Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta sordomudo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sordomudo. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de marzo de 2026

Desterremos todo lo que sea negatividad de nuestra vida para saber valorar la luz y saberla encontrar, respeto a lo bueno de los demás, buen cimiento de un mundo mejor

 




Desterremos todo lo que sea negatividad de nuestra vida para saber valorar la luz y saberla encontrar, respeto a lo bueno de los demás, buen cimiento de un mundo mejor

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

Sucedía entonces y sigue sucediendo hoy. Cuando nos cegamos en nuestras ideas o en nuestra manera de ver las cosas, por eso mismo porque nos cegamos no seremos capaces de ver la luz que hay en los demás. Nos ciegan nuestros fanatismos cuando pensamos que no se pueden hacer las cosas sino como nosotros las hacemos porque nos creemos los únicos buenos y sabios; entonces todo lo que hagan los demás lo vemos desde ese filtro y entonces nada vale de lo que hagan los que no piensan como nosotros. Lo estamos viendo continuamente en todo el ámbito de la vida social y tenemos que decir también de la vida política.

¿Dónde encontraremos en alguien la sensatez suficiente para reconocer que su adversario hace cosas buenas y cosas que están bien? ¿Dónde están los que siguen construyendo con las mismas piedras buenas de sus adversarios aunque luego las podamos pulir según nuestro gusto? Hay una acritud muy dura en nuestra sociedad, unos orgullos que a nada bueno nos van a conducir.

Es lo que estaba sucediendo en este episodio que hoy se nos ofrece en el evangelio. Jesús curó a un sordomudo. Entendamos bien lo que nos habla el evangelio, porque en aquel momento la enfermedad o todo lo pusiera una limitación a la vida de las personas, ceguera, invalidez, ser sordomudo como en este caso, era considerada como un mal lo que venía a significar una posesión del maligno, por eso los llamaban endemoniados.  Jesús libera de su mal a aquel hombre y comenzó a hablar.

Podríamos pensar en la sorpresa y la admiración que tal hecho podía producir en los que lo contemplaban. Muchas veremos que la gente alaba al Señor que realiza tales maravillas. Pero es donde aparecen los malquerientes, los que no aceptaban a Jesús porque tampoco querían escuchar su mensaje del Reino de Dios. Y cuando estamos enconados con una cosa o con alguien todo lo que haga esa persona nos parece mal; es lo que tratan de decir aquellos opositores a Jesús. No lo está haciendo con el poder de Dios sino con el arte y poder del maligno. Tremenda incongruencia, podríamos decir, que el maligno se expulse a sí mismo de aquellos a los que tiene poseídos. Mira hasta donde somos capaces de llegar cuando estamos enfilados contra alguien.

¿Por qué nos dejamos absorber por tanta maldad? Nos creemos tan seguros que no nos damos cuenta de la debilidad que tenemos debajo de los pies. Nos cegamos, como decíamos antes, y ya no queremos ver los rastros de luz allí donde verdaderamente están. Y lo tremendo es que cuando nos envolvemos de esas malicias y de esos orgullos no nos damos cuenta de que esas actitudes negativas nos están socabando la tierra bajo nuestros pies y un día todo se nos vendrá abajo.

Además con esa negatividad en nuestras vida poco podremos construir que sea de provecho y tenga validez permanente. Es la superficialidad en la que vamos cayendo en la vida. Qué lástima como queremos ser constructores de una nueva sociedad pero lo hacemos desde los rencores y resentimientos, las envidias nos llevaran a querer destruirnos unos a otros, con esas heridas mal curadas en nuestro corazón no podrá aparecer una verdadera alegría y a pesar de las muchas músicas el alma está llena de tristezas, aunque decimos que queremos un mundo mejor no termina de aparecer la paz porque seguimos alimentando esas malquerencias en el corazón.

Jesús nos habla de aquel hombre que se creía fuerte e invencible pero que pronto todo se derrumbará y se le vendrá abajo, porque el maligno seguirá insuflando esos malos sentimientos en su corazón que todo lo destruirá. Qué necesaria esa actitud de vigilancia que hemos de mantener en nuestra vida, esa humildad para reconocer lo débiles que somos, y cómo tenemos que abrir nuestro corazón a la fortaleza del Espíritu para mantener esa rectitud en nuestras vidas, pero también para saber valorar cuanto de bueno hay también en los demás.

Es el sentido que hemos de darle a este camino cuaresmal que estamos haciendo para llegar a la Pascua.


viernes, 13 de febrero de 2026

Hemos nacido para comunicarnos pero Dios quiere que nazca en nosotros un hombre nuevo para una nueva humanidad, amasada en la comunión y en el amor

 


Hemos nacido para comunicarnos pero Dios quiere que nazca en nosotros un hombre nuevo para una nueva humanidad, amasada en la comunión y en el amor

1 Reyes 11,29-32; 12,19; Salmo 80; Marcos 7,31-37

Qué importante y necesario es que nuestros sentidos, podríamos decirlo así, estén despiertos, estén en la plenitud de lo que están llamados a ser; podemos olfatear el perfume de una rosa como podemos contemplar la belleza de su forma y colorido, podemos llevarla en nuestras manos y convertirla en una ofrenda de amistad y de amor a aquellos que apreciamos y que amamos; podemos escuchar el sonido cantarino de cuanto nos rodea, pero sobre todo podemos entrar en comunicación con los demás escuchándoles y entrando en diálogo de amistad con los que nos rodean. Qué tremendas barreras se interponen cuando nos falla alguno de nuestros sentidos, de alguna manera es como si nos sintiéramos mutilados porque algo ya nos está fallando en nuestra comunicación aunque tengamos el ingenio de buscar otros medios para esa comunicación que nos falta.

Es muy significativo el milagro del que nos habla hoy el evangelio. Jesús, además en esta ocasión, estaba también fuera del territorio propiamente judío, pues estaba en la Decápolis, una zona bordeando la Galilea pero que realmente era tierra de paganos. Es importante el detalle, pero fijémonos en la intensidad a la que vez que sencillez del relato. Le traen un sordomudo para que lo cure. Hay un trato muy humano y personalizado de Jesús con este hombre expresado en los gestos que acompañan el hecho. Jesús toca los oídos y la lengua de este hombre. Solo hay una palabra, ‘Effetá’, ¡ábrete! Y aquel hombre pudo oír y pudo hablar, pudo entrar de nuevo en relación con los demás saliendo de ese mundo de silencio en que vivía.

¿Qué significará para nosotros? Aunque muchos sean los ruidos que nos rodean y nos aturden en este mundo en que vivimos algunas veces queremos aislarnos, y no porque le temamos a los ruidos que muchas veces los buscamos, sino porque quizás no queremos que llegue a nosotros ese sonido incisivo, esa palabra clara y diáfana que nos va a hacer encontrarnos con nosotros mismos o también con la autentica realidad que nos rodea. Nos queremos desentender, no queremos saber en tantas ocasiones, porque en medio de esos sonidos que nos llegan pueda haber interpelaciones a nuestra vida, pueden planteársenos interrogantes, se nos pueden estar pidiendo respuestas que quizás no queremos dar para no comprometernos.

