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lunes, 1 de junio de 2026

Hay una viña en nuestras manos de la somos sus labradores, es la vida y es el mensaje del evangelio de los que tenemos que rendir unos frutos

 


Hay una viña en nuestras manos de la somos sus labradores, es la vida y es el mensaje del evangelio de los que tenemos que rendir unos frutos

2Pedro 1,1-7; Salmo 90;  Marcos 12,1-12

¿Nos sentiremos tan dueños de lo que tenemos entre manos que llegamos a pensar que podemos hacer con ello lo que nos apetezca? Dicen que cada uno hace de su capa un sayo, pero no es tan simple cuando consideramos el valor de lo que tenemos entre manos, la responsabilidad que tengamos ante ello o el sentido de lo que hacemos y de nuestra propia vida; queremos ser tan autónomos y autosuficientes que de nada ni de nadie queremos depender y quizás hasta podemos olvidar el sentido de la vida misma o del engranaje del que formamos parte en el conjunto de la vida y de la sociedad que nos tiene que hacer ver las consecuencias de nuestros actos para ese conjunto de la vida o de la sociedad de la que formamos parte. No podemos ir de egoístas, autosuficientes e insolidarios por la vida, porque así hemos perdido el sentido de la vida misma.

Habla Jesús en esta parábola, y ya nos comenta el evangelista que en esta ocasión hablaba a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos, haciendo referencia a los que eran los dirigentes de la sociedad de entonces, y habla del hombre que plantó una viña, la dotó de todo lo necesario, una cerca, un lagar, una torre de vigilancia, y la arrendó a unos labradores para que la trabajaran y le rindieran sus frutos.

Vemos por una parte la intencionalidad de Jesús al señalarnos el evangelista a los dirigentes de entonces que tenían una responsabilidad en aquella sociedad; habla de la generosidad al preparar la viña con todo lo necesario, pero por supuesto para percibir sus frutos. Aquí tenemos, pues, los puntos de referencia para comprender su sentido. ¿Hasta dónde llegaría la responsabilidad de aquellos labradores? Aquellos dirigentes por los que Jesús hablaba se estaban viendo señalados, como luego veremos que hasta querrán quitarse de en medio a Jesús. Siempre hemos interpretado esta parábola como un resumen de lo que ha sido la historia de Israel pero sobre todo con ese aspecto de quienes se sentían dueños y manipuladores de la religiosidad y de la fe del pueblo judío no aceptando o rechazando los enviados de Dios para mantener su poder de influencia en la vida del pueblo judío.

Pero mucho podemos sacar en consecuencia para nuestra vida hoy y la respuesta que hoy damos. A muchos aspectos nos podría llevar a la reflexión. Cuanto somos y cuanto hemos recibido en la vida, ¿a qué nos obliga? Primero que nada, tendríamos que decir, un reconocimiento del don de Dios. Sí, es mi vida, son mis dones, son mis cualidades y valores, pero, ¿los tenemos por nosotros mismos? Esa viña de nuestra vida está llamada a dar unos frutos, ¿nos sentiremos dueños por nosotros mismos para hacer de mi capa un sayo, como antes decíamos? ¿Qué hemos hecho del evangelio de Jesús y cómo está siendo en verdad el criterio de los valores que hemos de buscar y con los que hemos de enriquecer nuestra vida?

También hacemos nuestras interpretaciones cuando llega la hora de la verdad y tenemos que aplicarlo a las diversas situaciones de nuestra vida. Queremos suavizar, queremos hacer rebajas, queremos quedarnos en los mínimos, queremos hacer nuestras combinaciones para quizás no tener que arrancar tantos apegos que seguimos llevando en el corazón, queremos justificarnos para no ser tan radicales como nos lo plantea Jesús y queremos ir haciendo arreglitos por acá o por allá.

Al final seremos la higuera con mucho ramaje y con pocos frutos. ¿Nos creeremos tan dueños de la higuera o de la viña que nos creemos que cuantos somos o hacemos es solo una riqueza personal? Como nos decía el apóstol Pedro ‘crezca en nosotros la gracia y la paz por el conocimiento de Dios y Salvador Jesucristo…’ por eso continuaba diciéndonos que ‘es necesario saber de Jesucristo, familiarizarnos con su Evangelio’. ¿Será eso algo primordial en nuestra vida?


viernes, 21 de marzo de 2025

Es tiempo de gracia, tiempo de volver nuestra mirada y nuestro corazón a lo que es el amor y la misericordia del Señor que siempre nos espera, tiempo de salvación

 


Es tiempo de gracia, tiempo de volver nuestra mirada y nuestro corazón a lo que es el amor y la misericordia del Señor que siempre nos espera, tiempo de salvación

Génesis, 37, 3-4.12-13.17-28; Sal. 104; Mateo 21, 33-46

Aunque cuando hacemos un favor, cuando hacemos el bien a alguien lo queremos hacer desde nuestra buena voluntad y nuestra generosidad, sin embargo, somos humanos, y aunque no busquemos reconocimientos nos sentimos mal cuando vemos, por ejemplo, lo mal que aprovechan lo que nosotros les ofrecimos para su bien, más bien lo malgastan o lo destruyen aparte de no dar ninguna señal del bien que quisimos hacerles. No buscamos gratitudes ni reconocimientos, queremos que les sirva para su bien, pero no saben sacarle provecho, e incluso hasta que con quienes les quisimos ayudar se ponen insolentes y exigentes. Y somos nosotros los primeros los que nos sentimos mal con la tentación incluso de reaccionar contra ellos.

Estamos haciendo el planteamiento desde nuestra perspectiva, desde el punto en que hemos sido nosotros los que hemos ofrecido y no se ha dado por la otra parte la respuesta adecuada. Pero ¿y si pensamos en nosotros mismos, pero desde el otro lado, desde el que no siempre nosotros damos la respuesta adecuada a cuanto recibimos?

Es por donde quiere ir hoy el evangelio con la parábola que Jesús nos ofrece.

Es cierto que en un primer comentario a esta parábola, incluso desde la intención con que Jesús la dirigió en aquel momento en que estaban presentes los dirigentes del pueblo, vemos en ella un reflejo de lo que fue la historia de Israel, la historia de amor de Dios con su pueblo hasta llegar a aquel momento presente en que rechazan a Jesús, el enviado de Dios, como tantas veces habían rechazado a los profetas tal como nos refleja la historia de Israel.

Una historia que tenía que ser una historia de salvación porque era la historia del amor de Dios por su pueblo, pero que se había transformado en una historia de infidelidad en la respuesta que tanto le costaba a aquel pueblo de Dios al amor que se derramaba sobre ellos.

Pero cuando hoy escuchamos nosotros este evangelio como Palabra de Dios para nosotros hemos de saber hacer una lectura de aquella historia en nuestra propia vida. No miramos la historia del pasado, sino miramos nuestra propia historia, nuestra propia vida y en ella tenemos que vernos reflejados.

Nos habla la parábola del propietario que preparó su vida y se nos dan hermosos detalles del esmero con que la preparó y la arrendó a unos agricultores para que la trabajaran, sacaran sus frutos y rindieran cuenta al dueño por aquellos frutos. No eran los propietarios, pero quisieron sentirse los propietarios, de manera que no quisieron rendir cuentas de frutos y ganancias para el dueño. Envía a sus criados que son rechazados de mala manera; rechazan al hijo porque quieren hacerse dueños de la viña y terminan matándolo fuera de la viña.

¿Cómo nos vemos nosotros ante ese regalo de Dios que es la vida misma pero también cuánto con su gracia ha enriquecido nuestra vida? ¿Cuál es la actitud de acogida que nosotros mostramos ante quienes Dios pone a nuestro lado para ayudarnos a hacer sus caminos? ¿Hasta dónde llega nuestra fe para aceptar y recibir esa gracia que Dios continuamente de mil maneras nos regala?  ¿Cuál es la vivencia de esa fe y de ese amor que tendríamos que reflejar en nuestra vida, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos?

Tenemos que ser sinceros con nosotros mismos, pero sinceros ante Dios que conoce bien nuestros corazones. No lo podemos ocultar. Nuestra vida también está llena de infidelidades, de fracasos de esa gracia de Dios en mí. Es ahora cuando no nos hemos de sentir tan mal por lo que otros hagan con nosotros, sino mal con nosotros mismos cuando reconocemos y contemplamos las oscuridades de nuestra vida.

