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jueves, 4 de junio de 2020

Miramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no temiendo hacer la subida del monte Moria ni el paso por Getsemaní porque nos llega el perfume del huerto de la resurrección



Miramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no temiendo hacer la subida del monte Moria ni el paso por Getsemaní porque nos llega el perfume del huerto de la resurrección

Génesis 22, 9-18; Sal 39; Mateo 26, 36-42
Algunas veces en la vida nos puede parecer que se nos está exigiendo un sacrificio que supera nuestras fuerzas y capacidades y de alguna manera nos sentimos débiles, nos sentimos como zarandeados por esos bandazos y esas exigencias, nos sentimos incapaces de seguir adelante y realizar un esfuerzo más. problemas de superación personal, problemas de responsabilidades adquiridas, problemas de misiones que se nos han confiado y que nos parece que no tuvieron en cuenta hasta donde nosotros podríamos llegar… pero quizá encontramos allá dentro de nosotros mismos una fuerza que parece que no contábamos con ella y seguimos adelante asumiendo nuestras responsabilidades.
Hablo de una forma que parece genérica pero que cada uno puede ver traducida en situaciones personales por las que haya pasado en alguna ocasión en la vida. ¿Seguimos adelante? ¿Nos volvemos atrás y abandonamos responsabilidades? ¿Qué valentía interior podemos encontrar? ¿Habrá algún apoyo que nos llegue desde el exterior, una mirada de amigo, una mano con pulso firme pero cargada de ternura, un brazo sobre nuestro hombro? Lo necesitamos y no sé si siempre lo encontramos.
Hoy la Palabra del Señor nos ofrece dos hermosos textos en este sentido. Por una parte el sacrificio de Abrahán. Y digo bien, el sacrificio de Abrahán, porque el verdadero sacrificio era el que se estaba inmolando en su corazón. Es cierto le había pedido Dios el sacrificio de su hijo, pero era el sacrificio de su corazón el verdaderamente importante. Todo aquello que sentía, que sufría su corazón mientras iban subiendo al monte Moria. Era la negación de si mismo, de su yo, de su propia voluntad para aceptar confiado la voluntad de Dios. Y el sacrificio se realizará a la perfección aunque no se llegase al momento cruento del sacrificio y muerte de Isaac. Para Dios valía la disponibilidad y la confianza del corazón de Abrahán.
‘Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’. Es la oración de Jesús en Getsemaní. Había dicho que su alma estaba triste con una tristeza de muerte, pues Jesús sabía lo que le esperaba, la pasión que en aquellos momentos comenzaba. Es el ofertorio del sacrificio de Cristo que se está realizando allí en Getsemaní. Es el comienzo del camino de la pasión. Es la Pascua. Era el paso de Dios en medio de la vida de la humanidad, una humanidad también atormentada por el sufrimiento. Jesús está recogiendo todo ese sufrimiento y toda esa negrura de la humanidad. Había venido para realizar lo que era la voluntad del Padre, y qué difícil se le estaba poniendo en su corazón. Ahí vemos el lamento de su oración. Pero ahí vemos la confianza de su corazón. ‘Que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’.
Estamos escuchando hoy estos dos textos que nos ofrece la liturgia en la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Es la ofrenda del Sacerdote, es el sacrificio que ofrece Cristo por la salvación de toda la humanidad, es la ofrenda de su mismo que terminará diciendo en lo alto de la Cruz ‘a tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Contemplamos el sacerdocio de Cristo, pontífice compasivo y fiel, como nos dirá la carta a los Hebreos, que conocía nuestras debilidades, que estaba de nuestro lado en nuestro camino de sufrimiento, que viene con su humanidad para mostrarnos la cercanía de Dios, que nos sostiene en la patena de su sacrificio cuando nosotros nos vemos débiles para que podamos sentir que hasta estamos por encima de nuestras flaquezas y debilidades, para que nos sintamos fortalecidos para seguir en ese camino de fidelidad que tanto nos cuesta en muchas ocasiones, para que nos demos cuenta que no estamos solos en ese levantarnos hacia lo alto.
Hoy queremos contemplar también a todos los sacerdotes que participan del sacerdocio ministerial de Cristo y queremos decirles también que no están solos aunque muchas veces tengan que vivir muchas soledades. Que detrás está toda la Iglesia, aunque quizá no siempre se sepa manifestar con esa compasión del Cristo sacerdote, pero es que estamos muy llenos de debilidades humanas. Que sepan contar siempre con la gracia de Cristo, porque aunque se sientan abandonados por los hombres, no faltará nunca la presencia y la fuerza del Espíritu del Señor que se manifestará de mil maneras y que llegará en la presencia quizás de quienes menos pensamos. Que no teman subir al monte Moria ni pasar por el huerto de Getsemaní, porque siempre se llegará al huerto perfumado de la pascua y de la resurrección. Lo dice quien lo siente de verdad en su corazón.

