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domingo, 28 de septiembre de 2025

Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

 


Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

Amós 6, 1a. 4-7; Salmo 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31

¿Quiénes son los que tienen nombre en la sociedad donde vivimos? Los pobres y los que nada tienen  no ocupan páginas en los medios de comunicación, no son noticia. Recuerdo aquellos tiempos en que el ‘don’ como tratamiento de respeto a la persona solo se ponía delante del nombre de los personajes importantes por su influencia, su poder económico o su riqueza, su rango en una sociedad muy jerarquizada en razón de sus títulos, o su presencia como hombre fuerte e influyente de la sociedad por sus dominios o posesiones; a un pobre nunca se le llamaba por ejemplo ‘don José’, era simplemente el que vivía en tal sitio, o José o Pepe en el trato con sus iguales.

Pero es curioso que en este texto que nos ofrece hoy el evangelio, en esta parábola de Jesús no sea el rico el que tiene nombre sino el pobre, el pobre Lázaro, un mendigo a la puerta del rico pero que era ignorado por el personaje poderoso. ¿Será un signo del contraste que nos quiere proponer Jesús con la transformación que por el Reino de Dios se ha de realizar en nuestro mundo?

La parábola nos quiere enseñar muchas cosas, quiere reflejar muchas actitudes o posturas en las que nosotros podemos caer en la vida. Es fuerte el contraste entre la vida de aquel rico opulento que se lo pasaba banqueteando cada día, pero que era insensible a lo que pasaba a su puerta con aquel mendigo al que parece que únicamente la presta atención un perrito que le lame sus heridas. No es la condena de la riqueza en sí misma lo que pretende decirnos el evangelio sino las actitudes que tenemos en la vida y en consecuencia el uso que hacemos de aquellos medios que tenemos en nuestras manos.

Aquellos bienes que conseguimos a través de nuestro trabajo honrado no son en sí mismo malos, pues ya Dios puso toda la creación en la manos del hombre para que la trabajase y desarrollase. Pero es el camino que hacemos que lo convertimos en un camino de insensibilidad, como aquel hombre que no se daba por enterado de lo que sucedía a su puerta. Cuántas veces nosotros también cerramos los ojos para no ver o volvemos la mirada para otro lado para no sentirnos heridos en la sensibilidad que nos quede en el corazón; cuantas veces ensimismados en nosotros mismos no nos enteramos de lo que sucede a nuestro lado, no queremos ahondar en esos rostros que se cruzan con nosotros en la vida sino que seguimos caminando con nuestros prejuicios y prevenciones y no somos capaces de vislumbrar lo que hay detrás de esos rostros.

Apagamos la televisión o cambiamos de canal para no ver los desastres que asolan nuestro mundo con tantas violencias y tantas guerras; criticamos y juzgamos a quienes llegan a las puertas de nuestra sociedad calificándonos tantas veces de tan mala manera pero no vemos lo que hay detrás, las familias llenas de dolor y de miseria que quizás quedaron en su tierra para que estos como emigrantes lleguen hasta nosotros buscando una vida mejor, ¿habremos pensado en la tragedia que han vivido cuando han dejado su tierra arriesgándose a cruzar un mar, por ejemplo hablo de los que llegan a las costas de nuestras islas, que no saben si terminarán su travesía con vida mientras allá han quedado unas familias llenas de angustia?

La parábola que escuchamos hoy sigue haciéndonos pensar en muchas cosas. Pensemos en el vacío en que ha caído aquel rico, en esa imagen en que lo contemplamos en el abismo, en el que clama por un dedo mojado en agua que refresque su garganta, o porque vayan a anunciar a sus hermanos lo que a ellos les puede suceder siguiendo el mismo camino. Parece un abismo infranqueable, una situación de la que no se puede salir, unas soluciones que parece que no se encuentran tan fácilmente. Pero el evangelio siempre tiene un faro de esperanza para el hombre, el evangelio siempre es buena nueva, buena noticia de esperanza y salvación.

No es el camino la aparición de los muertos para tratar de convertirnos, como algunas veces nosotros pedimos también, sino que tiene que ser una apertura de la vida, una apertura de los oídos del corazón para escuchar la Palabra de Dios. Como se nos dice en la parábola, tienen a Moisés y los profetas que nosotros tenemos que saber interpretar bien.

Escuchemos el evangelio, dejémonos sorprender por esa buena noticia que nos anuncia esperanza y salvación, dejémonos transformar para que en verdad cambiemos nuestras actitudes y no vivamos ya solo pensando en nosotros mismos que es la tentación fácil que nos aparece, no vivamos encerrados en nuestra insensibilidad y nuestra insolidaridad sino que seamos capaces de darnos cuenta que cuanto tenemos no es solo en beneficio propio sino que tenemos que pensar en el bien de ese mundo y en el bien de cuantos caminan a nuestro lado.

No es un evangelio para sentirnos abrumados porque quizás hayamos tenido momentos en que no hayamos sabido hacer uso de la vida y cuanto somos y tenemos para caer el vacío de un sin sentido, sino para abrir puertas, para abrir nuestros oídos, para abrir nuestra vida a nuevas actitudes, a un verdadero encuentro sin prejuicios a cuantos caminan con nosotros en la vida.


sábado, 13 de septiembre de 2025

Unas raíces dañadas o que se quedan en la superficie no tendrán la fuerza para alimentar y sostener el árbol y hacer que dé buenos frutos ¿será así nuestra vida?

 


Unas raíces dañadas o que se quedan en la superficie no tendrán la fuerza para alimentar y sostener el árbol y hacer que dé buenos frutos ¿será así nuestra vida?

1Timoteo 1,15-17; Salmo 112; Lucas 6, 43-49

Cada mañana en mi paseo de cada día paso junto a una huerta que está en las cercanías de mi casa; está dedicada a cultivos menores, tiene algunos árboles frutales y unas vides, que casi tendría que ser su cultivo principal; pero he venido observando que ni son aprovechables los frutos de esos árboles ni pueden tener una cosecha beneficiosa de las uvas que cultivan; las plantas y los árboles están, podíamos decir, enfermos por las plagas que les afectan y los frutos no son nada aprovechables, más bien los vemos por los suelos e inservibles.  No entro en juicio por respeto sobre lo que dichos agricultores realizan con su campo, pero es cierto que el cuidado no es el mejor, donde podría haber hermosos frutos, todo casi se convierte en árboles y plantas dañadas y todo es inservible.

Me fijo en estas cosas y pienso en lo que hago o como cuido mi vida, mirando también mucho de lo que sucede alrededor. No es solo vivir, porque, por decirlo así, respiramos. Necesitamos una prevención y un cuidado para que el mal no nos dañe, para que finalmente los frutos de nuestra vida sean buenos. En principio Dios nos ha creado para que seamos árbol bueno; bien lo dice la Biblia cuando nos habla de la creación donde cada cosa que va saliendo de las manos de Dios, nos dice ‘y vio Dios que era bueno’. El maligno ya inoculó su veneno en el corazón de Eva y de Adán despertando la ambición y el orgullo, y como decimos, así entró el mal en el mundo. Es la tentación que nosotros seguimos teniendo y el mal también se va metiendo en nuestro corazón.

Es hermoso lo que hoy nos dice Jesús en el evangelio. ‘No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos’. Y añade. ‘El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa del corazón lo habla la boca’.

