Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta cualidades. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cualidades. Mostrar todas las entradas

sábado, 31 de agosto de 2024

Descubre lo que hay en ti, ayuda también a los demás a que descubran sus posibilidades, abre horizontes en tu vida y amplíalos también para los que te rodean

 


Descubre lo que hay en ti, ayuda también a los demás a que descubran sus posibilidades, abre horizontes en tu vida y amplíalos también para los que te rodean

1 Corintios 1,26-31; Salmo 32; Mateo 25,14-30

Cantos de lamentaciones de lo poquito que somos o que valemos, de lo poquito que tenemos en la vida que no nos da para nada, seguramente estaremos acostumbrados a escuchar, o acaso nosotros mismos en más de una ocasiones también nos hemos hecho esas elegías de nuestra vida; yo no valgo para nada, yo no tengo medios, yo no sé como salir adelante, yo que puedo hacer por los demás si no tengo ni para mí mismo, yo no tengo suerte en la vida, yo no tengo quien me ayude, quizás también nos lo hemos repetido, en algunas ocasiones decimos que por humildad, pero muchas veces por la propia desidia con que vivimos nuestra vida.

Sin embargo sí hemos visto a más de uno que desde lo más bajo, podríamos decir, supo levantarse, supo emprender, supo luchar para salir adelante, buscando fuerza donde parecía que no la tenía, pero con una energía del espíritu que le hizo salir adelante.

Algunas veces para justificarnos quizá pensamos que quienes fueron capaces de salir adelante fue porque tuvieron padrinos, porque tuvieron suerte en la vida, o porque quizás tenían unos medios que nosotros no tenemos; pero pienso no en los que estaban esperando que la suerte les cayera un día encima para comenzar a luchar, ni los que se valieron de padrinos, sino en los que con su esfuerzo supieron luchar; no vamos a negar que luego apareciera quien les ayudara, porque personas así con ese empuje son personas a las que merece en verdad ayudar porque sabrán aprovecharlo bien para conseguir esos nobles fines. La suerte y la ayuda tenemos que encontrarla en nosotros mismos, en nuestras ganas de luchar que nos hace buscar y tener iniciativas, que nos hace mover Roma con Santiago, como dice el refrán, y así sabremos salir adelante. Desgraciadamente hoy en la vida nos encontramos muchos que todo lo esperan regalado – que si subvenciones, que si padrinos… - y no ponen ningún tipo de esfuerzo por sí mismos para luchar por la vida.

¿No será de esto de lo que nos está hablando hoy el evangelio con la parábola que Jesús nos propone? Unos talentos – se refiere a unas monedas fuertes que se utilizaban entonces – que aquel buen hombre reparte nos parece de manera desigual entre sus servidores  mientras él se va de viaje. Podemos pensar, si queremos, en unas responsabilidades en la administración de sus bienes, por ejemplo, que confía a sus servidores mientras está ausente.

Cuando vuelva va a pedir cuentas de la administración de aquello que les ha confiado. Dos de aquellos servidores supieron negociar muy bien aquellos bienes y presentarán positivo rendimiento, aunque fueran diversas las cantidades que se les habían confiado. Merecen la alabanza y el premio de su señor. Mientras el tercero, considerándose inferior porque menos recibió, no quiso perderlo y allá lo enterró para poder entregarlo integro cuando tuviera que rendir cuentas. Tuve miedo, decía, porque yo sabía como tú eres de exigente, pero no tuvo la osadía de aventurarse, de buscar la manera de salir de aquello que le parecía pequeño, y ya sabemos cómo fue recriminado a la vuelta de su señor. No lo había perdido, simplemente lo había enterrado.

¿No andaremos así muchas veces nosotros enterrando talentos? Es que yo no valgo para nada, a mi fue poco lo que me ofrecieron o pusieron en mis manos y qué voy a hacer con tan poca cosa, nos decimos tantas veces. Y solo esperamos el milagro de la suerte, solo esperamos que otro sea el que nos saque las castañas del fuego porque nosotros no queremos quemarnos.

Lo tenemos que mirar para todos los aspectos de nuestra vida en que nos decimos tantas veces que nos sentimos tan pobres, tan poca cosa; pero quizás no hemos sabido mirarnos por dentro, no hemos sabido descubrir todo lo que somos capaces de hacer por nuestros miedos, por nuestra indecisión, por nuestras rutinas, por la flojera con que vivimos la vida, por la superficialidad que le vamos dando a lo que hacemos. ¿Qué buscamos? Con aquello de la sociedad del bienestar que decimos que tenemos que crear sin embargo nos hemos hecho cómodos y estamos esperando que todo nos lo den hecho y no somos capaces de desarrollar eso que llevamos dentro de nosotros; siempre hay unos valores, unas capacidades, unas posibilidades, unas iniciativas que podemos tomar, que aunque pequeñas en principio se van a hacer en la medida que rueden en una bola grande.

Descubre lo que hay en ti, ayuda también a los que están a tu lado a que descubran todas sus posibilidades, abre horizontes en tu vida y amplia también los horizontes de los que te rodean. Lo podemos hacer con los amigos, como los padres tienen que hacerlo con los hijos, como todos tenemos que hacerlo con los que caminan a nuestro lado en nuestra sociedad.

Jesús cuando nos está proponiendo esta parábola está queriendo hablarnos del Reino de Dios, de los valores que en él hemos de encontrar y que nos harán crecer a nosotros en nuestra fe y en nuestro compromiso. Esto tendría que llevarnos a pensar también en lo que nosotros en medio de nuestra comunidad cristiana podemos hacer y estamos haciendo. La comunidad no nos la van a hacer otros, sino que somos nosotros, entre todos, los que en verdad tenemos que construirla.

viernes, 1 de marzo de 2024

Con nuestro trabajo, nuestro tiempo, nuestros valores tenemos que saber también dar frutos para los demás, es la riqueza que ofrecemos al mundo que nos rodea

 


Con nuestro trabajo, nuestro tiempo, nuestros valores tenemos que saber también dar frutos para los demás, es la riqueza que ofrecemos al mundo que nos rodea

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Salmo 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

Se me ocurre comenzar esta reflexión – porque primero que nada me la hago para mí – preguntándome qué hago con mi tiempo, qué hago con las cosas que tengo, las posesiones que pueda tener, qué hago con mi trabajo, con mis valores y cualidades; podría pensar, podríamos pensar – porque os invito a que también os hagáis esas preguntas – que es mi tiempo, que es mi trabajo, que son mis cosas y yo puedo hacer lo que me apetezca. Nos parece que no tenemos que rendir cuentas a nadie. Pero, ¿somos dueños y propietarios o somos administradores?

Es cierto que es mi vida, tengo que sentirme responsable de mi vida, de lo que soy, de lo que tengo; busco en el fruto de lo que hago, es cierto, un rendimiento podríamos decir personal. Pero ¿podemos vivir así aislados del mundo que me rodea de manera que lo que yo haga no tenga repercusión en los demás? Creo que son reflexiones que tenemos que hacernos en la vida y encontrar así el verdadero valor de lo que somos y de lo que hacemos.

