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miércoles, 21 de enero de 2026

Hay miradas que nos traspasan el alma, que despiertan nuevos sentimientos, que nos ponen en una dinámica distinta, que eso sea el evangelio hoy para nuestra vida

 



Hay miradas que nos traspasan el alma, que despiertan nuevos sentimientos, que nos ponen en una dinámica distinta, que eso sea el evangelio hoy para nuestra vida

1Samuel 17, 32-51; Salmo 143; Marcos 3, 1-6

No siempre miramos de la misma manera ni nos fijamos en las mismas cosas; hay ocasiones en que sentimos curiosidad por lo que pasa o sucede en nuestro entorno y queremos saber, queremos conocer, queremos recibir noticias de cuanto sucede; pero también sabemos que la curiosidad puede ser malsana, y no solo por la búsqueda del chascarrillo, de los comentarios que se suscitan, sino porque quizás no somos sinceros en nuestro corazón, porque vamos con prejuicios, vamos prevenidos para resaltar lo que no nos gusta o lo que pueda destruir la buena voluntad de otros.

Pero hay miradas suplicantes, porque quisiéramos otra cosa, porque nos sentimos en necesidad, porque estamos lacerados por el dolor, porque los problemas nos agobian y estamos buscando cómo salir de esas situaciones, como cambiar, cómo encontrar una paz que nos falta en el corazón.

Pero está también la mirada de la comprensión, de la misericordia, la mirada de la mano tendida no para pedir sino para ofrecer, la mirada que se hace compañía, la mirada que ofrece paz y quien la recibe se siente sanado por dentro. Son miradas que reparten vida, son miradas reconfortadoras, son miradas confortables que quien las recibe se siente transformado, pero quien las ofrece siente una satisfacción honda en su corazón.

Miradas también que nos traspasan el alma, que se convierten en denuncia, que quieren despertar nuevos y mejores sentimientos pero que algunas ven que no lo logra y de alguna manera se siente defraudado. Podríamos seguir describiendo muchas más miradas, pero ante este evangelio de hoy detengámonos aquí.

Y miremos ahora nosotros todo el conjunto de personas que se mueven en este episodio por decirlo de alguna manera. Desde aquellos que están al acecho a ver lo que hace Jesús, porque saben bien lo que allí se van a encontrar todos, pero ellos quieren acabar con Jesús, al final se hablará incluso de confabulaciones para quitar de en medio a Jesús.

Pero allí en medio está aquel hombre enfermo, algunos casi no lo ven, pasa desapercibido para la mayoría por su misma situación de la que muchas quizás querrían alejarse. ¿Cuál era sin embargo la mirada de aquel  hombre en medio de todos los que le rodean sabiendo además que allí está el nuevo profeta de Galilea, como lo ven algunos?

Y está la mirada de Jesús, de su corazón brota la compasión y la misericordia, para Él no puede pasar desapercibido aquel hombre enfermo ni tampoco pasar por el lugar sin que nada suceda, porque donde hay amor brota espontánea la compasión y la misericordia. Pero el actuar de Jesús provocará también controvertidas reacciones. Porque además es sábado y hay que guardar la ley del descanso sabático.

¿Habrá de verdad evangelio en esos momentos y a través de ese episodio? Una buena nueva de salvación va a quedar anunciada, aunque no todos la sepan comprender. Por eso incluso en medio de la misericordia que se desborda del corazón de Cristo aparecen sentimientos de desencanto porque no todos saben leer esa buena noticia que Jesús quiere dejarles.

Pero no nos quedamos en el episodio y en el hecho de aquel tiempo, sino que tenemos que mirarnos a nosotros, o mejor dejarnos mirar por Jesús. ¿Qué es lo que va a encontrar en nuestro corazón? ¿Habrá en verdad sintonía en ese cruce de miradas entre Jesús y nosotros?

Porque quizás también nosotros en muchas ocasiones nos ponemos a mirar para otro lado, no queremos mirar la cruda realidad de sufrimiento que puede haber en nuestro derredor, pero también nos desentendemos y vamos a lo nuestro pareciendo que nuestras preocupaciones son las más importantes. La mirada de Jesús fue dura para aquellos fariseos que estaban allí al acecho y no fueron capaces de sintonizar con una buena noticia que les traía Jesús también para sus vidas. Aunque en Jesús siempre será permanente la mirada del amor, la misericordia y la compasión.

¿Estará tocando la fibra de nuestro corazón de alguna manera este evangelio de hoy? ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar con nuestra mirada y con la oferta de nuestro corazón?


lunes, 5 de enero de 2026

La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros, será siempre una mirada de amor

 


La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros, será siempre una mirada de amor

1 Juan 3,11-21; Salmo 99; Juan 1,43-51

Una mirada nos habla, una mirada puede decirnos muchas cosas; puede sorprendernos en el hecho de que alguien se fije en nosotros, puede ser una señal de oferta de amistad, de decirnos que sus puertas están abiertas, pudiera ser de reprobación o simplemente decirnos que no se está de acuerdo con nosotros o nuestra manera de actuar; algunas veces rehuimos la mirada aunque también hay quien mantiene la mirada en cierto modo desafiante porque no queremos sentirnos mirados, nos puede parecer que se están entrometiendo en nuestras cosas y queremos mantener nuestra reserva o porque la rechazamos sin más; siempre sin embargo habitualmente queremos mirar a los ojos de aquel con quien hablamos, porque más que sus palabras sus ojos pueden llegar a decirnos muchas cosas; muchas mas cosas podríamos decir y ya hemos recordado en estos días la mirada de Dios sobre nosotros que es siempre bendición.

Me ha surgido esta reflexión introductoria desde lo que ahora hemos escuchado en el evangelio. Son aquellos primeros momentos en el evangelio de Juan en que van surgiendo los primeros seguidores de Jesús que van a ser sus primeros discípulos. Tras aquella búsqueda de Andrés y Juan después de señalarles el Bautista a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pronto será Simón al que Jesús ya desde el principio llamará Pedro el que por la invitación de su hermano Andrés se acercará a Jesús.

Será Felipe el que es invitado por Jesús a seguirle pero que pronto se convierte en apóstol porque al encontrarse con Natanael hará todo lo posible por llevarlo también a Jesús. Hemos encontrado al Mesías, le decía Andrés a su hermano y ahora Felipe le dirá a Natanael que han encontrado aquel de quien hablan Moisés y los profetas. Aun con la resistencia de Natanael por ser de un pueblo vecino a Nazaret, llegará a los pies de Jesús. ‘Aquí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’ le dirá Jesús y se sorprenderá porque sin conocerle – eso al menos piensa – hace esa afirmación de su rectitud. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.’, le replicará Jesús y surgirá una hermosa confesión de fe que a todos nos sorprende. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Mayores cosas veréis termina diciéndole Jesús.

