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domingo, 30 de agosto de 2026

Seguir a Jesús significa emprender el camino del amor que nos hace entregar la vida cargando con nuestra cruz para poder ganarla en plenitud

 


Seguir a Jesús significa emprender el camino del amor que nos hace entregar la vida cargando con nuestra cruz para poder ganarla en plenitud

Jeremías 20, 7-9; Salmo 62; Romanos 12, 1-2; Mateo 16, 21-27

No se me ocurre mejor ejemplo, aunque tras las consideraciones que nos vamos a hacer seguramente brotarán en nuestra mente hechos similares a lo que ahora nos vamos a referir; digo que no se me ocurre mejor ejemplo que pensar en el amor de una madre; ¿qué es lo que está dispuesta a hacer una madre por el hijo a quien ama? Lo reducimos siempre a una palabra, todo, porque podríamos decir que una madre lleva el amor en su corazón como valor y sentido de su vida y mientras no anule ese amor porque se deje vencer por el egoísmo será capaz de dar todo, hasta su vida si fuera necesario, por el hijo a quien ama; todos pensamos así como surgido espontáneamente esas noches de insomnio de una madre junto al lecho de su hijo enfermo, a lo que por supuesto podemos y tenemos que unir muchas más cosas que es capaz de hacer en nombre de su amor. Algunas veces a eso lo llamamos sacrificio, porque en cierto modo es una ofrenda que está haciendo de su vida en nombre del amor, pero la madre no ha elegido el camino del sacrificio sino el del amor, y como el amor es darse y entregarse será capaz de aceptar el sacrificarlo todo precisamente en nombre de ese amor. Y aquí muchas más cosas podríamos seguir diciendo.

He dicho de entrada que lo he escogido como ejemplo y es para que comprendamos el sentido y el valor de las palabras de Jesús hoy en el evangelio, o más aún, de su propia vida. El camino de Jesús no es otro que el del amor, es el camino que está recorriendo Él y nos manifiesta en el evangelio. Es El la gran manifestación del amor de Dios y es lo que nos quiere enseñar, pero porque es lo que está viviendo El. Es la propuesta que nos está haciendo para nuestra vida, es la propuesta del evangelio, porque lo que Él quiere es que vivamos en ese amor; es el sentido del Reino de Dios que nos está proponiendo, es el camino que El va haciendo delante de nosotros.

Pero no es fácil, no lo fue para Él, como igualmente no lo será para nosotros. Ya vemos en el evangelio el rechazo que por parte de ciertos sectores va teniendo El y su mensaje que no terminan de entender. En el fondo a nosotros nos sucede lo mismo, porque no siempre entendemos, muchas veces nos cuesta hacer el mismo camino de Jesús. El quiere ser, va a ser el gran signo de ese amor ante el mundo, aunque se sienta rechazado. Y es lo que ahora Jesús les está anunciando.

En pasajes anteriores, como escuchamos el mismo pasado domingo, se hace una proclamación de quién es Jesús., y le reconocen como el Ungido de Dios, el Mesías de Dios. Y como vemos que les costaría entender a los propios discípulos tan cercanos a Jesús., también les va a costar entender y aceptar a aquellos dirigentes de Israel. Es por lo que ahora anuncia Jesús que su subida a Jerusalén va a significar dolor y sufrimiento y aunque va a ser rechazado y llevado a la cruz, El tiene que seguir haciendo su subida a Jerusalén. ¿Es que Jesús buscar ese sacrificio y muerte en la cruz? Jesús. ha escogido el camino del amor, aunque luego ese amor venga acompañado por ese sufrimiento e incluso la muerte, porque es la prueba más grande, como nos dirá en otra ocasión, de lo que es el amor verdadero.

Pedro no lo entiende y quiere quitárselo de la cabeza, aunque me imagino al resto también pensándose mucho estas palabras de Jesús que no acaban de digerir. Y Jesús les dice que es una tentación muy fuerte, que pensando así no están pensando a la manera de Dios, porque no han llegado a entender lo que es el amor. Pero les dice algo más, si quieren ser sus discípulos, si quieren seguir sus pasos, no han de temer el camino de la cruz. Que cada uno tome su cruz, les dice, y que me siga.

Nos dice tomar nuestra cruz, a la manera como Él también carga con su cruz; la cruz de Jesús. pasa ahora por ese rechazo que va a encontrar, que incluso está encontrando en sus propios discípulos, y se va a encontrar con la violencia de este mundo que solo sabe resolver las cosas eliminando al que nos parece contrario o enemigo. Pero El aun en el momento de la cruz seguirá haciendo su ofrenda de amor, como aquel perdón que pide al Padre para aquellos que le están crucificando, o que le están negando el agua que alivie sus labios resecos por su pasión; en ese momento de la cruz seguirá haciendo su ofrenda de amor porque es así como se pone en las manos del Padre. No se está guardando la vida para sí porque no se puede encerrar el amor, porque el que entregue su vida así la ganará. Es dejarnos seducir por el amor, como nos decía el profeta, de manera que ya no podamos sofocar ese fuego que arde en nosotros.

Pero decíamos que nos dice que tenemos que tomar nuestra cruz, sí, la nuestra, la que cada uno personalmente tenemos que asumir si emprendemos ese camino del amor. No simplemente por sacrificio, sino porque hacemos entrega de nuestra vida por amor. Y la cruz la tendremos en nosotros mismos porque nos vemos tentados a abandonar, a no seguir adelante porque cuesta olvidarnos de nosotros mismos para darnos por los demás; la tendremos en nosotros mismos en tantas influencias que recibimos de todas partes para vivir la vida de otra manera; la tenemos en nosotros mismos porque nos cuesta bajar la cabeza por amor para perdonar; la tenemos en nosotros mismos en tantos fantasmas que asaltan nuestra mente proponiéndonos otras formas de ganar la vida o de disfrutar de la vida dejándonos arrastrar por nuestras ambiciones o nuestras pasiones; la tenemos cerca de nosotros en quienes quizás nos hacen la burla por nuestro sentido de vivir y nos dicen que eso de ser cristiano no es para tanto, que nos contentemos con cumplir con algunas cositas… cada uno tenemos que ver donde nos cuesta amar para darnos cuenta de donde está nuestra cruz.

