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lunes, 31 de julio de 2023

Aprendamos a seguir los ritmos del Reino de Dios que arranca de las cosas pequeñas y como levadura hará a su tiempo fermentar nuestro mundo

 


Aprendamos a seguir los ritmos del Reino de Dios que arranca de las cosas pequeñas y como levadura hará a su tiempo fermentar nuestro mundo

Éxodo 32 15-24.30-34; Sal 105; Mateo 13, 31-35

¿Por qué no hemos de reconocerlo? Todos cuando nos ponemos a soñar, soñamos con cosas grandes, cosas importantes, cosas que llamen la atención. Sentimos un no sé dentro de nosotros cuando vemos el éxito de los demás, que lo que realizan es muy valorado y tenido en cuenta, que quizás han realizado cosas grandes que nos hubiera gustado hacer a nosotros, y por eso al menos nos quedamos con nuestros sueños.

Bajándonos de los sueños, cuando hacemos nuestras programaciones de lo que podríamos hacer, de lo que es un plan para nuestra empresa o en la tarea cualesquiera que sea que nosotros realizamos, nos queremos programar a lo grande, realizar muchas cosas y muchas cosas importantes. Pero, ¿nos daremos cuenta de que esas cosas tan maravillosas que ahora vemos, o que nos programamos, tienen siempre que comenzar de abajo, por cosas que en la grandiosidad de la obra hasta olvidamos, pero que fueron cosas pequeñas en principio sobre lo que poco a poco se fue creciendo?

Es como nos propósitos que nos hacemos tantas veces cuando queremos hacer un cambio en nuestra vida. Nos decimos de ahora en adelante no haré ni esto ni lo otro, y ya estamos pensando en tantas cosas nuevas y distintas que vamos a hacer. Esos grandes propósitos de grandes cosas, a pesar de lo grande, se los lleva el viento.

Hoy Jesús cuando nos habla del Reino de Dios nos está enseñando a saber comenzar por lo pequeño. Cuando pensamos en el Reino de Dios y cuando pensamos hoy en la Iglesia querríamos una Iglesia triunfadora, una iglesia que hace grandes cosas, una iglesia que se hace respetar por todas esas maravillas que decimos que tiene que hacer. Pero la realidad de la Iglesia tenemos que vivirlo en lo pequeño, la realidad de la Iglesia parte de cada uno de nosotros que en nuestra pequeñez tenemos que aprender a hacer cosas pequeñas, que nos pueden parecer insignificantes, pero que son las que están de verdad construyendo el Reino de Dios.

Por eso hoy Jesús nos habla de la mostaza, una semilla pequeña e insignificante, que no va a producir un árbol grande, cuando más un pequeño arbusto, pero que será capaz hasta de albergar el nido de un pajarillo; y nos habla de la levadura que prácticamente es un polvo, una harina por explicárnoslo de alguna manera que ha de mezclarse y prácticamente desaparecer en la masa pero que la hará fermentar, y para eso tiene también su tiempo, para lograr el efecto deseado.

Hacernos grano de mostaza, hacernos levadura que se disuelve en la masa, así comenzamos la tarea de la construcción del Reino de Dios. Partimos de algo tan sencillo y tan humilde como es un acto de fe. Un acto de fe que nos abaja de nuestros pedestales para ponernos humildemente en la manos de Dios; un acto de fe que, en cierto modo, es como voto de confianza que estamos dando a Dios (aunque esto que estoy diciendo nos parezca muy atrevido); pero hablamos de la obediencia de la fe, hablamos del reconocimiento de la grandeza de Dios y de su amor que será lo que en verdad luego nos hará a nosotros grandes. Ponemos nuestra confianza en Dios, es cierto, porque hemos sentido su amor sobre nosotros.

Pero comenzamos a fiarnos y a dejarnos conducir; comenzamos a fiarnos y vamos a ir comenzando a poner pequeños gestos y detalles de fe y de amor; esa fe que ponemos en Dios nos hace creer en el hombre, nos hace confiar en la persona y por eso comenzaremos a amar, a manifestar nuestro amor – que es dar las señales del Reino de Dios en nosotros – a través de esos pequeños gestos de cercanía, de ternura, de amor que vamos a poner en los demás.

La semilla germina, y tiene su tiempo para germinar, y poco a poco irá brotando esa planta que luego irá creciendo poco a poco. Tenemos que saber esperar. Eso que en el mundo en el que vivimos de todo automático ya no sabemos tener, paciencia. Todo lo queremos de forma automática, si el ordenador no nos responde tan deprisa como nosotros queremos, nos desesperamos; si el teléfono móvil se nos pone lento, ya queremos eliminarlo y buscar otro que sea más rápido.

Pero el crecimiento siempre es lento, tiene su tiempo. No podemos hacer que un niño de dos años, tenga ya la madurez de un adulto de cuarenta. Hemos de dejarlo crecer, hemos de saber esperar sus propias etapas de crecimiento y de maduración. Así nos sucede con el Reino de Dios, tiene sus tiempos, que son los tiempos de Dios, que no es el automatismo que nosotros queremos dar; así es el camino de la Iglesia, el camino de la transformación de nuestro mundo por la levadura del evangelio.

¿Aprenderemos a seguir los ritmos del Reino de Dios que arranca de las cosas pequeñas y como levadura tiene que hacer fermentar nuestro mundo? Nos enseña también a respetar el ritmo de las personas que tienen su tiempo para crecer y para madurar.

jueves, 30 de diciembre de 2021

Lo que nos parece imperceptible, lo que se hace en silencio puede convertirse en un grito como lo fue la profetisa Ana y el silencio de Nazaret

 


Lo que nos parece imperceptible, lo que se hace en silencio puede convertirse en un grito como lo fue la profetisa Ana y el silencio de Nazaret

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40

Todos conocemos esas personas que hay en nuestros pueblos, muchas veces alrededor de nuestras iglesias, que pasan desapercibidas, que parece que no hacen nada, pero que están atentas a cualquier problema o necesidad y quizás casi sin que nadie lo note se acercan a quien quizá pudiera ayudar o hacer algo para hacer una sugerencia; son personas también que, como decíamos, podemos ver en el entorno de nuestras iglesias, personas muy piadosas, de práctica religiosa diaria, pero a quienes quizás no somos capaces de valorar, porque incluso en nuestros lenguajes decimos son las beatitas del pueblo que lo que hacen es rezar. Y nos equivocamos de todas todas en esa poca valoración que hacemos de esas personas, porque muchas veces son un pilar muy fuerte – con su beaterio o como lo queramos llamar – de muchas cosas que se realizan y que nadie sabe quien las hizo.

He querido comenzar haciéndome esta consideración – porque además muchas veces somos injustos con esas personas – contemplando lo que nos ofrece hoy el evangelio. Es continuación del que ayer escuchábamos y de alguna manera hicimos en nuestro comentario referencia a esta persona que aparece de manera especial hoy en el evangelio.

Ayer destacábamos la profecía de aquel anciano que es capaz de descubrir en aquel niño presentado en el templo por unos padres pobres al que venía a ser el Salvador esperado. Y hoy nos aparece este otro personaje, una anciana, viuda, con muchos años alrededor del templo desde que quedó viuda y que cuantas cosas en silencio habría realizado en servicio de los peregrinos que subían al templo a la oración y al culto, y que ahora se une al cántico de alabanzas de Simeón porque ella también reconoce en aquel Niño al que venía como luz y como salvación para todo el pueblo. La veremos silenciosamente deslizándose entre la gente para hablarles de aquel niño a todos los que esperaban la futura liberación de Israel. Son los ojos de la fe, pero es el corazón siempre dispuesto al servicio lo que contemplamos en aquella anciana; es la esperanza que ya ella ve también cumplida como el anciano Simeón y no se cansará de anunciar a todo quien quiera escucharla.