¿Qué sale de nuestro corazón? Es importante que lo consideremos y analicemos nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra manera de actuar. Nos metemos muchas veces en una pendiente muy resbaladiza, y nos dejamos arrastrar. Es necesario detenernos y descubrir lo que está dañado en nosotros para curarlo; descubrir que es lo que vamos guardando en nuestro corazón, cuales son nuestros recuerdos por ejemplo de lo vivido y la reacción de nuestros sentimientos ante lo que nos va sucediendo; acumulamos muchas veces demasiadas tensiones y la cuerda tensa se puede romper; mantenemos muchas heridas abiertas en nuestro corazón por los roces que vamos teniendo en la vida y no nos preocupamos de curarlas, y una herida mal curada hará que la enfermedad se vaya extendiendo, los sentimientos negativos sigan permaneciendo en nosotros y se irá dañando nuestro espíritu; cuántos malos humores que tenemos muchas veces que nos hace reaccionar mal con todo el mundo son consecuencia de esas heridas mal curadas.

Tenemos que buscar una solidez para nuestra vida y por eso es importante tener una vida sana, pero tener sano el corazón. Un cimiento con un cemento corroído no tendrá la suficiente fortaleza para sostener el edificio. Nos habla hoy Jesús del edificio edificado sobre roca, que aguantará vientos y tempestades. 

¿Dónde habremos buscado nosotros esa fortaleza del espíritu? ¿Cuál es el fondo de nuestra espiritualidad? ¿Nos estaremos quedando en la superficialidad? Las raíces que no se ahondan en la tierra, sino que se quedan en la tierra superficial no tendrán la fuerza necesaria para alimentar y para sostener el árbol. ¿Estaremos haciendo eso con nuestra vida?

domingo, 4 de mayo de 2025

Tenemos que dejarnos examinar del amor por Jesús porque solo en esa sintonía del amor seremos capaces de reconocerle y sentirle vivo y resucitado en nosotros

 


Tenemos que dejarnos examinar del amor por Jesús porque solo en esa sintonía del amor seremos capaces de reconocerle y sentirle vivo y resucitado en nosotros

Hechos 5, 27b-32. 40b-41; Salmo 29; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19

Qué reconfortante cuando en el desarrollo de nuestras tareas y responsabilidades no nos sentimos solos; tendremos que realizar nuestras tareas de forma personal y en algunas ocasiones parece que nos tenemos que valer por nosotros mismos, pues en ese momento cada uno está en su tarea, pero cuando en ese camino de la vida nos sentimos queridos y valorados, podemos pensar en nuestra familia, podemos pensar en los amigos, podemos pensar en la valoración que nos hacen de nosotros mismos aquellas personas que nos han confiado esa tarea, interiormente nos sentimos reconfortados, intuimos la presencia de esas personas que nos quieren o nos valoran y sabemos que nos están dando su apoyo. Tener esa experiencia interior nos reconforta y nos da fuerza, nos impulsa y nos hace sentir un gozo interior que no tenemos palabras para expresarlo.

Es cosa de pensar en esto de manera en especial en estos días en que seguimos celebrando la pascua y en el evangelio vemos esas diversas manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos, como es el texto que hoy se nos ofrece. Habitualmente empleamos la palabra ‘apariciones’ como si fuera que Jesús está en otra parte y en un momento determinado viene y se nos hace presente. 

Pero la experiencia del resucitado es mucho más que eso, es algo mucho más hondo, porque confesar que Cristo ha resucitado es confesar que Cristo vive, pero vive no en un sitio como etéreo y apartado, sino que sentir que Cristo vive es sentir que Cristo está en nuestra vida, que Cristo está siempre presente en nosotros y con nosotros. Por eso he empleado mejor esa palabra manifestación, El está pero en momentos determinados se nos manifiesta de forma más clara.

Cristo está con nosotros en ese camino de nuestra vida, en cada momento y en cada situación, no siempre quizás sabemos descubrirlo y sentirlo, pero El nos dijo que estaría con nosotros siempre, hasta el final de los tiempos. En aquel irse de pesca el grupo de los apóstoles aquella noche en el lago de Tiberíades estaba Jesús; en la penumbra de la orilla solo parece estar alguien que está interesado por la pesca y si han cogido o no cogido pescado. 

Pero es Jesús que está allí, y cuando se dejan conducir, cuando en verdad escuchan su voz podrán tener una pesca hermosa. Es lo que comienza a reconocer aquel discípulo amado, ‘¡es el Señor!’ le dice a Pedro, y ahora será Pedro el que quiere estar con Jesús, el que va a vivir esa experiencia profunda de su encuentro con Jesús.

Será por los caminos del amor por donde podrán sentir de verdad la presencia de Jesús en sus vidas; primero el discípulo amado, luego Pedro respondiendo a aquella triple pregunta de Jesús de si lo amaba, si había amor en su vida. Y Pedro sentirá de verdad que Jesús está en su vida, a pesar de sus pasadas dudas y de sus negaciones. Jesús sigue contando con El, porque en Pedro hay amor.

¿Será la sintonía que nosotros tenemos que despertar y oír en el corazón? Cuando despertemos a esa sintonía nuestro camino será distinto porque ya nunca nos vamos a sentir solos; pueden venir las dificultades y las tentaciones, pueden aparecer dudas en nuestro corazón porque eso forma parte de nuestra vida, podremos encontrarnos un mundo en contra que no querrá que nosotros proclamemos el nombre de Jesús, podremos sentirnos débiles algunas veces porque nos parece que la tarea es inmensa y no vamos a ser capaces de realizarla, pero por encima de todo eso, más allá de todo eso tenemos la certeza de que Jesús está en nosotros. ‘Tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres’, diremos como los apóstoles ante el Sanedrín. Pero tenemos que dejarnos examinar de amor por Jesús y Jesús se manifestará claramente en nuestra vida.

Quiero pensar y decir también una palabra en este momento que estamos viviendo en la Iglesia con la próxima elección de un nuevo Papa. Me gustaría imaginar que los Cardenales encargados de su elección pudieran estar sintiendo también en su interior este mismo examen de amor, del que nos habla hoy el evangelio. Es inmensa la responsabilidad ante Dios y ante la Iglesia que tienen en sus manos en estos momentos.

Ellos, no queriendo dejarse influir por ningún tipo de presión que desde todas partes reciben donde cada uno da un perfil del Papa que deben elegir, tendrán que estar diciéndose en su corazón ‘tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres’. Escucharán, es cierto, el gemido del pueblo de Dios, pero al mismo tiempo están escuchando esa Palabra de Jesús y no solo quien en su momento sea el elegido del Señor sino todos para poder dejarse guiar por la acción del Espíritu Santo escucharán en sus corazones ‘¿me amas?... ¿me amas más que estos?’ Porque es una forma de sentir que Cristo resucitado con la fuerza de su Espíritu está en ellos.

Es la actitud de fe y de esperanza que tiene que anidar en nuestros corazones en este momento de la Iglesia y lo que ha de guiar nuestra oración. Es el amor que hemos de poner en nuestra vida para que cual discípulo amado también decir ‘es el Señor’.

lunes, 7 de abril de 2025

No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud de perdón que ofrezcamos

 


No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud de perdón que ofrezcamos

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

Alguna vez nos hemos encontrado a nosotros mismos haciendo dibujitos en lo que tengamos a mano, ‘pintando machanguitos’; estamos como distraídos de nuestro entorno más cercano, ensimismados en nuestros pensamientos, con la mente quizás muy lejos de donde físicamente estamos, pero son momentos de relax, de pensar, de darle vueltas a las cosas, de abstraernos de lo que nos rodea, de estar oyendo sí pero no escuchando, no prestando atención porque nosotros estamos en la nuestro. Hasta que en un punto despertamos, sí, como si saliéramos de un sueño tratamos de situarnos donde estamos.

¿Momentos quizás para tomar decisiones, para pensarnos las cosas, para emprender con empuje algo nuevo, para decir una palabra quizás llena de sabiduría que ni nosotros mismos habíamos pensado? Algo paradójico lo que nos puede suceder. Momentos y silencios que necesitamos en la vida.

