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martes, 28 de mayo de 2019

Una nueva presencia en la que ya no necesitamos del sentido de la vista sino que con la fuerza del Espíritu tendremos un nuevo sentido de vivir la presencia de Jesús

Una nueva presencia en la que ya no necesitamos del sentido de la vista sino que con la fuerza del Espíritu tendremos un nuevo sentido de vivir la presencia de Jesús

Hechos 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11
El tener que separarnos de alguien a quien queremos se convierte en una prueba que se nos hace difícil llevar. Nos gustaría estar siempre con los que amamos, con las personas que apreciamos, con aquellos que nos han hecho mucho bien ya sea con sus palabras, con su ejemplo o simplemente con su presencia. Puede ser una prueba dura que incluso pudiera desencadenar amarguras y hasta rupturas, pero también hemos de saber sacar provecho de momentos así. Ahí están por otra parte, es cierto, las frustraciones tenidas en la infancia cuando el padre o algún hermano tenía que marchar emigrante buscando un futuro mejor para la familia, y cuánto dolor provocaban esos momentos y esa separación.
Pero quizá una prueba así nos viene bien el pasarla. Podemos valorar quizá mucho más el aprecio y el cariño que nos tenemos, nos hace recordar cuanto de bueno recibimos de esa persona y en su memoria quizás nos esforzamos más por querer imitarla, o aprendemos a valorar otra manera de presencia y la sentimos muy fuerte dentro de nuestro corazón, al tiempo que se alienta nuestra esperanza de un nuevo reencuentro que nos será de grande felicidad.
Hay circunstancias y momentos en la vida que quizás nos convenga esa separación, aunque sea dolorosa para nosotros. Como decíamos despierta esperanzas, mueve a responsabilidades, nos hace tener otra visión de las cosas y de la vida, nos mueve a descubrir otro sentido, nos hace tener quizás una nueva sensibilidad porque ya no veremos solo con los ojos, sino que aprenderemos a sentir desde lo hondo del corazón.
Me hago toda esta reflexión porque esas situaciones que vemos en el evangelio no solo quiero verlas como algo quizás lejano en el tiempo de lo que le sucedió entonces a los apóstoles sino que quiero hacer una lectura de lo que ahora vivimos y que podemos ver también reflejado en el evangelio o el evangelio nos puede dar una nueva luz que dé sentido a lo que ahora vivimos. Nunca la Palabra de Dios puede estar lejana de lo concreto que es nuestra vida hoy.
Hoy en el evangelio se nos está hablando de la tristeza que están sintiendo los discípulos en aquellos momentos que suenan a despedida o que son preanuncio de lo que ha de suceder. Y Jesús les dice ‘conviene que yo me vaya’. Les cuesta entender. Pero El les está hablando de una nueva presencia, para la que ya no necesitaran del sentido de la vista. Les habla del Espíritu que estará con ellos, el Espíritu de Jesús que ya nunca les faltará y que les hará sentir una nueva presencia.
Valía entonces para los discípulos en aquellas circunstancia que estaban viviendo, y ellos lo comprenderían más tarde; nos vale para nosotros que con nuestros ojos no hemos visto al Señor, ni lo hemos palpado con nuestras manos, como aquellos que se acercaban a tocar su manto, o como Tomás que quiso meter sus dedos en las llagas de los clavos o su mano en la llaga del costado, o como Juan que se recostaría sobre su pecho. Eso así no lo podemos realizar nosotros, pero nosotros si podemos sentir y vivir con toda intensidad la presencia de Jesús.
Y la presencia del Espíritu nos hará conocer todo, y nos hará sentir todo de una manera distinta, y nos descubrirá allá en lo más hondo de nosotros también las sombras que habremos dejado meter en nuestra vida, y sentiremos una nueva luz y una nueva mirada para descubrir a Jesús tal como El nos había dicho que teníamos que verlo en el hambriento o en el sediento, o en todo aquel que nos tienda la mano pidiendo una ayuda, o aquel que lleno de las llagas de la vida lo veamos pasar a nuestro lado. Y entonces podremos descubrir de una forma nueva a Jesús. Y entonces podremos sentir esa fuerza nueva del amor que moverá nuestros corazones y que llenará de verdadera trascendencia nuestra vida.
‘Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo enviaré’. Con la fuerza del Espíritu de Jesús en nosotros algo nuevo va a nacer en nuestros corazones.

