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martes, 22 de abril de 2025

No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón, corramos a decirle a los demás ‘hemos visto al Señor’

 


No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón, corramos a decirle a los demás ‘hemos visto al Señor’

Hechos, 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

Qué felices y contentos nos ponemos cuando logramos ver o estar con aquella persona, aquel personaje al que tanto admiramos. Hoy vemos correr a la gente de un lado para otro porque llega aquel ídolo de la música o del deporte que tanto se admira y queremos verle pasar, tocarlo si fuera posible u obtener un autógrafo aunque solo sea un garabato. ¡Lo vi! ¡Lo toqué! Paso a mi lado, estaba tan cerca, y la gente se vuelve loca. O es el niño que hace tiempo que no ve a los abuelos y está ansioso por estar con ellos, por recibir su cariño y su afecto, por poderse sentar a su lado o en su regazo. Así podríamos pensar en tantos gestos humanos que luego recordamos, que contamos a todo el mundo, que nos quedan grabados en el alma.

María Magdalena llegó a donde estaba el resto de los discípulos, después de aquella accidentada mañana y viene feliz diciéndoles ‘he visto al Señor y ha dicho esto’. Feliz iba María Magdalena después de tantas lágrimas. No podía callarse lo que había vivido. Había estado al pie de la cruz en el momento supremo de la pasión y de la muerte, formó parte de aquella comitiva que condujeron al cuerpo de Jesús en aquella cercana sepultura, junto con las otras mujeres dejaron bien grabada la imagen en sus mentes de donde y como habían colocado el cuerpo de Jesús con el deseo de volver pasado el sábado para embalsamarlo debidamente, pero la piedra que cerraba la entrada del sepulcros estaba corrida como quien había entrado a robar y el cuerpo de Jesús allí no estaba.

La mañana se la había pasado deshaciéndose en lágrimas, aparte de las carreras por ir a anunciar a los discípulos lo que había sucedido con la venida de Juan y Pedro para comprobarlo, queriendo encontrar como fuera el cuerpo de Jesús. Todos le preguntaban por qué lloraba y no hacía sino repetir lo mismo. Ahora alguien que a ella le parece que es el encargado del huerto le hace la misma pregunta, pero ella casi ni le mira dando la misma respuesta. Fue necesaria solo una palabra, llamarla por su nombre, María, para despertar de su angustia y abrirle los ojos no solo de su rostro sino también de su alma para reconocer que quien estaba allí era Jesús.

De El había recibido el encargo que presurosa había corrido a contar a los discípulos. ‘He visto al Señor y ha dicho esto’. Una palabra escuchada en el alma le había devuelto la vida. Había sido de nuevo un encuentro hermoso cuando parecía que todo estaba perdido. Se sentía nueva, porque allí estaba Jesús, allí estaba el Señor resucitado y con El todos resucitados, con El todos volvemos a la vida.

Nosotros también queremos seguir viviendo lo mismo en esta semana de Pascua. Es lo que también nosotros tenemos que seguir repitiendo al mundo que nos rodea, es el testimonio que nosotros también tenemos que dar. ‘Hemos visto al Señor’. Y lo tenemos que afirmar con toda rotundidad aunque haya alrededor nuestro tantos que quieran negarlo. No son ilusiones ni sueños, es una realidad profunda de nuestra vida, es algo que experimentamos dentro de nosotros, algo que sentimos en lo hondo del corazón. Y tenemos que entusiasmarnos, y tenemos que llevar la noticia a los demás, y tenemos que contagiar de nuestra alegría a los que nos rodean.

Desaparezcan las angustias y las desesperanzas, quitemos los agobios del alma, no nos dejemos envolver por esos materialismos de la vida, busquemos con humildad al Señor que viene a nosotros pero abramos las sintonías de nuestro espíritu para escucharle porque El sigue llamándonos por nuestro nombre, El quiere estar a nuestro lado, El es de verdad luz en nuestro camino. Y es lo que tenemos que transmitir a los demás. No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón.


jueves, 2 de mayo de 2024

Si sabemos permanecer en el amor sentiremos al final la más hermosa satisfacción que nos llenará el corazón de la más hermosa alegría

 


Si sabemos permanecer en el amor sentiremos al final la más hermosa satisfacción que nos llenará el corazón de la más hermosa alegría

Hechos de los apóstoles 15, 7-21; Salmo 95; Juan 15, 9-1

La vida tiene muchas curvas, no le faltan dificultades, lugares de sombra y oscuridad, momentos de frialdad, situaciones de tormenta, igual que tiene días plácidos, calmas bonancibles, momentos en que brilla el sol, la suave brisa nos refresca o el viento sopla a nuestro favor; dichoso no solo el que sabe disfrutar de estos momentos de luz, de calor, donde todo puede llenarse de entusiasmo, sino muy feliz será el que sabe sortear las tormentas, superar las dificultades de las curvas, mantener el corazón templado a pesar de las heladas ventiscas que parece que todo se lo llevan por delante. Quien sabe hacerlo, aunque le cueste, sentirá al final una hermosa satisfacción que le llenará el corazón de alegría, porque nunca perdió la esperanza ni se dejó vencer por la derrota, y su alegría será más plena y de más honda satisfacción.

Es así cómo tenemos que vivir los cristianos. Será por eso por lo que podemos decir que los cristianos somos las personas más alegres del mundo. No perdemos la serenidad y la alegría de nuestros rostros ni la serenidad del alma, sabremos mantenernos en el amor aunque no seamos correspondidos, podemos responder con palabras y gestos de paz a pesar de las violencias que parece que nos quieren envolver. Sabemos quién es el que va al timón de nuestra barca, nos sentimos seguros porque sabemos que quien nos acompaña es quien nos ama con el mayor amor de los amores. Por eso queremos seguir caminando porque sabemos de quien nos confiamos; mantenemos el rumbo de la vida porque es el amor el que nos envuelve y nos llena de felicidad.

No hay mayor alegría ni felicidad. La hemos construido poniendo buenos cimientos y dándole fortaleza a los muros del alma para detener todos los embates. Nos hemos mantenido en el amor, que no se queda en gestos momentáneos, que pueden salir con buena voluntad de forma espontánea, no se queda en palabras brillantes que pueden encandilar a cualquiera – aunque en un mundo de tantas palabras ya muchos no se dejan encandilar de cualquier manera aunque siempre es una tentación – sino que ha sabido darle permanencia al amor.

Es lo que hoy Jesús nos enseña. ‘Permaneced en el amor’, nos dice. Nos ha amado del amor del Padre y de su amor, ahora nos toma a nosotros entrar en esa órbita. Pero permanecer en el amor, aunque cueste, aunque el camino se haga cuesta arriba, aunque no seamos correspondidos, aunque suframos violencias y nos podamos sentir heridos, aunque sean muchos los que luchen contra nosotros, aunque nos sintamos atraídos por cantos de sirena ofreciéndonos delicias que nos puedan encandilar, aunque a veces dentro de nosotros mismos sintamos una rebeldía y un cansancio interior, aunque no seamos comprendidos.