¿Nos quedaremos así ante el evangelio? Hay ocasiones en que es tal la novedad que se nos presenta que de alguna manera nos quedamos paralizados hasta darnos cuenta de la profundidad del mensaje. Y es que el evangelio no nos lo podemos tomar a la ligera; no podemos decir nunca, eso ya lo sabía. Cada página del evangelio tiene el  olor y el sabor de lo nuevo cada vez que nos acercamos a ella, la leemos o la escuchamos. Y aunque un texto lo hayamos leído o escuchado en el día anterior e incluso lo hayamos meditado, cuando lo escuchamos de nuevo, si lo hacemos con fe, vamos a encontrar siempre la novedad que es el evangelio, porque siempre es noticia de algo para nosotros, siempre es buena noticia que quiere llegar al corazón, a lo más hondo de la vida y nos producirá interrogantes, nos abrirá caminos, nos dejará el sabor del vino nuevo.

Hoy estamos acercándonos de nuevo a una página que ya escuchamos ayer en el quinto domingo de la cuaresma. Hoy la liturgia nos la vuelve a presentar, pero para nosotros no puede representar una repetición que ya damos por sabida. Como hacíamos referencia en la introducción a este comentario Jesús parece que se queda como abstraído cuando en medio de la predicación le traen a aquella mujer con las acusaciones del adulterio y las condenas que a las mujeres adúlteras se les aplicaban; y Jesús no dice nada, se queda en silencio, como nos dice el evangelio haciendo dibujitos en el suelo. Le apremian aquellos que están pronto para la condena, pero Jesús está en silencio; parece que no tiene prisa. ¡Cuántas prisas nos damos sobre todo cuando queremos quedar por encima de los otros, cuando queremos ganar nuestra partida sea como sea!

Solo una palabra saldrá de la boca de Jesús en consonancia con lo que había venido haciendo siempre poniendo siempre la misericordia por encima de todo. No invoca directamente la misericordia aunque está en el trasfondo sino que interroga con su mirada. ¿Quién es el que no tiene pecado y se atreve a tirar la primera piedra? Y ahora el silencio se hace más denso, mientras uno a uno todos aquellos acusadores se van escabullendo empezando por los mayores, a los que se les pediría quizás mayor sensatez.

Y en ese silencio, solos la mujer aun tirada por los suelos y Jesús también agachado en el suelo con sus dibujitos, comienza a refulgir del todo la luz de la misericordia. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco… vete en paz y no peques más’.

Es el sabor del vino nuevo que ahora estamos saboreando. Ha aparecido sobre la tierra la misericordia del Señor. Es la esperanza de los pecadores que no siempre todos llegan a comprender. ‘Vuestro maestro come con publicanos y pecadores’, les decían los fariseos a los discípulos de Jesús. Tiene que sonar fuerte el evangelio de este día y esas palabras finales de Jesús.

Los hombres decimos tantas veces que perdonamos pero seguimos guardando el recuerdo del pecado de aquel pecador. Como si aun siguiéramos con la costumbre de poner un cartel sobre la cabeza del pecador aunque se hubiera arrepentido para seguirle recordando que cometió tal atrocidad. Es lo que seguimos haciendo en nuestra sociedad. Cuidado que los cristianos nos contagiemos de esas costumbres y posturas que seguirán produciendo dolor y amargura; cuidado el daño que podemos hacer, el daño que puede hacer la iglesia también cuando se deja contagiar por esas posturas.

No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud con que nosotros nos acerquemos a los demás ofreciendo siempre generoso perdón.

sábado, 22 de marzo de 2025

Una nueva y distinta dimensión de nuestras relaciones con los demás porque estamos queriendo entrar en la dimensión del amor que todo lo transforma

 


Una nueva y distinta dimensión de nuestras relaciones con los demás porque estamos queriendo entrar en la dimensión del amor que todo lo transforma

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

Hay dichos y refranes que nos trasmitimos unos a otros y que decimos que reflejan una sabiduría popular y que pueden ser pauta para decisiones o formas que tengamos de ver la vida. Es cierto, son formas de ver la vida, pero que no siempre tenemos que tragarnos como cosas absolutas sino que tenemos que analizar, descubrir su verdadero sentido desde unos criterios y unos valores que tengamos con los que muchas veces puedan chocar. Siempre hemos de tener ojo crítico que nos lleve a reflexionar y cribar todas esas cosas que de un lado o de otro nos llegan.

Habremos oído en más de una ocasión aquello de ‘dime con quien andas y te diré quien eres’. Seguramente fueron consejos de buena voluntad que pudimos recibir incluso de nuestros educadores, para prevenirnos de malas compañías que podrían arrastrarnos en la debilidad de nuestro carácter por caminos no siempre convenientes. Cuando hoy escucho el evangelio, sobre todo ese primer cuadro que se nos ofrece, ese podría ser el criterio de aquellos fariseos y escribas que se están fijando en que Jesús come con los publicanos y con aquellos que ellos llamaban pecadores. De alguna manera querían meter en el mismo saco, como se suelo decir, también a Jesús y sus discípulos.

Esto da pie a una parábola de Jesús con la que nos viene a decir si acaso nosotros nos atrevemos a corregir las actitudes, digámoslo así, que Dios tiene con nosotros. Era en cierto modo enmendarle la plana a Dios que a todos nos ama, y que también ama a aquellos que nosotros decimos pecadores, como nos ama a nosotros que pecadores también somos.

Un padre y dos hijos, nos dice la parábola. Dos hijos con caminos distintos, porque el menor le exige en vida a su padre la herencia y se marcha a disfrutar de la vida; el mayor se queda en casa, aparentemente más obediente, pero pronto veremos luego que su corazón no está tan limpio. Y si el menor un día se dio cuenta de que había perdido la paz de su corazón cuando se había alejado de su padre y ahora deseaba acercarse para estar a su lado aunque simplemente lo consideraran como un jornalero, el mayor seguía guardando en su corazón resentimientos y mal querencias, primero porque no quería reunirse de nuevo con su hermano, y también porque hacia su padre no era tanto el amor que sentía con sus resentimientos por no tener lo que él quería.

Pero allí está el amor del padre que no faltará nunca. Su hijo se ha marchado, pero no lo ha sacado de su corazón; habrá malgastado todo lo que su padre le había dado que era mucho más que lo material de una herencia, pero el padre estará siempre esperando su vuelta de manera que cuando tímidamente y con temor el hijo parece acercarse, será el padre el que corra a su encuentro porque es el hijo que ha vuelto, es el hijo que estaba muerto pero que ha vuelto a la vida, como saldrá también en búsqueda del hijo mayor que ahora quiere quedarse fuera porque no quiere mezclarse en la fiesta de la vuelta de su hermano.

El amor del padre los envuelve a los dos, como el amor de Dios nos envuelve a todos. ¿Le vamos a decir al padre que no ame a sus hijos? ¿Le vamos a decir que no los deje entrar en casa porque vienen envueltos en la miseria del abandono en que se han metido? ¿Le vamos a decir que no les ame porque no se lo merecen?

Nos retrata, es cierto, Jesús en la parábola, pero los protagonistas no somos nosotros; el retrato más hermoso que Jesús nos está haciendo es el de Dios que es nuestro Padre y nos ama siempre. Es el retrato del corazón de Dios que tenemos que saber reflejar en nuestro corazón.

Así nos sentimos amados de Dios, que nosotros también somos pecadores; pero así tenemos nosotros que comenzar a amar, y amar es acercarnos también a aquel que ha errado en los caminos de su vida, amar es tratar de llevar luz con nuestro amor donde nos parece que todo son sombras, amar es poner comprensión en la vida sabiendo mirar con el corazón, amar es estar cerca del otro para decirle una buena palabra que le ilumine, para que nuestros gestos y nuestra cercanía despierten en él nuevos sentimientos y nuevos deseos, es amar no es temer mancharnos en el fango que podamos encontrar alrededor si con nuestra mano podemos sacar a alguien de ese pozo para que encuentre de nuevo la vida, amar no es huir de la manzana podría porque podría contagiarnos sino con la salud de nuestro amor transformarla para hacerla una manzana buena.

