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sábado, 12 de septiembre de 2026

Cada árbol se conoce por su fruto, qué clase de árbol somos nosotros, dónde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida

 


Cada árbol se conoce por su fruto, qué clase de árbol somos nosotros, dónde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida

1Corintios 10, 14-22; Salmo 115; Lucas 6, 43-49

Como siempre el evangelio siembra interrogantes dentro de nosotros y nos hace plantearnos muchas preguntas y nos deja con muchas inquietudes. Claro que depende también de la sinceridad con que vayamos a escucharlo, o si no ponemos corazas a nuestro alrededor que impidan que la Palabra de Dios, como espada de doble filo que se nos dice en otro lugar, pueda penetrar a lo más hondo del corazón y sembrar esa inquietud en nosotros; porque es cierto que somos capaces de ponernos filtros en nuestros oídos para escuchar solo lo que nos agrade o nos parezca que viene a ensalzar lo que podamos estar haciendo. Lejía de lavandero, fuego de fundidor son imágenes que escuchamos en la Escritura santa para hablarnos de la intensidad con que quiere llegar a nosotros la Palabra de Dios.

En estos pocos versículos, que parece que de forma desordenada se nos ofrecen hoy comienza haciendo que nos preguntemos qué clase de árbol somos en realidad nosotros sobre todo cuando somos capaces de reconocer que no siempre los frutos que damos son todo lo buenos que deberían ser; o preguntarnos también cuales son los cimientos de nuestras vidas porque somos conscientes de cómo nos tambaleamos fácilmente ante cualquier movimiento que nos deja llenos de inseguridad, o cómo fácilmente somos hoja que se lleva el viento cuando nos arrecian los temporales de la vida.

Sabemos que tenemos que ser buenos sembradores de las mejores semillas. Claro que las semillas que tenemos en nuestras manos salen de esos frutos que nosotros damos en la vida, y muchas veces más que hermosos frutales que nos den jugosas y sabrosas frutas, nos hemos maleado tanto que más bien parecemos zarzales con los que nos dañamos los unos a los otros. ¿Hasta dónde hemos llegado? ¿Nos quedamos en la apariencia de vistosos ropajes pero al final somos árboles infecundos que no producen fruto?

Las apariencias nos engañan, con nuestras apariencias y vanidades incluso con palabras bonitas pero vacías de contenido somos un engaño para los demás. Podemos hacer un discurso muy bello plagado de hermosas palabras y aparentemente sabios consejos, pero si dentro de nosotros mismos estamos vacíos porque en la vida no reflejamos nada de esos bonitos consejos, todo se quedará en apariencia, en exigencia que quizás presentamos para el otro, pero como no nos hemos exigido a nosotros mismos al final nuestra vida no llegará a dar fruto de verdad.

Hemos de saber reconocer nuestra debilidad y que también nosotros somos pecadores y entonces nuestra humildad y sinceridad serán buenas piedras que nos sirvan de cimiento para ese edificio de nuestra vida. Con nuestra humildad reconocemos donde está nuestra fortaleza y nuestra verdadera sabiduría, que ya no será cosa nuestra sino obra del Señor con la fuerza de su Espíritu. Será lo que en verdad hará fecunda nuestra vida y hará que nuestro testimonio pueda llevar al convencimiento de los demás. Se estará manifestando así nuestra congruencia, a pesar de nuestra debilidad, porque queremos cimentar bien nuestra vida en el Señor, en su Palabra y en la fuerza y sabiduría de su Espíritu.

Es lo que hoy también nos está interrogando desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿Cuál es la verdadera fortaleza de nuestra vida? ¿Cuáles son los hondos y bien fundamentados cimientos sobre los que estamos edificando nuestra existencia? ¿Cuáles son las raíces profundas del árbol de nuestra vida para que se mantenga lozano pero también para que llegue a dar buenos frutos?

‘Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida’.