‘Cuando estabas debajo de la higuera, te vi’, muchas son las elucubraciones y las explicaciones que hemos querido darle a estas palabras de Jesús. Yo me quedo con esa mirada de Jesús. ‘Te vi’. La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros. Muchos serán los momentos del evangelio que nos hablen de esa mirada de Jesús. Siempre, como es la mirada de Dios, será una mirada de amor. Mirada que nos ve en lo más hondo de nosotros mismos, que se hace comprensión y regala perdón, que se convierte en aliento y en estímulo para el confiar y seguir caminando, que es mano tendida que nos levanta y nos invita a reiniciar una y otra vez el camino a pesar de los tropiezos e incluso de las caídas, es silencio que derrama lágrimas a nuestro lado mezclándose con nuestras lágrimas, pero es paño de consuelo que alivia nuestras angustias y desazones. Nos sentimos mirados porque nos sentimos amados y quien así nos mira querrá siempre lo mejor para nosotros.

¿Aprenderemos a que sean así también nuestras miradas? ¿Desterraremos para siempre las miradas airadas y con resentimientos? ¿Arrancaremos de cuajo las miradas envidiosas y las que siembran la cizaña de la desconfianza? ¿Pondremos colirio en nuestros ojos para que nuestras miradas sean siempre límpidas y sepamos siempre resaltar lo bueno de los demás? ¿Purificaremos las miradas de la pasión y de la ambición para caminar siempre con un corazón henchido de amor en nuestras manos?


lunes, 7 de abril de 2025

No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud de perdón que ofrezcamos

 


No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud de perdón que ofrezcamos

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

Alguna vez nos hemos encontrado a nosotros mismos haciendo dibujitos en lo que tengamos a mano, ‘pintando machanguitos’; estamos como distraídos de nuestro entorno más cercano, ensimismados en nuestros pensamientos, con la mente quizás muy lejos de donde físicamente estamos, pero son momentos de relax, de pensar, de darle vueltas a las cosas, de abstraernos de lo que nos rodea, de estar oyendo sí pero no escuchando, no prestando atención porque nosotros estamos en la nuestro. Hasta que en un punto despertamos, sí, como si saliéramos de un sueño tratamos de situarnos donde estamos.

¿Momentos quizás para tomar decisiones, para pensarnos las cosas, para emprender con empuje algo nuevo, para decir una palabra quizás llena de sabiduría que ni nosotros mismos habíamos pensado? Algo paradójico lo que nos puede suceder. Momentos y silencios que necesitamos en la vida.

¿Nos quedaremos así ante el evangelio? Hay ocasiones en que es tal la novedad que se nos presenta que de alguna manera nos quedamos paralizados hasta darnos cuenta de la profundidad del mensaje. Y es que el evangelio no nos lo podemos tomar a la ligera; no podemos decir nunca, eso ya lo sabía. Cada página del evangelio tiene el  olor y el sabor de lo nuevo cada vez que nos acercamos a ella, la leemos o la escuchamos. Y aunque un texto lo hayamos leído o escuchado en el día anterior e incluso lo hayamos meditado, cuando lo escuchamos de nuevo, si lo hacemos con fe, vamos a encontrar siempre la novedad que es el evangelio, porque siempre es noticia de algo para nosotros, siempre es buena noticia que quiere llegar al corazón, a lo más hondo de la vida y nos producirá interrogantes, nos abrirá caminos, nos dejará el sabor del vino nuevo.

Hoy estamos acercándonos de nuevo a una página que ya escuchamos ayer en el quinto domingo de la cuaresma. Hoy la liturgia nos la vuelve a presentar, pero para nosotros no puede representar una repetición que ya damos por sabida. Como hacíamos referencia en la introducción a este comentario Jesús parece que se queda como abstraído cuando en medio de la predicación le traen a aquella mujer con las acusaciones del adulterio y las condenas que a las mujeres adúlteras se les aplicaban; y Jesús no dice nada, se queda en silencio, como nos dice el evangelio haciendo dibujitos en el suelo. Le apremian aquellos que están pronto para la condena, pero Jesús está en silencio; parece que no tiene prisa. ¡Cuántas prisas nos damos sobre todo cuando queremos quedar por encima de los otros, cuando queremos ganar nuestra partida sea como sea!

Solo una palabra saldrá de la boca de Jesús en consonancia con lo que había venido haciendo siempre poniendo siempre la misericordia por encima de todo. No invoca directamente la misericordia aunque está en el trasfondo sino que interroga con su mirada. ¿Quién es el que no tiene pecado y se atreve a tirar la primera piedra? Y ahora el silencio se hace más denso, mientras uno a uno todos aquellos acusadores se van escabullendo empezando por los mayores, a los que se les pediría quizás mayor sensatez.

Y en ese silencio, solos la mujer aun tirada por los suelos y Jesús también agachado en el suelo con sus dibujitos, comienza a refulgir del todo la luz de la misericordia. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco… vete en paz y no peques más’.

Es el sabor del vino nuevo que ahora estamos saboreando. Ha aparecido sobre la tierra la misericordia del Señor. Es la esperanza de los pecadores que no siempre todos llegan a comprender. ‘Vuestro maestro come con publicanos y pecadores’, les decían los fariseos a los discípulos de Jesús. Tiene que sonar fuerte el evangelio de este día y esas palabras finales de Jesús.

Los hombres decimos tantas veces que perdonamos pero seguimos guardando el recuerdo del pecado de aquel pecador. Como si aun siguiéramos con la costumbre de poner un cartel sobre la cabeza del pecador aunque se hubiera arrepentido para seguirle recordando que cometió tal atrocidad. Es lo que seguimos haciendo en nuestra sociedad. Cuidado que los cristianos nos contagiemos de esas costumbres y posturas que seguirán produciendo dolor y amargura; cuidado el daño que podemos hacer, el daño que puede hacer la iglesia también cuando se deja contagiar por esas posturas.

No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud con que nosotros nos acerquemos a los demás ofreciendo siempre generoso perdón.

miércoles, 22 de enero de 2025

No pasemos de largo volviendo nuestra mirada para otro lado para no ver, en esa mirada tiene que estar la mirada de Jesús que nos llega al corazón

 


No pasemos de largo volviendo nuestra mirada para otro lado para no ver, en esa mirada tiene que estar la mirada de Jesús que nos llega al corazón

Hebreos 7,1-3.15-17; Salmo 109; Marcos 3,1-6

¿Necesitamos también unas medidas, unos pesos, unas reglas para contabilizar el bien que vamos haciendo? Ante esta pregunta seguro que todos responderán con aquello de ‘haz bien y no mires a quien’, que cuando hacemos una cosa buena es porque nos sale del corazón y ponemos todo nuestro amor en lo que hacemos. Es cierto, no lo niego, pero tras esos pensamientos siempre pueden aparecer algunas sombras, no somos tan generosos como decimos, y en más de una ocasión habremos echado en cara a alguien todo lo que hemos hecho por él y siempre no encontramos correspondencia.

