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sábado, 25 de julio de 2026

Que nuestros sueños de vivir en el Reino de Dios se plasmen en nuestro espíritu de servicio a la manera de Jesús para ser signo de Dios en medio del mundo

 


Que nuestros sueños de vivir en el Reino de Dios se plasmen en nuestro espíritu de servicio a la manera de Jesús para ser signo de Dios en medio del mundo

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Salmo 66; 2Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28

Sueños todos tenemos; y no quiero referirme a esos sueños que a la hora del descanso nuestra mente y nuestra imaginación, como la loca de la casa como alguien la ha llamado, nos hace hacer viajes inimaginables que bien pudieran ser en ocasiones reflejos de recuerdos o de parte de nuestro subconsciente que hace aflorar mil cosas en nuestra imaginación o en los que pudiéramos leer también aspiraciones y deseos que llevamos ocultos y que en una vida de consciencia no nos atrevemos quizás a manifestar.

Pero no me refiero a esos sueños, sino en los que en estado de vigilia vienen también a nuestra mente e imaginación pero quizás como construcciones previas que nos hacemos de nuestro futuro. Nos vemos en situaciones que en el fondo son nuestras aspiraciones, nos hacemos proyectos llenos de imaginación que quizás luego no siempre nos atrevemos a plasmar, aparecen los deseos de cómo nos gustaría que fuese nuestra vida o quizás también la sociedad en la que vivimos, los cambios que nosotros haríamos para hacer que las cosas marchen mejor, o también a aquellas posiciones que nos gustaría alcanzar y por las que quizás nos pusiéramos a trabajar por conseguir.

Sueños, aspiraciones, proyectos, deseos de algo nuevo o que nosotros consideramos mejor que lo que hacemos o tenemos. ¿A donde nos pueden llevar? ¿Aflorará quizás la vanidad? ¿Nos quedaremos ensimismados en los sueños que nos parecen realidad pero que en el fondo no llegamos a realizar? ¿O serán un acicate para comenzar nuestras luchas que algunas veces pueden cegarnos? Pero sueños todos tenemos en nuestra mente porque además son signos de que estamos vivos y queremos vivir.

¿Por qué nos extraña que los hijos de Zebedeo también tuvieran sus sueños? La presencia y la palabra de Jesús había despertado esperanzas en el pueblo, podían estar comenzando a pensar que Jesús bien podía ser el Mesías anunciado por los profetas y que ellos con tantas ansias también esperaban; de Juan sabemos que incluso había sido discípulo del Bautista, aquel profeta que había surgido en el desierto en las orillas del Jordán; conocido era también el ardor con que vivían sus esperanza de manera que incluso les llamaran los ‘hijos del trueno’ y con las esperanzas de una futura restauración de la sobraría de Israel con la llegada del Mesías, siendo además parientes de Jesús es normal que soñaran con alcanzar algún lugar de influencia o de poder en ese Reino que anunciaba Jesús.

Es la petición que a través de su madre le hacen a Jesús. ¿Sabían lo que pedían? Al menos sabían lo que eran sus sueños que esperaban a alcanzar. Por eso ante la pregunta de Jesús no sé si con mucha conciencia del sentido con que Jesús les había la pregunta habían respondido que si y que no les importaba beber de la misma copa de Jesús. No solían haber muchas copas distintas para servir las bebidas en los banquetes donde casi todos bebían de las mismas copas. Claro que su conciencia no iba más allá de sus ambiciones terrenas aunque responden afirmativamente a Jesús.

Pronto surgirán los comentarios desconfiados de los otros que quizás también tenían las misma aspiraciones, pero que Juan y Santiago se les habían adelantado. Pero Jesús tiene la lección por de todo y en todo siempre El nos ofrece su enseñanza. ¿Sentarse a mi derecha o a mi izquierda? No me toca a mi concederlo, en los planes del Reino de Dios que es lo que quiere el Padre otros son los caminos. Por eso ante los reclamos soterrados de los demás El les explica que ser los primeros significa primero hacerse los últimos, que solo por el camino del servicio, de hacerse servidor de todos es por donde se alcanzarán las verdaderas grandeza.

‘Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo…’ Son los nuevos parámetros que nos ofrece Jesús; no vamos a ir copiando e imitando lo que son los poderes de este mundo, porque sabemos siempre como acaba todo, en la vanidad, en la soberbia, en los pedestales, en no buscar sino los propios intereses; lo estamos viendo continuamente, son noticias que nos salen todos los días en las primeras paginas de los noticiarios, aunque siempre se presentan con mucha sagacidad y disimulo, con bonitas palabras, pero con la doble cara de la falsedad y de la hipocresía.

Nosotros tenemos a quien imitar. ‘Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos’. No tenemos otro modelo que Jesús. Pasó haciendo el bien, lo definirá más tarde san Pedro. Lo contemplaremos tomando la jarra del agua y ciñéndose la toalla para ponerse a lavar los pies de los discípulos. Y es así como tenemos parte con El, porque el nos lava los pies, pero porque nos dice que si el Maestro y el Señor nos ha lavado los pies, así tenemos que lavarnos los pies los unos a los otros.

Y aquí sí tenemos que responderle al Señor que sabemos lo que pedimos y lo que queremos, porque bien que nos lo ha explicado y bien que ha ido delante de nosotros dándonos ejemplo. Por eso comenzaremos a amarnos, pero no con un amor cualquiera sino como El nos ha amado y se ha entregado por nosotros.

Cuando hoy celebramos el día del Apóstol Santiago y además lo proclamamos patrono de España porque según la tradición a nuestras tierras del fin de la tierra vino a anunciar el Evangelio, ¿será esa la imagen que nosotros demos ante el mundo que nos rodean? ¿será es nuestra forma de evangelizar? ¿será esa la imagen de la Iglesia que damos ante el mundo que nos rodea? ¿serán esos nuestros sueños de cómo hemos de anunciar el Evangelio?


lunes, 3 de noviembre de 2025

A lo mejor tendríamos que pensarnos eso de invitar a los que nos pueden corresponder… pero estaríamos tan lejos del Reino de Dios

 


A lo mejor tendríamos que pensarnos eso de invitar a los que nos pueden corresponder… pero estaríamos tan lejos del Reino de Dios

Romanos 11,29-36; Salmo 68; Lucas 14,12-14

Todos de alguna manera estamos sometidos a ciertas connotaciones de la vida social que nos van haciendo hacer cosas que algunas veces pueden hasta en cierto modo perder su sentido. Es el montaje, por así decirlo, de nuestras relaciones sociales en que puede privar en ocasiones la vanidad o la hipocresía. Por supuesto que tenemos que mantener unas relaciones los más armoniosas posibles entre unos y otros, pero donde prime la sinceridad, la autenticidad, la veracidad en eso que llamamos amistad que no se puede quedar en bonitas formas, sino que tienen que nacer de algo más hondo dentro de nosotros mismos.

