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viernes, 1 de marzo de 2024

Con nuestro trabajo, nuestro tiempo, nuestros valores tenemos que saber también dar frutos para los demás, es la riqueza que ofrecemos al mundo que nos rodea

 


Con nuestro trabajo, nuestro tiempo, nuestros valores tenemos que saber también dar frutos para los demás, es la riqueza que ofrecemos al mundo que nos rodea

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Salmo 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

Se me ocurre comenzar esta reflexión – porque primero que nada me la hago para mí – preguntándome qué hago con mi tiempo, qué hago con las cosas que tengo, las posesiones que pueda tener, qué hago con mi trabajo, con mis valores y cualidades; podría pensar, podríamos pensar – porque os invito a que también os hagáis esas preguntas – que es mi tiempo, que es mi trabajo, que son mis cosas y yo puedo hacer lo que me apetezca. Nos parece que no tenemos que rendir cuentas a nadie. Pero, ¿somos dueños y propietarios o somos administradores?

Es cierto que es mi vida, tengo que sentirme responsable de mi vida, de lo que soy, de lo que tengo; busco en el fruto de lo que hago, es cierto, un rendimiento podríamos decir personal. Pero ¿podemos vivir así aislados del mundo que me rodea de manera que lo que yo haga no tenga repercusión en los demás? Creo que son reflexiones que tenemos que hacernos en la vida y encontrar así el verdadero valor de lo que somos y de lo que hacemos.

Además, ese rendimiento, como lo llamábamos antes, no se puede quedar en lo material porque sabemos que es mucho más hondo lo que somos, lo que tenemos y lo que conseguimos. La persona nunca se queda solo en unos, llamémoslos así, rendimientos materiales; hay, tiene que haber un crecimiento y enriquecimiento interior, algo profundo en nosotros que dará grandeza a nuestra vida y con lo que estaremos enriqueciendo espiritualmente nuestro entorno, a cuantos nos rodean. Por eso, tendríamos que seguir preguntándonos si somos unos meros propietarios o somos unos administradores.

Me estoy haciendo esta reflexión desde la parábola que se nos ofrece hoy en el evangelio que tendría que hacernos pensar mucho y en muchas cosas. Un propietario de una finca que la prepara de la mejor manera posible, nos habla de plantar una viña, de poner una cerca, de hacer una bodega, y la arrienda a unos agricultores que han de trabajarla. La expresión de que la arrienda significa como aquellos viticultores un día han de rendir cuentas al dueño de la viña de los frutos recogidos.

Pero vemos el desarrollo de la parábola; aquellos trabajadores de la viña se niegan a rendir cuentas, vemos la violencia con que actúan para intentar quedarse con la viña y sus frutos, pues hasta quitan de en medio al que sería el heredero de aquella finca. Se han sentido dueños absolutos, cuando ha sido algo que se ha confiado a sus manos y a su trabajo para obtener unos frutos del que todos se beneficiarían.

¿No estará reflejando esa actitud egoísta e insolidaria con que muchas veces vamos por la vida cuando solo pensamos en nosotros mismos y en nuestras ganancias? Por eso decía que nos da mucho que pensar. Nos enseña cuál ha de ser en verdad el valor de nuestro trabajo y nuestra vida; nos enseña cómo vivimos en un mundo en el que todos tendríamos que sentirnos solidarios los unos con los otros, y como nuestra vida, nuestro tiempo, nuestro trabajo no solo nos va a beneficiar a nosotros mismos, porque es normal que obtengamos unos frutos, sino que esos frutos de nuestra vida son una riqueza para todo nuestro mundo.

Es que incluso con nuestro trabajo material estaremos desarrollando algo que va más allá de esos rendimientos podríamos decir económicos o materiales, porque está el desarrollo de nuestra persona, esa riqueza espiritual desde la realización de nuestras responsabilidades, ese bien para un mundo que queremos hacer mejor y con el que estamos contribuyendo desde nuestro yo, desde nuestras capacidades, desde todo lo que es el desarrollo de nuestra vida.

