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jueves, 21 de mayo de 2026

Saboreemos el amor que Dios nos tiene cuando nos hace participes de su vida divina que es lo que nos va a mantener en una verdadera comunión

 


Saboreemos el amor que Dios nos tiene cuando nos hace participes de su vida divina que es lo que nos va a mantener en una verdadera comunión

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Salmo 15; Juan 17, 20-26

Meditando con serenidad y sin prisas estas palabras de Jesús que nos ofrece el evangelio nos damos cuenta de lo importante que era esa unidad que pedía para nosotros. Es insistente en sus peticiones, como insistentes tenemos que ser nosotros en nuestra reflexión para asimilar de la mejor manera posible estas palabras de Jesús.

Decimos muchas veces en nuestra rapidez de reacción, sí, ya sé lo que Jesús nos quiere decir, pero quizás sea nuestra interpretación, nuestra manera de ver las cosas que un poco se lo queremos aplicar a lo que nos dice Jesús. Esa unidad que está pidiendo Jesús para nosotros los que creemos en Él, y como nos dice de aquellos que creen en Él por lo que nosotros le hemos transmitido no es cualquier cosa. No es decir que más o menos nos pongamos de acuerdo en aquello en lo que ya coincidimos, pero seguramente incluso detrás de ese acuerdo quedan muchas lagunas, quedan muchas diferencias que no sabemos cómo aunar.

Y lo que está pidiendo Jesús para nosotros es que entre nosotros haya una comunión semejante a la que hay entre Él y el Padre. ‘Como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno’. Esa comunión del Hijo con el Padre es mucho más que ponerse de acuerdo en algunas cosas; esa comunión significa una misma vida, no unas vidas paralelas, porque es el amor el que los une, el que logra esa unidad. Como continúa diciéndonos ‘Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno…’ Decirnos que nos ha hecho participes de la gloria de Dios, que el Hijo tiene junto al Padre, es como decirnos que nos ha hecho partícipes de su vida. De ahí la unidad, la comunión de vida y de amor.

Es hermoso todo esto que estamos considerando, cuando pensamos que somos partícipes de la vida de Dios. Es lo que realmente Jesús nos ha ido enseñando a lo largo de todo el evangelio y que tenemos que rumiar hondamente en nosotros para que así lo hagamos nuestra vida. No es fácil, porque siempre en el corazón aparece el egoísmo y se desvirtúa todo amor. Somos muy débiles y muy humanos y nos aparecen nuestras apetencias y nuestras ambiciones, pronto comenzamos a marcar distancias, queremos tener lo nuestro y con ello queremos sobresalir, y comienzan a hacernos cosquillas las envidias y las desconfianzas.

Tenemos que cuidarnos muy bien, tenemos que estar bien enraizados en la vid para no ser sarmientos inútiles que se desperdicien. Porque no es solo la buena voluntad que nosotros podamos poner, los esfuerzos que nosotros realicemos que tenemos también que realizarlos, sino sentir la gracia de Dios que obra en nosotros, porque todo es un don de Dios con el que nosotros hemos de cooperar.

Fijémonos en la ternura del corazón de Cristo para con nosotros. Nos quiere tener junto a Él, que no nos dispediguemos, que siempre nos sintamos arropados por su amor. ‘Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo’. ¿Cómo correspondemos a esa ternura de Dios con nosotros? Tenemos que saborearla porque es saborear el amor de Dios. Y el amor no se queda en hacer cosas, el amor es para saborearlo. Si no fuera así pobre testimonio podríamos dar.


sábado, 27 de diciembre de 2025

La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

 


La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

1Juan 1, 1-4; Salmo 96; Juan 20, 1a. 2-8

¿Alguna vez habéis llegado a vuestra casa y os encontrasteis las puertas abiertas y al entrar, quizás temerosamente porque no sabéis lo que os podéis encontrar, habéis visto todo revuelto y tirado por todos lados, señal de un allanamiento y de un posible robo? No habréis tenido la experiencia directamente, pero quizás alguien que lo ha pasado os lo habrá contado.