‘Cada árbol se conoce por su fruto’, ya nos había dicho anteriormente. Por eso nos preguntamos qué clase de árbol somos nosotros, donde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida. ¡Cuidado con nuestros vacíos y con nuestra infecundidad! Cultivemos con intensidad nuestro espíritu, podamos los ramajes infecundos, como nos enseña en otro lugar del evangelio.


martes, 24 de febrero de 2026

Orar es contemplar y disfrutar, contemplar y dejarnos empapar por el amor, contemplar y sentirnos ya responsables de algo nuevo, sentirnos inundados de amor

 


Orar es contemplar y disfrutar, contemplar y dejarnos empapar por el amor, contemplar y sentirnos ya responsables de algo nuevo, sentirnos inundados de amor

Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

¿Te has parado alguna vez a contemplar la caída de la lluvia desde detrás de una ventana? Aunque nos parezca una cosa como tan sin importancia y elemental creo que todos hemos de reconocer que lo hemos hecho más de una vez. ¿Y qué es lo que hacemos, pensamos o decimos en situaciones así? Seguramente nos hemos quedado en silencio contemplando, sin palabras, con la mirada que se traspone más allá de la lluvia, con nuestros pensamientos puestos, ¿dónde?, donde más allá de donde estamos, más allá de esa lluvia que cae, nos sentimos transpuestos, no damos respuestas, no intentamos hacer nada, simplemente contemplamos, pero en el fondo parece que nos sentimos con nueva vida, nos sentimos renovados y revitalizados. ¿Es simplemente el contacto y la contemplación de la naturaleza o es algo más? No tenemos palabras.

¿Os habéis fijado en lo que hoy nos dice el profeta Isaías? Nos habla de la lluvia y de la nieve que caen mansamente y que empapan la tierra, y que hacen germinar las semillas y vuelven fecunda a esa tierra así empapada por la lluvia. Pero ya vemos la intención que tiene el profeta, quiere hablarnos de algo más, es una imagen que nos está poniendo para ese venir de Dios a nuestro encuentro, cuando El quiere y como El quiere, nos está dando una imagen de lo que es la oración. ¿Y qué es la oración sino una contemplación de la presencia de Dios que nos inunda y todo lo llena con su gracia haciendo fecunda nuestra vida?

Cuando pensamos en la oración decimos habitualmente que no sabemos orar; un poco nos escudamos en eso para no llegar a lo que tiene que ser una auténtica oración. Y pensamos en palabras que tenemos que decir – nos las hemos aprendido de memoria para tener la comodidad de repetirlas pero sin implicarnos mucho en lo que decimos – pensamos en las cosas que tenemos que pedir o pensamos en aquellos de los que queremos acordarnos para pedirle a Dios algo para ellos. Pero ¿es esa la imagen que nos da el profeta Isaías de lo que tiene que ser nuestra oración o de lo que luego nos enseñará Jesús en el Evangelio?

Ya de entrada nos está diciendo Jesús que no preparemos las palabras que tenemos que decir, porque realmente nosotros en nuestra oración andamos muy preocupados por la lista de la compra. Sí, pareciera que llevamos un montón de expedientes debajo del brazo como cuando vamos a rendir cuentas ante el jefe de nuestra oficina o para no olvidamos de todas aquellas cosas que necesitamos y tenemos que pedirle.

¿En eso tiene que convertirse nuestra oración? Quedémonos contemplando la lluvia, quedémonos saboreando esa presencia de Dios, quedémonos sintiendo el placer del amor que El nos tiene. Y es que el amor no es para decir cosas bonitas sino para disfrutarlo, disfrutar de estar con quien sabemos que nos ama. Y El que nos ama sabe muy bien las cosas que necesitamos y porque nos ama nos regalará mucho más de lo que nosotros apetecemos o creamos merecer.

Es eso también lo que nos está enseñando Jesús cuando nos enseña a orar. Los discípulos le habían pedido que les enseñara a orar porque lo contemplaban a El orando y para Jesús no era una cosa cansada y aburrida sino que era disfrutar de la presencia y del amor del Padre. Es lo que nos enseña a nosotros, es la primera palabra que va a surgir cuando nos disponemos a orar, es lo que nos enseñó Jesús, comenzar diciendo simplemente ¡Padre!