No son ya las carencias que podamos tener en nuestros sentidos sino las sorderas que nos buscamos, las barreras que ponemos, las distancias que vamos creando, allí donde hay una palabra o una realidad que quizás hiere nuestra sensibilidad y no queremos sufrir y por eso no nos queremos enterar. Nos sucede en relación a la realidad de ese mundo que nos rodea, pero tendríamos que analizar si acaso nos está sucediendo con aquellos que son más cercanos a nosotros, en la pareja, en la familia, en el grupo de los amigos, en ese mundo complejo de los compañeros de trabajo, comenzamos a no escuchar, a pasar de largo, a hacernos los sordos, a aislarnos queriendo vivir encerrados ‘pacificamente’ en nuestra torre, pero donde la larga no vamos a encontrar paz.

El evangelio llega a nosotros en esa mano de Jesús que nos toca, nos quiere hacer despertar, que mete sus dedos en nuestros oídos o nos toca nuestra lengua. ‘Effetá’, nos dice. Abre tus oídos, suelta tu lengua, escucha, escucha a quien te habla y quiere entrar en comunicación contigo. Escucha la Palabra de Dios que viene a despertar tu vida para que formemos un mundo nuevo, Reino de Dios lo llamamos, donde se haga una nueva familia, un nuevo sentido de humanidad. Hemos nacido para comunicarnos pero Dios quiere que nazca en nosotros un hombre nuevo para una nueva humanidad, amasada en la comunión y en el amor.

domingo, 8 de septiembre de 2024

Les dio poder para curar, abrir oídos, devolver la luz a los ojos, liberar de opresiones, construir un mundo nuevo, ayudar a poner actitudes nuevas en el corazón y en la vida

 


Les dio poder para curar, abrir oídos, devolver la luz a los ojos, liberar de opresiones, construir un mundo nuevo, ayudar a poner actitudes nuevas en el corazón y en la vida

 Isaías 35, 4-7ª; Sal. 145; Santiago 2, 1-5; Marcos 7, 31-37

Los que nos sentimos, vamos a decirlo así, en plenitud de todas nuestras facultades no es difícil comprender a los que se sienten limitados de alguna manera en alguno de sus sentidos, por decirlo de alguna manera. Nosotros tenemos una buena visión, podemos oír con normalidad y expresarnos comunicándonos con nuestras palabras, podemos movernos libremente porque aun no nos fallan nuestras piernas y nos hemos creado un mundo en cierta manera solo válido para los que tienen esas capacidades, y de alguna manera olvidamos a quienes les fallan algunos de esos sentidos o tienen alguna dependencia por algún tipo de discapacidad física o sensorial.

Quizás cuando comienza a fallarnos alguna de esas cosas nos damos cuenta de que no nos es tan fácil comunicarnos, porque no escuchamos bien ni llegamos a entender lo que nos dicen, no vemos con claridad y estamos dependiendo de que nos digan lo que otros ven, y así podríamos pensar en muchas más cosas. Pero no nos podemos quedar en esas limitaciones físicas que quizás con el paso de los años nos van apareciendo, sino que hay muchas otras cosas en la vida que coartan y limitan esa mutua comunicación.

Algunas veces no queremos oír ni entender, no queremos saber y cerramos no solo los ojos de la cara sino más bien nuestro espíritu y nuestro corazón desde nuestra insensibilidad; nos vamos haciendo abismos que nos distancian, o ponemos barreras para que no haya acercamiento a los demás; y esto de muchas maneras, con la cerrazón de nuestra mente, con la apatía con que vivimos, con la comodidad que nos encierra en nosotros mismos, con la insolidaridad para no ver ni sentir el sufrimiento que pueda haber en las personas de nuestro entorno o los problemas de nuestro mundo, con el conformismo que nos paraliza o el fanatismo que nos hace perder la cabeza… las limitaciones nos las estamos poniendo nosotros mismos.

¿Nos podemos quedar tranquilos viviendo de esa manera? ¿Cuáles pueden ser las sorderas con que nos encontremos? ¿Tendremos curación? ¿Habrá algún tipo de audífono que nos salve y nos devuelva a una facilidad de comunicación o algún colirio para nuestros ojos? Es mucho lo que en nosotros ha de sanarse.

Nos habla hoy el evangelio de que Jesús andaba por caminos y lugares no precisamente judíos; anda por Tiro y Sidón, dos ciudades fenicias, en lo que sería hoy zona del Líbano, y está además atravesando la Decápolis, diez ciudades que precisamente no destacan por sus costumbres judíos; son lugares de los gentiles, gente ajena al pueblo de Israel, al pueblo de Dios. Pero Jesús no va ni ciego ni sordo, no va insensible a las necesidades o a la carencias que allí también podría encontrar; se había encontrado a una mujer fenicia de gran fe que con insistencia pedía por la liberación del mal de su hija enferma; ahora le salen al paso con un hombre sordo mucho, ni oía ni apenas podía hablar, que andaba en el silencio de sus oídos sordos y en la incomunicación que le imponían sus limitaciones, ‘apenas podía hablar’, dice el evangelista.

Jesús tiene también una mano de vida y de salvación para este hombre; se van a destruir todas sus barreras y podrá entrar en una nueva comunicación. No solo Jesús le está restableciendo de las limitaciones de sus sentidos, sino que aquel hombre pronto se va a convertir en un vocero de Dios. Y aunque Jesús no quiere ganarse la fama de un taumaturgo, por eso les dice que no lo digan a nadie, aquel hombre que ha recobrado el habla no parará de contar a todos las maravillas del Señor realizadas en su vida.  

‘Todo lo ha hecho bien, dicen asombrados, hace oír a los sordos y hablar a los mudos’. ¿Podremos decir eso nosotros también? Aquel hombre dejó que Jesús pusiera sus manos sobre él, ‘le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua’, dice el evangelista. ‘Effeta (ábrete)’, le dijo Jesús. Lo necesitamos nosotros que tan encerrados en nosotros mismos andamos tantas veces. No son solo las limitaciones de nuestros sentidos, sino las limitaciones que ponemos en nuestro espíritu, en nuestras actitudes y posturas, en nuestras maneras de hacer las cosas, en nuestras rutinas, en tantas cosas en que nos sentimos adormilados y no somos sensibles de verdad a lo que sucede a nuestro alrededor.

Pero Jesús cuando nos suelta y nos libera de esas ataduras nos está poniendo en camino. Es la tarea de liberación que tenemos que realizar, que nuestro mundo necesita. ¿No decimos que Jesús nos envía a anunciar la Buena Noticia – el Evangelio – del Reino de Dios? Nuestro anuncio son los signos de liberación que nosotros tenemos que ir realizando.

‘Les dio poder para curar’, nos dice el evangelio cuando envía a sus discípulos y a los apóstoles. Lo que tenemos que realizar nosotros, abrir oídos, devolver la luz a los ojos, liberar de cárceles y opresiones, construir un mundo nuevo, ayudar a poner actitudes nuevas en el corazón y en la vida, hacer que la gente encuentre la verdadera libertad. Y no habrá diferencia de territorios sino que el envío es de carácter universal. Son tantas las señales que tenemos que dar. No podemos callar, tenemos que proclamar también nosotros las maravillas del Señor.

martes, 9 de julio de 2024

Dejémonos conducir como sordomudos que somos hasta Jesús para que ponga su mano sobre nosotros y nos sane abriendo nuestros oídos y nuestra vida

 


Dejémonos conducir como sordomudos que somos hasta Jesús para que ponga su mano sobre nosotros y nos sane abriendo nuestros oídos y nuestra vida

Oseas 8, 4-7. 11. 13; Salmo 113; Mateo 9, 32-38

Sordos, mudos, incomunicados; algunos por naturaleza, deficiencias que se convierten en dependencias, deficiencias que se van produciendo con el paso de los años que van produciendo también un aislamiento. Pero no siempre es la sordera o la incapacidad física, porque quizás muchas veces pudiera ser que seamos nosotros los que provocamos esa incomunicación.