Es lo que en principio nos refleja hoy esta página del evangelio. Primero las mujeres y también María Magdalena habían acudido al sepulcro bien temprano, para culminar los ritos funerarios que en la tarde del viernes no habían podido realizar plenamente por la entrada con el atardecer del descanso sabático, o simplemente para estar allí junto al sepulcro como en tantas visitas que hacemos a nuestros cementerios, pero la piedra estaba corrida, dentro las vendas andaban por un lado y el sudario por otro y el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Es la mañana de las carreras, como suelo decir, porque María Magdalena va a donde están los discípulos para anunciarles lo que habían encontrado, Simón Pedro y Juan corren al sepulcro para ver lo sucedido y así lo encuentran. Juan se queda a la entrada mirando mientras Simón Pedro entra para inspeccionar todo; finalmente entrará Juan y cuando lo contempla todo nos dice el evangelista que ‘vió y creyó’. Lo que encontraron allí no eran señales de robo aunque ya se encargarían  otros de hacer correr ese bulo. Creyó Juan en la palabra que había dicho Jesús, creyó que en verdad Jesús había resucitado.

Por algo nos podrá decir en el comienzo de su primera carta. ‘Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida… damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó… Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos…’

Precisamente hoy con la liturgia, en medio de lo que es la octava de la Navidad, estamos celebrando a san Juan evangelista, el discípulo que tanto amaba Jesús, el que recostó la cabeza sobre el pecho de Jesús en la noche de la última cena, el que un día había escuchado con su hermano Santiago la invitación de Jesús para ser pescadores de hombres y había dejado las redes, la barca y todo por seguir a Jesús, el que escuchando las indicaciones del Bautista señalando al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo se había ido tras Jesús para saber donde vivía, el que fue testigo de momentos muy especiales de Jesús como la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración en el Tabor o la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní, el que más tarde le reconocería en la penumbra del amanecer a la orillas del Tiberíades.

‘Es el Señor’, que confesaría entonces y que como hoy nos dice en su carta aquello que vio y oyó, aquello de lo que es testigo no lo puede callar, nos lo tiene que comunicar. Y de qué manera sublime nos lo trasmite en su evangelio, aunque como dice no lo puede escribir todo porque los libros no cabrían en el mundo. Tal es la inmensidad del misterio de Dios que se nos revela, tan hermosa es la buena noticia que estamos también nosotros a transmitir.

En nuestros ojos siguen vivas las imágenes del niño recién nacido en Belén ante el cual los ángeles cantan la gloria de Dios. Nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor, se nos anunciaba la noche de la natividad. A los pastores se les dio una señal, un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y los pastores fueron a la ciudad de David y con esas señales lo encontraron. Muchas señales siguen guiándonos a nosotros también hasta Jesús para igualmente hagamos nuestra profesión de fe. ‘La Vida se hizo visible’, que nos decía Juan, ‘vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó’.

Nos queda ahora nuestra confesión de fe que no son solo palabras, sino que tiene que manifestarse en la comunión que vivamos, ‘comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo’. Solo cuando entremos en esa comunión de amor estaremos dando verdadero testimonio, son los signos y las señales por las que los otro podrán encontrar a Jesús, podrán sentir el gozo del anuncio del Evangelio.

domingo, 15 de junio de 2025

Nacidos para amar, para ser hijos de Dios, para entrar en comunión con toda la creación, y en esa comunión de amor con todos porque somos a imagen y semejanza de Dios


Nacidos para amar, para ser hijos de Dios, para entrar en comunión con toda la creación, y en esa comunión de amor con todos porque somos a imagen y semejanza de Dios

Proverbios 8, 22-31; Salmo 8; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15

Cuando litúrgicamente hemos retomado el tiempo Ordinario parece que aun no queremos olvidar el sabor de la Pascua, nos hemos quedado hambrientos de Pascua y es por lo que en este domingo nos dejamos envolver por todo el misterio de Dios al contemplar y celebrar la Santísima Trinidad de Dios. Porque la Pascua a eso nos ha llevado, a introducirnos en el misterio del Dios amor dejándonos envolver por El en el misterio de su Trinidad.

Decimos misterio, en todo lo referente a Dios, porque realmente sentimos que es algo que nos supera, toda la inmensidad de Dios, toda la inmensidad de su amor que nos regala y que nos da vida, pero es que nuestra vida no puede ser otra cosa sino reflejar en nosotros esa comunión de amor que es la Santísima Trinidad.

