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sábado, 26 de noviembre de 2022

Busquemos aquello que nos da más plenitud y una felicidad más completa, porque nos llene desde lo más hondo de nosotros mismos, estemos atentos y no nos distraigamos

 


Busquemos aquello que nos da más plenitud y una felicidad más completa, porque nos llene desde lo más hondo de nosotros mismos, estemos atentos y no nos distraigamos

Apocalipsis 22,1-7; Sal 94; Lucas 21,34-36

Hay una cosa que creo que siempre hemos de tener en cuenta en la vida, en cualquiera que sea la circunstancia, y es que estemos atentos a lo que hacemos. No solo le pedimos atención al conductor de un vehículo a lo que pueda suceder en la carretera para no ponerse en peligro él ni poner en peligro a ninguna otra persona, o a quien maneja máquinas de alta peligrosidad pues cualquier error puede producir una catástrofe, sino que sea lo que sea que hagamos o lo que es nuestra vida necesitamos esa atención y vigilancia.

Porque necesitamos actuar con responsabilidad, porque en ello va la integridad de la persona, porque podemos perder muchas posibilidades si no estamos atentos a lo que sucede a nuestro alrededor, porque es nuestra dignidad la que está en juego, incluso aunque nadie me pidiera cuentas, porque yo tengo mi conciencia. Muchas bellezas se quedan sin admirar y nosotros no llegamos a enriquecernos con lo que descubrimos en nuestro mundo o nos puedan aportar los demás, por falta de esa necesaria atención, y no digamos los peligros en los que podemos caer o podemos hacer caer a los demás.

Dándole una trascendencia grande a lo que hacemos o a lo que vivimos, es de eso de los que nos quiere hoy precaver Jesús. Podemos pensar en el momento final y decisorio de nuestra vida, porque Jesús nos está hablando de lo que en otro tiempo llamamos ‘los novísimos’, en referencia lo que es el fin de la vida y el fin del mundo. Pero seremos capaces de preparar ese momento final de la vida, si somos capaces de prepararnos para vivir en intensidad cada momento de la vida. Y aquí se nos está diciendo algo muy importante.

Como antes decíamos, perdemos muchas oportunidades en la vida porque andamos como distraídos. No hemos sabido descubrir lo que es lo verdaderamente importante y por eso podemos estar dándole importancia a cosas que realmente son secundarias en nuestra vida. Es aquí donde tenemos que saber discernir; discernir es separar para dejar a un lado lo que no vale o lo que es menos importante; discernir es estar atento a lo mejor, que aunque todo nos parezca igualmente bueno, siempre tendríamos que ir a lo mejor en ese afán de superación y crecimiento que hemos de tener en la vida. No nos puede parecer que todo es igual, dejándonos confundir, haciendo sincretismos que nos llevaran a un vacío interior porque no hemos sabido darle importancia a lo que es verdaderamente importante.

Muchas cosas nos pueden llamar la atención, muchas cosas nos pueden distraer de esa meta superior a la que deberíamos aspirar. Cuando vivimos la vida con superficialidad nos contentamos con cualquier cosa, y muchas veces nos dejamos atraer y conducir por aquello que nos produce más pasión al instante y que se puede quedar en algo momentáneo. Busquemos aquello que nos da más plenitud y una felicidad más completa, porque nos llene desde lo más hondo de nosotros mismos; y para eso tenemos que saber mirar hacia lo alto, buscar metas altas, darle sobrenaturalidad también a nuestra vida porque busquemos lo espiritual que nos dará más profundidad.

De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones… Estad, pues, despiertos en todo tiempo… manteneros en pie ante el Hijo del hombre…’ Nos hablará de esas cosas que nos seducen, nos distraen y terminan engañándonos en la vida de cada día – cuántas son las cosas que nos tientan -, como  nos hablará de lo que es la venida final del Hijo del Hombre, del que tantas veces nos habla en el evangelio.