Pero es tiempo de gracia, como escuchábamos desde el primer día de la cuaresma en el miércoles de ceniza. Tiempo de volver nuestra mirada y nuestro corazón a lo que es el amor y la misericordia del Señor que siempre nos espera, que una vez más nos llama y nos regala su gracia, es tiempo de salvación si respondemos a la llamada del Señor.

lunes, 3 de junio de 2024

Seamos capaces de reconocer nuestras piedras de tropiezo y debilidades, para que encontremos esa piedra adecuada que se convierta en piedra angular de nuestra vida

 


Seamos capaces de reconocer nuestras piedras de tropiezo y debilidades, para que encontremos esa piedra adecuada que se convierta en piedra angular de nuestra vida

2 Pedro 1,1-7; Salmo 90; Marcos 12,1-12

A veces no sabemos por qué reaccionamos de una determinada manera ante situaciones que se nos presentan inesperadas o antes cosas que nos suceden por una parte y que no entendemos por qué nos pasan esas cosas, o también cuando alguien nos dice algo que nos toca la fibra más delicada de nuestra vida, algo que nos afecta, algo que nos pone el dedo en la llaga como suele decirse. Levantamos la voz, nos ponemos a gritar, surgen actitudes o gestos de violencia en nuestras palabras o incluso en lo casi intentamos hacer. ¿Qué nos está sucediendo?

Así vemos que fue la reacción de los principales judíos cuando escucharon la parábola que les propone. Aquellos viñadores a los que se les había confiado el cuidado de una viña, que además el dueño había preparado con mucho mimo, que no quieren rendir cuentas de los frutos recogidos para hacer los necesarios repartos entre unos y otros. Enviara quien enviara todos fueron tratados mal, incluso el propio hijo del propietario enviado finalmente es rechazado y lo matan fuera de la propia viña.

Se ven retratados los dirigentes del pueblo judío. ¿Qué han hecho con aquella viña que Dios ha puesto con tanto esmero y cuidado en sus manos? ¿Qué hicieron con los profetas enviados de Dios que eran rechazados y muchos murieron en consecuencia? ¿Qué es lo que van a hacer ahora con el Hijo? Nosotros que escuchamos la parábola hoy la interpretamos fielmente poniendo cada cosa en su sitio. Pero la parábola hoy la escuchamos no solo para interpretar cómo los judíos en la época de Jesús podían verse reflejados en ella, sino que somos nosotros hoy los que tenemos que hacer una lectura de la parábola viéndola en el hoy de nuestra vida, con nuestras circunstancias, con nuestras forma de reaccionas y de entender las cosas, porque es hoy Palabra que Dios quiere decirnos a nosotros y con lo que querrá señalarnos algo en concreto para nuestra vida.

Pensemos en las interpretaciones que nos hacemos tratando de que sea siempre algo suave para nosotros. también nos cuesta enfrentarnos a la cruda realidad, tampoco nos gusta que nos ponga en el dedo en la llaga, o en esas cicatrices que hemos ido dejando en nuestra vida detrás de esos choques violentos de una forma o de otra que tantas veces tenemos, detrás de esa rencillas y resentimientos que muchas veces incluso llegan a modelar nuestro carácter y nos volvemos reservados y desconfiados, detrás de esas vanidades con que nos adornamos para parecer buenos, para decir que nosotros sí cumplimos cuando lo hacemos detrás de la fachada de la apariencia pero con poca sinceridad en el corazón.

Son tantas las heridas que llevamos en el alma que hasta nos cuesta reconocernos con sinceridad. Y no nos gusta que nos lo digan. Matamos al mensajero que viene a señalarnos donde están nuestros peligros. Como los obreros de la viña. Nos queremos aprovechar de todos los méritos, que nadie nos haga sombra. Y si podemos poner un poquito más ya estaremos arrimando bien el ascua a nuestra sardina.

La parábola nos pone en entredicho muchas de las cosas que hacemos y a veces con toda naturalidad pero que sabemos bien que no andamos en lo correcto, que no andamos con la conciencia muy limpia, porque siempre tenemos nuestras pegas, nuestras disculpas, nuestras pantallas para que no se vea con claridad allí donde metemos la pata. Y todos podemos meter la pata, porque somos humanos y llenos de debilidades. Seamos capaces de reconocerlo, para que encontremos esa piedra adecuada que se convierta en piedra angular de nuestra vida. Encontraremos un verdadero tesoro.

viernes, 18 de marzo de 2022

Como perfume, como luz o como sal hemos de expandirnos por el mundo con los dones que Dios ha puesto en nuestras manos y de los que somos administradores

 


Como perfume, como luz o como sal hemos de expandirnos por el mundo con los dones que Dios ha puesto en nuestras manos y de los que somos administradores

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

Malo es sentirse dueño de algo de lo que solo soy un administrador. Quien administra algo que se le ha confiado ha de saber actuar con responsabilidad en su función, pero siempre conciente de cual es su papel, del que un día le han de pedir cuentas, pues solo es un servicio que presta – es cierto con su remuneración y sus beneficios – en ese encargo que le han confiado. Mal podríamos pensar de un administrador que se cree dueño para hacer y para deshacer, para buscar solo sus propios beneficios y no ser consciente de la función que allí desempeña. No podemos apoderarnos cual presas de rapiña de aquello que no es nuestro, aunque en nuestras manos esté, pero de lo que solo somos unos administradores que hemos de conseguir los mejores beneficios para quien en verdad es el propietario.

Con este sentido nos propone Jesús algunas parábolas, como la de aquel administrador injusto, aunque fuera muy sagaz en sus manejos. Hoy nos propone Jesús esta parábola de la viña y los viñadores que no rinden cuentas, sino lo que es peor tratarán de apoderarse de aquella viña.

Es cierto que en una primera lectura de la parábola y dada la situación en la que Jesús la propuso está haciendo como un repaso a la historia de Israel. Son el pueblo de Dios, la viña preferida del Señor, como ya aparece incluso en los profetas del Antiguo Testamento. Ahí está toda la historia del amor de Dios por su pueblo, al que había elegido en Abrahán y al que un día liberará de la esclavitud de Egipto conduciéndolo en medio de obras portentosas a través del desierto hasta la tierra que les había prometido.

Aquello que Moisés en el Deuteronomio les había advertido pronto lo olvidaron. Cuando lleguen a aquella tierra que Dios les va a dar y comiencen a comer del fruto de aquella tierra, que no olviden al Señor su Dios que un día los había liberado de Egipto, les había hecho cruzar el mar Roja y los había llevado a la tierra prometida. No te olvides del Señor, tu Dios, les había advertido Moisés. Pero bien sabemos la historia de altos y bajos que fueron recorriendo, olvidándose de la Alianza que habían hecho en el Sinaí y no dando los frutos que Dios esperaba de ellos.

Nos lo refleja la parábola, como el final o el momento culminante de aquella historia cuando Dios les envía a su propio Hijo. ¿Qué estaban haciendo ahora con Jesús? ¿Merecían ellos aquellos dones de Dios dada la respuesta que estaban dando? ¿Habían sido buenos administradores de los dones de Dios?

Pero hoy que nosotros estamos escuchando esta Palabra de Dios no nos quedamos en recordar historias antiguas, o la referencia a la respuesta o no que otros hayan dado, sino que tenemos que ver nuestra propia historia, nuestra propia vida. ¿Cómo respondemos a los dones de Dios?

Pensamos en el don de la vida que Dios nos ha regalado, ¿somos capaces cada día de dar gracias a Dios por ese don tan maravilloso que es nuestra propia vida? Somos administradores de ese don de Dios en nosotros. Hay quien puede pensar que puede hacer de su vida lo que quiere porque es su propia vida, pero un creyente no puede pensar de esa manera. esa riqueza que hay en nosotros, en nuestra vida con sus dones y cualidades, no es solo para nosotros mismos sino que vivimos en un mundo en el que tenemos que ser buena semilla que alegre con las flores de sus valores al mundo que le rodea pero que también dé sus frutos.

Pensamos en la vida, pero pensamos en la riqueza de nuestra fe, semilla que Dios ha plantado en nuestro corazón. Con ella hemos de saber perfumar nuestro mundo porque con ella descubrimos un nuevo sentido, un nuevo valor a cuanto hacemos y cuanto vivimos. No nos la podemos guardar para nosotros mismos; es algo de lo que hemos de saber contagiar a los que nos rodean, con ella hemos de saber ser luz para los demás, con ella tenemos que ser sal para nuestra tierra.

