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lunes, 28 de septiembre de 2026

Tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad, no importa que nos parezca pequeña o insignificante porque todos merecen el amor de Dios

 


Tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad, no importa que nos parezca pequeña o insignificante porque todos merecen el amor de Dios

 Job 1, 6-22; Salmo 16; Lucas 9, 46-50

Parece que no nos cabe en la cabeza de que en la vida no todos somos igualmente importantes; pronto nos hacemos nuestras escalas y jerarquías de quienes son los importantes y en consecuencia los poderosos, mientras los demás son los del montón que no tendrían que hacer otra cosa que estar bajo la dependencia de esos que se consideran más importantes o más poderosos; parece que eso fuera parte de nuestra condición humana dado que nos parece verlo siempre con toda normalidad.

De alguna manera todos tenemos la tentación aunque muchas veces tratemos de disimularla, pero nos gusta un escaño alto. Les pasaba también a los discípulos de Jesús que le oían hablar de un reino y ellos lo materializaban bastante buscando además el lugar que allí habían de ocupar, por lo que andaba en ocasiones a la greña entre unos y otros por estos motivos. Y el evangelista no nos oculta esas ambiciones y esas debilidades de los que siguen a Jesús, porque de alguna manera nos está retratando y es necesario que nosotros seamos capaces de reconocer que estamos en esa fotografía, porque además es ocasión para Jesús de dejarnos hermosas enseñanzas como hoy ocurre.

Han estado discutiendo entre ellos eso de la importancia o de quien va a ocupar ese primer lugar en el Reino de Dios. En una ocasión en que Jesús les pregunta de qué hablaban por el camino se sienten azorados porque reconocen que esos sueños están muy lejos de lo que Jesús quiere proponernos cuando nos habla del Reino de Dios. En esta ocasión Jesús va directamente al grano sabiendo cuales eran sus ambiciones y nos deja una hermosa lección. Pone a un niño pequeño en medio de ellos y les dice que quien no se haga como un niño pequeño no es digno del reino de Dios. Porque ‘el que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’, les dice.

En la cultura de la época un niño era poco considerado, poco tenido en cuenta, era considerado algo así como un incapaz al que no hay que tener en cuenta porque poco podría aportar, no sirve aun ni para el trabajo. Y Jesús habla de acoger a un niño, que es como acogerlo a Él. Ya estarían pensando los que le escuchaba ‘pero si tú eres el maestro’, ¿cómo vamos a comparar a un niño con su infantil ignorancia con el Maestro? Y Jesús termina afirmando ‘el más pequeño entre vosotros es el más importante’.

¡Cómo tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad! No importa que nos parezca pequeña, no importa que sea un ignorante o sea cual sea su condición, no importa ni el color de su piel ni su raza, no importa su lugar de origen o donde pueda ahora habitar, no importa que sea conocido y reconocido o que nos parezca, como decimos, un don nadie… creo que en esto tenemos que pensar mucho y analizar nuestras actitudes y comportamientos con toda crudeza y con todo detalle. Pero nos hacemos estas valoraciones de las personas, porque tenemos muchos descartes, porque ponemos muchas pegas y nos hacemos muchas comparaciones, porque seguimos viendo al otro como un contrincante que nos puede quitar lo que nosotros por costumbre o por lo que sea consideramos muy nuestro. En esta época con tanta movilidad de las personas de un lugar a otro creo que nos daría mucho que pensar.

Y en esa aceptación y respeto que hemos de tener hacia toda persona entraría también otra cosa que Jesús nos está señalando, la valoración de lo que hacen los demás. Nos creemos tantas veces los únicos porque somos los que sabemos hacer las cosas, y vienen las discriminaciones y como decíamos antes los descartes, viene el restar importancia a lo que puedan hacer los otros porque nadie lo puede hacer tan bien como yo, y vienen las desconfianzas y los rechazos que hacemos a lo que hacen los demás de bueno, porque nos creemos que eso es cosa nuestra y nadie puede hacerlo igual.

Santiago y Juan vienen a decirle a Jesús que a uno que no era de los del grupo pero que echaba demonios en nombre de Jesús se lo quisieron prohibir. ¿Cómo se atreve a invocar lo bueno en nombre de Jesús si no es del grupo de los discípulos preferidos de Jesús? ‘No se lo impidáis, les dice Jesús, porque el que no está contra vosotros, estará a favor vuestro’. ¿Cuáles son nuestras posturas y actitudes en este sentido? Seguro que habrá muchas que mejorar.


miércoles, 27 de mayo de 2026

El que quiera ser grande y primero entre vosotros, que sea vuestro servidor, esclavo de todos, el Hijo del hombre ha venido a servir y dar su vida en rescate por muchos

 


El que quiera ser grande y primero entre vosotros, que sea vuestro servidor, esclavo de todos, el Hijo del hombre ha venido a servir y dar su vida en rescate por muchos

1Pedro 1, 18-25; Salmo 147; Marcos 10, 32-45

Yo quiero contemplar este pasaje del evangelio desde la naturalidad con que los discípulos mantenían sus conversaciones con Jesús, donde se iban expresando espontáneamente, exponiendo de forma natural lo que eran sus sueños y sus aspiraciones, aquellos sentimientos que se habían ido creado dentro ellos en esa cercanía con que se manifestaba Jesús y con la que ellos también podían expresarse. Una conversación de amigos, donde no aparecen reproches sino que cada uno se va expresando con libertad y confianza.