Además, ese rendimiento, como lo llamábamos antes, no se puede quedar en lo material porque sabemos que es mucho más hondo lo que somos, lo que tenemos y lo que conseguimos. La persona nunca se queda solo en unos, llamémoslos así, rendimientos materiales; hay, tiene que haber un crecimiento y enriquecimiento interior, algo profundo en nosotros que dará grandeza a nuestra vida y con lo que estaremos enriqueciendo espiritualmente nuestro entorno, a cuantos nos rodean. Por eso, tendríamos que seguir preguntándonos si somos unos meros propietarios o somos unos administradores.

Me estoy haciendo esta reflexión desde la parábola que se nos ofrece hoy en el evangelio que tendría que hacernos pensar mucho y en muchas cosas. Un propietario de una finca que la prepara de la mejor manera posible, nos habla de plantar una viña, de poner una cerca, de hacer una bodega, y la arrienda a unos agricultores que han de trabajarla. La expresión de que la arrienda significa como aquellos viticultores un día han de rendir cuentas al dueño de la viña de los frutos recogidos.

Pero vemos el desarrollo de la parábola; aquellos trabajadores de la viña se niegan a rendir cuentas, vemos la violencia con que actúan para intentar quedarse con la viña y sus frutos, pues hasta quitan de en medio al que sería el heredero de aquella finca. Se han sentido dueños absolutos, cuando ha sido algo que se ha confiado a sus manos y a su trabajo para obtener unos frutos del que todos se beneficiarían.

¿No estará reflejando esa actitud egoísta e insolidaria con que muchas veces vamos por la vida cuando solo pensamos en nosotros mismos y en nuestras ganancias? Por eso decía que nos da mucho que pensar. Nos enseña cuál ha de ser en verdad el valor de nuestro trabajo y nuestra vida; nos enseña cómo vivimos en un mundo en el que todos tendríamos que sentirnos solidarios los unos con los otros, y como nuestra vida, nuestro tiempo, nuestro trabajo no solo nos va a beneficiar a nosotros mismos, porque es normal que obtengamos unos frutos, sino que esos frutos de nuestra vida son una riqueza para todo nuestro mundo.

Es que incluso con nuestro trabajo material estaremos desarrollando algo que va más allá de esos rendimientos podríamos decir económicos o materiales, porque está el desarrollo de nuestra persona, esa riqueza espiritual desde la realización de nuestras responsabilidades, ese bien para un mundo que queremos hacer mejor y con el que estamos contribuyendo desde nuestro yo, desde nuestras capacidades, desde todo lo que es el desarrollo de nuestra vida.

Pero es además cuanto podemos hacer y en cuanto nos podemos comprometer para y por los demás. Es nuestro trabajo, es cierto, pero es también lo que en ese mí tiempo, el que podría querer solo para mí, podría hacer por los demás. Eso que llamamos voluntariado o compromiso social, eso que en nuestras comunidades en nuestro tiempo podemos hacer desinteresadamente por los demás, ese compromiso que vamos a tener y realizar con nuestra comunidad, esa sociedad en la que hacemos nuestra vida y de la que no nos desentendemos.


domingo, 19 de noviembre de 2023

Nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena

 


Nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1 Tesalonicenses 5, 1-6;  Mateo 25, 14-30

Trabajamos y queremos obtener unos beneficios, bien porque la semilla que echamos en la tierra queremos que germine, que crezca y madure para obtener unos frutos, bien porque el trabajo que hacemos queremos que sea debidamente remunerado, bien porque el negocio que emprendamos queremos que tenga éxito y al final podamos obtener unos rendimientos. Queremos, es cierto, que el trabajo sea productivo, que la vida no se nos esterilice y al final nos veamos con las manos vacías.

No todos, es cierto, estamos en el mismo trabajo, no todos tenemos las mismas cualidades y valores, no todos valemos para todo sino que, vamos a decirlo así, cada uno ha de encontrar su camino donde vaya realizando su vida según su propia capacidad, y en consecuencia también serán distintos los rendimientos. 

Lo que realmente ganamos no es que tengamos unos beneficios económicos que sean mayores que los de los demás, sino que la mayor ganancia es la realización de la propia vida en aquello que ha sido capaz de hacer y de vivir. Esto nos plantea, entonces, que no nos podemos quedar ociosos, esperando el fruto de los otros, sino que tenemos que saber hacer fructificar su vida, que además va a tener repercusión en el mundo en el que vive.

Creo que de esto es de lo que nos quiere hablar hoy Jesús con la parábola que nos propone que tantas veces hemos escuchado y reflexionado. Una vez más detengámonos en ella y escuchémosla como palabra de vida para nosotros. Un hombre que al irse de viaje confía sus posesiones o sus riquezas, como queramos verlo, a aquellos servidores suyos que fielmente han estado siempre junto a él. Reparte de manera desigual, pues a uno dará cinco talentos, a otro dos y finalmente al tercero solo un talento. ‘A cada uno según su capacidad’, nos dice la parábola. Y marchó de viaje.

A la vuelta va a pedir a sus servidores que le rindan cuenta de lo que han hecho con aquellos talentos. Ya la parábola nos fue diciendo como tanto el de los cinco talentos como el de dos, pusieron a rendimiento aquellos talentos. El que recibió solamente uno tenía miedo de perderlo - ¿quizás que los negocios salieran mal y se quedara sin nada? – por eso en lugar de negociar, de trabajar lo que hizo fue enterrar el talento. Ya hemos escuchado la reacción de aquel hombre. Alaba a quienes les han sacado rendimiento a lo que le habían confiado cada uno en su medida, mientras no valorará los miedos del tercero, que no lo ha perdido, pero tampoco le ha sacado rendimiento.

Todos entendemos muy bien el sentido de la parábola. ¿La vida que Dios ha puesto en nuestras manos? ¿La responsabilidad que tenemos con el mundo en el que vivimos y donde no podemos hacer dejación de nuestras obligaciones? ¿El descubrimiento de cuáles son en verdad nuestros valores y capacidades sin tener que estar mirando de forma desconfiada o recelosa a las capacidades que puedan tener los demás? Muchas preguntas que tendríamos que hacernos sobre nuestras actitudes y nuestros verdaderos valores por los que tenemos que luchar, o que tenemos que desarrollar.

Lo importante es la actitud que tengamos ante nuestras responsabilidades o las tareas que se nos confían. Claro que hemos de obtener un rendimiento, pero no todos tienen que ser por igual. Cada uno tiene que valorar sus propias capacidades, cada uno ha de saber hacer resaltar sus propios valores; no todos vamos a ser ‘premio Nóbel’ por los grandes descubrimientos que podamos hacer en el camino de la ciencia, pero sí todos somos ‘premio Nóbel’ por la fidelidad con que realizamos lo que tengamos que hacer aunque sea pequeño, aunque no tenga el relumbrón que otros puedan tener. El premio, podíamos decirlo así, lo vamos a tener en nosotros mismos, en nuestro interior, en la satisfacción de la fidelidad de lo que realizamos.

