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jueves, 12 de junio de 2025

Oración de la Iglesia por aquellos que con su ministerio hacen de sus vidas imagen y signo de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote en medio de la Iglesia y el mundo

 


Oración de la Iglesia por aquellos que con su ministerio hacen de sus vidas imagen y signo de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote en medio de la Iglesia y el mundo

Isaías 6, 1-4.8; Salmo 22;  Juan 17, 1-2.9. 14-26

¿Hay algún voluntario que se ofrezca? Quizás habremos escuchado en más de una ocasión quedándonos a la expectativa de quien se va a presentar, quedándonos nosotros con la pregunta por dentro para ver si seríamos capaces de ofrecernos voluntariamente; quizás entre aquellos entre los que se lanza la pregunta ya quien tiene la misión, vamos a decirlo así, de formar ese grupo se ha ido insinuando a algunos en quienes ve esas cualidades necesarias para desarrollar esa misión que se les va a confiar; no se sentirán obligados, si son voluntarios, pero de alguna manera se sienten en cierto modo elegidos como preferentes para que se ofrezcan voluntariamente.

Estoy planteando algo que quizás les parezca demasiado imaginario, pero estoy realmente pensando en lo que fue haciendo Jesús con aquel grupo, en especial los doce a los que llamaría de manera especial que con su presencia y su palabra era una invitación a seguirle, no sólo como discípulos que aceptaran su camino y quisieran vivir esos valores del reino de Dios que iba proponiendo, sino de manera especial a aquellos que quería tener más cerca de sí porque a ellos en especial les confiaba la continuidad del anuncio del Reino de Dios por el mundo, aunque fuera tarea de todos los que creyeran en Él.

Es un camino de entrega en que Jesús va por delante. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, había dicho en su entrada en el mundo como se nos menciona en la carta a los Hebreos. Era quien iba a ofrecerse por nosotros para hacer de su vida ese sacrificio acepto a Dios y en el que nos invitaba también a nosotros a participar. Hoy estamos celebrando a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, como nos recuerda la liturgia de este día. Su muerte en la cruz no era simplemente un destino o una condenación que recibiera de aquellos que no querían aceptarle y seguirle. Él se entregaba libremente, libremente había subido a Jerusalén cuando entendía muy bien lo que significaba aquella pascua para El. Así se lo había ido anunciando a sus discípulos.

Su voz resuena fuerte cuando en la angustia de Getsemaní, sabiendo que comenzaba su pasión, pedía al Padre que pasara de Él aquel cáliz, pero que allí estaba Él sin embargo en esa disposición de que por encima de todo se cumpliera la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, que tanto nos cuesta a nosotros tantas veces pronunciar. Aquel cáliz de su sacrificio está sobre el Altar y Él hará su ofrenda de amor como Sacerdote, como Víctima y al mismo tiempo como Altar.

Pero Jesús quiere hacernos partícipes de su sacerdocio en esa ofrenda que tenemos que saber hacer de nuestra vida a la manera de Jesús. Cuando hemos sido ungidos y consagrados en nuestro Bautismo ha sido para hacernos a nosotros con Cristo Sacerdotes, profetas y reyes. Lo que llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es un verdadero y auténtico sacerdocio. Cada cristiano está haciendo ofrenda de su vida al Señor. Lo expresamos en el padrenuestro cuando queremos santificar siempre con nuestra vida el nombre santo de Dios queriendo que se realice en nosotros el Reino de Dios porque siempre y por encima de todo queremos hacer su voluntad. Qué rápido rezamos tantas veces el padrenuestro sin saborear todo lo que queremos expresar con esas palabras que nos enseñó Jesús.

Estaremos respondiendo así a esa invitación, como reflexionábamos al principio, de hacernos voluntarios por el Reino de Dios. Dios no nos obliga a aceptar su oferta de amor; Él nos ofrece su amor y nosotros respondemos sabiendo todo lo que implica decir que seguimos a Jesús, que somos cristianos. Por ese camino del servicio y del amor ha de transcurrir nuestra vida. Y con ello estamos haciendo esa ofrenda a Dios cada uno desde nuestro lugar, cada uno en la situación de su vida, cada uno con sus valores y cualidades, cada uno en las responsabilidades que va asumiendo en su vida, allí donde estemos.

Pero la petición de voluntarios siempre queda en el aire porque algunos serán llamados para ejercer ese sacerdocio como un ministerio especial. Entre todos, como vemos en el evangelio, Jesús escogió a algunos para que estuvieran más cerca de Él porque a ellos les iba a confiar una misión especial, un servicio especial, un ministerio dentro de la comunidad para lograr construir ese Reino de Dios. Son los llamados al sacerdocio ministerial, como diáconos, como presbíteros, como pastores en medio de la Iglesia en el nombre de Cristo, Buen Pastor.

Hoy en el texto del evangelio que ya hemos meditado en otras ocasiones recientemente Jesús dice que ruega de manera especial por aquellos discípulos más cercanos que tendrán que vivir una misión especial. En medio del mundo están pero no son del mundo, no han de hacer las cosas de la manera como las hace el mundo. Tienen una misión y un testimonio que no es fácil, pero Jesús que cuenta siempre con nuestra libertad también nos acompaña de manera especial en ese camino de su sacerdocio, signos de Cristo Sacerdote en medio de la comunidad.

Hace pensar todo esto a quienes han recibido ese ministerio, esa llamada especial, pero ha de hacer pensar también a toda la comunidad, valorando el ministerio de sus sacerdotes, que son tan humanos y pecadores como todos, pero que tienen esa misión especial. Hoy es un momento muy especial de oración de la Iglesia por sus Sacerdotes, para que sean en verdad imagen de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

 


jueves, 23 de mayo de 2024

Contemplamos a Jesús como Sacerdote y como víctima porque es El quien se entrega y se sacrifica, quien en sí mismo realiza el Sacrificio de la Nueva Alianza

 


Contemplamos a Jesús como Sacerdote y como víctima porque es El quien se entrega y se sacrifica, quien en sí mismo realiza el Sacrificio de la Nueva Alianza

Jeremías 31, 31-34; Salmo 109; Marcos 14, 12a. 22-25

Cuando comemos algo quizás, como a primera vista, estamos pensando en el sabor y en el gusto de aquello que comemos, podemos sentirnos atraídos por su forma, su colorido o su sabor, como decimos algunas veces no comemos lo que no nos entra por los ojos, pero tendríamos que decir que todo eso es accidental, que lo importante es lo que asimilamos de aquel alimento, lo que nos da de vida al alimentarnos porque en fin de cuentas es lo que viene a significar el alimentarse, los nutrientes que recibimos que se convierten en energía y vida en nosotros, más allá de lo que desde su apariencia podemos contemplar. Quizás en ocasiones haya cosas que comemos, que ingerimos, aunque no nos sea siempre agradable al paladar, como nos puede suceder con una medicina que tomamos aunque no nos agrade porque sabemos que nos va a dar salud.

