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jueves, 31 de diciembre de 2020

A pesar de las negruras del año podemos hacer un balance de solidaridad, de madurez, de búsqueda de profundidad y sentido a la vida que disipan esas tinieblas

 


A pesar de las negruras del año podemos hacer un balance de solidaridad, de madurez, de búsqueda de profundidad y sentido a la vida que disipan esas tinieblas

1Juan 2, 18-21; Sal 95; Juan 1, 1-18

Llegamos al fin del año civil. Cuando se cierran unas etapas lo normal es que de alguna forma se haga balance del camino recorrido. El estar finalizando un año de manera que ya mañana amanecemos con una numeración nueva podríamos decir que es como un final de etapa, aunque la vida realmente tiene un recorrido continuado y de un día a otro no encontramos quizá grandes diferencias. Aunque los ritmos de la vida social, escolar y política tienen otros recorridos con otras fechas de finalización o de inicio de etapas, lo mismo decimos en el ritmo de la vida cristiana con lo que llamamos los ciclos litúrgicos, el cambio de año sin embargo se puede tener también como motivo para hacer esos balances.

El año que termina, es cierto, que no ha sido un año fácil porque nos hemos visto envueltos en unas crisis en todos los aspectos como quizá hacía mucho tiempo no nos había tocado vivir. La tentación es marcarlo de un plumazo como año horrible, pero creo que siempre podemos ir sacando lecciones de la vida y creo que habría que mirarlo con una mirada distinta. Ha sido una oportunidad, quizás forzada, para detenernos y con una madurez humana tratar de hacer una lectura con cierta profundidad de todo lo vivido. No seré el más indicado para hacer esa lectura con toda profundidad, pero ahí lanzo el reto para que cada uno desde nosotros mismos, desde lo que hemos vivido y hasta sufrido intentemos hacer una lectura buscando también un lado positivo.

Está, es cierto, la enfermedad, las muertes y sus secuelas, está todo el revuelo que se ha producido en la vida social y en la vida económica, los cambios de ritmos en la vida que nos hemos visto obligados a realizar, ese tener que vivir más aislados o encerrados como lo queramos ver o como lo hayamos sabido vivir. Todo esto tendría que llevarnos a reflexionar y pensar en qué hemos puesto las metas de nuestra vida, cuáles han sido las cosas que hasta ahora habían sido tan importantes para nosotros, pero que ahora vemos que quizá pierden valor, que no era lo fundamental de la vida, que hay otras cosas que en el fondo deseamos pero que muchas veces no hemos sabido ver ni encontrar.

Si ya nos vamos haciendo esos planteamientos, van surgiendo esos interrogantes dentro de nosotros todo no está perdido, todo no ha sido negativo, porque el parón que hemos tenido que darle a la vida quizás nos ha hecho pensar y plantearnos cosas. Y eso es positivo en la vida porque es algo que necesitaríamos hacer con frecuencia para saber ir a lo fundamental.

El vernos aislados o encerrados, confinados ha sido la palabra de moda, quizá haya hecho surgir en nosotros unos deseos a los que no dábamos suficiente importancia y aunque lo hacíamos le habíamos dado mucha superficialidad a la vida. Me refiero a esas ansias de encuentro con los demás, a esa búsqueda de compañía para nuestras forzadas soledades. ¿Nos habremos angustiado por ello? ¿Habremos sabido encontrar otras oportunidades y aunque no haya sido con encuentro físico, sin embargo habremos estado más comunicados con los demás? Las redes sociales a las que a veces le tenemos miedo u otras veces las usamos con demasiada superficialidad sin embargo han podido ser un camino que nos ha llevado a intentar estar al menos comunicados con los demás. ¿Habrá algo de positivo en todo esto?

Pero a lo largo de todo este tiempo ha habido unos brotes muy bonitos de solidaridad expresados de muchas maneras, desde aquellas salidas a los balcones en unas horas determinadas para mostrar nuestra solidaridad no solo con los que padecían el virus sino también con aquellos que los estaban cuidando, hasta otros muchos gestos que brotaban por acá o por allá para no olvidarse de los que más solos estaban o más comenzaban a padecer incluso necesidad. Se ha despertado algo hermoso que llevamos en nuestros corazones, la solidaridad, aunque algunas la tenemos demasiado callada, pero que ahora en muchos se ha hecho notar.