Son aquellas noches oscuras de las que hablábamos o esas curvas del camino que nos pueden distraer, son aquellas frialdades en los que el camino se nos hacía difícil, pero donde seguimos caminando porque sabíamos de la meta y de quien guiaba nuestro camino. Por eso permanecemos en el amor. Como Jesús ha permanecido siempre en el amor del Padre y en el amor que nos tiene a nosotros.

        Y hoy Jesús ha terminado diciéndonos que nos ha hablado de todo esto para que nuestra alegría sea completa. Qué gozo sentimos cuando nos sentimos abrazados por esa ternura de Dios, que sabiendo de nuestras debilidades aun así nos pone metas altas y nos dice que no podemos perder nunca la alegría porque El estará siempre con nosotros. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’. Claro que si sabemos permanecer en el amor sentiremos al final la más hermosa satisfacción que nos llenará el corazón de la más hermosa alegría.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Que Dios ponga luz en nuestro corazón y en nuestra mente para captar esas señales para descubrir lo que son los mejores anhelos de los que nos rodean



 Que Dios ponga luz en nuestro corazón y en nuestra mente para captar esas señales para descubrir lo que son los mejores anhelos de los que nos rodean

1 Timoteo 3, 14-16; Sal 110; Lucas 7,31-35

Vamos por la vida demasiado absortos en nosotros mismos, en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones y perdemos la capacidad de entrar en sintonía con los demás, captar lo que en verdad sucede a nuestro alrededor, ver tantas señales de cosas buenas de las que incluso podríamos disfrutar, o también darnos cuenta del sufrimiento de los que están a nuestro lado y podríamos consolar.

Y lo que acontece a nuestro alrededor son llamadas que hemos de escuchar qué pueden decirnos muchas cosas, pueden ser toques de atención que nos tendrían que hacer que andemos precavidos para no caer quizás en los mismos errores, o caminos nuevos que se abren ante nosotros que podrían llevarnos a algo grande.

Muchas veces nos habla jesús de los signos de los tiempos a los que hemos de estar atentos; claro que no se trata de asuntos de metereología si va a llover o a hacer viento, pero sí del tiempo que vivimos, del estado de nuestra sociedad y de los derroteros por donde caminamos, donde tenemos nuestra parte, en cuanto que por lo que hacemos o dejamos de hacer llegamos a las situaciones en que nos encontramos y no tendríamos que volver a los mismos errores porque nos llenemos de confianza en que no nos pasa nada, o porque también tenemos que comprometernos positivamente en hacer que las cosas sean distintas.

Quizás nos viene bien una vida cómoda y sin preocupaciones simplemente dejándonos llevar por lo que va saliendo, pero como seres humanos y que vivimos en una sociedad no podemos desentendernos y enredarnos en nosotros mismos sin hacer nada positivo. Mejor supiéramos abrir los ojos. Pero ahí vamos sin darnos cuenta de lo que nos puede venir en el futuro.

Hoy hemos escuchado a Jesús en el evangelio qué es lo que va a ser de aquella generación en la que vive. ¿En que va a terminar todo? Y hace una comparación muy curiosa. Los compara con los niños que juegan en la plaza, donde en ocasiones parece que no se saben poner de acuerdo. Unos quieren danzar y cantar, pero los otros pasan de todo y no entran a participar en la fiesta; por otra parte andan algunos preocupados, pero los que están a su lado no se dan cuenta de su situación y también pasan de ellos. Como dice Jesús en una frase que se ha convertido en proverbial: 'Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado'.

Pero Jesús no se queda en el proverbio, sino que les va a hablar de algo concreto haciendo una referencia a Juan el Bautista y a sí mismo. Juan les parecía duro y exigente y por eso no querían escucharlo, porque los invitaba a la conversión y al cambio de vida. La austeridad de Juan les asustaba. Ahora está Jesús en medio de ellos, se manifiesta con su cercanía a todos, comparte con todos, vive la vida de ellos y con ellos participa incluso en los banquetes a los que le invitan, por una parte recordamos la invitación de Simón el fariseo, pero también comía con los publicanos y pecadores cuando quiso comer en casa se Zaqueo, o fue invitado por Mateo en el momento de comenzar a seguirle. Y ahora a Jesús lo consideran un comilón y un borracho, lo consideran un pecador porque se acerca a los pecadores para llevarlos por nuevos caminos.

Tenemos que saber descubrir los caminos del Señor, su presencia entre nosotros, su palabra que nos habla también a través de esos acontecimientos de la vida, de eso que cada uno le está pasando allá en lo profundo de su corazón, o de aquello que contempla en los demás. Hay una sintonía de Dios que hemos de saber captar. Y la llamada de Dios es siempre para la esperanza y para la vida, hemos de saber confiar si con sinceridad le escuchamos y le abrimos el corazón.

Pero hemos de saber abrir tambien el corazon a los demás, saber descubrir los mejores anhelos del mundo que nos rodea, como ser sensible también a los sufrimientos de tantos, que quizás lo llevan oculto en el corazón, pero que andan con pasos cansinos por la vida en medio de los tormentos que llevan por dentro. Que Dios ponga luz en nuestro corazón y en nuestra mente para captar esas señales, que sintamos la fuerza de su Espíritu para emprender su camino que nos llevará siempre a una cercanía de los que nos rodean.


viernes, 8 de septiembre de 2023

Nos alegramos, pues, en esta fiesta del cumpleaños de María, con ella nos gozamos en el Señor haciendo que nuestro corazón, como fue el de María, desborde de gozo en el Señor

 


Nos alegramos, pues, en esta fiesta del cumpleaños de María, con ella nos gozamos en el Señor haciendo que nuestro corazón, como fue el de María, desborde de gozo en el Señor

Miqueas 5, 1-4a; Sal 12; Romanos 8, 28-30; Mateo 1, 1-16.18-23

Hay fechas en la vida de toda persona que siempre se recuerdan, le podremos dar mayor o menor relevancia quizás según las costumbres o las posibilidades, pero que son un acontecimiento en la vida de cada persona; no se trata ya de cosas que nos van sucediendo a lo largo de la vida, que vayan siendo hitos de nuestra vida, que nos van marcando con determinadas circunstancias de lo que nos va acaeciendo en cada momento y que por eso las recordamos, sino de un momento que vivimos sin tener conciencia en ese momento de lo que nos sucedía, pero que fue tan importante como lo es el principio de la vida, nuestro nacimiento. Podremos celebrarlo o no, pero siempre lo recordamos, como siempre tendremos muy presente esa fecha del nacimiento de aquellas personas a las que amamos, como pueda ser nuestra madre. Es un día en que todo buen hijo quiere celebrar y felicitar a su madre, y siempre buscará la forma de poder entregarle la mejor rosa de su amor.

