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martes, 21 de abril de 2026

Seamos capaces de ver las señales porque en Jesús tenemos todo el sentido de nuestra vida, no pasemos de largo delante de Jesús y de su Palabra

 


Seamos capaces de ver las señales porque en Jesús tenemos todo el sentido de nuestra vida, no pasemos de largo delante de Jesús y de su Palabra

Hechos 7, 51 — 8, 1ª; Salmo 30; Juan 6, 30-35

¿No viste la señal?, nos dice apresurado nuestro compañero de viaje. Íbamos tan a la carrera, con la cabeza metida en nuestras cosas que no vimos la señal de tráfico que estaba allí al lado de la carretera bien clarita; pero metidos en nuestras rutinas, con los agobios que siempre llevamos en la cabeza, aunque nos hicieran miles de señales no vimos nada y con el peligro de causar un accidente, con el peligro de perdernos en el camino, con el peligro de poner en juego nuestra propia vida pero también de los que vayamos encontrando por el camino. Más atención tendríamos que prestar porque se ponen en juego muchas cosas y podemos perder el norte del camino que quisiéramos realizar.

¿Hablamos de señales de tráfico? Nos ha servido como ejemplo para lo que ahora queremos reflexionar en torno al Evangelio que hoy se nos ofrece. Estamos en Cafarnaún al día siguiente de la multiplicación de los panes y los peces allá en el descampado, la gente ha venido a buscar a Jesús y Jesús quiere hacerles reflexionar sobre los verdaderos motivos que puedan tener en su búsqueda; el final les ha hablado de que tienen que creer en El.

Pero como en otras ocasiones nos encontraremos también en el evangelio la gente pide pruebas y señales para creer en El. Como nosotros que andamos con nuestras desconfianzas y parece que ya no creemos en nadie; cuando ha llegado alguien con razones convincentes, como se suele decir, pero sobre todo con la rectitud de una vida y que nos invita a algo especial también estamos siempre pidiendo pruebas de credibilidad; no de todo el mundo nos vamos a confiar, ¿qué autoridad tiene esa persona para que confiemos en ella y creamos lo que nos dice? Vamos pidiendo pruebas aunque tengamos bien a las claras delante de nosotros la rectitud de esa persona, porque siempre nosotros tenemos que poner una pega, siempre hay cosas que nos tienen que aclarar por muy claras que estén.

‘¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer’. La eterna pregunta, la eterna prueba que seguimos pidiendo una y otra vez. Nos cegamos para ver las señales porque andamos a lo nuestro. Ya les decía Jesús que le buscaban porque habían comido pan en abundancia en el desierto, pero no porque vieran las señales que estaba realizando.

Le argumentan lo del maná que recibieron sus antepasados en el desierto mientras peregrinaban hacia la tierra prometida, y olvidaban tan pronto la señal que Jesús había realizado cuando había multiplicado los panes y los peces para que todos comieran y comieran en abundancia. Decían que les gustaba escuchar a Jesús y se iban de un lado para otro siguiéndole para escuchar sus enseñanzas; pero quizás su mente andaba obnubilada con la idea que se habían hecho de lo que había de ser el Mesías y por eso no terminaban de comprender las enseñanzas de Jesús.

Y Jesús les habla de un pan bajado del cielo que es verdadero alimento. Alimentando estaba Jesús a aquella gente con el anuncio del Reino de Dios, con el anuncio de la Palabra de Dios, con lo que Jesús les enseñaba que les estaba dando un sentido nuevo a sus vidas. No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios, había replicado Jesús al tentador allá en el desierto. Y es el alimento que Jesús nos ofrece, el que tenemos que buscar y que solo lo podemos encontrar en El. Por eso nos dice que El es el verdadero pan bajado del cielo y que quien lo come está alimentado para siempre.

Es la Sabiduría del Espíritu de Dios quien nos alimenta; es el hambre entonces que tendríamos que tener de ese alimento, el hambre que tendríamos que tener de Jesús. También tenemos que decirle ‘danos siempre de ese pan’ conscientes de cómo tenemos que alimentarnos de Jesús que el saciará nuestra vida para siempre. Seamos capaces de ver las señales porque en El tenemos todo el sentido de nuestra vida. No pasemos de largo delante de Jesús y de su Palabra.

martes, 6 de mayo de 2025

Con Jesús encontramos la verdadera vida, la luz que da sentido a nuestro camino, el verdadero sentido de nuestra vida, la sabiduría que nos hará vivir en plenitud, el pan de vida

 


Con Jesús encontramos la verdadera vida, la luz que da sentido a nuestro camino, el verdadero sentido de nuestra vida, la sabiduría que nos hará vivir en plenitud, el pan de vida

Hechos 7, 51 — 8, 1ª; Salmo 30; Juan 6, 30-35

Aun empleando las mismas palabras muchas veces no nos entendemos; pareciera que hablamos lenguajes distintos y de alguna manera así es, porque le damos distinto significado a las palabras, hay quien se queda con la literalidad material de lo que es la palabra pero no nos damos cuenta que en ellas estamos expresando una imagen que nos lleva más allá; según nuestros propios sentimientos o nuestros estados de ánimo, según lo que estemos viviendo en el momento podemos hacernos distintas interpretaciones y eso hará que no nos entendamos. El lenguaje, por otra parte, puede estar muy lleno de imágenes en las que tenemos que saber leer el mensaje que realmente se nos quiere dar.

Jesús empleaba un lenguaje muy lleno de imágenes,  muy propio de aquella cultura oriental, pero empleaba también un lenguaje directo y claro, pero sin embargo no siempre lo entendían quienes hacían una tergiversación de sus palabras. Aquello que solemos decir que no hay peor sordo que el que no quiere oír le sucedía a quienes escuchaban a Jesús. Y Jesús lo indicaba con aquello del que tenga oídos que oiga lo que voy a decir.

Nos encontramos en estos días con unos textos del evangelio de san Juan que están muy llenos de imágenes pero que quieren expresarnos cosas muy importantes. Partimos de aquel pan que Jesús les había dado allá en el descampado y Jesús les viene a decir que busquen el pan venido del cielo que el Padre les dará. Aquella imagen les recuerda aquel maná que comieron sus padres en el desierto, y decían que Moisés les había dado un pan venido del cielo, pero Jesús les irá aclarando que es otro el Pan que han de comer que les dará vida para siempre. Los que comieron el pan en el desierto murieron, pero el Pan que ahora Jesús nos ofrece nos dará vida para siempre.

Aquí es cuando viene el juego de palabras y las interpretaciones por una parte excesivamente literales que se hacen de las palabras de Jesús y sus propias interpretaciones. Es aquí donde tenemos que comenzar a comprender el mensaje que quiere Jesús trasmitirnos. Es la escucha que hemos de hacer de sus palabras pero con esa apertura no solo de la mente sino del corazón para comprender ese pan del cielo que Jesús nos ofrece.

El pan es un alimento y si no nos alimentamos morimos por inanición. Es lo que viene a significar Jesús para nosotros, ese pan, ese alimento de vida que nos dará vida y vida para siempre. ¿Qué significa esa vida que nos da Jesús y que es para siempre? Con Jesús encontramos la verdadera vida, con Jesús encontramos la luz que da sentido a nuestro camino, con Jesús encontramos el verdadero sentido de nuestra vida, en Jesús tenemos esa sabiduría que nos hará vivir en plenitud.

No es ya solo lo que nos puede entrar por la boca y que llevamos a nuestro estomago para sacar de ese alimento los nutrientes de nuestra vida. Es otro el nutriente, es otra la sabiduría, es otra la vida que se nos dará en plenitud; solo en Jesús podemos encontrarla, solo escuchando a Jesús, viviendo a Jesús es como podemos tener esa vida para siempre. Es de lo que nos va hablando el evangelio en estos días y nos dará para hermosas reflexiones que nos seguiremos haciendo.