La respuesta que hemos ido dando a lo que se nos pedía para prevenirnos contra la pandemia ha tenido señales de madurez en la mayoría de la gente. Siempre habrá locos a los que poco importa el sufrimiento de los demás y los contagios, pero en general ha habido una respuesta madura que nos enseña también los valores que hay en nuestras gentes y que somos capaces de hacerlos florecer. ¿Nos servirá para que cuando volvamos a la normalidad sigamos mostrando esa madurez y ese compromiso?

Como creyentes también hemos de tener una mirada. Se ha visto mermada nuestra participación en la vida litúrgica y celebrativa de nuestra fe, quizás nos ha obligado a despojarnos de adornos y florituras, quizás aun no podemos participar todos los que quisiéramos en la celebración de la Eucaristía, pero los verdaderos creyentes, los que han querido vivir con autenticidad su fe, seguro que han sabido sentir ese apoyo y esa fuerza del Señor que nunca nos abandona. Aquí cada uno tiene que mirarse y revisarse, cómo ha vivido desde su fe estos momentos, cómo nos habremos abierto más a la Palabra de Dios y hemos hecho de nuestros hogares verdaderas iglesias domésticas donde no ha faltado la oración y también la celebración.

He querido apuntar algunas cosas, pero he querido ir destacando al tiempo muchas cosas positivas que han ido surgiendo a lo largo de este tiempo y que tendrían que ser pauta para lo que aún nos queda. Estamos todos deseando un año mejor, pero pensemos que somos nosotros los que lo vamos a hacer mejor o peor; que lo vivido este año nos enseñe, nos ayude a buscar en verdad lo que es lo fundamental.

Pero en este momento final en que parece que lo que queremos hacer es una lista de cosas que le pediríamos al Señor para el año que va a comenzar, creo que tendríamos que comenzar por darle gracias. Con ojos de fe miramos nuestra vida y miramos el año que vivimos y nos daremos cuenta de que son muchas las cosas por las que le tenemos que dar gracias al Señor.

Hoy el evangelio de este fin de año nos habla de tinieblas y de luz, de tinieblas que no quieren dejar ver la luz, pero de la victoria de la luz y la vida cuando el Verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros y a los que creímos nos hizo el don de hacernos hijos de Dios. Siempre tenemos la esperanza de que la luz vencerá sobre las tinieblas.

lunes, 6 de abril de 2020

Inundemos con el perfume de nuestra fe la sala del banquete de la vida sabiendo vivir en el seno familiar la presencia del Señor como el perfume de María de Betania



Inundemos con el perfume de nuestra fe la sala del banquete de la vida sabiendo vivir en el seno familiar la presencia del Señor como el perfume de María de Betania

