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domingo, 30 de noviembre de 2025

Despiertos y vigilantes con esperanza en el Adviento porque el Señor viene no solo recordando su primera venida sino su presencia en el hoy y aquí de nuestra vida

 


Despiertos y vigilantes con esperanza en el Adviento porque el Señor viene no solo recordando su primera venida sino su presencia en el hoy y aquí de nuestra vida

Isaías 2, 1-5; Salmo 121; Romanos 13, 11-14ª; Mateo 24, 37-44

A quien han puesto de centinela, de vigilante, no se le permite ni que ande distraído ni que se duerma. El vigilante tiene que estar despierto y atento; no sabe por donde puede aparecer el peligro, no sabe a la hora que llega quien quizás está esperando, su misión es estar allí, no puede haber otras ocupaciones que le absorban su pensamiento, para poder estar atento a cualquier señal.

Siempre aparece ante nuestros ojos y nuestra consideración esta imagen cuando comenzamos el tiempo de Adviento y nos pudiera parecer por un lado que la vigilancia es cosa solo de unos días en razón de las celebraciones próximas que vamos a tener ni tampoco hemos de pensar que solo al Adviento es cosa de estos momentos previos a la Navidad, como preparación a la celebración del Nacimiento de Jesús.

Pero creo que ambos conceptos tienen una amplitud mucho mayor de la que habitualmente lo reducimos. Como veremos la vigilancia tiene que ser una actitud muy importante en la vida como lo es la esperanza, pero también me atrevo a decir que en cierta manera para el cristiano adviento es todo el año, ha de abarcar toda nuestra vida.

Unimos, reduciendo incluso su significado, el Adviento al hecho de la Navidad cercana, pero la navidad para un cristiano no es solo una celebración como un recuerdo de un momento cuando Dios quiso encarnarse en nuestra carne humana y nació de Santa Maria Virgen en Belén, como vamos a celebrar; es eso pero mucho más, porque no es solo una venida pasada la que celebramos y para la que preparamos sino que en el Credo de nuestra fe hablamos de la venida del Señor, con gran poder y gloria, para juzgar a vivos y muertos; hablamos de la segunda venida del Señor, y para ello también hemos de estar atentos y preparados, y por ahí va también el sentido del Adviento, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, como decimos en la liturgia. Claro que es también Adviento para vivir una autentica Navidad y para ello también hemos de prepararnos.

Pero hay una venida del Señor, una presencia del Señor en el día a día de nuestra vida, porque El nos prometió que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos. ¿Seremos conscientes de esa presencia del Señor? ¿Estaremos atentos a ese momento en el día a día de nuestra vida que el Señor se hace presente en nuestra vida, viene a nosotros? Esto es muy importante cuando vivimos con intensidad nuestra fe, para ello necesitamos vivir con intensidad nuestra fe y nuestra esperanza, necesitamos de esa atención, de esa vigilancia para descubrir los signos de esa presencia del Señor en nuestra vida. Adviento así no se reduce a un tiempo litúrgico sino que es parte de nuestra vida.

Cuando nosotros los cristianos celebramos el Adviento no nos podemos dejar llevar por lo que el ambiente externo nos ofrece estos día como preparación para la Navidad. Hoy nos dice la Palabra de Dios que despertemos en medio de esos sonidos y cantinelas que nos aturden porque tanto nos dicen lo que quieren que sea la navidad de demasiado jolgorio y consumismo, que al final nos sentimos arrastrados y olvidamos su verdadero sentido.

Como nos dice Jesús en el evangelio, ‘en los tiempos de Noé la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio’ y nos termina diciendo Jesús ‘estad en vela porque no sabéis qué día vendrá el Señor’. Nos quiere decir mucho el  Señor con estas palabras.

Vivimos nuestra vida, nuestros trabajos y nuestra familia, nuestros momentos de alegría y de fiesta como también momentos oscuros por los que todos pasamos, pero hemos de estar despiertos, porque ahí donde estamos, en lo que es nuestra vida con sus luces y con sus sombras, con los problemas que vive nuestro mundo o las preocupaciones que tenemos nosotros en el día a día, con lo que estamos pasando o las situaciones por las que hayamos pasado el Señor viene a nosotros; en eso que nos sucede y que vivimos tenemos que saber descubrir el hoy de la presencia del Señor, en eso que vivimos, cueste lo que nos cueste, tenemos que hacer navidad, hacer que sintamos esa presencia de Dios en nuestra vida.

Es el Adviento que hemos de vivir, es la vigilancia que hemos de poner en nuestra vida. No estamos en un mundo sin Dios, no podemos vivir nuestra vida ajenos a Dios, aunque el mundo que nos rodee celebre a su manera una navidad realmente sin Dios. Es donde nosotros tenemos que dar una señal, ser señal para el mundo que nos rodea de algo distinto; nuestra vida por la manera que afrontamos la vida, los problemas, las alegrías, lo que somos y lo que hacemos tiene que ser buena noticia para los demás, tiene que ser evangelio para nuestro mundo.

Que el jolgorio con que envolvemos las fiestas de navidad no nos haga olvidar el verdadero regalo que recibimos. Demos ahora señales de Adviento para que nos podamos convertir en evangelio de Navidad para el mundo que nos rodea, ese mundo que comienza por los que están a nuestro lado, nuestra familia, nuestros convecinos, nuestros amigos.

 

viernes, 14 de noviembre de 2025

Aprendamos a detenernos, a no dejarnos arrastrar por la loca carrera de la vida, a saber leer cuanto nos sucede desde una mirada creyente, a darle un sentido a nuestro caminar

 


Aprendamos a detenernos, a no dejarnos arrastrar por la loca carrera de la vida, a saber leer cuanto nos sucede desde una mirada creyente, a darle un sentido a nuestro caminar

Sabiduría 13,1-9; Salmo 18; Lucas 17,26-37

La vida de cada día con sus afanes y preocupaciones, con el agobio de todo lo que tenemos que hacer, esas cosas ordinarias que hacemos como modo de vivir o como medios de subsistencia, los acontecimientos que se suceden ya en el ámbito cercano nuestro de la familia o de nuestro trabajo, el caudal inmenso de noticias que nos llegan por todos los medios y más teniendo hoy como tenemos a manos tantas redes sociales, nos hacen entrar en un ritmo tan vertiginoso que nos parece que no tenemos tiempo para vivir, muchas cosas se convierten como en rutinas de la vida que andamos y desandamos algunas veces ni siendo conscientes del todo de lo que hacemos y no somos capaces de detenernos a reflexionar o dar hondura, sentido y valor a lo que hacemos.

Nos sentimos absorbidos por la vida y hay el peligro de entrar en la superficialidad de hacer las cosas porque tenemos que hacerlas pero sin llegar a saborearlas y disfrutarlas, de sentir que en eso está nuestra vida y que tendríamos que buscar como otro forma para darle otra intensidad a nuestro vivir. Qué peligroso convertir en una rutina nuestro vivir.

¿Llegaremos a descubrir en cuanto nos sucede o hacemos señales de algo más? ¿Seremos capaces de leer esa vida que vivimos para escuchar una voz que nos pudiera estar hablando o llamándonos desde esas mismas cosas o desde nuestro interior? ¿Seremos capaces de darle una mayor trascendencia a lo que hacemos o vivimos o simplemente estamos cumpliendo con una función porque eso es lo que nos ha tocado vivir? ¿Podrá haber algo más que nos llene interiormente y nos haga crecer en humanidad como personas? Porque tenemos el peligro de que en esa carrera de la vida vayamos perdiendo humanidad, incluso para nosotros mismos que nos convertimos en máquinas.