Como el perfume que se expande embriagando a cuantos lo reciben, como la luz que con sus resplandores ilumina cuanto hay en su entorno, como la sal que da buen sabor a aquello que es nuestro alimento despertando el apetito de lo mejor, así tenemos que ser en medio de nuestro mundo. No nos podemos guardar los frutos de esa viña para nosotros solos porque se nos han confiado para que beneficiemos a los demás haciendo un mundo nuevo. ¿Sabremos ser buenos administradores de esos dones que Dios nos ha confiado?

viernes, 5 de marzo de 2021

La historia, maestra de la vida, con ojos de fe se hace para nosotros historia de salvación donde siempre descubriremos el actuar de Dios por el bien del hombre

 


La historia, maestra de la vida, con ojos de fe se hace para nosotros historia de salvación donde siempre descubriremos el actuar de Dios por el bien del hombre

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

La historia es maestra de la vida. Esos acontecimientos vividos, ya sea en nuestra historia personal, ya sea aprendiendo de lo que ha sucedido en otros tiempos y a otras personas puede ayudarnos a leer esos acontecimientos, encontrar el sentido de lo que hacemos y también, ¿por qué no? de los errores del pasado aprender para no repetirnos en los mismos tropiezos, aunque no siempre lo logramos por ser malos aprendices.

Cuando hacemos una lectura atenta de lo que ha ido sucediendo a través de la historia, aprendemos; es una sabiduría acumulada en el pensamiento de tantos antes que nosotros que supieron buscar un sentido a la vida, que aprendieron desde lo acontecido a sacar pautas para nuestro actuar y hasta en muchas ocasiones aquellos acontecimientos sucedidos en otro tiempo pueden ser como calcos de lo que ahora nos sucede y es donde tenemos que aprender. Es lo que llaman la filosofía de la historia que es también la historia de la filosofía o lo que es lo mismo del pensamiento del ser humano que reflexiona sobre lo que le sucede y deduce principios de vida y pautas para nuestro caminar.

Pero el creyente añade algo más a todo eso que en lo humano podemos descubrir y nos puede ayudar. Para el creyente vista la historia igual que mira la vida con ojos de fe para descubrir la presencia de Dios termina reconociendo que la historia es para nosotros una historia de salvación. Llamamos habitualmente historia de salvación todo lo que la Biblia nos refleja de la historia de aquel pueblo, porque en ese pueblo de manera especial vemos el actuar de Dios que aun dejando al hombre en la entera libertad para su actuar, como don que le ha regalado el Señor, sin embargo Dios se va haciendo presente en esa historia y nos va guiando en ese camino aunque muchas nos lo queremos construir solamente a nuestra manera.

Por eso para nosotros la Biblia se ha convertido en libro sagrado que nos trasmite lo que es la voluntad y el deseo de Dios, la Palabra de Dios. Un camino que ha recorrido la humanidad que muchas veces se ha convertido en camino de contradicciones, pero que es también y así se nos refleja un camino de fidelidad pero también de infidelidades. Pero siempre detrás de todo ese actuar del hombre veremos la presencia y el actuar de Dios, presencia que es siempre presencia de amor, llamada de amor de Dios al hombre para que sepamos descubrir el camino de felicidad que Dios traza para el hombre.

Lo que hoy nos han trasmitido los dos textos sagrados que se nos ofrecen en la liturgia de este día es una imagen de todo esto que venimos reflexionando. La historia de José y sus hermanos, los hijos de Jacob, es un fiel reflejo de nuestra historia tan llena de ambiciones, envidias, rivalidades y traiciones. Lo vemos en esos pocos versículos que hoy hemos escuchado y es fiel reflejo de nuestra vida. Pero además hay algo más y es como Dios a través incluso de esos hechos de maldad y de inhumanidad va guiando los hilos de la historia y eso se va a convertir en momento muy importante en todo lo que seria la historia de la salvación. Todo el camino del éxodo arranca de este momento es que José es vendido y llevado como esclavo a Egipto, camino que será historia en la que Dios se manifestará para ofrecer su salvación a aquel que iba a ser su pueblo.

Pero es que además Jesús con la parábola que nos propone hoy en el evangelio le hace también una lectura de la historia llena de infidelidades y traiciones de aquel que había sido su pueblo y que había cuidado como el agricultor que había plantado su viña y había preparado debidamente su finca. Una viña, una historia, una vida que había confiado Jesús a su pueblo, pero el pueblo no había sabido rendirle sus frutos. Bien entendieron los fariseos y los jefes del pueblo la parábola que les proponía Jesús, porque luego fueron más fuertes sus deseos de quitarlo de en medio.

Pero no miramos solo para detrás para quedarnos en otras historias o cosas sucedidas en otros tiempos; miramos lo que es nuestra propia historia, nuestra propia vida bien reflejada tanto en la parábola como en la historia de José. Es la lección que tenemos que aprender, son los ojos nuevos con que tenemos que mirar, porque vamos a mirar la historia de nuestra vida con la mirada de Dios, con los ojos de Dios. A través de ese filtro si veremos todos los matices de nuestra historia pero sobre todo tenemos que descubrir todo lo que es el amor que Dios nos tiene que a pesar de nuestras infidelidades nos sigue llamando y sigue queriendo contar con nosotros.

Leyendo la historia para tener la lección bien aprendida pone una nueva página en blanco en nuestras manos para que escribamos el ahora de nuestra historia, el ahora de nuestra vida siempre con la esperanza de un día llegar a la meta con una hermosa nueva historia de salvación, para alcanzar la salvación definitiva y final que Dios nos ofrece.

domingo, 4 de octubre de 2020

La gratitud es mucho más que una cortesía, hemos de manifestarla con nuestra vida, con esa respuesta que demos en el compromiso de la vida de cada día

 


La gratitud es mucho más que una cortesía, hemos de manifestarla con nuestra vida, con esa respuesta que demos en el compromiso de la vida de cada día

Isaías 5, 1-7; Sal 79; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43

La ingratitud es algo terriblemente duro. El que es ingrato no sabe valorar lo que recibe de los demás, muestra la pobreza de su espíritu mezquino que le hace creerse merecedor de todo y hasta se vuelve exigente incluso con aquel que le está beneficiando.

Cuando llenamos el corazón de orgullo olvidamos pronto el camino que hemos recorrido y nos creemos siempre subidos en pedestales de gloria que al final le encandilan y le engañan, se engaña a si mismo. Es una tentación fácil cuando nos creemos que todo lo tenemos, nos sentimos con derecho a ser poseedores absolutos de todo, quizá estamos ya en una situación de vida más fácil y cómoda, y olvidamos el camino recorrido y, lo que es peor, olvidamos o relegamos a un lado a quienes estuvieron a nuestro lado, a quienes nos echaron una mano, a quienes incluso pusieron su parte para que llegáramos a donde ahora estamos.

Cuando vivíamos caminos duros y en cierto modo nos veíamos obligados a una mayor austeridad éramos más cercanos y solidarios con los que caminaban con nosotros, y ahora que nos creemos ricos y poseedores de todo con esa vida más fácil y cómoda como decíamos antes, nos hacemos ingratos, desagradecidos y mezquinos con los demás. Qué mala es la ingratitud, que nos endiosa a nosotros y hace tantos desaires a los que caminaron con nosotros en los momentos malos.

Nos podemos seguir haciendo muchas reflexiones en este sentido. Claro que podemos quedarnos en mirar a los demás con lupa para ver sus actitudes y no nos miramos a nosotros mismos. Muchas veces nos puede faltar el detalle de esa palabra amable llena de gratitud para quienes nos han prestado un servicio, sea cual sea y en el lugar que sea. Algunas veces nos escudamos en que es obligación del que lo hace y nosotros pagamos por ese servicio pero nos falta esa sonrisa, esa palabra amable, ese gesto de gratitud para quien nos atendía aunque fuera su obligación. Y no digamos nada cuando la gente ha sido generosa con uno sin tener ninguna obligación y nos vamos sin volver la vista atrás para mostrar nuestro agradecimiento.

Son unas primeras consideraciones – quizá me he alargado un poco – que me hago hoy ante la parábola que nos propone Jesús en el evangelio. Una parábola que tiene su eco en el canto de amor de mi amigo a su viña, que nos ofrecía el profeta del Antiguo Testamento. ‘¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho? ¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones?’ Por algo diremos con el salmo responsorial: ‘La viña del Señor es la casa de Israel’. Y es que tanto ese canto de amor de mi amigo a su viña como la parábola que Jesús nos propone eso está queriendo reflejar. Y lo dice claramente el evangelista.

