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domingo, 12 de enero de 2025

Una tarea, una misión, un compromiso desde nuestro bautismo de seguir anudando los lazos del amor y la amistad, de mantener encendida la luz de la vida y la esperanza

 


Una tarea, una misión, un compromiso desde nuestro bautismo de seguir anudando los lazos del amor y la amistad, de mantener encendida la luz de la vida y la esperanza

Isaías 42, 1-4. 6-7; Salmo 28; Hechos de los Apóstoles 10, 34-38; Lucas 3, 15-16. 21-22

Donde hay un pequeño rescoldo tenemos que avivarlo para que crezca la llama y se encienda una luz, donde hay una pequeña señal de cercanía, de entendimiento o de encuentro tenemos que poner un lazo que una y acerque las partes para que no se produzca un roto mayor que produzca un desgarro, donde aflore tímidamente una sonrisa tenemos que hacer soplar vientos de alegría que haya comenzar el sentido de fiesta, donde comience a sonar aunque sea tímidamente una canción hemos de prestar prontamente nuestras voces y los instrumentos musicales que sean necesarios para provocar un encuentro coral, los rayos de esperanza no los podemos nublar, la suave luz que nos llegue de cualquier horizonte no la hemos de cubrir con oscuras cortinas.

Suenan muy bonitas estas palabras pero ¿será eso realmente lo que vamos haciendo en la vida? Nuestro mundo está roto y parece que nos empeñamos cada vez más en aumentar los abismos que nos dividen y nos separan; contemplemos los rostros de los que encontramos en el camino o incluso de aquellos que nos hablan prometiéndonos mil cosas y nos daremos cuenta que aparece demasiado rápido la crispación y la falsedad de quien tiene intereses ocultos y solo va buscando su lucimiento personal; muchas veces sentimos la tentación del desaliento porque los mejores brotes que puedan hacer florecer la armonía y el entendimiento que nos llevan a una convivencia de paz pareciera que quienes están empeñados en quemarlos y destruirlos. Nos contentamos con luces parpadeantes e ilusorias y no terminamos de dejarnos iluminar por la luz que es verdadera salvación para nuestro mundo.

Claro que no quiero con pesimismo y negatividad ser quien apague ese pequeño rescoldo que aún quede o ese sueño de esperanza que aún permanezca en nuestros corazones. No puede ser nunca esa la manera de actuar del que es seguidor de Jesús. Es la invitación que quiero escuchar, que nos va a ofrecer la celebración de esto domingo, ultimo día de la Navidad, en el Bautismo de Jesús en el Jordán.

Es a lo que nos ha invitado el profeta Isaías en el texto hoy escuchado. ‘Mirad a mi Siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará...’

 Contemplaremos en el evangelio a ese elegido de Dios en quien se complace y que viene lleno del Espíritu del Señor. Juan bautizaba en el Jordán, allí estaba él queriendo hacer que aquellas tierras yermas de desierto un día pudieran florecer; preparaba para el Señor que venía un pueblo bien dispuesto, como había sido anunciado; era él ahora la Voz que venía dar paso a la Palabra que plantaría su tienda entre nosotros para hacer de nosotros ese hombre nuevo, ese mundo nuevo.

Y allí a ese desierto, a ese mundo roto y dividido por el pecado que crea los peores abismos en los corazones había llegado también Jesús. Nos podría parecer que Dios tendría que quedarse en lo alto de los cielos para recibir gloria o tras las cortinas de humo de los inciensos de las ofrendas de los templos. Pero el Dios que ha venido a nosotros es Emmanuel, es Dios con nosotros, es Dios que planta su tienda entre nosotros, Dios que camina allí donde está el dolor y el sufrimiento, allí donde están los corazones rotos por los desánimos y desesperanzas, pero allí donde aún atisban unos buenos deseos de algo mejor. Allí está Jesús en la fila de quienes se sienten pecadores y quieren recibir como una señal de algo nuevo aquel bautismo de Juan.

Y estando Jesús en oración allí junto al agua del Jordán el cielo se abrió. Como nos dirá Juan en otro momento, él lo vio, vio bajar al Espíritu de Dios desde el cielo y todos pudieron escuchar aquellas palabras que lo señalaban como el Hijo amado, elegido y preferido del Padre del cielo. Se nos estaba señalando al que venía como alianza de los pueblos, como luz de las naciones, el que venía a tender esos lazos que nos unirían fuertemente en el amor, el que venía a avivar esos rescoldos que aun quedaban en nuestros corazón para encender la luz que iluminará a todas las naciones.

Es lo que nosotros en esta fiesta y celebración del Bautismo del Señor tenemos también que experimentar en nosotros. También percibiremos esa presencia del Espíritu Santo que viene sobre nosotros y escuchamos esa voz del cielo que en el día de nuestro bautismo también a nosotros nos hablo y nos señaló una misión, la misma misión de Jesús, se alianza y ser luz de las naciones y de los pueblos, ser alianza y ser luz allí donde estemos, en la familia, en el trabajo, con los vecinos con los que convivimos, con las demás personas que conformamos esta sociedad en la que estamos. Estamos llamados a ser esos lazos de unión, esa luz encendida para iluminar el camino de los otros, porque somos luz del mundo, porque somos sal de la tierra, como escucharemos a lo largo del evangelio.

No nos vale quejarnos de que el mundo está roto porque estamos llamados a recomponerlo; no podemos dejarnos envolver por la acritud y la violencia porque estamos llamados a ser instrumentos de paz; nos podemos dejarnos ensordecer por los tambores de la violencia y la acritud porque tenemos que hacer sonar la música maravillosa del amor; no podemos seguir arrastrándonos con nuestros desánimos y cansancios porque tenemos el Espíritu de fortaleza que nos impulsa cada día a poner signos de esperanza en nuestro mundo.

Es nuestra tarea, es nuestra misión de la que no podemos desentendernos, es un compromiso de vida nacido de nuestra fe en Jesús.

domingo, 27 de enero de 2019

Sigue siendo de algún modo Epifanía porque sigue manifestándose Jesús como el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu, que proclama la Buena Noticia del Año de Gracia del Señor


Sigue siendo de algún modo Epifanía porque sigue manifestándose Jesús como el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu, que proclama la Buena Noticia del Año de Gracia del Señor

