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domingo, 4 de enero de 2026

Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios

 


Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Salmo 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

¡Qué difícil se nos hace hablar de Dios! Se nos revuelven y se nos mezclan las ideas, no encontramos palabras, le damos vueltas y más vueltas y no sabemos cómo expresarnos. Ya se nos dirá en la Escritura que a Dios nadie lo vio nunca; cuando Moisés siente la voz y la presencia de Dios tiene que descalzarse, más tarde cuando bajó del monte su rostro resplandecía como el sol porque había visto a Dios y tenía que cubrírselo con un velo. Jesús nos dirá que solo el Hijo conoce al Padre y a quien quiere revelárselo.

Emplearemos palabras muy de nuestro camino y de nuestros pasos para intentar hablar de Dios, Palabra que nos habla y que se nos revela, y que es Vida y nos hace vivir y es Luz y nos da una visión nueva, Sabiduría que está en Dios desde toda la eternidad por quien fueron hechas todas las cosas, Verbo eterno, nos dirá san Juan, que planta su tienda entre nosotros, que se enraíza en nuestra carne y nuestra vida para tomar nuestra carne, para tomar nuestra humanidad, para hacerse hombre con nosotros.

Y nos quedamos ensimismados dándole vuelta y más vueltas porque al final sentimos que no es algo que está lejos de nosotros sino alguien que está en nosotros; sentimos cómo nuestra vida se expande buscando una mayor plenitud, pero sentimos cómo el amor florece en nosotros y nuestros ojos comenzarán a tener una luz nueva, nos sentiremos llenos de luz y con ello engrandecidos en una vida nueva, en una dignidad distinta porque al sentirnos amados nos sentiremos hijos.

Porque nos sentimos amados nos sentimos bendecidos, porque no solo sentimos el rostro de Dios sobre nosotros con una mirada que nos hace saborear el amor, sino porque nos sentimos enraizados en Dios, porque cuando ha tomado nuestra carne humana para hacerse hombre, a nosotros nos ha elevado para hacernos hijos, para hacernos hijos de Dios. Bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales sabemos que Dios nos eligió desde antes de la creación del mundo, como nos dice la carta de los Efesios. Hemos sido iluminados con la luz verdadera que ilumina a todo hombre.

No rechacemos la luz para quedarnos encerrados ensombrecidos en las tinieblas, no nos encerremos en nuestras sabidurías que nos hacen autosuficientes y orgullosos para creernos que por nosotros decidimos lo que es el bien y lo que es el mal, no nos intoxiquemos con nuestras propias vanas palabras que cacareamos como un eco pero nos hace encontrarnos en el vacío. Reconozcamos agradecidos cuanto Dios nos regala cuando se nos revela a sí mismo y su Palabra llega a nuestro corazón. Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios.

Todo eso se nos ha revelado en el Niño que hemos contemplado nacido en Belén. Cuando estamos ya a punto de concluir el ciclo de Navidad sepamos aún encontrar tiempo para el silencio, para la contemplación, para ponernos ante ese Niño y saborear todo ese maravilloso sentido de Dios que nos revela, que nos hace descubrir. Con Él todo tiene un nuevo sabor, con Él nos sentiremos fortalecidos sin miedo a afrontar los vaivenes de la vida, con Él ya nunca sentiremos el frío de la soledad.

No pasemos de largo con nuestras prisas y carreras, pendientes de tanto que tenemos que hacer o de nuestros entretenimientos. Detengámonos y en silencio contemplemos. No demos vueltas a muchas cosas en la cabeza que quisiéramos decir o pedir. Ahora es más importante ese silencio, escuchar eso que nos parece silencio de Dios pero donde podemos embebernos en su Palabra, en su Sabiduría, dejémonos envolver por su luz, sintamos esa nueva vida que palpita en nuestro corazón, escuchemos a Dios en silencio.

Probablemente saldremos con nuestro rostro resplandeciente y con un nuevo brío en nuestro corazón.


domingo, 5 de enero de 2025

La mirada de Dios hacia la humanidad es la mirada de amor que se nos manifiesta en Jesús para hacernos a nosotros también hijos en el Hijo de Dios

 


La mirada de Dios hacia la humanidad es la mirada de amor que se nos manifiesta en Jesús para hacernos a nosotros también hijos en el Hijo de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Salmo 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

La mirada de Dios hacia la humanidad es la mirada de amor que se nos manifiesta en Jesús, como la mirada que nos lleva a conocer a Dios es a través de Jesús, que es revelación de Dios, que es Palabra de Dios, Palabra del amor de Dios para la humanidad. En Jesús hemos sido bendecidos con toda clase de bendiciones celestiales, como nos dice la carta a los Efesios, hemos sido elegidos y amados, y estamos llamados y predestinados a ser sus hijos. Hijos de Dios en el Hijo, en Jesús que nos hace participes de la vida de Dios por la fuerza de su Espíritu.

Es el mensaje maravilloso de la Navidad que seguimos viviendo y celebrando. Es la Sabiduría de Dios que nos llena de vida, que se hace luz y salvación, que se hace verdad y se hace gracia, que nos revela todo el amor de Dios que nos engrandece y nos hace hijos; es la participación en el misterio de Dios, Palabra de Dios que se hace carne y que planta su tienda entre nosotros, como estamos viviendo en la Navidad. Mucho más allá que en la cueva de Belén Dios quiere plantar su tienda en nosotros cuando nosotros le recibimos y le acogemos, porque a aquellos que le reciben les da el poder ser hijos de Dios, como escuchamos hoy en el mensaje del evangelio.

Nos encontramos hoy ante una de la páginas más bellas y profundas del evangelio; es lo que llamamos habitualmente el prólogo del evangelio de san Juan donde se nos está revelando y ofreciendo como en un hermoso resumen toda la teología del misterio de la Encarnación. San Juan no nos narra el misterio del nacimiento de Jesús con la tradición de los otros evangelistas, pero sí nos está expresando todo ese misterio del Dios que existiendo desde toda la eternidad quiere encarnarse y hacerse hombre para ser nuestra Sabiduría y nuestra Salvación, nuestra Luz y nuestra Vida, gracia que nos salva y que nos redime, gracia que tenemos que acoger porque al encarnarse Dios en nuestra carne a nosotros nos eleva para hacernos también sus hijos.

