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sábado, 15 de agosto de 2026

Contemplando a María en su Asunción nos sentimos impulsados a ponernos en camino como mensajeros y testigos de la misericordia del Señor para nuestro mundo

 


Contemplando a María en su Asunción nos sentimos impulsados a ponernos en camino como mensajeros y testigos de la misericordia del Señor para nuestro mundo

 Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10Ab; Salmo 44; 1Corintios 15, 20-27a; Lucas 1, 39-56

No era para menos. Hay experiencias vividas que no se pueden callar. El bien como el amor es expansivo. Una buena noticia que nos impacta por lo que significa en sí misma pero también por lo que va a repercutir en la vida, en la propia y en la de los demás, no la podemos callar; nos vemos necesitados de comunicarla, de compartirla.

Es lo que estamos viendo hoy en el evangelio que le sucede a María. No ha sido la noticia de que su prima Isabel está esperando un hijo y es mayor y pueda necesitar ayuda. Es importante, es cierto, y es como para ponerse en camino quien tiene la sensibilidad del amor en su corazón para ir a echar una mano. Es el misterio del amor de Dios que está poseyendo a María, como le ha comunicado el ángel, y ésta sí es la gran noticia, que se le desborda a María en su corazón hasta reventar. ¿Quién puede entenderlo mejor que quien también se ha visto desbordada por el amor de Dios concediéndole el don de la maternidad a pesar de sus años? Corre María a casa de su prima que la recibe sintiendo que la noticia también ha llegado a su corazón. ‘¿De dónde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?’

Prorrumpen las dos mujeres en bendiciones y cánticos de alabanza. Dichosa y bendita tú que has creído, le dice Isabel a María, porque todo lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Las promesas de Dios se están cumpliendo en Isabel con aquel hijo que va a nacer y que tendrá una misión y un lugar importante en la historia de la salvación. La misericordia y el amor del Señor se está desbordando sobre todos, aunque no todos sean conscientes de ello, y con ello se cumplen las promesas del Señor.

Es el cántico de María que reconoce las maravillas que el Señor en ella está realizando y que serán cumplimiento de las promesas de Dios para toda la humanidad. María, aunque pequeña porque se sigue llamando a sí misma la esclava del Señor, siente que en Dios se está sintiendo exaltada y glorificada porque todas las generaciones la llamarán bienaventurada, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en ella. Es un adelanto aquí en este pasaje del Evangelio de lo que hoy en la liturgia estamos celebrando.

María va delante como primicia de esas bendiciones de Dios para toda la humanidad; la contemplamos hoy glorificada en el cielo, participando ya plenamente de la resurrección de Cristo que con El quiso llevarla al cielo trascurrido el curso de su vida terrenal. Pero María quiere seguir saliendo nos al encuentro en cada rincón y en cada momento para hablarnos de las glorias del Señor. Por eso María, madre de la Iglesia, ha querido y quiere estar al lado de esta Iglesia peregrina aquí en la tierra para recordarnos que hemos de recorrer los caminos de Jesús.

Las imágenes de María repartidas en cada rincón de la Iglesia, igual la tenemos en nuestros templos como la tenemos entronizada en nuestros hogares, la llevamos con nosotros ya sea en esa medalla que llevamos al cuello o en la estampa que portamos en nuestra cartera, no están queriendo sustituir a Dios en nuestras vidas sino que son ese recuerdo y esa palabra de Madre que nos recuerda siempre como tenemos que escuchar a Jesús. Habitualmente en sus imágenes nos trae a Jesús o nos señala con algún signo que tenemos que dejarnos iluminar por Jesús.

María a quien vemos hoy en el evangelio ponerse en camino está siendo para nosotros que muchas veces tanto nos cuesta arrancar para comenzar a hacer algo bueno un estímulo y un acicate que nos impulsa también a ponernos en camino porque una Buena Noticia seguimos teniendo que transmitir y que no podemos callar; es el anuncio de la misericordia del Señor que se sigue derramando sobre nosotros y de lo que todos tenemos que hacernos eco. María fue la primera portadora de evangelio cuando corre con la buena noticia a casa de Isabel; María fue la primera portadora de evangelio en nuestra tierra canaria cuando su imagen bendita reposó sobre nuestras costas canarias, como hoy estamos recordando y celebrando en esta fiesta de la Virgen de Candelaria. Fue la luz primera que hizo mirar al Sol a nuestros antepasados porque es lo que reflejaba María en su imagen con la imagen de la luz y portando en sus brazos a Jesús.

Esta fiesta de la Virgen de Candelaria que en nuestra tierra celebramos haciéndola coincidir con la fiesta de su Asunción al cielo es para nosotros una llamada a vivir con toda intensidad el compromiso de nuestra fe. Nuestra tierra sigue necesitando el anuncio del Evangelio con palabras claras y valientes pero también con el testimonio del compromiso de nuestra vida en medio de los problemas con que nos encontramos cada día. Como María en su camino a casa de Isabel nosotros también tenemos que ponernos en camino para ese anuncio de la misericordia del Señor. Como María tenemos que ponernos en camino allí donde haya una necesidad, un dolor o un sufrimiento, una soledad o un cierto distanciamiento.

María saltó todos los obstáculos de las distancias o los peligros de los caminos que había que atravesar; podríamos decir que como luego anunciara el Bautista fue enderezando caminos, allanando valles, recortando distanciamientos que nosotros tenemos también que saber hacer para que no haya soledades, para que los que están tristes encuentren el bálsamo de nuestro consuelo, para que nadie se sienta nunca discriminado por ninguna razón, para que todos se sientan acogidos y valorados sea cual sea su condición, para que a nadie le falte un trozo de pan, para que todos puedan escuchar una palabra de ánimo que les haga levantarse una y otra vez tras sus reiteradas caídas, para que todos encuentren comprensión.

‘Venid vosotros, benditos de mi Padre… porque conmigo lo hicisteis’ ojalá escuchemos un día para participar de la gloria del cielo, como ya hoy estamos contemplando a María tras su gloriosa Asunción al cielo.


sábado, 23 de mayo de 2026

Seamos misioneros del evangelio de Jesús comprometidos con nuestra comunidad cristiana en la tarea de la evangelización

 


Seamos misioneros del evangelio de Jesús comprometidos con nuestra comunidad cristiana en la tarea de la evangelización

Hechos 28, 16-20. 30-31; Salmo 10; Juan 21, 20-25

Cuando terminamos de leer un libro que quizás nos ha resultado interesante, podemos hacer varias cosas con él y en consecuencia con nuestra propia reacción ante su lectura; o bien lo damos por terminado y va a parar en un estante de nuestra librería, o lo desechamos como vemos hoy tantos libros en los contenedores de papel porque para nosotros ya no nos dice nada, o lo dejamos en la mesa muy cerca de nosotros porque queremos repasar de vez en cuando un capítulo o algunos párrafos que consideramos que nos pueden decir mucho para nuestra vida.