Por eso aquellos, como sucede siempre en todos los grupos humanos, que se sentían con una mayor confianza y cercanía, por aquello de que eran parientes, le presentan sus sueños. Queríamos ser de los que estemos más cerca de ti, aquellos en los que tú pongas toda tu confianza para dirigir este grupo y todo lo que vaya surgiendo en el futuro. En ese leguaje y deseos humanos buscaban poder, estar por encima de los demás y ser los que cortaran el bacalao en el futuro.

Y Jesús siempre tiene la salida para todo. ¿Queréis pareceros a mi para ser los que en mi nombre dirijan un día esta nueva comunidad? Pareceros a mí significa estar dispuestos a pasar por el mismo bautismo que yo voy a pasar. En momentos así de entusiasmo y en los que queremos ganarnos las voluntades, estamos dispuestos a todo aunque no sepamos al final sus consecuencias. Pasaréis, sí, por un bautismo como el mío, pero los primeros puestos están reservados, algo más y más exigente pide el Padre.

La conversación ya no está gustando al resto de los discípulos; ellos tienen también sus sueños y nadie se les va a adelantar. Surge ese rumrum por lo bajo. Jesús lo detecta todo. Jesús pone los puntos sobre las íes; hay que aclarar el sentido de esta nueva comunidad. Aquí no podemos ir buscando el poder por el poder, aquí no valen las apariencias y vanidades; aquí no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo.

Creo que esto los cristianos tenemos que escucharlo más, la Iglesia tiene que manifestarlo mejor porque nos estamos pareciendo demasiado a los poderes de este mundo.  Llega el momento en que tenemos que dar un parón, aunque nos duela, aunque se produzcan desgarros en el corazón o entre los miembros de la comunidad, tenemos que bajarnos de pedestales y despojarnos de tantos ropajes que nos confunden. Es difícil, pero tenemos que dejar actuar más al Espíritu en nuestra Iglesia.

Tenemos en verdad que contemplar a Jesús, el que, como hoy mismo no dice, no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos. Había precisamente comenzado el evangelio diciéndonos que estaban subiendo a Jesús y Jesús va haciendo sus anuncios, anuncios que no siempre son escuchados no comprendidos. Que no era solo lo que les estaba sucediendo a los discípulos en aquel momento, sino que es lo que nos sucede hoy. Nos lo damos por sabido, nos lo damos por repetido y entonces pierde para nosotros el encanto y la sorpresa del evangelio. Es importante escucharlo y saber que es el evangelio de nuestra vida.

¿Estaríamos dispuestos a ese camino de despojo que contemplamos en Jesús? ‘El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos’.

martes, 20 de enero de 2026

Dios quiere siempre el bien del hombre, es lo importante, con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios

 


Dios quiere siempre el bien del hombre, es lo importante, con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios

1 Samuel 16, 1-13; Salmo 88; Marcos 2, 23-28

No podemos confundir la baranda del camino que sirve para apoyarnos y evitar peligros con el mismo camino; nuestros pies han de ir pisando seguros por el camino, nunca por encima de la baranda. Y muchas veces nos confundimos y le damos más importancia a las cosas circunstanciales que simplemente tenemos como ayuda que a lo que es verdaderamente lo fundamental, lo que tiene que ser esencial en nuestra existencia. Las cosas están a nuestro servicio, no nosotros al servicio de las cosas. Las normas nos marcan aquellas pautas que nos sirven para no desviarnos, pero tenemos que ir a lo fundamental y nosotros los cristianos tenemos como fundamental la Palabra de Dios. No es ya la pauta de nuestra vida, sino lo que da sentido a nuestra vida. Qué importante entonces que nos envolvamos de evangelio, nos empapemos de evangelio porque no puede ser una cosa externa sino algo que eche raíces en lo más hondo de nosotros.

No es un camino fácil, el discernir de verdad lo que el Señor quiere de nosotros, lo que el Señor nos dice, lo que es en verdad su Palabra, que entonces será siempre para nosotros una palabra salvadora, una palabra de salvación. Pero le hemos hecho tantos añadidos que luego consideramos fundamentales que al final nos crea confusión. Por eso abrimos nuestro espíritu a su Espíritu que es el que verdad nos guía allá en lo más hondo del corazón.

