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viernes, 18 de septiembre de 2026

Necesitamos desacomodarnos y desinstalarnos de una vez por todas porque es necesario hoy ponernos en camino de lugar en lugar para llevar la buena noticia de Jesús

 


Necesitamos desacomodarnos y desinstalarnos de una vez por todas porque es necesario hoy ponernos en camino de lugar en lugar para llevar la buena noticia de Jesús

1Corintios 15, 12-20; Salmo 16; Lucas 8, 1-3

Caminando de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad; una vida itinerante y es que las buenas noticias no se pueden quedar estancadas. Era la invitación que Jesús continuamente hacía, había que prepararse para poder recibir una buena noticia, pero una buena noticia que no se podía quedar estancada en quienes la recibían, las noticias son para comunicarlas, y para poder comunicarlas hay que ponerse en camino, salir, no quedarse en el sitio, había que desacomodarse porque si nos quedamos cómodos en donde estamos la noticia no podrá correr de boca en boca; por eso pedía Jesús conversión, que era ese desinstalarse de quedarnos plácidamente donde estamos para disponernos a algo nuevo que nos va a traer esa buena noticia. Jesús dirá cuando quieran que El se quede allí más tiempo, que es necesario ir a otros lugares, que otros sitios y otros pueblos están esperando también que les llegue esa buena noticia.

Creo que si pensamos un poquito en todo esto que vamos diciendo muchos nuevos planteamientos tendrían que salir para nuestras vidas, porque nos cuesta desinstalarnos, salir de esa comodidad de quedarnos donde estamos o en lo que hacemos; con qué facilidad nos entra una modorra espiritual, nos quedamos adormilados, nos contentamos con cuidar lo que ya tenemos, y al final terminamos envejeciéndonos. Y digo envejeciéndonos no solo porque cada vez nos vamos poniendo más mayores, sino porque la falta de vitalidad, de compromiso nos envejece en nuestra fe, nos hace perder esa energía espiritual tan necesaria en tantos momentos de la vida.

¿Qué nos está sucediendo en la mayoría de nuestras comunidades cristianas, en la mayoría de nuestras parroquias, y tenemos que reconocerlo en el conjunto de la Iglesia? Nos hemos envejecido. Miremos quienes quedamos en nuestras parroquias, quienes son los que habitualmente participan en la misa dominical que tendría que ser hermosa expresión de la vitalidad de la vida de una parroquia; ¿quienes nos quedan o quedamos? personas mayores, la juventud ausente, la mayoría con un conformismo de cumplir y ya está, poca vitalidad que nos lleve a hacer nuevas cosas, a buscar nuevos caminos, a emprender nuevas iniciativas para hacer llegar el mensaje del evangelio a más gente. ¿No tenemos tiempo y siempre estamos ocupados o nos cuesta salir de la modorra de nuestra rutina para dedicar parte de nuestro tiempo para reunirnos, para tener iniciativas que nos lleven a hacer un anuncio más explícito del evangelio?

Nos dice hoy el evangelio que acompañaban a Jesús en aquel caminar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, aquellos discípulos más cercanos que habían estado desde el principio con Jesús, un día a doce de ellos los va a constituir en grupo especial, en apóstoles, pero también algunas personas entre ellas algunas mujeres que alguna gracia habían recibido de Jesús; allí estaba ‘María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios’ como nos comenta el evangelista y que en varios momentos más veremos muy cerca de Jesús, pero también algunas otras mujeres, ‘Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes’. Eran el apoyo de Jesús y el grupo que en torno a Él se había formado, porque incluso nos habla de algunas que ayudaban con sus bienes.

Es bonito este resaltar el evangelista a este grupo que camina con Jesús. Un momento en nuestra reflexión para aprender a valorar esos pequeños grupos, demasiado reducidos en la mayoría de las ocasiones, pero en muchos casos mujeres sencillas pero con una disponibilidad grande para el servicio que realizan muchas tareas en nuestras comunidades y parroquias. Algunas veces, hemos de reconocer, que pareciera que descansa en ellas toda la vida y la actividad de nuestras parroquias.

Tenemos, es cierto, que tenerlas en cuenta y valorarlas, pero no nos podemos quedar ahí, solo en esas personas. La comunidad ha de tener más vida, muchos más tendríamos que despertar de una vez por todas para salir de nuestra modorra y de nuestra comodidad, para saber ponernos en camino, porque muchos son los lugares y son las situaciones donde es necesario hacer ese anuncio del Evangelio, llevar esa buena noticia.


miércoles, 2 de septiembre de 2026

Siempre en camino, en actitud de servicio, en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos, porque a ellos también ha de llegar la Buena Noticia del Reino

Siempre en camino, en actitud de servicio, en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos, porque a ellos también ha de llegar la Buena Noticia del Reino

Corintios 3, 1-9; Salmo 32; Lucas 4, 38-44

Supongamos que tenemos la buena suerte de recibir un regalo, que no esperábamos ni acaso habíamos soñado en tenerlo, algo sin embargo que nos hacía mucha ilusión y que va a significar algo maravilloso para nosotros; es normal que saltemos de alegría, que en el gozo de lo que hemos recibido hagamos fiesta en la que de alguna manera u otra poco menos que nos convertimos en protagonistas; probablemente se nos suba el ‘ego’ y ahora todo lo veremos maravilloso porque llegamos incluso a dar la impresión que nos lo habíamos ganado, que teníamos nuestros méritos y nos insuflamos tanto orgullo que poco menos que las alabanzas se vuelven para nosotros, y aunque muchas veces decimos que si nos sacamos la lotería o alguna de tantas cosas en las que no nos perdemos de jugar decíamos que lo íbamos a repartir y todas esas cosas de una generosidad orquestada, al final nos encerramos en nosotros mismos de una forma avara y codiciosa. ¿Qué estaríamos denotando de nuestros valores o de nuestro sentido de la vida? No digo que todos seamos así y así actuemos siempre, pero es cierto que es una tentación que sufrimos y nos puede hacer perder el rumbo de nuestra propia madurez humana.

Hay algo en el evangelio de hoy que nos puede pasar desapercibido y que tendría que ser pauta de lo que significa nuestro encuentro con Jesús y con la fe. Nos dice el evangelista que cuando salió Jesús de la sinagoga fue a casa de Simón Pedro. Una indicación más o menos clara que sería la casa de Pedro en Cafarnaún el punto de encuentro o de arranque de toda la predicación de Jesús por Galilea. Ya en otro momento nos dirá cuando nos envía a predicar que en la casa donde entremos allí nos quedemos si nos reciben bien. Desde una casa, desde un hogar va a irradiar el anuncio del Reino que hemos de hacer por todas partes.

Pero en la casa de Simón le indican que la suegra de Simón está en cama con fiebre. Jesús, como no podía ser menos, se acerca a ella y tomándola de la mano la levanta, curándose de aquella fiebre. ¿Y cual es la reacción, y es en lo que quiero fijarme en estos momentos? No lo dice pero suponemos la alegría de todos por la recuperación, lo mismo que la suegra de Simón Pedro, pero aquella mujer no se queda en el momento festivo sino que se puso a servirlos.

Nuestro paso por el encuentro con el Señor siempre tendrá que derivar en el servicio, no hay mejor manera de celebrarlo ni de hacer fiesta por lo que significa ese encuentro. Y es que Jesús cuando nos sale al encuentro no es para que nos quedemos en nosotros, en lo que hemos recibido, los beneficios que significa para nosotros. Jesús siempre nos está poniendo en camino. No nos podemos quedar como quería Pedro extasiados en lo alto de la montaña porque allí se está bien, tenemos que bajar al llano, tenemos que volver a nuestros caminos aunque luego haya momentos en que nos resulten dificultosos y de nuevo oscuros. Es la bonita actitud que nos está enseñando hoy la suegra de Simón.

