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viernes, 18 de septiembre de 2026

Necesitamos desacomodarnos y desinstalarnos de una vez por todas porque es necesario hoy ponernos en camino de lugar en lugar para llevar la buena noticia de Jesús

 


Necesitamos desacomodarnos y desinstalarnos de una vez por todas porque es necesario hoy ponernos en camino de lugar en lugar para llevar la buena noticia de Jesús

1Corintios 15, 12-20; Salmo 16; Lucas 8, 1-3

Caminando de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad; una vida itinerante y es que las buenas noticias no se pueden quedar estancadas. Era la invitación que Jesús continuamente hacía, había que prepararse para poder recibir una buena noticia, pero una buena noticia que no se podía quedar estancada en quienes la recibían, las noticias son para comunicarlas, y para poder comunicarlas hay que ponerse en camino, salir, no quedarse en el sitio, había que desacomodarse porque si nos quedamos cómodos en donde estamos la noticia no podrá correr de boca en boca; por eso pedía Jesús conversión, que era ese desinstalarse de quedarnos plácidamente donde estamos para disponernos a algo nuevo que nos va a traer esa buena noticia. Jesús dirá cuando quieran que El se quede allí más tiempo, que es necesario ir a otros lugares, que otros sitios y otros pueblos están esperando también que les llegue esa buena noticia.

Creo que si pensamos un poquito en todo esto que vamos diciendo muchos nuevos planteamientos tendrían que salir para nuestras vidas, porque nos cuesta desinstalarnos, salir de esa comodidad de quedarnos donde estamos o en lo que hacemos; con qué facilidad nos entra una modorra espiritual, nos quedamos adormilados, nos contentamos con cuidar lo que ya tenemos, y al final terminamos envejeciéndonos. Y digo envejeciéndonos no solo porque cada vez nos vamos poniendo más mayores, sino porque la falta de vitalidad, de compromiso nos envejece en nuestra fe, nos hace perder esa energía espiritual tan necesaria en tantos momentos de la vida.

¿Qué nos está sucediendo en la mayoría de nuestras comunidades cristianas, en la mayoría de nuestras parroquias, y tenemos que reconocerlo en el conjunto de la Iglesia? Nos hemos envejecido. Miremos quienes quedamos en nuestras parroquias, quienes son los que habitualmente participan en la misa dominical que tendría que ser hermosa expresión de la vitalidad de la vida de una parroquia; ¿quienes nos quedan o quedamos? personas mayores, la juventud ausente, la mayoría con un conformismo de cumplir y ya está, poca vitalidad que nos lleve a hacer nuevas cosas, a buscar nuevos caminos, a emprender nuevas iniciativas para hacer llegar el mensaje del evangelio a más gente. ¿No tenemos tiempo y siempre estamos ocupados o nos cuesta salir de la modorra de nuestra rutina para dedicar parte de nuestro tiempo para reunirnos, para tener iniciativas que nos lleven a hacer un anuncio más explícito del evangelio?

Nos dice hoy el evangelio que acompañaban a Jesús en aquel caminar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, aquellos discípulos más cercanos que habían estado desde el principio con Jesús, un día a doce de ellos los va a constituir en grupo especial, en apóstoles, pero también algunas personas entre ellas algunas mujeres que alguna gracia habían recibido de Jesús; allí estaba ‘María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios’ como nos comenta el evangelista y que en varios momentos más veremos muy cerca de Jesús, pero también algunas otras mujeres, ‘Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes’. Eran el apoyo de Jesús y el grupo que en torno a Él se había formado, porque incluso nos habla de algunas que ayudaban con sus bienes.

Es bonito este resaltar el evangelista a este grupo que camina con Jesús. Un momento en nuestra reflexión para aprender a valorar esos pequeños grupos, demasiado reducidos en la mayoría de las ocasiones, pero en muchos casos mujeres sencillas pero con una disponibilidad grande para el servicio que realizan muchas tareas en nuestras comunidades y parroquias. Algunas veces, hemos de reconocer, que pareciera que descansa en ellas toda la vida y la actividad de nuestras parroquias.

Tenemos, es cierto, que tenerlas en cuenta y valorarlas, pero no nos podemos quedar ahí, solo en esas personas. La comunidad ha de tener más vida, muchos más tendríamos que despertar de una vez por todas para salir de nuestra modorra y de nuestra comodidad, para saber ponernos en camino, porque muchos son los lugares y son las situaciones donde es necesario hacer ese anuncio del Evangelio, llevar esa buena noticia.


jueves, 30 de julio de 2026

Sepamos ser ese discípulo que se ha enamorado del evangelio para sacar en cada momento de su riqueza lo que va a ser la sabiduría de nuestra vida

 


Sepamos ser ese discípulo que se ha enamorado del evangelio para sacar en cada momento de su riqueza lo que va a ser la sabiduría de nuestra vida

Jeremías 18, 1-6; Salmo 145; Mateo 13, 47-53

Vivimos en la loca carrera de las prisas, porque todos queremos llegar lo más pronto posible a nuestras metas, no nos importa saltar etapas o darnos empujones los unos a los otros, que pueden terminar en atropellos. Como en la carretera que siempre queremos que no vaya nadie delante de nosotros y buscamos adelantar sea como sea, aunque pongamos en peligro muchas cosas. Hemos perdido la paciencia, no terminamos de darnos cuenta que el trabajo tiene que avanzar con tiento porque hay que cuidar mil detalles para que se pueda realizar bien.

Pero ya entendemos que con lo que estoy diciendo no nos queremos referir a las cosas materiales que vayamos haciendo sino que es la construcción de la propia vida, que tiene sus etapas y que hemos de cuidar con esmero. Está en juego lo que somos, que es mucho más importante que lo que tenemos. Muchas veces nuestra vida se puede parecer a esa red, de la que nos habla Jesús hoy en el evangelio, que recoge toda clase de peces que luego habrá que discernir bien con lo que nos quedamos; así nuestra vida con sus valores, pero también con los tropiezos que podamos ir teniendo en nuestros propios errores o en las cosas que no siempre hacemos bien y que tenemos que saber reconocer y corregir.

Nos hablaba también el profeta de la vasija de barro en manos del alfarero que la modela; no podemos dejar a lo que salga, el alfarero con su saber hacer la va modelando para encontrarle su fortaleza y su belleza, y el barro se deja hacer, se deja manejar, por decirlo de alguna manera, por las manos expertas del alfarero. ¿Seremos alfareros de nuestra propia vida? ¿o dejaremos que el alfarero divino nos vaya modelando? Está la sabiduría y el poder de Dios con la fuerza de su Espíritu, pero el Señor al mismo tiempo nos ha concedido el don de la libertad con que nosotros hemos de responder; nuestra disponibilidad no es falta de libertad, es dejarnos conducir para con la fuerza del Espíritu divino podamos hacer relucir lo mejor de nosotros mismos.

Jesús nos habla en parábolas, precisamente con el texto de hoy concluimos este capítulo donde san Mateo nos ha condensado las principales parábolas de Jesús, y somos nosotros ahora los que nos tenemos que dejar enriquecer con las enseñanzas del evangelio que nos conducen a desarrollar en nosotros los mejores valores.

No es solo conocer las parábolas, quedarnos, por así decirlo, en el ejemplo que en ellas podamos encontrar sino dejarnos envolver por ese espíritu de sabiduría que nos va a hacer alcanzar una maravillosa riqueza espiritual como alimento de nuestra vida que nos va iluminando en cada situación. Tenemos que saber aplicar a la vida de cada día esa sabiduría que hemos ido acumulado en nuestro interior. Por eso nos habla del letrado que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos y en cada momento va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo según convenga.