Aparecen en medio de la sombras de nuestra vida, como las tinieblas que rechazan la luz, que no quieren recibir la luz, pero nos abre el camino para que finalmente nos dejemos envolver por esa luz, nos dejemos inundar por esa gracia, podamos alcanzar también la vida.

Es el camino de la redención, el camino de la Salvación que Dios nos está ofreciendo. Es el camino de sabiduría que se abre ante nosotros cuando acogemos su Palabra. Esa palabra que nos revela lo más profundo de Dios, igual que con nuestras palabras estamos manifestando lo que llevamos dentro de nosotros mismos, expresamos nuestros pensamientos o nuestros deseos, reflejamos lo que somos y lo que sentimos, estamos diciendo nuestro propio yo, así nos revela Dios en su Palabra lo más profundo de su ser.

Como nos dice es la Palabra por la que se hizo todo cuanto ha sido hecho, la Palabra de la creación, pero es también la Palabra que ilumina cuanto existe y nos da el sentido de todo, Palabra que es revelación, y es también la Palabra que nos levanta y nos redime ofreciéndonos la gracia y el perdón, es Palabra de Salvación. ‘Basta una sola palabra tuya, le decía el centurión a Jesús, y mi criado quedará sano’. ¡Qué bien lo expresaba la fe de aquel centurión romano! Es la Palabra que en Jesús llega a nosotros para levantarnos y para salvarnos, para inundarnos del amor de Dios y para hacernos hijos de Dios.

No terminamos de considerar lo suficiente tanta maravilla, tanto amor, tanta gracia. Por algo nos decía san Pablo que en Jesús hemos sido bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales. Hoy nos invita el apóstol a dar gracia a Dios, que es reconocer humildemente toda la maravilla del amor de Dios. ¡Bendito sea Dios que así nos ha enriquecido con tanta gracia! ‘Santificado sea tu nombre’, bendito sea el nombre del Señor, como decimos en el padrenuestro.

Pero nos enseña también cuál ha de ser nuestra mejor oración. Que nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprender cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a sus santos.

¿Será así nuestra oración? ¿Será esa la forma en que bendecimos a Dios y pedimos la sabiduría de su Palabra? ¿Cuál es la esperanza que tenemos en nuestro corazón y la verdadera riqueza que buscamos para nuestra vida?

 

martes, 31 de diciembre de 2024

El verdadero creyente tiene que hacer navidad cada día, porque cada día se ve envuelto por la presencia de Dios que llena de su luz su vida y su mundo

 


El verdadero creyente tiene que hacer navidad cada día, porque cada día se ve envuelto por la presencia de Dios que llena de su luz su vida y su mundo

1Juan 2, 18-21; Salmo 95; Juan 1, 1-18

 ‘En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios…’ Estamos escuchando el principio del evangelio,  el primer anuncio, en esta semana de la octava de la navidad que estamos culminando pero en las circunstancias sociales que vive nuestra sociedad en el final del calendario del año y comienzos de un año nuevo. Podemos encontrarle un sentido y puede ser una luz también ese camino que cada día vamos realizando.

Este anuncio de evangelio de luz que quiere brillar en las tinieblas pero que no siempre las tinieblas no se dejan eliminar por esa luz; nos habla de su venida hasta nosotros, pero que nosotros nos siempre hemos querido recibir. En estos momentos de finales de año nos vendría bien recordar nuestra historia, la historia que hemos vivido en este año, la historia de Dios en nuestra vida que siempre es una historia de salvación, porque siempre está la oferta de Dios a la que contraponemos nuestra respuesta.

Podemos recordar, tendríamos que recordar de cuantos signos y señales nos ha rodeado el Señor de su presencia a lo largo de este año, de los acontecimientos que hemos vivido, como de cada paso que hemos dado. Nos siempre nos es fácil hacer estas recapitulaciones sobre todo porque nos duele recordar nuestras sombras, las sombras que hemos ido interponiendo a esas señales de Dios; no siempre hemos sabido entrar en la sintonía de Dios, ha habido momentos en que le hemos dado la espalda, no nos hemos querido enterar de esas señales, hemos preferido nuestros camino aunque buscando caminos fáciles sin embargo se nos han hecho escabrosos.

Nos suele pasar cuando dejamos que predomine en nosotros el egoísmo, el pensar solo en nosotros mismos o en nuestros intereses, cuando nos hemos dejado arrastrar por nuestros orgullos o nuestras autosuficiencias y no hemos querido escuchar la voz de Dios, no hemos querido estar atentos a esas señales de Dios. Ahí están y son nuestra historia con la que tenemos que contar. Forma parte de nuestra vida que tenemos que redimir, en la que tenemos que saber ver la obra de salvación de Dios en nosotros.

Es también el repaso que hemos de hacer con corazón agradecido y queriendo que todo haya sido siempre para la gloria de Dios. Nos hemos sentido en muchos momentos de nuestra vida iluminados por su luz, hemos sabido también escuchar su llamada y podemos tener la satisfacción de las cosas buenas que hemos realizado. Todo siempre para la gloria de Dios. Son los pasos de vida que hemos ido dando, esa nueva profundidad espiritual que le hemos ido dando a nuestra vida, ese amor que hemos ido regalando, ese granito de arena que hemos ido poniendo también en el crecimiento del Reino de Dios, ese bien que hemos ido haciendo calladamente a los que están a nuestro lado. Ha brillado también la luz en nosotros y la hemos hecho brillar, aunque no haya sido lo suficiente, en el mundo que  nos rodea. Tenemos que dar gloria a Dios por ello que nos dio su gracia para que pudiéramos realizarlo.

‘Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Así nos sentimos nosotros. Así hemos hecho navidad en nuestra vida. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’

Es lo que hemos venido celebrando en estos días. Es lo que ha hecho Navidad. Es el verdadero sentido y valor de estas fiestas. Pero es lo que tiene que hacer navidad cada día del año. Es la tarea del verdadero creyente.

domingo, 2 de enero de 2022

Los que nos llamamos seguidores de Jesús tenemos que sentir preocupación por lo poco que estamos iluminando con la luz del evangelio a nuestro mundo

 


Los que nos llamamos seguidores de Jesús tenemos que sentir preocupación por lo poco que estamos iluminando con la luz del evangelio a nuestro mundo

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

Algunas veces pareciera que la luz ha dejado de iluminar o no tiene ya sentido, o no tenemos interés por la luz. ¿Alguien prefiere la oscuridad? ¿Habría alguien que abandonara un camino iluminado para transitar por otro que no tiene luz? Podrían parecer cosas absurdas lo que estoy diciendo para introducir esta reflexión, pero ya sabemos que muchas veces lo que no es bueno se tramita en la oscuridad o se prepara en lo oculto. No querrían luz, para que no se sepa lo que están conspirando. Y es al acecho de la oscuridad – que nada se sepa, dicen – donde se realizan las peores maldades, los peores crímenes, o donde se gesta la más malvada corrupción.