Me viene a la mente el recuerdo de cuando con la más buena voluntad del mundo nos insistían mucho en los actos piadosos que pudiéramos hacer y que serían como punto en el carné de nuestra vida cristiana, las misas a las que asistimos, las novenas en las que participamos, las procesiones a las que íbamos ya fuera en la fiesta ya en semana santa, las cofradías a las que nos habíamos apuntado, los primeros viernes de mes que ya nos valían para tener una salvación segura.

Quizás fueron momentos de fervor y religiosidad y se pretendía que tuviéramos como muy importante todo lo que fuera el culto que le diéramos a Dios, pero en nuestra manera de hacer cuentas ya estábamos haciendo la lista de todo lo que habíamos hecho. Pero ¿nos podemos quedar solo en eso? ¿La vivencia del Reino de Dios no tendría que manifestarse en muchas mas cosas? Porque además no se trata de sustituir una religión por otra. Algo más hondo tiene que ser el seguimiento de Jesús.

Me han venido a la mente todas estas consideraciones desde el hecho que se nos relata hoy en el evangelio. Hemos venido viendo últimamente las cuestiones que le planteaban a Jesús en relación a lo del descanso sabático. Hoy nos aparece otra situación similar. Jesús va a la sinagoga y allí hay un hombre con una mano paralizada. Ya todos conocían la reacción de Jesús ante el dolor y el sufrimiento. Además Jesús quería mostrar con lo que hacía las señales del Reino de Dios que se estaba haciendo presente entre ellos. Pero como siempre hay alguien al acecho porque es sábado y curar a alguien era considerado como un trabajo.

Jesús tiene claro cual es su misión y lo que tiene que realizar. Nada le acobarda. De ahí la pregunta que Jesús les hace: ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’. El bien de la persona tiene que estar siempre por encima de todo. Y es lo que Jesús realiza. ‘Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: Extiende la mano. La extendió y su mano quedó restablecida’.

¿Estaremos nosotros por esa labor? Cuántas veces pasamos de largo en los caminos de la vida volviendo nuestro rostro para otro lado para no enfrentarnos a esos que nos miran desde su necesidad. No nos gustan esas miradas, decimos muchas veces, pero no nos gustan porque nos llegan al alma, allí donde tendríamos que tomar una decisión y no la tomamos. Prueba a ver en esa mirada los ojos de Jesús que te están mirando. Recordemos lo que El nos dice que cuando hagamos al otro a El se lo hacemos. Si comenzáramos a hacerlo así, otro sería el mundo que estamos construyendo.

 

sábado, 15 de enero de 2022

Algo tenía la mirada de Jesús que ante su palabra Leví se levantó de su garito para emprender nuevos caminos con los discípulos de Jesús

 


Algo tenía la mirada de Jesús que ante su palabra Leví se levantó de su garito para emprender nuevos caminos con los discípulos de Jesús

1Samuel 9, 1-4. 17-19; 10, 1ª; Sal 20; Marcos 2, 13-17

¿Qué es lo que miramos en el otro cuando en la vida nos vamos encontrando con diferentes personas? Si nos ponemos a pensar ahora un poquito y queriendo quedar bien diremos quizás muchas cosas bonitas de cómo nosotros miramos a la persona por encima de todo; pero reconozcamos que esto se nos puede quedar en palabras bonitas, porque la realidad de lo que hacemos habitualmente es bien distinta.

¿Nos quedamos en su apariencia? ¿Nos quedamos en esa primera impresión que recibimos cuando nos hemos encontrado con esa persona? Acaso nos estamos dejando influir por lo que de ese tipo de personas – y ya estamos catalogando – se pueda decir o se pueda comentar; las apariencias nos influyen pero también lo que parece estar en la opinión de todos; es difícil abstraernos de ese halo que muchas veces se forma en torno a las personas con que nos vamos encontrando, para tratar de fijarnos en algo más fundamental.

El vecino es así, porque es de esa familia y ya sabemos lo que siempre se ha dicho de esa gente; aquel que vemos quizás mal vestido, ya fácilmente lo ponemos en el grupo de los indeseables; el otro que vemos rodeado de ciertos amigos o de ciertas personas, ya estamos diciendo que todos son iguales y dime con quién andas y te diré quien eres. Y así podríamos seguir diciendo muchas cosas. Claro que por ahí anda también aquello de que las cosas se ven según el color del cristal con el que miremos; que será el color o serán las legañas de nuestras torcidas intenciones.

No eran esos los criterios del actuar de Jesús. Va rompiendo moldes. Al pasar vio a Leví sentado en el mostrador de los impuestos. Según el criterio común de la gente era un indeseable, colaborador del poder opresor de los romanos al recaudar impuestos para ellos, y además con fama de usureros y ladrones por su manejo de los dineros y las riquezas acumuladas. Los llamaban los publicanos, algo así, como los pecadores públicos. Aquellos que se consideraban puros y justos con ellos no se mezclaban.

Pero Jesús se detiene ante aquella garita e invita a Leví a seguirle para ser uno del grupo de sus discípulos más cercanos. El escándalo estaba servido. ¿Cómo se mezclaba Jesús con publicanos y pecadores? Porque además se había celebrado un banquete donde estaban sentados a la mesa todos juntos. Por aquí andan los escribas y los fariseos con sus comentarios. ‘¿Por qué come con publicanos y pecadores?’

A Jesús no le importaban aquellos comentarios. Así algún día le reconocerán que es veraz y no le importa lo que puedan decir los demás. Pero es que Jesús además miraba otra cosa. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores’. Jesús había mirado a Leví, a la persona, y para Leví se le abrió otro horizonte, un horizonte de nueva vida, un horizonte de misericordia, un horizonte de compartir fraterno. Había otras posibilidades, había otros caminos que se estaban abriendo bajo sus pies.

Con la mirada turbia de los fariseos es difícil que podamos ayudar a alguien a que se le abran otros horizontes en su vida. Qué importante la mirada con que nosotros miremos a aquellas personas con las que nos vamos encontrando en el camino; demasiadas veces es de indiferencia, muchas veces es una mirada fría, muchas veces es una mirada juzgadora; quien se siente mirado así puede perder la ilusión por caminar, por levantarse, por emprender otras sendas.