Ojalá así tengamos presente la Palabra de Dios en nuestra vida, estemos tan empapados de esa sabiduría del evangelio que allá por donde vayamos dejemos el rastro y el perfume de lo que llevamos dentro y es la mejor riqueza de nuestra vida. Con qué facilidad recordamos una canción de moda o traemos a cuento una frase que un día nos llamó la atención porque la dijo un personaje de nuestros gustos o que está de moda, pero qué poco los cristianos citamos el evangelio o los textos sagrados de la Biblia; con qué facilidad nos sentimos encantados con maneras de pensar o de actuar que nos vienen de los países más exóticos y los queremos convertir en filosofía de nuestra vida, y qué pronto olvidamos toda la profundidad de los valores del evangelio que además han sido piedras fundamentales de nuestra cultura occidental. Nos vamos a hacer no sé qué experiencias que nos parecen exóticas y nos olvidamos del sentido de nuestra oración y meditación cristiana que pone verdaderos cimientos de nuestro crecimiento humano y espiritual.

¿No tendríamos los cristianos que rescatar con más entusiasmo toda la riqueza y sabiduría el Evangelio que verdaderamente nos humaniza y nos hace crecer espiritualmente?

martes, 5 de mayo de 2026

La paz no es tópico del que echamos manos para ir en contra de los que piensan o actúan distinto, es un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás

 


La paz no es tópico del que echamos manos para ir en contra de los que piensan o actúan distinto, es un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás

Hechos 14, 19-28; Salmo 144; Juan 14, 27-31a

¿Seremos capaces de mantenernos en paz a pesar de tantas guerras que nos rodean y hasta nos envuelven? Hablar de la paz y del no a la guerra casi se ha convertido en un tópico que alimenta nuestras conversaciones de cada día y de lo que no dejamos de hablar. Pero fijémonos en una cosa, utilizamos el tema de la paz para ir siempre en contra de alguien a quien culpamos de todas esas guerras. Es cierto que la situación de nuestro mundo y nuestra sociedad es convulsa pero la convertimos en grandes temas que se pueden convertir hasta en eslóganes de vida, pero ¿buscamos esa paz dentro de nosotros mismos? Yo me pregunto si esa tremenda convulsión que vive nuestro mundo y nuestra sociedad y entonces pensamos en esa cercanía a nosotros de la sociedad en la que vivimos, no será debido a que no hemos sabido encontrar esa paz en nuestro interior. Porque es que lo que llevamos en el corazón es lo que se va a reflejar en esa situación que se vive en el mundo.

Fijémonos en el momento que viven los discípulos de Jesús cuando le escuchamos estas palabras que hoy nos trasmite el evangelio. No están viviendo un buen momento, en la incertidumbre incluso en que están ante lo que va a suceder según lo que Jesús les ha ido anunciando. Estaban inquietos y tristes, porque además todo les sonaba a despedida. Varias veces les dice Jesús que no se acobarden ni se sientan agobiados en lo que está sucediendo y Jesús de la mejor manera les dice que El siempre estará con ellos aunque llegue el momento de su vuelta al padre.

Me recuerda esos momentos de despedida cuando llega el momento, por ejemplo, de que un familiar o una persona querida para nosotros tiene que marchar y ya no va a estar con nosotros, esos momentos previos suelen ser muy dolorosos; me vienen a la memoria momentos de mi niñez cuando los familiares, padres o hermanos, tenían que emigrar a otro país. Aunque aun estuvieran con nosotros y nos prometieran de mil maneras que no nos iban a olvidar, llorábamos como niños en la angustia de la despedida. ¿No serían algo así los momentos que estaban viviendo en aquellas circunstancias los discípulos?

‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, les dice Jesús. Pero Jesús promete algo más, no les puede faltar la paz. No era ya solo decirnos el saludo de paz que entre los judíos era decirse ‘shalom’ (paz) sino que tenía que ser algo que se mantuviera en nuestro corazón. Por eso les decía Jesús: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo’. No es la paz que se logra con la imposición, no es la paz fruto de un orden exterior, no es la paz que se gana con la guerra, no es la paz del dominio de uno sobre otros, del más fuerte frente al más débil, no es la paz del silencio impuesto. ‘No os la doy yo como la da el mundo’. Miremos lo que se está queriendo hacer en los grandes conflictos que hoy vivimos; es lo que algunas veces también intentamos los unos sobre los otros donde en nuestra prepotencia buscamos dominio y manipulación.

Jesús nos ha ido dejando las bases de esa paz que El quiere para nosotros cuando nos ha ido hablando del Reino de Dios y de sus características; Jesús nos ha puesto el cimiento verdadero a partir del amor; un amor que no se queda en palabras bonitas, un amor que construimos en unas relaciones sinceras y humildes de los unos con los otros, un amor que se sobrealimenta en la comprensión y en el perdón, un amor que porque saber perdonar de verdad sabe también olvidar  y que se convierte en restaurador de unas relaciones estables y duraderas, un amor de corazón abierto haciendo hueco para que en él quepamos todos sin diferencia ni distinción, un amor que no deja de darse a pesar de las incomprensiones que encuentre en su derredor, un amor que siempre es respetuoso al mismo tiempo que generoso, que es ofrecimiento pero que se convierte en regalo de cada día.

¿Buscaremos así la paz que Jesús quiere ofrecernos? Ya no es un tópico sino un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás.

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

¿Estará viendo nuestro mundo en el anuncio que hacemos un testimonio de vida y amor que despierte en sus corazones la fe y la esperanza?

 


¿Estará viendo nuestro mundo en el anuncio que hacemos un testimonio de vida y amor que despierte en sus corazones la fe y la esperanza?

Isaías 35, 1-6a. 10; Salmo 145; Santiago 5, 7-10; Mateo 11, 2-11

Qué distinto se siente uno cuando ve que hay una luz que al final del camino cuando andamos en las más oscuras tinieblas de la vida, necesariamente tenemos que llenarnos de alegría aunque quizás todavía no la tengamos en las manos; a quien está envuelto en graves problemas económicos, por ejemplo, si le anuncian que todo se podrá resolver, que puede aparecer una ayuda que le haga saldar todas sus deudas, seguramente no podrá por menos que saltar de alegría; a quien está con una enfermedad que le han dicho que es incurable y ya se teme lo peor, pero llega alguien que se ha encontrado un remedio, una medicina y podrá curarse, aunque todavía siga con los dolores le parecerá que ya todo es más liviano pues en la esperanza cierta de que en un futuro no muy lejano se curará, de alguna manera se siente aliviado.

La esperanza es una buena medicina de la que tenemos que saber echar mano en la vida; aun en medio de la oscuridad que no termina de desaparecer ya estará cantando de alegría porque la vida parece que tiene otro sentido cuando la vivimos con esperanza; desaparecen las amarguras, reaparece la sonrisa en el alma, sentimos una fuerza nueva y distinta que nos hace luchar con mayor intensidad, los ánimos se levantan y la mirada se vuelve más luminosa.

Es lo que ahora con mucha intensidad queremos vivir en este tiempo de Adviento, que siempre decimos que es tiempo de esperanza, en la preparación de la celebración de los misterios de la Navidad  que nos tiene que hacer vivir navidad en el hoy de nuestra vida.