El Señor que llega cada día a nuestra vida con su gracia y no lo sabemos ver, pero el Señor que nos llamará junto a sí en la hora de la muerte, para lo que hemos de estar preparados. Reconozcamos que son cosas en las que no nos gusta pensar, rehuimos pensar en la hora de la muerte y nos ocultamos a esa realidad, como si metiendo la cabeza bajo el ala no lo vayamos a tener que afrontar. Se nos llena de angustia o de tristeza el corazón cuando pensamos en esas posibilidades que son cosas ciertas, pero no llegamos a pensar lo que significa ir al encuentro definitivo y para siempre junto al Señor.

No nos durmamos, estemos despiertos, porque eso además dará mayor altura y trascendencia a lo que hacemos y vivimos en el ahora de nuestra vida.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega a nosotros en tantas circunstancias de la vida


Despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega a nosotros en tantas circunstancias de la vida

Sabiduría13, 1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37
Tenemos que estar preparados en la vida para afrontar las diversas situaciones que se nos presenten. Surgen imprevistos que a veces no sabemos como afrontar, la misma vida exige arrostrar riesgos pero a los que tenemos que enfrentarnos valientemente; no todo es desagradable, también nos suceden cosas hermosas que nos alegran el corazón y nos dan ánimos para vivir, y hemos de saber estar atentos para no dejar escapar esas alegrías de la vida.
Las palabras de Jesús hoy en el evangelio en una primera lectura parece que nos llenan de temor porque nos habla de un momento final que no sabemos cuando llegará. Sin embargo si reflexionamos con una mayor profundidad vemos que lo que quiere decir Jesús es que tenemos que saber estar atentos a la vida en todas esas circunstancias que nos toque vivir. Son una gracia del Señor y nunca podemos llenarnos de temor si vivimos una vida con rectitud y también sabemos ir corriendo el rumbo que algunas veces se nos puede desviar. Como el piloto de un barco, de un avión o cualquier otro medio de transporte que está en nuestras manos señalar el rumbo e ir corrigiendo los desvíos que por las inclemencias nos puedan estar influyendo en mantener el rumbo de nuestra ruta; no se puede dejar dormir.
No nos podemos dejar dormir en la vida, atentos no solo al momento final que no sabemos cuando nos puede llegar, sino en ese día a día en que van apareciendo cosas nuevas en nuestra vida y que tenemos que saber valorar. En una mirada creyente son una gracia del Señor que nos ayuda a mantenernos despiertos, atentos, fieles en nuestro camino. Y en una mirada creyente podemos descubrir también cómo es el Señor que llega a nuestra vida de mil maneras y tenemos que estar atentos para recibirle, para acogerle, para enriquecernos con esa gracia que en cada momento derrama sobre nosotros.
Los acontecimientos de la vida pueden ser en verdad una llamada del Señor. El viene a nosotros y con nosotros camina a nuestro lado, aunque nuestros ojos muchas veces estén velados por otras cosas que nos distraen, nos preocupan o nos llaman la atención, como le sucedió a aquellos caminantes de Emaús; el Señor caminaba con ellos y les hablaba y aunque sentían que algo estaba pasando dentro de ellos no se daban cuenta que era el Señor.
Pero pensemos también cómo el Señor viene a nuestra vida a través de los que nos encontramos en el camino. Ya nos dirá El que en el momento final se nos va a examinar del amor con que vivimos nuestro encuentro con los demás, sea quien sea, sean cuales fueran las circunstancias de su vida. Todo lo que a ellos hicisteis a mi me lo hicisteis, nos dirá el Señor. Y no es que tengamos que escoger a este o al otro, es en cada uno en el que tenemos que saber descubrir esa presencia del Señor y en consecuencia el corazón abierto y lleno de amor con que lo vamos a acoger.
Y pensemos finalmente cómo el Señor quiere llegar a nosotros cada día con su gracia en la vida litúrgica y sacramental. Lo sabemos, pero nos ocupamos en otras cosas; tenemos que ir a tantas cosas, como aquellos convidados de la parábola que desecharon el banquete que les ofrecía su señor. Vamos, pero no siempre estamos con el traje de fiesta de nuestra fe viva y despierta; estamos como si estuviéramos en otra parte; no terminamos de ser conscientes y vivir el maravilloso misterio que celebramos, lo convertimos en un rito que desarrollamos muy ritualmente, y valga la repetición del concepto; no terminamos de estar despiertos y abiertos a la presencia del Señor que es quien nos habla en su Palabra, quien en verdad nos está alimentando con su gracia sacramental.
Mucho más podríamos reflexionar sobre ese estar despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega nuestra vida.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Necesitamos abrir la sintonía del evangelio para escuchar el grito de quienes gritan a nuestro lado y detenernos en esas rutas ya tan demasiado marcadas