Hoy celebramos una fiesta así, la fiesta de la madre. Es la fiesta del nacimiento de aquella a la que todos amamos como madre, pero que sabemos también que es la Madre de Dios. Hoy celebramos el nacimiento, la natividad de la Virgen María, la madre del Señor y nuestra madre porque Él quiso así regalárnosla desde el momento supremo de la cruz. Hoy es un día muy tierno en la devoción y el amor que le tenemos a María, aunque en este día en los diferentes pueblos la invoquemos con una advocación especial.

En nuestra tierra en este día la invocamos como la Virgen de los Remedios o la Virgen de la Luz, la Virgen del Pino o la Virgen del Socorro, por solo mencionar algunas de las más populares en los pueblos cercanos a nosotros. Muchos y diferentes son los nombres que le damos a María, pero siempre es la madre, por lo que desde nuestro amor el nombre con que la invocamos es como un piropo con el que la regalamos. Pero es la fiesta del Nacimiento de María, es el cumpleaños de María aunque no podamos especificar de manera muy concreta el número de sus años, pero para los hijos las madres no tienen años, las madres son siempre jóvenes, porque siempre joven y renovado es su amor maternal.

Queremos considerar aquí cómo silenciosamente y sin hacer aspavientos María entró en la historia de la salvación. Pero es de la misma manera cómo Dios introduciéndose en el corazón de María comenzó a hacerse presente de manera especial en la historia y en la vida de los hombres. Quiso Dios que María ocupara también un lugar importante en la historia de la salvación y en nuestra historia, de manera que aquella a la que había escogido para ser la madre que le prestara sus entrañas para encarnarse y al hacer hombre ser el Dios entre nosotros, se convirtiera también en la madre de la Iglesia, en la madre de todos los que aman y siguen a Jesús, en nuestra madre.

La liturgia en este día nos habla del despuntar de la aurora de la salvación con el nacimiento de María, porque luego ella con su sí ante la embajada del ángel hiciera posible que ya para siempre nos iluminara el sol que viene de lo alto. Su nacimiento, pues, es el comienzo de ese nuevo brillo y resplandor, como una aurora, que nos anuncia la luz del día. Por eso la podemos invocar como madre y reina de la luz porque nos da a su Hijo, nos señala siempre a Jesús a quien tenemos que acudir para hacer lo que Él nos diga, porque sólo en Él está la Palabra de vida y solo Él es nuestra salvación. en los brazos de María siempre contemplaremos a Jesús. Y en ese amor que sentimos por María, que es nuestra madre, Dios se va introduciendo en nuestro corazón y nos va llenando de esa nueva luz y de esa nueva vida.

Nos alegramos, pues, en esta fiesta de María, en esta fiesta del cumpleaños de la Madre; a ella le ofrecemos lo mejor de nosotros, con ella sentimos la alegría de la vida, con ella nos gozamos en el Señor haciendo que nuestro corazón, como fue el de María, desborde de gozo en el Señor con cuanto el Señor nos ha regalado. 'Desbordo de gozo con el Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador... porque ha mirado nuestra pequeñez, porque en nosotros como en María, ha hecho cosas grandes'.

miércoles, 31 de mayo de 2023

Salgamos y pongámonos en camino que hay una Buena Noticia que comunicar, un servicio que prestar, una nueva música de la que contagiar como hizo María

 


Salgamos y pongámonos en camino que hay una Buena Noticia que comunicar, un servicio que prestar, una nueva música de la que contagiar como hizo María

 Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

‘María se levantó y se puso en camino…’ nos dice el comienzo del evangelio hoy. ¿Para qué salimos y nos ponemos en camino cuando quizás estábamos cómodamente en casa y solo nos preocupábamos de atender nuestras necesidades o incluso nuestro descanso?

Normalmente es porque queremos comunicar algo, encontrarnos con al nuevo o encontrarnos con alguien, o también salimos y nos ponemos en camino si nos llega la noticia de una necesidad que podemos atender, un sufrimiento que podemos sanar o una lágrima que podamos consolar; tenemos una noticia que comunicar y pronto salimos al encuentro con el vecino, con el pariente, con la persona que encontremos para comunicarla; si es algo gozoso y de alegría con mayor prontitud lo queremos hacer, corremos a dar la noticia, y el gozo que llevamos en nuestro interior parece que pone alas en nuestros pies, como se suele decir, para ir volando.

Son las prisas de María. Es la noticia, la Buena Nueva que ha recibido ella, que Dios la ha elegido para ser madre, para ser su Madre, para ocupar un lugar muy importante en la historia de nuestra salvación. Las sorpresas del primer momento, las dudas ante lo que parece incomprensible por lo desconocido, la obediencia de fe que pone desde su disponibilidad, su amor y su entrega se transforman en canta agradecido a su Creador porque reconoce que en ella Dios se ha fijado, en ella Dios está haciendo cosas grandes, por medio de ella se va a derramar la misericordia de Dios sobre toda la humanidad.

Y eso María tiene que comunicarlo, compartirlo ¿con quien mejor y que mejor lo pueda entender que quien está sintiendo también en su corazón que Dios ha sido grande con ella y sobre ella también se ha derramado la misericordia del Señor? Por eso corre María a las montañas de Judá, no importa que esté lejos lo cual nos quiere decir también a nosotros cosas importantes. ¿A quienes somos enviados nosotros también para que salgamos y nos pongamos en camino?

Pero es que María ha recibido también otra buena noticia, su prima Isabel, a pesar de su vejez, también va a ser madre, porque Dios volvió también su rostro sobre ella concediéndole la gracia de la maternidad. María se pone en camino porque sabe donde necesitan su servicio. Es la actitud de María, es la disponibilidad siempre de María, es el camino en que María va siempre delante de nosotros señalándonos rumbos y caminos que hemos nosotros de recorrer.

Merece María la alabanza por su fe, porque cuanto de ella se ha dicho se cumplirá, pero es la alabanza implícita de lo que es el fruto de esa fe que le impide quedarse quieta, que la impulsa al camino del servicio porque es el amor el que mueve siempre su vida.

Es el gozo y la alegría que se desborda del corazón de María y va llenando de música los caminos y senderos de Palestina y que con su voz y su presencia inundará con su cántico de amor aquel hogar de la montaña de manera que el sonido de las palabras de saludo de María hará saltar de alegría el niño que Isabel lleva en sus entrañas. Es el primer encuentro entre el Precursor y Aquel para quien se preparaban los caminos y es como el estreno de nuevos encuentros, de nuevos sentidos de vida que con el Reino de Dios que llega irá transformando todos los corazones.