¿Por qué digo esto? hoy en la lectura continuada de la Palabra de Dios que hemos venido haciendo en este tiempo pascual, cuando llegamos precisamente a su culminación mañana con la celebración de Pentecostés, hemos concluido el relato de los Hechos de los Apóstoles y por otra parte el Evangelio de san Juan. ¿Qué nos queda de todo esto que hemos venido escuchados? ¿Cerramos el libro y lo dejamos para otra ocasión?

No es un libro cualquiera el que hemos venido escuchando; y digo escuchando porque no es una simple lectura lo que hemos venido haciendo; la Palabra de Dios no es un libro para simplemente leer; es Palabra viva que tenemos que escuchar, por eso hemos de dejarle espacio abierto para que llegue al corazón; no podemos andar con prevenciones que serían obstáculo para que llegue al corazón cuando la damos por ya conocida como nos sucede tantas veces en que ya no ponemos tanta atención para la novedad que tiene que significar para nuestra vida; será una semilla que no llega a germinar – recordemos la parábola del sembrador – y no podrá dar fruto.

Esa historia viva de la Iglesia primitiva, que no se encierra en si misma, que siente la inquietud del mandato de Jesús de llevar la buena noticia de la salvación hasta los confines de la tierra, esa inquietud del Pablo que una vez que se ha encontrado con Cristo se hace misionero itinerante de la Buena Noticia de Jesús, tiene que poner también inquietud en nuestro corazón. ¿En que nos parecemos a aquellas primeras comunidades? ¿Seremos en verdad misioneros del evangelio de Jesús en el entorno donde hacemos nuestra vida? ¿En qué medida nos sentimos comprometidos con nuestra comunidad cristiana para ofrecer nuestros servicios y colaborar en esa tarea de la evangelización?

Por otra parte al finalizar el evangelio de Juan se nos deja un comentario precioso y que viene a expresar la razón por lo que se ha escrito el evangelio. ‘Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo podría contener los libros que habría que escribir’.

El discípulo que es testigo y da testimonio; el discípulo que tiene tantas cosas que decirnos de Jesús, el discípulo que nos está invitando a que también nosotros demos testimonio. Muchas cosas hemos sentido en nuestro corazón cuando hemos dejado las puertas abiertas para que se plantara en él la Palabra de Dios; pero eso no nos lo podemos guardar para nosotros mismos. Somos muy recatados para compartir nuestras experiencias espirituales, pero tenemos que pensar que eso que nos habrá ayudado tanto a nosotros puede ayudar también a los demás. Los discípulos de Jesús en su ausencia no se quedaron simplemente recordando y reviviendo aquello que había vivido con Jesús. Con la fuerza del Espíritu Santo que Jesús le había prometido se abrieron sus puertas y ventanas para salirse de si mismos e ir comunicar a los demás lo que ellos habían vivido. Mañana celebraremos Pentecostés.

‘Este es el discípulo que da testimonio’, que nos decía el evangelio en referencia al evangelista Juan. ¿Seremos nosotros en verdad el discípulo que sigue dando testimonio hoy?

 

domingo, 17 de mayo de 2026

Testigos llenos de esperanza seguimos mirando al cielo, mirar al interior de nosotros mismos y al mundo al que hemos sido enviados como testigos

 


Testigos llenos de esperanza seguimos mirando al cielo, mirar al interior de nosotros mismos y al mundo al que hemos sido enviados como testigos

Hechos 1, 1-11; Salmo 46; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20

¿A dónde nos quedamos mirando cuando nos sucede algo sorpresivo que de alguna manera estábamos esperando pero cuya sorpresa no esperamos en este momento? ¿Al cielo? ¿Al suelo? ¿A cuanto nos rodea, ya sea el espacio mismo donde estamos, ya sea lo que hay en nuestro entorno que hasta nos puede resultar novedoso porque así andamos por la vida que ni nos fijamos en donde estamos, o a los que están a nuestro alrededor para que nos den algunas explicaciones? ¿Cuál sería nuestra reacción?

Así nos encontramos a los apóstoles y los discípulos más cercanos en las experiencias de pascua que han ido viviendo, ya fueran las apariciones en el cenáculo, a las mujeres a las puertas de la sepultura, a los que caminaban Emaús, allá junto al algo de Tiberíades en aquel amanecer, o ahora en este monte que según el evangelista que nos lo relata lo sitúa en Galilea o en el propio Jerusalén en el monte de los Olivos.  La misma reacción siempre de sorpresa con las palabras de Jesús, con los gestos de Jesús, con la misión que les confía Jesús.

‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ son las voces de los ángeles que los sacan de su ensueño. No les dice que no tienen que seguir mirando también al cielo, pero han de tener los pies bien plantados en la tierra. ‘El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo’. Pero mientras nos ha confiado una misión. Como nos dice muy claramente el evangelista Mateo hoy: ‘Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos’.

En sus confusiones cuando una sorpresa llegaba tras de otra todavía preguntaban ‘Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?’ Todavía no se aclaraban sobre lo que significaba que Jesús era el Mesías; seguían con pensamientos humanos porque no habían terminado de entender lo que era la liberación que Jesús nos traía.  Por eso les dice Jesús que permanezcan aun en Jerusalén hasta que  reciban ‘la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra’. Ya les había hablado del Espíritu de la Verdad que se lo enseñaría todo. Necesitaban esa fuerza del Espíritu y todo cambiaría en sus corazones y en sus mentes. Luego habían de ser testigos hasta el confín de la tierra.

Pero nos ha asegurado una cosa que estaría con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. Hemos de salir, entonces, con el testigo en nuestra mano, hemos de ir como testigos anunciando esa buena noticia de salvación a todos los hombres, porque no hay bajo el cielo ni sobre la tierra otro  nombre que pueda salvarnos. Lo experimentamos en nosotros cuando nos sentimos amados y perdonados, cuando nos sentimos llenos de una nueva paz y de una alegría que nadie nos podrá arrebatar, cuando nos sentimos transformados y ponemos en nuestras vidas otros valores y otra manera de actuar, cuando nos sentimos impulsados a ponernos en camino sin temor a los peligros o a los rechazos que podamos encontrar, cuando nuestro corazón ha cambiado y comenzamos a desprendernos de nosotros mismos y nos damos generosamente por los demás. Estamos siendo unos testigos.