Allá en las primeras páginas de la Biblia hay algo maravilloso que viene a definirnos nuestra vida, lo que Dios quiere de nosotros cuando nos ha creado. ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’, nos dice. Hechos a imagen y semejanza de Dios, somos algo más que unas células que conforman nuestro cuerpo y decimos que somos un ser humano. Hemos sido creados, repito y esto es algo muy importante en nuestra fe y nuestra antropología, a imagen y semejanza de Dios; y hablamos de inteligencia y voluntad, es cierto, como unos dones maravillosos que Dios nos ha dado, pero no nos podemos quedar ahí sino que por esa inteligencia y por esa voluntad estamos capacitados para amar.

Y esto es lo grande que contemplamos en Dios y que tenemos que revertir en nosotros. Dios no es un ser inaccesible en toda su inmensidad; primero en Dios encontramos una relación de amor y de comunión entre las tres divinas personas que conforman esa unidad en la Trinidad, pero que no se encierra en sí mismo sino que se va a manifestar en toda la creación y sobre todo en su criatura más amada que es el ser humano. Se nos manifiesta porque nos da la posibilidad de que le conozcamos, porque El mismo se nos revela; se nos manifiesta revelándose a si mismo para que así podamos nosotros entrar en esa comunión con El; se nos manifiesta inundándonos de su amor para que ese amor amemos, no solo a El, a Dios, sino que podamos entrar en esa comunión de amor con los demás. Es lo maravilloso de lo que nos hace participes cuando nos dice que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, nacidos para amar, nacidos para ser hijos de Dios, nacidos para entrar en comunión con toda la creación, nacidos para que entremos en esa comunión de amor con los demás creando así una nueva humanidad.

Es lo que contemplamos y celebramos, pero no solo para mirar al cielo, sino también para mirar al suelo, para mirar cuanto nos rodea, para mirar a cuantos conformamos  esta humanidad haciendo posible esa nueva relación de amor de unos y otros. Podemos decir que nos adentramos en esa inmensidad de Dios, pero más aun que dejamos y sentimos que es Dios mismo el que se hace presente en nuestra humanidad. ¿No decimos que somos morada de Dios y templos del Espíritu?

Pero allí donde está Dios tiene que estar también el hombre, porque ya nos enseña Jesús que en el otro tenemos que saber descubrirle a El, saber contemplar a Dios, pero es que si no damos entrada al otro en nuestro corazón significa también que no estamos dejando entrar a Dios en nuestra vida. Estaremos poniendo a Dios en nuestro corazón, dejando que inhabite en nosotros, en la medida en que dejamos entrar en nuestro corazón al otro, al que siempre tenemos que ver como un hermano, porque ya siempre lo estaremos viendo desde el prisma del amor.

El verdadero creyente nunca puede ir solo por la vida, como si él se bastara a si mismo. Siempre decimos que como creyentes caminamos con Dios porque miramos con los ojos de Dios pero también porque tenemos que dejar que nuestras manos sean las manos de Dios. Cuando puso en nuestras manos la obra de su creación no solo para que la disfrutemos sino para que continuemos creándola desde nuestra inteligencia y nuestra capacidad, está poniendo en nuestras manos al hombre, a todo hombre y mujer al que estaremos haciendo llegar ese amor Dios.

Como vemos son muchas las consecuencias y entonces compromiso de vida para nosotros desde la contemplación del misterio de la Santísima Trinidad. Como decíamos no nos quedamos mirando al cielo sino que tenemos que poner bien los pies sobre la tierra para mirar con una mirada nueva cuanto nos rodea, para vivir esa hermosa comunión con los demás a imagen de la comunión de amor de Dios. No nos quedamos ensimismados, sino que nos tenemos que poner en camino de amor y de comunión.


viernes, 9 de mayo de 2025

Una locura de amor, que podamos comer su carne y beber su sangre, que El habite en nosotros y nosotros habitemos en Dios, es la comunión del amor

 


Una locura de amor, que podamos comer su carne y beber su sangre, que El habite en nosotros y nosotros habitemos en Dios, es la comunión del amor

Hechos  9, 1-20; Salmo 116; Juan 6, 52-59

Te llevo en mi corazón, es una expresión que solemos utilizar para manifestar el cariño y el amor que sentimos por alguien al que no podemos olvidar, al que de alguna manera sentimos cerca de nosotros. Nos habla de cercanía y de presencia, nos habla de alguien a quien no podemos olvidar y que tenemos siempre presente en nuestra vida aunque físicamente haya otras distancias, nos habla de sintonía de sentimientos y nos habla de comunión entre personas que se aprecian y se quieren.