En las actitudes y en lo que hace el mismo Jesús estamos viendo el mismo detalle. Mucha gente se había aglomerado en aquella tarde noche a la puerta de la casa y a todos y a cada uno quiso acercarse Jesús. Nos habla de cómo imponía las manos a los que se acercaban y a todos les iba dando nueva vida. Pero Jesús no se queda ahí; desde el amanecer se había ido al descampado para su oración al Padre y cuando vienen de nuevo a buscarlo El les dice que tiene que llegar a otros lugares porque en esos otros sitios también había de anunciarse el Reino de Dios. Siempre en camino, siempre en actitud de servicio, siempre en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos porque a ellos también tiene que llegar la Buena Noticia.

¿Será esa nuestra manera de actuar? ¿Estaremos siempre en esa disponibilidad de servicio? ¿Será esa también nuestra manera de hacer el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios en medio de nuestro mundo? ¿Pensaremos también en otros, de los que no están cerca o no vienen, a los que tenemos que hacer también el anuncio? No nos podemos contentar con los que ya estamos, los de siempre, los que también hayan dado una respuesta de fe, sino que como nos decía el Papa Francisco tenemos que ir a las periferias.

¿No nos estaremos encerrando mucho en nuestros templos, en nuestras celebraciones bonitas, en el rescate de nuestras novenas y devociones, en nuestras cofradías y hermandades, en nuestras fiestas tradicionales y nos falta ese impulso misionero? Algunas veces cuando contemplo algunos programas pastorales me entran esos miedos, me interrogo por esa inquietud misionera que ha de tener la Iglesia, y qué es lo que estamos haciendo.


sábado, 22 de agosto de 2026

De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos duela para dar en verdad la imagen de la Iglesia que camina al paso de Jesús

 


De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos duela para dar en verdad la imagen de la Iglesia que camina al paso de Jesús

Ezequiel 43, 1-7a; Salmo 84;  Mateo 23, 1-12

¡Qué pronto se nos suben los cargos a la cabeza! Eso nos pasa con demasiada frecuencia porque todos tendemos a dar importancia a lo que hacemos. Llama a alguien que nos parece un infeliz don nadie que de alguna manera no le ha quedado más remedio que pasar desapercibido en la vida y de la noche a la mañana lo encumbras con una responsabilidad, la que sea, y veremos cómo pronto se dará importancia, ya se cree en un estadio superior a los que le rodean porque a él y a nadie más que a él le dieron esa responsabilidad y lo veremos que se cree un dios o un rey en medio de sus semejantes.

Puede parecernos un caso extremo y si me quieren decir también aparentemente inusual, pero en tantas cosas y en tantos momentos de la vida también nosotros nos creemos mejor que nadie, y pronto aparecerán los aduladores de turno que nos dirán lo bien que lo estamos haciendo y nos endiosamos y nos ponemos por encima de todos y ya nos creemos los reyes del universo. Son tentaciones por las que pasamos y la vanidad es algo que a todos nos encanta. Lo habremos visto a nuestro alrededor en todos los estamentos de la sociedad, miremos lo que sucede en tantos cargos públicos, pero nos puede suceder de alguna manera a nosotros.

Parte el evangelio de hoy de forma concreta cómo Jesús aconseja a sus discípulos y a cuantos quieran escucharle que no hagan como están haciendo sus dirigentes; a lo más les dice que escuchen sus buenas enseñanzas, pero que no se fijen en sus vidas para tratar de copiarlas en las propias, porque son los que enseñan una cosa pero luego ellos por sí mismos hacen lo contrario de lo que enseñan, o les vale la autoridad con que se presentan para ser manipuladores de sus conciencias. ‘No hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen…’ Las incongruencias de la vida de las que nos quiere prevenir Jesús para que haya más autenticidad.

Por eso a continuación dirá Jesús algo muy concreto y que no siempre queremos escuchar. Son claras las palabras Jesús para que no se nos suba, como decíamos al principio, el cargo a la cabeza. Otro ha de ser el estilo que nunca puede pasar por la prepotencia ni la vanidad. Recordamos que cuando los discípulos andan discutiendo por los primeros puestos y quien va a ser el primero o más importante en ese reino nuevo que anuncia Jesús – cuánto les costaba entender el sentido del Reino de Dios – les dirá que tienen que aprender a ser los últimos, a hacerse servidores de todos, que la verdadera grandeza estará en el servicio hasta ser capaz de dar la vida por los demás.

Por eso hoy nos dice que ni nos dejemos llamar rabí, que no nos dejemos llamar padre, que no nos consideremos maestros de nadie ni nos hagamos llamar maestros. La sabiduría que tratamos de transmitir no parte de nosotros mismos, de que creemos escuela para que nos sigan a nosotros, la sabiduría nos viene del Espíritu de Dios y Él es nuestro único padre, nuestro único Señor, el único Maestro de nuestra vida.

¿Qué seguimos haciendo hoy los que nos llamamos discípulos de Jesús y vivimos en Iglesia? ¿No seguiremos buscando títulos y reverencias? ¿Habremos aprendido a ir con humildad al encuentro con los demás para hacer camino juntos?

Todavía muchos títulos aparecen en nuestra Iglesia, demasiados sillones altos, muy ostentosas vestimentas de las que nos revestimos, excesivos escalones para ponernos por encima, mucho distanciamiento que seguimos manteniendo. Nos pueden parecer cosas sin importancia pero son señales de la prepotencia con que nos presentamos. Demasiado seguimos dando en la Iglesia la apariencia de un poder semejante a los demás poderes que hay en el mundo. De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos cueste y nos duela. ¿Será en verdad la Iglesia que camina al paso de Jesús?


sábado, 27 de junio de 2026

Sepamos despojarnos de nuestros aires de grandeza para humildes ponernos siempre en actitud de servicio y cercanía

 


Sepamos despojarnos de nuestros aires de grandeza para humildes ponernos siempre en actitud de servicio y cercanía

Lamentaciones 2, 2. 10-14. 18-19; Salmo 73; Mateo 8, 5-17

Algunas veces quizás nosotros no sabemos cómo acercarnos a alguien desde nuestros deseos de conocerlo, o desde nuestra necesidad esperando quizás una ayuda, y estaremos atentos a las señales que pueda darnos o que nosotros podamos encontrar de que podemos acercarnos con libertad y confianza; o quizás al revés somos nosotros los que quizás podamos ofrecer algo pero no queremos forzar el que alguien quiera aceptarnos, no queremos herir su susceptibilidad y al mismo tiempo respetar su libertad y lo que hacemos es dejarnos caer, como solemos decir, ponernos a tiro, dar señales de que esas personas pueden con libertad confianza acudir a nosotros.

Podríamos decir que es lo que encontramos en Jesús. Se deja encontrar, se pone a tiro, su presencia y sus gestos están invitándonos a que vayamos a Él porque en Él nunca nos sentiremos defraudados. Son muchos los momentos en que lo contemplamos así a lo largo del evangelio; se hace el encontradizo, se detiene junto a ciego del camino, se fija en quien quizás nadie se ha fijado y pasa desapercibido para muchos, deja incluso que le rompan el techo de la casa con tal de que puedan llegar hasta Él, o va allí donde hay soledad y sufrimiento para ofrecer su palabra, tender su mano o levantarnos de nuestra camilla.