El sordo y el mudo físico, vamos a decirlo así, tiene deseos de comunicarse, pero se le hace imposible porque no puede acceder a la forma de comunicación que tienen las personas que no tienen esa deficiencia. Bien sabemos la lucha que sostienen hoy en la sociedad para salir de esa incomunicación porque no se quieren sentir minusvalorados; sin embargo los oyentes, vamos a decirlo así, no siempre llegamos a comprenderlos y lo que hacemos es crear o mantener barreras. Pero tendríamos que pensar en esas otras formas de incomunicación que sin embargo muchos nos creamos en nuestro mundo.

El evangelio comienza hablándonos hoy de un endemoniado mudo que llevaron ante Jesús y Jesús lo curó causando admiración y alabanzas en la gente sencilla; algunos habrá, sin embargo que harán comentarios tergiversados queriendo romper el significado de aquel milagro realizado por Jesús. Jesus ha liberado a aquel hombre de un mal que había en su vida, su incomunicación porque es mudo y porque es sordo. La palabra endemoniado quiere expresar una posesión del mal, del maligno, del que Jesus quiere liberarlo, aunque no todos lo comprendan.

Pero puede ser una buena imagen para nuestras sorderas, para las incapacidades que nos creamos en la vida para comunicarnos con los demás. ‘Nos hacemos sordos’, es una expresión que muchas veces escuchamos refiriéndonos a quienes no quieren oír, no quieren escuchar. Oirán, porque lo sonidos de comunicación pueden llegar a sus oídos, pero no quieren escuchar, como se dice, se hacen sordos.

Y es algo que nos sucede más incluso de lo que pensamos; hay muchas maneras de no querer oír, no prestamos atención, no nos fijamos en quien nos habla, volvemos la espalda entretenidos en nuestras cosas cuando vemos que la situación podría complicarnos si nos llegamos a implicar, y mejor es no saber.

Pensemos en cuántas actitudes y posturas negativas mantenemos nosotros en nuestra relación y trato con los que nos rodean, las discriminaciones que hacemos de las personas, la autosuficiencia con que caminamos por la vida, porque nadie me va a enseñar a mi lo que tengo que hacer, la superioridad con que nos acercamos a los demás a los que consideramos unos pobres que nada nos pueden decir o enseñar… ¡cuánta cerrazón llevamos en el corazón!

¿Dejaremos que Jesús llegue a nosotros y toque nuestra vida para que comencemos un nuevo estilo y sentido de apertura hacia los demás? Claro que también tendríamos que pensar en qué medida estamos cerrando también nuestros oídos a Dios. Será la pasividad con que escuchamos la Palabra de Dios, será nuestra falta de humildad para dejarnos sorprender por la Palabra de Dios que llega a nosotros, será nuestra mente ida y puesta en otros sintonías mientras se nos proclama la Palabra de Dios en nuestras celebraciones, será esa razón crítica con que analizamos y juzgamos desde nuestras ideas preconcebidas lo que nos dice el texto sagrado, pero también los comentarios y reflexiones que nos ofrecen los ministros de la Iglesia.

¿Quién y cómo podrá presentarnos a Jesus para que nos cure abriendo nuestros oídos y nuestra vida?


jueves, 7 de marzo de 2024

Hemos de mantener una lucha constante para permanecer en la fidelidad del amor y no dejar que la malicia enturbie de nuevo el corazón

 


Hemos de mantener una lucha constante para permanecer en la fidelidad del amor y no dejar que la malicia enturbie de nuevo el corazón

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

Alguna vez habremos visto algo delante de nosotros y, aunque ha sido un hecho real y palpable, no un sueño ni nada imaginado, sin embargo hemos dicho no me lo puedo creer. Nos quedamos atónicos, sin saber qué decir, qué explicación podemos dar, pero no nos lo terminamos de creer. Algo que nos sorprende, inesperado, que no esperábamos en aquella situación, que no esperábamos de aquella persona y así nos quedamos sin palabras.

Estoy haciendo referencia a esto, en la que no hemos metido ninguna maldad por medio, pero parece que no siempre vamos con ese corazón limpio de malas intenciones; porque quizás por desconfianza que nos tenemos los unos de los otros, quizás porque hemos tenido quizás algún contratiempo con esas personas, quizás porque recordamos viejos enfrentamientos en nuestra relaciones vecinales o en nuestras relaciones laborales, hay personas, como decíamos, de las que desconfiamos, hay personas que no las miramos bien, hay personas a las que podemos ver realizar las mayores maravillas y las cosas más hermosas del mundo, a las que enseguida ponemos, como solemos decir, un pero; vemos segundas intenciones, vemos intereses ocultos que solo nosotros vemos por lo turbia que ya está de antemano nuestra mente, y si podemos quitarle el mérito se lo quitamos, si podemos desprestigiar en esas andamos, si podemos sembrar desconfianza en los demás ya nos estamos frotando las manos.

La malicia que se ha metido en nuestro corazón ya no nos deja ver la verdad y lo bueno. Reconozcamos que cosas así nos suceden a nosotros o las vemos en nuestro entorno con demasiada frecuencia; y no digamos nada cuando se meten las ideas políticas por medio con sus enfrentamientos.

Es lo que estaba sucediendo en torno a Jesús y de lo que nos habla hoy el episodio del evangelio. Jesús le ha hecho recobrar el habla a un mudo; el evangelista nos lo relata con el lenguaje propio de la época, pues nos habla de la expulsión de un demonio; en fin de cuentas siempre podemos decir que es la liberación de un mal, de una carencia que tenía aquella persona para expresarse y comunicarse con los demás. Eran los signos anunciados por los profetas y que en aquel texto de la sinagoga de Nazaret se nos recordarán.

Hay personas que saben ver la acción de Dios en aquella acción de Jesús y su reacción son las alabanzas a Dios como vemos tantas veces en el evangelio. Pero hay quien no quiere aceptarlo, no quieren ver lo que está sucediendo delante de sus ojos, no querían aceptar a Jesús. Y vienen las reacciones, como decíamos antes la ceguera, la desconfianza, el desprestigio, la intención oculta, etc… Ahora dicen que Jesús obra milagros expulsado demonios y lo hace con el poder del príncipe de los demonios, son las incongruencias en que caemos en la vida cuando nos ciega la malicia del corazón.

Pero Jesús querrá dejarnos un mensaje. Dejémonos purificar, pero cuidemos mantener esa pureza y esa santidad de nuestros corazones. Tantas veces vamos dando pasos en nuestra vida de superación, de crecimiento espiritual, tenemos momentos hermosos y llenos de fervor, pero si nos descuidamos pronto podemos caer de nuevo por la pendiente de la tibieza, de la frialdad de nuestros corazones dejando meter de nuevo el mal en nuestra vida. Es una lucha constante, es cierto, pero es el sabernos mantener en fidelidad al amor que hemos recibido para mantenernos siempre en el buen camino. Si nos descuidamos pronto vamos a darnos cuenta que en lugar de recoger buenos frutos con el Señor lo que estamos haciendo es desparramar esa gracia de amor que el Señor nos ha regalado.

