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miércoles, 23 de julio de 2025

Que no se apague la esperanza en nuestro corazón, que no olvidemos nunca la necesidad de estar bien injertados en la vid para que podamos dar fruto

 


Que no se apague la esperanza en nuestro corazón, que no olvidemos nunca la necesidad de estar bien injertados en la vid para que podamos dar fruto

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Muchas veces cuando queremos hacer una valoración de nuestra vida, algo así como definirla según lo que hemos hecho en la vida, aunque quizás mantengamos las apariencias porque nunca queremos decir en voz alta todo lo que pensamos de nosotros mismos, tenemos la tentación de pensar en nuestros fracasos, en nuestras debilidades, en los tropiezos que hemos ido teniendo en la vida y tenemos el peligro de cargar con demasiados tintes oscuros lo que ha sido nuestra vida; por eso, como decía, guardamos las apariencias y son cosas que no siempre decimos en voz alta.

Pero sin embargo creo que hay algo, y que no es eso, que es lo que en verdad tendría que definir nuestra vida. A pesar de las sombras que podamos ver en nosotros hay una luz que brilla, y es que en todo siempre se ha desbordado el amor de Dios con nosotros y en nosotros. Al vivir por la fe descubrimos la maravilla de que somos hijos de Dios y el amor de Dios siempre es fiel y sigue contando con nosotros, es más, ha contado con nosotros a pesar de nuestros límites y nuestras debilidades.

Este pensamiento tiene que hacer renacer la esperanza en nuestro corazón, es una inyección muy fuerte de entusiasmo y de vida, que nos ayuda a superar nuestras limitaciones y nos llena de confianza porque Dios sigue contando con nosotros y sigue amándonos a pesar de todos los errores nuestros. Es algo que nos hace caminar, levantarnos de esas zonas oscuras, poner un optimismo nuevo en la vida, confiar más en nosotros porque si Dios que nos conoce bien confía, ¿por qué no podemos seguir sembrando semillas, contribuyendo incluso desde nuestros fracasos a hacer ese mundo nuevo y mejor?

Solo nos está pidiendo una cosa Jesús, como nos dice hoy en el evangelio, que como sarmientos sigamos unidos a la vida. Podrán estar ajadas las hojas o ramas de nuestra vida, pero puede seguir saliendo un racimo hermoso, siempre podemos hacer que broten los frutos, porque la vida no viene de nosotros, la vida nos viene de Dios, la savia de su gracia sigue alimentando las ramas de nuestra vida, sigue haciendo que a pesar de todos los pesares siguen surgiendo brotes que pueden darnos frutos buenos.

Si somos sinceros con nosotros mismos nos damos cuenta de ese regalo de Dios que es su amor y como han ido surgiendo esos nuevos brotes en nuestra vida llamados a dar frutos. No nos podemos sentir fracasados a pesar de los fracasos, no nos podemos echar para atrás aunque quizás muchos a nuestro lado no quieran creer en nosotros, piensen que a causa de nuestros fracasos tendríamos que estar relegados a otros lugares, pero hay algo dentro de nosotros que podemos compartir, que podemos sembrar en los corazones y en las vida de los demás, y es esa certeza que tenemos de que Dios nos ama.

Con esa seguridad seguimos adelante, con esa confianza seguimos sembrando la semilla en aquel campo que la providencia de Dios va poniendo a nuestro alcance, a nuestra mano para que en él sembremos. Muchas veces quizás nos hemos sentido tentados a tirar la toalla, pero cuando hacemos un pequeño recuento de nuestra vida y vemos cómo aún estamos ahí, como aun se siguen manifestando en nosotros los signos del amor de Dios, como nos hemos visto liberados de tantos peligros y acechanzas en tantos momentos, todo eso nos da ánimo para seguir adelante, y sembrar allí donde podemos hacerlo.

Que no se apague esa esperanza en nuestro corazón, que no olvidemos nunca la necesidad de estar bien injertados en la vid para que podamos dar fruto. Demos gracias a Dios por todo ello.


miércoles, 1 de mayo de 2024

Miremos qué nos está fallando en los cables de conexión, no terminamos de dar buena luz, qué es lo que nos está robando la vitalidad del evangelio

 


Miremos qué nos está fallando en los cables de conexión, no terminamos de dar buena luz, qué es lo que nos está robando la vitalidad del evangelio

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Salmo 121; Juan 15, 1-8

Si no estamos enlazados con la fuente de la energía, en perenne comunicación con dicha fuente, no tendremos energía. Al hablar de esto enseguida pensamos, por ejemplo, en la electricidad y cómo vemos nuestros territorios y nuestras calles hasta llegar a nuestros hogares por torres que sostienen unos cables que son conductores de esa energía desde su fuente de generación; claro que hoy pensamos en otras energías, renovables las llamamos, ya puede ser la fuerza motriz del viento o del agua embalsada, ya se la luz y el calor del sol que nos van también a generar ese energía con la que tendremos que estar igualmente conectados.

Claro que en la época de Jesús no se contaba con esos medios de generación energética, pero si sabían que la luz del sol era como un alimento para las plantas que igualmente tendrían que estar bien enraizadas en tierra, y manteniendo la unidad de la planta, se podría llegar a obtener unos frutos.

Hoy nos habla Jesús de la vid y de los sarmientos, de la necesaria poda para poder aprovechar toda la energía y vitalidad de la planta para mejores frutos, pero también como los sarmientos habían de estar bien injertados en la cepa para que la savia alimenticia pudiera fluir por toda la planta y sus ramas.

Ya sea con los ejemplos de energía con que hemos comenzado a reflexionar, ya sea en esta referencia a la vid y los sarmientos, nos viene a decir Jesús que una cosa es importante, la unión de los sarmientos con la cepa, con vid, porque solo así podremos obtener los mejores y los más abundantes frutos. 

Y esto es una imagen y una alegoría para nuestra vida que tenemos que saber discernir bien. Somos los sarmientos que como brazos que se extienden y se prolongan venimos a trasmitir a nuestro mundo todo el mensaje salvador del evangelio. Pero es necesario que nosotros tengamos vida, que haya vitalidad en nosotros, porque de lo contrario ¿qué es lo que vamos a trasmitir? No vamos a decir lo bonito que somos, no vamos a hablar de nosotros mismos o de lo que puedan ser nuestros proyectos por muy bellos y hermosos que sean. Nos seguimos predicando demasiado a nosotros mismos; nos seguimos creyendo el ombligo del mundo como si nosotros fuéramos el centro de todo; nos sobra autosuficiencia, nos sobra orgullo.

Esto es muy serio y es en algo que tenemos que pensar los cristianos que nos sentimos más comprometidos, es algo que tiene que plantearse muy bien la Iglesia en sus pastores y cuantos tienen una misión dentro de la Iglesia. Muchas veces predicamos la Iglesia y no predicamos a Jesús; queremos manifestar la grandeza de la Iglesia y nos llenamos de magnificencias  que terminan siendo simples, pero duras vanidades que se convierten en un velo que impiden que todos nos encontremos con Jesús. Andamos muy preocupados de prestigios y nos sentimos escandalizados cuando alguien o algo pudiera manchar ese brillo que le queremos dar a la Iglesia, pero nos olvidamos quizás de cosas fundamentales que Jesús nos enseña en el evangelio, olvidándonos de la misericordia y de la compasión.

Algo nos puede estar fallando en esos cables de conexión de la energía cuando no estamos dando buena luz. ¿Habrá muchos ramajes que cortar en nosotros, en nuestra Iglesia, en quienes quieren aparecer en primera pantalla, y que se convierte en distracción que impide que el mundo de verdad mire a Jesús y su evangelio de salvación?