¿Seremos capaces de seguir haciendo ese camino del amor que hemos querido emprender con Jesús.? Ya hemos escuchado lo que nos dice que ‘quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará’. Eso significa no amoldarnos a los criterios de este mundo, sino renovar nuestra mente para discernir lo que es la voluntad de Dios.


jueves, 4 de junio de 2026

El amor no se manifiesta con cosas que hacemos, el amor se expresa con la vida, con lo que vivimos en el día a día con los que están a nuestro lado

 


El amor no se manifiesta con cosas que hacemos, el amor se expresa con la vida, con lo que vivimos en el día a día con los que están a nuestro lado

2 Timoteo 2, 8-15; Salmo 24; Marcos 12, 28b-34

Siempre nos estamos haciendo las mismas preguntas ¿qué es lo que tengo que hacer?, pero quizás no sabemos transformar la pregunta para preguntarnos más bien, ¿qué es lo que tengo que vivir? Podemos hacer muchas cosas, pero no son tantas las que vivimos; somos capaces en un momento determinado rascarnos el bolsillo para comprar un regalo muy hermoso y muy valioso con que queremos obsequiar a alguien, pero no somos capaces de detenernos a su lado para compartir nuestro tiempo, para escuchar cuando tenga que decirnos, o simplemente para estar con esa persona a la que decimos que amamos tanto y obsequiamos con cosas hermosas, pero para la que nunca tenemos tiempo.

Cuidado que en nuestras expresiones religiosas así hacemos, así actuamos muchas veces. Por eso tendríamos que preguntarnos cómo conjugamos esos momentos de nuestra religiosidad con lo que es en el día a día nuestra relación con los demás y el amor que Jesús nos dice que debemos de tenerles.

Hoy se ha acercado un escriba a Jesús para preguntarle - ¿será una vez más una pregunta cargada de intencionalidad para ver cómo cogían a Jesús como en tantas otras ocasiones hemos visto? – ‘¿qué mandamiento es el primero de todos?’ Sabemos cómo a partir de lo que aparece en el libro de la Ley se multiplican los preceptos diluyéndose lo que es lo principal y fundamental. Jesús responde textualmente con aquello que además sabía de memoria y repetía muchas veces al día como un mantra todo buen judío con las palabras de la Escritura. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús quiere complementar este primer mandamiento y por eso añade. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.

Solamente recuerda Jesús, repito, lo que todo buen judío tenia que saber; como nosotros cuando decimos que el primer mandamiento es ‘amar a Dios sobre todas las cosas’. Pero es hermoso el comentario que se hace el escriba; era un maestro de la ley y había de tenerlo muy claro a la hora de enseñar al pueblo. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. Y aquí tenemos lo maravilloso para contrastar también con lo que nosotros hacemos y no vivimos. ‘Vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

Es importante esta coletilla, porque nos lleva a la manera de hacer la pregunta que nosotros tendríamos que hacer. No son los holocaustos, no son los sacrificios, no son los regalos extraordinarios que en un momento podamos realizar, no son los ramos de flores que podamos llevar o los manteles de altar que podamos regalar, es poner amor de verdad en nuestra vida.

Pero el amor no se manifiesta con cosas, el amor se expresa con la vida. No es lo que nos podamos saber de memoria, son las actitudes de cercanía y de respeto, de valoración de la persona y de cómo la tenemos en cuenta, la sonrisa con que en todo momento la acogemos y el hacerlas partícipes de nuestra amistad, es la integración de toda persona sin distinción en nuestro círculo y es la atención que le prestamos cuando nos cruzamos en la vida o en la calle con ese que nos pueda parecer distinto. ¿De qué me vale el poner una generosa limosna en el cepillo de la Iglesia si cuando cruzo la puerta de la Iglesia ni siquiera doy los buenos días a quien sale a mi lado?

¿Qué es lo que tengo que vivir si me quiero llamar cristiano?

jueves, 28 de mayo de 2026

Ojalá todos seamos capaces de unirnos a la oración sacerdotal de Cristo Sacerdote, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’

 


Ojalá todos seamos capaces de unirnos a la oración sacerdotal de Cristo Sacerdote, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’

Génesis 22, 9-18; Salmo 39; Mateo 26, 36-42

‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, es la oración que se  nos ofrece hoy en el salmo responsorial y que seguramente muchas veces hemos repetido. ¿Lo hemos repetido simplemente porque se nos ofrece en la liturgia? ¿Lo habremos repetido arrancándola desde lo hondo de nuestro corazón en un momento difícil, en un momento de oscuridad, en un momento en que nos habíamos visto envueltos por agobios o por fracasos, por incomprensiones o en medio de soledades en nuestras luchas?

No es una frase fácil de decir, tenemos que reconocer; cuando venimos a Dios en nuestra oración normalmente ya venimos predispuestos a lo que queremos conseguir y parece como si fuera Dios el que tiene que acomodarse a nuestros deseos o peticiones. Pero con esta frase decimos algo muy distinto, no es mi voluntad, no son mis deseos, no es que me salgan las cosas bien, no es que yo quede satisfecho; estoy renunciando a todo eso, porque no es mi voluntad la que tiene que prevalecer sino la voluntad de Dios. ‘Para hacer tu voluntad’.

¿Le fue fácil a Abraham mientras subía al Monte para realizar aquel sacrificio que en su corazón sentía que Dios le estaba pidiendo? Era su hijo, el que tanto había deseado, en quien estaba su descendencia, el hijo de la promesa que Dios en su ancianidad le hacía concedido. Y subían juntos al monte del sacrificio porque para Abraham lo primero era la voluntad de Dios, el querer de Dios.

Es lo que se vislumbra también en el huerto de los Olivos, en Getsemaní. Había sido una entrada solemne y tenebrosa, las tinieblas de la noche todo lo envolvían. Pero Jesús había ido dejando retazos de su corazón en aquella entrada. ‘Sentaos aquí, mientras voy allá a orar’, les había dicho al grupo aunque con El se había llevado a Pedro, Santiago y Juan. ‘Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo’. Había llegado la hora de la ofrenda, de la entrega, sacrificio, del amor más supremo. No era fácil tampoco para Jesús, por eso pedía que pasara de él aquella hora de beber el cáliz. Pero sabía que era el momento supremo. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’. Y la ofrenda se realizó, el sacrificio se consumó, el amor más grande resplandeció. Es la hora en que se manifiesta el Sacerdocio de Cristo.

Jesús no quiere estar solo en ese momento; pide a los suyos que oren con Él, aunque se caen de sueño, aunque la angustia les requemecome el alma, aunque siguen con sus miedos y desconfianzas porque incluso se han llevado una espada ceñida al cinto. Contemplan la intensidad de la oración de Jesús y sus palabras llenas de angustia pero también con la firmeza de la obediencia de la fe, pero siguen atónitos, siguen en sus sueños, siguen en medio de sus sombras.

¿No será así cómo muchas veces nos encontramos nosotros cuando vamos al encuentro del Señor para nuestra oración? ¿Qué es lo que seguimos llevando en nuestras mentes? Nuestras mentes que utilizan muchas veces nuestros rezos para seguir cayendo en esa misma somnolencia. No es solo ya que nos durmamos mientras rezamos, sino que es la somnolencia que acompaña nuestra vida y que le hace perder hondura a nuestra oración, porque seguimos pensando en lo nuestro, seguimos pensando en lo que vamos a obtener, pero no terminamos de abrir nuestro corazón a Dios para ver qué es lo que Dios quiere.

