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miércoles, 25 de marzo de 2026

Abramos el corazón queriendo hacer la voluntad de Dios que quiere habitar en nosotros conscientes de que hemos de ponernos en camino para comunicar esa buena noticia

 


Abramos el corazón queriendo hacer la voluntad de Dios que quiere habitar en nosotros conscientes de que hemos de ponernos en camino para comunicar esa buena noticia

 Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

No es hacer un alto en el camino cuaresmal que estamos haciendo el hecho de que hoy celebremos esta solemnidad de la encarnación de Dios en el seno de María. Tiene todo su sentido y concuerda perfectamente con este camino cuaresmal que hacemos. Podemos decir que es un paso más y muy importante para llegar a la vivencia de la Pascua para la cual nos estamos preparando.

En esa búsqueda del sentir de Dios para nuestra vida que es todo camino de fe, pero al mismo tiempo buscando la respuesta que damos y que tendríamos que dar – es la revisión de nuestra vida que la liturgia cuaresmal nos está ayudando a hacer – el contemplar este misterio que hoy celebramos nos ayuda a profundizar aún más en ello.

¿Qué es lo que Dios nos pide? ¿Cuál es la respuesta que hemos de dar a todo ese don de amor que Dios nos hace? Podríamos decir, ¿cuál es la manera más apropiada para hacernos agradables ante Dios? Claro que nos hacemos esta última consideración, no porque queramos conquistar a Dios haciendo, por así decirlo, cosas buenas, sino como la respuesta que hemos de dar a ese don de Dios. Y nuestra fundamental respuesta es hacer su voluntad.

El misterio que hoy celebramos es esa donación de amor de Dios por nosotros que le lleva a hacerse hombre, a tomar nuestra carne, no es solo Dios con nosotros sino Dios que se hace como nosotros para que nosotros emprendamos la tarea de hacernos como Dios, de vivir la santidad de Dios.

Aparece repetido en los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrece. No son ofrendas y sacrificios lo que hemos de hacer, sino una cosa tan sencilla como hacer su voluntad. Las ofrendas y sacrificios, aunque mucho nos cueste hacerlas, serán cosas que ofrecemos y Dios no  nos pide cosas, Dios nos pide nuestro corazón porque en él quiere habitar. No pedía otra cosa Dios a María cuando le envía la embajada angélica, sino que le diera su corazón porque en Él quería habitar, porque en ella quería encarnarse para hacer hombre. Y ¿qué hace María? ¿Ir al templo para ofrecer unos sacrificios que agraden a Dios? Abrir su corazón, ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, les responde al ángel que es responderle a Dios. ‘Hágase tu voluntad’, la voluntad de Dios.

Pero es lo que ha hecho el Hijo de Dios en su entrada al mundo. Tanto nos había amado Dios que no paró hasta entregarnos a su Hijo, como nos recordará el evangelio en otro lugar, pero a esa donación de Dios que nos entrega a su Hijo está el Hijo de Dios en esa disponibilidad de hacer lo que Dios quiere. Es lo que nos recuerda hoy la carta a los Hebreos, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.

‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, diría Jesús en una ocasión. No son las ofrendas y los sacrificios los que nos salven. Es la ‘obediencia al Padre’ de Jesús para entregarse por amor. Es el hacer la voluntad del Padre el auténtico sacrificio de nuestra salvación.

¿Seremos capaces de entrar en esa onda? Es lo que decimos todos los días en nuestra oración cuando pedimos que venga el Reino de Dios a nosotros. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Estamos diciendo que queremos hacer la voluntad de Dios, ¿estaremos entendiendo que con eso nos estamos comprometiendo a cumplir los mandamientos de Dios? Creo que tendría que hacernos pensar.

Cuando hoy estamos viviendo esta celebración del Misterio de la Encarnación de Dios, dos cosas hemos de tener en cuenta. Nuestra actitud primera y fundamental es la misma de Jesús en la entrada en este mundo y que luego veremos bien ejemplarizada en María. También hemos de decir, y no solo con palabras, ‘aquí estoy para hacer tu voluntad’, que se haga, que se cumpla, como decía Maria, la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios está en el querer encarnarse, en el querer ahora y siempre habitar en nosotros. ‘Plantó su tienda entre nosotros’, plantó su tienda en nuestro corazón.