Creo que mucho tendría que darnos que pensar toda esta reflexión que nos estamos haciendo. Busquemos la manera de estar de verdad unidos a la cepa para que no seamos sarmientos inútiles, chupones que roban la verdadera energía y vitalidad que tendríamos que tener.

domingo, 28 de abril de 2024

Aprendamos a hundir nuestras raíces en Jesús y en el evangelio y podremos dar fruto en abundancia

 


Aprendamos a hundir nuestras raíces en Jesús y en el evangelio y podremos dar fruto en abundancia

Hechos de los Apóstoles 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24;  Juan 15, 1-8

Una vez escuche a alguien con más buena voluntad que conocimiento que aquel árbol tan frondoso era una pena que se le cortaran ramas, pues, pensaba él, que cuantas más ramas tuviera más cantidad de fruto produciría, y que eso era lo importante. Pero por el contrario está la sabiduría del agricultor que nos dice que no, que es necesario realizar una poda, porque hay ramas que son como chupones y que más que darnos buenos frutos, lo que harán es mermar la fuerza de la planta para que en su lugar y en su momento nos produzca los mejores frutos.

Nos puede pasar en muchos aspectos de la vida, donde nos multiplicamos en actividades por un lado y por otro y al final nada atendemos bien y tendríamos que saber discernir en todo momento qué es lo importante, a qué tendría que dedicarme con mayor intensidad, aunque tenga que dejar a un lado algunas cosas, algunas ideas incluso que nos pueden parecer muy buenas. Es el necesario discernimiento de la vida que tenemos que realizar con buen criterio. Centrarnos en lo que es lo principal, alimentar también nuestra vida con aquello que nos dé verdadera profundidad y valor.

Hoy en el evangelio Jesús nos está proponiendo estas imágenes del sarmiento que tenemos que cuidar, que ha de mantenerse bien unido a la vid para que tenga vida, o de aquellos sarmientos que tenemos que saber podar de nuestra existencia para que no haya nada que nos merme esa vitalidad.

‘Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto… Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’.

Qué importante escuchar estas palabras de Jesús y hacerlas vida nuestra. Tenemos que dar fruto, pero no podemos dar fruto si no permanecemos unidos a Jesús. Es nuestro gran problema, el activismo con que vivimos la vida. Es cierto que tenemos que comprometernos, que no podemos vivir aislados de los problemas de la vida y del mundo y ahí tenemos que poner nuestra mano. Es mucho lo que tenemos que hacer, pero tenemos que darnos cuenta de que no podemos dar fruto si no permanecemos unidos a Jesús.

Significa como tenemos que crecer en una espiritualidad que hunda sus raíces en Jesús. Si lo descuidamos iremos de vacío por la vida, y cuando vamos de vacío no tenemos de donde sacar la energía que necesitamos. Es la gasolina, son los aceites que no vemos en el motor de un coche, pero que sin ellos ni el coche podría caminar ni podría funcionar, mas bien arruinando el motor. Hoy Jesús nos habla de la savia que circula entre las ramas de la viña desde la cepa hasta los más extremos sarmientos; sin esa savia no podría producir fruto, no podría tener vida. Es lo que nos pasa a nosotros con mucha frecuencia, no hemos sabido hundir nuestras raíces en Jesús y en su evangelio. Por eso a veces seremos sarmientos secos que solo sirven para la hoguera.

Cuidemos nuestra oración, cuidemos la lectura y la escucha de la Palabra de Dios, cuidemos esos momentos de silencio y reflexión, cuidemos todo aquello que nos puedan ofrecer y que nos valga para nuestra formación cristiana. Nos creemos que podemos andar solos y a nuestro aire y andamos bien equivocados. No olvidemos lo que nos dice Jesús ‘sin mi no podéis hacer nada’.

Y fijémonos también que nos dice que si permanecemos unidos a El cuanto le pidamos al Padre se realizará. Qué confianza y estímulo nos da Jesús

miércoles, 10 de mayo de 2023

Necesitamos hacer crecer ese amor de hijos empapándonos del amor Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza cultivando esa viña de Dios en nosotros

 


Necesitamos hacer crecer ese amor de hijos empapándonos del amor Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza cultivando esa viña de Dios en nosotros

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

En los alrededores de donde yo vivo son campos de cultivo de la vid en otros tiempos muy abundantes; hoy cuando salgo en mis paseos por el campo igual me encuentro un terreno cuidadosamente cultivado donde a través del año es muy frecuente encontrarme al agricultor que en cada época realiza los trabajos propios del cultivo de la viña, igualmente me encuentro también en sus cercanía otros campos que no han sido cuidados y hoy sus viñas se encuentran abandonadas a su suerte y presentan una imagen poco menos que selvática.

Es hermoso ver en esta época el crecimiento de la planta ofreciéndonos en ciernes ya lo que serán los futuros frutos de hermosos racimos para producirnos generoso vino; pero, como decíamos, ahí está el trabajo del agricultor cuidando su vida a través de todo el año en las diferente atención que esas plantas necesitan, la poda, el escardar la tierra para evitar hierbajos y la lluvia la pueda empapar generosamente, el levantamiento de la viña en esta época para disponer su ramaje de manera que ni el excesivo sol, ni las corrientes de viento dañen el futuro fruto, y así muchas otras tareas, que no es necesario detallar aquí, pero que serán promesa de abundantes frutos.

Hoy Jesús en el evangelio nos propone una alegoría partiendo de esta imagen de la viña; nos habla de la poda para eliminar los sarmientos inútiles, como nos habla de la necesidad de que el sarmiento no se desgaje y separe de la vida para que pueda dar fruto; y terminará diciéndonos que así nosotros, como el sarmiento a la vida, tenemos que estar unidos a El porque El es la vid verdadera y el Padre es el viñador.

Una imagen muy hermosa que nos describe lo que ha de ser verdaderamente lo que llamamos la vida cristiana. Porque desde la fe nos unimos a El en el Bautismo comenzamos a disfrutar de la vida de los hijos de Dios, porque por la fuerza del Espíritu participamos de su misma vida. Pero no es solo la plantación, sino que necesitamos el cultivo. No solo basta que un día hayamos recibido el Bautismo, o en otros momentos determinados de la vida hayamos recibido algunos sacramentos que nos vinculan a la vida cristiana. Esa vida cristiana hemos de vivirla en el día a día, y no la podremos vivir si no estamos verdaderamente unidos a Jesús. ‘Sin mí, no podéis hacer nada’, ha venido hoy a decirnos.

Y es lo que descuidamos demasiado a lo largo de la vida. Esa unión con Jesús que parte de la escucha de la Palabra y de la oración. Esa unión con Jesús que mantenemos viva con la vivencia de los sacramentos. Como nuestro alimento diario, como el agua de lluvia que riega nuestros campos para hacerlos verdaderamente fecundos, como esa atención que prestamos a lo largo del año a nuestras plantas, en este caso estamos hablando de la vida, para mantener esa planta viva, fértil, fecunda capaz de darnos no solo hermosas flores sino también generosos y abundantes frutos.

¿Cómo podríamos mantener la amistad si no nos relacionamos con el amigo? ¿Cómo podemos renovar e intensificar el amor de hijo si no entramos en relación con el padre y con la madre para escucharle y para contarle, para mantener vivo el cariño, la relación y la confianza, para hacer que sea intenso ese amor familiar que verdaderamente nos hará crecer y madurar como personas? ¿No es en ese trato donde se mantiene y se hace crecer la relación y el amor porque hará que sepamos que siempre podemos contar con ese amor de padre que estará a nuestro lado en las buenas y en las malas?