Es lo que hoy estamos contemplando en la finalización de este mes de Mayo, mes de María, y en esta fiesta de la Visitación de María a su prima Isabel.  Y estamos contemplando ese ponerse en camino de María. Y es una invitación a que no cerremos los ojos ni nuestros oídos y también seamos capaces de ponernos en camino. ¿No tenemos una Buena Noticia que comunicar y compartir con los demás desde esa fe que envuelve nuestra vida? ¿No será necesaria nuestra actitud y postura de servicio a los pies de la puerta de alguien? ¿No necesitaremos llevar una música nueva a ese mundo que nos rodea?

domingo, 9 de abril de 2023

Gritamos fuerte ‘aleluya’ porque Cristo ha resucitado y porque con El nosotros también hemos resucitado

 


Gritamos fuerte ‘aleluya’ porque Cristo ha resucitado y porque con El nosotros también hemos resucitado

Romanos 6, 3-11; Sal 117; Mateo 28, 1-10

Valentía la de aquellas mujeres que aquel primer día de la semana muy temprano iban camino del sepulcro con aromas para embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús que en la tarde del viernes, en la cercanía de la pascua no pudieron hacer; valentía porque no habían pensado quién les correría la piedra de la entrada del sepulcro; no era fácil que un grupo de mujeres pudiera hacerlo pero a ellas parece que poco les importaba. Pero la sorpresa fue grande cuando encontraron que la piedra estaba corrida.


Va a ser una mañana de sorpresas, primero la piedra corrida, luego el ángel del Señor sentado sobre ella, luego que el cuerpo de Jesús no estaba allí. ¿Sorpresa y decepción? Como había pensado una de aquellas mujeres ¿Quién se había robado el cuerpo del Señor Jesús? Pero hablaron los ángeles – una sorpresa más – ‘Vosotras, no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía…’ En medio de todas las sorpresas una palabra de ánimo, ‘no temáis’ y un encargo que cumplir ‘id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. Mirad, os lo he anunciado’.

Es la gran noticia, la buena noticia, el evangelio de la noche de pascua. Es la buena noticia, el evangelio, que seguimos proclamando no solo hoy sino todos los días de nuestra vida. La Palabra de Dios se ha cumplido, ha llegado la hora de la victoria, ha llegado la hora en que comienza el Reino nuevo, es la hora en que nace la Iglesia porque comenzará a surgir de verdad el grupo de los que creen en Jesús. Es la noticia que nos identifica, que marca nuestra vida, que nos va a obligar a comenzar a vivir una vida nueva.

Tras esta noticia no nos podemos quedar como si no hubiera pasado nada; no solo es constatar que el sepulcro está vacío, sino comenzar a contemplar a Cristo vivo, Cristo resucitado. Es el momento en que comenzamos a proclamarlo con todo sentido el Señor. Como más tarde nos dirá san Pedro en el primer sermón de Pentecostés ‘a este Jesús a quien hemos visto crucificado, Dios lo ha constituido Señor y Mesías por su resurrección de entre los muertos’.

En la noche esplendorosa de la Pascua hemos ido haciendo un recorrido que vino a concluir en la proclamación de nuestra fe Jesús resucitado de entre los muertos. Un recorrido de las tinieblas a la luz que hemos simbolizado en esa primera parte de la liturgia cuando en el fuego nuevo hemos encendido el Cirio Pascual; ha sido el recorrido de la historia de la salvación a través de las diversas lecturas de la Palabra de Dios, que ha sido como ir reviviendo ese propio recorrido de nuestra fe; cruzamos con los israelitas peregrinos en el desierto el mar rojo para significar ese paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida, cuando con Cristo en las aguas del bautismo nos hemos sumergido en la muerte de Cristo para con Cristo renacer vivificados a una vida nueva.

En nuestros corazones resonó fuerte el grito del Aleluya cuando pudimos proclamar a Cristo resucitado, cuando pudimos proclamar que con Cristo también nosotros nos sentimos resucitados, con Cristo nos vemos inmersos en una vida nueva de la que queremos arrancar ya para siempre las obras de las tinieblas, la esclavitud del pecado porque ya con Cristo nos sentimos unos hombres nuevos, el hombre de la gracia, el hombre nuevo que ha sido regalado por Dios con una vida nueva que nos hace hijos de Dios.

Ahora sí podemos entender aquellas palabras de Jesús que anunciaban su pascua y que tanto costó entender a sus discípulos. Tiene sentido esta entrega, este dolor y esta muerte. Todo era fruto del amor y el amor siempre tendrá la última palabra, es el que nos da el sentido y nos da la victoria. Jesús no solo había anunciado su pasión y su muerte sino que al tercer día resucitaría.

Era el paso más difícil de entender, porque es el paso que Cristo nosotros hemos de dar. No nos podemos quedar para siempre en las sombras de la esclavitud y de la muerte, resucita Cristo para que con El resucitemos, para que con El nos arranquemos de todo lo que sea oscuridad y muerte en nuestra vida. Dios nos está llamando para que salgamos de nuestros sepulcros, de nuestras rutinas, de nuestros malos sentimientos, de todo lo que sea sombra y oscuridad aunque las disimulemos en nuestra vida con nuestras vanidades de luz aparente, de nuestras tristezas porque ya para siempre tiene que reinar la paz en nuestro corazón desterrando nuestros miedos y cobardías, de esas heridas de las que tenemos que curarnos de una vez para siempre y también de la tristeza de ese mal que hayamos hecho porque en Cristo encontramos el perdón y la paz para siempre.

A nosotros nos dice también como a las mujeres a las que les salió al encuentro, ‘alegraos’. Y no es que cantemos porque esta noche y este día tengamos que cantar aleluyas, sino porque ya llevamos la alegría de ese aleluya en el corazón y tenemos que gritarlo a los demás. ‘No temáis, nos dice a nosotros también porque ya no tienen sentido los temores,  id a comunicar a mis hermanos…’ Lo hemos visto y lo veremos. Es la buena noticia, el evangelio, que tenemos que trasmitir.

domingo, 13 de febrero de 2022

Que florezcan en nosotros las flores de la generosidad y del amor con nuestras raíces hundidas en el Señor y por nuestra ternura estaremos haciendo un mundo más feliz para todos

 


Que florezcan en nosotros las flores de la generosidad y del amor con nuestras raíces hundidas en el Señor y por nuestra ternura estaremos haciendo un mundo más feliz para todos

Jeremías 17, 5-8; Sal 1; 1 Corintios 15, 12. 16-20; Lucas 6, 17. 20-26

Seguro que en ciertos ambientes, en ciertos sectores de la sociedad en la que vivimos estas palabras que le escuchamos hoy a Jesús en el evangelio les podrían producir risa; lo que por otra parte avalaría con mayor valor la certeza de las palabras de Jesús y su cumplimiento.