Con lo que estamos diciendo podemos referirnos a muchas cosas, a muchas maldades con que nos encontramos en la vida. Pero podemos hacer referencia también a la luz de la Navidad que hemos querido hacer brillar con especial resplandor estos días. Bueno, hacemos brillar la luz de la navidad aunque también tendríamos que preguntarnos si es la verdadera luz de la navidad la que ha ido iluminando nuestros ambientes que decimos navideños.

¿Será luces engañosas que utilizan el calificativo de navideñas pero que realmente son otras cosas las que pretenden anunciarnos? ¿En verdad son una auténtica referencia a la Navidad de Jesús los adornos con que nos hemos tratado de iluminar en estos días? Qué pronto pasamos a su lado y en lo menos que pensamos es en Jesús. ¿Será acaso que camuflamos la luz de Jesús con otros intereses, porque no es tanto Jesús el que queremos que sea la luz de nuestro mundo? Y aquí los que nos decimos creyentes tenemos quizá mucho que analizar de nuestras posturas y hasta planteamientos.

Y es que los que nos decimos que creemos en Jesús tendríamos que tomarnos más en serio el hacer que sea en verdad la luz de Jesús la que ilumine nuestras vidas y con la que queremos iluminar la vida de los demás, con la que queremos iluminar nuestro mundo. Algunas veces pareciera que solo nos dejamos arrastrar por los intereses de los demás y el anuncio que tendríamos que hacer de Jesús no lo hacemos tan claramente. O nos da miedo hacerlo. Cuidado que hasta en nuestros hogares llamados cristianos se haya ido desvaneciendo ese resplandor de Jesús, se haya ido apagando esa luz de Jesús.


Si en verdad nosotros portáramos en nuestra vida esa luz de Jesús aunque fuera poco algo contagiaríamos a los que están a nuestro alrededor pero por lo contrario miramos en nuestro entorno y cada día se diluye más ese sentido de Cristo, ese sentido cristiano de la vida. Un fuego ardiente pronto se propaga a su alrededor incendiando cuanto encuentra en su recorrido. ¿No es lo que vemos en los grandes incendios que muchas veces asolan nuestros montes y nuestros campos? ¿No lo hemos visto en esa tierra ardiente que es la lava de un volcán que con su fuego y calor va arrasando cuanto encuentra a su paso? Si nosotros los cristianos de verdad nos dejamos iluminar por la luz de Cristo nos tenemos que convertir en esas llamaradas que se propagan, que propagan ese fuego y esa luz de Cristo a su alrededor.

Nos falta a los cristianos ese ardor, ese fuego en el corazón, ese habernos dejado iluminar profundamente por la luz de Cristo para contagiar de esa luz todo cuanto nos rodea. Pero vemos nuestra sociedad cada vez más descristianizada, vemos que cada vez parece que la religión interesa menos en el entorno en el que vivimos, vemos que parece que cada vez son menos los que tienen interés por Jesús y por su evangelio, vemos cada vez más vacías nuestras celebraciones y no hacemos sino buscarnos disculpas para decirnos por qué la gente no viene. Algo nos está fallando. Parece que se ha perdido interés por lo cristiano.

Hoy el evangelio nos ha hablado del Verbo, de la Palabra que es luz y que es vida. Una luz de Jesús que viene a iluminarnos, una vida de la que Cristo quiere contagiarnos, impregnarnos. ¿Interesa esa luz? ¿Interesa esa vida?

‘En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió’ nos dice el evangelio. Y nos seguirá diciendo: ‘El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron’.

‘La tiniebla no la recibió’, no quiso saber de la luz. ¿No nos estará haciendo referencia a aquello que decíamos al principio de las preferencias por la luz o por las oscuridades? ‘Vino a su casa y los suyos no lo recibieron’. ¿No nos interpela esto cuando tan poco interés manifestamos por el evangelio o cuando no sentimos preocupación por la pérdida del sentido cristiano en nuestra sociedad o en nuestras familias? Somos ‘los suyos’, pero ¿qué estamos haciendo con la luz del evangelio hoy? Confieso que me inquieta esa mirada que hago a mi alrededor y la poca luz de Jesús que estoy descubriendo y acaso yo poco contagiando a los demás.

viernes, 31 de diciembre de 2021

Es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida

 


Es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida

1Juan 2, 18-21; Sal 95; Juan 1, 1-18

Hoy es habitual en la mayoría de la casas andar muy preocupados y ocupados en los preparativos para la nochevieja, para el fin de año. Es un hecho social. En el calendario cae una hoja, pero con el cambio de año no parece una hoja cualquiera. Son momentos de fiesta en la despedida del año que termina y en el recibimiento del año nuevo. Todo son buenos deseos para el año que comienza.

Pero también hay que decir que para algunos – y nos tendríamos que preguntar si no sería así para todos – es un momento de un parón, aunque sea momentáneo para mirar hacia atrás y contemplar el año que termina. Sería una cosa muy necesaria y conveniente. Me atrevo a pensar que en medio de todas esas preocupaciones y ocupaciones en que hoy estamos liados tendríamos que sacar unos momentos para hacer esa mirada.

Socialmente ha sido un año muy complejo porque la pandemia sigue y no terminamos de ver previsiones de un próximo cambio, sino que más bien parece que en estos momentos las cosas se ponen un tanto graves; la crisis social y económica que acompaña cuanto sucede sigue afectando a muchas personas y es algo que tendría que preocuparnos seriamente; en una de nuestras islas se han vivido unos especiales momentos de angustia, donde en cierto modo todos los canarios nos hemos visto afectados, con el volcán de Cumbre Vieja que asoló en parte la isla de La Palma. Así podríamos seguir pensando en muchas más cosas de este calibre que ya los medios de comunicación social en algún momento nos están recordando.