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Sal 18; 1 Corintios 12, 12-30; Lucas 1,1-4; 4,14- 21
Todos habremos visto en más de una ocasión a gente llorando de emoción y de alegría. ¿Por qué llora esa mujer? nos preguntamos quizás cuando le hemos dado una buena noticia a alguien y se emociona tanto, y tanta es su alegría que prorrumpe en lágrimas como si le hubieran comunicado la mayor desgracia. Y es que no se llora solamente de tristeza o cuando lo pasamos mal por algún motivo, se llora también de alegría, de emoción.
Una buena noticia inesperada, el anuncio de un acontecimiento importante que quizás esperábamos pero que no terminaba de acontecer, la celebración gozosa de algo importante para nuestra vida que cala hondo en emoción en nosotros, nos hace prorrumpir en lágrimas. Algo grato, bueno, que nos llena de alegría y lo expresamos con nuestras lágrimas de emoción. Dejamos fluir nuestras lágrimas, sacamos a flote nuestras emociones, expresamos a través de estos signos los sentimientos más hondos de nuestra alma.
Algo así le estaba pasando al pueblo reunido cuando Nehemías convocó a la gente, levantando un estrado alto en medio de la plaza, para leerles el texto de la Ley, la Escritura Santa. habían pasado por momentos difíciles cuando se vieron lejos de su tierra, lejos del Templo del Señor, y lejos de su ciudad santa y sin poder escuchar la Ley del Señor. Ahora cuando están rehaciendo de nuevo sus vidas allí en medio de ellos y con toda solemnidad a pesar de su pobreza se proclama de nuevo la Palabra del Señor, y el pueblo se emociona y llora de alegría. ‘No hagáis duelo ni lloréis porque hoy es un dia consagrado al Señor… No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’. Y les invita a hacer fiesta, expresado también en los banquetes de fiesta que han de celebrar.
Era la alegría por el reencuentro con la Palabra del Señor, que nos tendría que hacer pensar a nosotros si en verdad sentimos ese mismo gozo y esa misma alegría cuando se nos proclama la Palabra del Señor. Miremos nuestras caras cuando cada domingo o cada día acudimos a la celebración del Señor; miremos nuestras caras cuando se nos está haciendo la proclamación de la Palabra de Dios y tenemos que reconocer que muchas veces más que alegría mostramos aburrimiento y que nuestras mentes en esos momentos están en otro lugar.
Mucho tendría que hacernos pensar esta Palabra que hoy se nos está proclamando y cuáles son nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra atención mientras se nos hace la proclamación. Hablamos con el que está a nuestro lado mientras nos habla el Señor por medio de su Palabra, no nos importa llegar tarde y quizá mientras se están haciendo las lecturas nosotros vamos visitando todo los altares de nuestra devoción haciendo caso omiso a lo que se  nos está proclamando y acaso siendo también motivo de distracción para el resto de personas que están en el templo.
Pero este texto que estamos comentando nos sirve hoy de introducción, por así decirlo, al texto del evangelio que se nos ha proclamado. Jesús, después de haber recorrido ya muchos pueblos y aldeas de Galilea haciendo los primeros anuncios del Reino, llega a su pueblo de Nazaret y el sábado va a la sinagoga al momento de la oración. Es invitado o El se ofrece a proclamar el texto del profeta y hacer su comentario, pues el encargado de la Sinagoga podía invitar a alguien a que hiciese esa proclamación y comentario; Jesús venía ya con la fama de su predicación por distintos lugares y siendo un hijo de aquel pueblo es invitado a hacerlo.
El texto escogido para su proclamación es del profeta Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor’. Todos en la sinagoga tenían fijos los ojos en Él, nos dice el evangelista, esperando sus palabras, su comentario.  ‘Y él se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’.
El comentario es breve y muy concreto. Lo anunciado allí se cumplía. Allí estaba el Ungido del Señor. Y aunque empleamos la palabra en castellano, venía a decirles que allí está el Mesías del Señor. El ungido del Señor era el Mesías; y allí se estaba señalando su misión. Enviado para anunciar una Buena Noticia.
¿Cuál era esa Buena Noticia, ese Evangelio que se estaba anunciando? Llegaba el dia de la liberación, de la salvación. Una buena noticia que tenía que llenar de alegría a los pobres, a los oprimidos y esclavizados, a los ciegos y a cuantos estaban llenos de ataduras en su cuerpo o en su espíritu. Era el momento del perdón, de la gracia, de la amnistía. era el momento de estrenar una nueva libertad, una nueva vida liberada de toda atadura. Era el día del Señor, el año de gracia del Señor.
Era la misión de Jesús, lo que a través de signos y señales iría realizando en su caminar aquellos caminos de Palestina; era el anuncio de gracia, el anuncio del Reino de Dios que comenzaba y que había que creer. Era el momento de la Salvación en que se iba a establecer una nueva Alianza que será sellada no ya con la sangre de los toros y de los machos cabríos sino en la Sangre del Cordero, en la Sangre de Cristo derramada por nosotros para traernos la vida y la salvación.
Aunque litúrgicamente estamos desde hace dos semanas en el tiempo llamado Ordinario, podemos decir que sigue siendo Epifanía, porque sigue manifestándose solemnemente Jesús, el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu del Señor, el que venía a proclamar al Año de Gracia del Señor.
Recogiendo la imagen que comentábamos al principio nos tenemos que preguntar con qué alegría nosotros estamos recibiendo esta Buena Noticia. ¿Lloraremos de alegría y haremos fiesta porque se nos anuncia esta Buena Noticia? Y aquí tenemos que concluir con qué actitudes nuevas nosotros tenemos que disponernos siempre a escuchar la Palabra de Dios.

martes, 25 de abril de 2017

La Buena Noticia es Jesús, el Mesías y Salvador, el Hijo de Dios, rostro compasivo y misericordioso de Dios

La Buena Noticia es Jesús, el Mesías y Salvador, el Hijo de Dios, rostro compasivo y misericordioso de Dios

1Pedro 5,5b-14; Sal 88; Marcos 16,15-20
‘ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación… Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban’. Es el mandato de Jesús que nos recoge Marcos al final de su evangelio. ¿Cuál es ese evangelio que han de anunciar, que hemos de anunciar a toda la creación? Al principio de su relato había comenzado escribiendo Marcos: ‘Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios’.
La Buena Noticia es Jesús; la Buena Noticia es que Jesús es el Ungido de Dios, el Mesías; la Buena Noticia es que Jesús es el Hijo de Dios. La Buena Noticia no son ni parábolas ni milagros, hechos asombrosos o extraordinarios o que las gentes siguieran a Jesús, lo buscaran o quisieran escucharle. Se nos narran todas esas cosas para anunciarnos a Jesús, para anunciarnos que Jesús es el Hijo de Dios; no es decirnos que sea un hombre extraordinario o que las gentes estuvieran asombradas con El. A quien tenemos que anunciar es a Jesús.
Creo que este podría ser el primer mensaje que nos ha de llegar en esta fiesta de san Marcos evangelista que hoy celebramos. Ya el apelativo que le damos a san Marcos nos lo esta diciendo, evangelista, el que anuncia el evangelio, el que nos ha trasmitido el segundo evangelio. Este fue su deseo cuando nos lo relata, cuando nos lo presenta como ya hemos expresado.
Es el mensaje que recibimos y el mensaje que hemos de trasmitir. Con claridad y contundencia. Aunque no nos lo quieran oír. Tenemos que saber presentarlo. Ya sabemos de cuantas maneras la gente ve a Jesús o quiere verlo. Para muchos se queda en un personaje maravillo como hay quien lo ve como un revolucionario; un personaje de la historia pero que lo ven como algo del pasado, de otro tiempo; como también muchas veces quizás nosotros los cristianos lo hemos presentado, olvidándonos de lo esencial. Y no podemos andar con confusiones. Igual que entonces algunos se habían hecho una imagen muy particular de lo que había de ser el Mesías, nos puede seguir sucediendo ahora. Vayamos a lo que es el centro y el meollo del evangelio.
Claro que ese anuncio de nuestra fe lo hemos de hacer con las actitudes nuevas de nuestra vida que muestren ese reconocimiento de que Jesús es el Hijo de Dios. Y es que desde esa fe nuestra vida tiene que ser distinta, nuestro reconocimiento lo hemos de hacer por las obras, por el amor, por esa nueva forma de vivir que hemos de tener quienes sentimos esa salvación en nuestra vida. Las obras de la oscuridad y de las tinieblas no tienen que aparecer ya de ninguna manera en nosotros. Jesús nos ha liberado de nuestros pecados y ahora con una nueva vida resplandeciente de santidad tenemos que presentarnos ante nuestro mundo. Todo lo que sea pecado, y pecado es todo lo que nos aleja de Dios, tenemos que alejarlo de nosotros, de nuestra vida.
Se confirmaba con señales la Buena Noticia que anunciaban, nos dice hoy Marcos. Con señales de compromiso por el bien, de lucha por la justicia, de búsqueda de la verdad, de vivir en el amor tenemos que manifestarnos ante el mundo para confirmar ese anuncio que estamos haciendo. Envueltos en la misericordia divina que nos ha salvado con su amor vamos nosotros también llevando misericordia al mundo que nos rodea.
Cuanto falta hace que envolvamos de misericordia nuestro mundo. Esa misericordia que manifestamos con los pecadores, esa misericordia con que nos acercamos a los que sufren, esa misericordia que nos hace compasivos con los que yerran en la vida, esa misericordia que nos hace acoger a todos en lo mas profundo del corazón, esa misericordia que siempre se hace perdón para los que hacen el mal o los que nos han ofendido, esa misericordia que llena de ternura nuestra vida y vamos a sanar a los que sufren las amarguras del dolor.
Proclamemos de verdad que creemos en Jesús, el Mesías y Salvador, el Hijo de Dios, que nos manifiesta en todo momento el rostro compasivo y misericordioso de Dios.