¿No necesitamos hacer crecer ese amor de hijos hacia Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza nos va a dar en nuestra vida? Por eso esa sintonía de corazones que hemos de mantener con Dios, a quien escuchamos y con quien contamos. Es nuestra oración que es más que un rezo porque será verdaderamente un encuentro donde nos alimentamos de su amor, donde nos llenamos de su vida, donde nos sentiremos empapados de Dios descubriendo siempre lo que Dios quiere para nosotros, por eso nuestra oración será siempre además escucha de Dios.  

Cultivemos bien esa viña de Dios en nosotros. No lo abandonemos.

 

sábado, 23 de julio de 2022

Hagamos un buen cultivo de la viña que el Señor ha puesto en nuestras manos haciendo crecer en nuestro interior una verdadera espiritualidad cristiana

 


Hagamos un buen cultivo de la viña que el Señor ha puesto en nuestras manos haciendo crecer en nuestro interior una verdadera espiritualidad cristiana

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Lo contemplo todos los días en mis paseos mañaneros o de la tarde. Vivo rodeado de campos de cultivo en especial dedicados al cultivo de la vid. Aparte de haberlo mamado de lo que contemplaba hacer a mi padre, con el que tantas veces tuve que colaborar en los cultivos, ahora veo una vez más el mimo con que el agricultor cuida su viña; que no es solo en una época del año que pensaríamos cuando ya las vides están cargadas de racimos próximos a la vendimia, sino todo el año siempre hay algo que hacer, aunque muchas veces nos pudieran parecer plantas muertas; será la poda, será el prevenir de las plagas, será la atención de sus ramajes en la medida en que van creciendo y ofreciendo sus frutos, muchas cosas que día a día hay que ir realizando para poder obtener unos buenos frutos que nos den ricos mostos y generosos vinos.

Hoy Jesús nos habla de la vida, de los sarmientos, de los frutos; nos habla del cuidado de la vid o de su poda para poder obtener los mejores frutos; pero nos habla de la fortaleza de su ramaje, de sus sarmientos bien unidos a la cepa para recibir la regeneradora savia; nos habla de los sarmientos que no dan fruto o que se han desgajado del tronco del que ya no recibirán la savia de la vida; y nos habla Jesús de nuestra vida, que como los sarmientos tenemos que estar unidos a la vid para que podamos dar fruto. Sin El nada somos y ningún fruto bueno podrá aparecer en nuestra vida.

Tenemos la imagen muy clara delante de nuestros ojos y qué pronto olvidamos su mensaje. Seguimos con nuestras tendencias individualistas e insolidarias; seguimos pagados de nuestra autosuficiencia en que nos creemos que por nosotros mismos lo podemos todo; seguimos con el orgullo que nos seca el corazón y no sabemos reconocer nuestra debilidad en que si no buscamos el agua viva pronto nos iremos debilitando y perdiendo vigor para terminar con las ramas secas de nuestra vida que como los sarmientos inservibles solo valemos para el fuego. Lo sabemos, pero ¿qué hacemos?

Cuánto nos cuesta cultivar nuestro espíritu. Tenemos que enraizar profundamente nuestra vida. cuando el árbol está fuertemente enraizado podrán venir los temporales fuertes, que aunque dañen superficialmente sus ramas, sin embargo no los pueden arrancar; aunque la tierra parezca áspera y reseca alrededor, sus raíces sabrán buscar en las profundidades de la tierra allí donde haya humedad para poder obtener los necesario nutrientes; bien enraizado y con la humedad necesaria para darle los nutrientes, las hojas vueltas hacia la luz del sol sabrán catalizar toda la energía que viene de esa luz del sol para darle verdadero esplendor a su ramaje y hacer que las flores que surjan un día nos puedan dar la semilla de su fruto.

Es la vida espiritual que necesitamos, esa profunda espiritualidad en nuestra vida que nos llene de la seguridad y fortaleza del espíritu que inunde nuestros corazones. Surgirán así comunidades vivas, habrá verdaderos apóstoles comprometidos en el anuncio de la buena nueva del Evangelio y en ir construyendo ese Reino de Dios en medio nuestro. Es en lo que en verdad tendríamos que preocuparnos los cristianos, será lo que dará verdadera vitalidad a nuestra Iglesia, es lo que hará presente en nuestro mundo los frutos del Reino de Dios.

¿Estaremos haciendo un buen cultivo de esa viña que el Señor ha puesto en nuestras manos?

viernes, 23 de julio de 2021

Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña con todo esmero, y nunca olvidemos la necesaria unión de los sarmientos con la vid

 


Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña con todo esmero, y nunca olvidemos la necesaria unión de los sarmientos con la vid

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Confieso que para mí es un placer pasear en esta época por los campos que rodean la zona en la que vivo. Una zona agrícola predominantemente dedicada al cultivo de la viña que en esta época está en plena actividad. Podía decir que de alguna manera he seguido todo el ciclo de su cultivo desde la poda, el surgir llenos de vitalidad sus brotes y su crecimiento mientras se han ido formando los racimos prometedores ya de rica cosecha. Pero ahí he visto el cuidado de su cultivo, en este caso en régimen muy familiar y no de grandes producciones, con ese cuidado lleno de delicadeza y de constancia de los que la trabajan y siempre con la esperanza de poder obtener un día excelentes caldos que alegren el corazón del hombre. No en vano en la Escritura ha quedado escrito aquello de que el vino alegra el corazón del hombre.

Por eso cuando escucho un pasaje del evangelio como el que hoy se nos ofrece, para mí es un gozo el saborear esa Palabra del Señor tan rica en imágenes que plásticamente tengo ante mis ojos, pero que son de rica enseñanza para el camino de nuestra vida cristiana. Nos habla Jesús del sarmiento necesariamente unido a la cepa, a la vid, para que pueda dar fruto; nos habla de su Padre, el viñador que cuida de esa viña y que la poda en su momento para obtener las mejores plantas que nos puedan dar los mejores frutos.


Y necesariamente podemos recordar el recorrido de nuestra vida a la que también se nos pide unos frutos pero donde se nos exige que en verdad estemos unidos a la vid, estemos unidos a la vida porque hemos de estar bien enraizados en Cristo. Pero también en ese recorrido de la vida recordamos momentos duros por lo que hayamos podido pasar donde hemos tenido que arrancarnos de muchos sarmientos inútiles y dañinos que nos han crecido en la vida cuando no hemos sabido podar a tiempo, cuando no hemos sabido corregirnos en su momento para poder realizar ese crecimiento espiritual que en nuestra vida cristiana se nos exige.

Algunas veces esos momentos duros por los que hayamos pasado como que no queremos recordarlos, pero creo que bien presentes hemos de tenerlos porque son lecciones que hemos ido aprendiendo en la vida y que siempre hemos de tener en cuenta. Esa poda espiritual, esa purificación interior será algo que siempre tiene que estar presente en nuestra vida porque será la forma en que de verdad crezcamos como personas y como cristianos.

Recordar también, ¿por qué no? esos momentos de vacío espiritual por los que hemos pasado, en nuestra vida siempre hay debilidades, muchas veces no hemos sabido estar verdaderamente enraizados en Cristo y aunque queríamos ser buenos, queríamos trabajar quizá también mucho por los demás, confiamos demasiado en nosotros mismos, nos llenamos de autosuficiencia, abandonamos nuestra vida espiritual y como consecuencia nos habrán podido venir momentos de decaimiento espiritual o momentos en que realmente nos hemos enfriado. Cuando abandonamos el cultivo de la viña se nos van al garete nuestras cosechas y no podremos obtener los frutos que desearíamos de nuestros trabajos; así en nuestra vida espiritual.