Intentemos que nuestra mirada sea siempre estimulante, de ánimo, sembradora de esperanza, que abra caminos, que le digamos a la persona que confiamos en ella, que llegue al corazón para que la persona también comience a creer en si misma, para que se sienta con ánimo de emprender otros vuelos.


lunes, 25 de octubre de 2021

Una mirada, un prestar atención a quien pasa desapercibido, un valorar con un detalle a quien no es tenido en cuenta, puede hacer recuperar la dignidad perdida de la persona

 


Una mirada, un prestar atención a quien pasa desapercibido, un valorar con un detalle a quien no es tenido en cuenta, puede hacer recuperar la dignidad perdida de la persona

Romanos 8,12-17; Sal 67; Lucas 13,10-17

¿Por qué se fijó en mí? Yo estaba queriendo pasar desapercibido en medio de la gente; además no soy tan importante para que se fijen en mí. Pero parecía que me buscaba porque en medio de todo lo que sucedía se dirigió a mí como si me hubiera conocido de toda la vida. Me sentí sorprendido, porque además parece que sabía más de mí de lo que yo podía imaginar…

Las impresiones quizás de alguien que se ve sorprendido cuando quiere pasar desapercibido; la sorpresa porque además fue como un levantarlo y de alguna manera se le dio la importancia que realmente tenía aunque pasara desapercibido para los demás. Cómo en cierto modo nos sentimos halagados cuando somos tomados en consideración y parece que todo lo que otros habían querido anular ignorando a la persona ahora se ve notablemente restablecido.

Fue necesario que alguien prestara atención y se fijara para comenzar a tener en cuenta a aquella persona. Y la persona se siente elevada en su interior, se siente como con mayor dignidad porque se le tiene en cuenta, porque alguien se ha fijado en ella. Vamos por la vida y no prestamos atención a aquellas personas con las que nos cruzamos; solamente una mirada o una sonrisa podría haber hecho que aquella persona se sintiera valorada en su dignidad, se restableciera en ella su orgullo de persona tenida en cuenta.

Jesús no pasaba al lado de las personas ignorándolas; Jesús se detenía junto a aquel que nadie valoraba y le daba la mano para levantarse. Recordemos el ciego de las calles de Jerusalén, el paralítico de la piscina, a Zaqueo escondido entre las ramas de la higuera; si nos vamos fijando en las páginas del evangelio encontraremos muchas más ocasiones.

Ahora al entrar en la sinagoga se ha fijado en aquella pobre mujer encorvada, quizás medio oculta en un rincón entre la gente y en la que nadie se habría fijado; o estaban acostumbrados a verla que parecía como si fuera natural lo que le sucedía a aquella mujer y ya nadie le prestaba atención. Pero Jesús se detiene, la mira, la llama, la hace ponerse en el centro de aquella asamblea. Lleva un montón de años en aquella situación – diez y ocho años comentará el evangelista - y nadie se había fijado en ella, nadie se había preocupado por ella.

Y aquella mujer se ve restablecida en su dignidad solamente con que Jesús se haya fijado en ella y la pusiera en medio. Para que todos se fijaran, era una mujer y una mujer enferma, nunca hubiera estado en el centro de la asamblea haciendo que la gente se fijara en ella. Incluso era menospreciada cuando el jefe de la sinagoga diga que no vengan en sábado para que Jesús los cure sino en otro día para no saltarse el descanso sabático. Era una forma quizás de querer poner a los que se encontraban en la situación de aquella mujer en un segundo plano. Pero solamente con eso, con que Jesús la pusiera en medio, ya se sentía curada, porque se sentía restablecida en su dignidad; Jesús se referirá a ella como una hija de Abraham. Pero además Jesús la curó de su enfermedad.

En otros aspectos podríamos fijarnos también en este pasaje en referencia al tema del descanso del sábado que se tomaban con tanto rigor y que Jesús les desmontará haciendo que nos fijemos más en la persona que en la letra de la ley que tomada así lo que hace es esclavizar. Pero ya es importante que aprendamos de Jesús a fijarnos en las personas, a restablecer la dignidad de las personas con nuestro aprecio y consideración, cómo una mirada puede levantar un ánimo caído y una sonrisa despertar una esperanza en el corazón.

sábado, 16 de enero de 2021

Como Jesús hemos de aprender a mirar para saber llegar al fondo del alma y comenzar a creer en los otros, perder los miedos a mirar y hacer desaparecer las desconfianzas

 


Como Jesús hemos de aprender a mirar para saber llegar al fondo del alma y comenzar a creer en los otros, perder los miedos a mirar y hacer desaparecer las desconfianzas

 Hebreos 4,12-16; Sal 18;  Marcos 2,13-17

Vamos de paso o vamos de paseo, pero  no terminamos de ver, no miramos ni contemplamos. Y se nos pueden pasar las cosas desapercibidas. Pero quizá lo de menos sea que se nos pasen las cosas desapercibidas aunque tendríamos que tener espíritu contemplativo para observan tantas maravillas con las que nos podemos ir encontrando. Lo más grave quizás sea que pasemos de largo y no veamos a las personas, nos pasen desapercibidas.

Pero nuestra mirada no puede ser superficial ni solamente externa; tendríamos que ahondar más, se capaces de mirar a los ojos y a través de los ojos llegar al alma, llegar a contemplar y comprender lo que hay en el corazón de cada persona con la que nos vamos cruzando. Es difícil pero nos llevaríamos grandes sorpresas, porque podríamos encontrar cosas bellas, podríamos encontrarnos maravillosos valores en esas personas, que sí se nos han pasado desapercibidos.

Hoy el evangelio nos habla de que Jesús iba de paso para la orilla del lago; allí se detuvo a charlar con la gente, a hacer el anuncio del Reino; era su constante en aquellos momentos, pues aún estaba haciendo el primer anuncio invitando a seguirle, invitando a convertirse, a cambiar los corazones, que exigiría quizá también otros cambios más profundos en la vida de las personas.

Pero Jesús estaba atento a todo; El no pasaba simplemente de largo. Por eso nos dice el evangelista que al pasar se fijo en Leví, el recaudador de impuestos, que estaría allí en su garita o detrás de su mesa, o sentado en un banco de la plaza, pero que estaba en su oficio. Pero Jesús se fijó en él y lo invitó a seguirle. Era una interpelación directa que pareciera que no permitía ninguna otra respuesta. ‘Sígueme’, y aquel hombre lo siguió, se levantó y se fue con Jesús y llevó a Jesús a su casa.

Son esas miradas de Jesús y esas palabras que interpelan y que parece que exigen pero que son una invitación al amor, a ser capaces de despojarse de muchas cosas. Leví estaba en su oficio, en su negocio; porque la tarea de recaudador de impuestos era un negocio, tenía sus ganancias, porque probablemente el hecho de manejar muchos dineros hiciera que también se convirtiera en prestamista; lo podemos deducir de otros momentos del evangelio. Tenía su negocio montado y su vida asegurada.

Y ahora Jesús le invita a algo nuevo que es una incertidumbre porque no sabemos a qué derroteros nos puede llevar el seguimiento de Jesús. Pero con en un buen negocio, aunque se desprendiera de todo, él se arriesgó y se fue con Jesús. Y vaya si acertó. Se le veía contento porque ofreció un banquete a Jesús y sus discípulos y también a sus amigos de profesión. Jesús había mirado el corazón de Leví y en contra de todo lo que otros pudieran pensar sabía cuales eran sus valores y a lo que estaba dispuesto.