Llega Jesús a Cafarnaún y se deja encontrar por aquel centurión romano que por allí anda con sus angustias porque su criado a quien apreciaba mucho está enfermo. Y ante la petición confiada de aquel hombre quiere ponerse en camino para ir a su casa. ‘Voy a curarle’, le dice. Pero por contra encontraremos la humildad y la grandeza de aquel hombre, no por sus títulos que puedan merecer honores, sino por la forma confiada y humilde de dirigirse a Jesus. ‘No soy digno de que vayas a mi casa…’ comienza diciendo pero para afirmar su certeza de que la Palabra de Jesús es verdadera y será suficiente para que su criado se pueda curar. El sabe de mandos y de órdenes, sabe de cumplimiento de mandatos y de disponibilidad, y Jesús puede hacerlo. ‘Una palabra tuya bastará’.

Hemos hablado de la grandeza que manifiesta este hombre, pero es Jesús mismo quien lo alabará. ‘No he encontrado en Israel una fe tan grande’. ‘Vendrán de Oriente y de Occidente y se sentarán en la mesa del Reino de los cielos’, se comentará en otro lugar. ‘Que te suceda conforme has creído’, el poder y la grandeza de la fe.

Pero en el resto del evangelio de hoy seguiremos contemplando a Jesus que allí a donde llega o por donde pasa todo se va llenando de vida. Será la suegra de Simón a quien Jesus levanta de la cama y pronto ella se pondrá a servirles, pero serán las multitudes que se agolpan a su puerta buscando esa sanación de sus enfermedades y sobre todo la salud y salvación para sus vidas. El evangelista recordará lo anunciado por el profeta Isaías, ‘Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades’.

Nos queda preguntarnos si nosotros nos ponemos a tiro de ese encuentro con el Señor que nos sana y nos llena de vida; pero al mismo tiempo tenemos que plantearnos cómo nosotros vamos a saber acercarnos allí donde hay dolor y sufrimiento también para regalar vida. Hemos de levantarnos también y ponernos en actitud de servicio que lo podemos reflejar de muchas maneras. ¿Seremos en verdad cercanos los unos con los otros? ¿Seré capaz de despojarme de esos aires de autosuficiencia para ponerme al lado de los que más sufren?


lunes, 22 de junio de 2026

Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo

 


Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo

2 Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Salmo 59; Mateo 7, 1-5

Decía san Agustín ‘si corriges, hazlo con amor; y si perdonas, hazlo con amor’. Una hermosa sentencia que tendríamos que recordar al albur de lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Si lo haces así habrás aprendido a hacerlo con humildad.

Vamos demasiado de autosuficientes y de maestros por la vida. Somos los que nos lo sabemos todo y lo que todo lo hacemos bien. Que nadie nos diga nada. Porque ya estaremos preparados con la regla en alto para humillar a quien trate de decirnos algo en contra de nuestras opiniones. Cuando empleo esta expresión de la regla en algo lo hago recordando aquellos tiempos en que el maestro quizás corregía más con la regla que con las palabras de convencimiento para hacernos ver nuestro error. Hoy la regla es la descalificación, es el tener en cuenta la lista de errores que tú en otro momento hayas podido cometer para ahora echártelo en cara y hacerte perder autoridad para lo que tratas de decirle buenamente, son las palabras hirientes que quieren hacer creer como un tonto que nada sabes ni nada puedes decir, es el querer imponer mis criterios porque tú ya estás trasnochado. De cuántas cosas nos valemos para aceptar una corrección.

Que la corrección nunca sea un juicio condenatorio porque se volverá contra nosotros por nuestra falta de humildad. Nos habla Jesús de la paja en el ojo ajeno que queremos retirar mientras tenemos una viga en el nuestro. Qué importante es que nos miremos a nosotros mismos primero en toda su crudeza, pero comenzaremos a ser más humildes y a tener mayor delicadeza cuando vamos a ayudar a los demás.

Jesús nos está planteando en el sermón del monte que venimos escuchando en el evangelio ese sentido nuevo de nuestras relaciones mutuas cuando nos está dando las características del Reino de Dios que anuncia. Un mundo nuevo de fraternidad cuyos lazos son los del amor de hermanos. Los hermanos no se imponen los unos a los otros, los hermanos saben caminar juntos y a la par, los hermanos se respetan y valoran cada uno en sus valores y capacidades sabiendo ocupar cada uno su lugar, los hermanos se ayudan a salir de los atolladeros de la vida con los menos daños y consecuencias, los hermanos no humillan ni discriminan.

Son características muy valiosas en nuestras mutuas relaciones y que van a contracorriente de un mundo de prepotencias y discriminaciones, de manipulación y dominio de la manera que sea de los unos sobre los otros, de desconfianzas y zancadillas porque siempre queremos prevalecer y quitamos de en medio a quien nos pudiera hacer sombra. Y nos cuesta remar a contracorriente pero nosotros tenemos unos valores que son los realmente van a dar grandeza a nuestra vida. Hoy se habla mucho de dignidad y de derechos humanos pero seguimos poniendo barreras en el camino de la vida difíciles de sortear para muchos porque siempre trataremos de arrimar el ascua a nuestra sardina.

Tendrá que ser siempre la humildad y la sencillez los que guíen nuestros pasos, moderen nuestros gestos y llenen de delicadeza nuestro trato con los demás. Será ahí donde estaremos manifestando nuestra verdadera grandeza; como nos dirá Jesús en otro momento del evangelio será el más importante el que sea capaz de ser más servidor. Por eso nos dirá que quien quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos. Y ahí tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar los que nos decimos seguidores de Jesús. Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo.

jueves, 2 de abril de 2026

Hoy estamos invitados a una cena con una comida especial porque es una nueva comunión de amor siendo capaces de quitarnos el manto y ceñirnos la toalla del servicio

 


Hoy estamos invitados a una cena con una comida especial porque es una nueva comunión de amor siendo capaces de quitarnos el manto y ceñirnos la toalla del servicio

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Salmo 115; Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

Hoy estamos invitados a una cena. Y quien nos invita es Jesús. Y quien le da sentido a esa cena es Jesús, con sus signos, con sus gestos, con lo que hace y con lo que nos ofrece. Si nosotros fuéramos los que invitáramos a alguien a comer con nosotros, a una cena, ya nos preocuparíamos de tenerlo todo bien preparado, de tener un lugar agradable y podríamos decir también cómodo para nuestros invitados, igual que prepararíamos las mejores y apetitosas viandas con los mejores vinos o licores. No querríamos defraudar a nuestros invitados.

Pero hoy estamos hablando de que es Jesús el que nos invita. Los discípulos ya desde el día anterior se habían preocupado y preguntado a Jesús dónde quería que preparasen la cena de pascua. Ya escuchábamos sus instrucciones y cómo los discípulos hacían sus preparativos, el cordero que era la comida fundamental y daba sentido a aquella cena, los panes ázimos y el vino para hacer las libaciones y ofrendas. Todo según lo ritualmente previsto estaba preparado.

Pero hay algo muy especial que se siente desde el principio de aquella cena. Por eso el Evangelista nos dice que sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre… y nos expresa el deseo grande que Jesús tenía de celebrar aquella cena pascual con sus discípulos. Era una conmemoración muy especial y tenía mucho de recuerdo, pero como toda cena o toda comida tenía que tener mucho de comunión y de comunicación, pero eso será también el momento de los grandes desahogos y de las últimas recomendaciones que en el recuerdo de los discípulos serían los mandatos del Señor, pero en el ambiente en que estaban viviendo con los anuncios previos que Jesús había hecho y lo que se palpaba en el ambiente aquellos días tenía también los aires tristes de la despedida.