Nos habrán podido suceder cosas que han sido como un toque de atención en la vida para que caigamos en la cuenta de donde estábamos pero también de donde tendríamos que estar, y pueden ser punto de arranque de una renovación de nuestra vida espiritual. Son los tiempos de la poda por los que todos en algún momento hemos tenido que pasar, esperando que ahora podamos de verdad llegar a dar buenos frutos.

Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña, de nuestra vida con todo esmero, y no olvidemos nunca la necesaria unión de los sarmientos con la vid, de nuestra vida en la vida de Cristo Jesús.

domingo, 2 de mayo de 2021

Tenemos que despertar, buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y vida cristiana esté enraizada en Jesús y en el evangelio, tener la creatividad del Espíritu del Amor

 


Tenemos que despertar, buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y vida cristiana esté enraizada en Jesús y en el evangelio, tener la creatividad del Espíritu del Amor

Hechos de los Apóstoles 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8

Tengo un amigo que trabaja en la agricultura, en concreto, en la recolección de la fruta, pero hay ocasiones en que me dice que al día siguiente lo envían a otra cosa, lo envían a la poda o lo envían a quitar chupones; para que se pueda tener buena fruta es necesario cuidar debidamente la planta, el árbol o lo que sea de lo que recogemos la fruta, por eso cada año se necesita la poda, como también cada cierto tiempo se cortan o arrancan los chupones que son esos ramajes que muchas veces surgen pero que no dan ningún fruto y lo que hacen es chuparle la vida al árbol.

Aparte de yo ser también hijo de agricultores y vivir en un lugar donde se cultiva intensamente la vid, me vino también la imagen del trabajo de este amigo que he mencionado al escuchar hoy el evangelio. De eso nos habla Jesús como una imagen de gran riqueza para nuestra vida cristiana.

Hemos de reconocer que en muchas ocasiones nuestra vida cristiana es mediocre, no se ven los frutos que tendrían que resplandecer. Un poco nos contentamos, como solemos decir, en lo de siempre – siempre se ha hecho así, decimos para contentarnos – y la vida que contemplamos muchas veces en nuestras comunidades es lánguida, pobre, amorfa, donde falta valentía para hacer un anuncio claro del evangelio, para lanzarnos a algo más y desear poder llegar a los más lejanos, o nos cargamos de rutinas y tibiezas en las que no brilla lo suficiente el compromiso por un auténtico amor.

De muchos sarmientos inútiles que como chupones estamos rodeados o tenemos en nuestra propia vida; nos vamos consumiendo en hacer lo de siempre pero nos faltan iniciativas, riesgo para lanzarnos en la búsqueda de algo nuevo para vivir con intensidad el evangelio y para poder mejor hacerlo llegar a todos; nuestros templos se nos vacían, nos faltan elementos jóvenes y con ardor en nuestras comunidades que manifiesten la energía de nuestra fe y la energía que tendría que brillar en nuestra comunidad; algo nos está fallando que no trasmitimos el evangelio a los demás, no contagiamos de nuestra fe a los que nos rodean.

Es esa tibieza espiritual en la que vivimos porque nos falta poner en práctica esto que hoy nos señala Jesús en el evangelio. Tener fe en Jesús no es solo cuestión de tener unas ideas que mantenemos como tradiciones en nuestra vida sino que es necesario que en verdad estemos bien enraizados en Jesús. El hoy nos está repitiendo que sin El nada somos ni nada podemos hacer. Como el sarmiento que no está unido, enraizado en la cepa para que tenga la misma savia, la misma vida.

Pero también Jesús nos habla de la poda que es necesario realizar para quitar aquellos sarmientos que no dan fruto, pero Jesús aun más nos dice que a los que dan fruto el viñador los poda para que den mejores frutos. Y es donde tenemos que mirar con sinceridad nuestra vida. Muchas cosas hemos dejado apegar a nuestro corazón y que se convierten en rémoras en nuestro caminar, porque son un peso muerto, porque no nos dejan avanzar, porque nos van arrastrando y casi empujándonos hacia atrás. Como esos chupones, como esos sarmientos inservibles.

Y aquí tendríamos que revisar actitudes pasivas y negativas que hemos ido dejando introducir en nuestra vida que se convierten en rutinas, que nos llevan a esas posturas de tibieza, que nos llenan de miedos y cobardías, que nos van quitando esa capacidad de iniciativa y esa creatividad que tendría que haber en un corazón lleno de amor.

Son las cojeras de la vida cristiana con que andamos en nuestras comunidades que se han dedicado más a conservar que a abrirse a la iniciativa y creatividad para llegar a nuestros campos, para realizar cosas nuevas, para intensificar todo lo que significa el compromiso de nuestro amor. Nos encontramos así comunidades empobrecidas y envejecidas que no es cuestión solo de años o de la edad que tengamos, comunidades demasiado ritualistas quizás y por otra parte muy rutinarias en sus costumbres y tradiciones, comunidades a las que les falta vida.

Tenemos que despertar, tenemos que volver a la fuente, tenemos que buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y en consecuencia nuestra vida cristiana esté verdaderamente enraizada en Jesús y en el evangelio, tenemos que despertar de nuevo la esperanza y la ilusión en el trabajo pastoral, tenemos que abrirnos a esa creatividad que nos da el Espíritu del Amor. Para eso tenemos que estar muy unidos a Jesús porque sin El nada somos ni nada podremos hacer.

lunes, 23 de julio de 2018

Una vid cargada de frutos es imagen de la vida y de la fe que está llena de vida y resplandeciente de amor


Una vid cargada de frutos es imagen de la vida y de la fe que está llena de vida y resplandeciente de amor

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Una hermosa imagen de la vida la que nos ofrece el evangelio de hoy; una hermosa imagen de la fe que está llena de vida, tenemos que concluir. Es la imagen de la vid, bien enraizada, bien cuidada, podada convenientemente y cultivada con todo mimo que en consecuencia nos ofrecerá sus frutos.
En mi tierra en estos días podemos contemplar en nuestros campos las vides exuberantes que comienzan a dejarnos ver sus frutos; crecen frondosamente aunque el agricultor sabe cómo quitar los ramajes innecesarios, los sarmientos que no van a dar fruto para que los que comienzan a ofrecernos los primeros racimos reciben el calor del sol necesario para llegar a la mejor maduración. Mucho podríamos comentar de tanto mimo y tanto cuidado de los agricultores en sus cultivos y que pueden ser buena imagen del cuidado de nuestra vida de fe.
No nos sirven unos sarmientos muertos sino unas vides llenas de vida. Es lo que tiene que ser nuestra fe; no la podemos dejar morir y muchas veces por falta de cuidado se nos seca, se nos muere y al final nos quedamos sin nada llenos de oscuridad y de muerte. Igual que de nada nos sirven unos terrenos heredados que en otro tiempo ofrecieron hermosas cosechas si ahora no los cuidamos, no podemos contentarnos con decir que hemos heredado una fe que nos dieron nuestros padres si ahora nosotros no la cuidamos para poderla vivir y hacer que dé fruto en el momento en que vivimos.
Una fe bien enraizada y se lo debemos a nuestros padres que nos la trasmitieron; una fe bien enraizada que ahonda sus raíces en la Iglesia y cuanto ella nos ofrece para seguirla manteniendo viva; una fe bien enraizada porque seguimos plantando en lo más hondo de nuestro corazón la Palabra de Dios que ilumina y alimenta nuestra vida; una fe bien enraizada porque la Eucaristía es nuestro alimento, porque los sacramentos nos ayudan y nos purifican para ir arrancando de nosotros  todo el pecado que tantas veces nos ahoga y nos quiere llenar de muerte.
Hoy nos dice Jesús que sin El nada podemos hacer, nada podemos ser. Es la savia divina de la gracia que llega a nuestra vida; es la participación en el misterio pascual de Cristo que cada día queremos hacer presente en nosotros dando muerte al pecado y queriendo siempre renacer a vida nueva. Sin Cristo nada podemos ser, porque El es nuestra única verdad y es nuestra vida. Sin Cristo nada podemos hacer porque siempre en su nombre hemos de iniciar cuanto hagamos para que todo sea siempre para la gloria de Dios.
Florecerán así los racimos de buenas obras en nuestra vida; podremos en verdad dar fruto en ese compromiso con que vivimos nuestras vidas siempre dispuestas al bien, siempre dispuestas al servicio, siempre disponibles para el amor. Son frutos que han de responder al hoy y ahora de nuestro tiempo con sus expectativas y con sus exigencias.
Que seamos en verdad esa vid cargada de frutos, unos frutos que nos alimenten y nos enriquezcan en el hoy de nuestra vida e iluminen también a los hombres de hoy; no olvidemos que hemos de ser signos en medio del mundo que hoy vivimos. Que estemos en verdad llenos de vida porque estemos llenos de amor.