Escuchar que son dichosos y felices los pobres, los que nada tienen o tienen hambre, los que lloran en la vida a causa de sus sufrimientos o de los problemas que los envuelven produce, es cierto, una paradoja. Nos pueden resultar incomprensibles, difíciles de entender. ¿Cómo entender estas palabras de Jesús? Entre las cosas que habitualmente valoramos está el alcanzar una vida digna, tener unos medios que no nos hagan pasar estrecheces y vivir en la pobreza, alejar todo lo que sea sufrimiento ya sea físico o moral de nuestra vida, porque nos gustaría ser valorados y tenidos en cuenta. Está bien, es justo que deseemos todo esto y entre en las preocupaciones e intereses de nuestra vida. Por eso, nos chocan estas palabras de Jesús.

¿Es una promesa que nos hace Jesús? ¿Es un anuncio de algo que podemos alcanzar? ¿Es una esperanza que se suscita en nuestro corazón? Ciertamente que allí en la llanura, donde Jesús pronunció estas palabras había gente de todo tipo y de toda condición; en un pueblo pobre como era Israel y más en la situación en la que se encontraban la mayoría de los que allí estaban eran esos pobres y esos que pasaban dificultades, esos que nada tenían y que pasarían muchos momentos de escasez y de hambre también, mucha gente que sufría porque siempre traían a Jesús a sus enfermos para que los curase pero estaban también los que tenían muchas amarguras en el alma. Y seguro que estas palabras desconcertantes de Jesús comenzaron a llenar de esperanza sus corazones.

Jesús anunciaba un reino nuevo, donde todo habría de cambiar, precisamente sus palabras como había dicho en la sinagoga de Nazaret eran evangelio, buena noticia, para los pobres; si todo había de cambiar cambiaría la situación en la que vivían, eran su esperanza, pero cuando fueran comprendiendo todo lo que significaba el reino de Dios que Jesús anunciaba descubrirán como el cambio profundo había de producirse en los corazones y en las actitudes nuevas con que habían de enfrentarse a la vida y a la realidad.

Un mundo nuevo, un reino nuevo donde imperase la justicia, donde tendrían que brillar por la autenticidad de sus vidas, donde comienzan a resplandecer unas actitudes y unos valores nuevos dándole mayor aprecio a la solidaridad, a la generosidad y al amor, donde comenzarán a ser distintas también las relaciones entre unos y otros. ¿No era ese el camino de dicha y de felicidad? ¿No tenían sentido entonces las palabras de Jesús?

‘Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo’.

La confianza que comenzaría a nacer en los corazones no era fiarse de sí mismo y de sus posibilidades y poderes que pudieran alcanzarse a nivel humano, sino que la confianza se ponía totalmente en el Señor. Ya el profeta había anunciado que ‘el que confía en el Señor y pone su confianza en el Señor será como un árbol plantado junto al agua que alarga a la corriente sus raíces’.

Entonces ¡ay! de aquellos que ponían toda su confianza en sí mismos o en las cosas que poseyeran; no eran esos los caminos que les llevaran a una verdadera felicidad. ‘Pero, ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!’ Son las lamentaciones de Jesús por aquellos que se sienten saciados de sí mismos. Como ‘quien confía en el hombre y busca su apoyo en las criaturas será como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia y habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita’.

Que nuestro corazón no sea como el áspero cardo en que lo convertimos cuando nos falta ese grado de humanidad, de solidaridad, de ternura. Que florezcan en nuestra vida las flores de la generosidad y del amor y así estaremos haciendo un mundo más feliz para todos.


martes, 12 de marzo de 2019

La oración ha de ser un gozo hondo, una necesidad para nuestra vida, algo de lo que no podremos prescindir porque no podemos prescindir del amor que Dios Padre nos tiene


La oración ha de ser un gozo hondo, una necesidad para nuestra vida, algo de lo que no podremos prescindir porque no podemos prescindir del amor que Dios Padre nos tiene

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15

No sabemos orar, decimos quizá muchas veces, me aburro repitiendo oraciones, no sé qué decir ni qué pedir, son expresiones o pensamientos que nos vienen a la mente muchas veces. Y decimos que no rezamos porque no sabemos y nos vamos enfriando en ese espíritu de oración, porque quizá pensamos que rezar a Dios es pedir simplemente por nuestras necesidades o por los problemas que estamos pasando y no sabemos bien cómo hacerlo.
Se me ocurre pensar cuando alguien nos pide que recemos por él, ¿qué es lo que realmente nos está pidiendo? ¿o qué es lo que quiere que nosotros le pidamos al Señor por él? Quizá tiene problemas y no sabe como salir de ellos, quizá está pasando por unos momentos de necesidad, puede estar enfermo él o uno de sus seres queridos, y lo que quiere es que el Señor le ayude en esas situaciones, que su ser querido enfermo se cure, o que encuentre remedio para aquella necesidad, y quizá nosotros pensamos en esas cosas que le pueden estar pasando a nuestro amigo en la presencia de Señor, o rezamos algunas de las oraciones que nos sabemos de memoria, repitiéndola quizá muchas veces.
¿Así ha de ser nuestra oración? ¿Eso es oración? No podemos decir que no sea oración porque cada uno le habla o le pide a Dios como sepa hacerlo o de la forma que se le ocurra, pero quizás necesitamos reflexionar un poco más para encontrar un sentido más profundo a nuestra oración.
Pero puedo pensar también cuando voy a hablar con mi padre, ¿cómo lo hago? Cuando voy a hablar con mi padre no lo hago con frases aprendidas de memoria; aparte de sentirme gozoso por estar con él, tendré palabras de cariño en el saludo que le manifiesten mi amor, como él las tendrá también conmigo; nuestra charla no se queda, como se suele decir, en hablar del tiempo, sino que de forma espontánea nos iremos interesando el uno por el otro, le manifestaremos nuestras preocupaciones como al mismo tiempo le vamos escuchando lo que sabiamente nos vaya diciendo que serán siempre sabias palabras que nos ayudarán mucho en nuestra vida; saldrán a cuento nuestras necesidades o nos interesaremos por su bienestar queriendo y deseando lo mejor para él. Así irá saliendo una conversación de corazón a corazón donde flotará en el ambiente el amor que nos tenemos como padre e hijo.
Hoy escuchamos a Jesús en el evangelio que nos dice que cuando oremos al Padre no estemos con muchas palabras como los gentiles, nos dice, que por hablar mucho piensan que los escuchan más. Y nos enseña Jesús como ha de ser nuestra oración. Nos ha dejado Jesús la formula del padrenuestro, pero quizá nos pasa lo mismo que a los gentiles, que pensamos que por repetir la fórmula que nos ha dejado Jesús de memoria muchas veces repetidas, hacemos mejor oración.
Creo que un padrenuestro nos da para mucho tiempo de oración, mucho tiempo de encuentro con Dios nuestro Padre. ¿Qué le decimos a nuestro padre cuando nos encontramos con el, como antes veníamos reflexionando? ‘Hola padre, papá…’ o como queramos decirle. Y ya en ese saludo estaremos queriendo manifestar tantas cosas, que lo podemos expresar también con el gesto de un abrazo, y estaremos queriendo expresar el cariño que le tenemos. ¿Será eso lo que experimentamos cuando decimos esa primera palabra, Padre?
No voy a entrar en explicación detallada de la fórmula que Jesús nos ha propuesto pero hagamos el esfuerzo de ir compaginando todo aquello que decíamos podría ser la conversación con nuestro padre con lo que queremos expresar en nuestro encuentro con Dios en la oración a través de la palabras que nos enseñó Jesús. Veremos que no es algo para hacer de carrerilla, es algo con lo que tenemos que ir sintiendo dentro de nosotros el calor del amor, del amor que Dios nos tiene y del amor que nosotros queremos expresarle.
Será así como irá surgiendo todo lo que es nuestra vida, nuestros deseos y nuestras esperanzas, la realidad de lo que somos incluyendo también nuestras debilidades y necesidades, como aquellas cosas que si en verdad amamos a Dios tendrían que ir siendo distintas en nuestra vida. Es mucho más que pedir la salud para la enfermedad o la ayuda en una necesidad sino que irá saliendo a flote todo lo que es nuestra vida, nuestros sentimientos, nuestras actitudes y posturas, lo que hacemos o lo que hemos dejado de hacer, lo que es la vida de los que nos rodean o lo que queremos para que nuestro mundo sea mejor.
No serán pues los pocos, casi segundos, o minutos que dediquemos para recitar el padrenuestro sino que será mucho más porque entonces nos iremos sintiendo llenos de amor de Dios. La oración será para nosotros un gozo hondo, la oración la sentiremos así como una necesidad para nuestra vida, la oración será algo de lo que no podremos prescindir porque nunca podremos prescindir el amor que Dios Padre nos tiene.