Pero había algo más grande e importante. Habrían de comer con el sentido de pascua aquel cordero pero Jesús nos iba a ofrecer otra comida, como ya había anunciado en la sinagoga de Cafarnaún; quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida para siempre, nos había dicho entonces y aquella noche en aquella cena había de realizarse. Pero Jesús quería decirnos algo más y nos lo va a mostrar con signos surgidos de aquella ley de hospitalidad que en aquellos pueblos con tanta seriedad se vivía.

Jesús nos viene a decir que para comerle a Él necesariamente primero hemos de comer al hermano, que si no somos capaces de comer al hermano nunca podríamos en verdad comerle a El. Es el gesto que va a realizar, levantándose de la mesa se quitó el manto y se ciñó una toalla, como hacían los hombres del servicio, con el manto puesto no podrían trabajar, pero para trabajar había que ir bien ceñidos. Es lo que hace Jesús. Pero cogiendo una jofaina y una jarra de agua de rodillas delante de cada uno va lavándoles los pies y secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Ya sabemos de la sorpresa y de las reticencias como la de Pedro, ‘tú a mi no me lavarás nunca los pies’. Si no te dejas lavar los pies es que tú aún no has entendido lo que significa estar conmigo. Es necesario una cosa y otra, dispuestos para lavar pero aceptando que nos laven también. Lo dirá después, ‘lo que yo he hecho con vosotros, tenéis que hacerlo los unos con los otros’. Ser capaces de ceñirnos para ponernos de rodillas delante del otro para lavarle los pies. Es un vínculo de comunión que nos cuesta entender, como le costaba a Pedro, porque cuesta ponernos de rodillas delante del otro, sea quien sea, esté como esté.

Los que caminaban por aquellos caminos de Palestina o por aquellas calles de Jerusalén no podemos decir que fueran con los pies muy limpios calzados acaso solamente con unas sandalias y bien envueltos por el polvo del camino. Y ante ellos en esas circunstancias se puso Jesús. Como decíamos, sea quien sea y esté como esté. A nosotros que nos volvemos tan repugnantes y vamos haciendo tantas distinciones y discriminaciones; recordemos cuantas palabras decimos o cuantas actitudes negativas mantenemos en nuestros corazones buscando mil justificaciones. Pero Jesús nos está diciendo que tenemos que comer al hermano, entrar en esa comunión con el hermano para que podamos entrar en comunión con Él. ¿No nos dirá en otro momento que lo que hicimos o dejamos de hacer al hermano a Él se lo hicimos o se lo dejamos de hacer? Por eso nos dirá que ese es su mandamiento, el amor, pero no un amor cualquiera, sino como Él nos amó. ¿Queremos buscar más explicaciones? Qué difícil se nos hace.

Luego ya Jesús nos ofrecerá su propia carne, su propia sangre para que le comamos. Pero podemos hacerlo cuando hayamos comprendido todo lo que es el amor. Es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… es mi sangre derramada por vosotros y por todos… es la muestra del amor más grande, del que es capaz de dar la vida por aquellos a los que ama. Es lo que hoy se nos revela y lo que celebramos. Es la verdadera señal de la Pascua, porque es en verdad el Paso salvador de Dios en medio de nosotros.

Ya no es aquella liberación de las cadenas de Egipto  que les mantenían oprimidos, ahora es el paso de Dios que nos da la verdadera libertad, la libertad del amor, la hacer que seamos capaces de ponernos de rodillas delante del hermano para lavarle los pies, lo que es entrar en auténtica comunión con el hermano, o lo que es lo mismo, ser capaces de comer al hermano. ¿No llamamos comunión al comer – comulgar decimos también – el Cuerpo de Cristo? Es la comunión, el comulgar con el hermano que Jesús hoy nos está pidiendo. Que lleguemos a entenderlo, que lleguemos a vivirlo es la gran liberación, la gran Pascua que tenemos que vivir.

Estamos invitados a una cena hoy, pero que ha de ser la cena que hagamos todos los días, porque cada día tenemos que despojarnos de nuestros mantos y ceñirnos con esa toalla del servicio para lavar los pies a nuestros hermanos. Es la gran comunión que hoy celebramos en este día del Jueves Santo.

 


martes, 3 de marzo de 2026

Vayamos despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias en quien se dice discípulo de Jesús

 


Vayamos despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias en quien se dice discípulo de Jesús

Isaías 1, 10. 16-20; Salmo 49; Mateo 23, 1-12

Es en el camino de la sencillez y de la humildad donde manifestamos nuestra verdadera grandeza. Eso lo sabemos todos porque aunque seamos como seamos sin embargo nos queda algo de sensatez en nuestro interior, en nuestro pensamiento; diríamos que es algo que hemos ido aprendiendo en la medida en que hemos ido madurando en la vida y quizás tras experiencias donde quizás un día nos dejamos llevar por el orgullo y la vanidad y al final salimos chamuscados, por decirlo de alguna manera.

Sin embargo la tentación de la vanidad nos aparece continuamente en nuestra vida; porque nunca queremos quedar por debajo de los demás y haremos todo lo posible por estar en el escaño superior para intentar ver por debajo a los otros; algunas veces sin ser nada sin embargo nos creemos superiores y comenzamos a hacer nuestras discriminaciones en la vida; en el orgullo que se nos va metiendo por dentro nos cuesta aceptar que tenemos que mezclarnos con todos porque todos somos iguales y nos dejamos llevar por las aspectos externos que contemplemos en los otros o por lo vanidosos que nosotros nos presentemos; y vamos a decir algo más, pudiera ser que estemos dotados de especiales dones y cualidades, pero tenemos que pensar que cuanto enriquece nuestra vida no es para nosotros mismos sino para el servicio generoso y desinteresado con los demás.

Es de lo que nos está hablando Jesús, partiendo de aquellas actitudes dominantes con las que se presentan los que se creen dirigentes de la comunidad por las funciones que quizás tengan que realizar; pero se olvidan de la sencillez y de la humildad como hemos venido diciendo, se creen maestros y con autoridad para imponer sus criterios a los demás, o para valerse de esa preponderancia para tener una actitud de dominio sobre los otros.

Por eso Jesús les dice que entre sus discípulos no pueden ser como ellos; nuestra actitud siempre ha de ser la del servicio y esa misión que quizás hayamos recibido o esos dones que pudieran adornar nuestra vida nos han de poner siempre en actitud de servicio. Recordamos lo que hizo Jesús en la última cena; ‘me llamáis y el maestro y el Señor, y en verdad lo soy’, les dice porque quizás se han sentido sorprendidos por el gesto que ha realizado Jesús de lavarles los pies a todos. Pero a continuación nos dirá que eso es lo que nosotros tenemos que hacer con los demás.

Por eso hoy, en el texto que se nos ofrece en este día nos dice que no nos dejemos llamar ni maestros ni padres, porque todos estamos a la misma altura, ‘todos vosotros sois hermanos’, les dice. El sí era el maestro, pero no le importó quitarse el manto, ceñirse la toalla y ponerse a los pies de los discípulos. Y nosotros vamos con nuestra prepotencia pidiendo reconocimientos y aplausos, mirando por encima del  hombro a los demás, no queriendo mezclarnos con todos, haciendo nuestras distinciones.