Pero creo que ese detenernos, aunque existen estas preocupaciones graves, tendría que ir en lo personal por caminos de mayor hondura. ¿Qué ha significado en mi vida personal este año que termina? ¿Qué provecho ha tenido para mi vida? Lo que he ido viviendo a través del año ¿ha contribuido a mi crecimiento personal, a mi maduración como persona? Muchas cosas tendríamos que saber analizar con detalle; cada uno conoce su vida con sus limitaciones y carencias y con el progreso personal que va realizando, y la mirada tiene que ser muy personal de cada uno a sí mismo, a su interior, y al mismo tiempo en consecuencia a todo lo que ha significado mi relación con las personas de las que me rodeo.


Es momento, sí, de hacer balances, pero no de resultados económicos sino de ese enriquecimiento como persona en el cultivo de los mejores valores. Y es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida. Vamos a decir que es tratar de descubrir cómo me ven los ojos de Jesús, los ojos de Dios. Es en Cristo donde tenemos que centrar lo más hondo de nuestra vida, pero ¿ha sido así como realmente he vivido este año?

Hoy he querido en este último día del año dejar esta reflexión, aunque nos pareciera que no es un comentario al evangelio del día. No perdamos de vista, por otra parte, que seguimos dentro de la octava de la Navidad y ese espíritu navideño tenemos que seguir viviéndolo, aunque ya para el mundo que nos rodea les pueda parecer que quedó atrás y muy lejos, aunque aún sigan los mismos adornos en nuestras casas y en nuestras calles.

Hoy precisamente en el evangelio se nos recuerda que ‘el Verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’. Es el misterio de Navidad que seguimos viviendo y celebrando. Pero también se nos dice que ‘la luz brilló en la tiniebla y la tiniebla no quiso recibirla’. Cuidado le demos la espalda a esa luz preocupados como andamos por tantas cosas. Que seamos en verdad aquellos que la recibimos y que ‘a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre les dio poder de ser hijos de Dios’. Es lo que somos y es lo que hemos de vivir.

jueves, 25 de marzo de 2021

Contemplamos y nos postramos ante el misterio de Dios, nos abrimos al misterio de Dios y decimos Sí, el sí de nuestra fe, el sí de la ofrenda de nuestra vida y de nuestro corazón

 


Contemplamos y nos postramos ante el misterio de Dios, nos abrimos al misterio de Dios y decimos Sí, el sí de nuestra fe, el sí de la ofrenda de nuestra vida y de nuestro corazón

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

Hoy es un día que pasa desapercibido para la mayoría de los cristianos y sin embargo es de gran importancia y podríamos decir que fundamental en nuestra fe cristiana. Hoy es el día de la Encarnación de Dios en las entrañas virginales de María para hacerse hombre y ser así nuestro Salvador. El momento en que el Hijo de Dios se hace hijo del hombre, en que sin dejar de ser Dios, el Hijo de Dios desde toda la eternidad, se hace verdaderamente hombre tomando nuestra naturaleza carnal.

‘Y el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros’, nos dice el evangelio de san Juan, como tantas veces hemos confesado en el credo de nuestra fe. Y por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de la Virgen y se hizo hombre, como confesamos en el credo. Un momento inolvidable, un momento grandioso, un momento en que se manifiesta todo el misterio de Dios para nuestra salvación.

He contado muchas veces la experiencia y no me importa repetirla, que fue lo que viví en el lugar donde se realizó este misterio de Dios en el seno de María. Me refiero a Nazaret, como nos ha contado hoy el evangelio de Lucas y en el lugar concreto de la Basílica de la Anunciación estando enfrente del lugar que llaman la casita de la Virgen en unas ruinas que sobresalen de la roca en el ábside de la Basílica magníficamente conservadas. Fue en mi segunda visita a Israel; estaba con el grupo en silencio rumiando el pasaje del evangelio y era algo que me repetía y repetía una y otra vez por lo bajo pero para que le sirviera de meditación a los que allí estábamos. Aquí, aquí se realizó el misterio de la Encarnación, aquí Dios se hizo hombre encarnándose en las entrañas de María y no podía dejar de repetir esa palabra, aquí, fue aquí.

Lo recuerdo y aunque han pasado ya muchos años es algo que sigo sintiendo muy hondo dentro de mí y con gran emoción. El silencio en el que solo se escuchaban las pisadas de otros peregrinos en otro lugar de la basílica era penetrante y a todos creo que nos llenaba de la presencia de Dios.

Creo que hoy es un día para hacer silencio y escuchar ese susurro de Dios contemplando su misterio de amor. Es un día para tomar de nuevo ese evangelio en nuestras manos y más allá de las palabras de la Virgen podamos quizá sentir algo de la emoción de llenarse de Dios que María pudo haber sentido en aquel instante. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra… Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús… por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios… Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin…’

Contemplemos y escuchemos en silencio. Contemplamos y nos postramos ante el misterio de Dios. Contemplamos y nos lo repetimos en el corazón una y otra vez. Contemplamos y decimos Sí, el sí de nuestra fe, el sí de la ofrenda de nuestra vida y de nuestro corazón; un sí como el de María para dejar que a nosotros nos alcance también ese misterio de Dios; un sí como el de María para llenarnos de la presencia de Dios que cuando quiere hacerse como nosotros quiere estar con nosotros, quiere asentarse en nuestro corazón. Contemplamos y nos abrimos al misterio de Dios.

domingo, 3 de enero de 2021

En Navidad contemplamos la gloria de Dios que se nos manifiesta en un niño recién nacido que ha venido para hacernos a nosotros también hijos de Dios

 


En Navidad contemplamos la gloria de Dios que se nos manifiesta en un niño recién nacido que ha venido para hacernos a nosotros también hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

‘Y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’. ¿No es lo que venimos contemplando y celebrando en esta Navidad? Los ángeles la noche de Belén cantaban la gloria de Dios en el nacimiento de Jesús. Ahí, en el humilde establo de Belén contemplamos la gloria de Dios. Podíamos haber imaginado o pensado en un hermoso lugar, un templo esplendoroso o un palacio resplandeciente por el brillo de las riquezas. Pero no, en un humilde establo, con un pobre pesebre por cuna, contemplamos la gloria de Dios.

