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viernes, 27 de marzo de 2026

No nos valen acomodos ni complejos por los miedos y temores, no nos valen los conformismos, somos unos testigos que no podemos enmudecer porque es la hora de Dios

 


No nos valen acomodos ni complejos por los miedos y temores, no nos valen los conformismos, somos unos testigos que no podemos enmudecer porque es la hora de Dios

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

Ser profeta no es una tarea fácil; muchas veces nos hemos hecho una idea, no sé si decir muy idílica, sobre lo que es un profeta y cuál es realmente su misión. Lo vemos fácilmente como el que tiene visiones y desde esa visiones puede anunciarnos lo que va a ser el futuro, y nos agrada cuando nos parece que nos dice que nos sucederán cosas hermosas y gratas, aunque al mismo tiempo sentimos como cierto temor cuando nos parece que nos habla airado anunciándonos calamidades que vemos casi como si fuera el fin del mundo y el castigo de todo.

Pero estoy diciendo que es algo muy idílico que quizás nosotros nos hemos imaginado, también porque quizás no hemos sabido leer lo que son los oráculos de los profetas. Tendríamos que pensar en el profeta como el hombre de Dios que con su palabra, algunas veces quizás llenas de misterio, nos está ayudando a comprender la visión de Dios sobre la vida y el mundo y lo que son sus designios que nosotros podemos aceptar o no; es un testigo de Dios y no solo con su palabra sino con su vida misma, para aceptarnos confrontar nuestra vida con lo que son los designios de Dios. Y como nos hace ver la cruda realidad de nuestra vida no nos agrada quizás su misión profética y tratamos de acallarla de mil maneras o rechazarla porque se está convirtiendo en una exigencia para nosotros.

Bien comprendía el profeta Jeremías cuál era su misión pero cuál era el rechazo que le hacían sus contemporáneos; en una ocasión lo encerraron en una cisterna vacía para dejarlo allí morir de hambre, por citar algunos de esos momentos duros. Pero Él se fiaba del Señor que lo había llamado a pesar de su resistencia porque comprendía que era una misión difícil. ‘Pero el Señor es mi fuerte defensor, le escuchamos hoy, me persiguen pero caen indefensos’. Así hemos dicho nosotros con el salmista ‘yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, mi roca, mi alcázar, mi libertador’.

He querido reflexionar sobre esto porque nos ayudará a comprender la situación en que se encuentra Jesús cuando también es rechazado por los judíos. Hoy hemos escuchado en el evangelio que cogieron piedras para apedrearlo. ‘¿Por cuál de las obras buenas que hago por encargo del Padre me apedrean?’ Y era eso lo que les dolía, la forma en que Jesús hablaba de Dios a quien llamaba su padre. Lo acusan de blasfemo, ‘porque tú siendo hombre te haces Dios’. No llegaban a contemplar el misterio de Dios que en Jesús se estaba manifestando. En su ceguera, nos dice el evangelio, intentaron detenerlo pero no pudieron. Y Jesús se marchó a la otra orilla del Jordán, allí donde Juan había estadp bautizando, nos detalla el evangelista, porque aún no había llegado su hora.

Pero todo esto me hace pensar en nuestra tarea y en nuestra misión como cristianos en medio del mundo. Recordamos que en nuestro bautismo hemos sido ungidos para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. Algunas veces lo olvidamos, no llegamos a vivir en integridad y con toda intensidad esa misión que hemos recibido. Quizá también como el profeta tenemos miedo, como decía Jeremías no soy más que un niño que solo sabe balbucir. Pero Dios le confió esa misión, como nos la confía a nosotros, ser profetas.

No, no vamos a ir por ahí anunciando cosas futuras, tampoco tenemos que ir clamando anuncios de muerte y destrucción para llenar de miedo a la gente. Nuestra tarea tiene que parecerse a la de Jesús para despertar esperanza, para poner ilusión en el corazón por algo nuevo y distinto, por algo mejor para nuestra vida y para nuestro mundo.