Nuestra oración no nos libera de nuestras luchas, pero sí nos hará atravesar ese campo de batalla de la vida con otra determinación, con otro sentido, con otro valor. No serán las espadas que llevemos al cinto las que nos harán salir vencedores; esas espadas de nuestras seguridades, esas espadas de nuestra verdad, de nuestra prepotencia, de nuestros prestigios, de nuestra autosuficiencia, de nuestros caprichos de nada nos valen si no sabemos renunciar a nuestro yo para buscar solamente lo que es la voluntad de Dios.

Es la oración de Cristo Sacerdote, como hoy celebramos, que cuando la hacemos nuestra es también la oración de nuestro sacerdocio, porque estamos así participando del Sacerdocio de Cristo. Por nuestro bautismo todos somos con Cristo Sacerdotes, Profetas y Reyes. Pero en este día queremos recordar a quienes se han unido a Cristo en este sacerdocio ministerial por el Orden Sacerdotal, que imprime en sus almas ese carácter que los hace sacerdotes para siempre. Todo el pueblo cristiano tiene hoy que unirse a esa oración por los Sacerdotes y con su oración se están uniendo a esta oración Sacerdotal de Cristo.

No es fácil esa oración pero dejándonos conducir por el Espíritu de Jesús también seremos capaces de decirla. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.


miércoles, 25 de marzo de 2026

Abramos el corazón queriendo hacer la voluntad de Dios que quiere habitar en nosotros conscientes de que hemos de ponernos en camino para comunicar esa buena noticia

 


Abramos el corazón queriendo hacer la voluntad de Dios que quiere habitar en nosotros conscientes de que hemos de ponernos en camino para comunicar esa buena noticia

 Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

No es hacer un alto en el camino cuaresmal que estamos haciendo el hecho de que hoy celebremos esta solemnidad de la encarnación de Dios en el seno de María. Tiene todo su sentido y concuerda perfectamente con este camino cuaresmal que hacemos. Podemos decir que es un paso más y muy importante para llegar a la vivencia de la Pascua para la cual nos estamos preparando.

En esa búsqueda del sentir de Dios para nuestra vida que es todo camino de fe, pero al mismo tiempo buscando la respuesta que damos y que tendríamos que dar – es la revisión de nuestra vida que la liturgia cuaresmal nos está ayudando a hacer – el contemplar este misterio que hoy celebramos nos ayuda a profundizar aún más en ello.

¿Qué es lo que Dios nos pide? ¿Cuál es la respuesta que hemos de dar a todo ese don de amor que Dios nos hace? Podríamos decir, ¿cuál es la manera más apropiada para hacernos agradables ante Dios? Claro que nos hacemos esta última consideración, no porque queramos conquistar a Dios haciendo, por así decirlo, cosas buenas, sino como la respuesta que hemos de dar a ese don de Dios. Y nuestra fundamental respuesta es hacer su voluntad.

El misterio que hoy celebramos es esa donación de amor de Dios por nosotros que le lleva a hacerse hombre, a tomar nuestra carne, no es solo Dios con nosotros sino Dios que se hace como nosotros para que nosotros emprendamos la tarea de hacernos como Dios, de vivir la santidad de Dios.

Aparece repetido en los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrece. No son ofrendas y sacrificios lo que hemos de hacer, sino una cosa tan sencilla como hacer su voluntad. Las ofrendas y sacrificios, aunque mucho nos cueste hacerlas, serán cosas que ofrecemos y Dios no  nos pide cosas, Dios nos pide nuestro corazón porque en él quiere habitar. No pedía otra cosa Dios a María cuando le envía la embajada angélica, sino que le diera su corazón porque en Él quería habitar, porque en ella quería encarnarse para hacer hombre. Y ¿qué hace María? ¿Ir al templo para ofrecer unos sacrificios que agraden a Dios? Abrir su corazón, ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, les responde al ángel que es responderle a Dios. ‘Hágase tu voluntad’, la voluntad de Dios.

Pero es lo que ha hecho el Hijo de Dios en su entrada al mundo. Tanto nos había amado Dios que no paró hasta entregarnos a su Hijo, como nos recordará el evangelio en otro lugar, pero a esa donación de Dios que nos entrega a su Hijo está el Hijo de Dios en esa disponibilidad de hacer lo que Dios quiere. Es lo que nos recuerda hoy la carta a los Hebreos, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.

‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, diría Jesús en una ocasión. No son las ofrendas y los sacrificios los que nos salven. Es la ‘obediencia al Padre’ de Jesús para entregarse por amor. Es el hacer la voluntad del Padre el auténtico sacrificio de nuestra salvación.

¿Seremos capaces de entrar en esa onda? Es lo que decimos todos los días en nuestra oración cuando pedimos que venga el Reino de Dios a nosotros. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Estamos diciendo que queremos hacer la voluntad de Dios, ¿estaremos entendiendo que con eso nos estamos comprometiendo a cumplir los mandamientos de Dios? Creo que tendría que hacernos pensar.

Cuando hoy estamos viviendo esta celebración del Misterio de la Encarnación de Dios, dos cosas hemos de tener en cuenta. Nuestra actitud primera y fundamental es la misma de Jesús en la entrada en este mundo y que luego veremos bien ejemplarizada en María. También hemos de decir, y no solo con palabras, ‘aquí estoy para hacer tu voluntad’, que se haga, que se cumpla, como decía Maria, la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios está en el querer encarnarse, en el querer ahora y siempre habitar en nosotros. ‘Plantó su tienda entre nosotros’, plantó su tienda en nuestro corazón.

¿Estará en nosotros la disponibilidad de María? Abramos, pues, nuestro corazón para que Dios habite en nosotros, pero con la conciencia de que eso nos va a poner en camino. Eso no nos lo podemos guardar solo para nosotros. María se puso en camino y fue a la montaña, a casa de Isabel, ¿a dónde nos va a poner en camino cuando Dios habite en nosotros?

Dejémonos conducir por el Espíritu y encontraremos nuestra montaña a la que hemos de ir, nuestro camino que tenemos que hacer, esa tierra que tenemos que pisar, ese mundo concreto al que tenemos que llevar esa buena noticia que guardamos en el corazón.

 


viernes, 29 de agosto de 2025

La entereza de Juan Bautista hasta el martirio nos ayuda a ser fieles a nosotros mismos y a nuestra misión para no deslizarnos por las pendientes que nos desbordan

 


La entereza de Juan Bautista hasta el martirio nos ayuda a ser fieles a nosotros mismos y a nuestra misión para no deslizarnos por las pendientes que nos desbordan

1Tesalonicenses 4, 1-8; Salmo 96; Marcos 6, 17-29

Los entusiasmos enfervorizados suelen ser malos consejeros. ¿Es que no podemos entusiasmarnos por nada? No es eso lo que quiero decir, porque pienso que la vida hay que vivirla con entusiasmo, pero también con sensatez. Cuando nos sentimos enardecidos por una cosa, sea cual sea, parece que no podemos pensar en nada distinto, pero tenemos que hacer gala de nuestra prudencia humana, de esa sensatez que decíamos, de saber pensar con serenidad y no lanzarnos a promesas que no sabemos si luego podemos cumplir, o que pueden comprometer los planteamientos serios que tengamos en nuestra vida.