¿Qué es lo que estamos contemplando? Un recién nacido, tan pobre que no ha tenido una cuna ni una casa donde nacer, porque hasta en la posada que acogía a los pobres que llegaban a Belén, no había sitio para El. ¿Y quién es ese recién nacido con quien se proclama la gloria del Señor? Es el Verbo de Dios que se hace carne y planta su tienda entre nosotros. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, plantó su tienda entre nosotros’.


No es como la Tienda del Encuentro que Moisés levantó en el desierto dotándola de todo el esplendor del oro y de las riquezas que pudieron recoger entre unos pobres peregrinos del desierto; no es el Santa Santorum que Salomón levantara en el templo de Jerusalén para significar la morada y la presencia de Dios entre nosotros. Esa tienda es el pequeño cuerpo de un niño recién nacido que viene a representar a toda nuestra humanidad y que no tiene mejor lugar para situarse en nuestro mundo que en un humilde establo entre un buey y una mula allá en las afueras de Belén. Y ese recién nacido es el Emmanuel, el Dios – para siempre – con nosotros.

Era la luz verdadera pero que las tinieblas rechazaban; vino para encontrarse con los suyos y hacerse Emmanuel y los suyos no lo recibieron; era la Palabra por la que todo había sido creado, y quisimos silenciar esa Palabra; ‘en el mundo estaba, el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció… En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió’.

Pero ‘¡oh admirable intercambio!’ como diremos en la noche de Pascua cuando la luz pascual brille con todo su esplendor, ‘pues a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Dios ha tomado nuestra carne para hacerse hombre y Dios con nosotros y a nosotros nos ha elevado para hacernos sus hijos. ‘Les dio poder de ser hijos de Dios… porque han nacido de Dios’.

Una doble navidad podemos decir que estamos celebrando y estamos viviendo. Es el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre, que contemplamos en Belén, donde estamos contemplando, como venimos diciendo, la gloria de Dios pero al mismo tiempo contemplamos la gloria de Dios que a nosotros nos hace nacer para Dios, nos da el poder ser hijos de Dios. Como nos enseñará más tarde san Juan en sus cartas, la maravilla está en que el amor de Dios nos llama sus hijos, y como reafirma el apóstol ‘¡pues lo somos!’.

Qué hermosa la oración de alabanza de san Pablo en la carta a los Efesios que hemos escuchado, que probablemente era ya un himno litúrgico cantado en aquellas primeras comunidades. Se nos recuerda toda la maravilla a la que hemos sido llamados, elegidos y amados con un amor preferente por parte de Dios. ‘Él nos eligió en Cristo, antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado’.

¿Podemos pedir más? No terminamos de comprender en toda su profundidad esta generosidad de Dios. Por eso dice el apóstol convirtiéndolo en oración por nosotros ‘no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos’. Espíritu de sabiduría y revelación, luz en nuestro corazón para conocer y comprender esa esperanza que siembra en nuestros corazones, esa riqueza que nos da como herencia, participar de la gloria de Dios; es que somos sus hijos.

‘Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia… Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer’, terminaba diciéndonos el evangelio.

Contemplamos la gloria de Dios cuando contemplamos el misterio de la Navidad que estamos celebrando. Pero contemplamos la gloria de Dios cuando nos sentimos llenos de esa riqueza de gracia que a nosotros nos eleva como hijos también de Dios. Cuántas consecuencias se derivarían para la santidad con que hemos de vivir nuestra vida, pero cuántas consecuencias también para nuestra relación y nuestro trato con los demás cuando contemplamos la dignidad y la grandeza de todo ser humano que en Cristo hemos recibido.

 

jueves, 31 de diciembre de 2020

A pesar de las negruras del año podemos hacer un balance de solidaridad, de madurez, de búsqueda de profundidad y sentido a la vida que disipan esas tinieblas

 


A pesar de las negruras del año podemos hacer un balance de solidaridad, de madurez, de búsqueda de profundidad y sentido a la vida que disipan esas tinieblas

1Juan 2, 18-21; Sal 95; Juan 1, 1-18

Llegamos al fin del año civil. Cuando se cierran unas etapas lo normal es que de alguna forma se haga balance del camino recorrido. El estar finalizando un año de manera que ya mañana amanecemos con una numeración nueva podríamos decir que es como un final de etapa, aunque la vida realmente tiene un recorrido continuado y de un día a otro no encontramos quizá grandes diferencias. Aunque los ritmos de la vida social, escolar y política tienen otros recorridos con otras fechas de finalización o de inicio de etapas, lo mismo decimos en el ritmo de la vida cristiana con lo que llamamos los ciclos litúrgicos, el cambio de año sin embargo se puede tener también como motivo para hacer esos balances.

El año que termina, es cierto, que no ha sido un año fácil porque nos hemos visto envueltos en unas crisis en todos los aspectos como quizá hacía mucho tiempo no nos había tocado vivir. La tentación es marcarlo de un plumazo como año horrible, pero creo que siempre podemos ir sacando lecciones de la vida y creo que habría que mirarlo con una mirada distinta. Ha sido una oportunidad, quizás forzada, para detenernos y con una madurez humana tratar de hacer una lectura con cierta profundidad de todo lo vivido. No seré el más indicado para hacer esa lectura con toda profundidad, pero ahí lanzo el reto para que cada uno desde nosotros mismos, desde lo que hemos vivido y hasta sufrido intentemos hacer una lectura buscando también un lado positivo.

Está, es cierto, la enfermedad, las muertes y sus secuelas, está todo el revuelo que se ha producido en la vida social y en la vida económica, los cambios de ritmos en la vida que nos hemos visto obligados a realizar, ese tener que vivir más aislados o encerrados como lo queramos ver o como lo hayamos sabido vivir. Todo esto tendría que llevarnos a reflexionar y pensar en qué hemos puesto las metas de nuestra vida, cuáles han sido las cosas que hasta ahora habían sido tan importantes para nosotros, pero que ahora vemos que quizá pierden valor, que no era lo fundamental de la vida, que hay otras cosas que en el fondo deseamos pero que muchas veces no hemos sabido ver ni encontrar.

Si ya nos vamos haciendo esos planteamientos, van surgiendo esos interrogantes dentro de nosotros todo no está perdido, todo no ha sido negativo, porque el parón que hemos tenido que darle a la vida quizás nos ha hecho pensar y plantearnos cosas. Y eso es positivo en la vida porque es algo que necesitaríamos hacer con frecuencia para saber ir a lo fundamental.