Te invito porque me invitas, soy amigos de mis amigos que decimos tantas veces, o te ayudo para que un día me eches tú una mano, con ese ni a misa porque no ayuda nunca a nadie; y buscando aquello que nos pueda dar buena sombra o mucho lustre, y entonces invitamos a los que a su vez nos invitan, sentamos a nuestra mesa a los que son los amigos de siempre, nos apartamos de aquellos que nos pueden parecer hoscos y desagradables, o de los que según nosotros no tienen buena fama y claro no nos queremos dejar ver con toda clase de gente, porque aquello de dime con quién andas y te diré quien eres. Pensemos con sinceridad a quienes queremos tener como amigos, quienes son los invitados habituales a nuestra mesa… y muchas cosas más que tendrían que hacernos pensar en este sentido.

Desconcertantes tenían que haber sonado en aquella ocasión las palabras de Jesús, como hoy escuchamos en el evangelio. La ocasión la dio un día que un fariseo lo invitó a su mesa y allí estaba rodeado de todos los principales de la ciudad a quienes aquel hombre acostumbraba a invitar. Había observado Jesús las triquiñuelas o las carreras de algunos por buscar sitios preferentes en la mesa. Todos querían estar en un sitio de honor. Entonces como los protocolos de ahora en el que el anfitrión señala el sitio y la mesa de cada uno, con un listado que tenemos que consultar o con una tarjetita con nuestro nombre en la mesa o en el plato y sitio que nos corresponde. Pero aun así con estos protocolos de hoy ¿no habremos escuchado a algún descontento que pensaba que lo iban a poner en una mesa mejor? No estamos tan lejos de las triquiñuelas de entonces.

Ahora Jesús deja caer como quien no quiere la cosa lo que tendría que ser el auténtico protocolo en la mesa del Reino de Dios.

¿A quien había anunciado el profeta como nos recordaría Jesús en la sinagoga de Nazaret quienes iban a ser los preferidos del Reino? El Espíritu del Señor lo había ungido y enviado a anunciar una buena nueva a los pobres, libertad para los oprimidos y salud y salvación para los lisiados, los ciegos y los leprosos.

Por eso no nos ha de extrañar lo que ahora Jesús nos dice. Y nos viene bien recordarlo textualmente. ‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos’.

        Ahí están con toda claridad las palabras de Jesús y no es necesario que nos hagamos más comentarios, en que fácilmente vendremos con nuestras sutilezas y distinciones. Así claramente como nos dice Jesús, ‘a los que no pueden pagarte, a los que no pueden corresponder… y será feliz’. Es una hermosa bienaventuranza la que nos está diciendo Jesús. ¿Seremos capaces de aceptar el reto? A lo mejor tenemos que pensárnoslo, porque nosotros habíamos preferido… porque claro la costumbre, lo que siempre se hace, las exigencias sociales… pero entonces estaríamos lejos del Reino de Dios.

domingo, 31 de agosto de 2025

Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir, no andamos en la carrera de un concurso de méritos

 


Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir, no andamos en la carrera de un concurso de méritos

Eclesiástico 3, 17-20. 28-29; Salmo 67; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª; Lucas 14, 1. 7-14

¿Un concurso de méritos? ¿Será en eso lo que hemos convertido nuestra vida? Es cierto que tenemos que aspirar a ser el mejor y que seguramente cuando busquemos un colaborador para nuestros proyectos busquemos siempre lo mejor. Los buenos valores tenemos que saber utilizarlos, quien tiene las mejores cualidades ha de saber desarrollarlas. Claro que seguramente tenemos que preguntarnos qué entendemos por ser el mejor, cuáles son esos valores tan valiosos – y valga la redundancia – o las mejores cualidades de la persona.

El evangelio de hoy y toda la Palabra de Dios proclamada nos da pautas que tenemos que saber entender. La ocasión de las palabras de Jesús ha venido desde los codazos que El contempla que se dan los invitados por conseguir los mejores puestos, o los puestos de honor en aquel banquete al que han sido invitados. Y nos habla de humildad, no como una táctica para obtener posteriores reconocimientos sino como un sentido de vida en la verdad y en la autenticidad. ¿Será por ahí por donde nos chirríen nuestros engranajes y nuestras maneras de entender la vida?

La humildad es una actitud interior, no es mera apariencia, no es ocultar nuestra realidad ni nuestros valores, es reconocimiento de sentirnos amados aunque nos parezca que somos pequeños, es un constatar el regalo que hemos recibido simplemente porque somos amados. ¿No reconocía María que en la pequeñez de una esclava Dios había realizado obras grandes? Humildad que tampoco es pasividad ni conformismo; humildad que nos hace fuertes para ser generosos y nos dará una nueva lucidez a nuestra vida para saber valorar a los demás, sean quienes sean, o tengan lo que tengan. Quien es humilde tampoco necesita de la aprobación de nadie para hacer lo que él considera que debe hacer. Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir.

Igualmente nos dice que actuemos con humildad y generosidad no para ir consiguiendo réditos y méritos. Nuestra generosidad no puede terminar en arrogancia porque ya le quitaríamos su valor. Simplemente nos damos porque nos sentimos amados y con ese mismo amor nosotros queremos amar. Nos corresponderán o no nos corresponderán, pero nosotros seguimos amando, seguimos siendo generosos porque la satisfacción nos la dará el que por nosotros mismos seamos capaces de amar. Ojalá siempre sepamos gozarnos en nuestro interior por el bien que hacemos o por los caminos de crecimiento interior que logramos para los demás. Y es que el amor nunca es interesado, el amor peca siempre de generosidad y nunca se sentirá culpable de amar.

Hoy Jesús les dice a los invitados que no anden así con esos raquitismos de andar peleándose por esos honores mundanos. ¿Será ocupar un puesto de honor en la vida y recibir reconocimientos o serán también esas actitudes y posturas que de alguna manera tratamos de disimular para escoger con lupa a aquellos con quienes nos juntamos? ¿No nos sucede muchas veces que no queremos que nos vean con determinadas personas o con ciertos sectores de la sociedad para que, decimos, la gente no se confunda al vernos y piensen que todos somos de la misma calaña? Ya procuramos hacerlo con mucha sutileza pero de alguna manera son costumbres demasiado arraigadas en nosotros.

Jesus hoy aparece rompiendo moldes, tanto por lo que le dice a los invitados como por lo que le dice también al que realiza la invitación. No invites, les viene a decir Jesús, a quienes pueden ofrecerte una compensación por tu invitación invitándote ellos también a ti. Invita, les dice, a los que no pueden corresponder con una invitación, a los pobres, a los lisiados, a los que nada tienen, a los que incluso no te darán las gracias, porque eso sucede también muchas veces.