Y desde ahí surgirá todo, el sentir la gloria de Dios y entonces sentirnos transformados, el darnos cuenta que no tenemos otra cosa que hacer sino amar y porque amamos queremos en todo buscar lo que es su voluntad, vivir sintiendo el Reino de Dios en nuestras vidas porque sentimos ya que Dios lo es todo para nosotros. Así se irían desgranando todas esas pautas que Jesús nos ha dejado para hacer más auténtica nuestra oración, así nos sentiremos amados y confiados porque igual que no abandona a los pajarillos a los que proporciona alimento así la providencia de Dios vela por nosotros; nos sentiremos envueltos por su amor gozándonos en la misericordia que nos perdona, pero que nos impulsa a actuar con el mismo corazón y que si Dios está con nosotros no cabe en nuestra vida el mal porque todo se convierte en un torrente tumultuoso de amor.

¿Qué es orar? Contemplar y disfrutar, contemplar y dejarnos empapar por el amor, contemplar y sentirnos ya responsables de algo nuevo para nosotros y para nuestro mundo, sentirnos inundados de amor.

domingo, 9 de noviembre de 2025

Damos gracias y pedimos a Dios por la Iglesia, dando testimonio de Iglesia con el compromiso de nuestra fe y amor siendo signo de comunión en medio del mundo

 


Damos gracias y pedimos a Dios por la Iglesia, dando testimonio de Iglesia con el compromiso de nuestra fe y amor siendo signo de comunión en medio del mundo

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Salmo 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

¿Agua de vida o agua de muerte? Ya sabemos que cuando las aguas corren sin control y todo lo anegan a su paso se pueden convertir en algo destructivo por los primeros efectos que van produciendo a su paso. No nos gustan las inundaciones, imágenes tenemos recientes en la retina o en el recuerdo de los daños causados en los grandes temporales cuando lo arrasan todo a su paso; pero bien sabemos que cuando aquel torrente de agua impetuosa que baja de la montaña arrasándolo todo llega a la placidez de la tierra llana, donde ha dejado atrás aquella impetuosidad de destrucción se pueden convertir en agua fecunda que llenará de vida nuestros campos y que incluso aquel limo que ha venido arrastrando ahora se convierte en algo así como abono que va llenando de nueva vida allá por donde pase; habrá un resurgir de la vida, habrá una nueva floración, podremos luego recoger frutos hermosos porque de alguna manera también ha servido de purificación.

Es la descripción hermosa que nos hace hoy el profeta de aquella agua que manaba del templo y que crece y crece en su fluir, pero allí por donde pasa hará resurgir la vida, como el mismo profeta nos describe en los árboles frutales de sus orillas rebosantes de frutos. Una referencia hermosa al río de gracia que en la Iglesia de Cristo encontramos y que a nosotros nos llena de vida.

Es el texto que hoy la liturgia nos propone en esta fiesta de la dedicación de la Catedral de Letrán. Decir que es la catedral del Roma, la sede del Papa, Obispo de Roma, y que tiene un hermoso significado para toda la Iglesia, que es por lo que hoy la celebramos prevaleciendo esta fiesta incluso sobre la liturgia del domingo. La Iglesia madre de todas las Iglesias como se la ha querido llamar que nos hace sentirnos hoy en comunión con la Iglesia universal y en comunión con el Papa. Nos coincide además en nuestra Iglesia española que celebramos también en este domingo el Día de la Iglesia Diocesana. Una motivación más para reavivar ese sentido eclesial de nuestra fe con todas sus consecuencias. En ese sentido van todas las lecturas de la Palabra de Dios que hoy nos ofrece la liturgia de este domingo.

Se nos habla de ese edificio, de ese templo de Dios que es Cristo mismo, como se nos señala en el evangelio. ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’, que replica Jesús a quienes le interrogaban sobre su autoridad para la purificación del templo que más que una casa de oración la habían convertido en una cueva de ladrones. Templo y edificio de Dios fundamentado sobre Cristo mismo, como nos dice el apóstol san Pablo, ‘Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo’, nos dice.