domingo, 4 de marzo de 2012


Ascendamos al Tabor que tras la subida del calvario nos encontraremos el resplandor de la resurrección

Gén. 22, 1-2.9-13.15-18;
 Sal. 115
; Rm. 8, 31-34; 
Mc. 9, 2-10
El camino de la Cuaresma lo podemos considerar como una ascensión, una subida. Caminamos en la Cuaresma hacia la Pascua, realizamos nuestras ascensión y subida como Jesús que subía a Jerusalén donde había de realizarse su Pascua salvadora. Realmente así podemos considerar el camino de nuestra vida cristiana. La ascensión, la subida siempre es costosa y exige esfuerzo pero no nos importa cuando sabemos que la meta merece la pena.
Subir a Jerusalén, subir a la montaña, subir hasta la cruz y el calvario tiene sus exigencias, significa un esfuerzo muchas veces costoso y doloroso, pero sabemos que la Pascua siempre culmina en resurrección y en vida, aunque haya antes que entregarla.
La primera lectura nos habla de una subida costosa y dolorosa. Subir a la montaña que le indicaba el Señor le fue costoso y doloroso a Abrahán, como hemos escuchado. ‘Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac… y ofrécemelo en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré’, le pide el Señor a Abrahán. Duro tenía que ser el camino; podemos imaginar fácilmente los sentimientos de su corazón; el sacrificio que iba ofreciendo ya desde el camino era grande. Pero Abrahán se puso en camino para el sacrificio como le había indicado el Señor y como ya había hecho un día cuando salió de su patria y de su tierra a la tierra que el Señor le iba a indicar.
La subida al Tabor también tenía sus exigencias y suponía un esfuerzo. Bien sabemos que cuando queremos subir a lo alto de una montaña tenemos que desprendernos de muchas rémoras y pesos muertos que dificultarían la ascensión. En el entorno de este acontecimiento maravilloso Jesús había hablado de pasión y de muerte, había anunciado la cruz y tambien les había hablado de resurrección, aunque a ellos les costaba entender. De muchas cosas, ideas preconcebidas hay que desprenderse para captar en toda su hondura los anuncios o el mensaje de Jesús.
Ahora Jesús habia invitado a sus tres discípulos predilectos, Pedro, Santiago y Juan, a subir con El a lo alto de la montaña para orar ‘y se transfiguró delante de ellos’. Todo tenía su significado y sentido. Allí sucederían cosas maravillosas y se nos iba a revelar la gloria del Señor. Una gran noticia, una Buena Noticia tenía Dios para nosotros en lo alto de la montaña. Es una teofanía lo que contemplamos. Es una revelación del misterio de Dios. Así se manifiesta tantas veces el amor del Señor.
En lo alto de la montaña ahora todo brillaba con resplandores de cielo. Serán los vestidos de un blanco deslumbrador que nos describe el evangelista; serán las apariciones de ‘Elías y Moisés, conversando con Jesús’, signos de la ley y los profetas ; será la nube que los envuelve o la voz del cielo que señala a Jesús como el Hijo amado del Padre: ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’. Será luego el silencio y la soledad de lo que sigue sin terminar de comprender por parte de los discíopulos lo que Jesús les sigue anunciando, pues de aquello no podrán hablar hasta después que resucite de entre los muertos, que ellos siguen sin comprender.
Pero allí se ha manifestado la gloria del Señor. Y todo lo que ha sucedido viene a alentar la fe de los apóstoles porque ‘después de anunciar su muerte a los discípulos les mostró en ell monte santo el resplandor de su gloria, para testimoniar de acuerdo con la ley y los profetas que la pasión es el camino de la resurrección’.
En nuestra subida a Jerusalén, nuestra subida a la Pascua que es este camino de Cuaresma que vamos haciendo necesitamos también contemplar el resplandor de la gloria del Señor que nos prefigure y nos anuncie el resplandor de la resurrección. Necesitamos avivar nuestra esperanza. Necesitamos vislumbrar la meta a la que deseamos llegar para sentirnos así alentados en ese camino de superación, de purificación, de crecimiento interior que tiene que ser nuestra cuaresma.