Creo que esto nos quiere hacer pensar hoy Jesús. Toda la conversación  de Jesús parte desde aquellas preguntas que le hacían de si ya era la hora en que se iba a manifestar el Reino de Dios y con qué signos lo conoceríamos. Jesús nos invita a estar atentos a nuestra vida, que sepamos leer nuestra vida y cuanto nos acontece; podríamos encontrar señales hermosas que nos va dejando Dios de cómo se manifiesta y se hace presente junto a nosotros.

Habla de los tiempos de Noé en que la mayoría no supo ver las señales del cielo y solo se salvaron unos pocos que habían construido aquel arca; o nos habla de los tiempos de Lot donde parecía que la vida circulaba con toda normalidad, pero hubo un momento de transformación con lo que llamaban aquel fuego venido del cielo. Nos habla del que está en el campo o del que está en su casa con sus quehaceres; podemos sentir, tenemos que saber sentir esa presencia de Dios, esos signos que Dios va poniendo a nuestro lado en el camino de la vida y que nos llaman a algo distinto y mejor. Es lo que nos habla de la venida del Hijo del Hombre.

Es lo que tenemos que saber discernir en nuestra vida de cada día y ver esa acción de Dios en nosotros; pero nuestra fe se nos va enfriando, vivimos sin sentir esa presencia de Dios, no escuchamos la voz de Dios que de tantas maneras va a hablándonos al corazón. Vivimos en nuestra loca carrera de la vida pero ¿Dónde hemos puesto la fe? ¿En qué se nota en nuestra manera de vivir que somos unos creyentes, que queremos vivir un evangelio, que sentimos ese amor de Dios en nosotros y que tenemos que ser mensajeros de vida y salvación para el mundo que nos rodea? ¿No podemos dar la impresión de que vivimos sin Dios, sin necesitar a Dios, sin gozarnos de su presencia en nuestra vida?

¿Tendremos que aprender a detenernos, a hacer una parada, a ponernos a reflexionar, a saber leer la vida de manera diferente?

jueves, 28 de agosto de 2025

La venida del Señor siempre es en el amor y una venida así nos tiene que hallar predispuestos en el amor y en sintonía con ese amor desde la responsabilidad de nuestra vida

 


La venida del Señor siempre es en el amor y una venida así nos tiene que hallar predispuestos en el amor y en sintonía con ese amor desde la responsabilidad de nuestra vida

1Tesalonicenses 3, 7-13; Salmo 89; Mateo 24, 42-51

Forma parte de nuestra fe y así lo confesamos en los artículos del Credo. ‘Está sentado a la derecha del Padre y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’. Hoy el Evangelio nos habla de estar preparados, porque no sabemos el día ni la hora, como el ladrón que puede llegar a nuestra casa y hemos de estar atentos y vigilantes. Pero la venida del Señor no es la venida de un ladrón – es una imagen para indicarnos lo imprevisible – porque la venida del Señor siempre es en el amor y una venida así nos tiene que hallar predispuestos en ese amor, en sintonía con ese amor.

Pero esa venida del Señor de la que Jesús nos habla hoy no es solo referencia a los últimos tiempos a esa venida final con gran poder y majestad como nos dirá en otro momento del Evangelio. Es en el aquí y en el ahora donde tenemos que estar atentos y vigilantes porque el Señor viene a nuestra vida, y nos llega en los acontecimientos, pero nos en ese encuentro con los demás que día a día vamos viviendo, son gracias del Señor, son regalo de Dios que no podemos desechar de cualquier manera, sino que con gozo hemos de saberlo recibir.

Una actitud de vigilancia que nos hará vivir la vida de manera distinta, porque sabemos que todo momento es importante, todo momento tiene su trascendencia y no podemos dormirnos, no podemos vivir de cualquier manera, a cada acto que realicemos hemos de darle su importancia, cada paso que demos ha de ser una búsqueda de lo mejor, cada momento hemos de vivirlo con total responsabilidad, sea cual sea la labor que realicemos o el estatus o situación que vivamos. El vigilante que se duerme no se dará cuenta de quien pasa ante él, y puede dejar escapar grandes ocasiones, podrá suceder que la vida le sorprenda con sus imprevistos y tenemos que saber dar respuesta a cada situación. Y eso no lo podemos hacer de cualquier manera.

Hoy nos habla Jesús de la responsabilidad del administrador que tiene que cuidar cualquier situación que se presente en la responsabilidad que tiene entre sus manos. Cuidará de la casa y los bienes que tiene encomendados, pero ha de cuidar también esas personas que están a su cargo. Somos los administradores de nuestra vida, esa vida que Dios nos ha regalado – toda vida viene de Dios y es un don de Dios – y que nosotros hemos de cuidar, que no es solo mantenerla de forma pasiva, sino que con esos dones y cualidades de los que Dios nos ha dotado tenemos que saber desarrollar, saber hacer crecer, sea el momento o la situación que sea y que estemos viviendo. Nunca podemos darlo por ganado todo ya, sino que siempre tenemos la posibilidad de crecer, pero también de ayudar a crecer a quienes están a nuestro lado o a nuestro encargo.

Responsabilidad de la vida, de tu vida, pero también de los que están en tu entorno, de todos aquellos que forman parte también de tu vida. ¿Serán los padres con sus hijos? ¿Serán los esposos entre sí? ¿Serán los miembros de la familiar ayudándose mutuamente los unos a los otros? ¿Será esa sociedad en la que vivimos de la que todos tenemos que sentirnos responsables y cada uno aportar su granito de arena? No nos podemos sentir ajenos los unos a los otros.

Y en cada uno de esos momentos y situaciones en que nos encontramos con la vida saber sentir al Señor que viene a nosotros, estar atentos a esa venida de Dios que nos transformará a nosotros pero que también transformará nuestro mundo. Tenemos también que ser vehículo, signo de esa presencia de Dios en nuestro mundo, que también a través de nosotros va a llegar a los demás. ¿Nos podemos cruzar de brazos tan tranquilos como si no tuviéramos nada que hacer?

domingo, 1 de diciembre de 2024

Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre

 


Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre

Jeremías 33, 14-16; Sal. 24; 1Tesalonicenses 3, 12 — 4, 2; Lucas 21, 25-28. 34-36

Tenemos que cuidar la memoria. Qué desencanto cuando en un momento teníamos que recordar algo importante, que no solo lo era para nosotros sino también para alguien a quien apreciábamos muchos y tenemos que reconocer, lo olvidé. Un aniversario, un cumpleaños, un acontecimiento, algo importante que nos ha sucedido… vamos guardando muchas cosas en la memoria; es nuestra historia, es lo que hemos vivido, son momentos que han sido transcendentales para nosotros, ha formado parte de nuestra vida, y aunque quizás en momentos han sido cosas duras, fue cimiento quizás de lo que ahora somos, de ello mucho aprendimos y seguiremos aprendiendo. En muchos aspectos de la vida, aunque algunos no quieran recordar. Pero pienso que tenemos que cuidar la memoria. Es alimento de la fe de nuestra vida.

Los cristianos hacemos crecer nuestra fe precisamente haciendo memoria; haciendo memoria de lo que ha sido el amor de Dios en nuestra vida y en nuestra historia, en toda la historia. ¿No la llamamos historia de la salvación? Aquellos grandes acontecimientos donde Dios se manifestó, se hizo presente, se encarnó y se dio por nosotros. Es por otra parte lo que hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor en su muerte y resurrección. Así lo decimos y así lo confesamos. ¿Qué otra cosa es el Credo de nuestra fe que recitamos?