Es el testimonio de una mujer creyente y entregada; es el testimonio de la persona valiente, aunque poco pudiera ser considerada por quienes la contemplaban todos los días en los alrededores del templo, pero que ahora anuncia sin cesar quien es aquel niño. Aquí es cuando nosotros tendríamos no solo que valorar esas personas que nos parece que pasan desapercibidas, sino aprender también a dar ese testimonio valiente de nuestra fe y de nuestra esperanza. Profetiza solemos llamar a esta anciana que también parece que pasa desapercibida por el evangelio porque de ella no se volverá a hablar, pero nos recuerda nuestra misión también profética en medio del mundo para el anuncio de Jesús y el anuncio del Evangelio.

Y va concluyendo de alguna manera el evangelio de la infancia de Jesús, porque ahora ya se nos dice que marcharon de nuevo a Galilea y se establecieron en Nazaret. Y Jesús estaba con ellos formando parte de aquella familia de Nazaret. ‘El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él’.

Jesús, un niño más entre los niños que habría entonces en aquel pequeño pueblo. Jesús que igualmente pasaría desapercibido como uno más entre los habitantes de Nazaret; de El dirán más tarde que era el hijo del carpintero; todos los conocían como se conocen todos los habitantes de un pequeño pueblo. Pero ‘la gracia de Dios estaba con El’, como nos dice el evangelista. Crecía y maduraba como crecemos todos, puesto que aunque era el Hijo de Dios precisamente se había querido hacer hombre, uno como nosotros para ser en verdad Dios con nosotros, haciendo nuestros mismos caminos, realizando las mismas etapas de la vida que todos tenemos que recorrer.

Algunas veces nos puede parecer incomprensible este tiempo de silencio y a lo largo de la historia y sobre todo en los primeros tiempos por una piedad no siempre bien entendida se ha querido contar o inventar hechos milagrosos realizados por el Jesús niño, como nos quisieron trasmitir aquellos evangelios que nunca fueron aceptados en la fe de la Iglesia y que por eso se les llama apócrifos; algunas veces hoy intentan algunos recuperar esos evangelios apócrifos dándole una autoridad a sus palabras que no tienen pero que entonces no tenemos que sacar a flote para alimentar nuestra imaginación.

El silencio de ese tiempo de Jesús en Nazaret es también muy importante y mucho nos puede ayudar en nuestra vida y en nuestra fe, para que sepamos valorar ese tiempo de crecimiento y de maduración que todos hemos de hacer en la vida. Es todo un grito profético para nuestra vida tan llena de bullicio. De ese tiempo silencioso de la semilla sembrada y oculta en la tierra brotará la nueva planta sino de esa nueva e intensa vida que con madurez hemos de vivir.

sábado, 6 de noviembre de 2021

Una vida que vamos construyendo en esas pequeñas cosas de cada momento, como un mosaico realizado de pequeñas piezas pero cuando vemos el conjunto admiraremos su belleza

 


Una vida que vamos construyendo en esas pequeñas cosas de cada momento, como un mosaico realizado de pequeñas piezas pero cuando vemos el conjunto admiraremos su belleza

 Romanos 16,3-9.16.22-27; Sal 144; Lucas 16,9-15

Eso no tiene importancia, total es una cosa tan pequeña… habremos dicho en alguna ocasión o nos habrá dicho algo cuando nos ha visto preocupados por algo que pudiera parecer insignificante. Pero la playa está hecha de minúsculas arenas y si las descartamos a todas por parecernos tan insignificantes nos quedaríamos sin playa. Pudiera parecer una exageración pero si nos ponemos a pensar un poquito encontramos la razón. La vida está hecha de pequeños momentos, de pequeños gestos; la vida no son solo los momentos grandiosos y espectaculares, sino que está en el día a día y el día a día lo vivimos desde esas pequeñas cosas que tenemos que realizar o con las que nos encontramos.

Algunas veces quizás nos cuesta más realizar esas pequeñas cosas que las que nos parecen grandes; depende de la ilusión que vayamos poniendo en la vida y en lo que hacemos, y si nos damos cuenta de que las grandes obras se realizan a partir de pequeñas cosas. Por otra parte cuando se trata de superarnos y crecer para ser alguien en la vida, pensamos que cuando lleguen esos momentos importantes sabremos dar el callo, pero si no nos hemos entrenado en esas pequeñas cosas no sabremos hacer las grandes, si no hemos tenido la valentía de superarnos en pequeñas cosas que nos costaba realizar, cuando venga lo que es más difícil y costoso no seremos capaces de realizarlo.

Hoy nos lo dice Jesús. ‘El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto’. Nos está hablando en este caso del valor de las cosas materiales, del valor de las riquezas. Esos medios materiales que tenemos que usar en la vida, porque es el intercambio de las cosas, es lo que nos va haciendo vivir materialmente, por así decirlo, mejor o al menos para tener una subsistencia digna.

Quizás la necesidad que tenemos de usar esos medios, porque así además nos hemos construido la sociedad y las relaciones entre unos y otros, pudiera llevarnos a darle una importancia absoluta a la posesión de esos medios; es de lo que nos quiere prevenir Jesús, no podemos convertirlos en centro y motivo de nuestra existencia, aunque tengamos que trabajar para obtenerlos porque en ello está una garantía de nuestra subsistencia. Y es ahí en esas cosas donde hemos de saber mantener nuestra fidelidad en el buen uso que hagamos de esos bienes materiales, que nunca podremos convertir en dioses de nuestra vida.

Porque ese es el peligro. Por eso nos dirá tajantemente que no podemos servir a Dios y al dinero. ‘Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’. Nos previene contra la codicia, como ya en otros momentos del evangelio nos repetirá. Ese afán de tener y de poseer que nos ciega y que nos esclaviza. Recordamos aquella parábola del hombre que obtuvo una gran cosecha de manera que tuvo incluso que hacer más grandes sus graneros y bodegas, y ya pensaba que podía vivir feliz para siempre porque poseía todas las riquezas, pero aquella noche murió. ¿De qué le sirvió todo aquello que poseía y que él creía que ya era su felicidad total?

Aprendamos a manejar todas esas cosas incluso de índole material de las que tenemos que valernos en la vida – porque además ahí manifestamos donde está nuestra responsabilidad – y aprenderemos a manejarnos a nosotros mismos; y cuando digo manejarnos a nosotros mismos quiero decir cómo tenemos que saber buscar en la vida lo que engrandece a la persona, lo que nos lleva a vivir con mayor dignidad, a mostrar la verdadera madurez que llevamos en el corazón.

Una vida que vamos construyendo día a día, minuto a minuto en esas pequeñas cosas que en cada momento vamos realizando. Como un mosaico realizado de pequeñas piezas pero cuando vemos el conjunto admiraremos su belleza. Una vida que no está hecha sólo de cosas materiales sino que hay algo dentro de nosotros que nos trasciende y que nos eleva, que le da una verdadera espiritualidad a nuestra vida haciendo resplandecer los verdaderos valores espirituales de la persona.

