historia que hemos vivido en este año, la historia de Dios en nuestra vida que siempre es una historia de salvación, porque siempre está la oferta de Dios a la que contraponemos nuestra respuesta.

Podemos recordar, tendríamos que recordar de cuantos signos y señales nos ha rodeado el Señor de su presencia a lo largo de este año, de los acontecimientos que hemos vivido, como de cada paso que hemos dado. Nos siempre nos es fácil hacer estas recapitulaciones sobre todo porque nos duele recordar nuestras sombras, las sombras que hemos ido interponiendo a esas señales de Dios; no siempre hemos sabido entrar en la sintonía de Dios, ha habido momentos en que le hemos dado la espalda, no nos hemos querido enterar de esas señales, hemos preferido nuestros camino aunque buscando caminos fáciles sin embargo se nos han hecho escabrosos.

Nos suele pasar cuando dejamos que predomine en nosotros el egoísmo, el pensar solo en nosotros mismos o en nuestros intereses, cuando nos hemos dejado arrastrar por nuestros orgullos o nuestras autosuficiencias y no hemos querido escuchar la voz de Dios, no hemos querido estar atentos a esas señales de Dios. Ahí están y son nuestra historia con la que tenemos que contar. Forma parte de nuestra vida que tenemos que redimir, en la que tenemos que saber ver la obra de salvación de Dios en nosotros.

Es también el repaso que hemos de hacer con corazón agradecido y queriendo que todo haya sido siempre para la gloria de Dios. Nos hemos sentido en muchos momentos de nuestra vida iluminados por su luz, hemos sabido también escuchar su llamada y podemos tener la satisfacción de las cosas buenas que hemos realizado. Todo siempre para la gloria de Dios. Son los pasos de vida que hemos ido dando, esa nueva profundidad espiritual que le hemos ido dando a nuestra vida, ese amor que hemos ido regalando, ese granito de arena que hemos ido poniendo también en el crecimiento del Reino de Dios, ese bien que hemos ido haciendo calladamente a los que están a nuestro lado. Ha brillado también la luz en nosotros y la hemos hecho brillar, aunque no haya sido lo suficiente, en el mundo que  nos rodea. Tenemos que dar gloria a Dios por ello que nos dio su gracia para que pudiéramos realizarlo.

‘Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Así nos sentimos nosotros. Así hemos hecho navidad en nuestra vida. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’

Es lo que hemos venido celebrando en estos días. Es lo que ha hecho Navidad. Es el verdadero sentido y valor de estas fiestas. Pero es lo que tiene que hacer navidad cada día del año. Es la tarea del verdadero creyente.

martes, 17 de diciembre de 2024

En el hoy de nuestra vida y nuestra historia, con sus luces y sombras, hemos de descubrir la presencia del Dios que hace historia de salvación para nosotros

 


En el hoy de nuestra vida y nuestra historia, con sus luces y sombras, hemos de descubrir la presencia del Dios que hace historia de salvación para nosotros

Génesis 49, 1-2. 8-10; Salmo 71; Mateo 1, 1-17

Todos tenemos nuestra historia. Y si tuviéramos ahora que comenzar a contar nuestra historia de entrada seguramente nos quedaríamos con la duda de cómo comenzar, como hacernos el planteamiento de esa nuestra historia que queremos contar. Mirando hacia atrás podríamos comenzar contando nuestros orígenes, nuestros antepasados, aquellos que con la historia de su vida fueron poniendo el fundamento de lo que es nuestra historia. Ahí donde estamos enraizados, y podemos pensar en personajes como podemos pensar en lugares, podemos pensar en acontecimientos o como podemos quedarnos en hechos concretos que casi como anécdotas vienen a redondear la historia que queremos contar.