Por eso es tan peligroso un fanático, porque se ciega, la pasión nos puede cegar; son fuerzas de nuestro interior pero que tenemos que saber encauzar, no podemos dejar que sea un volcán que se nos desborde, porque sabemos como un volcán va arrasando todo por donde pasa.

Podemos tener buenos principios y pensar en los valores que tenemos, pero eso tiene que darnos cauce para ese torrente que se nos puede desbocar. Las aguas abundantes pueden ser buenas porque riegan nuestros campos y pueden dar futuro a nuestra vida, pero si las aguas se desbordan todo lo arrasa. Y así nos pasa muchas veces en nuestra vida.

Me hago esta reflexión quizá fijándome en esos aspectos muy humanos de nuestra vida desde el texto que hoy nos ofrece el evangelio en esta fiesta del martirio de san Juan Bautista y que puede ser hermosa plantilla para todo lo que es nuestra vida espiritual y los principios y valores cristianos que hemos de vivir.

Hay algunas cosas que parece que se chocan en este pasaje del evangelio. Herodes, nos dice por una parte, que escuchaba con gusto a Juan. Pero la situación de su vida no era precisamente la de quien escuchara a un profeta y siguiera sus orientaciones. Su vida era algo desbocado, por una parte vivía de una forma irregular con la mujer de su hermano que provocaba las denuncias del Bautista, pero que también hacia que despertase el despecho de aquella mujer que quería quitar de en medio a Juan. Por eso termina encerrándole en la cárcel, a pesar de lo dicho al principio. Pero el torrente desbocado montaña abajo todo lo arrasa.

Muy amigo de faustos y de fiestas se rodeaba de la gente que consideraba principal e importante que participan igualmente de sus orgías. En medio de esa fiesta, con el baile de la hija de Herodías el torrente se desborda. Malos consejeros, decíamos, son los entusiasmos enfervorizados. Allí están las promesas que le hace a Salomé bajo juramento. Es la ocasión que estaba esperando Herodías que hace que su hija pida la cabeza del Bautista. Vienen las consecuencias, los respetos humanos, el verse comprometido por una palabra y promesa inoportuna, la incapacidad por cobardía de volverse atrás reconociendo su error. La cabeza de Juan es presentaba en una bandeja en medio del banquete.

¿Nos dejaremos nosotros arrollar de la misma manera cuando hablamos y hablamos, prometemos y prometemos, y todo se nos queda al final en el vacío? Una pendiente muy peligrosa la de las pasiones desbordadas a la que tenemos que buscar un cauce que reordene nuestra vida. No serán los fervores, pero si pueden ser que los entusiasmos nos hagan decir y prometer cosas que no podemos cumplir. Necesitamos encontrar serenidad para nuestro espíritu, que nos pueda ayudar a tener una clara visión de las cosas, de nuestra realidad, de nuestras capacidades pero también de nuestras debilidades. ¿Un freno para nuestra vida o un buen volante que nos reconduzca en la dirección acertada? Es necesario aprender a detenernos cuando vamos demasiado deprisa en nuestros entusiasmos, porque quizás no tenemos fuerza para llegar hasta el final, o podemos perder el control y salirnos fuera de la buena vía.

¿Nos ayudará el contemplar la entereza de Juan el Bautista aunque la vida parecía que se le ponía en contra para ser fiel a si mismo y a su misión hasta el final, hasta ser capaz de dar su vida?

miércoles, 30 de julio de 2025

Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe, verdadera sabiduría de nuestra vida, auténtica riqueza espiritual de nuestra existencia

 


Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe, verdadera sabiduría de nuestra vida, auténtica riqueza espiritual de nuestra existencia

Éxodo 34,29-35; Salmo 98; Mateo 13,44-46

¿Qué es lo que verdaderamente consideramos importante? ¿Qué es lo que para nosotros tiene mayor valor? ¿Cuánto estaríamos dispuestos a dar para conseguirlo? Son unas primeras preguntas que nos hacemos para ver por donde anda nuestra onda. Porque también nos puede suceder que nos contentamos con lo que somos o lo que tenemos, que nos parece lo suficientemente bueno y para que vamos a estar volviéndonos locos por conseguir algo distinto, posturas conformistas en las que podemos caer; que también podemos pensar si ya lo que tengo es más o menos válido, para que voy a desprenderme de algo que ahora me está sirviendo ante el interrogante que pueda representar lo nuevo, es quizás la mediocridad en la que me muevo  que no me impulsa a una superación, y sobre todo cuando quizás eso me exija sacrificar algo.

Bueno esto que estamos diciendo nos vale para pensar en muchas cosas que forman parte de nuestra vida. Muchas cosas diferente podemos considerar importantes y por ellas hemos de ser capaces de sacrificarnos. Quien piensa en sus negocios y en sus ganancias, quien puede pensar en lo que son sus posesiones  con las que pretende tener una buena vida sin sobresaltos, quien puede pensar en unas conocimientos y unos estudios que le ayudarán a cultivarse como personas y le puede ayudar a encontrar una sabiduría de la vida, quien puede pensar en la familia y todo lo que entrañan unas relaciones familiares por lo que somos capaces de sacrificarnos porque queremos el bien de la familia o pensamos en el futuro de nuestros hijos con lo que le podamos ofrecer para lograr un puesto en la vida, quien puede pensar en esa sociedad en la que vive y que quiere mejor y que se quiere ser capaz de trabajar por una transformación de esa sociedad.

En cada una de esas facetas podemos o tener que pensar en qué es lo mejor, por lo que merece la pena sacrificarse y luchar, en ese necesario espíritu de superación que tiene que haber en nuestra vida, aunque eso algunas veces nos signifique renuncias y sacrificios en la búsqueda de lo mejor. Forma parte de ese crecimiento humano como personas que todos hemos de anhelar, aunque muchas veces andamos un poco cegados por aquello de la inmediatez y no siempre tenemos la paciencia de esperar para conseguir eso mejor que busquemos.

¿Es el sentido de estas parábolas que hoy Jesús nos propone en el Evangelio? Nos habla de un tesoro escondido que alguien encuentra y que porque no está en su campo buscará todos los recursos que sea para poder adquirir aquel campo y tener derecho a ese tesoro. Como nos habla también de una perla preciosa de gran valor que queremos tener y que somos capaces de desprendernos de todo lo que tenemos para tener los medios necesarios para poder conseguirla.