Hay en el evangelio se nos habla de comer un pan, que nos dice Jesús que es su cuerpo entregado por nosotros, y se nos invita a beber del vino de una copa que se nos señala que es la sangre derramada por nosotros. Y se nos habla de Alianza como se nos habla también de Reino de Dios, de la misma manera que se nos sitúa en el día de la pascua, en el día en que era sacrificado el cordero pascual.

Todo esto nos quiere decir mucho, porque cuando se nos habla de comer ese pan y de beber de ese cáliz se nos está diciendo qué es lo que realmente vamos a asimilar en esa comida; ya no será simplemente un pan o una copa de vino, se nos está hablando de la entrega de Jesús que es la ofrenda que de si mismo hace al Padre y se nos habla de su sacrificio, que es pascua y que es redención.

¿Quién puede ser capaz de realizar tal ofrenda en la que así mismo es la victima ofrecida en sacrificio? Eso solo lo puede realizar Jesús. Es el Pontífice, es el Sacerdote de la nueva alianza, porque en su entrega y en su sangre derramada se va a establecer una nueva Pascua. Contemplando estamos, pues, a Jesús como Sacerdote y al mismo tiempo como víctima porque es El quien se entrega, quien se sacrifica, quien en sí mismo realiza ese Sacrificio de la Nueva Alianza.

No es como la antiguas en que se ofrecía algo ajeno a uno mismo, aunque con nosotros también tuviera relación, una ofrenda de algo que personal que se hacía, una animal que se consideraba propio y que de alguna manera quería representarnos, pero ahora es distinto, no es algo ajeno o que lejanamente tenga relación con quien hace la ofrenda o realiza el sacrificio, porque es El mismo quien se entrega, quien se convierte en ofrenda pero quien al mismo tiempo hace la ofrenda. Es un nuevo sentido del sacerdocio, un nuevo Sacerdocio, no como el de los antiguos que podía pertenecer a un familia o heredarse de uno a otros; este es un sacrificio eterno, como el de Melquisedec, aquel sumo sacerdote del que ya no se cuentan los años ni la ascendencia familiar, sino que también va a realizar una ofrenda eterna.

Así es el Sacerdocio de Cristo, al que en verdad podemos llamar Sumo y Eterno Sacerdote, que es la fiesta que hoy estamos celebrando, en este jueves posterior a Pentecostés. Una jornada verdaderamente sacerdotal, no solo contemplando a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, sino que nos obliga a pensar y contemplar a cuantos participan de ese sacerdocio de Cristo, no solo ya porque en el Bautismo hemos sido consagrados para ser con Cristo Sacerdotes, Profetas y Reyes, sino que hoy queremos contemplar a quienes el Señor ha llamado con una vocación especial para ser con Cristo esos sacerdotes que también hagan y realicen con su vida el mismo sacrificio de Cristo viviendo una entrega semejante a la de Cristo para el servicio y el bien de todo el pueblo de Dios.

Este jueves es una jornada especialmente sacerdotal, para considerar y valorar a quienes como presbíteros de la comunidad ejercen con su vida un sacerdocio como el de Cristo, convirtiéndose así con sus vidas y ministros y servidores de reconciliación y de amor, en ministros y servidores del pueblo de Dios. Por ellos hemos de orar para que puedan ejercer con fidelidad su ministerio asemejándose en todo a Cristo. Oremos, pues, por los sacerdotes y pastores del pueblo de Dios.

jueves, 4 de junio de 2020

Miramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no temiendo hacer la subida del monte Moria ni el paso por Getsemaní porque nos llega el perfume del huerto de la resurrección



Miramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no temiendo hacer la subida del monte Moria ni el paso por Getsemaní porque nos llega el perfume del huerto de la resurrección

Génesis 22, 9-18; Sal 39; Mateo 26, 36-42
Algunas veces en la vida nos puede parecer que se nos está exigiendo un sacrificio que supera nuestras fuerzas y capacidades y de alguna manera nos sentimos débiles, nos sentimos como zarandeados por esos bandazos y esas exigencias, nos sentimos incapaces de seguir adelante y realizar un esfuerzo más. problemas de superación personal, problemas de responsabilidades adquiridas, problemas de misiones que se nos han confiado y que nos parece que no tuvieron en cuenta hasta donde nosotros podríamos llegar… pero quizá encontramos allá dentro de nosotros mismos una fuerza que parece que no contábamos con ella y seguimos adelante asumiendo nuestras responsabilidades.
Hablo de una forma que parece genérica pero que cada uno puede ver traducida en situaciones personales por las que haya pasado en alguna ocasión en la vida. ¿Seguimos adelante? ¿Nos volvemos atrás y abandonamos responsabilidades? ¿Qué valentía interior podemos encontrar? ¿Habrá algún apoyo que nos llegue desde el exterior, una mirada de amigo, una mano con pulso firme pero cargada de ternura, un brazo sobre nuestro hombro? Lo necesitamos y no sé si siempre lo encontramos.
Hoy la Palabra del Señor nos ofrece dos hermosos textos en este sentido. Por una parte el sacrificio de Abrahán. Y digo bien, el sacrificio de Abrahán, porque el verdadero sacrificio era el que se estaba inmolando en su corazón. Es cierto le había pedido Dios el sacrificio de su hijo, pero era el sacrificio de su corazón el verdaderamente importante. Todo aquello que sentía, que sufría su corazón mientras iban subiendo al monte Moria. Era la negación de si mismo, de su yo, de su propia voluntad para aceptar confiado la voluntad de Dios. Y el sacrificio se realizará a la perfección aunque no se llegase al momento cruento del sacrificio y muerte de Isaac. Para Dios valía la disponibilidad y la confianza del corazón de Abrahán.
‘Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’. Es la oración de Jesús en Getsemaní. Había dicho que su alma estaba triste con una tristeza de muerte, pues Jesús sabía lo que le esperaba, la pasión que en aquellos momentos comenzaba. Es el ofertorio del sacrificio de Cristo que se está realizando allí en Getsemaní. Es el comienzo del camino de la pasión. Es la Pascua. Era el paso de Dios en medio de la vida de la humanidad, una humanidad también atormentada por el sufrimiento. Jesús está recogiendo todo ese sufrimiento y toda esa negrura de la humanidad. Había venido para realizar lo que era la voluntad del Padre, y qué difícil se le estaba poniendo en su corazón. Ahí vemos el lamento de su oración. Pero ahí vemos la confianza de su corazón. ‘Que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’.
Estamos escuchando hoy estos dos textos que nos ofrece la liturgia en la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Es la ofrenda del Sacerdote, es el sacrificio que ofrece Cristo por la salvación de toda la humanidad, es la ofrenda de su mismo que terminará diciendo en lo alto de la Cruz ‘a tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Contemplamos el sacerdocio de Cristo, pontífice compasivo y fiel, como nos dirá la carta a los Hebreos, que conocía nuestras debilidades, que estaba de nuestro lado en nuestro camino de sufrimiento, que viene con su humanidad para mostrarnos la cercanía de Dios, que nos sostiene en la patena de su sacrificio cuando nosotros nos vemos débiles para que podamos sentir que hasta estamos por encima de nuestras flaquezas y debilidades, para que nos sintamos fortalecidos para seguir en ese camino de fidelidad que tanto nos cuesta en muchas ocasiones, para que nos demos cuenta que no estamos solos en ese levantarnos hacia lo alto.
Hoy queremos contemplar también a todos los sacerdotes que participan del sacerdocio ministerial de Cristo y queremos decirles también que no están solos aunque muchas veces tengan que vivir muchas soledades. Que detrás está toda la Iglesia, aunque quizá no siempre se sepa manifestar con esa compasión del Cristo sacerdote, pero es que estamos muy llenos de debilidades humanas. Que sepan contar siempre con la gracia de Cristo, porque aunque se sientan abandonados por los hombres, no faltará nunca la presencia y la fuerza del Espíritu del Señor que se manifestará de mil maneras y que llegará en la presencia quizás de quienes menos pensamos. Que no teman subir al monte Moria ni pasar por el huerto de Getsemaní, porque siempre se llegará al huerto perfumado de la pascua y de la resurrección. Lo dice quien lo siente de verdad en su corazón.