Necesitamos abrir la sintonía del evangelio para escuchar el grito de quienes gritan a nuestro lado y detenernos en esas rutas ya tan demasiado marcadas

Sabiduría 6,2-12; Sal 81; Lucas 17,11-19
¿Alguna vez hemos tenido la experiencia de que alguna persona se haya acercado a nosotros y nos haya pedido que tengamos piedad de ella? No sé qué me podéis responder. Seguro que la experiencia si la hemos tenido no haya sido muy agradable o placentera; es duro tener enfrente de nosotros a alguien que se ve abrumado por problemas, por necesidades, por enfermedades o carencias de algún tipo y que se sienta tan hundido como para tener la humildad y la valentía de llegar a pedirnos socorro de esa manera.
Pudiera sucedernos por otro lado que nos hayamos insensibilizado tanto como que no haga mella en nosotros, nos hagamos los oídos sordos, o no seamos capaces de ver la realidad. En este caso si la situación es dura más duro se ha puesto nuestro corazón y necesitamos despertar de alguna manera. Porque a nuestra puerta o a nuestro paso por la calle nos encontramos tantas veces personas que nos tienden la mano, que nos susurran quizá porque no se atreven a decirlo más alto, que nos miran con una mirada que habla por si sola, y quizá, reconozcámoslo pasamos de la largo, no queremos oír lo que nos puedan decir no porque su susurro sea tan débil sino porque hemos cerrado inmisericordes los oídos.
Mientras iba escribiendo esta reflexión me di cuenta que mi perrito estaba a mi lado echado en el sillón y dormido, al menos con los ojos cerrados; se me ocurrió acercar mi mano a su hocico sin llegar a tocarlo, pero ya antes de que mis dedos se acercaran abrió los ojos para mirarme y ver qué hacía. Parecía dormido, pero su sensibilidad le hacía sentir lo que pasaba a su lado y abrió los ojos. Y pensé, nosotros vamos con los ojos abiertos por la vida, tendríamos que ver pero nuestra insensibilidad es tal que no reaccionamos por grande que sea la cosa que está sucediendo delante de nosotros. Ojos abiertos, pero dormidos. Despertemos. Creo que nos vale este ejemplo.
Hoy el evangelio nos habla de la sensibilidad de Jesús. Iba de camino, atravesaba Samaria, su meta era llegar a Jerusalén seguramente para la fiesta de la pascua. Y al paso del camino, aunque en la lejanía porque no se les permitía acercarse un grupo de diez leprosos estaban con sus gritos pidiendo compasión. Jesús podía seguir de largo, porque estaban lejos, porque su meta era solamente hacer el camino para llegar a Jerusalén y nada debía detenerlo, pero Jesús se detuvo. Ya conocemos el resto y muchas consideraciones nos hemos hecho en torno a este evangelio.
Me quiero quedar hoy en esta consideración. Caminamos por la vida con nuestras metas, nuestras rutas, nuestros objetivos, nuestros quehaceres y no queremos detenernos. Algunas veces solo necesitamos escuchar, porque lo que el otro necesita es que lo escuchen, pero nuestros oídos están cerrados, a nuestra vida le hemos puesto un cerco de obligaciones, de ocupaciones, de rutas, de metas, de trabajos que ya no sabemos detenernos. Quizá nos creemos muy responsables porque cumplimos muy bien con todas esas obligaciones y cumplimos con nuestras rutas y nuestros objetivos. Pero ¿no habrá que salirse de la ruta para ver esas miradas, para escuchar esos gritos, para poner sensibilidad en nuestro corazón?
Creo que no es necesario decir mucho más sino tener abierta la sintonía del evangelio.