La descripción de la parábola es el recorrido de la historia de la salvación que culmina en la muerte del hijo. Clara referencia a Jesús. Pero hoy nosotros cuando nos confrontamos a la Palabra de Dios no nos quedamos, por así decirlo, en la historia antigua, sino que tenemos que mirar nuestra historia. Es nuestra historia como pueblo, es nuestra historia también como Iglesia, pero es también nuestra historia personal tan llena de ingratitudes, la que está ahí reflejada. Sí, una historia de ingratitud. Porque nuestra Acción de Gracias a Dios no se puede quedar en unos cantos, como no se queda en unas palabras llenas de cortesía.

La gratitud es mucho más que una cortesía. La gratitud hemos de manifestarla con nuestra vida, con esa respuesta que nosotros estamos dando en el compromiso de nuestra vida de cada día. ¿Es que no nos vamos a comprometer con aquel que un día se dio generosamente por nosotros y nos ayudó a salir del bache de nuestra vida?

Ese terreno entrecavado y preparado como nos detalla el desarrollo de la parábola, las buenas cepas plantadas, la cerca que rodeaba la viña para evitar todo tipo de depredadores, el lagar, la bodega y la casa del guarda tan cuidadosamente preparados, nos están señalando todo lo que hemos venido recibiendo a lo largo de la vida; ya es el don de la vida misma y todos los mimos de quienes nos criaron, ya es la educación que nos dieron nuestros padres y de cuantos por una parte y por otra han ido ofreciéndonos una educación humana y cristiana, ya son todos esos medios con que hemos contado para ir haciendo ese camino de la vida que nos ayudaba a madurar, ya es la Iglesia que ha estado a  nuestro lado en el camino del crecimiento de nuestra fe, y así podríamos pensar en tantas cosas que han contribuido al desarrollo de nuestra vida; ¿y cuál es nuestra respuesta? ¿Cuál es la intensidad y madurez con que vivimos nuestra vida cristiana? ¿Dónde están los frutos que se esperan de nosotros y de lo que en nosotros se ha sembrado?

Da para pensar, para reflexionar, para examinar nuestra vida, para ver hasta donde llega nuestro compromiso con la vida misma, con la sociedad en la que vivimos, y como cristianos en esa iglesia a la que pertenecemos. La parábola termina con palabras duras, como dura fue la reacción del amigo ante los pocos frutos que le daba la viña. ‘Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Pero también es un toque de atención de lo que es la misericordia del Señor, de la espera paciente del Señor para que demos frutos, y una invitación a unas nuevas actitudes en nuestra vida que pasan por una auténtica conversión.

lunes, 4 de junio de 2018

Los fracasos en la vida no nos pueden hundir sino que tenemos que saber bien en quien nos apoyamos y de forma madura seguir poniendo ilusión en lo que hacemos


Los fracasos en la vida no nos pueden hundir sino que tenemos que saber bien en quien nos apoyamos y de forma madura seguir poniendo ilusión en lo que hacemos

2Pedro 1,1-7; Sal 90; Marcos 12,1-12

Nos hacemos un proyecto, lo trabajamos con ilusión, ponemos muchas esperanzas de futuro en aquello que proyectamos y que vamos poco a poco realizando, con buena visión queremos hacer partícipes a otros de aquello que nos ilusiona, queremos trabajar juntos; pero quizá llega un momento que parece que todo se nos viene abajo, que la colaboración que habíamos pedido se nos vuelve en contra porque los que creíamos colaboradores ahora se quieren hacer dueños de nuestros proyectos y de lo que con tanta ilusión habíamos comenzado; ¿qué hacer? ¿Rendirnos y abandonar todo? ¿Dejar que los otros se beneficien de lo que nosotros habíamos iniciado? ¿Recomenzamos de nuevo?
Planteamientos que nos llenan de duda y también de furor; la frustración se nos puede meter por dentro y hacernos mucho daño, al tiempo que en reacciones violentas podemos comenzar también a hacer daño a los demás. Algunas veces no sabemos qué hacer. Nos sentimos sin fuerzas para recomenzar de nuevo porque además nos hemos visto traicionados. Un torbellino de cosas aparece en nuestra mente. ¿Cuál ha de ser nuestra reacción más autentica?
Son situaciones difíciles en la vida. Son reflexiones que nos hacemos o que tenemos que hacernos ante las situaciones que nos van apareciendo en la vida porque muchas veces nos podemos sentir frustrados y fracasados, pero tenemos que saber levantar la cabeza para seguir caminando y hacerlo con madurez.
Mira a donde me ha llevado la reflexión sobre la parábola que nos ofrece hoy el evangelio. De entrada podría parecer que me he ido muy lejos, cuando nos quedamos en una reflexión demasiado, digamos, literal de la parábola en los momentos en que fue pronunciada. Pero la Palabra de Dios siempre nos tiene que hacer mirar hacia delante, y reflexionarla no solo como hechos del pasado, sino viéndola palpablemente en lo que ahora y hoy nos sigue sucediendo.
Jesús contaba una historia que podría ser cosas que perfectamente habían sucedido; se le daba una lectura en el momento presente de la historia de Israel y así lo entendieron incluso aquellos dirigentes por quienes directamente Jesús decía la parábola. Allí estaba reflejada, es cierto, toda la historia de Israel llena de infidelidades a la Alianza y a Dios. También nosotros espiritualmente nos podemos mirar para ver nuestra historia de infidelidades y pecados ante tanto que Dios ha hecho por nosotros.
Pero creo que también tiene que iluminar todas esas realidades de nuestra vida, todas esas situaciones por las que podemos pasar de frustraciones y fracasos que nos hacen en muchos momentos sentirnos hundidos. Dios no deja abandonada su viña a pesar de todo lo que han hecho aquellos viñadores; Dios no nos deja abandonados a pesar de todo lo que nosotros podamos haber hecho que muestra nuestras infidelidades y pecados; Dios no nos puede dejar solos cuando en las luchas de la vida nos parece que estamos hundidos y sin ver salidas.
No podemos nosotros tampoco dejar hundirnos, sino que tenemos que levantarnos con renovada ilusión para recomenzar de nuevo cuantas veces sea necesario, pero eso será lo que nos hará grandes, lo que mostrará en verdad la madurez que hay en nuestra vida a pesar de los fracasos por los que hayamos pasado. Recomenzamos de nuevo, ponemos ilusión y esperanza, aprendemos de los errores, nos apoyamos en quien sabemos que será siempre nuestra fuerza. Dios quiere que miremos siempre adelante, pongamos metas nuevas, ilusionantes y muy altas en nuestra vida. Con nosotros estará siempre la fuerza de su Espíritu.

domingo, 8 de octubre de 2017

Que seamos capaces de dar un día los frutos de la viña nueva que se manifiesten en el mundo mejor que vayamos creando entre todos porque todos nos sentimos responsables


Que seamos capaces de dar un día los frutos de la viña nueva que se manifiesten en el mundo mejor que vayamos creando entre todos porque todos nos sentimos responsables