domingo, 15 de abril de 2018

Una mirada de Cristo resucitado que despierta en nosotros la sensibilidad del amor y nos impulsa a caminos llenos de luz y de esperanza


Una mirada de Cristo resucitado que despierta en nosotros la sensibilidad del amor y nos impulsa a caminos llenos de luz y de esperanza

Hechos 3, 12-15. 17-19; Sal. 4; 1Juan 2, 1-5ª; Lucas 24, 35-48

Una mirada puede llenar de luz nuestra vida y hacernos sentir como nuevos levantando ilusiones y esperanzas con deseos de un nuevo vivir. Cuánto lo necesitamos en tantas ocasiones. Algunas veces parece que vamos como arrastrándonos por la vida y tenemos la sensación de querer encerrarnos porque muchos temores pueden atenazar nuestro espíritu.
Quizá una decepción o un fracaso, que las cosas no hubieran salido como nosotros queríamos, el desplante que alguien nos haya podido hacer con un comentario, un silencio que nos ignora, o simplemente porque no nos prestaron atención, puede hacer que nos sintamos como hundidos. Pero llega esa mirada llena de luz y nuestro espíritu revive y volvemos a tener luz en nuestro interior y nos hace ver las cosas con una nueva ilusión y esperanza.
Nos viene bien quizá pensar esto por lo que nosotros podamos estar pasando en ocasiones por diferentes motivos, pero también para que pensemos como hemos de mirar a los demás, porque nuestra mirada que presta atención a alguien puede levantarle su espíritu porque descubra que alguien se interesa por el, porque así se siente importante para alguien. Eso nos hace caminar con ilusión, con renovado brío, con muchos deseos de muchas cosas buenas. Cuantos pueden ir andando por la vida con esas sensaciones negativas y a los que podemos llenarlos de luz con nuestra mirada e interés.

‘Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro’, pedimos hoy con el salmo en la celebración de la Eucaristía en medio de la proclamación de la Palabra. ¿Qué fue sino eso lo que les sucedió a los discípulos encerrados en el cenáculo tras la muerte de Jesús cuando se les manifestó resucitado?

Seguro que Pedro y los otros dos apóstoles que estuvieron con él recordarían la experiencia del Tabor. Allí habían contemplado, como en un anticipo, el rostro resplandeciente de Jesús lleno de la gloria de Dios. Ahora podrían comprender que era verdad todo lo que les había anunciado Jesús y comprenderían mejor el sentido de cuanto había pasado. Aunque con temores y ciertas desconfianzas muy humanas al principio, nos comenta el evangelista que se llenaron de inmensa alegría. ‘Entonces, dice el evangelista, les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras’. Fue la experiencia de la presencia de Jesús resucitado lo que les renovó totalmente sus vidas.

Podríamos quizá pensar que eso fue la experiencia que vivieron entonces los apóstoles en aquel momento concreto con la presencia de Cristo resucitado entre ellos, pero para nosotros ha pasado el tiempo y no estábamos allí y entonces esa experiencia no la podemos nosotros tener. Pero tenemos que confesar que nosotros sí la podemos tener.

Aquellos discípulos porque creyeron incluso en medio de un mar de dudas pudieron vivir y sentir esa presencia de Jesús. Nosotros hoy también por la fe podemos vivir y sentir esa misma experiencia de Jesús. Es la tradición de la fe que nosotros hemos recibido de otros testigos, pero en esa fe allá en el interior de nosotros mismos podemos tener la misma experiencia, vivir la misma presencia, sentir el mismo ardor en nuestro corazón al escucharle como nos explica a nosotros también las Escrituras, como escuchamos su Palabra, cómo podemos alimentarnos de la misma manera de su vida. Así podremos ser también testigos que trasmitamos con convicción nuestra fe a los demás.