¿Tratamos igual a todos los que conocemos o a todos los que están a nuestro lado? Ya sé que es muy humano que haya simpatías y sintonías, pero eso no quita para que con aquel que no nos cae simpático también seamos amables, lo saludemos con una sonrisa, y le tendamos la mano con generosidad para hacer algo por él.  Cuántas oportunidades tenemos de ir sembrando sintonías a nuestro lado, no pases nunca a la distancia del otro cambiando de acera porque te cae mal. No es fácil, porque las fibras de nuestro corazón están dañadas y aparece pronto la discordancia, pero por encima de todo eso tiene que haber algo más. ¿Somos o no somos discípulos y seguidores de Jesús?

Vayamos, pues, despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias. Es el camino humilde y sencillo con el que vamos haciendo presente el Reino de Dios en nuestro mundo. Cuando has comenzado a amar de verdad a todo el que está a tu lado es que has entrado en la sintonía del Reino de Dios.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Hoy vemos en el evangelio que algunos le preguntan a Jesús si serán muchos o pocos los que logren salvarse, pero ¿qué significará ese salvarse o no?

 


Hoy vemos en el evangelio que algunos le preguntan a Jesús si serán muchos o pocos los que logren salvarse, pero ¿qué significará ese salvarse o no?

Romanos 8,26-30; Salmo 12; Lucas 13,22-30

Siempre andamos buscándonos caminos fáciles. ¿Para ir a ese lugar no hay otro sendero que no sea tan exigente? Nos parece que son vueltas y revueltas innecesarias y que podríamos encontrar otras soluciones más fáciles; todos queremos ser ingenieros para trazar los caminos que nos faciliten el recorrido. ¿Y no hay otro camino que sea más cómodo o más fácil donde no tengamos que hacer tanto esfuerzo?,  nos preguntamos cuando el camino se  hace cuesta arriba, vemos las situaciones difíciles que tenemos que afrontar. Y queremos buscar otros senderos que no tengan tantas exigencias. Pero ya nuestra sabiduría popular tiene sus dichos y sentencias y nos dice que ‘quien deja el camino por el atajo…’

No es que queramos ser ingenieros de caminos para trazar buenas autopistas, sino que en ese recorrido que tenemos que hacer en la vida ya queremos ingeniarnos para pasarlo de la mejor manera posible y con el menor esfuerzo. Y no es solo el plan de vida cómoda en que nos estamos educando hoy en que todo está permitido y analicemos bien lo que estamos ofreciendo a las generaciones que vienen tras nosotros. Es que cuando se trata de nuestro crecimiento personal, de nuestra maduración como personas, de la seriedad y responsabilidad con que hemos de asumir la vida, enseguida comenzamos a decir que la vida es difícil, que tiene que haber otra cosa y otra manera de plantearnos ese camino de la vida. ¿No andaremos con una flojera crónica en la vida y ante la menor dificultad nos ahogamos?

Y esto nos pasa en el camino de nuestra vida cristiana. Si no, veamos en qué convertimos todo lo que tendría que ser la vivencia de nuestra fe. ¿Tendremos en verdad ansias de vida eterna? ¿No habremos convertido nuestra vida cristiana en unos parches que colocamos en algunos momentos como cartelitos que digan que aquello que vivimos es ser cristiano, pero realmente andamos muy lejos de los planteamientos y exigencias que nos propone el evangelio? Yo, ya cumplo, decimos, porque quizás vamos a Misa alguna vez o nos contentamos verla por la televisión mientras estamos quizás entretenidos en otras cosas; yo ya cumplo porque trato de no molestar a nadie y que cada uno viva su vida; yo ya cumplo porque bauticé a mis hijos y quise que hicieran la primera comunión, pero luego ellos que decidan y hagan lo que les parezca.

Yo ya cumplo, repetimos, pero ¿donde estamos manifestando un compromiso desde esa fe con la vida, con la mejora de nuestro mundo, con los problemas que afectan a la vida de tantos, con la construcción de una sociedad más justa? ¿Dónde estamos preocupándonos por vivir esos valores que nos enseña el evangelio y con los que construir el Reino de Dios en nuestro mundo? ¿Acaso eso nos suena a sueños de otros tiempos y que ya todo eso está pasado de moda?

Hoy vemos en el evangelio que algunos le preguntan si serán muchos o pocos los que logren salvarse. Pero ¿qué significará ese salvarse o no? Y Jesús nos dice que nos afanemos por entrar por la puerta estrecha, porque es la que va a hacer verdadero camino. Porque puede ser que lleguemos y ya nos encontremos la puerta cerrada y no nos reconozcan, aunque nosotros digamos que hemos sido muy cumplidores. ‘No os conozco, no sé quienes sois’, terribles palabras que podríamos escuchar. Y podremos ver que otros a los que nosotros no considerábamos tan dignos van a entrar primero. ¡Ay de las distinciones entre unos y otros que nos hacemos tantas veces en la vida considerándonos que nosotros somos superiores o mejores!

Y nos habla Jesús de saber hacernos los últimos, porque tenemos que aprender a ser los servidores de todos. Claro que ceñirnos la toalla y ponernos a lavar los pies a los demás no es tarea del gusto de todos, no es tarea fácil. Pero a El lo contemplamos haciéndolo y nos dice que si El que es el Maestro y el Señor lo ha hecho, nosotros también debemos hacérnoslos los unos a otros. ¿Estaremos dispuestos? ¿Nos parece un camino difícil? ¿Habrá otro más fácil?

miércoles, 22 de octubre de 2025

Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre, estar en vela no es solo estar despierto, sino esa responsabilidad en la vida en el espíritu de servicio

 


Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre, estar en vela no es solo estar despierto, sino esa responsabilidad en la vida en el espíritu de servicio

Romanos 6,12-18; Salmo 123; Lucas 12,39-48

Que nos digan la hora exacta en que va a llegar y nosotros estaremos allí, mientras tanto podemos estar aprovechando el tiempo en otras cosas, quizás le digamos a quien nos convoca para algo determinado, para que esperemos a alguien que ha de venir; queremos aprovechar hasta el último minuto en nuestras cosas, porque si nos dicen esa hora exacta, pensamos, que vamos a estar perdiendo el tiempo en la espera. Así somos apurados y exigentes en tantas ocasiones, y digo apurados, porque queremos apurar hasta el último minuto en lo que estamos. Si sabemos la hora para ese momento prepararemos todo, aunque como suele suceder cuando dejamos las cosas para última hora que algo sale mal, algo se nos olvida, o algo importante no tenemos preparado a tiempo.

Claro que a quien esperamos, según el evangelio que hoy se nos propone, no nos dice la hora de llegada, porque lo importante no es hacer haciendo arreglos a última hora para quedar bien, sino de lo que se trata es de una vida, toda ella, que hemos de vivir en rectitud, a la que tenemos que darle su sentido y su valor. Así andamos con nuestra vida espiritual, así andamos en la recepción de los sacramentos, así andamos en lo de vivir en verdad nuestro compromiso cristiano; ya tendremos tiempo nos decimos tantas veces, y ahora seguimos con nuestras rutinas, seguimos con nuestros desórdenes porque tantas veces nos falta esa necesaria congruencia en nuestra vida, andamos con nuestra falta de compromiso porque siempre decimos que no tenemos tiempo, que ya volverá otra ocasión, otra oportunidad. ¿Volveremos a tener la oportunidad que ahora tenemos? ¿Por qué tanto dejarlo para más adelante?