¿Seríamos nosotros capaces de poner nuestra vida en un riesgo ante una invitación semejante a la que recibió Leví en aquella mañana? Claro que tendríamos que dejarnos mirar por Jesús y El llegue al fondo de nuestro corazón. Como nosotros tenemos que aprender a mirar a los demás para saber llegar al fondo del alma de los demás y comenzar a creer en los otros. Perder los miedos a mirar y hacer desaparecer las desconfianzas. No nos atrevemos muchas veces a mirar porque vamos ya llenos de prejuicios, nos hacemos nuestra idea y no confiamos en los demás. Por eso no miramos, pero tampoco nos dejamos mirar. Nos contentamos con ir de paso pero sin contemplar las grandezas del alma de todos aquellos con los que nos vamos encontrando.

En aquella ocasión había algunos que desconfiaban. Por allá andaban diciendo los fariseos y los letrados cómo se atrevía Jesús a comer con aquella gente si eran unos pecadores. Habían hecho su juicio y su condena de antemano. Cosa que Jesús nunca hará, porque siempre está presente la misericordia del Señor y aunque haya enfermedad, aunque haya pecado, siempre se puede alcanzar la curación porque siempre se puede alcanzar el perdón. Jesús es el médico que viene a curar y viene a salvar.

sábado, 29 de febrero de 2020

Jesús es el que quiere contar también contigo y conmigo, no importa que seamos pecadores, porque El nos pone en camino de vida nueva y nos enseña a tener una nueva mirada


Jesús es el que quiere contar también contigo y conmigo, no importa que seamos pecadores, porque El nos pone en camino de vida nueva y nos enseña a tener una nueva mirada

 Isaías 58, 9-14; Sal 85;  Lucas 5, 27-32
Hay momentos en los que necesitamos tiempo para llegar a comprender y asumir algo que nos sucede o algo que contemplamos en lo que acontece a los demás. Las prisas y carreras con que vamos por la vida no nos ayudan a interiorizar, a rumiar los acontecimientos y es por lo que muchas veces somos superficiales en nuestras apreciaciones, nos dejamos arrastrar por lo que dice la gente, por una primera impresión o por los prejuicios que tengamos. Nos sucede mucho más de lo que somos capaces de reconocer; y no lo reconocemos precisamente por esa superficialidad con que nos tomamos la vida.
La mayor o menor cercanía ideológica que tengamos con las personas nos lleva a aceptar o a rechazar sus planteamientos e incluso su vida; cuando no son de nuestra cuerda y vamos cargados de prejuicios fácilmente descartamos las ideas que nos presente o su forma de actuar y terminamos en muchas ocasiones queriendo desprestigiar al que consideramos un oponente. No somos capaces de ir más allá de una apariencia que nos pueda presentar o de los prejuicios que nosotros llevamos para descubrir lo bueno y lo positivo que nos pueda ofrecer. Cuánto vemos de ese tipo en la vida social, en la lucha política y cuanto desperdiciamos lo bueno que cada uno podría aportar para entre todos hacer que las cosas funcionen mejor.
Un poco de todo esto sucedía en aquel momento con lo que estaba sucediendo según nos cuenta el evangelio. Jesús al pasar por delante del mostrador de los impuestos donde estaba Leví cumpliendo su función se detuvo para invitar al publicano a seguirle. Se desató la tormenta. ¿Cómo se le ocurre a éste invitar a un publicano para formar parte del grupo de sus compañeros, de sus amigos? Se estaban ya preguntando por allá los fariseos y los escribas. En los criterios que a ellos les guiaban no cabía en la cabeza de nadie que una persona de tal calaña pudiera formar parte del grupo de quien se presentaba como profeta en Israel. ¿O quizá porque había esa visión profética no sería este un signo claro de un mundo nuevo que Jesús llamaba Reino de Dios?
La mirada de Jesús no es mezquina como suele ser nuestra mirada. Ni se deja influir por las apariencias externas ni quiere juzgar el corazón del hombre desde unos prejuicios constituidos. Es una mirada nueva la de Jesús que nos enseña a nosotros a mirar también. Es la mirada de quien quiere contar con la persona, de quien valora cuanto de bueno hay siempre en el corazón del hombre, es la mirada también de quien tiende la mano sea a quien sea para invitarle a levantarse, a cambiar, a emprender una nuevo camino o una nueva tarea. ¿Aprenderemos a tener nosotros una mirada así?
Ya sabemos todo lo que sigue. Leví se levantó de su garita y se fue con Jesús, es más, hace un banquete como para celebrar aquel encuentro con Jesús en el que están invitados también sus amigos de siempre además de Jesús y los discípulos. Ya sabemos las murmuraciones de lo que se consideraban justos y no les cabía en la cabeza que su pudiera comer con publicanos y pecadores.
Pero Jesús es el médico que viene a curarnos y a darnos vida siempre. Jesús es el que viene y quiere también contigo y conmigo, no importa que seamos pecadores, porque El nos sana, porque El nos pone en camino de vida nueva, porque El transforma nuestro corazón al tiempo que nos enseña a tener una nueva mirada.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno y nos encontraremos a Dios caminando a nuestro lado


Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno y nos encontraremos a Dios caminando a nuestro lado

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal. Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4
Es cierto que vamos caminando con los ojos abiertos, de lo contrario iríamos tropezando con todo y con todos, pero también hemos de decir, aunque parezca contradicción, que no siempre vamos con los ojos abiertos y suceden cosas delante de nosotros y ni las vemos ni nos enteramos.
Es mirar, prestar atención, detenernos, darnos cuenta del detalle o del gesto; no nos quedemos en una mirada superficial y ligera donde paseamos los ojos por todos lados pero al final no vemos nada. ¿Te diste cuenta de aquel detalle? Nos dice el que va con nosotros que sí ha sabido observar y se fijó en un detalle al que nosotros no prestamos atención. Pasan desapercibidos delante de nuestros ojos y no los vemos.
Ya sé que me vais a decir que hay muchos que se fijan en todo, que todo lo están observando para criticar, para ver lo malo o la segunda intención, pero yo te digo no mires con mirada turbia, porque algunas veces, es cierto, la maldad que llevamos en el corazón se convierte en persiana delante de los ojos para dejarnos ver solo lo que nos interesa desde nuestra maldad. Sin embargo hay tantas cosas hermosas que nos pasan desapercibidas; nuestros ojos se han ido entumeciendo y ya no nos permiten ver esas cosas tenues pero bellas que si nos fijamos en ellas tienen bello resplandor.
Hoy el evangelio nos habla de que Jesús estaba cerca de la entrada del templo y levantando los ojos vio a cuantos iban entrando y como estaba cerca el cepillo de las limosnas no podía menos que observar la ostentación con que algunos echaban sus limosnas, pero esos oropeles no le impidieron ver a una mujer sencilla, una pobre viuda que echó solo dos reales porque era lo que tenia. Aquella mujer hubiera pasado desapercibido, como realmente lo fue para la inmensa mayoría, frente a los sonidos tintineantes de las monedas que echaban los ricos o de los que hacían ostentación, que además querían hacerse notar.
Normalmente siempre destacamos, como lo hace el mismo Jesús, en este evangelio la generosidad y desprendimiento de aquella pobre mujer que echó cuanto tenía para vivir. Diríamos que en principio es el primer mensaje del evangelio de este día, pero como siempre decimos, con una lectura atenta podemos descubrir algo más. Y es en lo que hoy nos fijamos, la mirada de Jesús que nos enseña para nuestras miradas.
Porque hay tanto detalles en la vida que pueden ser Buena Nueva para nosotros, evangelio para nuestra vida, porque nos enseñan a vivir, nos abren los ojos para amar, nos ponen en una disposición distinta cuando nos hacen salir de nosotros, de nuestros anhelos, de nuestras preocupaciones y agobios para ver algo nuevo, para descubrir una nueva actitud, o para hacernos notar una nueva manera de mirar que hemos de tener en la vida.
Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno; abramos los ojos para ver más allá de las apariencias y poder descubrir el corazón de las personas; abramos los ojos llenos de luz para ver lo bueno, para llegar a descubrir que siempre en toda persona hay algo bueno, en toda persona puede florecer el amor, aunque si nos quedamos en lo externo solo veamos hojarasca y espinas; abramos los ojos para descubrir también el sufrimiento que muchos llevan calladamente en su corazón y necesitan el bálsamo de un corazón amigo que camine a su lado y podemos ser nosotros. Abramos los ojos y nos encontraremos a Dios en los que caminan a nuestro lado y en cuanto sucede en torno nuestro.