Son los caminos de la gratuidad que muchas veces no entiende el mundo que nos rodea, porque siempre parece que todo se hace por interés, todo lo que hacemos ha de tener una ganancia o sacar unos beneficios. Y cuidado que puede ser una tentación en la que fácilmente caigamos en aquellas cosas buenas que queremos hacer por los demás. Algunas veces pudiera parecer que vamos acumulando puntos porque en el Reino de los Cielos vamos a presentar la cartilla para ver qué mejor lugar podemos ocupar. Hasta en las cosas espirituales podemos ser interesados.

Nuestro premio es el Señor y teniéndolo a El, qué más da el lugar o la altura del pedestal, porque el gozo es el Señor. No andamos en la carrera de un concurso de méritos.

 

martes, 4 de marzo de 2025

Lo que buscamos será siempre la gloria de Dios, lo demás se dará por añadidura y no importa que algunas veces aparezcan las persecuciones, por encima de todo el amor de Dios

 

Lo que buscamos será siempre la gloria de Dios, lo demás se dará por añadidura y no importa que algunas veces aparezcan las persecuciones, por encima de todo el amor de Dios

Eclesiástico 35, 1-12; Salmo 49; Marcos 10,28-31

Siembra ahora para que un día puedas cosechar. Es cierto, hemos de reconocer. Es lo que sucede en nuestros campos, si no hacemos buena siempre y buen cultivo al final no podemos esperar una buena cosecha; es lo que motiva nuestros esfuerzos y nuestros trabajos, la obtención de unos beneficios, el desarrollo de una idea o de una tarea, lo que podemos hacer para mejorar la vida; es, sí, la tarea de unos padres responsables que educan y hacen todo lo que pueden por sus hijos para que crezcan y maduren, llegan a desarrollar su personalidad y su vida y, como solemos decir, sean unas personas de provecho; es lo que quiere hacer quien trabaja por la sociedad, que lo considera como un servicio para hacer que esa sociedad funcione, que nuestro mundo sea mejor.

Una buena interpretación de lo que decíamos al principio, ‘siembra para que un día puedas cosechar’. Pero bien sabemos que a esa frase o sentencia le damos también otras interpretaciones que muchas veces encierran unos intereses de alguna manera egoístas, como siempre son los intereses. Son, por ejemplo, los que van haciendo favores, pero que un días pretenden cobrar, que nos sintamos eternamente agradecidos por lo que han hecho por nosotros, pero que luego sepamos corresponder; detrás hay una cierta manipulación que podíamos decir que llega a corrupción con lo que pretendemos tener atados a nuestros intereses a aquellas personas a las que un día hicimos un favor.

Reconozcamos que vemos demasiado de esto en la sociedad donde vivimos; no siempre esas cosas buenas que podamos hacer son fruto de la generosidad sino del interés, creando servilismos, un clientelismo – podíamos decir así – en que queremos poco menos que convertir en servidores nuestros a quienes un día hicimos un favor. No aparece la generosidad y el desinterés, no aparece el verdadero amor, lo convertimos todo en un mercantilismo donde siempre queremos estar cobrando aquello que un día hicimos.

¿Será así cómo estamos haciendo con Dios? Pensemos por ejemplo en esas oraciones muchas veces llenas de amargura cuando los problemas nos aparecen por todas partes y nos decimos, nosotros que siempre hemos sido buenos, ¿cómo es que Dios nos castiga? Dios tiene que ayudarme porque yo he hecho tantas cosas buenas por la Iglesia… y hacemos toda una lista – ¿de la compra? – con la que poco menos que queremos chantajear a Dios para que nos ayude. ¿Qué es lo que realmente nos ha motivado? ¿Un amor generoso y desinteresado o realmente le estamos pidiendo cuentas a Dios? Tendríamos que pensar.

En el episodio de hoy del evangelio yo quiero imaginar algo que no nos dice, pero ¿cómo sería la cara de Jesús ante las exigencias de Pedro para ver cuánto iban a recibir ellos que lo habían dejado todo por seguir a Jesús? ¿Seguían a Jesús realmente por amor al Reino de Dios que Jesús anunciaba o pensaban – como tantas veces discutieron – qué lugar iban ellos a ocupar en ese Reino que Jesús proclamaba?

Pero el corazón de Dios no se deja ganar en generosidad, aunque nuestra generosidad vaya algunas veces de alguna manera maleada. Jesús les dice que cien veces más, pero también les dice ‘con persecuciones’, pero les dice también que en la edad futura, la vida eterna. Les recuerda también que ‘los últimos serán los primeros y los primeros los últimos’, para que no olviden donde está su verdadera grandeza y cual es el espíritu de servicio que tiene que guiar sus vidas.

¿Cuál es la cosecha que pretendemos un día obtener de nuestra siembra y de nuestro cultivo? Creo que en la vida tenemos que pensarnos muy bien cual es la cosecha que merece la pena y en la generosidad con que siempre hemos de actuar buscando simplemente el bien y dejándonos llevar por lo que nos dicte el amor.

Esto tiene que hacernos reflexionar mucho también para los que trabajamos en la Iglesia, para los que nos sentimos comprometidos por el evangelio. No lo hagamos nunca buscando compensaciones, buscando agradecimientos y recompensas. Dejemos de ponernos lápidas y plaquitas de reconocimientos de lo que hacemos, esas plaquitas que aparecen tantas veces ‘para eterna memoria’.

Lo que buscamos será siempre la gloria de Dios. Busquemos el Reino de Dios y su justicia que lo demás se dará por añadidura. No importa que algunas veces aparezcan las persecuciones. Por encima de todo el amor de Dios.

martes, 25 de febrero de 2025

¿Llegaremos a entender lo que Jesús quiere trasmitirnos o también nos da miedo preguntarle porque eso nos puede comprometer más?

 


¿Llegaremos a entender lo que Jesús quiere trasmitirnos o también nos da miedo preguntarle porque eso nos puede comprometer más?

Eclesiástico 2, 1-11; Salmo 36; Marcos 9, 30-37

‘No seas pájaro de mal agüero’, le decimos al amigo que un día se nos pone muy serio y trascendente y comienza a hablarnos de cosas que nos pueden pasar, de que es necesario quizás cambiar algunas posturas y actitudes porque el camino que llevamos no está bien y nosotros queremos quitárnoslo de encima; no nos gusta que nos hable así, que quizás nos haga pensar, pero no queremos quizás mirarnos por dentro con sinceridad y preferimos pensar en otras cosas; si podemos sacamos lo que sea con tal de cambiar de conversación, son otros nuestros intereses o nuestras preocupaciones o ya tenemos bastante con lo de cada día para ponernos a pensar con nubarrones negros sobre el fututo.

Nos dice el evangelio hoy que mientras iban de camino Jesús quiso ponerse a hablar con sosiego con sus discípulos más cercanos, aquellos que un día había elegido como sus acompañantes, sus apóstoles, porque sería a los que confiaría la misión de seguir anunciando el Reino de Dios; trataba de no encontrarse con la gente, porque quería hablar con ellos a solas, querías instruirlos, prepararlos para los acontecimientos que un día habían de desarrollarse; pero los discípulos no estaban por la labor, no querían entender de lo que Jesús les hablaba pero además les daba miedo preguntarle, y se pusieron a hablar de otras cosas por el camino.