¿Sólo ahí, en esas cosas del pasado, nos vamos a quedar a la hora de contar nuestra historia? No son solo hechos o personajes lo que queremos recordar, porque nuestra historia está construida a partir de vivencias, vivencias de nosotros mismos o de quien han ido antes que nosotros; vivencias que nos van a trasmitir un pensamiento, una manera de comprender la vida, algo que va a dejar traslucir lo más profundo de nuestro yo. Es la razón o motivo de nuestra historia, lo que además la va a definir, donde vamos a encontrar su profundidad, lo que va a ser la base de un futuro porque esa es una historia inacabada e inacabable, porque la seguimos construyendo, porque la seguimos escribiendo, porque va a ser la vida que nos defina.

Hoy, en este día en que con intensidad nos adentramos en la preparación de la próxima navidad, la Iglesia en la Palabra de Dios que nos ofrece nos habla de esa historia de Jesús. ‘Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán…’ se nos dice en este comienzo del evangelio de san Mateo. Se nos presenta el libro de la historia de Jesús, el Cristo, el hijo de David, el hijo de Abrahán, se nos dice.

No es simplemente la relación de unos personajes, es algo más lo que se nos quiere presentar. Es hablarnos de una historia que está enraizada en un pueblo, el pueblo de Israel, por eso se nos dirá el Hijo de David, el Hijo de Abrahán. Y cuando se nos van desgranando esos diversos nombres de la historia de Israel se nos está describiendo una historia de salvación. Es la historia de un pueblo que se siente amado y elegido de Dios, lo cual nos está describiendo y definiendo el verdadero sentido de la historia y de la vida de Jesús.

Se nos está describiendo el camino de Dios que se acerca al hombre y se va haciendo presente en su historia. Pero no será ya solo el pasado sino que será mirar el presente. Y es entonces la historia de la presencia de Dios en el hoy de nuestra historia. Como aparecieron en el relato de Mateo diversos personajes con sus luces y con sus sombras así Dios quiere seguir haciendo presente en nuestra historia que también tiene sus luces y sus sombras.

Pero ahí está Dios, ahí se hará presente Jesús como lo vemos en el evangelio en todas las circunstancias de su historia pero también de los personajes que irán apareciendo en el entorno de Jesús, como se quiere seguir haciendo presente en nuestra vida, en lo que somos y vivimos también con nuestras luces y con nuestras sombras.

Porque es historia de salvación en el hoy de nuestra vida, donde vamos a sentir ese amor de Dios, su misericordia y su compasión, en tantas sombras que seguimos viendo en nuestro mundo, en nuestra historia de hoy; miremos sin miedo el panorama que nos rodea con tantas cosas que no es necesario ahora volver a relatar aquí pero que sabemos que ahí están y donde Dios hoy quiere hacerse presente. Por ese hombre y ese mundo Jesús quiere transformarlo, hacer un hombre nuevo y un mundo nuevo. Y nosotros tenemos que dejarnos hacer por ese hacer de Dios, para que sea en verdad historia de salvación para nosotros y nuestro mundo hoy.

¿Será ahí cómo vamos a afrontar estos últimos pasos del Adviento para llegar a una auténtica navidad donde en el hoy de nuestra vida y nuestra historia descubramos la presencia del Dios que es nuestra salvación?

lunes, 8 de abril de 2024

Por puro don de la liberalidad del amor de Dios nos ha tomado en gracia, somos también, como María, los que hemos encontrado gracia ante Dios que nos regala tanto amor

 


Por puro don de la liberalidad del amor de Dios nos ha tomado en gracia, somos también, como María, los que hemos encontrado gracia ante Dios que nos regala tanto amor

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

Al leer el evangelio de este día en que de alguna manera hacemos como paréntesis en el tiempo pascual en el que estamos para celebrar el misterio de la Encarnación que hubiera correspondido al pasado lunes santo me he querido fijar en una hermosa expresión con la que el ángel se dirige a María. ‘No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios’.