domingo, 27 de enero de 2019

Sigue siendo de algún modo Epifanía porque sigue manifestándose Jesús como el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu, que proclama la Buena Noticia del Año de Gracia del Señor


Sigue siendo de algún modo Epifanía porque sigue manifestándose Jesús como el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu, que proclama la Buena Noticia del Año de Gracia del Señor

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Sal 18; 1 Corintios 12, 12-30; Lucas 1,1-4; 4,14- 21
Todos habremos visto en más de una ocasión a gente llorando de emoción y de alegría. ¿Por qué llora esa mujer? nos preguntamos quizás cuando le hemos dado una buena noticia a alguien y se emociona tanto, y tanta es su alegría que prorrumpe en lágrimas como si le hubieran comunicado la mayor desgracia. Y es que no se llora solamente de tristeza o cuando lo pasamos mal por algún motivo, se llora también de alegría, de emoción.
Una buena noticia inesperada, el anuncio de un acontecimiento importante que quizás esperábamos pero que no terminaba de acontecer, la celebración gozosa de algo importante para nuestra vida que cala hondo en emoción en nosotros, nos hace prorrumpir en lágrimas. Algo grato, bueno, que nos llena de alegría y lo expresamos con nuestras lágrimas de emoción. Dejamos fluir nuestras lágrimas, sacamos a flote nuestras emociones, expresamos a través de estos signos los sentimientos más hondos de nuestra alma.
Algo así le estaba pasando al pueblo reunido cuando Nehemías convocó a la gente, levantando un estrado alto en medio de la plaza, para leerles el texto de la Ley, la Escritura Santa. habían pasado por momentos difíciles cuando se vieron lejos de su tierra, lejos del Templo del Señor, y lejos de su ciudad santa y sin poder escuchar la Ley del Señor. Ahora cuando están rehaciendo de nuevo sus vidas allí en medio de ellos y con toda solemnidad a pesar de su pobreza se proclama de nuevo la Palabra del Señor, y el pueblo se emociona y llora de alegría. ‘No hagáis duelo ni lloréis porque hoy es un dia consagrado al Señor… No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’. Y les invita a hacer fiesta, expresado también en los banquetes de fiesta que han de celebrar.
Era la alegría por el reencuentro con la Palabra del Señor, que nos tendría que hacer pensar a nosotros si en verdad sentimos ese mismo gozo y esa misma alegría cuando se nos proclama la Palabra del Señor. Miremos nuestras caras cuando cada domingo o cada día acudimos a la celebración del Señor; miremos nuestras caras cuando se nos está haciendo la proclamación de la Palabra de Dios y tenemos que reconocer que muchas veces más que alegría mostramos aburrimiento y que nuestras mentes en esos momentos están en otro lugar.
Mucho tendría que hacernos pensar esta Palabra que hoy se nos está proclamando y cuáles son nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra atención mientras se nos hace la proclamación. Hablamos con el que está a nuestro lado mientras nos habla el Señor por medio de su Palabra, no nos importa llegar tarde y quizá mientras se están haciendo las lecturas nosotros vamos visitando todo los altares de nuestra devoción haciendo caso omiso a lo que se  nos está proclamando y acaso siendo también motivo de distracción para el resto de personas que están en el templo.
Pero este texto que estamos comentando nos sirve hoy de introducción, por así decirlo, al texto del evangelio que se nos ha proclamado. Jesús, después de haber recorrido ya muchos pueblos y aldeas de Galilea haciendo los primeros anuncios del Reino, llega a su pueblo de Nazaret y el sábado va a la sinagoga al momento de la oración. Es invitado o El se ofrece a proclamar el texto del profeta y hacer su comentario, pues el encargado de la Sinagoga podía invitar a alguien a que hiciese esa proclamación y comentario; Jesús venía ya con la fama de su predicación por distintos lugares y siendo un hijo de aquel pueblo es invitado a hacerlo.
El texto escogido para su proclamación es del profeta Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor’. Todos en la sinagoga tenían fijos los ojos en Él, nos dice el evangelista, esperando sus palabras, su comentario.  ‘Y él se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’.
El comentario es breve y muy concreto. Lo anunciado allí se cumplía. Allí estaba el Ungido del Señor. Y aunque empleamos la palabra en castellano, venía a decirles que allí está el Mesías del Señor. El ungido del Señor era el Mesías; y allí se estaba señalando su misión. Enviado para anunciar una Buena Noticia.
¿Cuál era esa Buena Noticia, ese Evangelio que se estaba anunciando? Llegaba el dia de la liberación, de la salvación. Una buena noticia que tenía que llenar de alegría a los pobres, a los oprimidos y esclavizados, a los ciegos y a cuantos estaban llenos de ataduras en su cuerpo o en su espíritu. Era el momento del perdón, de la gracia, de la amnistía. era el momento de estrenar una nueva libertad, una nueva vida liberada de toda atadura. Era el día del Señor, el año de gracia del Señor.
Era la misión de Jesús, lo que a través de signos y señales iría realizando en su caminar aquellos caminos de Palestina; era el anuncio de gracia, el anuncio del Reino de Dios que comenzaba y que había que creer. Era el momento de la Salvación en que se iba a establecer una nueva Alianza que será sellada no ya con la sangre de los toros y de los machos cabríos sino en la Sangre del Cordero, en la Sangre de Cristo derramada por nosotros para traernos la vida y la salvación.
Aunque litúrgicamente estamos desde hace dos semanas en el tiempo llamado Ordinario, podemos decir que sigue siendo Epifanía, porque sigue manifestándose solemnemente Jesús, el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu del Señor, el que venía a proclamar al Año de Gracia del Señor.
Recogiendo la imagen que comentábamos al principio nos tenemos que preguntar con qué alegría nosotros estamos recibiendo esta Buena Noticia. ¿Lloraremos de alegría y haremos fiesta porque se nos anuncia esta Buena Noticia? Y aquí tenemos que concluir con qué actitudes nuevas nosotros tenemos que disponernos siempre a escuchar la Palabra de Dios.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Hoy nos quedamos en el entorno de la cruz para contemplar a la madre, a María, a quien queremos invocar como Madre de los Dolores y de todos sus hijos que sufren