Una vida que se llena de esperanza y se abre a la eternidad, una vida que tiene que abrirse de verdad a Dios. El es el único Señor de nuestra vida, quien llena de sentido nuestra existencia y nos inunda de plenitud.

lunes, 1 de noviembre de 2021

Celebramos a los que antes que nosotros o ahora a nuestro lado han ido haciendo un mundo mejor lleno de amor, poniendo esperanza y trascendencia en nuestros corazones

 


Celebramos a los que antes que nosotros o ahora a nuestro lado han ido haciendo un mundo mejor lleno de amor, poniendo esperanza y trascendencia en nuestros corazones

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Celebramos la fiesta de Todos los Santos, y sin querer entrar en las confusiones que habitualmente se originan en muchas personas sencillas por la cercanía la Conmemoración de los Fieles Difuntos que celebraremos mañana, fácilmente en nuestra imaginación entran todos los santos que ya llevan ante si el epíteto de santo, porque hayan sido reconocidos como tales por la Iglesia, los santos canonizados; quizá podríamos pensar que como son tantos y no hay un día al año para cada uno, ahora los unimos todos en una sola fiesta, los conozcamos o no los conozcamos.

La celebración de este día va mucho más allá de esas imaginaciones nuestras porque queremos pensar en todos los que han recorrido la historia antes que nosotros con una vida de santidad, llena de fidelidad y de amor aunque oficialmente no se les haya reconocido en una canonización por parte de la Iglesia; y dándole un sentido profundo a esta celebración podremos pensar en los que al lado nuestro hacen también esos caminos de santidad.

No tenemos necesariamente que pensar en personas que hacen cosas maravillosas y portentosas acompañadas de milagros, sino en aquellos que la maravilla de su vida es que en la sencillez de la vida de cada día han vivido y viven de forma extraordinaria su fidelidad y su amor en el más puro sentido y estilo evangélico. Han sabido desprenderse de vanidades y de grandilocuencias para poner amor en cada una de esas cosas pequeñas que cada día les ha tocado vivir; son los padres que viven con una entrega grande y sacrificada la preocupación por los hijos y por la familia y se desviven en el trabajo de cada día para desarrollar su responsabilidad, para ser espejo en el que se miren sus hijos, para pacientemente ir sembrando cada día amor y bellos valores en todos los que están a su lado.

Son los que sienten la responsabilidad de la vida y del mundo en el que viven, allí donde desarrollan sus responsabilidades y donde conviven con los demás y se convierten en sembradores de paz con la mansedumbre de su corazón, buscando siempre el encuentro y el diálogo, fomentando una convivencia pacífica y llena de armonía, queriendo lograr la colaboración entre todos por hacer un mundo mejor y siendo capaces de sacrificarse por ese bien que quieren para cuantos están a su lado.

Son los que no pierden la alegría y la esperanza a pesar de las estrecheces y limitaciones por las que puedan pasar en la vida, los que arrancan todo tipo de amargura de su corazón, los que no se dejan malear por la malicia que puedan encontrar a su alrededor, los que se sobreponen a los problemas y dificultades haciendo que nunca falte la paz en sus corazones para poder contagiarla a los demás.

Son los que veremos siempre con un corazón limpio y puro, arrojando lejos de si toda malicia y toda desconfianza, alejando se sus corazones rivalidades y envidias, sabiendo contar con todo lo bueno que venga de los otros sean quienes sean, porque no serán capaces de hacer discriminaciones ni desprecios a quienes consideran siempre como unos hermanos con los que caminar juntos.

Qué a gusto nos sentimos a su lado, cómo se presencia se convierte en estímulo para nuestras luchas personales, cómo nos sentimos arrastrados por esa alegría que siempre se desprende de sus corazones llenos de esperanza.

Son aquellos que con un corazón lleno de misericordia y compasión son capaces de derramar una lágrima de compasión ante el dolor o la injusticia, los que están siempre dispuestos para el servicio, poniendo una mano allí donde haga falta, aquellos que saben sentir el dolor y el sufrimiento de los demás como algo propio, aquellos que nunca se quedan con los brazos cruzados allí donde hay una necesidad y surge un problema, aquellos que no hacen distinción entre amigos o conocidos porque todos, sean de la condición que sean, serán un ser humano que merecer vivir en humanidad y al que sentirán siempre como un hermano al que hay que amar.

Son aquellos que nunca pierden la esperanza porque saben bien en quien ponen el apoyo de su vida porque se confían totalmente de Dios a quien quieren escuchar en el silencio de su corazón; son los que no pierden la sonrisa que brota de su corazón porque se sienten amados de Dios y llenos de su Espíritu que es el que les da fuerza.

Son muchos así los que podemos encontrar haciendo camino a nuestro lado; muchas veces nos pasarán desapercibidos, pero también nuestra mirada limpia puede ser capaz de descubrirlos y aprender a valorarlos. Y hoy los queremos tener en cuenta, los que han caminado antes que nosotros o los que ahora caminan a nuestro lado y van haciendo un mundo mejor, más lleno de humanidad, haciendo que resplandezca el amor y sembrando así esperanza en nuestros corazones. Son los que han hecho vida en su vida el espíritu de las Bienaventuranzas de las que nos habla Jesús en el evangelio.

 Por eso esta fiesta de Todos los Santos es para nosotros una fiesta de esperanza y un aliciente para nuestro camino que tantas veces nos cuesta recorrer. Sintamos estimulados por su ejemplo; sintamos que se eleva nuestro espíritu en deseos de cielo y de eternidad gozosa junto al Señor; contemplamos y celebramos a esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar, pero entre los que nosotros esperamos encontrarnos un día; damos gracia a Dios por esas personas que en su sencillez y en la pureza de su corazón nos siguen haciendo presente a Dios en nuestro mundo tan necesitado de Dios; con ellos queremos cantar para siempre, con esos coros celestiales, la gloria del Señor.

sábado, 30 de octubre de 2021

No nos dejemos encandilar por la vanidad y la apariencia que son solo oropeles que nada valen, busquemos la perla preciosa de las personas humildes y serviciales

 


No nos dejemos encandilar por la vanidad y la apariencia que son solo oropeles que nada valen, busquemos la perla preciosa de las personas humildes y serviciales

Romanos 11,1-2a.11-12.25-29; Sal 93; Lucas 14,1.7-11

Quizás hoy cuando vamos a una comida con ciertas formalidades, por ejemplo un banquete de bodas, todo está preparado de antemano y ya nos tienen reservados los sitios situándonos según la familiaridad que haya entre los comensales para que nadie se sienta aislado en medio de gente que no conoce o no tiene mayor relación.

Pero cuando las cosas son más informales ya nos preocupamos de procurarnos sitios según nuestros intereses y buscamos lo que consideramos para nosotros el mejor sitio; pero también nos encontramos en situaciones en que hay poco menos que una lucha sorda por conseguir determinados sitios según algunos intereses que incluso intentamos camuflar; lugares de importancias, lugares donde aparezcamos que estamos bien situados, lugares donde nos parece que vamos a ser mejor servidos; hay intereses, vanidades disimuladas o en ocasiones intereses bien manifiestos de la importancia que nos queremos dar.

Algunas veces incluso llegamos a la desazón y a la queja porque nos puede parecer que fuimos relegados a un lugar que nosotros creíamos que no merecíamos, porque quizás pensamos que nos rebajaron de categoría o importancia.