Cuidado, nos dice Jesús, que el que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama. ¿Queremos caer por esa pendiente de nuevo dejando meter la malicia en nuestros corazones? ‘Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor y no endurezcáis el corazón’.

viernes, 9 de febrero de 2024

En un mundo de muchas comunicaciones vivimos quizás muy incomunicados con lo cercano a nosotros y necesitamos una mano que nos despierte de nuestras sorderas

 


En un mundo de muchas comunicaciones vivimos quizás muy incomunicados con lo cercano a nosotros y necesitamos una mano que nos despierte de nuestras sorderas

1  Reyes 11,29-32; 12,19; Sal 80; Marcos 7,31-37

¿Nos estaremos quedando sordos? Hay quienes hablan de que las estadísticas suben, que los sonidos fuertes y estridentes que se utilizan en muchas manifestaciones músico culturales pueden estar dañando nuestros oídos, que los cascos o los auriculares que se utilizan para escuchar música desde toda esa amplia gama de reproductores que cada vez se van multiplicando más – y no me atrevo a decir nombres porque creo que me he quedado obsoleto en el conocimiento de estos aparatos que cada vez se multiplican más – pueden estar llevándonos a una nueva generación de sordos o de personas que con los años van a tener muchos problemas con la audición. No es raro ya encontrarnos a muchas personas con audífonos para mejorar la audición, que hasta yo mismo ya tengo que llevarlo. Claro que están las sorderas congénitas, y como consecuencia en muchos también la imposibilidad de comunicarse mediante el lenguaje hablado. ¿Nos estaremos quedando sordos? Nos preguntábamos al principio.

Hay en nuestra sociedad que por otra parte va avanzando en muchas mejores ya va siendo normal el contemplar el uso del lenguaje de signos para aquellas personas que no pueden oír y que entonces realmente, como ha sucedido desde siempre, tienen una barrera casi infranqueable para comunicarse y para relacionarse con los demás. Duro es no poder oír, por esa incomunicación y también, por qué no decirlo, por la incapacidad para escuchar también tantas maravillas que nos puede ofrecer la naturaleza, o que el hombre con su capacidad artística puede crear. Muchas cosas se pueden derivar de todo esto. Porque quizás tendríamos que estarnos preguntando si acaso son solo esas las sorderas que  nos incomunican y que nos afectan a los hombres y mujeres de hoy.

Hoy el evangelio nos habla de que mientras Jesús iba atravesando la Decápolis en su vuelta desde la tierra de los cananeos o fenicios, como ayer contemplábamos también en el evangelio, se encuentra con que le presentan a un hombre sordo y que también era mudo para que Jesús lo curase. Hemos escuchado el relato que con sencillez nos hace el evangelista. Jesús que lo aparta de la gente – qué estridente es el barullo de mucha gente alrededor cuando se ha mermado la capacidad de la audición -, y tocando sus oídos y la lengua le dice: ‘Effetá’, ¡ábrete! Y sus oídos quedaron restablecidos. ‘Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente’.

Un signo más de la llegada del Reino. Los sordos oyen y los mudos pueden hablar. Lo que había anunciado Jesús en la Sinagoga de Nazaret con las palabras del profeta. Una buena nueva se anunciaba a los pobres y a los que sufren. Llegaba el tiempo de la liberación, llegaba el año de la gracia del Señor.

Un signo que tenemos que ver realizado también en el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. Las señales del Reino de Dios que han de manifestarse hoy. Porque el Reino de Dios es también para el hoy de nuestra vida. Unas nuevas señales que nosotros tenemos que dar. Unos oídos que tenemos que abrir, comenzando por la atención que con mayor intensidad tendríamos que dar en ese mundo de los sordos. Señales y pasos vamos dando hoy y ya los sordos no son los que se quedan a un lado en nuestras comunidades y en nuestras celebraciones, porque comenzamos a tener para ellos una atención especial, aunque mucho aun queda por hacer.

Pero más señales tenemos que dar en nuestro mundo, porque quizás muchas veces nos hacemos sordos para no escuchar lo que son los anhelos del hombre de hoy queriéndole dar una respuesta. ¿Seremos nosotros los que necesitamos ser curados? ‘No hay peor sordo que el que no quiere oír’ se suele repetir, sin darnos cuenta que quizás nosotros no queremos oír. Nos desentendemos, vamos a lo nuestro, nos encerramos en nuestras cositas.

Igual que muchas veces hemos contemplado esa imagen de un grupo grande de personas que están en un determinado lugar, o a acudido a alguna cosa, muchas veces incluso un encuentro familiar, pero los vemos todos incomunicados los unos con los otros, porque cada uno está con su móvil en la mano atendiendo a lo que en él pueda encontrar o recibir, pero no termina de ver ni de escuchar a la persona que tiene a su lado. Va, por ejemplo a visitar a la familia, pero no se comunica con la familia que tiene a su lado porque está en otra honda queriendo comunicarse con el que está lejos.

En un mundo de muchas comunicaciones vivimos incomunicados con los que tenemos a nuestro lado. Ya es terrible este hecho en si mismo, pero también tenemos que decir que es bien significativo de esa incomunicación que vivimos los unos con los otros, de esa sordera que nos hechos creado para no escuchar al que está a nuestro lado, mientras quizás queremos escuchar al que está al otro lado del mundo.

Cabría también reflexionar aquí de esa necesidad de abrir nuestros oídos para Dios, para escuchar su Palabra, para sentir la presencia de Dios en nuestro corazón. ¿No habrá también muchos bullicios de nuestro mundo que nos ensordecen para Dios? Necesitamos, es cierto, afinar nuestros oídos para escuchar mejor a Dios que nos habla en el corazón.

¿Necesitaremos esa mano que nos toque allá en lo más hondo de nosotros y nos diga también ‘effetá’ (¡ábrete!)?

viernes, 10 de febrero de 2023

Dejémonos tocar por la mano del Señor para abrir nuestra vida a su gracia, a una vida nueva

 


Dejémonos tocar por la mano del Señor para abrir nuestra vida a su gracia, a una vida nueva

Génesis 3, 1-8; Sal 31; Marcos 7, 31 - 37

‘Pero tú ¿estás sordo? ¿No estás oyendo lo que te estoy diciendo?’ Habremos dicho en alguna ocasión, o nos han dicho a nosotros porque no prestábamos atención a lo que se nos decía. Oíamos, sí, pero no escuchábamos. El sonido llegaba a nuestros oídos, pero no estábamos escuchando. También habremos escuchado en más de una ocasión aquello de que no hay peor sordo que el que no quiere oír, no quiere prestar atención. Tantas veces nos hacemos oídos sordos en la vida. No nos queremos enterar, no queremos saber, no queremos complicarnos.

Y no es ya que no prestemos atención a las cosas que se dicen, los comentarios que se hacen, es que no queremos saber de problemas, es que no queremos complicarnos la vida, es que no queremos meternos con sinceridad dentro de nosotros mismos para ver aquello que nos están señalando, aquello que sabemos que no es bueno, pero que no queremos saber, no queremos cambiar, no queremos escuchar. Y no oímos el consejo de un amigo, no escuchamos la recomendación que nos hacen nuestros padres, no prestamos atención a muchas señales que podemos ver en la vida que nos tendrían que hacer pensar, que nos harían tomar decisiones que no queremos tomar, que nos harían cambiar o mejorar, pero preferimos quedarnos así, es más cómodo, mejor, pensamos, dejarnos llevar por la rutina de lo de siempre.

¿Queremos abrir nuestros oídos? Quizás vamos al especialista en audición para que nos ponga unos aparatitos en los oídos, pero no acudimos a quien puede abrirnos los oídos de la vida para encontrarnos con la verdad de la vida, para encontramos con la  verdad de nuestra propia vida.