Estamos comenzando un tiempo litúrgico que nos lleva a hacer memoria y celebrar, pero que no se encierra en un hecho pasado, sino que nos lleva a vivir el presente con renovada intensidad pero nos abre a la esperanza de una plenitud que todos deseamos y esperamos. Este tiempo que estamos comenzando a vivir lo llamamos adviento, con la connotación de venida y de espera que tiene esa palabra. Llamamos al Adviento tiempo de esperanza, como habremos escuchado tantas veces.

Viene la Navidad, donde haremos memoria del nacimiento de Jesús, haremos memoria y como es algo muy gozoso para nosotros y para toda la humanidad es algo que celebraremos y queremos hacerlo de la mejor manera posible. Será vivir la presencia del Emmanuel, del Dios que quiere estar con nosotros, del Dios que sigue viniendo a nuestra vida en el ahora y en el hoy de nuestra existencia. También andamos en oscuridades como contemplamos que era la historia en la noche de la humanidad y para nosotros hoy también quiere brillar una luz.

Sí, en este hoy que vivimos con sus luces y con sus sombras, tan lleno de sufrimientos, de guerras y de enfrentamientos de todo tipo – no es necesario que hagamos un listado porque todos somos conscientes de lo que hoy, finales de 2024 y en las vísperas de un año que va a comenzar,  está sucediendo en nuestro mundo. Y aquí y ahora viene Dios a nosotros. ¿Estaremos tan adormilados que no vamos a ser conscientes de esa presencia de Dios con nosotros?

Como expresamos en los deseos y peticiones de nuestras oraciones queremos vernos liberados de ese mal, queremos reencontrarnos de nuevo con la paz en nuestras vidas, en nuestros pueblos, en nuestro mundo, en nuestros corazones - ¿de verdad no es un deseo de nuestro corazón? -, mientras queremos seguir haciendo nuestro camino, un camino de una vida mejor, un camino de justicia, un camino en que nos quitemos esas caretas de la vanidad y de tantas ambiciones que malean nuestro espíritu, un camino en que vayamos encontrando esa armonía de la fraternidad, un camino en que tengamos una vida plena, como decimos, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo.

Es el otro sentido profundo del Adviento y de lo que tiene que ser una navidad vivida en profundidad. Es para lo que en verdad tenemos que prepararnos, ahora en estos días que estamos preparando tantas cosas y parece que nos olvidamos de lo principal en lo que tiene que ser la celebración de la navidad. Hagamos memoria, sí, que nos ayude a despertar, a estar atentos para no dejar pasar el momento y las cosas que verdaderamente son principales.  

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Nos da unas claves en las palabras del evangelio. ‘Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo…’ No podemos permanecer aturdidos ni somnolientos. Bueno es, pues, hacer memoria, no olvidar, tener presente, que no se nos pase, que no andemos distraídos en otras cosas. Que se reanime nuestra fe, que saquemos a flote nuestra esperanza porque tenemos la confianza y la certeza de que algo nuevo va a comenzar. No nos podemos dejar confundir por tantos cantos de sirena que suenan a nuestro alrededor llamándonos por acá y por allá, diciéndonos lo que tiene que ser la navidad o de lo que verdaderamente nos va hacer felices, pero que al final nos dejará un vacío y aburrimiento en el alma tan difícil de corregir. Rumiemos pacientemente estas claves que nos da Jesús.

Con esa atención vamos comenzar este camino de adviento y cada signo que vayamos poniendo, cada gesto que vayamos realizando tenga el más hondo sentido y se pueda convertir en un grito de esperanza para el mundo que nos rodea y que tanto lo necesita. ‘Se acerca vuestra liberación… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’.

domingo, 3 de diciembre de 2023

Vuélvete Señor, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, es la súplica con que iniciamos el camino del Adviento

 


Vuélvete Señor, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, es la súplica con que iniciamos el camino del Adviento

Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7; Sal 79; 1 Corintios 1, 3-9;  Marcos 13, 33-37

Supongamos que tenemos un terreno, que tenemos un campo de cultivo en el que tenemos plantada una viña; lo trabajamos y esperamos recoger un día sus frutos; ha sido confiado a unos labradores, pero el amo de la viña vendrá con frecuencia a visitar su viña, a escuchar a aquellos labradores que la trabajan para ver lo que se necesita para hacerla producir mejor, no solo para recoger un día los frutos, sino también para recrearse en ella y en cuanto está produciendo. El amo de la viña viene y aquellos encargados del cuidado de la viña están atentos a su llegada, lo esperan, lo escuchan, como un día al final de la cosecha han de rendir cuentas de ese trabajo.

Me he querido detener en esta imagen porque de alguna manera es lo que ahora estamos viviendo, de manera especialmente intensa en este tiempo de Adviento que comenzamos. Es lo que, podríamos decir, viene a recordarnos. Es lo que esperamos y anhelamos, la venida del Señor al campo de nuestra vida y de nuestro mundo, es lo que pedimos y para lo que queremos prepararnos. Porque queremos pensar de manera especial en esa venida del Señor en el hoy de nuestra vida. Y es lo que con especial intensidad tenemos que vivir en este momento.

¿Cómo está el campo de nuestra vida? ¿Cómo está el campo de nuestro mundo? Tenemos la tentación y el pesimismo de verlo todo poco menos que perdido. Es cierto que hay cosas que nos desalientan, nos preocupan, nos inquietan, tenemos el peligro de perder la paz de nuestros corazones. Son muchas, es cierto, las turbulencias que vive nuestra sociedad hoy; muchos los desencantos y mucha también la indiferencia, aturdidos por el materialismo de la vida - ¿en qué convertimos incluso la navidad que vamos a celebrar? -, arrastrados por la superficialidad que se impone de muchas maneras para hacer que tantos vayan a su rumbo sin metas, sin valores, despreocupados de todo e insolidarios. Y podemos caer en esas redes, se nos pueden enfermar las plantas que pretendemos cultivar esa finca de la vida.

Clamamos al Señor, como decíamos en el salmo que se nos ofrece hoy en la liturgia, ‘Despierta tu poder y ven a salvarnos… Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, y al hijo del hombre que tú has fortalecido…’

‘Ven, Señor, a salvarnos’, es la súplica que en estos días estará en nuestros labios y en nuestro corazón. No solo en estos días, ha de ser algo presente siempre en nuestra vida, en nuestra oración. Cada día tenemos que aprender a descubrir y a sentir la presencia de Dios con nosotros. Cada día hemos de recibirle y escucharle, cada día hemos de sentir su presencia que se hace fuerza y que se hace vida en nosotros para no desalentarnos en nuestras tareas, para no dejarnos arrastrar por esa indiferencia o ese materialismo de la vida que todo lo inunda, para darle profundidad a lo que hacemos y a lo que vivimos. Solo así podremos obtener los buenos frutos que el Señor nos pide.

Vamos a celebrar la Navidad y para eso queremos prepararnos durante este tiempo del Adviento, pero al recordar y celebrar su venida recordamos también que El prometió que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos. Y es lo que tenemos que saber descubrir esa venida del Señor cada día a nuestra vida. El nos va saliendo al encuentro de muchas maneras y tenemos que saber descubrir y sentir su presencia.

Hay como tres imperativos que nos deja hoy Jesús en el evangelio y que son todo un programa de adviento. Estad preparados, nos dice, vigilad. Firmes en la fe, frente a cuanto nos rodea y nos puede envolver. No podemos perder esa línea de fe en todo aquello que vamos haciendo. Es lo que tiene que motivarnos, es lo que nos va a ir dando luz en medio de las oscuridades poniendo una nueva claridad en nuestros ojos, es lo que nos hará descubrir realidades nuevas en medio de todo ese revoltijo de la vida, es lo que nos hará no perder el rumbo frente a los vientos que nos pueden arrastrar por otros caminos, es lo que nos da la certeza de que con el amor es como podremos salvar el mundo. Diligentes en el amor. Es por el amor por lo que tenemos que apostar. Es el amor el que creará una nueva humanidad.