En la palabra de Dios que hoy escuchamos tenemos dos muestras de ello. Por una parte Dios ha confiado al profeta Samuel para que elija a un nuevo rey para su pueblo. En sus criterios humanos, incluso con toda su visión profética, según van apareciendo los distintos hijos de Jesé piensa el profeta que tiene delante el elegido del Señor, sin embargo el espíritu divino lo va guiando para que descarte a aquellos que a él humanamente le parecen los mejores, hasta que llega el más pequeño, al que han enviado lejos a cuidar de sus rebaños, pero que es el elegido del Señor. Dios no mira los ojos, no se queda en lo externo, sino que mira el corazón. ¿Sabremos hacerlo?

Por otra parte tenemos en el evangelio la exigencia ‘según la ley’ de guardar el descanso sabático y los fariseos se quejan de que los discípulos de Jesús ‘no están cumpliendo la ley’. ¿Qué será más importante? ¿El cumplimiento formal de la ley, salga el sol por donde salga como se suele decir, o el bien del hombre, el bien de la persona? Una ley o norma que en su origen tenia como función el bien de la persona cuidando el descanso de los que trabajaban que también se convirtió en ocasión para la alabanza del Creador, pero que se había convertido en algo inviolable aunque no se buscara el bien de las personas. ¿En qué tenemos que fijarnos? Dios quiere siempre el bien del hombre, y eso es lo importante en lo que  hemos de fijarnos porque con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios.

Fijémonos que de los diez mandamientos solo tres se expresan como una forma de alabar y bendecir a Dios, pero cada uno de los restantes mandamientos buscan el bien de la persona, cuidando nuestra propia dignidad en la rectitud con que hemos de vivir pero al mismo tiempo con el respeto a las personas que están a nuestro lado a las que de ninguna manera podemos hacer daño, sino más bien mostrar nuestro amor y nuestro respeto. Con ello, pues, estaremos mostrando la gloria de Dios, bendiciendo al Señor nuestro Dios.

Buscad el Reino de Dios y su justicia, nos dirá el evangelio en otro momento, que lo demás se nos dará por añadidura.

domingo, 7 de septiembre de 2025

Sepamos encontrar lo que realmente es fundamental y se convierte en riqueza y sabiduría de nuestra vida y nos llena de grandeza y dignidad

 



Sepamos encontrar lo que realmente es fundamental y se convierte en riqueza y sabiduría de nuestra vida y nos llena de grandeza y dignidad

Sabiduría 9, 13-19; Salmo 89; Filemón 9b-10. 12-17; Lucas 14, 25-33

Vivir no es ni simplemente dejar pasar las horas y los días, ni solamente ocupar nuestro tiempo haciendo cosas y cosas; algo más hondo tiene que darle intensidad a nuestra vida, unas metas hemos de tener para que aquello que hacemos tenga un sentido y un verdadero valor, sopesamos así lo que somos y lo que valemos, descubrimos nuestras posibilidades y llenamos nuestro caminar de unos valores, le damos riqueza a nuestra vida, y crecemos desde lo más hondo, le damos un contenido de humanidad a lo que hacemos y lo que vivimos y de ninguna manera nos encerramos en nosotros mismos, porque vivimos entre los demás, con los demás y de alguna manera también para los demás, porque de lo contrario todo se convertiría en egoísmo; será el amor el que le dé verdadera hondura a nuestra vida y lo que hará rica nuestra existencia. Pero para llegar a todo eso tenemos que hacer nuestros planteamientos, descubrir, sí, lo que son nuestras posibilidades, pero también sentir esa fuerza interior y al mismo tiempo superior que nos ayuda y fortalece. Es, por así decirlo, encontrar la sabiduría de la vida.

Hoy Jesús en el evangelio tratando de que sus discípulos tengan claro lo que significa seguirle, como diríamos hoy nosotros, lo que significa ser cristiano, precisamente nos quiere ayudar a que descubramos lo que es verdaderamente importante, siendo capaz de dejar a un lado, aunque incluso sea bueno, aquello que nos podría desviar de nuestra verdadera meta. En ese camino nos enseña cómo incluso tengamos que decirnos no a algunas cosas para que en verdad seamos sus verdaderos discípulos.

Queremos, por ejemplo, construir un edificio y tratamos de ver todos los materiales que podríamos utilizar y que están a nuestra mano, al tiempo veremos lo que podemos hacer, lo que es la capacidad que tenemos y los medios de los que nos vamos a valer para poder realizarlo. Pero quizás, aunque sean buenos, no todos los materiales los podremos utilizar, tendremos que descartar algunos porque no nos van a servir para lo que pretendemos construir. Ahí está el trabajo, en cierto modo, previo que tenemos que realizar, analizando, escogiendo lo mejor, descartando lo que quizás no nos seria provechoso, buscando los medios y trazándonos los verdaderos planos para lograr ese bello edificio. Sabio el que sabe elegir lo mejor para tener el mejor edificio.