Nos falta seriedad en la toma de decisiones, nos falta seriedad en los planteamientos que hemos de hacernos en referencia a lo de vivir nuestra vida cristiana, seguimos andando con muchos remiendos, pero no somos capaces de tomar el paño nuevo que nos haga esa vestidura nueva, como tantas veces nos dice Jesús en el evangelio; seamos capaces de reconocerlo, pero andamos con demasiadas hipocresías en nuestra vida, lo de las dos caras, andamos con la vida dividida, en unos momentos o en unas situaciones queremos aparentar que somos muy cristianos, poniendo una fachada por delante, pero por detrás andan nuestros desórdenes, andan nuestras actitudes y posturas poco claras, seguimos con nuestras cositas aguantando mientras podamos pero nos dominan las pasiones, las viejas costumbres, las rutinas y no sabemos mostrarnos con la suficiente entereza.

Hoy Jesús nos está hablando que nos han nombrado administradores y tenemos una tarea que realizar, que entraña también el trato que tengamos con los que están a nuestro lado; Jesús nos dice de aquel administrador que no era justo con sus compañeros empleados, a los que sintiéndose dueño en ausencia del amo trataba mal y de forma injusta. ¿Así nos sentiremos nosotros tan dueños de la vida que pretendemos hacer lo que nos parece olvidándonos de la rectitud que tendría que brillar en nosotros?

‘Estad preparados, nos dice Jesús, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre’. Y nos dice que es necesario que nos encuentre en vela; y estar en vela no es solo estar despierto haciendo lo que nos parece, sino estar con esa responsabilidad en la vida donde tiene que prevalecer en nosotros el espíritu de servicio.

Aquí tendríamos que analizar muy bien todo lo que significa ese estar en vela, en nuestra vida y en nuestras responsabilidades, en lo que es nuestro crecimiento humano y espiritual en el cultivo de esos valores que aprendemos en el evangelio, en el lugar que ocupamos dentro de la Iglesia con la misión que hayamos asumido, pero también en lo que podemos aportar a nuestra sociedad con nuestro compromiso, con nuestra implicación en todo lo que sea el bien de esa sociedad a la que pertenecemos.


sábado, 23 de agosto de 2025

En una nueva órbita hemos de entrar lejos de apariencias y vanidades, en camino de humildad que pone en servicio de los demás todo lo que somos

 


En una nueva órbita hemos de entrar lejos de apariencias y vanidades, en camino de humildad que pone en servicio de los demás todo lo que somos

Rut 2,1-3.8-11; 4, 13-17; Salmo 127; Mateo 23,1-12

La vanidad es una tentación que a todos nos ronda de una manera o de otra. Cuando decimos vanidad quizás lo primero que se nos venga a la cabeza es pensar en esas personas presumidas, llenas de alhajas y adornos, con vestimentas aparatosas y que llaman la atención, y que quieren una nota y apariencia muy especial que de alguna manera acapare la atención de los demás. Pero eso es quizás un signo externo, que puede denotar muchas cosas, pero la vanidad es algo mucho más hondo y expresado con mucha sutileza.

Es apariencia, sí, pero donde nos manifestemos con signos de poder; es querer presentarnos mucho más allá de lo que somos y nos vamos revistiendo, en este caso no solo de unas vestiduras o unos perfumes, sino de una sensación de grandeza y de poder aparentando lo que realmente no somos. Quizás las deficiencias que en lo secreto notamos dentro de nosotros mismos tratamos de ocultarlas tras esa apariencia vanidosa; no nos exigimos a nosotros mismos en un deseo de superación y crecimiento interior, pero sí nos volvemos exigentes con los que están a nuestro lado, porque en el fondo queremos manipular sus vidas.

¿Somos realmente en nuestro interior la fachada que queremos presentar? La pobreza de nuestro interior tratamos de disimularla con esas apariencias de poder y manipuladoras. Nos estamos, incluso, manipulando a nosotros mismos para no presentar lo que realmente somos. Y al final llenamos nuestra vida de falsedad e hipocresía.

Es de lo que Jesús nos previene en el evangelio de hoy; es lo que Jesús denuncia en aquellos dirigentes de la sociedad de entonces - ¿será también una denuncia para nosotros los dirigentes de nuestra sociedad hoy? –; es en lo que no quiere Jesús que caigamos simplemente porque nos dejemos arrastrar por lo que podría parecer tan natural, porque como decimos quizás todo el mundo lo hace.

‘Haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen...’ nos dice Jesús. Y habla de las filacterias y de las orlas de los mantos bien aparatosas, y habla de esa vanagloria que se buscan de si mismos haciendo que la gente se entere de aquello que hacen, aunque solo sea por apariencia; y nos dice que no nos dejemos llamar maestro ni estemos pendientes de los títulos, porque lo realmente importante es lo que hagamos, no lo que digamos; y nos habla de bajarnos de nuestros pedestales, de buscar reconocimientos, de querer buscar lugares de honor donde todo el mundo nos vea.

El camino que hemos de seguir es el de la humildad, reconociendo nuestra pobreza pero siendo también conscientes de que aquello que hemos recibido no es solo para nosotros; los dones de los que estamos dotados desde nuestras cualidades y valores estarán siempre en función del servicio a los demás. Que tenemos que enseñar, enseñemos, que tenemos abrir caminos para otros, pongamos al frente de esa tarea pero solamente como el que quiere ayudar a los demás. Por eso nos dice que tenemos que ser servidores, que no nos importe ser los últimos si con ello estamos ayudando a caminar a quien no puede o no saber hacerlo.

‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’, termina diciéndonos Jesús. Nos cuesta como les costaba entenderlo a los discípulos; ya muchas veces los veremos discutiendo por los caminos sobre quien iba a ser el más importante. Pero entre nosotros no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo. Cuánto cuesta bajarnos del pedestal, cuánto cuesta reconocer que otro lo puede hacer mejor, cuanto cuesta aceptar lo que lo demás puedan ofertar porque parece que lo único que vale es lo nuestro, cuanto cuesta dar razón al que no piensa como nosotros.

Es en otra órbita en la que hemos de entrar. Es el sentido del Reino de Dios que Jesús nos anuncia e instaura.

 

viernes, 15 de agosto de 2025

En su Asunción al cielo María pone en nuestras manos el testigo de la luz de Cristo para que nos levantemos y pongamos en camino para iluminar nuestro mundo

 


En su Asunción al cielo María pone en nuestras manos el testigo de la luz de Cristo para que nos levantemos y pongamos en camino para iluminar nuestro mundo

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Salmo 44; 1Corintios 15, 20-27ª; 1, 39-56

 Levantarnos y ponernos en camino. Creo que puede ser el mensaje que resuma  lo que hoy esta fiesta de la Asunción de la Virgen nos puede dejar para nuestra vida.

Levantarnos exige de nosotros una toma de decisión, ni nos quedamos postrados porque nos sintamos unidos ni nos quedamos en la pasividad de dejar la vida pasar sin poner nada de nuestra parte.  Es decidir que tenemos que hacer algo, en este caso, ponernos en camino; ponernos en camino es como lanzarnos a una aventura nueva, es mirar más allá y más lejos porque queremos alcanzar una meta, queremos algo, queremos buscar; atrevernos a descubrir algo nuevo, atrevernos a afrontar lo que vayamos encontrando en el camino, aunque a veces sea duro, lanzarnos a descubrir algo nuevo, a contemplar también la belleza de lo que nos rodea pero buscando otra belleza mayor y mejor, es ser conscientes de la travesía que estamos haciendo pero también de cuanto y cuantos vamos encontrando en esa travesía para ir también interactuando con ese mundo que nos rodea, es poner alegría, ilusión y esperanza en el camino que vamos haciendo que ya no lo podemos hacer entonces de cualquier manera.

