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sábado, 27 de diciembre de 2025

La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

 


La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

1Juan 1, 1-4; Salmo 96; Juan 20, 1a. 2-8

¿Alguna vez habéis llegado a vuestra casa y os encontrasteis las puertas abiertas y al entrar, quizás temerosamente porque no sabéis lo que os podéis encontrar, habéis visto todo revuelto y tirado por todos lados, señal de un allanamiento y de un posible robo? No habréis tenido la experiencia directamente, pero quizás alguien que lo ha pasado os lo habrá contado.

Es lo que en principio nos refleja hoy esta página del evangelio. Primero las mujeres y también María Magdalena habían acudido al sepulcro bien temprano, para culminar los ritos funerarios que en la tarde del viernes no habían podido realizar plenamente por la entrada con el atardecer del descanso sabático, o simplemente para estar allí junto al sepulcro como en tantas visitas que hacemos a nuestros cementerios, pero la piedra estaba corrida, dentro las vendas andaban por un lado y el sudario por otro y el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Es la mañana de las carreras, como suelo decir, porque María Magdalena va a donde están los discípulos para anunciarles lo que habían encontrado, Simón Pedro y Juan corren al sepulcro para ver lo sucedido y así lo encuentran. Juan se queda a la entrada mirando mientras Simón Pedro entra para inspeccionar todo; finalmente entrará Juan y cuando lo contempla todo nos dice el evangelista que ‘vió y creyó’. Lo que encontraron allí no eran señales de robo aunque ya se encargarían  otros de hacer correr ese bulo. Creyó Juan en la palabra que había dicho Jesús, creyó que en verdad Jesús había resucitado.

Por algo nos podrá decir en el comienzo de su primera carta. ‘Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida… damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó… Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos…’

Precisamente hoy con la liturgia, en medio de lo que es la octava de la Navidad, estamos celebrando a san Juan evangelista, el discípulo que tanto amaba Jesús, el que recostó la cabeza sobre el pecho de Jesús en la noche de la última cena, el que un día había escuchado con su hermano Santiago la invitación de Jesús para ser pescadores de hombres y había dejado las redes, la barca y todo por seguir a Jesús, el que escuchando las indicaciones del Bautista señalando al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo se había ido tras Jesús para saber donde vivía, el que fue testigo de momentos muy especiales de Jesús como la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración en el Tabor o la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní, el que más tarde le reconocería en la penumbra del amanecer a la orillas del Tiberíades.

‘Es el Señor’, que confesaría entonces y que como hoy nos dice en su carta aquello que vio y oyó, aquello de lo que es testigo no lo puede callar, nos lo tiene que comunicar. Y de qué manera sublime nos lo trasmite en su evangelio, aunque como dice no lo puede escribir todo porque los libros no cabrían en el mundo. Tal es la inmensidad del misterio de Dios que se nos revela, tan hermosa es la buena noticia que estamos también nosotros a transmitir.

En nuestros ojos siguen vivas las imágenes del niño recién nacido en Belén ante el cual los ángeles cantan la gloria de Dios. Nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor, se nos anunciaba la noche de la natividad. A los pastores se les dio una señal, un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y los pastores fueron a la ciudad de David y con esas señales lo encontraron. Muchas señales siguen guiándonos a nosotros también hasta Jesús para igualmente hagamos nuestra profesión de fe. ‘La Vida se hizo visible’, que nos decía Juan, ‘vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó’.

