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domingo, 3 de marzo de 2019

Analicemos nuestras palabras, revisemos nuestras actitudes, examinemos la verdad de nuestro actuar haciendo un buen discernimiento de nuestra vida



Analicemos nuestras palabras, revisemos nuestras actitudes, examinemos la verdad de nuestro actuar haciendo un buen discernimiento de nuestra vida

Eclesiástico 27, 4-7; Sal 91; 1Corintios 15, 54-58; Lucas 6, 39-45

‘Se agita la criba y queda el desecho, así el desperdicio del hombre cuando es examinado’, nos ha dicho el libro sapiencial. Los granos de trigo se pasan por la criba para despejarlos de toda hojarasca, para separar el grano bueno de la parva que se llevará el viento y podamos obtener un fruto limpio y sustancioso. Bien lo saben los agricultores que en la era han de trillar el trigo para sacarlo limpio de paja y luego es aventado al viento para liberarlo de esa parva. Hermosa imagen para la vida.
Necesitamos de esa criba donde veamos la verdad de nuestra vida, para que no se quede todo en vanidosos oropeles que oculten la vaciedad de nuestros frutos o la podredumbre de nuestro corazón. Se llamará discernimiento – y la palabra ya vemos que se deriva de cernir, de pasar por la criba – que no solo es el que tenemos que hacer de los demás o de los acontecimientos que nos rodean, sino que cada uno ha de saber hacerlo de si mismo para descubrir la autentica verdad de sus valores.
Ese discernimiento lo podemos llamar también revisión o examen pero será algo que tenemos que hacer con total sinceridad, por respeto a nosotros mismos y a nuestra propia conciencia, pero también por respeto a esas personas que nos rodean, con quienes convivimos o a quienes en una tarea educadora hemos de saber trasmitir también unos valores que no se pueden quedar en palabras huecas y vacías. No nos vale cubrirnos de apariencias ni nos vale querer ocultar lo que llevamos en nuestro corazón porque pronto saldrá a relucir porque de lo que hay en nuestro corazón hablarán nuestros labios, o lo denunciarán nuestras propias obras. Y cuanto de todo eso puede haber en nuestra vida.
En este estilo sapiencial nos habla Jesús hoy en el evangelio. Son como sentencias que va desgranando pero que tenemos que detenernos para rumiarlas y masticarlas para sacar de ellas todo fruto. No nos vale leerlas o escucharlas todo de corrido, porque tenemos el peligro de quedarnos en la superficie y no lleguemos a ahondar en toda la sabiduría que Jesús quiere ofrecernos para nuestra vida.
Así no podemos ir de maestros por la vida siempre queriendo señalar para los demás cuando nosotros previamente no lo hayamos rumiado en lo más intimo de nuestra vida y con toda sinceridad; cuando simplemente tratamos de trasmitir palabras oídos o aprendidas de memoria, pero que no hemos asimilado en nosotros para hacerlas vida en nuestra vida, nos quedaremos en palabras huecas y vacías que nada van a decir a quienes tratamos de trasmitirlas.
Una almendra está escondida tras un doble caparazón que hemos de saber tener la habilidad de abrirlo para poder encontrar ese rico fruto; una perla está escondida en el caparazón de una concha que hemos de saber abrir para encontrarnos con su belleza y su riqueza. Es lo que tenemos que saber hacer con la Palabra de Dios que escuchamos y que queremos trasmitir; no nos quedamos en la superficie, como no nos quedamos en el caparazón de la concha, sino que lo abrimos para disfrutar de la belleza de la perla; así tenemos que saber rumiar, con verdadero discernimiento para aplicarla a nuestra vida esa Palabra que escuchamos y luego ya podremos ofrecerla con toda claridad y brillantez a los demás.
Hoy nos habla Jesús de quitar la mota o la viga de nuestro ojo, para poder ver claramente la mota que pueda tener el ojo de nuestro hermano y poder extraerla. Discernimos primero sobre nuestra vida, viendo lo que en realidad hay en nosotros para que con ojos claros y límpidos podamos ofrecer la luz a los demás.
De igual manera nos habla Jesús de cómo he cuidar el árbol de nuestra vida para que no esté dañado de ninguna maldad y así podarlos dar frutos buenos que enriquezcan a los demás y enriquezcan a nuestro mundo haciéndolo mejor. ‘Cada árbol se conoce por su fruto’, nos viene a decir Jesús, y si los frutos de nuestra vida no son buenos es porque nuestro árbol, nuestra vida está dañada y es lo primero que tenemos que curar. ‘El fruto muestra el cultivo de un árbol, la palabra, la mentalidad del hombre’, nos decía también el libro del Eclesiástico.  ¿Cuál es el fruto que nosotros ofrecemos? Analicemos nuestras palabras, revisemos nuestras actitudes, examinemos de verdad lo que son las obras de nuestra vida, nuestra manera de actuar, nuestra propia idea, nuestra mentalidad. Es lo que en verdad tenemos que saber cribar, discernir.
‘El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca’, terminará diciéndonos Jesús. Hagamos ese verdadero discernimiento, esa buena criba de nuestra vida para no nos quedemos en ofrecer paja, sino buen grano, buen fruto que alimente no solo nuestra vida sino que enriquezca también a nuestro mundo haciéndolo mejor.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Estar siempre despiertos, mantenernos en pie en camino de fidelidad para vencer la tentación