Hoy le llevaron a Jesús – todavía andan en los exteriores casi del territorio de Israel  - a un hombre que era sordo y apenas podía hablar. Hemos escuchado el relato del evangelio. Jesús se lo lleva aparte, le metió los dedos en los oídos y le puso saliva en la lengua y le dijo: ‘¡Effetá!, ¡ábrete! Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente’.

Por eso decíamos que tenemos que ir a quien nos abra los oídos. Tenemos que dejarnos conducir, tenemos que dejarnos hacer. Que Jesús llegue a nosotros también y toque nuestros oídos, nuestra lengua, nuestro corazón, nuestra vida. ‘¡Effetá! ¡Ábrete! Que se abran nuestros oídos, que se abra nuestro corazón, que salgamos de nuestras encerronas y de nuestras cobardías, que rompamos el ritmo de esa rutina, que nos despabilemos de una vez por todas y prestemos atención.

Quiero pensar en una cosa. ¿Cuántas veces hemos ido a la Iglesia, a Misa en la vida? ¿Cuántas veces ante nosotros se ha proclamado la Palabra del Señor? ¿La habremos escuchado? ¿Le hemos prestado atención o estábamos en nuestras cosas, en nuestros pensamientos, en la preocupación de lo que teníamos que hacer después? Hemos estado sordos y no lo hemos reconocido; hemos estado sordos y no hemos escuchado; hemos estado sordos y la Palabra que se nos ha proclamado no ha llegado a nosotros. Seguimos siempre igual, seguimos siempre con lo mismo y pocas señales damos de que vayamos cambiando. Nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra manera de hacer las cosas ha seguido siendo la misma. No escuchamos.

Estamos hablando de la escucha de la Palabra de Dios, pero podíamos pensar en muchas más cosas. Cómo es necesario que sepamos escucharnos unos a otros. Cuántos problemas se evitarían, cuánto aprenderíamos de los demás, cómo evitaríamos prejuicios y prevenciones ante los otros, cómo aprenderíamos a mirar con ojos nuevos y distintos a los demás descubriendo muchas cosas buenas y positivas, qué nuevas actitudes y posturas tomaríamos ante los otros. En muchas más cosas tendríamos que pensar.

Dejémonos tocar por la mano del Señor para abrir nuestra vida a su gracia, a una vida nueva.

viernes, 11 de febrero de 2022

Que se nos abran los oídos para escuchar la Palabra de Dios pero también para ir al encuentro con los demás y no hablemos distintos idiomas entre nosotros

 


Que se nos abran los oídos para escuchar la Palabra de Dios pero también para ir al encuentro con los demás y no hablemos distintos idiomas entre nosotros

1Reyes 11,29-32; 12,19; Sal 80; Marcos 7,31-37

No hay peor sordo que el que no quiere oír, dice el refrán castellano, pero en torno a lo de oír o no oír, escuchar o no escuchar son muchas las cosas que se reflejan en los dichos populares… para lo que hay que oír, dicen algunos, mejor nos quedáramos sordos. Pero por encima de esas consideraciones comenzaremos diciendo que es triste el que no puede oír. Que ante él se esté realizando una conversación y no pueda participar porque no puede escuchar lo que los otros dicen, es algo duro y triste. Con los avances de la técnica y de la ciencia son problemas que se van solventando dando alegría a muchos corazones cuando pueden percibir, por ejemplo, la voz de las personas amadas.

Queremos oír, es cierto; queremos escuchar, que no es solo saber de los demás sino que es en cierto modo un integrarse en la vida y en la comunión con los otros. Comunicarse es un paso importante en el camino de la comunión. Y la comunicación además tiene que ser mutua. Expresamos nuestros pensamientos con palabras y queremos percibirlas porque así estamos recibiendo de los demás, como nosotros también aportamos enriqueciendo la vida de los que están a nuestro lado con esa riqueza de pensamiento que sale no solo de la mente sino desde lo más hondo del corazón.

Aquí sí tendríamos que decir que hay muchas clases de sorderas, porque ya no es solo el sonido que entra por nuestros oídos transmitiéndonos a través de las palabras unos pensamientos, sino que significa o tiene significar la comunión que yo quiero tener con los demás. Y nos damos cuenta que en la vida nos ponemos barreras cuando con actitud egoísta y prepotente vamos por la vida queriendo imponer solo nuestras ideas.

Quien quiere imponerse no escucha, le molesta lo que los otros puedan expresar, se resiste al pensamiento distinto que puede ser enriquecedor. Cuántas veces en nuestras conversaciones no entramos en esa fluidez del diálogo porque en lugar de escuchar solamente estoy pensando en lo que yo le voy a decir al otro, con lo que yo quiero oponerme al otro. Triste conversación que no lleva a un verdadero diálogo que significaría un enriquecimiento mutuo.

Jesús, que como dice la Escritura Santo, pasó por el mundo haciendo el bien, hoy le contemplamos en el evangelio curando a un sordomudo. ‘Le presentaron un sordo que además apenas podía hablar’, comenta con cierto detalle el evangelista. Y es bien significativo ese detalle. Sabemos que hay mudos que lo son porque nunca escucharon sonidos en sus oídos y no pudieron aprender como articular sus propios sonidos para expresarse. Problemas físicos y de limitaciones sensoriales, es cierto, pero que nos están denotando todo ese problema de comunicación de lo que no veníamos refiriendo. ‘Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos’, termina reconociendo la gente.


¿Será acaso lo que nosotros necesitamos? Muchas veces apenas sabemos hablar pero quizá el gran problema es que no sabemos o no queremos escuchar. ‘Effetá’ nos viene a decir Jesús para abrir nuestros oídos y pero para abrir también rectamente nuestros labios. Una referencia primera a la escucha de la Palabra de Dios, es cierto. Por eso queremos dejarnos inundar por el Espíritu de Jesús para que podamos escuchar, para que podamos entender, para que podamos llegar a plantar en nuestro corazón esa Palabra de Dios que se nos dice, que se nos proclama. Bien lo necesitamos.

Pero ¿no tendríamos que pedirle también que nos abra los oídos para ir al encuentro con los demás? Es un aspecto muy importante. Cuánto necesitamos escucharnos, comunicarnos, entendernos. Qué distintos son los idiomas que hablamos en algunas ocasiones en nuestra relación con los demás.

domingo, 5 de septiembre de 2021

Andamos con demasiados miedos y desconfianzas en la vida pero hemos de saber dar más señales de humanidad para poder hacer una humanidad mejor

 


Andamos con demasiados miedos y desconfianzas en la vida pero hemos de saber dar más señales de humanidad para poder hacer una humanidad mejor

Isaías 35, 4-7ª; Sal. 145;  Santiago 2, 1-5;  Marcos 7, 31-37

El mundo está necesitando de gestos proféticos; no son grandes palabras, grandes discursos lo que necesitamos porque a eso nos acostumbramos y al final no las oímos; gestos que nos despierten, gestos que nos hagan ver otras posibilidades, que nos inquieten pero que también en medio de las sombras nos hagan ver la luz. Un golpe dado sobre la mesa de manera contundente nos hace prestar más atención quizás que las palabras bonitas y persuasivas que nos puedan estar diciendo por los altavoces. Algo tiene que llamarnos la atención y hacer que nos despertemos de esa vida amorfa y anodina que estamos viviendo cada día. Aunque antes dije un golpe, quizá un pequeño detalle, un gesto sencillo nos puede hacer mejor pensar y despertar.