Nos queda ahora nuestra confesión de fe que no son solo palabras, sino que tiene que manifestarse en la comunión que vivamos, ‘comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo’. Solo cuando entremos en esa comunión de amor estaremos dando verdadero testimonio, son los signos y las señales por las que los otro podrán encontrar a Jesús, podrán sentir el gozo del anuncio del Evangelio.

viernes, 26 de diciembre de 2025

El Niño que contemplamos en Belén lleno de los resplandores celestiales estaba recostado en un pesebre cuyas pajas podían ser punzantes para su tierno cuerpo de recién nacido

 


El Niño que contemplamos en Belén lleno de los resplandores celestiales estaba recostado en un pesebre cuyas pajas podían ser punzantes para su tierno cuerpo de recién nacido

Hechos 6, 8-10; 7, 54-59; Salmo 30; Mateo 10, 17-22

En medio del ambiente de alegría y de fiesta que vivimos en la Navidad, que además se prolonga con toda solemnidad durante toda la semana hasta la octava, para algunos pudiera resultar chocante, por decirlo de alguna manera, por cruentos estos de la Palabra de Dios que hoy se nos proclaman y la celebración de este día primero de la navidad. Se nos habla de sangre, de martirio, y se recogen los anuncios de Jesús de que no iba a ser fácil la vida de sus seguidores.

Sin embargo todo tiene su sentido. No todo es vivir la euforia de un momento de entusiasmo con aires de victoria; tenemos que saber afrontar la realidad de la vida. El mensaje del evangelio no es neutral, aunque tantas veces en nuestra sociedad se nos diga que la Iglesia no tiene que meterse en opiniones sobre los problemas de nuestra sociedad; se nos quiere poner en muchas ocasiones una mordaza, sobre todo por parte de quienes se ven reflejados en la luz de la Palabra que proclama la Iglesia. Ejemplos de ello tenemos muy recientes y los ha habido a lo largo de toda la historia.

La verdad del evangelio no se puede ocultar, el anuncio de algo nuevo para la vida de los hombres con todo lo que tenga que significar de conversión es algo que tiene que estar muy claro en lo que tiene que hacer la Iglesia, en lo que tenemos que proclamar los cristianos. Los paños calientes no llevan a una curación duradera y como se nos dirá en la Escritura santa ‘la verdad nos hace libres’, nos hace encontrar la verdadera libertad.

Por eso no nos han de extrañar las palabras de Jesús y que les escuchemos en medio de toda la alegría y esperanza que suscita la navidad, porque tenemos que estar preparados y fortalecidos para el camino que hemos de realizar. La alegría y la esperanza tienen que estar presente siempre en nuestra vida y en el testimonio que demos como cristianos. Pero sabemos que las piedras pueden llover sobre nosotros.

Por eso hoy la Iglesia nos presenta la figura del primero de los mártires, Esteban, uno de aquellos siete diáconos escogidos en la Iglesia primitiva para servir a los pobres. Su testimonio de servicio va acompañado por el testimonio y valentía de sus palabras que sus adversarios no pueden resistir. Es lo que se nos presenta en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Esteban tiene visión profética y es un verdadero testigo que no puede callar lo que ve y lo que vive. Y da testimonio con su sangre. No vamos a entrar en más detalles porque ya están suficientemente explicados en el texto sagrado.

Nos queda lo que ese testimonio nos está ofreciendo para nuestra vida. Demasiadas veces somos como camaleones que nos queremos ocultar vistiéndonos los mismos ropajes del materialismo y de la sensualidad de la vida que nos rodea. Somos cobardes para testimoniar con palabras claras la verdad que nosotros vivimos y que tenemos que convertirla en buena noticia para el mundo que nos rodea. Muchos son los temores que envuelven nuestra vida, porque no queremos nadar a contracorriente de lo que, como se dice hoy, tiene que ser políticamente correctos. Demasiadas acomodaciones hacemos no mostrando con claridad nuestro carácter, nuestra identidad y nos hacemos como uno de tantos. ¿Es así como pensamos que tenemos que dar testimonio de nuestra fe y de ese mundo nuevo del Reino de Dios que Jesús nos ha proclamado con plan para nuestra vida?

Jesús nos dice en el evangelio al tiempo que nos anuncia esas persecuciones que podamos sufrir que no hemos de temer, con nosotros está su Espíritu que nos dará fortaleza, que nos llenará de sabiduría divina para responder también con nuestras palabras. Escuchemos y hagamos vida en nosotros las palabras de Jesús.

