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martes, 1 de septiembre de 2026

El evangelio tiene que despertar algo nuevo en nosotros que nos sorprenda e interrogue aunque nos quedemos sin palabras, la palabra de Jesús es la única que vale y nos salva

 


El evangelio tiene que despertar algo nuevo en nosotros que nos sorprenda e interrogue aunque nos quedemos sin palabras, la palabra de Jesús es la única que vale y nos salva

1Corintios 2, 10b-16; Salmo 144; Lucas 4, 31-37

Hay cosas que nos dejan sin palabras; un hecho sorprendente, inesperado y maravilloso que sucede ante nosotros, una palabra que escuchamos que nos deja un interrogante en nuestro interior, un gesto o un detalle que observamos en alguien de quien no esperábamos que fuera capaz de hacer lo que hizo. Quedarnos sin palabras es no saber explicarnos por qué suceden tales cosas, la sorpresa que nos hace ver las cosas de otra manera a como nosotros pensábamos de siempre y para lo que parece que no encontramos razones pero que vemos que es distinto, algo que hace renacer de nuevo la ilusión y la esperanza porque encontramos una paz que no teníamos, porque nos sentimos sanados por dentro sin saber por qué ese cambio que se ha producido en nuestro interior… son interrogantes que se nos plantean, son preguntas de hasta dónde nos va a llevar esto nuevo que nos está sucediendo, son cuestionamientos de por qué hacíamos las cosas como las hacíamos y no habíamos caído en la cuenta de que podían ser de otra manera.

Claro que muchas veces no nos llevamos bien con esas novedades que nos van apareciendo porque casi queríamos seguir con la misma rutina de siempre, con lo que siempre se había hecho y no se nos había ocurrido que podía ser de otra manera; y puede surgir un rechazo, puede ser que queramos permanecer en nuestro conformismo de lo de siempre porque siempre se ha hecho así, o puede surgir el entusiasmo que nos hace buscar más y ponernos en camino hacia lo nuevo que se nos ofrece.

Son las reacciones que vemos que se van despertando en torno a Jesús, a su enseñanza y predicación y también a los signos que iba realizando como señal de que algo nuevo tenía que surgir. Están los que querían manipular el actuar de Jesús, como ayer contemplábamos en la sinagoga de su pueblo de Nazaret, donde al final pretenderán incluso despeñarlo por un barranco; hoy contemplamos cuando está enseñando en la sinagoga de Cafarnaún ante la admiración y el beneplácito de la gente que surge la voz discordante de aquel hombre poseído por un espíritu maligno que de alguna manera se enfrenta a Jesús. ‘¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’.

Pero la autoridad de Jesús se sobrepone sobre esta reacción. Era la señal de lo nuevo que Jesús quería realizar en el corazón del hombre. ‘Jesús le increpó diciendo: ¡Cállate y sal de él!. Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño’.

Entonces el evangelista nos comenta que todos están asombrados preguntándose por aquella autoridad de la palabra de Jesús. Se quedaron sin palabras, como decíamos al principio. No era a lo que estaba acostumbrados, no era la forma de enseñar de los maestros de la ley o quienes en la sinagoga los sábados comentaran las lecturas de la ley y los profetas. No parecían palabras repetidas o aprendidas de memoria, sino que había algo que se estaba transmitiendo desde lo más hondo. Por eso se están preguntando quien era aquel Jesús. que de tal manera les hablaba y les enseñaba.

Y es aquí donde entramos nosotros. Porque no estamos simplemente aprendiendo una lección de historia recordando lo que en otro tiempo sucedió. Nuestra escucha del evangelio tiene que despertar algo nuevo y distinto en nosotros; tenemos que dejarnos sorprender, tenemos que abrirnos a esos nuevos horizontes que Jesús pone ante nuestra vida, tenemos que sentir como nueva esa palabra para que se convierta en palabra de vida para nosotros, tenemos que ponernos humildemente con nuestra realidad ante Jesús aunque nos sintamos incómodos, tenemos que reconocer esas influencias que recibimos de un lago y de otro que algunas veces nos hacen resistirnos ante la buena noticia del evangelio, la buena noticia que tiene que significar aquí y ahora Jesús para nosotros, tenemos que despojarnos de viejas visiones que nos seguirían encerrando en el conformismo y la rutina, tenemos que dejar a un lado el espíritu del mundo que nunca llegará a entender a Jesús para dejarnos envolver, como nos decía san Pablo, por el Espíritu de Dios que nos llena de sabiduría para llegar a saborear de verdad las cosas de Dios.


martes, 21 de abril de 2026

Seamos capaces de ver las señales porque en Jesús tenemos todo el sentido de nuestra vida, no pasemos de largo delante de Jesús y de su Palabra

 


Seamos capaces de ver las señales porque en Jesús tenemos todo el sentido de nuestra vida, no pasemos de largo delante de Jesús y de su Palabra

Hechos 7, 51 — 8, 1ª; Salmo 30; Juan 6, 30-35

¿No viste la señal?, nos dice apresurado nuestro compañero de viaje. Íbamos tan a la carrera, con la cabeza metida en nuestras cosas que no vimos la señal de tráfico que estaba allí al lado de la carretera bien clarita; pero metidos en nuestras rutinas, con los agobios que siempre llevamos en la cabeza, aunque nos hicieran miles de señales no vimos nada y con el peligro de causar un accidente, con el peligro de perdernos en el camino, con el peligro de poner en juego nuestra propia vida pero también de los que vayamos encontrando por el camino. Más atención tendríamos que prestar porque se ponen en juego muchas cosas y podemos perder el norte del camino que quisiéramos realizar.

¿Hablamos de señales de tráfico? Nos ha servido como ejemplo para lo que ahora queremos reflexionar en torno al Evangelio que hoy se nos ofrece. Estamos en Cafarnaún al día siguiente de la multiplicación de los panes y los peces allá en el descampado, la gente ha venido a buscar a Jesús y Jesús quiere hacerles reflexionar sobre los verdaderos motivos que puedan tener en su búsqueda; el final les ha hablado de que tienen que creer en El.

Pero como en otras ocasiones nos encontraremos también en el evangelio la gente pide pruebas y señales para creer en El. Como nosotros que andamos con nuestras desconfianzas y parece que ya no creemos en nadie; cuando ha llegado alguien con razones convincentes, como se suele decir, pero sobre todo con la rectitud de una vida y que nos invita a algo especial también estamos siempre pidiendo pruebas de credibilidad; no de todo el mundo nos vamos a confiar, ¿qué autoridad tiene esa persona para que confiemos en ella y creamos lo que nos dice? Vamos pidiendo pruebas aunque tengamos bien a las claras delante de nosotros la rectitud de esa persona, porque siempre nosotros tenemos que poner una pega, siempre hay cosas que nos tienen que aclarar por muy claras que estén.

‘¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer’. La eterna pregunta, la eterna prueba que seguimos pidiendo una y otra vez. Nos cegamos para ver las señales porque andamos a lo nuestro. Ya les decía Jesús que le buscaban porque habían comido pan en abundancia en el desierto, pero no porque vieran las señales que estaba realizando.

Le argumentan lo del maná que recibieron sus antepasados en el desierto mientras peregrinaban hacia la tierra prometida, y olvidaban tan pronto la señal que Jesús había realizado cuando había multiplicado los panes y los peces para que todos comieran y comieran en abundancia. Decían que les gustaba escuchar a Jesús y se iban de un lado para otro siguiéndole para escuchar sus enseñanzas; pero quizás su mente andaba obnubilada con la idea que se habían hecho de lo que había de ser el Mesías y por eso no terminaban de comprender las enseñanzas de Jesús.

