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sábado, 14 de marzo de 2026

No nos justifican los cuadrantes rellenos de muchas cosas buenas que hayamos hecho sino por la humildad con que nos acercamos a Dios para empaparnos de su misericordia



 No nos justifican los cuadrantes rellenos de muchas cosas buenas que hayamos hecho sino por la humildad con que nos acercamos a Dios para empaparnos de su misericordia

Oseas 6, 1-6; Salmo 50; Lucas 18, 9-14

Yo soy bueno, pensamos o decimos algunas veces, yo soy muy cumplidor, yo no hago daño a nadie con lo que estoy haciendo, yo no soy como otros. Somos buenos, nos decimos, pero qué pronto aparece la autosuficiencia y comenzamos a compararnos y, como se suele decir, las comparaciones son odiosas, porque cuando hacemos comparación es para buscar diferencias, para sentirme con arrogancia que no soy como los otros, porque tenemos nuestras cualidades, porque nos creemos más listos, porque queremos mantener nuestras distancias; ya aparecen detalles que no son delicados, ya comienza la discriminación, ya comenzamos a subirnos en pedestales para no mezclarnos con cualquiera… y yo soy bueno.

Ha sido el primer pensamiento que me ha surgido, mirándome a mí mismo el primero, al escuchar el texto que nos ofrece hoy el evangelio. El evangelista al presentarnos este episodio parece que nos está haciendo una catequesis, porque fijándose en las actitudes que muchas veces mantenemos en la vida recuerda aquella parábola de Jesús, la de los dos hombres que subieron al templo a orar. Subieron, es cierto, a algo bueno, porque subieron para la oración para el encuentro con Dios, pero qué bagajes tan distintos llevaban el uno y el otro. La parábola habla de un fariseo y de un publicano.

Cuando hablamos del bagaje no se trata de lo que llevaban en los bolsillos sino de las actitudes que llevaban en el corazón. ¿El fariseo llevaba los bolsillos llenos? Llevaba el corazón recargado con mucha autosuficiencia; no era como los demás, se decía a sí mismo y con ello pretendía justificarse ante Dios; muchas cosas llevaba anotada en su libreta de cuentas como si fueran avales, era cumplidor, pagaba sus diezmos, hacía sus ayunos y hasta daba sus limosnas que bien se escuchaban sus monedas cuando caían en el arca del templo, no se metía con nadie porque muchas distancias iba poniendo en camino porque había que saber bien con quien se podía encontrar y no se mezclaba con cualquiera, ya se había puesto en el lugar que creía corresponderle allí en templo por delante de todos. Su corazón estaba endiosado, parece que no necesitara a Dios, sino que más bien Dios tenía que estar agradecido por todas las cosas que hacía. ¿Era una oración agradable al Señor?

Sin embargo el publicano se había quedado en un rincón escondido y no se atrevía ni a levantar los ojos. Simplemente reconoce que es un pecador. ¿Podrían acusarle de todo aquello que le atribuían a los publicanos y por lo que los consideraban pecadores en aquella sociedad de puritanos? A él lo que le importaba en aquel momento era cómo se sentía ante Dios y cuál sería la mirada de Dios para él en aquellos momentos que se sentía en su presencia. Solo repetía que era un pecador esperando alcanzar la misericordia del Señor.

Si en otra ocasión Jesús había dicho de la mujer pecadora que se había atrevido a acercarse a sus pies para lavárselos que se le perdonaban sus muchos pecados porque amaba mucho, era ahora la misericordia del Señor la que se derramaba sobre quien se sentía pecador para volver a su casa justificado, pero justificado no por sus obras sino por la misericordia del Señor que se había derramado sobre su corazón. Es lo que viene a expresarnos la parábola de Jesús. No nos justificamos por nosotros mismos, sino que es la misericordia del Señor la que nos justifica, la que derrama su gracia y su perdón, la que nos inunda con el amor de Dios cuando con humildad nos acercamos a El.

En este camino cuaresmal que estamos haciendo tenemos que aprender a buscar esa justificación no por los cuadrantes que llevemos en nuestras manos de todas las cosas buenas que hacemos, sino por la humildad con que nos presentamos a Dios para aprender de su misericordia y de su amor y renovada nuestra vida comencemos a actuar con la misma misericordia y amor compasivo con los demás. 




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