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12, 1-11
Las normas más elementales de educación, de urbanidad, de buenas maneras nos señalan que a quien recibimos en nuestra casa, no lo dejamos a la puerta como si fuera un desconocido sino que lo hacemos pasar; según sea la confianza y el grado de amistad que se tenga lo recibimos formalmente en lo que llamamos la sala de recibir, o lo pasamos si hay más confianza a lugares más comunes de la casa; igualmente le ofrecemos si quiere tomar algo como un gesto de acogida y si fuera en horas de comida según sea el respeto o la confianza lo invitamos también a sentarse a nuestra mesa. Es la acogida y la hospitalidad; son las buenas maneras y el respeto que nos merece la persona.
En los pueblos antiguos era usual el ofrecer agua para lavarse y para tomar, lo que nos parecer natural dadas las condiciones y la precariedad de calzadas y caminos, y el polvo y suciedad que se iba recibiendo al caminar; pero junto a ello se podía ofrecer también un perfume – y pensemos en lo dados a los perfumes que son los pueblos orientales para situarnos en el hecho que nos presenta hoy el evangelio – que podía hacer más agradable la presencia de la persona que llegaba sudorosa del camino y vete a saber con qué olores.
El episodio que hoy nos presenta el evangelio nos trae a la memoria otro hecho similar, cuando aquella mujer pecadora se atrevió a meterse en la sala del banquete que se le ofrecía a Jesús en la casa de Simón, el fariseo, y lavando los pies con sus lágrimas se los ungía al tiempo con perfume. Ya recordamos como Jesús poco menos que le echa en cara a Simón que no ha cumplido con las leyes de la hospitalidad porque ni le había ofrecido agua ni tampoco lo había ungido con perfumes, como hacia en aquel momento aquella mujer.
Dos episodios con unos gestos semejantes, pero que sin embargo tienen sus diferencias, pues si entonces había sido una mujer pecadora que le mostraba su amor lleno de arrepentimiento a Jesús con aquellos signos, ahora es María, la hermana de Lázaro al que Jesús había resucitado recientemente, la que expresaba con aquel carísimo perfume el agradecimiento por la obra del Señor en sus vidas.
Vemos cómo por medio se tergiversan las intenciones cuando Judas comentaba que aquel dinero del perfume se podría haber dado para los pobres, pero a lo que Jesús responde haciendo referencia de aquel perfume con la unción con perfumes que habría de recibir después de su muerte. Más tarde veremos a una María y a unas buenas mujeres acudir al sepulcro en el primer día de la semana pensando en realizar las unciones preceptivas que no habían podido realizar en la tarde del viernes por adelantarse la hora de la parasceve, de la preparación de la cena pascual.
Y aquí andamos nosotros también en momentos de preparación a la celebración del triduo pascual, en la pasión, muerte y resurrección del Señor. Este año, si queremos verlo así, con unas características especiales si queremos verlo así, por los momentos que vivimos; quizá en otras ocasiones en nuestras comunidades andábamos muy agobiados en estos días con la preparación de muchas cosas, pero que quizás, hemos de reconocerlo, nos podían distraer en cosas secundarias de lo que era lo principal. Más preocupados andábamos de la preparación de nuestros templos y de sus adornos, ya fuera para el monumento del Jueves Santo, como para las procesiones que se realizaban. Pero ¿qué era lo que en verdad había que preparar?
Ese año ha de predominar la austeridad de tal manera que no habrá ninguna manifestación externa y no se podrán tener las celebraciones con la asistencia de los fieles. Para algunos pudiera ser como un escándalo que nos disperse y nos pueda hacer olvidar del todo los días en que estamos; alguien me decía en su confusión, no hay semana santa. Una oportunidad, sin embargo, para que busquemos la vivencia honda que en la soledad de nuestros hogares tendríamos que saber encontrar, un motivo también para que esos momentos los tengamos en un sentido de comunidad familiar, verdadera iglesia doméstica, que vive y celebra el misterio del Señor.
Yo diría que es el perfume costoso – y no lo digo por el sentido del dinero sino por lo que nos puede costar el esfuerzo – que hemos de saber preparar para vivir estos días nuestra fe desde el ámbito familiar. Una de las cosas positivas que algunos nos están ayudando a reflexionar sobre lo que estamos viviendo estos días es el hecho de la profundización en el encuentro familiar, cuando obligatoriamente tenemos que estar juntos en familia.
Pues a eso positivo le podemos dar aún mayor hondura cuando llegamos a saber poner en el centro de nuestro hogar, en el seno más íntimo y profundo de la familia la presencia del Señor y la celebración de nuestra fe. Qué hermoso perfume tiene que brotar de nuestras familias unidas en una misma fe y que tendría que difundirse, como se difume la intensidad del olor de un perfume, entre todos los que nos rodean.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Encontremos y vivamos la presencia de Dios no solo en nuestros templos sino en nuestro corazón y en el seno de nuestro hogar

Encontremos y vivamos la presencia de Dios no solo en nuestros templos sino en nuestro corazón y en el seno de nuestro hogar

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal.: 1Cro 29,10-12; Lucas 19,45-48