El Niño que contemplamos en Belén lleno de todos los resplandores celestiales estaba recostado en un pesebre cuyas pajas podían ser también punzantes para su tierno cuerpo de recién nacido. Puede ser significativo para comprender mejor el sentido de esta fiesta.

jueves, 25 de diciembre de 2025

Contemplemos el misterio que se desarrolla en Belén, quiere hacerse presente Dios a través de nosotros, signos de esa presencia y de ese amor de Dios


 

Contemplemos el misterio que se desarrolla en Belén, quiere hacerse presente Dios a través de nosotros, signos de esa presencia y de ese amor de Dios

Y el Verbo se hizo carne y a campo de entre nosotros... es lo que hoy estamos celebrando y llena de alegría nuestros corazones; no es algo mágico, es la maravilla del misterio de Dios, es el milagro del amor, es Dios que se hace presente entre nosotros; no sólo nos visita porque una visita podría aparecer algo de paso, es algo definitivo porque planta su tienda entre nosotros, vive entre nosotros y con nosotros, camina a nuestro lado, participa de nuestras tareas, continúa la creación del mundo a través de nosotros, es un misterio de amor, tanto nos ama Dios.

¿No es suficiente todo eso para sentirnos los más felices y dichosos del mundo? Por eso la alegría se desborda en Navidad, por eso no dejamos de cantar aunque algunas veces llevemos cosas duras en el corazón; nos sentimos transformados con la presencia de Dios.

Viene para que tengamos vida para hacernos partícipes de su vida para llenarnos de la vida de Dios, para que aprendamos lo que es el amor, para que caminemos con un sentido nuevo para que no solo seamos felices nosotros sino que hagamos felices a los demás.

Y toda esa inmensidad de Dios hoy la contemplamos en lo pequeño, en un niño recién nacido que parece desguarecido, allá acunado en un establo; que viene a compartir nuestro frío porque viene a darnos calor, porque viene a regalarnos amor, porque viene a levantarnos de nuestra pequeñez y nuestra pobreza porque viene a hacernos un hombre nuevo a darnos una vida nueva.

 Disfrutemos de la Navidad, gocemos la Navidad pero con otro sentido, no nos quedemos en lo superficial, vayamos al misterio de Dios que nos llena, que nos inunda, que transforma nuestra vida, que nos hace grandes.

Por eso somos los más felices del mundo, queremos con nuestro amor, con nuestro gestos, con nuestros detalles, con nuestra cercanía llevar esa felicidad a los demás, para que todos puedan llegar a descubrir ese misterio de Dios, ese misterio de amor; para que todos puedan comenzar a caminar en ese mismo amor.

No son necesarias muchas palabras, simplemente contemplemos el misterio que se desarrolla en Belén, el misterio que podemos ver desarrollarse en nuestra vida, el misterio que está también en los que están a nuestro lado. que lo contemplamos en los pobres, en los que sufren, en los que se sienten solos, en los abandonados; ahí quiere llegar Dios; ahí quiere hacerse presente Dios pero quiera hacerse presente a través de nosotros, tenemos que ser signos de esa presencia y de ese amor de Dios.

 Por eso Navidad no se queda en unos sentimientos o unas alegrías momentáneas de un día; la vida que es presencia de Dios tiene que ser cada día; tenemos que llevarlo a nuestra vida de todos los días, tenemos que llevarla a aquellos que están a nuestro lado, porque queremos hacer presente todo ese misterio de amor de Dios que está con nosotros.

Hagamos asi cada día feliz Navidad

 

miércoles, 24 de diciembre de 2025

esta noche quiero invitarte a que te sientes a mi mesa

Esta noche quiero abrir la posada de mi casa e invitarte a que te sientes a mi mesa en la cena de la Nochebuena asegurándome así que voy a tener una buena Navidad porque Dios estará sentado también a mi mesa; no podemos olvidar lo que el mismo Jesús nos enseñará de cómo podíamos encontrarlo o como él se hace presente junto a nosotros porque lo que con el otro compartimos a Él se lo hicimos.