Un camino que, como el de Abrahán, nosotros necesitamos hacer también con una profunda purificación interior. Abrahán supo ofrecer el sacrificio más doloroso desde lo hondo de su corazón de estar dispuesto a sacrificar a su hijo único, como se lo pedía el Señor; y nosotros también hemos de hacer un sacrificio de nuestro yo más hondo; hemos de hacer también una purificación grande de nuestra vida; hemos de aprender a desprendernos también de muchas cosas que nos impiden ascender en ese camino de gracia y de santidad.
La ascensión en nuestra vida es costosa; el deseo de superación y crecimiento que hemos de tener allá en lo más hondo de nosotros mismos muchas veces se puede ver como apagado porque muchas son las tentaciones que nos acechan o que nos atraen; cargar con la cruz de la negación de nosotros mismos no siempre es fácil porque aparece nuestro otgullo o nuestro amor propio que nos cautiva y nos engaña con falsos señuelos de grandezas y reconocimientos humanos; el desprendimiento que daría generosidad al corazón sin embargo produce desgarros en el alma porque son muchos los apegos que tenemos en el corazón.
Cuando brilla ante nuestros ojos el resplandor de la transfiguración su luz nos hará mirar con mirada distinta todas las cosas y también nuestra propia vida. Al resplandor de esa luz descubriremos quizá muchas oscuridades, muchas zonas de sombra y negrura en nuestra vida que necesitaremos analizar, revisar, purificar, iluminar con la nueva luz de la gracia del Señor. Es momento de reflexión, de revisión, de mucha oración para dejar que la Palabra ilumine totalmente nuestra vida y todo pueda comenzar a hacerse nuevo; pueda brotar el hombre nuevo de la gracia y la santidad de Dios.
Tenemos que mirar a cara descubierta la luz que brota del Tabor de la Transfiguración para que tengamos el coraje y la valentía de ponernos a seguir a Jesús con toda radicalidad. La luz de Cristo nunca nos producirá encandilamientos sino que nos atraerá suavemente y con firmeza a seguir con seguridad los caminos del evangelio. Tenemos que dejarnos cautivar por esa luz que es la luz de la vida y de la resurrección. Tenemos que dejarnos iluminar por esa luz para que luego también nosotros podamos iluminar a los demás.
Es Jesús, es el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar, y a quien queremos seguir. Estando con Jesús no tememos ya la subida del calvario y de la cruz porque subiendo al Tabor con Jesús hemos aprendido a seguir con más libertad interior los caminos del evangelio y sabemos a ciencia cierta que detrás está siempre la vida y la resurrección. Es en lo que de alguna manera nos vamos entrenando en este camino de la Cuaresma con nuestras penitencias y nuestras austeridades, con nuestra escucha atenta de la Palabra y con la oración que queremos intensificar.  
Sigamos haciendo con todo fervor este camino cuaresmal; que se intensifique nuestra oración y nuestra escucha de la Palabra, porque seguro que el Señor querrá seguir manifestándonos muchas cosas, muchos resplandores de luz. Dejémonos conducir por la fuerza de su Espíritu para que nazca ese hombre nuevo en nosotros con la resurrección del Señor.

jueves, 30 de junio de 2011

Nuestra disponibilidad de sacrificio por el Señor


Gén. 22, 1-19;

Sal. 114;

Mt. 9, 1-8

¿Hasta dónde estaríamos nosotros dispuestos a llegar en los sacrificios que ofrezcamos a Dios? Buscando en el diccionario lo que significa la palabra sacrificio entre otras cosas nos dice que figuradamente es ‘acto de abnegación inspirado por la vehemencia del cariño’. Acto de abnegación, o sea el hecho de negarnos algo que para nosotros consideramos importante, y que inspirados por el amor que tenemos a quien se lo ofrecemos – dice vehemencia - somos capaz de negárnoslo para nosotros para darlo o entregarlo a aquel a quien amamos.