Jesús nos lleva en su corazón, pero aún hoy nos dice más, nos está diciendo que Él quiere habitar en nuestro corazón. Ya en otro momento del evangelio nos dirá que si escuchamos su palabra y cumplimos sus mandamientos el Padre nos amará, pero más aun El y el Padre vendrán a habitar en nosotros para que en verdad tengamos la misma vida.

Es lo que nos está diciendo hoy cuando nos habla de comer su carne y beber su sangre para poder tener vida para siempre. Los judíos en Cafarnaún no lo podían entender. ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’, se preguntaban. Pero Jesús les dice, nos dice, que si no comemos su carne y no bebemos su sangre no podremos tener vida en nosotros, porque el que come su carne y bebe su sangre tiene vida eterna y El nos resucitará en el último día.

Es entonces cuando nos dice que quien come su carne y bebe su sangre habita en Él y Él habita en nosotros. Sabemos que la sangre es la expresión de la vida. En el Antiguo Testamento se les decía que no podían comer la carne de los animales en su sangre. De ahí las interpretaciones que hoy algunos se siguen haciendo sin entender verdaderamente el sentido de lo que era aquel mandato del antiguo testamento, que tenía también su sentido sanitario e higiénico dadas las condiciones de vida de quienes habitaban como nómadas en unos desiertos, y hoy siguen con la interpretación de no querer dejarse hacer una transfusión de sangre.

Pero fijémonos en lo que nos dice Jesús, llenarnos de su vida cuando comemos su carne y bebemos su sangre es llegar a hacernos una misma vida con Él. Él habita en nosotros y nosotros en El. ¿Puede haber algo más hermoso cuando llegamos a entender todo el misterio de amor de Dios hacia nosotros y de la respuesta de amor de nuestra parte a Dios? Es algo más que llevarnos en el corazón, como decíamos al principio, porque no es como quien pone una cosa en un sitio y ahí está. No es poner una cosa, es habitar en Dios, es hacer que Dios habite en nosotros.

Claro que estas palabras de Jesús llegaremos a entenderlas plenamente cuando en la noche de la última cena nos deja el misterio de la Eucaristía. Haced esto en conmemoración mía nos dice. ¿Qué es lo que ha hecho Jesús? Amarnos hasta el extremo, hacer posible que podamos vivir su vida, más aún, vivir en El. Y tomando el pan, tomando la copa de vino nos dice ‘Esto es mi cuerpo… esta es mi sangre…’ entregado por nosotros, derramada por nosotros para el perdón, para el regalo de amor, para hacernos vivir su vida.

Ahora sí podemos entender las palabras de Jesús de que tenemos que comer su carne y beber su sangre. No son unas palabras locas, son una locura de amor, el amor que Dios nos tiene, es el amor que nosotros hemos de vivir, es el amor que nos lleva a vivir a Dios, es el amor con que tenemos que amar a los demás, para estar en su corazón, para tenerlos en nuestro corazón, para vivir esa comunión admirable del amor.


viernes, 23 de julio de 2021

Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña con todo esmero, y nunca olvidemos la necesaria unión de los sarmientos con la vid

 


Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña con todo esmero, y nunca olvidemos la necesaria unión de los sarmientos con la vid

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Confieso que para mí es un placer pasear en esta época por los campos que rodean la zona en la que vivo. Una zona agrícola predominantemente dedicada al cultivo de la viña que en esta época está en plena actividad. Podía decir que de alguna manera he seguido todo el ciclo de su cultivo desde la poda, el surgir llenos de vitalidad sus brotes y su crecimiento mientras se han ido formando los racimos prometedores ya de rica cosecha. Pero ahí he visto el cuidado de su cultivo, en este caso en régimen muy familiar y no de grandes producciones, con ese cuidado lleno de delicadeza y de constancia de los que la trabajan y siempre con la esperanza de poder obtener un día excelentes caldos que alegren el corazón del hombre. No en vano en la Escritura ha quedado escrito aquello de que el vino alegra el corazón del hombre.