Jesús les había estado anunciando lo que había de suceder en Jerusalén donde el Hijo del hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles e incluso le darían muerte, pero les anunciaba la resurrección. Pero ellos no entendían; si Jesús era en verdad el Mesías no podía sucederle nada de lo que les estaba ahora diciendo; si Jesús era el Mesías había que pensar en qué lugar quedaban ellos, qué lugar ocuparían en ese Reino nuevo que Jesús tanto anunciaba.

Jesús los dejó mientras los observaba; ya habría ocasión, y el momento llego cuando llegaron a casa. No podía dejar la cosa así, porque no terminaban de entender. Pero lo que hace Jesús es preguntarles de que era la conversación que se traían mientras venían de camino que se les veía muy animados; se sintieron cogidos, nadie quería responder porque habían estado discutiendo por los primeros puestos; y Jesús lo sabía. Jesús sí que tiene interés por lo que son las preocupaciones y los sueños que puedan tener los discípulos, pero quiere ayudarles a encontrar lo mejor.

Es el momento de que tengan claras las cosas de las que tantas veces les ha hablado. Cómo nos cuesta a nosotros también entender cuando tantas cosas se nos dicen y se nos repiten; cuántas veces hemos escuchado el evangelio, la buena noticia que Jesús quiere transmitirnos, pero seguimos con nuestros apegos, seguimos con nuestras interpretaciones, seguimos con nuestros tropiezos una y otra vez en lo mismo, seguimos sin dar el paso de búsqueda sincera, de compromiso serio, de ponernos a participar de verdad en lo que tiene que ser la vida de la Iglesia, seguimos con nuestros juicios y condenas, seguimos con nuestras apetencias y lo que le pedimos a Dios es que nos dé suerte en la vida, pero ponernos nosotros con la mano en el arado, lo dejamos para otro. Ahora mismo estamos juzgando a los apóstoles porque no entendían lo que Jesús les quería decir de su pasión y su muerte, pero no nos miramos a nosotros mismos que no queremos entender lo que tiene que ser la pascua para nosotros.

Y Jesús les habla de cómo en verdad han de ser importantes, cual es la actitud que hemos de tener, cuales son las posturas que tenemos que tomar; y les pone en medio un niño, signo del desinterés y quien no tiene malicia, la actitud del niño siempre acogedora que reparte cariño y que se deja querer, que está dispuesto a hacer lo que le pidamos y corre con alegría a nuestro lado porque se siente lleno de gozo cuando puede hacer algún servicio y se siente útil para los demás. Pero nos habla Jesús de cómo nosotros hemos de saber acoger a un niño, al que consideran pequeño y sin valor, a aquel que nos pueda parecer revulsivo por su presencia, por su origen, por las cosas que nosotros imaginamos que pudiera hacer; nuestra vida tiene que estar envuelta por el amor y eso nos lleva al servicio y nos lleva a la acogida, nos lleva a buscar lo bueno y a ponernos en servicio de quien lo pudiera menester.

¿Llegaremos a entender lo que Jesús quiere trasmitirnos o también nos da miedo preguntarle porque eso nos puede comprometer más? 

domingo, 20 de octubre de 2024

¿Preparamos el terreno para nuestros sueños y ambiciones o nos preparamos nosotros para ceñirnos la cintura y ponernos a servir a la manera de Jesús?

 


¿Preparamos el terreno para nuestros sueños y ambiciones o nos preparamos nosotros para ceñirnos la cintura y ponernos a servir a la manera de Jesús?

Isaías 53, 10-11; Sal. 32; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45

Estaban queriendo preparar el terreno por lo que había de venir, por las ventajas que podrían alcanzar, porque no querían que nadie se les adelantase... No nos ha de extrañar. ¿No lo hacemos nosotros también? En la vida también vamos con astucia, buscamos nuestros apoyos, alguien que medie por nosotros, vamos presentando nuestra cara bonita, queremos hacer méritos. En las cosas que queremos conseguir en la vida, en los puestos que queremos alcanzar, en las influencias que podamos luego tener desde posiciones de relevancia, para las ganancias de la vida. Y vemos como se echan zancadillas, cómo queremos llegar los primeros sea como sea, cómo nos lo permitimos todo – aunque algunas veces parezca que perdemos – con tal de conseguir lo que nos proponemos. Y no digamos nada de las guerras entre unos y otros, declaradas o solapadas, que hay detrás de todo eso.

Por eso es acercan aquellos dos discípulos a Jesús, en fin de cuentas eran parientes y habían estado además desde el principio con el maestro, porque con lo que Jesús anunciaba parecía que el momento estaba cerca – aunque no terminaran aún de entender lo que significaba aquel momento anunciado por Jesús, y le piden unos lugares de honor en ese Reino ya tan inminente. Detrás estaba el concepto de Mesianismo que tenían, no solo ellos, sino en la forma de pensar del pueblo alentado también desde ciertos intereses. ‘Uno a tu derecha y otro a tu izquierda’.

Nos puede parecer sorprendente, después de lo que hoy ya nosotros comprendemos del sentido de Jesús. ¿Le sorprendería a Jesús aquella petición de aquellos dos discípulos? Jesús conocía bien el corazón del hombre, conocía bien las ambiciones que merodeaban entre ellos, porque además será alto que se repite. Pero la respuesta de Jesús es directa con una pregunta. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?’

La respuesta, en la ambición que ellos tenían, está pronta. ‘Podemos’. No dice nada expresamente el evangelista, pero yo pongo imaginación y quiero ver la mirada de Jesús ante la respuesta tan ingenua de los discípulos. Lo que les dice a continuación está en cierto modo describiendo esa mirada, como tantas otras que le vemos a Jesús en distintas páginas del evangelio. ‘No sabéis lo que pedís… El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y seréis bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado’.

Beberían el cáliz y serían bautizados con aquel bautismo, pero en la hora de la pasión estaban ausentes, solo Juan se había atrevido a estar con María al pie de la cruz. Pero a la derecha e izquierda de la cruz, del momento de la gloria aunque costara entenderlo, eran otros dos los que estaban, unos malhechores colgados también de un madero como Jesús. ¿Lo indescifrable de los caminos de Dios? ¿O el camino que nos estaba enseñando Jesús que tendría que ser el camino de la Iglesia? Nos daría para pensar.

Las palabras de Jesús no se quedan ahí. Volverá a repetirnos lo que otras ocasiones volvería a decirnos. ¿Cuál es la grandeza? ¿Cuál es la influencia y el poder? ¿Cuáles son en verdad los primeros puestos por los que tenemos que aspirar? Tiene que quedar claro de una vez para siempre. No puede ser a la manera de los poderes de este mundo.