No es una iglesia edificada por hombres, sino que el constructor ha sido Cristo. Es su Evangelio, es la Palabra de salvación que nos llena de vida.

Y aquí recogemos esa hermosa imagen con la que comenzábamos nuestra reflexión y que nos ofrecía el profeta. Esa agua que mana debajo de las puertas del templo de Dios es imagen de ese río de gracia que en la Iglesia de Cristo encontramos. En ella tenemos la Palabra de Dios, en su ministerio recibimos la gracia de Dios por los Sacramentos, en ella nos sentimos ese edificio de Dios donde queremos construir nuestra vida y no solo de una forma individual sino en esa comunión de hermanos que formamos todos los que creemos en Jesús.

Es la Iglesia madre que nos acompaña en cada una de las situaciones de la vida, por muy difícil que sea el momento en que nos encontremos; es la Iglesia en la que nos sentimos acogidos porque en ella encontremos siempre la misericordia del Señor, pero que también se convierte para nosotros en fuego fundidor que nos purifica; es la Iglesia que como maestra nos enseña y nos recuerda una y otra vez las enseñanzas de Jesús que también nosotros hemos de anunciar con el testimonio de nuestra vida; es la Iglesia fuente de vida para nosotros que en la medida que con ella nos sintamos unidos a Jesús podremos llenar de fecundidad nuestra vida y dar los mejores frutos; es la Iglesia que desborda su amor sobre nosotros y sobre el mundo queriendo que todo se transforme en ese Reino de Dios que para nosotros es la Iglesia; es la Iglesia que se convierte en aliciente para nuestro camino en el ejemplo de sus mejores hijos y por eso veneramos a sus santos que nos han dejado las huellas de su vida para siguiendo su senda mejor nosotros encontrarnos con Cristo; es la Iglesia ese manantial de agua que nos llena de vida, ‘agua de vida’ que nos hace fecundos en el amor, y se convierte en fuerza y alimento para que demos los mejores frutos para nuestro mundo.

Hoy al sentirnos por una parte miembros de nuestra Iglesia local, nuestra diócesis, pero también en comunión con toda la Iglesia de Cristo al celebrar la dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán, Catedral del Papa, nos sentimos en comunión con nuestros pastores, nos sentimos en comunión eclesial que queremos expresar en todo el compromiso de nuestra fe que nos hace testigos y apóstoles del evangelio de Jesús. Damos gracias por la Iglesia, pedimos a Dios por la Iglesia, damos testimonio de nuestro sentido de Iglesia, y con el compromiso de nuestra fe y de nuestro amor queremos ser ese signo de Iglesia en medio de nuestro mundo.

jueves, 10 de agosto de 2023

Nuestra alegría y satisfacción poder entregarnos, como el grano de trigo enterrado para dar fruto, no nos importen las quemaduras que tengamos que sufrir por nuestra entrega

 


Nuestra alegría y satisfacción poder entregarnos, como el grano de trigo enterrado para dar fruto, no nos importen las quemaduras que tengamos que sufrir por nuestra entrega

2Corintios 9, 6-10; Sal 111; Juan 12, 24-26

Diríamos que es una persona de una mente obtusa si nos dijera cuando ve que nos disponemos a sembrar una semilla que con eso que estamos echando a la tierra en lugar de enterrarlo podríamos darle de comer a un montón de personas que están pasando necesidad; en fin de cuentas, nos dirá, no sabemos cual va a ser el resultado, si germinará o no esa semilla, si se va  dar bien la cosecha, si va a venir un temporal que lo va a arruinar todo, y así nos dará veinte mil razones para convencernos de lo incongruente que es lo que vamos a hacer.