Es una nueva y distinta dimensión de nuestras relaciones con los demás porque estamos queriendo entrar en la dimensión del amor que todo lo transforma. Sintámonos fuertes en ese amor.

domingo, 16 de febrero de 2025

Las bienaventuranzas una Palabra de vida que pone esperanza en el corazón, nos hace crecer nuestra fe, hará sobreabundar el amor y de nuestro mundo haremos el Reino de Dios

 


Las bienaventuranzas una Palabra de vida que pone esperanza en el corazón, nos hace crecer nuestra fe, hará sobreabundar el amor y de nuestro mundo haremos el Reino de Dios

Jeremías 17, 5-8; Salmo 1; 1Corintios 15, 12. 16-20; Lucas 6, 17. 20-26

La luz no se ve, pero con la luz podemos ver. Sin embargo algunas veces teniendo la luz a nuestra disposición no terminamos de ver. ¿Es culpa de la luz? ¿Será culpa de nuestros ojos que se han cegado y no soportamos la luz? ¿O quizás ponemos tantos filtros que no terminamos de claramente lo que es la realidad? ¿No decimos que vemos las cosas según el color del cristal a través del cual miramos? O lo hemos oscurecido tanto, o le hemos puesto colores según nuestra conveniencia, o lo hemos dejado manchar tanto que hemos perdido la nitidez de la realidad.

Decíamos que poníamos colores a nuestra conveniencia, o podemos decir que vemos solamente aquello que queremos ver que son nuestras apetencias, nuestros intereses, nuestras ambiciones o las pasiones que nos puedan dominar; decimos, quizás, que en nombre de nuestra libertad, pero libertad no es poner nuestros condicionamientos según nos plazca, libertad es ver la realidad tal cual es.

Y eso nos puede pasar en la escucha del evangelio, que lo interpretamos a nuestra manera, que le hacemos decir lo que a nosotros nos gusta, que nos hemos acostumbrado tanto a él que ya no le prestamos atención, que nos decimos que nos lo sabemos y ya no es novedad – evangelio que eso significa – para nosotros, que ponemos por delante nuestros intereses y entonces no escuchamos aquello que pueda ir en nuestra contra. Cuántos filtros vamos poniendo que enturbian esa novedad del evangelio que tendría que ser siempre para nosotros.

Nos puede haber sucedido hoy cuando hemos escuchado el evangelio de este domingo. Ah, son las bienaventuranzas, ya nos la sabemos. Quizás hasta un día nos las aprendimos de memoria. Y ya no bajamos al llano con Jesús, como nos dice hoy san Lucas al hacernos este relato, y no escuchamos esa palabra de Jesús en ese llano de nuestra vida. Es allí en el llano donde nos dice san Lucas que las pronunció, aunque san Mateo cuando nos da el texto paralelo nos lo sitúe en la montaña. Pero vamos a pensar hoy que hemos escuchado el relato de san Lucas en el llano, ahí donde caminamos, donde hacemos nuestros trabajos, donde nos vamos encontrando con la gente, donde vamos contemplando desde la misma altura a quienes nos rodean en sus casas, en sus trabajos, en sus caminos o al borde de los caminos, en sus pobrezas o en sus sufrimientos; donde nos encontramos todos mezclados, porque al lado de los pobres o de los que tienen hambre, están los que se consideran poderosos y tienen de todo, donde están los que viven la vida con sus alegrías, pero donde están los que sufren con sus dolencias o sus carencias.

¿Nos habremos fijado mientras escuchábamos estas palabras de Jesús a los que están alrededor nuestro, en nuestra propia casa quizás o en esos caminos de la vida por donde vamos cruzando? Echemos una mirada en derredor nuestro y mirémonos también a nosotros mismos y escuchamos las palabras de Jesús. ¿Las estaremos viendo reflejadas en esos rostros que contemplamos? ¿Estaremos sintiendo que nos llegan de manera directa a nosotros mismos porque estamos en algunas de las situaciones de las que habla Jesús?

Es la forma cómo tenemos que leer el evangelio para que en verdad sea anuncio de vida y de esperanza como quiere ser siempre la buena noticia de Jesús. Es cómo Jesús nos está anunciando el Reino de Dios para nosotros hoy, con nuestra pobreza, con nuestros sufrimientos, con nuestros fracasos o nuestra falta de esperanza en tantas ocasiones, con los rechazos o las incomprensiones que algunas veces podamos sufrir, con esas angustias que se convierten muchas veces en el suelo que vamos pisando cada día. Y la Palabra de Jesús quiere ser un rayo de luz que nos llene de esperanza.

Con la Palabra de Jesús tendremos que comenzar a ver de manera diferente, es luz que ilumina. Veremos la realidad de manera diferente porque la veremos en toda su crudeza, pero al mismo tiempo con la posibilidad de que surja algo nuevo, que podamos hacer la vida de forma diferente porque comencemos a mejorarla, porque no nos dejaremos caer por la pendiente y el abismo del desconsuelo y la desesperación, porque sabemos que podemos encontrar esa paz que tanto necesitamos, porque todo lo iremos transformando y queriendo hacer desaparecer ese mundo de dolor y sufrimiento, porque buscaremos la alegría que de verdad llene nuestro corazón con algo permanente. Con Jesús todo puede cambiar, con Jesús está llegando el Reino de Dios, con la fe que ponemos en Jesús nosotros estaremos haciendo con unas nuevas actitudes y valores de nuestro mundo ese reino de Dios.

Es Palabra de vida, Palabra que pone esperanza en el corazón, Palabra que nos hace crecer nuestra fe, Palabra que hará sobreabundar el amor y entonces nuestro mundo en verdad será distinto.

lunes, 18 de noviembre de 2024

Detengámonos a pensar cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y algunas veces evitamos, qué es lo que quieren que hagamos por ellas

 


Detengámonos a pensar cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y algunas veces evitamos, qué es lo que quieren que hagamos por ellas

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Salmo 1; Lucas 18, 35-43

Al borde del camino, sin saber que hacer o sin tener nada que hacer, ensimismados quizás en nuestras cosas, en nuestras rutinas de cada día, abrumados por los problemas que caen encima como una loza que paraliza y encierra, perdida quizás la ilusión y la esperanza, llenos de miedos para emprender otros caminos, con deseos de hacerlo pero con cobardías que ciegan, sintiéndose quizás ignorados y no tenidos en cuenta marcados por una cierta marginación… son tantos los que podemos encontrar en nuestros caminos, pero que tampoco vemos porque quizás hemos perdido la sensibilidad o porque pensamos que si se hacen notar nos molestan porque pueden despertar inquietudes con las que no queremos cargar.

¿Quiénes son los ciegos? ¿Los que están tirados al borde del camino o los que vamos por el camino pero que miramos para otro lado? Mejor no enterarnos, mejor seguir con nuestras prevenciones y prejuicios, mejor hacernos los desconocidos cuando nos tropezamos con ellos en cualquier esquina o se suben al transporte con nosotros. Su manera de ser, su forma de actuar, sus gestos o sus palabras, las sonrisas que surgen en sus conversaciones entre ellos, sus miradas nos molestan y tratamos de evitarlos, hacernos los sordos o mirar para otro lado.  Y vamos a Misa.

¿Será posible que nos quedemos tan tranquilos sin implicarnos cuando escuchamos un evangelio como el que hoy se nos propone? Jesús iba de camino para Jerusalén; atravesaba Jericó, casi al final de la bajada del valle del Jordán antes de emprender la subida a Jerusalén; mucha gente lo acompañaba, por allí lo rodea el grupo de los discípulos que fieles van siempre con él, pero también mucha gente que hacía del camino de subida a Jerusalén, pues se acercaba la Pascua. Parece que lo importante es hacer el recorrido y de camino ir escuchando las enseñanzas de Jesús que siempre tiene una palabra que enriquece la vida; por el barullo de la gente y que no siempre podían mantenerse en la misma cercanía, en ocasiones se hacía costoso escucharle. No iban pendientes de nada más.