Tenemos que convencernos, porque han pasado ya muchos siglos y todavía seguimos ansiando poderes, y lugares de honor, y reverencias y reconocimientos, y nos seguimos revistiendo de los ropajes del poder y de las grandezas humanas.  ¿Cuándo llegaremos a comprender estas palabras de Jesús para despojarnos de todos esos ropajes mundanos de los que nos seguimos revistiendo en la Iglesia?

Tenemos que aprender de una vez por todas que nuestro camino ha de ser el del servicio, el de la humildad y de la sencillez, lejos de nosotros las vanidades del corazón, no siguiendo en la búsqueda de méritos con aquellas cosas incluso buenas que hacemos, dejando ya a un lado la tabla de las reivindicaciones para que tengamos nuestro lugar, y a estar dispuestos a amar de verdad a la manera como nos enseña Jesús.

‘El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir, a dar su vida en rescate por todos’, termina diciéndonos Jesús. Y todavía nos cuesta ceñirnos la toalla para ir a lavar los pies; todavía seguimos mirando con cierta indiferencia a los que no son como nosotros, porque tienen otro color de piel o porque vienen de otros lugares, todavía mantenemos la desconfianza en el corazón ante cualquiera que nos parezca distinto y no conozcamos manteniendo las distancias.

¿Dónde está el amor a la manera del amor de Jesús que El nos ha enseñado a tener? ¿Seguiremos todavía preparando el terreno para nuestros intereses?

 

 

domingo, 22 de septiembre de 2024

No pretendamos quedarnos callados, mirando para otro lado, son querer enterarnos, para hacer ‘nuestro’ camino que estaría muy lejos del camino de Jesús

 


No pretendamos quedarnos callados, mirando para otro lado, son querer enterarnos, para hacer ‘nuestro’ camino que estaría muy lejos del camino de Jesús

Sabiduría 2, 12. 17-20; Sal. 53; Santiago 3, 16–4, 3; Marcos 9, 30-37

Mejor no hacer preguntas. Alguna vez lo hemos pensado así. No nos queremos enterar; en ocasiones nos ponemos tan obtusos que se nos cierra la mente y por muy claro que nos expliquen las cosas, parece que no nos entran, no nos enteramos. En ocasiones no queremos preguntar, porque quizás luego nos vemos comprometidos; por eso mejor no saber nada, como tantas veces respondemos también escurriendo el bulto aunque nosotros sabemos como son las cosas, pero no quiero complicarme la vida.

¿No querían complicarse la vida los discípulos después de los anuncios que Jesús les iba haciendo? Es que se les venía abajo el castillo que se habían montado en su imaginación, con aquello de que Jesús podía ser el Mesías; era un estado posible de poder del que no querían desprenderse, ya sabemos la idea que tenían de lo que podía ser el Mesías y cuales eran los sueños de la mayoría; los discípulos no eran ajenos a aquellas pretensiones, algunos provenían quizás de grupúsculos procedentes de Galilea con sus afanes reivindicativos.

Jesús en esta ocasión se había tomado un aparte con los discípulos más cercanos - ¿aquellos doce que había elegido como apóstoles? – y los iba instruyendo al mismo tiempo que servía como un desahogo para Jesús, porque El era bien consciente de lo que iba a suceder en Jerusalén. Y es lo que les anuncia, preparando terreno, pero parece que el terreno de aquel camino estaba bien endurecido, siguiendo la parábola que un día les propusiera. ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará’, les decía claramente pero ellos ‘no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle’.

Por eso mientras iban de camino, en los apartes de sus conversaciones, no paraban de discutir. Y aunque a ellos les pareciera que no, Jesús los iba escuchando, conocía bien cuales eran sus humanas ambiciones y la confusión que en sus mentes y en sus corazones existía. Por eso a la llegada a casa los coge aparte y les pregunta ‘¿De qué discutíais por el camino? Pero ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante’.

Jesús una vez más les hablará de hacerse los últimos y del servicio, aunque sus palabras pareciera que caían una vez más en saco roto. Por eso tomó un niño y los puso en medio para decirles que ‘el que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’.

Acoger al pequeño, la imagen quería decir algo más que pensar solamente en un niño aunque también en aquella época eran poco considerados; es acoger al que parece que no vale, al que no es tenido en cuenta o que es rechazado por los demás, al que todo el mundo mira por sobre el hombre y el que es despreciado de todo el mundo, aquellos que no son bien recibidos porque parece que nos van a quitar un puesto en la mesa del banquete, aquellos que todos discriminan porque traen una historia detrás o porque vienen de donde vienen y ahí podemos poner todos los racismos que de nuevo están aflorando en nuestra sociedad, aquellos que nos parecen violentos y que creemos que no caben en nuestra sociedad, aquellos con los que no nos tratamos porque un día hicieron, porque piensan distinto a nosotros, porque tienen otro concepto de la vida…

Son tantos a los que vamos orillando en el camino de la vida. Y Jesús nos está diciendo cómo tenemos que acogerlos, porque cuando los acogemos a ellos es a Jesús a quien acogemos. ¿También nos dará miedo a nosotros preguntar quienes son esos pequeños? ¿También tememos preguntar hasta donde tenemos que ser servidores de los demás? ¿Seguiremos pretendiendo quedarnos callados, mirar hacia otro lado para no enterarnos y no comprometernos, y seguir haciendo ‘nuestro’ camino como si con nosotros nada tuviera que ver todo eso que nos está diciendo hoy Jesús? Quizás nos parezca más cómodo.  Si hacemos así, ¿creeremos que en verdad estamos haciendo el camino de Jesús?

 

martes, 13 de agosto de 2024

Nuestra grandeza y la forma de resplandecer en nuestra dignidad de personas es cuando somos capaces de ponernos al lado de los pequeños o los que no son tenidos en cuenta

 


Nuestra grandeza y la forma de resplandecer en nuestra dignidad de personas es cuando somos capaces de ponernos al lado de los pequeños o los que no son tenidos en cuenta

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Salmo 118;  Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Cosas de chiquillos, decimos algunas veces. ¿Acaso queremos decir que son cosas sin valor, que no tienen importancia, que son pasajeras? Las miramos como ocurrencias de niños, pero con expresiones como esta no nos estamos refiriendo solo a las cosas de los niños, sino que ahí solemos englobar a todo aquel que consideramos de poco valor, que no tiene unos razonamientos que nos convenzan, que de alguna manera los vemos como marginados en nuestra sociedad, y digo en nuestra sociedad, para referirme a nuestros círculos más cercanos donde solemos movernos, o en otro escalón de la vida social. Solemos con demasiada facilidad hacer nuestras distinciones y nuestras discriminaciones.