Jesús nos ha hablado con unas pequeñas parábolas por una parte del hombre que quiere construir una torre, o del reino que en una guerra ha de enfrentarse a vecinos enemigos; en uno y otro caso nos dice Jesús que hay que detenerse tanto antes de comenzar a realizar la torre como antes de emprender la batalla, para saber si en verdad podremos conseguir nuestros fines, no sea que se nos derrumbe el edificio o seamos vencidos irremediablemente en la batalla.

Así en la vida, así en el camino de nuestra vida cristiana. Tenemos que clarificar muy bien el camino que nos señala Jesús, el sentido verdadero del Reino de Dios del que nos habla Jesús, no sean que emprendamos sendas erróneas. ¿Dónde vamos a encontrar ese verdadero camino? Vayamos al Evangelio, escuchemos de verdad la Palabra de Dios, plantémosla en lo hondo de nuestro corazón, rumiémosla muy bien en nuestro interior.

Será lo que en verdad va a dar hondura a nuestra vida, lo que dará profundidad a nuestras decisiones, lo que finalmente nos mantendrá firmes con constancia en el camino emprendido. Podríamos decir que no podemos ir a lo loco, no podemos solamente dejarnos llevar por fervores momentáneos, que pronto se pueden apagar; una llamarada muy grande y aparatosa en principio, pronto se quedará en un rescoldo que a lo más mínimo se va apagar y todo se volverá humo. Muchas veces nos encontramos así, o lo contemplamos en tantos a nuestro lado. Les faltó o nos faltó esa verdadera profundidad, esas hondas raíces bien enraizadas en el corazón de Cristo, en el evangelio. Es la sabiduría que nos da el evangelio.

Pueden resultarnos desconcertantes las palabras del evangelio en aquello que nos dice Jesús a lo que hemos de renunciar. No nos dice Jesús que no tengamos que amar a nuestros padres o a nuestros hijos, al hermano o al esposo o la esposa; podría parecer contradictorio con otros pasajes del evangelio en que Jesús nos propone como mandamiento principal precisamente el amor. Lo que nos quiere decir que nada puede ensombrecer el amor que le tengamos a Dios, más aun tenemos que hacer que ese amor de Dios sea la fuente de nuestro amor para el amor que tengamos a cuantos nos rodean. Es encontrar lo que verdaderamente es fundamental y que se va a convertir en fuente de cuanto hagamos o digamos.

En ese sentido va también lo que nos dice del desprendimiento con que hemos de vivir en nuestra relación con lo material. El verdadero tesoro de nuestra vida no está en esos bienes materiales que tengamos; son cosas que necesitamos, es cierto, en nuestras mutuas relaciones o para la adquisición de lo que necesitamos para una vida digna; pero cuando convertimos lo material en lo fundamental de nuestra vida estamos trastocando el sentido de todo, por eso tenemos que liberarnos de esos apegos, no convertirlos en el tesoro de nuestro corazón. Cuando vivimos con esos apegos nos esclavizamos, nos hacemos dependientes de esas cosas, oscurecen nuestra visión porque lo convertimos en un filtro en nuestros ojos que no nos deja ver con claridad.

Y las palabras de Jesús son tajantes, porque quien vive de esa manera, nos dice, ‘no es digno de mí’. Son materiales que nos pueden echar a perder el edificio y no nos valen como piedras fundamentales para la construcción de nuestra vida. Tenemos que saber encontrar esa verdadera sabiduría que enriquezca nuestra vida llenándola de humanidad.

martes, 12 de agosto de 2025

Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

 


Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

Deuteronomio 31,1-8; Dt 32; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Todos, quieras que no, vamos buscando nuestro lugar en la vida, para eso nos esforzamos, nos preparamos, trabajamos para ir logrando ese lugar, ese puesto, ese prestigio; podemos luego darnos importancia, o sentirnos interiormente satisfechos de nuestros logros. No está mal, claro que tendríamos que ver nuestras mañas, nuestras aspiraciones, los empujones quizás que hemos dado para quitar delante de nosotros el que nos estorba, el que nos impide llegar a aquel lugar con el que soñamos; tendríamos, es cierto, que ver por qué lo buscamos o qué pretendemos.

Pero no queremos ser como ‘esos’, y pensamos a los que vemos a nuestro alrededor que nada importan ni significan, que según nosotros simplemente van arrastrándose por la vida sin conseguir nada, sin salir de sus pobrezas o nulidades como a nosotros quizás nos gusta pensar. Y nos hacemos comparaciones y no queremos ‘vernos en su pellejo’, porque nos parece que para nada valen, para nada sirven y no van a llegar a ninguna parte.

Ya nos estamos dando cuenta que en esas nuestras apetencias no todo era tan bonito cuando decíamos que queríamos buscar nuestro lugar en la vida. Cuántas comparaciones hacemos, cuantas descalificaciones, a cuantos arrimamos a un lado porque son tan pequeños, son tan insignificantes en la vida, que nada decimos alcanzarán. ¿Para nosotros los primeros puestos, los lugares de importancia?