Por eso nos dice también que no nos dejemos engañar por el olvido de Dios, por el secularismo galopante, por el materialismo seductor que reina en nuestra sociedad. Por eso vigilantes, atentos, para escuchar al Señor. Es su Palabra la verdadera luz de nuestra vida que nos conduce a la verdad. Es Cristo nuestro único camino que nos conduce a la vida y nos llena de nueva vida.

Y ‘no tengáis miedo’, nos dice el Señor. No nos podemos sentir agobiados, no podemos perder la paz, nunca nos podremos sentir derrotados aunque sabemos que somos débiles y tenemos nuestros tropiezos. Siempre podemos levantarnos, despertarnos, arrancar de nuevo. Es la esperanza que tiene que llenar nuestra vida. Es la esperanza que tratamos de despertar ahora en este tiempo de Adviento, pero que tiene que acompañarnos siempre. Creemos en el que ha vencido la muerte y el pecado y a nosotros nos lleva también a esa victoria.

Por eso iremos repitiendo muchas veces, mientras seguimos cultivando aquel campo que ha puesto en nuestras manos para que un día produzca abundantes frutos, aquel cántico del Apocalipsis ‘maranatha, ven Señor Jesús’.

 

sábado, 26 de noviembre de 2022

Busquemos aquello que nos da más plenitud y una felicidad más completa, porque nos llene desde lo más hondo de nosotros mismos, estemos atentos y no nos distraigamos

 


Busquemos aquello que nos da más plenitud y una felicidad más completa, porque nos llene desde lo más hondo de nosotros mismos, estemos atentos y no nos distraigamos

Apocalipsis 22,1-7; Sal 94; Lucas 21,34-36

Hay una cosa que creo que siempre hemos de tener en cuenta en la vida, en cualquiera que sea la circunstancia, y es que estemos atentos a lo que hacemos. No solo le pedimos atención al conductor de un vehículo a lo que pueda suceder en la carretera para no ponerse en peligro él ni poner en peligro a ninguna otra persona, o a quien maneja máquinas de alta peligrosidad pues cualquier error puede producir una catástrofe, sino que sea lo que sea que hagamos o lo que es nuestra vida necesitamos esa atención y vigilancia.

Porque necesitamos actuar con responsabilidad, porque en ello va la integridad de la persona, porque podemos perder muchas posibilidades si no estamos atentos a lo que sucede a nuestro alrededor, porque es nuestra dignidad la que está en juego, incluso aunque nadie me pidiera cuentas, porque yo tengo mi conciencia. Muchas bellezas se quedan sin admirar y nosotros no llegamos a enriquecernos con lo que descubrimos en nuestro mundo o nos puedan aportar los demás, por falta de esa necesaria atención, y no digamos los peligros en los que podemos caer o podemos hacer caer a los demás.

Dándole una trascendencia grande a lo que hacemos o a lo que vivimos, es de eso de los que nos quiere hoy precaver Jesús. Podemos pensar en el momento final y decisorio de nuestra vida, porque Jesús nos está hablando de lo que en otro tiempo llamamos ‘los novísimos’, en referencia lo que es el fin de la vida y el fin del mundo. Pero seremos capaces de preparar ese momento final de la vida, si somos capaces de prepararnos para vivir en intensidad cada momento de la vida. Y aquí se nos está diciendo algo muy importante.

Como antes decíamos, perdemos muchas oportunidades en la vida porque andamos como distraídos. No hemos sabido descubrir lo que es lo verdaderamente importante y por eso podemos estar dándole importancia a cosas que realmente son secundarias en nuestra vida. Es aquí donde tenemos que saber discernir; discernir es separar para dejar a un lado lo que no vale o lo que es menos importante; discernir es estar atento a lo mejor, que aunque todo nos parezca igualmente bueno, siempre tendríamos que ir a lo mejor en ese afán de superación y crecimiento que hemos de tener en la vida. No nos puede parecer que todo es igual, dejándonos confundir, haciendo sincretismos que nos llevaran a un vacío interior porque no hemos sabido darle importancia a lo que es verdaderamente importante.

Muchas cosas nos pueden llamar la atención, muchas cosas nos pueden distraer de esa meta superior a la que deberíamos aspirar. Cuando vivimos la vida con superficialidad nos contentamos con cualquier cosa, y muchas veces nos dejamos atraer y conducir por aquello que nos produce más pasión al instante y que se puede quedar en algo momentáneo. Busquemos aquello que nos da más plenitud y una felicidad más completa, porque nos llene desde lo más hondo de nosotros mismos; y para eso tenemos que saber mirar hacia lo alto, buscar metas altas, darle sobrenaturalidad también a nuestra vida porque busquemos lo espiritual que nos dará más profundidad.

De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones… Estad, pues, despiertos en todo tiempo… manteneros en pie ante el Hijo del hombre…’ Nos hablará de esas cosas que nos seducen, nos distraen y terminan engañándonos en la vida de cada día – cuántas son las cosas que nos tientan -, como  nos hablará de lo que es la venida final del Hijo del Hombre, del que tantas veces nos habla en el evangelio.

El Señor que llega cada día a nuestra vida con su gracia y no lo sabemos ver, pero el Señor que nos llamará junto a sí en la hora de la muerte, para lo que hemos de estar preparados. Reconozcamos que son cosas en las que no nos gusta pensar, rehuimos pensar en la hora de la muerte y nos ocultamos a esa realidad, como si metiendo la cabeza bajo el ala no lo vayamos a tener que afrontar. Se nos llena de angustia o de tristeza el corazón cuando pensamos en esas posibilidades que son cosas ciertas, pero no llegamos a pensar lo que significa ir al encuentro definitivo y para siempre junto al Señor.

No nos durmamos, estemos despiertos, porque eso además dará mayor altura y trascendencia a lo que hacemos y vivimos en el ahora de nuestra vida.

miércoles, 19 de octubre de 2022

Dejémonos envolver por el evangelio y nuestro corazón se llenará de paz y encontraremos muchos más motivos para vivir la responsabilidad de la vida

 


Dejémonos envolver por el evangelio y nuestro corazón se llenará de paz y encontraremos muchos más motivos para vivir la responsabilidad de la vida

Efesios 3, 2-12; Sal. Is. 12, 2-3. 4bcde. 5-6; Lucas 12, 39-48

No queremos que nos roben y es cierto que andamos con ciertos miedos por si acaso se nos meta un ladrón en la casa y nos haga destrozos, por eso andaremos preocupados y vigilantes, poniendo todos los medios de nuestra parte para que eso no suceda. No nos podemos dejar dormir. Es también aquel a quien le han confiado una tarea de gran responsabilidad que tratará de cumplir fielmente, no sea que venga aquel que nos ha confiado tal responsabilidad y nos exija cuentas; tenemos que estar preparados, o más bien tenemos que desarrollar nuestras tareas con gran responsabilidad para hacernos merecedores de tal confianza.

Por medio siempre anda el miedo a que nos roben, el miedo a que nos llamen la atención y nos dejen en evidencia, pero creo que la motivación para que seamos responsables en la vida no ha de ser solamente el miedo. Cuando actuamos desde esa motivación estaremos como a presión, no terminaremos de cogerle gusto a lo que hacemos, y se nos puede volver nuestra responsabilidad en una carga pesada.