Tenemos que dar señales con nuestra manera de actuar, con nuestra manera de vivir de ese mundo nuevo que tenemos que construir. No siempre será fácil, porque también nosotros estamos llenos de debilidades y aparecen nuestros miedos y temores; no siempre es fácil porque tan pronto nos presentemos como testigos de algo nuevo vamos a encontrar el rechazo en tanto conformismo que encontramos alrededor.

No es necesario complicarse la vida tanto, nos dirán, y nos estarán invitando a que también nosotros nos acomodemos, no vayamos con tanta radicalidad, atemperemos nuestro entusiasmo. Pero no nos podemos doblegar, somos testigos y no podemos callar, llevamos una luz que no podemos poner escondida en cualquier rincón, llevamos una verdad que no podemos callar para no molestar a quienes quieren actuar de otra manera.

Es la hora de Dios que tenemos que anunciar y proclamar para nuestro mundo.


miércoles, 3 de septiembre de 2025

El amor cristiano no se mide solo por lo que hacemos, sino también por nuestra disposición a salir, a movernos, a cruzar fronteras, por incómodas que sean

 


El amor cristiano no se mide solo por lo que hacemos, sino también por nuestra disposición a salir, a movernos, a cruzar fronteras, por incómodas que sean

Colosenses 1,1-8; Salmo 51; Lucas 4, 38-44

Cuando nos sentimos a gusto con alguien no queremos separarnos de él;  el niño que no quiere separarse de sus padres, es la primera imagen que se nos ocurre, pero bien sabemos que los padres no quieren separarse de sus hijos; pero nos sucede con la amistad, cuando encontramos un verdadero amigo que nos comprende, que nos escucha, que sabe estar a nuestro lado, no queremos perderlo. Muchas veces también en la vida nos podemos encontrar con una persona que nos hizo pensar y que nos ayudó a crecer, que nos habló desde el corazón y a nuestro corazón en cosas que consideramos importantes en el vida, o que nos ayudó a encontrar caminos, no es que no los olvidemos nunca, es que quisiéramos estar siempre a su lado, seguir dejándonos envolver por su mirada, escuchando sus palabras sabias, sintiendo el impulso que significa para nuestras vidas su presencia, no nos gustaría estar lejos de esa o esas personas.

La presencia de Jesús en Cafarnaún estaba produciendo un gran impacto en la población, lo sucedido en la sinagoga con la curación de aquel endemoniado, la curación de la suegra de Pedro, pero también la cercanía que Jesús mostraba con todos dejando que a El llegaran con sus problemas y con sus angustias, con sus desesperanzas y sus deseos de algo nuevo, con su corazón roto y dolorido o con sus enfermos que ponían a su paso para que El los curase, no nos extrañe, pues, que quieran retenerlo y no dejarlo irse de aquel lugar. Al amanecer estaban de nuevo a su puerta buscándolo, mientras El se había ido al descampado para orar; cuando lo encuentran quieren retenerlo, pero El dice que ha venido para llegar también a otros lugares y se pone en camino. En ocasiones veremos que la gente se va con El de un sitio para otro juntándose incluso muchedumbres hasta en lugares descampados.

Con Jesús hemos de aprender también a ponernos en camino. Nuestras puertas no pueden estar cerradas ni nuestros horizontes limitados. El bien y la bondad son cosas que tienen que rebosar y expandirse a su alrededor llegando a los más sitios posibles. Aunque las cosas nos parezca que marchan bien allí donde estamos, no podemos quedarnos encerrados en nosotros o en la comodidad que en cierto modo se produce allí donde nos hemos acostumbrado a estar o las cosas nos están saliendo bien. Es algo que algunas veces nos cuesta entender y demasiadas veces predomina en nosotros la comodidad que se convierte en rutina.

Claro que salir para hacer un camino nuevo nos puede producir incertidumbre por desconocimiento de lo que vamos a encontrar que nos hace que nos llenemos de miedos. Pero nuestra fe en Jesús nos pone necesariamente en camino porque es algo que no podemos guardar para nosotros mismos sino que siempre estamos llamados a trasmitir y compartir.