Jesús viene a romper nuestros esquemas. De entrada ha tomado un niño y lo ha puesto en medio. ¿Qué hace un niño en una reunión de personas mayores? ¿Qué puede pintar allí? ¿Quizás para que nos haga los mandados? Pero Jesús viene a decirnos otra cosa. ‘¿Quién será el más importante en el Reino de los cielos?’ Una pregunta que parece que no dice nada. ¿A qué viene esa pregunta? Pero es lo que tantas veces han discutido y volverán a discutir entre el grupo de los discípulos más cercanos a Jesús. Y Jesús lo quiere dejar muy claro. ‘Os digo que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí’.

Por eso ha puesto un niño allí en medio, en el centro. Hacernos como niños, pequeños como este niño; no eran tenidos en cuenta para nada los niños. Se le consideraba algo insignificante. Se acogía a los amigos, se acogía a las personas de bien, se acogía a las personas importantes, se acogía a los poderosos, pero ahora nos dice Jesús que hay que acoger un niño. Sus ángeles están viendo el rostro de Dios, nos dice.

Si el pastor que pierde una oveja en el campo se vuelve loco buscándola hasta que la encuentre, ahora nos dice Jesús que a ese pequeño e insignificante hay que acogerlo, hay que tenerlo en cuenta. Pero es que nos dice más, es que nosotros tenemos que hacernos así pequeños, como los inocentes niños, y entonces entenderemos la verdadera grandeza que hemos de buscar.

Pero nosotros seguimos con nuestras peleas y con nuestras ambiciones, seguimos buscando puestos y queriendo ascender en esa escalera que nos llevaría a los puestos de privilegio. ¿Dónde está nuestro espíritu de servicio? ¿No estaremos viendo esos codazos muchas veces también en nuestra iglesia? Las hermandades que quieren aparecer con toda pomposidad y gran número de afiliados; los puestos especiales en nuestras celebraciones porque nosotros vamos con nuestro bastón de mando o con nuestras medallas y nuestras túnicas y hábitos, los ropajes de colores que buscamos vestir para diferencias las diversas categorías o las carreras que hemos hecho.

¿Nuestra iglesia no tendría que leer con más atención este pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece?

martes, 13 de agosto de 2024

Nuestra grandeza y la forma de resplandecer en nuestra dignidad de personas es cuando somos capaces de ponernos al lado de los pequeños o los que no son tenidos en cuenta

 


Nuestra grandeza y la forma de resplandecer en nuestra dignidad de personas es cuando somos capaces de ponernos al lado de los pequeños o los que no son tenidos en cuenta

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Salmo 118;  Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Cosas de chiquillos, decimos algunas veces. ¿Acaso queremos decir que son cosas sin valor, que no tienen importancia, que son pasajeras? Las miramos como ocurrencias de niños, pero con expresiones como esta no nos estamos refiriendo solo a las cosas de los niños, sino que ahí solemos englobar a todo aquel que consideramos de poco valor, que no tiene unos razonamientos que nos convenzan, que de alguna manera los vemos como marginados en nuestra sociedad, y digo en nuestra sociedad, para referirme a nuestros círculos más cercanos donde solemos movernos, o en otro escalón de la vida social. Solemos con demasiada facilidad hacer nuestras distinciones y nuestras discriminaciones.

Estoy haciendo referencia a todo esto, que es una realidad en nuestra vida, en nuestras relaciones sociales, desde la pregunta que le hacen a Jesús y la manera que tiene de responder. Siempre andamos en la vida buscando las importancias, sí, lo importantes que somos, esos lugares encumbrados que nos gustaría alcanzar. Ya vemos que era la tentación que sufrían también los discípulos más cercanos a Jesús, porque muchas veces Jesús se los encontraba en medio de sus disputas sobre quien era el más importante, en una palabra, quien iba a tomar el mando después de Jesús. Y tras más de veinte siglos en la iglesia seguimos con lo mismo, ¿quién es más importante, quien va a tomar el mando cuando esto cambie? y soterradamente sigues nuestras luchas de poder que algunas veces se notan demasiado.

Ahora el evangelio simplemente dice que uno le pregunta ‘¿Quien es el mayor en el reino de los cielos?’ Y Jesús no responde con palabras sino con gestos. Llamó a un niño y lo puso en medio. Allí estaban en una conversación de mayores; ya era un atrevimiento que un niño interfiriera en una conversación de adultos, pero es que fue Jesús el que ‘llamó al niño y lo puso en medio… El que acoge a un niño como este… me acoge a mi’. Un niño que no tiene que estar entre los mayores, pero un niño al que hay que acoger como a cualquier otro ser humano que tengamos que acoger, pero es que nos dice más, ‘el que acoge a este en mi nombre’.

Los esquemas están cambiando y estaremos viendo a quien Jesús considera importante, al que considera el mayor. Pero igual que decíamos en aquella expresión con la que comenzábamos la reflexión que iba más allá de la referencia que se pueda tener con un niño, significando como nuestra acogida tiene que ser a todos, pero que en un espacio especial de acogida tienen que estar los que son considerados menores, menos importantes, dejados a un lado en nuestra sociedad.