Pero al borde del camino hay un ciego pidiendo limosna. Era casi habitual encontrarlos, además siendo un lugar de paso de muchos peregrinos en su subida a Jerusalén. En la pobreza acrecentada con la ceguera era la ocasión de recoger alguna limosna que aliviara sus necesidades.

Al oír el barullo de gentes en el camino el ciego pregunta y le dicen que pasa Jesús, el Nazareno. No fue necesario  nada más para que su pusiera a gritar pidiendo a Jesús que tuviera compasión de él. Qué molesto, no podían escuchar las palabras de Jesús; quieren hacerlo callar, lo regañaban pero él gritaba más fuerte. Cuando Jesús se entera de lo que sucede lo manda llamar.

‘¿Qué quieres que haga por ti?’ el ciego soltándolo todo de un salto se había puesto a los pies de Jesús. ¿Qué es lo que puede pedir? ¿Qué es lo que hubiéramos pedido si  nos encontráramos en su misma situación? ¿Se nos habrá ocurrido pensarlo? Nosotros que llevamos la lista (de la compra) elaborada de nuestras peticiones cuando vamos a rezar… ¿Habría que hacer una revisión de esas listas que llevamos en nuestra mente?

Hemos comenzado hoy nuestra reflexión haciéndonos unas consideraciones sobre lo de estar al borde del camino. Traigamos acá ahora aquellos pensamientos, pero seguramente en aquellos en los que íbamos pensando cuando nos hacíamos aquella descripción y pensemos que es lo que realmente quieren.

¿Nos habremos detenido a pensar alguna vez cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y que algunas veces evitamos qué es lo que quieren que hagan por ellas? Quizás solo esperen de nosotros una mirada – esa mirada que tantas veces desviamos -, que los tengamos en consideración, que los saludemos igual que saludamos a los conocidos o a los amigos, el no sentirse ignorados, el que los dejemos actuar con libertad y confianza tal como son dejando a un lado nuestras prevenciones, nuestros prejuicios y nuestras desconfianzas. Volvamos a leer los primeros renglones de nuestra reflexión de hoy y pongamos por medio esa pregunta de Jesús ‘¿Qué es lo que quieres que haga por ti?’

Pero no nos quedemos con los brazos cruzados, sino comencemos a hacer lo que desean de nosotros. Unas nuevas actitudes, unas nuevas posturas, unos nuevos gestos tendrán que ir acompañando nuestra vida a partir de que Jesús hoy a nosotros también quiere hacernos ver, quiere romper nuestras cegueras, quiere devolvernos también la visión. Da pasos como aquellos que iban con Jesús y al final ayudaron a ciego a ir también hasta Jesús.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Necesitamos ser lavados, limpios de una cierta lepra que nos ha ido envolviendo nuestra vida en todas esas actitudes no tan nobles apegadas a nuestros corazones

 


Necesitamos ser lavados, limpios de una cierta lepra que nos ha ido envolviendo nuestra vida en todas esas actitudes no tan nobles apegadas a nuestros corazones

Tito 3, 1-7; Salmo 22; Lucas 17, 11-19

‘Es de bien nacido el ser agradecido’, hemos escuchado más de una vez. Desde pequeñitos nos lo enseñaron, ¿qué es lo que se dice? Se dice gracias. Pero quizás algunas veces lo olvidamos. ¿Acaso nos creeremos merecedores de todo? Sin querer hacer esa afirmación como si fuera una acusación, sin embargo tenemos que reconocer que muchas veces nos pasa eso. Parece que nos cuesta decir gracias, o mostrar nuestro agradecimiento de alguna manera; las palabras son importantes, pero el gesto, la sonrisa, la mirada, la mano sobre el hombre puede decir mucho. Porque la gratitud hay que llevarla en el corazón, tiene que ser una actitud que tengamos en la vida, es una postura de relación.

Aunque no hacemos las cosas para que nos den las gracias, ni estén repitiéndonos zalameros lo buenos que somos, sin embargo para nosotros son una presencia agradable esas personas que llevan la sonrisa de la gratitud en sus gestos y en la forma de mostrarnos su cariño, como una correspondencia a lo que hayamos hecho por ellas. Mucho tendríamos que revisar en la vida para tener esa tan necesaria nobleza del corazón. Confieso que algunas veces cuesta, y demasiadas veces vamos de engreídos por la vida queriendo creernos que nos lo merecemos todo.

El evangelio de hoy nos hace pensar, en esas actitudes que hemos de tener con los demás, pero sobre todo en cómo es nuestra relación con Dios.  Jesús va de camino hacia Jerusalén; de camino se encuentra con un grupo de leprosos de lejos gritan y suplican compasión. Era el grito habitual que se escuchaba por aquellos campos, en cierta lejanía de poblados y ciudades; los leprosos no podían convivir en las poblaciones ni siquiera con sus familiares y vivían confinados en esos lugares apartados; tenían que gritar si alguien se acercaba que era un impuro para que no cayera también en esa impureza; pero su grito era pidiendo compasión. ¿Sabían realmente que era el profeta de Galilea el que encabezaba aquella marcha hacia Jerusalén?

‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’. Sabían lo que pedían y a quien lo pedían. Y la compasión siempre estaba presente en el corazón de Jesús, siempre compasivo y misericordioso. ¿Cuál iba a ser la respuesta? Para poder incorporarse de nuevo a la comunidad necesitaban quien acreditara que estaban sanos; por eso Jesús les manda presentarse ante los sacerdotes, quienes podían dar esa certificación. No esperan más y corren para cumplir mientras ven sus cuerpos sanos. Uno sin embargo se da la vuelta para postrarse ante Jesús. Ya conocemos la alabanza de Jesús. Allí está la fe de aquel hombre que le hacía tener ese reconocimiento ante Dios. ‘Se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias’.

Nos dirá a continuación el evangelista que era un samaritano. Jesús iba de camino entre Galilea y Samaría, nos había dicho antes el evangelista. Para los judíos era considerado como un extranjero; ya sabemos la discriminación que entre ellos había, pero el evangelio viene romper barreras y fronteras, porque será ese ‘extranjero’ el que merecerá la alabanza de Jesús por su fe.

Cuántas cosas nos va diciendo paso a paso el evangelio en este corto relato para alimento de nuestra fe. Actitudes que tenemos que revisar, discriminaciones que tenemos que hacer caer, barreras que tenemos que romper, nueva que tenemos que despertar, sentimientos de gratitud que tenemos que hacer resurgir. Merecería que nos fuéramos deteniendo en todas esas cosas que nos va señalando el evangelio. Es una buena nueva que tiene que transformarnos desde lo más hondo. 

¿No necesitaremos también nosotros ser lavados, ser limpios de una cierta lepra que se nos ha ido pegando en nuestra vida en todas esas actitudes que no son tan nobles y que se han apegado a nuestros corazones?

jueves, 7 de noviembre de 2024

Con la fuerza del Espíritu del Señor el hombre puede siempre transformar su corazón, siempre tiene que resplandecer la misericordia y el amor

 


Con la fuerza del Espíritu del Señor el hombre puede siempre transformar su corazón, siempre tiene que resplandecer la misericordia y el amor

Filipenses 3, 3-8ª; Salmo 104; Lucas 15, 1-10

Siempre hemos oído decir, y además dicho con mucha seriedad y muchos razonamientos, que una manzana podrida en el cesto dañará a todas las manzanas, y lo mejor que podemos hacer es quitarla. Esta bien ese razonamiento, pero lo que ya no me parece tan claro, sobre todo después de escuchar el evangelio de hoy, es que eso lo apliquemos con la misma rigidez a las personas. Son los consejos que tantas veces hemos escuchado y dado nosotros también queriendo precaver la inocencia o el corazón limpio de los demás.