sábado, 10 de enero de 2015

Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe

Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe


‘Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe’. Así terminaba el texto de la carta de san Juan que nos propone hoy la liturgia. Nos daría para meditar muchas cosas. Nos abriría a una fe más firme y más confiada.
¿Creemos o no creemos en el Señor, nuestro Dios? ¿Creemos o no creemos en su Palabra que tiene cumplimiento fiel? Nos da que pensar. Creemos en Dios y en su presencia permanente junto a nosotros, en nosotros. Creemos en Dios y creemos en su palabra de amor. Creemos en Dios y nos sentimos amados del Señor. ¿Por qué perder la paz en las turbulencias de la vida? Cuesta, pero es a lo que tenemos que llegar.
Nos vemos pequeños, ensombrecidos por nuestro pecado, como tantas veces decimos en los salmos, parece que nos cercan por todos lados. Pero viene el Señor y como nos dice hoy en el evangelio, viene con una buena noticia de salvación para nosotros, para nuestra vida; y tenemos que pensar en nuestra vida en concreto con sus limitaciones, con sus pecados, con sus turbulencias, con sus agobios. Y El viene nos trae la Buena Noticia de la paz. Tengamos fe en su Palabra.
‘El Espíritu del Señor está sobre mi, porque El me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor’.
Es el texto de Isaías que Jesús proclama en la sinagoga de Nazaret. Y nos dice el evangelista que cuando terminó de proclamar la Palabra todo su comentario fue decir: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. No dijo más.
Las gentes de Nazaret no terminaban de comprender sus palabras ni terminaban de creérselas. Más tarde incluso se volverán contra Jesús. Pero, nosotros, yo, piense cada uno de forma concreta en si mismo,  ¿nos creemos, me creo estas Palabras de Jesús?
Dame fe, Señor, porque contigo tendré la victoria. Que no decaiga mi fe. Que yo vea tu salvación. Que experimente en mi vida la fuerza de tu amor.

jueves, 20 de febrero de 2014

Tratemos de confessar con hondo sentido nuestra fe en Jesus como el Ungido de Dios y nuestro Salvador



Tratemos de confesar con hondo sentido nuestra fe en Jesús como el Ungido de Dios y nuestro Salvador

Sant. 2, 1-9, Sal. 33; Mc. 8, 27-33
‘¿Quién dice la gente que soy yo?... y vosotros, ¿Quién decís que soy?’ En esta ocasión están casi fuera de las tierras de la Palestina judía; en los alrededores de Cesarea de Filipo, cerca de las fuentes del Jordán.
Es una ocasión propicia ahora que no están tan rodeados de gentes que acuden de todas partes hasta Jesús, para estando a solas con los discípulos mas cercanos entrar en un momento de confidencias, por así decirlo, y de una conversación de mayor intimidad. Y surgen las preguntas sobre lo que la gente piensa de Jesús y los mismos discípulos. Ya hemos ido escuchando a lo largo del evangelio las distintas reacciones de la gente ante la presencia de Jesús y lo que van manifestando.
Lo que ahora responden los discípulos no difiere de lo que ya san marcos nos había contando de los rumores y de la fama de Jesús que le había llegado a Herodes cuando nos narró la muerte del Bautista. Es lo que ahora responden los discípulos. ‘Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas’. Piensan en alguien del pasado, pues Juan Bautista ya ha muerto, Elías había sido arrebatado al cielo aunque ellos esperaban su vuelta, y de los profetas en que pensaban eran los antiguos.
Por eso insiste Jesús en aquellos que están mas cerca de El, qué es lo que piensan. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Y es Pedro el que se adelanta. ‘Tú eres el Mesías’, el Ungido de Dios. Pero ‘El les prohibió terminantemente decírselo a nadie’.
Pedro lo había reconocido. Como se nos relatará en el pasaje paralelo de Mateo, Jesús le dice que ‘eso no se lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino el Padre del Cielo’. Pero las gentes tenían su idea de lo que había de ser el Mesías y ese no era el sentido de Jesús.  La salvación que Jesús nos viene a ofrecer es algo mucho más hondo que la liberación de potencias extranjeras, porque la liberación y la salvación tiene que ser más profunda, más en el interior del corazón del hombre, aunque luego habrá de manifestarse en la forma de vivir.
Y ahora Jesús, en este momento de mayor intimidad con sus discípulos comenzará a explicarles cual es el sentido de su mesianismo y todo lo que le va a suceder. Será el Mesías, porque es el Ungido del Espíritu, como ya manifestara en la sinagoga de Nazaret, pero ha de pasar por la pasión, ha de pasar por la Pascua, como el Cordero que se inmolaba como un signo cada Pascua.
‘Y empezó a instruirlos, nos dice el Evangelista: El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días’. Les habla de su pasión, pero ellos no terminarán de entender. ‘Se los explicaba con toda claridad. Y Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo’. Eso no le podía pasar al Maestro; como diría más tarde allí estaba él para defenderlo si hiciera falta y hasta morir por Él,  aunque ya sabemos cuánto le duró la promesa. Ahora Jesús le dirá que lo está tentando, que se aparte de El. ‘¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!’
Y nosotros, ¿cómo pensamos? ¿Cuál es la idea que tenemos en la cabeza o tenemos en el corazón? ¿Cómo miramos a Jesús? Si antes decíamos que la gente de su tiempo pensaba en Jesús como de un personaje del pasado, también en nuestro tiempo, como ha sucedido a lo largo de todos los tiempos, hay diversas maneras de ver a Jesús. Para muchos se queda en eso, en un personaje del pasado, un personaje histórico quizá pero no llegan a descubrir la verdadera trascendencia de Jesús.
Pero no nos quedemos en lo que otros piensan, sino que nosotros tratemos de confesar con hondo sentido nuestra fe en Jesús. Sí, es el Ungido de Dios, porque es el Hijo de Dios y es nuestro Salvador. Es el rostro misericordioso de Dios que en su entrega hasta la muerte nos está manifestando cuánto es el amor que Dios nos tiene y ahí nos está descubriendo un sentido para nuestra vida. Nuestra fe en Jesús no se queda en pensar en alguien del pasado que incluso hiciera cosas grandes por nosotros.
Nuestra fe en Jesús tiene que llegar a descubrirle presente en nuestra vida y cómo nos llena de su gracia para hacernos vivir una vida nueva, la vida de los hijos de Dios. Que crezca más y más nuestra fe en Jesús; que contemplemos su Pascua que es su entrega de amor. Que no temamos seguir su camino, aunque para nosotros haya pascua también muchas veces en nuestra vida, porque tengamos que pasar también por la pasión y la muerte, pero sabemos que para nosotros es la resurrección, es la vida nueva, es la gracia que nos hace hijos de Dios.