¿Tendríamos que tener otra motivación? Para empezar diríamos que está en nosotros mismos, en la voluntad que ponemos en hacer las cosas, en el gusto con que las hacemos, y eso incluso nos hará disfrutar hasta de los momentos más difíciles y problemáticos que se nos puedan presentar.  Estamos poniendo lo mejor de nosotros mismos, estamos sacando a flote toda nuestra responsabilidad y todas nuestras capacidades que si nos han confiado tal tarea es porque tenemos esa capacidad para realizarla. Cuando  hacemos las cosas con gusto hasta nos volvemos creativos en aquello que hacemos y se notará la felicidad que sentimos al realizarlo. ¿Por qué no lo hacemos así siempre?

Claro que cuando hablamos de que alguien nos puede pedir el que rindamos cuenta podrían entrarnos los miedos. Pero hemos de saber tener seguridad en nosotros mismos, creer en nosotros como han creído en nosotros aquellos que nos han confiado aquella tarea; vieron en nosotros esas posibilidades y su presencia junto a nosotros no será para recriminarnos sino para elevarnos el espíritu, para darnos ánimos, para que en verdad creamos en nosotros mismos y en esas posibilidades. ¿Sucede algo de esto en esas tareas y responsabilidades que nos confían en la vida? Todos somos limitados y no somos perfectos y pudiera suceder que quien nos ha confiado una responsabilidad, algunas veces olvide algo que tendría que ser importante para estimular a quien está desarrollando una actividad, es confiar en él, seguir creyendo en él, y ofrecerle también toda la ayuda que fuera necesaria. No siempre quizás en la vida nos encontramos personas así, y por eso andamos con algunos miedos.

Pero cuando nos estamos haciendo esta reflexión a partir del evangelio que hoy se nos ofrece, sabemos bien a quien esperamos y que viene a nosotros y ante el que hemos de presentarnos con las obras de nuestras manos. ‘Estad preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre´ nos ha dicho hoy el evangelio. Claro que aquí tendríamos que ver cual es la imagen que tenemos nosotros de ese Hijo del Hombre, de ese Dios que viene a nosotros.

Claro que si el Hijo del Hombre que viene a nosotros es aquel que nos dice que tuvo hambre y le dimos de comer, estaba sediento y le dimos de beber, estaba enfermo o en la cárcel y fuimos a verle, porque todo cuando hicimos al otro a El se lo hicimos, cambia nuestra perspectiva, cambia nuestra manera de actuar y también de prepararnos. 

Ya no serán los miedos los que nos dominen en la vida, sino que será el amor; será entonces la confianza porque sabemos bien quien nos está mirando a los ojos y tendiéndonos la mano. Nos sentiremos más motivados, nuestro corazón se llenará de buenos deseos, comenzaremos a sentir una paz dentro de nosotros que antes de ninguna manera habíamos sentido.

¿Por qué no nos dejamos envolver por el evangelio para que nuestro corazón se llene de paz? encontraremos muchos motivos para vivir las responsabilidades de la vida, que nunca será por miedo ni temor, sino siempre desde el amor.

domingo, 28 de noviembre de 2021

Cuando amamos a alguien de verdad, así será la intensidad con que lo esperamos y lo deseamos preparando el momento del encuentro, como es el camino del Adviento

 


Cuando amamos a alguien de verdad, así será la intensidad con que lo esperamos y lo deseamos preparando el momento del encuentro, como es el camino del Adviento

Jeremías 33, 14-16; Sal. 24; 1Tesalonicenses 3,12-4,2; Lucas 21,25-28.34-36

Cuando amamos a alguien de verdad, así será la intensidad con que lo esperamos, así lo deseamos y así preparamos el momento. Eso es el adviento que estamos comenzando a vivir. Creemos en Jesús, creemos en Dios, pero bien sabemos que la fe no es un acto meramente intelectual o de la voluntad que pongamos en creer; cuando decimos que creemos en Jesús, que creemos en Dios es que lo amamos.

Cuánto tendría que ser nuestro deseo de estar con El, cuánta tiene que ser la intensidad con que esperamos y deseamos encontrarnos con El. Es la tarea de nuestra vida cristiana; es la esperanza de nuestra vida cristiana; es la esperanza que ahora avivamos de manera especial. Con cuánta intensidad tendríamos que estar viviendo el momento presente ‘mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo’, como decimos en la liturgia.

Cuando estamos diciendo estas palabras de esperanza en la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, estamos haciendo referencia a su segunda venida, la venida final en el final de los tiempos. ‘Veréis al Hijo del Hombre venir entre las nubes del cielo con gran poder y majestad’, nos ha dicho hoy Jesús en el evangelio. ¿Y cuál fue la respuesta que dio ante el Sanedrín al Sumo Sacerdote? ‘Y desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentido a la derecha del Poder de Dios y venir sobre las nubes del cielo’. Y no olvidemos la alegoría del Juicio final. ‘Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre, y todos los Ángeles con El, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante El todas las naciones…’

¿Qué decimos en el Credo? ‘Subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso, y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’. Es su venida en plenitud al final de los tiempos. Es el encuentro pleno y definitivo que vamos a tener con el Señor. Forma parte, pues, de nuestra fe y de nuestra esperanza. Algo, pues, que tiene que estar muy presente en nuestra vida. Algo que tenemos que vivir con toda la intensidad del amor que le tenemos a Jesús. Esperamos al que amamos y ese deseo tiene que hacer subir la temperatura de nuestro amor y de nuestra esperanza.

Claro que tenemos que preguntarnos cuál es la intensidad de nuestra fe, para vivir esta esperanza en el amor. Porque según eso, así tendría que ser nuestra vida. Pero bien, sabemos que las esperas algunas veces pueden hacernos enfriar los ánimos. Más cuando vivimos en un mundo tan materializado que todo lo espiritual se va enfriando, tan preocupado de vivir el momento presente que le quitamos esa trascendencia de futuro con deseos de plenitud. ¿No decimos, o nos dicen muchas veces, de este mundo no nos llevamos nada, vivamos el ahora porque nada más hay? Algunas veces perdemos esa perspectiva de la fe.

Vivir en esta esperanza de la venida del Señor, de ese encuentro en plenitud con el Señor no nos tiene que hacer vivir en el agobio y en la angustia. Quizás muchas veces se nos ha insistido excesivamente en el juicio y en la condena que nos hace olvidar que nos vamos a encontrar con un Dios que nos ama, y tanto nos ama que nos ha entregado a su Hijo para que encontremos la salvación, para ofrecernos la salvación.

Es el Dios que va a poner la balanza toda la intensidad de todo lo bueno, la intensidad que hayamos puesto en nuestra vida y en nuestras responsabilidades con ese mundo que puso en nuestras manos, en la intensidad del amor que hayamos vivido y compartido. Es la verdadera intensidad con que tenemos que vivir el mundo presente, del que también hemos de disfrutar ¿por qué no? porque es Dios el que nos ha dado esa capacidad de la alegría y de la felicidad. Claro que eso nos exige que no nos descuidemos y vivamos la intensidad de todo lo verdadero.

Y es que ese Dios con quien vamos a encontrarnos en plenitud al final ahora mientras caminamos en este valle que tantas veces se convierte en un valle de lágrimas también sacramentalmente se está haciendo presente en nuestra vida. Le podremos sentir en nuestro corazón como podemos escuchar su Palabra, pero le vamos a encontrar en esas cosas buenas de la vida y en cada una de sus circunstancia porque prometió Jesús que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos, pero le vamos a encontrar en los hermanos, en los que con nosotros están haciendo el camino de la vida.

La liturgia de la Iglesia nos invita a que pensemos todas estas cosas para que se renueve la esperanza en nuestro corazón cuando iniciamos este tiempo del Adviento. No es solo pensar en la celebración de la primera venida de Jesús y prepararnos para ello como en su momento iremos haciendo a través de este tiempo de Adviento, sino abrir nuestro espíritu a la esperanza en esa segunda venida del Señor al final de los tiempos para lo que también hemos estar preparados.

