La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio
1Juan 1, 1-4; Salmo 96; Juan 20, 1a. 2-8
¿Alguna vez habéis llegado a vuestra
casa y os encontrasteis las puertas abiertas y al entrar, quizás temerosamente
porque no sabéis lo que os podéis encontrar, habéis visto todo revuelto y
tirado por todos lados, señal de un allanamiento y de un posible robo? No habréis
tenido la experiencia directamente, pero quizás alguien que lo ha pasado os lo
habrá contado.
Es lo que en principio nos refleja hoy
esta página del evangelio. Primero las mujeres y también María Magdalena habían
acudido al sepulcro bien temprano, para culminar los ritos funerarios que en la
tarde del viernes no habían podido realizar plenamente por la entrada con el
atardecer del descanso sabático, o simplemente para estar allí junto al
sepulcro como en tantas visitas que hacemos a nuestros cementerios, pero la
piedra estaba corrida, dentro las vendas andaban por un lado y el sudario por
otro y el cuerpo de Jesús no estaba allí.
Es la mañana de las carreras, como
suelo decir, porque María Magdalena va a donde están los discípulos para
anunciarles lo que habían encontrado, Simón Pedro y Juan corren al sepulcro
para ver lo sucedido y así lo encuentran. Juan se queda a la entrada mirando
mientras Simón Pedro entra para inspeccionar todo; finalmente entrará Juan y
cuando lo contempla todo nos dice el evangelista que ‘vió y creyó’. Lo que
encontraron allí no eran señales de robo aunque ya se encargarían otros de hacer correr ese bulo. Creyó Juan en
la palabra que había dicho Jesús, creyó que en verdad Jesús había resucitado.
Por algo nos podrá decir en el comienzo
de su primera carta. ‘Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído,
lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon
nuestras manos acerca del Verbo de la vida… damos testimonio y os anunciamos la
vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó… Eso que hemos visto y
oído os lo anunciamos…’
Precisamente hoy con la liturgia, en
medio de lo que es la octava de la Navidad, estamos celebrando a san Juan
evangelista, el discípulo que tanto amaba Jesús, el que recostó la cabeza sobre
el pecho de Jesús en la noche de la última cena, el que un día había escuchado
con su hermano Santiago la invitación de Jesús para ser pescadores de hombres y
había dejado las redes, la barca y todo por seguir a Jesús, el que escuchando
las indicaciones del Bautista señalando al Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo se había ido tras Jesús para saber donde vivía, el que fue testigo de
momentos muy especiales de Jesús como la resurrección de la hija de Jairo, la
transfiguración en el Tabor o la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní, el
que más tarde le reconocería en la penumbra del amanecer a la orillas del
Tiberíades.
‘Es el Señor’, que confesaría entonces
y que como hoy nos dice en su carta aquello que vio y oyó, aquello de lo que es
testigo no lo puede callar, nos lo tiene que comunicar. Y de qué manera sublime
nos lo trasmite en su evangelio, aunque como dice no lo puede escribir todo
porque los libros no cabrían en el mundo. Tal es la inmensidad del misterio de
Dios que se nos revela, tan hermosa es la buena noticia que estamos también
nosotros a transmitir.
En nuestros ojos siguen vivas las
imágenes del niño recién nacido en Belén ante el cual los ángeles cantan la
gloria de Dios. Nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor, se nos
anunciaba la noche de la natividad. A los pastores se les dio una señal, un
niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y los pastores fueron a la
ciudad de David y con esas señales lo encontraron. Muchas señales siguen
guiándonos a nosotros también hasta Jesús para igualmente hagamos nuestra profesión
de fe. ‘La Vida se hizo visible’, que nos decía Juan, ‘vida eterna
que estaba junto al Padre y se nos manifestó’.
Nos queda ahora nuestra confesión de fe
que no son solo palabras, sino que tiene que manifestarse en la comunión que
vivamos, ‘comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo’. Solo cuando
entremos en esa comunión de amor estaremos dando verdadero testimonio, son los
signos y las señales por las que los otro podrán encontrar a Jesús, podrán
sentir el gozo del anuncio del Evangelio.