En mi mesa no habrá grandes viandas ni generosos regalos recordando que en aquel establo de Belén poco más había que un mendrugo de pan y acaso algún trozo de queso que posteriormente trajeron los pastores, pero si te puedo asegurar que intentaré que no falte el calor en mi mesa porque la llama de nuestros corazones estará encendida y ardiendo fuertemente de amor para contrarrestar la fría noche del establo de Belén que siguen sufriendo tantos a nuestra alrededor en su soledad y en su silencio.

Mis puertas quieren estar siempre abiertas, mi corazón quiere convertirse en la más hermosa cuna de amor que dé calor a tantos que viven al raso en la vida envueltos solo por su pobreza y cargando en solitario con los problemas de la vida. 

Tenemos que hacer verdadera Navidad no porque pongamos tintineantes luces de colores como un adorno que pronto va a perder su resplandor, sino porque vayamos llenando de nueva luz nuestra vida y nuestro mundo con esa luz que nos viene de Jesús. 

Hagamos de verdad Navidad no simplemente porque ahora toca felicitarnos sino porque comencemos a llevar felicidad a tantos que lloran en sus tristezas y soledades a nuestro lado. 

Hagamos Navidad no solo porque creemos un ambiente navideño de fiesta que se vuelve transitorio porque pronto iremos a nuestros intereses y ambiciones olvidando pronto aquellas canciones que con tanto entusiasmo cantábamos, sino que nuestra Navidad sea algo profundo que nazca en lo más hondo de nosotros porque hemos puesto a Dios en nuestra vida y así queremos ponerlo en nuestro mundo. 

Aunque vayamos a contracorriente hagamos presente a Jesús que nos trae una nueva onda de amor que quizás pudiera complicar nuestra vida pero con lo que al final haremos un mundo nuevo de verdadera felicidad. 

No nos quedemos en decir felices fiestas sino que con valentía digamos feliz navidad en el nacimiento de Jesús que es el Señor de mi vida y de mi historia. Es lo que queremos celebrar alrededor de esta mesa donde todos nos sentimos invitados a compartir la verdadera alegría de la Navidad.

© carher 

Preparémonos en estos últimos momentos para dar señales de que recibimos la visita de nuestro Dios con su misericordia y salvación para el hombre y el mundo de hoy

 


Preparémonos en estos últimos momentos para dar señales de que recibimos la visita de nuestro Dios con su misericordia y salvación para el hombre y el mundo de hoy

2Samuel.7, 1-5. 8-11.16; Sal. 88; Lucas 1, 67-79

Estamos en la mañana del último día del Adviento y aunque ya todo nos trae como en adelante la música que va a sonar en esta próxima noche, que llamamos nochebuena por el nacimiento de Jesús me quedo aun en el texto que nos ofrece la liturgia en esta mañana que viene a culminar todo lo que ha sido la inmediatez del nacimiento de Jesús con el cántico de Zacarías tras el nacimiento de Juan.

Todo son bendiciones y alabanzas de la misma manera que estos días nos adelantamos con felicitaciones navideñas por lo que vamos a celebrar. Proféticamente siente Zacarías todo lo que significa el nacimiento de su hijo al que ha querido llamar Juan. Recordamos cómo las gentes se preguntaban qué iba a ser de aquel niño por todo cuanto en su nacimiento estaban contemplando. ‘El Señor, Dios de Israel, ha visitado y redimido a su pueblo’ proclama el sacerdote Zacarías. Lo anunciado por los profetas tiene su cumplimiento, ‘según lo predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas… ha suscitado una fuerza de salvación, que nos libra de nuestros enemigos’, con la que se realiza la misericordia de Dios que siempre se había manifestado con su pueblo, recordando la santa Alianza.