Hoy nos quedamos en el entorno de la cruz para contemplar a la madre, a María, a quien queremos invocar como Madre de los Dolores y de todos sus hijos que sufren

Hebreos 5,7-9; Sal 30; Juan 19,25-27

¿Quién no se conmueve ante las lágrimas de una madre? Unas lágrimas de amor, lágrimas calladas y en silencio sorbidas muchas veces para tratar de disimularlas, lágrimas que se arrancan desde el alma, lagrimas por el dolor que se lleva en el corazón, pero lágrimas de compasión ante el sufrimiento de los hijos, lágrimas envueltas en la esperanza y en el deseo de algo mejor, lagrimas de impotencia en ocasiones por no poder hacer más cuando ya se han desgastado totalmente por los que aman, lagrimas que se abren a un futuro que desean mejor y que les lleva a luchar por hacer que las cosas cambien, lágrimas en mil situaciones y circunstancias pero que siempre conmueven a quien las contempla.
Hoy contemplamos las lágrimas de una madre, lagrimas de sufrimiento cuando hace suyo el sufrimiento del hijo, pero lágrimas de amor porque su vida quiere hacerse también ofrenda de amor cuando comprende la grandeza y el misterio de quien está sufriendo colgado de un madero. Hoy contemplamos las lágrimas al mismo tiempo serenas porque están llenas de esperanza de quien está al pie de una cruz haciendo suyo el tormento y el martirio de quien está haciendo la más hermosa entrega de amor.
Son las lágrimas de María al pie de la cruz de Jesús. Son las lágrimas de la mujer que permanece firme a pesar del dolor porque para ello estaba preparada porque un día ya le habían profetizado que una espada traspasaría su alma. Son las lágrimas de una virgen Madre a quien desde entonces llamaremos también dolorosa, madre y virgen de los dolores siendo ya para siempre para nosotros la mejor compañía en el camino de nuestra vida también tan lleno de dolores y de sufrimientos.
Si ayer con la liturgia mirábamos a lo alto de la cruz y a quien de ella pendía en la obediente ofrenda de amor, hoy contemplamos el entorno de la cruz para contemplar a la madre, para contemplar a María a quien hoy queremos invocar como Madre de los Dolores. Ella está ahí, firme junto a la cruz y al sufrimiento, pero para decirnos también como quiere estar para siempre junto a nosotros en nuestro dolor y en nuestro sufrimiento, en nuestras angustias y en nuestras penas, porque precisamente desde ahí, desde la cruz, Jesús para siempre la ha convertido en nuestra madre.
¿Cómo no va a estar una madre junto a los hijos que sufren? Esas lágrimas que hoy vemos brotar de sus ojos no son solo porque Jesús está pendiendo de la cruz sino porque está contemplando nuestro sufrimiento, el sufrimiento de sus hijos por los que siente la compasión de madre y con su presencia quiere ser nuestro apoyo en ese camino tan lleno de dolores que nosotros muchas veces tenemos que hacer por la vida. Ven con nosotros al caminar, le hemos cantado tantas veces, ven con nosotros en nuestros caminos de dolor para que seas nuestra luz y nuestro apoyo, para que nos enseñes a amar y a tener esperanza a pesar de los sufrimientos que nos da la vida, como a ella no le faltó el amor y la esperanza al pie de la cruz de su Hijo en el Calvario.
En sus lágrimas están también nuestras lágrimas, en su dolor están los dolores y sufrimientos de todos sus hijos; y aunque la llamamos también madre de las angustias, en ella no hay angustia porque hay amor y hay esperanza, pero si podemos llamarla madre de las angustias, porque es nuestra madre y con nosotros está en nuestras angustias y en nuestras desesperanzas para levantarnos el ánimo, para llevarnos a la vida, para enseñarnos lo que es amor, para poner por encima de todo esperanza en nuestro corazón.
Ven con nosotros, Madre y Virgen de los Dolores, en nuestro caminar, pon esperanza en nuestros pasos, pon en nuestra vida la alegría de la fe.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Vivimos el Reino nuevo de Dios y el banquete de bodas con todo su sentido de alegría y de fiesta es la nueva manera de nuestro vivir


Vivimos el Reino nuevo de Dios y el banquete de bodas con todo su sentido de alegría y de fiesta es la nueva manera de nuestro vivir