Caer en gracia, es una expresión coloquial con la cual queremos decir mucho. Cae en gracia una persona ante otras cuando destaca por sus valores y cualidades, cuando aparece reluciente su lealtad y su cercanía, cuando se hace merecedora por su forma de ser y de hacer de la atención y del cariño de los demás. Cae en gracia una persona cuando alguien generosa y gratuitamente le regala su amistad o le hace beneficiaron de muchos dones, aunque parezca que la persona quizás no se lo merezca, pera a quien le cae en gracia le hace ese regalo de sus preferencias.

Hoy el ángel del Señor viene a decirle a María que le ha caído en gracia a Dios. Miramos su humildad y su sencillez, miramos la disponibilidad y la generosidad con que manifiesta en la vida ante Dios y ante los demás, miramos la ternura que se derrama de su presencia y podíamos decir que el corazón de Dios se derrite ante María, ‘ha encontrado gracia ante Dios’, y Dios le regala su gracia, le regala sus dones, le regala el don de la maternidad divina, porque la quiere hacer su madre.

Pero yo me atrevo a decir, y lo uno a la celebración de esta festividad, que en María nosotros también nos sentimos agraciados ante Dios. No será por merecimientos propios porque tenemos que reconocer nuestro pecado y la falta de lealtad con que tantas veces vivimos, pero sí podemos decir que en María tenemos el regalo de Dios. Y como nos explicaría san Juan en sus cartas, no es que nosotros hayamos amado a Dios sino que Dios nos amó primero. Somos la criatura preferida de toda su creación porque Dios todo lo realizó para nosotros y en nuestras manos ha puesto todas las criaturas – recordemos los textos que nos hablan de la creación de Dios en el Génesis – engrandeciendo al hombre cuando lo ha creado a su imagen y semejanza.

Y Dios sigue pensando en nosotros, Dios sigue amándonos y regalándonos su gracia para hacernos a nosotros también los agraciados de Dios. Contemplar, pues, hoy a María ‘la que ha encontrado gracia ante Dios’, nos hace pensar que lo hace por nosotros. Hemos encontrado también gracia ante Dios. ¿Puede haber regalo más grande que lo que Dios hace por nosotros, que por nuestro amor nos entrega a su Hijo único? Es el misterio que hoy precisamente estamos celebrando, la Encarnación de Dios en el seno de María, en las entrañas virginales de María para estar tan cerca de nosotros que por nosotros se ha hecho hombre.

Es lo que leemos en el evangelio de este día – la anunciación del ángel a María de que iba a ser la Madre de Dios -, lo que nos expresa el profeta cuando nos habla de la Virgen que da a luz un hijo que será para nosotros Emmanuel, Dios con nosotros, y es de lo que nos habla la carta del apóstol que nos habla del sacrificio de Cristo por nosotros porque no quiere otra cosa que hacer la voluntad de Dios.

Por puro don de la liberalidad de Dios nos ha tomado en gracia, somos también los que hemos encontrado gracia ante Dios que así nos regala tanto amor. ¿Cuál es la respuesta de lealtad que nosotros hemos de dar a Dios ante tanta generosidad? también tenemos que aprender a decir ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, como hemos repetido en el salmo. Así nos llenaremos y rebosaremos de la gracia de Dios.

sábado, 25 de marzo de 2023

Hoy es el día de la encarnación, el momento eje de la historia en que se realiza el encuentro definitivo de Dios con el hombre y del hombre con Dios

 


Hoy es el día de la encarnación, el momento eje de la historia en que se realiza el encuentro definitivo de Dios con el hombre y del hombre con Dios

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Sal 39; Hebreos 10, 4-1; Lucas 1, 26-38

Era la esperanza de la humanidad desde su génesis. Una esperanza mantenida a través de la historia. Una historia que había sido de pecado pero que era en la esperanza al mismo tiempo historia de salvación. La salvación estaba anunciada desde el principio, desde el primer pecado con el que la humanidad rompió con Dios. Pero Dios no rompió con la humanidad; a pesar de su infidelidad Dios había salido a pasear por el jardín en búsqueda del hombre, y aunque ese jardín se volvió escarioso Dios siguió saliendo en búsqueda del hombre, en búsqueda de la humanidad. Por eso es historia no solo de pecado, sino que de parte de Dios es historia de esperanza, es historia de salvación.