No es solo el hecho de que despertemos por la mañana y nos levantemos de la cama para ir haciendo rutinariamente las cosas de cada día. Es empeño, es entusiasmo, es creer en lo que vamos a hacer, es implicar a los que nos rodean con nuestra alegría y nuestra ilusión. Es trasmitir y comunicar lo que llevamos dentro, es convertirnos en mensajeros de que algo nuevo y bueno puede surgir o tenemos que construir.

Comienza diciéndonos el evangelio de hoy que María, después de haber recibido aquella embajada angélica y enterada de lo que estaba sucediendo allá en las montañas de Judea, en casa de su prima Isabel, ‘se levantó y se puso en camino deprisa a la montaña’. María tenía que desahogar lo que tenia en su alma, porque Dios se había fijado en el ella y en su pequeñez estaba realizando cosas grandes; María tenía que ir a comunicar lo que estaba viviendo y es que la misericordia del Señor estaba visitando a su pueblo y todas las promesas mesiánicas se estaban dando cumplimiento; María llevaba alas en su corazón – deprisa hizo el camino nos dice el evangelista – porque Dios visitaba a su pueblo y ella tenía que ser signo de esa visita de Dios que derramaba bendiciones a su paso. La criatura saltó en el seno de Isabel al escuchar las palabras del saludo de María.

El camino de María era un camino nuevo que estaba emprendiendo la humanidad; será un camino sencillo y humilde, al que se hacen sordos los poderosos y los que se creen grandes, pero que van a reconocer los pequeños, los pobres, los sencillos porque serán a los que se revele Dios mientras los poderosos son derribados de sus tronos; un camino de gestos sencillos como ponerse a servir a los que también se sienten pequeños y débiles en sus necesidades pero en quienes se va a derramar de forma abundante la misericordia del Señor.  

Es camino nuevo, porque es camino que nos trae la buena noticia, es camino de evangelio, es camino que nos señala el paso de Dios por nuestra vida y por nuestra historia, pero que nos convierte a nosotros en caminantes y testigos en medio de nuestro mundo.

Siguiendo el ejemplo y testimonio de María nosotros hoy también queremos levantarnos y ponernos en camino. Ni nos podemos quedar en la tranquilidad de Nazaret ni nos podemos quedar en lo alto de la montaña por muy bien que se esté allí como le sucedía a Pedro. Los que de Nazaret no se pusieron en camino les costaría incluso después reconocer en Jesús el paso salvador de Dios por sus vida. Si nos quedamos ensimismados en lo alto de la montaña no seremos capaces de palpar la realidad cruda de nuestro mundo, como cuando Jesús bajó del Tabor y se encontró con aquel padre que no sabía qué hacer con su hijo porque tampoco los discípulos eran capaces de curarlo.

Ponernos en camino significará para nosotros contemplar la cruda realidad de nuestra vida y de nuestro mundo, muchas veces desorientado y confundido, que nos puede ofrecer mil caminos pero en los que nunca encontraremos satisfacción porque solo quieren encantarnos con cantos de sirena, con alegrías superficiales  o con felicidades efímeras que al final nos dejan mal sabor en la boca y amargura en el corazón. Es el camino ilusionante que nosotros hemos de emprender desde nuestro encuentro con Jesús en la fe para llevar una rayo de luz, un rayo de esperanza de que algo nuevo y mejor podemos hacer para darle plenitud a nuestro mundo.


Es el faro de luz que de manos de María hoy recibimos cuando la vemos glorificada junto a Dios, en esta fiesta de su Asunción al cielo, cuando contemplamos su camino de Nazaret a las Montañas de Judea, o cuando la estamos contemplando en su bendita Imagen de la Candelaria, como hoy la celebramos en nuestra tierra canaria.

Esa vela luminosa y encendida que lleva en sus manos en nuestras manos la está depositando para que nosotros poniéndonos en camino seamos signos de esa luz en el mundo que nos rodea. Es como un testigo que pone en nuestra manos, pero que ya recibimos desde el día de nuestro bautismo, porque además es la luz que si la mantenemos encendida con ella podremos entrar en las bodas eternas del cielo, en la gloria del Señor, como a Ella hoy la contemplamos.

viernes, 25 de julio de 2025

Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros

 


Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Salmo 66; 2 Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28

¿Desde donde edificamos nuestra vida? Desde lo que somos, con esa madera que tenemos, la nuestra, no la que otros quizás quieran imaginar o desear o quizás desde la que nosotros quisiéramos tener; es la rudeza y de nuestra vida en su propia realidad, la que somos con nuestras callosidades o nuestros nudos, con su parte de madera más blanca o más dúctil, pero también con nuestra fuerza interior, con nuestras ambiciones y nuestras pasiones, que no podemos dejar de lado porque forman parte de nosotros también; no se trata de descartar o destruir, sino de ser capaz de aprovechar lo que hay en nosotros para en ello tratar de esculpir la mejor figura, la mejor persona, que no se va en apariencias, sino que trata de sentir plenitud en si misma pero también de ser, podíamos decir, útil a los demás; por eso no pensamos solo en nosotros, sino también en ese lugar en el que estamos o donde seremos llamados a realizar nuestra vida, que tiene que ser también para los demás, y con esa barca que hemos hecho de nuestra vida nos conducimos, navegamos hacia el encuentro de los otros para llevar lo mejor que en ella llevamos, que en nosotros llevamos.

Mira tu vida en esta reflexión que te ofrezco y piensa en lo que eres y en lo que te puedes transformar, pero descubre también cuál es tu misión porque en cuanto te sucede también hay una llamada, como la que hizo un día Jesús a aquellos pescadores de Galilea.

Hoy estamos celebrando al Apóstol Santiago y he querido comenzar con esta reflexión, porque al escribirla y hacérmela he estado pensando precisamente también en el apóstol y en su vida. Un pescador y una barca, un oficio con toda su dureza que no era solo para sí mismo en unas ganancias que pudiera obtener, sino que tenía su función para los demás, portador de alimento en aquellos peces para muchos. Un día el lago se quedó corto porque a su lado pasó un profeta que iba reclutando pescadores para otros mares más amplios; no sería ya solo pescador de peces sino de hombres, no sería el lago de Tiberíades sino llegar hasta el fin del mundo conocido, llegó hasta el Finisterre, al fin de la tierra conocida entonces con la misión de pescador que había recibido. No se rehusaba a aquel oficio, muchas veces a lo largo del evangelio lo veremos cruzando una y otra vez aquel lago, sino que se transformaba.

Pero tuvo que hacer un camino, para pulir aquella madera a pesar de las callosidades de sus ambiciones y sus sueños; muchas veces seguían discutiendo entre ellos sobre quien sería el más grande o importante y Jesús seguía señalándoles el camino; su madre intervendría también en aquellos sueños de sus hijos y se convertiría en mediadora – lo que hacen siempre las madres – pero aprenderían de un bautismo y bautismo de sangre por el que habían de pasar, de a pesar de sus impulsos por correr y querer transformarlo todo de una vez, habían de aprender a quedarse los últimos, porque ahí está el mejor servicio que pudieran realizar ayudando a los que menos podían caminar.

Tendría sus momentos de luz, que alimentaban mejor sus impulsos como en el Tabor, estaría también allí donde desde lo que parecía un sueño de muerte renacía la vida como en la casa de Jairo, pero también sabría de lo que era el dolor más intenso que hace sudar sangre en la cercanía de Jesús en Getsemaní. Así se fue tallando aquella madera, así podría ponerse en marcha aquella barca hasta lejanas tierras porque allí también tenían que enseñar todo aquello que habían aprendido de lo que era el amor y el amor hasta el final. Pero estaría también en el momento oportuno, donde se convirtiera en el primer testigo, en el primero de los del grupo de los apóstoles que derramara su sangre, que diera su vida.