Y Jesús les habla de un pan bajado del cielo que es verdadero alimento. Alimentando estaba Jesús a aquella gente con el anuncio del Reino de Dios, con el anuncio de la Palabra de Dios, con lo que Jesús les enseñaba que les estaba dando un sentido nuevo a sus vidas. No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios, había replicado Jesús al tentador allá en el desierto. Y es el alimento que Jesús nos ofrece, el que tenemos que buscar y que solo lo podemos encontrar en El. Por eso nos dice que El es el verdadero pan bajado del cielo y que quien lo come está alimentado para siempre.

Es la Sabiduría del Espíritu de Dios quien nos alimenta; es el hambre entonces que tendríamos que tener de ese alimento, el hambre que tendríamos que tener de Jesús. También tenemos que decirle ‘danos siempre de ese pan’ conscientes de cómo tenemos que alimentarnos de Jesús que el saciará nuestra vida para siempre. Seamos capaces de ver las señales porque en El tenemos todo el sentido de nuestra vida. No pasemos de largo delante de Jesús y de su Palabra.

martes, 2 de septiembre de 2025

Una pregunta quizás que para nosotros tenemos que hacer es cómo estamos siendo la Iglesia y los cristianos signo de curación hoy para nuestro mundo

 


Una pregunta quizás que para nosotros tenemos que hacer es cómo estamos siendo la Iglesia y los cristianos signo de curación hoy para nuestro mundo

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Salmo 26; Lucas 4, 31-37

¿Quién eres tú para hablarnos así? ¿Quién te ha dado vela en este asunto? Alguna vez reaccionamos así o vemos que alguien tiene una reacción así cuando alguien nos hace pensar, alguien nos señala cosas que no ve justas, o trata de meterse en nuestra conversación o en nuestra vida para decirnos cómo podríamos hacer las cosas de otra manera. No queremos que se metan en nuestros asuntos, que nos dejen tranquilos y no nos estén sermoneando, queremos hacer nuestra vida y que nada ni nadie interfiera; quizás al final nos demos cuenta aunque nos cuesta mucho dar el brazo a torcer y queremos buscar salidas sin quizás reconocer nuestros errores; así son nuestros orgullos y nuestro amor propio. Ha sido el consejo de un amigo, ha sido alguien que tiene una visión distinta, alguien que tiene una mayor amplitud de miras.

Algo así estaba pasando en aquellos comienzos de la predicación de Jesús por los pueblos y ciudades de Galilea. Había gente que le gustaba lo que Jesús estaba diciendo, siempre hay gente ansiosa de algo distinto y está dispuesta a escuchar, pero también quienes se van a ver implicados en algo nuevo que se les está ofreciendo quizás se muestren reacios y no quieran dar el brazo a torcer. Va a ser algo muy repetido a lo largo de la predicación de Jesús, como lo será a lo largo y ancho de nuestro mundo y en todos los tiempos. Cuando quieran sacarnos de nuestras rutinas, nos resistimos, cuando veamos algo de pérdida de influencia comenzamos a entrar en los caminos de la oposición y buscaremos la manera de quitar de en medio a quien nos está haciendo esos nuevos planteamientos.

Hoy, en este casi principio del evangelio de Lucas en su relato de la vida publica de Jesús, la imagen que se nos presenta es la del hombre poseído por el demonio; son los endemoniados que aparecerán muchas veces en el evangelio, y que no hacen solo referencia a los poseídos por enfermedades malignas que en aquel concepto de entonces eran como poseídos por el espíritu del mal, sino será como un signo de esa oposición que siempre encontrará Jesús, que siempre encontrará en todos los tiempos el evangelio de Jesús.

Un endemoniado levanta la voz en la sinagoga donde Jesús está un sábado enseñando. ¿Quién eres tú? ¿Por qué te metes con nosotros? Y Jesús se muestra con autoridad, expulsando como nos dice el evangelio el espíritu inmundo de aquel hombre que se resiste incluso tirándolo por los suelos. Pero la palabra y la autoridad de Jesús son firmes, el hombre se verá liberado del mal, y las gentes reaccionan y se preguntan. ‘¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen’. Todos se sienten sorprendidos y maravillados de manera que la noticia de Jesús se irá extendiendo por todos los pueblos.

¿Cuál sigue siendo nuestra reacción ante la Palabra y los signos de Jesús hoy en nuestra vida y en nuestro mundo? Cuidado que una forma de reaccionar sea no reaccionando, acostumbrándonos, dejándonos de interesar por los signos de Jesús porque les damos mil explicaciones pero los despojamos de todo el misterio sobrenatural que han de tener para nuestras vidas. De alguna manera algunas veces con nuestro desinterés estamos diciendo también ¿Quién eres tú? ¿Por qué te metes con nosotros? No nos dejamos sorprender por los misterios de Dios, cerramos puertas y ventanas a ese caudal de gracia que Dios nos está enviando en tantas cosas maravillosas que nos suceden y que no sabemos ya interpretar.

Pero también cuando nosotros escuchamos el evangelio es para que nos convirtamos en portavoces y signos de ese evangelio para los demás. El mundo que nos rodea también hace preguntas, desde los que no quieren que se metan con ellos, que les dejemos a su aire, que no les hagamos nuevos planteamientos, pero también podemos encontrar con quienes quieren estar en camino de búsqueda, quienes quieren dejarse sorprender por algo nuevo y distinto, pero lo terrible será que no encuentren en nosotros esos signos que tendríamos que darles.

Es una seria responsabilidad la que tenemos, es una seria tarea que tiene que hacer la iglesia; pero no pensemos en otros, no pensemos que eso tiene que venir en la iglesia desde arriba, desde la altura de los que podamos considerar como dirigentes de esa iglesia, hemos de tener en cuenta que iglesia somos todos nosotros y todos nosotros tenemos que ser ese signo, realizar esa curación de nuestro mundo.

¿Cómo estamos siendo ese signo hoy? Será quizá la pregunta que para nosotros tenemos que hacer.

miércoles, 8 de enero de 2025

La abundancia renace en medio de la pobreza llenando los corazones de esperanza cuando hay amor y bendición de Dios

 


La abundancia renace en medio de la pobreza llenando los corazones de esperanza cuando hay amor y bendición de Dios

1Juan 4, 7-10; Salmo 71; Marcos 6, 34-44

¿Qué hacemos? Nos planteamos muchas veces cuando contemplamos una necesidad, una persona con problemas, alguien que nos sale al paso pidiéndonos una ayuda en cualquier esquina. Quizás nuestros buenos sentimientos nos lleva de forma espontánea a tratar de ayudar aunque sea con lo poco que llevamos en el bolsillo, pero quizás en otros momentos pensamos en por qué esas personas en lugar de pedir no se ponen a trabajar, y nos hacemos mil razonamientos de lo que podrían o tendrían que hacer. Es cierto que tenemos que incitar a que las personas por si mismas sepan salir de sus malas situaciones y no siempre hay que darle todas las cosas hechas, pero quizá también tendríamos que pensar en lo positivo que nosotros podemos hacer por esas personas para que vivan con dignidad en lo que por otra parte podría resultar al mismo tiempo humillante. Daría para muchas consideraciones lo que nos estamos planteando, no es tema baladí y sin trascendencia.