No acogemos al otro por el tintineo que tenga en los bolsillos ni por la calidad del traje que lleve puesto, por la prepotencia con que se presente ante nosotros o por su brillante palabrería; acogemos a la persona, al hombre o mujer, sea quien sea, tenga la condición o la edad que tenga, porque siempre estamos valorando por encima de todo su dignidad como persona, y si algunos son nuestros preferidos, serán siempre los humildes y los pobres, los que habitualmente son menos considerados o nunca tenidos en cuenta.

Ahí está nuestra grandeza, ahí estaremos resplandeciendo como personas. Cuando somos capaces de ponernos al lado de los pequeños o de los que no son considerados. Por eso nos habla también de la búsqueda de la oveja perdida, mientras el resto se deja en el redil hasta encontrarla. No es rebajarnos, es alcanzar la mayor grandeza y dignidad.


jueves, 14 de diciembre de 2023

Necesitamos unas curas de humildad contemplando a quien era el más grande de los nacidos de mujer pero que dejaba adelantarse a los pequeños en el reino de los cielos

 


Necesitamos unas curas de humildad contemplando a quien era el más grande de los nacidos de mujer pero que dejaba adelantarse a los pequeños en el reino de los cielos

 Isaías 41, 13-20; Sal 144; Mateo 11, 11-15

Siguiendo con nuestro camino de Adviento la liturgia nos va delineando la figura de Juan Bautista, aquel que había sido preanunciado como el que venía a preparar los caminos del Señor y que venía con el poder y el espíritu de Elías para reunir a los hijos dispersos para preparar un pueblo bien dispuesto para la venida del Señor.

En la interpretación que iban haciendo de las Escrituras y de lo anunciado por los profetas tenían la esperanza que el profeta que había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego, habría de volver antes de la llegada del Mesías. En cierto modo es a lo que hará referencia el ángel del Señor cuando se manifieste a Zacarías en la ofrenda del incienso en el templo anunciándole el nacimiento de un hijo que habría de tener una misión muy especial. Es a lo que ahora nos hará hoy referencia Jesús en el evangelio de que Elías ya ha venido, si querían admitirlo, haciendo referencia a la presencia del Bautista, como comentarán algunos de los que escucharon las palabras de Jesús.

Hoy Jesús nos quiere hablar de la grandeza del Bautista, como hará también en otros momentos del evangelio y que ya tendremos la oportunidad de comentar, pero al tiempo quiere señalarnos donde está la verdadera grandeza que nosotros hemos de buscar. ‘No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista…’ les dice, ‘profeta y más que profeta’ que dirá en otro momento, pero al mismo tiempo nos señala que ‘el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’.

¿Qué nos dirá Jesús en otros momentos cuando los discípulos andaban tan preocupados por los primeros puestos y quien iba a ser el más principal cuando faltare Jesús? El más pequeño es el más grande en el Reino de los cielos, y serán los primeros y los importantes los que sepan ser los últimos, hacerse servidores de todos. Hoy nos habla Jesús de la grandeza de Juan, pero una grandeza que también nosotros podremos alcanzar si sabemos hacernos pequeños, si sabemos hacernos los últimos y los servidores de todos.

Pero nosotros seguimos soñando con grandezas, con prestigios, con honores y con reconocimientos, con aplausos y con homenajes, y con la mejor buena voluntad hacemos muchas veces cosas muy buenas, pero calladamente estamos esperando el reconocimiento, la gratitud, el que nos lo tengan en cuentas, en que sean méritos que vayamos acumulando. No son esos los caminos del evangelio, no son esos los caminos de los que queremos seguir a Jesús.

Y con esos pensamientos dentro de nosotros, aunque tratemos de disimularlo, muchas veces sentimos violencia dentro de nosotros mismos, desde lo que nos gustaría alcanzar de reconocimientos o de valoraciones y el lugar que seguimos ocupando; nos cuesta pasar desapercibidos, queremos hacernos notar, sentimos unas cosquillas dentro de nosotros cuando vemos que otros son alabados y ensalzados y para nosotros no hay una palabra, una mueca al menos de reconocimiento, no queremos que nadie se nos adelante; qué duro se nos hace cuando quizás alguien echa tierra sobre nosotros que nos puede hacer perder prestigios, puestos de honor, o influencia sobre los demás.

No terminamos de asumir y aprender lo que es el camino de Jesús que no es otro el camino que nosotros hemos de hacer. Necesitamos unas curas de humildad. Miremos al Bautista, con sus pieles de camello, con sus langostas y miel silvestres (que no eran precisamente langostinos), y con la humildad de reconocer que no le importa menguar si el que crece es el Mesías que ha de venir.