‘Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación…’ nos dice Jesús hoy en el evangelio. ‘Estad, pues, despiertos en todo tiempo… y manteneros en pie ante el Hijo del hombre… Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones… Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria’.

domingo, 29 de noviembre de 2020

Sepamos encontrar el verdadero sentido del Adviento cuando nos demos cuenta que como creyentes somos alguien que está en espera del encuentro definitivo con el Señor

 


Sepamos encontrar el verdadero sentido del Adviento cuando nos demos cuenta que como creyentes somos alguien que está en espera del encuentro definitivo con el Señor

Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7; Sal 79; 1Corintios 1, 3-9; Marcos 13, 33-37

La vida del creyente, y sobre todo la vida del creyente cristiano es una vida que está en espera. Y son importantes estas dos palabras ‘está’ y ‘esperanza’. Y decimos está porque vivimos el momento presente, el hoy y el aquí, en toda su cruda y al mismo tiempo dichosa realidad. Y decimos en esperanza, porque siempre estamos esperando, pero ¿qué esperamos? ¿Qué este momento presente cambie y mejore? También. ¿Qué en este momento presente sintamos la presencia del Señor? Por supuesto. ¿Porque se espera la venida del Señor? Es importantísimo aunque algunas veces parece que lo olvidamos, se nos diluye demasiado este aspecto.

El creyente del Antiguo Testamento esperaba la venida del Señor, la venida del Mesías Salvador. Ese era su camino. Era el aliento de los profetas que querían preparar al pueblo, que querían tener un pueblo bien dispuesto; fue la tarea finalmente de la inminente venida del Mesías que realizaría Juan el Bautista allá en el desierto junto al Jordán. Nosotros seguimos viviendo en esperanza de algo inminente pero que no sabemos cuando. Sí. Esperamos la segunda venida del Señor. Como decimos en la liturgia ‘mientras esperamos la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo’. Y vivimos en el presente con nuestras luchas, con nuestras debilidades y con nuestras tentaciones, con los momentos de inquietud y con algunos momentos de serena paz por eso rezamos y pedimos vernos preservados de todo peligro y de toda tentación. También es nuestro grito como en el final del Apocalipsis ¡Ven, Señor Jesús!

Pero fijémonos que esta actitud de espera en la venida del Señor está muy presente en la liturgia y así tendría que estar presente en nuestra vida. Pero hemos de reconocer que muchas veces decimos palabras en la liturgia que no están reflejando de verdad lo que nosotros llevamos en el corazón, o nosotros no vivimos lo que queremos expresar en la liturgia. Vivimos como absortos en el hoy, en nuestras preocupaciones de cada día y en nuestras luchas y nos falta con demasiada frecuencia esa trascendencia de nuestra vida, ese ser conscientes de que un día llegará un final de nuestra historia y nuestra vida y viene el Señor a nuestro encuentro.

Nos decimos creyentes, decimos que creemos mucho, lo expresamos quizá en mil devociones pero no tenemos en cuenta ese aspecto de esa venida final del Señor, de ese encuentro definitivo que un día tendremos con El. Pensemos en el sentido que le damos, por ejemplo, a la muerte como un final que se convierte en amargo por lo que dejamos atrás, pero no pensamos en lo que vamos a encontrar, con quien nos vamos a encontrar.

Y ni estamos atentos a ese momento ni nos preparamos para ese encuentro; pensemos, por ejemplo, cómo lo queremos ocultar a aquellos que se encuentran en el trance de la muerte y no les damos la oportunidad de prepararse. A lo sumo la preparación la convertimos en un rito, pero que pase de alguna manera desapercibida para quien ha de tener más importancia, para aquel que va a encontrarse definitivamente con el Señor. Cuántos problemas a la hora que la familia ayude a bien morir a una persona, y digo bien morir preparándose para la vida, para la vida eterna; luego quizá muchos llantos, muchos rezos, muchas misas, pero en vida no le dejamos prepararse, no nos preparamos. Algo puede estar fallándonos en nuestra auténtica fe y en la verdadera esperanza que tiene que animar nuestra vida.

El tiempo de Adviento que hoy estamos iniciando tendría que ayudarnos en este sentido si llegamos a comprender todo el sentido del Adviento. El Adviento, podíamos decir, tiene como dos partes; normalmente hacemos mucha incidencia en lo que es la preparación para la celebración de la navidad, pero nos olvidamos de esta parte que tiene el Adviento como preparación para esa segunda venida del Señor. Como nos recordaba hoy san Pablo ‘mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo’. Los dos primeros domingos inciden especialmente en ello.

¿No decíamos al principio que el creyente y el creyente cristiano es el que está en espera? Es lo que ahora queremos expresar, esa espera de la venida del Señor, la segunda venida del Señor en gloria. Luego nos preparamos también para celebrar su primera venida en su nacimiento en Belén, lo que es la Navidad, que tampoco se puede quedar en un recuerdo emocionado.

Celebraremos su primera venida pero siendo conscientes de que el Señor viene, el Señor sigue viniendo a nuestra vida, haciéndose presente en medio de nosotros. Esa misma celebración de la navidad que entonces tendremos tiene que ser señal de que el Señor viene y nos preparamos entonces para ese encuentro que en el día a día de nuestra vida podemos y tenemos que tener con el Señor que llega a nosotros. Nos ha dejado muchas señales de su presencia, en la vivencia intensa del amor y en la celebración de los sacramentos.

Pero eso todo este tiempo será una invitación a estar atentos, a estar preparados, a no dejarnos adormilar sino tener los ojos bien abiertos para sentir y vivir esa presencia del Señor. ‘Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento’, nos decía Jesús hoy en el evangelio. Siempre presente en nuestra vida esa conciencia de que un día nos encontraremos definitivamente con el Señor y para lo que hemos de estar preparados. Qué sentido más bonito y profundo tendría este tiempo de Adviento si llegamos a descubrir toda su riqueza, pero quizá haya tantas cosas que nos distraigan aún cuando decimos que todo lo queremos hacer para celebrar la Navidad del Señor.

Ojalá este año en que vemos mermadas muchas de esas fiestas de las que hemos rodeado la navidad y que algunas veces la diluyen nos ayude a descubrir su verdadero sentido y ya desde ahora vivamos un Adviento con verdadero sentido.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega a nosotros en tantas circunstancias de la vida


Despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega a nosotros en tantas circunstancias de la vida