El evangelio, el mensaje que Jesús quiere trasmitirnos y que contemplamos en los relatos del texto sagrado siempre tiene que ser para nosotros luz. No es que nos dé soluciones técnicas, respuestas sociológicas que podríamos llamar así, pero la presencia y las palabras de Jesús son siempre palabras de vida para nosotros. Con ese sentido de la fe nos tenemos que saber acercar al texto sagrado y escuchar lo que para nosotros se convierte en Palabra de Dios. Y la Palabra de Dios siempre es una palabra viva, una palabra de vida.

Es la situación que se nos presenta hoy en el texto sagrado. Una multitud que sigue a Jesús y le sigue hasta los descampados; llevan varios días con Jesús e incluso sus posibles provisiones se han ido agotando, ahora están hambrientos y cansados alrededor de Jesús. Claro que en este texto no solo hemos de ver la materialidad de esa multitud hambrienta sino en cuanto tiene de signo para nuestra vida.

Los apóstoles cercanos a Jesús se han dado cuenta de la situación y saben que allí hay pocas soluciones. ¿Dónde encontrar pan para toda esa multitud? Luego nos hablará de cantidades. Y el primer pensamiento que surge es decirles a la gente que se vayan a las aldeas vecinas o regresen a sus casas porque las provisiones se han agotado; con los entusiasmos de seguir a Jesús algunos ni se dan cuenta quizás de su situación, como en ocasiones nos puede suceder a nosotros que no caemos en la cuenta de muchos detalles de cosas ordinarias de la vida. Y es lo que le piden a Jesús que les diga a todas aquellas multitudes.

Pero ese no es el camino de Jesús. Su corazón compasivo y misericordioso que ya le ha movido a acoger a aquella gente, escucharla, atenderla, curarle de sus desesperanzas y de sus enfermedades, no está por aquello de despedir a la gente. ‘Dadle vosotros de comer’, les dice con lo que se van sorprendidos. ¿De donde vamos a sacar pan para dar de comer a tanta gente? Se siguen preguntando y planteando.

Había que buscar soluciones y por allí aparece quien tiene unos pocos panes y un poco de pescado. ‘Pero, ¿qué es eso para tantos?’ ¿Habría alguien más que ofreciera las pocas provisiones que aun le quedaban? No nos dice nada el evangelio. Solo nos dice que Jesús les pide que se sienten en el suelo. Las palabras de Jesús son de bendición a Dios por aquellos panes, por aquella generosidad del muchacho, podemos pensar también, por la maravillas que ahora todos van a contemplar. Porque los panes y los peces comienzan a repartirse y todos pueden comer. Sobrará al final una buena cantidad. La abundancia renació en medio de la pobreza cuando hay amor y bendición de Dios.

Cuando nos preguntamos o nos planteamos cosas, tal como comenzamos hoy nuestra reflexión, aquí encontramos un camino que hemos de saber transitar. Es el camino del amor y de la bendición. Del amor porque nunca nos podemos encerrar en nuestro egoísmo e insolidaridad, del amor porque son los caminos de Dios porque Dios es amor, del amor que nos hace entrar en una nueva sintonía, que nos abre horizontes, que abre también los cierra que no solo ponemos en nuestros bolsillos sino también muchas veces en nuestro corazón, que nos hace tener una mirada distinta para ver las cosas de otra manera, para ver los problemas no como caminos oscuros sino siempre con una luz que como meta encontramos al final del camino y nos está ya iluminando nuestro sendero.

Y es el camino de la bendición. Bendición a Dios que siempre estará presente en nuestros caminos aunque sean oscuros, bendición a Dios porque nos vemos regalados por su amor, bendición de Dios en que nosotros hemos de convertirnos para los demás. ¿Qué podemos hacer? Ya sabemos los caminos nuevos que se abren ante nosotros y con los que tanto bien podemos hacer por los demás.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

No solo digamos feliz navidad sino que hagamos una feliz navidad porque en Jesús nosotros y nuestro mundo encontramos una nueva salvación

 


No solo digamos feliz navidad sino que hagamos una feliz navidad porque en Jesús nosotros y nuestro mundo encontramos una nueva salvación

Isaías 52, 7-10; Salmo 97; Hebreos 1, 1-6; Juan 1, 1-18

Con palabras nos comunicamos, expresamos lo que queremos y deseamos, expresamos lo que somos, nuestros pensamientos o nuestros recuerdos, lo que buscamos y lo que es la sabiduría de nuestra vida. Hay palabras que recibimos y que son grito de atención, se convierten en luz de nuestro camino, nos dan respuesta a nuestras ansias, nos hacen entrar en nosotros mismos y nos dan un sentido a lo que somos y lo que hacemos, nos hacen entrar en relación con los demás o son como escalera que nos llevan en continua ascensión; pero también hay silencios que se convierten en palabras que nos hablan dentro, que nos hacen rumiar nuestro saber o lo que nos haya sucedido, nos hacen trascendernos a nosotros mismos o se convierten en camino de plenitud.

Estamos hablando de las palabras que nos hacen entrar en comunicación con el otro o que nos trascienden hasta Dios, pero podemos pensar en la Palabra que nos viene de Dios, o en Dios que se hace Palabra y viene a nosotros y nos quiere hacer entrar en caminos de plenitud. Me atrevo a decir que es lo que hoy estamos celebrando, me atrevo a decir que eso es Navidad. Es revelación de Dios, es como nos dice hoy el evangelio ‘Palabra que se hace carne y planta su tienda entre nosotros’. Es el Misterio de la Navidad. Es la Palabra que no solo hemos de oír sino plantar en lo más hondo de nosotros mismos, es la Palabra de vida, es la Palabra que es Luz, es la Palabra que es Salvación.

Es el misterio de Dios que contemplamos hoy en Belén. No nos quedamos en un pesebre ni solo en unos pastores, no nos quedamos en esa escena aunque con atención y devoción contemplamos. Es una contemplación que hoy tenemos que hacer para no quedarnos ni en la anécdota ni en lo accidental. Para que nuestra alegría sea completa, para que no nos empañe ninguna tristeza ni añoranza, para que el ruido de la fiesta – que también tenemos que hacer – no nos ensordezca ni nos distraiga de lo que tiene que ser lo principal de la Navidad.

Estamos sintiendo que Dios llega a nosotros, es Palabra que se nos revela para que descubramos todo el misterio de Dios, pero es Palabra que nos revela también el sentido y el valor de nuestra vida; es Palabra que nos trae descanso y esperanza en medio de nuestras fatigas y nuestras luchas y se convierte en luz para nuestro camino; es Palabra que nos hace encontrarnos mejor a nosotros mismos, pero que nos abre de manera distinta a los demás, que pone una nueva claridad en nuestros ojos para mirar de manera distinta, para comprender mejor el valor de cada persona, para entender el sentido de la vida y de lo que tenemos que hacer.

Hoy es día de salvación. ‘En la ciudad de Belén nos ha nacido un Salvador’, como anunciaban los ángeles a los pastores. Y ese es el motivo de nuestra alegría porque con el que nos ha nacido en Belén toda nuestra vida tiene un sentido nuevo, tiene un valor nuevo; a partir de quien ha nacido en Belén nosotros tenemos que ser distintos porque alejamos de nuestro corazón toda amargura y porque nuestras relaciones con los demás van a ser distintas. Es la salvación que el que ha nacido en Belén nos ha venido a traer.

Navidad tiene que ser para nosotros un momento único e irrepetible, un arranque para algo distinto, un comienzo de algo nuevo en nuestra vida. No podemos decir que celebramos navidad con toda intensidad y luego sigamos siendo los mismos con nuestras rencillas y nuestras violencias, con nuestros orgullos y vanidades, manteniendo las mismas distancias y discriminaciones con los demás, la misma insensibilidad ante los problemas de los demás o del mundo que nos rodea, conservando el odio y el rencor en el corazón, siguiendo encerrados en nuestro egoísmo.