‘Escrito está: Mi casa es casa de oración; pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos’. Fue la reacción de Jesús ante lo que habían convertido el templo de Jerusalén. Dice el evangelista Lucas que ‘entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores’ mientras en los lugares paralelos en los otros evangelistas nos habla de que hizo un azote con unas cuerdas.
Quizá por las necesidades de tener a mano los animales para los sacrificios, la moneda en curso en el templo - no se podían utilizar monedas extranjeras - para las ofrendas y todo lo necesario para los holocaustos lo habían convertido en un mercado con todos los trapicheos inherentes.
Pero este hecho es todo un signo. Nos habla de la dignidad del templo, lugar del culto, casa de oración y espacio sagrado para la oración, el encuentro del Señor y la escucha de su Palabra. Claro que la dignidad no significa la ostentosidad, como fácilmente caemos en esa tentación llenando nuestros templos de adornos, cosas artísticas y valiosas.
Somos herederos, es cierto, de unos templos que se han ido enriqueciendo con el paso de los años y siglos por nuestros antepasados y lo que sirvió en su momento quizá como una catequesis en imágenes para aquellos que no tenían otro medio que lo que se les ofreciera en imágenes para acercarse al mensaje de la Palabra del Señor, hoy quizá lo hemos convertido en objetos de museo y exposición haciéndoles perder quizá todo su sentido original. No podemos, es verdad, en convertirnos en iconoclastas que todo lo antiguo lo destruyen sino que hemos de saber encontrar su verdadero sentido y hacer que sigan teniendo verdadero significado hoy.
Pero también el texto sagrado que comentamos es signo de mucho más, porque somos nosotros los que hemos de convertirnos en verdaderos y santos templos de Dios que habita en nosotros. ‘Mi Padre y yo le amaremos y vendremos y pondremos nuestra morada en él’, nos enseña Jesús en un momento determinado en el evangelio. Dios quiere morar en nosotros y somos por nuestra consagración bautismal verdaderos templos del Espíritu Santo. Entonces cuando hablamos de la dignidad del templo, pensemos en la dignidad y santidad que tendría que resplandecer en nuestra vida.
Dejémonos inundar por la presencia de Dios. Vivamos la presencia de Dios allá por donde vamos. Si fuéramos en verdad conscientes de esa presencia de Dios en nuestra vida cómo alejaríamos de nosotros todo lo que nos puede manchar, todo lo que nos puede llevar al pecado. No solo es la presencia de Dios que en su inmensidad llena el universo y en todo momento allá donde estemos hemos de sentir y vivir en su presencia, sino es el darnos cuenta de cómo por la fuerza del Espíritu Dios mora de una manera especial en nuestros corazones.
Es en consecuencia también la dignidad y el respeto con que hemos de acercarnos a nuestros hermanos que han de convertirse para nosotros en signos de esa presencia de Dios. Por algo Jesús nos dirá que cuanto hagamos al hermano a El se lo estamos haciendo.
Y finalmente un breve pensamiento. Nos habla el evangelio en referencia al templo como casa de oración. Pienso en nuestro hogar, verdadera iglesia doméstica como la llamamos también con el concilio; cómo hemos de saber hacer también de nuestro hogar esa casa de oración, ese lugar de nuestro encuentro con Dios viviendo el amor familiar.
Pero aun más creo que hemos de saber encontrar en nuestros hogares -aun con la dificultad de la estrechez con que se vive en nuestras casas - ese espacio que nos recuerde y nos ayude a vivir esa presencia del Señor; ese espacio reservado para encontrar esos momentos de silencio para la reflexión, para la oración, para la lectura de la Biblia. Un rincón especialmente habilitado con una imagen y con la Biblia que venga a ser ese remanso de paz que tanto necesitamos.