La palabra sacrificio tiene una connotación también de algo sagrado, porque en su origen es la ofrenda de algo que hacemos a Dios; ya no la queremos para nosotros, sino que la queremos para Dios, lo que la convierte de alguna manera en algo sagrado. La raíz de la palabra sacrificio iría en ese sentido.

En las religiones antiguas se ofrecía a Dios de aquello que era su vida o el fruto de sus trabajos, lo que se consideraba lo mejor. Se ofrecían los mejores animales de sus ganados, que son los sacrificios habituales que vemos en la antigüedad; o se ofrecían los mejores frutos de la tierra, por eso eran las primicias las que se ofrecían, los primeros frutos. Así lo vemos a lo largo de todo el Antiguo Testamento y que en los libros del Pentateuco se describe muy bien cómo habían de ser aquellos sacrificios, ofrendas y holocaustos.

Pero en el texto que ha motivado este comentario, el sacrificio de Isaac, ya no es el fruto de sus trabajos o lo mejor de sus ganados lo que se va a ofrecer al Señor. ‘Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré’. Tenemos que entender muy bien el sentido de este sacrificio que Dios pide a Abrahán.

Era habitual en muchos pueblos vecinos a Israel el que se ofreciesen también sacrificios humanos, porque era una forma de ofrecer lo mejor y lo más querido que se pudiera tener, como era el caso de un hijo. Veremos que en la ley del pueblo de Israel estos sacrificios están proscritos, aunque veremos algun otro caso a lo largo del Antiguo Testamento como consecuencia de un voto hecho a Dios. No es ese el sacrificio que Dios nos pueda pedir.

En este caso es una prueba muy dura a la que somete Dios a Abrahán, que ha ya tenido que renunciar a su casa y a su tierra para ponerse en camino para ir allá a donde le pida Dios. Y abrahán obedece. Dios le ha prometido ser padre de un pueblo numeroso y sólo le ha dado un hijo, Isaac, que le pide ahora en sacrificio. ‘Dios puso a prueba a Abrahán’, dice el texto sagrado. ¿Será Abrahán capaz de tal sacrificio por la fe que ha puesto totalmente en el Señor? ¿Hasta ahí llegará la vehemencia de su fe y de su amor? Y Abrahán se puso en camino a lo que le pedía el Señor.

Dios le estaba pidiendo a Abrahán lo mejor de su vida que ya no eran ni los animales que pudiera sacrificar, ni los holocaustos que pudiera ofrecer del fruto de sus trabajos, ni tampoco ahora la muerte de su hijo sacrificado para Dios. Es algo más hondo lo que Dios le está pidiendo a Abrahán, le está pidiendo su corazón, su voluntad, su fidelidad hasta el extremo de dar lo mayor y mejor de sí mismo.

No será el hijo, Isaac, lo que Dios le esté pidiendo a Abrahán, pues no permitirá Dios ese sacrificio cruento, pero Abrahán ha sido capaz de darle su corazón a Dios. Es el acto de abnegación suprema, recogiendo lo que definíamos del sacrificio, motivada por la fe y por el amor hasta el extremo que Abrahán tiene a Dios.

Nos preguntábamos a principio, ¿hasta donde estaremos dispuestos nosotros a llegar en el sacrificio que le ofrezcamos a Dios? Ya ha habido quien se ha ofrecido en sacrificio de expiación por nosotros, porque Dios mismo nos ha entregado a su propio Hijo que por nosotros ha muerto en la cruz para nuestra redención y salvación. No necesitamos ahora nosotros ofrecerle cosas a Dios, aunque algunas veces pareciera que eso nos es más fácil.