Si sucediera así, por mucho que hayamos cantado en navidad, porque muchas palabras bonitas que nos hayamos dicho, por muchas comidas y fiestas de navidad que hayamos celebrado, no habría habido navidad en nuestra vida. Es triste decirlo, pero todo ha sido una superficialidad y una vanidad. Por eso no podemos celebrar navidad de cualquier manera. Navidad es mucho más que una cena familiar que celebremos algunas veces por compromiso o solo por tradición si luego no seguimos siendo familia de verdad cada día y en cada circunstancia. Tenemos que hacer que esa Palabra de verdad plante su tienda en nosotros, y con esa Palabra plantada en nuestro corazón entonces nuestra vida sería distinta, habría habido de verdad navidad en nosotros.

‘Y la Palabra se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’. Que se note en nuestra vida, que se note en nuestro mundo que ha habido unos cristianos han celebrado de verdad navidad, porque a partir de hoy nosotros, nuestro mundo será distinto y mejor. No es solo decir ‘Feliz Navidad’, sino que es muy importante hacer Navidad para que entonces el mundo sea más feliz y con una felicidad duradera. Es la salvación que nos trae la Navidad.

jueves, 20 de abril de 2023

Escuchemos a Jesús dejándonos empapar por su Evangelio, es buena nueva de vida, es buena nueva que nos llena de luz, es buena nueva que nos trae la sabiduría de Dios

 


Escuchemos a Jesús dejándonos empapar por su Evangelio, es buena nueva de vida, es buena nueva que nos llena de luz, es buena nueva que nos trae la sabiduría de Dios

Hechos de los apóstoles 5, 27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36

Se supone que hablamos de lo que sabemos; lo que sale por nuestros labios, y estamos haciendo referencia a nuestras palabras, es lo que llevamos dentro, lo que son nuestros pensamientos, que pueden ser nuestros deseos, que pueden ser nuestras experiencias, que puede ser la reflexión que nos hacemos sobre la vida, que puede ser lo que hondamente hayamos rumiado, pensado y reflexionado en nuestro interior; podemos incluso equivocarnos, pero es la sinceridad, o debe ser, de nuestro pensamiento; no hemos incluso de tener miedo de equivocarnos mientras haya una búsqueda sincera, que nos lleve a aceptar la verdad que podamos encontrar en lo que nos ofrecen.

Ya sabemos que hay personas que hablan y hablan y no saben de lo que hablan, están vacíos, pero de todo quieren saber; no reflexionan  hondamente pero de todo quieren opinar y en muchas ocasiones incluso pontificar dándoselas de sabios, pero donde se nota pronto el vacío que llevan dentro. Algo que tenemos que cuidar, algo de lo que también hemos de precavernos para no caer en esas redes ilusorias que nada dicen, nada nos pueden ofrecer.

¿A quien escuchamos? ¿Qué es lo que muchas veces se nos ofrece en nuestro entorno? Da gusto escuchar palabras sabias, palabras que te hacen pensar y reflexionar, palabras que te enriquecen, palabras quizás que te plantean interrogantes no para desorientarte sino para ayudarte a encontrar la verdad, palabras que se te ofrecen con sencillez, pero que van dando lustre a tu espíritu porque le dan hondura a tu vida. No es fácil en ocasiones encontrarlas, porque muchas veces encontramos vacío.

 Palabras que también tenemos que discernir para en medio de la arena encontrar la piedra preciosa. Sin confundirnos, con paciencia y con humildad, poniendo en juego toda nuestra inteligencia para dejar a un lado la escoria. Y eso cuesta, nos exige también esfuerzo, voluntad, constancia, perseverancia.

En Jesús encontramos esa fuente de sabiduría. Cuando decimos que creemos en El es porque en El hemos encontrado esa verdad que nos da vida, nos pone en camino de verdadera plenitud, nos llena de la sabiduría de Dios. Como nos dice hoy en el Evangelio ‘el que viene de lo alto está por encima de todos, el que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra el que viene del cielo está por encima de todos, de lo que ha visto y ha oído da testimonio…’

Ya nos lo repite muchas veces que El viene de Dios y nos viene a trasmitir la sabiduría de Dios. Por algo desde el principio del evangelio de san Juan se nos dice que es la Palabra, que estaba en Dios, que viene de Dios, y que viene como luz y como vida para el mundo. Es la Palabra que ha plantado su tienda entre nosotros. Es la Palabra que tenemos que escuchar y plantar en nuestro corazón. Es la Palabra que nos da vida y nos llena de salvación. Aunque a veces no queremos escucharla, a veces nos cuesta escucharla, porque son muchos los ecos de palabras vacías que resuenan a nuestro alrededor y nos ensordecen.

Hoy nos dice que ‘el que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida’. Y concluye diciéndonos que ‘el que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él’. 

Escuchemos pues a Jesús, dejémonos empapar por su Evangelio. Es buena nueva de vida, es buena nueva que nos llena de luz, es buena nueva que nos trae la sabiduría de Dios. Es quien va a dar verdadero hondura a nuestra vida, verdadero sentido y valor a nuestra existencia.

jueves, 13 de octubre de 2022

No nos escondamos de la luz, no tengamos miedo a la verdad que nos ofrece Cristo para llenarnos así de su sabiduría y sentirnos inundados de su vida, vivir su misma vida

 


No nos escondamos de la luz, no tengamos miedo a la verdad que nos ofrece Cristo para llenarnos así de su sabiduría y sentirnos inundados de su vida, vivir su misma vida

 Efesios 1,1-10; Sal 97; Lucas 11,47-54

Nos molesta la verdad, queremos ocultarla; la verdad denuncia nuestra mentira, nos descubre las oscuridades que nos envuelven, nos hace ser conscientes de la maldad que puede haber en nuestro corazón, pone al descubierto las vanidades con las que queremos ocultar el vacío de nuestra vida. Queremos acallarla, porque nos pone el dedo en la llaga al enfrentarnos con las incongruencias con que vivimos la vida.

El que tiene la habitación desordenada cierra las ventanas y apaga la luz para que no se vea el desorden, utiliza pantallas que oculten en las esquinas todo lo que no está en su sitio; así queremos que no se sepa el desorden que hay en nuestro interior, ponemos pantallas de apariencias que traten de disimular las incongruencias en las que muchas veces andamos metidos, manipulamos lo que sea necesario para que no se descubra la falsedad en que vivimos. Que no se encienda la luz, que no de descubra la verdad, que podamos mantener las apariencias que nos pueden dar un prestigio o un poder.

Ha sucedido siempre y sigue sucediendo, pero eso no nos disculpa de nuestro miedo la verdad. Necesitamos de una vez por todas ser sinceros y ser congruentes, aunque tengamos que reconocer que hay sombras en nuestra vida que tenemos que iluminar.

Por eso rechazaban a Jesús, porque les hacía encontrarse con su propia realidad, porque la verdad de su palabra era una denuncia para tantas vanidades y para tantas incongruencias, porque la rectitud de su vida y su presencia de alguna manera los dejaba desnudos de esas apariencias que querían ocultar sus manipulaciones y afanes de dominio y de poder. Como hemos escuchado hoy en el evangelio trataban de quitarlo de en medio, buscaban la manera de acabar con El, hacían todo lo posible por desprestigiarlo y buscaban y buscaban preguntas capciosas con las que confundirlo o confundir también a la gente para que no creyera la palabra de Jesús, pero la verdad de Jesús se afianzaba más y más. Era la lucha de las tinieblas contra la luz que los llenaba de odio y de violencia.