¡Qué sabia es la naturaleza! Algunas veces hay mentes que se quedan bien cortas. Es necesario que se entierre el grano de trigo y aparentemente se pudra, pero lo que está haciendo en realidad es germinar una nueva planta que nos dará abundantes frutos. Estudiando la vida de la naturaleza veremos cuantos animales en el momento de fecundar una nueva vida ellos mueren.

Ya sé que quizás no nos vamos a encontrar con ese elemento de mente obtusa que nos diga lo que antes veníamos diciendo, pero sí nos vamos a encontrar a muchos, y puede que sea en ocasiones también nuestra tentación, que no entiendan lo de gastarse y entregarse por los demás; total para qué, pensamos algunas veces, para qué me estoy sacrificando y trabajando con tanto esfuerzo si luego ni me lo van a agradecer; y lo piensa el que se ha comprometido por los demás, y lo puede pensar el maestro cuando le cuesta tanto sacar buenos resultados de sus alumnos que parece que nunca le escuchan y que están siempre en otro lado, y lo puede pensar el padre de familia que se sacrifica cada día por dar lo mejor a sus hijos, pero luego no siempre encuentra la respuesta que le gustaría encontrar.

Pero ese es el sentido más hermoso de la vida, generar vida; y generar vida no es solo engendrar un hijo, sino tanto que podemos hacer para que en nuestro mundo haya más vida, tanto que podemos hacer dándonos, comprometiéndonos, sacrificándonos incluso para hacer que las cosas sean mejores, que los que están a nuestro lado también encuentren un sentido de la vida, para que haya alguien que pueda ser un poquito más feliz, para que palpite la vida allí donde estamos porque hay alegría de la buena, porque nos sentimos más cercanos los unos a los otros, porque hacemos que las cosas mejoren en nuestra familia, en nuestro entorno social, en el mundo de nuestro trabajo.

Algunas veces nos cuesta, tenemos que superarnos mucho y en muchas cosas, tenemos que ser nosotros los primeros que crezcamos por dentro, pero dejaremos una huella, haremos sentirse feliz a alguien, ponemos mejores flores en nuestro mundo. Habrá significado quizá que hayamos tenido que olvidarnos de nosotros mismos, habremos restado tiempo a nuestro descanso o a nuestras diversiones, nos habrá costado en ocasiones dolores de cabeza y dolores en el espíritu porque no somos comprendidos, porque nos encontramos a gente en contra, porque incluso seremos criticados y hasta injuriados, pero seguimos adelante porque para nosotros amar es vida, y amando damos vida, haciendo que haya más vida en nuestro mundo la gente comenzará a amarse más. Es nuestra alegría, nuestra satisfacción. Por eso entendemos las palabras de Jesús que nos hablan del grano de trigo enterrado en tierra para que dé fruto y como nos decía san Pablo, ‘el que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará’.

Hoy estamos celebrando a quien supo vivir todo esto con toda intensidad hasta llegar a dar su vida; estamos celebrando a san Lorenzo, que entendía que la riqueza de la iglesia eran los pobres, y para ellos era todo, era diácono que significa ser servidor, y su servicio llegó hasta dar la vida en el martirio. No nos pedirá el Señor que tengamos que morir en la hoguera, como san Lorenzo, pero quizás algunas veces tenemos que sufrir quemaduras de los demás a causa de nuestra entrega. No nos importe, el Señor es nuestra fuerza y nuestra alegría.

sábado, 17 de diciembre de 2022

Miramos hoy las raíces de Jesús nacido en medio del pueblo elegido pero damos gracias a Dios por los que han sido para nosotros raíces de lo que ahora es nuestra fe

 


Miramos hoy las raíces de Jesús nacido en medio del pueblo elegido pero damos gracias a Dios por los que han sido para nosotros raíces de lo que ahora es nuestra fe

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17

Algunas veces también nosotros nos preguntamos sobre nuestros antepasados, sentimos curiosidad quizás de donde proviene ese apellido que heredé de mi padre o de mi padre, de dónde procede nuestra familia, sobre todo aquí en las islas que ha sido poblada por gentes venidas de distintos sitios y donde también ha habido una migración entre las diferentes islas; nos proponemos hacer un árbol genealógico y poco más allá de nuestros abuelos o quizás nuestros bisabuelos no pasamos salvo que vayamos a los archivos para buscarlos.