Qué lección tenemos para nuestras actitudes desequilibradas, para los celos y las envidias que tantas veces se nos meten por dentro, para nuestras desconfianzas. Unas actitudes nuevas tienen que nacer en nuestro corazón.

domingo, 20 de junio de 2021

Estará Jesús dormido en un rincón de la barca desentendiéndose de lo que nos está pasando, llegamos a pensar ante las turbulencias de la vida

 


Estará Jesús dormido en un rincón de la barca desentendiéndose de lo que nos está pasando, llegamos a pensar ante las turbulencias de la vida

Job 38, 1. 8-11; Sal. 106; 2Corintios 5, 14-17; Marcos 4, 35-41

‘Vamos a la otra orilla’. No se lo pensaron. ‘Dejando a la gente se lo llevaron en barca como estaban’. ¿Necesitaban haber sido más previsores antes de meterse a atravesar el lago? Creían conocerlo.

En la vida muchas veces sentimos el impulso o sentimos la invitación a lanzarnos mar adentro. ¿Es la aventura de la vida? ¿Son los riesgos que hemos de asumir? ¿Son los proyectos que se nos pueden presentar que nos obliguen a dejar en lo que estamos para lanzarnos a algo nuevo? Quizás nos lo pensamos, analizamos, queremos ver pro y contra, recibir quizá otra opinión de otras personas, vemos los peligros y los riesgos, ¿nos atreveremos a arriesgarnos?

Quizá queremos tenerlo todo atado y bien atado; no queremos que nada nos falle; cuando se hacen proyectos o se lanzan planes los promotores lo estudian todo al pormenor; quien va a embarcarse en ese proyecto estudiará con todo detalle lo propuesto, viendo posibilidades, viendo capacidades porque no vamos a emprender la tarea de edificar una torre si no tenemos medios para terminarla, para no ser el hazmerreír de la gente. Aunque también los hay osados que se lanzan ciegos porque aquel proyecto le atrajo, porque en él vio la realización de sus sueños, porque aburrido de lo de siempre quería lanzarse a algo nuevo y distinto. Dicen que quien no se arriesga nunca consigue nada.

Es la travesía de la vida en la que todos andamos embarcados; cada uno irá a altura diferente según su capacidad, sus posibilidades o su saber hacer. Quisiéramos que la travesía fuera cómoda y placentera; además nos estamos mal acostumbrando en la vida y algunas veces hasta exigiendo que todo nos lo den hecho y resuelto y que nosotros no tengamos que sacrificarnos tanto. No queremos contratiempos, cosas que nos vengan en contra, pero hay ocasiones en que parece que todo se nos va de las manos, se nos va al traste, que se derrumban nuestros planes y proyectos y no sabemos a quien culpar o cómo rehacernos para salir de esa situación. Nos vemos abrumados y nos parece que estamos hundidos para siempre.

En estos momentos en nuestra sociedad estamos pasando por uno de esos trances en que nos parecía que habíamos conseguido grandes metas pero un simple virus nos ha dado la vuelta a la vida, nos ha trastocado todo y el mundo parece que se nos derrumba. No terminamos de saber cómo reaccionar, no terminamos de darnos cuenta de cuáles son las cosas verdaderamente importantes y esenciales que son las que tendrían que darle un valor más permanente a la vida.

Y podemos y tenemos que hablar también del ámbito de nuestra fe, de la vida de la Iglesia y nuestra pertenencia a la comunidad eclesial. En el horizonte también nos aparecen turbulencias que en determinados momentos se pueden convertir en fuertes tormentas que nos puede parecer que la barca se hace agua y nos hundimos. No todo es tan placentero y tan pacífico, y esto lo podríamos ver desde diferentes frentes; no todo son siempre noticias buenas y hay cosas que suceden que nos cuesta entender y hasta nos pueden escandalizar; hay quien por otra parte se siente desorientado porque o quiere anclarse en meras tradiciones que nos pueden llenar de rutinas o porque algunas veces queremos caminar tan deprisa que podemos perder el norte o perder de vista lo que es el verdadero fundamento.

No todos entendemos de la misma manera la evolución de la vida y lo que es el camino de la Iglesia y en consecuencia el camino de los cristianos en este mundo en el que estamos. Y nos encontraremos con reacciones enfrentadas dentro de la misma Iglesia. Nos da la impresión que la barca hace agua porque nuestras Iglesias se nos vacían y nos cuesta ver la asistencia del Espíritu Santo en este camino que hoy vive la Iglesia. ¿Estará Jesús dormido en un rincón de la barca desentendiéndose de lo que nos está pasando?, llegamos a pensar.

Pero el Señor está ahí y su Espíritu está presente en medio de nosotros. No es a Jesús a quien tenemos que despertar sino que somos nosotros los que tenemos que despertar para darnos cuenta de esa presencia del Espíritu de Cristo en la Iglesia y también en medio de nuestro mundo en esta situación que vivimos. Es el Espíritu quien nos inspira, quien nos abre los ojos y el corazón, quien nos hace buscar lo que es verdaderamente fundamental, quien amplía ante nosotros horizontes para despejar todos esos nubarrones que nos parecía que nos podían poner en peligro.