Y hoy nosotros contemplamos su figura, esa madera tan variada en su composición que tenía sus nudosidades pero que tenía el mejor material y podemos así celebrar la obra de Dios en él. Nos creemos muchas veces en nuestros orgullos que lo que somos o lo que hemos conseguido solo es fruto de nosotros mismos y de nuestros particulares esfuerzos y nos olvidamos de la obra de Dios en nosotros; es El quien nos ha ido tallando, puliendo, haciendo brillar lo mejor que ha puesto en nosotros, porque esos acontecimientos, muchas veces quizás duros, por los que hemos pasado, esas personas que han estado cerca de nosotros y nos han echado una mano con su palabra y su consejo, con su presencia que nos daba ánimos o nos hacía ver las cosas de otra manera, todo cuando ha ido sucediendo en nuestro derredor tenemos que reconocer que ha sido un don de Dios para nuestra vida, que nos manifestaba su amor, que nos acompañaba en nuestro camino, que nos daba esa fortaleza que necesitábamos, que nos impulsaba a algo nuevo y mejor, que nos hacía mirar a lo alto. Es la obra de Dios en nosotros, misteriosa muchas veces porque nos ha costado leerla, pero grandiosa siempre porque grande es su amor que así ha derrochado su gracia sobre nosotros.

Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros. Trajo la fe a nuestras tierras españolas, pero sobre todo nos hizo descubrir, nos sigue haciendo descubrir ese amor de Dios que se derrama abundantemente en nuestra vida. Y todo eso tiene que tener unas consecuencias para nosotros. Tenemos que descubrirlas.

 

domingo, 22 de junio de 2025

Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida… es lo que tenemos que celebrar y vivir en esta fiesta del Corpus

 


Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida… es lo que tenemos que celebrar y vivir en esta fiesta del Corpus

Génesis, 14, 18-20; Salmo 109; 1Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17

No sé si en alguna ocasión se han visto desbordados por una situación en la que tenían que actuar pero que parecía que superaba todas vuestras posibilidades o capacidades de actuación, pero era algo que se esperaba de ustedes, porque formaba parte de las responsabilidades asumidas, de un cargo o responsabilidad que tenían en la vida, o era una situación familiar en la que se veían involucrados muchos de la familia, pero que podía estar en las manos de ustedes la salida de tal conflicto. ¿Cómo se sentían? ¿Qué tenían que hacer? No sabían por donde empezar y el camino parecía bastante escabroso. ¿Podríamos buscarnos alguna disculpa? Seguro que no podíamos escaquearnos porque todos estaban pendientes de nuestra actuación.

Me planteo esto, porque por un lado vemos lo que dice el evangelio y el compromiso en que Jesús pone a sus discípulos, cuando ante toda aquella multitud que había venido de lejos para ver y escuchar a Jesús, había que darles de comer; pero es que Jesús les dice: no es cuestión de que les digamos que se marchen sino ‘dadles vosotros de comer’.

Pero esto no es ajeno a lo que al mismo tiempo podemos contemplar en el mundo en que vivimos, problemas, necesidades, hambre, guerras, miseria, desplazados o emigrantes que nos llegan continuamente a nuestras tierras, o se desplazan por el mundo buscando algo mejor y sucede en todos los continentes. Nos sentimos impresionados por las noticias que nos llegan a través de los medios de comunicación, las decisiones que toman los poderosos de nuestro mundo, los problemas que se acumulan muchas veces no tan lejos de nosotros. ¿Y nos quedamos con los brazos cruzados? ¿Y echamos balones fuera porque decimos que esas decisiones están en manos de otros? ¿Nos desentendemos y cerramos los ojos? ¿Decimos que eso no está en nuestras manos y que nada podemos hacer? ¿Comenzamos a decir lo que tienen que hacer los otros? Pero Jesús nos está diciendo ‘dadles vosotros de comer’.

Y esta reflexión nos la hacemos en esta fiesta del Corpus. Quizás en muchos de nuestros pueblos se movilice mucha gente para preparar la fiesta del Corpus, con nuestras procesiones, nuestras alfombras, nuestros descansos, nuestra música, nuestros cantos… todo un fervor popular. Un fervor que nació de nuestra fe en la Eucaristía, del misterio de amor y de entrega que celebramos en la Eucaristía. Estamos recordando y celebrando algo muy grande, pero que algunas veces porque lo vemos tan grande y misterioso casi lo hemos ido alejando de lo que tiene que ser la realidad de nuestra vida cristiana. Es Cristo que se entrega para que tengamos vida.

‘Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida…’ ¿Será esto en verdad lo que estamos celebrando? Cuidado que la pantalla de nuestras fervorosas celebraciones oculte lo que en verdad celebramos y lo que tenemos que manifestar en nuestra vida. Cuando Cristo se entrega por nosotros para que tengamos vida nos dice ‘lo mismo que yo he hecho tenéis que hacerlo los unos con los otros’, y ha sido después de lavarles los pies a los discípulos. Pero es que no solo fue lavando los pies a los discípulos en el cenáculo al principio de aquella cena pascual, sino ha sido lo que ha ido haciendo continuamente en su vida.

Nunca se puso Jesús en una posición en que estuviera lejos de la gente; con ellos se mezclaba, en medio de ellos caminaba, se acercaba a la orilla del lago o se sentaba en la barca con los discípulos cuando iban a la pesca, se detenía ante el ciego en las calles de Jerusalén, o con su mano tocaba a los leprosos o ponía sus dedos en lo oídos de los sordomudos, dejaba que le tocaran el manto en medio de los apretujones de la gente, o camina a casa de Jairo o quería ir también a la casa del centurión, llegaba a la casa de Simón para tomar de la mano a la suegra y levantarla o permitía que le rompieran el techo de la casa para bajar por allí al paralítico… muchos más gestos podemos seguir recordando y contemplando. Y Jesús nos dice que hagamos lo mismo que ha hecho El.

Cuando nos habla de su cuerpo entregado y de su sangre derramada al darnos a comer de aquel pan y beber de aquella copa, nos dirá también que hagamos lo mismo en recuerdo y conmemoración suya para siempre. Pero hacerlo no es solo comer de aquel pan y beber de aquella copa, sino hacer la misma entrega hasta derramar la sangre si fuera necesario para poder dar vida a nuestro alrededor. ¿Estaríamos dispuestos a llevar nuestra actitud de servicio hasta ese extremo?

Esto es lo que hoy queremos celebrar, lo que tenemos que celebrar. Y lo celebramos en medio de ese mundo donde tenemos que poner nuestra mano, nuestro actuar, nuestro compromiso, nuestra entrega. No podemos cruzarnos de brazos, decir que eso les toca a otros. Nosotros tenemos que poner nuestro pan aunque sea de cebada, nosotros tenemos que poner nuestro actuar aunque muchas veces no sepamos como, en nosotros tienen que darse esos gestos de amor, de ternura, de cercanía, de amistad con los que vamos encontrando en los camino de la vida.

Y pondremos nuestra mano, y diremos nuestra palabra, y ofreceremos nuestra mirada, y regalaremos nuestra sonrisa, y ponemos nuestra pobreza, porque si todo hiciéramos un poquito de todo esto muchas esperanzas se despertarían, muchos serían los que se levantaran de su postración o de su desánimo, muchos se sentirían movidos a poner también su parte en lugar de esconderse y haríamos en verdad un mundo nuevo. Es el Reino de Dios por el que Jesús se ha entregado, es lo que hoy estaremos celebrando con todo sentido.