Es esa faceta tan bonita de la vida en la que nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo y donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena. No andaremos nunca con recelos ni desconfianzas porque uno tiene más y otro tiene menos, porque uno es capaz de hacer grandes cosas y otro será el servidor fiel de las cosas pequeñas pero que son parte también de ese conjunto que entre todos estamos construyendo.

Es una invitación a la vigilancia y un aliciente para la esperanza. Todos tenemos que estar atentos para tener el aceite suficiente y que necesitamos para mantener encendida la lámpara, como escuchábamos el domingo pasado. 

Todos tenemos la esperanza de que al final vamos a escuchar la voz que nos llama y nos invita a participar del Reino del Padre, ya sea porque hayamos hecho grandes cosas o ya sea simplemente porque hemos ofrecido un vaso de agua, pero porque lo hicimos, porque mantuvimos esa fidelidad en todo momento vamos a escuchar esa invitación a estar con El para siempre en su reino del cielo.


sábado, 2 de septiembre de 2023

Todos tenemos una responsabilidad en la vida, hay siempre en nosotros unas capacidades, unos valores, unas cualidades que tenemos que saber descubrir



 Todos tenemos una responsabilidad en la vida, hay siempre en nosotros unas capacidades, unos valores, unas cualidades que tenemos que saber descubrir

1 Tesalonicenses 4, 9-11; Sal 97;Mateo 25, 14-30

Hay ocasiones en que parece que nos anulamos a nosotros mismos, no sé si en razón de falsas humildades, porque nos decimos que no somos capaces, que somos tan pequeños y con tan pocos valores que nada valemos; nos empequeñecemos tanto que nos falta decisión para emprender algo, para asumir responsabilidades, para desarrollar aquellas cosas que nos encomiendan, para sacar a flote las capacidades que podamos tener.

Es una mala visión de nosotros mismos, son unos sentimientos negativos que nos anulan, algo que tendríamos que saber desaparecer de nuestra vida, porque necesitamos valorar más, reconocer lo que somos capaces, desarrollar los valores y cualidades que podamos tener, porque siempre hay algo valioso en nuestra vida.

Todos tenemos una responsabilidad en la vida, hay siempre en nosotros unas capacidades, unos valores, unas cualidades que tenemos que saber descubrir, ayudándonos incluso del consejo de quienes nos aprecian, algo que tenemos que saber desarrollar. Es, incluso, por fidelidad a nosotros mismos, y desde nuestra condición de creyentes, tenemos que saber reconocer los dones y valores que Dios ha puesto en nuestra vida, por muy pequeños que nos consideremos.

De esto nos habla hoy el evangelio. La llamada parábola de los talentos. Aquel rey que al salir de viaje confía a sus empleados una determinada y distinta cantidad de talentos que ellos han de saber negociar. Dos de ellos con toda fidelidad realizan la misión que les han encomendado, uno con sus miedos enterró el talento para no perderlo, pero no fue capaz de ponerlo a negociar para darle rendimiento. Ya vemos en la parábola la reacción de aquel rey a su vuelta cuando le rinden cuentas sus empleados.

Como decíamos hay aquí un tema de fidelidad. 'Siervo bueno y fiel', llama aquel señor a los empleados que han sabido sacar rendimiento a aquellos talentos. Creo que todos entendemos bien la parábola que probablemente hayamos meditado muchas veces. Es una mirada a nosotros y a nuestra vida, es una mirada a nuestra fidelidad a la misión que nos han confiado. Una fidelidad a nuestros compromisos adquiridos, sea cual sea el lugar que ocupamos en la vida, sea cual sea la misión que nos han encomendado, sean cuales sean los valores que haya en nosotros y nuestras capacidades y posibilidades.

Es el esfuerzo que hemos de saber realizar, porque no nos podemos cruzar de brazos pensando que todo nos lo van a dar hecho. Es la preocupación llena de responsabilidad con la que buscamos salida a los problemas con los que nos podamos encontrar. Son los deseos de superación y crecimiento que haremos surgir dentro de nosotros para no dejarnos vencer por debilidades ni por cobardías.

Es también la madurez que vamos a mostrar en la vida porque sabremos sobreponernos a las tentaciones con que nos vayamos a encontrar de desistir en nuestro empeño porque encontremos dificultades, de encerrarnos en nuestros miedos y cobardías que coartan esa valentía, con ese coraje con que tenemos que enfrentarnos a la vida.

Es tratar de hacer que cada día nuestra vida tenga más valor porque queremos vivir con intensidad cada momento. Es hacer fructificar de verdad nuestra vida, con lo que nos sentimos llenos en lo más hondo de nosotros mismos alcanzando una plenitud de nuestro ser, y porque con ello estamos haciendo crecer nuestro mundo para lograr también una mayor felicidad para todos.


miércoles, 16 de noviembre de 2022

Descubramos cuál es nuestra verdadera riqueza que Dios ha puesto en nuestras manos y que tenemos que saber valorar, saber en consecuencia desarrollar

 


Descubramos cuál es nuestra verdadera riqueza que Dios ha puesto en nuestras manos y que tenemos que saber valorar, saber en consecuencia desarrollar

Apocalipsis 4, 1-11; Sal 150; Lucas 19, 11-28

¿Seremos nosotros capaces de tener tanta confianza en alguien como para confiarle a su cuidado los bienes más preciosos que tengamos? Andamos llenos de temores siempre y asoma fácilmente la desconfianza. ¿Será capaz de cuidarlos? ¿Sabrá obtener beneficio de algo que va a estar en sus manos para su cuidado? Estaremos quizá con ojo avizor.

Jesús hoy nos propone una parábola donde precisamente se manifiesta esa confianza. Aquel hombre noble que tenía sus buenas ambiciones de ser rey y quiere ir a buscar ese título, mientras marcha confía sus bienes más preciados, con los que querrá contar cuando vuelva con su título de rey, a una serie de personas de su confianza. ¿Quizá como una prueba para ver hasta donde son capaces para luego confiarles las ciudades de su reino? A la vuelta verá quien ha respondido con fidelidad a esa confianza.

Ya conocemos el desarrollo de la parábola. No todos respondieron de la misma manera. Alguno temeroso no solo no negoció aquellos valores que habían puesto en sus manos, sino que con miedo a perderlo lo que hizo fue enterrarlo para evitar que de alguna manera pudiera desaparecer. Y ya conocemos la reacción de aquel nuevo rey.

¿Qué nos quiere decir Jesús? Nos está hablando Jesús del Reino de Dios. Precisamente en su subida a Jerusalén algunos andaban pensando si era el momento ya de manifestarse el Reino que Jesús tanto había anunciado. Pero parecía que andaban en otra honda.  Seguían con sus ambiciones nacionalistas y no eran capaces de salirse de esos planteamientos tan materialistas y tan guerreros. Es algo distinto lo que Jesús nos ofrece, es algo bien distinto ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia.