Estar siempre despiertos, mantenernos en pie en camino de fidelidad para vencer la tentación

Daniel 7, 15-27; Sal.: Dn 3,  82.83.84.85.86.87; Lucas 21, 34-36

‘Estad siempre despiertos…’ nos recomienda Jesús hoy en el evangelio. Despiertos, vigilantes, atentos a lo que puede suceder, a lo que va a venir, a lo que puede haber a nuestro alrededor que nos puede perjudicar, a lo que podamos sentir también en nuestro propio interior. No todo nos viene de fuera; dentro de nosotros puede acecharnos también el mal. Por eso, despiertos, vigilantes, atentos…
En este capitulo del evangelio que nos ha ofrecido la Iglesia en esta última semana del año litúrgico - ya esta tarde con las primeras vísperas iniciamos un nuevo ciclo - hemos ido reflexionando sobre el momento final de nuestra vida, pero también de aquellas cosas que pueden suceder en nuestro entorno y nos pueden hacer sufrir; se nos ha hablado de las dificultades para mantenernos firmes en nuestra fe y de las persecuciones incluso que podamos sufrir.
Hoy se nos previene de algo más, es la tentación que ronronea en nuestro interior desde las pasiones que se nos descontrolan, desde el egoísmo que se nos puede meter en el corazón, desde las rutinas y malas costumbres que pueden ir haciendo mella en nosotros y debilitándonos, desde esos afanes que pueden atenazar nuestro corazón con nuevas esclavitudes. Son tan diversas las tentaciones que podemos sufrir.
Pero el Señor nos enseñó a pedir en el padrenuestro ‘no nos dejes caer en la tentación’; y nos dice algo más, que pidamos la fuerza del Espíritu divino para alejarnos del mal. Que nada nos perturbe, que nada nos haga perder la paz del corazón, que nada pueda manchar esa blancura de pureza que vistió nuestro espíritu al ser lavados en el agua del Bautismo. Pero sabemos bien que la tentación está ahí y nos acecha y nos hace tropezar tantas veces en la vida.
Queremos nosotros vivir el Reino de Dios, pero el espíritu maligno no quiere que permanezcamos en ese Reino de Dios y nos ofrece la manzana de la tentación disfrazada de tantas cosas que se nos pueden presentar incluso como buenas, pero que tras el disfraz de la mentira sabemos la maldad que encierran.
Por eso nos ha dicho hoy Jesús en el evangelio: ‘Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida’. Tened cuidado, nos dice; que andemos vigilantes, despiertos para mantenernos en fidelidad. ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre’.
Mantenernos en pie es mantenernos en fidelidad; mantenernos en pie es resistir la tentación; mantenernos en pie es estar vigilantes ante el peligro para no dejarnos seducir; mantenernos en pie nos exige examinar nuestros actos y nuestras actitudes, revisar nuestra vida; mantenernos en pie significa querer vivir siempre nuestra unión con el Señor. Y necesitamos  orar, porque solo con nuestras fuerzas no lo logramos; necesitamos la gracia del Señor. Mantenernos en pie es ser constantes en nuestra oración y en la escucha de la Palabra del Señor.

viernes, 28 de marzo de 2014

¿Nos dirá también Jesús a nosotros que no estamos lejos del Reino de Dios? Examinemos nuestro amor a Dios



¿Nos dirá también Jesús a nosotros que no estamos lejos del Reino de Dios? Examinemos nuestro amor a Dios