Bendice Zacarías a Dios, en cuya presencia se siente, de cuya misericordia se siente envuelto; Dios también había puesto sus ojos en él y el que Dios escuchara su oración, como le había dicho el ángel cuando la ofrenda del incienso allá en el templo era una manifestación de la misericordia divina; no eran sus méritos sino el amor misericordioso de Dios el que le había dado aquel hijo que iba a ser ‘el profeta del Altísimo’ para ir delante del Señor preparando sus caminos, anunciando al pueblo la salvación y el perdón de los pecados.

‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.

¿Será eso en verdad lo que bulle en nuestro corazón en esta inmediatez de la celebración de la Navidad? Así tenemos nosotros que estar cantando y bendiciendo a Dios. Ese era el sentido tan bonito que tenían aquellas misas de luz que en esta semana inmediata a la nochebuena celebrábamos con tanta alegría en nuestros pueblos en otros tiempos. Ese canto del primer villancico anunciando el nacimiento de Jesús en Belén que sonaba en nuestras noches o en nuestras madrugadas llamando a las misas de Luz era algo muy hermoso que por la imposición de las carreras de la vida moderna hemos pedido, al menos en mi tierra. Sé como en otros lugares se conservan las posadas para recordar esa peregrinación de María y José hasta Belén, o las novenas del niño Dios como ambientación y preparación de las familias y los vecinos que se celebran en algunos sitios son cosas bien hermosas.

Nos queda prepararnos y no solo estar preocupados por la cena familiar y la fiesta, con todo el sentido bonito que puede tener, o los regalos que ahora nos trae un viejito vestido de rojo, sino pensar en el gran regalo que vamos a recibir en esta próxima noche si en verdad dejamos que Jesús nazca en nuestro corazón y con ello nazca más y mejor en nuestro mundo.

¿Qué señal vamos a dar de que recibimos la visita de nuestro Dios que llega a nosotros con su misericordia y su salvación?

martes, 23 de diciembre de 2025

Alegría y regocijo en el nacimiento de un niño, sorpresa, admiración e interrogantes que nos plantea Juan con su presencia ante la próxima navidad

 


Alegría y regocijo en el nacimiento de un niño, sorpresa, admiración e interrogantes que nos plantea Juan con su presencia ante la próxima navidad

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Salmo 24; Lucas 1, 57-66

Alegría y regocijo como siempre es el nacimiento de un niño, sorpresa y admiración, preguntas e interrogantes eran las emociones y sentimientos que corrían en las montañas de Judea ante lo que estaba sucediendo en aquella pequeña aldea. Se gozaban con la madre que daba a luz un niño porque siempre era considerado una bendición de Dios y más aún en las circunstancias donde parecía que no podía ser madre pero ahora había logrado ese don de Dios; esto además les causaba gran sorpresa y conmoción por un hecho tan inusual, lo que le llevaba a interrogantes y preguntarse qué les quería decir Dios con tales hechos; lo acontecido en su circuncisión y la imposición del nombre aun les había dejado más descolocados, por el deseo de Isabel y la corroboración por parte de Zacarías de que su nombre sería Juan. Eran un pueblo creyente que en todo quería leer el actuar de Dios. ‘¿Qué va a ser de este niño?’ se preguntaban.

Hoy nosotros también nos hacemos una lectura creyente y con la tradición de la Iglesia desde siempre encontramos en Juan el cumplimiento de las profecías. Era aquel mensajero de la alianza, que cual otro Elías era como fuego de fundidor o lejía de lavandero que venía a preparar los caminos del Señor, a preparar un pueblo bien dispuesto para la llegada del Mesías.

Son los sentimientos y es la apertura de nuestro corazón con la que escuchamos en la inmediatez ya de la celebración de la Navidad estos textos de la Palabra de Señor. Aunque hoy estamos escuchando el relato de su nacimiento y circuncisión ya hemos venido escuchando a lo largo del Adviento esa predicación de Juan allá en el desierto, junto al río del Jordán que nos ayudaba también a nosotros a preparar los caminos del Señor.

