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jueves, 28 de mayo de 2026

Ojalá todos seamos capaces de unirnos a la oración sacerdotal de Cristo Sacerdote, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’

 


Ojalá todos seamos capaces de unirnos a la oración sacerdotal de Cristo Sacerdote, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’

Génesis 22, 9-18; Salmo 39; Mateo 26, 36-42

Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, es la oración que se  nos ofrece hoy en el salmo responsorial y que seguramente muchas veces hemos repetido. ¿Lo hemos repetido simplemente porque se nos ofrece en la liturgia? ¿Lo habremos repetido arrancándola desde lo hondo de nuestro corazón en un momento difícil, en un momento de oscuridad, en un momento en que nos habíamos visto envueltos por agobios o por fracasos, por incomprensiones o en medio de soledades en nuestras luchas?

No es una frase fácil de decir, tenemos que reconocer; cuando venimos a Dios en nuestra oración normalmente ya venimos predispuestos a lo que queremos conseguir y parece como si fuera Dios el que tiene que acomodarse a nuestros deseos o peticiones. Pero con esta frase decimos algo muy distinto, no es mi voluntad, no son mis deseos, no es que me salgan las cosas bien, no es que yo quede satisfecho; estoy renunciando a todo eso, porque no es mi voluntad la que tiene que prevalecer sino la voluntad de Dios. ‘Para hacer tu voluntad’.

¿Le fue fácil a Abraham mientras subía al Monte para realizar aquel sacrificio que en su corazón sentía que Dios le estaba pidiendo? Era su hijo, el que tanto había deseado, en quien estaba su descendencia, el hijo de la promesa que Dios en su ancianidad le hacía concedido. Y subían juntos al monte del sacrificio porque para Abraham lo primero era la voluntad de Dios, el querer de Dios.

Es lo que se vislumbra también en el huerto de los Olivos, en Getsemaní. Había sido una entrada solemne y tenebrosa, las tinieblas de la noche todo lo envolvían. Pero Jesús había ido dejando retazos de su corazón en aquella entrada. ‘Sentaos aquí, mientras voy allá a orar’, les había dicho al grupo aunque con El se había llevado a Pedro, Santiago y Juan. ‘Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo’. Había llegado la hora de la ofrenda, de la entrega, sacrificio, del amor más supremo. No era fácil tampoco para Jesús, por eso pedía que pasara de él aquella hora de beber el cáliz. Pero sabía que era el momento supremo. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’. Y la ofrenda se realizó, el sacrificio se consumó, el amor más grande resplandeció. Es la hora en que se manifiesta el Sacerdocio de Cristo.

Jesús no quiere estar solo en ese momento; pide a los suyos que oren con Él, aunque se caen de sueño, aunque la angustia les requemecome el alma, aunque siguen con sus miedos y desconfianzas porque incluso se han llevado una espada ceñida al cinto. Contemplan la intensidad de la oración de Jesús y sus palabras llenas de angustia pero también con la firmeza de la obediencia de la fe, pero siguen atónitos, siguen en sus sueños, siguen en medio de sus sombras.

¿No será así cómo muchas veces nos encontramos nosotros cuando vamos al encuentro del Señor para nuestra oración? ¿Qué es lo que seguimos llevando en nuestras mentes? Nuestras mentes que utilizan muchas veces nuestros rezos para seguir cayendo en esa misma somnolencia. No es solo ya que nos durmamos mientras rezamos, sino que es la somnolencia que acompaña nuestra vida y que le hace perder hondura a nuestra oración, porque seguimos pensando en lo nuestro, seguimos pensando en lo que vamos a obtener, pero no terminamos de abrir nuestro corazón a Dios para ver qué es lo que Dios quiere.

Nuestra oración no nos libera de nuestras luchas, pero sí nos hará atravesar ese campo de batalla de la vida con otra determinación, con otro sentido, con otro valor. No serán las espadas que llevemos al cinto las que nos harán salir vencedores; esas espadas de nuestras seguridades, esas espadas de nuestra verdad, de nuestra prepotencia, de nuestros prestigios, de nuestra autosuficiencia, de nuestros caprichos de nada nos valen si no sabemos renunciar a nuestro yo para buscar solamente lo que es la voluntad de Dios.

Es la oración de Cristo Sacerdote, como hoy celebramos, que cuando la hacemos nuestra es también la oración de nuestro sacerdocio, porque estamos así participando del Sacerdocio de Cristo. Por nuestro bautismo todos somos con Cristo Sacerdotes, Profetas y Reyes. Pero en este día queremos recordar a quienes se han unido a Cristo en este sacerdocio ministerial por el Orden Sacerdotal, que imprime en sus almas ese carácter que los hace sacerdotes para siempre. Todo el pueblo cristiano tiene hoy que unirse a esa oración por los Sacerdotes y con su oración se están uniendo a esta oración Sacerdotal de Cristo.

No es fácil esa oración pero dejándonos conducir por el Espíritu de Jesús también seremos capaces de decirla. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.


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