¿Qué necesitamos? Sentir cómo su rostro se ilumina sobre nosotros. Hacer tan viva la celebración de nuestra fe que podamos sentir esa mirada de Cristo sobre nosotros, sobre nuestra vida. Decimos, ya quizá como una rutina que repetimos muchas veces, que Dios nos ama. Pero no basta con que lo digamos; intentemos saborearlo, saborear en nuestro corazón ese amor que Dios nos tiene, que pone su mirada en nosotros, que cuenta con nosotros aunque quizá por nuestra vida pecadora no lo merezcamos, pero aun así Dios nos ama.

Pensemos, por ejemplo, cuantas veces en nuestra vida nos ha regalado su perdón a pesar de tantas infidelidades nuestras. Pensemos como Dios va poniendo a nuestro lado tantos testigos y tantas señales que nos están hablando de su amor en esas personas que se interesan por nosotros, en ese gesto amable que hemos recibido de alguien con una sonrisa cuando quizá no lo esperábamos, en esa palabra que nos hace pensar, ese momento de especial sensibilidad que nos hizo mirarnos en nuestro interior, en ese amigo que nos ha tendido su mano. Es la mirada de Jesús sobre nuestra vida que tiene que llenarnos de luz.

Igual podemos descubrir esa mirada de Cristo resucitado en esa persona que está sufriendo a nuestro lado, en quien nos tiene la mano pidiendo una ayuda, en ese caído por el que nadie se interesa y que sigue desplazado en los caminos de la vida, en esos que viven la dura soledad abandonados de sus seres queridos y abandonados también de una sociedad que no quiere enterarse de esas soledades, en esos heridos de la guerra injusta que hace sufrir a tantos y que no es cosa de otros tiempos sino de hoy mismo en tantos lugares del mundo… nos están mostrando las llagas del Jesús crucificado, pero al mismo tiempo por esas llamas están saliendo los resplandores de la luz de Cristo resucitado cuando nos dejamos mirar, o cuando nosotros miramos con atención intentando poner mas amor en la vida, en la nuestra pero también en la de esos que se sienten así heridos y abandonados. ¿No nos interroga por dentro esa mirada de Jesús?

Después de sentirnos así mirados por Jesús nuestra vida no puede seguir igual, no podemos permanecer impávidos con los brazos cruzados, nuestra sensibilidad del amor tiene que despertarse, una nueva ilusión y esperanza renace en nuestra vida y queremos llevar también a nuestro mundo.



domingo, 8 de abril de 2018

Se acabaron los miedos, se abren de nuevo las puertas, podremos reencontrarnos caminando juntos, nos sentiremos de verdad hermanos porque Jesús resucitado está con nosotros


Se acabaron los miedos, se abren de nuevo las puertas, podremos reencontrarnos caminando juntos, nos sentiremos de verdad hermanos porque Jesús resucitado está con nosotros