Si aquella primera Navidad en Belén fue que Dios se hizo presente en nuestra humanidad haciendo hombre y naciendo de María Virgen, ahora queremos seguir viviendo ese misterio de la presencia de Dios en nosotros y en nuestra humanidad. No es recuerdo aunque celebramos y conmemoramos aquel momento de Belén, es presencia porque es sentir que Dios se sigue haciendo presente en medio de nosotros porque la humanidad sigue necesitando ese nacimiento a nueva vida.

Seguimos en la vida con esas mismas turbulencias porque el mal sigue reinando, porque los sufrimientos se siguen haciendo presentes, porque nuestra humanidad sigue enferma envuelta en tantos individualismos e insolidaridad, haciendo gala de un materialismo que nos sofoca y nos esclaviza, revestidos de apariencias y vanidades, dejándonos arrastrar por ambiciones que nos ciegan, paralizados por la desgana y el desinterés de algo nuevo y distinto; hacemos de nuestro mundo un desierto lleno de arideces y violencias.

Y todos podemos contagiarnos de esa enfermad, como todos necesitamos ser sanados para poner una luz de vida y de amor que transforme nuestra mundo en un precioso vergel. ¿Será posible esa transformación o nos quedamos con palabras poéticas y bonitas pero que no llegan nunca a nada? No es solo poesía sino también y sobre todo poesía lo que hoy escuchamos. No son palabras para hundirnos más en nuestras sombras, sino para despertarnos e ir en búsqueda de la luz. Es lo que hoy nos ofrece la Palabra de Dios y como tal tenemos que escucharlas.

Pero escucharlas no es quedarnos pasivamente esperando que todo nos lo den hecho. La palabra profética siempre nos pone en camino, nos despierta pero nos hace ver otros nuevos horizontes. Pero somos nosotros los que luego tenemos que salir y ponernos en camino para hacer llegar a nuestra vida esos horizontes de luz.

El evangelio nos dice que Juan Bautista está ya en la cárcel y allí le llegan noticias del actuar de Jesús. Aquello que había anunciado como inminente ahora en las prisas de ver las cosas realizadas quizás le parece que aun no se está cumpliendo todo lo anunciado por los profetas. Quizás haya algo en la manera de actuar de Jesús que le puede desconcertar porque él  había sido duro en sus palabras y anuncios y ahora parece que Jesús va más por unos caminos de mansedumbre. ¿Se estará él mismo preguntando si realmente Jesús es o no el Mesías esperado?

Hasta Jesús llega aquella embajada de parte de Juan a través de sus discípulos preguntando. ‘¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?’ Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús, que siguió en su actuar como siempre anunciando el reino y curando a los enfermos. Es la respuesta que les da. ‘Id y decir a Juan lo que habéis visto y oído, los ciegos ven, los leprosos son curados, los paralíticos comienzan a caminar, los muertos resucitan’. Las señales de un mundo nuevo, las señales del amor y de la vida, las señales de un renacer con un nuevo sentido y con un nuevo valor.

Pero yo ahora me hago una reflexión. Cuando nosotros queremos anunciar al mundo que nos rodea el evangelio de Jesús, ¿nos estará preguntando nuestro mundo o pidiendo razón para si en verdad tienen que creer lo que nosotros le anunciamos? ¿Podremos decir a nuestro mundo, como Jesús, mirad lo que estáis viendo en el testimonio de nuestras vidas? ¿Estaremos en verdad dando un testimonio los cristianos, la Iglesia, por nuestra vida y nuestra manera de hacer de vida y de amor que despierte la esperanza en quienes nos rodean?

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Ama y serás feliz, pero seamos conscientes de lo que en verdad nos exige el amor para que sea auténtico y con todas sus consecuencias

 


Ama y serás feliz, pero seamos conscientes de lo que en verdad nos exige el amor para que sea auténtico y con todas sus consecuencias

Romanos 13, 8-10; Salmo 111; Lucas 14, 25-33

Ya está todo hecho, ama y serás feliz. ¿Será verdad? ¿Será algo tan fácil? Bueno, son unas conclusiones que muchos sacamos de las palabras que escuchamos hoy en el evangelio, pero mira por donde no todos entendemos lo mismo ni todos hacemos lo mismo. Es el lema de muchos que viven a su aire, aunque tendríamos que preguntarnos qué es lo que realmente entienden por amor. ¿Se quedará solamente en una sensualidad o en la búsqueda de unas satisfacciones que a la larga se pudieran convertir en egoísta porque solo lo pienso para mí, para mis satisfacciones particulares?

Seguimos sin negar esa primera cosa que hemos dicho casi como una sentencia, pero no siempre vemos pronto esa felicidad por amar, porque hemos de entender todo su sentido desde lo más hondo que es amar. Porque tenemos que pensar en amor como una donación de nosotros mismos, podemos pensar en lo que eso significa de entrega de mi mismo, porque ya no solo puedo pensar en mi mismo sino en aquel que amo para quien quiero lo mejor, quiero siempre el bien; y no siempre será fácil, porque podemos encontrarnos de frente algo que no nos agrade demasiado, porque tenemos que pensar en un vaciarnos de nosotros mismos porque queremos dar desde nosotros mismos al otro. Y eso no siempre es fácil, cuesta realmente ese olvidarme de mi mismo para solo pensar en el bien de aquel a quien amo.

¿Seré en verdad feliz por amar? Creo que va a entenderse desde el sentido que le estoy dando a mi vida, y entonces aun en el sacrificio que tengo que hacer de mi mismo para amar me voy a sentir hondamente satisfecho. Estaremos entrando en esa órbita de felicidad que no son solo placeres sensuales, sino algo que llega, nace y se desarrolla en lo más profundo de mí ser.

Se suele decir que el amor no es exigente y es cierto porque a quien amamos no le exigimos, a quien amamos trataremos con la mayor delicadeza y atención, a quien amamos le estamos regalando de nuestra vida y nuestro ser. Pero el amor será exigente conmigo mismo. Nos pueden salir como retoños brotes de insolidaridad o de cansancio, desánimo porque no encontramos respuesta para aquello que estamos dando, lo cual estaría señalándonos una falta de generosidad por parte de nosotros mismos, nos puede rebrotar el orgullo o el amor propio que pueden hacerle perder el brillo y la belleza a ese amor. Y es ahí cuando tenemos que ser exigentes con nosotros mismos, para podar esos malos brotes, para arrancar esas viejas raíces que pueden quedar dentro de nosotros. Y eso cuesta y es doloroso. Pero no dejaremos de ser felices con aquella felicidad honda que estábamos buscando.

Es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Que no nos valen unos entusiasmos pasajeros. Cuántas veces en unos buenos momentos prometemos muchas cosas y que nos vamos a querer siempre y que no nos vamos a olvidar los unos de los otros y no sé cuantas cosas más. Pero pronto nos puede entrar la rutina de la vida y aquellos amores y entusiasmos se enfrían, decaen y terminan por morir. Cuántas amistades han comenzado con un entusiasmo rayano en la locura, pero con el tiempo se han difuminado y si acaso no se nos han vuelto en contra.

Seguía mucha gente a Jesús nos dice hoy el evangelista. Pero Jesús quiere dejar las cosas claras. Y habla de que seguirle no es cualquier cosa, nos habla de negación de nosotros mismos y de cruz, nos habla de hacer opciones serias y fundamentales en la vida de las que no nos podemos volver atrás; y nos dice Jesús que las cosas hay que pensarlas bien, como el que va a construir una torre que tiene que ver si será capaz de terminarla, o el rey que va a emprender una batalla y tiene que examinar con cuantas fuerzas cuenta para culminarla bien.