Llegamos al momento cumbre. Llega la hora de la salvación. Lo prometido por Dios es deuda de amor de Dios por el hombre. Y Dios sigue amándonos, sigue buscándonos, sigue ofreciéndonos su amor, nos regala a su Hijo. Es la hora en que el Hijo de Dios se hace carne, se hace hombre como nosotros para levantarnos, para elevarnos, para hacernos disfrutar de ese amor de Dios que nunca había fallado, aunque la respuesta del hombre seguía siendo tantas veces de infidelidad, como su prefiriera la muerte a la vida. Y para eso y por eso Dios se hace hombre, para que llegáramos a terminar de comprender lo que es el amor y comenzáramos ya definitivamente un camino de vida.

Dios envía su ángel a Nazaret, porque es que Dios quiere contar con la humanidad. Ha escogido a una mujer, una virgen humilde y sencilla, una mujer que representa lo mejor de la humanidad, una mujer a la que ya anticipadamente en virtud de los méritos del que había de venir, ha liberado de pecado y de muerte, la ha inundado de amor y de gracia. Será la llena de gracia del Señor, porque Dios en ella se complace. Pero Dios quiere contar con su consentimiento.

El Señor está contigo, le dice el ángel. Has encontrado gracia ante Dios y vas a ser madre y el hijo que nacerá de tus entrañas será el Hijo de Dios. Es mucho lo que el ángel le está comunicando y María rumia en su interior aquellos anuncios, aquellas palabras que la sobrepasan. Se llamará el Hijo del Altísimo, el que va a nacer será llamado el Hijo de Dios.

Y allí está el Espíritu Santo actuando en el corazón de aquella pequeña mujer que se ve sobrepasada en su humildad cuando siente que Dios quiere hacer obras grandes en su pequeñez. No sabe qué responder, pero ella ha estado siempre disponible para Dios, porque hacer su voluntad ha sido siempre el lema de su vida. ¿Qué puede responder entonces? Que allí está la esclava del Señor, que se haga, que se cumpla esa Palabra de Dios en ella, y en ella se encarnó el Verbo de Dios para plantar su tienda entre nosotros.

Es el Sí de María que hace entrar a la humanidad en otra nueva etapa de su historia. Es la hora, es la plenitud de los tiempos en la que Dios envió a su Hijo nacido de una mujer, para que fuera nuestra salvación. Se cumplen las esperanzas. Se realiza todo lo que estaba anunciado. Es la virgen que concebirá y dará a luz un hijo que será Emmanuel, que será Dios con nosotros. La historia de la salvación llega a su plenitud, porque de ahora en adelante ha de ser la hora de la gracia, la hora del regalo de Dios.

Es lo que en este día que pasa desapercibido para muchos sin embargo estamos celebrando. Es momento de adoración, es momento de postrarnos ante Dios, es momento de sentir la admiración y el agradecimiento por ese misterio de Dios que se nos revela, por ese misterio de Dios que se hace presente en nosotros. Lo llamamos el día de la Encarnación. Es el momento eje de la historia. Se ha realizado el encuentro definitivo de Dios con el hombre, del hombre con Dios.


viernes, 25 de marzo de 2022

Como María estemos dispuestos a someter nuestros deseos y nuestros planes a lo que son los planes de Dios para nosotros, siempre es Emmanuel, Dios con nosotros

 

Como María estemos dispuestos a someter nuestros deseos y nuestros planes a lo que son los planes de Dios para nosotros, siempre es Emmanuel, Dios con nosotros

Isaías, 7, 10-14; 8, 10; Sal. 39; Hebreos, 10, 4-10; Lucas, 1, 26-38

Mas o menos todos en la vida sabemos, o creemos saber, que es lo que vamos a hacer; nos hacemos nuestros planes, nuestros proyectos, más o menos vamos definiendo lo que queremos que sea nuestro futuro; es la tarea que hemos ido realizando en nuestro crecimiento humano y en nuestra maduración como persona. Y eso es bueno y necesario; tenemos que saber a donde vamos, qué queremos, cuales son las metas de nuestra vida; es lo que insisten padres y educadores en la juventud y es lo que nos va abriendo al futuro.