martes, 4 de septiembre de 2012

Ungido del Espíritu para anunciar a los cautivos la libertad libera al hombre del espíritu inmundo

Ungido del Espíritu para anunciar a los cautivos la libertad libera al hombre del espíritu inmundo

1Cor. 2, 10-16; Sal. 144; Lc. 4, 31-37

‘Noticias de Jesús iban llegando a todos los lugares de la comarca’. Así concluye el texto del evangelio que nos ofrece hoy la liturgia. Ungido por el Espíritu había sido enviado para anunciar la Buena Noticia a los pobres, escuchábamos ayer en el texto de Isaías que Jesús proclamaba en la Sinagoga de Nazaret. Hoy, como continuación de aquel momento, le vemos en Cafarnaún enseñando en la sinagoga, pero realizando también los signos de salvación que estaban anunciados. Enseña en la sinagoga, pero su noticia, su Buena Noticia, llega a todas partes. ‘El Espíritu del Señor está sobre mi, porque El me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres…’ escuchábamos ayer como un programa.

Pero allá, en aquella profecía de Isaías se nos habla también de las señales con que se va a manifestar que llega la salvación, el año de gracia del Señor. Había sido enviado ‘para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista… para dar libertad a los oprimidos’. El mal ha de ser vencido y quiere arrancarnos de las garras de la esclavitud del mal. ‘Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo…’ y Jesús lo liberará de él. Es la señal de la liberación que Jesús quiere realizar en nuestra vida. Es su salvación en que nos libera del mal y del pecado. Es el año de gracia del Señor.

En Nazaret las gentes no habían entendido las palabras de Jesús que proclamaba que todo eso se estaba realizando, cumpliendo. Por eso rechazaron a Jesús a pesar de la admiración y orgullo que en principio habían sentido por El. No habían creído y hasta trataron de despeñarlo por un barranco. Ahora en Cafarnaún la gente se alegra. Estaban asombrados de cuanto sucedía. Jesús con autoridad había expulsado al demonio de aquel hombre. Y una señal de que lo estaban aceptando es que esa buena noticia se va a propagar por toda la comarca, todos van a conocer lo que Jesús está realizando.

Los espíritus inmundos aunque se resisten a la acción de Jesús al final quedarán vencidos y derrotados. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios’. Terminan reconociendo a Jesús. Con la presencia de Jesús el mal está siendo derrotado. Los demonios reconocen que con Jesús tienen asegura su derrota.

Es el mal del que Jesús quiere liberarnos a nosotros. Nos esclavizamos con el pecado, pero Jesús viene a traernos la libertad. Aunque algunas veces no lo queramos reconocer el pecado es la peor esclavitud. Así nos confunde el maligno. Con el perdón que Jesús nos ofrece la victoria está asegurada. Tenemos que reconocer también nosotros esa acción de Dios. Con Jesús tenemos la certeza de que podemos vencer la tentación y al maligno. Pero tenemos que estar unidos a Jesús.

En ocasiones nos parece que nos sentimos tan débiles que nos parece que no podemos superar la tentación. Pero, ¿no será porque de alguna manera nosotros hemos abandonado a Jesús? Queremos actuar por nuestra cuenta y con nuestras fuerzas, pero es con Jesús con quien tenemos que contar, quien nos va a dar la victoria sobre el mal y el pecado. Esas señales de victoria se pueden seguir dando en nosotros, se siguen realizando en nosotros con la gracia del Señor. Confiemos en Jesús, pongamos toda nuestra confianza en El. Jesús nos trae la gracia y el perdón.

Que ese momento en el que al comenzar nuestra celebración nos reconocemos pecadores para invocar la misericordia del Señor lo hagamos siempre con todo sentido y profundidad. No puede ser un momento ritual vacío y realizado simplemente porque siempre tenemos que comenzar así nuestra celebración. Sintamos en verdad la esclavitud del pecado y la tentación que pesa sobre nosotros y reconozcamos lo grande que es la misericordia del Señor. Y como decimos de ese momento del principio de la Eucaristía de la misma manera esos otros momentos en que a través de la celebración una y otra vez pedimos al Señor que tenga piedad de nosotros. Es invocar al Señor para que venga con su gracia a nuestra vida.

viernes, 1 de junio de 2012


Tenemos un Sumo Sacerdote grande que ha atravesado los cielos, Cristo Jesús

Is. 52, 23-53, 12; Sal. 39; Hebreos, 10, 12-23; Lc. 22, 14-20
‘A ti, Jesús, te alaban las naciones; que a tu reino nos llevas, y en ti cobra esperanza nuestra súplica, único mediador de cielo y tierra… Ungido por el Padre, Jesucristo, eterno Sacerdote, reconcilias al cielo con la tierra, los hombres y los ángeles te adoren… cantan tu gloria, Cristo sacerdote, los cielos y la tierra; a  ti que por amor te hiciste hombre y al Padre como víctima te ofrendas…’
Es parte de los himnos con que la liturgia canta a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que hoy celebra la Iglesia. Único mediador de cielo y tierra, Ungido por el Padre eterno Sacerdote. Así contemplamos hoy a Jesucristo.
‘Mantengamos la confesión de nuestra fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo’, nos invita la carta a los Hebreos. ¿Cuál es la función del sacerdote? Como nos señala la misma carta ‘está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados…’
Cristo Jesús, uno como nosotros porque es verdaderamente hombre, está como único Mediador, como Sacerdote eterna que ha ofrecido el sacrificio definitivo de la nueva Alianza con el valor infinito de su Sangre porque es al mismo tiempo verdadero Hijo de Dios. ‘Se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote’. Para gloria de Dios Jesucristo fue constituido Sacerdote, en bien del género humano para hacernos llegar su salvación el Hijo único de Dios  es Sumo y Eterno Sacerdote.
El ha ofrecido el sacrificio definitivo de la Nueva y Eterna Alianza sellada con su Sangre, que nosotros actualizamos cada vez que celebramos la Eucaristía. Así es el Sacerdote pero también es la Víctima porque a sí mismo se ofrece y su propio cuerpo es el Altar del Sacrificio. 
Por eso cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, unimos en nuestra celebración a aquellos que participan del Sacerdocio de Cristo en el sacerdocio ministerial, para dispensar la gracia de esos misterios santos en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos.
Hoy es, pues, una fiesta del Sacerdocio de Cristo, de todos los bautizados que participamos de su sacerdocio porque con Cristo hemos sido hechos sacerdotes, profetas y reyes por la unción del Espíritu, pero de manera especial de los sacerdotes que participan del sacerdocio ministerial en el Orden Sagrado. Por eso en la oración litúrgica pedimos que ‘conceda a quienes El eligió para ministros y dispensadores de los misterios santos la gracia de ser fieles en el cumplimiento del ministerio recibido’.
Un día que los sacerdotes vivimos de manera especial recordando y dando gracias a Dios por el don recibido al ser llamados y elegidos del Señor para este ministerio aunque no seamos merecedores de ello; un día que se convierte también en llamada a nuestro corazón para que generosamente respondamos a esa gracia del Señor y luchemos para ser cada día más santos para que dignamente ejerzamos este ministerio.
Pero es un día también en que la comunidad cristiana ha de tener en cuenta a sus sacerdotes en su oración. Para la gloria del Señor y en bien de la Iglesia, de la comunidad cristiana queremos responder a esa sublime llamada del Señor, pero necesitamos contar con el auxilio y la gracia de Dios. Es por eso que la comunidad cristiana tiene que estar con sus sacerdotes y rezar por ellos.
El Sacerdote no es un dirigente más como pueda haber tantos dirigentes en el ámbito de la vida civil. El sacerdote ha recibido una misión del Señor y participa de la misión de Cristo Buen Pastor. Y para ejercer esa misión de pastor ha de contar con la gracia del Señor. Por eso el pueblo cristiano tiene que orar por los sacerdotes para que sean fieles a su ministerio con una vida santa. Y han de orar también por las vocaciones para que sean muchos los llamados del Señor que respondan a esa invitación de gracia. 