¿Seremos en verdad discípulos de Jesús? ¿Estamos al tanto de todo lo que nos exige el amor? ¿Llegaremos en verdad a ser felices? Yo creo que sí, que encontraremos la felicidad más honda.

martes, 28 de octubre de 2025

Ocasión para detenernos a ver esos momentos o esos signos que nos llegan a través de quienes nos aman de lo que es el amor que Dios nos tiene llamándonos por nuestro nombre

 


Ocasión para detenernos a ver esos momentos o esos signos que nos llegan a través de quienes nos aman de lo que es el amor que Dios nos tiene llamándonos por nuestro nombre

Efesios 2, 19-22; Salmo 18; Lucas 6, 12-19

Todos tenemos un nombre, un nombre que nos identifica; nos gusta que nos llamen por nuestro nombre; tiene su importancia, porque yo soy yo y no otro, y mi nombre me identifica, lo que es mi vida y lo que soy, lo que hago o lo que tengo que hacer, lo que ha enriquecido mi vida con sus cualidades y valores y lo que estoy llamado a hacer, mi misión. Mucho podríamos decir aún más del nombre, que en algunas culturas incluso tratan de expresar en esa palabra, que se puede inventar para la ocasión, la descripción de la persona, con su identidad o con su misión en la vida.

Y uniendo esta previa reflexión con el mensaje del evangelio tenemos que decir que Dios nos ama con nuestro nombre. Ama a la humanidad que ha creado, pero te ama a ti y me ama a mí. Y ese amor de Dios que nos llama y nos ama por nuestro nombre se manifiesta en algo concreto que Dios nos da que así, podríamos decir, nos identifica. Pensemos, por ejemplo, que llamándonos por nuestro nombre hemos sido bautizados.

A lo largo del evangelio vemos que a Jesús le sigue mucha gente, que quizás para nosotros se conviertan en gente anónima y sin nombre. Pero gestos y detalles por parte de Jesús, hay momentos en que vemos que la llamada de Jesús es por el nombre. Los evangelistas nos lo concretan en unos momentos o personajes determinados, de los que se dice su nombre en el evangelio, pero hoy nos encontramos con un texto en que Jesús, después de pasar la noche en oración, va llamando por su nombre a aquellos a los que elige de manera especial con su misión de ser apóstoles. Pero fijémonos en el relato de san Lucas que hoy escuchamos cómo cuando se repiten los nombres los señalará con un segundo nombre o una referencia para diferenciar unos y otros. Santiago (que es el Zebedeo) y Santiago el de Alfeo, Simón a quien llamará Pedro y Simón llamado el Zelote, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, es muy significativo.

Llamará a Zaqueo para que baje de la higuera para hospedarse en su casa, con los maravillas que allí se van a realizar; Será Jairo, el jefe de la Sinagoga al que le pide fe para que su hija viva; será Simón el fariseo que invita a Jesús comer en su casa donde nos hará un anuncio hermoso; será Nicodemo el que fue de noche a ver a Jesús a quien le hablará del nacer de nuevo por el agua y el Espíritu; serán muy significativos los nombres de las mujeres que le siguen o están al pie de la cruz siendo a ellas a las que primero se manifestará resucitado, o de aquella familia de Betania que le acoge en su casa, Marta y María a las que llamará por su nombre. Serán muchos los momentos en que se dirige Jesús así de manera directa a aquellos con quienes habla o le confía una misión.

Nos hace pensar en nuestro nombre con el cual Dios nos ama. Y decir nuestro nombre es recordar nuestra historia personal, con sus luces y con sus sombras, con nuestros momentos de fervor pero también con nuestros momentos de duda y de crisis, con los momentos en que nos hemos sentido agobiados por nuestros problemas o hemos sentido el peso de tantas cosas sobre nuestra vida, con nuestros momentos de entrega y compromiso y con todo lo bueno que hemos intentado ir haciendo en el camino de nuestra vida como también en esos momentos negativos y de fracaso, de negación o de frialdad que hayamos vivido, pero donde nunca nos ha faltado ese amor de Dios que ha llegado y se ha manifestado en tantas cosas concretas de nuestra vida.

¿Será un momento de detenernos a dar gracias a Dios? ¿No será oportuno disfrutar de esa paz que nos da el sentirnos amados de Dios? ¿No será en verdad un punto de apoyo y de arranque para sentirnos fuertes para hacer esa carrera de fidelidad hasta el final para alcanzar la corona de la gloria del Señor? ¿No tendríamos que detenernos a ver esos momentos o esos signos que nos pueden llegar a través de quienes nos aman de lo que es el amor que Dios nos tiene llamándonos por nuestro nombre?


sábado, 4 de octubre de 2025

Reconocer lo que Dios va realizando en nosotros aunque nos consideremos pequeños y pecadores y abrir los ojos para ver las maravillas de Dios en los demás

 


Reconocer lo que Dios va realizando en nosotros aunque nos consideremos pequeños y pecadores y abrir los ojos para ver las maravillas de Dios en los demás

Baruc 4, 5-12. 27-29; Salmo 68; Lucas 10, 17-24

Quizás nos encomendaron una tarea que casi nos parecía una misión imposible, no nos creíamos capaces de llevarla a cabo, por la novedad de lo que se nos encomendaba, por lo poco acostumbrados que estábamos a situaciones así, porque quizás nos veíamos pequeños e incapaces de realizarla; pero a la vuelta de esa experiencia nos sentíamos contentos, porque vimos que fuimos capaces, que las cosas salieron mejor de lo que habíamos imaginado, pero es que además a la vuelta quien nos había confiado aquella misión se alegraba con nosotros por el éxito logrado, nos valoraba y felicitaba por lo que habíamos hecho. Seguramente que nos sentiremos llenos de orgullo y satisfechos en nuestro interior, porque la experiencia había sido para nosotros maravillosa.

He querido comenzar mi reflexión de hoy con esta experiencia, y ojalá fuéramos más valientes para emprender tantas cosas que son necesarias aunque las veamos difíciles, pero también ojalá sepamos valorar lo que nos pueda parecer insignificante pero que sin embargo ha llenado de satisfacción a quien lo ha realizado, demasiadas veces nos falta esa visión optimista y esa valoración que hagamos de las cosas sencillas, digo que he querido traer esta experiencia, porque en el texto del evangelio que hoy se nos propone es lo que realmente estamos viendo.

Los discípulos que habían sido enviados a hacer un preanuncio del Reino de Dios allí por donde había de ir luego Jesús, regresan contentos porque han visto como la semilla ha ido prendiendo en aquellos corazones y eran muchos los signos que lo manifestaban. Hablan de curaciones y de expulsión de demonios, pero sabemos que es como un signo de lo que se iba realizando en aquellos corazones.

Pero se encuentran con la acogida de Jesús, la valoración que hace de la obra realizada. ‘Veía a Satanás caer como un rayo del cielo…’ les dice. Pero lo importante es que ‘vuestros nombres están inscritos en el cielo’. Palabras ciertamente de valoración que hace Jesús de lo que han realizado sus discípulos; pero aun más, da gracias al Padre por las maravillas que Jesús ve realizándose a través de los pequeños y de los sencillos.