martes, 22 de octubre de 2019

La vigilancia, como la esperanza y la responsabilidad de la vida no será una actitud pasiva sino que nos exige estar despiertos buscando positivamente lo que dé plenitud a nuestro ser


La vigilancia, como la esperanza y la responsabilidad de la vida no será una actitud pasiva sino que nos exige estar despiertos buscando positivamente lo que dé plenitud a nuestro ser

Romanos 5,12.15b.17-19.20b-21; Sal 39; Lucas 12, 35-38
Nos confían que cuidemos de algo y lo menos que podemos hacer es estar vigilantes, con una vigilancia responsable para cuidar que aquello que nos confiaron no se pierda o no se dañe. Esa vigilancia significa responsabilidad que asumimos, significa atención y cuidado, no desde temores y desconfianzas sino poniendo los medios adecuados, la atención necesaria para poder llevar a cabo la tarea.
Cuando hablamos de esas responsabilidades que asumimos y que nos obliga a estar vigilantes podemos hacer referencias a muchas cosas en la vida; desde la responsabilidad del padre de familia para la atención de los suyos pero también para el cuidado por ejemplo de la casa familiar que ya no es solo tener los medios adecuados, por ejemplo, para que no nos entren a robar, sino que es la responsabilidad de cada día para atender las necesidades de todos, pero también para adelantarnos a poner cuanto esté de nuestra parte para el crecimiento personal, para el desarrollo vital de cada uno de los miembros de la familia.
Así podemos pensar en nuestros trabajos, como cada uno puede pensar en su propia vida que ha de cuidar y ha desarrollar debidamente. No es ya simplemente dejar pasar la vida con lo que pos si mismo vaya sucediendo sino que es el buscar como hacer crecer esa vida, esa persona que somos nosotros, ese desarrollo de valores y cualidades, esa maduración personal que buscará siempre lo mejor para alcanzar unas metas, para darle valor a la vida misma, para todo eso que ayudará desde el desarrollo de mis valores y capacidades también al crecimiento de la misma sociedad en la que vivimos.
La vigilancia, como la esperanza y la responsabilidad de la vida no es una cosa pasiva, no son actitudes pasivas de dejar hacer, dejar que sucedan las cosas, ni tampoco una actitud como de defensa ante temores de lo que inesperadamente pueda suceder, sino que se realiza con actitudes positivas poniendo de todo nosotros mismos ya sea para el desarrollo de nuestra propia vida, o para el desempeño de esas responsabilidades que nos hayan confiado.
No podemos ir de pasivos por la vida, simplemente defendiéndonos de lo que nos puedan dañar. No se trata de guardar el talento enterrado en un hoyo en la tierra para no nos lo roben sino que positivamente es poner a juego esos valores para que crezcan y se desarrollen. Recordaríamos aquí algunas parábolas del evangelio.
 Hoy nos dice Jesús en el evangelio: Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame’. La lámpara encendida, la cintura ceñida no son las posturas del que está durmiendo, sino del que está dispuesto a caminar, a atender y a servir, a cuidar y a trabajar. Es la vigilancia para estar despiertos. Nos habla del amo que llega a la hora que menos lo piensa el que quedó en la casa vigilante y ha de abrir la puerta y tener todo preparado.
Es la vigilancia en la vida atendiendo a nuestras responsabilidades. Es la vigilancia del creyente atento en todo momento para escuchar al Señor, para sentir la presencia del Señor, para realizar la obra del Señor. Es la vigilancia de todo ser humano consciente de la vida que tiene en sus manos que es un regalo del Señor y de la que un día ha de dar cuentas, lo que le obliga a vivir como momento con responsabilidad cultivando su vida y haciendo crecer sus valores que a todos beneficien, a sentir que cuanto hace tiene también una trascendencia que va más allá  de su propio yo y del momento presente. Es la vigilancia del que vive su vida no de una forma superficial sino queriendo darle la mayor profundidad con la que alcanzar un día la plenitud de la vida eterna.