Los judíos de Cafarnaún aunque aun no terminaban de entender claramente las palabras de Jesús, vislumbran que algo hay distinto en lo que Jesús les dice, en ese pan que Jesús les ofrece y le piden que les dé siempre de ese pan. Como la mujer samaritana que le pedía a Jesús el agua que calmaría para siempre su sed, aunque ella solo estaba pensando en el agua que tenia que venir todos los días a sacar del pozo de Jacob.

Pidamos esa agua viva, pidamos ese pan que nos alimenta para siempre. Aunque nos cueste entender queramos escuchar estas palabras de Jesús que son Palabras de vida eterna, como terminará confesando Pedro.

jueves, 20 de marzo de 2025

Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto… prestemos oído a la Palabra de Dios

 

Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto… prestemos oído a la Palabra de Dios

Jeremías 17, 5-10; Salmo 1; Lucas 16, 19-31

Dicen que cuando tenemos demasiados pucheros al fuego, alguno terminará por quemarse, no los podemos atender. ¿Nos pasará así en la vida? Cuando estamos atendiendo a muchas cosas será difícil por muchos malabarismos que hagamos que podamos darles a todas las cosas la misma importancia, o la importancia que cada cosa necesita. Miramos nuestras casas, miramos nuestra habitación, de cuántas cosas la hemos ido llenando, cuantas cosas vamos acumulando, y ni siquiera la limpieza o para un elemental orden podemos mantener. ¿Habrá que desprenderse de muchas cosas superfluas?

Es lo que nos sucede cuando nos rodeamos de lo material, cuando lo convertimos en el centro de nuestra vida, cuando lo importante para nosotros es ganar para acumular riquezas de las que al final ni sabremos disfrutar, porque estaremos tanto tiempo cuidándolas para no perderlas que no nos valemos de ellas para encontrar lo que verdaderamente dé satisfacción a nuestra vida.

Quien vive así no se dará cuenta de lo que tiene alrededor y que no es solo lo material y no sabrá disfrutarlo; cegado por el brillo de sus tesoros no sabrá admirarse con el resplandor de un amanecer; encerrado en sus cosas que quiere a toca costa conservar y ponerlo a buen recaudo para que no se lo roben no se dará cuenta de las personas que tiene a su alrededor, de lo bueno que puede encontrar en esas personas que le hará disfrutar de la vida, pero tampoco de la necesidades o de los problemas que puedan tener para tender una mano y prestar ayuda cuando tantas cosas tienen.

Creo que a una reflexión ha de llevarnos las parábolas que hoy Jesús nos propone en el evangelio. Habla del rico que vivía esplendorosamente pensando solo en sus fiestas y en sus orgías y no era capaz de darse cuenta, de ver al pobre que estaba a la puerta de su casa con hambre y con necesidad de lo elemental para su vida. Qué abismo más inmenso había puesto entre ambos cuando solo pensaba en si mismo para llegar a un desconocimiento de la realidad de pobreza que tenia a su puerta.

¿Iremos creando nosotros abismos así en nuestro entorno? La realidad es que nuestro mundo está lleno de abismos, ya hasta le damos diferentes nombres a esos mundos en los que habitamos desde las diferencias que hay entre unos y otros; son también los abismos de nuestras discriminaciones tan variadas en las formas en que las manifestamos, de las diferencias sociales que hace que nos desconozcamos los unos de los otros, de las prepotencias con que vamos por la vida tanto a nivel individual con nuestras vanidades como también desde esos orgullos de raza o de la región a la que pertenecemos que crean diferencias o de los diferentes grupos que componen nuestra sociedad.

Y cuando creamos un abismo no somos capaces de ver quien es el que está al otro lado. Muchas consecuencias tendríamos que sacar de todo esto. ¿Qué es lo que nos tendría que despertar? Son cosas que nos adormecen nuestro espíritu; envueltos así en las cosas materiales no somos capaces de levantarnos hacia otra trascendencia; cuando nos encerramos así en nosotros mismos perdemos la sensibilidad para una nueva sintonía espiritual; ya nada escuchamos, todo chirría en los oídos de nuestro corazón, y no nos dejamos iluminar por el evangelio.

Es curioso que aquel rico epulón que tarde se diera cuenta de sus errores, desde su abismo pide milagros y apariciones para que no les suceda lo mismo a sus hermanos que vivían también con el mismo sentido de vida.

¿Estaremos también nosotros esa cosa extraordinaria que nos despierte? Seguimos siendo dados a esas cosas y allá vamos de un lado para otro cuando oímos hablar de sucesos extraordinarios, pero no somos capaces de darnos cuenta de la maravilla de la presencia de Dios cada día en nuestra vida y desoímos su Palabra; estamos más prontos para escuchar una fábula que nos viene de acá o de allá – qué damos somos a esas místicas orientales que se nos ponen de moda – que escuchar el evangelio y la Palabra de Dios que nos trae y nos recuerda lo importante, el amor de Dios en nuestra vida.

‘Tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen… porque ni aunque resucite un muerto van a ser capaces de cambiar sus vidas’.

jueves, 6 de marzo de 2025

Nos presenta hoy la liturgia cuaresmal una encrucijada, pero la Palabra de Dios nos deja las suficientes señales para no errar el camino de vida que hemos de tomar

 


Nos presenta hoy la liturgia cuaresmal una encrucijada, pero la Palabra de Dios nos deja las suficientes señales para no errar el camino de vida que hemos de tomar

Deuteronomio 30, 15-20; Salmo 1; Lucas 9, 22-25

Todos tenemos momentos en la vida que son como encrucijadas en las que tenemos que tomar decisiones que se convierten en importantes; cuando llegamos a una encrucijada significa que hay varios caminos delante de nosotros y tenemos que escoger, escoger el mejor camino y no equivocarnos. ¿Sabemos lo que encontraremos a lo largo de ese camino? En ocasiones no vemos sino el primer trecho, los primeros pasos. ¿Tenemos que adivinar lo que hay más allá? No se trata tanto de adivinar, sino de saber leer bien las señales porque son las que nos darán la dirección apropiada. Muchas son las decisiones que tenemos que tomar en la vida, sobre nuestro futuro, sobre el sentido que le queremos dar a lo que hacemos, con quienes vamos a hacer ese camino, donde podemos mejor desarrollar lo que somos y nuestras capacidades, y así muchas cosas.

Apenas iniciamos ayer el camino de la cuaresma con la imposición de la ceniza y la invitación que escuchábamos desde la Palabra de Dios a adentrarnos dentro de nosotros mismos para poder adentrarnos en Dios. Hoy se nos hace un planteamiento serio, se nos pone en una encrucijada ante la que tenemos que comenzar a tomar decisiones.

Es lo que le planteaba Moisés al pueblo que había venido conduciendo por el desierto en aquel camino hacia la libertad, hacia la tierra prometida desde la liberación de Egipto y en el momento en que van a entrar en esa tierra que Dios les da. Es momento también de tomar decisiones, ¿qué va a hacer de sus vidas? ¿Cuál camino van a escoger? ¿Serán como los otros pueblos u optarán por el camino de vida escuchando y siguiendo lo que es la voluntad del Señor? ‘Hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal’. ¿Escogerán el camino que les lleva a la vida y a la bendición?