No nos extraña lo que nos relata hoy el evangelio y en lo que se fijó Jesús nada más entrar. Poco menos que se peleaban por los primeros puestos, por los lugares de mayor importancia. Y esto le da ocasión a Jesús para hacernos reflexionar. Es, podríamos decir, la matraquilla de Jesús continuamente a lo largo del evangelio de que nuestro lugar está en el lugar del servicio, porque esa es nuestra verdadera grandeza.

‘Entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola…’  y les habla claramente Jesús de que no vayas a los primeros puestos, sino que no te importe colocarte en un lugar cualquiera aunque fuera apartado que si el que te convidó considera que debes estar en otro lugar, ya él te llevará, porque la vergüenza peor que pudieras pasar es que te echarán para atrás. No es que vayamos buscando intencionadamente que nos exalten, pero el camino mejor que puedes llevar en la vida es el de la humildad y sencillez. Es ahí donde puede aparecer toda la grandeza de la persona.

El hablar aquí de un banquete es como un ejemplo o una parábola. Esto conecta con lo que hemos escuchado en otras ocasiones de las discusiones que había entre los discípulos cercanos a Jesús por los primeros puestos. Por eso nos dirá que será grande el que se haga el último y el servidor de todos. Es la actitud tan preciosa del servicio pero es también la actitud maravillosa de la sencillez y de la humildad. Frente a este mundo donde se vive tanto de las apariencias brillan como piedras preciosas las personas humildes y sencillas, los que nos buscan el figurar, los que hacen las cosas sin que nadie se entere, los que calladamente pasan por la vida haciendo el bien que al final dejará mejores huellas que los que van desde la apariencia y el orgullo. Por eso, aquello que nos dirá en otra ocasión que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.

Y es lo que tenemos que aprender a valorar en los demás. Fácilmente nos sentimos encandilados por esos personajes llenos de vanidad que van figurando de relumbrón y se manifiestan muchas veces avasalladores de todo lo que encuentren a su alrededor, y no sabemos destacar a esas personas sencillas que calladamente van haciendo maravillas en su espíritu de servicio y en su humildad. Son las perlas preciosas en las que tenemos que fijarnos, a las que tenemos que valorar, las que tenemos que resaltar porque son el verdadero ejemplo para una sociedad que queremos hacer mejor.

 


viernes, 27 de noviembre de 2020

Sepamos valorar esa flor que florece aún en medio de los espinos, sepamos apreciar cuanto de bueno descubrimos en los demás, acicate y estímulo para hacer florecer con más fuerza el Reino de Dios

 


Sepamos valorar esa flor que florece aún en medio de los espinos, sepamos apreciar cuanto de bueno descubrimos en los demás, acicate y estímulo para hacer florecer con más fuerza el Reino de Dios

Apocalipsis 20, 1-4. 11—21, 2; Sal 83; Lucas 21,29-33

Ya huele a primavera, decimos cuando el invierno va vencido, van remitiendo aquellos fríos invernales, pero sobre todo vemos cómo la naturaleza comienza a rebrotar. Nosotros en Canarias no tenemos grandes diferencias porque incluso presumimos de primavera todo el año por la suavidad de las temperaturas y el clima, por las flores que brotan por todas partes en cualquier época del año y porque no notamos como en otros lugares los árboles que parecen secos y muertos en el invierno y reverdecen con fuerza en la primavera; recuerdo en varias primaveras que tuve que estar fuera de mi tierra por tierras peninsulares sobre todo en la zona de Castilla como de pronto se veían brotar todos los árboles y todas las plantas cuando se acercaba la primavera y pronto todo era verdor y el surgir de las flores que todo lo embellecían; para mí aquello era como un brotar a nueva vida sobre todo para quien como yo no estaba acostumbrado a esa diferencia entre las diversas estaciones.

Es la imagen que nos quiere poner hoy Jesús en el evangelio porque es como una nueva primavera que surge en la vida cuando comienzan a notarse los brotes del Reino de Dios en quienes han recibido la semilla de la Palabra. Comienzan a surgir los brotes de la higuera y decimos que ya se va acercando el verano donde recogeremos sus sabrosos frutos. En eso ha querido fijarse hoy el Señor y ponérnoslo como imagen para que aprendamos a distinguir cuando va brotando el Reino de Dios en los corazones.

Así tendría que notarse en los corazones de quienes escuchamos la Palabra de Dios, cómo nos vamos transformando, como nos vamos llenando de nueva vida, como surgirán las bellas flores de la primavera de los nuevos valores que comenzamos a vivir y como al final podremos recoger sus frutos. Ese tendría que ser el recorrido de nuestra vida; esa es la tarea de la Iglesia para hacer que brote esa nueva primavera llena de color y de vida en nuestro mundo porque en verdad lleguemos todos a saborear lo que son los frutos del Reino de Dios en esa vida nueva que transforma nuestro mundo, como ha transformado nuestros corazones.

Es aquí donde quiero fijarme en algo más que muchas veces sin embargo nos puede pasar desapercibido porque solo buscamos señales de cosas grandes. Podemos pasar al lado de nuestras plantas y porque no están en un jardín bien cuidado y ornamentado no nos damos cuenta de pequeñas flores que algunas veces surgen de los lugares más insospechados y da la impresión que hasta las piedras o las rocas comienzan a florecer. ¿No hemos visto surgir de un pedregal una planta llena de vida que nos ofrece una hermosa flor que alegra nuestra visión aun en medio de aquellos pedregales?

A nuestro lado, en ese mundo que miramos tantas veces hasta con desprecio porque consideramos demasiado lleno de maldad, sin embargo puede suceder, de hecho sucede con más frecuencia de lo que queremos pensar, hermosas flores del Reino de Dios. Pequeñas semillas que han prendido en los corazones de muchos a nuestro lado y que florecen con frutos prometedores aunque no estén en nuestro propio jardín.

Hay muchas cosas buenas en el corazón de los demás, que muchas veces no sabemos apreciar, no sabemos valorar sino que nos llenamos de prejuicios hacia los demás. No son una plenitud del Reino de Dios porque quizá a algunos les falte ese reconocimiento de que Dios es el Señor pero podemos sin embargo contemplar corazones humildes y corazones llenos de amor, corazones solidarios y gente en verdad comprometida por hacer nuestro mundo mejor, personas que luchan por la paz y la justicia y personas que saben estar al lado de los otros muchas veces mucho mejor de lo que nosotros lo hacemos.

Son semillas del Reino que están floreciendo en esos corazones y que tenemos que saber cuidar y fomentar. Es el camino que a esas personas les lleva a Dios y hasta pudiera suceder que están más cerca de Dios que nosotros mismos que nos queremos dar de tan cristianos, pero que tantas veces no llegamos a dar todo lo que debíamos.


Sepamos valorar esa flor que puede florecer aun en medio de los espinos, sepamos valorar ese vaso de agua dado con generosidad, sepamos apreciar cuanto de bueno descubrimos en los demás que además tendría que ser un acicate y un estímulo para nosotros hacer florecer con más fuerza los valores del Reino de Dios.

lunes, 23 de noviembre de 2020

Necesitamos los ojos de Jesús para apreciar a esas personas que nos parecen pequeñas pero que en su servicio son una grande riqueza espiritual para el pueblo de Dios

 


Necesitamos los ojos de Jesús para apreciar a esas personas que nos parecen pequeñas pero que en su servicio son una grande riqueza espiritual para el pueblo de Dios

Apocalipsis 14,1-3.4b-5; Sal 23;  Lucas 21,1-4

No tengo ahora nada suelto en el bolsillo, decimos y nos tentamos los bolsillos como prueba – así nos lo creemos – de que no llevamos nada suelto, y eso significa rebuscar entre los pliegues del bolsillo a ver si aún queda alguna pequeña moneda con la que contentar a aquel que nos pide. Lo habremos visto hacer, ¿lo habremos hecho quizás?, pero así de tacaños vamos por la vida cuando no queremos compartir. Y si la pobre viuda echó una moneda en el cepillo porque era todo lo que tenía como nos resaltará Jesús tendríamos que fijarnos en la cesta de recogida de las colectas para ver cuántas monedas de las más pequeñas vamos a encontrar.