Unos testigos llenos de esperanza, que seguimos, sí, mirando al cielo porque sabemos que de allí nos viene la gracia, seguimos mirando al cielo porque continuamente nos mantenemos en esa esperanza de la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, seguimos mirando al cielo que es también mirarnos dentro de nosotros mismos para sentir como Dios reina en nuestros corazones, seguimos mirando al cielo porque de allí nos llega esa luz para comprender el camino, para no tropezar en las piedras que en él se nos van a atravesar, para encontrar medios para abrir nuevos caminos de paz y de convivencia para los que están a nuestro lado, porque nosotros también queremos hacer ascensión cuando tratamos de superarnos y levantarnos por encima de esos materialismos que nos quieren envolver, porque sabemos que el Señor está con nosotros, reina en nuestros corazones y la fuerza de su Espíritu es quien nos guía y nos sostiene.

Toda una sorpresa este misterio de amor que nos envuelve en esta fiesta de la Ascensión. ‘Que se nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro’. Recordemos y rumiemos en nuestro interior estas sabias palabras del Apóstol.

viernes, 27 de marzo de 2026

No nos valen acomodos ni complejos por los miedos y temores, no nos valen los conformismos, somos unos testigos que no podemos enmudecer porque es la hora de Dios

 


No nos valen acomodos ni complejos por los miedos y temores, no nos valen los conformismos, somos unos testigos que no podemos enmudecer porque es la hora de Dios

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

Ser profeta no es una tarea fácil; muchas veces nos hemos hecho una idea, no sé si decir muy idílica, sobre lo que es un profeta y cuál es realmente su misión. Lo vemos fácilmente como el que tiene visiones y desde esa visiones puede anunciarnos lo que va a ser el futuro, y nos agrada cuando nos parece que nos dice que nos sucederán cosas hermosas y gratas, aunque al mismo tiempo sentimos como cierto temor cuando nos parece que nos habla airado anunciándonos calamidades que vemos casi como si fuera el fin del mundo y el castigo de todo.

Pero estoy diciendo que es algo muy idílico que quizás nosotros nos hemos imaginado, también porque quizás no hemos sabido leer lo que son los oráculos de los profetas. Tendríamos que pensar en el profeta como el hombre de Dios que con su palabra, algunas veces quizás llenas de misterio, nos está ayudando a comprender la visión de Dios sobre la vida y el mundo y lo que son sus designios que nosotros podemos aceptar o no; es un testigo de Dios y no solo con su palabra sino con su vida misma, para aceptarnos confrontar nuestra vida con lo que son los designios de Dios. Y como nos hace ver la cruda realidad de nuestra vida no nos agrada quizás su misión profética y tratamos de acallarla de mil maneras o rechazarla porque se está convirtiendo en una exigencia para nosotros.

Bien comprendía el profeta Jeremías cuál era su misión pero cuál era el rechazo que le hacían sus contemporáneos; en una ocasión lo encerraron en una cisterna vacía para dejarlo allí morir de hambre, por citar algunos de esos momentos duros. Pero Él se fiaba del Señor que lo había llamado a pesar de su resistencia porque comprendía que era una misión difícil. ‘Pero el Señor es mi fuerte defensor, le escuchamos hoy, me persiguen pero caen indefensos’. Así hemos dicho nosotros con el salmista ‘yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, mi roca, mi alcázar, mi libertador’.

He querido reflexionar sobre esto porque nos ayudará a comprender la situación en que se encuentra Jesús cuando también es rechazado por los judíos. Hoy hemos escuchado en el evangelio que cogieron piedras para apedrearlo. ‘¿Por cuál de las obras buenas que hago por encargo del Padre me apedrean?’ Y era eso lo que les dolía, la forma en que Jesús hablaba de Dios a quien llamaba su padre. Lo acusan de blasfemo, ‘porque tú siendo hombre te haces Dios’. No llegaban a contemplar el misterio de Dios que en Jesús se estaba manifestando. En su ceguera, nos dice el evangelio, intentaron detenerlo pero no pudieron. Y Jesús se marchó a la otra orilla del Jordán, allí donde Juan había estadp bautizando, nos detalla el evangelista, porque aún no había llegado su hora.

Pero todo esto me hace pensar en nuestra tarea y en nuestra misión como cristianos en medio del mundo. Recordamos que en nuestro bautismo hemos sido ungidos para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. Algunas veces lo olvidamos, no llegamos a vivir en integridad y con toda intensidad esa misión que hemos recibido. Quizá también como el profeta tenemos miedo, como decía Jeremías no soy más que un niño que solo sabe balbucir. Pero Dios le confió esa misión, como nos la confía a nosotros, ser profetas.

No, no vamos a ir por ahí anunciando cosas futuras, tampoco tenemos que ir clamando anuncios de muerte y destrucción para llenar de miedo a la gente. Nuestra tarea tiene que parecerse a la de Jesús para despertar esperanza, para poner ilusión en el corazón por algo nuevo y distinto, por algo mejor para nuestra vida y para nuestro mundo.

Tenemos que dar señales con nuestra manera de actuar, con nuestra manera de vivir de ese mundo nuevo que tenemos que construir. No siempre será fácil, porque también nosotros estamos llenos de debilidades y aparecen nuestros miedos y temores; no siempre es fácil porque tan pronto nos presentemos como testigos de algo nuevo vamos a encontrar el rechazo en tanto conformismo que encontramos alrededor.

No es necesario complicarse la vida tanto, nos dirán, y nos estarán invitando a que también nosotros nos acomodemos, no vayamos con tanta radicalidad, atemperemos nuestro entusiasmo. Pero no nos podemos doblegar, somos testigos y no podemos callar, llevamos una luz que no podemos poner escondida en cualquier rincón, llevamos una verdad que no podemos callar para no molestar a quienes quieren actuar de otra manera.

Es la hora de Dios que tenemos que anunciar y proclamar para nuestro mundo.


domingo, 22 de marzo de 2026

En el mundo de desolación y muerte en que vivimos hay una visita de Dios que nos anuncia vida y resurrección de lo que tenemos que ser testigos

 


En el mundo de desolación y muerte en que vivimos hay una visita de Dios  que nos anuncia vida y resurrección de lo que tenemos que ser testigos

Ezequiel 37, 12-14; Salmo 129; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

En la palabra de Dios proclamada en este último domingo de cuaresma se nos habla de sepulcros inundados con el vacío de la muerte, pero al mismo tiempo se nos habla de vida y de resurrección. Son las imágenes que nos ofrece el profeta cuando hablaba a un pueblo que se sentía muerto porque se sentía cautivo lejos de su tierra pero a los que se les anuncia que un día esos sepulcros se abrirán porque el Espíritu del Señor los llenará de vida, que es en principio un anuncio de liberación y de libertad cuando puedan volver de nuevo a su tierra, pero que tiene un sentido profético que va más allá para hablarnos de la vida que en Cristo Dios nos va a ofrecer.