jueves, 2 de febrero de 2012


De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis

Mal. 3, 1-4;
 Sal. 23;
 Heb. 2, 14-18;
 Lc. 2, 22-40

Desde que celebramos la Navidad podríamos decir que todo ha sido una progresiva manifestación de Jesús, aunque en las celebraciones no se haya tenido un orden cronológico total, hasta esta fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo que hoy cuarenta días después estamos celebrando.
Los ángeles anunciaron a los pastores que en Belén de Judá les había nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Las esperanzas eran cumplidas y el Mesías que tanto había esperado y deseado el pueblo judío estaba ya entre ellos.
Los Magos de Oriente vienen buscando al Rey en el recién nacido que van a encontrar también en Belén dejándose conducir por la estrella aparecida en el cielo y por las Escrituras que así señalan el lugar. Era como un singo de que el que venía a traer la salvación para todos los hombres era anunciado por medio de la estrella como salvador no sólo para los judíos sino también para todos los pueblos.
El Bautista lo señalará como el Cordero de Dios que viene a inmolarse para quitar el pecado del mundo, aunque antes él mismo había escuchado la voz del cielo que señalaba a Jesús, al salir de las aguas del Jordán en su bautismo, como el Hijo amado de Dios. Es el Cordero de Dios que se inmola y es el Hijo amado del Padre que es Enmanuel, Dios en medio de nosotros a quien habíamos de escuchar.
Se presentará Jesús en Nazaret como el Ungido por el Espíritu que viene a anunciar la Buena Noticia, el Evangelio a los pobres, y así le vemos en los primeros momentos de su predicación, como lo hemos seguido en estos domingos anteriores, anunciando el Reino de Dios e invitando a la conversión para creer en esa Buena Noticia del Evangelio.
Hoy, cuarenta días después del nacimiento en fecha cronológica, le contemplamos entrar en el templo como Sacerdote que va a hacer la Ofrenda en la presentación ritual de todo primogénito varón que había de ser ofrecido al Señor. ‘De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la Alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar…’ que anunciaba el profeta Malaquías.
‘Cuando llegó el tiempo… según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: todo primogénito varón será consagrado al Señor…’ Ya hemos escuchado lo que allí sucedió y es como la presentación al pueblo creyente, significado en aquel rito de la Presentación y Ofrenda y también en aquellos ancianos que le acogen como Salvador bendiciendo a Dios.
Como en otro lugar de la carta a los Hebreos se señala que el grito de Cristo al entrar en el mundo fue ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, ahí está cumpliendo con la ley, pero haciendo la Ofrenda de sí mismo al Padre que habría de consumarse en lo alto de la Cruz.
Hemos venido, pues, contemplando al Mesías Salvador, al Rey y al Señor, al Ungido por el Espíritu que, cual profeta, nos anuncia el mensaje del Reino, y al Sacerdote y Pontífice que hará la ofrenda suprema del Sacrificio de la Alianza nueva y eterna para nuestra salvación y nuestra redención. ‘Muriendo aniquiló al que tenía el poder de la muerte y liberó a todos los que pasaban la vida entera como esclavos…’ nos decía la carta a los Hebreos.
‘¡Portones, alzad los dinteles! Que se abran las antiguas compuertas… va a entrar el Rey de la gloria…’ aclamábamos en el salmo. Es el Pontífice compasivo y fiel que expió los pecados del pueblo, como nos enseña igualmente la carta a los Hebreos. Es el deseado de los pueblos, el esperado de las naciones, el que con gran esperanza esperaba el pueblo creyente, representado en el anciano Simeón al que contemplamos en el templo bendiciendo a Dios porque sus ojos han visto al Salvador presentado a todos los pueblos, al que es luz para alumbrar a las naciones y al que es la gloria del pueblo creyente.
Es lo que hoy estamos celebrando cuando también nosotros hemos tomado luces encendidas en nuestras manos para comenzar nuestra liturgia queriendo presentarnos con corazón puro y alma limpia al Señor y hacer así también ofrenda de nuestra vida al Señor. Lema de todo creyente es hacer que todo en su vida sea para la gloria de Dios, y así nosotros queremos presentarnos ante el Señor llevando esa luces signo de las obras de nuestro amor con el que queremos dar gloria a Dios. Cuando bendeciamos estas luces pedíamos al Señor que nos concediera la gracia de caminar por las sendas del bien para que pudiéramos llegar a la luz eterna.
Todo esto queremos hacerlo de la mano de María, nuestra Madre. Ahí en estos momentos del misterio de Cristo que estamos recordando contemplamos siempre a María, la que con su Sí supo hacer esa ofrenda de su voluntad y su vida al Señor. Que de María aprendamos; que María nos alcance esa gracia del Señor; que con María mantengamos siempre encendida esa lámpara de la fe y del amor en nuestra vida.
Más aún, cuando nosotros hoy celebramos a María invocándola como María de Candelaria, nuestra Madre y nuestra Patrona. En las manos de María contemplamos la luz que ella, la primera evangelizadora, vino a traer a nuestra tierra canaria. Con razón, pues, la llamamos portadora de la luz, la que lleva la candela, la Candelaria, porque nos trae la luz, porque siempre nos trae a Cristo y a Cristo  nos conduce.
Amemos a María que es nuestra Madre bendita del cielo. Empapémonos de su amor de madre que nos enseña lo que es el verdadero amor, porque nos enseñará siempre a amar como Jesús. Tengamos siempre presente en nuestra vida a María, porque teniéndola a ella con nosotros seguro que no nos apartaremos de Jesús. ‘Ruega por nosotros, santa Madre de Dios, ahora y en la hora de nuestra muerte’, para que nunca nos apartemos del camino de Jesús. Somos pecadores y nos sentimos muchas veces tentados por el pecado, pero teniendo a María a nuestro lado ella nos enseñará y alcanzará la gracia de sabernos apartar de la tentación, de apartarnos del pecado para mantenernos siempre en la gracia y en la santidad de Dios.
Que María de Candelaria, como madre nos proteja y nos acompañe en el camino de nuestra fe y de nuestro amor.