Ante nosotros tenemos este pasaje del evangelio que en algún momento nos puede parecer duro por la forma clara que tiene Jesús de hablarles y de denunciarles lo que no estaba bien en sus vidas. Pero esto tendría que hacernos pensar en cómo nosotros escuchamos y aceptamos la palabra de Jesús y nos dejamos iluminar por su luz.

Somos débiles y muchas veces nos pueden envolver también las tinieblas, nos podremos llenar de dudas, o habrá momentos en que nos costará aceptar con humildad que no somos todo lo congruentes que tendríamos que ser con la fe que decimos que profesamos. Podemos tener también la tentación de llenarnos de vanidades y apariencias, mientras nuestro corazón maleado por muchas cosas puede estar muy distinto de ese evangelio en el que decimos que creemos.

Seamos, pues, humildes y sepámonos siempre buscadores de la verdad que solo vamos a encontrar en Jesús. Esa verdad, es cierto, que muchas veces se puede volver exigente con nuestra vida para que no andemos solamente con remiendos sino que en verdad lleguemos a vestir ese traje nuevo de la gracia, nos convirtamos en ese odre nuevo que pueda contener ese vino nuevo.

Nos exigirá en muchos momentos radicalidad en el cambio que tenemos que realizar en nuestra vida, no tengamos miedo, no volvamos la vista atrás porque quien pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no será capaz de seguir el surco de Cristo, porque eso nos dirá que no seríamos dignos de El. Desprendámonos de esos ropajes viejos del hombre viejo para que en verdad podamos ser ese hombre nuevo. No nos escondamos de la luz, no tengamos miedo a la verdad, no temamos enfrentarnos a la verdad que nos ofrece Cristo para llenarnos así de su sabiduría, podremos entonces sentirnos inundados de su vida, vivir su misma vida.

martes, 30 de agosto de 2022

Dejemos actuar a Jesús, dejémonos liberar por El y podremos asombrarnos del poder y de la autoridad de su Palabra en mi vida, verdadero evangelio para nosotros

 


Dejemos actuar a Jesús, dejémonos liberar por El y podremos asombrarnos del poder y de la autoridad de su Palabra en mi vida, verdadero evangelio para nosotros

1Corintios 2, 10b-16; Sal 144; Lucas 4, 31-37

En un mundo en que escuchamos muchas palabras, disfrutamos cuando escuchamos a alguien que habla bien. Me explico, no se trata de quien habla correctamente usando las palabras y el lenguaje de manera bella – lo que es también un encanto frente a tantas perversiones del lenguaje -, sino queremos referirnos a quien habla certeramente, al que es auténtico y creíble en sus palabras, al que habla con ideas y pensamientos que convencen y que elevan el espíritu, lo que trata de transmitirnos por supuesto es algo recto y bueno, sino que además nos ilusiona con su verdad y con los planteamientos que nos hace.

Escuchamos demasiadas palabras falaces, mucha  palabrería, cantos de sirena que tratan de engañarnos presentándonos su verdad como verdad única, cuando descubrimos cuánto de partidismo y también de falsedad hay detrás de esas palabras, cómo detrás de palabras bonitas hay mucho de engaño y de mentira porque realmente no lo vemos reflejado en sus vidas.

Hoy nos ha dicho el evangelio que la gente estaba encantada con Jesús, se admiraban de las palabras que hablaba, y lo que más les convencía es que lo hacía con autoridad. Estaban cansados quizás de escuchar las mismas cosas a los maestros de la ley y que lo que les enseñaban no les llenaban el espíritu. Cuando escuchan a Jesús se entusiasmaban, sus corazones se llenaban de esperanza, y veían signos y señales del cumplimiento de lo que les anunciaba cuando les hablaba del Reino de Dios. Eran los signos y señales que realizaba.

‘Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad’, nos comenta el evangelista. Y cuando cura a aquel hombre poseído por el espíritu del mal que estaba allí en medio de ellos en la sinagoga, su asombro llegaba al máximo. ‘Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí: ¿Qué clase de palabra es ésta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen. Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca’.

En verdad era una buena noticia lo que estaban escuchando, evangelio. Así se había presentado Jesús como esa buena noticia, como ese evangelio de vida para todos cuando anunciaba el Reino de Dios. ¿Será así cómo nosotros lo escuchamos?

Se suele decir que no hay noticia más vieja que la de ayer. Ya dejó de ser noticia. Lo que es noticia implica novedad, inmediatez; es lo que nos llega hoy, es lo que nos llega ahora y de alguna manera nos sorprende. Vamos a escuchar los noticieros en la radio o en la televisión para escuchar las últimas noticias, acudimos al periódico para leer cuales son las últimas noticias; algunas veces no nos valen las cosas impresas, porque ha tenido que pasar un tiempo en la impresión y ya han llegado posteriormente otras nuevas noticias; hoy con los modernos medios de comunicación, con Internet estamos al tanto y al minuto de lo que sucede en cualquier parte del mundo.

Pero nosotros decimos que el evangelio es buena noticia. Alguien podría pensar fue noticia en otro tiempo o en otro lugar, y ya nos puede parecer viejo, ya nos puede parecer que no es noticia. Qué equivocados estamos, el evangelio sigue siendo esa buena noticia que hoy y ahora llega de parte de Dios a nuestra vida. No lo vamos a escuchar como un relato de otro tiempo o de otro momento, sino que tenemos que descubrir ahí lo que aquí y ahora el Señor quiere decirnos; dejarnos sorprender por el evangelio, dejarnos sorprender por esa Palabra de Dios que es una Palabra viva y que ahora nos llena de vida.

En ese relato del evangelio tenemos que ver el actuar de Dios ahora en mi vida y en mi mundo, y que quizás tiene que realizarse a través de mí. Esa es la maravilla. Nos ha hablado hoy de la Palabra y enseñanza de Jesús pero también de los signos de liberación que hacía; nos está hablando ahora Jesús de esos signos de liberación que sigue haciendo en mi vida, si dejo que Dios actúe en mí; aquel hombre de la sinagoga en principio parecía que rechazaba a Jesús, pero cuando Jesús actuó en él con toda su autoridad, la vida de aquel hombre cambió.

Es lo que tiene que suceder ahora en mí. También hay un mal en nuestro corazón que nos domina, y del que Jesús quiere liberarnos. Dejemos actuar a Jesús, dejémonos liberar por Jesús y podremos asombrarnos del poder y de la autoridad de Jesús en mi vida. Ojalá terminemos esta reflexión como aquellas gentes del evangelio, alabando a Jesús porque le hemos visto actuar en nosotros. La Palabra de Jesús no es una palabra falaz sino una Palabra llena de verdad y de vida.

sábado, 7 de mayo de 2022

Tenemos que aprender no solo a oír sino a escuchar con toda la apertura del corazón la novedad de la Buena Noticia que tiene que ser el evangelio de Jesús para nosotros

 


Tenemos que aprender no solo a oír sino a escuchar con toda la apertura del corazón la novedad de la Buena Noticia que tiene que ser el evangelio de Jesús para nosotros

Hechos de los apóstoles 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69

Nos sucede en muchas ocasiones; estamos oyendo algo pero no nos estamos enterando, no estamos escuchando; entretenidos en nuestras ocupaciones tenemos la radio o la televisión encendida, pero nosotros estamos a lo nuestro; oímos que hablan de noticias, de cosas que suceden, pero no estamos prestando atención; luego quizás recordamos que hablaron de un tema importante, de algo que había sucedido, y por algunos retazos de lo que escuchamos damos nuestra opinión muchas veces bien diversa de lo que allí se había notificado. Luego podremos opinar no sé cuantas cosas, pero que son bien lejanas de lo que ha sido la realidad.