Por otra parte está el relato del evangelio con la enfermedad de Lázaro y con su muerte pero la llegada de Jesús cuando ya llevaba cuatro días enterrado a aquel lugar de desolación y de llanto como es aquel hogar de Betania que tantas veces había recibido a Jesús. Pero se nos está hablando al mismo tiempo de vida y de amor, porque eran los amigos de Jesús – ‘el que amas está enfermo’, fue el recado que le habían mandado a Jesús – y se manifiesta en la ternura y la humanidad de aquel encuentro con Jesús por parte y parte a pesar de los momentos dolorosos pero donde no se ha perdido la fe y la esperanza. ‘Jesús amaba a Marta, a su hermano y a Lázaro’, nos comenta el evangelista

‘Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano’, es la queja de ambas hermanas en el encuentro con Jesús. ‘Tu hermano resucitará’, es la promesa de Jesús. Pero no solo es la esperanza de la resurrección final que ya formaba parte de la fe del pueblo judío como le manifiesta Marta, sino que es el anuncio de otra resurrección, de una vida nueva que Jesús nos ofrece cuando creemos en El. ‘El que está vivo y cree en mi, no morirá para siempre’, terminará afirmando y anunciando Jesús.

Pero tratemos de fijarnos en todo el signo que es y sigue siendo para nosotros este relato del evangelio que hoy escuchamos. Signo de una buena noticia - ¿no decimos evangelio? – para nosotros también hoy. Es Jesús el que viene y se acerca a aquel mundo de dolor, muerte y desolación. Allí donde está el sufrimiento, las lágrimas, el olor a muerte y Jesús se conmueve y llora con los que lloran. ‘Mira cómo lo amaba’, comentarán los que lo contemplan. ¿Cuál es el misterio de fe, el misterio de Dios que se convierte en eje de nuestra fe? Dios se ha encarnado, Dios se ha hecho hombre, Dios ha plantado su tienda entre nosotros, allí donde está el dolor y el sufrimiento.

¿Cuál es el camino que vemos haciendo a Jesús? Se acerca allí donde está el sufrimiento, se deja envolver por ese sufrimiento humano, la gente lo estrujaba a su paso por los caminos, queriendo tocar su manto o tendiendo la mano para tocar al leproso, para poner barro en los ojos del ciego, para tocar con su saliva al sordomudo, o para llegar al paralítico abandonado en medio de la piscina sin poderse meter en las aguas sanadoras. Hoy lo contemplamos a la entrada del sepulcro de Lázaro de Betania como lo contemplamos a nuestro lado cuando también nos hemos metido en ese mundo de muerte y de pecado.

A este mundo nuestro con su muerte, y pensamos en nuestras violencias y en nuestras guerras a las que respondemos con mayores acritudes y más violencias, a este mundo nuestro tenebroso a pesar de que queramos encender las luces de nuestras vanidades, a este mundo en el que a pesar de tantos medios de comunicación sin embargo sigue reinando la soledad en muchos corazones, a este mundo en el que a pesar de tantos medios que podamos tener para sanar seguimos encontrando corazones heridos y rotos por amarguras y resentimientos que tantos aislamientos van produciendo, a este mundo en el hemos creado tantas vías de comunicación para llegar a los más recónditos lugares pero en el que seguimos encontrando tanta desorientación, tanta gente sin darle un sentido y dirección a sus vidas, a tantos que se enganchan en subterfugios que prometen felicidad pero que terminan esclavizando corazones y vidas, Jesús quiere venir en esta hora para que tengamos vida para siempre.

Nosotros también muchas veces nos vemos envueltos en muerte con nuestras dudas y con nuestras angustias, con esa paz y serenidad que perdemos cuando nos envuelven los problemas o la enfermedad o la muerte se acercan a nuestras vidas, cuando nos dejamos seducir por ese materialismo reinante y dejamos a un lado los valores espirituales que darían un mejor sentido a nuestras vidas, cuando rehuimos el esfuerzo y el sacrificio porque también lo que solo queremos es el pasarlo bien y sin mayores preocupaciones. También Jesús quiere venir a nuestra Betania, a nuestro lugar que también hemos llenado de amargura y desolación. Para nosotros también tiene Jesús un anuncio de vida y de resurrección. Fijémonos cómo en aquel lugar de desolación hay una visita del amor y de la vida.

Es lo que nos disponemos a celebrar y queremos hacerlo con toda intensidad en la próxima pascua. Lo vamos a celebrar porque eso lo hacemos vida en nosotros, porque de esto tenemos que convertirnos en testigos en medio de nuestro mundo. Es el anuncio que tenemos que hacer. Es la luz nueva que tenemos que poner en nuestro mundo. Y nosotros tenemos que convertirnos en signos de ello en medio del mundo de muerte que nos rodea.

Jesús le preguntaba a Marta, ‘¿tú crees en eso?’. Marta hacia una hermosa proclamación de fe. ‘Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’. ¿Cómo vamos a decirlo, a proclamarlo nosotros hoy al mundo que nos rodea?

domingo, 1 de marzo de 2026

Subimos a la montaña a orar con Jesús y nos sentiremos impactados por la voz de Dios en nuestro corazón para ponernos en camino a transfigurar nuestro mundo

 


Subimos a la montaña a orar con Jesús y nos sentiremos impactados por la voz de Dios en nuestro corazón para ponernos en camino a transfigurar nuestro mundo

Génesis 12, 1-4ª; Salmo 32; 2Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

Hay experiencias que impactan la vida, y no digo solo que nos impactan porque podría quedarse en algo muy individual que también lo tiene, sino que impactan la vida, son como un choque con la vida. Pero un impacto así puede tener muchas consecuencias, por la impresión que nos produce incluso puede producir temor, pero puede también paralizarnos porque no sabemos cómo salir de ese impacto o porque es tanta la impresión que nos produce que no sabemos qué hacer, o es tanto el gozo del que nos llena que nos gustaría quedarnos en eso para siempre; pero también podríamos o tendríamos que salir presurosos a comunicarlo a los demás, no nos cabe dentro de nosotros, pero no solo lo repetiremos una y otra vez sino que además comenzaremos a sentir que nuestra mirada o nuestro actuar es distinto.

Me hago esta consideración previa ante lo que hoy, en este segundo domingo de cuaresma, nos ofrece la liturgia, la Transfiguración del Señor. Un hecho que se salía de lo normal que los discípulos estaban viviendo en su camino con Jesús. Es cierto que le habían visto orar muchas veces y eso incluso les había provocado el deseo de aprender de Él, como un día le pidieron. Pero ahora como que el escenario cambia; van camino de Jerusalén y ya les está anunciando, aunque no lo entienden, cuanto allí va a suceder en aquella Pascua que va a ser una Pascua muy especial, pero hace una parada en su camino y se lleva a tres de los discípulos con Él para subir a una montaña alta. Todo muy significativo.