Esa búsqueda de nuestra procedencia nos ayudaría a conectar con nuestra historia o con el pueblo en que estamos enraizados y donde hacemos nuestra vida. Es bueno, y no solo por curiosidad, conocer nuestras raíces, porque es nuestra historia que nos da como fruto lo que ahora vivimos; es mucho más que conocer unos nombres, porque es el encontrar las razones de nuestras costumbres y es lo que ha ido construyendo también nuestra cultura.

Cuando nos acercamos ya a la navidad y entramos en este como octavario de preparación especial la liturgia hoy nos ofrece precisamente la genealogía de Jesús como nos la presenta el evangelista Mateo. Es decirnos que Jesús pertenecía a aquel pueblo, el pueblo de Israel, llamado el pueblo elegido de Dios, porque en él había depositado Dios las promesas del envío de un salvador. Es hablarnos de cómo aquel Jesús de Nazaret, que pronto veremos nacer en Belén tiene una historia, pertenece a una familia y a un pueblo, forma parte de nuestra humanidad aunque estemos celebrando el gran misterio de la Encarnación de un Dios que se hace hombre para ser para nosotros Emmanuel.

Una historia y unos orígenes que pueden tener también sus luces y sus sombras, en ella hay santos como hay pecadores, como la historia de todos los hombres, pero que así nos señalan la verdadera humanidad de Jesús, pero que para nosotros es el Hijo de Dios encarnado para nuestra salvación. Es Jesús porque es nuestro Salvador, es Cristo, porque es el Ungido de Dios para ser nuestra vida y nuestro Redentor.

Pero es quien va a constituir un nuevo pueblo al que se va a pertenecer en nombre de una raza o de una procedencia geográfica concreta, porque es el pueblo al que están llamados a pertenecer todos los hombres porque a todos se nos abre la puerta para ser esos elegidos de Dios cuando seamos constituidos nosotros también en hijos de Dios. ‘Porque a cuantos le recibieron el dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’, como nos dirá el evangelio de san Juan.

También, por otra parte, estas consideraciones que nos ofrece hoy el evangelio con la genealogía de Jesús podría ayudarnos a pensar en nuestras raíces pero más allá de lo que es nuestro origen en razón de la sangre, por la raíces de nuestra fe. Una fe fundamentalmente que recibimos de nuestros padres que quisieron desde un principio que fuéramos cristianos y pronto nos llevaron a bautizar; una fe que nos alimentaron e hicieron crecer en nosotros desde aquellas primeras oraciones que de ellos aprendimos de pequeños, pero también con el testimonio de su vida de fe, con su vida religiosa vivida de muchas formas sencillas quizás también en el seno de nuestro hogar, desde todo lo que de ellos recibimos y aprendimos a lo largo de la vida para hacernos madurar como personas y como cristianos cuando nos llevan a Misa o a la recepción de los sacramentos.

Cada uno tendrá muchas cosas que recordar, muchas cosas que agradecer, muchas cosas también por las que bendecir a Dios que nos dio tal familia y tales padres. Seguramente que junto a ellos podremos recordar a otros familiares, abuelos, tíos, padrinos que fueron también para nosotros unos testigos; en nuestro entorno, en nuestro pueblo o en nuestra parroquia también recordaremos el testimonio de tantas personas que con su fe sencilla pero viva fueron hitos de luz en nuestro camino.