sábado, 1 de diciembre de 2018

Despiertos, vigilantes, atentos son actitudes que se han de traducir en nuestras posturas, en nuestras acciones, en nuestra manera de vivir también nuestra fe



Despiertos, vigilantes, atentos son actitudes que se han de traducir en nuestras posturas, en nuestras acciones, en nuestra manera de vivir también nuestra fe

 Apocalipsis 22,1-7; Sal 94; Lucas 21,34-36
 ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre’. Así Escuchamos en el evangelio de este ultimo día del año litúrgico, aunque mañana el evangelio nos volverá a repetir el mismo mensaje.
¿Qué significa estar despierto? Físicamente podemos estar despiertos del sueño con los ojos bien abiertos, pero sin embargo no estar atentos, no estar vigilantes, porque nuestra mente o está dormida o está entretenida en otras cosas que no nos permiten prestar atención a lo verdaderamente importante. Cuántas veces estamos en una conversación entre amigos, pero de repente nos damos cuenta que nosotros mismos o uno de los que están en la conversación parece que no se entera, está allí pero no está, no nos sigue, está distraído, no se entera de lo que estamos hablando.
Cuántas veces vamos así por la vida. Y no es solo que estemos distraídos cuando estamos con los demás porque nuestra mente está en otra parte, porque quizá andamos con nuestras preocupaciones y problemas que nos agobian y no sabemos como salir adelante, sino que son también las actitudes que podemos tener en que cerramos los ojos, y no los de la cara, para no ver ni enterarnos de lo que sucede a nuestro alrededor. Podemos muchas veces aislarnos, meternos en nuestro mundo, encerrarnos en nosotros mismos y no dejar que llegue ninguna luz a nuestro interior.
Quizá no nos gusta ni nos agrada la situación de nuestro mundo, la solución que se da habitualmente a los problemas pero eso no ha de llevarnos a ponernos en distancia como si eso no nos afectara ni nos tocara a nosotros. El aislamiento lo podemos tener también buscando otros sucedáneos, cosas artificiales que nos creamos o cosas de las que nos valemos para olvidar porque no queremos complicarnos la vida.
Muchos quieren vivir la vida a su aire, y se dejan llevar por todas aquellas complacencias que les pueden dar una felicidad artificial y que entonces creyéndose felices en lo que viven en su superficialidad les lleve a no pensar en esas otras cosas importantes de la vida que quizá muchos están sufriendo a su alrededor. Se han creado un mundo artificial en el que solo buscan su propio placer, que no es precisamente felicidad. Pensemos de cuantas cosas nos valemos – alcohol, droga, sexo, sensualidades de todo tipo… que solo satisfacen los sentidos – para buscar ese aislamiento, ese andar así como dormidos para los problemas verdaderos de la vida.
Hoy Jesús nos invita a despertar, porque aunque arduos sean los problemas y oscuro nos parezca el mundo en que vivimos del que nos queremos escaquear, el Señor viene a nosotros, se hace presente en nuestra vida y en medio de ese mundo concreto porque El quiere ser esa verdadera Luz, esa verdadera salvación para nosotros y para nuestro mundo. Nos invita a despertar para que no nos dejemos aturdir por cuanto pueda suceder a nuestro alrededor y estemos atentos a su presencia. ‘Viene el Hijo del Hombre’, nos dice, llega el Señor a nuestra vida y es quien verdaderamente nos renovará y renovará nuestro mundo. Hemos de estar atentos a las señales de su llegada a nosotros.
‘No se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día’, nos dice. Despiertos, vigilantes, atentos son actitudes que se han de traducir en nuestras posturas, en nuestras acciones, en nuestra manera de vivir también nuestra fe. Es una atención y vigilancia para escucharle, para escuchar allá en lo hondo de nuestro corazón su palabra; atentos, vigilantes para descubrir y sentir su gracia por eso los ojos de nuestro espíritu han de estar abiertos para Dios; eso significa también un espíritu de oración para entrar en esa sintonía de Dios. Muchas mas cosas podríamos pensar en como hemos de expresar esa vigilancia, ese estar despiertos.
Dejemos que el Señor nos hable al corazón y a cada uno nos vaya señalando lo que nos pide. Con sinceridad pongámonos ante Dios.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Despiertos y vigilantes caminamos por la vida cultivando una verdadera espiritualidad iluminando nuestra vida desde la fe y el sentido del evangelio de Jesús