El mundo se nos vuelve convulso con nuestras prisas y con nuestros agobios, nos suceden cosas que nos inquietan y nos hacen perder el rumbo como toda esta situación que últimamente hemos ido viviendo, pero es que tampoco el estilo de vivir que teníamos era mejor, porque parecía que cada uno solo miraba por sí mismo y se desentendía de los demás, quizás no estábamos preparados para lo que se nos vino encima y no sabemos cómo salir adelante; vamos como ciegos y sordos por los caminos de la vida buscando algo y no terminamos quizá de encontrarlo.

Hoy nos ha dicho el profeta: ‘Decid a los inquietos: Sed fuertes, no temáis. ¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará’. Y hablaba de unas señales, los ciegos que recobran la vista, los oídos de los sordos que se abren, la lengua del mudo que comienza a cantar y los cojos que saltan como los ciervos. ¿Cuáles son esas señales, esos signos hoy?

El Evangelio que escuchamos nos viene a dar esa señal. Jesús caminaba por tierra de gentiles, venía de Fenicia, Tiro y Sidón y va atravesando la Decápolis. Y es allí donde le presentan un sordomudo para que lo cure. Y aquí vienen los signos y los gestos de Jesús.

En esta ocasión Jesús se ha detenido junto a aquel hombre, incluso lo toma de la mano y lo lleva a un lugar más apartado; no importa que no sea judío, están en tierra de gentiles, pero allí hay un hombre que sufre porque no oye y apenas puede hablar. Y Jesús sencillamente va a poner su mano sobre él tocando sus oídos y su lengua. Ya hemos escuchado muchas veces como entre los judíos evitaban tocar todo aquello que les pudiera volver impuros, pero Jesús no teme tocar los oídos y los labios de este hombre incluso con su saliva. Y será su palabra ‘¡Effetá!’ (Ábrete) lo que liberará a aquel hombre para que pueda oír, para que pueda hablar. Todo el episodio tiene el valor de un gesto profético que nos anuncia un mundo nuevo, un nuevo sentido de vivir.

Decíamos al principio que el mundo necesita gestos y señales proféticas que nos despierten para algo nuevo y distinto. Quienes nos dejamos iluminar por la luz del evangelio tenemos una responsabilidad muy grande. Primero porque hemos de dejarnos sorprender por esas señales que Dios va poniendo en nuestro camino; Jesús nos sale al paso de muchas maneras en la vida, estemos donde estemos, sea la que sea la situación que vivamos. Hemos de estar atentos a esas señales, porque podemos encontrar muchas cosas hermosas y enriquecedoras en las personas que están a nuestro lado o con las que nos cruzamos en los caminos de la vida; no siempre sabemos descubrir lo bello y lo positivo que los demás pueden ofrecernos y hemos, pues, de saber estar atentos.

Pero es que también nosotros podemos ser signos para los demás, tenemos que ser signos para los demás. No necesitamos quizá hacer grandes cosas sino sencillamente sabernos detener junto al que está al borde del camino y tender nuestra mano, como vemos que hizo Jesús en este texto del evangelio que estamos comentando.

¿Qué sabes del sufrimiento o de las alegrías de las personas que están cerca de ti? Vivimos muchas veces unos al lado de los otros, pero no nos enteramos; quizá nos extrañe una reacción determinada en algún momento, pero no sabemos cual es la situación por la que está pasando. Nos detenemos a hablar de cosas insulsas o siempre quejándonos de lo mal que anda nuestro mundo, pero no prestamos atención al que está al lado de nosotros. Ese detenerse de Jesús junto a aquel hombre e incluso llevárselo aparte para estar con él puede ser un buen signo que nosotros tengamos que aprender a realizar. Y así podíamos pensar en muchas más cosas.

Andamos con demasiados miedos y desconfianzas en la vida; ahora con la disculpa de los contagios quizás nos hemos encerrado más y hasta nos hemos vuelto más inhumanos. Pues hay que dar señales de humanidad para que podamos hacer una humanidad mejor. ‘¡Effetá!’ nos está diciendo Jesús, para abrir nuestros oídos y nuestro corazón para ayudar a que también los demás puedan escuchar esa palabra de Jesús. Y, no lo olvidemos, nosotros tenemos que ser esas señales que el mundo está necesitando.

 

jueves, 11 de marzo de 2021

Decir que Dios es el Señor de nuestra vida significa que la construimos desde unos valores que nos trasmite el evangelio que llamamos el sentido cristiano de la vida

 


Decir que Dios es el Señor de nuestra vida significa que la construimos desde unos valores que nos trasmite el evangelio que llamamos el sentido cristiano de la vida

Jeremías 7,23-28, Sal 94, Lucas 11,14-23

En la vida social y política de un pueblo nos vamos encontrando con diversas manifestaciones u opiniones de cual es el concepto que nosotros tenemos de sociedad y conforme a ello cual sería el sentido que le quisiéramos dar a esa sociedad. Queremos crear una asociación, por ejemplo, y hemos de tener claro que es lo que pretendemos, cuales son sus fines y sus objetivos, que queremos aportar con esa asociación a la sociedad en la que vivimos y nos sentimos integrados; y quienes pertenecen a esa asociación tienen que estar bien imbuidos en esos principios con que la hemos constituido.

Decimos de una asociación, como decimos de la sociedad en su conjunto, y vienen las ideas, las proposiciones cada uno según aquello desde lo que cree que se debe constituir la sociedad; movimientos de opinión, partidos políticos que desde sus principios tienen una idea del estado, opiniones desde la vida cultural, o cada uno según sus propias ideas. Y es bueno que tengamos claras las ideas en este sentido, aunque nos parezca que estamos hablando de política, pero estamos hablando mejor de lo que consideramos lo mejor para nuestra sociedad.

Pero esta previa reflexión que quizá se necesitaría ahondar en muchas cosas muy concretas, sin embargo la expreso ahora casi como un ejemplo para que lleguemos a entender bien lo que ha de significar el evangelio para el cristiano. Hablamos mucho de evangelio, de valores evangélicos, del Reino de Dios y no sé si siempre los cristianos lo tenemos claro. Al hablar del Reino de Dios no sé cual es la idea que podamos tener en la cabeza, porque se nos puede quedar como en una institución o una idea que poco tiene que ver luego con lo que es la vida nuestra de cada día. Y de ello nos está hablando Jesús continuamente en el evangelio.

¿Qué significará decir Reino de Dios? ¿Qué significará nuestra pertenencia al Reino de Dios? ¿Algo así como a una asociación a la que nos apuntamos como podemos apuntarnos a otras cosas? En cuantas cosas nos apuntamos simplemente para figurar en una lista pero sin ninguna repercusión en la vida. Pues hablar del Reino de Dios no lo podemos mirar así, una lista a la que nos apuntamos y que acaso nos obligue a asistir en alguna ocasión a algún acto. De ninguna manera, podemos pensar así.

La palabra misma nos lo dice, Reino de Dios. ¿Qué significa? ¿Tendrá que ser un reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida? aquí hay algo muy importante que tenemos que tener muy claro.

Hoy Jesús en el evangelio curó a un hombre que era mudo, y en la expresión muy propia del evangelio de aquellos tiempos, nos habla de la expulsión de un demonio de un hombre que era mudo. Era como decir que el maligno se había apoderado de aquel hombre y el mal se estaba manifestando en que no podía hablar, en la limitación de no poder hablar, de ser mudo. Y Jesús lo libera de aquel mal.