Y tenemos la tendencia a instalarnos y cuando nos instalamos parece que todo pierde fuerza y puede acabar muriéndose. Es la vida que nunca puede detenerse, es la vitalidad interior que nos hace estar buscando algo nuevo, algo más, algo superior; no podemos dejarnos avejentar porque caigamos en una inactividad que nos lleva a la muerte. Siempre hemos de tener ese espíritu joven y en cierto modo impulsivo que nos empuja a crecer.

Como le he escuchado decir a alguien y que en cierto modo quiero poner como resumen de esta reflexión que nos venimos haciendo, ‘el amor cristiano no se mide solo por lo que hacemos, sino también por nuestra disposición a salir, a movernos, a cruzar fronteras, por incómodas que sean’.  También Pedro sintió la tentación de instalarse cuando quiso montar tres tiendas en el Tabor porque allí se encontraba bien, porque allí se encontraba como en el cielo. Pero Jesús los hizo bajar de la montaña para seguir por la llanura y por las luchas de la vida. ¿Cuáles serán esas llanuras de la vida que me están esperando?

viernes, 3 de noviembre de 2023

Por nuestros acomodos y falta de valiente testimonio se va secando nuestro mundo, materializando tanto que va perdiendo el sentido espiritual y se va descristianizando

 


Por nuestros acomodos y falta de valiente testimonio se va secando nuestro mundo, materializando tanto que va perdiendo el sentido espiritual y se va descristianizando

Romanos 9,1-5; Sal 147; Lucas 14,1-6

Hay veces en que no somos leales ni con nosotros mismos. ¿Por qué digo eso? Queremos contentar a todos, no queremos desagradar a nadie, a todos ofrecemos una sonrisa aunque por dentro nos estemos recomiendo porque no nos gusta lo que hacen o lo que dicen, pero hay que quedar bien, ser agradable con todos, pero, ¿dónde han quedado nuestros valores y nuestros principios? Como se suele decir a la altura del betún.

No opinamos para no llegar la contraria, y entonces vayan a pensar de nosotros o nos vayan a catalogar. No somos firmes en nuestras convicciones tenemos miedo de que se nos ponga la cara colorada, y entonces disimulamos, tratamos de hacer unas mezclas para que todos se queden contentos, y así podríamos decir muchas cosas que nos cuesta reconocer, pero que tantas veces hacemos de forma parecida para mantener los apariencias.

A Jesús lo habían invitado a comer en casa de uno de los fariseos principales, y como era normal en ese tipo de comidas o banquetes allí estaban todos los amigos del anfitrión que además formaban parte del mismo grupo de los fariseos. Y como solía suceder en ocasiones así estaban todos al acecho a ver qué es lo que hacía o lo que decía Jesús. ¿Se vería Jesús comprometido porque no estaba en su ambiente, estaba además rodeado de todos aquellos personajes principales, así se consideraban, de la sociedad del momento? ¿Cuál sería la manera de actuar de Jesús?

Resultó que apareció allí por el banquete – donde estuviera Jesús enseguida acudían con sus dolencias y con sus angustias – un hombre que padecía de hidropesía. Una enfermedad incómoda y molesta que con llevaba muchos sufrimientos. ¿Qué haría Jesús? Sabía que allí estaban todos aquellos  personajes principales al acecho. Y Jesús va directamente al grano. Lanza la pregunta. Sabía que allí estaban todos aquellos leguleyos, además muchos de ellos maestros de la Ley, siempre pendientes de sus juicios morales sobre todo lo que se pusiera por delante. ‘¿Es lícito curar los sábados o no?’

No lo especifica claramente el evangelista aunque lo de a entender, pero en ese momento se produjo un abismo de silencio. ¿Cómo se atreve a hacer tal pregunta si está tan claro en la ley?, pensarían aquellas personas. Para ellos parecería que la respuesta sería fácil. Pero Jesús estaba preguntando por algo más, estaba preguntando donde está la dignidad de la persona. ¿Qué sería realmente lo que Dios querría en situaciones así?