En toda esa travesía de la que hemos venido hablando sabemos bien quién es el que lleva el timón y que nunca nos fallará. A El es a quien tenemos que escuchar allá en lo hondo del corazón y al que tenemos que seguir porque es el que nos puede llevar a alcanzar una vida en plenitud. Con El a nuestro lado no tememos las tormentas, nos sentimos seguros porque El es nuestra verdadera fortaleza y guía de nuestra vida. En la barca con nosotros va siempre Jesús. Y no está dormido.

lunes, 28 de septiembre de 2020

No nos valen los sueños de grandeza que todos llevamos dentro, serán otros los valores a los que tenemos que darle importancia, aprendiendo a contar con lo pequeño

 


No nos valen los sueños de grandeza que todos llevamos dentro, serán otros los valores a los que tenemos que darle importancia, aprendiendo a contar con lo pequeño

Job 1, 6-22; Sal 16;  Lucas 9, 46-50

Los sueños son gratis se suele decir. Cuánto soñamos en la vida, y no se trata de los sueños que tengamos mientras estamos durmiendo, sino bien despiertos muchas veces en que volamos con nuestra imaginación, pero con nuestros deseos de las cosas más bellas y mejores para nuestro futuro.

Los sueños pueden ser castillos en el aire, que se esfuman cuando pasa la brisa del momento, pero con los sueños también podemos labrar nuestro futuro, porque de ellos pueden salir las aspiraciones más hermosas por las que nos pondremos a luchar y que animarán y motivarán nuestros esfuerzos y nuestros sacrificios por alcanzar unas metas. Yo diría que es bueno soñar, porque de alguna manera es aspirar a algo mejor y es ahí donde tendríamos que poner metas altas.

Pero ahí en lo más hondo de nuestra humanidad los sueños nos pueden hacer aspirar a grandezas que nos eleven sobre pedestales y nos hagan perder el pie de la realidad, es el camino de labrarnos aquellos castillos en el aire que alimentan nuestro ego, que nos pueden hacer sentir orgullosos para ponernos por encima de los demás en deseos que pueden aparecer en nosotros de cotas de poder y de grandeza que nos endiosan y que a la larga nos aíslan de la verdadera humanidad.

Los discípulos de Jesús también se ponían a soñar. En las confusiones existenciales que se provocaban en ellos como en el pueblo sencillo, pensaban si acaso Jesús fuera el Mesías y de alguna manera tenían el concepto de un Mesías liberador, pero liberador del poder de potencias extranjeras para devolver a Israel los sueños de grandeza que habían tenido en otros tiempos. Por eso en torno a la figura del futuro Mesías se montaba, por así decirlo, todo un operativo donde serían importantes los que en esa organización pudieran alcanzar mejores cotas de poder.

Por eso iban discutiendo por el camino sobre quien iba a ser más importante. Sus sueños les estaban llevando a aspiraciones de grandezas humanas. Y mira que Jesús lo había explicado, que entre ellos no podía ser como entre los poderosos de este mundo. Pero no terminaban de entender las palabras, los planteamientos de Jesús, lo que en verdad tendría que significar el Reino de Dios.

Ahora Jesús coge un niño y lo pone en medio de ellos. ‘El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’. Un niño en aquella época era tenido en poca cosa. Mientras fuera menor de edad no tenia derecho alguno, ni se le dejaba hablar en las conversaciones de los mayores. No era tenido en cuenta. Y ahora Jesús habla de acoger a un niño, porque el que acoge a un niño le está acogiendo a El.

Hay que comenzar por valorar lo pequeño, lo que nos pueda parecer insignificante. Y el niño no será ya alguien insignificante, sino que tiene que ser acogido por los mayores que tenemos que aprender a hacernos niños y pequeños para llegar a ser importantes.

Es otro el estilo de Jesús. Aquí no nos valen esos sueños de grandeza que todos llevamos dentro, porque todo va a ser distinto. Serán otros los valores, serán otras las cosas a las que le tenemos que darle importancia, hemos de valorar lo pequeño, hemos de saber contar también con lo pequeño. Será el camino de la verdadera grandeza. Hemos de pasar por caminos de humildad que se hacen caminos de servicio.

No valen las envidias, ni el creer que somos los únicos que hacemos las cosas bien. Hemos de aprender a valorar todo lo bueno, venga de donde venga, hágalo quien lo haya hecho. Que podemos encontrar semillas del reino de Dios en los otros, también en los que nos parece que están en contra.

Nos conviene aprender a pensar en estas cosas y de esta manera en este mundo en que todos nos creemos que tenemos la exclusividad, de la verdad, del bien, de la justicia. Mira cómo nos descalificamos los unos a los otros porque no son de nuestra cuerda. Cuantas aplicaciones tiene esto en el día a día de nuestra vida, de nuestras políticas, de nuestra vida social, de todo lo bueno que hay que hacer para entre todos mejorar nuestro mundo, mejorar nuestra sociedad.