¿Será esto lo que nos quiere resaltar hoy Jesús? Allí está situado en aquellos pórticos del templo, cercano al cepillo de las ofrendas por donde ha ido entrando la gente que se consideraba principal y entre grandes aspavientos han ido depositando sus limosnas, que no dice Jesús no fueran generosas; pero se ha fijado Jesús en aquella pobre mujer que casi sin que nadie lo note pasa también por el cepillo y echa aquellos cuartos que en su pobreza era lo que tenía para comer. Y es lo que Jesús quiere resaltarnos, aquella mujer echó mucho más que los otros que quizá habían echado cantidades grandes, pero ellos habían echado de lo que no necesitaban, pero aquella mujer lo dio todo.

A muchas consideraciones nos puede llevar este pasaje si miramos también a nuestras comunidades y parroquias, a lo que es la vida de la iglesia. Podíamos decir que la escena se repite y ya no se trata solamente de la generosidad o no con que demos nuestros dineros. Es el servicio realizado en medio de la comunidad y a favor de los demás.

Encontraremos, es cierto, de todo. También nos encontraremos con gente generosa y dispuesta, que ofrece su tiempo, sus posibilidades, sus valores y cualidades y los vemos comprometidos en muchas acciones de nuestras parroquias. Tenemos que aprender a valorar a esas personas; tenemos que poner también de nuestra parte porque, ya sabemos, nos escudamos en tantas cosas para rehuir un compromiso, que si no tenemos tiempo, que si yo no valgo nada y ya habrá otros que sepan mejor y podrán participar, y la lista de disculpas seguramente será larga.

Pero creo que tendríamos que destacar y valorar a muchas personas que pasan desapercibidas, que se nos pueden parecer a la pobre viuda del evangelio, que nos parece que no valen para gran cosa, pero que calladamente sin embargo están haciendo una gran labor.

Y hay muchas personas así en nuestras comunidades, que quizá no se sienten preparadas para ser catequistas, por ejemplo, pero que visitan al anciano y lo acompañan, avisan al sacerdote discretamente donde ellas ven una necesidad o hay un enfermo que atender, que cuidan de la limpieza o de la ornamentación del templo y sin que nadie se lo valore o lo tenga en cuenta, siempre tendrán una flor fresca que poner junto al sagrario, que colocan una silla en su sitio o son capaces de recoger un papel que alguien descuidadamente dejó caer en el suelo, y así cuántos y cuántos servicios humildes, sencillos, desapercibidos pero que nos están señalando a personas que aunque parecen pequeñas son de un corazón muy grande.

Son las pequeñas y pobres viudas, vamos a llamarlas así, que ante cualquier llamada del sacerdote allí están ofreciendo su servicio y su presencia o sencillamente desde su rincón ofreciendo su sacrificio y oración al Señor por la comunidad. Reconozco que he conocido muchas personas así en las diferentes comunidades por donde he pasado, aunque no siempre hayamos sabido valorarlas en su justa dimensión. Necesitamos los ojos de Jesús para apreciarlas y para valorar a esas personas porque grande es la riqueza espiritual que manifiestan que a su vez enriquece al pueblo de Dios.

martes, 3 de noviembre de 2020

Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan

 


Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan

Filipenses 2, 5-11; Sal 21; Lucas 14, 15-24

Alguna puede habernos pasado en un sentido o en otro; alguien nos hizo un regalo con mucha ilusión, pero cuando lo recibimos lo hicimos de manera fría, porque quizá no era lo que nosotros esperábamos, nos pareció poco o inútil y por mucho que lo tratamos de disimular se notó el desencanto en nuestra expresión, pero mayor fue el desencanto de quien nos hizo el regalo por la fría acogida con que lo recibimos. O nos habrá podido pasar al revés, fuimos nosotros lo que hicimos el regalo, pero quien lo recibió no lo tuvo en cuenta, casi ni lo miró, se fue a entretener con otras cosas dejando lo que le regalamos allá olvidado en cualquier rincón.

No es que tengamos que ser hipócritas si no nos gusta lo que nos ofrecen, pero si hemos de saber valorar lo que nos hayan ofrecido por más pequeño que nos pueda parecer. No podemos ir de sobrados creyendo que nos lo merecemos todo y siempre nos parecerá poco lo que nos puedan ofrecer o regalar. Ya sea en referencia a lo que recibimos de los demás o a la vida misma que vivimos, quizás siempre estemos descontentos y añorando otras circunstancias, otros momentos u otra cosas que acaso nos pudiera ofrecer la vida. Son otros nuestros sueños, nuestras aspiraciones, o incluso nuestros valores. Sepamos valorar, sepamos acoger, sepamos aceptar, seamos capaces de reconocer el amor que han puesto en lo que nos regalan y hasta el esfuerzo que haya podido significar para las otras personas lo que nos ha regalado.

Según nos ha venido diciendo el evangelio Jesús estaba invitado a comer en casa de unos fariseos. Quizás por lo que Jesús iba diciendo o quizá la abundancia del banquete en que estaban participando, a uno se le ocurre decir que serán dichosos los que coman en el banquete del Reino de Dios. ¿Un entusiasmo ante las palabras de Jesús? ¿Un entusiasmo por aquel banquete que le hace soñar aun en cosas mejores? ¿Quizás imaginaba que el Reino de Dios era como una buena mesa y un buen banquete como del que ahora estaba participando?

Pero Jesús querrá decirle algo importante. No nos pongamos a soñar ni a imaginar, sino sepamos aceptar lo que nos ofrecen, porque en ese saber aceptar y acoger se van a dar precisamente las señales del Reino de Dios. Aquellos invitados al banquete de bodas de la parábola no supieron aceptar aquella invitación que les estaban haciendo y preferían otras cosas, que si sus campos, que si lo que tenían o lo que habían comprado, que si su propia boda, que si sus intereses particulares que tenían que cuidar, pero descuidaron la invitación, no supieron valorar la invitación que les hacían. Quedarían fuera del banquete y el banquete sería para otros que sí supieron aceptarlo. Ya conocemos el desarrollo de la parábola.

¿Y nosotros qué somos capaces de aceptar? ¿Cuál es la acogida que hacemos desde el fondo del corazón a la invitación al amor que nos está haciendo el Señor? ¿Tendremos también otros intereses? ¿También habrá otras cosas que nos entretengan más? ¿Valoramos la riqueza de gracia que quizás desde lo más humilde puedan ofrecernos? ¿Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan?

Me viene a la memoria un hecho, una anécdota como queráis llamarlo, de algo que me sucedió en una ocasión hace años. Había ido a visitar a una anciana enferma, que en aquellos momentos y en aquellos lugares en medio del monte nunca habría recibido quizá la visita de un sacerdote.