¿Estará en nosotros la disponibilidad de María? Abramos, pues, nuestro corazón para que Dios habite en nosotros, pero con la conciencia de que eso nos va a poner en camino. Eso no nos lo podemos guardar solo para nosotros. María se puso en camino y fue a la montaña, a casa de Isabel, ¿a dónde nos va a poner en camino cuando Dios habite en nosotros?

Dejémonos conducir por el Espíritu y encontraremos nuestra montaña a la que hemos de ir, nuestro camino que tenemos que hacer, esa tierra que tenemos que pisar, ese mundo concreto al que tenemos que llevar esa buena noticia que guardamos en el corazón.

 


sábado, 20 de diciembre de 2025

Como María hemos de sentirnos agraciados de que Dios quiere contar con nosotros para seguir haciéndose presente en nuestro mundo

 


Como María hemos de sentirnos agraciados de que Dios quiere contar con nosotros para seguir haciéndose presente en nuestro mundo

Isaías 7, 10-14; Salmo 23; Lucas 1, 26-38;

Ya me las arreglo yo. Lo habremos dicho en más de una ocasión en que alguien se ha ofrecido a ayudarnos a realizar aquel trabajo, a sacar adelante aquel proyecto en el que hemos puesto mucha ilusión, pero queremos hacerlo por nosotros mismos, mostrar que somos capaces y podemos, ¿quizás no queremos estar agradecidos porque otros nos echaron una mano y pudimos sacarlo adelante? Tengo un amigo que siempre anda agobiado por todo el trabajo que tiene; es cierto que es un trabajo fruto de sus ideas y su ingenio, pero sería un trabajo en que echar mano de otras personas que realicen su parte y entre todos, en equipo, podrían incluso sacarlo mejor adelante. Pero quiere hacerlo él porque piensa que al fin todo luego tiene que pasar por su supervisión. Y no hay manera. Pero sucede en muchas cosas y aspectos de la vida y a muchas personas.

Por lo que hoy escuchamos en el evangelio parece que Dios no quiere trabajar de esa manera en solitario. Quiere contar con nosotros, quiere contar con esa humanidad que ha creado y por la que lo está haciendo todo cuando nos ofrece un camino de salvación.

¿No es eso lo que realmente estamos escuchando en el evangelio hoy? Dios, que desde siempre había prometido un salvador, promesa repetida a través de los profetas – colaboradores de Dios, también tendríamos que decir - a lo largo de todos los tiempos cuando llega el momento de la plenitud de los tiempos quiere contar con María. Lo hemos escuchado hoy en el evangelio, el ángel del Señor viene de parte de Dios, podíamos decir, que a pedir el consentimiento de María.

Nos conocemos más que bien el diálogo pues es un pasaje del evangelio escuchado un millón de veces. Viene el Ángel del Señor a ofrecerle a María el plan de Dios. Dios se ha fijado en ella, quiere contar con ella para encarnarse en sus entrañas. Aun con las ansias de todo buen judío de la pronta venida del Mesías – esa era su súplica constante – pareciera que a María se le trastocan todos sus planes. María medita, considera, duda y pregunta, pero María se siente en las manos de Dios. Se siente superada en todos los sentidos por el Misterio que siente que la inunda. Luego cantará en su acción de gracias que el ‘poderoso se ha fijado en la pequeñez de su esclava y ha realizado obras grandes’, pero María dirá sí al plan de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, responderá finalmente al ángel.

Estamos escuchando y meditando este evangelio ya en la cercanía de la Navidad. Poder celebrar la Navidad del Señor es una gracia de Dios, es un regalo del Señor. Tenemos que sentirnos agraciados, como María se sentía agraciada porque Dios había puesto sus ojos en ella. ‘Has hallado gracia ante Dios’, le dice el ángel. Igualmente nosotros tenemos que decir, porque Navidad significa que Dios sigue pensando en nosotros que en nosotros quiere hacerse presente. Ya nos dirá el evangelio en otro lugar que ‘tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo Unigénito’. Es el amor que Dios nos sigue teniendo y al que hemos de corresponder, es la gracia que Dios quiere tener con nosotros por la que en verdad tendríamos que sentirnos más agradecidos.