Y a pesar de los silencios cortantes, Jesús sigue haciendo preguntas, sigue haciendo reflexionar. Se cae un animal a un pozo y aunque sea sábado no lo dejamos morir, sino que haremos todo lo que sea necesario para sacarlo del pozo. ¿Está una persona sumida en sus sufrimientos y la dejaremos que se hunda y se ahogue en el pozo?

No tuvo Jesús reparo en que todos aquellos que le rodeaban, que incluso aquel que lo había invitado a aquella comida pudieran pensar distinto. No actuó Jesús, como se suele decir hoy, haciendo lo políticamente correcto. La verdad de su mensaje tenía que brillar con todo resplandor. El que sepamos buscar siempre por encima de todo es el camino que hemos de seguir y es con el que de verdad damos gloria a Dios. La gloria del Señor no se consigue a costa del hombre, a costa de la persona.

Y es cómo tenemos que mostrarnos los cristianos, que tantas veces parece que vamos como avergonzados; no somos valientes para dar testimonio; no proclamamos lo que son nuestras creencias, nuestros valores y nuestros principios; tratamos de acomodarnos al ambiente en el que vivimos y como sabemos que es desfavorable no vamos a ir de provocadores. Nos falta el arrojo del Espíritu, el testimonio valiente de nuestra fe. Y por esa falta de valiente testimonio así se va secando nuestro mundo, que se va materializando tanto que va perdiendo el sentido espiritual, que se va descristianizando. Seamos valientes que con nosotros está la fuerza del Espíritu.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

No nos acobardemos ni tengamos miedo, mantengamos la firmeza y fidelidad que se manifieste en la perseverancia y encontraremos la salvación

 


No nos acobardemos ni tengamos miedo, mantengamos la firmeza y fidelidad que se manifieste en la perseverancia y encontraremos la salvación

Daniel 5,1-6.13-14.16-17.23-28; Sal.: Dn 3,62-67; Lucas 21,12-19

Mantenerse uno firme en sus convicciones no es fácil. Es más fácil acomodarnos. Es la tentación en la que todos estamos en las distintas facetas de la vida. Hoy se emplea mucho la frase de lo políticamente correcto; o sea aquello que tú tienes que pensar o decir para no ir a la contra de lo que todos dicen; porque ahora quieren mandar los que se creen en mayoría; y no hablo ahora de democracia política, sino del común sentir y hacer de la gente, de lo que todo hacemos. 

Hay corrientes de opinión y ahora todos tienen que pensar según esa corriente de opinión dominante; y las corrientes de opinión las crean algunos que más gritan, o más se manifiestan en la calle o en los medios de comunicación, los que van creando influencias en los demás, en la mayoría de la gente, y a esos hay que creerlos y seguirlos, no se puede ir a la contra. Y entonces para no resultar molestos o incómodos, nos acomodamos (vaya con todo sentido el juego de palabras incómodo-acomodarse). Si alguien quiere opinar distinto lo va a tener difícil. La verdad de la vida tiene que ser algo mucho más profundo.

Por eso al que quiere ser cristiano de verdad le va a costar, no le va a ser fácil. Porque muchas veces tendremos que remar en contra. Nuestros valores y nuestros principios son otros de los que el mundo o la sociedad tratan de imponer. Y nos va a costar mucho la fidelidad. Nuestro punto de partida tiene que ser el evangelio, esa buena nueva que Jesús nos ofrece que se convierte para nosotros en un sentido de vida.