Pero es también lo que Jesús viene a plantearnos en el evangelio del día. Primero les anuncia claramente cual va a ser el final de su camino. Habiendo vivido la experiencia jubilosa de las multitudes que seguían y aclamaban a Jesús – podemos recordar diversos momentos de su predicación por Galilea – resulta en si mismo chocante que Jesús les anuncia que ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. En otros momentos en que Jesús hace este mismo anuncio el evangelista nos dice que les costaba comprender e incluso insistían en que eso no podía pasarle.

Pero sigamos con el texto de hoy, tras ese anuncio que hace Jesús nos viene a decir ¿queréis ser discípulos míos? Ese es el camino de entrega que también tienen que vivir. Y nos habla Jesús de negarnos a nosotros mismos, de ser capaces de perder la vida para poder ganarla; nos está diciendo que nuestro camino tiene que pasar por el amor y cuando amamos de verdad seremos capaces de olvidarnos de nosotros mismos por ese amor que les estamos ofreciendo a los demás. Y Jesús nos está diciendo ¿seréis capaces de vivir un amor así? Claro que primero nos ha dicho que porque el vive un amor así será capaz de morir para que nosotros tengamos vida.

Es la encrucijada en la que nos encontramos. Porque es cierto que es importante el amor para nosotros, pero algunas veces centramos el amor solo en amarnos a nosotros mismos. No nos dice Jesús que no nos amemos, todo lo contrario, porque en alguna ocasión nos dirá que amemos a los demás como nos amamos a nosotros mismos y lo que no queremos para nosotros no podemos quererlo ni desearlo para los demás. Pero ese amor tiene que tener una progresión en nosotros en que ya lo importante será el amor que seamos capaces de ofrecer a los demás.

Vayamos poniendo los cimientos de este camino cuaresmal que estamos iniciando, estemos atentos a las señales que nos irán apareciendo para no desviarnos de ese camino  podamos llegar a vivir de verdad la pascua.

viernes, 28 de febrero de 2025

Una auténtica madurez humana de la persona es el mejor caldo de cultivo para una amistad verdadera y un amor que nos lleve a una plenitud de vida

 


Una auténtica madurez humana de la persona es el mejor caldo de cultivo para una amistad verdadera y un amor que nos lleve a una plenitud de vida

Eclesiástico 6, 5-17; Salmo 118; Marcos 10, 1-12

Se dice que cada uno cuenta la película según el papel que le ha tocado en suerte desempeñar en ella. Influyen en nosotros circunstancias vividas, situaciones cercanas a nosotros, protagonismo que tengamos en los hechos y también los colores de los cristales con que miramos las cosas. ¿Ser objetivo? No siempre es fácil, pero tendríamos que acudir a unos principios, a unos valores que encuentran la vida y lo que en ella queremos realizar. Y algunas veces nos cuesta ver con claridad esos valores, esos principios, esos fundamentos de lo que hacemos o de lo que queremos vivir.

También queremos decir que hay cosas, hay temas de los que todos queremos opinar, tenemos o queremos tener una palabra que decir. Y necesitamos serenidad para poder llegar a una objetividad, que no siempre es fácil, según ese papel, como decíamos, que nos ha tocado en esas realidades de las que queremos hablar, de las que queremos opinar. Fácilmente podemos dar por universal algo que afecta solo a algunos, o en determinadas circunstancias, pero hay cosas que tenemos que salvaguardar aunque nos cueste.

Todos queremos opinar del amor y de la amistad. Todos lo vemos según la experiencia que vamos teniendo en esas realidades, y porque quizás en alguna ocasión hayamos podido tener una experiencia que no siempre ha sido buena o por cosas que vemos en nuestro entorno, comenzamos a dar nuestras opiniones. Y es un tema muy delicado, ni el amor ni la amistad es cualquier cosa, y a no todo quizás podemos llamar amor y amistad. Hay el peligro de que ambas experiencias nos las tomemos muy a la ligera, a cualquier impulso llamamos amor, cuando quizás está movido por intereses o simplemente por el impulso de la pasión. Creo que el amor y la amistad es un proceso en la vida en el que no podemos quemar etapas para a todo llamarlo amor y a todo llamarlo amistad.

Digo que es un proceso que necesita que vayamos desarrollando una madurez en la vida; y para que las cosas maduren hay que dar tiempo; no podemos querer tomar una fruta para alimentarnos de ella, sin que haya llegado su proceso de maduración; si la tomamos antes ni tendrá sabor, ni tendrán la efectividad alimenticia que pretendemos con ella, ni podremos soportarla. Y hoy andamos en la vida con esa rapidez de la informática que tocando una tecla parece que al instante ya lo tenemos todo a punto.

Nos cuesta madurar en la vida porque necesitamos centrarnos en lo que es verdaderamente importante, porque tenemos que aprender a afrontar las adversidades o contratiempos que encontremos, saber resolver los problemas que van surgiendo, querer aprender de lo mismo que vamos viviendo para ver toda la profundidad que ha de tener la vida, sacar lecciones incluso de nuestros errores, ahondar en lo más hondo de nosotros mismos para conocernos y ver de lo que somos capaces o lo que no podemos afrontar. Y eso exige una buena disposición por nuestra parte, y dejarnos enseñar, y esfuerzo para lograr esa superación que vamos necesitando cada día, y exige en consecuencia tiempo para poder lograr esa madurez de nuestra vida. Y esto nos falta muchas veces.

Tenemos que aprender a cultivar las relaciones verdaderamente humanas si queremos llegar a una bonita amistad, si queremos entender bien lo que es el amor. No podemos empezar la casa por el tejado, se nos decía siempre. Y conocemos a alguien y enseguida lo llamamos amistad, conocemos a alguien y algunas veces si haber labrado una verdadera amistad que exige mucha relación y conocimiento enseguida lo llamamos amor. ¿Hasta cuándo puede durar una amistad o un amor así?

Me estoy haciendo estas consideraciones desde lo que se nos plantea hoy en el evangelio. Es el tema que le plantean a Jesús sobre la estabilidad del matrimonio y la posibilidad de divorcio. Ya escuchamos en el texto evangélico la respuesta de Jesús. Quizás pueda parece que yo me he quedado meramente en el plano humano del amor y del matrimonio, comenzando por la amistad. Pero es que si no hay verdadera humanidad, si no estamos tratando de unos seres verdaderamente humanos desde una auténtica madurez, ¿cómo podemos hablar del matrimonio o de la amistad? Cuidemos las cosas que son verdaderamente importantes y no nos las tomemos con ligereza.

domingo, 29 de septiembre de 2024

No podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad, aprendamos a descubrir y valorar siempre lo bueno de los demás

 


No podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad, aprendamos a descubrir y valorar siempre lo bueno de los demás

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Si no son como yo o piensan igual que yo, no serán capaces de hacer nada bueno. Puede parecer una exageración esto que estoy diciendo, pero miremos alrededor, muchas de las cosas que estamos contemplando en la sociedad de hoy tan llena de acritudes y enfrentamientos a causa de la manera de pensar, de las ideologías o de la forma de plantearse el rumbo de la sociedad y nos daremos cuenta de los exclusivismos en que vivimos, del querer imponer nuestra línea de pensamiento para que todo el mundo lo acepte y si no lo aceptan están equivocados y no hacen nada bien; demasiados dogmatismos seguimos contemplando en el mundo en el que vivimos; qué mal nos llevamos los que no pensamos lo mismo, cuantas descalificaciones, cómo destruimos todo lo que haya hecho el otro porque ya por si mismo lo consideramos malo. Y está siendo algo pegajoso de lo que todos podemos contagiarnos.