Sabiduría13, 1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37
Tenemos que estar preparados en la vida para afrontar las diversas situaciones que se nos presenten. Surgen imprevistos que a veces no sabemos como afrontar, la misma vida exige arrostrar riesgos pero a los que tenemos que enfrentarnos valientemente; no todo es desagradable, también nos suceden cosas hermosas que nos alegran el corazón y nos dan ánimos para vivir, y hemos de saber estar atentos para no dejar escapar esas alegrías de la vida.
Las palabras de Jesús hoy en el evangelio en una primera lectura parece que nos llenan de temor porque nos habla de un momento final que no sabemos cuando llegará. Sin embargo si reflexionamos con una mayor profundidad vemos que lo que quiere decir Jesús es que tenemos que saber estar atentos a la vida en todas esas circunstancias que nos toque vivir. Son una gracia del Señor y nunca podemos llenarnos de temor si vivimos una vida con rectitud y también sabemos ir corriendo el rumbo que algunas veces se nos puede desviar. Como el piloto de un barco, de un avión o cualquier otro medio de transporte que está en nuestras manos señalar el rumbo e ir corrigiendo los desvíos que por las inclemencias nos puedan estar influyendo en mantener el rumbo de nuestra ruta; no se puede dejar dormir.
No nos podemos dejar dormir en la vida, atentos no solo al momento final que no sabemos cuando nos puede llegar, sino en ese día a día en que van apareciendo cosas nuevas en nuestra vida y que tenemos que saber valorar. En una mirada creyente son una gracia del Señor que nos ayuda a mantenernos despiertos, atentos, fieles en nuestro camino. Y en una mirada creyente podemos descubrir también cómo es el Señor que llega a nuestra vida de mil maneras y tenemos que estar atentos para recibirle, para acogerle, para enriquecernos con esa gracia que en cada momento derrama sobre nosotros.
Los acontecimientos de la vida pueden ser en verdad una llamada del Señor. El viene a nosotros y con nosotros camina a nuestro lado, aunque nuestros ojos muchas veces estén velados por otras cosas que nos distraen, nos preocupan o nos llaman la atención, como le sucedió a aquellos caminantes de Emaús; el Señor caminaba con ellos y les hablaba y aunque sentían que algo estaba pasando dentro de ellos no se daban cuenta que era el Señor.
Pero pensemos también cómo el Señor viene a nuestra vida a través de los que nos encontramos en el camino. Ya nos dirá El que en el momento final se nos va a examinar del amor con que vivimos nuestro encuentro con los demás, sea quien sea, sean cuales fueran las circunstancias de su vida. Todo lo que a ellos hicisteis a mi me lo hicisteis, nos dirá el Señor. Y no es que tengamos que escoger a este o al otro, es en cada uno en el que tenemos que saber descubrir esa presencia del Señor y en consecuencia el corazón abierto y lleno de amor con que lo vamos a acoger.
Y pensemos finalmente cómo el Señor quiere llegar a nosotros cada día con su gracia en la vida litúrgica y sacramental. Lo sabemos, pero nos ocupamos en otras cosas; tenemos que ir a tantas cosas, como aquellos convidados de la parábola que desecharon el banquete que les ofrecía su señor. Vamos, pero no siempre estamos con el traje de fiesta de nuestra fe viva y despierta; estamos como si estuviéramos en otra parte; no terminamos de ser conscientes y vivir el maravilloso misterio que celebramos, lo convertimos en un rito que desarrollamos muy ritualmente, y valga la repetición del concepto; no terminamos de estar despiertos y abiertos a la presencia del Señor que es quien nos habla en su Palabra, quien en verdad nos está alimentando con su gracia sacramental.
Mucho más podríamos reflexionar sobre ese estar despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega nuestra vida.

domingo, 2 de junio de 2019

No nos quedamos extasiados mirando al cielo, ni encerrados en nuestros temores, ni tampoco adormecidos en nuestras primeras experiencias pascuales sino que con Jesús hacemos Ascensión


No nos quedamos extasiados mirando al cielo, ni encerrados en nuestros temores, ni tampoco adormecidos en nuestras primeras experiencias pascuales sino que con Jesús hacemos Ascensión

Hechos 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53
Cuarenta días después de la pascua celebramos en este domingo – hubiera correspondido el pasado jueves – la Ascensión del Señor al cielo. Como el texto sagrado nos hablaba de que durante cuarenta días Jesús se les aparecía resucitado a los discípulos hablándoles del Reino de Dios, la liturgia nos marca esos cuarenta días pascuales y nos señala esta fecha para llegar así a la culminación del tiempo pascual, la fiesta de la Ascensión del Señor.
Como más tarde explicará Pedro en el sermón de Pentecostés a Jesús, a quien habían crucificado Dios lo resucitó de entre los muertos constituyéndole Señor y Mesías. Es el centro de nuestra fe y viene a ser así la culminación de la obra de Jesús y su exaltación para contemplarlo sentado a la derecha del Padre desde donde ha de venir con gloria para juzgar a vivos y muertos como proclamamos en el Credo de nuestra fe.
Esa expresión ‘sentado a la derecha del Padre’ viene a expresarnos cómo contemplamos a Jesús con su mismo poder y gloria. El que se había rebajado y humillado hasta la muerte en la Cruz Dios lo exaltó dándole el nombre sobre todo nombre para recibir el mismo poder y gloria. Por eso a El todo poder y gloria y con El y por El todo honor y gloria a Dios Padre por los siglos de los siglos como proclamamos también en el momento cumbre de la Eucaristía en la doxología final de la plegaria eucarística.
Contemplamos gozosos la Ascensión de Jesucristo al cielo y celebramos hoy una de las fiestas más entrañables del calendario litúrgico tan lleno de signos en sus perfumes, en sus flores olorosas y en el resplandor de una luz especial como la piedad popular ha sabido adornar esta fiesta de la Ascensión. Muchas cosas hermosas se han hoy en nuestras parroquias.
Nos quedamos absortos, es cierto, mirando al cielo viéndole irse, pero como nos enseñaban aquellos Ángeles del Señor no queremos quedarnos solo mirando al cielo sino que por el suelo de esta tierra tenemos que seguir caminando con la esperanza, primero, de la vuelta gloriosa de nuestro Señor Jesucristo como le hemos visto irse, pero también con la esperanza de que un día nosotros también seremos llevados a participar de esa gloria porque El ha ido para prepararnos sitio y llevarnos también con El.
Pero también nosotros tenemos que hacer ascensión. Aun nos quedan los miedos de los discípulos encerrados en el cenáculo de los que tenemos que irnos desprendiendo que para eso hemos de sentir la presencia de Cristo resucitado que viene a nuestro encuentro, que camina a nuestro lado, que nos hace arder el corazón cuando desde lo más hondo de nosotros mismos le escuchamos, y quitándonos todo temor nos llena de su paz. Tenemos que saber levantarnos y no seguir arrastrándonos porque mientras nos llega el momento de esa ascensión definitiva para nuestra vida una misión tenemos que realizar.
Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo’. Tenemos que ser testigos y no dejarnos agarrotar por esos miedos que aun anidan en nuestro corazón. ‘En su nombre hemos de predicar la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos’, como nos encarga Jesús. Esa buena nueva del evangelio no podemos quedárnosla para nosotros solos sino que tenemos que anunciarla en todas partes del mundo.
Tenemos que levantarnos y ponernos en camino. No nos quedamos extasiados mirando al cielo, ni nos encerramos en nuestros miedos y temores, ni nos quedamos tampoco adormecidos gozándonos en lo que fueran nuestras primeras experiencias pascuales. Comenzaremos por la Jerusalén de los que están a nuestro lado, donde quizá muchas veces nos pueda resultar más difícil hacer ese anuncio sobre todo cuando tantos quizá están de vuelta y desconfiados del mensaje que la Iglesia les pueda trasmitir; pero tenemos que ir hasta los confines del mundo, ese mundo de los lejanos, pero ese mundo de las periferias que quizá geográficamente no está tan lejano, pero que anímicamente se ha creado barreras que muchas veces nos pueden parecer infranqueables.
La tarea no es fácil porque nosotros mismos también nos hemos metido en nuestros abismos de los que tanto nos cuesta salir. La tarea no es fácil porque todo lo que significa ascender siempre nos exige esfuerzo y nos resulta costoso. Pero con Jesús a nuestro lado podemos realizarlo, con la fuerza de su Espíritu podemos hacer ese anuncio y por su gracia todopoderosa podremos realizar el camino.
Es la Ascensión del Señor. Es también la esperanza de nuestra ascensión. Es la contemplación de la gloria del Señor, pero es también la esperanza gozosa de que un día también nosotros podamos gozar de esa gloria del Señor.

lunes, 3 de diciembre de 2018

¿Seremos dignos de esa presencia del Señor en nuestra vida? ¿Hay una intensidad de fe en nosotros para poder vivirlo?