Pensar en todo esto nos tiene que hacer reflexionar sobre nuestra manera de celebrar la Navidad. Porque cuidado que celebremos navidad pero sin Navidad; celebremos navidad porque nos metamos en ese ambiente de fiesta, de luces, de adornos, de fiestas pero realmente no estemos dejando a Dios hacerse presente en nuestra vida. ¿Cuántas veces celebramos una fiesta de navidad muy familiar y de mucha alegría pero en ningún momento hemos tenido un tiempo para considerar el misterio que estamos celebrando? Nos hace mucha más gracias la llegada del papá Noel con sus regalos, que el Dios que viene a morar en nosotros y con nosotros dándonos el mejor regalo de su amor.

¿En verdad nos sentiremos agraciados de Dios al celebrar Navidad, más llenos de la gracia de Dios para hacerlo más presente en nuestra vida y nuestro mundo? Habría que ponerse a pensar. De muchas maneras querrá hacerse presente en nuestra vida, dejémonos sorprender porque nos podrá llegar de la forma que menos pensemos. Y no olvidemos que Dios quiere contar con nosotros y en nosotros realizará cosas grandes.

martes, 7 de octubre de 2025

Hay una luz de esperanza que nosotros podemos y tenemos que llevar a nuestro mundo, de María aprendemos a ponernos en camino para despertar la esperanza

 


Hay una luz de esperanza que nosotros podemos y tenemos que llevar a nuestro mundo, de María aprendemos a ponernos en camino para despertar la esperanza

Zacarías 2, 14-17; Salmo Lc 1, 46b-55; Lucas 1, 26-38

Puede sucedernos que a veces vivamos de forma inconsciente dejando pasar la vida, estando solamente a lo que salte y nos metemos como en un túnel insonoro porque no queramos saber lo que realmente pasa; nos habituamos a las cosas de cada día y aunque algunas veces las cosas no salgan a nuestro gusto vamos timoneando esas tempestades haciendo como que no nos enteramos de lo que sucede. Pero el ritmo trepidante de la vida sigue, nos hacemos oídos sordos en ocasiones porque no queremos quizás complicarnos, porque sabemos que las cosas tendrían que cambiar, tendrían que ser de otra forma, nos escudamos en que no sabemos o que eso no nos toca a nosotros, pero algunas veces parece como que vivimos sin esperanza de algo mejor, de que las cosas tendrían que cambiar.

Es la situación social que contemplamos alrededor, es ese caminar sin rumbo ni sentido, es la vida amorfa en que nos encerramos para no complicarnos, son los juicios que hacemos desde la distancia pero sin poner mano a que las cosas sean distintas, nos falta un norte, necesitamos un buen faro de luz que nos oriente y haga encontrar caminos, necesitamos una fuerza que nos empuje para salir de nuestro amodorramiento. ¿Dónde encontrarlo? ¿Nosotros como cristianos no tenemos nada que decir, nada que hacer? ¿Estaremos cayendo también en ese arramblamiento, dejándonos también arrastrar por lo que sea?

Tenemos que dejarnos sorprender por la Palabra de Dios que es para nosotros ese fogonazo de luz que nos despierta, que despierta en nosotros nuevas esperanzas. No nos podemos acostumbrar al evangelio. Hoy la liturgia, en esta fiesta de la Virgen María en su advocación del Rosario, nos ofrece un texto que hemos escuchado muchas veces y tenemos el peligro de acostumbrarnos a él y termine por no ser evangelio, buena noticia, para nosotros.