El vernos aislados o encerrados, confinados ha sido la palabra de moda, quizá haya hecho surgir en nosotros unos deseos a los que no dábamos suficiente importancia y aunque lo hacíamos le habíamos dado mucha superficialidad a la vida. Me refiero a esas ansias de encuentro con los demás, a esa búsqueda de compañía para nuestras forzadas soledades. ¿Nos habremos angustiado por ello? ¿Habremos sabido encontrar otras oportunidades y aunque no haya sido con encuentro físico, sin embargo habremos estado más comunicados con los demás? Las redes sociales a las que a veces le tenemos miedo u otras veces las usamos con demasiada superficialidad sin embargo han podido ser un camino que nos ha llevado a intentar estar al menos comunicados con los demás. ¿Habrá algo de positivo en todo esto?

Pero a lo largo de todo este tiempo ha habido unos brotes muy bonitos de solidaridad expresados de muchas maneras, desde aquellas salidas a los balcones en unas horas determinadas para mostrar nuestra solidaridad no solo con los que padecían el virus sino también con aquellos que los estaban cuidando, hasta otros muchos gestos que brotaban por acá o por allá para no olvidarse de los que más solos estaban o más comenzaban a padecer incluso necesidad. Se ha despertado algo hermoso que llevamos en nuestros corazones, la solidaridad, aunque algunas la tenemos demasiado callada, pero que ahora en muchos se ha hecho notar.

La respuesta que hemos ido dando a lo que se nos pedía para prevenirnos contra la pandemia ha tenido señales de madurez en la mayoría de la gente. Siempre habrá locos a los que poco importa el sufrimiento de los demás y los contagios, pero en general ha habido una respuesta madura que nos enseña también los valores que hay en nuestras gentes y que somos capaces de hacerlos florecer. ¿Nos servirá para que cuando volvamos a la normalidad sigamos mostrando esa madurez y ese compromiso?

Como creyentes también hemos de tener una mirada. Se ha visto mermada nuestra participación en la vida litúrgica y celebrativa de nuestra fe, quizás nos ha obligado a despojarnos de adornos y florituras, quizás aun no podemos participar todos los que quisiéramos en la celebración de la Eucaristía, pero los verdaderos creyentes, los que han querido vivir con autenticidad su fe, seguro que han sabido sentir ese apoyo y esa fuerza del Señor que nunca nos abandona. Aquí cada uno tiene que mirarse y revisarse, cómo ha vivido desde su fe estos momentos, cómo nos habremos abierto más a la Palabra de Dios y hemos hecho de nuestros hogares verdaderas iglesias domésticas donde no ha faltado la oración y también la celebración.

He querido apuntar algunas cosas, pero he querido ir destacando al tiempo muchas cosas positivas que han ido surgiendo a lo largo de este tiempo y que tendrían que ser pauta para lo que aún nos queda. Estamos todos deseando un año mejor, pero pensemos que somos nosotros los que lo vamos a hacer mejor o peor; que lo vivido este año nos enseñe, nos ayude a buscar en verdad lo que es lo fundamental.

Pero en este momento final en que parece que lo que queremos hacer es una lista de cosas que le pediríamos al Señor para el año que va a comenzar, creo que tendríamos que comenzar por darle gracias. Con ojos de fe miramos nuestra vida y miramos el año que vivimos y nos daremos cuenta de que son muchas las cosas por las que le tenemos que dar gracias al Señor.

Hoy el evangelio de este fin de año nos habla de tinieblas y de luz, de tinieblas que no quieren dejar ver la luz, pero de la victoria de la luz y la vida cuando el Verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros y a los que creímos nos hizo el don de hacernos hijos de Dios. Siempre tenemos la esperanza de que la luz vencerá sobre las tinieblas.

martes, 15 de octubre de 2019

Un camino que pasa por la humildad y sencillez de corazón dejándonos conducir por la revelación de Jesús que nos muestra y nos conduce hasta el Padre



Un camino que pasa por la humildad y sencillez de corazón dejándonos conducir por la revelación de Jesús que nos muestra y nos conduce hasta el Padre