sábado, 7 de diciembre de 2019

La mies es mucha y los operarios son pocos no solo porque haya pocos sacerdotes o religiosos sino porque no siempre los cristianos nos tomamos en serio la tarea de la evangelización


La mies es mucha y los operarios son pocos no solo porque haya pocos sacerdotes o religiosos sino porque no siempre los cristianos nos tomamos en serio la tarea de la evangelización

Isaías 30, 19-21. 23-26; Sal 146; Mateo 9, 35-10, 1. 5a. 6-8
¡Cuánto trabajo por hacer, cuántas cosas quedan pendientes! Cosas así escuchamos muchas veces de boca de quienes quizá se sienten agobiados por el mucho trabajo, pero sobre todo de boca de aquellos que se han tomado la vida con responsabilidad; se lo toman todo muy en serio, quieren abarcar a todo y no pueden llegar; es el padre o madre de familia y no solo trabajar por traer un salario a casa con lo que pueda atender con dignidad a sus responsabilidades en el hogar y a sus responsabilidades como padre, sino que quiere llegar más allá atento siempre a la tarea educadora de sus hijos y al logro de la mejor armonía en su hogar para que sea ese recinto de amor donde todos desarrollen su vida.
Pero podemos pensar en quien tiene un proyecto para su vida, para su trabajo, queriendo lograr sus metas, queriéndolo desarrollarlo de la mejor manera no solo para lograr unos beneficios para su empresa sino porque piensa cuanto está haciendo por la sociedad. Quisiera tener más manos para poder atender a todo, que el día tuviera más horas para ver avanzar en sus proyectos, contar con más colaboradores en que todos a una pudieran lograr lo mejor.
Ya sé que luego nos encontraremos a muchos que mano sobre mano, de brazos cruzados, están sin hacer nada, porque nadie les ha ofrecido un trabajo, o porque no han sido tener las iniciativas que les lleven a emprender nuevas tareas o no encuentran la ayuda necesaria para salir de ese impase de la vida. Contamos también con la situación de crisis económica, es cierto, que se vive en nuestra sociedad, aunque también tendríamos que contar con la negatividad, la pasividad con que muchos se toman la vida sin ser capaces de intentar emprender algo nuevo. El emprendedor siempre intenta abrirse caminos en la vida.
Contemplamos hoy en el evangelio a Jesús realizando su acción evangelizadora queriendo llegar a todos, recorriendo aldeas y ciudades, enseñando a la gente, curando enfermos, acogiendo a cuantos acudían a El. ‘Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y es entonces cuando le habla a los discípulos de que la mies es mucha, pero los obreros son pocos, invitándoles a rezar al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies.
Luego El enviará a sus discípulos para que realicen y continúen su labor. Y los envía con unas instrucciones muy concretas, pero también con una misión y unos poderes para poder realizar su misión.
En este texto normalmente vemos unas indicaciones que nos hemos tomado muy en concreto para orar por las vocaciones; y cuando  hablamos de vocaciones pensamos siempre en aquellos llamados con una vocación especial para consagrar su vida en el sacerdocio, la vida religiosa o la vida misionera. Miramos la realidad de nuestra Iglesia y constatamos esa ausencia de vocaciones, esas carencias que se ven en nuestras comunidades que no siempre pueden contar con un sacerdote o que no tienen a su lado el testimonio de unas personas consagradas en la vida religiosa y que realicen también su valor. Y oramos por las vocaciones queriendo que haya más sacerdotes, queriendo que haya mas consagrados en la vida religiosa, o quienes sientan la vocación misionera para ir a otros lugares para el anuncio del evangelio.
Pero ¿no nos estará faltando el pensar en algo más? la misión evangelizadora en la Iglesia no tiene que ser solo de los sacerdotes o de los consagrados; la misión evangelizadora de la Iglesia nos compete a todos, también a los no consagrados, a los seglares. Cada cristiano tendría que sentirse un evangelizador, llamado también a hacer ese anuncio del evangelio allí donde realiza su vida. Creo que es algo que tenemos que despertar en la Iglesia, esa conciencia en todos los cristianos de que todos tenemos que ser evangelizadores, que todos podemos realizar una labor apostólica en la Iglesia, que todos tenemos esa misión recibida de Jesús. Mucho más tendríamos que reflexionar.
Que se despierte la vocación evangelizadora de todo cristiano. Que se despierte esa iniciativa en cada uno de nosotros. Salgamos de la pasividad. ¿No sería un buen compromiso nacido en este Adviento que vivimos para que Jesús pueda nacer en cada corazón?

jueves, 13 de junio de 2019

Con Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, por la unción del Espíritu hemos sido consagrados para ser uno con Cristo y ser también sacerdotes, profetas y reyes


Con Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, por la unción del Espíritu hemos sido consagrados para ser uno con Cristo y ser también sacerdotes, profetas y reyes