Despiertos y vigilantes caminamos por la vida cultivando una verdadera espiritualidad iluminando nuestra vida desde la fe y el sentido del evangelio de Jesús

Apocalipsis 22,1-7; Sal 94; Lucas 21,34-36

‘Estad siempre despiertos… y manteneros en pie ante el Hijo del hombre’. ¿Estaremos dormidos en la vida? hay muchas formas y muchas veces no sé si andaremos como zombis por la vida; aparentemente despiertos, pero para aquellas cosas verdaderamente importantes dormidos.
Estar despiertos en la vida nos habla de estar atentos y vigilantes para ver lo que pasa, estar atentos y vigilantes en el cumplimiento de nuestras responsabilidades, estar atentos a las personas de nuestro entorno, estar atentos a lo que va sucediendo en el mundo. Quien desempeña una función en la vida no se puede dormir, ha de cuidar todos los detalles de lo que va realizando para sacar las cosas adelante, vigilantes ante los problemas que surgen porque muchas veces incluso hay que preverlos para saber darles solución a tiempo.
Quien tiene una responsabilidad familiar – y todos pertenecemos a una familia de la que no podemos desentendernos – ha de cuidar del bien de los suyos, de la felicidad de cada uno, de los problemas que podamos tener, de tener todo lo necesario para una vida digna, de cuidar del futuro de los hijos preparándolos debidamente desde la función de padres. Y así podíamos pensar en multitud de cosas en la vida.
Pero creo que cuando hoy escuchamos que el Señor nos dice que estemos despiertos algo más querrá decirnos, en otros aspectos fundamentales de nuestra vida también tendremos que fijarnos, aunque muchas veces en el materialismo con que vivimos o en la solución de esos problemas que día a día se nos presentan quizá el aspecto espiritual de nuestra existencia no lo cuidamos como tendríamos que hacerlo.
Ahí está nuestro crecimiento como personas pero también la profundidad espiritual que tenemos que darle a nuestra existencia. Esa espiritualidad que ha de dar fondo a nuestra existencia, que nos hará mirar a metas altas, y que llenará de trascendencia nuestro vivir. Es esa reflexión que hondamente dentro de nosotros hemos de ir haciéndonos para rumiar los acontecimientos de nuestra vida y saber aprender de cuanto nos suceda. Será entonces esa sabiduría que iremos aprendiendo de la vida misma cuando reflexionamos, cuando vamos contemplando lo que nos va sucediendo para saber leer en esos acontecimientos muchas lecciones buenas y positivas que hemos de saber ir sacando.
Y en esa espiritualidad de la persona un lugar importante, yo diría esencial, ha de ocupar nuestra fe. Esa fe que da sentido a nuestro vivir, a lo que hacemos y por qué lo hacemos. Esa fe que hemos puesto en Jesús y en su evangelio para convertirlo de verdad en centro de nuestra vida. En esa reflexión que nos hacemos es importante que iluminemos nuestra vida con esa luz de la fe y contrastemos lo que hacemos y vivimos con el sentir del evangelio de Jesús.
Despiertos para nuestra fe, despiertos en nuestra fe para mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre como nos ha dicho hoy el evangelio. Nos está hablando, sí, de ese momento final de nuestra existencia cuando vayamos a presentarnos definitivamente ante Dios para su juicio. Quizá sea una cosa en la que no pensemos, o que muchas veces hasta tratemos de alejar de nuestros pensamientos. Pero no tendría que haber temor si en verdad nos hemos mantenido despiertos en el caminar de nuestra vida también en ese aspecto de nuestra fe.
El juicio de Dios tenemos siempre la esperanza que es desde la misericordia; es cierto que no siempre somos fieles porque somos muy débiles y muchos tropiezos vamos teniendo en la vida; pero si andamos despiertos habremos sabido ir corriendo y enderezando  nuestros caminos. Sabemos que al final nos vamos a encontrar con el Dios misericordioso que nos ama. Que en El encontremos esa luz plena  definitiva de vivir para siempre en su presencia.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Estar siempre despiertos, mantenernos en pie en camino de fidelidad para vencer la tentación