Las motivaciones profundas que nosotros tenemos para nuestro trabajo por la justicia, para la construcción de nuestro mundo desde el amor, para conseguir la verdadera paz que nos dé una felicidad duradera y profunda tienen unas características muy especiales que nosotros mamamos (vamos a decirlo así) en el evangelio. Y eso choca con los intereses del mundo, eso choca con un sentido materialista de la vida, eso choca con los egoísmos que nos asaltan y las posturas interesadas de tanto que solo buscan sus ganancias o sus vanidades. Y nos vamos a encontrar entonces con un mundo enfrente, al menos con muchos que no les convencen nuestras ideas y tratarán de destruir lo que nosotros vayamos construyendo sin importarles el destruirnos a nosotros también.

Y de eso es de lo que nos está previniendo Jesús en el evangelio cuando nos habla de persecuciones y de cárceles o de que nos vamos a encontrar enfrente quizás hasta los más cercanos que tengamos a nuestra vida como pueden ser nuestros familiares o aquellos que consideramos amigos. ‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre… Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre…’

Pero Jesús nos dice que no nos acobardemos, que no tengamos miedo, que no estemos preocupándonos demasiado en como hemos de hacer nuestra defensa, porque su Espíritu estará con nosotros.  ‘Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’.

Termina Jesús hablándonos de la firmeza, de la fidelidad de nuestra vida. Firmeza y fidelidad que se ha de manifestar en la perseverancia. Eso que nos cuesta tanto. Pronto nos cansamos. Pronto tiramos la toalla. Pronto nos parece todo tan oscuro que perdemos las ganas de luchar, de esforzarnos, de seguir adelante. ‘Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’, nos dice Jesús.

Vemos a tantos en la vida, en diferentes aspectos o en diferentes situaciones que cuando encuentran la dificultad ya van derrotados, que podemos nosotros terminar haciendo igual. Además muchas veces queremos que la salida sea a nuestra manera, pero Dios abre caminos nuevos y distintos delante de nosotros. Si permanecemos fieles aun en los momentos más oscuros veremos que al final la luz de Jesús no nos faltará. Como nos dice hoy ‘ni un cabello de vuestra cabeza perecerá’. Confiemos en el Señor, en su Palabra, en la fuerza de su Espíritu que estará siempre con nosotros.

sábado, 2 de mayo de 2020

Se nos atragantan también las palabras de Jesús cuando nos habla de comerle con todo lo que significa de creer en El y aceptar y hacer vida todo su mensaje


Se nos atragantan también las palabras de Jesús cuando nos habla de comerle con todo lo que significa de creer en El y aceptar y hacer vida todo su mensaje