Pero supongamos que en un momento concreto cuando ya tenemos todo esto determinado viene alguien con cierta ascendencia sobre nosotros y nos dice que no puede ser, que para nosotros hay otros planes, que nuestra vida tenemos que dedicarla a otra cosa. Lo normal es que haya un rechazo por nuestra parte, que defendamos lo que son nuestros proyectos, que tratemos de convencer a quien nos hace esas nuevas propuestas que no estamos dispuestos a aceptar porque tenemos claro lo que queremos ser. Estamos hablando de algo hipotético, pero quizá haya sucedido a más de uno en la vida y que han tenemos que cambiar todos sus planes, porque quizá ahora le proponen algo que se presenta como algo superior.

Me estoy haciendo estas consideraciones a partir de lo que hoy se nos propone en la Palabra de Dios y sobre todo en el evangelio. Aquella muchachita de Nazaret tenía definida su vida, allá en el silencio de aquel pueblo medio perdido entre los valles y colinas de Galilea. Prometida estaba con José pero algo había en su interior que de alguna manera iba trazando los derroteros de su vida. Pero de la noche a la mañana todo cambió; en el silencio de su recogimiento y de su oracion el ángel del Señor viene a proponerle algo distinto.

María se siente sorprendida. Sorprendida por la presencia del ángel del Señor, que era como sentir de una manera especial la presencia de Dios en su vida; sorprendida por las palabras y las propuestas del ángel; la llama la llena de gracia porque Dios ha pensado en ella de manera especial y hay un proyecto de Dios para ella. Todo va a cambiar, va a ser madre y le dirán que será el Hijo del Altísimo, lo llamarán Hijo de Dios; ella no conoce varón y no entiende lo que se le propone, porque se le anuncia que será el Espíritu de Dios el que la cubrirá con su sombra, para que aquel hijo de la jovencita de Nazaret sea llamado el Hijo de Dios; el nombre que se le ha de imponer tiene también hondo significado, porque se llamará Jesús porque El salvará a su pueblo de sus pecados.

Los planes de María y los planes de Dios; el camino humilde, sencillo y callado que había escogido en aquella aldea poco menos que perdida y desconocida en Galilea, con el camino que de ahora en adelante se va a abrir en su vida aunque quizá aun no termine de comprender toda la amplitud de los planes de Dios. Lo que parece un imposible en ella se va a poder realizar de la misma manera, como le anuncian, que su anciana prima Isabel también va a ser madre. Porque para Dios nada hay imposible.

Y es que con los planes de Dios para Maria se va a realizar el misterio más grande de la historia. El Hijo de Dios se va a convertir en el hijo del hombre en las entrañas de María, lo que significa que Dios se va a encarnar en nuestra carne para sin dejar de ser Dios ser también hombre como nosotros. Es el misterio de la Encarnación que hoy estamos celebrando. Es un momento culmen en toda la historia de la Salvación porque Dios va a comenzar a ser en verdad el Emmanuel, el Dios con nosotros, cuando se encarna en el seno de María.

Y aquella mujer humilde y sencilla, que es la llena de gracia como la ha llamado el Ángel porque Dios está en ella y con ella, se deja hacer por Dios, aceptar los planes de Dios que serán planes de salvación para todos los hombres; y aquella pequeña mujer que ahora será grande porque será la Madre de Dios, se siente humilde, se hace pequeña, acepta que la Palabra de Dios se realice en ella, se encarne en ella, porque como dice solamente es la pequeña esclava del Señor. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, que le responde al ángel.