1Corintios 4, 1-5; Sal 36; Lucas 5, 33-39

Vernos separados de la persona que amamos nos resulta doloroso; sentimos la añoranza de su presencia, a la mente nos vienen los recuerdos de los momentos hermosos que junto a esa persona vivimos, ansiamos y deseamos estar con ella y en nuestro corazón sentimos el dolor de su ausencia. En muchas ocasiones esa separación se nos hace tan dura que parece que perdemos el gusto o el sentido de todo y nos parece que se nos acaban las ganas de vivir. Sin embargo siempre permanece la esperanza de un nuevo reencuentro y soñamos con los momentos felices que podremos volver a vivir, por eso el dolor de la separación parece que se mitiga en esa esperanza que nos anima y nos hace estar deseando ese nuevo día.
Son experiencias humanas que vivimos en distintos momentos a lo largo de la vida, un viaje, una necesidad de cambiar de residencia, unas obligaciones laborales, u otras circunstancias que se nos pueden hacer más dolorosas y difíciles de sobrellevar que en ocasiones se nos vuelven traumas para el corazón. Son experiencias humanas de las que tenemos que trascendernos porque nos pueden estar hablando también de experiencias del espíritu, experiencias que como creyentes y cristianos podemos vivir.
Son los momentos de gracia que como cristianos podemos vivir cuando sentimos fuertemente la presencia del Señor en nuestro corazón y en nuestra vida que nos dan un sentido muy especial a nuestro vivir. Es el gozo y la alegría que siempre ha de cantar en el corazón del cristiano porque se sabe gozosamente amado y no pierde de vista de ninguna manera esa presencia del Señor en su vida, aunque puedan aparecer humanamente momentos duros por las pruebas o las dificultades que pasemos, por enfermedades o limitaciones que quizá tengamos que soportar, u otros momentos dolorosos de la vida.
Pero el cristiano no pierde nunca la alegría del Espíritu en su corazón. Se sabe amado y se sabe lleno del Espíritu del Señor. No tienen entonces que atormentarse ni buscar por si mismo momentos o situaciones de sufrimiento porque la alegría del Espíritu canta en su corazón. No es fácil en ocasiones, porque pueden ser muchas las tormentas que nos envuelvan, pero vivimos con seguridad, la seguridad y la confianza en el amor del Señor.
El evangelio hoy nos habla de ayunos y sacrificios que le reprochan los fariseos a los discípulos de Jesús porque no hacen. En el sentido con que lo Vivian los fariseos el ayunar era algo así como un luto, porque incluso externamente en su porte así habían de manifestarse cuando ayunaban. Y Jesús les dice que sus discípulos no necesitan de esas apariencias ni tienen que estar con esos duelos, porque los amigos del novio cuando están en la boda de su amigo lo han de vivir con gozo y alegría. Lejos entonces de los discípulos de Jesús los llantos y los lutos, porque están con Jesús. No olvidemos cuantas veces Jesús compara el Reino de Dios con un banquete de bodas. Y así tienen que estar viviendo, con ese sentido, los discípulos de Jesús el Reino de Dios al que Jesús le está invitando.
Así tenemos que vivir nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús. Vivimos el Reino nuevo de Dios y el banquete de bodas con todo su sentido de alegría y de fiesta es la nueva manera de nuestro vivir. Vistámonos el traje nuevo de fiesta que ha de vestir siempre el hombre nuevo del Reino de Dios.

domingo, 6 de mayo de 2018

La dicha de la amistad pero la felicidad plena a la que nos lleva el amor verdadero cuando amamos con una entrega sin limites a la manera de Jesús


La dicha de la amistad pero la felicidad plena a la que nos lleva el amor verdadero cuando amamos con una entrega sin limites a la manera de Jesús

Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

Creo que todos lo podemos pensar así, se siente feliz el que se siente amado. Ya sabemos de tantas angustias que producen las soledades; ya sabemos las amargas y silenciosas lágrimas del corazón cuando no son valorados, sino más bien postergados, no son tenidos en cuenta sino olvidados de todos. El sentir que alguien te tiene en cuenta, se fija en ti, ve posibilidades en tu vida hace brillar luces de esperanza en el corazón. Cuando positivamente somos amados no queremos que esa dicha que sentimos en el corazón se acabe nunca. Es la dicha de la amistad, es la profundidad que da a la vida el amor verdadero.
He dicho amistad y he dicho amor verdadero. Porque hablo del amor profundo que se hace entrega generosa y desinteresada que es el amor que no nos falla. Los intereses merman la intensidad del amor. Bien sabemos cuanto nos cuesta encontrar en la vida ese amor desinteresado y generoso; muchas experiencias tenemos de amores que se diluyen, de amistades que se truncan y acaban.
Porque el amor verdadero va mas allá de una simpatía, de una sintonía por determinadas cosas en las que podamos coincidir, de una cercanía porque entra en nuestros mismos círculos de vida, de un sentirnos a gusto porque nos agrada su carácter o su conversación, de un queremos porque nos sentimos correspondidos o nosotros queremos corresponder.
Así son muchas veces nuestros amores humanos, el fundamento de nuestras relaciones y simpatías, de nuestras amistades o del concurrir con personas afines a nosotros. Cuántas experiencias podemos tener de este tipo, y son cosas buenas también y que también hemos de cultivar, y que nos dan momentos agradables y donde saboreamos cierto gozo, pero sabemos que un amor verdadero nos tiene que llevar a mucho más.
Hoy Jesús nos está hablando de ese amor verdadero que no nos puede fallar. Así es el amor de Dios, el amor con que el Padre ama al Hijo y el amor con que el Hijo nos ama a nosotros y así tiene que ser ese amor. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Es un amor que va más allá de la amistad, aun con lo bonito que puede ser y es de hecho el amor de amistad. Porque el amor de Dios es un amor sin medida, porque no es un amor ‘romántico’ sino que es el amor de quien ama a todos, sean o no sean correspondidos, el amor a los que le aman y el amor a los que no le aman, un amor que va más allá de simpatías humana, es un amor generoso, desinteresado y universal; es un amor que llega hasta el sacrificio supremo.
Por eso nos dirá Jesús hoy que no hay amor mayor que el de aquel que da la vida por el amado. Y es lo que hizo Jesús. Y es el modelo que Jesús nos está poniendo para nuestro amor. Y ese es el amor que produce la alegría verdadera y plena, porque sabemos que no nos fallará nunca. Aquí sí que sabemos que somos tenidos en cuenta por Dios que ya nos creó grandes; así sabemos cuanto nos valora que nos ha elevado a una dignidad sobrenatural al hacernos sus hijos; así sabemos que a pesar de las negativas de nuestras respuestas seguiremos siempre siendo amados por Dios que se mostrará siempre compasivo y misericordioso con nosotros, porque es el padre amoroso que siempre nos está esperando.
Por eso nos dirá Jesús que permanezcamos en su amor, en ese amor. Y nos dice que nos hablado de esto para que permanezcamos para siempre en su alegría. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’. Y nos dirá que por eso, porque tenemos que sentirnos así amados de Dios El ha querido revelarnos todo esto.
Tenemos razones los cristianos para ser los hombres más felices del mundo, cuando así nos sentimos amados. Es cierto que en luego en el caminar de la vida nos encontraremos con muchas cosas que nos pueden producir dolor en el alma, pero en nosotros hay una esperanza que no nos falla que es el amor que Dios nos tiene. Y con la fuerza de ese amor podemos superar noches oscuras, podemos sortear los numerosos peligros que nos vamos encontrando en la vida, podemos comenzar a tener una mirada nueva sobre las cosas, pero sobre todo sobre las personas que nos rodean.
Y es que porque nos sentimos así amados de Dios nosotros comenzaremos a amar de la misma manera, y el amor nos hará tener una mirada nueva y distinta para ese mundo que nos rodea, pero sobre todo para esas personas con las que hacemos el camino. Y es que comenzaremos a amar con un sentido y estilo distinto. No podemos amar ya por simpatía, sino que tenemos que amar con un amor como el que nos tiene Jesús. Este es su mandamiento: ‘que os améis unos a otros como yo os he amado’.
Esos son los frutos que tenemos que dar en nuestra vida que para eso nos eligió con su amor. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’ nos dice. Ese es el mundo lleno de alegría y feliz que tenemos que construir. Esas son las nuevas relaciones que tenemos que mantener los unos con los otros. Ese es el Reino de Dios que nos anunció y en el que nos tenemos que sentir comprometidos para siempre.