Hoy el evangelio nos da luz en este sentido, que además hemos de tener también muy en cuenta en nuestro ámbito eclesial o en el camino y vivencia de nuestra fe. Hoy vemos claramente un paralelismo entre lo que se nos narra en la lectura del Antiguo Testamento, el libro de los Números, y el episodio del evangelio. Moisés ha elegido a cuarenta ancianos para que participen con él en la misión del gobierno del pueblo, y todos se llenan del Espíritu del Señor y comienzan a profetizar; pero dos de los elegidos no participan en la asamblea, sin embargo ellos también reciben ese don de profetizar en medio del pueblo; el joven Josué le pide a Moisés que les impida el ejercitar ese don porque no habían participado en aquella asamblea, pero Moisés le dice que ojalá todo el pueblo recibiera también ese don del Espíritu del Señor.

En el evangelio sucede algo semejante. Juan se encuentra con algunos que sin ser del grupo de los discípulos de Jesús en su nombre también expulsan demonios. Se lo ha querido impedir y es lo que viene a plantear a Jesús. No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. ‘No se lo impidáis, les viene a decir Jesús, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Y nos estará enseñando Jesús cómo tenemos que aprender a valorar todo lo bueno que hagan los demás, ‘aunque no sean de los nuestros’, porque la mecha humeante que decían los profetas no se puede apagar, más bien, siempre tenemos que avivarla. Por eso nos dirá Jesús que hasta lo más insignificante que podamos hacer siempre tendrá su recompensa; y nos habla de quien es capaz de dar un vaso de agua en su nombre.

No podemos andar con exclusivismos; no podemos pensar que solo nosotros sabemos hacer cosas buenas; no podemos descartar lo bueno que hagan los demás; no podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad. El reino de Dios se hace presente también en los buenos valores que podemos descubrir en los otros; el reino de Dios lo vamos construyendo desde esas cosas pequeñas y sencillas que nos pueden parecen insignificantes, pero que están manifestándonos también lo que es el amor de Dios que se reparte en todos los corazones.

Y de la misma manera, nos viene a decir Jesús a continuación, también hemos de cuidar esos gestos negativos, esas sombras que pueden aparecer alguna vez en nosotros porque de la misma manera también hace un daño grande a los demás. Cuidamos lo bueno que llevamos en el corazón, pero tenemos que manifestarlo por nuestras buenas acciones, como nos dirá en otro momento, para que así los hombres den gloria a Dios, pero de la misma manera tenemos que cuidar esas cosas negativas, que por nuestra debilidad, algunas veces puedan aparecer en nosotros, para que nunca hagamos daño a nadie, seamos obstáculo para que otros puedan hacer el bien o se encuentren con Dios.

Ojalá todo el pueblo se llenara del Espíritu de Dios, decía Moisés, podríamos decir, de una forma profética. Ungidos hemos sido en nuestro bautismo para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. El Espíritu de Dios también anida en nuestros corazones y es quien nos inspira lo bueno que tenemos que hacer. Profetas tenemos que ser los cristianos en medio del mundo, y no porque nos creamos mejores que los demás ni pensemos que es una cosa exclusiva nuestra el hacer el bien, el repartir esas semillas del Reino de Dios por nuestro mundo, sino porque para nosotros es como una obligación, es una misión que hemos recibido que no podemos rehuir; es una tarea que tenemos encomendada y es el testimonio que tenemos que dar.

Tenemos que presentar ante el mundo esos valores que aprendemos del Evangelio, pero precisamente en nombre de ese mismo evangelio tenemos que aprender a descubrir, a respetar y valorar también los buenos valores que tienen los demás. Nos sentimos más obligados por la fuerza del Espíritu que anida en nuestros corazones, somos morada de Dios que habita en nosotros como nos ha enseñado Jesus y templos de su Espíritu.

 

 

martes, 6 de agosto de 2024

Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos y lo ha constituido Señor y Mesías, es como lo contemplamos en su transfiguración, alimento y fortaleza de nuestra fe

 


Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos  y  lo ha constituido Señor y Mesías, es como lo contemplamos en su transfiguración, alimento y fortaleza de nuestra fe

Daniel 7, 9-10. 13-14; Salmo 96; Marcos 9, 2-10

‘No termino de entenderte’, le decimos quizás en un momento determinado a alguien con quien manteníamos una buena amistad, pero cada día van saliendo aspectos distintos de la persona que en cierto modo nos descolocan entre aquello que nosotros pensábamos que era, en la imagen idealizada que nos habíamos forjado de dicha persona, o lo que nos gustaría que fuese porque así de alguna manera también parece que nosotros ganaríamos, y cosas que nos dice ahora que pueden parecer que van en contra de todo lo que hasta ahora habíamos conocido. Nos sentimos como en contradicción, nos sentimos que no sabemos en qué quedarnos, hasta quizás intentaríamos convencerle de que las cosas no son así.

¿Les pasaba algo de esto a los discípulos que seguían a Jesús? Con El se habían entusiasmado desde un principio, sus palabras, sus gestos, sus signos parecían un rayo de esperanza de que algo nuevo iba a suceder; comenzaban a vislumbrar un misterio en Jesús pero de alguna manera se dejaban llevar por los entusiasmos que lo querían reconocer como profeta y como Mesías; pero aun ahí había muchas cosas que no encajaban y que a ellos les costaba aceptar.

Mientras las gentes se entusiasman y hasta quieren hacerle rey, aunque el prudentemente se retira a la montaña lejos de aquellos entusiasmos como cuando sucedió lo de la multiplicación de los panes, ahora viene diciendo Jesús que le esperan momentos de dolor y de sufrimiento. Eso ya no les cabía en la cabeza, Pedro incluso tratará de quitarle a Jesús esa idea de la cabeza aunque va a sufrir un rechazo fuerte de Jesús. Y es que Pedro había hecho antes una confesión en que lo reconocía como Mesías, Jesús no lo había negado, pero le había dicho que aquello no era cosa salida de él, sino revelada del cielo. Pero Jesús insiste en lo que va a significar aquella subida a Jerusalén que ahora están emprendiendo.

¿Se pondría en crisis la fe que los discípulos tenían en Jesús con aquellos acontecimientos? Como Jesús hace siempre quiere preparar a sus discípulos, aunque a ellos les cueste mucho aceptar algunas enseñanzas de Jesús. Tendrán que reconocerle, es cierto, como Señor y Mesías, pero antes han de pasar por un calvario de pasión y de muerte que les hará tambalear en sus convicciones. Por eso ahora Jesús, mientras van recorriendo las llanuras y valles de Galilea poniéndose ya en camino hacia Jerusalén, se lleva a tres de sus discípulos con Él a una montaña alta. Era habitual que en medio de todos aquellos ajetreos de un lado para otro, Jesús siempre encontrará el momento para la soledad, para el silencio, para la oración, para el encuentro con Dios su Padre.

Es lo que va a suceder en aquella montaña que se eleva entre las llanuras de Galilea y que todos identificamos con el monte Tabor. Y allí, estando en oración, Jesús se transfigura en presencia de sus discípulos; su rostro resplandeciendo, sus vestidos de un blanco deslumbrador, y lo más que van percibiendo los discípulos, allí aparecen Moisés y Elías, los signos del Antiguo Testamento, la Ley y los Profetas; una nube que los envuelve cuando Pedro se siente en la gloria y querrá quedarse allí para siempre, ya está pensando en construir tres tiendas, no para ellos sino para Jesús, Moisés y Elías.