Isaías 6, 1-4.8; Sal 22; Juan 17, 1-2.9. 14-26
El evangelio nos ofrece hoy de nuevo la oración sacerdotal de Jesús, que ya escuchamos y reflexionamos en los últimos días del tiempo pascual. La razón es que hoy la Iglesia nos ofrece celebrar a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.
Como un colofón del tiempo pascual que habíamos venido celebrando y, aun cuando ya estamos inmersos de nuevo en el tiempo ordinario, se nos ofrece esta celebración para contemplar una vez el misterio de Cristo en su profundo sentido pascual. Es quien por nosotros se ha ofrecido en sacrificio con su entrega de amor en la cruz. Una muerte con pleno sentido cuando tantas veces nos preguntamos por el sentido de la muerte. Una pasión y muerte que es ofrenda de amor.
Cuando en nuestro amor queremos regalar algo a quien amamos no nos importa lo que nos cueste aquello que vamos a ofrecer. Dar de lo que nos sobra porque ya no lo necesitamos no tiene ningún mérito ni valor. Pero cuando damos algo que arrancamos de nosotros mismos aunque nos cueste dolor estamos manifestando qué grande es el amor que tenemos, que verdadero es ese amor porque amar siempre es donación y es entrega.
No ofreció cualquier cosa por nosotros Jesús. Había venido para hacer en todo semejante a nosotros y a pesar de su condición divina tomó la condición de esclavo, porque quiso hacerse el último y el servidor de todos y así se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y a la muerte más ignominiosa, la muerte de cruz. Y es que ya El nos lo había dicho que nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por aquellos a los que ama. Y es lo que hizo Jesús. Es su ofrenda de amor, es su sacrificio ofrecido en el ara de la cruz.
Pero no es alguien ajeno quien hace la ofrenda y el sacrificio, sino que es El mismo quien se ofrece, se sacrifica y quien como sacerdote presenta la ofrenda al Padre. Es el mayor signo del sacrificio y del sacerdocio, porque se ofrece a su mismo, porque entrega su vida, porque así nos regala su amor llenándonos de nueva vida. Así de infinito es el valor de su ofrenda y sacrificio.
Pero El ha querido hacernos partícipes de su sacerdocio porque con El somos sacerdotes, profetas y reyes. Desde nuestro bautismo con la unción del Espíritu hemos sido también nosotros consagrados para unirnos a El y ser una misma cosa con El. Allá en el Jordán tras el bautismo de Juan al que quiso someterse apareció el Espíritu del Señor sobre El en forma de paloma mientras se escuchaba la voz del cielo que lo proclamaba como el Hijo de Dios. Fue como su unción y su consagración aunque por si mismo ya era el Hijo de Dios, de la misma naturaleza que el Padre y por quien todo se ha hecho, como proclamamos en el credo de nuestra fe.
En el nuevo bautismo también se va a manifestar sobre nosotros el misterio trinitario de Dios, para que por la unción del Espíritu, la unción con el crisma, nosotros podamos ser unos también con Cristo y con Cristo hacernos también participes de su sacerdocio. Lo solemos llamar el sacerdocio común de los fieles para diferenciarlo del sacerdocio presbiteral, pero diríamos que es el más importante porque nos consagra y nos hace uno con Cristo para que también nosotros todos podamos hacer la misma ofrenda de Jesús.
La vida del cristiano ha de ser también esa ofrenda de amor de cuanto es, de cuanto hace, de cuanto tiene, de lo que es su vida toda. Todo en la vida del cristiano ha de ser siempre para la gloria de Dios, con toda nuestra vida siempre y en todo momento hemos de glorificar al Señor. Por eso con Cristo somos también sacerdotes. Es lo que hoy tenemos que considerar cuando celebramos esta fiesta de Cristo, sumo y eterno sacerdote.

jueves, 24 de marzo de 2016

Celebramos hoy la cena del amor, de la gran manifestación del amor por el que para siempre tendremos la presencia de Jesús que nos llena de vida

Celebramos hoy la cena del amor, de la gran manifestación del amor por el que para siempre tendremos la presencia de Jesús que nos llena de vida

Ex. 12, 1-8.11-14; Sal. 115; 1Cor. 11, 23-26; Jn.13, 1-15
Cuando tenemos que desprendernos de las personas que amamos bien porque vayamos a tener una larga ausencia o por cualquier otro motivo por el que tengamos que separarnos, tratamos de juntar todos los buenos recuerdos que tengamos de esa persona para llevarlos siempre consigo, o bien tratamos también de mostrarles muchas señales de nuestro amor y cariño y si pudiéramos hacer algo que le dejemos como un recuerdo permanente de nuestra presencia, para que sientan que si físicamente tenemos que alejarnos siempre con el corazón estamos a su lado.
La cena pascual de Jesús con sus discípulos tiene de alguna manera estas connotaciones; todo suena a despedida, porque algo grande va a suceder, pero Jesús quiere dejarles la certeza de que siempre estará con ellos. ‘Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo’, comienza diciéndonos el evangelista.
Los signos y señales se suceden unos tras otros en medio de la cena, en los gestos que realiza Jesús para mostrarnos su amor y lo que ha de ser también nuestro amor, y no serán solo sus palabras, sino que nos dejará el signo más grande de su presencia y de su amor en la Eucaristía que instituye en este día.
Es la cena del amor, de la gran manifestación del amor por el que para siempre tendremos su presencia que nos llena de vida. Todo nos habla de amor en este día. Todo son signos del amor.
Así comienza la cena en lo que era el signo de la hospitalidad que se realizaba siempre cuando alguien llegaba a nuestra casa. Pero es Jesús el que va a postrarse delante de sus discípulos para lavarles los pies. A los discípulos les va a costar entender aquel gesto de Jesús e incluso alguno no querrá que Jesús le lave los pies. Pero es una señal del Reino que tenemos que aprender y si no es así no entenderemos lo que es el Reino de Dios. ‘Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo’ le dice Jesús a Pedro que se resiste.
‘Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy. Pues si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros. Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’.
Nos recuerda lo que ya nos había dicho. ‘Todo lo que hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’, nos decía en la alegoría del juicio final. Ahí, en el hermano, está Jesús. Ahí desde el amor podemos y tenemos que descubrir su presencia. Jesús estará siempre con nosotros. No nos deja solos. Tenemos que saber descubrir su presencia.
Pero algo más sucede en aquella cena. Un día había dicho que teníamos que comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna. A los discípulos les había costado entender entonces las palabras de Jesús pero lo habían aceptado porque era la Palabra de Jesús. ‘Tu tienes palabras de vida eterna, ¿a quien vamos a acudir?’ se habían dicho entonces poniendo toda su fe en Jesús.
Ahora llega el momento en que aquello se hace realidad. ‘Esto es cuerpo que se entrega por vosotros’, les dice ahora después de tomar el pan y hacer la bendición. ‘Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía’, les dice pasándole la copa. Como nos recordaría san Pablo más tarde terminaría diciéndoles ‘por eso cada vez que comáis de este pan y bebáis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva’.
Proclamamos la muerte del Señor, bebemos del cáliz de la Nueva Alianza, nos alimentamos de su cuerpo y de su sangre para tener vida eterna, nos hacemos participes de la resurrección del Señor. El Señor estará para siempre con nosotros. Sigue alimentando nuestra vida, sigue iluminándonos su Palabra, seguimos sintiendo la fuerza de su Espíritu. El Señor viene continuamente a nuestra vida y vivimos su presencia cada vez que celebramos la Eucaristía, nos alimentamos de su vida, y su presencia será permanente en nuestros sagrarios.
‘Haced esto en conmemoración mía’, les dice a los apóstoles instituyendo en esta noche el sacerdocio de la Nueva Alianza. Podremos celebrar la Eucaristía, podremos sentir la gracia del Señor en todos y cada uno de los sacramentos porque Jesús nos hace participes de su sacerdocio y elige a quienes en su nombre ejerciten ese ministerio. Una prueba más del amor del Señor que nos asegura su presencia para siempre junto a nosotros. Por eso este día del amor y de la Eucaristía es también el día del Sacerdocio.
Es grande el misterio de amor que hoy celebramos y con el que iniciamos el triduo pascual para celebrar su entrega y su pasión, para alegrarnos de su resurrección, para poder comenzar a vivir en plenitud esa vida nueva que El quiere regalarnos en su amor.