martes, 20 de noviembre de 2018

No sigamos deprisa con nuestras locas carreras que alguien puede estar esperando detrás de las ramas de una higuera que me detenga junto a él


No sigamos deprisa con nuestras locas carreras que alguien puede estar esperando detrás de las ramas de una higuera que me detenga junto a él

Apocalipsis 3,1-6.14-22; Sal 14; Lucas 19,1-10

‘Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’. Atravesaba Jesús Jericó camino de Jerusalén. Mucha gente había salido a su encuentro porque todos querían estar cerca de él, querían verle, querían escucharle, acaso incluso tocarle el manto. Nadie se había quedado en su casa. Todos se aglomeraban allí por donde había de pasar El.
Aquel hombre también había salido en su curiosidad abandonando por un rato su garita de cobrador. Quería pero no podía. La gente se lo impedía. No era solo que fuera bajo de estatura y quedando detrás de la gente no podría ver, sino que nadie quería que él se interpusiera ni dejar que estuviera a su lado. Como cobrador de impuestos era repudiado por todos, publicano lo llamaban, lo consideraban un pecador y no era digno de estar en medio de ellos. Además se consideraba un colaboracionista con el poder extranjero que los cargaban de impuestos. No le había quedado más remedio que subirse a una higuera, así no molestaba a nadie porque con nadie se mezclaba y en su poca estatura era el mejor sitio para ver pasar a Jesús.
Pero Jesús se había detenido delante de la higuera. Qué suerte pensaría él que si podía verlo con mayor detenimiento oculto entre las hojas de la higuera. Pero Jesús se había acercado a la higuera y se había dirigido a él. ‘Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’. No se lo podía imaginar. Era a él. Jesús se le había quedado mirando y le había tendido la mano para ayudarlo a bajar. Sorpresa y alegría.
Ya sabemos todo lo que sucedió después, porque muchas veces hemos escuchado este episodio y en él hemos meditado. ‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa’, proclamaría más tarde Jesús.
¿Por qué podía decir Jesús esas palabras? Pensamos en la decisión de Zaqueo, el cambio que había dado su vida, desde el momento en que Jesús se había querido alojar en su casa. Estaba dispuesto a todo, a devolver cuatrimultiplicado y a repartirlo entre los pobres, como aquello que Jesús había sugerido en otro momento, ‘asi tendrás un tesoro en el cielo’.
Pero ¿por qué podía decir Jesús esas palabras? La decisión de Zaqueo había llegado, porque antes Jesús había ido a buscarle, se había acercado a él, quería hospedarse en su casa. Como ahora está de moda decir, había ido Jesús a las periferias. No se había quedado Jesús en aquella gente entusiasmada de Jericó, sino que se había acercado al que nadie quería, al que era despreciado por todos, del que todos pensaban mal, que había tenido quizá un corazón turbio cuando defraudando se había enriquecido, al que todos consideraban un pecador.
Todo había comenzado por Jesús aunque fuera necesaria también la colaboración del hombre en su búsqueda y en su respuesta. Jesús se había querido detener delante de la higuera, y Zaqueo no había vuelto la cara para otro lado, para pasar desapercibido o para no darse por enterado. Y las barreras se habían caído. Sería incluso mas tarde escándalo para muchos que se seguían considerando buenos y los puros. Ya conocemos las críticas de escribas y fariseos porque Jesús comía con publicanos y pecadores. Jesús había querido llevar la salvación a aquella casa, a la que todos consideraban quizá indigna, y allí se había encontrado la mejor respuesta. No había rehuido Jesús el encuentro en la casa de un pecador, sino que lo había buscado. A las periferias, como ahora se nos llena la boca de tanto decirlo. Calladamente sin mucho aspaviento, ni fotógrafos que dejaran la fotografía para el recuerdo.
¿Seríamos capaces nosotros de hacer algo así? ¿Detenernos en silencio junto a aquel que nadie quiere ni ayuda? ¿Seguiremos marcando distancias con ciertos sectores o con determinados individuos porque quizá pensamos que con ellos no merece la pena? Es admirable la respuesta de Zaqueo, pero quiero quedarme en el gesto de Jesús que tendría que saber repetir yo. Hay muchos escondidos detrás de muchas hojas de higuera que están necesitado que yo me detenga junto a ellos. ¿Seguiré de largo? No sigamos deprisa con nuestras locas carreras que alguien puede estar esperando que me detenga junto a él.

sábado, 29 de septiembre de 2018

Dejémonos sentir así mirados por Dios con su mirada de amor abriendo nuestro corazón a sus designios de amor cuando celebramos la fiesta de los Santos Arcángeles



Dejémonos sentir así mirados por Dios con su mirada de amor abriendo nuestro corazón a sus designios de amor cuando celebramos la fiesta de los Santos Arcángeles