domingo, 8 de enero de 2012

El bautismo de Jesús en el Jordán nos manifiesta su identidad más profunda: es el Hijo de Dios

Is. 42, 1-4.6-7;
 Sal. 28;
 Hechos, 10, 34-38;
 Mc. 1, 7-11
‘Llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán’. Hoy es la fiesta del Bautismo del Señor que viene a ser como el broche de oro de todas las celebraciones en las que nos hemos visto envueltos y que hemos vivido en la Navidad y en la Epifanía del Señor. Culminan todas nuestras celebraciones navideñas y no sólo porque se pone punto y final para iniciar ya mañana el tiempo Ordinario que media hasta que iniciemos la Cuaresma, sino porque la fiesta de este día nos viene a manifestar la identidad profunda de Jesús y su misión.
La liturgia de estos días nos ha venido ayudando a celebrar y a conocer hondamente todo el misterio de Dios manifestado en aquel Niño nacido en Belén. Jesús, el anunciado por los profetas y deseado por todos los pueblos, el que venía a salvar a su pueblo porque nos traería el perdón de los pecados como su mismo nombre indica, pero es que hoy se va a manifestar el Espiritu de Dios sobre El y además desde el cielo vamos a oir la voz de Dios señalándolo como su Hijo amado y predilecto.
Es la maravilla y la revelación profunda que hoy escuchamos allá en la orilla del Jordán. Se había sometido a aquel bautismo de agua del bautista para purificar a los pecadores, porque, aunque en El no había pecado, sobre sí había cargado con los pecados de todos.
El sumergirse en aquel bautismo era un signo del Bautismo que El había de pasar en su pascua, en su pasión, cargando con nuestros pecados para obtenernos el perdón y la salvación. Recordemos cómo les decía a los Zebedeos si ellos podían beber el cáliz que El habia de beber, bautizarse en el bautismo en el que El había de bautizarse, haciendo referencia a su pasión y a su muerte redentora en la cruz.
Pero Juan había anunciado un nuevo bautismo en el Espíritu. ‘Yo os he bautizado con agua, pero El os bautizará con Espíritu Santo’. Allí se iba a manifestar el Espíritu Santo sobre Jesús. ‘Apenas salió del agua vio rasgarse el cielo y al Espíritu Santo bajar sobre El como una paloma’, nos dice el evangelista.
‘El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido…’ había dicho el profeta, como el mismo Jesús recordaría en la Sinagoga de Nazaret. Y allí se estaba manifestando para señalar a quien estaba lleno de Dios porque era el Hijo de Dios. La voz que se iba a oír desde el cielo así lo señalaría. ‘Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto’, era la voz del Padre que lo proclamaba y lo señalaba.
Algo grandioso estaba sucediendo allá en la orilla del Jordán. Era una teofanía, una gran manifestación de la gloria del Señor. Allí estaba todo el misterio de la Santisima Trinidad de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Allí se estaba revelando Dios. Allí podíamos conocer ya para siempre que aquel Jesús que había venido de Nazaret, el hijo de María nacido en Belén, el hijo del carpintero como lo conocían todos era verdaderamente el Hijo de Dios. Es ‘el ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien’, que proclamaría Pedro como nos cuentan los Hechos de los Apóstoles.
Hemos contemplado los resplandores del cielo en las celebraciones de la navidad; hemos contemplado a los ángeles cantando la gloria del Señor y anunciando a los pastores que nos habia nacido un salvador; habíamos contemplado la estrella que había guiado a los Magos hasta Belén para ofrecer oro, incienso y mirra al recién nacido rey de los judíos en brazos de María; hoy lo contemplamos como el verdadero Hijo de Dios, Verbo de Dios, Palabra de Dios que ha plantado su tienda entre nosotros para encarnarse, para tomar nuestra naturaleza humana siendo verdadero hombre pero siendo también verdadero Dios.
Como diremos en el prefacio de la Eucaristía de hoy, dándole gracias al Señor ‘hiciste descender tu voz desde el cielo para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros; y por medio del Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en El al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres…’
Claro que ante tanta maravilla que se nos manifiesta no podemos hacer otra cosa que alabar y bendecir al Señor, darle gracias por tanto misterio de amor que nos manifiesta y por tanta grandeza de la que nos hace partícipes cuando así se nos revela y cuando así quiere estar en medio de nosotros.
Pero nos está diciendo algo más. Por la fe que tenemos en Jesús a El nos unimos para hacernos participes de su misma vida, de su gracia salvadora que a nosotros nos eleva. En un nuevo Bautismo nosotros hemos sido bautizados. No es ya el bautismo penitencial de Juan el que nosotros hemos recibido, sino el bautismo en el Espíritu como Jesús. Es el agua que nos santifica y nos llena de vida; es el agua que por la fuerza del Espíritu nos sumerge también en la pasión redentora de Cristo, en su muerte y en su resurrección. Es un nacer de nuevo, um renacer como le dirá a Nicodemo. ‘Quien no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios’. 
‘En el Bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos para manifestar el misterio del nuevo bautismo’. El misterio del nuevo bautismo que a nosotros también nos hace hijos porque hemos renacido en el agua y el Espíritu a una nueva vida, a la vida de los hijos de Dios.
También nosotros podemos escuchar allá en lo más hondo del corazón esa voz que nos llama hijos. ‘Tú eres mi hijo amado’, nos dice a nosotros Dios; amados y predilectos del Señor. ‘Mirad que amor nos tiene el Padre para llamarnos hijos de Dios, que decía san Juan en sus cartas, pues ¡lo somos!’, que nos gritaba.
Qué gozo más grande podemos sentir en el alma cuando así nos sentimos amados de Dios. Una alegría y un gozo grande en el alma que se desborda. Es el gozo y la alegría de la fe que un cristiano tiene siempre que manifestar. Por eso, somos las personas más alegres del mundo. Tenemos que serlo sin remedio. No caben en nosotros las tristezas y los agobios cuando así nos sentimos amados de Dios. Y esto tenemos que trasmitirlo; tenemos que contagiarlo.
Aquí venimos a la Eucaristía a celebrar nuestra fe, a alimentarnos de la gracia del Señor. Cristo es nuestro alimento, nuestra gracia y nuestra fuerza. A El le comemos en la Eucaristía porque así ha querido ser nuestro alimento. Que ‘alimentados con estos dones santos, como pedimos en una de las oraciones litúrgicas, escuchemos con fe las palabras de tu Hijo para que podamos llamarnos y ser en verdad hijos tuyos’. Lo pedimos, pero es también nuestro compromiso. 