Ya decimos muchas veces que los milagros de Jesús son signos, signos de la liberación profunda que quiere realizar en nosotros y no es solo el mal de una limitación física o una enfermedad lo que Jesús quiere realizar en nosotros sino una transformación total de nuestra vida viéndonos liberados del mal más profundo que puede afectar a la persona.

Al escuchar el evangelio vemos que se originó una controversia con aquellos que no reconocían el poder de Jesús y que le achacan lo que hace al poder del príncipe de los demonios. No entramos demasiado en ello ahora en estos momentos. Pero Jesús termina aclarándonos que sin con dedo de Dios, el poder de Dios El está liberándonos del maligno, es señal de que el Reino de Dios ha llegado a nosotros.

Queremos vivir el Reino de Dios, queremos vernos liberados del mal, queremos que el mal nunca se enseñoree de nuestra vida; de cuantas cosas nos sentimos atados, cuantas cosas nos oprimen y nos quitan la libertad, cuantas cosas dejamos meter en nuestra vida enseñoreándose de nosotros y no dejando que sea Dios en verdad el único Señor de nuestra vida.

Pero cuando decimos que Dios es el Señor de nuestra vida significa que esa vida que vamos construyendo la hacemos desde un sentido, desde unos valores; es lo que decimos que nos trasmite el evangelio, es lo que llamamos el sentido cristiano de nuestra vida, porque es el sentido de Cristo, el sentido de Jesús. Significará entonces cómo tenemos que parecernos a Jesús, hacer las cosas según su sentido y su estilo, dejarnos impregnar de su amor.

Era lo que tanto les costaba a los discípulos cuando seguían obsesionados en los primeros puestos, cuando no habían entendido el sentido del servicio en la vida, cuando les era tan difícil aceptar aquella entrega de amor que Jesús les anunciaba que iba a realizar con su subida a Jerusalén. Si somos seguidores de Jesús no son otros los valores que tengamos que vivir, si nos decimos miembros del Reino de Dios es el sentido que hemos de darle a nuestra vida. Ojala escuchemos la voz del Señor.

viernes, 12 de febrero de 2021

Dejemos que Jesús toque nuestro corazón para ser ese hombre nuevo que saber ir siempre al encuentro de los demás rompiendo tantas barreras de incomunicación

 


Dejemos que Jesús toque nuestro corazón para ser ese hombre nuevo que saber ir siempre al encuentro de los demás rompiendo tantas barreras de incomunicación

Génesis 3,1-8; Sal 31; Marcos 7,31 37

Vivir incomunicados es una oscuridad muy grande que se abate sobre la vida y nos paraliza. En muchos grados, en muchas clases de incomunicación podemos fijarnos y a cada cual más paralizante. ¿Qué nos ha pasado en este año que llevamos de confinamientos, de limitación de movimientos, de encierros en casa y todo lo que han significado las consecuencias de la pandemia que estamos viviendo? Como decíamos, parece que nos encontramos paralizados; aunque hoy no nos faltan otros medios para relacionarnos con los demás nos ha faltado ese contacto directo con familiares, con amigos, con vecinos, con compañeros de trabajo, con todas esas personas con las que habitualmente nos relacionamos.

Cuánto hemos ansiado poder encontrarnos, poder vernos, poder darnos un abrazo, poder sentir esa cercanía del amigo, del ser querido; parece que nos ha faltado su olor, el sonido de sus pasos, su silueta que éramos capaces de soñarla en la lejanía. Y he querido comenzar fijándonos en esta incomunicación que se nos ha impuesto, pero cuando hablamos de incomunicación podemos hablar de muchos aspectos, de muchas formas de incomunicación que podemos llevar impuestas, como cargadas sobre nosotros, o que muchas veces de manera malévola podemos imponernos unos a otros.

En esas cargas que nos limitan la comunicación y la relación podemos pensar, y es en la mayoría de la veces en lo primero que pensamos, en esas limitaciones de nuestros sentidos o de los órganos de nuestro cuerpo. Será el invidente, como podemos referirnos también al sordomudo; cuántas sombras se abaten sobre su vida y ahora es no porque nos lo impongamos nosotros para impedir otros males peores, sino que ha sido la naturaleza la que ha producido esas limitaciones en nuestra vida.

Pero claro podemos pensar en las limitaciones que nos imponemos los unos a los otros, cuando por ejemplo nos aislamos, y no es que nosotros busquemos para nosotros mismos el aislamiento, sino cuando queremos aislar a los demás; barreras que nos interponemos los unos a los otros con nuestras discriminaciones, o con nuestros juicios que condenan a los demás; de muchas forma producimos ese aislamiento cuando nos negamos la palabra, el pan o la sal de nuestras relaciones bien porque nosotros nos subimos sobre pedestales para distinguirnos de los demás, o bien cuando marcamos a los otros dejándolos al borde del camino de la vida con nuestro desprecio o nuestras minusvaloración.

El evangelio nos ha hablado de un sordomudo que apenas podía hablar y uno tiene que considerar lo duro que tendrá que ser para una persona que no pueda expresarse y comunicarse con los demás; porque ni oímos lo que los otros quieran o puedan decirnos ni podemos hablar para decir al otro y comunicar nuestro pensamiento o nuestros deseos. No vamos a pensar cuánto se haya logrado hoy día con el lenguaje de los signos a través de los cuales se comunican los sordomudos, porque no es una posibilidad para todos y porque para llegar a esa comunicación hay que hacer un recorrido muy largo.

Un mundo de incomunicación que nos paraliza; confieso que cuando me encuentro con una persona que sufre esta limitación yo también me siento paralizado por no poder expresarme de manera que el otro me pueda entender. Por eso he querido extender ese campo de incomunicación que muchas veces nos creamos entre unos y otros. Porque bien sabemos cuántas pasiones llevamos dentro de nosotros que nos hacen actuar de manera que hacemos daño a los demás y así vamos creando barreras y aislamientos entre nosotros. Hoy en un mundo de muchas palabras, grande sin embargo es la incomunicación que nos hemos creado entre unos y otros. Ya no son las limitaciones de la propia naturaleza sino que somos nosotros los hacemos ese mundo de sordos en que no nos queremos escuchar.

Hay algo hermoso que nos da esperanza en el texto del evangelio, sin dejar de decir que el evangelio siempre es esperanza para el creyente. En este caso es la intercesión de la gente por este sordomudo. Le pedían a Jesús que le impusiese su mano para curarlo.

Jesús también llega a nosotros y nos dice ‘Effetá’ para abrir nuestros oídos y nuestros labios, para abrir nuestro espíritu y nuestro corazón, para hacer que abramos las puertas de la vida a los demás o para que nosotros salgamos de nuestro encierro, de nosotros mismos para ir al encuentro de los otros. Pensemos cada uno lo que necesitamos abrir porque hay muchas cosas cerradas que nos incomunican en nosotros. Cuántas cosas siguen paralizándonos, llenándonos de oscuridad, creando barreras, distanciándonos de los otros. Dejemos que Jesús toque nuestro corazón para ser ese hombre nuevo que saber ir siempre al encuentro de los demás.

martes, 7 de julio de 2020

Diferentes perspectivas nos pueden llevar a un mundo airado y de enfrentamiento pero sepamos aunar nuestra visión para ver cuánto de bueno podemos hacer


Diferentes perspectivas nos pueden llevar a un mundo airado y de enfrentamiento pero sepamos aunar nuestra visión para ver cuánto de bueno podemos hacer