Su voz sigue resonando en nuestro corazón. La figura del Bautista está muy presente en el camino de la Iglesia, no solo por todo lo que lo escuchamos y meditamos en el camino de nuestro Adviento sino porque también a lo largo del año litúrgico nos aparece en ocasiones para que en verdad nos vayamos centrando en el evangelio de Jesús. Son palabras fuertes las que le escuchamos al profeta que tendrían que despertarnos de cierta atonía espiritual que tantas veces nos envuelve. Nos vamos dejando arrastrar por las rutinas y la tibieza espiritual en las que hemos envuelto tantas veces nuestra vida de fe y necesitamos esa voz y ese grito que nos despierte.

Esa tibieza en la que vivimos dejando a un lado tantas veces la radicalidad del evangelio nos lleva por una pendiente peligrosa que se convierte a veces en un sincretismo que nos lleva a no saber dónde estamos o dónde deberíamos estar;  todo nos parece bien, nos conformamos fácilmente con lo que otros hacen o dicen, la altura de nuestras metas cada vez las rebajamos más para entrar en aquello de la ley del mínimo esfuerzo, andamos en ocasiones tan confundidos que no nos damos cuenta que desde fuera nos están imponiendo hasta la manera de celebrar nuestras fiestas cristianas, a las que incluso se les despoja de su verdadero nombre.

Muchas veces vamos a escuchar estos días ‘felices fiestas’, pero no feliz navidad, se le dará más importancia a celebrar el nuevo año y no importa que sea a medianoche, pero a la misa del gallo de medianoche la hemos trasladado por nuestras comunidades hasta convertirla en una simple misa vespertina, la importancia se la damos a los regalos que nos trae papá Noel y a eso llamamos fiestas de navidad.

¿No necesitaremos una voz como la del Bautista que nos despierte? ¿No seguiremos necesitando su figura austera vestida de piel de camello que se contraponga a las vaporosas pieles de nuestras vanidades y lujos para celebrar a un Niño que nace pobre en un portal porque ni siquiera en la posada había sitio para El? ¿Llegaremos a fijarnos a quienes viven en semejantes condiciones a nuestro alrededor en el frío de la noche de Navidad?

¿No serán interrogantes que también tendrían que plantearse en nuestro corazón a la hora de la celebración de la Navidad?


lunes, 22 de diciembre de 2025

Como María nosotros sintamos también que Dios se ha fijado en nosotros para que podamos realizar las maravillas de Dios

 


Como María nosotros sintamos también que Dios se ha fijado en nosotros para que podamos realizar las maravillas de Dios

1 Samuel 1,24-28; 1S 2,1.45.6-7.8abcd; 1,46-56

Sentir que se han fijado en nosotros cuando queríamos pasar desapercibidos, conscientes de nuestra pequeñez y de nuestra pobreza, y se han fijado en nosotros porque confían en nosotros y nos van a hacer participar en lo que podrían ser grandes proyectos es algo que nos llena de gozo el alma, diríamos que utilizando el mejor sentido de la palabra nos sentimos orgullosos y nos sentimos impulsados a manifestar nuestro agradecimiento a quien ha tenido ese detalle, que no es nimio, con nosotros. Como solemos decir, le estaremos eternamente agradecidos. Forma parte también de nuestros valores humanos, en que sintiéndonos pequeños, al mismo tiempo nos sentimos engrandecidos.

¿No es esto lo que hace prorrumpir a María en este magnifico canto – por algo lo llamamos ‘magnificat’, aunque sea su primera palabra en latín – con el que reconoce las maravillas de Dios, pero reconoce ante todo que Dios ha puesto sus ojos en ella? A cualquier persona que le sucediera algo semejante no se lo podría creer.