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Jesús se nos manifiesta y da a conocer por sus obras


Is. 45, 6-8.18.21-26;

Sal. 84;

Lc. 7, 19-23

¿Tendría dudas Juan allá desde la cárcel? Cuando estamos pasando por situaciones duras y difíciles incluso aquello que nos parecía tener más claro se nos vuelve oscuro y nos hace que nos entren las dudas. Nos pasa muchas veces en la vida. Podía pasarle a Juan. Herodes, a instigación de su mujer Herodías, lo había metido en la cárcel. Desde allí envía la embajada de sus propios discípulos a Jesús.

El había venido a preparar los caminos del Señor y era la voz que gritaba en el desierto. Había visto bajar al Espíritu sobre Jesús cuando el bautismo allá en la orilla del Jordán. Lo había señalado a sus propios discípulos, que luego se irían con Jesús, como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ahora envía a preguntar. ‘¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?’

Es la pregunta que en cierto modo se va repitiendo en el evangelio, en los cuatro evangelios. Es la pregunta de toda la humanidad inquieta y que se interroga por Jesús cuando contempla cosas extraordinarias, o cuando contempla testigos. Bendita pregunta si lleva a alguien a buscar a Jesús y querer conocerle, porque está entrando en camino de vivirle. ‘¿Quién eres tú?’ Es la pregunta que surge también en nuestro interior preguntándonos por Jesús. También queremos conocerle, y conocerle a fondo.

Se nos manifiesta por sus obras. A la pregunta de los discípulos de Juan dice el evangelista que ‘en aquella ocasión curó a muchos de sus enfermedades, achaques y malos espíritus y a muchos ciegos les otorgó la vista…’ Las obras de Jesús. Lo que había anunciado el profeta y que el evangelista Lucas nos presenta programáticamente al inicio de la vida pública de Jesús en la sinagoga de Nazaret.

‘El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha ungido… me ha enviado… a proclamar la Buena Noticia… a dar vista a los ciegos… a proclamar el año de gracia del Señor’. Ahora con palabras semejantes responde a los discípulos de Juan. No habrá dudas. En Jesús se cumplen las Escrituras. El había dicho entonces en Nazaret ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Es la misma respuesta de ahora.

Buscamos a Jesús, decíamos, y queremos conocer a Jesús. Es el deseo hondo que llevamos siempre impreso en nuestra alma, pero que ahora en este tiempo de adviento se aviva como preparación intensa para vivir la navidad. Queremos conocer a Jesús, queremos vivir a Jesús. La celebración del nacimiento del Señor tiene que renovar hondamente nuestra vida. Queremos vivir a Jesús y sentirnos transformados por El. Tiene que ser un primer fruto de esta navidad. Que no nos queden dudas.

Pero decíamos antes que es la pregunta de la humanidad a la que ahora nosotros tenemos que dar respuesta. Somos los labios, los brazos de Jesús, los testigos de Jesús para dar esa respuesta a cuantos se interrogan. Y no vamos a ir con palabras. Tenemos que hacer lo mismo que hizo Jesús cuando vinieron los discípulos de Juan. A través de las obras, de nuestras obras de amor, hemos de dar a conocer a Jesús.

Por eso tenemos que seguir creciendo en nuestro amor para que en verdad demos señales de Jesús, seamos signos de Jesús para los que nos rodean. Cuánto podemos hacer con nuestra solidaridad, una solidaridad efectiva y real con los que sufren a nuestro lado. Nuestro compromiso de amor que tiene que llevarnos a consolar, a acompañar al que sufre; que tiene que llevarnos a hacer nuestro su sufrimiento; que nos tiene que llevar a comprender, a compartir.

Hagamos nuestra la súplica que veíamos expresada en el profeta. Nos pueden parecer palabras poéticas, y en verdad que son bellas, pero expresan muy bien ese deseo de que venga el Señor y haga germinar una nueva vida en nuestro corazón, una nueva vida de amor. ‘Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad la victoria; ábrase la tierra y brote la salvación, y con ella germine la justicia…’ Que venga pronto, que venga el Salvador.

domingo, 24 de enero de 2010

Una asamblea en la que se cumple la Palabra proclamada


Nehemias, 8, 1-10;

Sal. 18:

1Cor. 12, 12-30;

Lc. 1, 1-4; 4, 14-21


Una asamblea de creyentes, una proclamación de la Palabra de Dios, una presencia salvadora de Dios con una respuesta de fe por parte del pueblo creyente. ¿A qué asamblea nos estamos refiriendo? ¿la celebrada en el templo de Jerusalén en tiempos de Esdras y Nehemías? ¿la de la sinagoga de Nazaret? ¿o a esta asamblea cristiana congregada ahora y aquí que somos nosotros?
‘Hoy es un día consagrado a nuestro Dios… no estéis tristes pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’, se dijo entonces. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, dijo Jesús en la sinagoga de Nazaret. ‘Palabra de Dios… Palabra del Señor… te alabamos, Señor… gloria y honor a ti, Señor Jesús’ , hemos aclamado nosotros.
‘Todo el pueblo estaba atento al libro de la ley…’ lloraba de alegría cuando ‘Esdras abrió el libro a vista del pueblo’, por lo que todo eran bendiciones para el Señor que así les hacía conocer su Palabra y a todos se les invitaba a la alegría y a la fiesta cuando se proclamaba el libro de la Ley y se les explicaba al pueblo. ‘Todos en la sinagoga estaban expectantes y tenían los ojos fijos en Jesús’. Quizá, sin embargo, tendríamos que preguntarnos si venimos nosotros con la misma expectación cada domingo y con la misma alegría y emoción en el corazón para escuchar la Palabra del Señor que se nos proclama.
Los textos hoy proclamados tanto Nehemías como el Evangelio nos ofrecen el testimonio de lo que podíamos decir una catequesis y una liturgia, una proclamación de la Palabra. ‘Los levitas leían el libro de la Ley de Dios con claridad y explicando el sentido de forma que comprendieran la lectura’. Por su parte san Lucas nos dice que ha resuelto ‘componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros. Siguiendo las tradiciones trasmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra… para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido’, le dice a Teófilo a quien dedica el evangelio.
Nos dirá Nehemías con detalle cómo fue aquella proclamación y lectura de la Ley, y nos contará Lucas la liturgia de todos los sábados en las sinagogas judías, con la proclamación aquel día en Nazaret del texto de Isaías.
‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, que acabamos de escuchar tenemos que decir nosotros. Cristo está también en medio de nosotros en esta Palabra que nos congrega y que se nos proclama. Es la Palabra de Dios que planta su tienda entre nosotros. Cristo es el Ungido del Señor – recordemos lo que celebramos hace un par de domingos, el Bautismo del Señor -, el que está lleno del Espíritu del Señor, como nos dice hoy Isaías, y que viene con su Buena Nueva de vida y salvación para nosotros, para los pobres, para los oprimidos y faltos de libertad, para todo nuestro mundo trayéndonos la amnistía, el perdón, anunciándonos el año de gracia del Señor.
Es así cómo nosotros hemos de recibir la Palabra de Dios que se nos proclama. Es así cómo tenemos que experimentar en nosotros esa presencia viva del Señor que nos anuncia y trae la salvación. No son unos textos o unos relatos cualesquiera que pudiéramos sustituir por cualquier otro texto o lectura. Es la Palabra salvadora del Señor. Una Palabra que tiene que ser eficaz en nosotros transformando de verdad nuestra vida. Palabra que es nuestro gozo y nuestra fortaleza. Palabra que es Buena Nueva, Buena Noticia de gracia y salvación para nuestra vida. Palabra que nos ilumina los ojos del corazón y que nos libera de la peor cautividad y opresión que es nuestro pecado. Palabra que nos llena de gracia y de vida produciéndose la más hermosa y profunda renovación.
¿Es así siempre en nosotros? Depende, no de la Palabra que se nos proclama, sino de nuestra expectativa y nuestra respuesta. ¡Qué lástima cuando escuchamos decir a alguien que no viene a nuestras celebraciones porque se aburre y se cansa, porque siempre es lo mismo y no hacemos sino repetir las mismas cosas!
Tenemos que pedir fe. La Palabra de Dios no se repite, aunque sean los mismos textos, sino que siempre será noticia nueva y buena para nosotros. Si con fe la escuchamos abriendo nuestro corazón como tierra buena, entonces podremos escuchar esa Palabra nueva y viva que el Señor tiene que decirnos en este momento concreto en que la escuchamos.
En la Parábola del sembrador, que tantas veces hemos escuchado, la semilla es la misma, pero era la tierra la que no estaba preparada de la misma manera para recibirla y por eso sólo la tierra buena y bien dispuesta hizo que pudiera producir fruto al ciento por uno. Así nosotros, depende de nuestra actitud, de la apertura de nuestro corazón, de la fe con que la recibamos.
Una última cosa; no olvidemos que la Palabra que recibimos y escuchamos nos convierte también a nosotros en mensajeros de esa Palabra. Mensajeros con nuestra vida nueva y comprometida para hacer el anuncio, para llevar la luz, para anunciar y realizar también la liberación de los oprimidos. De cuántas maneras esa Palabra puede ser liberación y anuncio de salvación para los demás a través de nosotros. Cuánto podemos y tenemos que transformar con el anuncio de esa Palabra.
Una Palabra que nos congrega y nos hace vivir en unidad y comunión. Recordemos la imagen que contemplábamos al principio de el asamblea congregada y reunida para la escucha de la Palabra. Una Palabra que nos llena a nosotros también con la fuerza del Espíritu del Señor. No olvidemos que tenemos que ser otros Cristos, porque así hemos sido ungidos por el Espíritu desde nuestro Bautismo.