¿Cuál es ese tesoro que hemos de conseguir o esa perla preciosa que queremos adquirir? Es aquí donde tenemos que hacer nuestra escala de valores. No es que sean malas aquellas cosas que antes mencionábamos y que quisiéramos conseguir en la vida. Pero ahora con la parábola Jesús quiere plantearnos algo mucho más hondo. ¿Cuál es esa verdadera sabiduría de la vida? ¿Le daremos a nuestra fe ese valor de la perla preciosa por la que hemos de saber despojarnos de muchas cosas para poder alcanzarla?

Aquí tiene que entrar en juego también ese sentido espiritual de la vida, porque no todo se puede quedar en lo material, en unas ganancias o en unas riquezas que nos hagan poseer cosas, como si en ello estuviera toda nuestra felicidad. Es bueno que sintamos toda esa alegría y satisfacción por esas cosas conseguidas para lograr ese nuestro crecimiento humano como personas y de aquellos que están a nuestro lado.

Pero hemos de saber encontrar esa luz de la fe que nos va a dar una visión nueva y distinta de la vida, una mayor trascendencia a nuestro ser y a cuanto hagamos, que va a ser motor de nuestro camino, de nuestras luchas y deseos de superación, que nos ayudará a encontrar esos valores que nos ofrece el evangelio para que lleguemos a vivir ese sentido del Reino de Dios, que va a elevar nuestro espíritu para entrar en esa sintonía de Dios en quien encontramos todo el sentido de nuestra vida y nuestra existencia.

¿Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe para nuestra vida, esa luz de la fe que va a ser la verdadera sabiduría de nuestra vida, esa luz de la fe que nos hará encontrar la verdadera riqueza espiritual de nuestra existencia?

jueves, 12 de junio de 2025

Oración de la Iglesia por aquellos que con su ministerio hacen de sus vidas imagen y signo de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote en medio de la Iglesia y el mundo

 


Oración de la Iglesia por aquellos que con su ministerio hacen de sus vidas imagen y signo de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote en medio de la Iglesia y el mundo

Isaías 6, 1-4.8; Salmo 22;  Juan 17, 1-2.9. 14-26

¿Hay algún voluntario que se ofrezca? Quizás habremos escuchado en más de una ocasión quedándonos a la expectativa de quien se va a presentar, quedándonos nosotros con la pregunta por dentro para ver si seríamos capaces de ofrecernos voluntariamente; quizás entre aquellos entre los que se lanza la pregunta ya quien tiene la misión, vamos a decirlo así, de formar ese grupo se ha ido insinuando a algunos en quienes ve esas cualidades necesarias para desarrollar esa misión que se les va a confiar; no se sentirán obligados, si son voluntarios, pero de alguna manera se sienten en cierto modo elegidos como preferentes para que se ofrezcan voluntariamente.

Estoy planteando algo que quizás les parezca demasiado imaginario, pero estoy realmente pensando en lo que fue haciendo Jesús con aquel grupo, en especial los doce a los que llamaría de manera especial que con su presencia y su palabra era una invitación a seguirle, no sólo como discípulos que aceptaran su camino y quisieran vivir esos valores del reino de Dios que iba proponiendo, sino de manera especial a aquellos que quería tener más cerca de sí porque a ellos en especial les confiaba la continuidad del anuncio del Reino de Dios por el mundo, aunque fuera tarea de todos los que creyeran en Él.

Es un camino de entrega en que Jesús va por delante. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, había dicho en su entrada en el mundo como se nos menciona en la carta a los Hebreos. Era quien iba a ofrecerse por nosotros para hacer de su vida ese sacrificio acepto a Dios y en el que nos invitaba también a nosotros a participar. Hoy estamos celebrando a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, como nos recuerda la liturgia de este día. Su muerte en la cruz no era simplemente un destino o una condenación que recibiera de aquellos que no querían aceptarle y seguirle. Él se entregaba libremente, libremente había subido a Jerusalén cuando entendía muy bien lo que significaba aquella pascua para El. Así se lo había ido anunciando a sus discípulos.

Su voz resuena fuerte cuando en la angustia de Getsemaní, sabiendo que comenzaba su pasión, pedía al Padre que pasara de Él aquel cáliz, pero que allí estaba Él sin embargo en esa disposición de que por encima de todo se cumpliera la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, que tanto nos cuesta a nosotros tantas veces pronunciar. Aquel cáliz de su sacrificio está sobre el Altar y Él hará su ofrenda de amor como Sacerdote, como Víctima y al mismo tiempo como Altar.

Pero Jesús quiere hacernos partícipes de su sacerdocio en esa ofrenda que tenemos que saber hacer de nuestra vida a la manera de Jesús. Cuando hemos sido ungidos y consagrados en nuestro Bautismo ha sido para hacernos a nosotros con Cristo Sacerdotes, profetas y reyes. Lo que llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es un verdadero y auténtico sacerdocio. Cada cristiano está haciendo ofrenda de su vida al Señor. Lo expresamos en el padrenuestro cuando queremos santificar siempre con nuestra vida el nombre santo de Dios queriendo que se realice en nosotros el Reino de Dios porque siempre y por encima de todo queremos hacer su voluntad. Qué rápido rezamos tantas veces el padrenuestro sin saborear todo lo que queremos expresar con esas palabras que nos enseñó Jesús.

Estaremos respondiendo así a esa invitación, como reflexionábamos al principio, de hacernos voluntarios por el Reino de Dios. Dios no nos obliga a aceptar su oferta de amor; Él nos ofrece su amor y nosotros respondemos sabiendo todo lo que implica decir que seguimos a Jesús, que somos cristianos. Por ese camino del servicio y del amor ha de transcurrir nuestra vida. Y con ello estamos haciendo esa ofrenda a Dios cada uno desde nuestro lugar, cada uno en la situación de su vida, cada uno con sus valores y cualidades, cada uno en las responsabilidades que va asumiendo en su vida, allí donde estemos.

Pero la petición de voluntarios siempre queda en el aire porque algunos serán llamados para ejercer ese sacerdocio como un ministerio especial. Entre todos, como vemos en el evangelio, Jesús escogió a algunos para que estuvieran más cerca de Él porque a ellos les iba a confiar una misión especial, un servicio especial, un ministerio dentro de la comunidad para lograr construir ese Reino de Dios. Son los llamados al sacerdocio ministerial, como diáconos, como presbíteros, como pastores en medio de la Iglesia en el nombre de Cristo, Buen Pastor.

Hoy en el texto del evangelio que ya hemos meditado en otras ocasiones recientemente Jesús dice que ruega de manera especial por aquellos discípulos más cercanos que tendrán que vivir una misión especial. En medio del mundo están pero no son del mundo, no han de hacer las cosas de la manera como las hace el mundo. Tienen una misión y un testimonio que no es fácil, pero Jesús que cuenta siempre con nuestra libertad también nos acompaña de manera especial en ese camino de su sacerdocio, signos de Cristo Sacerdote en medio de la comunidad.