Es una acción de gracias al Padre, es cierto, que se revela a los pequeños y los sencillos, pero podemos decir también que es una acción de gracias porque en aquellos que se consideraban pequeños, sus discípulos, incapaces quizás de poder hacer ese anuncio del Reino de Dios, se están realizando las obras maravillosas del Señor. ‘El Señor hizo en mi obras grandes’, que diría María, que es también lo que de alguna manera Jesús les está invitando a reconocer a aquellos sus discípulos, a través de ellos también Dios realiza obras grandes.

Nos dice mucho para nuestra vida este texto del evangelio. Reconocer lo que Dios va realizando en nosotros aunque nos consideremos pequeños y pecadores; nos motiva a descubrir esas maravillas de Dios en nosotros, nos motiva a ser humildes pero también agradecidos porque Dios así se manifiesta en nosotros. Pero también nos abre los ojos para ver esas maravillas de Dios en los demás; cuántos signos de la presencia y del actuar de Dios hemos de saber descubrir en los demás; con ellos nosotros nos alegramos, con ellos y por ellos nosotros también damos gracias, de ellos también nosotros aprendemos. Son los signos y señales claras de que el Reino de Dios se está realizando en nosotros, de lo que además tenemos que contagiar a nuestro mundo.

En ese mundo nuestro tan lleno de recelos y de envidias, con tantas desconfianzas y también con tantas descalificaciones a lo que hacen los demás, nosotros tenemos que ser signos de algo nuevo, dar las señales de que vivimos en verdad el sentido del Reino de Dios.  ¿Aprenderemos de una vez por todas a saber valorar a los demás?

sábado, 27 de septiembre de 2025

Escuchemos sin temor ni complejos las palabras de Jesús y asumamos cómo tenemos que vivir la Pascua y proclamar los valores del evangelio hoy en nuestro mundo

 


Escuchemos sin temor ni complejos las palabras de Jesús y asumamos cómo tenemos que vivir la Pascua y proclamar los valores del evangelio hoy en nuestro mundo

Zacarías 2, 5-9. 14-15c; Jr. 31,10.11-12ab.13; Lucas 9,43b-45

Cuántas veces nos sucede que presentimos que algo nos va a suceder y que quizás no sea agradable, pero no queremos pensar en ello; es como cuando una grave enfermedad nos afecta o afecta a alguien de nuestra familia y que quizás pueda ser presagio de una muerte que se acerca, o tenemos un familiar enfermo muy grave donde parece que se ha perdido toda esperanza, pero ni queremos pensar, ni queremos reconocer, ni queremos hablar de ello, nos lo queremos ocultar a nosotros mismos, pero también queremos como ocultarlo a los familiares que nos rodean sobre todo a los que nos parecen más sensibles, como lo ocultamos de todas formas a quien precisamente esta sufriendo o pasando por ese proceso; no queremos hablar, no queremos pensar, no queremos preguntar, queremos poner como un tupido velo, no queremos aceptar la realidad.

¿Es parte de nuestra debilidad humana? ¿Nos faltará la entereza necesaria para afrontar esos momentos? ¿Serán miedos que persisten en nuestra vida? Ahí queda ese pensamiento con esos interrogantes, que quizás algunas veces no nos queremos plantear. Daría mucho que pensar y reflexionar. ¿Qué tendríamos que hacer?

Nos vale esta experiencia bien frecuente en nuestra vida para entender lo que hoy nos dice el evangelio. Este episodio es como continuación de lo que ayer escuchábamos con la confesión de fe de Pedro ante las preguntas de Jesús. Pero no quiere Jesús que, de alguna manera, se les caliente la cabeza y se sientan inclinados a los triunfalismos. La respuesta de Pedro diciendo que Jesús era el Mesías entraba dentro de las esperanzas del pueblo de la pronta venida del Mesías prometido. Cercanas estaban los anuncios del Bautista en el Jordán diciéndonos lo cerca que estaba, pues en medio de ellos estaba y no lo habían sabido reconocer. Ya sabemos el sentido que le daban al Mesianismo en aquellos tiempos y hablar del Mesías les hacía pensar en cercanos triunfos y entrar en esa órbita de triunfalismo.

Ese no era el verdadero sentido del Mesías y Jesús quería dejarlo bien claro a sus discípulos. Por eso les habla de entrega y de muerte, porque esa además la realidad que tenían que afrontar y para lo cual Jesús quería prepararles. Ya escuchamos en el evangelio esos diversos momentos en que Jesús va haciendo ese anuncio. Pero siempre sucede lo mismo, los discípulos no entienden, y no se atreven a preguntar como sucede ahora también. ¿No es lo que nos pasa a nosotros en muchas situaciones duras de la vida?

Hoy mismo nosotros querríamos mejor una vivencia de cristiandad abocada también a muchos triunfalismos, que todo nos marchara bien, que nuestras Iglesias se llenen de nuevo de mucha gente, que podamos tener celebraciones esplendorosas, que podamos sacar de nuevo nuestras galas a la hora de hacer nuestras manifestaciones religiosas.

Pero ¿cuál es la verdadera realidad que estamos viviendo? No quiero andar con pesimismos porque mi fe me induce a ser positivo en la vida y a no perder nunca la esperanza, pero constatamos que en mucho a nuestro alrededor ya los valores cristianos no cuentan, aunque incluso tengamos magníficas y esplendorosas procesiones o la gente siga acudiendo a muchos santuarios religiosos. Pero hemos ido perdiendo ese sentido cristiano de la vida que ya no termina de impregnar la vida de nuestra sociedad, hay como un nuevo ateísmo a nuestro alrededor, mucha indiferencia y poco entusiasmo por nuestra fe.

Pero algunas veces cerramos los ojos y no queremos reconocerlo, y no somos capaces de volver a sacar toda esa energía interior para seguir proclamando el evangelio entre quienes nos rodean; nos falta compromiso, nos falta valentía, nos dejamos engullir por el materialismo y el sensualismo reinante en nuestra sociedad y no terminamos de hacer aflorar nuestros valores cristianos. Seguimos demasiado pasivos y sin esa valentía que nos tiene que dar nuestra fe para anunciarla con energía a nuestro mundo.

Pero lo malo es que no nos gusta ni pensar en ello, seguimos con nuestros miedos y nuestros complejos, no damos el paso adelante que tendríamos que dar, aunque tengamos que nadar a contracorriente en el mundo en que nos ha tocado vivir.

Escuchemos sin temor las palabras de Jesús y planteémonos seriamente como tenemos que asumirlas y hacerlas realidad en nuestra vida.


lunes, 9 de junio de 2025

María, madre y molde de la Iglesia sintiendo que camina siempre a nuestro lado y con su mano nos va moldeando para mejor parecernos a ella y así vivir a Jesús

 


María, madre y molde de la Iglesia sintiendo que camina siempre a nuestro lado y con su mano nos va moldeando para mejor parecernos a ella y así vivir a Jesús

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 86;  Juan 19, 25-34

Dios busca al hombre, pero el hombre está escondido de Dios. Es la imagen que aparece en las primeras líneas el texto del Génesis proclamado. ‘¿Dónde estás?’ llegaron los miedos donde el hombre había sido colocado para ser feliz, era un jardín al que llamamos paraíso aquí en la tierra, pero entró el desorden y la división, las mutuas acusaciones, quienes habían sido creados para una especial comunión de felicidad, ahora hasta sienten vergüenza de si mismos y llenos de miedo se esconden.