Estar siempre despiertos, mantenernos en pie en camino de fidelidad para vencer la tentación

Daniel 7, 15-27; Sal.: Dn 3,  82.83.84.85.86.87; Lucas 21, 34-36

‘Estad siempre despiertos…’ nos recomienda Jesús hoy en el evangelio. Despiertos, vigilantes, atentos a lo que puede suceder, a lo que va a venir, a lo que puede haber a nuestro alrededor que nos puede perjudicar, a lo que podamos sentir también en nuestro propio interior. No todo nos viene de fuera; dentro de nosotros puede acecharnos también el mal. Por eso, despiertos, vigilantes, atentos…
En este capitulo del evangelio que nos ha ofrecido la Iglesia en esta última semana del año litúrgico - ya esta tarde con las primeras vísperas iniciamos un nuevo ciclo - hemos ido reflexionando sobre el momento final de nuestra vida, pero también de aquellas cosas que pueden suceder en nuestro entorno y nos pueden hacer sufrir; se nos ha hablado de las dificultades para mantenernos firmes en nuestra fe y de las persecuciones incluso que podamos sufrir.
Hoy se nos previene de algo más, es la tentación que ronronea en nuestro interior desde las pasiones que se nos descontrolan, desde el egoísmo que se nos puede meter en el corazón, desde las rutinas y malas costumbres que pueden ir haciendo mella en nosotros y debilitándonos, desde esos afanes que pueden atenazar nuestro corazón con nuevas esclavitudes. Son tan diversas las tentaciones que podemos sufrir.
Pero el Señor nos enseñó a pedir en el padrenuestro ‘no nos dejes caer en la tentación’; y nos dice algo más, que pidamos la fuerza del Espíritu divino para alejarnos del mal. Que nada nos perturbe, que nada nos haga perder la paz del corazón, que nada pueda manchar esa blancura de pureza que vistió nuestro espíritu al ser lavados en el agua del Bautismo. Pero sabemos bien que la tentación está ahí y nos acecha y nos hace tropezar tantas veces en la vida.
Queremos nosotros vivir el Reino de Dios, pero el espíritu maligno no quiere que permanezcamos en ese Reino de Dios y nos ofrece la manzana de la tentación disfrazada de tantas cosas que se nos pueden presentar incluso como buenas, pero que tras el disfraz de la mentira sabemos la maldad que encierran.
Por eso nos ha dicho hoy Jesús en el evangelio: ‘Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida’. Tened cuidado, nos dice; que andemos vigilantes, despiertos para mantenernos en fidelidad. ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre’.
Mantenernos en pie es mantenernos en fidelidad; mantenernos en pie es resistir la tentación; mantenernos en pie es estar vigilantes ante el peligro para no dejarnos seducir; mantenernos en pie nos exige examinar nuestros actos y nuestras actitudes, revisar nuestra vida; mantenernos en pie significa querer vivir siempre nuestra unión con el Señor. Y necesitamos  orar, porque solo con nuestras fuerzas no lo logramos; necesitamos la gracia del Señor. Mantenernos en pie es ser constantes en nuestra oración y en la escucha de la Palabra del Señor.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Sentimos la ternura de Jesús que nos previene para que nos mantengamos firmes en nuestra fe y en nuestra esperanza