jueves, 28 de mayo de 2015

Contemplamos y celebramos a Jesucristo sumo y eterno sacerdote que nos hace participes de su sacerdocio

Contemplamos y celebramos a Jesucristo sumo y eterno sacerdote que nos hace participes de su sacerdocio

Hebreos, 10, 12-23; Sal. 39; Lc. 22, 14-20
‘Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios…’ Así hemos escuchado hoy en la carta a los Hebreos en esta fiesta de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.
El es el Sacerdote eterno, que ha ofrecido al Padre el sacrificio de la Nueva Alianza en su Sangre derramada para el perdón de los pecados; es nuestro Redentor y nuestro Salvador; es el Pontífice que está sentado para siempre a la derecha del Padre en los cielos, como confesamos en el Credo, intercediendo para siempre por nosotros.
Tenemos ya para siempre ‘entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros’ por el sacrificio de su vida. En la antigua alianza al Santuario no podía entrar sino el sumo sacerdote una vez al año; ahora ya tenemos la entrada libre porque Cristo nos ha abierto las puertas de los cielos; El se ha ofrecido, ha derramado su sangre para siempre para que para siempre podamos acercarnos a Dios. El se ha ofrecido en sacrificio por nosotros y nuestros pecados están perdonados; El en su Sangre nos ha consagrado haciéndonos participes de su vida para siempre.
Es lo que hoy celebramos contemplando a Cristo sumo y eterno sacerdote, pero que a nosotros, a todos en virtud del bautismo nos hace sacerdotes, para que podamos hacer ofrendas espirituales y agradables a Dios con nuestra vida. Al ser ungidos en el Bautismo con Cristo nos hemos convertido en sacerdotes, profetas y reyes. Todos tenemos que darle gracias a Dios; hoy es una oportunidad grande para hacerlo.
Pero como decimos en el prefacio de la misa de este día ‘El no solo confiere el honor del sacerdocio real a todo tu pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de esta sagrada misión’. Como hemos escuchado en el Evangelio cuando Jesús instituye el Sacramento de la Eucaristía instituye también el nuevo sacerdocio; ‘haced esto en memoria mía’, les dice a los apóstoles para que para siempre pudiéramos seguir haciendo presente de forma sacramental el sacrificio de Cristo. Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos anunciando la muerte de Jesús, como nos dice san Pablo, estamos celebrando el sacrificio de Cristo en la Cruz; y eso por el ministerio de los sacerdotes.
Es por lo que este día se convierte en un día sacerdotal por excelencia; por el sacerdocio de Cristo del que todos somos partícipes, pero también por el sacerdocio ministerial de aquellos elegidos del Señor para este servicio del pueblo de Dios.
Como decíamos, un día de acción de gracias por el sacerdocio de Cristo y por los sacerdotes que El ha elegido para servir al pueblo santo; un día para orar con intensidad por los sacerdotes para que podamos vivir en la gracia del Señor con esa santidad de nuestro ministerio. Un día para pedir también al dueño de la mies que envíe suficientes operarios a su mies, para que sean muchas las vocaciones al sacerdocio; un día para pedir por las vocaciones. 

jueves, 12 de junio de 2014

Constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote, Pontífice de la Alianza nueva y eterna, perpetuando en su Iglesia el único sacerdocio



Constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote, Pontífice de la Alianza nueva y eterna, perpetuando en su Iglesia el único sacerdocio

Is. 52, 23-53, 12; Sal. 39; Hb. 10, 12-23; Lc. 22, 14-20
‘Cristo, mediador de una nueva alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa’. Con esta antífona hemos comenzado hoy la celebración de esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Una celebración y una fiesta que nos hace contemplar el Sacerdocio de Cristo, del que todos somos partícipes por el llamado sacerdocio común de los fieles, porque desde nuestro Bautismo nos hemos unido a Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey, pero que de manera especial nos hace mirar a los que participan de modo distinto de su Sacerdocio en el ministerio ordenado.
Vayamos por partes. Primero que nada hemos de reconocer que desde esa ansia y deseo de Dios que anida en todo corazón humano, aunque a veces algunos no lo quieran reconocer, todos queremos entrar de una forma u otra en relación con Dios, bien porque busquemos conocerle, ya sea porque reconociéndole queramos ser gratos en su presencia y le ofrecemos nuestros dones de acción de gracias, o porque queramos,  digámosle así, aplacarle porque sentimos que con nuestro mal y pecado le ofendemos y en consecuencia queremos alcanzar su perdón.
Es algo innato en todo corazón humano y todos los hombres y todos los pueblos de una forma o de otra queremos entrar en relación con Dios, religión, y se tiene a quienes en nombre del pueblo hagan esas ofrendas a Dios. Es, por así decirlo, una forma natural de sacerdocio y de religión.
Eso lo vemos expresado de manera muy clara en todo el Antiguo Testamento y en toda la historia de la salvación del pueblo de Dios. Es así cómo Moisés instituye el sacerdocio en la persona de Aarón y todo el orden sacerdotal que servía a Dios en el templo de Jerusalén con el ofrecimiento de holocaustos y sacrificios que todos los días se ofrecían sobre el altar. Podemos ver incluso anterior a todo eso al sumo sacerdote Melquisedec, en tiempos de Abrahán, que va a ser imagen del sacrificio de Cristo.
Pero aquellos sacerdotes una y otra vez tenían que ofrecer sacrificios por sí mismos y por el pueblo y era necesario el Sacerdocio y el Sacrificio que de una vez para siempre nos alcanzara el perdón y la salvación definitiva.
Hoy celebramos a quien está constituido para siempre con ese Sacerdocio eterno y definitivo y que iba a ofrecer el Sacrificio de la nueva y eterna Alianza que sí nos alcanzara el perdón de nuestros pecados y la salvación eterna. Para gloria de Dios y para la salvación del género humano, como hemos expresado en la oración litúrgica, ‘constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote… Pontífice de la Alianza nueva y eterna, por la unción del Espíritu, y determinaste en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único Sacerdocio’. Así lo expresaremos también en el prefacio.
Es el Sacerdocio de Cristo que hoy celebramos. Como nos decía la carta a los Hebreos ‘Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio… con un solo sacrificio ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados’. En Cristo, por su sangre derramada, hemos sido consagrados, santificados, llenos de vida y de gracia para siempre. El así y para eso hizo la ofrenda de su vida al Padre desde que entró en el mundo cuando gritó ‘aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Y cumpliendo la voluntad del Padre subió al altar de la Cruz haciendo la ofrenda de su vida, derramando su Sangre, alcanzándonos la Salvación. Así lo contemplamos como Sacerdote de la Nueva Alianza y como Pontífice que nos reconcilia con Dios.
Es el Sacerdote que hace la ofrenda; es el Pontífice que nos sirve de puente entre la humanidad pecadora y ahora por su sangre reconciliada y Dios. Es el que se ofrece por nosotros, siendo hombre como nosotros, pero con el valor infinito de sus actos, de su vida de Hijo de Dios, para obtenernos así la salvación.
Y como decíamos a todos nos hace participes de su sacerdocio, porque todos hemos de hacer con Cristo ofrendas agradables al Padre, pero ha confiado el ministerio de su sacerdocio a quienes por  la imposición de las manos ha constituido sacerdotes ‘para que renueven en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparen a tus hijos el banquete pascual, presidan a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos’. He querido recoger textualmente las palabras que luego diremos en el prefacio porque expresan con toda precisión lo que significa el sacerdocio ministerial.
Todo el pueblo cristiano ha de ser consciente de lo que significa ese sacerdocio de Cristo, para comprender mejor la misión de los sacerdotes, pero también para saber estar a su lado apoyándolos con su oración. Es grande la misión que se nos confía y que nos obliga a configurarnos más y más con Cristo en una vida santa en la fidelidad y en el amor; pero somos humanos y pecadores que solo con nuestras fuerzas no podremos lograr tan alto misión y santidad.
La celebración, pues, de esta fiesta de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, nos tiene que hacer considerar lo que es el Sacerdocio de Cristo y hacer que surja nuestra acción de gracias al Señor por la maravilla de su amor que se manifiesta en su sacerdocio y se manifiesta en sus sacerdotes. Damos gracias a Dios por el Sacerdocio de Cristo; damos gracias a Dios porque nos hace partícipes a todos por nuestro bautismo de ese sacerdocio común a todos los fieles; pero damos gracias a Dios por los sacerdotes, ministros del Señor, que Cristo ha puesto a nuestro lado, como sacerdotes y pastores del pueblo de Dios para hacernos llegar la gracia salvadora de la redención.
Damos gracias, pero pedimos por los sacerdotes. Somos instrumentos humanos, sujetos a muchas limitaciones y debilidades que necesitamos de la gracia del Señor, de la fuerza de su Espíritu. Nuestra oración por los sacerdotes manifiesta lo que valoramos el Sacerdocio de Cristo, más allá de las personas que conocemos y están cercanos a nosotros, aunque para nosotros son los primeros sacramentos de la gracia del Señor. Pedimos por la santidad de los sacerdotes y pedimos por el aumento de las vocaciones al sacerdocio. Roguemos al dueño de la mies, que mande operarios a su mies que es abundante y los obreros son pocos. Lo hacemos con confianza porque sabemos que el Señor nunca abandona a su pueblo.