He puesto ese ejemplo como muy elemental, pero mas gravemente nos sucede en nuestras conversaciones con los demás y en nuestras discusiones; ya tenemos una idea preconcebida de lo que pensamos que nos iban a decir y no escuchamos sus argumentos, su explicación y nosotros hacemos nuestras interpretaciones; un diálogo de sordos, porque mutuamente no nos estamos escuchando aunque hagamos nuestras réplicas.

Pero ¿y no nos sucederá algo así cuando escuchamos la Palabra de Dios? Cuando comenzamos a leer un texto de la Biblia o en una celebración se nos hace la proclamación de la Palabra de Dios, tan pronto comenzamos a leer o a escuchar el relato, ya nos lo damos por sabido, tenemos nuestras conclusiones o nuestros prejuicios, pero realmente no estamos prestando atención a lo que en aquel momento se nos está proclamando; así deja de ser tantas veces verdadera buena noticia el evangelio para nosotros. Y hacemos nuestras interpretaciones, damos nuestros juicios, manifestamos que nos gusta o no o que estamos en desacuerdo, pero, ¿habremos escuchado de verdad?

Es lo que hoy escuchamos en el relato del evangelio conclusión de todo lo que hemos venido escuchando durante la semana, aquellas palabras de Jesús en la Sinagoga de Cafarnaún donde nos anuncia el Pan de vida, su Cuerpo que es vida y alimento para nosotros. Se queda aquella gente en algunas palabras, que quizá pudieran ser más llamativas y abandonan a Jesús quejándose de que aquella doctrina es dura y no se puede aceptar. No habían terminado de entender lo que significaba aquello que Jesús les decía de comerle para tener vida para siempre.

‘Desde entonces, nos dice el evangelista, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él’. Discípulos que hasta entonces habían seguido a Jesús, le habían seguido hasta el desierto, pero que ahora, podríamos decir, dejaban de serlo. Nos recuerda, tantos cristianos que así se llamaban y hasta los veíamos entusiasmados en nuestras iglesias y en muchas de las cosas de la religión, pero que de la noche a la mañana no quieren saber nada y se marchan, ya dicen que la Iglesia no les gusta, que la religión no les convence, que eso de ser cristiano ellos lo viven a su manera y que no necesitan de la Iglesia. Da mucho que pensar.

Y Jesús se vuelve a los discípulos más cercanos, a aquellos que había escogido de manera especial y los llamaba apóstoles y les pregunta que si también quieren irse.  Una pregunta inesperada, una pregunta que nos deja en silencio sin saber qué responder, una pregunta que nos cuestiona por dentro en si de verdad creemos o no creemos en Jesús, una pregunta ante la que hay que decantarse, no nos podemos quedar como si no la hubiéramos escuchado. ‘¿También vosotros queréis marcharos?’

Allí nos sale Pedro como siempre para resolver esas cuestiones inesperadas, como allá en Cesarea de Felipe cuando Jesús pregunta qué es lo que piensan de El. Ahora también será Pedro el que se adelante para hacer una afirmación que podría incluso sobrepasar todo el amor por Jesús que lleva en su corazón. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’.


Quedémonos en esas Palabras de Pedro y veamos si nosotros podemos firmar también esa confesión. Pero hagámoslo con sinceridad. Veamos si realmente nosotros solo oímos o también escuchamos la Palabra de Jesús porque vamos a ella sin prejuicios, sin ideas preconcebidas, con apertura de corazón a la novedad que es esa Buena Noticia del Evangelio.

martes, 11 de enero de 2022

Dejémonos conducir e iluminar por el Evangelio y encontraremos así la verdadera liberación que Jesús nos viene a traer dando sentido y valor nuevo a nuestra vida

 


Dejémonos conducir e iluminar por el Evangelio y encontraremos así la verdadera liberación que Jesús nos viene a traer dando sentido y valor nuevo a nuestra vida

1Samuel 1, 9-20; Sal.: 1Sam 2, 1-8; Marcos 1, 21-28

Hay cosas en la vida que nos oscurecen el alma y nos dejan obnubilados y como sin sentido. Una enfermedad que nos aparece de sorpresa en la vida cuando nos parecía que más sanos estábamos nos deja descolocados, nos hace hacernos muchas preguntas, nos ciega para no saber encontrar una luz y una respuesta.

Es el dolor físico que nos produce la enfermedad, pero son otros dolores los que se nos meten en el alma cuando nos llenamos de dudas y preguntas ante lo inesperado, ante la incertidumbre del futuro que nos espera, ante la incapacidad e invalidez espiritual para afrontar esa nueva situación que se nos presenta en la vida. Mucha madurez humana se necesita para afrontar situaciones así, pero muchos valores bien madurados que nos den fortaleza interior, pero que no siempre quizá sabemos encontrar en el momento adecuado.

Hablamos de la enfermedad como experiencia propia, pero podemos hablar de tantos tipos de sufrimiento, no ya en nosotros sino que contemplamos en los demás y que de la misma manera nos deja también descolocados en la vida. Como puede ser un accidente que todo nos lo cambia, una muerte súbita e inesperada de un ser querido y apreciado, muchas cosas que nos oscurecen la mente y nos dejan como sin sentido en la vida.

Esa inestabilidad emocional que se nos produce en nuestro interior nos puede llevar a unas actitudes de rechazo de todo lo que nos rodea, hasta de la vida misma, todo se nos vuelve como un sin sentido; incluso podemos ponernos en contra de lo bueno que nos rodea, porque quizá no soportamos que otros tengan vida, mientras nosotros nos vemos tan mermados en nuestras posibilidades; hasta una mano que se acerca compasiva a nosotros podemos rechazarla porque así nos vemos tan envueltos por el mal que ya no vemos esperanza. Mucha amargura se nos puede meter en el alma.

¿Dónde está Dios? nos podemos preguntar, pregunta que surge incluso en aquellos que antes podían parecer más creyentes. Es un mundo amargo, son situaciones difíciles, son momentos oscuros en que nos cuesta encontrar algún atisbo de luz. Pero ¿todo está perdido? Como creyente que ahora me estoy haciendo esta reflexión, desde cosas que puedan suceder en mi espíritu o de lo que contemplo en los demás, nuestra respuesta es que tenemos que buscar la luz, una luz que no nos fallará muchas que nos parezcan las oscuridades. No me queda otra que mirar a Jesús, que mirar el evangelio.

En el pasaje de hoy se nos dice que la gente estaba asombrada porque enseñaba con autoridad. Pero esa autoridad de Jesús, llamémosla así, se va a manifestar con ocasión de un hombre que hay en medio de la asamblea y que está absorbido por ese espíritu del mal. Endemoniados, los llamaban entonces; podemos hablar de enfermedades mentales, o enfermedades del espíritu, o tenemos que reconocer que mal hace ese daño en nuestro espíritu. Y aquel  hombre, en la presencia de Jesús y al escuchar su palabra manifiesta su rechazo. ¿Qué quieres de nosotros, qué quieres de mí?, viene a preguntar más o menos con este sentido. ‘¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.

‘¡Cállate y sal de él!’, le dice Jesús, y aunque aquel hombre se ve como retorcido por el mal que lo poseía, se vio liberado de él, se vio curado. Es cuando la gente de nuevo, y ahora con un sentido más hondo, reconoce la autoridad de la Palabra de Jesús. ‘¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen’.