Muchos tendríamos que detenernos a pensar en todo ello y valorar lo que hemos recibido y a las personas de quienes lo hemos recibido. Demos gracias a Dios por ello. Qué raíces más hermosas tiene esa fe que vivimos y que han de darle fecundidad a nuestra vida cristiana.

viernes, 27 de enero de 2017

Sembrar cada día la buena semilla con la esperanza de que un día florecerá y dará fruto en un mundo mejor ha de ser nuestro compromiso

Sembrar cada día la buena semilla con la esperanza de que un día florecerá y dará fruto en un mundo mejor ha de ser nuestro compromiso

Hebreos 10,32-39; Sal 36; Marcos 4,26-34
Algunas veces vemos brotar una planta y florecer una flor en un terreno en que jamás habríamos pensado que allí podría surgir tan hermosa planta y tan bella flor. Una semilla trasportada por el viento o llevada en el pico de un ave cayó en aquel lugar y encontró la tierra apropiada para surgir y la naturaleza por si misma nos regaló tan hermoso fruto. Maravillas de la naturaleza, decimos, y damos gracias a Dios que nos hace tan bellos regalos.
Hoy nos habla Jesús en parábolas. ‘Con muchas parábolas les exponía la Palabra, acomodándose a su entender’, nos dice el evangelista. Y una parábola nos habla de la semilla sembrada en el campo y que sin que el agricultor tenga que hacer muchas cosas, aquella semilla germina y brota para darnos hermosos tallos y buenos frutos. O nos habla también de la minúscula semilla de la mostaza, que nos dará una hermosa planta en la que hasta los pajarillos pueden hacer sus nidos.
Ya sabemos por otras parábolas todo lo que nos quiere decir Jesús con la semilla que se planta. En días pasados hubiéramos escuchado la parábola del sembrador, pero que muchas veces habremos meditado. Esa semilla de la Palabra de Dios, esa semilla de la gracia, esa semilla del amor de Dios que se derrama en nuestro corazón. Pero que hemos de saber plantarla muy y dejar que germine en nuestra vida. Ya sé que en la parábola del sembrador se nos hacia reflexionar sobre la buena tierra que tendríamos que ser limpiándola de abrojos y malas hierbas, preparando y abonando bien el terreno de nuestra vida para que pueda germinar la semilla y llegar a dar fruto.
Pienso que toda la potencia de esa semilla está ahí en nosotros y aunque nos parezca que a veces no da fruto tan pronto como nosotros quisiéramos ahí está plantada en nuestra tierra. Cuántas veces nos surge de pronto en nuestro interior un deseo bueno, una inspiración para un paso que tendríamos que dar, para una obra nueva que deberíamos realizar. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en ese momento? No sabemos cómo nos ha venido esa inspiración, cómo nos surgió esa idea en este preciso momento, pero yo creo que tendríamos que saber reconocer esa semilla que un día se plantó en nuestro corazón que quizá nos pareció que había caído en tierra infecunda, pero ahí estaba y cuando menos lo pensamos nos surgió la llamada, la idea, el buen deseo, la realización de esa obra buena. Es la gracia de Dios que perdura en nuestro corazón.
Creo que siempre hemos de estar en disposición por una parte de que caiga en nosotros esa semilla buena que un día habremos de hacer fructificar, pero también tendrá que estar ese deseo de ir sembrando semillas buenas en la vida en los que nos rodean. Es lo que los padres han de saber hacer en la educación y formación que van dando a sus hijos; muchas veces los padres se desesperan porque les parece que sus recomendaciones caen en oídos sordos y no ven tan pronto como desean los frutos, las respuestas, pero no han de perder la esperanza, no han de cegar en su empeño de esa siembra de cada día, un día florecerá esa flor y nos dará su fruto, cuando menos lo pensamos.
Como decíamos en lo que todos hemos de ir haciendo siempre, sembrando esa buena semilla, con nuestra palabra, con nuestro ejemplo y testimonio, con nuestros gestos y compromisos; alguien a nuestro lado recogerá esa buena semilla para plantarla en su vida y un día dará fruto; no sabremos cuando ni quizá apreciemos el fruto, pero hemos de tener el gozo en el corazón que estamos contribuyendo con nuestras pequeñas semillas a hacer que nuestro mundo sea mejor.
Es lo que pretendo humildemente hacer con esta semilla de cada día que quiero ir sembrando a través de las redes sociales.