Isaías 5, 1-7; Sal 79; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43

Se creen los dueños de todo. Así pensamos y así decimos cuando vemos que alguien a quien se le ha confiado alguna responsabilidad en la vida social hace y deshace a su capricho como si aquello fuera su finca particular. Vemos con demasiada frecuencia situaciones así y vamos contemplando cómo casi en cascada se van sucediendo casos y casos de corrupción donde aquello que han de administrar como un bien publico y para bien de todos se convierte en un rió inagotable de ganancias personales sin importarle el que un día han de rendir cuentas de aquella responsabilidad. Casi nos hemos acostumbrado a esas cosas que ya en una pérdida del sentido ético de la vida se van casi como naturales y corrientes.
¿A dónde vamos con una sociedad así y con unos dirigentes corruptos que solo buscan sus ganancias personales y su propio enriquecimiento? ¿Qué sociedad estamos construyendo con esa tan terrible falta de responsabilidad? He querido hacer una primera lectura de la parábola que nos propone el evangelio en este sentido, porque siempre tenemos que hacer que esa Palabra ilumine nuestra vida y los problemas y situaciones que en ella nos encontramos cada día.
Jesús al proponer la parábola hablaba clara y directamente a lo que sucedía en su época y lo que realmente había sido la historia de su pueblo. Ya nos especifica muy concretamente el evangelista que ‘jesus les dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’. Estaba hablándoles a aquellas personas en concreto que le estaban escuchando; estaba simplemente reflejando lo que había sido la historia del pueblo de Israel.
Ya la imagen de la viña aparecía muy hermosa en el Antiguo Testamento en ese canto de amor a la viña del amigo que nos ofrece el profeta. Calcada en esas palabras del profeta es la parábola que Jesús les ofrece. ‘La viña del Señor es la casa de Israel’, hemos repetido en el salmo haciéndonos eco de las palabras del profeta y dándonos pauta para un entendimiento de la posterior parábola.
Nos habla del amor de Dios por su pueblo – esa viña bien preparada y cuidada – pero cómo ese pueblo a través de la historia a pesar de los avisos de los profetas no escucharon la voz del Señor ni dieron los frutos de santidad que de ellos se esperaba. Bien por aludidos se dieron los que ahora escuchan la parábola de Jesús porque su reacción será la que también se propone en la parábola, querrán quitar de en medio a quien les molesta con la voz de Dios y a quien venia en el nombre del Señor.
Es la lectura que hacemos de la parábola para nuestra vida concreta reconociendo que somos esa viña del Señor y tratando de analizar y ver cuales son los frutos que nosotros damos. Lo miramos en nuestra vida personal concreta recordando la infinita gracia del Señor que se nos ha regalado a lo largo de nuestra vida, y viendo de forma concreta la acogida que hemos hecho de esa gracia, la santidad que debería reflejarse en nosotros pero que sin embargo seguimos envueltos en el pecado. Una llamada del amor del Señor a nuestra conversión personal.
Pero hemos de leerlo también como pueblo de Dios, como Iglesia, como comunidad con todo lo que es la historia de nuestra Iglesia o de esa comunidad cristiana en concreto a la que pertenecemos. Dios sigue suscitando profetas en medio de nosotros en la santidad de vida de tantos que son ejemplo y estimulo para nuestro caminar como pueblo de Dios; profetas en esos grandes hombres de Dios que nos ayudan en nuestro caminar y cuya palabra resuena fuerte en medio de la Iglesia pero que no siempre sabemos escuchar como es debido.
Sin querer ir demasiado lejos en nuestros tiempos grandes han sido la figuras de los Papas que han guiado a la Iglesia, o de tantos obispos y sacerdotes – podemos recordar quizá a muchos cercanos a nosotros - con tantos gestos, con tantos signos, con tan clara y valiente palabra que ha resonado en medio de la Iglesia y en medio del mundo. Pero bien sabemos que no siempre han sido escuchados, que muchas veces de forma soterrada o también con ciertos clamores en muchas ocasiones han sido rechazados por tantos que se encierran en sus inmovilismos o en sus conveniencias personales. También en la Iglesia suceden cosas así, no nos escandalicemos que todos lo sabemos.
Y claro podemos pensar y reflexionar – y que esto sirva también de denuncia de los males de nuestra sociedad – en lo que dio principio a esta reflexión con tantas cosas que vemos en nuestro entorno o en nuestra sociedad y que de ello saquemos buenas conclusiones.
Pero Dios sigue cantando ese canto de amor su viña, como recordábamos con el profeta porque Dios sigue amando al hombre y sigue confiando y esperando que en verdad cuidemos esa viña que es nuestro mundo, nuestra sociedad, nuestra iglesia también. Que seamos capaces de dar un día los frutos que se manifiesten en ese mundo mejor que vayamos creando entre todos porque todos sintamos esa responsabilidad.
Que ‘todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta’, como  nos decía san Pablo en su carta. Que brillen con fuerza todas esas características del Reino de Dios en ese mundo nuevo, en esa tierra y en ese cielo nuevo que entre todos tenemos que construir.

viernes, 17 de marzo de 2017

Sepamos acoger como un don y un regalo lo que de lo demás recibimos en forma de consejo, de palabra amiga o de corrección y eso contribuya a los buenos frutos de nuestra vida

Sepamos acoger como un don y un regalo lo que de lo demás recibimos en forma de consejo, de palabra amiga o de corrección y eso contribuya a los buenos frutos de nuestra vida

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
Hay ocasiones en que no nos sentimos bien, reaccionamos mal cuando alguien nos dice algo que no nos agrada o, por ejemplo, nos pide que seamos más coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos; no nos agrada que nos señalen lo que quizá no hacemos bien, o en forma positiva nos reclamen actitudes buenas, posturas claras y valientes en nuestros comportamientos.
¿Nos falta humildad para reconocer nuestros errores? ¿Miramos con malos ojos al amigo que se atreve a pedirnos una actitud buena, un buen comportamiento en un determinado momento? ¿No nos agrada buen consejo de un amigo que en fin de cuentas lo que quiere es nuestro bien pero que en nuestro orgullo rechazamos porque decimos que nadie tiene que meterse en nuestras cosas y nosotros sabemos lo que tenemos que hacer? ¿Volvemos la espalda a quien nos dice la verdad? Son cosas que en algunos momentos nos pueden pasar. Pero nos creemos demasiado buenos para reconocer que también cometemos errores y no siempre damos el ejemplo que tendríamos que dar.
Frutos buenos tendríamos que saber dar en nuestra vida; así tendrían que resplandecer nuestros valores, así tendríamos que ser también ejemplo para los demás. Hay cosas buenas en nuestra vida que quizá no desarrollamos debidamente, hay talentos que quizás hemos enterrado, hay cualidades que muchas veces no desarrollamos para el bien sino que tenemos la tentación de utilizarlas de manera egoísta y las podemos convertir en un mal en nuestra vida.
Hoy Jesús nos habla en la parábola de una viña bien cuidada y preparada. Nos recuerda esta parábola aquel cántico de amor del antiguo testamento del amigo por su viña. Una viña en esta parábola que el amo confía a unos viñadores que han de cuidarla y sacarle fruto, del que han de rendir cuentas.  La viña parece que está dando sus frutos, pero el dueño de la viña no ve su rendimiento porque aquellos viñadores se aprovechan injustamente de lo que no es suyo y terminan incluso maltratando a los enviados del dueño de la viña o matando al hijo también enviado.
Es cierto que la parábola en su contexto más próximo está haciendo una descripción de la historia de Israel que tanto ha recibido del amor de Yahvé pero que no está dando sus frutos e incluso está rechazando a los enviados de Dios – como tantas veces hizo con los profetas – como ahora está rechazando a Jesús. Bien lo entendieron los sumos sacerdotes y los fariseos que hablaba por ellos y ahora trataban también de echarle mano, aunque temían a la gente.
Pero la parábola hemos de saber leerla, saber escucharla en nuestro corazón en el contexto de nuestra propia vida. ¿Cuál es fruto que nosotros estamos dando a tanto como hemos recibido del Señor en nuestra vida? Todo cuanto recibimos ha de servirnos siempre para el bien; y los dones del Señor se nos manifiestan de muchas maneras. Es cierto ahí están nuestras cualidades, nuestros propios valores, las capacidades que tenemos en nuestra vida y hemos de saber desarrollar para el bien.
Pero también acojamos como un don para nosotros cuanto podemos recibir de los demás; ese buen consejo, esa palabra que trata de poner claridad en nuestras ideas y en nuestra manera de actuar, esa corrección amigable que recibimos acojámosla como esa cosa buena que nos beneficia y nos enriquece; tengamos la humildad de aceptar lo que recibimos también de los demás y no nos creamos tan autosuficientes que creemos que todo nos lo sabemos y que todo lo hacemos siempre bien. Necesitamos esa palabra, ese consejo, esa corrección y todo eso nos ayudará a crecer de verdad. Que se manifieste en los frutos de nuestra vida.

viernes, 21 de marzo de 2014

Una historia que es nuestra historia, pero que es la historia del amor que Dios nos tiene



Una historia que es nuestra historia, pero que es la historia del amor que Dios nos tiene