 Hechos 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69
A veces oímos solo lo que queremos oír. Pudiera parecernos algo incongruente, pero si nos analizamos bien es lo que nos es más fácil hacer. Nos gusta lo que nos resulte agradable, y no son solo palabras bonitas de un momento, sino que de alguna manera nos gusta escuchar promesas de futuro mejor, de algo que nos haga la vida fácil y cómoda, y que las exigencias sean mínimas. Si nos paramos a pensar un poco es lo que nos hacen los populistas que se quieren ganar al pueblo con vanas palabras e ilusiones, encantando los oídos de los que escuchan con promesas de algo mejor, pero que cuando esos dirigentes tienen el poder en su mano los que realmente van a tener una vida mejor son ellos mismos, porque de las promesas al pueblo se olvidan pronto y harán totalmente lo contrario. Estamos cansados de cosas así, aunque algunas veces no aprendemos y seguimos entusiasmándonos con esos sueños que trataran de alentar y fomentar para que al final no lleguemos a ninguna parte. 
Por eso a veces no escuchamos sino lo que queremos oír, como decíamos, pero cuando se presenta alguien que es cierto que despierta esperanzas por su cercanía o su manera de actuar, porque las palabras en verdad tienen profundidad que abre a caminos nuevos, pero que no oculta las exigencias, la respuesta responsable que hemos de dar, el cambio que tendríamos que dar en lo más hondo de nosotros mismos porque no nos podemos quedar ni con remiendos ni con apariencias, eso ya no nos gusta tanto y fácilmente nos vamos quedando en el camino, porque nos puede parecer un camino exigente.
Tendríamos que revisar nuestra manera de dar respuesta a lo que nos pide el evangelio y ver si en verdad llegamos a comprender el mensaje nuevo que nos ofrece y si llegamos a tener la apertura suficiente en nuestro corazón para acoger esa palabra radical del evangelio y somos capaces de poner en camino sin temores ni desconfianzas. Y es que muchas veces nos hacemos nuestros acomodos, nuestros arreglos e interpretaciones, para matizar, para suavizar porque nos decimos que con exigencias lo que vamos a hacer es espantar la gente. Pero nuestros acomodos y arreglos a la larga son un engaño que nos hacemos y con lo que podemos también dañar a los demás.
Hemos venido escuchando esta semana en el evangelio lo que solemos llamar el discurso del pan de vida de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. En la tarde anterior habían querido hacer rey a Jesús cuando milagrosamente multiplicó el pan para que todos comieran. En la mañana se habían venido hasta Cafarnaún buscando a Jesús que les plantea el por qué le siguen. En el fondo por el milagro del pan comido en el desierto, que les recuerda el maná que habían comido sus padres y que le había dado Moisés en el camino hacia la tierra prometida. Jesús les habla ahora del verdadero pan bajado del cielo que les dará vida para siempre. Aunque le piden que les dé siempre de ese pan, cuando Jesús les dice que El mismo es ese pan y que hay que comerle a El, con lo que eso significa y representa, y que su carne es verdadera comida y quien la coma resucitará el ultimo día, las palabras se les vuelven duras para sus oídos y sus corazones y comienzan a desfilar abandonando a Jesús.
‘Dura es esta doctrina’, se dicen unos a otros. Y es algo más que el hecho de comer la carne de Jesús y beber su sangre lo que realmente se les atraganta. Comer a Jesús significa aceptarle en todas sus consecuencias; comer a Jesús es recoger todo aquello que Jesús les dice del amor y del perdón, de la verdadera paz y del autentico culto al Señor y convertirlo en ser de su vida. Mucho tendrían que cambiar sus corazones, y esos cambios cuestan. Arreglitos y remiendos nos podemos hacer, pero darle la vuelta a la vida en su totalidad y en su radicalidad es algo mucho más exigente.
¡Ojo! Que eso nos sucede a nosotros también. Veamos, si no, la superficialidad con que vivimos el seguimiento de Jesús, los arreglitos y componendas que nos queremos hacer tantas veces. Y cuando se nos presenta el evangelio en toda su radicalidad ya estamos diciendo que no son necesarias tantas exigencias, que total siempre hemos vivido así, para qué vamos a cambiar, y pensemos cuantas cosas en este estilo nos decimos o pensamos tantas veces. La exigencia y radicalidad del evangelio no nos gusta, queremos un cristianismo cómodo de cumplir unas cuantas normas que no nos compliquen la vida y así queremos seguir viviendo.
¿Seremos capaces de decir con verdad como Pedro respondió hoy a Jesús cuando les dijo que si ellos querían marcharse también? ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’. Pero, ¡ojo!, que esto tiene que ser algo más que palabras.


viernes, 6 de septiembre de 2019

Desde los valores nuevos del evangelio es necesario unas nuevas actitudes y posturas para vivir la novedad del hombre nuevo del Reino de Dios


Desde los valores nuevos del evangelio es necesario unas nuevas actitudes y posturas para vivir la novedad del hombre nuevo del Reino de Dios