Hace pensar todo esto a quienes han recibido ese ministerio, esa llamada especial, pero ha de hacer pensar también a toda la comunidad, valorando el ministerio de sus sacerdotes, que son tan humanos y pecadores como todos, pero que tienen esa misión especial. Hoy es un momento muy especial de oración de la Iglesia por sus Sacerdotes, para que sean en verdad imagen de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

 


miércoles, 20 de noviembre de 2024

Salgamos de la pasividad conservadora de no perder lo que tenemos con el riesgo que significar abrir nuevos horizontes desde nuestra fe en nuestro mundo

 


Salgamos de la pasividad conservadora de no perder lo que tenemos con el riesgo que significar abrir nuevos horizontes desde nuestra fe en nuestro mundo

Apocalipsis 4, 1-11; Salmo 150; Lucas 19, 11-28

¿En qué ocupamos la vida? Eso viene a decirnos el sentido que la vida tiene para nosotros. Hay quienes no piensan en  hacer nada, simplemente dejarse llevar por la pasividad, a lo que salga, pasarlo bien y vivir la vida; pero claro, tendríamos que preguntarnos y ¿qué es vivir la vida?  Creo que una vida así no se vive, se soporta o nos queremos aprovechar de ella, pero nada aportamos.

Pero hay quienes se arriesgan, quieren salir de esa pasividad, buscan algo nuevo y algo mejor, algo que en verdad les haga sentirse vivos, y siempre estarán buscando qué hacer, no simplemente por ocupar el tiempo sino por darle sentido a su tiempo haciéndolo productivo. Pero es un riesgo, conlleva esfuerzo, no siempre vamos a encontrar el resultado apetecido tan pronto como deseamos, nos exigirá sacrificios, buscar metas, darle hondura a la vida, aunque haya tropiezos, se puedan cometer errores, pero encontraremos satisfacciones más hondas que las de aquellos que no hacen nada y se quedan en la pasividad. Es un riesgo, porque nos exigirá poner todo lo nuestro, lo que somos más que lo que tenemos, porque no son cosas solo lo que buscamos.

Y surgen las personas emprendedoras, aparecen nuevas iniciativas, desarrollamos toda nuestra creatividad, porque de alguna manera estamos siendo creadores de esa vida que vivimos, y por eso mismo sentimos mayor satisfacción. Lo vemos en el orden también de lo material, quien quiere emprender un nuevo negocio, quiere avanzar en la vida para no quedarse en lo de siempre, quien busca también ¿por qué no?, un beneficio material, una riqueza para su vida, tiene que arriesgar y esforzarse, no se puede quedar con los brazos cruzados esperando que todo se lo den hecho.

De esto nos está hablando Jesús en el evangelio. Lo hace como una lección amplia para nuestra vida, pero está también en aquellas circunstancias que ahora mismo están viviendo sus seguidores, pero de alguna manera lo que es la vida del pueblo de Israel. Estaban subiendo a Jerusalén, nos dice el evangelista. Y algunos de sus seguidores más entusiastas ya estaban pensando que llegaba la hora de aquel reino que Jesús tanto había anunciado; claro que seguían sin terminar de entender el sentido del Reino de Dios que Jesús les anunciaba. Algunos pensaban que era la hora de la restauración de Israel, con todas las connotaciones que aquello tenía en su mentalidad. Pero también pensaban que todo se les iba a dar por nada, surgía un Mesías, un liberador y todo estaba hecho. Pero Jesús les propone una parábola.

Alguien que va a buscar el titulo de rey, aunque hay muchos que no están de acuerdo, pero mientras él deja a sus más cercanos un encargo. Les reparte una minas de oro (era una expresión que tenían de esos valores o riquezas que poseían), pero a no todos reparte de la misma manera, unos más y otros menos. Han de negociarlo.

Ponerse a negociar es una habilidad y es también un riesgo, porque aquel con quien negociemos también tiene sus mañas y habilidades y él también quiere ganar. Lo que son los negocios de la vida, como bien sabemos. A su vuelta pide cuentas; unos han dado rendimiento, más o menos según sus capacidades y habilidades, pero hay quien no ha rendido nada, porque nada ha negociado, y así lo reconoce. Había guardado aquella mina de oro que le habían confiado para no perderla y ahora la entrega dando la razón del miedo que tenía de no ganar, de perderla. Y con él aquel que viene con el titulo de rey es muy severo.

Como decíamos, Jesús quiere hablarnos de una forma general para la vida y para nuestras responsabilidades, y ya tomamos nota. Pero Jesús quiere hablarnos de lo que hemos de hacer para realizar ese Reino de Dios. No nos podemos cruzar de brazos, no podemos decir que son tiempos difíciles, no nos podemos quedar en que la gente no responde por mucho que nosotros hagamos, no podemos quedarnos en la pasividad del que se resigna. Y cuidado que habemos cristianos resignados y pacíficos, cuidado que algunas veces también en nuestros ámbitos eclesiales nos falta ese entusiasmo, esa iniciativa y esa creatividad, cuidado que no contentamos, decimos, con conservar los que aun tenemos para que no se vayan, pero nada estamos haciendo para sean otros los que vengan, los que reciban el anuncio del Reino que tenemos que realizar.

¿Querremos entender de verdad lo que Jesús nos está diciendo con la parábola? ¿Llegará un momento en que terminemos por despertar y salir de nuestras rutinas? ¿Seguiremos los cristianos en nuestra dejadez y nuestro poco entusiasmo? ¿Seguiremos refugiándonos en nuestras reuniones de siempre y en nuestros rezos dentro de nuestros templos? ¿Nos daremos cuenta de que es algo más que organizar procesiones lo que los cristianos tenemos que hacer en medio del mundo?

miércoles, 6 de noviembre de 2024

Palabras del evangelio que nos comprometen, que no son el entusiasmo de un día, palabras de vida que nos hacen encontrar el camino de la salvación

 


Palabras del evangelio que nos comprometen, que no son el entusiasmo de un día, palabras de vida que nos hacen encontrar el camino de la salvación

Filipenses 2, 12-18; Salmo 26; Lucas 14, 25-33

Habremos escuchado o lo hemos utilizado nosotros mismos un día que viene a manifestar la superficialidad y novelería con que muchas veces nos tomamos las cosas, y las cosas serias. ‘¿A dónde vas Vicente? A dónde va la gente’. Somos noveleros, allí donde se aglomera la gente enseguida nos apuntamos; decimos que para saber si ocurrió algo malo donde podamos poner algún remedio, sino que en el fondo buscamos el chascarrillo, lo que luego vamos a comentar, la curiosidad de la novedad sin fijarnos quizá en el valor que la cosa pueda tener en sí misma y allá vamos corriendo de un lado para otro, con los correspondientes comentarios, con las noticias que queremos llevar a todos, no tanto por el valor que tenga en sí mismo lo que haya sucedido sino desde esa novelería en que siempre vamos buscando algo nuevo.