Sentimos la ternura de Jesús que nos previene para que nos mantengamos firmes en nuestra fe y en nuestra esperanza

Apoc. 22, 1-7; Sal. 94; Lc. 21, 34-36
Tened cuidado…’ les dice Jesús. Es una palabra llena de ternura. Ten cuidado le dice la madre o el padre al hijo cuando va a salir o cuando va a emprender una tarea; ten cuidado le dice un amigo a otro cuando se despiden o cuando uno le cuenta algo que va a hacer; ten cuidado le decimos a aquella persona que apreciamos previniéndola frente a cualquier situación peligrosa en la que se pueda encontrar; ten cuidado es una buena recomendación que nos hacemos los unos a los otros.
Ahora nos dice Jesús ‘tened cuidado…’ y nos previene de muchas cosas que nos pueden ir sucediendo en la vida, situaciones por las que podemos pasar o simplemente para que seamos fieles. Mucho nos quiere decir Jesús porque es mucho el amor que nos tiene; mucho nos quiere decir Jesús porque nos lleva gravados en lo más hondo de su corazón; es la ternura de Dios, es la ternura del amor. Porque tener ternura para alguien es llevarlo allí muy cerquita del corazón, o muy dentro del corazón.
Y nos dice tres cosas: ‘no se os embote la mente… estad siempre despiertos… y manteneos en pie…’ Nos quiere decir mucho.
Cuando nos enfrascamos en lo que son las tareas de la vida de cada día algunas veces nos vemos tan absorbidos por las cosas de la vida, por los trabajos y responsabilidades, por las cosas que tenemos que hacer que tenemos el peligro de olvidar cosas que son también importantes, o no vemos o atendemos quizá a los que tenemos más cerca, perdiendo de vista quizá valores que tendrían que ser esenciales en nuestra manera de ser y de actuar o de estar con los demás. Nos podemos materializar tanto con las cosas que cada día tenemos que hacer, que al final podemos caer en las redes de ser esclavos de esas cosas, o perder la trascendencia de nuestra vida pensando solo en lo de ahora y aquí; más peligro aún cuando contagiados por lo que hay a nuestro alrededor podemos caer en las redes del vicio. ‘No se os embote la mente con el vicio, la bebida o la preocupación del dinero’.
Pero nos dice también: ‘Estad siempre despiertos…’ Ayer escuchábamos las recomendaciones que nos hacia a la vigilancia. No nos podemos dormir. No nos podemos embelezar quizá mirándonos a nosotros mismos y pensamos que por nosotros mismos somos capaces de todo. La vigilancia significa también oración. Como Pedro cuando no  había podido coger nada de pesca por si mismo, ‘en tu nombre echaré las redes’; en el nombre del Señor, contando con el Señor, abriéndonos a Dios en nuestra oración para sentir su fuerza pero para también dejarnos iluminar por su luz.
Y una tercera cosa que nos recomienda: ‘manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’. Mantenernos en pie significa sentirnos seguros, seguros en nuestra fe y en nuestra esperanza. Nos apoyamos en el Señor y nuestra fe no puede decaer. Nos mantenemos en pie porque es también el testimonio que hemos de dar ante los que nos rodean. Nos mantenemos en pie porque tenemos que ser signos para cuantos nos rodean de ese amor del Señor con nuestro amor. Nos mantenemos en pie porque no nos dejamos confundir por el mundo que nos rodea ofreciéndonos otras cosas u otros caminos. Nos mantenemos en pie porque estamos seguros de que el Señor viene, llega a nuestra vida, y así nos tiene que encontrar vigilantes y preparados.
Escuchemos la ternura del corazón de Cristo que nos habla al corazón, porque también nos quiere tener junto a su corazón. Así es su amor. Así tendrá que ser nuestra fe y nuestro amor para dejarnos inundar por esa ternura de Dios.
Con las palabras del Apocalipsis que repetimos en el salmo una vez más le decimos: ‘¡Marana tha! Ven, Señor Jesús’.