Os. 14, 2-10; Sal. 80; Mc. 12, 28-34
‘No estás lejos del Reino de los cielos’, le dijo Jesús a aquel escriba que le había venido con preguntas. Vemos repetidamente en el evangelio que vienen con preguntas a Jesús. ‘¿Qué es lo que tengo que hacer para heredar la vida?’ preguntaba un día un joven con ilusión por ser bueno. Otras veces las preguntas vienen con mala intención queriendo poner a prueba al Maestro; otras con buena voluntad con deseos de buscar lo que es lo fundamental que hay que hacer; algunas veces las preguntas son capciones queriendo ver la respuesta del Maestro para hacerse luego sus conclusiones.
Hoy el diálogo que se entabla entre Jesús y aquel escriba es aleccionador, profundo y enriquecedor. Jesús responde con las palabras de la propia Escritura tanto del Deuteronomio como del Levítico. Y como es corroborado por el escriba que ratifica que él cree también de verdad que lo importante es ese amor a Dios sobre todas las cosas, es por lo que Jesús concluirá diciéndole que no está lejos del Reino de Dios.
Nos hacemos preguntas también nosotros muchas veces con mucha sinceridad en el corazón para discernir si lo que estamos haciendo está bien. Buscamos también lo que es lo fundamental de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Aunque algunas veces nos creemos algunas confusiones dentro de nuestro corazón. Nos pensamos que somos buenos y que con no hacer daño a los demás ya lo tenemos todo hecho. Es cierto que es importante el  no hacer daño a los demás, pero la respuesta se quedaría corta.
Algunas dicen, como yo sea bueno con los demás y no haga daño a nadie, y ayude cuando pueda, ya me es suficiente y no necesito nada más; y cuando dicen que no necesitan nada más están queriendo decir que no necesitan ni rezar, ni venir a la Iglesia, ni ningún acto religioso. Eso, es cierto, es ser un hombre bueno, una persona buena; pero cuando hablamos de un cristiano tenemos que pensar en algo más, tenemos que fijarnos en Jesús y escuchar clara y sinceramente lo que El nos dice en el Evangelio.
Hoy nos está diciendo que tenemos que poner de verdad en el centro de nuestra vida a Dios. Hemos de amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida, con todo  nuestro ser. Es el Señor y el único Dios de nuestra vida, a quien le debemos amor, pero no un amor cualquiera, no un amor mezquino, sino un amor total. Como consecuencia surgirá el amor que hemos de tener al prójimo; como fundamento y base de ese amor que le tenemos a Dios, estará el amor al prójimo. Porque no podrá haber uno sin el otro.
Por eso a la respuesta del escriba Jesús le dirá que no está lejos del Reino de Dios. ¿No significa el Reino de Dios reconocer que Dios es nuestro único Rey y Señor y a El le debemos todo nuestro amor? Y cuando sentimos que Dios es el único Rey y Señor de nuestra vida, estaremos siempre dispuestos a hacer en todo su voluntad para manifestar ese amor; y ya sabemos que la voluntad del Señor es que nos amemos los unos a los otros, como El nos ha amado. Fue el mandamiento que nos dejó Jesús.
Bien nos viene reflexionar en todo esto aunque lo tengamos bien sabido. Hemos de reconocer que muchas veces cuando hacemos el examen de nuestra conciencia y repasamos los mandamientos de la ley de Dios, quizá por este primer mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas pasamos muy rápidamente porque damos por sentado que amamos a Dios.
Pero creo que tendríamos que detenernos en él para ver si en verdad es así sobre todas las cosas como amamos al Señor y en qué estamos manifestando que le tenemos ese amor. Podríamos encontrarnos con la sorpresa de que no es tan intenso nuestro amor a Dios porque muchas veces andamos con raquitismos y mezquindades y a la hora de acercarnos a  Dios para darle culto hay otras cosas a las que le damos más importancia y nos retraemos y todo nuestro amor no es para el Señor.
Que podamos escuchar en nuestro corazón esa palabra de Jesús que nos dice que no estamos lejos del Reino de Dios.

jueves, 20 de marzo de 2014

El pecado de omisión una pendiente resbaladiza que nos hace insensibles y como cardos para los demás



El pecado de omisión una pendiente resbaladiza que nos hace insensibles y como cardos para los demás