Y es allí cuando sucede lo asombroso, su transfiguración, ya escuchamos en el evangelio los detalles de sus resplandores y la presencia de Moisés y Elías. Todo los envuelve en una luminosidad especial, porque no solo son los resplandores que se desprenden de Jesús sino que una nube luminosa los envuelve. Y cuando están extasiados deseando que aquello, aunque no terminen de entenderlo, no termine nunca – se han quedado como paralizados ante lo que contemplan – la voz del cielo señala a Jesús como el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. Cayeron de bruces. El temor les invadió.

Pero allí está Jesús que los toca como para despertarlos de aquel sueño que era más que un sueño. Allí está Jesús el que siempre con su presencia nos viene a llenar de paz. ‘No temáis’, hay que bajar de nuevo a la llanura, hay que continuar el camino, hay que subir a Jerusalén. Y de alguna manera les recuerda con lo que se van a encontrar, pero no habrán de hablar de todo aquello hasta después de la resurrección. Como siempre ellos se siguen preguntando; han contemplado la gloria de Dios, ahora tendrán más motivos para confiar pero también para afrontar los momentos oscuros, pero sus mentes siguen perturbadas.

La liturgia en este camino que estamos haciendo también nosotros hacia la Pascua en esta Cuaresma recién iniciada nos presenta este cuadro, podemos llamarlo así, de la Transfiguración del Señor. Necesitamos envolvernos de luz, ir experimentando como en un anticipo lo que va a ser la luz de la Pascua. Y lo necesitamos en la situación en que vivimos, en la realidad de este mundo en el que estamos; son muchas las oscuridades que nos llenan de temores y de dudas simplemente cuando somos conscientes de nuestras propias debilidades, de nuestros propios tropiezos porque no somos perfectos y sí muy pecadores; nos cuesta muchas veces rehacernos, retomar el camino, siguen envolviéndonos las sombras que un día marcaron algún paso de nuestra vida. Hay que encontrar un faro de luz para poder atravesar con seguridad esas tormentas.

Pero decíamos que lo necesitamos en lo que es la realidad de la vida toda, con nuestros encuentros y con nuestros desencuentros, con esa forma de vivir que ha ido floreciendo en nuestro mundo y no con flores hermosas precisamente, tanto materialismo, tantos afanes y deseos de placer y de pasarlo bien, tanta superficialidad y vacío cuando no hay valores profundos que den sentido, tanta agresividad y tanta violencia en palabras, en gestos y posturas enfrentadas, tantos tambores de guerra que suenan por todo lados, como ahora mismo estamos viviendo en este mundo. ¿Encontraremos un sentido y una salida? ¿Qué podemos hacer para que esto cambie? ¿Dónde encontrar esa luz que disipe tanta sombra y tanta tiniebla? ¿Nos tendremos que quedar cruzados de brazos sin hacer nada?

Creo que lo que hoy contemplamos en el evangelio nos da respuestas, nos tiene que impulsar a salir de nuestro lado cómodo para meternos de verdad a caminar en medio de ese mundo pero llevando esa luz que lo transforme. Es que nosotros, los primeros, tenemos que sentirnos transformados por esa contemplación que hoy se nos ofrece de la Transfiguración del Señor. Nos dará miedo despertar de ese buen momento y tener que bajar de la montaña pero es algo que tenemos que hacer, porque además tenemos que llegar a Jerusalén, tenemos que llegar a sentirnos transformados por la Pascua. Tenemos que ponernos en camino con la disponibilidad de Abraham allá a dónde Dios quiera llevarnos.

No es una rutina que repetimos todos los años, no se puede quedar en algo ritual que hacemos y con ello nos quedemos contentos. Es mucho más lo que tiene que significar para nosotros y para el mundo que nos rodea esa Pascua que vamos a vivir y para la que nos estamos preparando en este camino cuaresmal.

Pero no olvidemos de subir a la montaña a orar con Jesús. Lo necesitamos nosotros y lo necesita ese mundo al que tenemos que ir. Escucharemos a Jesús y la voz de Dios que nos habla y nos pone en camino.


viernes, 7 de noviembre de 2025

Que no se diga que los hijos de las tinieblas con más sagaces que los hijos de la luz, con nosotros está la fuerza del Espíritu

 


Que no se diga que los hijos de las tinieblas con más sagaces que los hijos de la luz, con nosotros está la fuerza del Espíritu

Romanos 15,14-21; Salmo 97; Lucas 16,1-8

La vida nos mete en problemas de los que a veces no sabemos cómo salir. Quizás los errores que cometamos se van convirtiendo poco a poco en una cascada y bien sabemos que por la propia gravedad el discurrir de las aguas se vuelve torrencial y si nos vemos envueltos en una cascada luego no sabemos cómo salir; habrá que buscar argucias, tendremos que saber utilizar todo nuestro ingenio para encontrar salidas, para liberarnos de lo que puede convertirse en una espiral sin fin. Nuestros apetitos y nuestras ambiciones nos hicieron resbalar por esa pendiente que cada vez se vuelve más aguda y en consecuencia más peligrosa; utilizar argucias, como decíamos, no nos permite que nos dejemos arrastrar por esa espiral utilizando malos modos para liberarnos.

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús con la parábola del evangelio. Un administrador injusto se veía arrastrado por la pendiente del mal en que se había metido cuando había obrado mal, cuando su ambición pudo más que su responsabilidad y que la rectitud que tenía que haber en su vida cuando habían confiado en él, y ahora estaba en un camino de perdición que iba a ser una ruina para su vida. Los prestigios de los que se había rodeado le hacían que fuera difícil bajar su orgullo. Por eso piensa que cuando se vea despedido no sabrá en qué trabajar porque en su vida ha dado golpe, y se daba cuenta de lo humillante que iba a ser para su vida el pedir limosna quien antes se había presentado en la vida eufórico en su poder.

Pretende arreglar los recibos de aquellos en los que había cargado las tintas en sus intereses haciendo lo que parecen rebajas, que son más bien un reconocimiento de lo que había hecho mal y que ahora como favor pretendía arreglar con aquellos deudores. ¿Se ganaría amigos así que lo acogieran cuando se viese desposeído de todo y en un estado de pobreza? Con esa visión quería hacerlo.