Pero es además cuanto podemos hacer y en cuanto nos podemos comprometer para y por los demás. Es nuestro trabajo, es cierto, pero es también lo que en ese mí tiempo, el que podría querer solo para mí, podría hacer por los demás. Eso que llamamos voluntariado o compromiso social, eso que en nuestras comunidades en nuestro tiempo podemos hacer desinteresadamente por los demás, ese compromiso que vamos a tener y realizar con nuestra comunidad, esa sociedad en la que hacemos nuestra vida y de la que no nos desentendemos.


miércoles, 23 de enero de 2019

Jesús nos está pidiendo unas nuevas actitudes, una nueva forma de plantearnos las cosas, una mirada distinta a cuantos nos rodean para no hacer tantas discriminaciones


Jesús nos está pidiendo unas nuevas actitudes, una nueva forma de plantearnos las cosas, una mirada distinta a cuantos nos rodean para no hacer tantas discriminaciones

Hebreos 7,1-3.15-17; Sal 109; Marcos 3,1-6

Hoy se nos llena la boca cuando hablamos de acciones sociales, de cómo las administraciones públicas tienen en sus programas no se cuántas acciones de tipo social y a los políticos no les falta en sus programas una serie de puntos de este tipo prometiendo que nadie se quedará desatendido, que para todos hay algún tipo de ayuda y no sé cuantas promesas más. a nivel individual decimos que queremos ayudar y nos sonrojaríamos si alguien descubriera en nosotros pasividad o negatividad en este sentido. Como programa o como proyecto todo eso está muy bien, como buenos deseos por nuestra parte es algo que no debería faltar, pero en la realidad ¿todo esto se realiza y nosotros nos sentimos en verdad comprometidos?
Quizá cuando pasamos por la calle al lado de alguien que de forma clara podíamos ver su pobreza y su necesidad, quizá volvemos la vista para otro lado para no querer enterarnos; cuando llegan a nuestra puerta personas en las que distinguimos otros rasgos distintos que nos están señalando que son de otra raza o que provienen de otro lugar, quizá nos sentimos incómodos y con miedo, farfullamos una disculpa y procuramos no entretenernos mucho con ellos, no sea que… y así no sé cuántas situaciones en que podríamos encontrarnos.
Cuántas disculpas y disimulos, cuánto pasar de largo ante situaciones que nos resultan incómodas, acaso porque se nos hace tarde… ¿para qué? ¿para ir a la Iglesia, quizás? ¿para no perder el programa de televisión que estamos viendo? ¿para que no nos vean con esas personas porque acaso luego no sé qué puedan pensar de nosotros?
Nos hacemos ciegos y sordos tantas veces ante el dolor o sufrimiento de los demás en su pobreza, su necesidad, las discriminaciones y soledades que sufren porque no queremos enterarnos. Pero lo peligroso, además de ser ya terrible que individualmente tengamos esas posturas, sería que ese fuera de alguna manera el sentir de nuestra sociedad. Queremos de alguna ocultar esas realidades. ¿Qué sucede cuando oímos hablar de pueblos o comunidades que no quieren que en él se instalen centros de acogida, por ejemplo de emigrantes? Pensemos en ciertos movimientos que hay de rechazo a los inmigrantes porque decimos quizá que ellos van a quitar puestos de trabajo a los naturales de lugar.
Hay ocasiones en que hasta se hacen manifestaciones y se impulsan movimientos sociales desde ciertos sectores cuando se va a crear un centro de este tipo en algún lugar.
¿La sociedad querrá ocultar o no querer enterarse de esas problemáticas? ¿Así nos hacemos insensibles ante las necesidades y problemas que hay en tantos lugares que obligan a la gente a emigrar? Quizá porque en la campaña contra el hambre una vez al año contribuimos con unas monedas pensamos que ya está todo hecho y resuelto.
Me ha venido toda esta reflexión a partir de un gesto que vemos realizar a Jesús en el texto del evangelio que se nos ofrece. Nos habla de la presencia de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún; era sábado. Pendientes estaban todos de lo que hiciera o dijera Jesús; los fariseos y maestros de la ley estaban al acecho. pero hay un hombre que pasa desapercibido, tiene una mano paralizada con todas las limitaciones y necesidades que se seguían de su enfermedad, pero nadie le presta atención. Llegó Jesús y le pide que se ponga en medio. Todos los ojos se dirigen a aquel  hombre del que comienza a hablar Jesús. Muy preocupados todos de la lectura de la Ley y de los comentarios que Jesús pudiera hacer - ya conocían de otros lugares y momentos de lo que hablaba Jesús - pero preocupación por aquel hombre enfermo y necesitado nadie tiene; como si no lo vieran.
Y es cuando Jesús plantea si será lícito o no curar a aquel  hombre en sábado.Todos conocían la ley y como habian de cumplirla estrictamente, para eso están allí los doctores de la ley y los fariseos para recordarlo. ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’, es la pregunta de Jesús a la que nadie quiere dar respuesta. y aquello dolió a Jesús en su corazón. Ya sabemos como termina el episodio curando Jesús la enfermedad de aquel hombre.
¿Hay relación entre lo que antes reflexionábamos de lo que hacemos o no hacemos, a pesar de las bonitas palabras, ante los problemas o las necesidades de los demás o esas diversas situaciones que mencionábamos con esto que nos dice el Evangelio?
Creo que Jesús nos está pidiendo unas nuevas actitudes, una nueva forma de plantearnos las cosas, una mirada distinta a cuantos nos rodean para no hacer tantas discriminaciones como vamos haciendo por la vida. En nosotros está la respuesta. Aquello de la conversión que nos pedía Jesús al principio del evangelio habrá que tomárselo en serio.