Estoy haciendo referencia a todo esto, que es una realidad en nuestra vida, en nuestras relaciones sociales, desde la pregunta que le hacen a Jesús y la manera que tiene de responder. Siempre andamos en la vida buscando las importancias, sí, lo importantes que somos, esos lugares encumbrados que nos gustaría alcanzar. Ya vemos que era la tentación que sufrían también los discípulos más cercanos a Jesús, porque muchas veces Jesús se los encontraba en medio de sus disputas sobre quien era el más importante, en una palabra, quien iba a tomar el mando después de Jesús. Y tras más de veinte siglos en la iglesia seguimos con lo mismo, ¿quién es más importante, quien va a tomar el mando cuando esto cambie? y soterradamente sigues nuestras luchas de poder que algunas veces se notan demasiado.

Ahora el evangelio simplemente dice que uno le pregunta ‘¿Quien es el mayor en el reino de los cielos?’ Y Jesús no responde con palabras sino con gestos. Llamó a un niño y lo puso en medio. Allí estaban en una conversación de mayores; ya era un atrevimiento que un niño interfiriera en una conversación de adultos, pero es que fue Jesús el que ‘llamó al niño y lo puso en medio… El que acoge a un niño como este… me acoge a mi’. Un niño que no tiene que estar entre los mayores, pero un niño al que hay que acoger como a cualquier otro ser humano que tengamos que acoger, pero es que nos dice más, ‘el que acoge a este en mi nombre’.

Los esquemas están cambiando y estaremos viendo a quien Jesús considera importante, al que considera el mayor. Pero igual que decíamos en aquella expresión con la que comenzábamos la reflexión que iba más allá de la referencia que se pueda tener con un niño, significando como nuestra acogida tiene que ser a todos, pero que en un espacio especial de acogida tienen que estar los que son considerados menores, menos importantes, dejados a un lado en nuestra sociedad.

No acogemos al otro por el tintineo que tenga en los bolsillos ni por la calidad del traje que lleve puesto, por la prepotencia con que se presente ante nosotros o por su brillante palabrería; acogemos a la persona, al hombre o mujer, sea quien sea, tenga la condición o la edad que tenga, porque siempre estamos valorando por encima de todo su dignidad como persona, y si algunos son nuestros preferidos, serán siempre los humildes y los pobres, los que habitualmente son menos considerados o nunca tenidos en cuenta.

Ahí está nuestra grandeza, ahí estaremos resplandeciendo como personas. Cuando somos capaces de ponernos al lado de los pequeños o de los que no son considerados. Por eso nos habla también de la búsqueda de la oveja perdida, mientras el resto se deja en el redil hasta encontrarla. No es rebajarnos, es alcanzar la mayor grandeza y dignidad.


miércoles, 29 de mayo de 2024

No nos podemos inventar nuestros caminos como tantas veces intentamos, no tenemos que hacer otra cosa que seguir las huellas de Jesús porque es el guía de nuestro camino

 


No nos podemos inventar nuestros caminos como tantas veces intentamos, no tenemos que hacer otra cosa que seguir las huellas de Jesús porque es el guía de nuestro camino

1Pedro 1, 18-25; Salmo 147; Marcos 10, 32-45

Cuando hacemos un nuevo camino necesitamos quien vaya delante de nosotros, quien nos guíe para no errar en el camino, para encontrar la verdadera senda; eso nos dará seguridad, eso a pesar de las dificultades del camino hará que no caminemos con miedo, que no nos falte la paz. No podemos hacer el camino por nuestra cuenta, adelantarnos a quien está haciendo de guía, pretender hacer por nosotros mismos nuestras propias sendas abandonando la ruta que nos ha trazado quien de verdad conoce el camino y sabe dónde está la meta o el fin de ese camino. Es cierto que algunos son atrevidos en los caminos de la vida y quieren hacerlo por sí mismos, pero hemos de estar seguros de cuáles son nuestras metas para no trazarnos ni metas ni sendas que no nos llevan a ninguna parte, sino que al contrario nos llenan de confusión.

Jesús va delante de nosotros, como nos dice hoy el evangelio. Nos está hablando de que subían a Jerusalén; era importante aquella subida por los anuncios que ya Jesús les iba haciendo, aunque a ellos les daba miedo y no terminaban de entender. Jesús no se detiene en el camino porque sabe bien a las claras cual es la meta de aquella subida, su Pascua. Por eso les anuncia cuanto va a suceder en Jerusalén, aunque ellos, repito, no terminan de entender.

Tanto es así que no entendían que si en otra ocasión fue Pedro el que trataba de quitarle la idea a Jesús de su cabeza, encontrándose incluso con el rechazo de Jesús, ahora serán los hermanos Zebedeos los que vengan con sus aspiraciones. Motivará el recelo de los demás discípulos, como si ellos fueran a quitarles los puestos, como tantas veces nos sucede en la vida. Andamos tantas veces a la zancadilla, que cuando vemos a alguien que nos parece que no va con buenas intenciones ya andamos con nuestros recelos y desconfianzas. Así andaba el resto de los discípulos hacia los hermanos Zebedeos.

Y es que ellos no pedían cualquier cosa. Estaban adelantándose a pedir primeros puestos. Alguien tendría el poder en sus manos cuando llegara el nuevo reino que anunciaba Jesús, según lo que ellos entendían, por eso era necesario irse garantizando algún lugar de influencia; no en vano ellos eran medio parientes de Jesús. Ya conocemos el episodio y no es necesario entrar en más detalles.

Pero, ¿cuál es el camino que les está ofreciendo Jesús, El que es el guía de aquel camino? Jesús volverá a insistir en el espíritu de servicio y desprendimiento, Jesús seguirá pidiendo la generosidad del corazón para alejarse de todo lo que fueran ambiciones malsanas, Jesús seguirá diciéndonos que es el amor la única vestidura que hemos de tener la preocupación de vestir. Aunque no lo entiendan. El va por delante y su camino es el del amor, su camino es hacia la entrega, la senda que va realizando es el ir a entregar la vida, porque nadie se la arrebata sino que El la entrega libremente.

Y ese tiene que ser nuestro camino. No nos podemos inventar nuestros caminos como tantas veces intentamos;  no podemos andar con componendas ni figuraciones; de nada nos vale la vanidad y la apariencia. Lo importante es lo que seamos capaces de dar de corazón. No tenemos que hacer otra cosa que seguir las huellas de Jesús.

Como hoy nos dice Jesús, ‘Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos’.

¿Seremos capaces al fin de decidirnos a dar el paso de vivir esas actitudes nuevas que Jesús nos está pidiendo? ‘El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos’. ¿En qué lo vamos a manifestar? ¿Qué seremos capaces de hacer por los demás para que encuentren también ese camino de vida nueva?


martes, 28 de mayo de 2024

No importa que podamos parecer los últimos, porque finalmente vamos a ser los primeros en el Reino de Dios, ahí tenemos nuestra ganancia

 


No importa que podamos parecer los últimos, porque finalmente vamos a ser los primeros en el Reino de Dios, ahí tenemos nuestra ganancia

1Pedro 1, 10-16; Salmo 97; Marcos 10, 28-31

¿Qué gano yo? Es una  pregunta que fácilmente nos hacemos. Siempre andamos al interés. Nos pasa cuando tenemos que hacer esfuerzos extraordinarios, sobre todo cuando lo que estamos haciendo no es tanto por nosotros mismos sino por los demás; nos hacemos la pregunta cuando se nos pide una dedicación especial en una obra o en una empresa que no es tanto personal sino algo comunitario; nos la hacemos cuando quizás se nos pide renunciar a algo que en si mismo es bueno pero que podría ser un camino para algo mejor pero que no vemos tan claro. De una forma o de otra nos hacemos la pregunta, nos preguntamos cual es la ganancia que vamos a tener.