¿No reflejarán estas palabras mucho de lo que nosotros queremos vivir y construir a nuestra manera? El mundo y la vida tenía que ser un jardín apacible, pero quisimos hacer un paraíso a nuestra medida; y hablamos de bienestar pero impera el materialismo, hablamos de comunidad y nos rompemos por nuestras ambiciones, hablamos de un mundo de felicidad pero todo lo sensualizamos, hablamos de un mundo que es de todos pero seguimos encerrados en ambiciones e insolidaridades. ‘¿Donde estás?’, ¿Dónde está el hombre que Dios ha creado y en cuyas manos a puesto toda la riqueza de la creación? ¿Andaremos escondiéndonos también avergonzados de nuestra manera de proceder?

Pero Dios se sigue ganando por su amor. El hombre vivirá errante pero no todo está perdido. La misericordia del Señor fluye por doquier y a ese hombre le promete una salvación, un día en que acabaran esos miedos o esas cobardías, ese mal que nos corroe será vencido porque llegará la estirpe y descendencia de una nueva Eva que traerá la victoria sobre todo ese mal y nos hará un mundo nuevo.

En medio de aquello que había hecho de un jardín un lugar de miedos y cobardía, queriéndolo convertir en un escondite de si mismo, hay una mujer, la madre de todos los vivientes, Eva; pero ahora aparecerá una nueva mujer, una nueva Eva que va a ser la madre de la nueva humanidad. De ella ha de nacer el Salvador, el Hijo de Dios que a ella la convierte en Madre de Dios, pero ese hijo a ella le va a confiar esa nueva humanidad que está naciendo desde la sangre derramada en la cruz para que sea la madre de todos los creyentes, la Madre esa humanidad nueva que es la Iglesia. Es como hoy, en el día siguiente a Pentecostés, queremos llamarla, Madre de la Iglesia, como la había proclamado el Papa san Pablo VI en casi los albores del concilio Vaticano II, que nos dejó en la constitución sobre la Iglesia un hermoso tratado de lo que es y significa María en la historia de la salvación y luego en la historia de la Iglesia.

Y nos dice el evangelio que el discípulo la llevó a su casa. La tradición sitúa la presencia de María en aquellos lugares en que los discípulos estaban haciendo el anuncio del Evangelio, y no hace muchos años, por ejemplo, en los alrededores de Efeso se ha encontrado la casita de María – en cuyo lugar he tenido la suerte de haber estado -, como la vemos también en nuestra tradición hispana presente en el Pilar de Zaragoza, que como confesamos en nuestras tradiciones Maria quiso hacerse presente en las orillas del Ebro junto al Apóstol Santiago que anunciaba la buena nueva de Jesús en nuestras tierras hispanas.

¿No querremos nosotros, como hizo el discípulo amado a quien Jesús se la confió desde la cruz, traernos también a casa a María, para que habite con nosotros? Sí, son sus imágenes repartidas por nuestros templos y capillas por todas partes; son las imágenes de la Virgen María que con tanta devoción conservamos en nuestras casas en la advocación de nuestra especial y particular devoción. Pero son las imágenes de María que nosotros hemos de mostrar desde nuestras actitudes y comportamientos, desde la copia de sus virtudes y el cultivo de los mejores valores que manifiestan nuestro seguimiento de Jesús y su evangelio.

La santidad de nuestras vidas es querer copiar la santidad de María, es como vestirnos con su misma ropa para así mejor parecernos a Ella, es meternos en el mismo molde para que así salgamos nosotros esa imagen perfecta, esa figura que trasparenta lo que fue la vida de Maria, su amor y su generosidad, su fe y su fortaleza, su fidelidad a la Palabra de Dios y su disponibilidad para el servicio, para ayudar, para estar atenta a las necesidades de los demás, para tener los ojos abiertos para beberse las lagrimas de los que lloran y ser el mejor consuelo de los que sufren. Dios llenó de perfección el molde de María en el que nosotros hemos de verternos para que salgan grabadas en nosotros mismos sus virtudes y su amor.

María, madre y molde de la Iglesia sintiendo siempre además que camina a nuestro lado y con su mano va moldeando nuestra vida para mejor parecernos a ella y así vivir la vida de Jesús.

martes, 22 de abril de 2025

No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón, corramos a decirle a los demás ‘hemos visto al Señor’

 


No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón, corramos a decirle a los demás ‘hemos visto al Señor’

Hechos, 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

Qué felices y contentos nos ponemos cuando logramos ver o estar con aquella persona, aquel personaje al que tanto admiramos. Hoy vemos correr a la gente de un lado para otro porque llega aquel ídolo de la música o del deporte que tanto se admira y queremos verle pasar, tocarlo si fuera posible u obtener un autógrafo aunque solo sea un garabato. ¡Lo vi! ¡Lo toqué! Paso a mi lado, estaba tan cerca, y la gente se vuelve loca. O es el niño que hace tiempo que no ve a los abuelos y está ansioso por estar con ellos, por recibir su cariño y su afecto, por poderse sentar a su lado o en su regazo. Así podríamos pensar en tantos gestos humanos que luego recordamos, que contamos a todo el mundo, que nos quedan grabados en el alma.

María Magdalena llegó a donde estaba el resto de los discípulos, después de aquella accidentada mañana y viene feliz diciéndoles ‘he visto al Señor y ha dicho esto’. Feliz iba María Magdalena después de tantas lágrimas. No podía callarse lo que había vivido. Había estado al pie de la cruz en el momento supremo de la pasión y de la muerte, formó parte de aquella comitiva que condujeron al cuerpo de Jesús en aquella cercana sepultura, junto con las otras mujeres dejaron bien grabada la imagen en sus mentes de donde y como habían colocado el cuerpo de Jesús con el deseo de volver pasado el sábado para embalsamarlo debidamente, pero la piedra que cerraba la entrada del sepulcros estaba corrida como quien había entrado a robar y el cuerpo de Jesús allí no estaba.

La mañana se la había pasado deshaciéndose en lágrimas, aparte de las carreras por ir a anunciar a los discípulos lo que había sucedido con la venida de Juan y Pedro para comprobarlo, queriendo encontrar como fuera el cuerpo de Jesús. Todos le preguntaban por qué lloraba y no hacía sino repetir lo mismo. Ahora alguien que a ella le parece que es el encargado del huerto le hace la misma pregunta, pero ella casi ni le mira dando la misma respuesta. Fue necesaria solo una palabra, llamarla por su nombre, María, para despertar de su angustia y abrirle los ojos no solo de su rostro sino también de su alma para reconocer que quien estaba allí era Jesús.

De El había recibido el encargo que presurosa había corrido a contar a los discípulos. ‘He visto al Señor y ha dicho esto’. Una palabra escuchada en el alma le había devuelto la vida. Había sido de nuevo un encuentro hermoso cuando parecía que todo estaba perdido. Se sentía nueva, porque allí estaba Jesús, allí estaba el Señor resucitado y con El todos resucitados, con El todos volvemos a la vida.

Nosotros también queremos seguir viviendo lo mismo en esta semana de Pascua. Es lo que también nosotros tenemos que seguir repitiendo al mundo que nos rodea, es el testimonio que nosotros también tenemos que dar. ‘Hemos visto al Señor’. Y lo tenemos que afirmar con toda rotundidad aunque haya alrededor nuestro tantos que quieran negarlo. No son ilusiones ni sueños, es una realidad profunda de nuestra vida, es algo que experimentamos dentro de nosotros, algo que sentimos en lo hondo del corazón. Y tenemos que entusiasmarnos, y tenemos que llevar la noticia a los demás, y tenemos que contagiar de nuestra alegría a los que nos rodean.