Hechos de los Apóstoles 4, 32-35; Sal. 117;  1Juan 5, 1-6; Juan 20, 19-31

Puertas cerradas y miedos. Seguimos con puertas cerradas, seguimos con miedos. Ya es raro que cuando vayamos por una calle veamos las puertas de las casas abiertos, incluso las ventanas; ponemos rejas, no queremos que entren. Miedos y desconfianzas, por todas partes vemos peligros, toda personas desconocida nos hace sentir en desconfianza. Es cierto que la seguridad parece que no es tanta. Oímos hablar de gente que se mete en las casas ajenas, estamos presenciando por todos los medios excesivas violencias y nos llenamos también en nuestros miedos de violencias. ¿Autodefensa quizás?
Pero puede ser sintomático de algo más. De otras puertas que cerramos en la vida, de otras rejas que interponemos entre unos y otros, de otras desconfianzas que van más allá de la seguridad, de otras violencias que nos creamos en nuestro interior. ¿Será quizá falta de sinceridad en la comunicación entre unos y otros? ¿Será quizá que nos parece que vamos a ser más felices si nadie nos molesta, si andamos cada uno por nuestro lado, si no nos complicamos demasiado la vida con la problemática de nuestro mundo o la problemática que veamos en la gente de nuestro entorno? Y nos encerramos en nuestras casas o en nuestras cosas. Y echamos balones fuera, a otros les toca resolver esas cosas y nos encerramos en nuestro cascarón.
Y es en nuestra vida social, en nuestras relaciones con los demás, nos puede suceder hasta en las relaciones en el mundo de la vida de la familia, pero será también en el ámbito de nuestra vida interior, de lo que pueda ser nuestra espiritualidad, de lo que ataña a nuestra vida religiosa, a lo que es o sea la fe que queremos vivir o no. Eso es cosa mía, no decimos. Eso es de lo privado nos dicen quizás para que no hagamos manifestaciones publicas de nuestra fe y nuestra religiosidad. Ponemos vallas o intentan ponernos vallas que no queremos o no podemos traspasar. ¿Y nos quedamos tan contentos con situaciones así que nos buscamos o que quizá otros quieran imponernos? Puertas cerradas y miedos…
Hoy nos habla el evangelio que en ‘el anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos’; y nos dirá luego también que uno de los discípulos tampoco estaba allí, estaba fuera, se había ido a sus cosas.
Y es entonces cuando están viviendo esa situación cuando llega Jesús y se pone en medio de ellos. Y les saluda con la paz. Y ellos se llenan de alegría, y luego al que no estaba le comunicarán la buena noticia, aunque él no quiere creérselo sin las pruebas que él exige.
Una primera consideración que podríamos hacernos iría por esas puertas cerradas o ese irnos por nuestro lado además con nuestras particulares exigencias para las pruebas. Algunas veces nos sucede, sí, en el ámbito de nuestra fe. Tenemos miedo y no queremos quizá llegar más allá de lo que a nosotros nos pueda parecer razonable. Y así como en la vida cuando ponemos barreras ante los demás no podrá haber una buena comunicación, también con esas barreras que ponemos en nuestra fe y en nuestra relación con el Señor no llegamos a una verdadera comunión, no llegamos a terminar de experimentar la presencia de Dios en nuestra vida. Y por eso seguimos con nuestros miedos y con nuestras dudas.
Cuando más tarde, a la semana siguiente, vuelva Jesús y ya Tomás esté con ellos Jesús querrá responder a esas peticiones de pruebas que había hecho el apóstol, pero ya no necesitará nada, porque allí está Jesús y le será suficiente para confesar su fe. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, exclamará.
¿No será eso lo que nosotros necesitamos? Quizá también nos hubiera gustado estar allí y poder tocar las cicatrices de sus llagas, poner la mano en su costado allí donde la lanza lo atravesó. ¿Y por qué no pensamos que eso lo podemos hacer? Sí, mira a tu lado y contempla tantas llagas que llevan en su alma y también en su cuerpo muchos hermanos con los que nos vamos cruzando en los caminos de la vida.
Atrévete y acércate y toca sus llagas. Acércate y toca la llaga de su sufrimiento, de su soledad, de sus lagrimas; acércate e interésate por esa persona que sufre, acompáñala, camina a su lado, entiende el drama que quizá vive en su familia con unos hijos a los que no puede alimentar bien; entiende el drama de sus conflictos en el matrimonio, o en la relación con sus vecinos y mira donde está su sufrimiento; interésate por esa persona que es maltratada, por quien se siente incomprendido y nadie escucha; pon tus oídos, pon tus ojos, pon tu mano, sé capaz de ofrecer una palabra, una compañía, una sonrisa, un silencio para estar a su lado.
Son las llagas de Jesús. Ahí estarás tocando a Jesús, contemplándole vivo y resucitado; así estarás llevando tú también a Jesús a los demás y proclamando que es el Señor que vive y que quiere la vida para todos. Será un encuentro vivo con Jesús el que tú estás teniendo y vas a comenzar a sentir como los discípulos de Emaús cómo arde tu corazón, y te llenarás de una nueva alegría como sintieron los discípulos del cenáculo. Y sentirás entonces cómo te llenas del Espíritu de Jesús y podrás ir a poner paz donde hay tanta violencia, a ofrecer perdón y reconciliación en donde hay tanto desamor y tanto odio, y serás capaz de ir haciendo un mundo nuevo donde todos podamos encontrarnos y sentirnos hermanos.
Se acabaron entonces los miedos, se abren de nuevo las puertas, podremos reencontrarnos para ser felices caminando juntos, nos sentiremos de verdad hermanos porque nos amamos de verdad. Jesús resucitado está entonces con nosotros.