Por eso cuando escucho un pasaje del evangelio como el que hoy se nos ofrece, para mí es un gozo el saborear esa Palabra del Señor tan rica en imágenes que plásticamente tengo ante mis ojos, pero que son de rica enseñanza para el camino de nuestra vida cristiana. Nos habla Jesús del sarmiento necesariamente unido a la cepa, a la vid, para que pueda dar fruto; nos habla de su Padre, el viñador que cuida de esa viña y que la poda en su momento para obtener las mejores plantas que nos puedan dar los mejores frutos.


Y necesariamente podemos recordar el recorrido de nuestra vida a la que también se nos pide unos frutos pero donde se nos exige que en verdad estemos unidos a la vid, estemos unidos a la vida porque hemos de estar bien enraizados en Cristo. Pero también en ese recorrido de la vida recordamos momentos duros por lo que hayamos podido pasar donde hemos tenido que arrancarnos de muchos sarmientos inútiles y dañinos que nos han crecido en la vida cuando no hemos sabido podar a tiempo, cuando no hemos sabido corregirnos en su momento para poder realizar ese crecimiento espiritual que en nuestra vida cristiana se nos exige.

Algunas veces esos momentos duros por los que hayamos pasado como que no queremos recordarlos, pero creo que bien presentes hemos de tenerlos porque son lecciones que hemos ido aprendiendo en la vida y que siempre hemos de tener en cuenta. Esa poda espiritual, esa purificación interior será algo que siempre tiene que estar presente en nuestra vida porque será la forma en que de verdad crezcamos como personas y como cristianos.

Recordar también, ¿por qué no? esos momentos de vacío espiritual por los que hemos pasado, en nuestra vida siempre hay debilidades, muchas veces no hemos sabido estar verdaderamente enraizados en Cristo y aunque queríamos ser buenos, queríamos trabajar quizá también mucho por los demás, confiamos demasiado en nosotros mismos, nos llenamos de autosuficiencia, abandonamos nuestra vida espiritual y como consecuencia nos habrán podido venir momentos de decaimiento espiritual o momentos en que realmente nos hemos enfriado. Cuando abandonamos el cultivo de la viña se nos van al garete nuestras cosechas y no podremos obtener los frutos que desearíamos de nuestros trabajos; así en nuestra vida espiritual.

Nos habrán podido suceder cosas que han sido como un toque de atención en la vida para que caigamos en la cuenta de donde estábamos pero también de donde tendríamos que estar, y pueden ser punto de arranque de una renovación de nuestra vida espiritual. Son los tiempos de la poda por los que todos en algún momento hemos tenido que pasar, esperando que ahora podamos de verdad llegar a dar buenos frutos.

Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña, de nuestra vida con todo esmero, y no olvidemos nunca la necesaria unión de los sarmientos con la vid, de nuestra vida en la vida de Cristo Jesús.

viernes, 14 de agosto de 2020

Dios hizo a la persona para el amor y para un amor que lleva a la comunión y a la comunión más profunda de vida que es el vivir el amor

 

Dios hizo a la persona para el amor y para un amor que lleva a la comunión y a la comunión más profunda de vida que es el vivir el amor

Ezequiel 16, 1-15. 60. 63; Sal.: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Mateo 19, 3-12

‘Se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: ¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?’ Son los problemas de siempre, de entonces en la época antigua, y son los problemas de hoy, que tantos sufrimientos llevan aparejados.

La pregunta de los fariseos va con trampa. ‘Para ponerlo a prueba’, dice el evangelista. Y es que aparte del problema del divorcio en sí podríamos decir, en aquellos momentos había distintas opiniones entre los rabinos sobre lo que se habría de hacer. Y ahora quizá lo que menos les preocupa es la respuesta de verdad que Jesús les pueda dar, sino el ver cómo Jesús se posiciona en sus luchas dialécticas, pero sobre todo porque siempre andaban buscando de qué acusar a Jesús y bien sabían de la lealtad y de la sinceridad de Jesús que en algún momento no les queda más remedio que reconocer.

Pero detrás de todo eso podríamos decir que está el drama que se produce en las personas cuando falla el amor. Jesús les recuerda lo que era la doctrina de siempre, lo que había sido la voluntad de Dios desde la creación. Dios hizo a la persona para el amor y para un amor que lleva a la comunión y a la comunión más profunda de vida que es el vivir el amor. Ahí tendríamos que buscar las bases; es mucho más que superar o controlar la concupiscencia humana, sino que la pasión más hermosa que hay en el ser humano es la del amor. Y es lo que en todo momento, en toda circunstancia tendríamos que cultivar.