Es el anuncio que el ángel de Dios hace a María. Es el anuncio de esa luz que llega a nuestro mundo para transformarlo; decimos, es anuncio de salvación porque es el anuncio del nacimiento de Dios hecho hombre. Pero cuidado nos acostumbremos y no lleguemos a calibrar bien lo que eso viene a significar, sigue significando hoy para nuestra vida y para nuestro mundo. Algo nuevo y misterioso va a suceder. Algo que en verdad tiene que ser motivo de alegría para la humanidad. Como expresaban los judíos era la esperanza de la llegada del Mesías liberador.

Es el anuncio que hoy nosotros tenemos que escuchar para despertar de todo aquello que describíamos al principio, para despertar de esa vida amorfa y sin esperanza, para despertar de esas rutinas en las que hemos envuelto nuestra vida, para despertar de ese dejarnos simplemente arrastrar sin ansias ni deseos de algo nuevo y mejor. Fue lo que significó el nacimiento de Jesús, la presencia de Jesús en medio de aquel pueblo aunque muchos estuvieran en su contra. Pero la semilla del Reino de Dios quedó sembrada.

Es el camino en que tenemos que ponernos, es esa nueva orientación que le hemos de dar a nuestra vida porque hemos encontrado nuestra estrella polar, porque ese faro de luz nos ilumina y nos señala caminos nuevos. No podemos quedarnos preguntándonos que no entendemos, que no somos capaces, o diciéndonos que eso a nosotros no nos toca.

Cuando el misterio de Dios se le revela a María, porque no terminaba de comprender todo lo que le sucedía, se preguntaba como podía ser lo que el ángel le anunciaba porque ella no conocía varón, y entendemos lo que eso significa. Pero María no se quedó en la duda y la pregunta sino que siguió adelante y se dejó conducir. Al final diría que ella era la esclava del Señor, que se realizase en ella la Palabra que el ángel le anunciaba. Dejémonos igualmente conducir, sigamos escuchando la Palabra en nuestro corazón hasta que quede en verdad sembrada en nuestra vida.

Esta fiesta de María que hoy celebramos a ello nos está enseñando. Es la fiesta del Rosario. ¿Y qué es el Rosario sino ponernos como María a rumiar en nuestro interior lo que la Palabra de Dios nos va revelando en el hoy de nuestra vida? No es simplemente recitar unas formulas con las que saludamos a María, sino que mientras contemplamos a María vamos rumiando en nuestro interior ese misterio de Dios. Después de un rosario bien rezado tenemos que terminar diciendo como María, ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’.

Así tenemos que sentirnos transformados en esa oración a María. Así tiene que renacer de nuevo la esperanza y la luz en nuestros corazones; así tenemos que ponernos en camino como lo hizo María después de la Anunciación, porque sabía que allá en las montañas de Judea alguien la necesitaba. 

¿Despertaremos nosotros para darnos cuenta de quien nos necesita y estaremos dispuestos a ponernos en camino? Hay una luz de esperanza que nosotros podemos y tenemos que llevar a nuestro mundo.

    Sí, el rezo del Rosario pone en un camino de esperanza porque ayuda a profundizar la fe, permite meditar la vida de Cristo a través de los ojos de María y ofrece consuelo y fortaleza ante las adversidades de la vida, generando una confianza en la voluntad divina y en la intercesión de la Virgen María. 

martes, 25 de marzo de 2025

Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad con su Encarnación para ser Emmanuel

 


Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad con su Encarnación para ser Emmanuel

 Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

Hay momentos que son decisivos en la vida, decisivos en nuestra vida personal o decisivos en el curso de la historia. A ojos profanos, a ojos ajenos a lo que puede ser la vida de esa persona, ajenos quizás incluso ante la historia porque les puede parecer que a ellos no les afecta pueden parecen insignificantes y hasta pasar desapercibidos. Pero eso no merma la importancia y trascendencia del momento. Ojalá no perdamos la sensibilidad. Tras esos momentos puede estar la construcción de la vida de esa persona, de ello pueden o van a depender muchas cosas o su vida misma, o en la trascendencia de la historia puede ser principio de un mundo nuevo.