Y digo que no me parece tan claro después de escuchar el evangelio de hoy. También los fariseos consideraban como manzana podrida a los publicanos, que en fin de cuentas era una profesión, y a todos los que asimilaban a ellos como pecadores. Precisamente vemos las reservas, los comentarios que se tienen entre ellos porque Jesús como con publicanos y pecadores; quien se mezcla con esa clase de gente es que son como ellos, estarían pensando. Y ofrecen ese comentario en el descrédito que quieren sembrar sobre Jesús, su enseñanza y su vida.

Pero ¿qué nos está enseñando Jesús? Las personas no somos simplemente una manzana que cuando se pudre ya no hay nada que hacer con ella. Las personas tienen la posibilidad del cambio y de la conversión. Es precisamente lo que Jesús anuncia y pide para todos desde el comienzo de su predicación. Si en las personas no hubiera esa posibilidad del cambio, inútil sería la predicación de Jesús que está invitando siempre a la conversión y nos está manifestando continuamente lo que es la misericordia del Padre. Esto ya tendría que hacernos pensar y ver si de alguna manera nosotros no seguimos manteniendo la misma actitud que tenían los fariseos.

Por eso Jesús acoge a los pecadores y come con ellos. Porque como nos dirá en otro momento El es el médico que ha venido para sanar a los que están enfermos, y los signos y milagros que realiza cuando cura a los paralíticos o a los leprosos, devuelve la vista a los ciegos o hace hablar a los mudos es el signo de esa sanción más profunda que Jesús quiere para el hombre, quiere para nosotros.

Por eso hoy nos habla de la oveja perdida que va a buscar por montes y barrancos hasta que la encuentra. O nos habla de la mujer que barre y revuelve toda la casa hasta que encuentre la moneda que se le había perdido. Son imágenes que nos están hablando de esa misericordia de Dios, que nos busca porque nos ama, que quiere el bien para nosotros y que seamos sanados en el amor.

No cuesta reconocer que somos esa oveja perdida, porque siempre nos consideramos buenos, nos cuesta reconocer que hay extravíos en nuestra vida, porque todos nos equivocamos, cometemos errores, nos llenamos de confusión y no sabemos siempre discernir lo que es lo bueno que tenemos que hacer, porque también hay malicia y maldad en el corazón para dejarnos llevar por ambiciones o fantasías, por vanidades o por resentimientos, porque somos débiles y perdemos la intensidad que tendría que tener nuestro amor y caemos en el egoísmo y en la insolidaridad.

Grande puede ser nuestro pecado, porque no somos santos, pero más grande siempre será la misericordia y la compasión infinita de Dios. Acaso tendríamos que reconocer esa ceguera que tantas veces se nos mete en la vida que nos hace creernos superiores y que no aceptamos la posibilidad de cambio también de los que a nuestro lado, igual que nosotros, también cometen errores. Con la fuerza del Espíritu del Señor el hombre puede siempre transformar su corazón. No somos nadie para apartar a un lado a nadie porque lo consideremos un pecador. Siempre tiene que resplandecer la misericordia y el amor.

sábado, 21 de septiembre de 2024

Necesitamos unas nuevas actitudes con los demás sabiendo contar con ellos sean como sean, como Jesús contó con Mateo que era un publicano

 


Necesitamos unas nuevas actitudes con los demás sabiendo contar con ellos sean como sean, como Jesús contó con Mateo que era un publicano

Efesios 4, 1-7. 11-13; Salmo 18; Mateo 9, 9-13

Invitamos a un amigo a una fiesta y seguramente no se hará de rogar mucho para aceptarnos esa invitación, lo mismo que si es a una comida o a una salida; claro que se trata entre amigos y se da por sentada la confianza y los deseos de estar con el amigo. Que venga una persona que nosotros desconocemos o que no sea de los habituales con quienes solemos estar y ya nos lo tendríamos que pensar un poco, porque siempre andamos con las desconfianzas y muchas veces nos falta sinceridad.

Pero si vienen para pedirnos una colaboración o una ayuda para algo que tenemos que hacer, ya estaremos pensando si tenemos tiempo, si podemos o no podemos comprometernos, si eso nos va a traer algunas consecuencias o algunos gastos extra, y así no vamos poniendo pegas y retrasando la respuesta. Menos aun sería seguramente si no vemos claro aquello a que nos invitan, porque de alguna manera sea una aventura, entonces nos costará mucho más el decidirnos.

Cuando hoy escuchamos en el evangelio que Jesús pasando por delante de la garita o el mostrador de los impuestos, le dice a Mateo que lo siga y éste se levante dejándolo todo nos sorprende; no sería lo habitual que nosotros hiciéramos. ¿Habría oído Mateo hablar de Jesús o él mismo lo habría escuchado? Por muy enfrascado que estuviera en sus negocios alguna noticia tendría, o quizás alguna vez también se había acercado a escucharle en el anonimato en medio de la gente. Conocemos al otro publicano que quería conocer a Jesús y se le ocurrió la idea de subirse a la higuera para ver pasar a Jesús sin mayores consecuencias.

Un hecho, pues, que nos sorprende es la decisión inmediata de Mateo de ponerse a seguir a Jesús. Era un publicano, despreciado habitualmente entre los judíos por su colaboración con Roma en el cobro de los impuestos; de alguna manera pertenecía a la organización del pueblo que los dominaba.

¿Habría en si mismo, en su interior, un conflicto entre aquello que hasta ahora estaba ejerciendo y lo que Jesús le proponía? también podía retraerse por esa misma condición de publicano, de no considerar que fuese la persona apropiada para aquello que Jesús le pedía. Ya veremos luego la reacción contra Jesús por comer rodeado de publicanos y pecadores. Esto también podría ser algo que ronroneara en su interior antes de tomar una decisión. Pero el evangelio dice que se levantó y lo siguió.

¡Cuántas vueltas le damos nosotros a las cosas en nuestra cabeza cuando tenemos que tomar una decisión, de dar un paso adelante en la vida! Estamos ocupados, ya tenemos nuestras cosas, que se comprometan otros que hay por ahí tanta gente que no hace nada, no valemos, cómo vamos a comprometernos si no sabemos a qué nos va a llevar todo esto, y así una letanía interminable de disculpas, de pasos atrás, de miedos y cobardías. ¿Despertará en nosotros este evangelio unos nuevos sentimientos y actitudes?

Y ya lo hemos mencionado. La reacción que los escribas y fariseos tuvieron ante el hecho de que Jesús participara con su grupo con aquellos nuevos amigos que en cierto modo acompañaban a Mateo en un banquete que se le había preparado. ‘¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ es lo que murmuran comentándoselo a los discípulos porque no se atreven a la cara a decírselo a Jesús. 

Ay esos ronroneos y comidillas a los que somos tan fáciles en la vida. Siempre tenemos un juicio que hacer sobre lo que hacen los demás, siempre estamos preparados para una condena y una descalificación con tal de quitarnos de en medio a quien por la rectitud de su vida es alguien que nos resulta incómodo.

‘No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos’, es la respuesta de Jesús. El ha venido a sanar y a salvar, El ha venido a buscar la oveja perdida, y a esperar con los brazos abiertos al hijo pródigo, El es quien nos busca cuando en nuestra cabezonería no queremos entrar, no queremos acoger, no queremos nosotros tampoco comprender a los demás y perdonar. ¿Aprenderemos a tener nuevas actitudes para con los demás ofreciendo siempre la generosidad de nuestro perdón para ser capaces de contar también con ellos sean como sean? Jesús contaba con Mateo a pesar de que era un publicano.