Y sucede en muchos aspectos de la vida, y nos sucede en las expresiones religiosas que podamos tener de nuestra fe. Allí donde fue el último milagro estamos enseguida para apuntarnos; allí en esos lugares mágicos y a los que hemos dado fama de milagrosos enseguida nos apuntamos para ir, y organizamos peregrinaciones y marchas, y nos encontraremos aglomeración de gentes llegadas de todas partes, que muchas veces lo que andan buscando es el recurso fácil para solucionar los problemas de cada día.

Hoy nos dice el evangelio que ‘mucha gente acompañaba a Jesús’ en su caminar de aldea en aldea cuando iba anunciando el evangelio del nuevo Reino de Dios. Pero Jesús se detiene y se vuelve hacia ellos para hacerlos pensar. ¿Qué buscan o por qué van detrás de El? Y les dice que las cosas hay que pensárselas bien. No es solo aquello que a donde va Vicente va toda la gente, sino que tenemos que ir a algo mucho más hondo, porque el Reino de Dios que El está anunciando tiene que ser algo muy comprometedor en sus vidas.

Y les pone unas comparaciones o ejemplos. Y habla del que quiere realizar una construcción, una torre dice, un granero, un depósito para almacén sus cosechas quizás, una casa donde vivir, sea lo que sea, hay que pensárselo antes a ver si en verdad hay posibilidades de poder alcanzar eso que son sus deseos, su torre, su almacén o lo que sea. Hay que pensar si lo puede realizar y cuenta con medios, para que no se quede a medias y sea el hazmerreír de las gentes.

O les habla del rey que va a emprender una guerra, una batalla. Tiene que pensar antes si tiene medios y fuerza para emprender esa batalla y ganarla; si no va a poder conseguirlo, mejor es antes ir a buscar condiciones de paz, a razonar las cosas.

Muchos están siguiendo a Jesús, ¿de verdad tienen claro lo que significará ese seguimiento de Jesús? Y les habla de entrega como les habla de amor hasta la muerte, les habla de que hay que saber escoger y seleccionar bien lo que se está buscando haciendo una verdadera escala de valores para encontrar y para buscar lo que es lo principal. Y eso significará sacrificios, eso puede significar también renuncias, eso significará tener que dejar quizás el camino que están haciendo porque seguir a Jesús es encontrar otro camino.

Y esas elecciones son fáciles, porque siempre tenemos la tentación de ir a buscar lo que es más fácil y más cómodo. Por eso de alguna manera el seguir a Jesús es seguir un camino de cruz. Jesús tuvo que tomarlo porque quería lo mejor para nosotros, y cargó la cruz y subió hasta el calvario en un camino de fidelidad total al Padre del cielo. ¿Seremos capaces nosotros de seguir un camino de fidelidad así?

No es buscar la cruz por la cruz, es buscar un camino de entrega y de amor, y siempre los caminos de entrega y de amor no son fáciles. Aunque el amor sea lo más sublime del mundo, el que ama sufre también porque siempre estará buscando lo mejor. Y tendrá que arrancarse de cosas que incluso le parecían buenas pero que ahora ha encontrado algo mejor, y se pueden encontrar con desgarros del corazón. Seguir a Jesús no es el mero entusiasmo de un rato o de un día porque quizás contemplamos la realización de un milagro, es algo que tiene que comprometer toda nuestra vida. El milagro tiene que producirse en nosotros cuando nos comprometemos totalmente por el camino de Jesús.

Ahí están las palabras del evangelio, que tenemos que saber escuchar en lo hondo del corazón, aunque parezca a veces que nos hieran, pero son palabras de vida; en ellas encontramos el verdadero camino de salvación.


domingo, 15 de septiembre de 2024

Preguntas que nos hace Jesús hoy y preguntas que nos hacemos sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida sin temor y con corazón abierto

 


Preguntas que nos hace Jesús hoy y preguntas que nos hacemos sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida sin temor y con corazón abierto

Isaías 50, 5-9ª; Sal. 114; Santiago 2, 14-18; Marcos 8, 27-35

Todos nos hacemos preguntas, algunas veces parece que nos vienen en cadena, otras surgen en un momento determinado casi por sorpresa, o no las hace la vida misma; preguntas sobre nosotros mismos, preguntas sobre aquellos que nos rodean, preguntas sobre esas personas que nos parecen importantes para nosotros; preguntas cuyas respuestas pueden tener sus consecuencias para nosotros, para lo que va a suceder y que quizás nos cuesta asumir; preguntas que nos dan miedo o que nos sorprenden, preguntas que pueden darle una vuelta a nuestra vida,  preguntas en fin sobre las que queremos encontrar una respuesta.

Hoy en el evangelio es Jesús el que hace unas preguntas, que en principio podrían parece inocentes, porque era recoger aparentemente las opiniones de los que les rodeaban; pero pregunta que poco a poco va comprometiendo, porque hay que dar una respuesta personal, pero respuestas que van a tener sus consecuencias, porque al final estará haciendo que los que se hagan las preguntas de donde están son los propios discípulos, o aquellos que quieren seguir a Jesús. Que todo puede ser al mismo tiempo un itinerario que nosotros también hemos de recorrer.

Primero pregunta Jesús sobre lo que piensa la gente del Hijo del Hombre; las respuestas son variadas según la percepción que la gente va teniendo de lo que hace Jesús, por eso le ven como un profeta, como un gran profeta como los grandes profetas antiguos, o como el recientemente martirizado Juan Bautista, con lo que también esas respuestas pueden tener algo de profecía.

Pero Jesús da un paso más, porque ahora pide una respuesta personal de aquellos que en este momento le rodean, sus discípulos más cercanos. Les impacta la pregunta ‘y vosotros, ‘¿quién decís que soy yo?’ La respuesta no pueden ser generalizaciones sino que tiene algo más personal y será Pedro el que se adelante a responder. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo’, el Hijo del Dios vivo. Otros evangelistas nos dejarán el comentario que hizo Jesús a esta respuesta de Pedro, que no la da por si mismo sino porque se lo ha revelado el Padre del cielo.

Pero Marcos, en el evangelio de hoy, hace que en esa pregunta y en esa respuesta veamos todo lo que tienen que ser sus consecuencias. El sentido del Mesías en Jesús es distinto. Por eso Jesús irá sacando consecuencias que ahora irán haciendo que sean los discípulos los que se interroguen por dentro y en cierto modo hagan una opción. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días’. No era esa la imagen que ellos tenían del Mesías a pesar de todo lo que Jesús les había enseñado y anunciado.