viernes, 30 de diciembre de 2011


Fiesta de la Sagrada Familia

Gén. 15, 1-6; 21, 1-13
; Sal. 104;
 Hb. 11, 8.11-2.17-19;
 L. 2, 22-40
‘Se volvieron a su ciudad de Nazaret’, nos dice el evangelista, después de cumplir todo lo que prescribía la ley del Señor. Es el texto que la liturgia nos ofrece en este día en que estamos celebrando la fiesta de la Sagrada Familia. Habitualmente se celebra el domingo siguiente a la Navidad, pero al coincidir domingo este año, el siguiente domingo con la Octava de la Navidad y la Solemnidad de María, la Madre de Dios, es por lo que esta fiesta de la Sagrada Familia celebra en este día del 30 de Diciembre.
Contemplando el hogar santo de Nazaret nos viene bien celebrar este jornada y reflexionar sobre la familia tomando como modelo aquella Sagrada Familia de Nazaret de Jesús, José y María.  Celebramos, reflexionamos y oramos. Nos gozamos en nuestras familias en las que hemos nacido y nos hemos desarrollado humana y cristianamente como personas y como creyentes en Jesús. Damos gracias a Dios por esa familia en la que vivimos o a la que hemos pertenecido o hemos formado, reconociendo también cuánto de Dios hemos recibido por su medio.
Y oramos por las familias, por todas las familias que también se ven tan amenazadas con tantos peligros. Pedimos al Señor su bendición sobre las familias, como diremos en la bendición del año nuevo, que vuelve su rostro sobre nuestras familias y nos conceda su favor, su paz, su amor, su gracia.
Riqueza maravillosa de la familia que no podemos permitir que sea destruida. Verdadero patrimonio de la humanidad que hemos de saber conservar. Necesitamos verdaderas familias, auténticos hogares que sean lugar de encuentro y de amor, lugar de crecimiento y maduración, auténtica base del desarrollo del hombre, del bien de la humanidad, de la paz para nuestro mundo.
En el caldo amoroso y al calor del amor de la familia tenemos todos los ingredientes para ese desarrollo y crecimiento de nuestra vida, de nuestra persona. Al calor del amor podemos desarrollando lo mejor de nosotros mismos; allí aprendemos a querernos y respetarnos, a aceptarnos y perdonarnos, a ser felices desde los pequeños detalles que tenemos los unos con los otros y desde esa ayuda desinteresada que busca siempre el bien del otro. Ahí, sabremos vencernos a nosotros mismos para lograr la mejor armonía y convivencia y nos damos cuenta que lo que nos hace felices es el bien que hacemos a los demás. Auténtico caldo de cultivo de la paz para todos.
Alguien podría decirme que son palabras hermosas, pero utópicas, si miramos la realidad de lo que es la vida. Partiendo precisamente de la realidad de la vida en su lado mas hermoso me atrevo a decir todo esto, aunque veamos familias rotas y destrozadas porque no hayamso dejado entrar el verdadero amor o no lo hayamos cuidado lo suficiente. Es cierto que el mal del egoísmo y de los orgullos se nos meten muchas veces en el corazón y destrozan las cosas más bellas. Pero es que cuando contemplamos la realidad de la familia hemos de saber descubrir su lado más trascendente y que precisamente desde amor fuertemente vivido nos hace descubrir a Dios, volvernos a Dios, encontrar a Dios en nuestra vida.
Un autentico hogar lleno de amor siempre nos abrirá a la trascendencia, y es en el hogar y en la familia donde aprendemos a abrirnos a Dios. La familia es no solo ese lugar de encuentro de los miembros de la familia entre si, sino el lugar donde podemos realizar, donde aprendemos a realizar un encuentro un encuentro vivo y profundo con Dios.
Los cristianos llamamos a la familia verdadera Iglesia doméstica. Es ahí donde aprendemos a conocer a Dios, donde aprendemos a relacionarnos con El, donde aprendemos de la manera más plástica y práctica todo lo que es ese amor de entrega total que nos enseña Jesús en el Evangelio. Alli nuestros padres nos hablaron de Dios por primera vez y nos enseñaron a hablar con Dios con las primeras oraciones aprendidas. De su mano nos llevaron a la práctica de las devociones religiosas y a la vivencia del culto litúrgico. Nos enseñaron el santo nombre de Jesús y el dulce nombre de María nuestra madre.
La familia es escuela de encuentro con Dios y escuela de aprendizaje de los más altos valores cristianos que arrancan desde el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús y que aprendemos a vivir en todo lo que es la relación familiar entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos y entre todos los miembros de la familia.
Pero es además que ahí en la familia aprendemos que todo eso no lo realizamos por nosotros mismos y si queremos vivir toda aquella maravilla que es la familia y el hogar lo podemos hacer con la fuerza y la gracia del Señor. Por eso el amor matrimonial se convierte en sacramento de Dios, en signo cierto y santo de lo que es la presencia de Jesús junto a nosotros que con su gracia nos fortalece, nos ayuda, nos previene frente a tantos peligros como pueden atentar contra la santidad del matrimonio, de la familia y de un hogar cristiano. Es lo que llamamos la gracia del sacramento.
Hoy a la sombra de la Sagrada Familia de Nazaret, cuando contemplamos al Hijo de Dios que al encarnarse lo ha querido hacer siendo miembro de una familia, siendo parte de un hogar humano, reflexionamos sobre todo ello y queremos pedir al Señor que derrame su bendición sobre nuestras familias, sobre nuestros hogares. Que vuelva su rostro amoroso sobre aquellas familias que se encuentran en mayores dificultades para que les fortalezca con su gracia. Que vuelva su rostro sobre nosotros y nos enriquezca con su amor.