Ronronean dentro de nosotros aspiraciones de grandeza, vanidad del corazón, amor propio que se convierte en orgullo y cuando se nos tocan esas llamemos realidades nos ponemos alerta. Queremos más y buscamos reconocimientos, nos queremos mostrar orgullosos ante los demás de lo que hemos conseguido y nuestro ego parece siempre que quiere crecerse, pero cuando tenemos que hacer las cosas y no tenemos tan palpables esos reconocimientos por parte de los demás, nos sentimos heridos y frustrados; cuando nos podemos mostrar ante los otros las cosas buenas que hacemos, nos preguntamos si merece la pena que eso se mantenga oculto.

¿Qué gano yo nos preguntamos? Tanto sacrificio, tantos momentos de lucha, tantos momentos amargos incluso que a veces podemos pasar, ¿para qué? ¿No tendríamos derecho a un agasajo, a un reconocimiento, a unas palabras de alabanza? Qué mal nos sentimos cuando llega ese momento en que esperábamos que se reconocieran todas las cosas que hemos hecho, a nosotros ni nombrarnos, y quizás los méritos se los dan a otros.

Ahora Jesús, a partir de aquel episodio del hombre rico, les recuerda que aquellos que andan buscando esas grandezas en la vida, al final se van a encontrar vacíos; les recuerda que si no hay desprendimiento en sus vidas todo carece de sentido; les ha venido enseñando que hay que hacerse los últimos, cuando ellos siempre andaban pensando en grandezas y en poder, y ahora les dice Jesús que los que viven apegados a sus riquezas no tienen cabida en el reino de Dios; todo eso de lo que se han inflado en la vida les impedirá entrar por la puerta estrecha.

Y ellos que lo habían dejado todo; ellos que un día dejaron las redes y la barca varada en la playa; ellos que habían abandonado sus negocios seguros, había dejado atrás familias y antiguos amigos por estar con Jesús, habían abandonado sus garitas y sus puestos de trabajo, ¿qué es lo que iban a recibir si las ganancias materiales parecían que eran tan poco importante en aquel reino de los cielos que Jesús anunciaba? Habían caminado de un lado para otro siguiendo los pasos de Jesús, habían pasado también por momentos de pobreza y de escasez porque realmente vivían de la limosna de unas buenas mujeres que los atendían, ¿merecía la pena tanto sacrificio? ¿Qué es lo que iban a ganar?

Es lo que le plantean directamente a Jesús. Y Jesús, sí, coge el toro por los cuernos, no rehuye la pregunta, pero no dejará de hablarles claro. Es cierto que la promesa de Jesús en este momento puede parecer un tanto extraña, pero algo hondo quiere decirles Jesús con ello. ‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna’. 

No niega Jesús que van a tener premio, que nada se quedará sin recompensa. Ya lo había dicho en otra ocasión, que un vaso de agua dado en su nombre no quedaría sin recompensa. Habla de recibir cien veces más. Han dejado padre, madre, hijos, hermanos… pero va a nacer para ellos una nueva familia mucho más grande. Serán grandes las satisfacciones que se van a sentir. Será hermoso el amor en el que se van a sentir esponjados. Será un nuevo sentido de vida y de relación con los demás. Será algo nuevo que va a llenar de alegría verdadera el corazón.

Pero no deja de decirles Jesús que también habrá persecuciones, habrá momentos de dificultad, de oscuridad y de sombras, de dudas interiores y de búsquedas que parecen no encontrar respuesta. Pero no importa, eso les llevará a alcanzar la vida eterna. ¿Y no es eso lo más importante? ‘Y en la edad futura, la vida eterna’. Ahí está la maravilla de sentirnos llenos de Dios, porque vida eterna es estar llenos de Dios para tener una vida sin fin, y eso sí que merece la pena, y eso sí que es verdadera ganancia.

Por eso terminará sentenciando Jesús. ‘Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’. No importa que podamos parecer los últimos, porque finalmente vamos a ser los primeros en el Reino de Dios. Ahí tenemos nuestra ganancia.

miércoles, 28 de febrero de 2024

En este camino de subida a Jerusalén de esta cuaresma miremos que no andemos perdidos porque no sabemos escuchar con corazón abierto a Jesús

 


En este camino de subida a Jerusalén de esta cuaresma miremos que no andemos perdidos porque no sabemos escuchar con corazón abierto a Jesús

Jeremías 18, 18-20; Salmo 30; Mateo 20, 17-28

Nos cuesta escuchar lo que no nos interesa, lo que nos parece que nos hace daño o no va según nuestras conveniencias. Y es que a veces da la impresión que andamos como perdidos en la vida; y no se trata de que nos hayamos ido a las montañas o al bosque y perdimos el camino y ahora no sabemos donde estamos y cómo salir de ese atolladero; no se trata de que nos hayamos metido en la gran ciudad que no conocíamos y caminando entre calles y calles entretenidos en todo lo que va apareciendo a nuestros, ahora no sabemos donde estamos y cómo podemos volver por nuestro camino.

Es otra cosa; vamos haciendo un camino en la vida porque nos entusiasmamos por algo que nos parecía que nos podía interesar, encontramos a alguien con carisma y nos atrajo, pero cuando nos va dando las verdaderos motivaciones nosotros andamos como soñando con otras cosas y al final ni prestamos atención a aquello que se nos dice o que se nos propone. Seguimos tras aquella persona, porque quizás nos atrae su simpatía, su alegría, pero cuando nos habla de algunas exigencias, eso ni lo escuchamos.

¿Les estaría pasando a los discípulos así? Estaban entusiasmados por Jesús, escuchaban sus enseñanzas y se quedaban encantados con sus parábolas, los milagros que hacía despertaban un interés pero les parecía que aquella era un camino que les llevaría a triunfos y a que ellos pudieran alcanzar también esas glorias humanas que podían ver en otros. Ahora marchaban a Jerusalén, y les parecía que aquello iba a ser un camino victorioso. En Galilea la gente andaba entusiasmada por Jesús y las multitudes le seguían por todas partes; su fama llegaría también a Jerusalén y allí no iba a ser menos, pensaban ellos.

Por eso cuando ahora habla Jesús de su sentido de la subida a Jerusalén donde el Hijo del Hombre iba a ser entregado incluso en manos de los gentiles, no lo entendían. Ellos seguían con sus mismos pensamientos. Estaban como obcecados.