domingo, 11 de mayo de 2014

Un buen pastor es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una comunidad eclesial



Un buen pastor es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una comunidad eclesial

Hechos, 2, 14.36-41; Sal.22; 1Ped. 2, 20-25; Jn. 10, 1-10
‘El Señor es mi pastor, nada me falta… en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas  y repara mis fuerzas…’ Así hemos rezado en el salmo en este domingo que se le suele conocer como el domingo del Buen Pastor.
Un buen pastor cuida de sus ovejas; un buen pastor busca los mejores pastos; un buen pastor procurará que no le falte el agua para beber sus ovejas; un buen pastor se preocupa de buscar a la oveja descarriada o perdida y curar a la herida o que está enferma. Hoy todo eso lo vemos como en imagen para referirnos a Cristo, nuestro Buen Pastor.
¿Qué es lo que vemos en el evangelio? ¿Cómo podemos contemplar a Jesús como Buen Pastor de nuestra vida? Aparte de lo que hemos escuchado en los textos del día de hoy podemos recordar otros momentos. Cuando las multitudes acuden a Jesús queriendo escuchar su Palabra o llevarle a sus enfermos con sus dolencias, caminando hasta los lugares más apartados porque tienen deseos de estar con Jesús, dirá el evangelista que sintió lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles con calma y al final multiplicará los panes para que nadie se quede sin comer.
Pero por otra parte cuando es prendido en el huerto, los discípulos que quedan y están allí llenos de miedo ante lo que se avecina, ‘todos le abandonaron y huyeron’, contarán los evangelios, pero ya antes Jesús había recordado el anuncio profético de ‘heriré al pastor y se dispersarán sus ovejas’.
No quiere Jesús que nos perdamos, que vayamos errantes de un lugar para otro sin saber donde encontrar el alimento que necesita nuestra vida. Estará siempre dispuesto a alimentarnos para que tengamos vida y vida en abundancia y El mismo será nuestro alimento y nuestra vida porque se hará Pan de vida para que le comamos y para que podamos tener vida para siempre.
¿No podemos recordarle también como el que va al encuentro de aquel enfermo a quien nadie mira ni atiende como el paralítico de la piscina o el ciego de nacimiento de la calle, o también ofreciéndose a ir allí donde hay alguien que sufre ya sea el criado del centurión o la hija de Jairo?
Cuando nos ve heridos o descarriados siempre querrá estar atrayéndonos hacia El, manifestará la sed que tiene de nosotros, pero nos manifestará sobre todo lo que es el amor del padre que nos espera, que nos regala con su amor y su perdón y además hace un banquete para celebrar nuestra vuelta.
Y es que más alegría habrá en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse, y entonces nos hablará del pastor que va a buscar a la oveja perdida, mientras deja a las otras noventa y nueve a buen recaudo para que no se pierdan volviendo con la oveja perdida sobre los hombres e invitando a sus amigos a la fiesta porque ha encontrado la oveja pedida, o también de  la mujer que barre y revuelve toda la casa para encontrar la moneda que se le había extraviado.
Es el que nos conoce allá en lo más hondo de nuestro corazón porque nada podemos ocultar a su amor y por eso siempre tiene la paciencia de esperarnos, de llamarnos, de buscarnos, pero también de revelarnos todo lo que es su amor y su vida para que como El nos conoce también nosotros lo conozcamos. Por eso hoy nos dice ‘y las ovejas atienden a su voz, y El las va llamando por el nombre a sus ovejas… camina delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz…’
Jesús es nuestro Buen Pastor, pero ¿nosotros  reconoceremos su voz y le seguimos? No nos basta decir que El es nuestro Buen Pastor si luego nosotros no lo escuchamos y lo seguimos; no nos basta decir que es nuestro Buen Pastor si luego nosotros no nos dejamos alimentar por su vida. Pensemos cuanta gracia derrama el Señor sobre nuestra vida buscándonos y llamándonos, pero cómo tantas veces nos hacemos oídos sordos a esas llamadas del Señor. Cuántas veces no queremos aceptar su Palabra, su enseñanza y rechazamos su gracia porque los caminos que seguimos no son precisamente los caminos que nos señala el Señor.
Hoy nos dice también que El es la puerta, la única puerta por la que podemos entrar para alcanzar la salvación; la única puerta donde vamos a ir y encontrar la fuente del agua viva de la gracia que nos santifica; la única puerta por la que podemos acercarnos para escuchar su Palabra, una Palabra que nos llena de vida, que nos santifica, que nos conduce por los verdaderos caminos que nos conducen a Dios. ‘Yo soy la puerta; quien entra por mí se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos’, nos dice el Señor.
Pero Jesús además ha querido dejarnos también a quienes en su nombre sean pastores del pueblo de Dios para que realicen ese mismo actuar de Cristo. Escogió a los Doce apóstoles a los que enviará por el mundo con su misma misión, pero sigue llamando a los que El quiere que continúen con la misma misión. Son los pastores del pueblo de Dios que en nombre de Cristo siguen anunciándonos la Palabra del Señor y siguen conduciéndonos a la fuente de la gracia divina que nos sane, que nos llene de  vida, que nos alcance la salvación.
Hoy es un buen momento para que todos reconozcamos y oremos por aquellos que realizan esa misión pastoral dentro de la Iglesia en nombre de Cristo Buen Pastor. Es una tarea grande que el Señor ha querido confiar a personas como nosotros, a los que llama de manera especial, con una vocación especial, instrumentos de barro con las mismas debilidades que los demás cristianos pero que han de asemejarse a Cristo Buen Pastor para realizar su misión. Y aquí toda la comunidad eclesial ha de estar al lado de sus pastores, valorando la misión que de Cristo han recibido, pero orando por ellos para que no les falte nunca la gracia del Señor para realizar su misión de la manera más santa posible.
Por eso hoy es también día de oración por las vocaciones. La mies es abundante, pero los obreros son pocos, nos decía Jesús en el Evangelio cuando aquellas multitudes se acercaban a El para escucharle. Orad al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies, nos decía Jesús. Es lo que siempre hemos de hacer, pero que de manera especial hacemos en este domingo, pidiendo al Señor que sean muchos los llamados al sacerdocio, a consagrarse en la vida religiosa en sus diferentes carismas por el Reino de Dios, o a los distintos ministerios en tantos campos de apostolado que tenemos ante nosotros.
Oramos para que haya buenos pastores para el pueblo de Dios según el corazón de Cristo. Como decía el santo Cura de Ars, ‘un buen pastor, según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, a una comunidad eclesial, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina’.
Que así elevemos siempre nuestra oración al Señor para que conceda esos tesoros a la Iglesia con abundantes vocaciones; pero así hemos de elevar también nuestra oración al Señor pidiendo por nuestros pastores, por los sacerdotes, por los religiosos y religiosas, por los misioneros, por todos los que realizan una función pastoral dentro de la Iglesia; que se manifieste así la misericordia del Señor. Cristo, Buen Pastor, nunca nos abandona.