¿Estaremos todavía nosotros en el sentido del Antiguo Testamento o más atrás aún por lo que habitualmente queremos ofrecerle a Dios? Porque nos es más fácil desprendernos de una cosa por muy valiosa que sea, que darle nuestro corazón, nuestro yo, la obediencia de nuestra fe al Señor. ¿Seremos capaces de ofrecerle nuestro corazón, nuestro amor total en el sentido del amor que nos enseña y vemos en Cristo, la fidelidad absoluta en el cumplimiento de los mandamientos del Señor?

viernes, 14 de agosto de 2009

Creemos en un Dios cercano que interviene en el hoy de nuestra vida con su salvación

Josué, 24, 1-13
Sal. 135
Mt. 19, 3-12


Los israelitas han llegado ya a la tierra que el Señor les había prometido, ahora ya conducidos por Josué después de la muerte de Moisés. Antes de asentarse en aquella tierra tan deseada Josué les plantea seriamente a qué Dios van a servir. ¿Al que les ha conducido por el desierto en medio de grandes prodigios y cosas maravillosas para traerles a aquella tierra o a los dioses de aquellos pueblos con los que van a convivir? ‘Yo y mi casa serviremos al Señor’, es la opción por la que se decanta Josué.
Josué les hace un resumen de su historia que es una historia de salvación, que es la historia de la acción de Dios en medio de aquel pueblo. Les recuerda cómo Dios llamó a Abrahán ‘allá al otro lado del río Eufrates y lo conduje por todo el país de Canaán…’ Les recuerda los grandes patriarcas Isaac y Jacob y su marcha a Egipto. ‘Saqué de Egipto a vuestros padres con los portentos que hice’ y los hice atravesar el Mar Rojo. Finalmente les recuerda todas las dificultades pasadas en los largos años del desierto hasta entregarles la tierra en la que se iban ahora aposentar. No es simplemente la historia humana de Israel, sino que es la historia de las intervenciones de Dios con el pueblo al que ha escogido y al que ama.
Viene a ser como una profesión de fe. El judío no trataba de definir a Dios a partir de ideas o de conceptos, como un filósofo pudiera hacerlo. Dios ha dado, es cierto, razón e inteligencia al hombre para que incluso pueda llegar a descubrir la existencia de Dios. Así lo hicieron los filósofos de la antigüedad que incluso en medio de pueblos politeístas que adoraban a muchos dioses sin embargo hablaban de la existencia de un único Dios verdadero, al que desde la razón podían llegar a vislumbrar.
Pero el Dios en el que cree el pueblo judío es el Dios de la revelación. El Dios que se revela en su actuar, porque cuando confiesan su fe en Dios lo que hacen es recordar toda esa acción de Dios en su historia y en su vida. Luego vendrá desde la reflexión la profundización en ese misterio de Dios que así se les ha revelado, pero el Dios a quien confiesan su fe y al que adoran es al Dios que ha estado cerca de su pueblo, ha escuchado el clamor de su pueblo y ha caminado con su pueblo manifestando así su poder, su gloria y su amor.
Es cierto que nosotros hemos de saber dar razón de nuestra fe y para eso Dios nos ha dotado de inteligencia y capacidad de razonar. Pero creemos en ese Dios que se nos revela y que nos descubre el misterio más hondo de sí mismo en su actuar, en su amor y en su cercanía. Creemos en el Dios que nos ama y nos ama de tal manera que nos ha dado a su Hijo, nos lo ha entregado para por amor darnos vida, alcanzarnos la salvación.
Así como el judío creía en el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, para expresar así el Dios que había intervenido en su historia, nosotros creemos en el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo que así nos ha manifestado su amor y también se ha hecho presente junto al hombre – es Emmanuel , Dios con nosotros – para nada menos que regalarnos su vida y su salvación.
También nosotros tenemos que hacer un recuento de nuestra historia personal para descubrir ese actuar de Dios en nuestra vida. En cuántos momentos Dios se nos ha manifestado y se nos ha revelado, nos ha regalado con su amor y ha estado junto a nosotros para liberarnos de todo mal. Nos hace falta esos ojos de fe para descubrirle, pero nos hace falta ese reconocimiento desde nuestro corazón, desde lo más hondo de nuestro ser. Bueno es, en nuestra oración, hacer muchas veces ese recuento de esas intervenciones de Dios en nuestra vida, para reconocerle y para darle gracias, para que así surja nuestra alabanza más fresca, más viva y con toda nuestra vida.
Es el Dios vivo, el Dios personal, el Dios de amor presente también en nuestro corazón. Es el Dios que merece nuestro reconocimiento, nuestra alabanza, nuestra acción de gracias y nuestro amor. Es el Dios al que queremos obsequiar toda la ofrenda y obediencia de nuestra fe.