domingo, 11 de enero de 2009

El Bautismo de Jesus y el Bautismo en el Espíritu


Is. 58, 1-11;

Sal: Is. 12;

1Jn. 5, 1-9;

Mc. 1, 7-11


El relato que nos hace Marcos del Bautismo de Jesús es bien escueto. Pero es hondo el significado. Con la celebración de esta Fiesta del Bautismo del Señor culminan las celebración de la Navidad y se viene a completar lo que fue la fiesta de la Epifanía del pasado 6 de enero. Es también Epifanía, porque es manifestación y es toda una teofanía porque es una manifestación de toda la gloria de Dios en el misterio sacrosanto de la Santísima Trinidad.

‘Llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán’, nos dice el evangelista. ‘Yo os he bautizado con agua…’ explica el Bautista. Como sabemos y hemos reflexionado más de una vez el Bautista utiliza el signo del bautismo con agua como expresión de la respuesta de las personas a la invitación que Juan hacía de cambio de vida para la llegada y aceptación del Mesías que iba a venir, como respuesta a la llamada de Dios a ser fiel.

Ya Cristo había dicho al entrar en el mundo, como expresa la carta a los Hebreos ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, y en otro lugar del evangelio escuchamos decir a Jesús mismo ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’. Pero ahora va a ser la voz del cielo la que proclame: ‘Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto’.

Era, podríamos decir, la identificación plena y total de quién era aquel Jesús que había venido desde Nazaret de Galilea. Era la consagración en el Espíritu. En la sinagoga de Nazaret Jesús reconocería con palabras del profeta Isaías: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la Buena Noticia… para proclamar el año de gracia del Señor’. Hoy hemos escuchado en el escueto relato de Marcos: ‘Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia El como una paloma’.

Toda una revelación. Por eso decimos teofanía, manifestación de la gloria de Dios. Hemos orado diciendo ‘que en el Bautismo de Cristo en el Jordán quisiste revelar solemnemente que El era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo’. Y en el prefacio proclamaremos ‘hicisste descender tu voz desde el cielo para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros, y por medio del Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en El al Mesías enviado a anunciar la salvación a los pobres’.

Algo nuevo está sucediendo. Lo tendrá que reconocer el Bautista que a partir de entonces señalará a Jesús como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. El Bautista que nos anunciará que llega el que ‘nos bautizará con Espíritu Santo’. Se nos está manifestando así el misterio del nuevo Bautismo, ese bautismo en el que nosotros en el nombre de Jesús hemos sido bautizados.

Nosotros también ya desde el Bautismo sacramento recibido también estamos ungidos por el Espíritu y por la fuerza de ese mismo Espíritu podemos llamar a Dios Padre, decir que Jesús es el Señor, y además sentirnos enviados con la misma misión de Jesús de anunciar la salvación a los pobres. Ya hemos escuchado en nuestro corazón también la voz del Padre que nos llama hijos queridos y predilectos. Porque así somos en Cristo amados de Dios, regalados con el amor de Dios.

Celebramos el Bautismo del Señor y damos gracias a Dios, damos gloria al Señor con toda nuestra alabanza. Pero la celebración nos da oportunidad para considerar nuestro Bautismo y nuestra dignidad, al igual que la misión que hemos recibido. No es cuestión de hacernos consideraciones fáciles de decir que Jesús se bautizó a los treinta años y por qué a nosotros nos bautizan de pequeños o cosas así, sino que es cuestión de asumir el compromiso de vida nueva que tiene que significar el Bautismo para nosotros. Hablamos de esa dignidad de hijos de Dios, pero si lo somos es precisamente porque por la fuerza del Espíritu estamos tan configurados con Cristo que vivimos su misma vida. Pero si así estamos configurados con Cristo significa también que la misión de Cristo es también nuestra misión, la obra de Cristo es la que nosotros tenemos que seguir realizando con nuestra vida en medio del mundo.

Así ante el mundo tenemos que manifestarnos como testigos; testigos de una fe; testigos del amor de Dios que nos salva; testigos comprometidos para, en nombre de esa fe que tenemos en Jesús, transformar nuestro mundo desde el amor, hacerlo caminar por caminos de paz. No nos podemos sentir abrumados por la complejidad de nuestra misión ni temer las reacciones adversas que podamos encontrar a nuestro alrededor cuando vayamos a dar nuestro testimonio y realizar nuestra misión. ‘Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo’, nos decía san Juan en su carta. Y ya nos explicaba el apóstol: ‘Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios’. ‘Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?’. ¿No es esa nuestra fe?

En este día del Bautismo del Señor proclamemos con valentía nuestra fe en que Jesús es el Hijo de Dios. Es nuestro Salvador; es la Palabra de Dios que habita en medio de nosotros; es aquel por el que estamos dispuestos a darlo todo, a dar la vida si hace falta; es de quien queremos mostrarnos como testigos con nuestra palabra y con el testimonio de nuestra vida en medio del mundo. Con nosotros tenemos la fuerza de su Espíritu, ‘porque el Espíritu es la verdad’.