‘Misericordia quiero y no sacrificios’, que ya había dicho el profeta. Así nos busca y nos llama, así se sienta a la mesa con nosotros, pero para ofrecernos otra comida mejor, porque se nos dará El mismo haciéndose comida y vida para nosotros. Quien le come vivirá para siempre, El nos resucitará el último día.

sábado, 22 de junio de 2024

En Jesús tendremos el valor y la fuerza para que aparezcan esas actitudes nuevas, esos valores nuevos, todo lo que significa reconocer que Dios es nuestro único Rey y Señor

 


En Jesús tendremos el valor y la fuerza para que aparezcan esas actitudes nuevas, esos valores nuevos, todo lo que significa reconocer que Dios es nuestro único Rey y Señor

2ª Crónicas 24, 17-25; Salmo 88; Mateo 6,24-34

Una cosa que todos decimos, pero al final no sabemos ponerle remedio. Decimos con facilidad cuando nos ponemos muy serios a hablar juiciosamente que así no podemos vivir, con estas prisas, con estos agobios, que es un tormento, que habrá que parar de alguna manera, porque si no la vida ya se encargará de pararnos. Ahí tenemos grandes emprendedores, que, como solemos decir, parecía que se iban a comer el mundo, todo eran trabajos, nuevas iniciativas, empresas que comenzaban a funcionar, pero de repente todo se paró, el corazón de aquel hombre tan emprendedor que tantas cosas hacia que no paraba, no tenía ni tiempo para comer, dijo ‘ya no puedo más’, un infarto, una enfermedad irremediable, y ¿en qué se quedaron todas aquellas carreras y todos aquellos agobios? Pero es que no escarmentamos ni en cabeza ajena.

Como ya hemos reflexionado en otra ocasión la vida no se puede quedar reducida a esas carreras y a esos agobios. La persona vale mucho más que todas esas riquezas que podamos conseguir. Y pensamos en su salud, pero no solo lo corporal que también un día nos fallará, sino en el estado anímico de la persona, en su paz interior, en la serenidad y paz para afrontar los problemas; con tantas carreras ni tiempo tenemos para pensar en nosotros mismos, en ese crecimiento interior como persona, en el sentido que hemos de darle a la vida, se nos escurre todo de las manos como el agua que no podemos contener entre nuestros dedos.

Me van a decir, es que es mucho lo que hay que hacer y no hay tiempo para todo. Pero ¿son solo las cosas lo que le dan sentido a la vida del hombre? ¿Cuáles tendrían que ser las mejores metas para la vida del hombre? Son preguntas que no podemos dejar pasar sin intentar darle respuestas. Pero para ello tenemos que detenernos, porque es necesario pensar, reflexionar, ahondar en lo más hondo de nosotros mismos, pero también dejarnos iluminar por tantos faros de luz que Dios va poniendo a nuestro lado en los caminos de la vida, hombres sabios y prudentes como profetas, reflexivos, que mastican mucho las cosas no solo en la mente sino en el corazón antes de dar respuestas. Podemos encontrar maestros, sabios, y tenemos que confrontar también ideas y pensamientos hasta que encontremos la verdad de nuestra vida. No podemos dejarnos llevar por la pendiente de nuestras prisas y carreras.

Nos está invitando Jesús a que sepamos poner nuestra confianza en Dios. El ha venido a revelarnos el mejor rostro de Dios. Y nos está hablando del Dios que hace florecer las flores del campo o que alimenta a los pajarillos del cielo. Y si Dios hace eso con sus criaturas ¿Qué no hará con sus hijos? ¿Por qué entonces nosotros no confiar en la providencia de Dios?

Es el Dios que nos exigirá que negociemos nuestros talentos, porque hay que desarrollar la vida y eso está en nuestras manos, pero es el Dios que nos cuida porque nos ama, porque es nuestro Padre, porque nos ha querido mirar como sus hijos. Los predilectos y amados de Dios. Porque nos mira en Jesús, su Hijo amado al que ha enviado para que nos abra caminos para poder llegar a vivir el Reino de Dios, y porque nosotros nos miramos en Jesús al que siendo Hijo de Dios lo vemos carne de nuestra carne, porque así quiso encarnarse en las entrañas de María para ser para siempre Dios con nosotros, ser Emmanuel.

Por eso terminará diciendo hoy Jesús que busquemos el Reino de Dios y su justicia que lo demás se nos dará por añadidura. Sí, buscar el Reino de Dios; cuando nos enseñó a orar aprendimos a decir ‘venga a nosotros su Reino’. Una petición que tenemos que hacer, que tenemos que aprender a hacer, porque no es pedir que se realice como algo mágico sin que nosotros tengamos que poner nuestra mano en ello. Por eso tenemos que completarlo con lo que hoy nos dice  que busquemos el Reino de Dios.

Es una tarea que tenemos que realizar, es cierto, porque son los pasos que tenemos que ir dando para que en nuestras actitudes, en lo que hagamos, en nuestro compromiso comencemos a manifestar las señales de que está presente el Reino de Dios. Viene Dios a nosotros, lo podemos como centro de nuestra vida y de nuestro corazón – es decir que lo hacemos nuestros Rey y Señor – y ya nuestra vida, lo que hacemos, lo que vivimos tiene que tener otro sentido y otro valor.

Algo nuevo tendrá que reflejarse en nuestra vida. ‘Lo demás se nos dará por añadidura’, nos dice Jesús. En Jesús tendremos el valor y la fuerza para que aparezcan esas actitudes nuevas, esos valores nuevos, todo lo que significa que vivimos reconociendo que Dios es nuestro único Rey y Señor.

Cuánta paz tiene entonces que aparecer en nuestro corazón y en nuestra vida; cómo se van a quedar a un lado esos agobios y esas luchas que nos hacemos y que nos destrozan por dentro. Algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón.

lunes, 18 de marzo de 2024

Quienes optamos por Jesús tenemos que aprender de la compasión y de la misericordia, que llenará de gozo el corazón para sentir el deseo de emprender una nueva vida

 


Quienes optamos por Jesús tenemos que aprender de la compasión y de la misericordia, que llenará de gozo el corazón para sentir el deseo de emprender una nueva vida

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

Qué intransigentes nos volvemos tantas veces en la vida. Con aquello de que no podemos casarnos con el pecado, vamos a decirlo así, todo lo que nos suene a oscuro pronto le declaramos una guerra sin cuartel. Y hay una línea muy fina y delicada entre lo que es el mal en sí mismo y la persona que haya podido realizar eso malo.

Cuántos defensores de la ortodoxia, y no lo hablo solo en el sentido dogmático cuando empleo esta palabra, que se vuelven intransigentes y despiadados contra quienes hayan podido cometer un error, hayan tenido fallos en su vida a los que cargaremos con ese sambenito del pecador o del corrupto por toda su vida sin ningún tipo de misericordia. ¿Es que son todos tan perfectos e inmaculados? ¿Nunca hemos cometido un error? Claro que para los errores propios siempre tenemos disculpas, nos hacemos rebajas y no sé cuántas cosas más.

Lo contemplamos en tantos aspectos de la vida social. Por supuesto, como decíamos antes, no nos podemos casar con el mal, no podemos consentir que se haga daño a los demás, tenemos, es cierto, que ser exigentes con los que son dirigentes de la sociedad para que no caigan en corruptelas, a lo que somos muy tentados. Pero no podemos crear divisiones ni abismos por nuestras condenas, porque siempre tenemos que estar dispuestos al reencuentro, a la recuperación de la persona, al arrepentimiento y a dar la posibilidad de que pueda haber un cambio en quien haya hecho mal.

Lo que tendría que ser un diálogo de reencuentro y de búsqueda de mejores caminos enmendando los errores cometidos, lo convertimos en exabruptos y condenas, llenamos de violencia aquellos lugares que en la sociedad están llamados al diálogo para la búsqueda de nuevos y mejores caminos para nuestra sociedad.