Oseas 8, 4-7. 11. 13; Sal 113; Mateo 9, 32-38
Pudiera sucedernos que estuviéramos contemplando la misma cosa, el mismo hecho, pero no estuviéramos viendo lo mismo. La perspectiva desde donde lo miremos nos cambia el ángulo de visión y uno podrá estar viendo una lado que el otro no ve; esto que desde esa visión natural, desde esa perspectiva natural parece no tener mucha importancia sin embargo ante los acontecimientos de la vida, el actuar que los hombres vamos haciendo en la historia puede hacernos dar un cambio de visión mucho más radical.
Nuestras perspectivas pueden ser las ideologías, nuestra manera de pensar o de la forma que tenemos de ver las cosas, nuestros intereses particulares, los prejuicios que tengamos de antemano y de los que no nos liberamos tan fácilmente motivan esas diferentes maneras de ver la vida y hasta los enfrentamientos que podemos tener. No digamos nada cuando entran en juego nuestras opciones políticas, o cuando entran en juego nuestras expectativas económicas con todos los intereses asociados.
Hoy contemplamos en el evangelio como han llevado a un hombre poseído por un espíritu maligno que le impedía hablar. Jesús le libera de su mal y aquel hombre comienza a hablar; pero aquí vienen las distintas reacciones, mientras la gente sencilla que hay contemplado el hecho alaba y bendice al Señor por las maravillas que realiza Jesús, por su parte los fariseos llenos de malicia que no quieren admitir la obra de Dios en lo que Jesús realiza blasfeman diciendo que Jesús ha expulsado el espíritu maligno por obra del príncipe de los demonios. La gente sencilla que tiene el sentido de Dios sabe descubrir las maravillas del Señor, pero quienes tienen lleno su corazón de malicia y maldad todo lo verán desde la negrura de su espíritu.
Nos hace falta esa mirada limpia, necesitamos quitarnos esas lentes que nos ponemos en la vida y que nos distorsionan lo que vemos. Cuando nos pasa en nuestras relaciones con los demás, cómo nos cuesta aceptar lo bueno que hace el otro, siempre parece que tenemos que poner una objeción pero impulsados quizá por la malicia y la desconfianza que hay en el corazón. Son los enfrentamientos y las luchas que tenemos en la vida de cada día, es el que no querer respetar lo bueno de los otros, es el creemos tan engreídos que nosotros solos sabemos hacer las cosas y los demás no saben, es el espíritu desconfiado que nos lleva a la destrucción y a la ruptura, porque son las rupturas que nos creamos entre nosotros, los distanciamientos y la malicia que ponemos en nuestro corazón.
Y cuidado nos contagiemos de ese virus, porque vivimos en la sociedad en una continua tensión y las violencias se nos meten fácilmente en nuestras palabras y en nuestros gestos. Pareciera que tenemos que estar siempre airados y gritándonos unos a otros, no sabemos tener serenidad en nuestro espíritu para hacer las reclamaciones que quizá tenemos que hacer, porque es lógico que en la sociedad queramos las cosas mejor, pero seamos capaces de ver también los puntos de vista de los demás, busquemos el diálogo y el encuentro, pero desde la ira y la violencia difícilmente podremos llegar a ese necesario entendimiento que necesitamos en nuestra sociedad.
El evangelio de hoy nos daría para más consideraciones porque cuando Jesús ve aquella multitud que le busca y que le sigue, que se encuentran desorientados y como ovejas sin pastor nos está pidiendo que no nos podemos cruzar de brazos ni quedarnos solo en lamentaciones. Es nuestra tentación y la manera fácil que tenemos muchas veces de actuar, quedarnos en llantos y lamentaciones.
Nos enseña a rogar al dueño de la mies que envíe operarios a su mies, pero nos pide también que nos arremanguemos y nos pongamos manos a la obra, que seamos capaces de ir al encuentro de los demás con nuestro mensaje de paz y que busquemos ese entendimiento y esa armonía que tanto necesitamos para entre todos hacer que nuestro mundo sea mejor. Que vayamos encontrando esa perspectiva, como decíamos al principio, donde veamos lo bueno que podemos hacer, el respeto a la acción de los demás y la colaboración que a todos nos enriquece.

jueves, 28 de marzo de 2019

Que aprendamos a tener una mirada limpia, arranquemos de nuestro corazón la malicia, abramos nuestro espíritu a todo lo bueno que podamos descubrir en los demás


Que aprendamos a tener una mirada limpia, arranquemos de nuestro corazón la malicia, abramos nuestro espíritu a todo lo bueno que podamos descubrir en los demás

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23
‘Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo’. Acababan de ser testigos de un milagro. Un mudo había sido curado; según el sentido que aquella gente tenia de la enfermedad era un mal, un signo del dominio del maligno sobre la persona; por eso con frecuencia vemos que a los enfermos los llamaban endemoniados, poseídos por un espíritu inmundo.
Jesús había curado a aquel hombre que no podía antes hablar y habría recobrado la posibilidad de hablar. Pero siempre hay quien hace sus interpretaciones interesadas, por eso dirán que Jesús expulsa los demonios con el poder del demonio. Incomprensible. Jesús les habla de un reino dividido que no se puede sostener, pero no terminan de comprender por eso piden más signos del cielo.
También nosotros pedimos pruebas en tantas ocasiones; andamos muy preocupados de que el Señor nos ayude y nos libere de esos males, esas situaciones difíciles con las que nos tropezamos por la vida, y parece que como si toda nuestra fe dependiera de ese milagro que el Señor haga en nosotros. Y no terminamos de ver tantos signos de la presencia de Dios en nuestra vida. ¿Nos habremos contagiado del espíritu del mundo que nos rodea que también está pidiendo pruebas y señales para creer? ¿Nos habremos contagiado de ese espíritu de desconfianza, o lo que es peor de esa malicia para no saber descubrir lo bueno o hacer nuestras interpretaciones sesgadas?
Que aprendamos a tener una mirada limpia, que arranquemos de nuestro corazón esas malicias, que abramos nuestro espíritu a todo lo bueno que podamos descubrir en los demás. Así veremos los signos que Dios va poniendo a nuestro lado en el camino de la vida. Sepamos ver esas cosas pequeñas y sencillas que van sucediendo a nuestro lado, que podemos descubrir en los que son pequeños y humildes. Son tantos los signos de ese Reino de Dios que se va realizando a nuestro lado y que tenemos que sentir también dentro de nuestro corazón.
Esa mirada limpia como la de un niño, pero que podemos descubrir en tantas personas que van sin malicia por el mundo; esa sonrisa que nos llega al alma y nos contagia de ilusión y de esperanza porque a pesar de todo en el mundo se puede sonreír; esa mano tendida que tantos ofrecen a los sufren a su lado porque saben escucharlos o simplemente estar allí; esas personas buenas que comparten lo poco que tienen pero que lo hacen con generosidad; esa gente que es capaz de sacrificarse comprometiéndose en tantas tareas sencillas pero que hacen más amable nuestro mundo, más humano y que nos llena de esperanza de que puede hacerse un mundo mejor.
Podríamos seguir en una lista interminable y yo te invito a que te detengas un poco en lo que estés haciendo y te pongas a pensar en tantas cosas buenas que cada día suceden a tu lado y de las que casi no nos damos cuenta o no les prestamos atención, pero que merece la pena contemplarlas, porque nos hacen confiar en las personas, y nos hacen confiar en que podemos hacer un mundo mejor.
Son muchas las señales que Dios va dejando de su paso a nuestro lado y que se hace presente en tantas personas buenas y sencillas de corazón humilde.