Desaparezcan las angustias y las desesperanzas, quitemos los agobios del alma, no nos dejemos envolver por esos materialismos de la vida, busquemos con humildad al Señor que viene a nosotros pero abramos las sintonías de nuestro espíritu para escucharle porque El sigue llamándonos por nuestro nombre, El quiere estar a nuestro lado, El es de verdad luz en nuestro camino. Y es lo que tenemos que transmitir a los demás. No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón.


sábado, 15 de marzo de 2025

No podemos andar con mediocridades en la vida porque señala nuestra pobreza, de ninguna manera puede andar el que se dice discípulo de Jesús con medidas mediocres cuando se trata de amor

 


No podemos andar con mediocridades en la vida porque señala nuestra pobreza, de ninguna manera puede andar el que se dice discípulo de Jesús con medidas mediocres cuando se trata de amor

Deuteronomio 26, 16-19; Salmo 118; Mateo 5, 43-48

El que anda con mediocridades en la vida manifiesta la pobreza de su espíritu. Con esto es suficiente, nos decimos muchas veces, para que dar más si con eso tiene para sus necesidades elementales. Así andamos muchas veces con nuestras medidas; claro las medidas con las que damos a los demás, porque bien distintas son las medidas que queremos usar cuando se trata de nosotros recibir.

Bueno y no se trata solo de lo que demos o de lo que recibamos, que esa mediocridad la damos también muchas veces en nuestros trabajos lo mismo que en nuestras metas. Para qué voy a esforzarme más sin ya con eso apruebo dice muchas veces el estudiante eludiendo el esfuerzo, contentándose con lo fácil, habiendo perdido la ilusión de lo mejor y quizás mañana nos damos cuenta si hubiéramos estudiado bien aquello, si nos hubiéramos esforzado más en aquella materia que nos parecía menos importante, y nos encontramos con lagunas en la vida, en la formación, en la preparación con lo que luego no podemos responder a la altura que se nos pide.

Para qué esforzarnos, nos dijimos un día y ahora nos damos cuenta de nuestras carencias. Ya estudié lo que era necesario en mis tiempos de estudiante, ahora los libros, la actualización de la vida lo dejamos aparte, y nos encontramos con tantos vacíos, pero aun, nos encontramos con tanto vacío en nuestro espíritu. Es la peor pobreza, la de nuestro espíritu.

La madurez de nuestra existencia nos está pidiendo que demos un paso más, que vayamos más allá y más arriba, que no nos quedemos en la mediocridad, que tengamos siempre deseos de crecer, que lleguemos a ser capaces de dar lo mejor, lo más profundo de nosotros mismos. Serán nuestras responsabilidades, será lo que podemos contribuir a hacer nuestra sociedad mejor, serán las motivaciones hondas que tengamos en nuestro corazón, será la medida de nuestro amor.

Es de lo que nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Nos pone el listón del amor bien alto. Nos contentamos a amar a los que nos aman, somos amigos de nuestros amigos, ayudamos al que a mi me ayuda, hoy me toca a mi pero ya sabes que mañana te toca a ti. Seguramente nos suenan estas palabras. Porque son las medidas que usamos habitualmente, suele ser hasta donde pensamos que tiene que llegar la medida del amor.

Dar un paso más para ayudarle a aquel que nunca ayuda a nadie, eso nos parece un heroísmo; ser capaces de ser amables con aquellos que quizás pasan serios a nuestro lado y ni nos miran a la cara, eso nos parece impensable; tener paciencia con aquel que siempre nos está molestando y llegar incluso a ayudarle cuando le vemos muy apurado en su necesidad, bueno, eso sería un milagro por nuestra parte que llegáramos a hacerlo.

Nuestras mediocridades, encerrados en nosotros mismos como si nosotros fuéramos los únicos y más valiosos del mundo. Así vamos tantas veces arrastrándonos por la vida. Por eso nos cuesta tanto entender el mensaje de Jesús. Porque cuando Jesús nos dice que también tenemos que amar a nuestros enemigos y hasta rezar por los que nos han hecho mal o nos han hecho daño, eso ya nos parece imposible y a eso no somos capaces de llegar.

Pues ese es el listón que nos está poniendo Jesús. Porque si amamos a los que nos aman, ¿qué mérito tenemos? Eso lo hace cualquiera. Si saludamos solo a los que nos saludan, como dice Jesús, eso hasta los que no tienen fe lo hacen. En nosotros tiene que haber algo especial cuando hemos recibido la buena nueva del evangelio diciéndonos todo lo que nos ama Dios. ¿Nos podemos quedar encerrados en lo mismo?

Es tajante Jesús. Claro, El ha ido por delante en ese amor. Lo ha hecho, así ha amado, así nos ama a nosotros que aunque nos creemos que nos lo merecemos todo, bien que somos pecadores. Pues, quien ha experimentado en su vida ese amor de Dios, no puede menos que amar y amar con un amor semejante. Por eso tajantemente terminará diciéndonos Jesús que tenemos que ser perfectos como nuestro Padre del cielo lo es, tenemos que ser misericordiosos como lo ha sido Dios con nosotros.

¿No tenemos la muestra de lo que es ese amor de Dios en Jesús que por nosotros se dio y llegó a morir en una cruz? Y no hay amor mayor que el de quien da su vida por aquel a quien ama. Y Jesús terminará diciéndonos en el evangelio que amemos con un amor como el suyo. Será el mandamiento del amor.

¿Seremos capaces de intentar ponernos en nuestro amor a esa altura? ¿Llegaremos de verdad a entender lo que es un amor verdadero? Ya seguirá mostrándonos este camino de Cuaresma lo que tenemos que entender por amor.

domingo, 2 de marzo de 2025

Si nos decimos cristianos, que sea pues el evangelio de Jesús el que empape nuestra vida para resumar ese amor con que empapar nuestro mundo para hacerlo mejor

 


Si nos decimos cristianos, que sea pues el evangelio de Jesús el que empape nuestra vida para resumar ese amor con que empapar nuestro mundo para hacerlo mejor

Eclesiástico 27, 4-7; Salmo 91; 1Corintios 15, 54-58; Lucas 6, 39-45

Es cierto lo que nos dice Jesús en el evangelio, y no podía ser menos; me refiero a esa imagen que emplea hoy del árbol, sabemos que es un peral porque nos da peras, sabemos que es una higuera porque nos da higos. ¿Qué clase de árbol somos? Nuestras palabras, lo que hacemos nos define; y eso es importante, no porque digamos cosas bonitas de nosotros mismos estamos definiendo lo que somos. Es la necesaria autenticidad de vida.

Es lo que nos está pidiendo hoy el evangelio. Nos defraudan aquellos que hablan mucho y nada hacen; la pasividad no es una buena muestra del sentido que le damos a la vida; pero más aun cuando queremos dar una bonita imagen, pero por otra parte estamos haciendo lo contrario de lo que decimos; es necesario que seamos en verdad congruentes entre lo que decimos, lo que proclamamos a los cuatro vientos como normas o como leyes que decimos que van a cambiar el rumbo de la vida y luego lo que hacemos, unas veces tras el disimulo y la apariencia o abiertamente en contra de aquello que hemos enseñado. Desgraciadamente entra en lo ordinario que contemplamos en la vida; con sinceridad tenemos que reconocer que por nuestra debilidad y flaqueza no siempre somos lo auténticos que tendríamos que ser.