De alguna manera estaría preguntándoles ¿en ustedes se puede confiar como para poner en vuestras manos la constitución de ese Reino? Y Jesús quiere confiar en nosotros, poner en nuestras manos su tesoro más precioso, pero tenemos que saber entender y valorar lo que está en nuestras manos.

¿Seremos capaces de valorar ese tesoro de la vida que desde que Dios nos ha creado ha puesto en nuestras manos? ¿Cómo vamos a entender ese tesoro de la vida? Pensemos en la riqueza grande que hay en nosotros; no miremos los bolsillos, ni las cuentas corrientes, ni nuestras propiedades materiales por muy valiosas que sean. Esa no es la verdadera riqueza de la vida.

Está en lo que somos, está en lo que tenemos en el corazón, está en lo que somos capaces de hacer cuando nos proponemos hacer el bien, está en nuestra capacidad de amar y crear unas nuevas relaciones entre todos nosotros, está ese deseo de la paz y de la justicia, está la autenticidad y sinceridad con que tenemos que mostrarnos. Esa es nuestra verdadera riqueza que tenemos que saber valorar, saber en consecuencia desarrollar.

¿Qué estamos haciendo con todas esas capacidades? ¿Estaremos desarrollando todos esos valores? ¿En verdad estaremos haciendo el mundo más bello, más humano, más justo, más lleno de paz? ¿O acaso estaremos enterrando esos talentos porque nos dejamos comer por la guerra, por la violencia, por los odios, por la vanidad y la falsedad de la vida, por nuestras envidias que nos envenenan, por nuestros orgullos que nos endiosan?

Dios quiere poner su confianza en nosotros para que en verdad construyamos el reino de Dios, ¿qué respuesta estamos dando?

martes, 8 de noviembre de 2022

¿Nos habremos parado en alguna ocasión a dar gracias a Dios por esa inteligencia y esas capacidades que ha puesto en nosotros cuando nos ha creado a su imagen y semejanza?

 


¿Nos habremos parado en alguna ocasión a dar gracias a Dios por esa inteligencia y esas capacidades que ha puesto en nosotros cuando nos ha creado a su imagen y semejanza?

Tito 2, 1-8. 11-14; Sal 36; Lucas 17, 7-10

Vivimos en una sociedad en la que está muy vivo lo de la exigencia de nuestros derechos y todo se nos convierte en reclamaciones y exigencias, olvidando a veces lo que son nuestras obligaciones y cual es el rendimiento que hemos de tener en el desempeño de trabajos y responsabilidades. Raro es el día en que no oímos hablar de manifestaciones y huelgas de los diferentes sectores de la sociedad reclamando unos reconocimientos y unos derechos desde unos compromisos y unos contratos sociales. No digo que tengamos que reclamar lo que es justo y siempre tendremos que ponernos del lado más débil en cualquier situación, porque no es desde un poder que nos oprime desde donde podemos construir una sociedad verdaderamente justa.

Hoy se nos propone una parábola en el evangelio que es una primera lectura quizás nos puede resultar un tanto costoso el entender. Los hechos que se narran, que aquí se nos proponen en la parábola, hemos de entenderlo desde un estilo de sociedad en la época donde, aunque lo consideremos injusto, no se valoraba el trabajo del servidor o del esclavo, sino que por obligación, dada su condición tenía que realizarlo.

Pero cuando queremos entender la parábola no nos podemos quedar tanto en esa parte como más anecdótica, sino ir directamente al final porque lo que Jesús nos quiere plantear es cómo hemos de reconocer cuando recibimos de Dios y la respuesta que damos ha de ser siempre una respuesta agradecida. Es el valor y el significado que entonces hemos de darle a lo que son nuestros trabajos, nuestras tareas, la obra que realizamos en la vida que es como una respuesta a cuanto Dios ha puesto en nuestras manos.

¿Vamos a andar con reclamaciones a Dios porque hacemos el bien, porque vivimos nuestras responsabilidades, porque con nuestro trabajo nos convertimos en continuadores de la obra creadora de Dios que ha puesto en nuestras manos? Agradecidos tendríamos que estar porque así Dios ha querido confiar en nosotros; agradecidos hemos de estar por los dones que de Dios recibimos, por esa inteligencia que ha puesto en nuestra vida, por esa capacidad de actuar y de decidir lo bueno que hemos de realizar.

¿Nos habremos parado en alguna ocasión a dar gracias a Dios por esa inteligencia y esas capacidades que ha puesto en nosotros cuando nos ha creado a su imagen y semejanza? Todos tenemos unos valores, unas cualidades, unas capacidades en la vida, unos más, otros no diríamos menos sino distintas, creo que alguna vez tendríamos que hacer como un reconocimiento; pensar, sí, en esas cosas positivas que hay en nuestra vida, no para llenarnos de orgullo y por ello considerarnos mejores que los demás, para humildemente reconocerlo como dones de Dios.

Esos dones que Dios ha repartido entre nosotros, ni todos somos artistas ni todos somos agricultores o artesanos, ni todos tenemos cualidades para ser dirigentes de la sociedad ni todos somos maestros o profesores, cada uno tenemos nuestros valores, nuestras capacidades, manifiestan lo que es la riqueza de la humanidad, no nos hace mejores ni más dignos unos que otros, porque cada uno desde su capacidad, desde sus posibilidades, va a contribuir al conjunto, a contribuir al bien de todos, a la construcción de esa sociedad y ese mundo mejor.

¿No tendríamos que decir aquello de la parábola, ‘somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer’? Y decimos somos siervos inútiles, para abajar el orgullo que pudiera meterse en nuestro corazón, pero para reconocer que lo que valemos o lo que son nuestras capacidades son siempre un don de Dios.

domingo, 16 de enero de 2022

Si creemos en la Palabra de Jesús esa agua de los valores de los que llenamos las tinajas de nuestra vida se va a convertir en vino nuevo que dé sentido nuevo a lo que hacemos

 


Si creemos en la Palabra de Jesús esa agua de los valores de los que llenamos las tinajas de nuestra vida se va a convertir en vino nuevo que dé sentido nuevo a lo que hacemos

Isaías 62, 1-5; Sal 95; 1Corintios 12,4-11; Juan 2, 1-11

A esto le falta algo, decimos cuando probamos una comida que no está bien sazonada, a la que le falta sabor, a la que le falta sal; pero lo decimos también muchas veces en la vida en muchas cosas que parece que no terminan de funcionar, que le falta algo, que le falta vida; una organización que languidece, que no avanza, que parece que se muere porque quizás sus dirigentes son indolentes o no tienen ideas nuevas para hacerla resurgir; un proyecto al que no le vemos claramente sus motivaciones y no termina de salir adelante, porque como decimos le falta algo; una fiesta que no termina de animarse y aunque suene la música no hay nadie que arrastre, que le dé entusiasmo, que le dé alegría; una boda a la que le falta el vino y la gente pone cara de poca alegría, de poco sentido de fiesta porque parece que no hay nada que la ponga a tono.