Lo acontecido aquel día en Nazaret pasó totalmente desapercibido en aquel pueblo perdido en lo profundo de Galilea y que nunca había aparecido su hombre en la historia de Israel pero que le haría entrar en la historia para ser conocido por todos. El misterio de Dios revelado a aquella joven en aquellos momentos era desconocido por todos pero como el bien y el amor no se pueden ocultar pronto comenzaría a brillar en algunos corazones abiertos a la sintonía de Dios. Fue un momento de revelación, fue el momento en que Dios quiso hacerse más presente en la historia de los hombres y para ser Emmanuel, verdadero Dios entre nosotros, quiso encarnarse en el seno de una Virgen.

Un momento trascendental en la historia de la salvación, en la historia de amor de Dios para la humanidad. Fue el momento sublime en que Dios envía su ángel para contar con los hombres en su entrada en este mundo encarnándose y haciéndose hombre. Dios quiso contar con María que es querer contar con la humanidad; Dios se hizo presente en María de manera que sería para siempre la agraciada del Señor, la llena de gracia, porque quería hacer patente que la humanidad toda era la agraciada del Señor, a toda la humanidad quería inundar también de su gracia que es lo mismo que inundarla de su amor.

Es lo que hoy estamos celebrando, el misterio de la Encarnación de Dios. Dentro de nueve meses veremos nacer en Niño que sabemos que es el Hijo de Dios, el Hijo del Altísimo como ahora se le anuncia a la que va a ser la Madre de Dios. Dentro de nueve meses haremos fiesta que envolverá a todo el mundo con los sones de alegría de la Navidad, pero este momento trascendental de la Encarnación que hoy estamos celebrando está pasando demasiado desapercibido.

Es una lástima que la mayoría de los cristianos no sepan lo que hoy celebramos o tendríamos que celebrar, ese momento importante, trascendental en nuestra fe, en la historia de la salvación y en consecuencia en la historia de la humanidad, como lo es el momento de la Encarnación de Dios en el seno de María, en el corazón de la humanidad.

En María nos sentimos representados porque en el corazón de María está centrada toda la humanidad en la mirada de Dios cuando ha querido venir a encarnarse entre nosotros. Por eso de María tenemos que aprender para esa acogida del misterio de Dios que tenemos que realizar en nosotros; de María aprendamos a sintonizar con Dios como ella supo escuchar las palabras del ángel, que aunque se sentía turbada ante la grandeza del misterio que se le revelaba ella no se echó atrás, ella se dejó conducir por el Espíritu divino para manteniendo viva su humildad ser capaz de entregar todo su amor, disponible estaba su cuerpo para que Dios tomara su carne y disponible estaba su espíritu porque solamente se sentía la humilde esclava del Señor para que ella se cumpliera la palabra del ángel, para que en ella se realizar la voluntad del Señor.

De María aprendamos a decir con esa generosidad de su espíritu ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’, como rezamos en el padrenuestro. Lo decimos fácilmente como palabras repetidas de memoria, pero torpemente lo realizamos porque no siempre tenemos esa humildad y esa disponibilidad en nosotros. Es mucho lo que queremos decir con esas palabras pero tenemos que hacerlo de manera consciente para saber anteponer siempre lo que es la voluntad de Dios a lo que puedan ser nuestros deseos aunque nos parezcan buenos. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, decía Jesús entre sudores de sangre en Getsemaní, porque sí era consciente lo que significaba la voluntad de Dios. Aprendamos nosotros a hacerlo con la sencillez de María, con la humildad de María, con la disponibilidad de María.

Celebremos con gran sentido este momento grandioso de este día. Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad, quiso hacer de nosotros también unos seres llenos de gracia, inundados del amor de Dios.

viernes, 20 de diciembre de 2024

Sorprendidos pero humildes, sobrecogidos ante lo sobrenatural pero agradecidos por tanto amor, es la respuesta de nuestra fe, sentido profundo de nuestra navidad

 

Sorprendidos pero humildes, sobrecogidos ante lo sobrenatural pero agradecidos por tanto amor, es la respuesta de nuestra fe, sentido profundo de nuestra navidad