domingo, 21 de abril de 2013


Jesús, Buen Pastor está siempre a nuestro lado

Hechos, 13, 14.43-52; Sal. 99; Apoc. 7, 9.14-17; Jn. 10, 27-30
Este cuarto domingo de Pascua es conocido desde siempre como el domingo del Buen Pastor. Es la imagen con la que Jesús se nos presenta en el Evangelio pero, además todos los textos de la liturgia propios de este domingo, las oraciones, las antífonas, están impregnados de ese sentido y de una forma o de otra nos aparece esa imagen del Buen Pastor.
‘Yo soy el Buen Pastor - dice el Señor - conozco a mis ovejas y las mías me conocen’ es la antífona del Aleluya con que hemos aclamado el Evangelio antes de proclamarlo. De ello nos ha hablado Jesús. ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna’, nos decía en el evangelio.
Esta imagen del pastor es muy rica en significado para hablarnos de ese amor de Dios que nos busca y que nos llama, que nos cuida y que nos alimenta, que nos conduce por caminos seguros y nos llena de vida. Es imagen bien hermosa para manifestarnos todo  lo que es el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Un amor fiel que permanece invariable sobre nuestra vida, que nos llena de esperanza porque nos sabemos siempre amados de Dios.
En el mensaje que nos dejaba Benedicto XVI para la Jornada de oración por las vocaciones que se celebra en este día nos decía: ‘¿En qué consiste la fidelidad de Dios en la que se puede confiar con firme esperanza? En su amor. El, que es Padre, vuelca en nuestro yo más profundo su amor, mediante el Espíritu Santo. Y este amor, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo, interpela a nuestra existencia, pide una respuesta sobre aquello que cada uno ha de hacer de su propia vida, sobre cuánto está dispuesto a empeñarse en realizarla plenamente. El amor de Dios sigue, en ocasiones, caminos impensables, pero alcanza siempre a aquellos que se dejan encontrar. La esperanza se alimenta, por tanto, de esta certeza: Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Y este amor exigente, profundo, que va más allá de lo superficial, nos alienta, nos hace esperar en el camino de la vida y en el futuro, nos hace tener confianza en nosotros mismos, en la historia y en los demás…’
¡Qué hermoso sentirse así amado por Dios! Es necesario que nos dejemos encontrar por su amor. Nos sentimos engrandecidos y llenos de vida, nos sentimos alentados a caminar con esperanza y a luchar con empeño por superarnos y crecernos, nos sentimos impulsados a amar más para entrar en una relación mutua más humana y más fraterna, nos sentimos con deseos profundos y comprometidos por hacer que nuestro mundo sea cada día un poco mejor, nos hace sentirnos con más confianza en nosotros mismos para sentirnos capaces de hacer ese mundo mejor. Siempre el que se siente amado se siente dignificado en su ser más intimo y eso le enseñará también a valor la dignidad de los demás a quienes ya mirará siempre como hermanos.
Y es que no nos sentimos solos, porque sabemos que Jesús, como Buen Pastor que está siempre al lado de sus ovejas, está junto a nosotros alentándonos con su presencia pero llenándonos también con su gracia. Como el pastor que buscará siempre los mejores pastos, el mejor alimento para sus ovejas, así el Señor nos ofrece cada día la riqueza de su Palabra que alimenta nuestra vida, pero también se nos dará El mismo para ser nuestra fuerza y nuestro alimento en la Eucaristía de su Cuerpo y Sangre.
Así nos cuida el Señor y nos defenderá como el pastor que no es un asalariado, porque el asalariado no defiende a las ovejas sino que cuando  ve venir al lobo huye y las abandona, como nos dice en otros lugares del evangelio. Hoy nos dice que sus ovejas ‘no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano’. Nos sentimos seguros en el amor del Señor.
Como nos decía Benedicto XVI ‘¡En el Señor resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza!... También hoy Jesús, el resucitado, pasa a través de los caminos de nuestra vida… y en ese devenir cotidiano sigue dirigiéndonos su palabra; nos llama a realizar nuestra vida con El, el único capaz de apagar nuestra sed de esperanza. El, que vive en la comunidad de los discípulos que es la Iglesia, también hoy nos llama a seguirlo’.
‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen’, que nos decía Jesús en el evangelio. Por una parte está esa respuesta nuestra escuchando al Señor y queriendo seguirle porque en El nos sentimos totalmente seguros con esa seguridad y certeza que nos da el amor, pero está también cómo el Señor nos conoce; y nos conoce por nuestro nombre, como somos, con nuestras necesidades y debilidades, con nuestras ilusiones y nuestras esperanzas; y aún así nos ama y nos está invitando continuamente a seguirle, a estar con El. Le escuchamos y nos llenamos de su luz; le escuchamos y nos sentimos envueltos por su amor; le escuchamos y nos ponemos en camino de vida eterna. Queremos seguir a Jesús, verdadero pastor de nuestra vida y al mismo tiempo Cordero de Dios que se sacrifica por nosotros para darnos vida.
Como ya hemos venido expresando al hacer mención al mensaje del Papa hoy estamos celebrando la Jornada de Oración por los Vocaciones. Jesús es el Buen Pastor de nuestra vida pero El se hace presente en su Iglesia en aquellos que llama con una vocación especial para ejercer ese ministerio de pastores en su nombre para bien de la Iglesia. Un día llamó a Pedro y a los Apóstoles para que continuaran su misión enviándolos por el mundo a anunciar el evangelio constituyendo la Iglesia en las comunidades de creyentes en el  nombre del Señor Jesús que iban surgiendo. Esa misión se continúa en los pastores que Dios sigue llamando a través de todos los tiempos como regalo de gracia para su Iglesia.
Pastores compenetrados en todo con Cristo Pastor y que se hacen pobres y desprendidos, con Cristo empobrecido, para evangelizar a los pobres; pastores humildes, con Cristo humillado y servidor, para estar más cerca de los pobres y los pequeños; pastores misericordiosos, con Cristo compasivo, para estar más abiertos a las miserias humanas; pastores pacíficos, con Cristo-Paz, para llegar a ser instrumentos de reconciliación; pastores limpios de corazón, con Cristo transparencia divina, para poder descubrir y proyectar la presencia de Dios en medio del mundo.
Hoy es un día de especial oración de las comunidades cristianas por sus pastores y también por todos aquellos llamados por el Señor con una vocación de especial consagración, como son los religiosos y religiosas, testigos de Cristo en medio del mundo. Oremos al dueño de la mies que envié obreros a su mies, como nos enseña Jesús en el evangelio. Como nos decía Benedicto XVI en su mensaje para esta Jornada ‘la oración constante y profunda hace crecer la fe de la comunidad cristiana, en la certeza siempre renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales, al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza en medio del mundo’.
La abundancia de vocaciones es la mejor expresión de la intensidad de vida de nuestras comunidades cristianas; ‘la respuesta a la llamada divina por parte de un discípulo de Jesús para dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada se manifiesta como uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana, que ayuda a mirar con particular confianza y esperanza el futuro de la Iglesia y a su tarea evangelizadora. Esta tarea necesita siempre de nuevos obreros para la predicación del evangelio, para la celebración de la Eucaristía y de todos los sacramentos’.
Oremos al Señor para no falten sacerdotes, personas que consagren su vida a Dios y al servicio de la Iglesia en una especial consagración en la vida religiosa en sus diferentes órdenes y carismas. Oremos al Señor para que sean muchos los llamados, pero que sientan en su corazón la fortaleza de la gracia para responder a su vocación con total fidelidad. Son un regalo bien preciado del Señor a su Iglesia. 