¿Faltan ideas o faltan impulsos que nos lleven a algo nuevo? ¿Falta vitalidad en nuestro interior porque quizá haya vacío y frío espiritual dentro de nosotros? ¿Falta hondura en la vida porque nos quedamos en la comodidad de lo superficial o rehusamos lo que signifique el más mínimo esfuerzo? Cuántos vacíos nos podemos encontrar en la vida, en lo que hacemos, o lo que es la vida de nuestra sociedad, lo que es la vida de nuestras comunidades porque falta ese algo que dé un sentido nuevo, dé una alegría nueva, o abra caminos nuevos delante de nosotros que en verdad nos lleven a alguna parte que merezca la pena.

Y fijándonos en cosas de la vida a las que les falta algo – cuantas cosas más podríamos mencionar entre ellas la vida de nuestras comunidades – hemos llegado al signo que se nos ofrece en el evangelio de hoy. Una boda en Caná de Galilea, un pueblo bastante cercano a Nazaret, en la que Jesús y María están entre sus invitados. Aunque en otro momento del evangelio aparece la rivalidad de pueblos vecinos, normal sería que entre uno y otro pueblo hubiera parientes o amistades familiares. Ahí está la boda que va transcurriendo según los rituales normales de ese tipo de fiestas, pero en un momento determinado es la madre de Jesús la que se da cuenta de que algo falta, no hay vino. Es el comentario que hace a Jesús. ¿Cómo podría continuar la fiesta y cómo iba a quedar de mal el novio por la falta de previsiones?

Ya escuchamos el diálogo entre madre e hijo que con mirada superficial nos podría resultar incomprensible en que Jesús parece desentenderse. Pero los ojos de una mujer, los ojos de una madre no pueden cerrarse ante aquella situación e insiste en buscar solución que ella sabe que solo puede estar en Jesús. Cuántas veces ante los problemas nos quedamos paralizados, sin solución y no sabemos a quién acudir, donde encontrar la respuesta a nuestra inquietud. María nos está dando una lección. Solamente sugerirá a los sirvientes que hagan lo que diga Jesús. ¿No será lo que tantas veces allá en lo hondo del corazón nos está sugiriendo a nosotros, aunque no lo queramos ver?

Muchos vacíos van apareciendo en el relato, como vacíos nos encontramos tantas veces en la vida. Falta agua, falta vino, falta calor interior, faltan espíritus creadores, falta fuerza interior. Hasta las tinajas de agua de las purificaciones están vacías, hay que llenarlas. Y es lo que Jesús les pide – ‘llenad esas tinajas de agua’, les dice -, pero para que luego desde esas tinajas puedan sacar un vino nuevo. Es Jesús el que da el cauce para que esas tinajas se llenen y puedan ofrecer ese vino nuevo. Será en Jesús donde podemos encontrar ese vino nuevo, esa fuerza interior, ese espíritu grande que nos pueda impulsar a cosas grandes.

No serán necesarias grandes cosas porque Jesús lo único que está pidiendo es que se llenen de agua aquellas tinajas. Pero una cosa es necesaria, que creamos en la palabra de Jesús y desde esas pequeñas cosas a las que ahora les vamos a dar una importancia especial podrá surgir un vino nuevo, podrá surgir algo que nos va a dar hondura a la vida, que nos va a llenar de sentido o que va a poner una nueva alegría en el corazón. Será quizá desarrollar esos valores y esas cualidades que cada uno tenemos; será comenzar a creer incluso en nosotros mismos que aunque nos parezca que somos pequeños y hasta en ocasiones nos consideramos inservibles, sin embargo con eso que somos podemos hacer maravillas. Cada uno tenemos unos valores y tenemos una función en la vida, en el lugar que nos corresponda.

Mantengamos ahí nuestra fidelidad, desarrollemos ahí eso que somos capaces de hacer desde esas cualidades que tengamos, aunque nos parezcan insignificantes. Algo tan sencillo como el agua se convirtió en el mejor de los vinos que puso alegría en aquella fiesta de bodas. Con algo tan sencillo como tú eres o como tú tienes podemos poner esa alegría nueva en la fiesta de la vida, podemos hacer que haya un nuevo sabor allí donde estamos, allí con la gente de la que nos rodeamos, allí en la comunidad donde vivimos. Así nuestro mundo podrá tener un nuevo sabor.

Pongamos a Cristo en medio de todo esto – haciendo lo que El nos diga – y podremos darle ese vino nuevo a nuestro mundo, podemos darle ese sabor nuevo a nuestra vida, podremos hacer que nuestra sociedad tenga nueva vida, que nuestras comunidades vivan la intensidad de su comunión.

miércoles, 20 de octubre de 2021

Una carga grande de responsabilidad para asumir la vida con todos sus imprevistos, pero también una carga grande de humanidad para saber caminar junto a los otros

 


Una carga grande de responsabilidad para asumir la vida con todos sus imprevistos, pero también una carga grande de humanidad para saber caminar junto a los otros

 Romanos 6,12-18; Sal 123; Lucas 12,39-48

‘Lo mismo vosotros, Estad. preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre’, nos dice Jesús centrándonos el mensaje que nos quiere transmitir. Antes, como ejemplo, nos ha hablado del dueño de casa que tiene que cuidar que no se metan ladrones en la casa  y nos arrebaten lo más preciado; el ladrón no sabemos cuándo nos puede asaltar, por eso la vigilancia que hemos de tener ha de ser bien responsable.

Nos pueden suceder imprevistos en la vida, cosas que no esperábamos y que de alguna manera se hicieron presentes en nuestra vida; poca quizás pueda ser la previsión que tengamos, pero sí en la vida hemos de tener una madurez para poder afrontar la vida en las diversas circunstancias que se nos pueda presentar; ojalá en la vida todo fuera fácil y todo circulara como sobre ruedas, pero aun así sabemos que las ruedas pueden tener tropiezos en el camino o podemos tener pinchazos que las dejen inutilizadas. De ahí, entonces, la responsabilidad con que hemos de ir cuidando esa formación y esa madurez que necesitamos para afrontar ese camino.

Tenemos la tentación y el peligro de ir simplemente dejándonos llevar por el día a día y decimos que cuando vengan los problemas ya buscaremos la solución, la forma de afrontarlos; pero tenemos que ir aprendiendo de la vida misma, es una gran maestra si sabemos leer, como se suele decir, entre líneas todo cuando nos sucede para saber sacar conclusiones, para con la experiencia de lo que vamos viviendo poder luego afrontar lo que más duro se nos pueda presentar.

Jesús repetidamente nos va hablando en el evangelio de esa responsabilidad de la vida, enseñándonos a abrir los ojos para descubrir las señales que Dios va poniendo en nuestro camino, pero enseñándonos también a desarrollar de forma responsable nuestros talentos, nuestras cualidades, nuestras capacidades; podemos recordar muchas parábolas del evangelio.

