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lunes, 8 de junio de 2026

Unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de entender la vida y lo que hacemos nos ayudarán a comprender lo que es el Reino de Dios

 


Unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de entender la vida y lo que hacemos nos ayudarán a comprender lo que es el Reino de Dios

1Reyes 17, 1-6; Salmo 120; Mateo 5, 1-12

Jesús había comenzado anunciando la pronta llegada del Reino de Dios. Era una palabra alentadora y de esperanza lo que Jesús estaba anunciando. Algo nuevo y distinto tenía que suceder con la llegada del Reino; era el deseo más profundo que todos sentían desde su pobreza y desde el sentirse oprimidos porque se sentían sin libertad; vivían bajo la opresión de un reino extranjero que como suele suceder con los dominadores todo sería un expolio con sus impuestos que les llevaría a una miseria peor. Tiempos convulsos y sin esperanza; por eso escuchar ese anuncio era como un rayo de luz en el horizonte que traería algo nuevo.

Pero Jesús al hacer ese anuncio además pedía conversión para poder creer de verdad en lo que El les anunciaba; y conversión era un cambio total de planteamientos o de forma de vivir y hacer las cosas, porque de lo contrario no entenderían nunca lo que significaba ese Reino anunciado por Jesús. Por eso, no todos ni siempre entenderán, se les costará entender las palabras de Jesús.

Con los signos que va realizando va manifestando las señales de lo que era ese Reino de Dios, pero de igual manera la mayoría de las veces se quedaban en la materialidad del milagro realizado pero no llegaban a asumir la señal que eso significaba para sus vidas. Serán sus gestos y serán sus palabras las que lo Irán manifestando.

Hoy llega un momento – así nos lo compendia el evangelista – en que Jesús va a ir desgranando todas esas cosas en las que ha de manifestarse que el Reino de Dios ha llegado. Y hablará de dicha y de felicidad, como ya venían sintiendo de alguna manera en sus corazones en la medida en que crecía su esperanza. Pero las palabras de Jesús tomadas literalmente también desconciertan.

Llamará bienaventurados, o lo que es lo mismo, dichosos, felices a los pobres y a los que actúan con mansedumbre, a los que están llenos de sufrimientos o a los que nada tienen y tienen hambre, a los que se sienten inquietos en su interior insatisfechos por las situaciones que viven o lloran con los demás, a los que actúan remando a contracorriente porque nunca tendrán malicia en su corazón y a los que son incomprendidos. Y Jesús dice que para ellos es el Reino de Dios, que serán consolados y sentirán saciados tras su hambre o sus miserias, porque algún día alguien mostrará también compasión con ellos y tendrán una recompensa en el más allá por la bondad de su corazón. Pero, ¿no sería mejor obtener todo eso en el aquí y ahora para no vivir en esas angustias de la pobreza o con el sufrimiento de tantos a su lado? Somos los de lo inmediato, ¿de qué nos valen unas promesas para un mañana que aun es incierto? Quizás sean preguntas que nos hagamos.

Claro que pensamos así porque no hemos comenzado por lo primero que Jesús nos pedía cuando nos anunciaba la cercanía del Reino de Dios. Nos decía que teníamos que convertirnos para poder creer en el Reino de Dios, si no había ese cambio radical del corazón no llegaríamos a entender el Reino de Dios que Jesús nos anuncia. Por eso, porque nos falta esa conversión del corazón seguimos sin llegar a entender el mensaje de las bienaventuranzas.

Son unos valores nuevos los que tenemos que vivir; son unas actitudes nuevas que tenemos que poner en nosotros; es una manera nueva de entender la vida, de darle un valor nuevo y un sentido nuevo a lo que hacemos. Cuando comprendamos que no todo está en lo material que poseamos, que tiene que prevalecer la rectitud en nuestro corazón a pesar de que vayamos a contracorriente de lo que el mundo hace, que será esa inquietud que sentimos en nuestro interior la que nos llevará a nuevas posturas valientes sintiendo como propio también el sufrimiento de los demás, que será envolviendo el corazón de ternura y de compasión cómo haremos distintas nuestras relaciones con los demás, que será aprendiendo de la mansedumbre del corazón de Cristo cómo seremos capaces de comprender y hasta de perdonarnos, entonces comenzaremos a entender el mensaje de las bienaventuranzas, entonces sentiremos de verdad esa dicha y alegría que Jesús nos promete, aunque los momentos sean duros u oscuros.

¿Llegaremos en verdad a vivir el mensaje de las bienaventuranzas?

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