Se manifiesta así la verdadera liberación que Jesús nos viene a traer. No es solamente curarnos del mal de la enfermedad, sino es curarnos y sanarnos desde lo más hondo de nosotros mismos. No es la enfermedad la que en el fondo nos desestabiliza, sino que algo nos falta en nuestro interior, o algo malo hemos dejado meter dentro de nosotros que no nos  hace encontrar la luz, el valor, la fortaleza, esos valores que tanto necesitamos para construir sobre verdaderos pilares nuestra vida. Y eso lo vamos a encontrar en Jesús.

Dejémonos conducir e iluminar por el Evangelio. Vayamos contemplando el camino de Jesús pero vayamos escuchando allá en lo más hondo de nosotros mismos su Palabra que día a día va a venir a nosotros. Dejemos que esa buena semilla se vaya sembrando en nuestro corazón y veremos cómo comenzarán a florecer unos nuevos valores en nuestra vida, que nos darán motivos para vivir, fuerza para luchar, luz para nuestro caminar.

Sentiremos que no caminamos solos envueltos en dudas y oscuridades porque junto a nosotros está el Señor, nuestro corazón se va a ver inundado de su gracia y caminaremos por esos caminos del Evangelio, por esos caminos del nuevo Reino de Dios.

sábado, 24 de abril de 2021

Queremos alimentarnos de su Cuerpo porque tenemos la certeza de que tiene palabras de vida eterna y que nos resucitará en el último día

 


Queremos alimentarnos de su Cuerpo porque tenemos la certeza de que tiene palabras de vida eterna y que nos resucitará en el último día

Hechos de los apóstoles 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69

Ya vendrá el tiempo de las rebajas, nos decimos, y miramos bien aquello que nos apetece para buscarlo y tratar de encontrarlo cuando venga el tiempo de las rebajas; mientras tanto nos podemos pasar sin eso, lo que puede significar también que aunque lo apetecemos porque puede ser bonito o vistoso lo minusvaloramos esperando los tiempos de las rebajas.

Pero lo de tiempos de rebajas no solo lo pensamos a nivel comercial, que además se han convertido en una rutina que se repetirá todos los años o en diferentes épocas, sino que eso lo queremos llevar a otros aspectos de la vida que son más importantes. Y ahí está cuando estamos buscando rebajas en las exigencias de la vida; nos cuesta sacrificarnos, nos cuesta realizar esfuerzos de superación que nos exijan grandes sacrificios, nos cuesta mantener una línea de exigencia que en verdad nos haga crecer y más bien nos acostumbramos a las rutinas, a la ley del mínimo esfuerzo, o a conformarnos con aquello que no nos haga salir de nuestras comodidades o costumbres de siempre que no siempre las costumbres se convierten en virtudes sino que más bien tenemos el peligro de caer en la ramplonería.

¿Esperarían los judíos de Cafarnaún que hemos visto estos días en diálogo con Jesús que llegaran también las rebajas en las palabras de Jesús? ¿Esperarían que Jesús iba a cambiar el sentido de sus palabras porque a ellos les parecieran exigentes? Lo último que les ha dicho Jesús de comer su carne y beber su sangre para poder tener vida, les ha parecido duro. Y viene el rechazo, pero viene también la huida, el no querer escucharle, el dejar de seguirle, el abandono del camino. Muchos dieron la vuelta y se marcharon.

Pero no nos extrañe la actitud de aquellas gentes porque esto es algo que se ha seguido repitiendo y algo que nos sucede hoy. Cuántas veces hemos escuchado - ¿acaso lo habremos dicho también? – la Iglesia tiene que cambiar, tiene que adaptarse a los tiempos que vivimos; y pensamos en exigencias morales, en principios fundamentales de la vida, en planteamientos de la doctrina de la Iglesia e incluso del Dogma; ya sea en cuestiones de moral sexual como en cuestiones sociales, ya sea en lo que es su estructura y lo que significa y representa el sacerdocio de Cristo y en consecuencia todo lo relacionado con el Orden Sacerdotal y la vida de los sacerdotes, ya sea en la cuestión del valor y dignidad de la vida y de toda vida desde que es engendrada hasta su muerte natural, y así tantas y tantas cuestiones en las que escuchamos las opiniones más diversas. Cuántos abandonos de la pertenencia a la Iglesia o cuánta gente que se crea su moral y ética a su gusto porque lo que la Iglesia le enseña les parece demasiado duro y exigente.

Hay una cuestión muy importante detrás de todo esto. ¿Cómo nos planteamos nosotros el seguimiento de Jesús? ¿Qué significa Jesús para nosotros? ¿Hasta que punto estamos dispuestos a hacer vida en nosotros todos esos valores y principios que nos enseña el Evangelio?

Cuando la gente comenzó a marcharse Jesús notó en sus discípulos más cercanos también las dudas e interrogantes que se les planteaban por dentro. Por eso Jesús les pregunta ‘¿también vosotros queréis marcharos?’ Seguro que los discípulos más cercanos, incluso aquellos que El se había escogido como apóstoles, se verían sorprendidos por la pregunta del Maestro.

Pero allí está Pedro, como siempre, que es el primero que se adelanta y toma la palabra en nombre de todos. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’. Toda una confesión de fe, toda una porfía de amor. ‘¿A quién vamos a acudir?’, no terminará seguramente de entender las palabras de Jesús pero su corazón se siente cogido por Cristo. Para él ya no hay otra cosa, otra vida, otra palabra, otra persona a quien seguir. Sus palabras son palabras de vida eterna. ¿No había dicho Jesús que quien creyese en El tendría la vida eterna y resucitaría en el último día?

En otro momento llegará a decir que está dispuesto a dar la vida por El, aunque sabemos hasta donde llegan las debilidades y pronto aparecerán los miedos y las negaciones. Pero se siente seguro en quien ha puesto su confianza, en quien ha depositado su fe. ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’, proclamará allá en las cercanías de Cesarea de Filipo, ahora dirá que se sienten seguros de que es el Santo de Dios. Creemos y sabemos con toda seguridad. Por eso algún día después de los sucesos de la Pascua le porfiará con toda rotundidad su amor. ‘Tú sabes que te amo… tú lo sabes todo…’  tú sabes lo que hay en mi corazón.

¿Seremos capaces nosotros de hacer una profesión de fe como la de Pedro? También nuestro corazón se llena de sorpresas, de perplejidades, de dudas pero ponemos por encima de todo nuestra fe y nuestro amor. Queremos alimentarnos de El porque en nuestra fe tenemos la certeza de la resurrección y de la vida eterna.

sábado, 2 de mayo de 2020

Se nos atragantan también las palabras de Jesús cuando nos habla de comerle con todo lo que significa de creer en El y aceptar y hacer vida todo su mensaje


Se nos atragantan también las palabras de Jesús cuando nos habla de comerle con todo lo que significa de creer en El y aceptar y hacer vida todo su mensaje