Quien nos pone el pan duro que tenemos que masticar en multitud de ocasiones de dificultades y de problemas, nos ha puesto dientes en nuestra boca para poderlo triturar. ¿Qué quiero decir con esto? Dios ha puesto en nosotros esas capacidades, esos valores, esas cualidades para esas funciones que tendríamos que desempeñar; lo que es necesario es que hayamos cultivado esos valores, que nos hayamos entrenado para poner a tope nuestras cualidades, que hayamos sido capaces de desarrollar todas esas posibilidades que tenemos en nosotros mismos.

Una carga grande de responsabilidad que tenemos que asumir en la vida, pero también una carga grande de humanidad porque necesariamente tenemos que ir al encuentro con los demás, o tenemos que saber caminar junto a los otros. Un camino hecho juntos siempre tendrá que ser un camino más agradable y más llevadero; claro que es necesario que aprendamos a caminar juntos porque aprendamos a aceptarnos mutuamente los unos a los otros, con lo que cada uno es o con lo que cada uno puede aportar a ese camino: si no lo hiciéramos así, entonces sí que el que camino se nos podría hacer más duro e insoportable porque solo estaríamos viendo las limitaciones o carencias que los demás puedan tener, y de ahí solo nos faltaría un paso para volvernos exigentes e intransigentes con los otros.  Ese no puede ser nuestro camino.

martes, 21 de septiembre de 2021

Valoremos la función que realiza cada persona en igual dignidad que todos y tengamos siempre un corazón abierto y acogedor que abra las puertas a la misericordia

 


Valoremos la función que realiza cada persona en igual dignidad que todos y tengamos siempre un corazón abierto y acogedor que abra las puertas a la misericordia

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

No todos en la vida son albañiles, ni todos son maestros, unos serán arquitectos y otros serán agricultores, cada uno tiene su función, cada uno tiene su lugar, no podemos desempeñar todos el mismo oficio o función, porque habrían cosas que no se podrían realizar, somos como un mosaico, cada piedra con su color y su lugar, cada pieza con su función y con su valor, pero todas son importantes para podernos ofrecer la belleza del mosaico con sus variados colores, con sus múltiples dibujos, con la riqueza de sus imágenes.

Podemos pensar en las cualidades y valores de cada uno, sus capacidades y su técnica; podemos pensar en la conjunción que entre todos se ha de realizar para el desarrollo de la propia humanidad, de la propia sociedad, y podemos pensar en la vocación de cada uno. Cada uno según sus capacidades, según también lo que ha ido recibiendo descubre su lugar, su función, su vocación, aquello a lo que está llamado, aquello que puede realizar mejor. Y como una hermosa orquesta compuesta de tan variados instrumentos podrán ofrecernos la belleza y armonía de su música. Tenemos que descubrir cual es el instrumento que nos corresponde tocar en esa orquesta de la vida.

Es lo que dentro de la familia de la Iglesia también tenemos que descubrir y realizar. De ello nos ha hablado el apóstol en estas lecturas que se nos ofrecen hoy en la fiesta del apóstol y evangelista san Mateo que hoy celebramos. ‘A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo…’ Y es aquí donde tenemos que descubrir cual es nuestra función dentro de la comunidad eclesial.

Mateo era recaudador de impuestos. Aunque menospreciado por los judíos que a todos los metían en el saco de los usureros y ladrones, allí desempeñaba su función en la vida. Tendríamos que pensar en la dignidad de cada trabajo y de cada función; nos podrán resultar más o menos agradables y somos muy propensos a poner nuestras marcas, marcar nuestras diferencias, pero hemos de saber tener respeto por el trabajo que realiza cualquier persona; todos tienen su dignidad, todos tienen su función, necesaria en el desarrollo de la propia vida de la comunidad. Creo que podría ser una consecuencia también que dedujéramos para nuestra vida.

Pero un día Jesús al pasar lo invitó a seguirle. Vemos la prontitud con que lo deja todo con alegría para seguir a Jesús. ¿Son golpes de gracia repentinos? No podemos negar que la presencia del Señor impacta y nos llama, aunque no podemos descartar por otra parte que ya Mateo aunque quizás desde lejos quisiera ser discípulo de Jesús y en alguna ocasión le habría escuchado planteándole muchos interrogantes en su corazón. Hoy le vemos dar la respuesta con generosidad y con prontitud.

Tal es la alegría que hará un banquete en el que participarán los que hasta entonces han sido sus colegas en su trabajo, pero donde estaba también invitado Jesús y el resto de los discípulos. Es aquí donde descubrimos también otro mensaje para nuestra vida. por allá andaban recelosos los puritanos de su tiempo – también ahora hay sus puritanos que están siempre al tanto de donde puedan hacer su juicio y su condena si las cosas no son como a ellos les apetece – los fariseos y los escribas que critican que Jesús coma con publicanos y pecadores.

Jesús que oye la crítica que están haciendo les replica: ‘No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa misericordia quiero y no sacrificio: que no he venido a llamar a justos, sino a los pecadores’. ¿A qué ha venido Jesús? ¿Qué nos pide de nuestro corazón? ¿Habremos aprendido de verdad lo de ‘misericordia quiero y no sacrificios’?

Hagamos una Iglesia que sea en verdad hogar de misericordia. Quitemos de una vez por todas esas lupas con que andamos mirando la vida de los demás para ver donde está el desliz, donde puedan aparecer esos motivos que justifiquen nuestros juicios y nuestras intransigencias. ¿Se nos habrá ocurrido pensar que por nuestras intransigencias podemos estar haciendo sufrir a muchos y muchos no darán el paso adelante en su camino de conversión porque no encuentran esa acogida llena de misericordia en nosotros?

 

sábado, 28 de agosto de 2021

Nos sentimos enriquecidos con la confianza que Dios ha puesto en nosotros y con la confianza que somos capaces de poner en los demás daremos valor a toda persona

 


Nos sentimos enriquecidos con la confianza que Dios ha puesto en nosotros y con la confianza que somos capaces de poner en los demás daremos valor a toda persona

1Tesalonicenses 4, 9-11; Sal 97; Mateo 25, 14-30

¿A quién confiamos nuestras cosas? Como ya lo expresamos con la palabra a aquel en quien tengamos depositada nuestra confianza. No somos dados a confiar nuestras cosas, nuestras pertenencias a nadie, mantenemos la reserva. Tenemos que encontrar a alguien con grande responsabilidad y que sepa manejar nuestros asuntos para no tener pérdidas sino mejor beneficios; si sabemos que es un manirroto y un irresponsable no le manifestaremos nuestra confianza.

Grande tenía que ser la confianza del hombre de la parábola que hoy nos propone Jesús. Porque al confiar aquellos talentos – y con esa palabra se está expresando que eran cantidades grandes – a aquellos empleados suyos cuando se fue de viaje, es porque mucha confianza tenía en ellos. Confiar en ellos era valorarlos, hacerles sentir que eran capaces cuando en ellos se había depositado esa confianza. Se harían o no merecedores de aquella confianza con sus responsabilidades o con su dejadez por la manera de llevar los asuntos, pero el primer mensaje que se nos deja va por ese camino, el de la confianza. Una confianza que nos enriquece.