Por eso se adelante la madre de aquellos dos hermanos, los Zebedeos, y se postra ante Jesús porque quiere hacer una petición para sus hijos. ‘¿Qué deseas? ¿Qué pides?’ le pregunta Jesús. ¿Era un camino de triunfo y de gloria el que iban haciendo, al menos así lo pensaban ellos? Pues participar de esa gloria; y por aquello de que eran parientes de Jesús, que ocuparan los primeros puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda, de ese poder que vislumbraban para Jesús.

‘No sabéis lo que pedís’, es la primera respuesta de Jesús. Respuesta que se convierte en pregunta. Había hablado Jesús poco menos que de un bautismo de sangre, porque había hablado de entrega que llevaría al sufrimiento y a la muerte, ¿estarían ellos dispuestos a ese bautismo de sangre? ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ Y en el entusiasmo de sus sueños dicen que están dispuestos.

Están dispuestos y, como les dice Jesús, lo beberán. Pero en el Reino de Dios las cosas no son como nosotros a nuestra manera humana soñamos o imaginamos. Hay algo distinto que tenemos que hacer y que tendremos que llegar a vivir. No podemos andar a la manera de los reinos de este mundo. Bien lo sabemos; cómo la gente aspira al poder y es aspirar a riquezas y a dominio sobre los demás, es buscar honores y reconocimientos. Así andamos, así lo estamos viendo todos los días, como la corrupción va entrando en los corazones, el egoísmo y el orgullo es lo que impera, y surge todo lo que surge que lo estamos viendo en las noticias de todos los días.

En el camino de Jesús otros son los parámetros, otro es el estilo y la manera de hacer las cosas. Es el espíritu de servicio el que tiene que imperar en el corazón; y eso nos tiene que hacer humildes, ser capaces de hacernos los últimos para mejor servir a los demás, dejar de pensar en nosotros mismos para buscar el bien y lo bueno que tenemos que hacer. Y eso no es fácil, porque son muchas las cosas que de un lado y de otro estarán tirando de nosotros, nos atraerán y nos tentarán. De muchos orgullos y pedestales tenemos que bajarnos; otros caminos con los pies descalzos tenemos que hacer.

Estamos subiendo a Jerusalén, porque estamos haciendo el camino que nos lleva a la pascua en esta cuaresma. ¿Estaremos dispuestos a emprender el camino a la manera de Jesús? ¿Cuáles serán en verdad nuestras aspiraciones? ¿Andaremos también a la manera de los hijos del Zebedeo?

Mirad que no andemos también perdidos, porque no sepamos escuchar con corazón abierto a Jesús.

martes, 27 de febrero de 2024

Hagamos las cosas como si nada hiciéramos teniendo conciencia que lo que buscamos siempre es ayudar a los demás porque es la humildad la que engrandece a la persona

 


Hagamos las cosas como si nada hiciéramos teniendo conciencia que lo que buscamos siempre es ayudar a los demás porque es la humildad la que engrandece a la persona

Isaías 1, 10. 16-20; Salmo 49; Mateo 23, 1-12

No sé si ya me habréis escuchado aquel refrán que dice que una cosa es predicar y otra dar trigo, pero es una cosa que hemos de tener muy en cuenta cuando se trata de dar un consejo, cuando pretendemos enseñar algo a los demás, o cuantas veces vamos por la vida pontificando de hombre buenos, capaces de ir de grandilocuentes por la vida, o queriendo decir cosas bonitas para los demás, pero que luego no nos las aplicamos a nosotros mismos. Y cuando os estoy diciendo todo esto, primero me lo estoy diciendo a mí que como humano puedo tener también esa tentación de vanidad.

Y es que nunca podemos pretender ir diciéndole cosas a los demás que nosotros no somos capaces de hacer. Es cierto que hasta del mayor pecador podemos aprender una lección, tener un buen aprendizaje para nuestra vida, no queriendo hacer lo malo que él hace, pero si somos capaces de tener una buena palabra para los demás con lo que tratamos de ayudar, comencemos por nosotros mismos, para que no nos quedemos en aquello que decíamos al principio de mucho predicar, pero de poco dar trigo, de poco manifestar en el fruto de nuestra vida aquella semilla que pretenderemos plantar en el corazón de los demás.

Es de lo que quiere hablarnos Jesús cuando nos previene de las actitudes y posturas de los fariseos. Ya en otra ocasión dirá que andemos con cuidado de la levadura de los fariseos. Hay levaduras que son buenas y ayudan a hacer fermentar la masa del pan, pero cuando la levadura está maleada lo que hace es estropear la masa. Y es lo que tenemos que cuidar con esas apariencias de vanidad que nos encandilen y nos confundan, esa palabrería vacía porque no es verdadero fruto de una buena semilla sembrada en el corazón y que se nos puede convertir más bien en cizaña. Y así estamos recordando el sentido de las parábolas que nos ofrece Jesús a lo largo del evangelio.

‘No hagáis lo que ellos hacen’, les dice Jesús. Pueden decir incluso cosas buenas y bonitas, gratas quizás de escuchar, pero que no son buena semilla sino que está maleada con las malas intenciones. Y las intenciones se manifiestan en lo que hacen; dicen, pero no hacen; imponen cargas sobre los demás, con pesadas y repetitivas normas, pero no son capaces de poner un dedo para moverlas, para ayudar; por eso no serán semilla buena.

Son otras las actitudes que hemos de tener en el corazón, son otros los valores que tenemos que desarrollar. Y nos habla Jesús de la sencillez con que hemos de obrar en la vida alejando toda sombra de vanidad, y todo el fuego del orgullo. ‘Todo lo que hacen es para que los vea la gente’, les dice. Y le menciona la floritura de sus ropajes  y de sus mantos, a los que llenan de orlas con palabras de la ley escritas, que allí parecen florituras, pero que en la práctica de la vida son terrenos estériles y baldíos incapaces de dar buenos frutos.

Búsqueda de reverencias y reconocimientos, búsquedas de títulos que nada dicen o que no merecen. Cuidado no llenemos nuestras paredes de títulos y diplomas que luego desmerecemos por el vacío de lo que hacemos o de lo que pretendemos enseñar. Que son cosas que nos siguen tentando hoy.

Nada de puestos de relumbrón donde nos puedan ver y con los que estamos buscando el halago, sino verdadero espíritu de servicio para saber poner en el último lugar, allí donde mejor podamos prestar una ayuda o tender con más facilidad la mano a los que van renqueando por la vida en sus carencias o en sus debilidades. ¿Es eso realmente lo que pretendemos hacer?

Por eso terminará diciéndonos Jesús que el que se enaltece será humillado, pero el que se humilla será enaltecido. Hagamos las cosas como si nada hiciéramos, pero teniendo conciencia que lo que buscamos siempre es ayudar a los demás, aunque tengamos que ponernos de rodillas a sus pies.