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Una mirada puede ser en ocasiones algo decisivo en la vida. Alguna vez casi sin darnos cuenta presentimos que alguien nos está mirando, quizás nos sorprende, quizás sentimos como un reparo a que nos miren y quisiéramos ocultarnos, quizás nos agrade la sensación de paz que percibimos y que nos agrada porque parece que a nosotros nos llena de paz, otras veces nos interroga y parece como si se nos metiera en lo más hondo de nosotros descubriendo lo más intimo o lo más secreto que guardamos dentro de nosotros mismos.
Hay, es cierto, personas que hablan contigo y no te miran, otras veces somos nosotros los que rehuimos la mirada como queriendo ocultar algo, pero en el fondo nos agrada sentirnos mirados, o que cuando nos hablen nos miren a la cara, nos miren a los ojos. Sensaciones diversas pueden producirse en nosotros, pero también sentimos con agradecimiento esa mirada de estímulo que parece que nos está diciendo adelante, o una mirada puede ser que nos haga cambiar hasta la intención de lo que estamos haciendo y de alguna manera nos hace recomponer nuestras posturas o nuestra manera de ser o de hacer. Es más importante de lo que parece o de lo que queramos aceptar la mirada que recibimos de los demás, como importante puede ser los otros nuestra mirada.
¿Y las miradas de Jesús? sería una buena reflexión recorrer las páginas del evangelio fijándonos al detalle en la mirada de Jesús. Es un tema que me agrada y que muchas veces he reflexionado también. Hoy se nos habla de una mirada de Jesús en el evangelio que fue muy importante.
Felipe le había anunciado a Natanael que habían encontrado al anunciado por los profetas y esperado con tantas esperanzas hasta ahora nunca cumplidas por el pueblo de Israel. Y le señala en concreto a Jesús de Nazaret. No sin ciertas reticencias se acerca a Jesús, porque de Nazaret no puede salir nada bueno – rencillas y envidias de pueblos vecinos – y cuando se acerca Jesús se le queda mirándole. Y esa mirada de Jesús va acompañada de una alabanza. ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Saludo recibido con ciertas reservas por parte de Natanael. ‘¿De qué me conoces?’ Y Jesús le habla de una mirada. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi’.
Fueron suficientes esas palabras, pero también la sensación que había sentido porque en aquel momento, que no sabemos qué es lo que había sucedido, sin embargo se había sentido mirado. Una mirada de la que quizá entonces no se había enterado, pero saber que le habían mirado en aquellas circunstancias, le hizo cambiar totalmente su actitud. Le había hecho dar un vuelco total a su vida, a sus predisposiciones, a sus actitudes, y del rechazo del principio había nacido ahora una profesión de fe. ‘Rabí – le dice ya reconociéndolo como maestro -, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’  concluyendo con una hermosa confesión de fe’.
Qué importante había sido aquella mirada. Lo que expresábamos al principio, miradas que interrogan, miradas que penetran hasta lo mas hondo, miradas que nos transforman, miradas que nos hacen tener una nueva visión y nos abren un nuevo camino. Algunas veces somos conscientes, otras veces nos pasan desapercibidas, miradas que tenemos que aprender a recibir y apreciar, miradas de las que en ocasiones nos tendríamos que dejar llevar en lo que suscitan en nuestro corazón. Mucho podríamos seguir reflexionando.
Hoy queremos sentir la mirada de Dios sobre nosotros en esta fiesta que celebramos de los santos Arcángeles, san Miguel, san Rafael, san Gabriel. Podríamos atrevernos a decir siguiendo con nuestra reflexión precedente que de alguna manera son la mirada de Dios sobre nosotros. Misión de los Ángeles y de los arcángeles es hacernos sentir la presencia de Dios con la misión que nos confía y con las señales de su presencia que nos acompañan.
Mirada de Gabriel a María para trasmitirle la misión y el encargo que Dios le confiaba para hacerla su madre; mirada de Rafael a Tobías para ayudarle a encontrar los caminos de Dios, caminos que conducen siempre a la salvación; mirada de Miguel el arcángel que nos habla del poder y de la gloria del Señor que nunca podemos mancillar con nuestro pecado porque su presencia nos hace sentir la fuerza y el poder del Señor en nuestra lucha contra el mal y contra el pecado. Dejémonos sentir así mirados por Dios abriendo nuestro corazón a sus designios de amor.

martes, 10 de julio de 2018

Pidamos a Jesús que ponga luz en nuestros ojos y en nuestro corazón y aprendamos a mirar con una mirada distinta para ser capaces de sentir verdadera compasión en nuestro corazón



Pidamos a Jesús que ponga luz en nuestros ojos y en nuestro corazón y aprendamos a mirar con una mirada distinta para ser capaces de sentir verdadera compasión en nuestro corazón

 Oseas 8,4-7.11.13; Sal 113; Mateo 9,32-38

Necesitamos aprender a ir por la vida con una mirada limpia. Cuantas veces vamos caminando por la calle y llevamos los cristales de nuestras lentes empañados o manchados y nos cuesta ver con facilidad lo que sucede a nuestro alrededor; en esa hora en que el sol está bajo en horizonte, ya sea en la mañana o en el atardecer como vayamos caminando enfrente de la luz del sol nos quedamos como sin visión porque con los reflejos de la luz y las manchas que llevamos en nuestros cristales todo se nos vuelve borroso y no podemos distinguir con claridad ni los objetos más cercanos, ni los paisajes que embellecen nuestra naturaleza; en lugar de disfrutar de lo bello que nos rodea se nos entorpece nuestro caminar y nada nos parece agradable.
Así en la vida. La malicia mancha los ojos de nuestro espíritu y no solo nos impide ver lo bello que hay en la vida, sino que por contrario todo nos parece envuelto en esa maldad que sobre todo está en nuestro corazón. Los ojos del alma ven a través de nuestros malos deseos y todo se nos puede volver borroso y confuso. Por eso muchas veces lo que contemplamos lo vemos como negativo, y estamos siempre más prontos para ver malicias y maldades en los demás que las buenas acciones que realizan; incluso llegamos a tergiversar lo que hacen los demás, porque a nosotros nos puede parecer que solo lo hacen por interés, desde esos intereses mezquinos que nosotros llevamos en el alma.
Una mirada turbia así nos llena de insensibilidad y no llegaremos a captar el sufrimiento que pueda haber en tantos que nos rodean; nos envolvemos en nuestros propios sufrimientos como si fueran únicos y quejándonos siempre de que nadie comprende nuestra situación, no somos capaces de compadecernos del sufrimiento de los demás. En esa turbia mirada que tenemos incluso seriamos capaces de llegar a culpabilizar al que sufre de sus propios sufrimientos.
En el evangelio que hoy se nos ofrece Jesús cura a un hombre enfermo, una persona discapacitada porque no puede hablar. Por allá andan los maliciosos de siempre que no quieren ver ni reconocer lo que hace Jesús. Le atribuyen al poder de Satanás el que Jesús pueda hacer milagros y curar a los enfermos. Sus ojos maliciosos enturbian sus vidas y quieren enturbiar la visión que los demás tienen de Jesús.
Pero la gente sencilla seguía tras Jesús, le acompañaban por todas partes, cada uno con sus sufrimientos, con lo que era su vida se acercaba a Jesús. Cuánto dolor y cuanto sufrimiento. Aunque no todos lo quisieran ver y reconocer. Pero los ojos de Jesús sí llegan al alma de aquellos que acuden a seguirle. Por eso nos dice el evangelista que Jesús sintió compasión porque andaban como ovejas descarriadas, como ovejas que no tienen pastor. En el corazón de Cristo no hay otra lente que de luz a su vida que la del amor. Ojalá aprendiéramos de Jesús.
Y Jesús les pide los discípulos que están cercanos a El para que rueguen al Padre porque la mies es mucha y los operarios son pocos, para que mande obreros a su mies. Es lo que ha de ser nuestra oración. Pero pidámosle también que ponga luz en nuestros ojos y en nuestro corazón para que aprendamos a mirar con una mirada distinta. Que seamos capaces de sentir verdadera compasión en nuestro corazón ante el sufrimiento de todos que caminan a nuestro lado desorientados y con falta de una luz que dé sentido a sus vidas.