Y es entonces cuando se escucha la voz venida del cielo, ‘Este es mi Hijo, en quien me complazco’. Ha aparecido la gloria de Dios y ellos caen aturdidos por tierra. Allí se les está revelando quien es Jesús; aquel Jesús a quien habían seguido, aquel Jesús por quien estaban dispuestos incluso a dar la vida, si fuera necesario, aquel Jesús que veían venido de Dios porque hablaba cosas de Dios, pero al que no terminaban de descubrir del todo en su misterio, aquel Jesús que a veces les desconcertaba pero al que siempre querían seguir. La voz del cielo lo estaba señalando verdaderamente como Hijo amado de Dios; aquello tenía que fortalecer su fe en los momentos duros y difíciles que se les avecinaban, pero era algo que debían llevar en el corazón  hasta que tras su muerte y resurrección terminarán de comprender. Por eso les dice Jesús que no hablen de ello hasta después de la resurrección, aunque aun ellos siguen sin entender. Será entonces cuando en verdad lo van a proclamar como el Señor; Dios lo había resucitado de entre los muertos, dirían más tarde, y Dios lo ha constituido Señor y Mesías.  Todo aquello iba a ser el alimento de su fe, en todo aquello habían de descubrir el verdadero meollo de su fe en Jesús.

Nosotros hoy, en esta fiesta de la Transfiguración del Señor, también lo contemplamos y lo celebramos; queremos alimentar también nuestra fe, queremos sentirnos fuertes para no dejarnos arrastrar por tantas influencias que recibamos del mundo que nos rodea. Es la manera cómo tenemos que contemplar a Jesús, es la manera como lo vamos a sentir en lo más hondo de nosotros mismos, es la manera como también tenemos que proclamarlo, dar testimonio ante el mundo que nos rodea.


viernes, 8 de marzo de 2024

Escuchemos en la sinceridad del corazón como Dios es nuestro único Señor por el amor que nos tiene y con ese mismo amor amemos también a nuestro prójimo

 


Escuchemos en la sinceridad del corazón como Dios es nuestro único Señor por el amor que nos tiene y con ese mismo amor amemos también a nuestro prójimo

Oseas 14, 2-10; Salmo 80; Marcos 12, 28b-34

Tenemos que comenzar por escuchar. Eso que nos cuesta tanto. Somos muy charlatanes, en todos los sentidos. Y quizás lo que hacemos es escucharnos a nosotros mismos. Si por la vida fuéramos con oído más atento, con nuestros sentidos más abiertos para captar y sentir lo que palpita a nuestro alrededor, otras seguramente serían nuestras actitudes, las posturas que tomamos ante los demás, las razones que encontramos para darle un nuevo sentido a la vida.  Pero nos hemos creado nuestro castillo de sueños y de ilusiones y algunas veces está en el aire. Nos hemos hecho nuestras ideas y según nuestro yo queremos siempre actuar, y hay algo distinto, hay otra cosa, hay otra forma de mirar. ¿Por qué no nos ponemos a escuchar, por qué no nos ponemos a escuchar a Dios?

Fijémonos en el texto del evangelio que hoy se nos propone, e incluso fijémonos también en la lectura profética. Un escriba se acerca a Jesús para preguntarle cuál es el primer mandamiento, cuál es lo primero que tenemos que cumplir. Y Jesús responde con literalmente con un texto de la Escritura, texto por otra parte que todo buen judío conocía y repetía muchas veces al día, porque era siempre su manera de orar a Dios y hacerle presente en su vida, aunque muchas veces se quedar en un repetir formalmente unas palabras sin fijarse en su verdadero contenido.

Y Jesús, en esta ocasión, comienza repitiendo textualmente lo que decía la Escritura Santa. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Fijémonos cómo comienza el texto, primero que nada tenemos que escuchar y según lo escuchado actuaremos en consecuencia con ese amor a Dios sobre todas las cosas.

‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor’. Escuchar y reconocer es mucho lo que implica. Sí, es un acto de fe, para reconocer que nuestro Dios es nuestro único Señor. ¿Qué significa esto? ¿Por qué es el único Señor? Con una palabra tenemos que responder, por su amor. Es una manera de recordar y reconocer todo lo que ha sido la historia de amor de Dios para con su pueblo a través de toda su historia. Cuando Moisés transmite estas palabras al pueblo tienen aún reciente como se han visto liberados de Egipto, cómo con la acción de Dios pudieron atravesar el mar Rojo abriéndose sus caminos ya para siempre para la libertad; como Dios se ha hecho presente en su travesía por el desierto, costosa es cierto, pero allí ha estado el Señor como una columna luminosa y como un nube que les daba sombra para suavizar el camino. Ahí recuerdan toda la historia de la salvación, que es toda una historia de amor, y Dios es el único Señor, al que adorar y al que amar con el todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo su ser.

Escuchemos nosotros también. Escuchemos toda esa historia de amor de Dios en nuestra vida. Si nos detenemos y nos ponemos a escuchar será mucho lo que tenemos que reconocer. Cada uno tiene su historia, sus luchas, sus fracasos, sus esfuerzos, sus trabajos, sus tropiezos, sus momentos de sombras pero también sus momentos de luz. Recordemos con sinceridad, escuchemos lo que sentimos en el corazón. Es mucho lo que hay en lo que se ha manifestado ese amor de Dios. ¿Cómo no le vamos a amar también sobre todas las cosas?

Pero escuchemos también que esa voz que resuena fuerte en nuestro interior nos hace mirar algo más; tenemos que mirar en nuestro entorno, tenemos que mirar a los que caminan a nuestro lado, tenemos que mirar a nuestro prójimo. Y no los podemos dejar fuera de ese amor. Es que no sería verdadero el amor que le tuviéramos a Dios si no amamos a los hermanos que son también sus hijos, si no somos capaces de amarnos como nos amamos a nosotros mismos. Es con lo que concluye la respuesta de Jesús.

Ojalá escuchemos también desde esa voz de Dios que por nuestro amor a nosotros nos dice también ‘no estás lejos del Reino de Dios’.


domingo, 6 de agosto de 2023

Realicemos la ascensión que nos lleva a la transfiguración para que con nuestros rostros resplandecientes de luz vayamos con amor al encuentro del mundo que nos rodea

 


Realicemos la ascensión que nos lleva a la transfiguración para que con nuestros rostros resplandecientes de luz vayamos con amor al encuentro del mundo que nos rodea

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; 2Pedro. 1, 16-19; Mateo 17,1-9

Cuando queremos ver las cosas en su mayor amplitud tenemos que cambiar la perspectiva, alejarnos o elevarnos por encima de aquellas cosas que pudieran interferir nuestra visión; suele decirse que el árbol no deja ver el bosque, por eso tenemos que cambiar la perspectiva, y muchas veces lo mejor es un punto elevado, para que nada se interponga por medio, para hacer desaparecer las nubes o neblinas que se nos interpongan.

No soy montañero, pero me gustan las montañas; en años más jóvenes en mas de una ocasión subí a lo alto del Teide o a alguna de aquellas montañas altas que circundan el parque de las Cañadas del Teide; la subida es costosa – no quiero pensar lo que cuesta subir a otras altas montañas, parece que nunca llegamos porque algún punto de referencia que tengamos en la altura parece que en la medida que nos acercamos más se aleja, pero cuando uno llega a la altura siente la satisfacción de que ha merecido la pena ante el espectáculo de la naturaleza que podemos contemplar con la isla a nuestros pies.

Hay metas que son altas y nos cuesta alcanzarlas; pero hay cosas en la vida que solo desde una mirada de altura podemos contemplar en toda su plenitud; hay neblinas, como decíamos antes que se pueden interferir en nuestra visión y hacer que todo lo veamos borroso. Y estoy pensando en el camino que nos lleva a descubrir a Dios; tendríamos que decir que podemos verlo y tenemos que aprender a sentirlo a nuestro lado e incluso dentro de nosotros mismos; pero quizá haya cosas en nuestra vida que nos hacen borrosa esa visión de Dios; y tenemos entonces que elevarnos para salirnos de esas neblinas, de esas interferencias; tenemos que vaciar muchas cosas de los bolsillos de nuestra vida para poder realizar la ascensión, porque pueden ser pesos muertos que no nos dejen avanzar. Un punto importante no solo es saberlo sino realizarlo.