martes, 28 de febrero de 2012


Eficacia y fecundidad de la Palabra y la oración del cristiano

Is. 55, 10-11; Sal. 33; Mt. 6, 7-15
Se nos habla hoy de la eficacia y de la fecundidad de la Palabra de Dios y de la eficacia y fecundidad de la oración. Dos pilares fundamentales, esenciales podríamos decir, de nuestra vida cristiana, sin los cuales no podemos mantener firme el edificio de nuestra fe, de nuestro amor, de nuestro seguimiento de Jesús.
Es bueno que nos hagamos esta reflexión ya desde el principio de la Cuaresma y la liturgia de la Iglesia con toda sabiduría nos propone hoy estos textos de la Palabra de Dios. Si este camino de cuaresma que vamos haciendo pedagógicamente nos ayuda a ir dando pasos para esa renovación de nuestra vida, para esa reflexión y revisión que nos vayamos haciendo, es necesario que creamos de verdad en  la fuerza de la Palabra de Dios.
No es una palabra cualquiera la que vamos escuchando; no son simplemente una reflexiones piadosas que nos podamos hacer, sino que es Dios mismo el que va llegando a nuestro corazón para moverlo a la conversión y a la nueva vida. Hemos de creer, pues, en la fecundidad y en la eficacia de la Palabra de Dios. Con esa fe tenemos que escucharla y plantarla en nuestra vida.
Es hermosa la imagen del profeta para hablarnos de esa eficacia y fecundidad de la Palabra de Dios. Eficaz en si misma con toda la fuerza de Dios que inunda y transforma siempre nuestra vida. Nunca es una palabra vacía ni baldía. Siempre es palabra que nos transforma allá en lo más hondo de nuestra vida. La infecundidad no está en la palabra en sí sino en nosotros que no la acogemos y no dejamos que nos transforme.
‘Como bajan la lluvia y la nieve sobre la tierra, la empapa y la fecunda… así será mi Palabra que sale de mi boca…’ nos dice el profeta. Es semilla llena de vida y que da frutos de vida. Es fuerza fecunda que nos transforma para llenarnos de nueva vida.
De la misma manera tenemos que creer en la eficacia y en la fecundidad de nuestra oración. Jesús nos pide autenticidad en nuestra oración y en todos nuestros actos de piedad. Quiere que le demos hondura a nuestro encuentro con el Señor, con el Padre del cielo. No puede ser de  ninguna manera una oración fría y ritual. Tiene que ser algo vivo, lleno del fuego del amor de Dios. Por eso Jesús mismo nos enseñará como tiene que ser nuestra oración. Y luego para poder no solo saber hacerlo sino hacerlo con la necesaria profundidad y sentido vamos a estar guiados por el Espíritu del Señor.
Nos enseña Jesús a orar dándonos el modelo; pero darnos el modelo no es enseñarnos a repetir cosas, sino que es enseñarnos aquellas cosas fundamentales que hemos de tener en cuenta siempre en toda oración.
Es necesario entrar en el estado de oración desde una fe profunda y con un profundo amor en nuestro corazón. Hemos de saber caldear el corazón antes de comenzar nuestra oración. Por eso nunca podemos ir con prisas y carreras a nuestra oración sino buscando siempre y sintiendo hondamente la paz de la presencia del Señor. No son las muchas palabras las que van a hacer más eficaz nuestra oración, sino la fe que llevamos en el corazón para sentirnos siempre en la presencia del Señor.
Nos sentimos hijos amados de Dios. Por eso nos atrevemos a acercarnos siempre con confianza al Señor. Es un primer sentimiento, una primera actitud de fe que hemos de tener cuando vamos al encuentro del Señor. Si ese primer momento lo sabemos vivir con toda intensidad luego cada uno de los momentos de la oración irá fluyendo casi de forma espontánea porque irán brotando de nuestro amor.
Pidámosle, sí, al Señor que nos enseñe a orar, que nos conceda la presencia y la fuerza de su Espíritu y haremos dejándonos conducir por el Espíritu Santo la más hermosa oración.