sábado, 26 de enero de 2013


Decían que no estaba en sus cabales y lo decimos también de los demás

Hebreos, 9, 2-3.11-14; Sal. 46; Mc. 3, 20-21
Es bien breve el texto del evangelio de hoy, apenas dos versículos, pero creo, sin embargo que nos puede decir muchas cosas. Nunca hemos de considerar de poca importancia la Palabra que se nos proclama sea cual sea la cantidad de versículos que se  nos ofrezcan. Siempre con un corazón lleno de fe hemos de saber acoger la Palabra que el Señor quiere decirnos. Siempre tendrá un mensaje para nuestra vida.
Por el temor respetuoso con que nos acercamos a Jesús, por la fe que hemos puesto en El y por el amor que tenemos nos puede resultar incomprensible o chocante lo que nos dice el evangelio que ‘la familia de Jesús vino para llevárselo porque decían que no estaba en sus cabales’.
En cierto modo, humanamente hablando, puede resultar una reacción normal por parte de la familia. Jesús había dejado todo para ponerse a anunciar el Reino de Dios y, aunque había mucha gente que lo seguía o que venía hasta él con sus enfermedades y dolencias para que los curara, también iba apareciendo cierta oposición por parte de las personas importantes e influyentes de la sociedad de entonces. A nadie le gusta que un familiar suyo sea vejado por parte de los demás o se encuentre con fuertes oposiciones, porque ya hemos escuchado cómo ‘los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con El’.
Como iremos viendo a lo largo del Evangelio Jesús no tiene ningún temor, se siente totalmente libre quien ha venido a darnos la libertad verdadera, y seguirá adelante en su misión de anunciar el Reino, traernos el Evangelio y alcanzarnos la salvación porque su amor es tan grande que le llevará a dar su vida, en el acto de amor más sublime, por aquellos a los que ama, por nosotros. Ojalá tuviéramos nosotros siempre esa libertad de espíritu para actuar sin ningún temor y mostrarnos en verdad como verdaderos testigos del evangelio.
Tenemos la experiencia muchas veces bien cercana a nosotros de escuchar reacciones semejantes a estas que nos cuenta hoy el evangelio en nuestro entorno cuando vemos a una persona entregada por los demás, por hacer el bien, por vivir un compromiso serio por la sociedad en la que vive. ‘Ese está loco’, habremos escuchado decir o le habremos dicho a alguien en alguna ocasión. Es la reacción que tienen muchas familias por ejemplo cuando un  hijo o una hija dice que quiere ser sacerdote, que quiere ser religiosa. Cuántas cosas se dicen, cuanta oposición y cuantos sufrimientos. Es lo que hoy estamos viendo en el evangelio que sucede con Jesús.
Jesús tiene clara su misión. Es lo que nosotros también hemos de tener claro cuando recibimos una llamada en el corazón y lo que necesitamos es generosidad y disponibilidad para responder. Pero también hemos de aprender la lección en relación a los demás. No podemos juzgar, tenemos que saber aceptar, valorar la entrega de los otros, a saber apoyar también lo bueno que hagan o quieran hacer los demás. Cuántas vocaciones se frustran en muchas ocasiones porque no las hemos apoyado lo suficiente, tanto en el aspecto de la vida religiosa, como de compromiso social.
Creo que esto que estamos reflexionando puede ser un bueno motivo de oración para nosotros. Oración para sentir en nosotros la fuerza del Espíritu del Señor cuando hay una llamada en nuestro corazón y tengamos la gracia y la fortaleza de seguir adelante respondiendo a lo que nos pida el Señor. Oración también por los demás, por los que sienten esa inquietud en el corazón por lo bueno, por luchar por un mundo mejor, por vivir un compromiso social o por los que sienten la llamada del Señor en su corazón para seguirle con total radicalidad entregándose al Sacerdocio, o a la vida religiosa o misionera. Pidamos que no les falte nunca la gracia del Señor que fortalezca sus voluntades y les dé generosidad en su corazón.