La parábola de entrada a todos nos desconcierta porque tenemos la tendencia de convertirla en relatos ejemplares, pero la mala administración no era precisamente un relato ejemplar. Hay un comentario al final que nos da la clave. El amó alabó a aquel hombre no porque hubiera obrado mal en la administración de sus bienes, sino por la astucia con que ahora actúa para encontrar en el futuro una salida de luz. Y ya nos dice Jesús al terminar de presentar la parábola que los hijos de este mundo son más astutos con sus obras que los hijos de la luz. ¿Haremos nosotros tanta propaganda de las cosas buenas, por ejemplo, del mensaje del evangelio como el mundo que vemos a nuestro alrededor hace de sus cosas?

Todo el mundo habla de sus planteamientos, de su ideología, de su manera de ver las cosas y de cómo quisieran que se hiciesen y además con su propaganda parece que trata de imponérnoslo porque si no hacemos como ellos es que no entendemos la vida, no queremos lo mejor para nuestra sociedad y no sé cuántas cosas más; y nosotros, ¿qué hacemos? ¿Nos sentimos acobardados y con miedo de plantear nuestra verdad, nuestro punto de vista, la visión que nosotros como cristianos y desde la óptica del evangelio tenemos de todas esas cosas? Creo que nos falta arrojo y valentía, nos encerramos demasiado en nuestros círculos, allí donde nos parece que nos sentimos seguros, pero no nos lanzamos a hacer ese anuncio del Evangelio que un día Jesús nos confió.

¿Cómo estamos manifestando hoy en nuestro mundo la alegría de nuestra fe? ¿Cuál es el testimonio que estamos dando? Porque estamos llamados a ser testigos y los testigos no pueden callar ni ocultar lo que viven. Andamos los cristianos demasiado adormilados. Nos falta expresar el coraje del Espíritu que está en nosotros.


lunes, 21 de julio de 2025

El signo somos nosotros, nuestra vida, nuestras actitudes, nuestro compromiso, nuestro amor, la valentía y autenticidad de nuestra fe

 


El signo somos nosotros, nuestra vida, nuestras actitudes, nuestro compromiso, nuestro amor, la valentía y autenticidad de nuestra fe

Éxodo 14,5-18; Sal. Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Hay un dicho que algunas veces habremos escuchado o también nosotros mismos hemos empleado que es aquello de ‘ver para creer’; aunque nos digan y nos demuestren, si no lo veo no lo creo, pero es que además andamos hoy en un mundo tan confuso que ni aunque veamos las cosas nos las creemos. Algunas veces uno siente lástima cuando ve tal increencia, tal desconocimiento muchas veces que nos habla de una cultura con muchas lagunas, tal desconfianza que se ha ido sembrando porque todo se quiere poner en duda, porque aun los hechos históricos que ahí están más que comprobados por quienes con toda seriedad los han estudiado, ahora nos vienen con tantas interpretaciones confusas, muchas veces nacidas de intereses con los que de alguna manera se quiere marcha a la sociedad de hoy. Nos afecta a la historia, al sentido de la sociedad, a lo que queremos ser o lo que queremos construir según los intereses de cada uno.

Hoy en el evangelio vemos que algunos se acercan a Jesús pidiendo signos, pidiendo pruebas. No les basta lo que están contemplando en lo que Jesús enseña y en lo que Jesús hace y vive El mismo, sino que aun siguen pidiendo unos signos. ¿Y todos los milagros que estaban contemplando? ¿Y toda la sabiduría que se destilaba de los labios de Jesús? Claro que quienes estaban pidiendo aquellos signos no era porque quisieran creer, sino porque realmente querían sembrar esa desconfianza en los que rodeaban a Jesús. No accede Jesús a lo que le piden porque simplemente Jesús no es un mago milagrero; les habla de una señales antiguas como fue la sabiduría de Salomón, la acción del profeta Jonás con todo lo que le sucedió además, y desde ahí tienen que descubrir la gran señal que será su propia pascua, su muerte y resurrección; pero hay siempre quienes quieren poner en duda las palabras de Jesús.

Unas actitudes desconcertantes que vemos en muchos que rodean a Jesús, pero ¿no serán también las actitudes desconcertantes que podemos estar contemplando en nuestro mundo de hoy? No se cree en los signos de Dios, se sigue poniendo en duda el ser de la iglesia, se hacen mil interpretaciones diferentes para querer explicar las cosas a su manera y quieren darnos esas explicaciones quienes quizás menos conocimiento tienen de lo que hablan. Cuántas cosas disparatadas escuchamos en los medios de comunicación cuando se trata de hablar de la Iglesia; cuanta falta de cultura de lo más elemental descubrimos en quienes quieren ser precisamente unos comunicadores fiables para nuestra sociedad. Y todo eso va llevando a la gente a una confusión cada vez mayor.

¿Qué tenemos que hacer nosotros los cristianos? ¿Cruzarnos de brazos y dejar las cosas como están porque nos parece imposible remediarlo o darle una buena explicación? ¿No estará en juego el anuncio del evangelio en el mundo de hoy y la credibilidad de ese anuncio para las generaciones que nos rodean?

Queremos un signo, parece que nos están pidiendo y exigiendo. ¿Qué signo le daremos? ¿Qué es lo que podemos ofrecer que haga en verdad creíble nuestro mensaje?

Pues el signo somos nosotros, nuestra vida, nuestras actitudes, nuestro compromiso, nuestro amor, la valentía de nuestra fe. Tenemos que manifestarnos convencidos y auténticos y congruentes entre lo que decimos y lo que hacemos, para que en verdad nos hagamos signos creíbles. No son cosas las que tenemos que presentar, son nuestras vidas que en verdad están reflejando eso en que creemos. Quitémonos de máscaras y tapujos, manifestémonos a cara descubierta, hablemos con claridad de aquello en lo que creemos, de ese Dios del que nos sentimos amados, expresemos la autenticidad de nuestras vidas. Y nos manifestamos tal como somos también con nuestras debilidades porque nuestro deseo de superación hará que merece la pena de verdad por lo que luchamos y de lo que hablamos.

El mundo necesita testigos. La Iglesia tiene que manifestarse como el gran testigo. Los cristianos tenemos que ser testigos de esa fe aunque nos costara sangre.

domingo, 1 de junio de 2025

Elevados con Cristo en su Ascensión descubrimos la grandeza de gloria de la que nos hace partícipes y de lo que tenemos que ser testigos en medio del mundo

 


Elevados con Cristo en su Ascensión descubrimos la grandeza de gloria de la que nos hace partícipes y de lo que tenemos que ser testigos en medio del mundo

Hechos 1, 1-11; Salmo 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53

No tengo palabras para expresarme. No siempre todo lo que nos sucede podemos explicarlo con palabras; cosas que nos sorprenden, cosas ante las que nos quedamos como petrificados por la emoción que estamos sintiendo pero que no sabemos explicar, cosas que podemos sentir en nuestro interior y que se convierten en experiencia impactante de la vida y que no sabemos cómo trasmitir. Balbuceamos algunas explicaciones, y si no llegan a ser explicación al menos tratamos de decir, de contar, de transmitir de alguna manera lo que nos sucede por dentro. Experiencias quizás cotidianas pero que se convierten en experiencias extraordinarias para nosotros, tras lo cual quizás encontremos un sentido, un valor para nuestro existir, para lo que hacemos y para lo que vivimos. La vida no son solo cosas que se suceden, que se repiten, o que nos aparecen como novedad sino que son oportunidades para ver más allá, para tener otros horizontes, para saborear que es el amor que es el único que pueda dar sabor a la misma vida y cuanto nos sucede.