miércoles, 2 de mayo de 2018

El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos así nosotros unidos a Jesús


El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos así nosotros unidos a Jesús

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

Nos lo repite Jesús en el evangelio, que lo que El quiere es que nosotros demos fruto y fruto abundante. No se entiende que no demos fruto. Y Jesús cuando pasa por el camino y se acerca a una frondosa higuera y ve que en ella no hay fruto la maldice. Pero al mismo tiempo veremos al dueño de la higuera que viene cada año a buscar fruto a su higuera y al no encontrarla querrá arrancarla porque de nada le sirve sino que es un estorbo en su terreno, pero el agricultor le dice que la cavará y la abonará un año más y tenga que paciencia que al año tendrá fruto.
Pero nos habla también en el evangelio del propietario que sale una y otra vez a las calles y plazas en busca de trabajadores para su viña, y a todos los envía allá para que ellos obtengan fruto y beneficio con su trabajo. Igualmente nos propone la parábola del que preparó muy bien viña, dotándola de lagar y buena casa para el guarda para arrendarla a unos labradores que le proporcionaran cada año el fruto y beneficio de aquella viña.
Todo nos está hablando del fruto que Dios pide de nuestra vida. Y pensamos en los dones y cualidades con los que nos ha dotado a cada uno que tenemos que hacer fructificar porque los talentos no son para enterrarlos sino para hacer que tengan su beneficio para nosotros y para cuantos nos rodean en ese mundo en el que vivimos.
¿Cómo podemos llegar a dar ese fruto? Bien sabemos que algunas veces la tierra parece que se nos hace infructuosa, o que nos pueden aparece plagas dañinas que nos hagan perder toda la cosecha que quizá con tanto esfuerzo antes habíamos trabajado, que nos pueden aparecer ventiscas y temporales que puedan poner en peligro nuestra producción, que las malas hierbas y los abrojos pueden mezclarse con nuestras buenas plantas que les mermen su fructuosidad, que muchas cosas al menor descuido pueden poner peligro el fruto de nuestros trabajos, y así muchas cosas más.
Hoy nos viene a decir Jesús que una sola cosa nos hace falta. El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa, de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos. Creo que entendemos lo que nos quiere decir Jesús. ‘Sin mi no podéis hacer nada’. Un día Pedro había dicho ‘en tu nombre echaré la red’ y la red se llenó de peces hasta casi reventar donde parecía que allí no había peces.
‘El que permanece en mi y yo en El ese dará fruto abundante’, nos dice Jesús hoy. Claro que podemos dar fruto, que no los vamos a dar por nosotros mismos, sino desde la unión que mantengamos con Jesús. Es su gracia la que nos hace fecundos y hará fructificar de verdad nuestra vida.
Tenemos que abonar nuestra vida con la gracia del Señor, pero tenemos que cuidar debidamente la planta de nuestra vida para que no se desarrolle en ramas infructuosas. Hay que realizar la poda cada año para poder tener una planta robusta y fecunda. Cuantas cosas tendremos que podar en nuestra vida, porque tantas cosas maléficas se nos pueden meter en ella. No podemos dejar crecer esos abrojos a nuestro alrededor metiéndonos en terrenos de zarzales que en peligro pueden poner la integridad de nuestra vida.
Con las imágenes que nos ofrece esta alegoría con la que Jesús nos habla se nos está presentando todo un programa de ascesis, de superación, de purificación que necesitamos en nosotros. Muchos apegos nos pueden ir apareciendo a los que en principio quizá no damos importancia pero que se pueden convertir en plagas o malas hierbas que nos impidan el desarrollo de una vida santa. Como el agricultor que está siempre atento y vigilante a los cultivos que realiza para poder obtener una buena cosecha, así tenemos que estar atentos y vigilantes en el camino de nuestra vida cristiana.
Cada día le pedimos al Señor que no nos deje caer en la tentación y que nos libere del mal, porque nosotros queremos avanzar, crecer, madurar y no queremos que nada malogre nuestra vida. ‘Asi recibirá gloria nuestro Padre del cielo’, como nos dice Jesús.

miércoles, 27 de abril de 2016

Un crecimiento interior, un camino de purificación, una riqueza manifestada en santidad, una construcción de un mundo mejor

Un crecimiento interior, un camino de purificación, una riqueza manifestada en santidad, una construcción de un mundo mejor

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

Hoy las imágenes con las que nos habla Jesús son eminentemente agrícolas. Nos habla de vid y de sarmientos, nos habla de poda y de los abonos necesarios para obtener unos buenos frutos. Imágenes todas ellas muy expresivas y tienen perfecta aplicación en todo lo que es nuestra vida.
Queremos que nuestra vida fructifique; nada hay peor que una vida insulsa y sin sentido, una vida sin metas ni objetivos, que no manifieste en aquello que hacemos y vivimos lo más hondo que llevamos dentro. Cada uno se prolonga, podemos decir, en aquellas obras que realiza y así manifiesta la riqueza interior que lleva dentro y que de alguna manera enriquece también a los que nos rodean y enriquecen a la sociedad en la que estamos. Vamos dejando nuestra impronta, nuestra huella, nuestros frutos en lo que hacemos no solo de forma personal para nuestro enriquecimiento personal sino también en bien de la sociedad en la que vivimos.
Eso significará un esfuerzo personal por ese crecimiento interior y por ese crecer y madurar como personas. Una persona sensata y sabia sabe analizar su vida para corregir errores, para mejorar su forma de actuar, para tratar de fijarse metas, para encontrar motivaciones para esa lucha de cada día que le haga mejorar como persona. Y esto en todas las facetas de su vida humana. Así manifestamos la madurez de nuestra vida.
Lo mismo y con mayor motivación, si queremos, en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana, de seguimiento de Jesús. Es de lo que en concreto nos habla hoy el evangelio. Y además de esa poda necesaria para corregir errores, para purificar lo malo que pudiera ir apareciendo en nuestra vida, nos habla de algo muy importante que es la necesaria unión del sarmiento con la cepa, con la vid.
El Señor a través de su Palabra, allá en lo más secreto de nuestro corazón, en la intimidad de la oración o en aquellos que como instrumentos de Dios están a nuestro lado para ayudarnos, nos va señalando todo eso que tendríamos que podar en nuestra vida para que nuestros frutos tengan el verdadero sabor. Ya sabemos muy bien que un frutal que no se poda debidamente no nos dará unos buenos y sabrosos frutos de calidad. Es lo que necesitamos ir haciendo en nuestra vida cristiana, porque nuestra vida se puede ir maleando con la influencia negativa de tantas cosas con que nos vamos encontrando y nos pueden ir dañando.
Y todo eso lo podremos ir logrando en verdad con la fuerza del Espíritu divino. Es la necesaria unión con Dios que todo cristiano ha de vivir desde la oración y desde la vivencia de los sacramentos. Bien tenemos la experiencia – o mala experiencia, podríamos más bien decir – de que cuando aflojamos nuestra vida espiritual nos debilitamos, nos enfriamos, entramos en esa etapa de la vida espiritual que no somos ni fríos ni calientes, y la tibieza espiritual es el camino más terrible que nos hará resbalar por la pendiente de la tentación y del pecado.
Leamos y escuchemos allá en lo más hondo de nosotros mismos este hermoso texto del  evangelio de hoy. ‘Permaneced en mí, y yo en vosotros… el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada… Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos…’ Será un fruto que va a revertir en bien de nuestra sociedad y en bien de la Iglesia. Estaremos así construyendo un mundo mejor y realizando el Reino de Dios

miércoles, 6 de mayo de 2015

Permanecer unidos a Cristo para vivir su vida divina nos ha de transformar hasta resplandecer de santidad