jueves, 2 de julio de 2009

Sacrificio de fe y ofrenda de amor

Gen. 22, 1-19
Sal. 114
Mt. 9, 1-8

‘Dios puso a prueba a Abrahán’. Es impresionante el texto que nos ofrece el libro del Génesis. El llamada sacrificio de Isaac, que más bien quizá tendríamos que decir el sacrificio de Abrahán.
‘Aquí me tienes’, fue la respuesta de Abrahán a la llamada de Dios. Aquí me tienes no es la respuesta de un momento sino la respuesta de una vida. Hasta tres veces de una forma semejante escuchamos hoy esta respuesta de Abrahán. Fue en primer lugar a la llamada de Dios para que le ofreciera en sacrificio a su hijo. ‘Aquí estoy, hijo mío’, que le responde a Isaac ante las inocentes pero dolorosas preguntas del hijo. ‘Aquí me tienes’, responde al ángel del Señor que le impide realizar definitivamente el sacrificio.
Pero había sido la respuesta desde el principio cuando Dios le pide salir de su casa y ponerse en camino para ir a donde se le señale. Pero era al mismo tiempo la actitud permanente de quien llamamos el padre de los creyentes, el padre y modelo de nuestra fe. Siempre creyó y siempre confió en Dios. No perdió esperanza cuando parecía que se perdía toda esperanza y se fiaba de la fidelidad de Dios que le había prometido ser padre de un pueblo numeroso.
‘Aquí me tienes’, es la respuesta cuando ahora Dios le pide sacrificar a su hijo, el hijo de la promesa. Nos parece cruel. Hemos de tener en cuenta lo que eran las costumbres de los pueblos y las religiones primitivas. Ofrecer sacrificios para aplacar a la divinidad, ofrecer sacrificio incluso humanos, como podían ser los hijos, porque era en su pensamiento la manera de agradar a Dios.
Aunque ésta es la petición que Abrahán siente en su corazón era otra cosa lo que le pedía Dios. No importaba el sacrificio de una vida humana, de un hijo, aunque duro tenía que estar pasándolo su corazón de padre, sino lo que importaba el sacrificio del yo, el sacrificio de la voluntad; sacrificio a la larga más sangrante, porque negarte a tí mismo y a tu voluntad no es que fuera cosa fácil. Y ese es el sacrificio que Dios quiere, para que en todo busquemos siempre su voluntad. Es la obediencia de la fe.
Este sacrificio de Isaac, o, si queremos, de Abrahán nos está enseñando por una parte esa ofrenda que de nosotros mismos hemos de hacer, de nuestra voluntad y de nuestro amor, pero es también imagen del sacrificio del Hijo de Dios. Dios que nos entrega a su Hijo y nos lo entrega por amor. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…’ Y aquí el sacrificio sí tuvo que llegar hasta el final, hasta la cruz, hasta la muerte, hasta dar la vida por nosotros. ‘Dios no perdonó a su Hijo por amor nuestro’.
‘Aquí estoy para hacer tu voluntad’
, fue el grito del Hijo en su entrada en el mundo. ‘Que llegue ya esta hora… que pase de mí este cáliz… que no se haga mi voluntad sino la tuya…’ Es el sacrificio y la ofrenda de Cristo. Pero es la ofrenda que Cristo hace en total libertad. ‘Nadie me arrebata la vida, sino que yo la entrego libremente…’ Y Jesús toma el camino de la pasión y de la cruz. No es un sacrificio ni una ofrenda obligada, sino una ofrenda y un sacrificio realizado en total libertad. Porque es el sacrificio y la ofrenda del amor. Y el que ama se da, y se da libremente, y se da totalmente.
Es lo que tenemos que aprender y que tanto nos cuesta. Obedientes a la voluntad del Padre, para buscar en todo su voluntad. Pero una voluntad de Dios que nosotros escogemos y acogemos, asumimos en total libertad, en la libertad del amor, en la ofrenda del amor. Como Abrahán, como Jesús en la cruz. Nuestro sacrificio sería así ya distinto. Porque con el sacrificio de nuestro yo, de nuestra voluntad, para buscar en todo y siempre la voluntad de Dios, nos estamos uniendo al sacrificio redentor de Cristo, a su ofrenda de amor.