¿Hay formas de rehacer caminos, de recomponer vidas, de dar pie a que de lo viejo que hay en nosotros podamos hacer algo nuevo y mejor?

En el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece aparecen unos intransigentes que traen ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio pero a la que ya traen previamente condenada. La ley de Moisés manda apedrear a las adúlteras, le recuerdan. Claro que en un paréntesis también habría que preguntarse quien hace que una mujer sea adúltera, cuál es la razón de llegar a esa situación. Allí están todos rodeando a aquella mujer acusada y condenada previamente enfrente de Jesús, esperando su palabra. Claro que tendríamos que preguntarnos a quién realmente quieren apedrear en estas circunstancias, porque aquello en cierto modo se está queriendo convertir en un juicio contra Jesús.

¿Irá Jesús contra la ley de Moisés? ¿Cuál es la respuesta que puede dar quien nos ha anunciado un nuevo Reino de Dios en el que han de resplandecer unos nuevos valores, unas nuevas actitudes cuando reconocemos que el Dios que es Señor de nuestra vida es el Dios compasivo y misericordioso del que ya también se nos había hablado en la Escritura?

Jesús quiere que para comenzar a vivir según los parámetros de ese nuevo Reino de Dios que El nos anuncia y proclama, comencemos a mirarnos con sinceridad por dentro de nosotros mismos. ¿Qué es lo que llevamos en nuestro corazón? ¿No nos había dicho que para comenzar a creer en esa Buena Noticia del Reino de Dios había que comenzar por convertirse, por darle una vuelta al corazón? ¿Cómo se casaría un corazón intransigente e inmisericorde con un Dios que es compasivo y misericordioso en quien creemos y que queremos que en verdad sea el Dios y Señor de nuestra vida?

    Por eso, ante la insistencia de los acusadores de aquella mujer, simplemente dirá Jesús que el que esté sin pecado que tire la primera piedra. ¿Quién será capaz de tirar la primera piedra? Alguno todavía nos seguimos encontrando en la vida, en aquellas situaciones de las que antes hablábamos que estaría dispuesto a tirar esa piedra. ¡Cuántas piedras en ese sentido se siguen tirando en el mundo de hoy!

domingo, 3 de marzo de 2024

A ese templo de religión y cristianismo que nos hemos construido Jesús tendría que venir a derribar muchas cosas y a hacernos cambiar muchas actitudes


 

A ese templo de religión y cristianismo que nos hemos construido Jesús tendría que venir a derribar muchas cosas y a hacernos cambiar muchas actitudes

 Éxodo 20, 1-17; Salmo 18; 1Corintios 1, 22-25; Juan 2, 13-25

Cuidado que el árbol no nos deje ver el bosque; cuidado que la anécdota se convierta en el atractivo y no nos deje profundizar en el mensaje para que nos llegue a nuestra vida en la situación concreta en que vivimos.

Tentados estamos en darle vueltas y más vueltas al episodio que se nos narra hoy en el evangelio, con las explicaciones de por qué aquellos animales para los sacrificios o el motivo de aquellos cambios de monedas en el templo y nos quedemos en lo que pudiera ser anecdótico y solo un signo que nos lleva a algo más profundo.

¿En qué situaciones nos podemos encontrar hoy y que encuentren como un eco en lo que nos narra el evangelio? muchas veces quizás hayamos podido convertir todo lo que atañe a nuestra relación con Dios y en lo que convertimos muchas veces nuestra vida cristiana en unas costumbres – siempre nos lo han enseñado así, nos decimos -, en unos ritos que repetimos – porque eso es la tradición -, en unas cosas que tenemos que cumplir – porque cuando cumplimos ya nos quedamos satisfechos y parece, por ejemplo, que el domingo no es domingo porque no hemos venido a Misa, aunque nos la pasáramos pensando en las musarañas -. Y en eso reducimos muchas veces todo lo que es ser cristiano.

¿Dónde ha estado en nuestras celebraciones un encuentro vivo con Dios sintiendo el gozo de su presencia allá en lo más hondo de nosotros? ¿Qué marca ha dejado en nuestra vida esa Palabra de Dios que se ha proclamado en la celebración? ¿Cuando salimos de la Iglesia ya vamos con el propósito de algo nuevo y distinto que allí en la Palabra de Dios encontramos? ¿Qué recuerdo nos queda el domingo por la tarde de esa Palabra que escuchamos en la Misa de la mañana? Y así podríamos hacernos muchas más preguntas. ¿En qué estábamos, o donde estábamos mientras se iba realizando el rito de la celebración? ¿Nos habremos quedado en un culto vacío?

 Pero bien nos damos cuenta que todo nuestro ser cristiano no se reduce al cumplimiento, y volvemos con la misma palabra, de unos ritos o unas celebraciones. El evangelio de Jesús es una propuesta de vida, es un sentido nuevo para lo que hacemos y para lo que es toda nuestra vida. El evangelio es una buena noticia – porque así mismo lo significa la palabra – de una vida nueva que llamamos el Reino de Dios.  ¿El Reino de Dios se nos queda en que le pongamos una hermosa corona a nuestra imagen preferida de Jesús o de la Virgen o los santos? Entre vosotros no será como en los reinos de este mundo, les dice Jesús en muchas ocasiones a los discípulos. Y nos hablará de unas actitudes nuevas que hemos de tener los unos con los otros.

Es lo que en verdad tenemos que descubrir. Cuando estamos reconociendo que Dios es el único Señor de nuestra vida estamos abriendo los ojos a mirar con una mirada distinta cuanto nos rodea, a mirar con una mirada nueva y distinta las personas que están a nuestro lado o componemos nuestro mundo. Ya nos decía Jesús que no es en la búsqueda de lugares de honor o de primeros puestos cómo vamos a manifestar en verdad que Dios es el único Señor de nuestra vida. Es cuando seamos capaces de ver a Dios en aquellos que están a nuestro lado y amarlos con ese amor de Dios. Por eso nos hablará de hacernos los últimos y los servidores de todos. Como lo hizo Jesús.

Nuestro trabajo, nuestras responsabilidades, lo que vamos haciendo en la vida adquieren un nuevo sentido y un nuevo valor. Ya no podemos ir pensando solo en nosotros mismos y en nuestras ganancias personales; ya tenemos que comenzar a pensar como estaremos contribuyendo con lo que es nuestra vida al bien de ese mundo porque es al bien de cuantos nos rodean. Con qué responsabilidad tenemos que tomarnos la vida y cuanto hacemos; con cuanta responsabilidad nos sentimos de ese mundo que está en nuestras manos. Mucho tendría que cambiar cuando de verdad nos encontramos con el evangelio de Jesús nuestra vida, lo que hacemos y todo lo que son nuestras responsabilidades.

Ya nuestra vida no son simplemente unas costumbres o unas rutinas; ya no nos podemos quedar en hacer unas cosas por cumplimiento o realizar unos ritos para quedarnos como tranquilos en nuestra conciencia porque ya cumplimos. Ya no es solo que en un momento quizá de generosidad hagamos unas ofrendas, llevemos unas flores, ofrezcamos unas cosas, sino que la ofrenda tiene que ser algo más hondo, no de cosas, sino de nosotros mismos desde lo más hondo de nosotros.

Volvemos a lo que podríamos llamar la anécdota del evangelio de hoy, ¿no tendría que venir Jesús a ese templo de religión y de cristianismo a nuestra manera que nos hemos construido a derribar muchas cosas, a echar fuera muchas pobres actitudes porque el culto que le debemos a Dios tiene que ser algo más hondo y profundo que ofrezcamos con toda nuestra vida? ¿Cómo se tendría que renovar ese templo de Dios que somos nosotros y qué nuevas actitudes y valores tendríamos que hacer florecer?