Permanecer unidos a Cristo para vivir su vida divina nos ha de transformar hasta resplandecer de santidad

Hechos, 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8
‘Corno el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí…  el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’. Volvemos a escuchar estas palabras de Jesús que ya se nos proclamaban en la liturgia del pasado quinto domingo de Pascua. Es muy conveniente que insistamos. No podemos olvidar esa necesidad de estar unidos a Cristo.
¿Qué significa ese permanecer en Cristo? Nos lo explica Jesús con esta imagen de la vid y de los sarmientos. Es necesario que corra la savia, una misma savia, por toda la planta. Si no fuera así ni viviría la planta no podemos obtener los frutos que de ella esperamos. Permanecer en Cristo y que Cristo permanezca en nosotros, nos dice el evangelio. Desde que nos unimos a El por la fe y el Bautismo una nueva vida hay en nosotros. Es la vida divina, que llamamos gracia en virtud de que es un regalo del amor de Dios. Llenarnos de esa vida divina es llenarnos del amor de Dios, en sentir en nosotros, es vivir en nosotros ese amor que nos da vida y con el que necesariamente tenemos también que dar vida. Es vivir a Dios en nosotros para que nosotros al mismo tiempo vivamos en Dios.
¿Seremos en verdad conscientes de todo lo que eso significa? San Pablo llegaba a decir que ya no vivía él, sino que era Cristo el que vivía en él. Vivir esa vida divina no es cualquier cosa. Vivir ese amor de Dios tiene que transformarnos totalmente. Ya no somos los mismos; algo distinto hay en nosotros que nos hará en consecuencia actuar de otra manera, vivir lo que es la vida de cada día de otra manera; hay otro sentido, hay otra fuerza, hay otro vivir.
Se tendrá así que manifestar la santidad de nuestra vida. Llenos de Dios, de la vida de Dios, tenemos que resplandecer de divinidad, tenemos que resplandecer de amor, tenemos que resplandecer de santidad. Cuando Moisés bajaba del monte de la presencia de Dios su rostro resplandecía, tanto que se lo cubría con un velo porque dañaba los ojos de los que le miraban. ¿No tendría que ser así como nosotros resplandezcamos? ¿No tendría que brillar así nuestra vida con nuestra santidad?
¿Acaso nos podrá estar sucediendo que no estamos viviendo con toda la intensidad necesaria nuestra unión con Cristo y por eso no resplandecemos de santidad? ¿No tendríamos que revisar nuestra oración, nuestra vivencia sacramental, todo eso que tendríamos que realizar para vivir esa unión con Cristo?
Pensemos también que a través de nosotros ha de llegar esa vida divina a cuantos nos rodean. Quizá por nuestra mediocridad espiritual no somos buenos canales de gracia para los demás. Es algo serio para pensar y para buscar la forma de vivir cada vez más y más unidos a Cristo. 

miércoles, 21 de mayo de 2014

No se concibe la vida de un cristiano que no viva unido a Cristo



No se concibe la vida de un cristiano que no viva unido a Cristo

Hechos, 15, 1-6; Sal. 121; Jn. 15, 1-8
La imagen de la vid o de la viña es una imagen que se repite en diversos momentos en el evangelio para hablarnos del Reino de Dios y de los frutos que hemos de dar, como lo hace Jesús con sus parábolas, o para hablarnos de la necesario unión que hemos de mantener precisamente para dar fruto, como lo hace hoy.
La vid es una planta que hay que cuidar si queremos obtener buen fruto de ella; en la parábola Jesús nos hablará como el viñador preparó su viña con todo cuidado dotándola incluso de una cerca y de un lagar antes de confiarla a unos labradores que habían de seguirla cuidando para obtener sus frutos; también en otra parábola nos hablará Jesús de cómo busca a todas horas obreros para trabajar en su viña. En este sentido va también el canto de amor del amigo a su viña, del que nos habla el profeta del Antiguo Testamento. No vamos a entrar ahora ni en las parábolas ni en el texto del profeta, sino queremos centrar nuestra reflexión en la imagen tal como nos la propone ahora la última cena.
Hoy nos habla de esa vid que ha de dar fruto, y para que dé los mejores frutos el labrador la poda y la cuida, porque aquel sarmiento que no da fruto se arranca para que no entorpezca el fruto de los demás. Bien sabemos cuanto es el trabajo que a lo largo del año ha de realizar el viticultor para obtener los mejores frutos de sus viñas, las mejores cosechas prometedoras de ricos caldos.  Pero el sarmiento desgajado del tronco de la vid, de la cepa, de nada nos sirve, sino para arrojarlo al fuego y arda. Es necesario que esté bien entroncado en la cepa para que pueda llegar a dar fruto abundante.
Pero si Jesús nos propone esta imagen, esta alegoría de la vid es para hablarnos de que sin El nada somos ni nada podemos alcanzar. La salvación nos viene por Jesús que nos llena de su vida para que podamos alcanzar la vida eterna. Pero esa gracia salvadora de Jesús tiene que ser algo que ha de estar alimentando continuamente nuestra vida. No es solo el momento primero de nuestra unión con Cristo en el Bautismo, por el que nos llenamos de su gracia y de su vida para ser hijos de Dios. Es necesario que siempre mantengamos esa unión con Cristo, para recibir esa savia de la gracia divina que nos vaya fortaleciendo en todo momento para vivir conforme a esa dignidad nueva y a esa salvación que de Cristo hemos obtenido.
‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos, nos dice; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mi no podéis hacer nada’. ¿Qué significa permanecer en Cristo y que Cristo permanezca en nosotros? No podemos romper ese vínculo de unión con Cristo que es la gracia divina que nos hará vivir en esa dignidad nueva de los hijos de Dios. Hemos de vivir manteniendo la gracia de Dios en nosotros que podemos perder a causa del pecado. Es la ruptura que nos aleja y separa de Dios.
Vivir en gracia de Dios, ya sabemos, es vivir sin pecado, porque cuando pecamos perdemos esa gracia de Dios. Si tenemos la desgracia de caer en el pecado y se realice esa ruptura en nosotros tendríamos que preocuparnos de restablecer esa unión por la gracia  lo más pronto posible a través del sacramento de la reconciliación.
Pero para vivir en gracia de Dios, sin temor a perder esa gracia divina en nosotros a causa del pecado, hemos de cuidar nuestra vida para alejarnos del pecado; por eso nos es necesaria la oración y nos es necesaria nuestra unión con el Señor a través de los sacramentos. Es lo que habitualmente llamamos una vida de piedad, una vida de relación con Dios. Ahí ha de estar presente en nuestra vida continuamente la Eucaristía como alimento de nuestra vida espiritual, de nuestra fe, de esa gracia divina en nosotros. Comiendo a Cristo en la Eucaristía, comulgando, nos llenamos de su gracia, nos llenamos de su vida que nos fortalece frente a las tentaciones y al pecado.
No se concibe la vida de un cristiano que no viva unido a Cristo; no se concibe la vida de un cristiano que no haga oración para llenarse de Dios; no se concibe la vida de un cristiano que no recibe la gracia de los sacramentos, acercándose a la Comunión en la Eucaristía, pero acercándose también con frecuencia al Sacramento de la Penitencia para recibir el perdón e ir purificando su alma de tantas debilidades y pecados que van afeando la santidad de nuestra vida.
No lo olvidemos: ‘El que permanece en mi y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mi no podéis hacer nada’.