Aquello les impacta y les deja descolocados y como siempre será Pedro el que comience a hablar y actuar. Son interrogantes en el interior que no nos pueden dejar paralizados. Eso no puede suceder, eso no le puede pasar a Jesús con todo lo que la gente piensa de El y le busca y quiere seguirle. Pedro trata de convencer a Jesús, que no sé si será tratar de convencerse a si mismo de lo que Jesús les está planteando. Pero Jesús le rechaza, le aparta de su lado ‘¡Quítate de en medio!’, poco menos que le dice porque ‘eres una tentación para mí’.

Pero Jesús, ya dirigiéndose a todos, ¿dirigiéndose a nosotros quizás también?, nos vendrá a aclarar lo que va significar la fe que tengamos en El. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?’ No son solo palabras bonitas o aprendidas de memoria las que nos definen la fe que tenemos en Jesús sino que tienen que ser unas actitudes nuevas que hemos de tener en nuestro corazón.

¿Será así cómo nosotros queremos ser en verdad discípulos de Jesús? ¿Hasta dónde llega nuestra fe en El? Porque quizás estaremos muy entusiasmados cuando parece que son los buenos momentos, las grandes aclamaciones y los momentos de fervor, cuando quizás nos metemos en medio de una multitud entusiasta porque parece que todo es como una fiesta.

Cuando tenemos que ver la realidad que hay a nuestro lado, cuando descubrimos el sufrimiento de tantos, o cuando nos salen las cosas mal, cuando nos vemos envueltos en problemas que no parece que tengan solución, enfermedades que nos hacen sufrir en nuestros seres queridos o en nosotros mismos, cuando se nos hace difícil porque no todos nos entienden y parece que nadamos a contracorriente, cuando tenemos que comenzar a desprendernos de muchas cosas que llevamos demasiado apegadas en nuestra vida porque nos damos cuenta de que están muy lejos de los valores del evangelio, cuando tenemos que comenzar a compartir olvidándonos de nosotros porque vemos que hay otra gente con mayor necesidad, cuando tenemos que aceptar incluso a aquellos que no nos caen bien, ¿cómo reaccionamos? ¿Escuchamos y asumimos esas palabras que nos ha dicho Jesús de negarnos, de perder la vida, de tomar y cargar con nuestra cruz?

Preguntas, decíamos al principio, que algunas al final podrían sernos molestas. Preguntas que nos hace Jesús hoy y que nos hacen hacernos preguntas sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida. ¿Tememos las preguntas que nos hace el evangelio cuando lo escuchamos con corazón abierto?

viernes, 19 de julio de 2024

Compasión para padecer con los demás, misericordia para poner el corazón en la mirada y en las manos, y solidaridad para sentirnos uno con los que sufren

 


Compasión para padecer con los demás, misericordia para poner el corazón en la mirada y en las manos, y solidaridad para sentirnos uno con los que sufren

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Sal.: Is 38, 10. 11. 12; Mateo 12, 1-8

Navegando por las redes como todos hacemos hoy me encontré un video que para mi fue muy significativo y aleccionador. Se trataba de una escuela en la que la maestra observó que un niño se dormía constantemente en clase y no respondía a las tareas de estudio que se le encomendaban; la reacción de la docente fue violenta expulsando al niño de la clase, pero no se quedó satisfecha con aquello por lo que al salir trató de averiguar por donde andaba o qué hacía aquel niño. Se lo encontró trabajando de limpiabotas en la calle para ganar unos dineros con los que comprar comida para su madre que estaba enferma y a la que cuidaba con toda dedicación. Fue suficiente y no es necesario entrar en los detalles que al día siguiente no solo ella sino todos los niños de la clase tuvieron con aquel muchacho.

¿Por qué juzgamos sin saber? No sabes cual es la situación que está viviendo aquella persona y porque su comportamiento nos parece extraño no solo juzgamos sino que condenamos. De muchas situaciones semejantes podríamos hablar donde tendríamos que comenzar por mirarnos a nosotros mismos. Nos hemos llenado tanto de desconfianzas que siempre estamos, como se suele decir, con la mosca detrás de la oreja, y estamos prontos para juzgar y para condenar sin saber realmente cual es la situación de las personas y por qué han llegado a donde están.

Entran aquí las desconfianzas que nos tenemos los unos con los otros, unos vecinos con otros, la gente que vemos mal encarada como decimos y que siempre estamos viendo como unos malvados, la prevención que los mayores tenemos hacia los jóvenes, es justo que lo reconozcamos, o todo lo que pensamos en referencia a los inmigrantes que nos llegan a nuestras costas de manera que llamamos ilegal pero a lo que tendríamos que buscar otro nombre por las tragedias con que llegan hasta nosotros.


¿Seremos capaces de ver a alguien que ha dejado atrás lo más que quería en el mundo, que ha sido un drama la travesía para llegar a donde está ahora, pero que está soñando con un mundo de oportunidades que algunas veces parece que se ven truncadas quizás por nuestra insolidaridad? No sé muchas veces qué hacer, pero cuando me cruzo en nuestras calles con esos muchachos que han llegado hasta aquí decimos de forma ilegal pienso en todo lo que puede haber detrás de sus ojos y de su mirada, que aunque los veamos con sus risas juveniles no sabemos las tragedias que se ocultan en sus corazones.

Me ha hecho pensar en todo esto el episodio que nos ofrece hoy el evangelio. Los discípulos que van con Jesús en su caminar de una lado para otro en el anuncio del Reino, que sintiendo esa fatiga que se nos mete en el estómago al pasar por un sembrado cogen algunas espigas para echarse a la boca unos granos; pero es sábado y allá estarán vigilantes los fariseos para recordarles que segar es un trabajo que no se puede hacer en sábado. ¿Se parecerá a algunas de esas situaciones en las que nosotros juzgamos antes de conocer lo que realmente está pasando?

Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. Recuerda distintos episodios de la Escritura, pero los quiere decir que allí está alguien que es más que el sábado. El sábado, podíamos decir, tenía sus normas con la finalidad de que todo se centrará en Dios a quien debían de dar culto, pero el sábado sería siempre un instrumento mientras nos sirviera, pero no para convertirle en algo tan sagrado que pareciera que el culto es para el sábado y no para Dios.

¿De qué nos valen todos esos rigorismos en el cumplimiento de unas normas si no somos capaces de llenar de misericordia y compasión nuestro corazón? Estamos esperando tantas veces leyes bonitas y bien codificadas como si esa fuera la salvación del mundo y nos olvidamos de la compasión que es padecer también con el sufrimiento de los demás, de la misericordia que es poner nuestro corazón en nuestra mirada y en cuanto hagamos por los demás, y la solidaridad para sentirnos uno con aquellos que sufren. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, nos recuerda hoy el evangelio.