Hoy el evangelio nos habla de una subida, una montaña alta nos dice el evangelista, allí en medio de las llanuras y los valles de Galilea que la tradición ha situado en el Tabor. Jesús se llevó a tres de los discípulos con El para realizar esa Ascensión. ¿Irían ronroneando por lo bajo con la queje de por qué a ellos les tocó realizar aquella costosa ascensión? Pero lo que sucedió en la alto haría que Pedro reconociera lo bien que se estaba allí y que merecía hacer unas tiendas para permanecer en aquel lugar.

Jesús se había transfigurado cuando se había puesto a orar – para eso habían subido a la montaña como a Jesús le gustaba irse a lugares apartados y solitarios para orar – y todo resplandecía de luz, su rostro y sus vestidos. Y junto a Jesús Moisés y Elías, que también un día en lo alto de la montaña habían tenido una visión de Dios. ¿Se habrían quedado dormidos como en otras ocasiones que los llevaría a orar consigo? Pedro quería ya realizar tres tiendas, aunque se olvidara de si mismo. El misterio de Dios que estaban contemplando les hacía ya olvidarse de las demás preocupaciones.

Mientras Pedro anda con sus iniciativas y buenos deseos una nube los envuelve y se escucha la voz del cielo, como un día allá junto al Jordán cuando lo del Bautismo. ‘Este es mi Hijo muy amado, mi preferido, en quien me complazco. Escucharle’. Fue como un trueno que les hizo caer por tierra, pero allí habían escuchado la voz de Dios que además les planteaba una exigencia. ‘¡Escuchadle!’

Y ahora había que bajar de la montaña. Cuando despiertan de su aturdimiento se encuentran a Jesús solo que les dice que hay que bajar. Pero con ellos llevaban una visión nueva, aunque de eso aun no podrían hablar. Pero distinta era la perspectiva, de otra manera tenía que ser el seguimiento de Jesús, sabían que tenían que escucharle, aunque aun siguieran con sus dificultades. Aun seguirían resonando en sus oídos los anuncios que Jesús les hacía del sentido de su subida a Jerusalén, aunque ahora llevaran grabadas en su corazón las palabras escuchadas desde los cielos.

Era lo que en verdad tenían que asimilar; es lo que nosotros tenemos también que asimilar en este camino del seguimiento de Jesús, que muchas veces se nos llena de tropiezos, de dudas, de desánimos, de sentir que la ascensión es dura, que las tentaciones e influencias que recibimos de todos lados nos llenan de miedos y nos hacen sentirnos débiles, pero en nosotros tiene que mantenerse viva la visión de Cristo resucitado.

Para los discípulos fue como un anticipo de lo que sería la gloria de la resurrección la visión de Jesús transfigurado en lo alto del Tabor; nosotros tenemos esa visión y tendría que ser muy viva en nuestros corazones porque celebramos la Pascua y vivimos el gozo de la resurrección de Jesús. Eso tiene que ser la fuerza y como el estimulo que todo el año tiene que mantenernos en tensión para llenarnos de toda esa vitalidad de la gracia y no nos cansemos en ese camino, no decaigamos en esa ascensión de la vida que continuamente hemos de ir realizando. Sabemos de quien nos fiamos, en quien hemos puesto nuestra confianza, quien es el centro de nuestra fe, quien es la fortaleza de nuestra vida.

Lo que hoy contemplamos en el Tabor tiene que ser también nuestra transfiguración; es la experiencia que tiene que ser nuestra oración y nuestras celebraciones. Y con esa transfiguración tenemos que bajar a la vida, ir a la vida de cada día; como a Moisés que le brillaba el rostro cuando salía de la presencia del Señor, así tendríamos que salir de nuestras celebraciones. Vivamos, pues, con intensidad la presencia del Señor para que nos podamos transfigurar.

jueves, 23 de marzo de 2023

Despertemos para que podamos escuchar y comencemos a darle más profundidad a la vida siendo capaces de descubrir el amor que Dios está derramando sobre nosotros

 


Despertemos para que podamos escuchar y comencemos a darle más profundidad a la vida siendo capaces de descubrir el amor que Dios está derramando sobre nosotros

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47

Te lo había dicho tantas veces, pero no me hiciste caso, es el reproche que le hacemos al amigo que quizás se ha visto ahora envuelto en situaciones difíciles, y nosotros habíamos querido prevenirle, pero él iba a lo suyo y no nos hizo caso. Ahora nos duele, porque no nos gusta verlo en la situación en que está, y por eso los reproches que no son echarle en cara de mala manera sino una expresión del cariño que sentimos y de lo que nos duele su dureza de corazón. 

Hablamos de estas situaciones humanas que muchas veces se nos hacen duras en la vida, pero podríamos hablar de otras muchas cosas; son las prevenciones que hacemos a los hijos, es de lo que queremos hablar como un regalo de valores que queremos trasmitir, muchas cosas.

Es lo que siento y vislumbro en las palabras de Jesús. nos ha ido anunciando el Reino de Dios, nos ha querido ir abriendo caminos de esperanza, ha querido dar a conocer lo más hondo de su corazón, ha querido manifestarles quien es a través de las obras que realiza, les ha ido abriendo los ojos para que vean las señales de Dios, para que sepan interpretar lo anunciado en las Escrituras, pero se han cerrado a mensaje de Jesús; le pedían signos y señales y El se las iba ofreciendo en lo que hacía, pero estaban obtusos y cerrados para descubrir de lo que esos signos les hablaban.

Ahora se acercan momentos de tensión, porque rechazan a Jesús porque no han sabido reconocerle. Y les habla del testimonio de Juan, el ultimo de los profetas que todos habían conocido allá en las orillas del Jordán, pero no lo escucharon; les hace ver que lo escrito y anunciado por Moisés en las Escrituras en El se cumple; les quiere hacer entender que las obras que realiza, ahí están todos sus signos y milagros, es el testimonio del Dios del cielo que les está hablando, como un día lo había señalado allá en medio de las aguas del Jordán, como el Hijo del Dios vivo a quien habíamos de escuchar y luego Juan había dado testimonio.

Lo hemos escuchado hoy en el evangelio. ‘Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio en favor de la verdad… Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado… Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida!’

Y Jesús nos está ofreciendo vida eterna. Basta que creamos en El. Es la Palabra que nos está ofreciendo a nosotros hoy. Para que tengamos vida. Pero tenemos que abrirnos a esa vida, tenemos que querer escuchar esa Palabra de Jesús. 

Pero andamos también tan entretenidos en nuestras cosas, en las locuras del mundo, en las carreras de cada día que poco nos paramos a pensar, a reflexionar, a querer escuchar la Palabra de Dios. Nunca tenemos tiempo. Así andamos con nuestras superficialidades, así nos vamos dejando envolver por una tibieza espiritual, que parece que ya nos da todo lo mismo.

Estamos tan enfrascados en las materialidades de la vida, que lo espiritual ya no sabemos saborearlo. Nos cuesta entrar en nosotros mismos para darle profundidad a la vida. Nos cuesta pensar y cuando nos ofrecen algo que nos haga reflexionar algunas veces somos incapaces de entender esos lenguajes espirituales. Nos vamos contagiando por ese espíritu mundano. 