Y es lo que cuesta, porque muchas son las pasiones que se entremezclan en el ser humano. Porque el amor que siempre tiene que ser donación, una donación que lleva compartir una vida, una donación que lleva a la comunión, muchas veces lo oscurecemos con el amor propio. Y es cuando surgen los egoísmos y las insolidaridades, es cuando aparecen los orgullos o los afanes de dominio y todo se nos puede volver turbio. Y se confunde nuestra visión como se confunde el corazón. Y se desequilibra nuestra vida, y cuando andamos desenfocados no somos capaces de ver con claridad lo que brilla, lo bueno de las personas, y son las sombras las que lo oscurecen todo y nos oscurecen nuestro sentir, y nos debilitan el amor. Son los dramas que profundamente viven tantas personas y de los que no sabemos cómo salir.

‘Por vuestra terquedad permitió el divorcio Moisés’, les dice Jesús. Qué difícil es buscar y encontrar de nuevo ese equilibrio perdido. Podemos tener muy claros muchos principios y muchas doctrinas, pero qué difícil es a veces entender el corazón humano sobre todo cuando se revuelven las aguas y surgen todas esas pasiones que se hacen pasiones encontradas que enfrentan y que dividen, que separan y que arruinan tantas bellezas que se han podido vivir en la vida cuando había bonita comunión de amor. Las soluciones no son fáciles. Como nos dirá Jesús hoy en lo que va comentando ‘no todos son capaces de entenderlo’, no todos son capaces de vivirlo. Es algo que solo por nosotros mismos tampoco podemos vivir.

Jesús ha querido hacer del matrimonio un sacramento del amor de Dios, porque en el amor matrimonial vivido con toda entrega y comunión estamos reflejando lo que es el amor que Dios nos tiene y no nos abandona nunca. Pero Jesús ha querido hacerlo sacramento porque sabía muy bien que sin su gracia era algo que no podemos vivir. Y el sacramento no fue solamente aquel momento en que nos dimos el sí, sino que sacramento es toda la vida de una pareja, de un matrimonio porque en todo su amor, con todas sus luchas y dificultades también, están queriendo, intentando vivir y parecerse a ese amor de Dios; porque en toda la vida del matrimonio y en todas sus circunstancias no faltará nunca la gracia del Señor, la gracia sacramental que se hace fuerza y que da vida a ese amor matrimonial.

No nos pongamos a hacer ‘casitos’ de lo que veamos o lleguemos a vivir en el matrimonio, como les sucedía a los fariseos cuando acudían a Jesús con sus preguntas para ponerlo a prueba. Seamos capaces de comprender el drama y el dolor que se produce en un matrimonio cuando se llega a una situación de ruptura y hagámoslo siempre con mucho respeto y sin entrar a hacer juicios. Pongamos siempre nuestra vida y nuestro amor en las manos del Señor, que es el que nos ilumina con su gracia y fortalece nuestro amor y nuestra vida.

domingo, 20 de octubre de 2019

Nos sentimos amados de Dios y nuestra oración será gozarnos en ese amor de Dios sintiéndonos en total comunión de amor con confianza y esperanza




Nos sentimos amados de Dios y nuestra oración será gozarnos en ese amor de Dios sintiéndonos en total comunión de amor con confianza y esperanza