Me senté con ella a los pies de su cama en la pobreza de aquel hogar, escuché sus suspiros y sus lágrimas, pasé sencillamente un rato con aquella persona a la que simplemente había dado mi tiempo y mi presencia, pero cuando me iba a marchar desde su pobreza quería ofrecerme algo. Rebuscó hasta encontrar una bolsa donde ponerme unos higos pasados que tenía allí guardados en un cajón quizá para su sustento, y había que ver con qué entusiasmo ella me hacía aquel paquete, pero qué alegría sentía también porque yo se los aceptaba. Hice feliz a aquella persona acogiendo aquello que en su pobreza me ofrecía con tanto cariño y agradecimiento. Algo tan sencillo que puede hacer felices a los demás, y yo me sentí feliz, no tanto por los higos que me ofrecía, sino por el cariño que aquella persona estaba poniendo y que la hacía tan feliz.

viernes, 24 de abril de 2020

Si en aquella ocasión no se hubiera valorado el gesto de aquel chiquillo que ofreció lo poco que tenía no se hubiera realizado el milagro de la multiplicación de los panes



Si en aquella ocasión no se hubiera valorado el gesto de aquel chiquillo que ofreció lo poco que tenía no se hubiera realizado el milagro de la multiplicación de los panes

 Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15
¿Dónde estaba la intendencia que supuestamente tenia que preocuparse de que a aquella aglomeración de gente que se había reunido en torno a Jesús tuviera lo suficiente para su subsistencia y para atender las necesidades o accidentes que se pudiera producir ante tanta gente reunida? Si fuera hubiera sido hoy el  hecho que nos narra el evangelio ya estaríamos pidiendo responsabilidades de todo tipo, exigiendo o buscando culpables de la no atención a esas contingencias que podrían surgir.
Hoy lo queremos tener todo preparado y previsto, y está bien que tengamos responsables previsiones, pero quizá habría que mirar también por otro lado en la responsabilidad de cada uno y también hacer surgir los movimientos solidarios que ayuden a la buena convivencia y a la paz que entre todos hemos de vivir, pero antes hemos de construir.
No pretendo hacer comparaciones entre unas situaciones y otras pero si es bueno reflexionar quizá en lo que cada uno puede aportar, debe aportar para el bien común en todo momento. El que confiemos unas responsabilidades a unos dirigentes no nos hace desentendernos por nuestra parte y no solo es la crítica y condena de lo que tenemos que preocuparnos sino también de todo lo que nosotros podemos aportar.
Pudiera parecer que nos estamos alejando del evangelio que hoy se nos propone, pero ni mucho menos. La gente con fe había acudido a Jesús. Le llevaban sus enfermos, acudían todos los que sentían algún tipo de sufrimiento porque ya había corrido la noticia de que en Jesús encontraban no solo cura para sus enfermedades, sino también la paz de los espíritus que tanto necesitaban. ¿Esos poseídos de espíritus inmundos de los que nos habla el evangelio no nos estarán queriendo hacer referencia a todo ese sufrimiento en el espíritu que de una manera u otra tantas veces padecemos?
Venían y querían escuchar a Jesús, estar con Jesús, seguir sus pasos porque sus vidas se llenaban de una esperanza nueva cuando estaban con El. No se terminaban de aclarar quien era en verdad Jesús y hasta querrán hacerle rey, buscando quizá un solucionador de problemas, pero podíamos decir que ciegamente seguían a Jesús y hasta se olvidaban de sus necesidades más perentorias.
Ahora están allí en lugares poco menos que desérticos, lejos de cualquier población y la intendencia se ha acabado, lo que provisoriamente algunos quizás habían llevado ya lo tenían agotado. Es Jesús el que pregunta, ¿dónde podremos comprar pan dar de comer a tantos? Ni con doscientos denarios de pan, si hubiera donde comprarlo, bastaría para dar de comer a tanta gente.
Hay algo que comienza a surgir, la inquietud de los más cercanos a Jesús que seguramente se fue contagiando a unos y otros, para tomar conciencia de la situación, para encontrar solución a los problemas que se presentan, para hacer surgir buenos sentimientos en aquellos que quizá en su despreocupación no habían pensado en los problemas que se planteaban. Y es cuando aparece Andrés diciendo que por allí hay un muchachos con unos cuantos panes y peces, pero, ¿qué es eso para tantos como están allí reunidos?
No podemos resolver los problemas  y nos cuesta encontrar vías de solución. Nos quejamos quizás que somos muchos, pero que no tenemos a mano lo suficiente para llegar a todos, y decimos que no somos capaces o nuestro mundo ya no está en condiciones para poder abarcar a las necesidades de todos, y como siempre tenemos la tentación de las culpas porque cuando culpamos a los otros nos las quitamos de encima como si no tuviéramos ninguna responsabilidad; siempre miramos para atrás o miramos para otro lado, pero nos cuesta tanto valorar lo poquito que otros han podido hacer o han podido ofrecer, pero nosotros tampoco es que pongamos gran cosa. Que son cosas que nos están sucediendo todos los días, que son cosas, actitudes, posturas que estamos viendo ahora mismo con los problemas que tenemos.
Si en aquella ocasión no se hubiera valorado el gesto de aquel chiquillo que ofreció lo poco que tenía no se hubieran alimentado tantos ni hubiera sobrado tanto pan que podía remediar situaciones semejantes en otra ocasión. Jesús quería que no se desperdiciara nada. Y cuantos desperdicios producimos cada día en nuestra sociedad.
Ahí está el hecho del evangelio con tantas lecciones para lo que hoy nos sucede. Pero no olvidemos que en medio de todo esto está Jesús. Habremos cerrado ahora las iglesias por los peligros de contagios, pero Jesús sigue estando ahí, el poder y la gloria del Señor se manifestarán. No olvidemos la intendencia que Jesús nos tiene preparada. Tengamos fe y tengamos esperanza.

martes, 24 de marzo de 2020

Que se nos abran los ojos no solo para ver sino para ser en verdad solidarios con los que caminan a nuestro lado


Que se nos abran los ojos no solo para ver sino para ser en verdad solidarios con los que caminan a nuestro lado