lunes, 23 de julio de 2012

Vivo de la fe en Cristo Jesús que me amó y se entregó por mí
Gal. 2, 19-20; Sal. 33; Jn 15, 1-8

‘Ahora vivo de la fe en Cristo Jesús que me amó y se entregó por mí’. Hermosa confesión de fe que no se queda en palabras sino que se refleja en una vida. ‘Vivo de la fe en Cristo Jesús’, nos dice. Esa fe que tenemos en Jesús, y ¿cómo no vamos a poner en El toda nuestra fe si ‘me amó y se entregó por mi?’

¿Dónde ponemos el sentido de nuestra vida? ¿Por qué y para qué vivimos? Nos pueden parecer preguntas fáciles, pero quizá todos no respondan de la misma manera. San Pablo nos está diciendo que vive de la fe, que ahí está todo el sentido de su vida, todo su vivir. Pero no todos quizá piensan de la misma manera.

Hay quien vive solo para disfrutar de la vida y todo es sensualidad, pasarlo bien a costa de lo que sea; quien vive por la posesión de las cosas materiales y se vuelve avaricioso y usurero; quien vive sólo para sí mismo y no piensa para nada en los demás haciéndose egoísta e insolidario, o se aísla de la forma que sea para no tropezar con nadie ni nadie le pueda molestar; quien vive por el afán del poder y no le importará destruir lo que sea o a quienes sean con tal de llegar a conseguir sus ambiciones; así podríamos pensar en muchas cosas. ¿Será eso un sentido de nuestro vivir que en verdad nos haga verdaderamente felices?

Cuando hemos descubierto a Cristo y nace la fe en nuestro corazón seguro que descubrimos otro sentido de vivir mucho más hondo, más humano, más noble. Desde la fe que tenemos en Jesús descubrimos otros valores, otras cosas por las que luchar y que, aunque ocasiones en que nos sea costoso, sin embargo llevan nuestra vida a una mayor plenitud. Es lo que nos aporta el evangelio.
Es lo que tiene que ser la vida de un cristiano.

Es lo que había descubierto san Pablo cuando llega a decir que su vivir es Cristo. ‘Ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí’. Su vida sin Cristo ya no tendría sentido; su vida sin Cristo ya no sería vida. Por eso buscamos a Cristo, queremos conocerle, queremos llenarnos de El, queremos impregnarnos de su vida, queremos que su vida ya sea para siempre nuestra vida.

Pero aquí tenemos que recordar lo que nos dice el Evangelio. Para llegar a vivir así tenemos que estar unidos a Cristo. Hoy nos habla de la vid y de los sarmientos, y que los sarmientos tienen que estar unidos a la vid para que puedan dar fruto. Como nos dice ‘sin no podéis hacer nada’. La savia de la vida divina, de la gracia tiene que circular desde Cristo hasta nosotros, como la savia de la vid recorre todos los sarmientos para que puedan florecer y dar fruto.

Es la espiritualidad que tiene que guiar nuestra vida, que tiene que enriquecer nuestra vida. Espiritualidad es llenarnos del Espíritu. Podremos vivir esa espiritualidad, llenarnos así del Espíritu divino que enriquezca nuestra vida si estamos verdaderamente unidos al Señor. Ahí la necesidad de nuestra oración, de la escucha de la Palabra de Dios, de la vivencia sacramental donde Cristo nos regala su gracia continuamente en cada momento que la necesitemos y así podremos ir creciendo en nuestra vida.

Aprovechemos tantos cauces de gracia que están a nuestro alcance. Sería triste que teniendo a nuestra mano todos esos cauces de gracia divina en nuestra oración, en los sacramentos, realmente no vayamos creciendo espiritualmente. Necesitamos de mucha oración, de mucha reflexión en nuestra vida sobre todo el misterio de Dios, de mucho revisarnos para ir corrigiendo cuando pueda ser un obstáculo para ese crecimiento.

Como escuchábamos ayer irnos con Jesús a ese lugar tranquilo y apartado donde sintamos y vivamos de manera especial su presencia; llevar a Cristo a nuestra vida, tenerlo con nosotros en cada momento y en cada circunstancia para sentir así la fuerza de su gracia. Sin Cristo nada podríamos llegar a ser; por la fe en Cristo Jesús vivimos y ayudaremos a vivir también a los demás.

miércoles, 9 de mayo de 2012


Así seréis discípulos míos… ¿dónde nos apuntamos?

Hechos, 15, 1-6; Sal. 121; Jn. 15, 1-8
‘Así seréis discípulos míos’, terminaba diciéndonos hoy Jesús. ¿Qué tenemos que hacer para ser discípulos de Jesús? Como dirían hoy algunos ¿dónde hay que apuntarse?
¿Será cuestión de apuntarte como quien se apunta a un club o a una sociedad? Algunos lo ven tan fácil como eso de apuntarse a algo, pagar una cuota y ya me considero con todos los derechos.  Pero, creo que todos nos damos cuenta que ser discípulo de Jesús es algo mucho más hondo.
Empezaríamos diciendo que discípulo es el que sigue a un maestro, porque aquella doctrina que enseña, o aquel mensaje que da para la vida le parece interesante y puede encontrar en él un sentido o un valor para lo que hace o para su manera de pensar y actuar. Es cierto que Jesús es nuestro Maestro y con esa palabra lo llamaban los discípulos y muchos de los que lo escuchaban. Y solemos decir que cristiano es el discípulo de Cristo, como nos enseñaba el catecismo.
Pero en Jesús no encontramos sólo ideas; en Jesús encontramos vida. No es solo que el mensaje que nos enseñaba nos da un sentido para nuestra vida, que también, sino que El mismo es la vida que hemos de vivir. Y ser discípulo de Jesús pasa entonces por vivir su vida, hacernos uno con El, configurarnos con Cristo, para ser otro ‘cristo’. No en vano somos también ungidos con el Crisma santo para hacernos con Cristo sacerdotes, profetas y reyes, para ser nosotros también ‘el ungido’.
Si vivimos a Cristo, porque queremos ser sus discípulos y hacernos uno con El eso se va a expresar en nuestras obras, en nuestra vida. Una vida para la gloria de Dios y una vida que está llamada a dar frutos y frutos abundantes. ‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’.
No extrañará entonces todo lo anterior que hemos escuchado en el evangelio con la alegoría de la vid que Jesús nos propone para decirnos cómo tenemos que estar unidos a El para que podamos dar fruto. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí… sin mi no podéis dar fruto’.
Es un texto que hemos meditado recientemente, el pasado domingo V de pascua, y ahora lo que queremos hacer es ahondar un poquito más en su mensaje. Cuando decimos que somos discípulos de Jesús y ser discípulo de Jesús es vivir su misma vida, se nos está diciendo en el fondo como tenemos que vivir siempre muy unidos a Jesús. No es nuestra vida a nuestra manera, no es lo que a mi me pudiera parecer, es Cristo, su palabra, su vida la que tengo que transportar a mi vida, para poder llegar a decir como san Pablo, ‘ya no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí’.
Cómo tenemos, pues, que meternos en la vida de Cristo, empaparnos, impregnarnos de su vida. Cómo tenemos que buscar conocerle cada día más. Cómo tenemos que dejarnos transformar por El, con la fuerza de su Espíritu.
Como ya hemos reflexionado, qué importante es la oración en nuestra vida, entrando en esa intimidad profunda con El para poderme ir configurando cada vez más en El. Qué importante la vida sacramental, la participación en los sacramentos que es dejarnos inundar por la presencia y por la vida de Cristo. No pueden ser nunca una rutina en nuestra vida. Nada nos puede distraer ni separar de su celebración; con qué profundidad hemos de vivirlos. Cómo tenemos que ir empapándonos de su Palabra, gustando y saboreando cada página, cada palabra de los evangelios y de la Biblia para así irle conociendo más e irme impregnando del espíritu del Evangelio. Es la savia divina que tiene que fluir por nuestras entrañas, por nuestro espíritu para llegar a vivir su vida.
‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante’.