Gén. 37, 3-4.12-13.17-28; Sal. 104; Mt. 21, 33-34.45-46
‘Recordad las maravillas que hizo el Señor’, fuimos repitiendo en el salmo. Bien nos viene recordarlo para reanimar nuestra fe y nuestra esperanza; bien nos viene recordarlo, reconociendo cuánto nos ama el Señor para saber ser agradecidos y cantar su alabanza, pero también para que eso  nos mueva a hacer de nuestra vida una acción de gracias continua al Señor.
Lo que el salmista nos iba recordando hace referencia a la historia de José en Egipto. Aunque hayamos celebrado hace poco la fiesta de san José, sabemos que no se refiere a san José, sino al hijo de Jacob del que nos habla la primera lectura. El José que por envidia de sus hermanos fue vendido como esclavo y llevado a Egipto, con el paso de los años se convertiría en un gobernador de Egipto y sería la salvación de sus hermanos y su familia cuando pasaban hambre en la tierra de Canaán.
Iremos recordando diversos retazos de la historia del pueblo de Israel en las lecturas que vayamos haciendo en la cuaresma, como es esta historia de José que hoy hemos escuchado. La marcha de los hijos de Jacob a Egipto donde se establecerían fue el inicio de la constitución del pueblo de Dios. Cuando sufren el acoso y la persecución de los faraones siglos más tarde surgirá Moisés, como caudillo de Israel a quien Dios confiará el que los saque de Egipto para llevarles a la tierra que le había prometido a Abraham. Es bueno ir recordando estas cosas que nos manifiestan el amor de Dios por su pueblo y donde se va forjando toda la historia de la salvación.
Una historia hecha de fidelidades y de infidelidades, pero donde siempre el amor del Señor permanecerá fiel por su pueblo al que ama, cuida y protege. De eso nos hablará la parábola del Evangelio; un reflejo de lo que fue la historia de Israel y que cuando los sumos sacerdotes y fariseos la escucharon entendieron que Jesús hablaba de ellos.
Un pensamiento que nos conviene a nosotros tener también muy presente, para darnos cuenta de que cuando Dios pronuncia su Palabra es una Palabra muy concreta que va por nosotros, que quiere iluminar nuestra vida y mostrándonos su amor ayudarnos a caminar nosotros por caminos de fidelidad. Algunas veces no nos gusta sentirnos aludidos por la Palabra que se nos proclama y hasta que podamos sentirnos ofendidos, pero con humildad y agradecimiento tendríamos que saber escucharla.
‘Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje…’ La imagen de la viña para hablarnos del pueblo de Dios es una imagen que ya aparece en el antiguo testamento en los profetas, en el canto de amor de mi amigo por su viña. Es lo que ahora quiere reflejarnos Jesús con lo que con la parábola está haciéndonos un resumen de lo que fue la historia del pueblo de Israel. Fidelidades e infidelidades, profetas que anuncian la Palabra de Dios y rechazo tantas veces por parte de aquel pueblo que se aleja de los caminos de Dios, nos quedan bien reflejados en la parábola.
Es la historia del pueblo de Dios del Antiguo Testamento pero hemos de reconocer que también es nuestra historia, la historia personal de cada uno de nosotros como la misma historia de la Iglesia y de la humanidad. ¿Quién puede decir que no tiene pecado y puede tirar la primera piedra? Reconocemos las maravillas que hace el Señor, como hemos comenzado diciendo en esta reflexión, pero nos miramos a nosotros tan amados de Dios, como el amor que aquel propietario tenía por su viña, pero que no siempre damos los frutos que nos pide el Señor y tantas veces nos hacemos oídos sordos a las llamadas que nos hace continuamente.
Oportunidad para reflexionar, para dar gracias por el amor que el Señor nos tiene que nos rodea con su gracia, pero también para revisarnos y ver qué respuesta tenemos que dar. Es a lo que quiere ayudarnos la Iglesia a través de su liturgia en este camino de Cuaresma que estamos haciendo. En la parábola contemplamos al hijo que es arrojado fuera de la viña y lo mataron, nosotros contemplamos al Hijo, a Jesús, que se entregó por nosotros para ser nuestra salvación. Acojamos su palabra y dejémonos interpelar por ella.

lunes, 3 de junio de 2013

Una viña y una vida cuidadosamente preparada por la gracia que ha de dar fruto

Tobías, 1, 1-2; 2, 1-9; Sal. 111; Mc. 12, 1-12
‘Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje…’ Así comienza la parábola que Jesús propone a los sumos sacerdotes, a los letrados y a los ancianos. Una parábola que de alguna manera recuerda el canto de amor del amigo a su viña, que nos había dejado el profeta. Esa viña preparada con tanto espero por su propietario y que confía a los labradores para que saquen sus frutos es una imagen muy llena de significado.
Cuando escuchamos la parábola, ya en su mismo relato, hacemos la interpretación para referirnos a la respuesta no tan positiva, sino muy llena de sombras del pueblo de Israel a lo largo de toda la historia de la salvación. Al final de la parábola el mismo evangelista nos dice que los sumos sacerdotes, letrados y ancianos comprendieron que la parábola iba por ellos y por eso mismo estaban buscando la manera de acabar con Jesús.
Por supuesto que el reflexionar sobre este aspecto de la parábola también nos puede ayudar a preguntarnos por nuestra respuesta y es en lo que hemos de incidir. Nos sería fácil y cómodo quedarnos en constatar cómo el pueblo de Israel no respondía a todo el amor que el Señor manifestaba sobre su pueblo a lo largo de la historia. Pero nos quedaríamos en mucha pobreza de mensaje si solo nos quedáramos ahí y no viéramos nuestra vida reflejada en ella.
Esa viña tan cuidadosamente preparada y podríamos decir enriquecida con tantos medios - la cerca, el lagar, la casa del guarda, etc… - nos está hablando de cuánto hace Dios con nosotros. La riqueza de esa viña, de la gracia divina que Dios ha puesto en nuestras manos derramando su amor sobre nosotros. Pero, ¿seremos en verdad conscientes de cuanto nos da el Señor?
Confieso que ayer tarde, mientras participaba en la procesión del Corpus en una parroquia, observando la gente que iba en la procesión, los que la veían pasar como meros espectadores, o aquellos con los que nos cruzábamos que iban a sus cosas y que se tropezaban de paso con la procesión, todo eso me hacía reflexionar y me hacía muchas preguntas en mi interior.
¿Éramos en verdad todos conscientes del misterio del amor de Dios que allí llevábamos entre nosotros al llevar a Cristo en la Eucaristía? No digo tanto los que iban en la procesión, pero quizá de aquellos que se asomaban a su paso o de aquellos con los que nos cruzábamos y tropezaban con la procesión, probablemente habrían hecho un día la comunión, o en aquellos que eran más jóvenes o más niños quizá no hacía tanto tiempo, pero ahora ¿qué les pasaba por la cabeza al ver o encontrarse con la procesión? ¿Recordarían en verdad lo que les enseñaron de la Eucaristía?
Pongo esto como ejemplo, por decirlo de alguna manera. Pero yendo a la imagen de la parábola y pensando en todos nosotros ¿seremos conscientes de esa viña que Dios ha puesto en nuestras manos, de esa riqueza de gracia que nos ha dado a lo largo de nuestra vida? ¿qué respuesta le estamos dando? Ya veíamos en lo que decíamos antes que algunas personas se quedaban como meros espectadores, y otros quizá se sorprendían al encontrarse con la procesión, y muchos pasaban de largo como siguen pasando de largo tantos ante la fe, la religión, la vida cristiana.
Pero no queremos juzgar a los demás, sino juzgarnos a nosotros mismos, analizarnos a nosotros mismos para ver cuál es la respuesta que nosotros le damos al Señor. Ante el hecho de aquellos criados que el amo envió a recoger sus frutos que en la historia de la salvación los podríamos ver como los profetas enviados por Dios a lo largo de los tiempos, nosotros tendríamos que preguntarnos cómo acogemos nosotros a quienes Dios pone a nuestro lado para trasmitirnos la Palabra de Dios. Y la misma Palabra del Señor, ¿cómo la acogemos? Porque muchas veces ponemos nuestros filtros para aceptar o no aceptar aquello que nos conviene o no nos conviene. Y así podríamos preguntarnos por muchas cosas de nuestra vida cristiana de cada día.

Sí, tenemos que sentir que la parábola el Señor la pone por nosotros, no por otros ni por gente de otro tiempo, sino para mi y para ti hoy, con lo que es nuestra vida. Y a la luz de esa Palabra tenemos que examinar nuestra vida y ver cuál es la respuesta que damos en ese cuidado de esa viña de gracia que Dios ha puesto en nuestras manos.

viernes, 1 de marzo de 2013


Un propietario plantó una viña ¿daremos frutos?