Colosenses 1, 15-20; Sal 99; Lucas 5, 33-39
Algunas veces somos muy especiales, prontos siempre para el juicio y la condena. Nos dejamos llevar por las apariencias, actuamos desde unas rutinas de la vida muchas veces sin saber el por qué de lo que hacemos, no escuchamos las razones o motivos de la actuación de los demás. Y surge en nuestro interior el juicio y hasta la condena.
Nos choca lo que es nuevo en contraposición a nuestras rutinas y tradiciones y nos sentimos bien en lo que hacemos con espíritu conservador y no soportamos ninguna innovación que pretenda mejorar.
Y eso nos sucede en todo el ámbito de la vida social en que enseguida nos ponemos en alerta ante nuevos movimientos, prejuzgándolos sin conocerlo y queremos pasar todo por nuestra lupa que con el paso del tiempo puede estar desenfocada como nos sucede con nuestros ojos que pierden una visión clara por el paso de los años. Eso nos sucede por ejemplo en el ámbito de nuestras comunidades vecinales en que nos ponemos alerta cuando se quieren mejorar cosas que faciliten una actividad viva e innovación.
¿No nos sucederá también en el campo de la fe, de la religión, de la vida de la Iglesia? Ya costó mucho la aceptación de las directrices del concilio  en su tiempo. Como cuesta ahora el movimiento renovador que quiere impulsar el papa Francisco para una renovación de la vida de la Iglesia. Cuántos detractores salen de debajo de las piedras por doquier; cuantas desconfianzas en muchos ámbitos de la vida de la Iglesia; cuantos que como rémoras quieren retardar los impulsos nuevos que se van sintiendo en la vida de la Iglesia, y que son impulsos del espíritu del Señor, al que nos resistimos tantas veces.
Ya le sucedió a Jesús como vemos hoy en el texto del evangelio. Por allá aparecen unos fariseos pidiendo cuentas a Jesús de lo que hacen sus discípulos, en este caso por lo del ayuno. Jesús había comenzado pidiendo conversión desde lo hondo del corazón para poder creer en la buena nueva del evangelio. Y esa renovación cuesta. Para muchos aquello no entraba en sus planes. El Mesías tenia que tener otro sentido y otras tenían que ser las liberaciones. Pero Jesús pide la liberación y renovación desde el fondo del corazón; lo que pide Jesús es una renovación total, hombre nuevo, odres nuevos, vestido nuevo y nada de remiendos o arreglitos.
Es de lo que nos está hablando hoy Jesús. Habla de la alegría de los amigos del novio cuando están la boda de su amigo, donde no tienen que caber tristezas sino todo tiene que ser fiesta. ¿No tendría que ser así la vida del cristiano que se siente unido a Jesús? Tenemos que vivir la alegría de la fe, pero muchas veces nuestros rostros adustos y serios dan la impresión que nos falta esa alegría interior que tenemos que sentir siempre desde la fe.
Quien sigue el camino de Jesús ha de sentirse un hombre nuevo, y quien se siente nuevo se siente con alegría, con deseos de búsqueda, de renovación, de algo nuevo que nos llene de vida; quien sigue a Jesús no puede estar viendo dificultades todo el día, porque se siente con la fuerza del Espíritu; quien sigue a Jesús está queriendo hacer un mundo nuevo, no se contenta con remiendos ni rutinas sino que se siente impulsado a una renovación total. Pero todavía sigue habiendo cristianos que caminan bajo el peso de las rutinas, como cansados y desalentados y criticarán todo lo que significa renovación. Nos sentimos acomodados y ponemos mil dificultades para salir de esa comodidad.
Nos habla Jesús de una vida nueva que no se puede contener en los odres viejos; una vida nueva que no se puede quedar en apaños y remiendos. A vino nuevo, odres nuevos. Cuánto nos queda por hacer en la vida de la Iglesia.