¿Dónde acudir para encontrar la sabiduría que nos haga entender todas esas cosas y que nos dé la capacidad para transmitirlas? Estamos metiéndonos en el misterio de la vida, estamos introduciéndonos en aquello que nos puede dar sentido a nuestro existir, estamos entrando en otra órbita que nos lleva más allá de lo que solo podemos palpar con las manos porque nos hace entrar en una sensibilidad especial, que es encontrar el sentido de Dios en nuestra vida.

¿Tendrá que ser nuestra oración lo que hoy nos dice el Apóstol san Pablo? ‘El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros…’

Espíritu de sabiduría y revelación… ilumine los ojos de nuestro corazón… para que nos podamos llenar de esperanza, para que descubramos la riqueza de gloria que se nos ofrece, la extraordinaria grandeza de nuestra vida. Lo que hoy estamos celebrando es el misterio de Dios que nos engrandece. Estamos contemplando a Jesús y a Jesús en su gloria; permanecen en nuestros ojos y quizás hasta turbando nuestro espíritu las señales de la pasión y de la muerte, pero es el que tiene toda la gloria de Dios. Resucitado de entre los muertos lo venimos celebrando a lo largo de toda la pascua, pero glorificado a la derecha de Dios. Son imágenes, porque tenemos que emplear palabras para poder expresarnos, pero es la realidad de Jesús, es la gloria del Hijo de Dios.

Pero contemplar así la gloria de Dios que se nos manifiesta en Jesús es contemplar la gloria y la misión a la que estamos llamados. Es que contemplar así la gloria de Dios es contemplar todo el amor que Dios nos regala – riqueza de gloria, decíamos con san Pablo, extraordinaria grandeza – de manera que a nosotros también nos está llamando hijos, hijos amados de Dios. Es el regalo que recibimos y porque creemos en Él con Él somos transformados, de Él nos llenamos de vida nueva para hacernos hijos de Dios. Por Jesús nosotros también escuchamos aquella voz que se escuchó desde el cielo en el Tabor, ‘tú eres mi hijo amado’, también somos los predilectos de Dios que en nosotros quiere habitar. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’, que nos decía Jesús.

Con la Ascensión de Jesús nos sentimos también levantados porque nos sentimos llenos de esa gloria de Dios que tenemos que proclamar, que tenemos que transmitir. Todo eso que estamos viviendo, toda esa gloria de Dios que estamos sintiendo en nosotros tenemos que saber anunciar también a los demás. Es la misión que hoy en su Ascensión nos confía. ‘Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, nos dice Jesús, que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra’.

‘En su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén’. Es la misión que nosotros recibimos, es la misión que se nos confía. ¿Cómo hacerlo? ¿Qué palabras emplear? ¿Cómo transmitir eso que es nuestra gloria y que llevamos en lo más hondo de nosotros mismos? Jesús nos ha prometido la fuerza de su espíritu y con la fuerza de su espíritu seremos testigos.

El testigo no es solo el que habla con palabras, el testigo dice con su vida. ¿Seremos en verdad testigos del perdón y de la misericordia, de la paz y del amor por el testimonio que damos con nuestra vida? Que el Señor nos conceda ese espíritu de sabiduría, iluminando nuestra vida, fortaleciendo nuestra esperanza para poder compartir toda esa riqueza de gloria que en nuestra fe encontramos. 


sábado, 26 de abril de 2025

Qué importante es la experiencia viva de fe, que no es una tradición expresada en palabras y en rituales, sino algo vivo y grabado en el corazón

 


Qué importante es la experiencia viva de fe, que no es una tradición expresada en palabras y en rituales, sino algo vivo y grabado en el corazón

Hechos, 4, 13-21; Sal. 117; Mc. 16, 9-15

Hay cosas en la vida que algunas veces nos cuesta creer. Nos sucede con cosas de importancia, pero nos sucede en esas cosas normales de cada día, en esos comentarios que en un momento recibimos de un vecino o de un amigo que nos cuesta alguna cosa que ha sucedido, pero que de alguna manera la vemos inverosímil y nos cuesta aceptarla; poco menos tenemos que palparla con nuestras manos, verla con nuestros ojos, toparnos de frente con ello para que comencemos a creer, desaparezca esa incredulidad en la que nos envolvemos algunas veces como un salvavidas quizás para no complicarnos la vida.

El evangelio de hoy es como un pequeño resumen que nos hace san Marcos de todo lo que significo la Pascua para los discípulos. Aturdidos estaba por todos aquellos acontecimientos del prendimiento de Jesús, su apresurado juicio y condena y su muerte en la cruz. No por mucho anunciado por Jesús estaban preparados para todo aquel acontecimiento; Jesús les había hablado que al tercer día resucitaría, y entre que no sabía ciertamente lo que eso significaba - ¡cuántas preguntas se habían hecho cada vez que les hablaba de ello! – y el no haberlo visto tan pronto y de la manera que ellos imaginaban, todas las noticias que les llegaban les costaba aceptarlas.

Habían tomado como visiones lo que las mujeres en la mañana les habían dicho, no habían creído a María Magdalena que contaba que lo había visto y les mandaba un mensaje, no creyeron a los discípulos que se habían ido al campo, a Emaús, y se habían encontrado con El en el camino; les costaba dar el paso. No les era suficiente lo que los demás contaban. ¿Los creerían a ellos si fueran a los demás también con esa buena noticia?

Era necesario algo más. Era necesario un encuentro. Era necesario vivir su presencia y escuchar en lo hondo del corazón sus propias palabras. Y eso iba a suceder y sería el punto de arranque de algo maravilloso, algo nuevo para ellos mismos, pero que sería algo nuevo para el mundo, sería la buena noticia que tenían que transmitir por todo el mundo, como el mismo Jesús les encargaría.

Los otros evangelistas hablan de diversos encuentros; algunos insistiendo en los encuentros con el Cenáculo y Juan resaltando también el encuentro en Galilea junto al lago de Tiberíades. Marcos nos sitúa este encuentro allí donde están reunidos, probablemente se refiera al Cenáculo. ‘Por último se les apareció Jesús cuando estaban sentados a la mesa…’ nos dice el evangelista.