Jer. 17, 5-10; Sal. 1; Lc. 16, 19-31
Esta parábola del rico epulón y el pobre Lázaro, como suele llamarse, nos puede sugerir muchas cosas para nuestra reflexión. Podemos pensar en ese abismo inmenso e infranqueable entre los ricos y los pobres que cada día se agranda más y más, pero también nos puede hacer pensar en la trascendencia de nuestra vida y el valor de lo que ahora hagamos de cara a una vida futura, a un más allá, como solemos decir;  pero nos puede hablar del reconocimiento de nuestra condición pecadora y el deseo de que nuestros seres amados no vivan en situación pecaminosa semejante a la nuestra;  nos puede hacer pensar en la escucha que de la Palabra de Dios hemos de hacer sin estar pensando en apariciones milagrosas para movernos a la conversión. Muchos son los temas sugeridos y cada uno allá en su corazón puede sentir que el Señor le habla de cosas muy concretas en su vida.
Yo quisiera comenzar por fijarme en lo que nos describe al principio de la parábola. ‘Un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día’, por una parte; y por otra contemplamos a ‘un mendigo llamado Lázaro que estaba echado en su portal, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba’. Lo único que parece más compasivo y que pone como un tinte de color distinto son ‘los perros que se acercaban a lamerle las llagas’.
Pudiéramos decir, aunque nos pudiera parecer un pensamiento superficial, que aquel rico realmente no estaba haciendo nada en contra del mendigo que estaba a su puerta; ni lo insultaba ni lo trataba mal, pero no hacia nada. Ese es precisamente su pecado, que no hacía nada. Ya es injusta la situación que se nos describe, pero el tema está que no hacía nada; el pecado de omisión, tendríamos que decir. Podría compartir la comida de su mesa y ahí está por supuesto su egoismo e insolidaridad, pero es que lo ignoraba, no hacia nada, parecía no enterarse de quien estaba a su puerta porque estaba muy ensimismado en su cosas, sus fiestas y sus placeres.
Ya nos decía el profeta Jeremías en la primera lectura ‘maldito quien confía en el hombre y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor; será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita’. Es el que se encierra en si mismo y no será capaz de tener una mirada a su alrededor para ver lo que sucede. El que tiene ese corazón de rico, porque piensa que como él satisfaga sus necesidades o sus caprichos ya piensa que todo está resuelto y nadie puede sufrir en su entorno. Como un cardo espinoso al que nadie podrá arrimarse, porque solo su presencia hace daño, aunque parezca que ande sobrado lo que hay en su corazón es aridez y su vida es como la tierra salobre en la que no se puede habitar. Encerrado en si mismo será insensible para cuanto pueda suceder a su alrededor, no hará daño directamente pero su insensibilidad le lleva a no hacer nada positivo por los demás.
¿No será ese el gran pecado que sigue estando presente hoy en nuestro mundo y hasta quizá en nosotros mismos? El pecado de omisión que es precisamente no hacer nada cuando podrías hacer tanto de bueno. Vivimos la vida alegremente pensando en nosotros mismos sin mirar cuanto sufrimiento puede haber a nuestro alrededor y que podríamos remedias. Es tan tremendo y peligroso el pecado de omisión que hasta lo olvidamos cuando hacemos nuestro examen de conciencia. Es cierto que cuando en nuestra oración recitamos la confesión de nuestros pecados allí lo mencionamos, pero se queda tan desapercibido que nunca pensamos si estaremos o no cayendo en ese pecado.
Creo que es algo que tendríamos que tener en cuenta mucho más. ¿No decimos en el ‘yo confieso’ que ‘he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión’? Quizá nos fijamos en nuestras palabras o en nuestros pensamientos, confesamos las obras malas que hayamos realizado, pero ¿y los pecados de omisión? ¿aquello bueno que podías haber hecho y dejaste de hacer? Denota una falta de delicadeza espiritual muy importante y por otra parte llegamos a ese pecado de omisión quizá desde nuestro egoismo, nuestra avaricia, nuestro orgullo, lo que se puede convertir en una pendiente muy peligrosa para nuestra vida espiritual.
Tengamos en cuenta todas las cosas que nos sugiere la parábola que hemos escuchado, pero en esa revisión y renovación que día a día queremos ir haciendo en este camino cuaresmal hoy podríamos fijarnos y revisarnos de este aspecto, de nuestros pecados de omisión. Llenaríamos de mucho más amor nuestra vida.