martes, 2 de junio de 2015

Desde nuestro compromiso de creyentes ponemos los fundamentos de una sociedad más humana y más justa

Desde nuestro compromiso de creyentes ponemos los fundamentos de una sociedad más humana y más justa

Tobías 2,9-14; Sal 111; Marcos 12,13-17
¿Está reñida nuestra fe en Dios con el cumplimiento de nuestras obligaciones cívicas en medio de la sociedad en la que vivimos? Podría ser quizá la pregunta que nos surja en nuestro interior al escuchar los planteamientos que le hacen los herodianos a Jesús, tal como escuchamos hoy en el evangelio.
Sabido es que con la pregunta capciosa que le hacían a Jesús pretendían ver en que podían cazarlo para tener de qué acusarlo. No podemos olvidar que cuando acuden a Pilatos buscando la sentencia de muerte para Jesús lo acusan de querer hacerse rey, y en consecuencia que Jesús pretendía subvertir el orden establecido. En la época de Jesús bien sabemos la situación que vivían los judíos sometidos a Roma y cómo había movimientos como los zelotas o los herodianos que se oponían de la forma que fuera a esa situación y en cierto modo había como una guerra de guerrillas en contra de los romanos. Pretenden quizá mezclar a Jesús en esos asuntos y bien vemos cómo Jesús no se deja cazar.
Pero en el fondo para nuestra reflexión sigue estando la pregunta que nos hacíamos al principio. Hoy Jesús responde que dar al Cesar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, fijándose en la moneda al uso entonces con la inscripción de la figura del César. ¿Dónde están nuestras obligaciones cívicas y qué lugar ha de ocupar en todo ello nuestra fe, nuestra relación con Dios? o podíamos hacernos la pregunta al revés, ¿dónde está nuestra fe en Dios y que lugar han de ocupar en todo ello nuestros deberes para con la sociedad en la que vivimos?
Como creyentes con una fe auténtica y bien fundamentada sabemos que Dios ha de ser, es cierto, el centro y el sentido de toda nuestra vida. En El encontramos la razón de ser de nuestra existencia y desde su luz encontramos el sentido de todo lo que hacemos y vivimos. Y vivimos en un mundo concreto, insertos en una sociedad, porque no somos unos individuos aislados, sino que hemos de tener bien claro ese sentido social de nuestra existencia que nos hace vivir en medio de los demás y con los demás. Y juntos construimos ese mundo en el que vivimos queriendo hacerlo cada día mejor, donde todos vivamos dignamente y donde también cada día podamos ser más felices.
Ahí están, tienen que estar, nuestras luchas y nuestros compromisos. Y desde el sentido de vida que tenemos queremos poner los fundamentos de ese mundo y de esa sociedad. Y aportamos nuestros valores, y actuamos movidos desde nuestros principios que además van a dar mayor humanidad a nuestro mundo y nos ayudan a trabajar más comprometidamente por el bien y la justicia.
Y ahí tenemos que decir entonces nos encontramos con nuestra fe en el Dios que da sentido a nuestra vida y nos plantea un estilo y un sentido de vivir. Y desde ahí no solo encontramos la fuerza para esa lucha y esos compromisos sino que viene a iluminar nuestra manera de actuar. No es ajena entonces nuestra fe a nuestros deberes cívicos. Es más ahí tenemos que manifestarnos con respeto, pero también valientemente con nuestra fe que también puede iluminar a los demás. No podemos ocultar nuestra fe. No podemos ocultar lo que es el sentido profundo de nuestra vida. 