Confrontando paralelamente lo que los otros evangelistas nos dicen podemos hablar de sorpresa y de alegría, de impulso para ir ya también a llevar esa buena noticia a los demás y de sentirse transformados interiormente porque ahora sí tenían la certeza de la presencia de Cristo resucitado. Como dirían en otra ocasión a la samaritana que les había llevado la noticia de Jesús que le había contado todo lo que había hecho, no creemos por lo que tú nos digas sino porque nosotros mismos lo hemos visto. Así sería la reacción de quienes estaban sentados a la mesa aquel día con la llegada de Jesús. Lo habían visto, habían experimentado su presencia y escuchado sus palabras, de El había recibido también la misión.

No podemos callar lo que hemos visto y oído, porque tenemos que obedecer primero a Dios que a los hombres, dirían los apóstoles cuando desde el Sanedrín, sin saber qué hacer con ellos los habían dejado libres pero prohibiéndoles seguir hablando de Jesús. Pero Jesús los había enviado como testigos hasta el fin del mundo y hasta el fin de los tiempos. No podían callar, aunque no los creyeran – tampoco ellos habían creído al principio a quienes venían con la buena noticia -, aunque les prohibieran hablar de Jesús, aunque también a ellos los encarcelaran y los hicieran sufrir, lo que habían visto y oído tenían que comunicarlo.

Qué importante es esa experiencia viva de fe, no es simplemente en una tradición que luego manifestaremos y expresaremos con algunos rituales, es algo vivo que llevamos grabado en el corazón.

 

domingo, 20 de abril de 2025

Aleluya, tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado

 


Aleluya, tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado

Lucas 24, 1-12

Jesús lo había anunciado con toda claridad, pero a los discípulos les había costado entender. Pedro había intentado quitarle esa idea de la cabeza cuando Jesús había hablado de que iba a ser entregado en manos de los gentiles que le llevaría a la muerte; por eso ahora había sido un golpe muy grande su prendimiento en Getsemaní que les había hecho temblar llenos de cobardía, algunos se habían refugiado en el cenáculo donde había sido la cena pascual y los más atrevidos como Pedro y Juan habían llegado hasta el patio del sumo sacerdote, pero Pedro había claudicado y le había negado. Sólo Juan, el discípulo amado, había sido capaz de llegar hasta el calvario para recibir como testamento el cuidado de la madre.

Habían pasado las horas del sábado, obligados por el descanso sabático, y las mujeres en la mañana habían querido llegar al sepulcro para poder embalsamar debidamente según todos los ritos el cuerpo muerto de Jesús. No habían pensado quien les correría la piedra de la entrada del sepulcro, pero el sepulcro estaba abierto; en su interior no habían encontrado el cuerpo de Jesús y un ángel del cielo les había dicho que por qué buscaban entre los muertos al que estaba vivo, pues Jesús había resucitado.

Habían traído la noticia al cenáculo donde seguían reunidos los discípulos, pero ellos tampoco les habían creído. Eran visiones de mujeres. ‘Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron’, dice el relato del evangelista. Solo Pedro había ido al sepulcro y comprobó que allí no estaba el cuerpo de Jesús, regresó impresionado, pero seguían con sus dudas y con sus miedos.

¿Qué necesitaban para creer? Solo el sepulcro vacío no bastaba. Era necesario algo más que luego se iría produciendo en todos ellos, el encuentro vivo con Jesús resucitado. Los ángeles les habían dicho lo mismo que Jesús les había anunciado. ‘Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’.

Es el mensaje que hoy nosotros seguimos recibiendo. Es bueno y necesario el testimonio de la fe de los creyentes a través de la historia desde la experiencia de los apóstoles hasta lo que hoy nosotros queremos vivir. Pero una cosa es muy importante, que nosotros por la fe también lleguemos a tener la misma experiencia, que nosotros vivamos también ese encuentro con Cristo resucitado allá en lo más hondo de nuestra vida. Es lo que va a despertar nuestra fe, es lo que a nosotros también tiene que convertirnos en testigos, es lo que nosotros tenemos que vivir.

Es lo que nosotros en este día de Pascua celebramos, a Cristo resucitado, porque lo vivimos, porque lo experimentamos dentro de nosotros, porque sentimos igualmente su presencia en nuestra vida. Es lo que nos hace testigos y lo que tenemos que repetir al mundo para que crea; pero lo vamos a repetir no solo con palabras sino con nuestra vida; lo vamos a proclamar y gritar a los cuatro vientos, pero lo vamos a expresar en nuestra forma nueva de vivir, porque con Cristo, con su presencia en nuestra vida, nosotros también hemos renacido a una vida nueva. Eso, vida nueva. Algo nuevo tiene que manifestarse en nosotros, que será lo que podrá transformar nuestro mundo.

Este mundo nuestro que nos rodea con su materialismo y con su violencia, este mundo tan lleno de vanidades pero al mismo tiempo deseando algo nuevo y algo mejor, pero sin saber a veces por donde camina; este mundo nuestro que se desmadra buscando felicidad y que solo la pone muchas veces en placeres efímeros, este mundo que nos parece sin corazón que se encierra tantas veces en la insolidaridad y el egoísmo, este mundo ambicioso y orgulloso que busca satisfacciones o que ansía el poder para dominar y controlar, este mundo necesita unos testigos que le digan que hay otro camino de felicidad, ese mundo nuestro que necesita una transformación y que solo le llegará desde unos testigos verdaderamente comprometidos en otros valores.

Ahí tenemos que ser testigos, nosotros los que creemos en Cristo resucitado podemos y tenemos que decirle con el testimonio de nuestra vida que es posible un mundo mejor. No nos creerán solamente por nuestras palabras, pero el testimonio de nuestras obras es el camino del convencimiento. No siempre hemos sido capaces de hacerlo, porque también a nosotros en ocasiones nos entran dudas y nos acobardamos. Tenemos que despertar nuestra fe.

Tenemos que sentirnos en verdad transformados con la presencia del Señor resucitado en nuestras vidas que se hacen distintas. También nosotros desde las sombras de nuestra vida, desde nuestros miedos y cansancios, desde nuestros sufrimientos e incertidumbres, desde nuestras angustias y nuestras penas, desde nuestras derrotas y fracasos, desde nuestras luchas pero también desde nuestro amor y nuestros compromisos queremos sentir que Cristo resucitado transforma nuestra vida, fortalece nuestra vida.

Tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado. Así viviremos la alegría de la Pascua, así proclamaremos de verdad que Cristo ha resucitado. ¡Aleluya!