Gen. 37, 3-4.12-13.17-28; Sal. 104; Mt. 21, 33-34.45-46
El comienzo de la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio nos recuerda el canto de amor de mi amigo a su viña que nos trae el profeta Isaías, que habremos escuchado en alguna ocasión. ‘Mi amigo tenía una viña en fértil colina. La cavó y la despedregó, plantó cepas selectas, levantó en medio una torre y excavó también un lagar. Esperaba uvas, pero dio agrazones…’ Es de lo que nos habla Jesús para hablarnos del Reino de Dios y de la respuesta que nosotros damos a su amor. El propietario preparó su viña dotándola de todo lo necesario para poder obtener unas buenas cosechas y la confió a unos labradores.
Si tenemos una viña es porque queremos recoger sus frutos. Es lo que esperaba aquel propietario y como nos narra la parábola envió a sus criados a recoger los frutos y hasta finalmente envió a su propio hijo. Ya hemos visto lo que hicieron con unos y con el otro. Mucho nos quiere decir el Señor. Como dice al final el evangelista ‘los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos’. Una primera explicación que siempre hacemos de la parábola es ver reflejada la historia de la salvación y lo que finalmente hicieron con Jesús. El Padre  nos envió a su Hijo y sabemos como terminó clavado en una cruz.
La imagen de la viña, como bien sabemos, es algo que se repite a lo largo de la Biblia; ya lo hemos visto con la mención que hacíamos al profeta. Pero Jesús también nos hablará de que quiere que demos fruto y fruto abundante. El próximo domingo, tercero de Cuaresma, en este ciclo nos hablará de la higuera a la que su propietario viene a buscar fruto. Pero también recordamos que Jesús nos hablará de la vid y de los sarmientos para hablarnos de nuestra necesaria unión con él, pero también nos hablará de la poda para desechar los ramajes inútiles e inservibles para poder obtener mejores frutos.
Por eso la lectura que tenemos que hacer del mensaje de la parábola tenemos que aplicárnoslo a nosotros mismos. Cuánto nos ha regalado el Señor desde que nos dio la vida y a lo largo de nuestra existencia cuántas gracias hemos recibido de El. Cada uno tendría que recordar su propia historia personal viendo la historia de la salvación que Dios nos ha ofrecido y sigue ofreciéndonos en nuestra vida concreta. Pero ha de ser también la historia de nuestras respuestas; respuestas que hemos de reconocer no han sido siempre  positivas. Cuántos ‘no’ le hemos dado al Señor cuando con nuestro pecado le hemos dado la espalda.
Pero una cosa si tenemos que considerar y es cuánto nos regala el Señor con su amor. Tanto nos amó que nos envió a su Hijo que se entregó por nosotros. algo que hemos de tener siempre muy presente en nuestra vida, pero que ahora en este tiempo de cuaresma hemos de considerar con una especial intensidad. Es algo que no hemos de cansarnos de considerar porque así nos sentiremos más motivados para dar esa respuesta positiva, para ofrecer esos frutos que tenemos que dar con nuestra vida santa.
Aunque hoy la parábola no nos habla de la poda, ya que hemos  hecho mención a esos otros momentos en los que Jesús nos hablará de ello, creo que este tiempo de cuaresma es n tiempo propicio para ir purificando bien nuestra vida de todas esas cosas inútiles e inservibles que hay en nosotros que no nos ayudan a ser más santos, sino todo lo contrario. Un tiempo de ir revisándonos, purificándonos, arrancando de nosotros malas costumbres que se nos van metiendo como esas ramas que hay que podar.
A esto nos va ayudando la palabra del Señor que vamos escuchando cada día. A esto nos ayuda la gracia que el Señor nos ofrece en las celebraciones que vamos viviendo. En la oración personal que cada uno vamos haciendo nos sentiremos fortalecidos. 

lunes, 4 de junio de 2012


El gozo de nuestra fe nos ha de llevar a dar frutos de vida cristiana
2Pd. 1, 1-7; Sal. 90; Mc. 12, 1-12
Cuando vivimos con gozo nuestra fe cada día tendremos más deseos de crecer más y más en nuestro conocimiento de Dios y en la medida que vamos madurando en nuestras actitudes y comportamientos de creyente lo iremos manifestando en nuestra vida con los frutos de nuestro compromiso y buenas obras. 
Es lo que realmente tendríamos que vivir, sintiendo que esa fe que tenemos en Dios ilumina nuestra vida dándole un sentido y una fuerza a nuestro vivir. Es cierto que está nuestra debilidad que actúa muchas veces como una rémora que nos frena en ese crecimiento de la fe y del conocimiento de Dios y nos ataja, por así decirlo, en nuestro compromiso creyente y cristiano.
La fe, que hemos de reconocer también que es un don de Dios y un don sobrenatural porque no es una fe nacida solamente desde nuestro raciocinio, desde nuestros razonamientos humanos, es como esa viña de la que nos habla la parábola del Evangelio que Dios ha puesto en nuestras manos. De la misma manera que el dueño de la viña enviaba quien recogiera los frutos de aquel arrendamiento a los labradores a los que la había confiado, Dios espera de nosotros también esos frutos que han de resplandecer en nuestra vida. 
Pero la parábola, que describe muy bien cuál era la respuesta que el antiguo pueblo de Dios estaba dando a la Alianza que habían hecho con Dios, refleja también muchas actitudes, muchas posturas, muchas cosas negativas incluso de nuestra vida. ‘Jesús, dice el evangelista, se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los letrados y a los senadores’. Quiere plasmarles claramente el mensaje y ellos al final captaron realmente que hablaba por ellos porque dice que ‘intentaron echarle mano, porque veían que iba por ellos pero temieron a la gente y se marcharon’.
Como tantas veces hemos dicho, la parábola que es Palabra que Dios nos dice hoy a nosotros hemos de saber escucharla entendiendo bien lo que a nosotros también nos dice y nos pide el Señor. ¿Qué nos pide? Que rindamos el fruto de nuestra fe, de toda esa gracia que Dios ha derramado en nuestra vida y que ha de florecer en esos frutos de buenas obras y compromiso cristiano.
También nos cuesta como a aquellos arrendatarios escuchar y recibir a los enviados de Dios que el Señor pone a nuestro paso en el camino de la vida para seguir iluminándonos con su Palabra, para hacernos llegar la gracia de Dios. Cuántas veces hacemos oídos sordos a la Palabra del Señor que se nos proclama y nos escudamos en que los que nos trasmiten el mensaje no saben hacerlo, son unos pesados, las homilías son largas y no sé cuantas disculpas más vamos poniendo en nuestra vida. 
Con nuestra cerrazón, con nuestros oídos sordos, con nuestro pecado hacemos como aquellos arrendatarios que no escuchamos o más bien rechazamos al mensajero de Dios. Tratamos de justificarnos muchas veces porque pensamos que ya lo hacemos todo bien y que no es necesario que nos recuerden nada y seguimos mientras tanto con nuestra rutina, con nuestra frialdad y realmente no vamos creciendo como deberíamos en nuestra fe y en la respuesta que hemos de darle al Señor. 
Recojamos también el mensaje que nos ofrece hoy la carta de san Pedro. ‘Poned todo empeño en añadir a vuestra fe la honradez, a la honradez el criterio, al criterio el dominio propio, al dominio propio la constancia, a la constancia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, y al cariño fraterno el amor’. Que se manifiesten palpables los frutos de nuestra fe, esa fe que queremos vivir con gozo, con alegría, con entusiasmo y de la que hemos de contagiar también a los demás.

viernes, 9 de marzo de 2012


Recordemos las maravillas del Señor y alabémosle con toda nuestra vida.