El texto del evangelio que hoy se nos ofrece puede parecernos como una recopilación de distintas sentencias de las palabras de Jesús en distintos momentos pero que el evangelista nos presenta así como un único discurso; pudiera parecernos incluso como si no hubiera autentica conexión entre unas y otras pero siempre hemos de saber contemplar la unidad del evangelio en su conjunto, porque es la buena noticia que Jesús nos esta proclamando con sentido de nuestra vida cuando queremos vivir el Reino de Dios.

Nos hablará del ciego que no puede ser guía de otro ciego, como del discípulo que primero tendrá que realizar su aprendizaje antes de ser tenido como verdadero maestro; nos habla de las vigas que dejamos meter en nuestros ojos que nos van a impedir tener la visión clara tanto para nosotros seguir el camino como para poder ayudar a los demás; y nos hablará finalmente con la imagen a la que hacíamos referencia al principio de los frutos que ha de dar ese árbol de la vida, y que por los frutos, por lo que hagamos se nos va a conocer y definir.

Hay todo un mensaje que nos está pidiendo autenticidad y congruencia, de la rectitud que tiene que haber en nuestro corazón para que en verdad seamos testimonio ante los demás. Esa autenticidad será lo que hará creíble nuestro mensaje, nuestro testimonio. No nos valen las apariencias ni las vanidades; siempre se ha dicho que más pronto se coge a un mentiroso que a un cojo, porque al final la verdad resplandecerá y si hay mentira en nuestra vida quedaremos desenmascarados y al descubierto.

Por eso hemos de cuidar tanto nuestro interior; y ya nos dirá Jesús en otro momento que de nuestro interior, cuando está podrido, saldrán todas nuestras maldades; no lo que entra por la boca, sino de esa malicia que podamos llevar en nuestro interior. Nos dirá también que no podemos ser sepulcros blanqueados, muy bonitos por fuera pero por dentro, como es normal porque es un sepulcro, lleno de podredumbre. No podemos ser ese sepulcro porque estemos guardando en nuestro interior todas esas maldades.

Por eso, tenemos que sanarnos por dentro, no dejemos que aquello desagradable que suceda en nuestro entorno nos haga guardar malos recuerdos, nos haga guardar reticencias y odios mal curados, nos haga guardar deseos de venganza y rencor, nos haga actuar de la misma manera malvada e injusta que podamos ver en nuestro entorno contagiándonos de ese mal.

¿Para qué guardar esa podredumbre en nuestro corazón? Nos vamos enfermando en nuestro interior y nos vamos llenando de muerte. ¿No decimos que no tenemos que dejar que nos contagien los virus que nos contagiarían de enfermedad y nos pueden llevar a la muerte? Si así cuidamos nuestro cuerpo, ¿por qué no cuidar nuestro espíritu? No nos dejemos enfermar, vivamos sanamente en lo espiritual. Por eso nos decía Jesús que de lo que rebosa de nuestro corazón habla la boca y que por el fruto se conoce al árbol. Vayamos con mirada limpia, porque hemos limpiado el corazón, porque no hemos dejado atravesadas las vigas de la maldad dentro de nosotros.

Hemos hablado de congruencia y de autenticidad. Nos decimos cristianos, creyentes en Jesús, que sea pues el evangelio de Jesús el que empape nuestra vida para que podamos resumar ese amor con el que empapemos nuestro mundo para hacerlo mejor.

 

lunes, 24 de febrero de 2025

‘Yo quiero creer, yo creo pero ayuda mi falta de fe’, nuestro reconocimiento y nuestra oración para no resbalar por la pendiente de la rutina, el ritualismo y la tibieza

 


‘Yo quiero creer, yo creo pero ayuda mi falta de fe’, nuestro reconocimiento y nuestra oración para no resbalar por la pendiente de la rutina, el ritualismo y la tibieza

Eclesiástico 1,1-10; Salmo 92; Marcos 9,14-29

Algunas veces en la vida estamos soñando con conseguir algo que nos parece maravilloso, que exigirá nuestro esfuerzo y nuestro trabajo, que seamos capaces de sacar todas nuestras habilidades para poderlo conseguir, pero sentimos la tentación del desánimo, nos parece que es algo que supera nuestras posibilidades, dudamos de nosotros mismos y nos llenamos de miedo; necesitamos creer más en nosotros mismos y en que somos capaces, nos hará falta quizás una palabra de ánimo o una mano amiga que se pose sobre nuestro hombre para recordarnos que somos capaces, que tenemos que confiar, que podemos seguir adelante, que tenemos que creer más en nosotros mismos. Si perseveramos seguramente que un día veremos el resultado, conseguimos aquello que anhelamos. Hubo alguien que creyó en nosotros y nosotros comenzamos a creer en nosotros mismos. Es importante esa actitud de fe en la vida, aun cuando nos veamos limitados.

¿Por qué me hago esta reflexión que podría parecer que no tiene nada que ver con el evangelio que hemos escuchado? Si nos detenemos un poco a reflexionar nos daremos cuenta de ese punto de unión.

Un hombre había acudido a Jesús con su hijo enfermo, poseído de un espíritu maligno como es la forma de hablar de entonces; Jesús había subido a la montaña – se refiere al Tabor – y en su ausencia acudió a sus discípulos pidiendo ayuda, pero estos no pudieron hacer nada, a pesar de que un día les había dado autoridad sobre los espíritus inmundos y para curar enfermos. En estas llega Jesús y le cuentan lo sucedido; aquel hombre desesperado porque quiere la salud de su hijo implora y suplica. Quiere creer que Jesús puede hacerlo, pero al mismo tiempo duda. ‘Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos’, le dice.

‘¿Si puedo? Todo es posible para el que tiene fe’, es la sentencia de Jesús. ¿La fe que mueve montañas? Un día Jesús les había dicho a los discípulos que con fe podrían decir a una higuera que se arrancara de aquel sitio y se plantara en el mar, y se realizaría. No es cuestión de mover montañas ni de transplantar árboles. Pero algo tiene que moverse dentro de nuestro corazón. Es el despertar de la fe, aunque muchas sean las noches oscuras; es el despertar de la fe aunque nos parezca que hayamos perdido toda esperanza; es el despertar de la fe aun cuando las cosas sean difíciles; es el despertar de la fe que nos da confianza, pero que nos hará sentir el poder de Dios en nosotros.

Pero, es cierto, tantas veces dudamos, nos preguntamos si merece la pena, si podemos conseguir algo, si es verdad que el corazón se pueda transformar, si es posible que este mundo tenga arreglo, si puedo mantener viva la fe a pesar de tantas escandalosas que pueda irme encontrando en la vida, en el mundo, en los que me rodean, en la misma iglesia.

‘Yo quiero creer, le dice aquel hombre, yo creo pero ayuda mi falta de fe’. Tiene que ser nuestro reconocimiento y nuestra oración. Para que no caigamos en vacíos a pesar de todo lo que recemos; para que no hagamos las cosas por ritualismo o porque está mandado; para que no convirtamos nuestra vida de relación con Dios en una rutina, como algo que si no hacemos no podríamos dormir; para que no nos resbalemos por esa pendiente de la tibieza y terminará haciendo de nuestro corazón una cueva bien helada.

‘Señor, yo creo, pero aumenta mi fe’. Sea así nuestra oración de cada día. Dejémonos ayudar, sintamos esa palabra buena que nos despierta.