Por eso cuando María en Nazaret recibe la visita angélica que le trasmite los planes de Dios, conociendo también por boca del ángel las albricias que se están produciendo en las montañas de Judea, se pone en camino al encuentro de su prima Isabel. ¿Solamente por prestarle sus servicios sabiendo que es una mujer anciana en tales circunstancias y ella joven puede ayudarle? No negamos esta prontitud de María en su generosidad y en su amor que siempre estará atenta allí donde haya una necesidad para poner su mano y su actuación con también la veremos en las bodas de Caná, pero es también la necesidad de María de desahogar su corazón  ¿y con quien mejor que con su prima que también se ha visto beneficiada en su maternidad por las acciones de Dios?

Cuando algo grande y maravilloso oprime nuestro corazón con el gozo de lo acontecido, trata de expandirse como una explosión y a comunicarse y empapar de esa alegría a cuantos le rodean; es lo que hace María, es el sentido del cántico de María que hoy nos ofrece el evangelio y que también nosotros también tantas veces hemos utilizado en nuestra oración y en nuestra acción de gracias a Dios.

Se ha fijado en la pequeñez de su esclava y el Poderoso ha realizado en ella obras grandes. Como un río que se desborda viene a inundarnos la gracia y la misericordia del Señor transformándolo todo. Es una riada de misericordia que todo lo transforma y que hará brotar con vigor nueva vida. Es la presencia de Dios en medio de nosotros derramando su misericordia.

Cuando ahora en las vísperas de la Navidad vamos nosotros también a cantar este cántico de María, porque vemos las cosas maravillosas que a través de María Dios quiso realizar para nosotros, pero es que estamos sintiendo que esa mirada de Dios también se ha vuelto sobre nosotros y sobre nuestro mundo. Es cierto que nos sentimos pequeños y pecadores, pero nos sentimos amados de Dios, y sentimos que Dios sigue actuando en nosotros y por nosotros quiere también llegar a los demás. 

Pensemos en que a pesar de nuestro pecado también hemos podido realizar muchas cosas buenas, aun se mantiene vivo el amor de Dios en nuestro corazón, muchos quizás han podido incluso acercarse a Dios; el Señor sigue contando con nosotros, sigue volviendo su rostro sobre nosotros y quiere derramar su misericordia y su paz en nuestros corazones. Lo necesitamos, pero necesitamos también reconocerlo, como María, y dar gracias, entonar este cántico de María también nosotros con corazón agradecido al Señor.

Y una cosa más hemos de decir, celebrar la navidad significa también que Dios sigue volviendo su rostro sobre nuestro mundo. Hagamos visible para nuestro mundo esa misericordia del Señor a través de nuestro amor.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Pongamos silencio y disponibilidad en nuestro corazón para leer los signos de Dios y no olvidemos que podremos ser signo de Dios para muchos que te rodean

 


Pongamos silencio y disponibilidad en nuestro corazón para leer los signos de Dios y no olvidemos que podremos ser signo de Dios para muchos que te rodean

Isaías 7, 10-14; Salmo 23; Romanos 1, 1-7; Mateo 1, 18-24

Pide un signo, una señal, al Señor, tu Dios, en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo’, le dice el profeta al rey Ajaz. Pero el rey no se atreve a pedir señales aunque el profeta se las dará. En cambio José si está esperando señales; hay cosas que están sucediendo que no entiende, prefiere esperar aunque su corazón está pidiendo algo.

No se trata aquí de señales de tráfico, que las carreteras están llenas de ellas. Son otros caminos más profundos los que necesitan señales, ‘en lo  hondo del abismo o en lo alto del cielo’, como decía el profeta. En ocasiones nos sentimos en lo más hondo del abismo, aunque luego tengamos otros momentos de exaltación; pero en una y otra ocasión no sé si sabremos siempre leer lo que nos sucede. Las palabras en la escritura se conforman con signos que ya estudiamos desde pequeños para saber leer; en esos signos escritos algo se nos quiere decir y para eso hemos hecho un aprendizaje; en los signos que nos van apareciendo en la vida también tendríamos que saber leer, haber hecho un aprendizaje, pero siempre estamos a tiempo.