martes, 1 de mayo de 2012


El trabajo fuente de realización personal y camino de la propia santificación

Gén. 1, 26-2, 3; Col. 3, 14-15.23-24; Sal. 89; Mt. 13, 54-58
Desde finales del siglo XIX el primero de mayo ya sido una fiesta de reivindicaciones sociales en el mundo del trabajo, de manera que ya en todo el mundo en este día se celebra el día del trabajo. Fiesta del trabajo que tiene unas connotaciones muy especiales en el momento actual con la fuerte crisis social que vivimos. Comprendemos que socialmente esta fiesta ha contribuido mucho a muchas mejores en el ámbito social en el campo del trabajo de lo que la iglesia y la fe cristiana, aunque muchos quieran excluirla, no es ajena y tambien ha prestado su contribución.
Ahí está toda la doctrina social de la Iglesia desarrollada ampliamente desde León XIII a finales del siglo XIX y luego a traves del magisterio de los Papas hasta nuestro tiempo. Mucho tendríamos que estudiar los cristianos toda esta doctrina social de la Iglesia que sería una fuente hermosa de la dignificación de todo trabajo y de santificación también del hombre trabajador.
Fue el Papa Pío XII el que a mediados del siglo XX quiso que esta fiesta del trabajo tuviera también su traducción, por así decirlo en el ámbito de la Iglesia y que la fe cristiana iluminara desde la luz del evangelio este mundo del trabajo recordando lo que ha sido la doctrina de la Iglesia y la expresión de nuestra fe a partir del evangelio y la palabra de Dios. Fue por lo que instituyó esta fiesta litúrgica de san José Obrero.
Tenemos la tentación de mirar el trabajo por su dureza y hasta el desgaste físico y mental que pueda producir como si fuera un carga o un castigo. No es así como hemos de mirarlo desde nuestra fe y nuestros sentimientos cristianos, porque incluso en la primera página de la Biblia aparece el trabajo como un desarrollo de la persona y de toda la creación confiado por Dios al hombre antes y al margen del pecado original que luego el hombre cometiera.
El ‘creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla’ es algo que Dios confía al hombre desde el mismo momento de la creación para que el hombre, dotado de esa inteligencia y voluntad que nos asemeja a Dios, en el desarrollo de toda esa creación prolongue la obra creada por Dios en el desarrollo de sí mismo, de sus propias capacitades y virtudes (posibilidades) y en el camino de plenitud de su propia vida.
En el trabajo dignamente realizado el hombre se acerca a Dios asemejándonos a El, como quiso Dios crearnos – a su imagen y semejanza, como dice la Biblia – y es para el hombre un signo también de la bendición de Dios. ‘Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos, dice el salmista. Comerás del fruto de tus trabajos, será dichoso, te irá bien’. Cuando pedimos la bendición de Dios no es para que nos libere de nuestros trabajos, sino para que con su fuerza y su gracia hagamos cada día más digno el trabajo y en él alcancemos el desarrollo de la propia personalidad del hombre, alcanzando así cada día mayor plenitud.
Todo tiene que convertirse en nuestra vida en algo con lo que sabemos dar gloria a Dios. Eso nos enseñaba san Pablo cuando nos dice que ‘todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de Gracias a Dios Padre por medio de Jesús’.
La Iglesia quiere recordar en este día a san José, contemplándolo como un hombre trabajador en su taller y hogar de Nazaret. ‘Es el hijo del carpintero’, decían las gentes de Jesús. Es el hijo de un hombre trabajador, lo que significa cómo Jesús en aquel hogar de Nazaret también fue un joven trabajador junto a José lo cual se convierte para nosotros en un hermoso ejemplo y paradigma de lo que ha de ser nuestro trabajo.
Jesús que vino a santificar todas las cosas llenándolas de su gracia, al trabajar con sus propias manos en el hogar y taller de Nazaret nos está enseñando también cómo desde nuestro trabajo, en nuestro trabajo, con nuestro trabajo hemos de ir santificando nuestra vida.
Que todo sea, pues, siempre para la gloria de Dios. Que en el trabajo sintamos la bendición de Dios para nosotros y para todos los hombres. Y pidamos que esa bendición de Dios se derrame sobre todos para que todos puedan tener un trabajo digno con el que ganarse el pan de cada día para sí y para sus hijos y puedan realizar ese trabajo como fuente de realización personal, pero también como camino hermoso de santificación.