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-16
Comienza el texto del evangelio explicándonos la situación. Junto al templo, la lado de la puerta que podríamos llamar de servicio porque era por donde eran introducidos los animales para los sacrificios llamada por eso de las ovejas había una piscina. Algo habitual por las purificaciones que continuamente tenían que hacer los judíos y probablemente también  como consecuencia de ser el lugar por donde eran introducidos los animales en el templo, como hemos dicho. Pero a las aguas de aquella piscina se les tenía como aguas especialmente milagrosas, porque en su movimiento se les atribuía unas facultades curativas. Allá estaban los enfermos esperando el movimiento de aquellas aguas en la espera y la búsqueda de su curación.
Es por allí donde Jesús se acerca y en medio del barullo de las gentes y enfermos que allí se agolpaban descubre a un paralítico que lleva mucho tiempo postrado en su camilla – 38 años – y aún no ha encontrado su curación. A él en especial se dirige Jesús. ‘¿Quieres curarte?’ es la pregunta; pregunta que el enfermo consideraría innecesaria porque para qué estaba él allí, pero estaba allí postrado en su soledad, nadie le ayudaba. Cuando por sus propias y menguadas fuerzas el llegaba a las aguas otros se le habían adelantado.
La soledad de quien sufre la insolidaridad de los demás. Nadie se fijaba en él, nadie se preocupaba de ayudarle, cada uno iba a lo suyo o solo pensando en los suyos. Amarga soledad que seguimos encontrándonos. O quizá no los encontramos porque a nosotros nos falta la solidaridad de saber mirar.
Cuando vamos caminando en medio de las gentes y solo vemos una masa, pero no nos fijamos en sus rostros; pasamos cuántas veces al lado de conocidos pero que en aquel momento desconocemos porque no tuvimos una mirada atenta. Y no nos enteramos, o nos queremos enterar de los sufrimientos de tantos a nuestro lado, de la soledad de aquellos a quienes nadie mira, con quienes nadie se detiene, que están quizá a nuestra puerta casi pero no nos enteramos de lo que pasa tras las puertas de esas personas en las que nunca nos fijamos.  Quizá pasan a nuestro lado y nosotros miramos para otro lado o no levantamos los ojos del suelo.
Creo que es la primera lección que hoy podemos aprender de este texto del evangelio. Pasó Jesús desapercibido pero no pasó desapercibido aquel paralítico para Jesús. No sabría luego el que había sido curado quien le había dicho que tomara su camilla y se fuera a su casa, pero Jesús si se detuvo y escuchó y tendió la mano y llenó de vida a aquel hombre haciéndole recobrar su dignidad. El solo hecho de haberse detenido junto a él ya había sido curación porque aquel  hombre se había sentido valorado cuando alguien se preocupaba por él.
Valoramos y nos fijamos en aquel que destaca, tenemos en cuenta y queremos incluso contar con aquel que se mueve, que habla, que parece que tiene iniciativas, pero descartamos quizás aquel que pasa en silencio a nuestro lado y nos parece que nada podemos esperar de él. Son los criterios de eficacia en que nos movemos, son las apariencias que nos deslumbran, es la manera en que buscamos con quien relacionarnos o con quien contar en la vida. Y no miramos a la persona, y no somos capaces de darnos cuenta de lo que hay en su interior, no detectamos su sufrimiento o sus deseos de ser alguien en la vida.
Aquel hombre que se había sentido solo y abonado junto a las aguas de la piscina, incluso después de haber sido curado sigue siendo minusvalorado por aquellos que se consideraban a si mismos más observantes y cumplidores porque le echan en cara que siendo sábado se atreve a cargar con su camilla. Ni ahora que el hombre ya estaba haciendo por sí mismo al cargar con la camilla de vuelta a su casa es valorado y ayudado sino más bien menospreciado porque estaba haciendo algo contrario a aquella ley que tanto les encorsetaba y que seguía queriendo paralizar la vida.
¿Descubriremos unas actitudes nuevas que tenemos que aprender a tener con los demás? ¿Se nos abrirán los ojos para ver pero sobre todo para hacernos solidarios de verdad con el hermano que camina a nuestro lado? Que el agua viva de Jesús nos sane de nuestras parálisis pero además revitalice nuestra vida y nos abra los ojos y los brazos para ver y cargar solidariamente el sufrimiento de los demás.

lunes, 23 de marzo de 2020

Necesitamos aprender a confiar para ponernos en camino y comenzar a unir las pequeñas luces que brillan en nuestro entorno para hacer un mundo mejor


Necesitamos aprender a confiar para ponernos en camino y comenzar a unir las pequeñas luces que brillan en nuestro entorno para hacer un mundo mejor

Isaías 65, 17-21; Sal 29; Juan 4, 43-54
Hoy nos habla el evangelio de un hombre que acude a Jesús porque su hijo está muy enfermo y muriéndose. Quiere que Jesús vaya a imponerle las manos y a curarle. Nos da el detalle el evangelista de que Jesús anda por Caná de Galilea; viene desde Jerusalén, ha atravesado Samaria y ahora se encuentra en Galilea. Allí a Caná acude con su angustia aquel hombre insistiendo en que baje pronto porque si no su hijo morirá.
‘Si no veis signos y milagros, no creéis’, es la primera reacción de Jesús. Buscan a Jesús solo desde la angustia de sus problemas y no terminan de abrir sus corazones a la fe, a descubrir qué más nos puede ofrecer Jesús. ¿Nos pasará igual a nosotros?
Seguro que en momentos difíciles – ahora también los estamos pasando – esa es nuestra súplica a Jesús. Queremos el milagro, que todo se solucione milagrosamente. Es normal y justo que tengamos esos deseos porque no queremos el sufrimiento ni para nosotros ni para los demás; buscamos salidas, queremos soluciones, lo queremos pronto y ahora mismo, en cierto modo nos cegamos porque solo vemos una salida que nos parece la más fácil y la más urgente. Como decimos, que Dios ponga su mano.
Pero quizá no llegamos a ver otros signos de salvación que se pueden estar sucediendo al mismo tiempo. Si abriéramos un poco los ojos y prestáramos más atención quizás nos podríamos dar cuenta que en ese mar turbio y oscuro de la problemática que podamos vivir están comenzando a brillar luces de esperanza porque pueden estar comenzando a brillar cosas buenas que llevamos en el corazón y que están empezando a relucir. Pueden parecernos imperceptibles pero tienen su luz y si somos capaces de juntar todas esas pequeñas llamas podemos hacer una hoguera muy grande que dé un nuevo calor a nuestro mundo. No las dejemos pasar desapercibidas.
No son grandes cosas, no son soluciones extraordinarias que ya quisiéramos que resolviesen todos los problemas, pero ahora en esta situación que vivimos aparecen luces de solidaridad, de preocupación por los otros, de valoración de lo que los otros hacen, de responsabilidad para hacer eso pequeño que se nos pide y así se van concatenando muchas cosas que si sabemos aprovecharlas muy bien cuando pase todo esto con actitudes así, con valores así podemos hacer que nuestro mundo sea mejor.
Quizá sea eso lo que necesitamos. Quizá sea esa la prueba que necesitamos pasar para que abramos los ojos y comencemos a ver lo que verdaderamente es bello en la vida. Y hay muchas cosas bellas a las que habitualmente no les prestamos atención. No busquemos necesariamente cosas grandes, sino prestemos atención y valoremos esas pequeñas luces que comienzan a brillar.
Ante la insistencia de aquel hombre que le pedía la curación de su hijo Jesús le dice que ya está curado. El hombre se fía de la palabra de Jesús y se puso en camino. Al final nos dirá el evangelio que creyó él y toda su casa. Pero ahí está el detalle, se puso en camino porque se fió de la palabra de Jesús. ¿No necesitaremos nosotros también ese fiarnos?
Son tantas las desconfianzas que tenemos en la vida que todo lo metemos en el mismo saco, y desconfiamos también de la palabra de Jesús. Tenemos que escucharle y aprender a confiar. Cuando confiamos nos ponemos en camino porque hay esperanza en nuestro corazón. No nos puede faltar esa esperanza.
Como decíamos antes puede haber oscuridades pero siempre hay una luz que comienza a brillar. Unamos nuestras luces, pongámonos en camino dando pasos, aunque sean pequeños. Un mundo nuevo puede florecer. Que tras todo lo que estamos pasando aprendamos que es posible ese mundo nuevo si somos capaces de unir nuestras pequeñas luces.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos que harán nuestro mundo mejor


De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos que harán nuestro mundo mejor