Isaías 7, 10-14; Salmo 23; Lucas 1, 26-38

Las sorpresas de Dios siempre nos dejan boquiabiertos. Donde menos lo esperamos, quizás lo que menos esperamos, nunca en la forma cómo nosotros nos lo imaginamos Dios nos sorprende. Aunque tenemos un peligro, no dejarnos sorprender porque ya nada buscamos, no dejarnos sorprender porque nos hemos saciado de tantas cosas sin sabor que hemos perdido la sensibilidad, no dejarnos sorprender porque en nuestra autosuficiencia decimos que ya nada necesitamos, que lo espiritual no nos interesa, que nos bastamos a nosotros mismos con nuestros juguetes o jugando a creernos dioses que estamos por encima de esas cosas que ya nos parecen insulsas. Pero Dios sigue viniendo a sorprendernos con su amor.

Necesitamos humildad para dejarnos sorprender con las cosas de Dios, aunque nosotros sigamos jugando a hacernos dioses que están por encima de todas esas cosas. En el mundo en el que vivimos nos hemos llenado de autosuficiencia y hasta hemos querido transformar las cosas más sagradas a nuestra medida, desvirtuamos todo lo sagrado queriendo darle nuestras humanas o interesadas explicaciones y nos hemos materializado desacralizado tanto que queremos desterrar todo sentimiento religioso y transformarlo todo a nuestro sentido materialista de la vida.

Desvirtuamos las palabras que siempre han estado cargadas de un sentido espiritual para hacerlo todo mundano y que solo satisfaga nuestras sensaciones más primarias. ¿No estamos llegando a un punto, por ejemplo, que la palabra navidad ya no tiene nada que ver con la Encarnación de Dios que se hace hombre y presente en nuestra historia? ¿Qué es navidad para la mayoría de la gente que nos rodea en nuestro mundo de hoy? En algunos sitios hasta hacen desaparecer las imágenes que estén relacionadas con lo espiritual para sustituirlas por aquellas cosas que nos puedan llamar al consumo y una fiesta donde esté ausente Dios.

Los cristianos – y tenemos que decir que todo el mundo de hoy y esa sería nuestra tarea evangelizadora de anuncio del evangelio – necesitamos escuchar de nuevo un evangelio como el que hoy se nos ofrece, siempre novedad de evangelio a pesar de todas las veces que lo hayamos escuchado. Dios que viene a plantar su tienda entre nosotros para ser Emmanuel de verdad en medio de nuestro mundo y escoge a una joven doncella de Nazaret para que sea su madre. Así de sencillo y grandioso es el evangelio que hoy se nos ofrece.

María se sorprende ante la visita del ángel, nos dice el evangelista, y se puso a considerar todo aquello que contemplaba y escuchaba. Se quedó boquiabierta, en la expresión que empleábamos al principio. Podíamos decir que no se lo podía creer. Estaba siendo llamada la agraciada del Señor, aquella en quien Dios se había fijado y que quería contar con ella para el misterio más maravilloso de su amor, hacerse hombre naciendo de una mujer.

El ángel le explica con palabras que solo una persona de fe puede llegar a comprender. Nace esa fe desde esa sorpresa de Dios. Dios se nos manifiesta y nos hace conocer lo que es su voluntad, lo que son sus planes y le damos la respuesta de la fe, como lo hizo María.

Para quien es ajeno a la fe porque no quiere dejarse sorprender por Dios le puede parecer una escena increíble y que puede quedarse como en un mito. Pero si tenemos humildad, como la tenía María, que le costaba comprender pero hacía preguntas, que le parecía algo muy grande para ella que se siente muy pequeña, pero que se deja conducir, podremos entrar nosotros también en esa sintonía de Dios, en esa sintonía de lo espiritual, en esa apertura de nuestro espíritu a lo sobrenatural porque nos sobrepasa pero de lo que nos sentimos agradecidos porque descubrimos que es un regalo de amor.

Sorprendidos y boquiabiertos pero humildes, sobrecogidos ante lo sobrenatural pero agradecidos por tanto amor, es la respuesta de nuestra fe, es el sentido que tenemos que darle desde lo más profundo a nuestra navidad.