domingo, 15 de abril de 2018

Una mirada de Cristo resucitado que despierta en nosotros la sensibilidad del amor y nos impulsa a caminos llenos de luz y de esperanza


Una mirada de Cristo resucitado que despierta en nosotros la sensibilidad del amor y nos impulsa a caminos llenos de luz y de esperanza

Hechos 3, 12-15. 17-19; Sal. 4; 1Juan 2, 1-5ª; Lucas 24, 35-48

Una mirada puede llenar de luz nuestra vida y hacernos sentir como nuevos levantando ilusiones y esperanzas con deseos de un nuevo vivir. Cuánto lo necesitamos en tantas ocasiones. Algunas veces parece que vamos como arrastrándonos por la vida y tenemos la sensación de querer encerrarnos porque muchos temores pueden atenazar nuestro espíritu.
Quizá una decepción o un fracaso, que las cosas no hubieran salido como nosotros queríamos, el desplante que alguien nos haya podido hacer con un comentario, un silencio que nos ignora, o simplemente porque no nos prestaron atención, puede hacer que nos sintamos como hundidos. Pero llega esa mirada llena de luz y nuestro espíritu revive y volvemos a tener luz en nuestro interior y nos hace ver las cosas con una nueva ilusión y esperanza.
Nos viene bien quizá pensar esto por lo que nosotros podamos estar pasando en ocasiones por diferentes motivos, pero también para que pensemos como hemos de mirar a los demás, porque nuestra mirada que presta atención a alguien puede levantarle su espíritu porque descubra que alguien se interesa por el, porque así se siente importante para alguien. Eso nos hace caminar con ilusión, con renovado brío, con muchos deseos de muchas cosas buenas. Cuantos pueden ir andando por la vida con esas sensaciones negativas y a los que podemos llenarlos de luz con nuestra mirada e interés.

‘Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro’, pedimos hoy con el salmo en la celebración de la Eucaristía en medio de la proclamación de la Palabra. ¿Qué fue sino eso lo que les sucedió a los discípulos encerrados en el cenáculo tras la muerte de Jesús cuando se les manifestó resucitado?

Seguro que Pedro y los otros dos apóstoles que estuvieron con él recordarían la experiencia del Tabor. Allí habían contemplado, como en un anticipo, el rostro resplandeciente de Jesús lleno de la gloria de Dios. Ahora podrían comprender que era verdad todo lo que les había anunciado Jesús y comprenderían mejor el sentido de cuanto había pasado. Aunque con temores y ciertas desconfianzas muy humanas al principio, nos comenta el evangelista que se llenaron de inmensa alegría. ‘Entonces, dice el evangelista, les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras’. Fue la experiencia de la presencia de Jesús resucitado lo que les renovó totalmente sus vidas.

Podríamos quizá pensar que eso fue la experiencia que vivieron entonces los apóstoles en aquel momento concreto con la presencia de Cristo resucitado entre ellos, pero para nosotros ha pasado el tiempo y no estábamos allí y entonces esa experiencia no la podemos nosotros tener. Pero tenemos que confesar que nosotros sí la podemos tener.

Aquellos discípulos porque creyeron incluso en medio de un mar de dudas pudieron vivir y sentir esa presencia de Jesús. Nosotros hoy también por la fe podemos vivir y sentir esa misma experiencia de Jesús. Es la tradición de la fe que nosotros hemos recibido de otros testigos, pero en esa fe allá en el interior de nosotros mismos podemos tener la misma experiencia, vivir la misma presencia, sentir el mismo ardor en nuestro corazón al escucharle como nos explica a nosotros también las Escrituras, como escuchamos su Palabra, cómo podemos alimentarnos de la misma manera de su vida. Así podremos ser también testigos que trasmitamos con convicción nuestra fe a los demás.

¿Qué necesitamos? Sentir cómo su rostro se ilumina sobre nosotros. Hacer tan viva la celebración de nuestra fe que podamos sentir esa mirada de Cristo sobre nosotros, sobre nuestra vida. Decimos, ya quizá como una rutina que repetimos muchas veces, que Dios nos ama. Pero no basta con que lo digamos; intentemos saborearlo, saborear en nuestro corazón ese amor que Dios nos tiene, que pone su mirada en nosotros, que cuenta con nosotros aunque quizá por nuestra vida pecadora no lo merezcamos, pero aun así Dios nos ama.

Pensemos, por ejemplo, cuantas veces en nuestra vida nos ha regalado su perdón a pesar de tantas infidelidades nuestras. Pensemos como Dios va poniendo a nuestro lado tantos testigos y tantas señales que nos están hablando de su amor en esas personas que se interesan por nosotros, en ese gesto amable que hemos recibido de alguien con una sonrisa cuando quizá no lo esperábamos, en esa palabra que nos hace pensar, ese momento de especial sensibilidad que nos hizo mirarnos en nuestro interior, en ese amigo que nos ha tendido su mano. Es la mirada de Jesús sobre nuestra vida que tiene que llenarnos de luz.

Igual podemos descubrir esa mirada de Cristo resucitado en esa persona que está sufriendo a nuestro lado, en quien nos tiene la mano pidiendo una ayuda, en ese caído por el que nadie se interesa y que sigue desplazado en los caminos de la vida, en esos que viven la dura soledad abandonados de sus seres queridos y abandonados también de una sociedad que no quiere enterarse de esas soledades, en esos heridos de la guerra injusta que hace sufrir a tantos y que no es cosa de otros tiempos sino de hoy mismo en tantos lugares del mundo… nos están mostrando las llagas del Jesús crucificado, pero al mismo tiempo por esas llamas están saliendo los resplandores de la luz de Cristo resucitado cuando nos dejamos mirar, o cuando nosotros miramos con atención intentando poner mas amor en la vida, en la nuestra pero también en la de esos que se sienten así heridos y abandonados. ¿No nos interroga por dentro esa mirada de Jesús?

Después de sentirnos así mirados por Jesús nuestra vida no puede seguir igual, no podemos permanecer impávidos con los brazos cruzados, nuestra sensibilidad del amor tiene que despertarse, una nueva ilusión y esperanza renace en nuestra vida y queremos llevar también a nuestro mundo.