Pero cuando sentimos el gozo inconmensurable de este día grande de la Encarnación de Dios en las entrañas de María, ha de tener más consecuencias para nuestra vida. Como decíamos al principio nos hacemos nuestros planes, decimos que sabemos lo que queremos para nosotros en la vida, pero ¿alguna vez nos hemos preguntado cuales son los planes de Dios para nosotros? ¿En esos deseos, buenos deseos que podamos tener habremos sabido vislumbrar tras ellos lo que es la voluntad de Dios para nosotros?

Como María, ¿estaríamos dispuestos a someter nuestra voluntad y nuestros deseos a los planes de Dios? ¿Qué quiere Dios para nuestra vida? ¿Sentiremos en todo ese complejo que es nuestra vida que Dios es en verdad Emmanuel para nosotros, porque Dios está con nosotros?

viernes, 31 de diciembre de 2021

Es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida

 


Es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida

1Juan 2, 18-21; Sal 95; Juan 1, 1-18

Hoy es habitual en la mayoría de la casas andar muy preocupados y ocupados en los preparativos para la nochevieja, para el fin de año. Es un hecho social. En el calendario cae una hoja, pero con el cambio de año no parece una hoja cualquiera. Son momentos de fiesta en la despedida del año que termina y en el recibimiento del año nuevo. Todo son buenos deseos para el año que comienza.

Pero también hay que decir que para algunos – y nos tendríamos que preguntar si no sería así para todos – es un momento de un parón, aunque sea momentáneo para mirar hacia atrás y contemplar el año que termina. Sería una cosa muy necesaria y conveniente. Me atrevo a pensar que en medio de todas esas preocupaciones y ocupaciones en que hoy estamos liados tendríamos que sacar unos momentos para hacer esa mirada.

Socialmente ha sido un año muy complejo porque la pandemia sigue y no terminamos de ver previsiones de un próximo cambio, sino que más bien parece que en estos momentos las cosas se ponen un tanto graves; la crisis social y económica que acompaña cuanto sucede sigue afectando a muchas personas y es algo que tendría que preocuparnos seriamente; en una de nuestras islas se han vivido unos especiales momentos de angustia, donde en cierto modo todos los canarios nos hemos visto afectados, con el volcán de Cumbre Vieja que asoló en parte la isla de La Palma. Así podríamos seguir pensando en muchas más cosas de este calibre que ya los medios de comunicación social en algún momento nos están recordando.

Pero creo que ese detenernos, aunque existen estas preocupaciones graves, tendría que ir en lo personal por caminos de mayor hondura. ¿Qué ha significado en mi vida personal este año que termina? ¿Qué provecho ha tenido para mi vida? Lo que he ido viviendo a través del año ¿ha contribuido a mi crecimiento personal, a mi maduración como persona? Muchas cosas tendríamos que saber analizar con detalle; cada uno conoce su vida con sus limitaciones y carencias y con el progreso personal que va realizando, y la mirada tiene que ser muy personal de cada uno a sí mismo, a su interior, y al mismo tiempo en consecuencia a todo lo que ha significado mi relación con las personas de las que me rodeo.


Es momento, sí, de hacer balances, pero no de resultados económicos sino de ese enriquecimiento como persona en el cultivo de los mejores valores. Y es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida. Vamos a decir que es tratar de descubrir cómo me ven los ojos de Jesús, los ojos de Dios. Es en Cristo donde tenemos que centrar lo más hondo de nuestra vida, pero ¿ha sido así como realmente he vivido este año?

Hoy he querido en este último día del año dejar esta reflexión, aunque nos pareciera que no es un comentario al evangelio del día. No perdamos de vista, por otra parte, que seguimos dentro de la octava de la Navidad y ese espíritu navideño tenemos que seguir viviéndolo, aunque ya para el mundo que nos rodea les pueda parecer que quedó atrás y muy lejos, aunque aún sigan los mismos adornos en nuestras casas y en nuestras calles.