                                                                                          

domingo, 19 de febrero de 2012


Viendo Jesús la fe que tenían

Is. 43, 18-19.21-22.24-25;
 Sal. 40;
 2Cor. 1, 18-22;
 Mc. 2, 1-12
No siempre, cuando nos proponemos conseguir algo al encontrarnos con problemas o dificultad para obtenerlo, mantenemos con constancia nuestra voluntad de conseguirlo sino que en muchas ocasiones tenemos la tentación de sentirnos defraudados y abandonamos pronto nuestra lucha o nuestro esfuerzo.
Pero aunque esa sea una experiencia que no pocas veces tenemos o sufrimos, sin embargo también somos conscientes de cuántos ante la dificultad se crecen, el ingenio se aviva y sobre todo cuando actuamos movidos por el amor somos creativos para resolver dichas dificultades. Este segundo sentido, podríamos decir, que manifiesta nuestra madurez y deseos de estar en contínuo crecimiento como personas. Habrá que descubrir quizá también que no será de forma individualista y nosotros solo como hemos de actuar.
Algo de eso encontramos en el evangelio de hoy y espero que nos valga como arranque de nuestra reflexión. Jesús estaba de nuevo en Cafarnaún y estaba en una casa, probablemente la casa de Simón y Andrés que se había convertido en punto de encuentro y de arranque de toda la actividad de Jesús por Galilea, o podría estar también en casa de alguien que pudiera haber invitado a Jesús. El hecho es que la gente, al enterarse de la presencia de Jesús, se agolpaba a la puerta y no quedaba sitio para nadie más ni para poder entrar.
Llegan unos hombres portando en una camilla a un paralítico con el deseo de que Jesús le imponga las manos y lo cure. No pueden entrar, Aquí se aviva el ingenio y no darán marcha atrás a pesar de la dificultad. ‘Levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico’. Asombroso el ingenio y la fuerza de voluntad. Asombrosa la fe de aquellos hombres. El evangelista va a resaltarlo. ‘Jesús viendo la fe que tenían…’ dirá, y parece que se dispone a hacer el milagro.
Pero serán otras y distintas las palabras que Jesús pronuncie. Todos esperan que le mande levantarse, tomar la camilla para que pueda marcharse a casa. Pero en su lugar Jesús dirá: ‘Hombre, tus pecados quedan perdonados’. ¿Era eso lo que realmente buscaban cuando acudían a Jesús? ¿Qué era lo que realmente Jesús quería ofrecerles, quería y quiere ofrecernos hoy?
Todos se asombran, pero más aún se van a escandalizar los escribas que están allí sentados observándolo todo. ¿Venían realmente por la fe que despertaba Jesús en su entorno o vendrían como jueces para analizar lo que aquel profeta nuevo que ha surgido por Galilea está haciendo? Allí están pensando para sus adentros. ‘¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’
¿Quién era realmente aquel que aparecía como un nuevo profeta por las aldeas y pueblos de Galilea, allí a la orilla del lago y en Cafarnaún? ¿Podía realmente arrogarse ese poder divino de perdonar los pecados? Habría que descubrir realmente quien era Jesús. Habrá que tener otras actitudes y otros sentimientos en el corazón para poder llegar a vislumbrar su misterio.
Pero ¿quién es el que realmente puede tener poder para devolver la salud, para hacer que aquellos miembros entumecidos puedan restablecerse y volver a su movimiento natural? ¿Era poder de los hombres o el poder dar vida era algo que superaba también todo poder humano?
Jesús conoce bien el corazón de los hombres y en su sabiduría divina e infinita puede saber bien cuáles son nuestros sentimientos o nuestros pensamientos por muy ocultos que estén. ‘Se dio cuenta de lo que pensaban, nos dice el evangelista. ¿Por qué pensáis así? ¿Por qué pensais eso que estáis pensando? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico, tus pecados quedan perdonados, o decirle, levántate, coge la camilla y vete a tu casa?’