2Macabeos 7,1.20-31; Sal 16; Lucas 19,11-28
Hay momentos en la vida que parece que andamos desganados, como se dice ahora sin motivación, sin ilusión por seguir luchando o por emprender una nueva tarea. La desilusión que se nos mete por dentro nos hace pensar que iniciar una nueva tarea es una aventura imposible y así vamos caminando dejándonos llevar, o mejor, dejándonos arrastrar por lo que cada día sucede pero nos falta fuerza para querer cambiar las cosas, para buscar algo que las mejore.
Corazones cansados, y no se trata de problemas cardiacos que nos solucione un cardiólogo, sino esa desilusión que se nos mete por dentro. Miramos alrededor y todo nos parece negro; vemos las luchas de intereses en las que se mueven tantos y ni en eso queremos meternos; los rumbos por los que camina la sociedad vapuleada por tantas cosas no nos gustan pero tampoco hacemos nada por poner nuestro grano de arena, sembrar nuestra pequeña semilla. Nos confían quizá una tarea o una misión y tratamos solamente de guardar las formas pero aquello que nos han confiado no camina sino por la inercia y con ese desánimo nada hacemos por sacar un fruto nuevo.
No es que todos caminen así en la vida, ni ese sea el marco en el que nos movemos siempre, pero hay momentos en que preferimos enterrar el talento, refugiarnos en la cueva que nos hemos creado poniendo en nuestro entorno muchas barreras para no salir, pero tampoco para dejar que entre una luz nueva en nosotros.
Hoy en el evangelio se nos propone la parábola de los talentos que en este relato de Lucas más bien nos habla de onzas de oro. Cuando se les pide cuentas a aquellos empleados a los que se les habían confiado el que solo había recibido una, lleno de miedo la había guardado bien guardada por miedo a perderla y ahora no pudo presentar ningún rendimiento. ¿Sentía que era poco lo que se le había confiado? ¿Tenia miedo a los riesgos a los que tenia que enfrentarse si se ponía a negociarlas para sacarle rendimiento? Prefirió no hacer nada, simplemente aguardar.
Lo que nos pasa a nosotros tantas veces en la vida. Decimos que no valemos, que no somos capaces, que es un peligro arriesgarse a algo nuevo, que preferimos quedarnos en nuestro conservadurismo, que nunca terminamos de ver clara a donde nos llevan esos caminos, que siempre hay dudas y miedos en nuestro interior, y nos sentimos aplanados y nunca llegaremos a destacar en nada porque no sacamos a flote aquello que somos aunque nos parezca pequeño. Olvidamos que de lo pequeño pueden salir cosas grandes y hermosas. Una semilla bien pequeña es pero si la plantamos podemos sacar no solo una planta hermosa sino también hermosos frutos.
Es lo que tenemos que aprender a hacer en la vida y tener la paciencia de la esperanza. Merece la pena esperar, merece la pena ponerse a plantar la semilla, merecen la pena las luchas y los esfuerzos, merece la pena todo el trabajo que tengamos que realizar porque estaremos en verdad haciendo un mundo nuevo. Ya no nos quedamos a comentar desilusionados los rumbos que lleva la vida y dejar que otros hagan, sino que vamos a poner manos a la obra porque somos nosotros los que tenemos que hacer.
De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos. Es la esperanza que siempre tiene que estar presente en nuestra vida y que nos llenará de luz y saltará por encima de nuestros cansancios y desilusiones. No nos crucemos de brazos. Hagamos florecer nuestro rosal.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Hagamos humana la vida del hombre liberándola de esclavitudes deshumanizante y poniendo nuestros pequeños gestos de ternura y cercanía que alegran el corazón


Hagamos humana la vida del hombre liberándola de esclavitudes deshumanizante y poniendo nuestros pequeños gestos de ternura y cercanía que alegran el corazón

Colosenses 1, 21-23; Sal 53; Lucas 6, 1-5
La vida está hecha de pequeñas cosas; esos pequeños detalles, esos pequeños gestos, esas pequeñas acciones que vamos realizando casi como una rutina cada día, pero que han de tener hondo contenido que nos ayude a nuestra realización como persona y que también puedan ayudar a los demás.
Depende de cómo las realicemos, porque un pequeño gesto nuestro puede resultar molesto u ofensivo para alguien, pero un pequeño gesto realizado desde un corazón sincero y lleno de ternura pueda hacer muy agradable la vida de los que nos rodean. Esas pequeñas cosas le van dando intensidad y calor a nuestra vida porque queriendo hacer felices a los demás, por ejemplo con una sonrisa o una buena cara, también nosotros nos sentimos felices y vamos llenando de alegría y paz nuestro corazón.
Hay gente que no sabe sonreír a los demás y por su expresión muchas veces dura dan la impresión que llevan su corazón lleno de amarguras que no han sabido superar. Pero a personas así hemos de saber hacerle frente con nuestra sonrisa, con nuestra alegría interior, con una bonita palabra que les hace salir de su ensimismamiento y les haga olvidar las cosas negras que puedan llevar en su corazón.
Creo que los cristianos, los que de en verdad nos tomamos en serio a Jesús y su buena noticia, tenemos que ser siempre las personas con más alegría del mundo. Nos sentimos amados por quien en verdad puede llevarnos a la plenitud y eso tiene que hacer que nos sintamos felices; por eso siempre tenemos que ir repartiendo esa alegría, esa esperanza poniendo ilusión en los corazones de todos aquellos con los que nos encontramos. De ahí lo importante de esos pequeños gestos de bondad, como decíamos antes, que tenemos que ir repartiendo por doquier.
Vivimos con alegría y con paz, queremos seguir los caminos del evangelio, nos caminos que nos traza Jesús y sabemos muy bien que cumpliendo sus mandamientos seremos felices nosotros y haremos felices a cuantos están a nuestro lado. Y es que no solo nunca les haremos daño, sino que siempre le estaremos ofreciendo amor, paz y serenidad para sus corazones. Cumplir la ley del Señor para nosotros no es una agonía que nos esclavice, sino un camino que nos llena de felicidad. Siempre la ley del Señor busca el bien del hombre para la gloria de Dios.
Desgraciadamente todos no lo entienden así y viven con amargura en su corazón, pero es que no han descubierto el verdadero sentido de lo que es la voluntad de Dios para el hombre. No es un capricho, sino un camino de felicidad. Lo que nos sucede muchas veces es que nos hacemos unas interpretaciones muy sesgadas de lo que son los mandamientos del Señor, los llenamos de cosas en su entorno que nos aprietan y terminan esclavizándonos, cuando nos fueron dados para nuestra libertad.
Un ejemplo lo tenemos en lo que nos ofrece hoy el texto del evangelio. El sábado era el día santo para glorificar al Señor, pero al mismo tiempo era el día del descanso del hombre. El ser día de descanso prohibiéndose todo tipo de trabajo era una forma también de humanizar la vida del hombre para que no viviera el trabajo como una esclavitud; el bien del hombre al tiempo que la santificación del nombre del señor era su sentido. Pero lo habían encorsetado de tal manera con tantas prohibiciones que lo habían convertido en algo esclavizante, que entonces se llegaba a vivir con amargura. La muestra la tenemos en lo quisquillosos que eran lo escribas y fariseos que vienen a echar en cara a los discípulos de Jesús que no guardan el descanso del sábado simplemente por coger unas espigas que calmasen la fatiga del camino. ¿Era eso humano? Es en cierto modo la respuesta que les da Jesús.
Hagamos humana la vida del hombre liberándola de esclavitudes innecesarias y deshumanizante. Hagamos humana la vida del hombre buscando siempre el bien de la persona; hagamos humana la vida con nuestra ternura, con nuestra cercanía a las personas, con esos pequeños gestos de humanidad que hemos de tener los unos con los otros.