Hoy precisamente en el evangelio se nos recuerda que ‘el Verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’. Es el misterio de Navidad que seguimos viviendo y celebrando. Pero también se nos dice que ‘la luz brilló en la tiniebla y la tiniebla no quiso recibirla’. Cuidado le demos la espalda a esa luz preocupados como andamos por tantas cosas. Que seamos en verdad aquellos que la recibimos y que ‘a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre les dio poder de ser hijos de Dios’. Es lo que somos y es lo que hemos de vivir.

jueves, 25 de marzo de 2021

Contemplamos y nos postramos ante el misterio de Dios, nos abrimos al misterio de Dios y decimos Sí, el sí de nuestra fe, el sí de la ofrenda de nuestra vida y de nuestro corazón

 


Contemplamos y nos postramos ante el misterio de Dios, nos abrimos al misterio de Dios y decimos Sí, el sí de nuestra fe, el sí de la ofrenda de nuestra vida y de nuestro corazón

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

Hoy es un día que pasa desapercibido para la mayoría de los cristianos y sin embargo es de gran importancia y podríamos decir que fundamental en nuestra fe cristiana. Hoy es el día de la Encarnación de Dios en las entrañas virginales de María para hacerse hombre y ser así nuestro Salvador. El momento en que el Hijo de Dios se hace hijo del hombre, en que sin dejar de ser Dios, el Hijo de Dios desde toda la eternidad, se hace verdaderamente hombre tomando nuestra naturaleza carnal.

‘Y el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros’, nos dice el evangelio de san Juan, como tantas veces hemos confesado en el credo de nuestra fe. Y por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de la Virgen y se hizo hombre, como confesamos en el credo. Un momento inolvidable, un momento grandioso, un momento en que se manifiesta todo el misterio de Dios para nuestra salvación.

He contado muchas veces la experiencia y no me importa repetirla, que fue lo que viví en el lugar donde se realizó este misterio de Dios en el seno de María. Me refiero a Nazaret, como nos ha contado hoy el evangelio de Lucas y en el lugar concreto de la Basílica de la Anunciación estando enfrente del lugar que llaman la casita de la Virgen en unas ruinas que sobresalen de la roca en el ábside de la Basílica magníficamente conservadas. Fue en mi segunda visita a Israel; estaba con el grupo en silencio rumiando el pasaje del evangelio y era algo que me repetía y repetía una y otra vez por lo bajo pero para que le sirviera de meditación a los que allí estábamos. Aquí, aquí se realizó el misterio de la Encarnación, aquí Dios se hizo hombre encarnándose en las entrañas de María y no podía dejar de repetir esa palabra, aquí, fue aquí.

Lo recuerdo y aunque han pasado ya muchos años es algo que sigo sintiendo muy hondo dentro de mí y con gran emoción. El silencio en el que solo se escuchaban las pisadas de otros peregrinos en otro lugar de la basílica era penetrante y a todos creo que nos llenaba de la presencia de Dios.

Creo que hoy es un día para hacer silencio y escuchar ese susurro de Dios contemplando su misterio de amor. Es un día para tomar de nuevo ese evangelio en nuestras manos y más allá de las palabras de la Virgen podamos quizá sentir algo de la emoción de llenarse de Dios que María pudo haber sentido en aquel instante. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra… Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús… por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios… Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin…’

Contemplemos y escuchemos en silencio. Contemplamos y nos postramos ante el misterio de Dios. Contemplamos y nos lo repetimos en el corazón una y otra vez. Contemplamos y decimos Sí, el sí de nuestra fe, el sí de la ofrenda de nuestra vida y de nuestro corazón; un sí como el de María para dejar que a nosotros nos alcance también ese misterio de Dios; un sí como el de María para llenarnos de la presencia de Dios que cuando quiere hacerse como nosotros quiere estar con nosotros, quiere asentarse en nuestro corazón. Contemplamos y nos abrimos al misterio de Dios.