Gén. 37, 3-4.12-13.17-28; Sal. 104; Mt. 21, 33-43.45-46
‘Recordad las maravillas que hizo el Señor’, repetimos en el salmo. Recordar, sí, las maravillas que el Señor ha realizado en nuestra vida moverá nuestro corazón a la alabanza y a la acción de gracias; pero nos moverá también a actuar de manera distinta, nos moverá a una vida más santa, porque recordando lo que ha sido el amor del Señor en nuestra vida, necesariamente nos sentiremos impulsados a amar más y mejor y a querer realizar en todo momento lo que es la voluntad del Señor.
Es bueno repasar la historia de la salvación tal como nos la trasmite la Biblia, porque es la historia del amor de Dios en nuestra vida. No son hechos ajenos a nosotros ni lejanos de nuestra vida. Todo se conforma conforme al plan de Dios, al plan de salvación que El tiene para nosotros. Y además contemplando esa historia que está llena por parte del pueblo elegido también de muchas infidelidades y pecados nos hace mirarnos mejor a nosotros mismos para descubrir nuestro pecado y para sentirnos más movidos a la conversión.
La historia de José, que escuchamos en la primera lectura tomada del Génesis es algo más que una historia bonita que además tiene su carga de dramatismo en los celos y envidias de los hermanos de José. Esa historia entra en el plan de Dios, porque si José fue vendido para ser llevado a Egipto, hemos de ver detrás de todo eso la Providencia de Dios; allí había de bajar la familia de Jacob o Israel para que se formara aquel pueblo que iba a ser el pueblo de la Alianza donde tantas maravillas iba a realizar el Señor.
Si la primera lectura nos ha recordado este episodio importante en la historia del pueblo de Israel que es la historia de nuestra salvación, la parábola que nos ofrece Jesús en el evangelio viene a reflejar también esa historia, que es nuestra historia, en el aspecto dramático de nuestras infidelidades y olvido de Dios. Ya comenta el evangelista que ‘los sumos sacerdotes y los fariseos al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos…’ Cómo tendríamos que comprenderlo siempre también nosotros.
‘Había un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje…’ Nos recuerda en cierta manera el canto de amor de mi amigo a su viña de lo que nos hablaba el profeta en el Antiguo Testamento. Nos manifiesta el amor del Señor que nos cuida y que tanto nos ha dado y nos ha regalado la vida, pero con tantas gracias y beneficios con que la ha adornado; nos recuerda el mimo de Dios por su pueblo, por nosotros.
Pero el Señor nos pide frutos. ‘Llegado el tiempo de la vendimia envió a sus criados a percibir los frutos que le correspondían’. ¿Cuáles son los frutos que damos al Señor después de tanto amor? Si recordáramos, como decíamos antes, cuántas maravillas ha hecho el Señor en nuestra vida, seguro que nos sentiríamos más motivados a dar los frutos que nos pide el Señor.
Pero igual que aquellos labradores de la parábola tenemos llena nuestra vida de infidelidad y de pecado. Tantas veces cerramos nuestros oídos a las llamadas del Señor, cerramos nuestro corazón a la gracia de Dios. Miremos lo que es la historia de nuestra vida. Cuántas veces y de cuántas maneras el Señor nos ha hecho sentir su Palabra pero no hacemos caso, hacemos oídos sordos a la Palabra de Dios. De cuántas maneras nos hace llegar su gracia, pero no siempre nuestra respuesta es lo positiva que tendría que ser porque no terminamos de convertirnos de verdad al Señor.
Un año más el Señor llega a nuestra vida en esta cuaresma que estamos recorriendo camino de la celebración de la Pascua. Escuchemos al Señor en nuestro corazón; demos frutos de amor y de santidad; dejemos que la gracia divina renueve nuestro corazón y nuestra vida; demos pasos hacia la fidelidad y el amor haciendo crecer nuestra fe, nuestra espiritualidad, nuestro compromiso de amor.
Recordemos las maravillas del Señor y alabémosle con toda nuestra vida.

domingo, 2 de octubre de 2011

¿Qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?


Is. 5, 1-7;

Sal. 79;

Filp. 4, 6-9;

Mt. 21, 33-43

‘Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: Escuchad otra parábola…’ Hemos de reconocer que esta parábola que hoy Jesús nos propone nos resulta dura en su contenido. Es, podríamos decir, un camino de infidelidad y de muerte. Tiene incluso una resonancia pascual en el hijo que empujaron fuera de la viña y mataron.

Pero aún así tiene el hermoso trasfondo del amor que aquel propietario tenía a su viña y por la que tanto había hecho. Por eso la liturgia de la Iglesia nos la propone al mismo tiempo que en la primera lectura nos ha ofrecido el canto de amor del amigo a su viña que bien entendemos que es el canto de amor que Dios hace por su pueblo, el canto de amor de Dios por el hombre su criatura preferida.

‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavo un lagar… ¿qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?... la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá, su plantel preferido…’

La viña del Señor de los ejércitos somos nosotros el pueblo del Señor… su plantel preferido, los que somos los elegidos y amados del Señor. Nos lo tenemos que repetir. No nos podemos cansar de meditarlo, de rumiarlo en nuestro corazón. Lo hemos hecho muchas veces, hemos reflexionado mucho sobre el amor que Dios nos tiene, pero no siempre es lo suficiente.

Decíamos antes que era dura la parábola y que es un camino de infidelidad y de muerte. Es el camino de nuestras infidelidades, el camino de nuestras respuestas negativas; el camino tantas veces recorrido de nuestro olvido de Dios; el camino que queremos recorrer a nuestra manera porque en nuestro orgullo o autosuficiente no soportamos que nos señalen lo que tenemos que hacer; el camino lleno de debilidades, de abandonos, de cansancios, de rutinas que tantas veces hacemos y vivimos.

Pero como tantas veces hemos contemplado también está la llamada incansable que Dios una y otra vez nos hace; está el amor paciente de Dios que siempre espera que cambiemos y demos una buena respuesta. Aquel propietario envió una y otra vez a sus servidores a percibir los frutos de aquella herencia que había confiado a aquellos labradores.

Cuando hacemos una lectura de la parábola viendo en ella reflejada toda la historia del pueblo de Israel recordamos a los profetas y a tantos hombres de Dios que el Señor fue suscitando en la historia de su pueblo que les recordaban la Alianza y les invitaban una y otra vez a renovarla en fidelidad en sus corazones. Profetas rechazados, profetas no escuchados, profetas los que hacían oídos sordos en su infidelidad y su pecado. Por eso esas palabras duras del final de la parábola ‘hará morir de mala muerte a esps malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos’ tenían que resonar fuertes en aquellos a los que Jesús directamente estaba dirigiendo la parábola.

Allí estaba aquel hijo rechazado, maltratado, arrojado fuera de la viña y que al final mataron. Hay un anuncio pascual porque Jesús está haciendo un anuncio de lo que iba a ser su muerte. Rechazado por los principales del pueblo moriría fuera de la ciudad en el horrible tormento de la cruz. Era la piedra rechazada pero convertida en piedra angular.

Cita Jesús el texto de la Escritura: ‘No lo habéis leido en la Escritura? La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente’. No quisieron contar con Jesús pero Jesús es la piedra angular de la historia y del hombre. Jesús se convierte desde lo alto de la cruz en su muerte redentora en el eje y el centro de toda la humanidad. Es la piedra angular, es el centro y el fundamento del hombre y de la historia; es el sentido último de nuestra vida y de toda nuestra existencia.

Por eso la lectura que nosotros tenemos que hacer de la parábola no es sólo fijándonos en lo que Jesús quería decirle a su pueblo, sino en lo que Jesús quiere decirnos a nosotros. Ya dijimos, somos esa viña del Señor, ese plantel preferido del Señor. Queremos dar frutos. Queremos responder a tanta llamada de amor, a pesar también de nuestras debilidades y flaquezas. Queremos que en verdad sea la piedra angular de nuestra vida porque El es nuestra Salvación y lo es todo para nosotros.

Pero sí esta parábola puede ser una llamada de atención, un despertarnos de las modorras en las que podemos caer a veces. Una invitación a reconocer cuanto ha hecho y sigue haciendo el Señor por nosotros. ‘¿Qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’ nos pregunta también a nosotros y cada uno miremos nuestra historia personal así como la historia de nuestro pueblo, de nuestra Iglesia, de nuestra comunidad y lo que también nosotros podríamos y tendríamos que hacer.

Y aquí podemos pensar en que somos trabajadores de esa viña del pueblo de Dios que el Señor ha puesto en nuestras manos. En esa Iglesia a la que pertenecemos, en esa comunidad en la que vivimos y alimentamos nuestra vida cristiana, ahí donde hacemos nuestra vida y convivimos diariamente tenemos una tarea que realizar, un testimonio que dar, una manera distinta de hacer las cosas en nombre de nuestra fe y de nuestro amor cristiano. En nuestra diócesis se nos está llamando a ser verdaderos discípulos pero también misioneros de nuestra fe en medio de nuestros hermanos y no podemos cerrar los ojos ni los oídos para desentendernos de esa tarea.

No podemos cruzarnos de brazos cuando tanto hay que hacer en nuestro mundo. No podemos encerrar el tesoro de la fe sólo para nosotros cuando el mundo que nos rodea necesita tanto de esa luz de la fe. No podemos desentendernos de los problemas de los demás cuando tanto sufrimiento hay a nuestro alrededor y es necesaria tanta solidaridad para mejorar la situación de todos pero también para hacer un mundo más humano y más fraterno.

Por eso esas palabras finales también son un toque de atención para nuestra vida. ‘Os digo que se os quitará a vosotros el reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Esa viña del Señor que es nuestro mundo necesita de nuestro amor, de nuestra solidaridad, de la luz de nuestra fe para que todos puedan vislumbrar que son amados del Señor.