 Hechos 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69
A veces oímos solo lo que queremos oír. Pudiera parecernos algo incongruente, pero si nos analizamos bien es lo que nos es más fácil hacer. Nos gusta lo que nos resulte agradable, y no son solo palabras bonitas de un momento, sino que de alguna manera nos gusta escuchar promesas de futuro mejor, de algo que nos haga la vida fácil y cómoda, y que las exigencias sean mínimas. Si nos paramos a pensar un poco es lo que nos hacen los populistas que se quieren ganar al pueblo con vanas palabras e ilusiones, encantando los oídos de los que escuchan con promesas de algo mejor, pero que cuando esos dirigentes tienen el poder en su mano los que realmente van a tener una vida mejor son ellos mismos, porque de las promesas al pueblo se olvidan pronto y harán totalmente lo contrario. Estamos cansados de cosas así, aunque algunas veces no aprendemos y seguimos entusiasmándonos con esos sueños que trataran de alentar y fomentar para que al final no lleguemos a ninguna parte. 
Por eso a veces no escuchamos sino lo que queremos oír, como decíamos, pero cuando se presenta alguien que es cierto que despierta esperanzas por su cercanía o su manera de actuar, porque las palabras en verdad tienen profundidad que abre a caminos nuevos, pero que no oculta las exigencias, la respuesta responsable que hemos de dar, el cambio que tendríamos que dar en lo más hondo de nosotros mismos porque no nos podemos quedar ni con remiendos ni con apariencias, eso ya no nos gusta tanto y fácilmente nos vamos quedando en el camino, porque nos puede parecer un camino exigente.
Tendríamos que revisar nuestra manera de dar respuesta a lo que nos pide el evangelio y ver si en verdad llegamos a comprender el mensaje nuevo que nos ofrece y si llegamos a tener la apertura suficiente en nuestro corazón para acoger esa palabra radical del evangelio y somos capaces de poner en camino sin temores ni desconfianzas. Y es que muchas veces nos hacemos nuestros acomodos, nuestros arreglos e interpretaciones, para matizar, para suavizar porque nos decimos que con exigencias lo que vamos a hacer es espantar la gente. Pero nuestros acomodos y arreglos a la larga son un engaño que nos hacemos y con lo que podemos también dañar a los demás.
Hemos venido escuchando esta semana en el evangelio lo que solemos llamar el discurso del pan de vida de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. En la tarde anterior habían querido hacer rey a Jesús cuando milagrosamente multiplicó el pan para que todos comieran. En la mañana se habían venido hasta Cafarnaún buscando a Jesús que les plantea el por qué le siguen. En el fondo por el milagro del pan comido en el desierto, que les recuerda el maná que habían comido sus padres y que le había dado Moisés en el camino hacia la tierra prometida. Jesús les habla ahora del verdadero pan bajado del cielo que les dará vida para siempre. Aunque le piden que les dé siempre de ese pan, cuando Jesús les dice que El mismo es ese pan y que hay que comerle a El, con lo que eso significa y representa, y que su carne es verdadera comida y quien la coma resucitará el ultimo día, las palabras se les vuelven duras para sus oídos y sus corazones y comienzan a desfilar abandonando a Jesús.
‘Dura es esta doctrina’, se dicen unos a otros. Y es algo más que el hecho de comer la carne de Jesús y beber su sangre lo que realmente se les atraganta. Comer a Jesús significa aceptarle en todas sus consecuencias; comer a Jesús es recoger todo aquello que Jesús les dice del amor y del perdón, de la verdadera paz y del autentico culto al Señor y convertirlo en ser de su vida. Mucho tendrían que cambiar sus corazones, y esos cambios cuestan. Arreglitos y remiendos nos podemos hacer, pero darle la vuelta a la vida en su totalidad y en su radicalidad es algo mucho más exigente.
¡Ojo! Que eso nos sucede a nosotros también. Veamos, si no, la superficialidad con que vivimos el seguimiento de Jesús, los arreglitos y componendas que nos queremos hacer tantas veces. Y cuando se nos presenta el evangelio en toda su radicalidad ya estamos diciendo que no son necesarias tantas exigencias, que total siempre hemos vivido así, para qué vamos a cambiar, y pensemos cuantas cosas en este estilo nos decimos o pensamos tantas veces. La exigencia y radicalidad del evangelio no nos gusta, queremos un cristianismo cómodo de cumplir unas cuantas normas que no nos compliquen la vida y así queremos seguir viviendo.
¿Seremos capaces de decir con verdad como Pedro respondió hoy a Jesús cuando les dijo que si ellos querían marcharse también? ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’. Pero, ¡ojo!, que esto tiene que ser algo más que palabras.


sábado, 11 de mayo de 2019

Reafirmamos nuestra fe en Jesús para seguir poniendo luz en medio de las sombras y tener la esperanza de una vida nueva que en Jesús podemos encontrar



Reafirmamos nuestra fe en Jesús para seguir poniendo luz en medio de las sombras y tener la esperanza de una vida nueva que en Jesús podemos encontrar

Hechos 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69
El contemplar a nuestro alrededor respuestas y actitudes negativas algunas veces nos puede llenar también de desaliento y perder el ánimo en aquella tarea que hemos emprendido, pero de la que quizás vemos como muchos desertan. Las actitudes de los demás nos contagian y necesitamos una gran fortaleza interior para no dejarnos influenciar por lo negativo y mantener firme el ritmo en nuestra línea de actuación.
Nos sucede con la visión pesimista que palpamos en muchos acerca de la vida o de los acontecimientos de nuestra sociedad. Hay gente que lo ve siempre todo negro y eso nos puede contagiar. Ante los problemas que se nos van presentando en la vida hay quien pronto quiere escaparse y huir y no tiene la fuerza de voluntad para ver lo positivo que podemos encontrar en medio de tantas sombras o lo positivo que nosotros podemos poner de nuestra parte. Es el conjunto de la vida social y política, por ejemplo, que nos rodea y de donde tenemos la tentación de huir, y nos falta la clarividencia necesaria para tener iniciativas positivas de creación de lo bueno y de construcción en positivo.
Nos sucede en nuestro ámbito eclesial también donde hay quien quiere resaltar siempre las sombras, pero quienes resaltan las sombras no son capaces de poner luz, poner coraje y empeño por su parte dejándose guiar por la fuerza del Espíritu para que también nuestra Iglesia sea mejor. No es con visiones negativas, no es con condenas, sino desde el amor y la misericordia como tenemos que construir y como tenemos que trasmitir nuestra fe.
Me surge toda esta reflexión en la que quiero también encontrar luz para esas cosas que vivimos, que suceden en nuestro entorno, que nos señalan situaciones muy concretas de nuestra vida, a partir de lo que hoy escuchamos en el evangelio en este final del discurso, por llamarlo de alguna manera, de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún cuando les habla de comer su cuerpo y beber su sangre para tener vida eterna. La gente reacciona negativamente ante las palabras de Jesús porque no terminan de entenderle. Jesús es consciente de ello y de lo que puede influir en los discípulos más cercanos. ‘¿También vosotros queréis marcharos?’ Se notaba quizá el desaliento cuanto tanto amaban a Jesús; se notaba la desazón al ver como la gente que ayer le aclamaba en el descampado porque les había dado pan en abundancia, ahora lo abandonan y ya no quieren seguir a Jesús.
El desaliento que quizá nos entra muchas veces a las personas de Iglesia, a los que estamos más implicados en la tarea pastoral de la Iglesia, cuando vemos que quizá nuestros esfuerzos parece que no dan fruto. Cuantas veces nos entran dudas en nuestro interior sobre si lo que estamos haciendo merece la pena o es lo más adecuado. Nos cuesta aceptar y respetar la libertad de los demás y esto nos llena por otra parte de desánimo. Como los padres que no ven en los hijos el fruto de tantos esfuerzos y de tantas luchas. Pero creo que tiene que encenderse necesariamente dentro de nosotros la luz de la esperanza.
Nos queda una respuesta, la de Pedro, cuando todos dudaban. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios’. Reafirmamos nuestra fe en Jesús. Sí, es nuestro alimento y nuestra sabiduría, es nuestra vida, lo es todo para nosotros. Y manifestamos nuestra fe, y nos mantenemos firmes en ella a pesar de los desánimos que puedan producir los demás en nosotros.