Duele el desconocimiento que palpamos a nuestro alrededor de las cosas relacionadas con lo espiritual y lo religioso; en una sociedad en la que presumimos de tantas festividades religiosas que hasta las hacemos de valor o interés turístico, luego en cualquier debate o concurso donde salgan temas o preguntas de ámbito cristiano o relacionados con lo religioso encontremos tantas ignorancias. Es la pendiente tan peligrosa por la que vamos resbalando cada día más.

Despertemos para que podamos escuchar. Abramos nuestro espíritu y comencemos a darle más profundidad a la vida. Seamos capaces de descubrir ese amor que Dios está derramando continuamente sobre nosotros y comencemos a darle respuesta.

domingo, 16 de octubre de 2022

En medio de las dificultades queremos ver el milagro de la ayuda de Dios pero no lo busques en lo externo sino allá en lo más hondo de tí mismo donde sentirás su paz

 


En medio de las dificultades queremos ver el milagro de la ayuda de Dios pero no lo busques en lo externo sino allá en lo más hondo de tí mismo donde sentirás su paz

 Éxodo 17, 8-13; Sal 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

La vida se nos convierte muchas veces en una batalla. No es fácil. Quisiéramos que se convirtiera en un camino de rosas; y cuando decimos esto estamos pensando en facilidades, suavidad en los pasos y perfumes, pero nos olvidamos que esas rosas tienen espinas; por eso aunque quisiéramos que fuera un camino de rosas tenemos que ser conscientes que las espinas no nos van a faltar en la vida.

Son las luchas en nuestra propia superación personal; es la lucha en los contratiempos que vamos encontrando porque todo no nos sale como son nuestros deseos; es el encuentro y la convivencia con los demás que se nos puede hacer costosa en ocasiones; son todos esos problemas que nos van apareciendo y que entrañan dificultad, oposición, nadar contra corriente, sueños o metas de otros que chocan con los nuestros, el egoísmo o el orgullo que se nos mete a todos por dentro y nos dificulta el camino porque nos dificulta la relación, porque nos hace tropezar tantas veces en ese camino.

¿Imposible llegar hasta una meta final, a la consecución de unos objetivos? La batalla tiene que ser perseverante, no nos pueden fallar las fuerzas; hablamos de nuestra fuerza interior, de la fuerza de nuestra voluntad nos hace conseguir aquello que nos proponemos; pero algunas veces esas fuerzas nos pueden fallar. ¿Imposible entonces? No podemos dar las cosas por imposible. ¿Con qué fuerzas vamos a contar para mantener esa necesaria perseverancia?

Nuestra riqueza y nuestra fuerza no están solo en nosotros mismos. Es cierto que tenemos que creer en nosotros mismos, tener optimismo y confianza para mantener la lucha. Pero hay algo que nos supera, algo que solo podemos conseguir con la fuerza que nos viene de lo alto. Me estoy haciendo esta reflexión, yo como creyente, y en medio de un ambiente de creyentes, como son los que siguen las reflexiones cada semana de estas semillas de cada día. Tenemos que aprender a contar con Dios.

Esto es lo que nos viene a enseñar la Palabra de Dios que en este domingo escuchamos. Tenemos que buscar la piedra en la que nos apoyemos cuando nos faltan las fuerzas, o los brazos que nos ayuden a mantener nuestros brazos en alto, siguiendo la imagen que se nos ofrece del Moisés orante en lo alto de la montaña mientras el pueblo lucha en su avance hacia la tierra prometida.

Caminaban con una esperanza, a pesar de que no faltaban dificultades en el camino que era especialmente duro por el desierto que atravesaban. Porque confiaban en la Palabra de Yahvé mantenían vivo su esfuerzo, aunque muchos fueron los momentos de flaqueza que tuvieron en aquel largo recorrido de cuarenta años. Hoy se nos habla de aquellas luchas contra los amalecitas, aquellos pueblos que se interponían en su camino, pero es imagen de todo lo que fue el recorrido por el desierto hacia la tierra prometida. Imagen también de lo que es nuestro camino en el que tantas veces nos faltan las fuerzas, nos vemos desfallecidos y poco menos que vencidos, en todos aquellos aspectos de los que ante hablamos. Pero hemos de levantar los ojos al cielo, y es una forma de hablar, para sentir como Dios está con nosotros, Dios está en nuestro corazón, Dios es que nos mantiene en nuestro camino. Es a El a quien tenemos que saber acudir, con quien saber contar.

Es la imagen que se nos ofrece en la parábola del evangelio. Ese juez que no quería escuchar las peticiones de la viuda es imagen de todo ese tropiezo que vamos a encontrar en nuestro camino. Por mucho que busquemos lo bueno, por mucho que queramos superarnos, por mucho que queramos sortear las dificultades, ahí tenemos siempre algo en contra. Pero es hermosa la imagen de la perseverancia de aquella mujer que no se cansa de pedir. Es la imagen de lo que tiene que ser nuestra perseverancia, de la confianza que hemos de tener de que podemos avanzar, de que podemos conseguir aquello que anhelamos, es la imagen de quien cree en sí mismo pero no porque se sienta autosuficiente sino porque sabe que no le faltará la fuerza del Señor. El siempre nos escucha.

Se nos está hablando de la perseverancia en nuestra oracion – ya Jesús nos dice que oremos sin desfallecer, que pidamos porque seremos escuchamos, que llamemos porque seremos atendidos – pero se nos está hablando de esa fuerza interior que con la presencia del Señor en nuestra vida vamos a sentir. Aunque todo te parezca oscuro ponte en su presencia y sentirás la paz en tu interior, habrá una luz que llegue a tu vida, habrá algo que vas a sentir que te hará vivir con confianza de una forma nueva.

sábado, 6 de agosto de 2022

La transfiguración del Señor transfigurará nuestras vidas y de ello tenemos que ser testigos ante el mundo que nos rodea

 


La transfiguración del Señor transfigurará nuestras vidas y de ello tenemos que ser testigos ante el mundo que nos rodea

2Pedro 1,16-19; Sal 96; Lucas 9, 28b-36

Si queremos tener buenas perspectivas hay que estar en el lugar adecuado; si queremos contemplar una amplia panorámica habrá que colocarse en la altura en el lugar más propicio para poder abarcar toda la amplitud del paisaje; si queremos abarcar en nuestra visión todo el conjunto tendremos que separarnos para poder contemplar toda su belleza. Necesitamos cambiar, buscar aunque nos cueste esfuerzo para poder contemplarlo desde el lugar adecuado, si queremos elevar nuestro espíritu por encima de cosas terrenas tenemos que ir a lo alto.

La vida toda nos está invitando a subir, a elevarnos, a buscar otra perspectiva, a ver las cosas de otra manera, y eso exige esfuerzo y al mismo tiempo sacrificio; nos costará arrancarnos de donde estamos pero el caminar hacia la altura hará que todo cambie y podremos ver las cosas de otra manera; si queremos una plenitud para nuestra vida hemos de darle trascendencia a lo que hacemos y eso nos hará olvidarnos de querer mirarnos solo los pies.

Hoy nos está invitando Jesús a subir a lo alto, podremos contemplar toda la trascendencia de su vida, encontraremos sus más hondos motivos y hará que se eleve también nuestro espíritu. Nos invita ahora a ir con El hasta lo alto pero con la conciencia de que allí por ahora no nos quedaremos porque tenemos que bajar de nuevo a la llanura de la vida por donde seguiremos caminando, pero ahora con nuestros motivos o con nuevas perspectivas después de haberle contemplado en la altura.

Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan a una montaña alta para orar. ¿Estarían orando ellos también o dando cabezadas porque habría aparecido el cansancio y la somnolencia después del esfuerzo de la subida? Nos pasa tantas veces, que no sabemos aprovechar el momento y nos dormimos, volvemos a la pesadez de nuestros ojos o de la rutina de lo que siempre hacemos. Nos pasa en la oración, nos dejamos dormir, aunque digamos qué bueno es dormir en los brazos del Señor. Pero El nos pide estar despiertos porque algo nuevo nos quiere ofrecer.

Aunque daban cabezadas los discípulos pudieron darse cuenta de lo que estaba sucediendo, porque en la oración Jesús se había transformado, se había transfigurado; así eran sus resplandores que podían encandilar. Pero vislumbraron que alguien estaba con Jesús, allí estaban Moisés y Elías, los símbolos de la Ley y de los Profetas, y hablaban con Jesús de lo que había de suceder que ellos no acababan de entender. Pero ahora todo les parecía maravilloso y querían quedarse allí para siempre. ‘¡Qué bien se está aquí! Haremos tres tiendas…’

Pero no pudieron terminar de expresar lo que ahora deseaban. Una nube les envolvió. Fácil en la montaña, pero aquella nube era distinta; los estaba envolviendo la gloria del Señor porque así escuchan la voz que viene de los cielos. ‘Este es mi Hijo, el elegido; escuchadle’. Y cayeron de bruces, pensaban que morían. Si contemplaban a Dios pensaban que morían, pero era algo distinto lo que sucedería después de escuchar así directamente a Dios, sus vidas habían también de transformarse.

Igual que cuando Moisés bajó de la montaña después de haber hablado con Dios, que su rostro resplandecía, de manera que tenía que cubrírselo con un velo, porque los israelitas no soportaban aquel resplandor. Ahora ellos también habían de resplandecer con un nuevo brillo, después de haber contemplado la gloria del Señor. Pero sus mentes seguían cerradas y no terminaban de entender, y no podían hablar de aquello a nadie porque tampoco lo entenderían.

Subamos a la montaña nosotros y dejémonos también envolver por la gloria del Señor. Subamos a la montaña para encontrarnos con la gloria de Dios, para escuchar su voz, para conocer profundamente a Jesús, para sentirnos igualmente nosotros transformados. Subamos a la montaña que nos da nuevas perspectivas, que nos abre horizontes, que nos hace descubrir de verdad cual es nuestra misión, que nos hará bajar a la llanura de la vida, porque por ahí tenemos que seguir caminando, pero ahora tenemos una nueva visión, ahora sabemos con quien caminamos y por qué lo hacemos, ahora comprenderemos mejor lo que es el Reino de Dios que tenemos que anunciar.

Es la montaña que eleva nuestro espíritu; es en la montaña donde nos llenamos de Dios, del encuentro con Dios; es la montaña de nuestra oración y es la montaña de la contemplación; es desde donde hemos de bajar a los caminos de la vida con una nueva luz, con un anuncio claro que tenemos que realizar, con una buena noticia que tenemos que proclamar. Jesús es el Hijo elegido y amado de Dios a quien tenemos que escuchar.

La transfiguración del Señor transfigurará nuestras vidas y de ello tenemos que ser testigos ante el mundo que nos rodea.

viernes, 18 de marzo de 2022

Como perfume, como luz o como sal hemos de expandirnos por el mundo con los dones que Dios ha puesto en nuestras manos y de los que somos administradores

 


Como perfume, como luz o como sal hemos de expandirnos por el mundo con los dones que Dios ha puesto en nuestras manos y de los que somos administradores

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

Malo es sentirse dueño de algo de lo que solo soy un administrador. Quien administra algo que se le ha confiado ha de saber actuar con responsabilidad en su función, pero siempre conciente de cual es su papel, del que un día le han de pedir cuentas, pues solo es un servicio que presta – es cierto con su remuneración y sus beneficios – en ese encargo que le han confiado. Mal podríamos pensar de un administrador que se cree dueño para hacer y para deshacer, para buscar solo sus propios beneficios y no ser consciente de la función que allí desempeña. No podemos apoderarnos cual presas de rapiña de aquello que no es nuestro, aunque en nuestras manos esté, pero de lo que solo somos unos administradores que hemos de conseguir los mejores beneficios para quien en verdad es el propietario.

Con este sentido nos propone Jesús algunas parábolas, como la de aquel administrador injusto, aunque fuera muy sagaz en sus manejos. Hoy nos propone Jesús esta parábola de la viña y los viñadores que no rinden cuentas, sino lo que es peor tratarán de apoderarse de aquella viña.

Es cierto que en una primera lectura de la parábola y dada la situación en la que Jesús la propuso está haciendo como un repaso a la historia de Israel. Son el pueblo de Dios, la viña preferida del Señor, como ya aparece incluso en los profetas del Antiguo Testamento. Ahí está toda la historia del amor de Dios por su pueblo, al que había elegido en Abrahán y al que un día liberará de la esclavitud de Egipto conduciéndolo en medio de obras portentosas a través del desierto hasta la tierra que les había prometido.

Aquello que Moisés en el Deuteronomio les había advertido pronto lo olvidaron. Cuando lleguen a aquella tierra que Dios les va a dar y comiencen a comer del fruto de aquella tierra, que no olviden al Señor su Dios que un día los había liberado de Egipto, les había hecho cruzar el mar Roja y los había llevado a la tierra prometida. No te olvides del Señor, tu Dios, les había advertido Moisés. Pero bien sabemos la historia de altos y bajos que fueron recorriendo, olvidándose de la Alianza que habían hecho en el Sinaí y no dando los frutos que Dios esperaba de ellos.

Nos lo refleja la parábola, como el final o el momento culminante de aquella historia cuando Dios les envía a su propio Hijo. ¿Qué estaban haciendo ahora con Jesús? ¿Merecían ellos aquellos dones de Dios dada la respuesta que estaban dando? ¿Habían sido buenos administradores de los dones de Dios?

Pero hoy que nosotros estamos escuchando esta Palabra de Dios no nos quedamos en recordar historias antiguas, o la referencia a la respuesta o no que otros hayan dado, sino que tenemos que ver nuestra propia historia, nuestra propia vida. ¿Cómo respondemos a los dones de Dios?

Pensamos en el don de la vida que Dios nos ha regalado, ¿somos capaces cada día de dar gracias a Dios por ese don tan maravilloso que es nuestra propia vida? Somos administradores de ese don de Dios en nosotros. Hay quien puede pensar que puede hacer de su vida lo que quiere porque es su propia vida, pero un creyente no puede pensar de esa manera. esa riqueza que hay en nosotros, en nuestra vida con sus dones y cualidades, no es solo para nosotros mismos sino que vivimos en un mundo en el que tenemos que ser buena semilla que alegre con las flores de sus valores al mundo que le rodea pero que también dé sus frutos.

Pensamos en la vida, pero pensamos en la riqueza de nuestra fe, semilla que Dios ha plantado en nuestro corazón. Con ella hemos de saber perfumar nuestro mundo porque con ella descubrimos un nuevo sentido, un nuevo valor a cuanto hacemos y cuanto vivimos. No nos la podemos guardar para nosotros mismos; es algo de lo que hemos de saber contagiar a los que nos rodean, con ella hemos de saber ser luz para los demás, con ella tenemos que ser sal para nuestra tierra.

Como el perfume que se expande embriagando a cuantos lo reciben, como la luz que con sus resplandores ilumina cuanto hay en su entorno, como la sal que da buen sabor a aquello que es nuestro alimento despertando el apetito de lo mejor, así tenemos que ser en medio de nuestro mundo. No nos podemos guardar los frutos de esa viña para nosotros solos porque se nos han confiado para que beneficiemos a los demás haciendo un mundo nuevo. ¿Sabremos ser buenos administradores de esos dones que Dios nos ha confiado?