domingo, 6 de mayo de 2012


Una vid, unos sarmientos, unos frutos… desde nuestra unión con Jesús

Hechos, 9, 26-31; Sal. 21; 1Jn. 3, 18-24; Jn. 15, 1-8
La imagen que nos ofrece el evangelio es bien significativa. Jesús utiliza un lenguaje y unas imágenes que son fáciles de entender para aquel pueblo sencillo que vive entre las faenas del campo en la agricultura o en el cuidado de los animales. Son las imágenes que nos ofrecía el pasado domingo que nos hablaba del pastor y de las ovejas y es la imagen que hoy se nos ofrece: Una vid, unos sarmientos, el necesario cuidado de la vid, unos frutos que todos desean que serán hermosos racimos o rico y virtuoso vino que alegra el corazón del hombre, como se dice incluso en algun salmo.
Jesús nos va ofreciendo pautas de cómo ha de ser nuestra vida cuando queremos seguirle y vivir su vida, la vida cristiana que decimos. Laboriosa y cuidada, bien alimentada en los más generosos abonos y enriquecida y bendecida con la gracia del Señor. Y es que cuando se trata del seguimiento de Jesús es una hermosa tarea la que realizamos, pero nunca solos o aislados, ni con solo nuestras fuerzas.
Nos habla Jesús de unos sarmientos que necesariamente han de estar unidos a la cepa, a la vid, pero nos dice también quien es el labrador o viñador que tiene el cuidado de la vid; nos habla de cómo se ha de purificar, limpiar, podar de los ramajes infrutuosos o que llenarían de vicio la planta, como dicen los agricultores y nos habla también de esa savia que ha de circular por toda la planta para vivificarla y hacerle dar buenos frutos. Son claras y, como decíamos, significativas las imágenes.
Es importante que lleguemos a dar frutos. La tierra de nuestra vida no se puede quedar baldía ni infructuosa. Lo que quiere el Señor es que demos fruto y fruto abundante. Nos lo dice claramente Jesús y nos lo enseña con sus parábolas. La semilla es arrojada a la tierra para que caiga en tierra buena y dé fruto al ciento por uno, en el mejor de los deseos. No se podrán permitir ni pedruzcos ni abrojos; no podemos dejar que se siembre la mala semilla de la cizaña ni que su tierra sea pisoteada. Como no se dejarán ramajes infructuosos por lo que será necesaria la poda para quitar sarmientos inútiles y de risa.
Enviará a su tiempo el viñador quien venga a recoger los frutos, igual que había confiado su viña a unos labradores que la cuidaran. Creo que podemos entender muy bien esas ricas y variadas imágenes que nos ofrece el Señor en las diferentes parábolas para que nos demos cuenta de cómo hemos de cuidar esa viña de nuestra vida que el Señor quiere enriquecer continuamente con su gracia poniendo a nuestro lado tantos que nos puedan ayudar en el crecimiento de nuestra vida cristiana, o regalándonos continuamente la rica savia de su gracia que nos llega a través de los diversos sacramentos.
Creo que somos conscientes del cuidado que hemos de tener de nuestra vida cristiana. No se planta una semilla para dejarla crecer sola o por si misma, sino que el agricultor sabe cuidar esa planta que nace, la abona y la preserva de todo lo malo para que pueda llegar a crecer y dar fruto. Cómo hemos de cuidar esa planta de nuestra fe, de nuestra vida cristiana que ha sido sembrada en nuestro corazón desde el día del bautismo.
Plantados estamos en la Iglesia, para que no crezcamos solos y para que en la Iglesia y a través de la Iglesia llegue a nosotros ese alimento divino de la gracia que nos ayude a crecer espiritualmente y a dar fruto en abundancia.
Ahí tenemos en la Iglesia toda la riqueza de la Palabra de Dios que nos alimenta, que ilumina nuestra vida, que nos calienta con el sol de la gracia divina para que sepamos los caminos que hemos de recorrer.
Ahí tenemos la riqueza inmensa de la gracia que nos llega en los sacramentos; sacramentos que nos purifican y nos alimentan, como el sacramento de la Penitencia o de la Eucaristía, sacramentos que nos hacen presente a Dios con su gracia en las situaciones concretas de nuestra vida.
Y ahí tenemos toda la riqueza de la vida espiritual que hemos de cultivar en la oración, en la escucha de la Palabra y en todos los medios que se nos puedan ofrecer y nos ayuden a ese crecimiento espiritual. A nuestro lado tantos que en el nombre del Señor, el Buen Pastor, nos van a ayudar a encontrar esos caminos, a renovar nuestra vida con la gracia de Dios, nos van a acompañar a la manera del Buen Pastor.
Nos dice Jesús hoy en la alegoría de la vid que ‘como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no está unido a la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mi y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada’. Asi tenemos que estar unidos a Jesús. Seguirle no es cosa que hagamos sólo desde nuestro propio voluntarismo sino que será siempre algo que hagamos con la fuerza de la gracia del Señor.
Necesitamos de Jesús; necesitamos de su gracia; necesitamos de los sacramentos; necesitamos de la Palabra del Señor; necesitamos ser personas de oración. Caminamos con los pies en la tierra, pero nuestra mente y nuestro corazón lo tenemos que poner muy alto, porque altas son nuestras metas, porque grande es lo que queremos vivir cuando seguimos a Jesús y queremos vivir su vida, porque el cristiano tiene que ser una persona de una espiritualidad grande, de una espiritualidad profunda. Solo podremos alcanzarlo desde nuestra unión profunda con el Señor; una unión con el Señor que hemos de saber cultivar, cuidar.
Es la tarea en la que hemos de estar empeñados cada día. Nos exige esfuerzo. Es como un entrenamiento que hemos de hacer cada día para sentirnos fuertes en el Señor, porque cuando venga la tentación y la dificultad hemos de saber sentir y aprovechar toda esa gracia que el Señor nos ofrece, nos da. No nos podemos dormir. No nos podemos dejar arrastrar por el materialismo y la sensualidad que nos rodea. Es algo que tenemos que aprender a gustar. El gusto y el sabor de la oración, el gusto y el sabor de nuestra unión con el Señor, el gusto y el sabor de la gracia divina. 
‘No amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras’,  nos decía san Juan en su carta. Son los frutos que tenemos que manifestar cuando estamos bien unidos a la vid, cuando estamos bien unidos a Cristo. ‘Quien guarda sus mandamientos, permanece en Dios y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio’. Que nada nos separe de El. que resplandezcamos por un amor verdadero.