No cabe duda. Allí está el Señor de la vida y el que viene a darnos vida. Allí está el Señor que nos sana y el Señor que nos salva y nos redimirá con su muerte dándonos con generosidad su perdón. ‘Para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados, contigo hablo – le dice al paralítico – levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’. Ahora si que todos reconocen quién es Jesús. ‘Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: Nunca hemos visto una cosa igual’.
Muchas lecciones no da este texto del evangelio que nos tienen que llevar a confesar nuestra fe en Jesús y dan también gloria al Señor. Es el Señor que viene a nosotros y que como nos anunciaba el profeta viene a realizar todo nuevo. Tenemos que mirar hacia adelante, hacia donde nos lleva el Señor. No podemos quedarnos mirando atrás, mirando una y otra vez nuestra invalidez y nuestro pecado. Porque el Señor viene a levantarnos, a ponernos en camino de vida nueva, a realizar en nosotros un hombre nuevo.
Nos levanta el Señor y nos sentimos amados y perdonados. Nos levanta el Señor y nos viene a enseñar una nueva forma de caminar, de pensar, de actuar. Lejos de nosotros lo viejo, la invalidez de juicios malévolos, de encerronas en nosotros mismos e insolidaridades. No podemos quedarnos regodeándonos en lo mal que estamos o lo malos que somos, sino que tenemos que mirar adelante hacia donde nos quiere llevar el Señor. En momentos difíciles o de dificultades el Espíritu del Señor viene a llenarnos de vida por dentro y avivados con esa vida nueva tenemos que encontrar esos caminos nuevos que nos lleven a un mundo distinto y mejor.
Hay un detalle que no podemos dejar pasar desapercibido en este hecho que nos narra el evangelio. Se nos dice que ‘Jesús viendo la fe que tenían…’ comenzó a actuar. Era la fe de aquellos hombres que confiaban totalmente en que Jesús iba a curar a aquel paralítico, pero ante la dificultad no se quedaron cruzados de brazos ni desistieron. Encontraron la fórmula y aquel hombre llegó a los pies de Jesús. Busquemos la la fórmula o la forma, pero no nos quedemos con los brazos cruzados.
Comencemos por la solidaridad como aquellos hombres que entre todos cargaron al enfermo hasta llegar a la casa de Jesús. Nos hace falta más solidaridad, para no andar tan solos en la vida, tan solitarios y tan cada uno por su lado. No podemos ser solitarios sino solidarios, que aprendamos a caminar juntos, a tendernos la mano, a poner cada uno sus posibilidade, su granito de arena como se suele decir, y entre todos podremos hacer que las cosas cambien, que nuestro mundo sea mejor. No estemos esperando a que el otro haga, o el otro comience, sino comencemos juntos, tomemos la iniciativa del amor que nunca nos dejará insensibles ni dormidos.
Nos vale en el camino de nuestra fe personal; nos vale en el camino que como Iglesia hemos de ir haciendo donde nunca ni podremos sentirnos solos ni podremos ir cada uno por su lado; nos vale en el camino de tantas necesidades en el orden social que con los ojos del amor desubrimos a nuestro alrededor, y a donde en parte nos han llevado esos caminos de egoismo e insolidarios que tantas veces hemos caminado.
‘Levántate, toma la camilla…’ nos dice el Señor. levántate y toma la camilla, pero únete a los otros para llevarla, porque una camilla no la lleva nunca uno sólo sino que siempre tenemos que ayudarnos mutuamente a llevarla. No quieras llevarla tu solo, ni te desentiendas del otro que está intentando llevarla. Jesús nos está señalando una forma nueva de llevar la camilla, de enfrentarnos a los males de este mundo, de trabajar por hacer un mundo nuevo y mejor. Aprendamos esos caminos y esas formas de solidaridad y de amor. Su Espíritu estará con nosotros para recorrerlos.