Eclesiástico 15,1-6; Sal 88; Mateo 11,25-30
¿Quién mejor nos puede explicar algo sino aquel que lo haya experimentado en si mismo? ¿Quién mejor nos puede decir como es un lugar determinado o lo que hay en él sino quien ha estado en dicho lugar? ¿Quién mejor nos puede presentar a una persona sino quien la conozca profundamente y haya seguido toda la trayectoria de su vida? ¿Y quién nos puede dar a conocer a Dios?
Cuando llegamos a este punto nos encontramos con algo que nos supera. ¿Quién ha visto a Dios? ¿Cómo podemos llegar a conocerle? Aunque los pensadores y filósofos tratan con la razón humana, todos los razonamientos que nos puedan hacer se nos pueden quedar en algo frío y que realmente no llegue a un convencimiento del corazón.
Tampoco yo voy ahora a ponerme a buscar esos razonamientos. Es cierto que todos tenemos como ese interrogante dentro de nosotros porque en el ser humano hay un ansia de plenitud que por si mismo no llega nunca a alcanzar; nos sentimos limitados, como con las alas cortadas que nos impiden volar a esa altura de lo infinito, y tenemos la tentación de tirar la toalla en esa búsqueda dándolo por imposible cuando solo por nosotros mismos queremos alcanzarlo. Al final tenemos que reconocer que si no aceptamos lo que Dios de sí mismo nos revela no llegaremos a ninguna parte.
Pero la revelación que Dios hace de si mismo no son lecciones magisteriales como de un doctor que quiere enseñar a los que quieren ser sus discípulos, sino que Dios se nos manifiesta en nuestra propia vida y en nuestra propia historia humana donde nos va como dejando unas huellas vitales para que sepamos descubrirle, para que podamos llegar a ese conocimiento de Dios.
Será entonces en gestos sencillos como lo es la vida misma donde nos vaya manifestando su ser y su existencia. Porque es vida lo que Dios nos quiere transmitir, es su vida que va a ser luz y sentido de nuestra propia vida. Pero a veces en el orgullo de nuestro querer saber y entender, nos cuesta mucho más leer esas sencillas y humildes huellas que nos deja de su existencia y de su vida.
Siguiendo aquello que antes decíamos que nadie nos puede revelar lo que antes él no ha vivido y experimentado, hoy escuchamos a Jesús que nos dice que nadie puede revelar al Padre sino el Hijo. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Por eso de Jesús decimos que es la revelación de Dios, le llamamos el Verbo, la Palabra de Dios, porque es el hablar de Dios que se nos manifiesta, que no descubre todo el misterio de Dios. ‘Quien me ve a mi, ve al Padre, nadie va al Padre sino por mí’, le responde Jesús a aquel discípulo que le pide que le muestre al Padre, que les revele al Padre.
Pero quienes veían a Jesús, ¿qué es lo que veían? No todos sabrán leer el signo de Dios que se manifestaba en Jesús. Muchas veces nos cuesta aceptar las cosas desde las actitudes que tengamos dentro de nosotros. Nos creamos barreras, ponemos rechazos en nuestro corazón y en la visión del corazón quizá desde nuestros orgullos y autosuficiencias con las que nos cuesta aceptar lo que venga de los demás o lo que venga de determinadas personas. No todos supieron descubrir el misterio de Dios que se nos revelaba en Jesús. Lo vemos a lo largo del evangelio que mientras la gente humilde y sencilla sabe descubrir las maravillas de Dios que se manifestaban en Jesús, otros, sin embargo, desde su autosuficiencia de que ya se creían los conocedores de Dios a Jesús lo rechazan.
Hoy le escuchamos a Jesús dar gracias al Padre porque se revela a los pequeños y a los sencillos, mientras para los autosuficientes y los que se creen poderosos se les ocultan. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla’. Y todo eso es la obra de Dios. ‘Sí, Padre, así te ha parecido mejor’. Lo que nos está diciendo cómo es la manera como nosotros tenemos que ir a buscar a Dios, cómo Dios se revela en los que son humildes y sencillos de corazón. 
Hoy estamos celebrando a una gran mujer, Teresa de Jesús o de Ávila, que pasó por todo estos procesos en su vida hasta que llegó a penetrar profundamente en el misterio de Dios. Decimos que es una mística por eso mismo. Tuvo también momentos oscuros en su vida, en que se sentía desorientada y perdida, pero se dejó conducir por el Espíritu de Dios que la llevó a las grandes alturas de la Mística, de vivir en su vida todo el misterio maravilloso de Dios. De ella aprendamos su camino y su espiritualidad para así nosotros dejarnos inundar de Dios, llenarnos del misterio de Dios.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Como Juan el Bautista que era testigo de la luz nosotros hemos de dar verdadero testimonio de la Buena Nueva de Luz y Salvación que celebramos en el misterio de la Navidad

Como Juan el Bautista que era testigo de la luz nosotros hemos de dar verdadero testimonio de la Buena Nueva de Luz y Salvación que celebramos en el misterio de la Navidad

1Juan, 2, 18-21; Sal. 95; Jn. 1,1-18
Llegamos al día de fin de año y vamos concluyendo la semana de la octava de la Navidad que los cristianos seguimos celebrando con toda solemnidad y contemplando sin cansarnos el misterio de Belén. Pero contemplar el misterio de Belén no es quedarnos en un lugar geográfico ni en unos hechos que nos pueden sonar a anécdotas y curiosidades, sino que es contemplar el misterio de Dios encarnado, que si lo señalamos como misterio de Belén es por ser el lugar donde tuvo lugar tan maravilloso acontecimiento para toda la humanidad.
Durante la semana hemos ido meditando esos diversos momentos en torno al nacimiento y la infancia de Jesús, y ayer mismo queríamos contemplar el hogar de Nazaret donde quiso hacerse hombre el mismo Hijo de Dios. Contemplar la Sagrada Familia como ayer lo hacíamos era contemplar ese ejemplo y modelo para nuestras familias y para nuestros hogares queriendo aprender de sus valores, queriendo impregnarnos del espíritu de paz y de amor que brillaría en aquel hogar de Nazaret.
Hoy la liturgia nos presenta la primera página del evangelio de San Juan que en su altura y profundidad teológica nos viene a ayudar en ese misterio de Dios que se nos manifiesta y que quiso plantar su tienda entre nosotros.  El Verbo de Dios, el Hijo de Dios que se hizo carne, que se nos presenta como luz y como vida aunque no siempre nosotros sabemos acogerla y aceptarla.
Es la Palabra origen de la creación porque por la Palabra se hizo todo y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. La luz brilló en la tiniebla pero la tiniebla no la recibió, se resistió a la luz. Vino a los suyos y los suyos no la recibieron, que continuará diciéndonos. Pero todo es ofrecernos gracia y regalarnos vida, de manera que quiere Dios hacernos partícipes de su vida, de manera que en el Hijo nosotros seamos también hijos.
Es la Palabra que nos salva y nos hace entrar en el misterio de Dios, porque nos revela a Dios. De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia, que continuará diciéndonos, pero a Dios nadie lo ha visto jamás, sino el Hijo único que está en el seno del Padre que es quien nos lo ha contado.
Es todo el misterio de gracia que venimos celebrando; es todo el misterio de Dios al que decimos si haciéndole la ofrenda de nuestra fe; es todo el misterio de Dios que nos inunda y nos llena de vida, que ningún creyente podrá olvidar y que por supuesto no podemos celebrar de ninguna manera. Es toda una invitación a que consideremos bien lo que hemos celebrado y cómo lo hemos celebrado. Muchas cosas podrán habernos distraído de lo principal y todo lo vivido en estos días pase sin pena ni gloria, como se suele decir, porque no ha repercutido en nuestra vida, porque quizá el mundo ha pasado indiferente ante el misterio de la Navidad o porque nosotros los cristianos no se lo hemos sabido anunciar de verdad a nuestro mundo.
Esa Buena Noticia de Dios y de su amor que le lleva a encarnarse y plantar su tienda entre nosotros tenemos que seguirla proclamando, porque a este mundo hemos de hacer partícipes de la salvación que se nos ofrece en Jesús. Como Juan tenemos que ser testigos de la luz, dar testimonio de la luz. No damos testimonio de nosotros, sino que nuestras obras, nuestra vida tienen que dar testimonio del evangelio que queremos vivir y así hemos de ser mensajeros de evangelio en nuestro mundo de hoy.


sábado, 2 de mayo de 2015

En la intimidad nuestra oración entremos en el conocimiento de Dios que se nos manifiesta en Jesús