sábado, 4 de mayo de 2013


Nos acostumbramos y acomodamos y dejamos de ser sal y luz para nuestro mundo

Hechos, 16, 1-10; Sal. 99; Jn. 15, 18-21
Dos palabras que pueden ser síntomas de actitudes o posturas que pueden ser peligrosa tentación que nos impida vivir la vida con intensidad y plenitud, acostumbrarse y acomodarse. Pueden parecernos actitudes inofensivas pero creo que realmente encierran muchos peligros para nuestro cotidiano vivir, que no por cotidiano se ha de vivir con menor intensidad.
Cuando uno se acostumbra a algo llega a perderle el sabor y hasta el sentido de aquello que hacemos y acostumbrados ya no sabremos sacarle toda su riqueza en sabores y matices. Y no es solo en cuestión de comidas sino en las cosas con las que nos vamos acostumbrando y que ya hemos dejado de saborear y disfrutar. Son las rutinas que se nos van metiendo en el alma donde no sabemos apreciar la novedad de lo que vamos viviendo en cada momento que nos podría llevar al cansancio y al aburrimiento para el final dejarlo todo por perdido.
Y de la misma manera, el acomodarse; porque perdemos la naturalidad y la espontaneidad de lo que es nuestra vida y de lo que son nuestras convicciones; podría ser una falta de personalidad o de seguridad en si mismo o en aquello que creemos, porque por cobardía o por falta de valentía dejamos a un lado nuestros principios y valores quizás temiendo que podamos ser incómodos a los demás por nuestra manera de pensar y de actuar.
Esto que nos puede suceder en muchos aspectos de la vida, tanto el acostumbrarse como el acomodarse, nos hace mucho daño en el camino de la vivencia de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Ser cristiano no es como un barniz que nos demos por encima para determinados momentos o determinadas cosas ni algo en lo podamos estar como si de vaivenes se tratara.
Mostrarnos como cristianos con toda autenticidad puede resultarnos en momentos difícil y costoso porque nuestra manera de vivir, nuestros principios y convicciones pueden resultar incómodos o en cierto modo rechazables para muchos de los que nos rodean. No podemos decir que somos cristianos porque simplemente nuestra familia o los que nos rodean son cristianos, sino que ahí tiene que haber una convicción fuerte y valiente, porque muchas veces quizá tengamos que, como se suele decir, nadar contra corriente porque los que nos rodean, aunque también se digan cristianos, sin embargo no han hecho claramente esa opción por el evangelio y por Jesús.
Ser cristiano de verdad me exige y me plantea en cada momento esa opción que he de hacer en mi vida para ser fiel de verdad al Jesús en el que creo y que es mi Salvador. No es acostumbrarme y dejarme arrastrar porque pueden ser otras cosas las que al final nos arrastren alejándonos del verdadero punto de apoyo de mi vida que es Cristo. En un mar lleno de corrientes que se contraponen de un lado y de otro el que nada no se puede simplemente dejarse llevar porque cualquier corriente lo alejaría de la costa y lo podría poner en verdadero peligro.
Es lo que nos anuncia hoy Jesús en el evangelio. ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mi antes que a vosotros… vosotros  no sois del mundo… por eso el mundo os odia… si a mi me han perseguido, también a vosotros os perseguirán…’ Nos lo anuncia y nos previene. Pero no para que nos acomodemos, para que nos dejemos llevar y confundir, sino para que nos sintamos fuertes y seamos en verdad fieles a nuestro seguimiento de Jesús. Ya nos dirá en otros momentos que su Espíritu está en nosotros y es nuestra fortaleza.
Es una tentación fuerte que podemos sentir. Muchas veces escuchamos también quien nos dice que bueno que soy cristiano, pero que vamos haciendo lo que podemos, que hacemos como hacen los demás, porque otros son cristianos también y no se toman las cosas tan en serio, con tanta radicalidad. Tenemos que reconocer que muchas veces hay demasiada mediocridad en nuestra vida; que rehuimos todo lo que signifique esfuerzo o sacrificio y lo que queremos son las cosas suaves. Así andamos donde vemos cómo se cae fácilmente en la pendiente de la frialdad y de la indiferencia con la que muchos terminan por claudicar del nombre de cristianos.
Pidámosle al Señor que nos dé esa valentía y esa fortaleza del Espíritu para vivir como auténticos cristianos. Así es como podremos ser en verdad sal de la tierra y luz del mundo; pero si la sal se vuelve sosa ya no nos sirve para nada, y si la lámpara deja de alumbrar la buena luz para qué la queremos. Necesitamos ser cristianos que seamos buena sal para nuestro mundo, que iluminemos de verdad con la fe auténtica de nuestra vida.