Éxodo 17, 8-13; Sal 120; 2Timoteo 3, 14-4, 2; Lucas 18, 1-8
Desde nuestra experiencia humana cuando tenemos que hacer un trámite, solicitar algo o simplemente pedir desde algo que necesitamos, sobre todo cuando aquel a quien tenemos que acudir lo consideramos o él mismo se considera poderoso estamos esperando su magnanimidad para ver si nos otorga o no aquello que estamos pidiendo o solicitando; desde esos servilismos que nos creamos en la vida andamos como temerosos de que no nos quieran atender y parecería que siempre le estamos debiendo un favor que nunca acabamos de pagar.
Según la gravedad del problema o la necesidad que tengamos insistiremos humildemente pero no las tenemos todas con nosotros hasta que nos dé una respuesta. Así vivimos muchas veces nuestras relaciones humanas que casi se vuelven inhumanas porque falta una confianza por un lado y una amplia generosidad por el otro, o al menos desconfiamos de que puedan ser generosos con nosotros. Luego quizás nos volvemos obsequiosos o antes quizá tratamos de ganarnos ese favor quizá con medios humillantes.
Me ha surgido esta reflexión que nos pudiera reflejar situaciones que podemos vivir en paralelismo a la pequeña parábola que nos propone Jesús en el Evangelio. Habla de la viuda que pide justicia a un juez que no le hace caso, pero que ante la insistencia de aquella pobre mujer al final la atiende aunque solo fuera por quitársela de encima; en este caso es el que se cree con poder que no atiende, mientras en lo que antes reflexionábamos se trata de quien se siente necesitado y no se siente con confianza de que pueda ser escuchado.
Ya el evangelista nos comenta que Jesús lo que quiere señalarnos es la insistencia y perseverancia con que hemos de orar. No dice cómo es que un padre no va a escuchar y atender la súplica de sus hijos.
Pero es que aquí nos surge un pensamiento que se nos puede atravesar cuando acudimos a Dios en nuestra oración, que Dios no nos escucha ni atiende en nuestras necesidades. Nos parece, y así nos sentimos tantas veces, que Dios no nos escucha. Pero ¿no será que ya nosotros de antemano vamos con poca confianza, con poca fe, a nuestra oración? Cierto es que muchas veces en nuestra oración acudimos a Dios como a un curandero taumatúrgico que nos remedie en nuestras necesidades y a eso y solo eso reducimos nuestra oración. Porque también es cierto que muchas veces somos nosotros muy mezquinos o muy interesados en nuestras oraciones.
Pero ¿qué es o qué tendría que ser nuestra oración? Tendríamos que reconocer que si el Dios en quien creemos es un Padre que nos ama, nuestra relación con Dios tendría que ser otra cosa, tendríamos que darle otro sentido. Y aquí es donde tenemos que poner en juego toda nuestra fe y toda nuestra esperanza. Nos sentimos amados de Dios a quien nosotros queremos amar sobre todas las cosas, como decimos en el catecismo, pues entonces nuestra oración tendría que ser un gozarnos en ese amor de Dios sintiéndonos en verdadera comunión con El. Casi tendrían que sobrar palabras simplemente para vivir una presencia gozosa de Dios, para sentirnos en Dios, para gozar de Dios y de su amor.
Quienes se aman profunda e íntimamente sienten el gozo de amarse, sienten la confianza que nos da el amor, se sienten mutuamente inundados por ese amor que les hace sentirse uno, y con esa certeza del amor tienen la esperanza gozosa de que ese amor nunca fallará, nunca se va a acabar. En esa confianza de amor y en esa esperanza llena de gozo sentirán la seguridad de un amor que se hace eterno. En esa comunión de amor no caben los temores ni las desconfianzas, no tienen sentido que andemos como chantajeándonos ofreciendo cosas y promesas de futuro ni con servilismos, no nos sentiremos humillados en nuestras necesidades porque tenemos la certeza de que en ese amor siempre obtendremos lo mejor.
Tenemos que llegar a la profundidad de ese amor, que es la profundidad de la fe y de la esperanza que va a animar siempre nuestra vida. Si hubiera desconfianza, si no tuviéramos una esperanza cierta algo nos está fallando en nuestra fe, algo nos está fallando en nuestro amor. Pero somos débiles y se nos puede debilitar nuestra fe que ya no nos hará saborear lo que es ese amor de Dios; por eso hoy Jesús quiere insistirnos en que seamos perseverantes en nuestra oración, en nuestra búsqueda de Dios, en recorrer ese camino que nos lleve a ese más tan intimo y profundo.
No nos podemos cansar, no podemos bajar los brazos, como veíamos en el Éxodo a Moisés orante por su pueblo que lucha para obtener la victoria; tenemos que insistir aunque algunas veces nos puedan aparecer las sombras de las dudas o de los silencios, que no son silencios de Dios, sino más bien sorderas de nuestra vida que no llegamos a captar toda la sintonía de Dios para descubrir su amor y para vivir lo que tiene que ser nuestro amor.