Cuando Jesús nos propone las parábolas está haciéndonos comparaciones para que entendamos lo que es el Reino de Dios y cómo hemos de vivirlo. Y me atrevo a decir que el primer mensaje es cómo Dios confía en nosotros desde el momento que nos ha dado la vida. Es el regalo de Dios, es la muestra del amor que Dios nos tiene.

Y en esa vida nuestra aparecerán unos talentos u otros, porque cada uno tenemos unos valores, hay cualidades y capacidades diversas en nosotros; y no somos iguales sino que cada uno tenemos nuestra propia identidad, nuestros propios valores. Significa además que en el amor de Dios nos sentimos valorados, y eso ha de darnos mayor confianza en nosotros mismos para desarrollar lo que se nos han confiado.

No tenemos que andarnos con comparaciones que siempre nacen de ojos turbios y opacos, sino que cada uno ha de descubrir el valor de su vida y lo que en ella y con ella puede realizar. Es la responsabilidad con que asumimos nuestra vida; es el sentido de respuesta de amor que hemos de saberle dar si en una lectura creyente de nuestra vida hemos descubierto ese regalo del amor de Dios.

Vemos cómo aquel hombre de la parábola felicitará de la misma manera tanto al que había trabajado con cinco como al que había trabajado con dos, como le pedirá cuentas al que recibió solamente uno pero no supo trabajarlo, o más bien, no quiso trabajarlo. Igual de feliz fue el que recibió cinco como el que recibió dos, como igualmente podría haber sido feliz el que recibió uno.

La felicidad en la vida no está en las cantidades sino en la medida en que seamos capaces de ser nosotros mismos con lo que somos o con lo que tenemos. Ya sé que muchos van en la vida siempre ansiando tener más porque dicen que así serán más felices, pero cuando esas ambiciones nos cogen el corazón al final nos volvemos dependientes de las cosas y por mucho que tengamos nunca llegaremos a esa felicidad.

Aquel que descubre su propio ser y asume su vida podrá entrar en camino de plenitud y de felicidad. Descubre lo que eres, descubre tus valores, sean muchos o sean pocos, procura ir creciendo como persona a partir de eso que eres y entonces serás capaz de desarrollar todas tus posibilidades, podrás ir alcanzando metas en tu vida, podrás sentirte satisfecho de ti mismo, podrás sentir la felicidad en tu corazón.

Pero aprende también a contar con los demás; aprende a poner confianza en las personas que te rodean para que ellas también crean en sí mismas; nuestras desconfianzas pueden anular a los que están a nuestro lado, porque nuestra desconfianza crea sombras y negruras, impide que el otro se descubra a sí mismo cuando no es valorado. Con tu confianza estás enriqueciendo la vida del que tienes a tu lado.

Un mensaje enriquecedor el que nos deja hoy el evangelio. Nos sentimos enriquecidos con la confianza que Dios ha puesto en nosotros y con la confianza que somos capaces de poner en los demás estaremos dándole valor a la vida de toda persona.

lunes, 2 de agosto de 2021

Cuánto podríamos hacer para mejorar nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena

 


Cuánto podríamos hacer para mejorar nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena

Números 11,4b-15; Sal 80; Mateo 14,13-21

No lo dejaban ni a sol ni a sombra. Es lo que sucede con Jesús. Ahora, después de enterarse de la muerte del Bautista Jesús quiere ir con sus discípulos más cercanos a un lugar solitario; como diría algún comentarista, a esperar a que pasara la tormenta; la muerte de Juan tuvo que impactar mucho a Jesús, aunque pocas veces los veamos en el evangelio en relación, no en vano Juan era el Precursor del Mesías, y había venido a preparar los caminos del Señor. Allá al Jordán Jesús también había acudido para recibir el bautismo a manos de Juan, aunque lo que sucedería en aquel momento superaba todo lo que significaba el bautismo de Juan, como tantas veces hemos comentado. ¿Convenía hacer una pausa después de aquellos acontecimientos sangrientos? Para Jesús no va a haber pausa, cuando llegan a aquel descampado Jesús se encontró con la multitud que le estaba esperando.

Y el corazón compasivo de Jesús hizo lo que tenia que hacer; nada de descanso y si ponerse junto a aquellos hambrientos de la Palabra de Dios para ponerse a enseñarles. Pero el tiempo pasa, llega la tarde, la multitud es grande y ha estado todo el día escuchando a Jesús después de lo que habían caminado para adelantárseles en aquel sitio y son los discípulos los que se adelantan a pedir a Jesús que despida a la gente para que puedan llegar a las aldeas donde puedan comer algo.

Pero ya conocemos el diálogo, Jesús les dice que le den ellos de comer. ¿Cómo pueden dar de comer a tantos si solo tienen unos pocos panes y peces? Pero allí están a disposición de Jesús. Manda que la gente se siente en el suelo y bendice a Dios por aquellos panes antes de comenzar a repartirlos a la gente. Y comieron todos y hasta sobró como bien nos detalla el evangelista. Muchas veces lo hemos contemplado y meditado.

‘Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces’, habían dicho los discípulos. ¿Eran las provisiones que ellos llevaban, aunque no parezca que fueran muy abundantes? ¿Era la oferta de alguien de entre la multitud? Otro evangelista hablará de un muchacho que llevaba en su alforja esas provisiones. Pero lo importante era que aquello, aunque fuera pequeño, se puso a disposición del servicio que pudiera prestar.

Cuántas veces nosotros decimos también ante la ingente tarea que vemos que está por realizar en nuestro entorno, que nada tenemos, que nada valemos, que nosotros no sabemos, que no podemos hacer nada, y aquellos pequeños panes y peces de nuestros valores se quedan ocultos, se quedan enterrados. ¿Seremos acaso como aquel hombre de la parábola al que solo se le concedió un talento y lo guardó y escondió para no perderlo, para que no se lo robaran, pero no hizo nada con él? Ya sabemos cómo en la parábola se le recrimina que no lo hubiera negociado; cada uno tiene que negociar lo que tiene, tiene que desarrollar los valores y las cualidades que posee, sean muchas o sean pocas.