José se interroga por dentro ante lo que está sucediendo y estaba queriendo encontrar esos signos, esas señales; es la tarea, por así decirlo, de todo creyente; en los mismos textos que estos días se nos están ofreciendo lo encontramos, Zacarías se pregunta incrédulo en el templo cuando el ángel del Señor le anuncia que su mujer va a concebir a pesar de la vejez, y le costará entender. María también se ha quedado dando vueltas en la cabeza al mensaje del ángel; no conoce varón ¿cómo va a ser madre? Está pidiendo señales, quiere saber leer esos signos de Dios aunque ella siempre estás disponible para Dios.

¿Tendremos nosotros que leer algunos signos también ahora cuando escuchando esta Palabra de Dios estamos dando los últimos pasos en la preparación de la Navidad? Aprender a leer esas señales de Dios nos hará que podamos vivir una verdadera Navidad;  no nos podemos quedar en superficialidades, desde lo hondo de nosotros mismos nos queremos elevar también hasta Dios para escucharle, para recibirle. Ahí en lo que somos y vivimos, ahí en lo que son los problemas de cada día, ahí en ese mundo concreto que vivimos con todas sus circunstancias, ahí en la manera incluso en que el mundo que nos rodea tiene la forma de celebrar la navidad, ahí en los grandes problemas de nuestra sociedad y de nuestro mundo, ahí quiere llegar la Navidad, ahí quiere llegar Dios y tenemos que descubrir cómo y qué parte tenemos nosotros en ello.

Porque nosotros hemos de leer esos signos de Dios, pero también hemos de reconocer que nosotros tenemos que ser esos signos de Dios para el mundo que nos rodea; será la forma en que celebremos la navidad, en que vivamos la navidad, será la profundidad que le demos a lo que hacemos estos días, será el nuevo sentido en el que tenemos que envolver cuando hacemos. Y es lo que este último domingo tenemos que descubrir.

El ángel del Señor se le manifestó en sueños a José y José comprendió todo el misterio de Dios que allí se estaba manifestando. ¿Se preguntaría por qué tenían que sucederle a él todas esas cosas? Se lo preguntaría como nosotros también tantas veces nos preguntamos, pero en José había disponibilidad, había generosidad en su corazón, y recibió a María, su mujer, en su casa como le había pedido el ángel. Fue un ponerse en camino, porque todo no terminaba ahí, vendría el edicto del emperador y el viaje inesperado a Belén, pero todos los acontecimientos que luego se sucedieron casi como una cascada, porque el regreso a Nazaret no fue tan pronto como hubiera deseado, con la huída a Egipto por medio. Pero José era un hombre de fe y seguía escuchando a Dios, seguía leyendo los signos de Dios.

Cada uno de nosotros ha de hacer su lectura en su propia vida y en cuanto le acontece. Sepamos encontrar momentos de silencio y de recogimiento porque entre el ruido y los afanes de las cosas nos va a ser más difícil escuchar ese susurro de Dios en nuestro corazón. Dios llega a nosotros de la forma que menos lo esperamos porque Dios siempre se hace sorprender en nuestra vida. Pero su sorpresa siempre es una sorpresa de amor, es el regalo más hermoso que podemos recibir que no es ni papá Noel ni lo Reyes Magos quienes nos lo van a traer.

Pongamos silencio y disponibilidad en nuestro corazón para leer los signos de Dios. No tengamos miedo a lo que nos diga o nos pida el Señor. Que no nos falte la paz en nuestro interior que será la base de la paz que vayamos logrando en el mundo que nos rodea. Y recuerda que tú podrás ser, o tendrás que ser signo de Dios para muchos que te rodean, con tu presencia, con tu palabra, con tu compañía en el camino de la vida, con tu generosidad, con tu amor.