jueves, 6 de junio de 2019

La clave de la unidad y comunión entre nosotros la tenemos en la comunión de amor que existe entre Jesús y el Padre


La clave de la unidad y comunión entre nosotros la tenemos en la comunión de amor que existe entre Jesús y el Padre

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26
Por naturaleza podríamos decir que estamos impulsados a la convivencia, porque no hemos sido creados para nosotros mismos sino que necesariamente necesitamos estar en relación con los demás. Pensemos que desde que nacemos hay una dependencia de los demás en nosotros, porque empezando necesitamos de nuestra madre que nos cuide y que nos alimente hasta que vayamos valiéndonos por nosotros mismos, pero es que siempre hemos de estar en relación con los demás.
Es cierto que pesa en nosotros una sombra de individualismo que pudiera encerrarnos en nuestro egoísmo, autocomplacencia o autosuficiencia. Somos individuos, es cierto, con nuestra propia naturaleza, nuestra propia personal manera de ser y de vivir, pero eso  no nos debería llevar a un individualismo egoísta; desarrollamos nuestro ser y nuestras capacidades como individuo pero también en medio de la sociedad y del mundo en que vivimos con esa interrelación y mutua dependencia.
Eso nos hace que tengamos que caminar juntos en la vida, unidos a los que están a nuestro lado, pero no siempre significa que lleguemos a vivir en comunión con los demás. Vivir en comunión con el otro es mucho más que estar al lado del otro, que tengamos que estar juntos o que de alguna manera dependamos los unos de los otros. La comunión entre las personas es algo mucho más profundo, porque afecto a lo más hondo de nuestro propio ser en una comunicación que es algo más que unas palabras que nos podamos decir.
Hablar de comunión es algo más excelso y más espiritual que necesita de otra hondura para conseguirla. No siempre es fácil, porque es de alguna manera dejar entrar en nuestro corazón o que el otro nos deje penetrar en su corazón. Entra en juego no solo un raciocinio sino también los sentimientos y una comunicación podríamos decir espiritual en la que estará además como base que lo aglutina todo el amor.
En el evangelio que nos ha ido proponiendo la liturgia en estos días hemos escuchado la frecuencia que en la oración sacerdotal Jesús pide por la unión de quienes le siguen. ‘Que todos sean uno’, repite una y otra vez Jesús. Es la señal de que en verdad le seguimos y cumplimos su mandamiento de amarnos los unos a los otros. No quiere Jesús una unidad formal, sino que entre todos los que le seguimos haya una comunión real y profunda. Muchas veces hemos reflexionado del anti-testimonio que damos los cristianos cuando no estamos unidos; enseguida pensamos en la división de las Iglesias, como todos teniendo una misma fe en Jesús sin embargo andamos divididos y tantas veces enfrentados haciéndonos la guerra los unos a los otros.
¿Por qué no logramos esa unidad y esa comunión? Las palabras de Jesús las conocemos, conocemos cual es su voluntad y el mandato que nos ha dejado, pero seguimos sin amarnos de verdad, seguimos divididos y no es solo ya al nivel de las Iglesias, sino en nuestras propias comunidades donde tendría que brillar esa comunión de hermanos, y en el testimonio que tendríamos que dar en medio del mundo.
Quizá no nos hayamos fijado lo suficiente en las palabras de Jesús y cual es el modelo y estilo de comunión que tendría que haber entre nosotros. No solo es estar juntos, sino vivir en comunión. ¿Y cuál es el modelo y sentido de esa comunión? Nos dice Jesús: ‘Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. Ahí tenemos la clave, la unidad en el amor, la comunión viva y profunda entre Jesús y el Padre. ‘Como tú, Padre, en mi, y yo en ti’.
Es la meta, es el ideal, es el modelo, es el sentido de nuestra comunión de amor. No son ya raciocinios ni sentimientos humanos, que también hemos de tenerlos, sino el misterio de comunión que hay en Dios. Y ya eso nos es difícil expresarlo con palabras humanas. Se trata entonces de meternos en el misterio de Dios, meternos en el corazón de Dios, como El también ha querido habitar en nosotros. Y por esas sendas ha de ir entonces el amor a los hermanos, la comunión de amor que hemos de vivir entre nosotros.
Solo lo podremos comprender y llegar a vivir si nos dejamos inundar por el Espíritu de Dios. Es lo que con intensidad pedimos en estos días.