Somos pobres muchas veces no porque no tengamos nada, sino porque no sabemos poner a juego aquello poco que tenemos. Y la miseria se junta con la miseria para aumentarla aun más; pero si aquello mísero que poseemos lo ponemos a disposición, lo desarrollamos, podrá surgir una hermosa planta de esa pequeña semilla. Cuántas cosas nos dice Jesús en este sentido en el evangelio. Y nos lo está diciendo hoy con los cinco panes y los dos peces puestos a disposición. Cuánto podríamos hacer por nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Quien sigue a Jesús no puede andar dormido en la vida, en planos de comodidad y desidia, con falta de compromiso con su vida y con su mundo



Quien sigue a Jesús no puede andar dormido en la vida, en planos de comodidad y desidia, con falta de compromiso con su vida y con su mundo

Apocalipsis 4, 1-11; Sal 150; Lucas 19, 11-28

‘Te tenía miedo, porque eres hombre exigente…’ Miedos y exigencias. Quizás van unidos más de la cuenta. Las exigencias nos aturden. Y nos encontramos con mucha gente exigente. Provocan miedos y huidas. No nos gusta que nos exijan, nos hemos acostumbrado demasiado a hacer las cosas a nuestra bola, como dicen algunos. Queremos ir a nuestro ritmo o hacer simplemente lo que nos plazca.
Claro que vemos gentes que son exigentes, pero lo son primero que nada consigo mismo. Quieren crecer, quieren ir a más, se trazan metas y no cejan hasta que las consiguen; entonces consigo mismo no se permiten debilidades, aunque las tienen como todos, tratan siempre de superarse, de mejorar en la vida corrigiendo aquello que ven torcido en si mismos, porque quieren avanzar y actuar con autentica rectitud.
Pero cuando nosotros somos flojos, no nos gusta el esfuerzo, nos preocupamos poco de nuestra superación personal, personas así con esa rectitud y con esos deseos a nuestro lado nos cuesta aceptarlos, de alguna manera los rechazamos o huimos de ellos. Y es que nos estamos creando un mundo de mucha comodidad y de poco esfuerzo. Claro que no todos son así. Para unos sirve de estimulo, aunque a otros les cueste aceptar esas exigencias en su propia vida.
Tampoco nos sirve ir por la vida con miedos. Los miedos nos anulan, nos impiden sacar lo mejor de nosotros mismos que llevamos dentro. Porque tenemos miedo no lo intentamos. Porque tenemos miedo a que nos podamos equivocar o incluso a fracasar no nos atrevemos a arriesgarnos y queriendo medirlo todo tanto antes de comenzar, no terminamos nunca de comenzar. Y es que tenemos que probar de lo que somos capaces, porque somos capaces de mucho más de lo que pensamos. Pero hay que decidirse, no temer al que dirán, no esperar simplemente aplausos al primer paso que vayamos a dar. Claro que tenemos que sentir estimulo de los que nos rodean, porque eso nos ayudará, pero tenemos que creer en nosotros mismos.
Hoy nos quiere hablar Jesús en el evangelio de esas exigencias de nuestra vida. Serán esos deseos de superación que tiene que haber en nuestra vida, o sean esos miedos que tenemos que quitar. Nos ofrece el mensaje en esa parábola que tiene su paralelismo en la parábola de los talentos que se nos ofrece en otro lugar. Aquel hombre que había ido a buscar algo más para su vida, mientras va de viaje confía sus tesoros a sus empleados. Unos responden negociándolos bien para que produzcan sus frutos, pero el otro se deja llevar por el miedo y entierra su tesoro para no perderlo, pero  no lo hará fructificar.
Nos pasa tantas veces en la vida. Hay valores, cualidades en nosotros que tenemos encerradas, no nos atrevemos a desarrollar, por cobardía quizás, por esos miedos que nos aturden, por esos pocos deseos que tenemos de crecer y de mejor en la vida. Cada uno ha de mirar cuales son esas cosas que nos encierran en si mismos. Esas cosas que no desarrollamos ni en nuestra vida personal, ni en la vida familiar – cuantas más cosas podríamos hacer si tuviéramos más creatividad -, ni en el plano de la vida laboral o social y dejamos así de enriquecer a nuestro mundo.
Quien sigue a Jesús no puede andar dormido en la vida, en planos de comodidad y desidia, con falta de compromiso dándole igual una cosa que otra. El que sigue a Jesús quiere vivir, vivir con intensidad, y desarrolla sus valores, y hace no solo por si mismo sino también por los demás comprometido con el mundo en el que vive. Tenemos que despertar.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Démosle gracias a Dios por los dones recibidos, que nos fortalece en la debilidad, nos estimula en nuestro crecimiento y siempre todo para la gloria de Dios


Démosle gracias a Dios por los dones recibidos, que nos fortalece en la debilidad, nos estimula en nuestro crecimiento y siempre todo para la gloria de Dios

Efesios 3,2-12; Sal.: Is 12,2-3.4bcd.5-6; Lucas 12,39-48

‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá…’
Así termina hoy Jesús las recomendaciones que nos está haciendo a la vigilancia y a la responsabilidad en la vida. Pero con esta sentencia final de Jesús creo que nos está planteando algo importante. ¿Somos conscientes de cuanto recibimos del Señor? ¿Somos conscientes del regalo de la vida, para comenzar, pero de cuantos dones y cualidades está llena esa misma vida?
Algunas veces, en una especie de humildad que no es realmente humildad, nos decimos qué poco somos y qué poco valemos. Nos achicamos y empequeñecemos no queriendo o no sabiendo reconocer de cuántos dones estamos dotados. Muchas veces pudiera ser que fuera una excusa para no comprometernos, para no implicarnos más en las cosas de la vida, para asumir responsabilidades, para dejar que sean otros los que hagan o se impliquen para no complicarnos nosotros.
Decimos fácilmente que no sabemos o que no podemos. Una excusa, un escurrir el bulto. Como se suele decir nadie nace aprendido, sino que descubriendo cuales son nuestras cualidades, nuestros valores – que todos tenemos – tratar de desarrollarlos, de ponerlos en juego, quitando miedos y temores y viendo al final que somos capaces de muchas cosas y de cosas importantes también.
Es necesario conocerse de verdad, ahondar en nuestras posibilidades, descubrir cuales son verdaderamente nuestros gustos, porque por ahí quizá podemos descubrir capacidades que hay en nosotros y que hemos de desarrollar. Dejarnos ayudar para descubrir la riqueza de nuestro yo y esas capacidades que tenemos. Cuantas veces porque nos vemos obligados a implicarnos en algo que nos parecía que no seriamos capaces de sacar adelante, luego descubrir que con nuestra paciencia y nuestra constancia fuimos capaces de afrontar aquellas responsabilidades quizás y desarrollar unas cualidades que estaban ocultas en nosotros.
El empequeñecernos y anularlos sería una falta seria de responsabilidad en la vida cuando lo hacemos por comodidad, o por no querer complicarnos la vida. Ahí está lo que nos ha dicho hoy Jesús que citábamos al principio de nuestra reflexión y que nos viene bien recordar para despertarnos de ese sopor en que tantas veces nos metemos en la vida y lo llegamos a hacer nada. ‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá…’ reconozcamos los dones recibidos del Señor, no enterremos el talento, demos fruto que nos lo debemos a nosotros mismos, lo debemos a los demás en ese bien que les podemos hacer y se le debemos a Dios que es el que ha enriquecido nuestra vida con esos dones.
Démosle gracias a Dios por esos dones recibidos, y esa presencia continua en nuestra vida para fortalecernos en nuestras debilidades, para estimularnos en nuestro crecimiento, para dar gloria al Señor con todo lo que es nuestra vida y cuanto de bueno podemos hacer.