En la intimidad nuestra oración entremos en el conocimiento de Dios que se nos manifiesta en Jesús

Hechos,  13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14
Conocer a Jesús es conocer a Dios. Buscamos a Dios y nos quedamos sobrecogidos ante tan inmenso misterio. Quisiéramos desentrañarlo para conocerle y vemos que nos sobrepasa. La inmensidad de Dios nos hace sentirnos pequeños e incapaces; su sabiduría, su omnipotencia, su grandeza nos atraen pero aunque quisiéramos parece que misterio tan grande no cabe en nuestra mente o en nuestro corazón. Pero Dios nos busca, nos llama, se nos revela y se nos manifiesta. Toda la historia de la salvación, expresada de una forma particular en aquel pueblo llamado el pueblo escogido es la historia del amor de Dios por su pueblo al que quiere revelarse, pero no siempre los hombres son capaces de comprender tan sublime misterio.
Pero el momento culminante de su revelación es Jesús. Tanto amó Dios al hombre que quiso revelársenos en Jesús, nos envió a su Hijo, Verbo de Dios, manifestación y expresión sublime al tiempo que muy humana de todo lo que es el amor que Dios nos tiene. Por eso el evangelio de san Juan comienza diciéndonos que es la Palabra, el Verbo de Dios que se hace la luz de los hombres, y planta su tienda en medio de nosotros. Y nos dirá Jesús mismo en el Evangelio que ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar’.
Es lo que le estamos escuchando decir hoy de nuevo en el evangelio aunque sea con otras palabras. ‘Si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre…’ y continuará diciéndonos ante las preguntas de un Felipe lleno de dudas, ‘quien me ha visto a mí ha visto al Padre… Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí…’
Jesús es la cercanía de Dios. Por algo se nos anuncia como el Emmanuel, el Dios con nosotros. Lo había dicho el profeta Isaías y se nos repite a la hora de su nacimiento al principio de los evangelios. Por eso conozcamos a Jesús y conoceremos al Padre, conoceremos lo que es el amor, conoceremos lo que es Dios, porque Dios es Amor.
Pero ya sabemos bien que conocer es mucho más que lo que exteriormente podamos conocer de alguien. En nuestra imaginación muchas veces pensamos cómo sería Jesús y los artistas a través de los tiempos nos han dejado diversas imágenes, que es cierto nos pueden ayudar, pero que no nos podemos quedar en esa imagen externa de Jesús. Por eso vayamos a lo más hondo y vayamos, pues, al evangelio; vayamos allá a lo más hondo de nuestro corazón y dejemos que allí Jesús se nos revele, no en lo que nosotros podamos imaginar o la imagen que a nuestra manera nosotros nos podamos hacer, sino en ese misterio de amor que El por la fuerza del Espíritu nos revelará en nuestro corazón.
Cómo tenemos que abrirnos a Dios. Cómo tenemos que saber entrar en esa intimidad de Dios con nuestra oración, para escucharle, para sentir su presencia y dejarnos inundar de El, para llenarnos de su vida y de su amor. Cuando entremos de verdad en esa orbita del amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús estaremos conociendo de verdad a Dios que es Amor.

sábado, 24 de enero de 2015

Busquemos a Jesús para encontrarnos con Cristo crucificado que es fuerza y sabiduría de Dios

Busquemos a Jesús para encontrarnos con Cristo crucificado que es fuerza y sabiduría de Dios

Hebreos 9,2-3.11-14; Sal 46,2-3.6-7.8-9; Marcos 3,20-21
‘Jesús fue a casa con sus discípulos y se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer’. La gente estaba entusiasmada con Jesús. No lo dejaban ni a sol ni a sombra, como suele decirse. ‘No los dejaban ni comer’. Ya escuchamos en otra ocasión que la gente se aglomeraba a la puerta de la casa que cuando llegaron unos con un paralítico no tenían por donde hacerlo llegar hasta los pies de Jesús que fue cuando lo descolgaron desde el techo. Cosas así nos repiten los distintos evangelistas del entusiasmo de la gente por Jesús.
¿Por qué buscaban a Jesús? Nos hacemos muchas veces la pregunta, pero nos viene bien reflexionarlo porque nos ayuda a que nosotros busquemos de verdad a Jesús y no por un entusiasmo pasajero de un momento de fervor, sino por algo mucho más hondo, porque en El encontremos en verdad la salvación.
San Pablo nos dirá en sus cartas que ‘Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos, pero para los llamados –judíos o griegos- un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios’. Seguimos nosotros también buscando signos, pidiendo milagros; claro que desde nuestra necesidad y desde nuestra pobreza ¿a quién vamos a acudir? Pero acudimos a Cristo crucificado, sí, al que fue colgado del madero, pero sabemos que vive, que venció la muerte, que resucitó y a nosotros también nos resucita, nos llena de vida si con fe con acudimos a El.
No buscamos una sabiduría cualquiera, buscamos la sabiduría de Dios. Sabemos que Cristo es la verdad porque es el verdadero sentido de nuestra vida, porque en El tenemos las respuestas más profundas para nuestro vivir, porque en verdad es la sabiduría de Dios, porque es la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, la Revelación de Dios porque ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiere revelar’, porque quien ve a Cristo ve al Padre como nos enseñara El mismo en el Evangelio. ‘Yo soy el camino y la verdad y la vida’, nos dirá. ‘Quien me ve a mi, ve al Padre’.
‘Para los llamados –judíos o griegos (para nosotros) - Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios’. Así queremos buscarle. Así queremos conocerle. Así queremos vivirle. Seguimos sus pasos, nos alimentamos de su vida, vivimos su mismo vivir. Nos llenamos de Dios, nos llenamos de vida, nos llenamos de salvación. Es nuestra esperanza porque es nuestra fe.
El otro versículo del evangelio también nos puede hacer pensar. ‘Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales’. Si de Cristo hasta su misma familia decía eso, ¿por qué tememos lo que puedan decir de nosotros? ‘No estaba en sus cabales’, decía la familia; Herodes lo tomó como un loco o un tonto y así lo vistió para devolvérselo a Pilatos. Cuando estaba en la cruz todos vociferaban contra El y se burlaban de El. Y nosotros tenemos nuestros miedos, tantos miedos a lo que puedan decir de nosotros.
Que el Señor nos dé fortaleza en esos momentos difíciles y nos dé su sabiduría y su vida.