¿Seremos dignos de esa presencia del Señor en nuestra vida? ¿Hay una intensidad de fe en nosotros para poder vivirlo?

Isaías 2,1-5; Sal 12; Mateo 8,5-11

Algunas veces hacemos las cosas simplemente porque toca. ¿Qué quiero decir? Que hay peligro de que la rutina se nos meta en la vida y en lo que hacemos y hacemos las cosas porque sí, pero sin saber darle la verdadera motivación y en consecuencia vivir con sentido aquello que hacemos. Nos acostumbramos a unos ritmos, y eso está bien porque de alguna manera nos hace ser ordenados en la vida poniendo cada cosa en su sitio, pero ese ritmo de las cosas no nos ha de hacer perder el sentido de lo que hacemos, porque además el mundo en que vivimos tan interesado para sus cosas puede aprovecharse de esos ritmos para buscar, por así decirlo, sus ganancias y sus intereses.
Es lo que nos puede suceder con la Navidad que se acerca y lo que sucede con este tiempo de Adviento. Decimos fácilmente el Adviento es el tiempo de preparación para la Navidad, y es cierto en parte, porque en el sentido de nuestra fe hay una trascendencia que hemos de vivir y este tiempo del Adviento nos ha de hacer pensar también en el final de la vida y de la historia, recogiendo aquellas palabras de Jesús que nos prometen su vuelta al final de los tiempos.
Es algo que confesamos cuando proclamamos nuestra fe y recitamos el Credo, pero poco nos fijamos quizás en esas palabras que decimos en nuestra profesión de fe. ¿Veis? Recitamos el Credo que es una profesión de fe, por ejemplo en la misa de los domingos, pero no somos conscientes totalmente de las palabras que decimos.
Por otra parte cuando decimos que el Adviento nos prepara para la navidad, pensemos cómo nuestro mundo consumista se aprovecha de esto y nos bombardea con su publicidad donde se nos presenta todo menos la salvación que Jesús viene a ofrecernos con su presencia en medio de nosotros. Hay muchas cosas buenas que vivimos en el entorno de la navidad pero ese bosque quizá nos impida ir a lo más esencial del Misterio de Cristo que celebramos en el Nacimiento del Señor.
Hablamos de amor, de paz, de encuentros familiares, de buenos deseos para nuestros amigos y para el mundo en que vivimos porque llega diciembre, porque llegan estas fechas de la navidad – todo muy bonito, es cierto -, y claro lo hacemos porque hay que hacerlo, porque todo el mundo estos días tiene bonitas palabras y hay que estar en la honda,  pero ¿pensamos bien en lo que tiene que ser la raíz verdadera de todas esas cosas buenas y todas esas celebraciones? Lo que decíamos al principio hacemos las cosas porque toca y nada más.
Cuando pasen estas fechas ¿en qué se queda todo eso? ¿Quedará en nosotros un poso de buenos sentimientos que nos haga cambiar y hacer a partir de entonces las cosas de otra manera? ¿Acaso solamente pensamos hasta el año que viene que vuelvan estas fechas?
El Señor viene es el pensamiento fundamental que queremos vivir en el Adviento y queremos prepararnos para ello. Pensamos en su venida histórica que celebramos con alegría, es cierto, de manera especial en estas fechas, y pensamos en su segunda venida al final de los tiempos, para lo que hemos de estar siempre preparados; los textos de la Palabra en estos días a esto nos están invitando continuamente. Pero pensamos en el Señor que viene y que llega cada día a nuestra vida y para lo que entonces hemos de estar despiertos, atentos para saber descubrir esa presencia del Señor.
Con la presencia del Señor en medio nuestro, sea cada día, sea en nuestras celebraciones de la navidad algo  nuevo tiene que comenzar en nosotros. De eso nos hablan los anuncios del profeta. Sería bueno que volviéramos a leer las palabras del profeta según la cita señalada al principio.
Pero para que podamos llegar a vivirlo hemos de estas bien dispuestos, bien preparados. Pero ¿seremos dignos de esa presencia del Señor en nuestra vida? ¿Hay una intensidad de fe en nosotros para poder vivirlo? De ello nos habla el evangelio con el episodio del centurión que buscaba salvación en Jesús aunque él no se consideraba digno de que Jesús llegase a su casa.

viernes, 11 de noviembre de 2016

La espera con el encuentro definitivo con el Señor al final de nuestros días ha de estar llena de esperanza pero al mismo tiempo nos hace estar vigilantes en el amor

La espera con el encuentro definitivo con el Señor al final de nuestros días ha de estar llena de esperanza pero al mismo tiempo nos hace estar vigilantes en el amor

2Juan 4-9; Sal 118; Lucas 17,26-37

Un lenguaje misterioso con un sentido apocalíptico que nos habla del final de los tiempos y de la manifestación final del Hijo del Hombre es el que escuchamos hoy en el evangelio. Decimos apocalíptico y entendemos que se nos habla de ese misterio del día final, pero que la misma palabra indica que es también una invitación a la esperanza.
Por nuestra condición pecadora, tan repetitiva en nuestra vida, es fácil que nos llenemos de temor ante esos momentos finales, de la misma manera que en cierto modo nos llenamos de cierto temor cuando pensamos en el final de nuestros días, en la hora de nuestra muerte. Sin embargo es una hora que siempre tendríamos que pensar con esperanza; sí, con esperanza, porque ¿con quien nos vamos a encontrar? ¿No nos vamos a encontrar con un padre misericordioso como tantas veces Jesús nos ha hablado en el evangelio?
Es cierto que aquel hijo pródigo que volvía a la casa del padre venía con su espíritu lleno de temores porque reconocía que no se había comportado como buen hijo, pero en el fondo de su corazón estaba la esperanza en la bondad de su padre que de una forma o de otra le recibiría; luego se encontraría que el padre le acogía con un abrazo de amor y de perdón que llena de paz su corazón y hacia fiesta por la vuelta del hijo perdido pero encontrado, que había muerto pero que había vuelto al encuentro de la vida. Es lo que tendría que predominar en nuestro corazón, y también llenarnos de esperanza en ese encuentro con la vida definitiva porque es el encuentro con el Padre que nos recibe con amor y que más que juzgarnos y condenarnos nos ofrece el abrazo del perdón para llenar nuestro corazón de paz.
Ciertamente que la descripción que nos hace Jesús está llena de misterio en sus imágenes, porque nos dice que no sabemos ni el día ni la hora, pero es de alguna manera estar invitándonos a la vigilancia, a no dejarnos caer en la modorra de la rutina en la que nos vamos acostumbrando a las cosas y bajamos fácilmente la guardia. ‘Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre’ y nos recuerda los tiempos de Noé o la destrucción de Sodoma y Gomorra.
Hemos de estar atentos y eso significa estar vigilantes en el amor, no bajando la guardia en el cumplimiento de nuestras obligaciones, seguir en la tensión de nuestro compromiso por querer hacer que nuestro mundo sea mejor, trabajar seriamente para hacer que los demás puedan ser más felices cada día, seguir sembrando las semillas del amor que harán que nuestro mundo sea más humano y haya más paz entre unos y otros.
Esperamos la venida del Señor. Nos lo enseña el evangelio, nos lo recuerda la liturgia cada día, lo expresamos en el credo de nuestra fe, y tenemos que vivirlo cada día de nuestra vida. Esperamos ese encuentro con el Señor donde esperamos oír de sus labios ‘venid, vosotros, benditos de mi Padre, a heredar el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’.